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13 de diciembre de 2025

Perú: Los derechos humanos bajo ataque

Ronald Gamarra

"La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo"

Los derechos humanos están bajo ataque. Una ola mundial reaccionaria pretende pisotear lo que en algún momento parecía una conquista irrenunciable de la democracia. Evidentemente esto tenía mucho de espejismo o ilusión. Lo avanzado laboriosamente en las décadas anteriores, sobre todo en el ámbito jurídico internacional y en las legislaciones de muchos países, no era todo lo que esperábamos, ni de lejos, pero era y es valioso en extremo. Los derechos humanos, que surgieron como una expresión esperanzada de un futuro a la medida de la dignidad del ser humano, y luego considerados como el corazón de la democracia, su razón de ser, ahora son estigmatizados, recortados y agredidos con impunidad.

Hemos sido testigos a nivel mundial de una masacre, un genocidio, perpetrado por el gobierno de Israel contra el pueblo palestino, sobre todo en Gaza, pero también en Cisjordania. Las ciudades de la Franja de Gaza fueron arrasadas por completo, hasta sus cimientos. Los hospitales, las escuelas, las mezquitas, los servicios comunales: todo fue devastado. El 90 por ciento de las viviendas fueron destruidas minuciosamente. La población civil fue bombardeada directamente, causando más de 70 mil muertos. Si se trasladase esa proporción al Perú, hablaríamos de un millón de muertos solo por bombardeos. 64,000 niñas y niños han sido asesinados o han sufrido mutilaciones.

No se registraba desde la segunda guerra mundial una masacre de proporciones tan brutales como la cometida contra el pueblo palestino. Y para mayor escarnio, este genocidio lo perpetra el gobierno de un país como Israel, fundado para acoger a los sobrevivientes del genocidio nazi. Para ello cuentan con la colaboración directa del gobierno de Estados Unidos y el silencio cómplice de las principales potencias europeas. Le han tolerado a Israel todas las atrocidades que ha cometido, incluido el asesinato de cientos de médicos, trabajadores sociales y periodistas que prestaban servicio a la población civil en Gaza. Y le han dado a Israel las armas necesarias para llevar adelante estos crímenes.

Estados Unidos vuelve a imponer con Trump la política del avasallamiento, la imposición y la violación de derechos fundamentales. Este ha convertido en política pública de odio la persecución de los inmigrantes para deportarlos sumariamente. Las ciudades norteamericanas son patrulladas intensamente por una policía especial, el ICE, cuya tarea es cazarlos, para lo cual no dudan en incursionar en escuelas e iglesias, ni en separar familias. La ola de odio contra los migrantes es una de las principales banderas de la ultraderecha europea.

En el plano internacional, Trump administra el conflicto de Ucrania como un negocio privado. Le ha impuesto la entrega de sus recursos minerales como pago por el apoyo militar norteamericano, una ayuda que de la noche a la mañana dejó de ser gratuita. A su vez, la guerra de Rusia contra Ucrania cumplirá cuatro años el próximo febrero. Hasta el momento van 1,400 días de matanza y nadie sabe cuántos soldados y civiles han perdido la vida en la peor conflagración europea desde la segunda guerra mundial, pero nadie duda de que suman cientos de miles.

El hambre vuelve una vez más a este escenario de terror contemporáneo. La hay en Gaza. También en África. Trump dispuso el cierre repentino de los programas de ayuda internacional de su país a través de la AID, dejando desprovistas de lo esencial a millones de personas. La aporofobia es todo un discurso contemporáneo. La ultraderecha la promueve culpando a los pobres de su propia situación, como si la gente eligiera tal condición por comodidad, para “vivir del Estado”, dicen los defensores de un sistema que concentra cada vez más la riqueza en proporciones obscenas en las manos de unos cuantos oligarcas en comparsa con los políticos y los Estados.

Los casos citados son apenas algunos de los ejemplos más resaltantes de lo que está ocurriendo con los derechos humanos y quienes los defienden en el mundo. Hoy, el globo está controlado por tres hombres poderosos que no creen en los derechos humanos: Donald Trump, Vladimir Putin y Xi Jinping. Pero de todos ellos, Trump lidera la superpotencia que se reclamaba como el custodio de los derechos humanos. Ya no más. Estados Unidos ahora está dedicado a socavar las instituciones internacionales que promueven la convivencia basada en el derecho internacional. La ONU y sus agencias son torpedeadas cada día, como si no fuesen el fruto de la victoria contra el nazifascismo.

En nuestro país, las cosas tienen la nota grotesca que le agrega la ultrarreacción local. Aquí se libra una campaña constante y persistente contra la misma idea de derechos humanos, que se califican como una mala palabra, que se siguen considerando como una cojudez, que se estigmatizan como pensamiento proterrorista: un lastre inventado por los caviares que puede lanzarse al tacho de la basura. Aquí está en marcha el mecanismo para repudiar los tratados más esenciales sobre derechos humanos, empezando por la Convención Americana de Derechos Humanos, y la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Aquí se aprueba con argumentos de tinterillo una “amnistía” para cientos de crímenes que repugnan a la humanidad. Aquí no se acepta que los derechos humanos son el parteaguas entre la civilización y la barbarie, el mínimo irrenunciable de la dignidad humana. Aquí se desconoce y se viola, por simple ley, derechos fundamentales previstos en la Constitución.

El panorama es adverso, qué duda cabe. Al mismo tiempo, debemos constatar que nunca como hoy hubo tantas personas vinculadas a la defensa de los derechos humanos en todos los países del mundo. Es posible y necesario resistir la ola reaccionaria. Recordemos que los avances se dieron, en el pasado, por el activismo insistente de grupos pequeños. Lo importante es reorganizarse y responder. Será costoso, no hay que dudarlo, si no veamos lo que ocurre en Gaza. Pero al final la vida tiene que dar la razón a quienes la defienden con convicción. Los defensores de derechos humanos tienen valores y principios éticos. Los reaccionarios solo intereses bastardos que traducen en discursos de odio. Es necesario desenmascararlos.

11-12-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 762 año 16, del 12/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/12/peru-los-derechos-humanos-ataque/

1 de diciembre de 2025

Perú: Ideas trasnochadas

Juan Manuel Robles

"¿A quién habría que revisarle la basura? ¿Apuntarle las rutinas en un cuaderno Loro?"

Cuando Martha Chávez tenía todo el poder del mundo gracias a las altas cualidades estadistas de Fujimori y Montesinos, la congresista estrella del régimen declaraba a la prensa casi todos los días. Su tono era altanero y provocador. Para justificar el cambio constitucional que atornillaba a Fujimori al gobierno, de manera polémica y dudosa, decía que ellos deberían quedarse en el poder un buen tiempo, “como en Chile”, para que no haya posibilidad de que venga alguien a cambiar todo “con ideas trasnochadas”. Se refería, por supuesto, a la izquierda y su visión del mundo, su estatismo patológico, su proteccionismo miope y sus políticas que solo generan miseria. Esa forma de ver el mundo debía ser desterrada del nuevo país. Por algún motivo, la frase dicha por la señora retumba en mi cabeza treinta años después. Ideas trasnochadas, decía.

Pues ahora que Keiko Fujimori se postula por cuarta vez y Chávez será candidata al Senado, me pongo a pensar en cómo pasa el tiempo. Ya es un cuarto de siglo desde que Alberto Kenya se fugó y renunció por fax; no solo eso; ya es un montón de tiempo el transcurrido desde que la hija se postuló por primera vez a la presidencia de la república. Y son diez años desde que Keiko candidateó y llegó a la segunda vuelta con Kuczynski (el inicio del caos). Keiko es el pasado, por partida doble. No solo porque encarna —o trata de encarnar— a un tirano de otro siglo, sino porque ella misma es una referencia que ya no puede pasar por “nueva”. Ni siquiera con la generosidad de esos politólogos que, hasta hace pocos años, resaltaban su juventud como señal de distinción. Sus ideas son viejas y no cambian. Trasnochadas.

¿Qué es más trasnochado que la estrategia de Keiko para acabar con ese gran problema nacional que es la inseguridad ciudadana? ¿La oyeron? Volvió al estribillo conocido: decir que ellos, como derrotaron al terrorismo, están capacitados para derrotar a la delincuencia. Y para demostrar que tiene cómo materializar la idea, acaba de presentar al gran cerebro: Marco Miyashiro (72), una de las cabezas del GEIN, el grupo especial que logró la captura de Abimael Guzmán en 1992, hace 33 años.

Como si el mundo no hubiera cambiado, como si el contexto no fuera completamente distinto. Como si fuera lo mismo el caso particular Sendero Luminoso, un movimiento terrorista, pero sobre todo un grupo fanático que funcionaba como un cerebro colectivo y no podría sobrevivir a la caída del gran líder (la Cuarta Espada), que una banda criminal actual, que tiene relevo y reacomodo instantáneo una vez que cae la cabeza.

Me pregunto sin mala onda: ¿A quién habría que atrapar con los métodos de Miyashiro para darle un golpe duro a la delincuencia? ¿A quién habría que revisarle la basura? ¿Apuntarle las rutinas en un cuaderno Loro? ¿Y no será difícil husmear afuera del domicilio pues el hombre vive en un condominio cerrado? ¿Y qué tal si el hombre —o la mujer— ni siquiera necesita esconderse porque tiene una red que lo protege? ¿Y si la red llega a las dos cámaras del venerable parlamento nacional? ¿Y si el patrón del mal manda a hacer leyes para vivir más tranquilo? ¿Y qué tal si el partido político que lo apoya es el de la jefa? Menudo lío.

Trasnochado —y engañoso— es remitirse a la gran captura de un criminal que no tenía intereses en común con los grupos de poder económico, cosa que sí tienen las bandas actuales. Son ideas trasnochadas, congeladas en el tiempo. El mundo es más complejo y más vil: el otro líder del GEIN, Benedicto Jiménez, estuvo preso por lavado de activos acusado de formar parte de una red que tenía infiltrados en varias entidades del Estado.

Es bien trasnochado, a estas alturas, vender al fujimorismo como el gran garante de la seguridad ciudadana, y repetir la fábula de un Perú con las calles sin asaltantes gracias al fujimorismo, repetir estúpidamente que el país se llenó de delincuentes después del 2000, con la salida del gran estadista de la “mano dura” y la llegada de presidentes débiles.

Esa es la idea fuerza que empiezan a vender aprovechando la amnesia: que el gobierno de Fujimori, luego de diezmar a la subversión, disminuyó también los índices de inseguridad ciudadana o al menos detuvo su crecimiento. Nada que ver. El gobierno de Fujimori pasó de sembrar terror a los subversivos —y a miles de inocentes que no lo eran— a provocárselo a sus enemigos políticos, que fueron amenazados, asesinados o extorsionados. Salvo la errática ley para procesar por terrorismo agravado a los matacambistas, el gobierno dejó las calles a su suerte. El final de los noventa no fue un momento de seguridad particularmente envidiable. Más bien, fueron años de profunda crisis económica, que hizo crecer la delincuencia y su ferocidad; además, campeaba una corrupción tan grande, tan descarada y omnipresente, que se respiraba en el aire y causaba contagio.

Por no hablar de lo evidente: que por quince años —por lo menos— el fujimorismo ha tenido bancadas poderosas, apoyadas por el poder económico y los medios hegemónicos, perfectamente capaces de hacer leyes para poner en ejecución todo ese conocimiento, ese know how que supuestamente poseen. Pero no lo han hecho. En realidad, ha sido al revés.

Y, sin embargo, ahí veremos a Keiko balbuceando. Mano dura. Gein. Abimael. Terroristas. La misma imagen del 2011. Y el 2016. Y el 2021. Tan vacía y tan terriblemente trasnochada.

27-11-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 760 año 16, del 28/11/2025

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8 de noviembre de 2025

Perú: Golpistas terroristas

Juan Manuel Robles

"Observen que el goce al alucinar una incursión armada coincide con el estreno de la película Chavín de Huántar"

Que los individuos que hoy tienen capturado el poder en el Perú —incluido el títere Jerí— sean personas muy limitadas no quiere decir que no sepan bien lo que hacen cuando usan ciertos términos. Eso es lo maravilloso de la propaganda: no necesitas luminarias para esparcir ideas repitiendo ciertas palabras gruesas. Es una cuestión de poder, no un ajedrez comunicacional. No es casual que en estos últimos días el terruqueo haya escalado un nuevo peldaño: oímos con frecuencia la palabra “terrorista” asociada a golpista, como si un concepto estuviera asociado al otro, como si una acusación fuera la consecuencia natural de la otra. Habiendo pasado toda la campaña del 2021 y el breve gobierno de Castillo acusándolo de “Sombrero luminoso”, desempolvando partes policiales y declaraciones de cuarenta años atrás para sostener que aquel gobierno era una ramificación subversiva, el paso siguiente no es tan difícil. Es Sendero el que quiso dar un golpe de Estado, ¿no se dan cuenta?

Es una manera burda pero efectiva de engordar una acusación de rebelión que cada vez se aligera más. No solo porque se vuelve evidente que los jueces hacen malabares para encontrar delitos graves en un golpe que nunca se dio, sino que, aun en el escenario de que existiera intención de tomar autoritariamente el poder total, el tiempo le va dando la razón a Castillo, al menos en parte. Porque al ver este parlamento y cuánto se ha empoderado en estos años uno desea que algo, cualquier cosa, los hubiera detenido. Es decir: por un lado, a Castillo es difícil armarle una causa judicial grave —que lo encarcele muchos años— sin caer en el exceso y la persecución política; y, por otro lado, nadie en la calle lo va a condenar, porque nadie puede reprochar seriamente haber querido darle una patada en el trasero a Patricia Chirinos y compañía.

¿Qué se hace entonces? Se apela a la vieja confiable. El terrorismo. Un discurso que no tiene pierde porque siempre llega con chantaje (si no estás con nosotros, estás con ellos). Ya aparecen columnas —en pasquines que bailan al ritmo de Keiko y la banda congresal— en que se revive la idea de que Castillo metió a Sendero Luminoso y al MRTA al gobierno. Ya saben; eso de los ministros “terroristas”: Íber Maraví (partes policiales de hace cuarenta años, obtenidos bajo tortura), Guido Bellido (un comentario en un post de Facebook mostrando cierta humanidad hacia Edith Lagos, senderista que murió a los 19 años). Héctor Béjar, el terruco de la vieja guardia. Y claro, Guillermo Bermejo, el Che que tenía planeado un atentado contra el embajador de Estados Unidos “con un balón de gas y pólvora”.

Astutamente, se juntan los nombres para dar la idea de red y simultaneidad. Se apela a los espacios físicos, sagrados, de las instituciones, haciéndonos ver que estos fueron tomados, o peor, ultrajados. “Castillo metió a Sendero a Palacio”, dice un analista. ¡Hemos tenido un terrorista en el Palacio Legislativo!, dice otro opinólogo. ¡Tuvimos consejo de ministros con dos terrucos! Nadie apela a la lógica para darse cuenta de que esas personas hacía años que tenían una vida política lejana de todo radicalismo. Al contrario, se usa los casos no para criticar presuntas manchas en la hoja de vida sino para afirmar que actuaban coordinadamente, como una célula subversiva. Como infiltrados esperando la orden para dinamitar el Estado desde adentro, en una extraña evolución del Pensamiento Gonzalo.

La publicitada condena por “terrorismo” a Guillermo Bermejo les ha ayudado a revivir toda esa narrativa. En este sentido, el excongresista no es solo todo lo que dice la fiscalía. Es la confirmación de la conspiración de Perú Libre para tomar el Estado. Es el primero en caer, ya vendrán los otros. A las organizaciones políticas que defienden a Bermejo se les dice: cuidado que también podemos acusarlos de terroristas a ustedes. “Partidos filoterroristas deberían ser eliminados de cara a las elecciones del 2026”, declara un exministro en “Expreso”. Menciona que hacerlo es válido y muy importante, porque hace tres años estuvimos en peligro: Sendero Luminoso casi toma el poder.

Así llegamos al pedido de asilo de Betssy Chávez, quien era primera ministra de Pedro Castillo cuando el expresidente quiso dar un golpe (un golpe que evitaría la vacancia injusta que le iba a propinar un Congreso sin escrúpulos y con ansias de tener el camino libre para ir tomando las instituciones). Es evidente que la sentencia de Chávez está redactada de antemano y que la justicia del Perú no le ofrecía un proceso con garantías mínimas, considerando además que le extendieron la prisión preventiva de manera ilegal y denunció maltratos en la cárcel. México no ha dudado en darle protección.

La dureza con la que se fustiga a Chávez confirma este mundo imaginario que nos quieren imponer. Con ella, hay licencia para la violencia verbal y eso debería decirnos algo. Chávez nunca fue una de las funcionarias o congresistas que la prensa vinculó con el terrorismo, pero a estas alturas —alturas simbólicas— se le trata exactamente como si fuera eso, una terruca. Una subversiva escondida en una guarida. Otra vez el discurso de los espacios tomados. Congresistas como Ed Málaga Trillo y Ernesto Bustamante —que jamás le dijeron golpista al golpista y ladrón de Fujimori— dicen que el Perú debe seguir el ejemplo de Ecuador y mandar un comando a que entre a la embajada por la fuerza y saque a Chávez. Málaga dice que se justifica entrar en una sede diplomática extranjera en casos extremos: “si hay golpistas o terroristas”. “Hay que entrar y extraerla”, añade Bustamante. Observen que el goce al alucinar una incursión armada coincide con el estreno de la película Chavín de Huántar, que recrea el rescate de la casa del embajador del Japón con agradecimiento al Ejército en los créditos. Hay que hacer como esos comandos, se dice. Sacarla de los pelos. Los terrucos no se van a salir con la suya.

Son tiempos de aplastar los emblemas, de restaurar, de generar el mayor escarmiento para que nadie en el futuro piense en hacer tonterías. Esto va más allá de Betssy Chávez, por supuesto. El Perú se va convirtiendo en un país con presos políticos y perseguidos que tienen que pedir asilo y salir al exilio, además de candidatos que son encarcelados por “terrorismo” —sin ser terroristas— para sacarlos de la carrera electoral (con la amenaza de proscribir también a quienes salgan a defenderlos). No sé si un Estado autoritario —donde el abuso por motivos políticos es la norma— sea el destino que nos espera, pero sí sé que todos esos regímenes comienzan así.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 757 año 16, del 07/11/2025

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26 de octubre de 2025

Perú: Policía antidemocrática

Ronald Gamarra

"Trazan planes de batalla urbana para derrotar al supuesto enemigo, que no es otro que un sector de la ciudadanía que deberían proteger"

Conversando con efectivos policiales de buena fe y con años en la institución, que los hay, veo que la mayoría tiene una visión equivocada del rol que le corresponde a la Policía Nacional en una democracia. No se ven como garantes de un orden ciudadano, sino como una fuerza al servicio del poder, a secas. No consideran ni reconocen a los ciudadanos como los depositarios de la soberanía del Estado democrático, sino como inminentes vándalos que hay que controlar, gasear y apalear. Teóricamente admiten la autoridad civil, pero reniegan de todo intento de desmilitarizar su institución. No se asumen como pueblo uniformado. La policía, como muchas otras organizaciones de nuestra frágil democracia, no tiene una mentalidad precisamente democrática.

La policía, en principio, tiene la misión de mantener el orden público en un país civilizado. La democracia supone, por un lado, Estado de derecho, institucionalidad, imperio de la ley. Por otro lado, es el ejercicio pleno de derechos y libertades por parte de los ciudadanos. Ambos aspectos son indispensables. No se concibe una democracia sin libertades ni Estado de derecho. La policía de un Estado democrático es, en consecuencia, un cuerpo que debería garantizar el funcionamiento de la organización pública y el libre ejercicio de las libertades ciudadanas. Por desgracia, entre nosotros hace mucho tiempo que ejerce un rol contrario a la democracia.

Por eso sucede que cuando se anuncia y se convoca a una manifestación ciudadana, sobre todo si es de protesta contra el gobierno, la policía inmediatamente se organiza como si fuera una guardia pretoriana al servicio del mandón de turno, y cual pequeños napoleones, trazan planes de batalla urbana para derrotar al supuesto enemigo, que no es otro que un sector de la ciudadanía que deberían proteger: elaboran planes de operaciones (con cadenas de mando y comando, y tareas generales y específicas para cada uno), se arman hasta los dientes (armas y municiones siempre letales) y movilizan numerosos contingentes (fuerzas especiales y regulares) e infiltran personas (ternas) entre los ciudadanos que marchan, como si estuvieran en vísperas de enfrentar un gran conflicto. Una ofensiva contra los ciudadanos de su propio país, contra los hijos del propio pueblo al cual pertenecen y del cual provienen.

¿Quiénes alientan esta conducta violenta y represiva, esta actitud antidemocrática, de la policía? Muy sencillo. Son los políticos que padecemos. Esos canallas son los principales interesados en tener una policía poco o nada respetuosa de las libertades públicas y los derechos fundamentales de las personas. Y es que sucede que nuestra democracia no es tan democrática y los políticos que la gobiernan son esencialmente autoritarios y corruptos. Ellos necesitan de una policía igualmente arbitraria y venal, una que los defienda y los encubra a cambio de tolerar sus desbordes y compartir los negociados. La policía incompetente, envilecida y antidemocrática de nuestro tiempo es el correlato necesario de la fujiderecha enviciada e inepta.

Entonces, ante las manifestaciones, vienen las campañas previas de desinformación con el propósito de abortarlas. El recurso manido es difundir bulos sobre la inminente violencia que “sectores extremistas” planean para el día de la convocatoria ciudadana. Es el inicio de una operación específica de terruqueo, que se prolongará más allá del día de la marcha, con la finalidad de tener patente de corso para emboscar y reprimir a los manifestantes a su regalado gusto, con la impunidad que siempre reclaman. Como se ha dicho certeramente, el terruqueo es el arma para poder negar la humanidad del opositor y facilitar su liquidación moral o física.

Les importa un comino falsear groseramente la historia y la realidad. El terrorismo fue felizmente derrotado hace más de 25 años, pero la derecha ha decidido incriminar como violencia y sabotaje toda opinión, acción, disidencia o crítica al orden de cosas injusto impuesto por una clase política delincuencial. Han llegado al extremo de descalificar como terrorismo cualquier tendencia de izquierda, de centro izquierda o de derecha liberal. Para ellos, solo cabe en política la ideología ultraconservadora, el extremismo enajenado al estilo de Milei. Quien disienta de ellos, incluso poniéndose en una posición de derecha razonable, merece ser marcado como terruco.

Esto ha calado en la policía más allá de lo que uno puede suponer. Hace unos días, cuando Jerí decidió salir de Palacio a cargar por diez metros las andas del Señor de los Milagros, en uno de los varios disfraces que ha ensayado en tiempo récord para congraciarse con la gente y echar una cortina de humo sobre sus denuncias de violación y corrupción, se vio a un policía decir a un grupo de ciudadanos, a quienes impedían llegar a la procesión, que lo hacían por la seguridad del presidente y porque “estaban por llegar las feministas, que no respetan ni religión ni nada”. Para este pobre policía, las mujeres que reclaman sus derechos son el terror o el demonio encarnado.

Qué se puede esperar, pues, de la policía, si el fujimorista que actualmente preside el antro ubicado al frente de la plaza Bolívar difama públicamente la memoria de Eduardo Ruiz, la víctima mortal de la represión policial del 15 de octubre y lo trata de terruco una y otra vez. El presidente del Congreso se permitió alardear de este acto de público terruqueo al mismo tiempo que presentaba un proyecto de ley para que, literalmente, la policía pueda matar impunemente, sin ser pasible de medida alguna. No hay ejemplo más claro de un político tránsfuga, inepto y prepotente que protege mediante la ley la impunidad de una policía corrupta y autoritaria.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 755 año 16, del 24/10/2025

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17 de octubre de 2025

Perú: Que se larguen

César Hildebrandt

"Es el gabinete de los NN nombrado por JJ bajo la supervisión de K"


La calle grita que se vayan todos.

La derecha no quiere irse. La derecha nunca se va. A la derecha hay que echarla a patadas. No para que venga una izquierda sectaria, inamovible y desastrosa sino para que el pueblo recupere sus derechos. ¿O qué otra vaina es la democracia?

Con Jerí, tanto como con Boluarte, gobierna el Congreso del hampa. Pero ahora no necesita personal de servicio. Es un buffet libérrimo y cada uno se sirve lo que quiere. Y se sirven hasta atragantarse.

Para que el Congreso del hampa siga gobernando –ese era el acuerdo– el señor del bividí colgado y el patrimonio en alza ha tenido que nombrar un gabinete sacado de un almacén de mermas. Esa selección de reputaciones en quiebra la preside un abogado virreinal que cree que el Perú no debió independizarse en 1821 sino un siglo después.

Y allí está la ministra del MEF, que es subordinada de José Salardi, quien, a su vez, preside el plan de gobierno de César Acuña. Los ministros de Justicia y Relaciones Exteriores pasaron directamente por el filtro de Fuerza Popular mientras que todos los demás –sin excepción– son lo suficientemente insignificantes como para prestar el favor que se les solicite en el momento que sea necesario. Es el gabinete de los NN nombrado por JJ bajo la supervisión de K.

La calle sale a protestar y quiere asomarse al Congreso. Y allí está otra vez la policía estúpidamente violenta, deliberadamente provocadora, custodiando la fábrica de esas leyes que el crimen organizado inspiró y agradece.

Entonces se desata la guerra. Pero en esa guerra hay un pueblo expresándose con ira legítima y hay una policía de tan mala fama que hasta el ministro del Interior, un terruqueador salido de los años 80, ha prometido reformar. Puede haber excesos, pero nadie puede discutir el derecho de la gente a manifestar su asco por lo que está pasando.

Algún ser angélico preguntará: ¿Pero no es que ya botaron a Dina?

Sí, pero ahora está Jerí, que podría ser moralmente hijo de Dina, primo de Rospigliosi, entenado de Montesinos, sobrino de Acuña. Y junto a él está Ernesto Álvarez, que es una ensalada de lo peor del Apra, lo más rancio del PPC y lo más sabrosón del oportunismo omnívoro con facha académica.

El veredicto popular es que se larguen todos. Pero la derecha preferirá ver muertos en la calle, balas suasorias, incendios populares, heridos uniformados propios, con tal de seguir su plan. Y ese plan, como es notorio, es el siguiente: o barremos en las elecciones del 2026 o barremos con las elecciones del 2026 si “la seguridad nacional” así lo exige.

Desde la caída suicida de Pedro Castillo, el Perú carece de un gobierno legal. Está claro que la destitución de Castillo no contempló el debido proceso y fue abiertamente inconstitucional. Jerí es el sucesor de un gobierno ilegal que, además, se hizo ilegítimo por su ineptitud, corrupción y escándalos. Jerí no es el presidente que los peruanos mayoritariamente reconocen como autoridad constitucional. Y Jerí debería escuchar la ronquera del masivo hastío en vez de los susurros de los cortesanos que le dicen: quédate porque así me quedo yo.

La gente tiene derecho de expresarse con furia porque es furia lo que merecen el gobierno de Jerí, emanación del de Boluarte, la prensa que lo arropa, los locutores asquerosos que terruquean a los manifestantes, la derecha pagada que sale en Willax y anexos a horrorizarse por lo que sucede. Y es furia lo que desata que infiltrados policiales vestidos de civil disparen a matar para que, de inmediato, los canales N del sanchecerrismo reciclado digan que los protestantes se matan entre ellos para tener pretextos y seguir marchando.

Para la gran prensa, cuando los amnistiados por Rospigliosi hacían sus Putis y sus Cayaras, todo estaba bien. Eran los daños colaterales de una guerra que no habíamos declarado. Pero no hay que olvidar que esa guerra se la ganamos a Sendero para evitar una dictadura sanguinaria y para defender los fueros de la democracia. No se la ganamos para que el hampa se apoderara del Congreso, para que una mujer sin escrúpulos nos gobernara casi tres años y para que un sujeto como Jerí nombrara un gabinete salido de alguna escombrera. Es demasiado.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 754 año 16, del 17/10/2025


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4 de octubre de 2025

Perú: Montesinos desubicado

Juan Manuel Robles

"Ya ni siquiera se usa el verbo 'chuponear'”

Van a cerrar la prisión de máxima seguridad que ha funcionado desde 1993 en la base naval del Callao, y a mí me ha llamado la atención que los medios hablen de sus actuales reclusos como “tres cabecillas terroristas y Vladimiro Montesinos”. Como si en un caso fuera adecuado definir a los presos por los delitos cometidos y en el otro prefiriéramos el nombre propio. No se habla del cabecilla corrupto, o simplemente el corrupto, o el terrorista de Estado —que bien podría hacerse, por su participación al mando del Grupo Colina—. Sería un asunto menor si no fuera porque esa diferencia sugiere una jerarquía de delitos. Como si, por un lado, los terroristas fueran criminales avezados y, por el otro, el exasesor un preso “por las circunstancias políticas”. Como si el fuego con el que Feliciano mató gente fuera distinto al fuego con el que Montesinos mató a los trabajadores del Banco de la Nación.

Cuando leí los titulares pensé, además, que la diferenciación nos sugiere la idea de que los terroristas son más peligrosos que Montesinos, algo bastante discutible: mientras que ninguno de los subversivos presos representa mayor peligrosidad (uno hasta se ha arrepentido públicamente), Montesinos, que está por cumplir su condena, sí está listo para volver al ruedo, con aliados que ya están celebrando sin pudor y hasta con un partido político que lo quiere como candidato. La mente criminal más grande de la política peruana de todos los tiempos —junto con Alan García— debe estar con ganas de volver a las andanzas.

Pero esta mañana pensé que, tal vez, el exasesor no sea tan peligroso. Digo: es evidente que es más peligroso que los terroristas —quienes, en estos años, nunca han delinquido al salir de prisión—, y seguramente se pondrá al servicio de las peores lacras, pero hoy me animo a creer que tampoco es para tanto.

Se me hace que Montesinos, con ochenta años, es el gánster que sale de prisión y se encuentra con que todo su territorio ha sido tomado por nuevas camadas de malandros, con nuevos capos y jefes que lo miran como un tío cool, una leyenda, un baúl de historias, pero ahí nomás. Hablamos de un hombre que chantajeaba a la gente con cámaras pesadas, que había que empotrar en la pared para que estuvieran ocultas (con atención, se podía detectar el lente, como demostró Luz Salgado aquella vez). Montesinos no deja de ser siniestro, pero es un habitante de un planeta en que los videos comprometedores se grababan en casetes de VHS, imposibles de meter en el bolsillo, con etiqueta autoadhesiva y plumón para no confundirse.

Montesinos es un tío de la vieja escuela, y ojalá para él que nadie circule sus fotos junto a Huamán Azcurra, el curioso coronel de patillas largas e ínfulas de creativo que se convirtió en “el cineasta del SIN”; un hombre cuya tarea de modernización en el 2001 consistía, según algunas versiones, en pasar todo el material comprometedor de las cintas a CD (!), y que, cuando todo cayó, confesó que había guardado cuarenta y dos casetes en maletas.

Digo: Montesinos pertenece a un horizonte tecnológico demasiado lejano para el despelote digital de hoy. Por supuesto, el corrupto ha tenido más contacto con el mundo exterior que los otros reclusos —de hecho, supimos que ayudó a “la chica” Keiko Fujimori, sin éxito— y ha podido intentar ponerse al día, pero de todos modos lo más probable es que se haya quedado obsoleto, como un falsificador de Libretas Electorales en tiempos del DNI electrónico.

Y no son solo los soportes de contenido. La extorsión y el chantaje, herramientas vitales en el método Montesinos, ya no son lo que solían ser. Las cámaras están en todas partes, en interiores y exteriores —hoy un tiroteo en el chifa tiene más saltos de ángulos y tomas que una escena de Oliver Stone—, los drones nos fotografían, los celulares nos graban, las redes sociales nos exponen. Para acceder a conversaciones ya no hay que apretar a algún funcionario de Telefónica sino ir al mercado persa de las compañías de escucha, que dan un servicio impecable. Ya ni siquiera se usa el verbo “chuponear”.

El resultado de tanta apertura es terrible para los planes de este espía del siglo pasado: nada vale tanto, ninguna ofensa es lapidaria. Ninguna falta es tan grande como para enterrar a alguien. Ninguna vergüenza grabada acaba con una carrera política. Montesinos trabajó como nadie el mayor miedo: el pánico a quedar al descubierto, a ser desenmascarado. Así torció voluntades y ganó soldados dóciles. Pero saldrá libre a un mundo donde ninguna cámara oculta sorprende y donde todo, absolutamente todo, puede negarse. Pueden negarse cosas que están en imágenes frente a tus ojos, y el periodista de turno solo dirá: “gracias por darnos su versión”.

Y ni qué decir de la otra especialidad de Montesinos: la propaganda y la desinformación. Los diarios chicha son piezas de arte comparados con lo que existe hoy. Hoy se miente impunemente todos los días, se miente sin consecuencias, ya nadie entiende qué es la difamación —de tan normalizada que está—, y no son pocos los políticos y funcionarios que se han dado cuenta de que pueden inventar cosas y decirlas en público sin remordimiento. Montesinos respondía al goebbelsiano “miente, miente, que algo queda”. En estos tiempos, la gente admite que no sabe si algo es cierto o falso, pero que lo cree porque “suena posible”.

Algo más me hace sentir que estamos frente a un corrupto senil, al que solo le quedan estúpidos delirios de grandeza: el TikTok que acaba de lanzar. Allí este criminal de las treinta condenas, aprovechando el malentendido que lo coloca como el hombre que “venció el terrorismo”, compendia imágenes de su juicio convenientemente editadas para parecer audaz. Gana seguidores pero se siente la torpeza escénica. Parece olvidar que sus días de gloria se dieron cuando estaba en la sombra. Hoy los bandidos no necesitan operadores secretos: es el reino del descaro, y las fechorías se hacen a la luz del día, con tu congresista elegido, el juez, y el tribuno.


Vladimiro libre será el espía cocho que andará perdido, buscando laberintos en un mundo que ya no existe, mirando ridículamente su tablero de ajedrez lleno de telarañas. Por supuesto, eso no quiere decir que no sea un tipo de cuidado, sobre todo si le dan cuerda y un espacio de poder. Pero no me cabe duda de que los caimanes jóvenes de pozos más profundos lo destruirán en cosa de meses. Como Tatán en el mundo del Tren de Aragua, el viejo espía andará con sus sobres manila misteriosos, sus USB, sus bombas que ya no estallan. Hasta será divertido.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 752 año 16, del 03/10/2025

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2 de septiembre de 2025

Perú: El miedo conocido

Juan Manuel Robles

"Esos policías tienen todavía la capacidad —se confirma— de generar aquel efecto que aterra y paraliza, como a ratas condicionadas"

Hay algo de lo que no se habla en la discusión sobre la censura al libro de Víctor Polay Campos en la Feria del Libro de Lima y los hechos posteriores. Me refiero al miedo. El libro es un testimonio de parte de un líder subversivo encarcelado, que en varios pasajes hace una autocrítica y pide perdón a las víctimas. Pero no importa. Para la división antiterrorista, el objeto es el cuerpo del delito, la evidencia física de un ilícito grave. De ahí en adelante, lo que queda es determinar si la responsabilidad recae en pocos o en muchos. Empieza así una dinámica que ya conocemos en el Perú (aunque muchos parecen haberse olvidado). La de crear una atmósfera de temor para que otros cooperen.

Porque uno nunca sabe cuándo está siendo cómplice del terrorismo, o eso nos hacen creer. Cuidado. No son solamente los editores que publicaron el libro de un subversivo. Haber aprobado el lanzamiento, por ejemplo, te incrimina también. ¿Cuánto? Eso depende. ¿Conocías el contenido? ¿Hiciste algo para evitar su exhibición? No es necesario ser consciente de lo hecho para que puedas terminar salpicado. Las leyes antiterroristas de los noventa siguen vigentes, son serias y tienen brazos largos.

Ya se abrió una carpeta. Ya se inició la investigación. Los editores implicados van a tener que ir a la Dircote a declarar. Puede que las pesquisas se extiendan a otros. A los organizadores de la feria, por ejemplo. Pueden pasar muchas cosas.

Salvo que colabores. Si colaboras, todo puede ser más fácil. Lo harás, ¿no es cierto?

La editorial Achawata, que publicó el libro Revolución en los andes, del líder del MRTA, ha acusado a la Cámara Peruana del Libro de estar involucrada en la denuncia que un “ciudadano anónimo” hizo contra ellos. Dicen que tuvieron acceso al atestado. La Cámara Peruana ha negado los cargos. La editorial ha insistido y asegura que tiene pruebas. Aducen también que la Cámara los presionó para cancelar la presentación del libro de Polay, en vez de defenderlos en su calidad de agremiados.

No se sabe a ciencia cierta qué pasó. Lo que me parece claro es que en algún momento de esta historia ha intervenido un factor poderoso: el miedo —pánico— a verse involucrado. El ánimo de salvarse el pellejo no importa si en el camino se permite —por acción u omisión— que un inocente sea tratado como un criminal. Ese zafar cuerpo, esa disposición a allanarse a las autoridades, a alimentar una acusación así sea a todas luces absurda —y pueda arruinar a un semejante—, nos remite a los capítulos más oscuros del conflicto armado. Lo alucinante es que estamos en 2025, el MRTA ya no existe ni amenaza, y la Dircote lleva veinte años sin evitar un atentado de esa organización (o alguna afín). Y, sin embargo, esos policías tienen todavía la capacidad —se confirma— de generar aquel efecto que aterra y paraliza, como a ratas condicionadas.

Nadie quiere mojarse ni arriesgar nada aunque estemos frente a un abuso evidente, porque las autoridades nos recuerdan las consecuencias posibles, lo que puede pasar si no dejas claro que no estás con “ellos”. ¿Y qué puede pasar?

Si no lo sabes, te cuento lo que les pasó a los jóvenes directores de Achawata, los esposos César Coca y Magdalena Suárez. Poco después de la presentación frustrada, unos veinte policías entraron corriendo a la feria y fueron a su stand. Dijeron tener una “nota criminal” debido a la denuncia anónima de un “ciudadano colaborador” que les avisó de la venta de un “libro del MRTA”. Primero quisieron llevarse un ejemplar sin pagarlo. Luego empezaron a tomar fotos. Como había un alboroto, una funcionaria de la organización de la feria habilitó el camerino para los oficiales. Los policías se llevaron a Coca. Pasó más de una hora y no regresaba.

Magdalena Suárez tuvo miedo de que lo hubieran arrestado. En realidad, lo estaban interrogando. Después, ya con el abogado, se enterarían de que aquel interrogatorio era ilegal.

La policía pidió también los DNI de todos los trabajadores del stand (la mayoría de los cuales solo trabajaban allí como vendedores). Fue un despliegue de prepotencia.

Luego de eso, citaron a Coca y a Suárez a declarar a la Dircote. El interrogatorio duró, en el caso de Magdalena, casi dos horas, y en el caso de César más de cuatro horas. Además de los policías, estaba el fiscal y el procurador.

El documento que ha elevado la Dircote señala que el libro de Polay justifica, enaltece y exalta al grupo terrorista. Es un informe hecho para sustentar el inicio de un proceso penal. Como el caso se ha vuelto mediático y la ausencia de apología al terrorismo ha sido bastante argumentada, es probable que esto no pase a mayores. Pero la intención de estos señores —que, en ausencia de terroristas, justifican su partida presupuestal persiguiendo idolatrías— es clara. Y, como se ha visto, tienen el poder de hacer que ciertas cosas sucedan.

Es eso lo que infunde miedo. Todos los silencios sobre el hostigamiento a Achawata, todos los que callan en siete idiomas, todos los que, siendo escritores o editores o comunicadores no se pronuncian, tienen un temor que llega desde otras épocas, de ese Perú donde se volvió normal echar por terruco al vecino, aunque no estuvieras seguro, para no complicarte, para que no te acusaran a ti, de cómplice.

Por supuesto que no se puede menospreciar este miedo. Es difícil condenar a alguien que defiende sus intereses y su familia. Pero sí creo que, tantos años después de un conflicto armado que ya no está, es tiempo de que la indignación sea más grande que ese temor. Es tiempo de rectificar el gran error que fue consentir que las autoridades extiendan a su antojo la categorización de “terrorista” y todo por miedo a que se nos considere afines a la subversión.

Y una de las primeras formas de hacerlo es defender en masa a la editorial Achawata y a sus directores, Magdalena y César, que hoy están en problemas y necesitan nuestra firmeza: unos emprendedores de la cultura con tesón y solidaridad, que en sus cortos cuatro años no solo han publicado decenas de obras que tratan de explicar este país surreal, sino que además se han dado el trabajo de hacer una Colección Popular de títulos a diez soles.

Además, como sabemos, esto no es un “exceso” de las autoridades en su noble afán de defendernos del virus del terrorismo. Esta es la ejecución de una forma de control social que se sofistica cada año, y que se ha vuelto una policía de la consciencia. Mientras el marco legal permita estos absurdos que dañan, la presión de los que tenemos una tribuna debe ser fuerte, total y vigorosa, para contrarrestar.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 747 año 16, del 29/08/2025

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11 de mayo de 2025

Perú: El golpe lo dio el Congreso

Ybrahim Luna

"La victimización de Castillo tiene que ver más con la náusea que nos provocan sus adversarios"

La revista “Cosas” –muy preocupada– ha subtitulado una de sus notas web de la siguiente manera: “Peruanos olvidan el autogolpe y ven a Pedro Castillo como víctima…”. Lo dice a propósito de la encuesta de Ipsos donde el 59% de los consultados considera que el expresidente fue víctima de un golpe de Estado elucubrado por el Congreso para ascender a Dina Boluarte mientras que sólo un 33% cree que el responsable del golpe fue Castillo.

En el desagregado por sectores socioeconómicos de la mencionada encuesta, el asunto se torna políticamente más familiar, aunque siempre interesante. En el sector “A”, un 71% ve a Castillo como el malo de la historia y un 25% cree que fue la víctima de un Congreso saboteador. En el sector “B”, apenas un punto separa las percepciones sobre el intento de golpe del 7 de diciembre de 2022: el 49% cree que Castillo dio el golpe y el 48% que fue el Congreso. En el “C” se rompen las distancias: el 56% culpa al Congreso y el 37% a Castillo. En el sector “D”, un 63% se pone del lado del expresidente y un 29% del Congreso. Y finalmente en el sector “E”, el 66% responsabiliza al Congreso del golpe y solo el 22% a Castillo.

Es interesante ver cómo las tendencias de los sectores “B” y “C”, se empiezan a alejar de la del sector “A”. Esto, para muchos analistas de derecha, es preocupante, y más aún si se considera la progresión en el tiempo. Tomando como fuente a la misma Ipsos, en febrero de 2023, con los hechos frescos, un 51% condenaba a Castillo mientras que un 43% al Congreso. Unos meses después, en junio de 2023, la diferencia iba en otro sentido: el 50% señalaba al Congreso como responsable y un 42% a Castillo. Para diciembre de 2024, el 55% de peruanos consideraba que quien dio el golpe fue el Congreso. La medición de abril de este año es la que muestra que casi el 60% de los encuestados señala al Congreso como el agresor.

Por supuesto, esto no tiene que ver con la tradicional “falta de memoria” de los peruanos. Los peruanos no han “olvidado” el intento de autogolpe de Castillo. Todos vimos por televisión al tembloroso expresidente intentando articular el discurso que le escribieron sus subrepticios asesores. Eso es parte de la historia. La victimización de Castillo tiene que ver más con la náusea que nos provocan sus adversarios. El Congreso que lo vacó es un Congreso desaprobado, torpe y altamente delictivo. ¿Esto hace a Castillo inocente de querer romper el orden democrático? No. Pero explica por qué la gente sigue justificando dicha medida. La mayoría de peruanos, en este momento, no solo está a favor de que “alguien” con mano dura cierre el Congreso, sino de que los congresistas denunciados e investigados (y quienes los manejan desde las sombras) sean sometidos a procesos judiciales céleres y terminen en la cárcel.

Cuando Pedro Castillo dio su infame mensaje a la nación el 7 de diciembre de 2022, muchos analistas se apresuraron a compararlo con el exdictador Alberto Fujimori. Y aunque lo de Castillo fue un globo de gas, la mayoría de periodistas intentó colocarlo en el mismo podio de la infamia con Fujimori. Nos quisieron imponer la narrativa de que el estúpido golpe declarativo de Castillo –ilegal y repudiable– era equivalente a todos los años de dictadura de los 90. Los medios de la derecha ya tenían un golpista de izquierda para suavizar la imagen de don Alberto y los tanques el 5 de abril de 1992. Pero este intento de reacondicionar la historia, como muestra la encuesta de Ipsos, no prosperó. A pesar de la incesante campaña por desmontar el antifujimorismo para dar paso a una reconciliación con la hija del dictador, el pueblo no ha dado su brazo a torcer y sabe reconocer cuándo le quieren dar gato por liebre.

De igual modo, los peruanos no son tan incautos como para creer en la inocencia absoluta de Castillo. Sobre Castillo hay demasiadas sospechas y su responsabilidad en casos de corrupción deberá demostrarse de manera objetiva y sin lugar a dudas. Lo que demuestra la encuesta de Ipsos es que el sentimiento antisistema no ha mermado en lo más mínimo y que la esperanza de que un outsider surja de las clases oprimidas para reformarlo todo sigue vigente. Si tuviésemos un Congreso medianamente inteligente y honesto, que hubiese permitido un antejuicio político a Castillo, probablemente el hombre del sombrero igual hubiese terminado en la cárcel, pero sin ser visto como un preso político.

La derecha peruana, por supuesto, no “leerá” bien la encuesta de Ipsos ni otras encuestas y aplicará el remedio de siempre: más terruqueo y más titulares sobre el riesgo de asustar a la inversión privada. La derecha volverá a apostar por Keiko Fujimori y aportará el doble de dinero que en las campañas anteriores. La derecha no entiende que la defensa de Castillo no es por la persona (totalmente cuestionable) sino por lo que representa: la oportunidad de los sectores populares y oprimidos de derrotar al candidato de las derechas y colocar en el poder a uno de los suyos.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 732 año 16, del 09/05/2025

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13 de diciembre de 2024

Perú: Ratas

César Hildebrandt

Las ratas, cuando acceden al gabinete, adulan a la rata mayor y sostienen que la precocidad sexual inducida –aun en los casos de violencia– es hábito social no punible en ciertas comunidades del país.

Las ratas cuentan que le dijeron a la mujer que va a Palacio que fuera aún más dura con los manifestantes de diciembre del 2022 y enero del 2023. Esas ratas vienen de la academia, cobran mucho y se alisan los mostachos. Son la nobleza de Altamira.

Las ratas hablan de la pena de muerte cuando ya la han aplicado de facto y en mancha.

Las ratas dan leyes para favorecer a los delincuentes comunes, al crimen organizado, a la minería ilegal y a los propios congresistas del hampa que han infectado el recinto donde alguna vez se sentó Miguel Grau Seminario.

Las ratas insultan la memoria de Javier Heraud, que fue un muchacho idealista asesinado en Madre de Dios cuando intentaba, como sólo un romántico suicida podría hacerlo, encender una sublevación a comienzos de los años 60.

Las ratas compran latas de carne de caballo y se las entregan a los niños asistidos por el Estado.

Las ratas proponen la creación de un montón de universidades y el simultáneo debilitamiento del órgano que supervisa la calidad de la educación superior.

Las ratas terruquean a quien alza la mano o levanta la cabeza.

Las ratas tienen la meta de frustrar los juicios penales donde podrá probarse cómo es que recibieron dineros mugrosos de Odebrecht y de capitanes de la banca y la industria para sus campañas fracasadas.

Las ratas quieren un poder electoral sujeto a la intimidación y a la consigna.

Las ratas quieren seguir gobernando.

Las ratas no son republicanas. Para ellas, el Perú debe seguir siendo el feudo de sus intereses. Odian la reforma agraria porque acabó con los señoríos de horca y cuchillo y satanizan al Estado excepto cuando le conceden el derecho de usar sus armas contra los revoltosos.

Las ratas sueñan con volver a la época que empezó con un tractor, una yuca y una promesa de honradez y terminó con un fraude, una corrupción colosal y la demolición institucional de la democracia.

Las ratas quieren que salgamos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Hablan de soberanía pero venderían el país en un remate con megáfono y martillero.

Las ratas dan mensajes a la nación plagados de mentiras y leídos con teatral altivez.

Las ratas se alían con el fujimorismo que actualmente gobierna. Hay ratas leninistas.

Las ratas quieren que los milicos obtengan su tajada en la megacompra de aviones de guerra que no necesitamos. Porque las ratas precarias se cuadran ante las ratas que visten uniforme y hacen sonar tacones.

Las ratas están convencidas de que el mundo es un homenaje a la desigualdad, un himno al sálvese quien pueda, un protectorado de la codicia.

Las ratas aman los guetos, el dominio del dinero, el sacro imperio romano-germánico, el orden mundial que nos empuja a estas vidas de cerebros en ruinas y pulgares ágiles.

Las ratas quieren bala para los desafectos y serían felices si volviera el garrote vil.

Las ratas ancestrales y tatarabuelas hablaban amenamente con Patricio Lynch cuando este despachaba en Palacio tras la ocupación de Lima y culpaban a los indios de nuestras derrotas. Las ratas primeras fueron las que lamentaron la derrota de Ayacucho y el triunfo de las plebes independentistas.

Las ratas aman la fuerza que derrota las causas justas, el saqueo del planeta, la economía de los números y no de las personas, los valores que sostienen la condena de los más pobres, la pesadilla del crecimiento sin cuidado del medio ambiente, el dominio del capital, la paz del genocidio, la ley del cinismo.

Las ratas sólo aceptan a sus semejantes.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 713 año 15, del 13/12/2024

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16 de octubre de 2024

Perú: Contra el terruqueo y la censura

Juan Manuel Robles

Qué bueno que por todas partes se alce la voz en apoyo a Walter y Julio Humala, del Dúo Arguedas, quienes fueron impedidos de ingresar al Gran Teatro Nacional para un concierto en el que iban a participar y en el que eran —según varios de los asistentes— la atracción estelar. Simplemente, les negaron la entrada en la puerta cuando llegaron con sus instrumentos, a pesar de tratarse de un show en regla, anunciado con meses de anticipación y autorizado por las entidades competentes. Al momento de escribir estas líneas, el gobierno no se ha pronunciado sobre el hecho, pero la única explicación posible es la censura: Walter Humala no oculta su rechazo a Dina Boluarte; de hecho, fue partícipe de las manifestaciones contra ella luego de la caída de Castillo, y su canción “Me duele mi país” acompañó las marchas. Es fácil suponer que la mandataria no quiso exponerse a un nuevo bochorno en el Gran Teatro Nacional, como ya ocurrió en el Festival de Cine.

A mí me parece terrible todo acto de censura, pero creo que este es especialmente deplorable y significativo. Porque en un país que se nos llena de pesadillas cotidianas cada noche, donde las extorsiones acaban en asesinatos todos los días, donde la zozobra impone su dominio, todavía queda la humanidad de personas que se congregan con el propósito de ver a un gran músico exponiendo su arte. Y de pronto esas personas tienen que perderse el espectáculo debido a una mandataria asustada por el “terrorismo de imagen”.

En esas cosas anda concentrado el gobierno de Dina. Esos operativos —un agente de seguridad en la entrada haciendo uso de la fuerza— sí funcionan con precisión de reloj.

Walter Humala es uno de los cantautores ayacuchanos más importantes de los últimos tiempos, un referente fundamental del folclor andino, con una trayectoria que traspasa fronteras. Es también un hombre con un pasado contestatario y un compromiso político que lo ha metido en los problemas en que se mete cualquier persona con consciencia social en el Perú: ser terruqueado. Pero lo suyo fue serio. Nadie como este artista para dar cuenta de la triste realidad de la persecución por ideas. Si tuviéramos un Estado civilizado, la televisión pública le haría una entrevista a Walter Humala para que explique a los jóvenes qué quiere decir terruqueo y por qué no es un chiste. Al contrario, es algo que arruina tu existencia, o parte de ella.

Humala fue detenido dos veces, en 1983 y 1991, y en ambos casos los cargos se desestimaron. Tuvo que salir al exilio entre 1993 y 1994. En 1996, de vuelta en el Perú, fue injustamente encarcelado y se las arregló para enviar las letras de las canciones escritas en su celda y lanzar un disco (Walter Humala en voces de Wayra). El conflicto armado terminó, pero no el acoso hacia él. En 2014 fue detenido como parte del operativo Perseo. Para quienes no lo saben, Perseo fue una incursión armada de agentes policiales para detener a gente por pertenecer o simpatizar con Movadef, el movimiento que pedía una amnistía para Abimael Guzmán (de modo similar al fujimorismo que, en esa misma época, buscaba liberar vía indulto a su cabecilla preso). Ni entonces ni antes a Walter Humala se le encontró nada. Salió en libertad al poco tiempo.

Por supuesto que ser simpatizante del Movadef es controversial y criticable. Pero serlo no implica ser terrorista (de hecho, Movadef no está implicada en ningún atentado o ejecución). En todo caso, esa filiación no puede ser excusa para censurar a un músico a minutos de su presentación confirmada, vejándolo a él y a sus seguidores. El Perú es un país donde mucha gente buena está dispuesta a callar frente al hecho de que se dé muerte civil a un encausado por terrorismo, donde nadie critica que se despida a alguien solo por haber firmado el planillón de Movadef quince años atrás. Pero creo que este hecho, ocurrido en una de esas noches en que Lima se llena de disparos, muestra lo burda que es esta práctica y lo inútil que resulta para la lucha contra la inseguridad.

Hay algo llamativo en todo esto. El Jefe del Estado Mayor de la Policía, en esta ciudad que se desangra, es Óscar Arriola. Se trata de uno de los policías que dirigió Perseo, la operación que detuvo injustamente a personas como Walter Humala. Arriola, que por años ha sido un terruquero empedernido (estuvo detrás de la investigación a la obra teatral La Cautiva), tiene hoy a su cargo la seguridad de la ciudad. ¿Cómo le va? ¿Qué hace este efectivo valiente, este corajudo defensor de la ley, este hombre que en pleno 2022 nos decía “o estás con nosotros o estás con ellos” (por los terroristas)? Pues la respuesta la vemos en los noticieros, en los diarios llenos de sangre, en las declaraciones estúpidas del propio Arriola, que culpa a los choferes por no denunciar las extorsiones (con lo confiable que es la PNP) o sale a decir que solo somos más inseguros que El Salvador. ¿Qué fue del terruquero gallito? La respuesta también está en las fotos de Arriola con Chibolín, de cuya red parece haberse beneficiado. Me resulta fascinante pensar a este hombre, que metió presa a gente usando diagramas con redes intrincadísimas, tratando de zafarse de una foto tan directa y contundente.

Los disparos dentro de las combis, debido a la incompetencia del poder, y la censura de un artista, debido al abuso del poder, deberían ser un mensaje: alguien no está haciendo bien su trabajo. Alguien quiere seguir tomándonos de idiotas.

El crimen florece en medio del desgobierno. Los delincuentes huelen el vacío de autoridad moral, se fortalecen cuando no hay referentes éticos para la ciudadanía, cuando los cupos no solo los ponen ellos sino también los tombos. En todo el Perú crecen las voces que entienden que luchar contra el crimen en la calle requiere luchar contra el crimen en las altas instancias. Tal vez sea una buena ocasión de abrir los ojos, replantear prioridades y rechazar al unísono la persecución terruquera, para denunciarla por inmoral y obsoleta.

Está visto que los policías que obligaron a echarse de bruces a campesinos —que solo buscaban manifestarse—, acusándolos de senderistas y sembrándoles armas, no tienen nada que aportar a nuestra seguridad. Intervienen obras de teatro, talleres universitarios de Marx y a artistas con guitarra, pero frente a las bandas el aplomo se les va. Es tiempo de dejar atrás ciertos estigmas paranoicos. Que no usen ese miedo viejo para tapar su inacción, su incompetencia y su dudosa moral.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 704 año 14, del 11/10/2024

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21 de mayo de 2024

Perú: Amistades peligrosas

Juan Manuel Robles

¿Cómo es posible que tengas como contacto de Facebook a un hombre que estuvo en la cárcel por terrorismo? ¿Cómo puedes ponerle like al post de su libro que habla sobre sus años en el MRTA? ¿Cómo dejas que te comente y le contestas con cordialidad? ¿Cómo se te ocurre promocionar su evento cultural? ¿Te parece normal que comparta tu columna en su muro? ¿En serio? ¿Te parece válido que una persona así siga hablando? Todas estas preguntas son muy idiotas, pero podríamos ensayar una respuesta:

—Se llama posconflicto, estúpido.

Por supuesto, en el Perú no sabemos qué es el posconflicto, porque desde hace algún tiempo la oficialidad —y el progresismo manso que se allana— se empeña en negar que alguna vez haya tenido lugar algún conflicto armado, y cierra toda posibilidad de reflexión conjunta sobre lo ocurrido. Ese esfuerzo existió hace mucho y participaron varios de los actores de los años de violencia. A la CVR la palabra Reconciliación le quedó grande, es cierto, pero consiguió cosas notables: senderistas que hicieron estallar bombas y emerretistas que secuestraron hasta la inanición y la muerte hicieron públicas sus autocríticas y su arrepentimiento, su mirada atrás, para que el Perú pueda asomarse a sus mentes, venciendo la resistencia generada por las heridas. Esas declaraciones están en el Lugar de la Memoria, si es que todavía alguna mano negra no las ha borrado de allí.

El espíritu de esas sesiones públicas era todo lo contrario a la impunidad o a la apología a las viejas banderas y métodos. Varios de los que hablaban allí estaban en ese momento purgando condenas largas debido a sus crímenes. Relataban los hechos que protagonizaron y hacían un inventario de sus culpas. Interpelados por la historia, comparecían.

Uno de ellos fue Peter Cárdenas Schulte, cabecilla del MRTA y responsable directo de crímenes de sangre. Todo movimiento guevarista (el MRTA lo fue en sus inicios) tiene militantes políticos, estrategas, soldados rasos y también hombres fuertes sin clemencia encargados de operaciones especiales. Cárdenas perteneció a este último grupo. Repasar sus crímenes resulta, todavía, perturbador. Ante la CVR, compartió su punto de vista, su reflexión crítica, su renuncia a la lucha armada, su pedido de perdón a las víctimas.

Años después, Cárdenas salió en libertad luego de cumplir su condena. En televisión, volvió a pedir perdón y se mostró contrario a la violencia. Resultó moderado, al punto de criticar el autoritarismo chavista de Venezuela.

¿Por qué entablar una conversación cordial con alguien como Peter Cárdenas? ¿Por qué tenerlo en las redes sociales? La pregunta es válida, aunque no con el tono estigmatizante con que la hacen individuos que no tienen ningún problema en tomarse un café con violadores de derechos humanos impunes. Una respuesta posible: porque es legítimo creer que el arrepentimiento existe. Sobre todo si la persona en cuestión pagó con cárcel, si no ha vuelto a delinquir, si no reivindica sus crímenes ni niega lo hecho.

Es cierto que uno puede desconfiar del arrepentimiento y que no aceptar el perdón es una decisión personal válida. Lo que no se puede hacer es criminalizar a quien, creyendo en el arrepentimiento y en el perdón, acepta acercarse al mundo interior de personas que purgaron prisión por sus delitos para saber qué piensan y qué pensaron, qué los llevó a hacer lo que hicieron.

Le dio like a un terruco, quítenles los fondos para su película. Abran una investigación.

Es curioso: en profesiones creativas y artísticas el trabajo con reos en cárceles es una actividad recurrente. Talleres literarios. Expresión corporal. Pintura y dibujo. De hecho, ciertos exprogresistas que hoy botan espuma contra películas que presuntamente “humanizan” a subversivos han hecho, en el pasado, auténticas romantizaciones de esos presos, cautivados por sus vidas equivocadas, sus demonios interiores. ¿Por qué con un exsicario sí se puede y con un exterrorista no?

El final de la autocracia corrupta de Fujimori y Montesinos abrió un espacio para construir algo parecido a un posconflicto. La memoria cruda —en forma de testimonios y fosas desenterradas— nos golpeó en la cara. Como la auditoría de una empresa oscura que ocultó sus manejos, tuvimos acceso al sinceramiento de los crímenes, conocimos como nunca del nivel de barbarie de ambos bandos. La idea era conocer lo que pasó y también prepararnos para conversaciones que tendríamos que sostener años más tarde, cuando terroristas subversivos y terroristas de Estado salieran libres por el cumplimiento de sus condenas. Era el marco previo para la inevitable reinserción a la sociedad de esas personas.

En algún momento esa idea de un posconflicto sano, en el que se respetaría la justicia del estado de derecho —lo que incluye el respeto a la excarcelación—, se cambió por un plan distinto: evitar cualquier diálogo, convertir a los presos y liberados en el elenco para el montaje de la resurrección del cuco terrorista. Distintos gobiernos se han empeñado en ejercer presión política para que los presos por terrorismo no salgan a pesar de haber cumplido su condena, mientras que sucesivos parlamentos han dado leyes para que, aquellos que salen, vivan una especie de muerte civil (con dificultades para trabajar).

Todo esto mientras se acentúan los esfuerzos por borrar de la historia los documentados casos de masacres y torturas por parte de las Fuerzas Armadas. Y tampoco es que en esto haya una intención de recordar a detalle los crímenes de los grupos subversivos. Se prefiere una memoria enunciativa, gruesa, selectiva, solo funcional a la estigmatización, que no lleve a escarbar mucho. No hables, no recuerdes, no humanices. Solo condena (a una parte), trata como parias a estos infelices.

El objetivo final, supongo, es evitar cualquier posibilidad de que consideremos la historia de la subversión como nuestra historia. Negar el parentesco (que a veces es sanguíneo, como en La piel más temida), las coincidencias, la identificación que llega con el ejercicio de la empatía. Negarnos a hacer este ejercicio no solo en la vida real, sino incluso en ficciones mesuradas. La cautela es lo más automático y nos sale muy bien: mejor no darle like al terrorista. O al amigo del terrorista. Ni mirarlo. Es un acto de coerción sutil, pero ni siquiera nos damos cuenta.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 686 año 14, del 17/05/2024

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28 de enero de 2024

Perú: Terruqueo empoderado

Juan Manuel Robles

Las organizaciones de derechos humanos, la izquierda de todos los colores, el progresismo bonito y el centro derecha decente (si existe aún) deberían pronunciar su total rechazo a la designación de Óscar Arriola como nuevo jefe del Estado Mayor General de la Policía. Un terruqueador empedernido que ha encontrado en la coyuntura convulsa del ascenso de Pedro Castillo, el pánico de la derecha y la llegada de Dina Boluarte, la oportunidad perfecta para amasar poder, hacerse conocido y soltar sin pudores sus paranoias y tonterías, propias de alguien que actúa como si viviéramos en 1990 y Sendero Luminoso y el MRTA siguieran allí amenazando con cometer actos terroristas.

—Nací para ser detective —ha declarado el agente.

El señor Arriola habla con el aplomo de un hombre de combate, un experto en evitar atentados y coches bomba, un sobreviviente del conflicto armado. Se autodefine como un “valiente, corajudo, un luchador contra el terrorismo”. Pero tal vez llegó un poco tarde. Tenía 25 años cuando capturaron a Abimael Guzmán. Tomó un curso de Procedimientos Operativos Contraterroristas en la Dircote recién en 2010, cuando el Perú llevaba una década sin atentados.

De manera que Arriola ha pasado casi toda su vida profesional desarticulando ataques y bombas terroristas que solo ocurren en su cabeza. Los grandes golpes de la Dircote en el tiempo que él estuvo allí —fue director entre 2020 y 2022, y director Metropolitano de Lima gran parte de la década del 2010— no han sido, digamos, tan espectaculares.

Quienes leen esta columna saben que me he referido varias veces a la investigación a La cautiva, la obra teatral que estuvo en la mira de la Policía en 2014 porque en ella se ve cómo un grupo de militares se turnan para violar a una adolescente muerta (hija de senderistas), un hecho que, por cierto, está documentado. Adivinen quién fue el responsable de abrir la carpeta. Sí, Óscar Arriola. También tuvo que dar la cara cuando la prensa —que entonces no estaba tan derechizada como ahora— cerró filas contra tamaña estupidez (y abuso). El oficial se vio obligado a recular, pero aclaró que en la obra había expresiones como “¡Viva la lucha armada!, ¡Viva el Partido Comunista!”. Además, dijo, hay manipulación emocional.

Un año antes, Arriola había sido uno de los intrépidos agentes que encabezó el operativo Perseo, una intervención armada contra unos peligrosísimos vejetes del Movadef que andaban recolectando firmas y haciendo lo suyo. Ojo, no solo soy yo quien critica la exageración del peligro que significaban estos señores. “No se necesitan 300 policías para detener a decenas de dirigentes —varios de la tercera edad— que no estaban en la clandestinidad sino haciendo vida pública, con direcciones conocidas”, dijo nada menos que Fernando Rospigliosi (hoy empleado de Keiko Fujimori), quien además restó credibilidad a la investigación por incluir testimonios falsos y dijo que pedir la amnistía de Abimael Guzmán “no es un delito”.

La acción continuó en la carrera del valeroso Óscar Arriola. En 2019, la Dircote —en la que él ya era director Metropolitano— intervino un taller de “Introducción al marxismo” que se iba dar en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos. Logró detenerlo.

¿Se imaginan lo que puede ocurrir si alguien como Arriola adquiere tanto poder en la Policía?

Pues bueno, no hay que imaginarlo. En diciembre del 2020, en el contexto de las protestas contra Dina Boluarte, la Policía intervino a los manifestantes que se encontraban en la Federación Campesina (habían llegado a Lima para manifestarse contra el gobierno). Arriola estuvo a cargo y señaló ante la prensa la presencia de “armas hechizas”: machetes, piedras en baldes y explosivos (estos últimos nunca fueron mostrados). Uno de los campesinos detenidos declaró, en un video que circuló en las redes, que los machetes habían sido sembrados por los efectivos. De hecho, la prensa independiente mostró cómo esos machetes tenían etiqueta y código de barras (estaban nuevos: alguien los acababa de comprar). El tema nunca se aclaró pero en septiembre del 2023 la justicia archivó el caso y soltó a todos los detenidos. No había nada de nada.

¿Y el tiempo perdido por esas personas falsamente acusadas? A nadie parece importarle.

Por sus declaraciones, Arriola parece ser la clase de policía que junta en un sancochado a Sendero Luminoso, el socialismo del siglo XXI (una mutación del mismo mal), que se niega a ver que el MRTA ha desaparecido, que cree que está en capacidad de determinar qué discurso está contaminado de “ideología terrorista”, que piensa que el peligro no es el terrorismo sino el comunismo en sus distintas versiones (y que eso es un asunto policial). Alguien que usa como argumento decir que si tu demanda es aplaudida por subversivos excarcelados, eres pro terrorista (como si uno tuviera la culpa de quién se suma a una causa).

En un país polarizado y herido, el ascenso de Arriola es una provocación. Y la verdad, no sé qué tanto sirva para la amenaza feroz del verdadero crimen.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 670 año 14, del 26/01/2024

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15 de enero de 2024

Perú: Terruqueo distractor

Juan Manuel Robles

Lo que acaba de ocurrir en Ecuador me hace pensar en lo obsoleto que resulta el terruqueo peruano. Siempre me ha parecido repudiable llamar senderista a quien no lo es, usando el miedo que existe por el recuerdo histórico del conflicto armado de los ochenta y noventa, el temor por el trauma de los atentados, los coche bombas y las ejecuciones a autoridades, para criminalizar al enemigo político y limitar su capacidad de protesta. Hay algo muy ruin en esa práctica, peor cuando la estigmatización no viene solo de algún columnista tarado sino de un agente de la Policía que puede tomar medidas con consecuencias concretas, terribles e irreversibles.

Pues hoy me da más rabia esta práctica en la que se hermanan fujimoristas sociópatas y progresistas con miedito. Porque además de haberles arruinado la vida a personas inocentes, me he dado cuenta de que caer en eso distrae la atención y contribuye al autoengaño de todo un país. Gracias a esas campañas —que rebotan felices los medios hegemónicos—, mucha gente cree que quienes protestan son el gran enemigo, que son ellos quienes tienen la capacidad de volver a causar el infierno que conocimos bien, el colapso que tuvimos cerca. Se vende —y se compra— la idea de que la policía cumpliendo su trabajo “contrasubversivo”, atrapando “camaradas” en pleno 2024, es algo que tiene mucho que ver con la “seguridad”. Es una narrativa perversa pero tan efectiva que hasta se tolera el asesinato en la creencia de que, gracias a eso, todo está bajo control y se ha recuperado el orden.

Toda esa parafernalia nos adormece. Habría que preguntarse: ¿Por qué tememos al terrorismo realmente? ¿Por sus banderas y sus cánticos, como nos hacen creer? ¿Por su discurso “ideologizado” de revanchismo social? No, le tememos porque sus cuadros consiguieron crecer y volverse poderosos, hasta ser tan impunes que mataban a quien les daba la gana, a plena luz, y reinaban en las cárceles y desafiaban a quienes quisieran, hasta lograr poner en jaque a todo el país. Al gobierno actual le gusta jugar con la idea de que señores decrépitos que cumplieron su pena de veinte años por terrorismo pueden sembrar aquella pesadilla de nuevo: reiniciar la asonada. Hasta les han inventado un juicio nuevo a algunos individuos que ya cumplieron su condena, en la lógica de acabar “definitivamente” con la amenaza de la subversión.

Pues Ecuador nos recuerda que la amenaza —la grande, la que puede hacer inviable el país— hoy está en otra parte.

No lo vemos porque la distracción funciona (hasta hoy hay personas que creen que Pedro Castillo era senderista y la materialización del “retorno terruco”). Lo cierto es que nuestra estabilidad-país es un espejismo. Es, hace tiempo, una paz solo aparente, en que el peligro real está incubando, como las larvas.

Ecuador nos muestra lo que nos puede ocurrir, pues seguimos casi al pie de la letra una receta similar. Cada país es una historia distinta, ciertamente, pero el combo va más o menos así: un Estado deja que el mercado se regule solo, que las economías ilegales entren en el juego muy toleradas porque, finalmente, generan riqueza. Eso produce que se armen feudos que luego crecen y crecen, alentados por políticos corruptos que ponen alfiles digitados en todas las instituciones. Se crean redes del crimen organizado que, en medio del desgobierno, se diversifican y llegan a los hermosos puertos del Pacífico.

Como todos sabemos, en el Perú, desde hace años, se ha vuelto imposible regular ciertos sectores económicos que crecieron bajo el impulso del neoliberalismo noventero. Es el lado podrido de la movilidad social (y esa es su coartada, la mejora en la vida, la superación de la pobreza). En la versión light de este fenómeno, están actividades económicas turbias pero legales. Universidades bamba que no se dejarán regular jamás (porque mueven millones) o el negocio del transporte, controlado por quienes trafican con rutas que nadie les quitará. Que hayan existido intentos públicos y decididos de regular estas actividades, y que terminaron en rotundos fracasos (debido a la intervención de aliados en el poder) nos habla de esa fuerza, que nos obliga a vivir a merced del lucro.

La minería ilegal no es más que la hipérbole de esas prácticas. Crece con congresistas que responden a esos intereses, se vuelve intocable. A veces crece mucho, se quiebra y las facciones se enfrentan a balazos.

Esos grupos de poder económicos dispuestos a todo por defender su porción del mercado son la amenaza silenciosa. Esas economías que presionan para que el Estado sea mucho más chico, pero que se aseguran de tener a un congresista, a un alcalde, a un ministro, o a todo un partido político para colocar leyes que los dejen operar, son el caldo de cultivo del crimen (la defensa de los intereses en tierra de nadie solo puede darse así) y una pelea territorial de esas que arruinan los países.

Ojalá el ejemplo ecuatoriano nos haga ver cuál tendría que ser ahora mismo el trabajo de una división de inteligencia policial en la que valga la pena invertir recursos. En vez de ser organismos con terruqueros semióticos estúpidos (que dan vergüenza ajena) tendrían que centrarse, al menos, en detectar el peligro gigante de estas nuevas alianzas. Ese peligro que no es el rebrote de Sendero Luminoso, sino el brote real de organizaciones incontrolables, que pueden generar un infierno peor al provocado por Abimael.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 668 año 14, del 12/01/2024

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