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2 de septiembre de 2025

Perú: El miedo conocido

Juan Manuel Robles

"Esos policías tienen todavía la capacidad —se confirma— de generar aquel efecto que aterra y paraliza, como a ratas condicionadas"

Hay algo de lo que no se habla en la discusión sobre la censura al libro de Víctor Polay Campos en la Feria del Libro de Lima y los hechos posteriores. Me refiero al miedo. El libro es un testimonio de parte de un líder subversivo encarcelado, que en varios pasajes hace una autocrítica y pide perdón a las víctimas. Pero no importa. Para la división antiterrorista, el objeto es el cuerpo del delito, la evidencia física de un ilícito grave. De ahí en adelante, lo que queda es determinar si la responsabilidad recae en pocos o en muchos. Empieza así una dinámica que ya conocemos en el Perú (aunque muchos parecen haberse olvidado). La de crear una atmósfera de temor para que otros cooperen.

Porque uno nunca sabe cuándo está siendo cómplice del terrorismo, o eso nos hacen creer. Cuidado. No son solamente los editores que publicaron el libro de un subversivo. Haber aprobado el lanzamiento, por ejemplo, te incrimina también. ¿Cuánto? Eso depende. ¿Conocías el contenido? ¿Hiciste algo para evitar su exhibición? No es necesario ser consciente de lo hecho para que puedas terminar salpicado. Las leyes antiterroristas de los noventa siguen vigentes, son serias y tienen brazos largos.

Ya se abrió una carpeta. Ya se inició la investigación. Los editores implicados van a tener que ir a la Dircote a declarar. Puede que las pesquisas se extiendan a otros. A los organizadores de la feria, por ejemplo. Pueden pasar muchas cosas.

Salvo que colabores. Si colaboras, todo puede ser más fácil. Lo harás, ¿no es cierto?

La editorial Achawata, que publicó el libro Revolución en los andes, del líder del MRTA, ha acusado a la Cámara Peruana del Libro de estar involucrada en la denuncia que un “ciudadano anónimo” hizo contra ellos. Dicen que tuvieron acceso al atestado. La Cámara Peruana ha negado los cargos. La editorial ha insistido y asegura que tiene pruebas. Aducen también que la Cámara los presionó para cancelar la presentación del libro de Polay, en vez de defenderlos en su calidad de agremiados.

No se sabe a ciencia cierta qué pasó. Lo que me parece claro es que en algún momento de esta historia ha intervenido un factor poderoso: el miedo —pánico— a verse involucrado. El ánimo de salvarse el pellejo no importa si en el camino se permite —por acción u omisión— que un inocente sea tratado como un criminal. Ese zafar cuerpo, esa disposición a allanarse a las autoridades, a alimentar una acusación así sea a todas luces absurda —y pueda arruinar a un semejante—, nos remite a los capítulos más oscuros del conflicto armado. Lo alucinante es que estamos en 2025, el MRTA ya no existe ni amenaza, y la Dircote lleva veinte años sin evitar un atentado de esa organización (o alguna afín). Y, sin embargo, esos policías tienen todavía la capacidad —se confirma— de generar aquel efecto que aterra y paraliza, como a ratas condicionadas.

Nadie quiere mojarse ni arriesgar nada aunque estemos frente a un abuso evidente, porque las autoridades nos recuerdan las consecuencias posibles, lo que puede pasar si no dejas claro que no estás con “ellos”. ¿Y qué puede pasar?

Si no lo sabes, te cuento lo que les pasó a los jóvenes directores de Achawata, los esposos César Coca y Magdalena Suárez. Poco después de la presentación frustrada, unos veinte policías entraron corriendo a la feria y fueron a su stand. Dijeron tener una “nota criminal” debido a la denuncia anónima de un “ciudadano colaborador” que les avisó de la venta de un “libro del MRTA”. Primero quisieron llevarse un ejemplar sin pagarlo. Luego empezaron a tomar fotos. Como había un alboroto, una funcionaria de la organización de la feria habilitó el camerino para los oficiales. Los policías se llevaron a Coca. Pasó más de una hora y no regresaba.

Magdalena Suárez tuvo miedo de que lo hubieran arrestado. En realidad, lo estaban interrogando. Después, ya con el abogado, se enterarían de que aquel interrogatorio era ilegal.

La policía pidió también los DNI de todos los trabajadores del stand (la mayoría de los cuales solo trabajaban allí como vendedores). Fue un despliegue de prepotencia.

Luego de eso, citaron a Coca y a Suárez a declarar a la Dircote. El interrogatorio duró, en el caso de Magdalena, casi dos horas, y en el caso de César más de cuatro horas. Además de los policías, estaba el fiscal y el procurador.

El documento que ha elevado la Dircote señala que el libro de Polay justifica, enaltece y exalta al grupo terrorista. Es un informe hecho para sustentar el inicio de un proceso penal. Como el caso se ha vuelto mediático y la ausencia de apología al terrorismo ha sido bastante argumentada, es probable que esto no pase a mayores. Pero la intención de estos señores —que, en ausencia de terroristas, justifican su partida presupuestal persiguiendo idolatrías— es clara. Y, como se ha visto, tienen el poder de hacer que ciertas cosas sucedan.

Es eso lo que infunde miedo. Todos los silencios sobre el hostigamiento a Achawata, todos los que callan en siete idiomas, todos los que, siendo escritores o editores o comunicadores no se pronuncian, tienen un temor que llega desde otras épocas, de ese Perú donde se volvió normal echar por terruco al vecino, aunque no estuvieras seguro, para no complicarte, para que no te acusaran a ti, de cómplice.

Por supuesto que no se puede menospreciar este miedo. Es difícil condenar a alguien que defiende sus intereses y su familia. Pero sí creo que, tantos años después de un conflicto armado que ya no está, es tiempo de que la indignación sea más grande que ese temor. Es tiempo de rectificar el gran error que fue consentir que las autoridades extiendan a su antojo la categorización de “terrorista” y todo por miedo a que se nos considere afines a la subversión.

Y una de las primeras formas de hacerlo es defender en masa a la editorial Achawata y a sus directores, Magdalena y César, que hoy están en problemas y necesitan nuestra firmeza: unos emprendedores de la cultura con tesón y solidaridad, que en sus cortos cuatro años no solo han publicado decenas de obras que tratan de explicar este país surreal, sino que además se han dado el trabajo de hacer una Colección Popular de títulos a diez soles.

Además, como sabemos, esto no es un “exceso” de las autoridades en su noble afán de defendernos del virus del terrorismo. Esta es la ejecución de una forma de control social que se sofistica cada año, y que se ha vuelto una policía de la consciencia. Mientras el marco legal permita estos absurdos que dañan, la presión de los que tenemos una tribuna debe ser fuerte, total y vigorosa, para contrarrestar.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 747 año 16, del 29/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

5 de agosto de 2025

Perú: Poderosa nostalgia

Carlos León Moya

Alguien podrá decir “qué derrotista”, pero no lo creo. Me parece honesto

En estos días aparecieron dos libros con temas diferentes, pero con una nostalgia en común. Por un lado, “Caviar” de Eduardo Dargent, donde rastrea y desmonta esta palabreja y su uso. Por otro, “La marcha del fin del mundo” de Marco Sifuentes, donde cuenta la gestación de La Marcha de los Cuatro Suyos allá por el año 2000. Para esto, se basa en entrevistas y en sus propios recuerdos, pues trabajó en el área de prensa de la marcha.

Los tiempos que tratan difieren un poco. En Dargent, el análisis de caviar lo lleva desde su embrión en el 2000 –los “cívicos”– hasta sus últimas mutaciones el 2025, y revisa también las causas del “declive caviar”, entre ellas, el desfavorable contexto internacional. Sifuentes, en cambio, se centra en los meses de abril a julio del 2000, aunque siempre está presente la visión retrospectiva del autor y de algunos entrevistados.

Autores distintos. Temas distintos. Tiempos distintos. Sin embargo, hay tres elementos en común en estos libros, aunque quizá sean una misma cosa.

El primero es su fracaso como intento lúdico: los dos quisieron hacer un libro más alegre y juguetón del que les salió. Aunque Dargent inicia “Caviar” como una búsqueda cachosa pero informada, conforme avanzan las páginas se le va agriando el ánimo. Lo lúdico se transforma en ensayo y el ensayo se vuelve frustración y hasta rabia. Y está bien: a fin de cuentas, escribe sobre política peruana, y mientras lo hacía el país iba siendo desmantelado por pirañas. Lo mismo pasa con Sifuentes. Los títulos son lúdicos, pero no el contenido. A pesar de algunas anécdotas graciosas, hacia el final una idea va ganando fuerza en la cabeza del Sifuentes del 2000: todo eso había sido para nada. Igual Fujimori juramentó como presidente. Sin embargo, uno percibe que el Sifuentes del 2025 está pensando lo mismo sobre su presente: sí pues, mirando cómo están las cosas ahora, pareciera que todo fue para nada. El Sifuentes del 2000 camina entristecido por la derrota de la marcha. El Sifuentes del 2025 hace poco para consolarlo.

El segundo elemento es ese mismo: el desánimo. Dargent más furioso, Sifuentes más cabizbajo, pero los dos están permeados por el tema del que escriben: la política en el Perú. Los dos van adquiriendo un tono mustio que no está al inicio. Los dos terminan con posibles soluciones, aunque muy modestas: ahora que va a hundirse el barco, recomiendo agarrar a tiempo su chaleco salvavidas. Alguien podrá decir “qué derrotista”, pero no lo creo. Me parece honesto. Es lo posible. En un país inmóvil, mover el dedo gordo del pie es el primer paso. Prefiero eso a los libros de difusión de hace una década, que recomendaban grandes reformas o grandes marchas por la institucionalidad, llenos de ilusión e ingenuidad. Ahora sabemos que eso no es posible. Por favor: primero, recuperar la movilidad. Mover el dedo.

El tercero, y probablemente más mío, es la nostalgia. Los dos autores miran al pasado y transmiten, sin decirlo, que ese tiempo pasado que no nos gustaba parece mejor al de hoy. En “Caviar”, los debates de inicios de siglo que Dargent resume son infinitamente superiores a los balbuceos que tenemos hoy día. La gente peleaba en el Congreso o en sus columnas de opinión; podían ser miserables, pero exponían su miseria de manera verbal. Hoy los políticos ni siquiera escriben sus propios tuits, o hacen trends de TikTok. Dargent no pide volver al pasado, pero señala lo evidente: el debate se deterioró hasta el subsuelo. Reseñar la evolución del término “caviar” en los últimos 25 años es, en realidad, reseñar una involución. Es el homo sapiens regresando a los árboles.

En “La marcha del fin del mundo”, la nostalgia es imposible de evitar. Casi todos los personajes tuvieron un pasado mucho mejor. Era nuestro “momento Applebaum”. Expando: en un artículo del 2018, la historiadora Anne Applebaum narró la fiesta de año nuevo del 2000 que hizo en su casa, en Polonia. Allí estaban sus amigos y los de su esposo, un político polaco. Todos eran demócratas en lo político y liberales en lo económico. Todos del centro a la derecha. Había diferencias, pero todos eran amigos. Applebaum cuenta que para ese año, 2018, ya todos estaban enfrentados entre sí. Un grupo de esos demócrata-liberales se volvió autoritario y conservador; otros solo autoritarios, otros solo conservadores. La competencia política devino en ojeriza personal, en denuncias, en abusos. Al final, ya no eran amigos y quizá ni siquiera rivales, sino enemigos. Applebaum dijo que esto era “una advertencia para el mundo”: en los 2000 todos defendíamos la democracia, pero eso está por acabarse.

Nuestro momento Applebaum también fue el 2000. Sifuentes lo narra y, mientras aparecen los nombres de los personajes, uno va meditando en qué se convirtieron y termina por pensar que tomamos un camino equivocado. La nostalgia no es tanto por el año 2000 en sí, sino por los tiempos en los que pensamos que el Perú andaba finalmente, si no por el camino correcto, al menos por algún camino.

La nostalgia es poderosa y bastante difícil de evadir. Zygmunt Bauman se inventó la palabra “retrotopía”: ya no pensamos en “utopías”, como un futuro idealizado, sino en la añoranza que nos trae el pasado. A veces me siento rodeado por esa nostalgia. Pienso que se acabó el Perú de la transición (2000-2025) y que no lo disfruté lo suficiente. De seguro los autores de estos libros no son ni agrios ni desanimados ni nostálgicos, sino solamente yo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 743 año 16, del 01/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

9 de agosto de 2024

Perú: Días de feria

Alberto Vergara

Quedan tres días de la vigésima octava Feria Internacional del Libro de Lima. En este artículo Vergara la celebra, al tiempo que comenta algunas novedades librescas que vale la pena tener en el radar.

Desde hace un tiempo me dicen que no soy el optimista de antes, que mis artículos se han teñido de un ánimo sombrío. Puede ser. Como dijo una vez Lula, O Brasil mudou, eu mudei. Las cosas en el Perú también cambiaron. O volvieron a la normalidad. En todo caso, acepto la deriva; no sé si haya quien que no la sufra en estos lares.

Sin embargo, esto es distinto de una postura fatalista. Si el Perú de hoy no da para ser optimista, siempre hay margen para la esperanza. A diferencia del optimismo y del pesimismo – heterónimos de la flojera intelectual—la esperanza no es una convicción, es una posibilidad. Para la esperanza hace falta algo que abunda en el Perú: incertidumbre. Alguien dijo que aquí todo es difícil, pero nada es imposible.

La Feria Internacional del Libro en Lima me lo recuerda siempre: una vez al año le aplica una transfusión de sangre a mi anémico ánimo. Cuando uno ve las decenas de miles de personas que se agolpan al recinto cada día, cuando se observa la cantidad de editoriales pequeñas y grandes publicando absolutamente de todo, cuando se constata que las conferencias y presentaciones están siempre llenas, cuando uno ve todo eso y más, a uno le vienen ganas de cantar aquello de ¿quién dijo que todo está perdido? Una fiesta de lectores, editores, escritores. Una fiesta ciudadana.

Porque hay que repetirlo: el Perú es mucho mejor que el Perú político. No creo que Julio Villanueva Chang (capricornio) se propusiera demostrarlo con su nuevo libro, pero es una de las conclusiones que deja su lectura. No se nace en vano al pie de un volcán (Universidad Continental, 2024) es una colección estupenda de perfiles de cinco arequipeños notables. Notables no en un sentido marmóreo, sino por sus trayectorias, contribuciones y pasiones: un niño amante de las hormigas y defensor de los árboles; una musicóloga entrañable que, además de haber dirigido la sinfónica de Arequipa, ha escrito trece libros; un botánico de reputación mundial que ha descubierto 30 plantas y fundó tres bandas de rock; una vulcanóloga que confiesa que, sobre el Misti, hay más canciones que investigaciones; y un doctor que asegura andar en búsqueda de una medicina que no escinda cuerpo y alma. Los perfilados condensan una ciudadanía vital, abierta al mundo, comprometida con sus oficios, compatriotas y con la naturaleza; una donde ciencia, artes y humanidades se refuerzan mutuamente. Lo leo y me repito que el Perú no es un atado de waykis angurrientos de Rólex.

El alcalde de Jesús María –de Renovación Popular, desde luego—no quería prestar el parque de los Próceres para la feria. Es más, lo había anunciado con cara de gol. Más o menos como cuando cerró INPPARES, ese lugar abocado a la subversiva labor de brindar servicios de salud baratos sobre todo para mujeres. Pero fracasó. El gremio de libreros —y a través de ellos la ciudadanía— defendió su feria y consiguió que se realizara por vigesimoctava vez de manera ininterrumpida. (Por cierto, comentan que Boluarte se puso del lado de la feria, lo cual prueba que hasta un reloj malogrado está en lo correcto dos veces al día). No hay muchas cosas que duren 28 años en el Perú. Ni siquiera la democracia. Y, como me recuerda un amigo librero, es una feria que no solamente carece de auspicio estatal, sino que para realizarse ¡debe pagar —en miles de libros— a la Municipalidad de Jesús María! La feria es, en fin, otro pequeño triunfo de lo que alguien podría llamar los ciudadanos sin república.

Pero hubo un tiempo en que la ciudadanía contó con la preocupación estatal. Es lo que de alguna manera nos transmite Sharif Kahatt en su nuevo libro Atlas de la vivienda colectiva en Lima: arquitectura y proyecto urbano (Fondo editorial PUCP, 2024). El libro es una joya y puede leerse de muchas maneras. De un lado, es una recopilación prolija y fina de casi todos los proyectos arquitectónicos colectivos realizados en Lima desde la Quinta La Riva construida en 1911 hasta Alto Benavides del 2021. Pero el libro es más que eso.

Es también una historia de la expansión de Lima, una en la que el Estado con grandes dificultades a lo largo del siglo XX procuró planear y brindar vivienda a la ciudadanía. A partir de los noventa, en cambio, subraya el autor, la preocupación por la urbanidad fue reemplazada por la urgencia de la vivienda individual. El modelo urbano pasa a ser uno obsesionado con enrejarse y desertar de la ciudad y sus semejantes. Como en una profecía autocumplida, la ciudad aterrorizada se amuralla y profundiza así las condiciones para la inseguridad. La preocupación última de Kahatt es cómo convivir entre conciudadanos y no solo apiñados unos junto a los otros.

La FIL es un lugar de los que no hay. Por eso en un par de semanas cientos de miles de personas llegan a disfrutar de esta rara experiencia. Sin temernos ni despreciarnos, vagabundeamos en busca de lecturas o picarones, de una amiga, una conferencia o por el puro hueveo (there’s a lot to learn/from waisting time, Neil Young). Ahí nadie va a bajar de una moto y encañonarnos por el celular: la insólita experiencia de descuidarnos. Por un ratito, los próceres alojados en lo alto del parque le ceden su sitio a una ciudadanía que experimenta una vida en común parecida a lo que alguna vez prometieron: constituir una comunidad de semejantes y no un agregado de enemigos.

Hace mucho esperaba una novela que capture los rasgos principales del Perú de los años 2000, este país donde han convivido el enriquecimiento económico con la bancarrota moral. Omar Aliaga, periodista trujillano, la ha escrito. Los hombres que mataron a la primavera (Fondo de Cultura Económica, 2024) es una excelente primera novela. La historia está libremente inspirada en el escuadrón de la muerte que campeó en Trujillo durante el segundo gobierno de Alan García. La novela funciona tanto como una caracterización de la región La Libertad de aquellos días, como anticipo de lo que vivimos hoy a nivel nacional. Con gran ritmo, entrelaza las historias de políticos apristas en tiempos de Odebrecht mientras asciende César Acuña; policías asociados con delincuentes se dedican a aterrorizar pitucos siempre generosos con quien los asusta; mineros ilegales van haciéndose más presentes en la ciudad; jueces que suelen tener cash bajo el colchón, policías con Rólex (literal)… pero también están los periodistas obstinados y nobles (también los vendidos), además de una juventud global y culta, debidamente alcoholizada en el Chaska. Una muy buena novela que trasciende a la ciudad de la eterna balacera.

El año 2019 fue el mejor de la feria: casi 600.000 visitantes y 20 millones de soles en ventas. Según me dicen, este año viene muy bien y podría superar esas cifras. Ojalá. Lo lindo también está en lo que estos números albergan: una feria con pluralismos de todo tipo. De edades, por ejemplo. En muchos de los auditorios veo gente mayor, pero, de tanto en tanto, se escuchan alaridos adolescentes que responden a la presencia de algún autor o autora popular, mientras los niños abarrotan las áreas con juegos de mesa. Socialmente, se trata de una feria de las diversas clases medias que, por la razón que sea, no salieron de viaje por fiestas patrias. La oferta de libros, a su vez, tiene casi todo. Y, sobre todo, hay mucho más que libros. Porque la feria es eso, una feria popular. No es un evento solemne (aunque su inauguración lo pretenda: como siempre, lo institucional disociado de la gente): la feria es la posibilidad del relajo familiar. Y en las noches, ¡música! De los Doltons al folklore, de la cumbia a la clásica. Todo por ocho soles. Obviamente, por muchas razones, no es la feria de Guadalajara ni la de Buenos Aires, pero está bien recordar que Santiago no tiene una y la de Quito es muy pequeña en comparación a la nuestra. Queda mucho por mejorar, por cierto. Sin señalización, uno da vueltas como vaca sin cencerro buscando auditorios o stands, los baños son precarios, en algunos auditorios se filtra una diversidad de ruidos, etc…

Como sea, la feria siempre viene a recordarnos que hay con qué. Si es cierto que las adversidades se alzan unas tras otras en el país, también lo es que resiste una cierta sociabilidad ciudadana a la búsqueda de espacios que la permitan florecer. La democracia no es solo un asunto de reglas escritas, es también una forma de convivencia. Cuando los griegos inventaron la democracia sabían bien que esta se sostenía en que la ciudadanía se encontrase en los banquetes de la ciudad o en las puestas en escena de las tragedias; la institucionalización de los derechos individuales en el siglo XVIII y XIX solo se produce luego de que una nueva socialización urbana y pública introdujo los hábitos de la igualdad; y la historiadora Lynn Hunt ha mostrado que la literatura del siglo XVIII permitió el ascenso de la era de los derechos humanos. La feria del libro y sus visitantes son parte fundamental de nuestra eventual regeneración.

https://larepublica.pe/opinion/2024/08/04/dias-de-feria-por-alberto-vergara-feria-del-libro-2024-columna-a-mi-no-me-cumben-188316