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5 de agosto de 2025

Perú: Poderosa nostalgia

Carlos León Moya

Alguien podrá decir “qué derrotista”, pero no lo creo. Me parece honesto

En estos días aparecieron dos libros con temas diferentes, pero con una nostalgia en común. Por un lado, “Caviar” de Eduardo Dargent, donde rastrea y desmonta esta palabreja y su uso. Por otro, “La marcha del fin del mundo” de Marco Sifuentes, donde cuenta la gestación de La Marcha de los Cuatro Suyos allá por el año 2000. Para esto, se basa en entrevistas y en sus propios recuerdos, pues trabajó en el área de prensa de la marcha.

Los tiempos que tratan difieren un poco. En Dargent, el análisis de caviar lo lleva desde su embrión en el 2000 –los “cívicos”– hasta sus últimas mutaciones el 2025, y revisa también las causas del “declive caviar”, entre ellas, el desfavorable contexto internacional. Sifuentes, en cambio, se centra en los meses de abril a julio del 2000, aunque siempre está presente la visión retrospectiva del autor y de algunos entrevistados.

Autores distintos. Temas distintos. Tiempos distintos. Sin embargo, hay tres elementos en común en estos libros, aunque quizá sean una misma cosa.

El primero es su fracaso como intento lúdico: los dos quisieron hacer un libro más alegre y juguetón del que les salió. Aunque Dargent inicia “Caviar” como una búsqueda cachosa pero informada, conforme avanzan las páginas se le va agriando el ánimo. Lo lúdico se transforma en ensayo y el ensayo se vuelve frustración y hasta rabia. Y está bien: a fin de cuentas, escribe sobre política peruana, y mientras lo hacía el país iba siendo desmantelado por pirañas. Lo mismo pasa con Sifuentes. Los títulos son lúdicos, pero no el contenido. A pesar de algunas anécdotas graciosas, hacia el final una idea va ganando fuerza en la cabeza del Sifuentes del 2000: todo eso había sido para nada. Igual Fujimori juramentó como presidente. Sin embargo, uno percibe que el Sifuentes del 2025 está pensando lo mismo sobre su presente: sí pues, mirando cómo están las cosas ahora, pareciera que todo fue para nada. El Sifuentes del 2000 camina entristecido por la derrota de la marcha. El Sifuentes del 2025 hace poco para consolarlo.

El segundo elemento es ese mismo: el desánimo. Dargent más furioso, Sifuentes más cabizbajo, pero los dos están permeados por el tema del que escriben: la política en el Perú. Los dos van adquiriendo un tono mustio que no está al inicio. Los dos terminan con posibles soluciones, aunque muy modestas: ahora que va a hundirse el barco, recomiendo agarrar a tiempo su chaleco salvavidas. Alguien podrá decir “qué derrotista”, pero no lo creo. Me parece honesto. Es lo posible. En un país inmóvil, mover el dedo gordo del pie es el primer paso. Prefiero eso a los libros de difusión de hace una década, que recomendaban grandes reformas o grandes marchas por la institucionalidad, llenos de ilusión e ingenuidad. Ahora sabemos que eso no es posible. Por favor: primero, recuperar la movilidad. Mover el dedo.

El tercero, y probablemente más mío, es la nostalgia. Los dos autores miran al pasado y transmiten, sin decirlo, que ese tiempo pasado que no nos gustaba parece mejor al de hoy. En “Caviar”, los debates de inicios de siglo que Dargent resume son infinitamente superiores a los balbuceos que tenemos hoy día. La gente peleaba en el Congreso o en sus columnas de opinión; podían ser miserables, pero exponían su miseria de manera verbal. Hoy los políticos ni siquiera escriben sus propios tuits, o hacen trends de TikTok. Dargent no pide volver al pasado, pero señala lo evidente: el debate se deterioró hasta el subsuelo. Reseñar la evolución del término “caviar” en los últimos 25 años es, en realidad, reseñar una involución. Es el homo sapiens regresando a los árboles.

En “La marcha del fin del mundo”, la nostalgia es imposible de evitar. Casi todos los personajes tuvieron un pasado mucho mejor. Era nuestro “momento Applebaum”. Expando: en un artículo del 2018, la historiadora Anne Applebaum narró la fiesta de año nuevo del 2000 que hizo en su casa, en Polonia. Allí estaban sus amigos y los de su esposo, un político polaco. Todos eran demócratas en lo político y liberales en lo económico. Todos del centro a la derecha. Había diferencias, pero todos eran amigos. Applebaum cuenta que para ese año, 2018, ya todos estaban enfrentados entre sí. Un grupo de esos demócrata-liberales se volvió autoritario y conservador; otros solo autoritarios, otros solo conservadores. La competencia política devino en ojeriza personal, en denuncias, en abusos. Al final, ya no eran amigos y quizá ni siquiera rivales, sino enemigos. Applebaum dijo que esto era “una advertencia para el mundo”: en los 2000 todos defendíamos la democracia, pero eso está por acabarse.

Nuestro momento Applebaum también fue el 2000. Sifuentes lo narra y, mientras aparecen los nombres de los personajes, uno va meditando en qué se convirtieron y termina por pensar que tomamos un camino equivocado. La nostalgia no es tanto por el año 2000 en sí, sino por los tiempos en los que pensamos que el Perú andaba finalmente, si no por el camino correcto, al menos por algún camino.

La nostalgia es poderosa y bastante difícil de evadir. Zygmunt Bauman se inventó la palabra “retrotopía”: ya no pensamos en “utopías”, como un futuro idealizado, sino en la añoranza que nos trae el pasado. A veces me siento rodeado por esa nostalgia. Pienso que se acabó el Perú de la transición (2000-2025) y que no lo disfruté lo suficiente. De seguro los autores de estos libros no son ni agrios ni desanimados ni nostálgicos, sino solamente yo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 743 año 16, del 01/08/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

7 de marzo de 2025

Perú: Somos caviares

César Hildebrandt

"Caviarizan los que se siguen sintiendo dueños del país"

El miedo es una construcción complicada.

Para infundirlo hay que tener cierta autoridad.

No puede infundir miedo un pobre diablo. O, en tiempos de inclusión imperativa, una pobre diabla.

Pero, claro, hay excepciones. Donald Trump es, personalmente, un pobre diablo. Pero está montado en un PBI de gigante, un arsenal nuclear de pavores, cien bases militares alrededor del mundo, un servicio de inteligencia con licencia irrestricta y cementerio propio. En su caso, es el cargo el que lo hace temible.

El problema es cuando quieres asustar a la prensa que te incomoda, arrinconar a la fiscalía, anunciar la guerra del fin del mundo a los caviares, pero todo el mundo sabe que tú no mandas, todos saben que eres una servidora del congreso, nadie duda de que confías en torcer la ley para que no te alcance.

La señora que va a Palacio a fingir que nos gobierna estaba convencida de que iba a producir un terremoto. Lo que vino fue una risotada. Era la versión a color de “Ahí está el detalle”, cuando Cantinflas solicita el fusilamiento de su propio abogado.

Daba risa y vergüenza ajena verla con el ceño fruncido y con voz de supuesta indignación dirigirse a la opinión pública con el fin de convencerla de que hay una conspiración en su contra.

Y todo porque se atrevieron a allanar el domicilio del sujeto que ejerce un cargo ministerial porque sabe demasiado y tiene acreencias todavía no pagadas.

Por supuesto que nadie conspira contra la señora.

No es necesario reunirse en rebeldía para socavar la estabilidad de un gobierno repulsivo que apenas se sostiene.

Quienes conspiran son, en todo caso, los ministros como el de educación y el de cultura. Ellos, disfrazados de alfombras, aumentan el descrédito y acrecientan el rechazo.

El congreso del hampa ha recreado una derecha mediática que está a la altura de sus propósitos. Esa derecha pretende que se condene socialmente a quienes no compartan sus metas: convertir el statu quo en un programa político, normalizar la extrema desigualdad, endiosar hasta el crimen el mercado corrompido por la concentración y las coimas, mineralizar los privilegios de ciertas castas.

Caviarizar es el sinónimo actualizado de terruquear.

Pasó de moda el terruqueo porque las ruinas de Sendero en el Vraem ya no intimidan. Lo que se ha impuesto como ley marcial es caviarizar. Caviarizan los que se siguen sintiendo dueños del país.

Somos caviares, por ejemplo, los que decimos que el Congreso –dominado por Fuerza Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, los pájaros fruteros de Acción Popular, el zombismo de Somos Perú y los primos de la China Tudela de Avanza País– es una organización criminal dedicada a cambiar las leyes que nos protegen de los delincuentes.

Somos caviares los que no nos sumamos al festín caníbal de hervir en vida a quienes tuvieron el acierto de cerrar el Congreso en el que 73 fujimoristas, teleguiados por la heredera de la mafia paterna, gobernaban el Perú sin haber ganado las elecciones.

Somos caviares los que no les creemos a los abogados del diablo convocados por la peor televisión para decirnos, en nombre de los forajidos que representan, que la Fiscalía está politizada, que Vela y Pérez son cómplices de Odebrecht y que la detención preliminar o la ley de extinción de dominio ofenden el debido proceso y los derechos constitucionales.

Somos caviares, en suma, los que no somos parte del juego de la derecha bruta y achorada que hoy aspira a llenar la agenda política y tiende a la censura y la cancelación del adversario.

Esa es la derecha de la podredumbre fujimorista, del reinado de Odebrecht entre gobiernos y constructores, del alanismo de Pepe Graña.

Es la derecha de los techos que se caen matando y de la presidenta que mata para no caer. Es la vieja derecha que hoy luce tatuajes y peinado recio.

Esa derecha quiere que la arropemos, que le demos las gracias por los servicios prestados y por el futuro que habrá de construirnos en los próximos siglos. Es la derecha colgada de la bandera del Perú.

La derecha bruta y achorada confía en la indulgencia de la mala memoria y en la prostitución de buena parte de la prensa. Confía en las elecciones del caos, en los mensajes obsesivos de sus bandas troleras y en que la extrema necesidad produce muchas veces las peores decisiones.

La derecha dice que cree en el país. Mentira. La mayor parte de la derecha peruana no tuvo ni tendrá identidad nacional. Para ella, el Perú es mina, garbanzal, exoneraciones y lobismo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 723 año 15, del 07/03/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

18 de octubre de 2024

Perú: Caviares y terrucos

Jorge Bruce

Quienes se aferran a la sombría predicción de que así se está preparando el terreno para la “mano dura” (eufemismo para dictadura) están jugando con fuego.

Acaso los lectores habrán advertido el cambio de invectivas del Ejecutivo y el Legislativo. Hasta antes del paro del jueves, el enemigo designado de esos dos poderes del Estado eran —éramos— los caviares. Nadie sabe lo que significa ese término zoológico-político, salvo que eran el cuco predilecto de políticos empeñados en defender sus intereses y los de las mafias a las que representan. Sin embargo, con el éxito del paro encabezado por los transportistas y de muchos comerciantes, cuyo común denominador es el de ser víctimas de los extorsionadores, el término “caviar” ha sido desplazado por el de “terrucos”. Disparates como el terrorismo urbano o el terrorismo de imagen fueron el pistoletazo para esta nueva campaña denigratoria de quienes protestan porque los están matando.

Fue entonces que se evidenció la brecha entre caviares y terrucos, en la percepción de los mencionados poderes. Los dirigentes populares de los transportistas, por ejemplo, aquellos a quienes les faltó el respeto el congresista Montoya en el recinto del Congreso, no serían caviares, sino terroristas, vinculados al Movadef o algo análogo. Salta a la vista el sesgo clasista y racista de esa brecha. Mientras que los caviares, en la narrativa gubernamental, son mermeleros que quieren seguir succionando las arcas del Estado, los terrucos son personas de extracción y arraigo popular que hacen terrorismo urbano y por eso, de persistir en sus protestas callejeras, deben ser reprimidos por la violencia y, en última instancia, baleados.

Esta línea demarcatoria no es, por supuesto, impermeable. Hay una zona fronteriza porosa a través de la cual una persona crítica del régimen puede pasar de una categoría a otra. Por ejemplo, alguien que se exprese de manera crítica al régimen en los medios puede pasar de caviar a terrorista de imagen. Y por ende terminar en la cárcel. Parece más difícil que un dirigente de transportes o mercados pase de terruco a caviar. En términos de racismo y clasismo, esto siempre ha sido así: es más fácil descender que ascender.

El problema es que al régimen en el poder se les están agotando las municiones y los aliados. La Confiep se ha solidarizado con la protesta y varios dirigentes empresariales han hecho lo propio. La revista Semana Económica también se ha pronunciado contra la incompetencia del régimen y los peligros que esto está incrementando en la situación del Perú. Su editorial es elocuente: “Un Gobierno contumaz”. Acusa al Gobierno de carecer de ideas para enfrentar la ola de violencia e inseguridad que sufre el país. Es muy improbable que se acuse a Alfonso Bustamante, presidente de la Confiep, de caviar o de hacer terrorismo de imagen. En cambio, el congresista Cueto aprobó la agresión del congresista Montoya, diciendo que no se puede dialogar con personas que tienen “posiciones radicales”. Para comprobarlo, criticó que se les haya permitido ingresar a “su” palacio legislativo.

Las encuestas demuestran fehacientemente el repudio generalizado contra estos congresistas encerrados en su recinto, aquel desde el cual emiten leyes tan vergonzosas como la 32108. Es inusual que una ley se haga tan conocida, pero eso es lo que ha ocurrido con la 32108. Todo el mundo sabe que es la ley que favorece al crimen organizado y al sicariato. Por eso no hay coincidencia alguna en el aumento exponencial del delito de extorsión. La ley de marras ha promovido el auge de ese delito y los resultados no se han hecho esperar. Hay extorsionadores a gran, mediana y pequeña escala. Juan De la Puente menciona pymes de la extorsión.

No es la primera vez que los sectores empresariales apoyan un paro. Pero en esta ocasión se advierte que la presión irá en aumento. La gente está protestando no por mejoras salariales o el alza del costo de vida. Ni siquiera por el aumento evidente de la pobreza. Lo están haciendo reclamando el más elemental de los derechos: el de la vida. Todos nos damos cuenta de que el Congreso es el que manda, mientras la presidenta Boluarte rehúye las entrevistas a la prensa y se dedica a lo que todos vemos: cambiar su imagen… física. Ese grado de frivolidad mientras el país se desangra a todo nivel es algo que ni siquiera en un país acostumbrado a delirios gubernamentales como el nuestro se había visto antes.

Se equivocan los congresistas si piensan que esto puede durar hasta que ellos lo decidan. La gente que no pueda fugar del país —como lo han hecho un millón de peruanos en los últimos años— está contra las cuerdas. En esas condiciones extremas, sucede lo mismo que en el reino animal —al cual pertenecemos, después de todo—: fight or flight (lucha o huye). Es decir, quienes no puedan huir lucharán por su vida. Eso es exactamente lo que está sucediendo ahora, aquí.

No será un movimiento organizado encabezado por líderes reconocibles. Por el momento, quien lleva la voz cantante es la desesperación, de un lado, la indolencia, la negación y la corrupción, del otro. Es interesante la presencia de los grupos empresariales en esta protesta. También ellos se están jugando la supervivencia de sus intereses y calidad de vida. Y todos —excepto los del 5% que se niegan a ver la realidad en las encuestas— nos damos cuenta de que nuestro país va camino de convertirse en un páramo inhabitable, gobernado por la ley de las pandillas.

Quienes se aferran a la sombría predicción de que así se está preparando el terreno para la “mano dura” (eufemismo para dictadura) están jugando con fuego. Y Antauro, que no es caviar ni terruco, sino todo lo contrario, lo sabe.

https://larepublica.pe/opinion/2024/10/15/caviares-y-terrucos-por-jorge-bruce-1146525

30 de agosto de 2024

Perú: ¿Pero quiénes somos los “caviares”?

Luis Pásara

El recurso fácil para descalificar al contrario mina la democracia.

No estoy seguro de quién echó a circular el mote entre nosotros. Sí sé que no es una originalidad: se usó mucho antes en Francia para señalar como “izquierda caviar” a aquellos personajes de discurso contestatario que frecuentaban cocteles de embajadas y recepciones de alto nivel social. De modo que bien podría decirse que el autor del trasplante al país fue un afrancesado en busca de una expresión, entre despectiva y burlona, para inhabilitar a la izquierda de origen social alto.

Entre nosotros, y alejado del significado francés, el uso del término ha tenido éxito, impulsado por medios de extrema derecha y, usándose como un proyectil letal, su contenido es impreciso; más bien, flexible. En pocas palabras, cuando se busca poner fuera de juego un argumento, se califica como “caviar” a quien lo dio. Lo que importa es que el señalado quede así como si fuera portador de una enfermedad repulsiva.

Basta ojear “La Razón” o someterse a un rato de Willax para comprobar cómo se descalifica arrojando el término encima de alguien que se atrevió a sostener una tesis que no resulta aceptable para el “analista” de turno –especialidad en la cual diversos opinantes parecen haberse graduado en los medios–. Entonces, mucha atención, no se contesta la tesis, se desautoriza como “caviar” a quien la formuló.

No hay, pues, debate con un caviar. Basta ponerlo fuera de juego. Para ello, “la caviarada” ha sido repetidamente presentada como una suerte de logia que conspira, lejos de los escenarios visibles, para controlar instituciones e importantes decisiones públicas. En estos días, los focos están puestos sobre los “caviares” que, según se afirma, manejan o controlan la Junta Nacional de Justicia, y el proyecto de ley que pretende controlar a jueces y fiscales desde el Congreso se asienta sobre la insinuación de que los “caviares” han capturado a las entidades correspondientes.

Este uso descalificador de un término, no para derrotar un argumento sino para inhabilitar a quien lo da, registra un antecedente importante que tuvo vigencia en el país durante décadas. Fue el término “comunista”, que en el siglo pasado fue muy utilizado por los periódicos de los propietarios. Lo usó “El Comercio” contra el aprismo, cuando este constituyó una amenaza para los señores; años después se utilizó en “La Prensa” de Pedro Beltrán, que en sus caricaturas presentaba la figura de individuos de mal aspecto que eran “los comunistas”.

En esos años, el término llegó a ser aplicado a personajes tan lejanos del comunismo como el democristiano Héctor Cornejo Chávez. Durante el gobierno de Velasco Alvarado, luego de ser expropiados los diarios, algunas publicaciones contrarias al régimen militar lo usaron también para señalar a determinados asesores civiles a quienes adjudicaban la orientación de las reformas adoptadas.

De “comunistas” a “caviares”: la intolerancia

Los “caviares” –como los “comunistas” de otra época– han sido y somos aquellos cuya opinión incomoda a quienes se consideran dueños del país y, en consecuencia, con el derecho indiscutible a disponer en él. Por eso es que estorbamos; por eso es que hay que prescindir de nosotros. Y si ahora no puede hacerse físicamente, hay que hacerlo ideológicamente, poniéndonos fuera del tablero como ciudadanos con menores derechos –en rigor, sin ningún derecho a participar– porque somos insalubres. Por cierto, de esa tarea no se encargan directamente los dueños sino los “periodistas” y los políticos de bajo nivel que se hallan a su servicio y están dispuestos a complacerlos. Así ha sido siempre.

Desde esa postura, responder a las tesis contrarias siempre ha sido secundario; la clave está en señalar como un apestado a aquel que las esgrime. En cada uno de estos episodios, hay una constante: la intolerancia no solo para discutir con el discrepante, sino para aceptar que la discrepancia es legítima. Esto es lo que hizo de “comunista” y hace de “caviar” recursos profundamente antidemocráticos. Como eran y son quienes se sirven de tales términos.

Esa intolerancia de la derecha extrema que hemos padecido y padecemos en el Perú es una de las taras que al parecer no somos capaces de superar, pese al transcurso del tiempo. La intolerancia frente a quien no piensa como yo, la negación del derecho a que exprese esa opinión, en nuestra historia ha inspirado, desde luego, dictaduras, leyes represivas y asesinatos cometidos desde el poder. Pero, aún sin llegar a esos recursos, al impedir el diálogo democrático la intolerancia es un obstáculo al desarrollo de la conciencia ciudadana. Aunque haya periódicamente elecciones, nos hace enemigos en vez de adversarios. Nos coloca en un juego de tú-o-yo que es la negación del entendimiento y el acuerdo propios de la democracia.

El “caviar” pasará de moda. Pero vendrán otros términos de uso similar. Porque los actores retrógrados de este país no buscan acordar salvando diferencias; siempre han buscado imponer, pasando por encima de la opinión de otros. Entre otras razones, por eso hemos llegado a este presente lamentable.

https://luispasara.lamula.pe/2024/08/26/pero-quienes-somos-los-caviares/luispasarapazos/

29 de agosto de 2022

Perú: El enemigo principal

Gustavo Espinoza M.

Con el propósito de no deteriorar aún más las relaciones entre los distintos segmentos de la izquierda peruana, he eludido referirme de manera directa a las opiniones vertidas por uno u otro dirigente o militante del movimiento popular.

He optado, en cambio, hablar de los fenómenos sociales y políticos pergeñando, en torno a ellos, ideas básicas que pudiesen servir como elementos de análisis para los lectores.

La reciente entrevista concedida por Vladimir Cerrón y publicada en la prensa argentina -“Página 12”- obliga sin embargo, a romper este procedimiento y abordar puntualmente lo dicho por el dirigente de Perú Libre Veamos:

LAS COINCIDENCIAS CON EL ENEMIGO

“Coincidimos con el fujimorismo porque combatimos a un enemigo común, que es la izquierda caviar, la social democracia, ellos son nuestro enemigo principal”; sostuvo en esa entrevista el ex Presidente del Gobierno   Regional de Junín, como una manera de justificar determinadas votaciones ocurridas en el Congreso de la República y en las que sumaran fuerza los parlamentarios de su partido y los exponentes de la ultra derecha peruana.

Hay varios puntos que abordar en torno a este concepto que sin duda tiene incidencia significativa en el escenario político de nuestro país. Por lo demás, estas palabras perfilan un criterio de política que podría comprometer a la izquierda peruana si no es enfrentado.

Es un viejo dicho que cuando se coincide con la derecha, la que se beneficia es la derecha. Y es que, ella diestra en alianzas y componendas no suele equivocarse cuando se trata de proteger y preservar sus privilegios de clase. Un ejemplo práctico lo tuvimos  precisamente en el seno del Congreso Peruano: PL y el fujimorismo “coincidieron” en la votación que hizo posible la elección del Tribunal Constitucional Como resultado de ese acuerdo, el fujimorismo ocupó las 5 plazas del TC sin que ni Perú Libre ni ninguna otra fuerza afin al pueblo haya logrado cupo alguno.

Esta “victoria” del fujimorismo, lograda gracias a ls votos de Perú Libre, le permitirá a la ultra derecha detentar poder absoluto en este máximo órgano de administración nacional en los próximos cinco años. Todos los temas habrán de pasar por el TC, desde un indulto a Alberto Fujimori hasta la ratificación de un Tratado Internacional. Nada será ajeno a su omnímodo Poder.

¿Algo bueno obtuvo Perú Libre con esa votación? ¿Hubo alguna “compensación” positiva para el país que justifique tal entrega?. Por lo menos en lo que podría considerarse “el área pública”, nada. Y no quisiéramos creer que se “pactó” algo en el ámbito secreto ¿verdad?

Hubo adicionalmente, otras votaciones “coincidentes”, como la censura a algunos ministros, o el ataque a la SUNEDU, el aliento a la contrarreforma universitaria y acoso al Ministerio de la Mujer el apoyo y la defensa de posiciones más conservadoras en torno a la sexualidad y temas afines. Nada de eso favoreció al movimiento popular  

A PROPÓSITO DE “LOS CAVIARES”

El otro tema tiene que ver con los denominados “Caviares” que, en el caso, Cerrón los precisa: la Social Democracia.

De manera general, la ultra derecha abomina a “los caviares”. Hay que escuchar simplemente a Beto Ortiz, Phillips Butten o Aldo M para tener una idea de la magnitud del odio que incuban contra ellos. Pero, en tal caso, esa inquina, es comprensible.

“Los Caviares” constituyen un segmento social crítico al régimen de dominación vigente. Lo cuestionan, y lo orillan, aunque no siempre se atreven a enfrentarlo. En contra partida, se sienten “cerca” de la izquierda, aunque se distancian de ella, para no comprometerse en postulados fundamentales. En otras palabras, son reformistas, pero no revolucionarios. Integran lo que comúnmente se conocen como “la izquierda moderada”. En otros términos, son los Progresistas.

Este es un sector social que comprende principalmente a las capas medidas de la sociedad, a la burguesía media, más bien intelectual y “libre pensadora”. Estratégicamente, no acepta el socialismo; ni el poder de la Clase Obrera; ni la Revolución. Incluso le resulta difícil admitir la existencia de las Clases, y la lucha entre ellas; y es crítica siempre del Marxismo Leninismo y de los Partidos Comunistas y Revolucionarios. Pero eso ¿la convierte en el enemigo principal?  Ciertamente que no.

En la política cotidiana este segmento coincidirá con la Izquierda Revolucionaria en diversos aspectos. Y cuestionará al régimen de dominación vigente en distintas materias. En la “Década Dantesca”, fue muy valioso su aporte en la defensa de los Derechos Humanos. En algunos aspectos, fueron los únicos que se enfrentaron firmemente a la represión brutal de entonces y salvaron vidas de mucha gente. Eso, los califica, no los descalifica.

Pero también han dado luchas en otras esferas: la defensa de los recursos naturales, la protección a las Comunidades Campesinas, la defensa de las poblaciones rurales secularmente excluidas y marginadas, el combate por la inclusión social en beneficio de minorías clásicamente ignoradas. Y también por cierto en el enfrentamiento a la Mafia. Bajo el fujimorismo, salieron a la calle, y se enfrentaron bien. Eso también los califica.

Por eso, objetivamente, se perfilan como aliados del movimiento popular Dialécticamente, pueden avanzar con él como consecuencia de la dinámica del proceso social, o pueden desligarse de sus luchas y abandonar la trinchera también. Por eso, no siempre son aliados firmes, consecuentes y coherentes.  Pueden ser incluso aliados inconsistentes, precarios transitorios, pero no enemigos. Y muchos menos “el enemigo principal”, por lo menos en esta etapa del proceso social.

COMUNISTAS Y SOCIAL DEMOCRATAS

Hubo un tiempo en el que los comunistas considerábamos a lao Social   Demócratas como enemigos. Los “Social Traidores” les decíamos. Y nuestra inquina tuvo peso en determinadas etapas de la historia. No hay que olvidar que el Social Demócrata Noske –por ejemplo- fue el ministro que persiguió hasta la muerte a Rosa Luxemburgo y Carlos Liebnecht  Y que Frederick Ebert -luego “figura señera” de la social democracia- fue responsable de esa política que costó la vida a miles de obreros alemanes.

Pero la vida corrigió eso.  Cuando asomó el fascismo, los comunistas corregimos esa percepción y buscamos construir la unidad más amplia en la lucha contra la bestialidad parda.  Cuando Hitler tomó el Poder –lo  recuerda  Jacques Delarue- el Partido Comunista primero y la social democracia después, fueron decapitados . En el primer campo de concentración que se creara -Orianenburgo- , el hijo del ex Presidente Ebert y el Jefe de los Social Demócratas Prusianos Ernst  Heillmann, se encontraron allí con centenares de comunistas, en tanto que el comunista  John Scheer era asesinado; y el jefe del KPD  Ernest Thaelmann encarcelado y fusilado más tarde.  

Jorge Dimitrov, en 1935, llamó al Frente Único contra el fascismo. Y eso, unido al heroísmo del pueblo soviético y al papel histórico del Ejército Rojo,  fue lo que permitió vencer en los años duros de la II Gran Guerra. El Frente Único facilito la lucha de los Partizanos italianos y los Maquis en Francia, pero ayudó en el mundo para la derrota del fascismo.

LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO

Hubo en esa época quienes no entendieron eso. Los  así llamados “comunistas de izquierda” en Alemania, habían sido criticados por Lenin, pero fueron derrotados después en el proceso concreto. Liderados por Maslow, Katz y Fischer, dañaron al movimiento popular en su momento. Y lo mismo ocurrió en las canteras de la Social Democracia, para los que, los comunistas éramos “el enemigo principal”.

Cuando Hitler ascendió al Poder, comunistas y social demócratas, se hermanaron en las cárceles nazis. y ambos contingentes lucharon valerosamente contra ese dominio.  Toda la autocrítica hecha después de la guerra por comunistas y social demócratas, coincide en considerar que el error histórico de ambas colectividades, fue no haber hecho causa común en la lucha contra el fascismo en ascenso; y haberse perdido más bien en confrontaciones que, en ese marco concreto, podían resultar subsidiarias.

Si alguien pensó que los Social Demócratas no podían ser aliados de los comunistas en esa contingencia, se equivocó. Y si alguno creyó que eran el   “enemigo principal”, simplemente perdió la razón. Aunque nunca se llegó a tal extremo, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido hacer alianza con los Nazis, para derrotar a la Social Democracia, Ni siquiera un marxista leninista anquilosado en los años más sectarios del movimiento, podría sustentar una tesis así.

 El hecho que se produzcan coincidencias entre social demócratas y comunistas, no significa por cierto que desaparezcan las diferencias. Ellas subsisten. Y se expresan de una u otra manera durante todo el proceso y en cada una de las etapas del mismo. Pero no impiden concertarse cuando los intereses del pueblo se ven amenazados por un adversario superior, y más peligroso: el fascismo

EL ENEMIGO PRINCIPAL

En países como el nuestro, subdesarrollados y dependientes, el enemigo principal, es el Imperialismo. Representa los intereses del Gran Capital y se expresa a partir de las Corporaciones y las entidades financieras.  Busca aplastar a los trabajadores y a sus organizaciones de clase, para perpetuar su dominio., y expresa un odio profundo por todo lo que sea progreso, desarrollo o concepción revolucionaria, de corte socialista o comunista.   El anticomunismo, es su principal bandera. ¿Podría, en ese marco, coincidir,  o pactar con los comunistas?  

Y en el Perú los intereses del capital financiero no los representa por cierto ni Verónica Mendoza ni Mirtha Vásquez. Los representa, en todo caso, Dionisio Romero,  que no financia a Juntos por el Perú, sino a Keiko Fujimori y a Fuerza Popular; con el agravante que este “partido” no es un segmento periférico en la vida nacional, sino un movimiento  bien organizado  y ricamente financiado, que ya estuvo en el Poder aplicando la variante más perversa del capitalismo de nuestro tiempo -el Neo Liberalismo-  y que ahora se empeña en recuperarlo a cualquier precio no para imponer una “democracia burguesa”, sino la dictadura terrorista de los monopolios con apoyo de masas, vale decir, la versión criolla del fascismo. ¿Es posible no darse cuenta de eso?

PALABRAS FINALES  

Los comunistas podemos equivocarnos, y sostener puntualmente criterios erróneos. Lo que no debemos hacer nunca, es darla la razón al enemigo, ni entenderse con él para golpear a otra parte de nuestro pueblo. La política leninista de acumulación de fuerzas nos indica con precisión que luego de definir al Imperialismo como el enemigo fundamental de nuestro pueblo, y de todos los pueblos del mundo; la tarea es sumar fuerzas: ganar a todos los que pudiesen coincidir con nosotros en esa lucha, aunque fuere en forma transitoria, temporal o episódica; y neutralizar a quienes no se sumen a nuestra causa simplemente para que no se pasen al campo adversario. Eso es lo que hace dúctil y maleable nuestra política de alianzas, que debe quedar siempre asentada en sólidos principios de clase.