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21 de noviembre de 2025

Izquierda vintage

César Hildebrandt

"Me dan risa los cubanófilos peruvianos que se mueren por una beca en los Estados Unidos"

Vladimir Cerrón se ha ofrecido para mejorar la condición cerebral de un suboficial de la PNP caído mientras hacía labores de limpieza en una comisaría de miseria.

Noble propuesta la de este neurocirujano que quiso sanar al Perú aplicando la terapia de Fidel Castro: una sola prensa, un solo partido, una sola voluntad colosal fundando el paraíso de la eterna igualdad.

Pero un día se cayó un muro en Berlín y se cayeron las franquicias de Moscú en el este de Europa y se cayó el Kremlin mismo en una sucesión gravitatoria de desplomes, y entonces Cuba dejó de recibir las propinas que necesitaba y llegó la verdad con cara de impío contador. Llegó el demandante y mandó parar.

Pobre pueblo cubano, tan próximo y tan entrañable. No se merecía lo que le ha tocado, del mismo modo que tampoco merecía la Cuba de los casinos y la dictadura de Batista. Pero anunciar la creación del nuevo hombre, sacrificar a tres generaciones en el empeño y terminar volviendo a las viejas indigencias y a la desesperación amordazada de los de abajo es todo un desastre social, político y moral. Que el imperialismo yanqui y su bloqueo tengan algo que ver con este escenario, no exime al sectarismo comunista de su responsabilidad. Cuba es un museo de cera donde todos caminan de puntillas.

Me dan risa los cubanófilos peruvianos que se mueren por una beca en los Estados Unidos, que darían todo por una cátedra en la universidad más pichiruchi del medio oeste (aunque sea), que siguen esperando la consagración de sus novelas ilegibles, pero que no dudan en firmar textos pro Cuba, pro Venezuela o pro Nicaragua. Si eso es la izquierda para ellos, que no se extrañen que en las elecciones del 2026 un Kast de estos lares, un Porky sin ictus, arrase con los votos. Porque es ley: cuando la izquierda es estúpida, la derecha usa la ganzúa.

Cerrón quiere intervenir gratuitamente un cerebro dañado. Más le valdría explicarnos cómo es que un hombre venido de La Habana terminó arropando a un profe de tercera que supuso que Palacio era un bazar y a una señora de Apurímac que era –y se notaba– la suma de todas las traiciones. Más le valdría explicarnos cómo es que, terminada la aventura palaciega, acabó pactando con el fujimorismo podrido para aprobar leyes que beneficiaban a pandillas.

A Cerrón, en suma, habría que encargarle que abriera el cerebro de la izquierda peruana y descubriera cuál es la naturaleza de ese mal que le impide entender qué pasó en la Unión Soviética, qué pasa en China o en Vietnam, qué pasará con ese momiaje intelectual progre que no acepta que el mundo cambió. Esa izquierda vintage libra batallas que ya se perdieron mientras huye de las que debería enfrentar. Y el resultado anecdótico, por citar un ejemplo, es que el abogado de Bermejo, no Alanoca –la síntesis del sur rebelde–, es el candidato más relevante de la izquierda.

El mundo es una ciénaga. Y la izquierda es más necesaria que nunca. Esa izquierda renacida está en la flota humanitaria que quiso llegar a Gaza, en los movimientos globales que abogan por desvincular el crecimiento de la economía de los propósitos de felicidad del ser humano, en la prédica verde, en la lucha contra la obscena concentración de la riqueza, en la preocupación por los efectos laborales de la inteligencia artificial, en el combate en contra del imperialismo y el colonialismo (el norteamericano y el europeo), en la defensa con reservas de una Federación Rusa que fue provocada sistemáticamente por el lado más sombrío de la OTAN. El agua, las farmacéuticas mundiales, el intento de privatizar el espacio, la asimetría tenaz del comercio, el uso criminal de la fuerza (como en el caso actual de Trump haciendo de orca imperial en el Caribe): la agenda de la izquierda es tan vasta y decisiva que no exageramos al decir que la civilización depende de ella.

A la izquierda peruana, sin embargo, se le rayó el disco. Es como si Rolando Breña Pantoja siguiera oculto huyendo de Velasco, como si algún perito en rayos de Albania siguiera dando instrucciones incendiarias, como si Fidel le preguntara inmortalmente a Camilo Cienfuegos si iba a bien. Como si Javier Heraud no hubiese muerto en vano. Como si la imagen de Mariátegui no hubiese sido manoseada masacradoramente por Guzmán.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 759 año 16, del 21/11/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

10 de marzo de 2024

Perú: ¿Qué nos pasa?

Alberto Vergara

Es importante intentar construir en la esfera pública argumentos que propongan diagnósticos sobre la naturaleza de la crisis peruana. Aquí un intento.

La larga crisis peruana actual –¿o se trata de un equilibrio crítico?– tiene una peculiaridad: no sabemos bien qué nos ocurre. En 1990, por mencionar otra coyuntura difícil, reconocíamos que se debía derrotar a la inflación y al terrorismo. Había divergencias sobre cómo hacerlo, pero no respecto de nuestras dolencias. Hoy, en cambio, casi nada funciona, pero nada ha colapsado. La situación de 1990 asemejaba más a una guerra con enemigos distinguibles; la de hoy se parece a una atrofia inducida por un virus imperceptible. Deambulamos perplejos y sin diagnóstico. Y no hay forma de escapar de la crisis sin uno.

En las últimas semanas han aparecido un par de artículos muy relevantes en El Comercio que buscan responder a la pregunta que da título a este artículo. El historiador Carlos Contreras, en primer lugar, propuso que el Perú sufre una suerte de desbarajuste histórico. El paso del siglo XX al siglo XXI habría estado marcado por una doble transformación: transitamos de una sociedad formal representada por partidos a una sociedad informal con partidos amorfos. Retomando el vocabulario de Luis Alberto Sánchez, dice Contreras, tendríamos un sistema adolescente, con sus consecuentes imperfecciones, desproporcionalidades y exabruptos. Un par de semanas después, Eduardo Dargent comentó críticamente aquella columna. El politólogo señalaba que no sufrimos un impersonal desacople histórico, sino a esforzados actores que trabajan para construir un país cada vez más lumpen. Para sintetizar el intercambio, ambos coincidían en que la representación política es un punto medular de nuestra crisis, pero diferían sobre las razones para esa condición.

Ensayar diagnósticos como estos en la esfera pública –y no solamente en la académica o tecnocrática– es crucial si queremos eventualmente superar esta etapa oscura. Con el ánimo de aportar algo más a la cuestión de qué nos pasa, aquí quisiera salir del ámbito político-representativo. No porque sea uno sin importancia sino porque pienso que sufrimos una crisis que desborda a la política y que está atada a la atrofia del Estado de derecho. Es decir –como desarrollamos con mi colega Rodrigo Barrenechea en un libro que está por salir– lo que ha entrado en crisis severa es la capacidad regulatoria de la ley. No quiere decir que haya desaparecido la ley, significa que ha dejado de ser un activo del bienestar colectivo. Lo que prevalece es la voluntad de atajar o modificar la ley al gusto de algún interés particular. Por eso las aberraciones que observamos en el mundo de la política –y que Dargent señala en su columna– las encontramos también en otras esferas. Cada vez más, el que no burla la ley, no mama. Por eso en el Perú a todo el mundo le interesa el derecho. Y a nadie la justicia.

El Estado de derecho permite la convivencia civilizada. Si la democracia dirime nuestras diferencias cada cinco años, la ley regula nuestras interacciones cada día. Es el lazo público más básico y necesario para cualquier sociedad. Estar todos regidos por un orden legal que nos trata igualitariamente. Sin ley, solo queda la facción. Cada uno con su pañuelo. Después, cada uno con su pistola. Una comunidad de enemigos.

Pues eso somos cada vez más. Ante la convicción creciente de que la ley es inútil para producir bienestar colectivo solo queda la legalidad en tanto personal ganzúa para obtener réditos hoy. El que no le saca la vuelta a la ley perderá ante quien sí lo hace. Se institucionaliza la des-institucionalización. Con lo cual acaba el mediano y largo plazo. Y todo se vuelve incierto. Sin reglas solo existe el presente. Desde esas premisas funciona buena parte del Perú de hoy. Se ha instalado un espíritu de supervivencia y depredación que cabe en unas líneas del maestro Caitro Soto: toro viejo se murió, mañana comemos carne.

Donde se pone el dedo salta la depredación de corto plazo. En el ámbito económico, por ejemplo. Probablemente han visto que ahora hasta Keiko Fujimori fustiga a las farmacias por sus prácticas anticompetitivas. Vale todo. Cada quién prospera como puede, contra quien pueda. Si hay que cabildear para legalizar la depredación amazónica, se hace. Si toca presionar para redefinir a la anchoveta adulta como aquella que tiene ocho centímetros en vez de doce, venga. Si se puede desaparecer el requerimiento de “Certificado de inexistencia de restos arqueológicos” para las construcciones, de una. Ni pasado ni futuro: la comunidad de enemigos solo tiene ojos para el rédito inmediato.

En la política es lo mismo. ¿Cuál fue la primera medida del presidente Castillo? Legalizar su sindicato. De manual, aseguró a los suyos. O el presidente del Congreso que participó de un cambio en la normativa penal que lo beneficiaba directamente. Y los perseguidos por el sistema de justicia lo “reforman”. Y los impopulares políticos modifican leyes para clausurar el ingreso de nuevos competidores o, directamente, para ajusticiar a las autoridades electorales. Han aprendido del Hombre araña: un gran poder viene con una gran tajada.

Pero hay algo más. Una baja adicional es la idea de un prestigio personal que cuidar. O para decirlo de otra manera: ya nada da roche. Una lideresa del feminismo puede protestar contra el machismo del gobierno en la mañana y jurar como ministra en la tarde. Un fraudista puede ser canciller de Castillo. Quienes insultaban a Dina Boluarte ahora trabajan para ella (¿o la presidenta trabaja para ellos?). A fin de cuentas, ¿cuándo más podré ser canciller o congresista, embajador o ministro? Ahora o nunca.

Mal haríamos en creer que solo elites políticas y económicas se comportan así. En realidad, al verlas, la sociedad concluye, con bastante lógica, que quien respeta las normas pierde. Así, se atascan las auxiliares en las carreteras, se riegan clavos para estafar con cambios de llanta o se asalta las vías con vehículos de transporte informal. Una reciente e interesante investigación de Jorge Aragón y Diego Sánchez (La ilegitimidad del poder político en el Perú, IEP, 2023) encuentra que está muy extendida la creencia según la cual la política es una forma de ascenso social. Y donde dice “política” debe leerse la corrupción que esta permite. El mismo estudio asegura que los ciudadanos no tienen interés en políticas redistributivas o en aumentos de impuestos. Sí quieren que el Estado distribuya cosas o servicios, pero no aportar para ellos.  

Por eso el candidato Pedro Castillo y otros van de plaza en plaza prometiendo la destrucción de la ATU, SUNEDU o del Tribunal Constitucional. Y por eso también quien finalmente consigue destruir todo aquello es el gobierno de su vicepresidenta Boluarte. La degradada continuidad. Si un Estado es percibido como ineficiente, corrupto y arbitrario, la natural reacción es desear su desactivación.

En síntesis, estamos ante una espiral anti-Estado de derecho que va engullendo a la sociedad. No completamente, pero avanza sin pausa. La encontramos en la derecha y en la izquierda, arriba y abajo, en la política, pero también en la sociedad, el Estado y el mercado. Como ocurre con las polarizaciones políticas, estas dinámicas arrastran a los individuos, aunque no lo quieran. Como en las corridas bancarias, llega un punto en que debes optar entre hundir al sistema o quedarte sin ahorros.

Ante esta situación se abren dos preguntas. La primera es ¿por qué sucede esto? Hay muchas respuestas posibles. Aquí aventuro un par: la erosión de la legitimidad de nuestras instituciones y el fin del crecimiento económico. De un lado, la ciudadanía ha dejado de creer que el entramado institucional refleje un interés nacional o produzca bien común. Es decir, la ciudadanía no percibe que el orden institucional esté justificado. Se le acata por miedo a la sanción o se le saca la vuelta. Carece de legitimidad. No hay confianza en que el sistema vaya a producir mejoras.

Hace tres años una encuesta encontró que 44% de los jóvenes quería irse del país. Hace cinco meses aumentó a 60%. Tanto en 2022 como en 2023 más de 400 mil peruanos migraron; esto es más del doble que en cualquier otro año. Y no solo quieren irse los más apremiados. En el colegio Markham, probablemente el más caro del país, hasta el 2018, 50% de los alumnos que hacían el programa internacional se quedaba a hacer la universidad en el Perú; de la promoción del 2021 solo se quedó el 6.3% (no tengo datos de los años posteriores, pero debe ser aún más bajo). Se trata de una crisis de confianza muy severa en el país y en sus instituciones.

Esto se combina con el fin del crecimiento económico. Esto, evidentemente, no es independiente de la erosión del Estado de derecho, pero produce sus propias urgencias y radicaliza las decisiones desde el corto plazo. El 2023 la economía decreció 0.5% y no hay indicios para creer que retomaremos un crecimiento importante en los próximos años. Si no habrá mucho por repartir, algo habrá que arranchar. Es más probable que consigas ganancias alquilando congresistas que te eximan de impuestos que incrementando la productividad de tu empresa. O es más probable que llegues a fin de mes como minero informal que buscando ese trabajo formal que no existe.

Y nos queda la segunda pregunta: ¿puede revertirse la espiral en que estamos metidos? En un mes lo conversamos.

https://larepublica.pe/opinion/2024/03/03/que-nos-pasa-por-alberto-vergara-111720

7 de marzo de 2024

Perú: ¿Por qué la gente no se moviliza?

Alfredo Quintanilla

Vuelve la pregunta del millón.

A raíz del primer acto del golpe institucional contra la Junta Nacional de Justicia perpetrado por la Comisión Permanente del Congreso, los peruanos decentes se hacen la pregunta del millón: ¿por qué la gente no se moviliza contra los que están arrasando con la Constitución y la ley?

Si los gobernantes y parlamentarios exhiben -como señalan todas las encuestas- una desaprobación mayúscula y sostenida durante los últimos doce meses, algunos políticos se preguntan y les preguntan a los científicos sociales ¿por qué la gente no se moviliza e impone el adelanto de elecciones, como es su deseo?

Hay tantas razones que se añaden para una masiva protesta: la inseguridad ciudadana, sin que el mayor presupuesto en seguridad ponga fin a la inacción policial; la cotidiana aparición de denuncias contra políticos, funcionarios y empresarios corruptos; la falta de empleo y la carestía de la vida que achica los ingresos cada día; la pésima atención en los establecimientos de la salud pública y del Seguro Social y tantos otros abusos, incluidos los de monopolios privados como Movistar. ¿Hasta cuándo soportará la gente? ¿Cuándo se acabará su paciencia?

Aquí ensayaré la presentación de algunos factores que traban las protestas:

1. La represión disuade: es verdad que las 49 muertes causaron una gran indignación, particularmente en Ayacucho, Apurímac, Cusco, Puno y Arequipa, pero también provoca la inhibición de la gente. El imaginar una herida de bala o perdigón resulta paralizante.

2. La pobreza disuade: La pobreza no lleva automáticamente a la protesta. Pobreza significa, también, desinformación, más aún cuando la tele y la radio se esmeran en destacar las opiniones favorables a la alianza Gobierno - Congreso, pretendiendo que todo ha vuelto a la normalidad. Por ejemplo, millones no entienden por qué hay un golpe contra la Constitución, la Junta Nacional de Justicia y viene otro contra la Fiscalía, pues los corruptos quieren que destituyan a los fiscales anticorrupción, para que los políticos encausados por las coimas de Odebrecht, los cuellos blancos del Callao, y mochasueldos, queden libres de polvo y paja. Además, un día sin trabajar es un día sin comer.

3. No tenemos las organizaciones políticas y gremiales que canalicen esa indignación, a diferencia de Argentina o Chile, por ejemplo. Pero las masivas movilizaciones del 2020 que trajo abajo el gobierno de Merino se dieron, igualmente, sin organizaciones sociales fuertes. ¿Por qué, la diferencia?

4. Allí donde hay organizaciones no hay liderazgos claros y fuertes. Y si hay algunos dirigentes, “no hacen trabajo de base”, como dicen algunos, no ligan las necesidades inmediatas de la gente con las propuestas de nuevas políticas, con el programa de un nuevo gobierno. Es decir, les faltaría “ligar la lucha económica a la lucha política”, como se decía en el lenguaje de los años 70. Pero, justamente, lo que demostraron las movilizaciones del 2020 que sacaron a Merino y las desarrolladas contra Dina Boluarte, por el adelanto de elecciones, es que la gente sí puede trazarse objetivos políticos sin escalar -necesariamente- por las reivindicaciones inmediatas del agua potable, mejores salarios o medicamentos básicos, como el gobierno quisiera que se limitaran. A propósito, ningún grupo de la izquierda sensata y moderada, está planteando un programa concreto para combatir la inseguridad ciudadana, por ejemplo; y hasta ahora el capítulo económico de la cacareada nueva Constitución no tiene propuesta fundamentada alguna. Pero en Puno hay indignación y hay organización, ¿por qué dejaron de protestar? La Psicología Social diría que es porque la gente no puede estar en permanente estado de exaltación y tiene que trabajar y comer.

5. La publicidad disuade: el bombardeo de avisos que inducen al consumismo y la aspiración a consumir tal o cual producto de belleza o moda, o tal apuesta en los deportes, son el nuevo opio del pueblo y en particular de los jóvenes: los adormece y les hace vivir ilusiones en reemplazo de su vida miserable.

6. Pero el factor más importante es que las personas, los sujetos han cambiado y los políticos de izquierda no se han dado cuenta. Desde que Giovanni Sartori escribió en los años 90 que el mundo ha entrado en una nueva época en la que los medios audiovisuales imponen su dominación (la videocracia), se ha transformado al homo sapiens en homo videns que sólo cree que es real lo que sale en la tele o en youtube. Se nota claramente en los jóvenes, que viven pendientes de su teléfono y las redes sociales y sus contenidos ligeros y distractores. Las redes sociales crean la ilusión de la participación política: tal es el individualismo que se extiende más y más, que millones piensan que participar en la vida nacional se limita a leer blogs o canales de youtube y dar algunos likes o poner emoticones de “me molesta”. Sin que sean conscientes de que son manipulados por fakes news y algoritmos de la inteligencia artificial que los llevan a la fanatización, como ha señalado hace poco Francisco Miró Quesada Wesphalen.

7. La perspectiva electoral dispersa fuerzas: pululan los pequeños colectivos, los grupos que aspiran a juntar firmas, inscribirse y participar en las elecciones. Muchas cabezas de ratón, poca humildad, muchas mezquindades o suspicacias. Eso para el ciudadano de a pie no sólo lo desalienta, sino que lo molesta y lo lleva al campo del escepticismo.

8. La aparición de la izquierda bruta y corrupta en el 2021 disuadió a los ciudadanos honestos e indignados. La izquierda moderna y sensata -apodada “caviar”- no supo romper a tiempo, cuando aparecieron los veinte mil dólares en la oficina del primer ministro, con el gobierno más incapaz de la historia republicana. La corrupción había penetrado en los alcaldes de la Izquierda Unida - IU desde los tiempos de Alfonso Barrantes. El caso Villarán -de las filas de los caviares- hizo tanto daño a la causa izquierdista como lo hizo la guerra senderista. Millones dejaron de creer en las izquierdas como alternativas viables. Por tanto, muchos dispuestos a movilizarse no lo hacen, si se van a mezclar con los defensores de los corruptos de la izquierda.

9. La izquierda caviar no entiende a la juventud, adicta a las redes sociales cuyo interés por la música, el fútbol, la moda y el vacilón del fin de semana, es infinitamente mayor que por los problemas reales. Tampoco ofrece líderes y lideresas creíbles, pues las ve - y es cierto - comprometidas con la debacle del gobierno de Pedro Castillo.

En resumen, la gente no se moviliza porque ha cambiado con la revolución de las nuevas tecnologías de la comunicación (hay “nuevas subjetividades”, dirían los académicos) y de eso todavía no se dan cuenta los políticos de la izquierda sensata y moderna, que -se supone- es la más interesada en “mover la calle”. Pero, aunque algunos sólo estuvieran interesados en la batalla electoral del 25-26, también tienen que ponerse en onda, porque no se trata sólo de tener comunity managers y hackers, sino organización (activistas, voluntarios, convencidos) en, al menos, un tercio de las provincias del país, como manda la ley. Tampoco se moviliza porque los pequeños liderazgos están dispersos y no tienen alternativas claras con un programa que responda a los problemas álgidos y una organización que los sustente. Ninguno ha encantado a la gente, con un lenguaje que pegue en las profundidades del alma de los peruanos, porque seguramente no está leyendo a fondo, pues detrás de lo aparente, germinan cambios profundos en la sociedad peruana.

https://redaccion.lamula.pe/2024/03/06/protestas-ciudadanas-peru-pregunta-del-millon-x/redaccionmulera/

27 de enero de 2023

Perú: La coyuntura y la memoria histórica

Jorge Lora Cam

Queda claro que Perú vive una rebelión desde abajo, de la izquierda popular politizada pero no institucionalizada, que es originaria, anticolonial y democrática, comunitaria y solidaria.

Desde el 7 de diciembre se inician las movilizaciones, luego de una tregua por las fiestas de fin de año, el 4 de enero se reinicia el paro nacional y hay 17 regiones movilizadas, 7 en estado de emergencia (donde la vida no vale nada), más de 120 bloqueos a lo largo del país, que sin embargo, al carecer de una dirección nacional centralizada nada es exacto, no hay plan estratégico, es un desenvolvimiento irregular con direcciones locales y hasta macro regionales que tienen como parece obvio un lado positivo -evitar la manipulación política- y un lado negativo -la descoordinación y la infiltración de “ternas” (soplones mercenarios que buscan deslegitimar las luchas con la destrucción de bienes públicos). En el otro lado están las organizadas y oscuras fuerzas que dirigen el complot de la derecha dirigida por escarmentados y prontuariados militares (Comando Conjunto de las FFAA, Williams asesino de Accomarca y presidente del Congreso, los marinos congresistas -Cueto y Montoya- los narco Generales del VRAEM, asesinos en Andahuaylas y Ayacucho) y civiles con Montesinos y Keiko, el primero en condena carcelaria y la segunda que busca la impunidad y el exilio, Otárola -responsable de muertes en Tía María, VRAEM y Bagua) la fiscal Benavides que también evade la justicia, lideres de los gánsteres de Acción Popular llamados “los niños” (todos ellos deben ser acusados de genocidio o crímenes de lesa humanidad e ir presos) y el bufón alcalde de Lima Rafael López Aliaga). Una guerra desigual pues los segundos tienen las armas y son genocidas por antonomasia. El pueblo se enfrenta a un poder concentrado de quienes se consideran en toda la falsa vida republicana los dueños del país, los que monopoliza las armas y ocupa todos los territorios y poderes administrativos concentrados del Estado, la oligarquía y un sector de la clase media civil y militar que provienen -muchos de ellos- de familias limeñas la migración andina pero que han renegado de su identidad étnico-clasista al replantear su lugar en el estatus social con el neoliberalismo.

La izquierda después de haber probado todos los caminos para el cambio, desde una vía pacífica hasta la armada, cambiar el país con su voto o el fusil, bajo la dirección de partidos, hoy tiene sus propias organizaciones y líderes, al ser traicionadas o reiteradamente víctimas del despojo y corrupción por organizaciones de derecha, centro e izquierda. Deciden rebelarse retomando la lucha anticolonial de Tupac Amaru y cientos de luchadores anticoloniales. Debemos resaltar que han surgido nuevos elementos que aportan al futuro de las luchas, desde la reidentificación indígena, Es la resistencia rebelde de campesinos, mestizos y comunidades de pueblos indígenas, trabajadores y sectores ecologistas y defensores de derechos a nivel urbano y rural siguiendo el ejemplo democratizador de los pueblos andinos de Bolivia y Ecuador, retomando la solidaridad comunitaria entre los de abajo. Es de relievar lo que ocurre en las universidades que salen del enclaustramiento (UNMSM, UNI, Cantuta, PUC) alarmando a la derecha en el poder que se considera dueña de todo el territorio público del país). En sus claustros tradicionalmente se albergaba hasta hace 30 años a los pobladores, sindicatos y otras organizaciones en lucha. Hace unos días volvieron a hacerlo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Universidad Nacional de Ingeniería y cobijaron a los marchistas; en la primera la policía el 21 de enero, violando la autonomía y con la venia de la rectora Jerí Ramón esperaron que sea un sábado, inventaron un estúpido pretexto y con tanquetas, armas de guerra incursionaron maltratando a los marchistas y a todo ser vivo que encontraban a su paso, entre ellos los estudiantes que hacen uso de la vivienda universitaria, humillándolos, golpeándolos, deteniéndolos y desapareciendo a algunos considerados peligrosos; las fuerzas policiales ingresaron con tanquetas violando todas las leyes .

El incendio de una antigua casona en el centro de Lima mostró que hasta los bomberos tienen precio, al poner en duda que fue la policía quien ocasionó el desastre que la dejo en cenizas, producto del disparo de cientos de lacrimógenas con mecha que dispararon a todos los miles de marchantes. En efecto, el tipo usado de bombas lacrimógenas tienen una mecha que se enciende para provocar la explosión y eso fue visto por varios testigos, entre ellos los propietarios y no quedan dudas. Pero la Fiscal solo usa políticamente los hechos como lo hizo con sus hermanas al cambiarles los fiscales que las investigaban por liberar grandes narcos a cambio de enormes sumas de dólares y a la inversa con Castillo al que violando muchas leyes lo apresaron sin un justo proceso y ahora tiene amenazada a Dina «Balearte» con una investigación preliminar para acusarla de genocidio sino sigue aprobando las matanzas dirigidas por Otárola, los marinos y el Comando Conjunto.

La quema de fiscalías, puestos policiales, ayuntamientos, ocupación de minas y destrucción de campamentos son manifestaciones del odio popular a instituciones corruptas, criminales (57 fallecidos y cientos de heridos) responden -aunque en muchos casos fueron acciones de los infiltrados- al odio a policías y soldados que no respetan ningún derecho humano y menos social, y que, seguramente ignoran que el objetivo central del gobierno de proteger el saqueo de las corporaciones mineras.

Mientras la izquierda popular protagoniza estas acciones de rebeldía anticolonial, la otra izquierda, la institucional, cree que existe democracia y lleva a las urnas a la primera. Es curioso que como señala Héctor Béjar el voto obligatorio de la otra izquierda -la política, la oficial- haya definido procesos electorales consiguiendo solo decepciones y cuando elige a un campesino andino de sangre indígena (aunque él nunca lo haya reconocido) la oligarquía y esos sectores de clase media lo destituyan y apresen con la complicidad de este sector de la izquierda. Dirá Béjar “Por ejemplo, en los 90, el voto de la izquierda fue decisivo para el triunfo de Fujimori, y la izquierda participó en sus primeros gabinetes; la caída de Fujimori es inexplicable sin la participación de la izquierda; Toledo es inexplicable sin el apoyo de la izquierda…”[1]

Historizando, la relación del pensamiento oligárquico con el de la izquierda política, entenderemos cómo se transfiere una ideología de la sumisión de una a otra, del caciquismo gamonal al neoliberal de derecha e izquierda, de un caudillismo a otro hasta el neoliberalismo que contaminó todo el espectro intelectual y cultural. Y cómo se llega a esta lucha autoorganizada, sin caudillos ni falsas vanguardias, una verdadera revolución de las conciencias y prácticas políticas. Veamos la historia.

Sostiene Mazzeo que el Estado colonial es: “… estado con monarquía en la medida en que de ella partían las reglamentaciones, leyes y decretos que regulaban el mundo colonial”. Cuando decimos que el estado colonial permanece hasta hoy, es porque la regulación de esta parte del mundo sigue en manos de las potencias coloniales expresada en los cambios en la legalidad y la creación de alguna nueva institución. Es obvio que no nos referimos a la colonización clásica sino a la moderna, al modo específico de naturalización de las viejas relaciones fundamentales y en renovación de lo accesorio que incluyen las relaciones de poder, dominación y explotación; de la permanencia de castas y estamentos etnico-clasistas; de la continuidad renovada del gamonalismo y el extractivismo; de una sociedad y cultura colonial excluyente de la mayoría afro indígena, del sometimiento financiero de grandes potencias como Gran Bretaña y Estados Unidos, configurando el carácter de un estado cuyos rasgos duran hasta hoy bajo nuevas máscaras modernizadas aunque el latifundismo se haya modernizado y se hayan instalado industria de bienes de consumo.

En este aniversario de José María Arguedas hay que resaltar lo que nos decía hace 55 años y que hoy continúa poniéndose de manifiesto.

Creemos que la integración de las culturas criolla e india, que evolucionaron paralelamente, dominando la una a la otra, se ha iniciado por la insurgencia y desarrollo de las virtualidades antes constreñidas de la triunfante perviviente cultura tradicional indígena mantenida por una muy vasta mayoría de la población del país. Tal integración no podrá ser condicionada ni orientada en la dirección que la minoría, todavía, política y económicamente dominante, pretende darle.[2]

Debemos construir categorías que puedan mostrar la falsa emancipación y como se suceden las formas de dominación objetivas y subjetivas y la condición tributaria de las colonias que definen una independencia política de carácter formal y una economía que ofrece principalmente materias primas o recursos energéticos a las potencias capitalistas. Esta condición define la corrupción y la crisis múltiple del estado como siempre potencial, compleja y profunda, histórica, cultural y política; no es de hoy, data desde la conquista y la colonia, perdura en la semicolonia reformada y en constante metamorfosis que llega casi incólume a nuestros días, toca las raíces de la cultura dominante enraizada en las genealogías del poder.

La historia del Perú es una historia colonial de exterminio, que tampoco comienza en el siglo XX. En el primer siglo se calcula que exterminaron al 90% de los pueblos indígenas. Luego, fueron otros 400 años de un conflicto colonial-anticolonial basado en el despojo, que terminó en todos los casos con el exterminio de la oposición al dominio colonial expresado en rebeliones, guerrillas y hasta en un intento de guerra popular.

El actual conflicto que vive Perú tiene ese fondo, los herederos de la oligarquía, ahora aliados de las grandes corporaciones vuelven -otorgándole continuidad- al despojo y exterminio de los opositores. Con la atingencia de que quienes llegaron al ejecutivo lo hicieron contaminados de la cultura neoliberal. Hereditario desde la llegada de los españoles hasta el día de hoy, los rasgos fundamentales de este Estado construido desde arriba, desde fuera y a partir de una guerra de exterminio y sometimiento brutal de los pueblos originarios El Estado nación es una fantasía mítica, sin asidero estructural, basada en una pseudo historia hecha por los poderosos.

El capitalismo colonial es visto por Machado Aráoz así:

En un sentido que acá se quiere destacar de modo especial, la expropiación eco biopolítica alude a los efectos de larga duración de la violencia colonial extractivista sobre el sustrato afectivo y motivacional de la subjetividad. Las vivencias y experiencias del extrañamiento y la explotación de los territorios se hacen cuerpos. El recurso sistemático a mecanismos de superexplotación opera, así, destruyendo los capilares de la afectividad-sensibilidad y va produciendo un progresivo proceso de acostumbramiento a la violencia endémica de los entornos coloniales. En el umbral último del orden colonial, el extractivismo opera produciendo una abismal expropiación de la sensibilidad corporal. Expropiación, más que con arrebato, tiene que ver acá con eficacia performativa; da cuenta de la capacidad biopolítica de producir sujetos radicalmente insensibles a la explotación. En parte por acostumbramiento-internalización del dolor social; en parte por la colonización-mercantilización del deseo. [3]

Lo que le faltó decir a Machado es que esta forma colonial tiene su correlato no sólo en la violencia y la internalización fetichista de los recursos naturales especialmente en las clases medias y altas beneficiadas, difundida por los medios, sino también incuban la potencialidad de la corrupción, la ingobernabilidad y las crisis al eliminar la soberanía, los derechos de los trabajadores y los escasos residuos democráticos, imponiendo en su lugar constituciones y estados de derecho fraudulentos, que protegen la corrupción e impunidad de una administración estatal y empresas saqueadoras. Se establece una estructura que condiciona a los gobiernos de cualquier color a preservar ese orden bajo el riesgo de terminar su mandato.

Sobre el neocolonialismo o recolonización neoliberal, en el que los Estados Unidos diseñan políticas y aprueban o consienten a gobiernos y a los principales funcionarios, se articula el colonialismo interno. Los descendientes oligárquicos españoles y criollos, grupos familiares herederos de la monarquía colonialista, al que se fueron agregando extranjeros que iban migrando, mantuvieron el control del Estado hasta hoy. Solo cambian algunas dinastías. Los pueblos originarios, los afrodescendientes, los mestizo indígenas y negros siempre fueron excluidos del Estado. Lo que hay es un capitalismo global que impone acabar con la soberanía estatal (Constitución 1993), fundamento de los estados nacionales, con los fragmentos de la soberanía popular, sustento de la democracia y optar por una mercantilización generalizada de la vida social, que tensiona enormemente las agendas de los Estados hacia la creciente desregulación económica, la flexibilización de los mercados laborales y la privatización de bienes públicos. La política migratoria también fue utilizada para bajar aún más el precio de la fuerza de trabajo (PPK). El despojo campesino -y urbano- y la sobre explotación, generan enormes tensiones políticas, dado el aumento de la miseria, desigualdad y segmentación social; originando mecanismos deformados de preferencias políticas, sesgos ideológicos varios, pensamiento grupal reaccionario y esquizofrénico en la que puede aparecer una polarización política como peligroso epifenómeno de dichas tensiones.

Históricamente, tenemos la posibilidad de ver cómo se redefine el estado colonial. Fujimori al principio adoptó fines y tácticas desarrollados por la Central Intelligence Agency en cooperación con el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y usó las fuerzas armadas. Los militares necesitaban más apoyo ante las peleas antisubversivas y las denuncias de abusos a los derechos humanos y colusión en el tráfico ilegal de drogas.

Montesinos, conocedor del funcionamiento del Estado colonial -como ya lo dijimos- primero se apoderó de los servicios de inteligencia, luego del Congreso y el poder judicial respaldado en una nueva Constitución que garantice su continuidad. Luego de asumir Fujimori el gobierno, Montesinos -trabajando para la CIA y probado traidor a la patria, abogado de narcotraficantes- fue elevado a la condición de Asesor del jefe del Servicio de Inteligencia. El 5 de abril de 1992, Fujimori suspende la Constitución de 1979, disuelve el Congreso y ordena la reorganización del Poder Judicial. El dominio de Fujimori sobre la Corte Suprema lo hizo destituyendo jueces y fiscales desobedientes utilizando el descontento arraigado en la población respecto al Congreso y al Poder Judicial, relacionándolo con la corrupción y los instrumentos políticos que utilizaban, con el fin de justificar un nuevo Congreso y legislaciones que redujeran su independencia. Paralelamente, tomaron medidas coercitivas y de censura contra toda la prensa y hablada, desde la misma noche del golpe. Posteriormente logró que los militares firmen un acta de sumisión. En poco tiempo tenían las instituciones controladas y bajo su mando. El mejor ejemplo fue y es Blanca Nélida Colán Maguiño, ex fiscal de la nación con Fujimori, líder y encubridora de todo el poder ante el aparato judicial. Presa entre 2001-2008.

No descuidaron la intervención social autoritaria y en noviembre de 1992, con la elección de un llamado Congreso Constituyente Democrático (CCD), en la que los movimientos políticos que lo apoyaron obtuvieron la mayoría de escaños. El CCD preparó una constitución neoliberal y a medida del gobernante, en la cual destacan la reelección presidencial y la unicameralidad del Parlamento. Esta Constitución fue aprobada por un pseudoreferéndum en 1993.

La descolonización debe eliminar la Constitución del 93, el Tribunal Constitucional creado para que la Constitución sea intocable, recuperar la autodeterminación popular y las autonomías indígenas, regionales y populares; y construir el poder constituyente y la democracia desde abajo, terminando con el vigente régimen político mercantilizado y privatizado.

Notas:

[1] Héctor Béjar, entrevista Entrevista por Pablo Toro y Jorge Ayala, Jacobin Argentina, 18/01/2023.

[2] https://www.servindi.org/18/01/2023/el-indigenismo-y-el-problema-de-la-integracion-por-jose-maria-arguedas

[3] Horacio Machado Aráoz, Extractivismo y “Consenso Social”: Expropiación – consumo y fabricación de subjetividades (capitalistas) en contextos neocoloniales. Revista Cuestiones de Población y Sociedad | 2013. ISSN 2314-1492, [ 41] Vol. 3, N°3, Año II. https://horizontescomunitarios.files.wordpress.com/2016/10/machado-araoz-extractivismo-y-consenso-social.pdf.

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23 de noviembre de 2022

Perú: “Las cosas se pondrán peor antes que mejor: esta es una crisis sistémica, no solo política”

Cecilia Méndez  (Entrevista de Enrique Patriau)

Cecilia Méndez es una de las historiadoras más importantes del Perú y, siempre, una voz interesante de escuchar. En esta entrevista responde sobre el desengaño que, para ella, ha significado el presidente, Pedro Castillo, alguien quien, señala, llegó al poder diciendo que no sería más de lo mismo y terminó repitiendo viejos patrones.

— Usted tenía una posición más de expectativa por lo que podría hacer Pedro Castillo. Me habló de las muchas representaciones -docente, rondero, campesino- que podía llevar a un puesto como el de presidente. Leo sus columnas y entiendo que eso ha dado paso a la desilusión. ¿Por qué?

Los hechos hablan por sí mismos. Es un presidente que tiene a tantas personas de su entorno fugadas. Admito que hay un cargamontón de los diarios, pero también es cierto que hay mucha información recogida. Si no la temen, ¿por qué se escapan? Hay muchas evidencias que revelan que, desgraciadamente, Castillo no ha jugado como prometió y que repite los patrones de los presidentes que han gobernado. Para decirlo en términos simples: usar el poder para servirse y no servir a los ciudadanos. Lo que era poco predecible es que no tenía una historia delictiva conocida.

— ¿De corrupción?

Y creo que es un punto en el que tenemos que indagar un poco más. Vuelvo sobre esas múltiples identidades de las que hablabas. Le sirvieron mucho porque la gente se podía sentir identificada con un presidente de esas características, pero se ha demostrado que lo que decía era mentira, por ejemplo, que él no iba a hacer lo que hicieron los demás, que no iba a aprovecharse del Estado. Entonces, sí, es una sensación de desengaño muy grande, sabiendo que Castillo tenía múltiples deficiencias. Nunca hubiera votado por él en la primera vuelta y las circunstancias en las que uno termina apoyándolo críticamente son muy claras…

— ¿Particulares?

Sí. Y había todo este tema de las cuestiones conservadoras en derechos de la mujer, asuntos de género. También, las proclividades autoritarias, porque él dijo en campaña que iba a cerrar el Tribunal Constitucional. No tenía una vocación institucional ni democrática clara. Sin embargo, se esperaba que con la coalición con una izquierda que pensábamos más democrática, se podrían mesurar esas tendencias, pero la historia ha seguido el patrón que ya conocemos, lo cual es una desgracia tota, porque es una persona que viene de abajo que pudo hacer un mejor papel a pesar de las deficiencias de su preparación y formación.

— ¿Se derrumba el mito de que alguien del campo, del pueblo, podía hacerlo mejor que todos los anteriores?

Se derrumba un mito, pienso. No diría que en la izquierda la gente decía que un campesino, un indio sea presidente. Eso no ha estado en la mentalidad de la izquierda…

No en toda la izquierda. Aunque en parte de ella existía la expectativa de que alguien de ese origen podía darle un giro diferente al país. Eso sí estaba instalado.

Eso sí, por la extracción de clase.

— A eso me refiero.

Por el origen rural, que era lo más inusual, por ser maestro de escuela. Sí. Creo que la realidad nos obliga a poner los pies en la tierra, a todos. Eso es lo que el Perú ha producido en términos de educación, en términos de lo que son los maestros. Es nuestra realidad y no se le pueden pedir peras al olmo. Lo que no quita que haya podido hacerlo bastante mejor en cuestión de decisiones políticas clave. Castillo ha demostrado desconfianza al pueblo que tanto invoca. Ha confiado más en las cúpulas partidarias que lo van a blindar en el Congreso. Ha visto a la política como la ven todos. ¿Qué cosa era Cerrón? El jefe del partido que lo podía proteger. Por ejemplo, sacó a (Hernando) Cevallos…

— Del Minsa.

Así es, y lo puso al señor de la agüita arracimada, habiendo hecho Cevallos una gestión que hasta la derecha reconocía. Pero lo saca y hace una serie de cambios devastadores. Si hubiera confiado en lo que una buena gestión de salud puede hacer para la gente y no en que Cerrón lo va a proteger… por eso digo que Castillo no confió en el apoyo del pueblo. Incluso la gente que no votó por él podría haber estado agradecida con una buena gestión en salud. Él no confió en los ciudadanos comunes, solo confía en esos amarres políticos con las cúpulas. En esos despliegues demagógicos y populistas en sus viajes no confía en la gente, la está usando. Y ahora hay un embalsamiento de reclamos que en algún momento va a estallar y eso es lo que posiblemente lo va a sacar.

— No lo va a sacar la oposición.

No creo que la oposición. No quiere irse. Me refiero a la del Congreso.

Aparte es una oposición muy radicalizada, poco creíble.

Tonta, inmadura, un poco suicida también.

— ¿Qué expectativa tiene de la visita del Grupo de Alto Nivel de la OEA?

No creo que la OEA vaya a solucionar nuestros problemas, puede intervenir en casos concretos y puntuales. Hay una arremetida del Congreso que no puede perderse de vista, que es querer desbalancear el equilibrio de poderes. La OEA, en todo caso, puede decir cualquier cosa, pero quienes tienen que gobernar son los peruanos.

— ¿Suscribe la idea de que se vayan todos? ¿Esa puede ser una solución?

—Esa no es una solución. Yo la suscribo emocionalmente, porque, ¿quién no tiene ganas de que se vayan todos? (risas). Eso lo estamos diciendo hace tiempo. Creo que hay que tomar conciencia de que aquí las cosas se van a poner peor antes que mejor. Esta es una crisis sistémica y no es solo una crisis política. Tomemos lo que sucede en educación. Muchos dicen que Castillo tiene que irse porque está destrozando el Estado. Por el nivel de los que pone por cumplir con la cuota de Cerrón o la suya propia, es devastador el daño que se está haciendo. Estoy de acuerdo, hay que poner a quienes tienen experiencia y méritos. Al mismo tiempo, toca reconocer que este personaje que ha sido elegido es producto de un sistema educativo completamente desigual. Nos quejamos, pero no vemos cómo las propias reformas privatizadoras que muchos aplaudieron, entre ellas la de la educación, han dado la peor calidad de la educación justamente a esos sectores que hoy tienen el poder. ¿De quién es la culpa, entonces? No hablo solo del presidente. También de congresistas. Por eso digo que es una crisis sistémica, de la raíz de nuestro sistema educativo. Esas reformas fueron aplaudidas por los sectores que hoy se quejan del nivel educativo de los políticos en el poder y que vienen de provincias, sobre todo. Entiendo la crítica, pero hay que hacer una pausa para entender cómo llegamos a esto, de lo contrario no vamos a tener una buena solución.

— Creo también que parte del problema es que, de un tiempo a estar parte, se hace imposible el diálogo. Estamos en una sociedad inflamada y eso se ve en el debate político.

—Sí. Estaba pensando en eso. ¿Qué pasó en los noventas con las reformas que se implantaron con la Constitución del 93? Creo que en esa década se creó como una especie de hegemonía de ese pensamiento de las privatizaciones, del mercado…

— Neoliberal.

—Que, de facto, desestimaba la necesidad del debate. Era como una especie de pensamiento único. Y hay que ver que, en esa época, mientras se construía el Estado para ciertos aspectos, como la Sunat, o la Defensoría, con el otro brazo se destrozaba las posibilidades de estabilidad laboral para la gente, creando una informalidad con la desregulación de la economía. Cualquiera podía poner su línea de transporte.

— Bastaba tener una combi. Es cierto.

La gente aplaudía ese sistema al inicio porque sentía que todos podían ser empresarios y se elogió esta cosa del empresariado…

— Del emprendedor.

—Y ese es un tema que hay que discutir más, ¿no? Porque hay una diferencia entre el empresario y el emprendedor. ¿A quiénes se les llama empresarios y a quiénes se les llama emprendedores? ¿Alguna vez los emprendedores llegarán a ser empresarios? ¿Y cómo llegarán a serlo? La informalidad también va de la mano con el dinero ilícito, la minería ilegal. Hemos tenido un sistema que nos ha llevado a donde estamos ahora. Y las soluciones no son reformas aquí o allá, aunque sean necesarias. Esos son parches cuando lo que se necesita es una cirugía. Esto es bien difícil que lo entiendan nuestros grupos políticos y gobernantes. Incluso iniciativas de gente sensata no están viendo los problemas de raíz porque, en el fondo, no quieren que cambie este sistema, porque para ellos está bien. Sin embargo, el problema es muy profundo. Siento incluso, Enrique, que se perdió el debate en las ciencias sociales.

— ¿En qué sentido?

—Porque los científicos sociales empezaron a trabajar para las mineras, para las empresas. No los culpo, es el trabajo que había, pero voy a que es un sistema que no propendía a que hubiera otra idea, otra ideología. Cualquier cosa distinta era terrorismo, es lo que le hicieron a (Ollanta) Humala. No hay que olvidar los intentos que hubo de cambiar este sistema y cómo se taponearon. No se podía hablar. En un debate periodístico, un señor –olvidé el apellido– decía que mucha educación es mala, peligrosa porque van a surgir terroristas y comunistas. Alguien dijo que Vallejo era un deprimido. Es decir, se alentaba el mono-pensamiento, el no-debate. Esta atomización es producto de décadas de no pensar, de poner la historia al tacho, las humanidades al tacho, de vivir en un cortoplacismo enfermo, egoísta, mezquino. Estamos cosechando lo que hemos construido. Como historiadora, lo veo así. Esto de la OEA, del Congreso y del Ejecutivo son distracciones, es la novela que continúa.

— ¿Y no hablamos de los temas de fondo?

—Es que nos distraemos. Mira lo de la traición a la patria. Todo el mundo dice, con razón, que da risa que una opinión sobre un referéndum sea traición a la patria. Por otro lado, ¿por qué no aprovechar más bien para preguntarnos qué es la patria? Nadie le pregunta eso a nadie. ¿Qué cosa es la patria y quiénes la traicionan? Esa gente no quiere hablar de lo esencial. Es obvio decirlo: sin un diagnóstico no vamos a tener soluciones correctas y vamos a repetirnos, cada vez peor.

— Le preguntaría qué es la patria y quiénes la traicionan, aunque intuyo que la respuesta sería larguísima.

(Risas). No importa lo que yo piense. Habría que preguntarle a la gente, a los congresistas porque ya hemos visto que se les sale el inconsciente y juran por la plata. Es una pregunta seria. Se supone que son 200 años de República, 200 años del Congreso, ¿y qué es lo que tenemos? La pausa es más necesaria que nunca para pensar en los asuntos de fondo.

— ¿Qué papel han jugado los medios de comunicación en esta coyuntura?

—Primero, los medios son un actor político y hay un conglomerado dominado por el grupo El Comercio, pero también hay canales y otros medios afines. Tendrían que reconocer que han jugado un rol fundamentalmente antidemocrático, desde el momento en que estuvieron incluso promoviendo esta idea del fraude y sembraron un miedo y un terror sobre cosas que no tenían base. Eso es muy grave. Y eso continúa. La información que uno recibe es de un desequilibrio total, obsesionada con el presidente y el Ejecutivo, y que pasa por alto graves problemas en el Congreso, en la Fiscalía, en los niveles más altos. A mí me gusta citar el trabajo de Hilda Sábato, que es una historiadora muy reconocida, que escribió… aquí mismo lo tengo (la entrevistada muestra un libro), que escribió “Repúblicas del Nuevo Mundo”. Ella dice que, en los comienzos de nuestro sistema representativo, en América Latina, se reconocía que tiene que haber una entidad que pueda equilibrar y controlar lo que suceda en las elecciones y eso es lo que, en esos tiempos, se empieza a llamar opinión pública. Y eso de la opinión pública está expresada en los medios de comunicación. Los periódicos han sido un elemento fundamental en las luchas por la independencia. Ha habido periódicos donde, en efecto, se planteaban posiciones claras, pero, también, han sido, históricamente, lugares de ensañamiento y luchas intestinas. Es muy interesante la historia de los periódicos. En fin, el punto clave de estas discusiones iniciales de las repúblicas latinoamericanas era que, justamente, la prensa cumplía un rol clave en la democracia. Ese rol democrático, desgraciadamente, la mayor parte de los medios no lo está cumpliendo y los ejemplos están por todos lados.

— Lo preguntaba porque en esta incapacidad de comunicarnos, los medios han jugado un papel.

—Exactamente, hay una responsabilidad muy grande. Dicho sea de paso, es muy triste que los que pagan el pato sean los reporteros que son agredidos. El presidente Castillo también ha utilizado palabras que no son apropiadas, usando a los periodistas como un blanco, y eso está bastante mal.

Enrique Patriau. enrique.patriau@glr.pe

29 de agosto de 2022

Perú: El enemigo principal

Gustavo Espinoza M.

Con el propósito de no deteriorar aún más las relaciones entre los distintos segmentos de la izquierda peruana, he eludido referirme de manera directa a las opiniones vertidas por uno u otro dirigente o militante del movimiento popular.

He optado, en cambio, hablar de los fenómenos sociales y políticos pergeñando, en torno a ellos, ideas básicas que pudiesen servir como elementos de análisis para los lectores.

La reciente entrevista concedida por Vladimir Cerrón y publicada en la prensa argentina -“Página 12”- obliga sin embargo, a romper este procedimiento y abordar puntualmente lo dicho por el dirigente de Perú Libre Veamos:

LAS COINCIDENCIAS CON EL ENEMIGO

“Coincidimos con el fujimorismo porque combatimos a un enemigo común, que es la izquierda caviar, la social democracia, ellos son nuestro enemigo principal”; sostuvo en esa entrevista el ex Presidente del Gobierno   Regional de Junín, como una manera de justificar determinadas votaciones ocurridas en el Congreso de la República y en las que sumaran fuerza los parlamentarios de su partido y los exponentes de la ultra derecha peruana.

Hay varios puntos que abordar en torno a este concepto que sin duda tiene incidencia significativa en el escenario político de nuestro país. Por lo demás, estas palabras perfilan un criterio de política que podría comprometer a la izquierda peruana si no es enfrentado.

Es un viejo dicho que cuando se coincide con la derecha, la que se beneficia es la derecha. Y es que, ella diestra en alianzas y componendas no suele equivocarse cuando se trata de proteger y preservar sus privilegios de clase. Un ejemplo práctico lo tuvimos  precisamente en el seno del Congreso Peruano: PL y el fujimorismo “coincidieron” en la votación que hizo posible la elección del Tribunal Constitucional Como resultado de ese acuerdo, el fujimorismo ocupó las 5 plazas del TC sin que ni Perú Libre ni ninguna otra fuerza afin al pueblo haya logrado cupo alguno.

Esta “victoria” del fujimorismo, lograda gracias a ls votos de Perú Libre, le permitirá a la ultra derecha detentar poder absoluto en este máximo órgano de administración nacional en los próximos cinco años. Todos los temas habrán de pasar por el TC, desde un indulto a Alberto Fujimori hasta la ratificación de un Tratado Internacional. Nada será ajeno a su omnímodo Poder.

¿Algo bueno obtuvo Perú Libre con esa votación? ¿Hubo alguna “compensación” positiva para el país que justifique tal entrega?. Por lo menos en lo que podría considerarse “el área pública”, nada. Y no quisiéramos creer que se “pactó” algo en el ámbito secreto ¿verdad?

Hubo adicionalmente, otras votaciones “coincidentes”, como la censura a algunos ministros, o el ataque a la SUNEDU, el aliento a la contrarreforma universitaria y acoso al Ministerio de la Mujer el apoyo y la defensa de posiciones más conservadoras en torno a la sexualidad y temas afines. Nada de eso favoreció al movimiento popular  

A PROPÓSITO DE “LOS CAVIARES”

El otro tema tiene que ver con los denominados “Caviares” que, en el caso, Cerrón los precisa: la Social Democracia.

De manera general, la ultra derecha abomina a “los caviares”. Hay que escuchar simplemente a Beto Ortiz, Phillips Butten o Aldo M para tener una idea de la magnitud del odio que incuban contra ellos. Pero, en tal caso, esa inquina, es comprensible.

“Los Caviares” constituyen un segmento social crítico al régimen de dominación vigente. Lo cuestionan, y lo orillan, aunque no siempre se atreven a enfrentarlo. En contra partida, se sienten “cerca” de la izquierda, aunque se distancian de ella, para no comprometerse en postulados fundamentales. En otras palabras, son reformistas, pero no revolucionarios. Integran lo que comúnmente se conocen como “la izquierda moderada”. En otros términos, son los Progresistas.

Este es un sector social que comprende principalmente a las capas medidas de la sociedad, a la burguesía media, más bien intelectual y “libre pensadora”. Estratégicamente, no acepta el socialismo; ni el poder de la Clase Obrera; ni la Revolución. Incluso le resulta difícil admitir la existencia de las Clases, y la lucha entre ellas; y es crítica siempre del Marxismo Leninismo y de los Partidos Comunistas y Revolucionarios. Pero eso ¿la convierte en el enemigo principal?  Ciertamente que no.

En la política cotidiana este segmento coincidirá con la Izquierda Revolucionaria en diversos aspectos. Y cuestionará al régimen de dominación vigente en distintas materias. En la “Década Dantesca”, fue muy valioso su aporte en la defensa de los Derechos Humanos. En algunos aspectos, fueron los únicos que se enfrentaron firmemente a la represión brutal de entonces y salvaron vidas de mucha gente. Eso, los califica, no los descalifica.

Pero también han dado luchas en otras esferas: la defensa de los recursos naturales, la protección a las Comunidades Campesinas, la defensa de las poblaciones rurales secularmente excluidas y marginadas, el combate por la inclusión social en beneficio de minorías clásicamente ignoradas. Y también por cierto en el enfrentamiento a la Mafia. Bajo el fujimorismo, salieron a la calle, y se enfrentaron bien. Eso también los califica.

Por eso, objetivamente, se perfilan como aliados del movimiento popular Dialécticamente, pueden avanzar con él como consecuencia de la dinámica del proceso social, o pueden desligarse de sus luchas y abandonar la trinchera también. Por eso, no siempre son aliados firmes, consecuentes y coherentes.  Pueden ser incluso aliados inconsistentes, precarios transitorios, pero no enemigos. Y muchos menos “el enemigo principal”, por lo menos en esta etapa del proceso social.

COMUNISTAS Y SOCIAL DEMOCRATAS

Hubo un tiempo en el que los comunistas considerábamos a lao Social   Demócratas como enemigos. Los “Social Traidores” les decíamos. Y nuestra inquina tuvo peso en determinadas etapas de la historia. No hay que olvidar que el Social Demócrata Noske –por ejemplo- fue el ministro que persiguió hasta la muerte a Rosa Luxemburgo y Carlos Liebnecht  Y que Frederick Ebert -luego “figura señera” de la social democracia- fue responsable de esa política que costó la vida a miles de obreros alemanes.

Pero la vida corrigió eso.  Cuando asomó el fascismo, los comunistas corregimos esa percepción y buscamos construir la unidad más amplia en la lucha contra la bestialidad parda.  Cuando Hitler tomó el Poder –lo  recuerda  Jacques Delarue- el Partido Comunista primero y la social democracia después, fueron decapitados . En el primer campo de concentración que se creara -Orianenburgo- , el hijo del ex Presidente Ebert y el Jefe de los Social Demócratas Prusianos Ernst  Heillmann, se encontraron allí con centenares de comunistas, en tanto que el comunista  John Scheer era asesinado; y el jefe del KPD  Ernest Thaelmann encarcelado y fusilado más tarde.  

Jorge Dimitrov, en 1935, llamó al Frente Único contra el fascismo. Y eso, unido al heroísmo del pueblo soviético y al papel histórico del Ejército Rojo,  fue lo que permitió vencer en los años duros de la II Gran Guerra. El Frente Único facilito la lucha de los Partizanos italianos y los Maquis en Francia, pero ayudó en el mundo para la derrota del fascismo.

LA LUCHA CONTRA EL FASCISMO

Hubo en esa época quienes no entendieron eso. Los  así llamados “comunistas de izquierda” en Alemania, habían sido criticados por Lenin, pero fueron derrotados después en el proceso concreto. Liderados por Maslow, Katz y Fischer, dañaron al movimiento popular en su momento. Y lo mismo ocurrió en las canteras de la Social Democracia, para los que, los comunistas éramos “el enemigo principal”.

Cuando Hitler ascendió al Poder, comunistas y social demócratas, se hermanaron en las cárceles nazis. y ambos contingentes lucharon valerosamente contra ese dominio.  Toda la autocrítica hecha después de la guerra por comunistas y social demócratas, coincide en considerar que el error histórico de ambas colectividades, fue no haber hecho causa común en la lucha contra el fascismo en ascenso; y haberse perdido más bien en confrontaciones que, en ese marco concreto, podían resultar subsidiarias.

Si alguien pensó que los Social Demócratas no podían ser aliados de los comunistas en esa contingencia, se equivocó. Y si alguno creyó que eran el   “enemigo principal”, simplemente perdió la razón. Aunque nunca se llegó a tal extremo, a nadie en su sano juicio se le habría ocurrido hacer alianza con los Nazis, para derrotar a la Social Democracia, Ni siquiera un marxista leninista anquilosado en los años más sectarios del movimiento, podría sustentar una tesis así.

 El hecho que se produzcan coincidencias entre social demócratas y comunistas, no significa por cierto que desaparezcan las diferencias. Ellas subsisten. Y se expresan de una u otra manera durante todo el proceso y en cada una de las etapas del mismo. Pero no impiden concertarse cuando los intereses del pueblo se ven amenazados por un adversario superior, y más peligroso: el fascismo

EL ENEMIGO PRINCIPAL

En países como el nuestro, subdesarrollados y dependientes, el enemigo principal, es el Imperialismo. Representa los intereses del Gran Capital y se expresa a partir de las Corporaciones y las entidades financieras.  Busca aplastar a los trabajadores y a sus organizaciones de clase, para perpetuar su dominio., y expresa un odio profundo por todo lo que sea progreso, desarrollo o concepción revolucionaria, de corte socialista o comunista.   El anticomunismo, es su principal bandera. ¿Podría, en ese marco, coincidir,  o pactar con los comunistas?  

Y en el Perú los intereses del capital financiero no los representa por cierto ni Verónica Mendoza ni Mirtha Vásquez. Los representa, en todo caso, Dionisio Romero,  que no financia a Juntos por el Perú, sino a Keiko Fujimori y a Fuerza Popular; con el agravante que este “partido” no es un segmento periférico en la vida nacional, sino un movimiento  bien organizado  y ricamente financiado, que ya estuvo en el Poder aplicando la variante más perversa del capitalismo de nuestro tiempo -el Neo Liberalismo-  y que ahora se empeña en recuperarlo a cualquier precio no para imponer una “democracia burguesa”, sino la dictadura terrorista de los monopolios con apoyo de masas, vale decir, la versión criolla del fascismo. ¿Es posible no darse cuenta de eso?

PALABRAS FINALES  

Los comunistas podemos equivocarnos, y sostener puntualmente criterios erróneos. Lo que no debemos hacer nunca, es darla la razón al enemigo, ni entenderse con él para golpear a otra parte de nuestro pueblo. La política leninista de acumulación de fuerzas nos indica con precisión que luego de definir al Imperialismo como el enemigo fundamental de nuestro pueblo, y de todos los pueblos del mundo; la tarea es sumar fuerzas: ganar a todos los que pudiesen coincidir con nosotros en esa lucha, aunque fuere en forma transitoria, temporal o episódica; y neutralizar a quienes no se sumen a nuestra causa simplemente para que no se pasen al campo adversario. Eso es lo que hace dúctil y maleable nuestra política de alianzas, que debe quedar siempre asentada en sólidos principios de clase.

1 de julio de 2022

Perú: Castillo y la falsa izquierda

Juan Manuel Robles

Ha ganado Gustavo Petro en Colombia luego de una campaña épica y no sé si soy el único pero, recién terminadas esas elecciones, la experiencia del país vecino me deja una sensación de desengaño, la sospecha de que en el Perú nos dieron gato por liebre. Porque una cosa es el fracaso, que siempre acecha (sobre todo a los políticos que eligen perseguir utopías y tratan de descubrir la pólvora imposible de una humanidad mejor). Una cosa es que los poderes fácticos te estrangulen, que los medios hegemónicos te acosen y las corporaciones te acogoten (como sin duda le pasará a Petro, a quien le esperan meses de presión y resistencia). Pero otra muy distinta es que no haya la menor conciencia de dónde uno está parado, de las banderas que se encarnan. Y eso, por desgracia, es lo que ha pasado en el Perú, donde robaron los emblemas izquierdistas sin creer en ellos: no es una traición, es algo mucho menos solemne. El escupitajo del desprecio. 

Castillo no es un mandatario de izquierda y esto no es una excusa infantil ante la debacle de su errático gobierno, como seguramente dirán los caricaturistas conceptuales de la derecha golpista y los fujimorismos. Decir que Castillo no es un presidente de izquierda no se debe a que, al ver su absoluta improvisación, uno se quiera librar de su mancha. Castillo no es de izquierda simplemente porque no está interesado en implementar políticas progresistas, no quiere luchar contra los privilegios ni pensar en formas de hacer más accesibles servicios públicos, enfrentándose a quienes haya que enfrentarse. No es un presidente de izquierda, además, por una cuestión fundamental: su absoluto desprecio por las causas simbólicas del progresismo continental, que lo celebraron en su momento y hoy deben mirarlo con justificado desprecio.

Hay cosas que se pueden explicar por la supina ignorancia, por la falta de formación, por las limitaciones que son, tristemente, la condena de la desigualdad en un país como el Perú. Se puede entender la afrenta de subirse al estrado en la Cumbre de las Américas y decir “América para los americanos” (el lema imperialista de la doctrina Monroe) porque posiblemente Castillo no tenga la menor idea de lo que está hablando. Pero hay que tener mala entraña para ser elegido como una esperanza a la izquierda y pactar una reunión con Iván Duque, repudiado mandatario saliente de Colombia y emblema del uribismo, en plena campaña de definición de ese país. Hay que tener muy revueltos los valores de la igualdad social para decir en una plaza que el hambre solo llegará a los que no trabajan (una variación penosa de “el pobre es pobre porque quiere”).

Eso no es solo no ser de izquierda, eso es ser un enemigo de la izquierda, jugar en las antípodas, ser un cínico y un insensible.

En la campaña de la segunda vuelta, cuando Pedro Castillo se volvió la única opción frente a la amenaza de Fujimori, escribí en este mismo espacio que el gran temor era que Castillo se convirtiera en una especie de Andrés López Obrador, alguien incapaz de impulsar cambios reales, que terminaría perdiéndose en “la baba de las buenas intenciones”. Pues lo que ocurrió es peor. Castillo no tiene bandera, y eso podemos decirlo en el peor de los sentidos. Él y su entorno han demostrado que no guardan reparos en hacer cualquier pacto o concesión con tal de sobrevivir. Su gobierno se va convirtiendo en un piloto automático pegado con esparadrapo. Sin fuerza ni voluntad para virar el timón.

Veo a Petro dando el discurso de triunfo con las masas al borde del llanto y pienso en la decepción peruana. Castillo es un presidente equiparable a cualquiera de los candidatos de las derechas chichas que participaron en campaña: Acuña, López Aliaga o Forsyth. Con las recetas de siempre, sin ambición, y con abierta negligencia en la gestión pública. Una izquierda puede ser extractivista (Evo) o ecológica (Petro), primarioexportadora o diversificadora. Pero no puede abandonar a sus ciudadanos a la inercia del statu quo que prometió remecer.

¿Esta falsa izquierda de Castillo afecta las pretensiones de un verdadero proyecto progresista? Sin duda. ¿Acaba toda posibilidad de construirlo? De ninguna manera. Sobre todo porque la derecha —está claro— seguirá debatiéndose entre el fujimorismo y el neoliberalismo nostálgico. Carece de repertorio más allá de eso. La derecha no tenía nada que ofrecer en el 2021 y no tiene nada que ofrecer hoy. Creen que el rechazo a Castillo y ponerle la muletilla de “comunista”, haciéndolo ver como un fracaso de la izquierda, los empodera como una opción de cara al futuro. Pero sus cartas son débiles o peor, repulsivas. Tan caídos están que Juan Carlos Tafur, un supuesto moderado de derecha, ya empezó a echarle elogios a Rafael López Aliaga.

A la izquierda le toca desmarcarse de algo que ya no puede representarla. El problema del gobierno no es que esté dirigido por ineptos sin experiencia (lo que sería corregible), sino su nulo compromiso social, que han reemplazado por ambiciones más simplonas: ya hay indicios de corrupción y tráfico de influencias. ¿Políticos buscando cuestionar el poder de las élites? No, más bien personas que quieren sacarle el jugo a lo que parece ser un golpe de suerte.

Votar por Castillo era necesario y cumplió su cometido principal: evitar que Keiko ganara. Pero no es de izquierda, no tiene voluntad para plasmar la mirada que ha desarrollado la izquierda peruana (ni el presidente ni sus aliados de Perú Libre, que salvo excepciones tienen la misma promiscuidad política y un oportunismo impresionante). Esa izquierda intelectual que ha trabajado en la administración pública, en las ONG, tan despreciada por los supuestos radicales, resulta siendo más sólida e ideológicamente comprometida. Esa izquierda Usaid termina generando planes de cambio más concretos que los incendiarios que apagan el lanzallamas a la primera sonrisa de una Maricarmen cualquiera.

Toca ver la experiencia colombiana, donde diecisiete movimientos convergieron en la coalición del Pacto Histórico. Toca estudiar cómo hicieron para que la izquierda de café, la que habla en difícil, se entendiera con los luchadores sociales con el fin de desarrollar juntos un programa de gobierno. Cómo lograron una organización sólida en la que un líder carismático acepta que las bases elijan a su vicepresidenta (como se sabe, Francia Márquez no era la opción favorita de Petro). La izquierda intelectual y capitalina peruana va a sufrir el golpe. Y debe aprender de errores como la tibieza en el rechazo a los paradigmas neoliberales, su aceptación del terruqueo (que es en realidad una censura a todo radicalismo). Pero de momento su oportunidad de hacer algo grande sigue abierta y es más necesaria que nunca.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°592, del 24/06/2022   p14


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28 de febrero de 2022

“La política se ha vuelto un negocio más de poder y dinero”

Cecilia Méndez  (Entrevista de David Pereda)

La historiadora Cecilia Méndez reflexiona sobre la situación política en que se cuestiona a la presidenta del Congreso, Maricarmen Alva, por reunirse con opositores en un hotel para hablar de vacancia presidencial, pero también al Gobierno.

¿Qué opina de la reunión de Alva y congresistas sobre la vacancia presidencial?

Hay dificultad de Alva de diferenciar lo privado de lo público, algo que se achaca al presidente. La presidenta de un poder del Estado debe cumplir un rol más independiente de una facción política, no complotar ni estar de un lado. En un lugar privado, hablaban de asuntos públicos. Si buscaban cómo sacar al presidente, es grave. Y su dificultad de entender límites de la soberanía nacional. Ya la demostró en España, donde hizo lo mismo. Tiene antecedentes de querer apoyarse en poderes extranjeros. Demuestra incapacidad para dirigir un poder del Estado porque lo usa para fines privados y de poder.

Usted ha reflexionado sobre los cambios a la medida que se hacen a la Constitución.

Lo ha estado haciendo de modo sistemático el fujimorismo en el Parlamento con Patricia Juárez. Desfiguran la Constitución. Es un proceso de desconstitucionalización. La Constitución es el ente normativo básico de un Estado. Si se cambia casi semana a semana por coyuntura, dejan al país sin Constitución, sin referente normativo. Lo hacen porque pueden, pero es inaudito.

Y es la Constitución que dicen defender. ¿Qué alegar?

En nuestra historia, se han ido abriendo mecanismos de participación de la ciudadanía. Los elegidos como representantes han buscado cerrarlos. Los ciudadanos no votan por representantes para que ellos hagan lo que les dé la gana, sino para que los representen. ¿Qué intereses están representando?

¿Cómo queda la fundación alemana que hizo el evento?

Por los antecedentes de Alva, hay peligro de que una fundación extranjera pueda interferir en dar consejos en lugares privados para decidir asuntos públicos. Si es abierto y legal, podría ser en el Congreso y abierto a todos los legisladores.

¿Ellos alegan defender la democracia y enfrentar un plan comunista en el Perú?

Son ideas que no se sostienen. Castillo ha dado muestras de no ir en esa dirección. ¿Quién es ministro de Economía? No tiene relación con la realidad ese argumento. Aun los de Perú Libre lo que hacen es copamiento de puestos, no un plan comunista. La amenaza es desconstitucionalizar el Perú. Hasta los caudillos del siglo XIX trataban de respetar la Constitución o aparentaban.

¿Qué nos dice esa acción?

Estamos en un momento histórico en que los militares ya no están dispuestos a intervenir en la política institucionalmente como lo hacían antes con golpes de Estado y para ejercer la arbitrariedad que posibilitaban los golpes, ahora usan mecanismos seudolegales. En el Parlamento, esas maquinaciones que antes se hacían con alianzas civiles-militares se hacen ahora con abogados que quieren darle apariencia legal a decisiones arbitrarias que violan principios de democracia como la división de poderes. Eso es lo más parecido a un golpe de Estado.

¿Qué debe hacer Castillo?

Movilizar todos los canales institucionales para que se investigue el caso. Castillo ha ido más por las cuotas, pero debe apoyarse más en asesores jurídicos y apelar a la ciudadanía.

¿Cuál sería la dimensión histórica de Castillo, considerando su extracción social?

Que haya llegado al poder es una expresión de que algo de la democracia peruana funcionaba porque todos los presidentes vienen de élites o se han incorporado antes a una. Castillo no tenía vínculos con élites, pero sigue el clientelismo. Es el modelo Acuña sin el éxito empresarial. Pero Castillo logró legitimidad en las demandas de maestros contrarios a la reforma. Vale ver qué se hace mal en las reformas, pero ha desperdiciado esa legitimidad.

Unos dicen que un presidente de sector popular enfrenta a élites. ¿Cuán cierto es?

Hablan de enfrentar el comunismo, pero son los mismos que enfrentaron a Kuczynski, el fujimorismo. Y al otro lado decir de sectores populares es engañoso, hay redes clientelares regionales que también desangran sectores populares. La política se ha vuelto un negocio más que da poder y dinero.

La mayoría dice que, si cae Castillo, que también se vaya el Congreso. ¿Qué revela esto?

Una madurez de la ciudadanía. No creo que avale que el Congreso saque a Castillo y se quede. Dan esperanza las movilizaciones recientes. La ciudadanía no se deja pisar el poncho. Lo hemos demostrado en casos como el de Merino.

25 de febrero de 2022

Perú: "Tres narrativas sobre el presidente"

CARLOS LEÓN MOYA

En el sector de la izquierda que acaba de ser apartada del Ejecutivo hay varias narrativas sobre lo que es el presidente Pedro Castillo, lo que ha venido siendo su gobierno y cómo podría enmendar el rumbo que ha tomado. En esta columna me centraré en tres de ellas.

En la primera, que podría ser vista como “la narrativa leal”, el presidente Castillo es innatamente bueno. Por su propio origen, tiene una emoción social y una empatía única hacia los sectores más desfavorecidos. Al final, esta emoción y empatía podrían prevalecer a sus propios errores. Al final, Castillo encontrará de alguna manera el rumbo.

Este relato lo usan casi todos sus exministros: algunos con críticas a su manera de dirigir el país, otros evadiendo el tema. Por momentos parece un acto de fe: como no tenemos nada que indique que Castillo encontrará un norte, apelemos para nuestra tranquilidad a su propio origen.

Así, el origen social de Castillo pasa de ser una reivindicación igualitaria (“por fin un maestro rural es presidente”) a un deseo de una mejor gestión (“esperemos el presidente encuentre el camino, y seguramente lo hará debido a su origen rural”). Vallejo decía que todo acto o voz genial viene del pueblo o va hacia él. Esta narrativa, cuyo único anclaje es el origen social de un actor político, es una perversión de ese argumento.

En la segunda narrativa, Castillo ya es un traidor porque dejó las banderas de izquierda. Por supuesto, quienes sostienen esto estuvieron cerca al gobierno hasta la semana pasada. Ellos eran la garantía de cambio. Con ellos fuera, se acabaron los cambios. El mismo argumento que utilizó la izquierda con Humala el 2011, y utilizó Perú Libre hasta que volvió al gabinete, es usado hoy por algunos miembros del Nuevo Perú.

Aquí la dimensión principal, casi la única, es la ideológica: izquierda versus derecha. Para que Castillo deje de ser traidor, y su gobierno retome el rumbo, él debería volver a la izquierda y cumplir con sus promesas de campaña. Simple. Sencillo. Pedestre. Algunos van incluso más allá y creen que, una vez logrado esto, Castillo debería marcar la cancha y dividir el espectro entre la izquierda democrática, por un lado, y la derecha golpista, por otro.

Por supuesto, este argumento –tan sencillo– omite varias cosas. Por ejemplo, la dimensión institucional. Muchos entienden lo institucional solo como la defensa de los cinco años de mandato del presidente Castillo: todo intento por acortarlo, sea por vacancia o pedidos de renuncia o adelanto de elecciones, es antiinstitucional.

Puede ser cierto. Sin embargo, lo institucional tiene muchas otras dimensiones. Por ejemplo, el deterioro progresivo de la capacidad estatal y el deliberado ataque contra la ya escasa meritocracia en la alta burocracia pública es también un atentado contra la institucionalidad. Y eso lo viene haciendo no el Congreso sino el gobierno, y con cada vez más ansias. Viéndolo así, tanto Castillo como el Congreso son atentados contra nuestra precaria y débil institucionalidad.

Volviendo a esta segunda narrativa, Castillo solo debe abrazar a sus antiguos aliados y problema solucionado. Como si los seis meses que tuvo a su lado hubiesen servido de algo.

La tercera narrativa, aún más fantasiosa, es que el presidente no podrá cambiar por sí mismo el rumbo de su gobierno. Por tanto, necesita que se lo cambien, que lo presionen y lo corrijan.

Para Perú Libre, en la tradición marxista-leninista, ese corrector es el partido. Para el Nuevo Perú, en la tradición de la ciencia-ficción, ese corrector es la “ciudadanía consciente, organizada y movilizada”.

Al menos Perú Libre culpaba a Castillo de lo que ellos consideraban sus errores. Se había dejado llevar por los caviares, su escasa formación ideológica le pasaba factura. En cambio, para el Nuevo Perú –más cautos, menos violentos, quizá más paternalistas– el culpable nunca es Castillo. En palabras de Verónika Mendoza, los culpables del descarrilamiento de Castillo son “el chantaje neoliberal, la presión del conservadurismo, el oportunismo, la informalidad, los intereses corporativos”. Entidades gaseosas y sin nombre propio. La derecha, y también los vicios de la izquierda (no la izquierda, solo sus vicios). Nunca una persona de carne y hueso. Nunca Castillo.

Por supuesto, este argumento debe entenderse como la declaración de una lideresa de izquierda que quiere marcar distancia con el gobierno, pero no romper definitivamente con él. Pero a la vez es un patrón de conducta: en seis meses, los aliados expectorados justificaron de varias maneras las malas acciones del presidente, y hoy, con ellos fuera, siguen sin responsabilizarlo por sus actos. Como si fuese inimputable (quizá, nuevamente, por su origen social: el paternalismo de Nuevo Perú contrasta con la voracidad de Perú Libre). Y dejan la responsabilidad del cambio de rumbo ya no en ellos, que eran la garantía de cambio, sino en una ciudadanía organizada y movilizada que, en realidad, está totalmente atomizada y apenas se moviliza por chispazos.

Viendo estas tres narrativas, pienso que Ollanta Humala no tuvo tanta suerte. Cuando cambió de rumbo, nadie lo intentó justificar: ni la izquierda ni la derecha. Nadie apeló a su origen. Nadie le ofreció volver a la izquierda. Todos lo culparon a él. Y su gobierno no tuvo, ni por asomo, un nivel de deterioro político e institucional como este. No sé si en la izquierda nos volvimos más indulgentes o más tolerantes.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°574, del 18/02/2022   p15

18 de febrero de 2022

Perú: “La izquierda peruana va a cargar con los pasivos del gobierno de Pedro Castillo

Fernando Tuesta Soldevilla   (Entrevista de Rodrigo Chillitupa Tantas para Le Monde diplomatique, edición Cono Sur)

Con un 60% de desaprobación ciudadana y denuncias de “falta de transparencia” en su proceder, el gobierno de Pedro Castillo está cada vez más bajo la mira. En una entrevista con el Dipló, el sociólogo Fernando Tuesta Soldevilla analiza la realidad peruana y el recorrido de Castillo hasta el momento.

Fernando Tuesta Soldevilla es uno de los mejores observadores de la política peruana. Su experiencia académica lo respalda: es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, magíster y licenciado en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), además de haber realizado estudios de doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Heidelberg. Sus reconocimientos profesionales no son menores: fue, entre 2000 y 2004, jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE); entre 2005 y 2011 desempeñó el cargo de director en el Instituto de Opinión Pública de la PUCP y en 2019 fue presidente de la Comisión de Alto Nivel para la Reforma Política.

Con ese bagaje, Tuesta analiza los seis primeros meses de gobierno del izquierdista Pedro Castillo, quien derrotó el año pasado a la derechista Keiko Fujimori en una elección presidencial muy polarizada. “Creo que, de alguna manera, se confirmó que el Presidente no tiene conocimiento sobre muchas materias y le falta preparación”, dice Tuesta a el Dipló como reflexión inicial a lo observado en los últimos días a raíz de las entrevistas concedidas por Castillo a tres medios de comunicación. La última, para la cadena CNN en Español, ha generado, sin duda, mayor repercusión para los peruanos. Actualmente, Castillo tiene 60% de desaprobación ciudadana.


Rodrigo Chillitupa Tantas: ¿Los seis meses del gobierno de Pedro Castillo se han caracterizado por el caos, el desorden y la falta de transparencia?

Fernando Tuesta Soldevilla: Sí, totalmente. Era esperable la improvisación del presidente Castillo. Es una persona que no estaba preparada para hacer una campaña electoral y, quizá, apuntaba tan solo a superar la valla electoral que conservaba la inscripción de su partido. Hemos visto una falta total de transparencia, que alimenta zonas grises y pone en un segundo plano las exigencias que se le debe pedir a una persona con un cargo como el suyo.

—¿Recuerda algún periodo presidencial tan desgastante en su etapa inicial?

—Ninguno. Lo cierto es que Castillo ha tenido una oposición recalcitrante al inicio, pero eso no ha sido lo único.

—En parte, la crisis que atraviesa Castillo es por su falta de definición. No se sabe qué rumbo desea llevar. Gobernar con la izquierda, posicionarse al centro o ser pragmático. ¿Esto puede generarle problemas para su gestión?

—Castillo es un efecto, en la medida en que su candidatura presidencial provocó que la gente se identifique con él, al punto de llevarlo a la presidencia. Recordemos que, entre la primera y segunda vuelta, le sacó una ventaja enorme a Keiko Fujimori. Y terminó con una diferencia de tan solo 40 mil votos en el balotaje final. Lo que quiero decir con esto es que se llegó a esa situación por los errores de Castillo. Y se trasladó a una presidencia donde hay improvisación, falta de transparencia y desorden para guiarse en grupos de referencia que le permitan elegir bien a sus funcionarios. Lo primero que hizo al asumir su cargo fue repartir cargos a sus allegados. Es un Presidente minimalista.

—Y tampoco ha logrado aterrizar sus planes de gobierno.

—No tiene idea cómo hacerlo. Cuenta con las ideas genéricas de la izquierda peruana, como la Asamblea Constituyente, y otras suyas, como la disolución de la Defensoría del Pueblo y el Tribunal Constitucional, pero carece de formación política. Diría yo que el presidente Castillo también tiene un problema de cultura general. Él es producto, lamentablemente, de la mala educación pública que hay en el Perú. El Presidente es maestro y, a veces, uno se pregunta cómo enseñaba a sus niños en su escuela. No tiene capacidad de síntesis y, cuando le preguntas sobre algo, no te responde porque se va por las ramas.

—Si el Presidente cuenta con serias limitaciones, ¿debería rodearse de tecnócratas?

—Castillo es un hombre, con todas las limitaciones que hemos visto, que se posicionó en la izquierda desde el primer momento. Pero, a la vez, es también pragmático porque carece de un pensamiento ideológico. Creo que él no se separará de su partido, Perú Libre, porque teme que lo vaquen.

—Precisamente, sobre el sostén político que debería tener Castillo, también hay disputas dentro de su partido y riñas con otras organizaciones de la izquierda peruana. ¿Este panorama también podría pasarle factura a su régimen?

—Bueno, lo primero es que en Perú no hay una coalición de izquierdas. Perú Libre no quiere saber nada con Juntos por el Perú, aliado del presidente. Hay una disputa entre Vladimir Cerrón y Verónika Mendoza por los cargos dentro del gobierno. Ya vimos que los cuadros de Perú Libre salieron del ejecutivo. Y el Frente Amplio, partido de izquierda también aliado de Castillo, no tiene bancada en el Congreso. Entonces, vemos que la izquierda va a tener que cargar, ahora y más adelante, con los pasivos de Castillo.

—¿La administración de Castillo determinará el futuro político de la izquierda peruana?

—Totalmente. Por el momento, lidera un gobierno de izquierda y los resultados son malos. Esto les va a pasar factura. Así como sucedió con Sendero Luminoso, que enterró por años a la izquierda, también podría suceder con el Gobierno de Castillo.

—¿Cuánto ha afectado para la gobernabilidad de este régimen el factor Vladimir Cerrón, líder del partido de gobierno Perú Libre?

—De hecho, el gabinete de Guido Bellido, un hombre de confianza de Cerrón, fue más un costo que beneficio para el presidente Castillo. No aportó absolutamente nada y se perdió bastante tiempo para el gobierno.

—¿Por qué posibilidades podría optar Castillo para encaminar el rumbo perdido?

—No le veo muchas opciones. Creo que el acuerdo de Castillo con Cerrón y Perú Libre se mantendrá. Mientras tanto, en el trabajo con el Congreso, las bancadas de derecha seguirán recalcitrantes frente a su gestión. Lo que debería hacer es tender puentes con los partidos que no están en los extremos –como Acción Popular, Alianza para el Progreso, Partido Morado y Somos Perú– para sacar adelante sus propuestas.

—¿A quién podría favorecer un hipotético fracaso de la gestión de Castillo? ¿A una opción de extrema derecha?

—De hecho, observamos que la extrema derecha está muy bien identificada en Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, opositores al gobierno de Castillo. En octubre [cuando se realizarán las elecciones municipales y regionales] habrá que tener cuidado, porque todavía no hay un compuesto definido de este bloque.

—¿En qué aspecto, más allá de los caminos legales, debería discutirse el tema de la Asamblea Constituyente?

—La Asamblea Constituyente se ha convertido en la bandera de la izquierda. Para ellos, todos los problemas se van a resolver con una nueva Constitución. Para empezar, tenemos 13 constituciones en la historia que han nacido por intermedio de las Asambleas Constituyentes que, a su vez, canalizaron crisis mayores dentro del país. Entonces, no hay ninguna Constitución que haya nacido en época democrática, sino que fueron producto de las crisis. No creo que, si se convocan a elecciones para la Asamblea Constituyente, salgan congresistas llenos de virtudes y valores para trabajar en una nueva Constitución.