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17 de junio de 2025

Perú: Conectados y desconectados: fragmentación social y crisis de representación

Manuel Rodríguez Cuadros

Si no se logra una reforma sustantiva del sistema político, para asegurar el acceso democrático y legítimo al poder de todos los sectores sociales y culturales del país.

El Perú contemporáneo es un país marcado por una fractura profunda, no solo entre clases sociales y culturas, sino entre mundos distintos desde la perspectiva del poder. El mundo de los conectados al poder del Estado y el mundo de los desconectados. Esta escisión atraviesa Lima y las regiones, la izquierda y la derecha, y se manifiesta en una crisis persistente de representación. Utilizo la dicotomía conectados-desconectados a partir de la noción de campo de poder de Georges Bourdieu.

Los conectados son aquellos que disponen de recursos materiales, culturales, simbólicos y de reconocimiento social que les permiten ocupar posiciones de ventaja en los espacios donde se ejerce el poder. Este poder no es solo económico ni mediático. Es, sobre todo, acceso al Estado, a sus instituciones, a los espacios donde se toman las decisiones que configuran la vida pública.

El campo de poder, en este sentido, se expresa concretamente en el control o influencia sobre el aparato estatal central, ya sea desde el gobierno, la tecnocracia, el sistema judicial o el Congreso. Los conectados manejan recursos materiales, culturales y simbólicos que les permiten hablar, ser escuchados y tomar decisiones. Son quienes cuentan con reconocimiento social, acceso a redes de poder, prestigio académico o influencia mediática.

Los desconectados no solo carecen de recursos de influencia —como reconocimiento social, acceso a redes institucionales o legitimidad pública—, sino que están estructuralmente excluidos del acceso real al poder estatal central. Aunque representen una mayoría demográfica, su voz no es considerada válida dentro del sistema político; sus intereses no se traducen en políticas públicas ni encuentran representación efectiva en los espacios de decisión. Pero la desconexión no es solo de poder, sino también de significado y reconocimiento. Se invalida su visión del mundo, sus formas de participar, se relativiza su cultura y se les impone el racismo estructural.

Las formas de conocimiento comunitario, campesino, indígena y popular no son consideradas válidas dentro del campo político del mundo conectado. Mayormente, la izquierda progresista limeña y la derecha liberal coinciden en sentirse ajenos a saberes no modernos, así como en  su lejanía al universo cultural del mundo desconectado: lenguaje, colegios, universidades, música, bailes, lecturas, referentes y valores sociales, recreación. Las propias prácticas políticas, como las movilizaciones de unos y otros para defender sus derechos, intereses y visiones del país, reflejan esta fragmentación.

La oposición al gobierno de Dina Boluarte —con niveles de aprobación cercanos al 3 % a nivel nacional, y con hasta 0 % de respaldo en algunas regiones del norte— no ha logrado transformarse en una movilización nacional unida. Las grandes movilizaciones del sur andino en regiones como Puno, Cusco, Ayacucho o Apurímac— expresaron el dolor y la indignación de los sectores desconectados. Sin embargo, no contaron con el apoyo directo suficiente de las élites limeñas, independientemente de su orientación política.

No hubo un lenguaje común, ni una narrativa compartida, ni símbolos que articularan ambas experiencias en un proyecto nacional compartido. Incluso dentro de Lima, la protesta se concentró en barrios populares, gremios y jóvenes migrantes, pero no logró articularse lo suficiente con sectores democráticos y progresistas de partidos políticos, de universidades, organizaciones no gubernamentales o medios de comunicación.

Desde las últimas décadas del siglo XX, los sectores desconectados —campesinos, migrantes, trabajadores informales, emprendedores— han sido protagonistas del “desborde popular”. Este proceso implicó una reconfiguración social desde abajo: los excluidos irrumpieron en los mercados, en los barrios urbanos, en los transportes, en las redes comerciales y, en menor medida, en los gobiernos locales. Hubo notables progresos en las condiciones de vida. Pero, la exclusión persistió en su forma estructural e institucional: su acceso al poder central del Estado, al sistema judicial, a los medios y a los espacios de representación política nacional sigue siendo precario.

La exclusión —social, cultural y política, también étnica— ha generado como respuesta la informalidad y, en muchos casos, la ilegalidad crecientemente organizada. No se trata solo de economías paralelas. También de formas alternativas de organización social, económica y política que han construido legitimidad en sus territorios, aunque no sean reconocidas por el Estado: mercados informales, rondas campesinas, comités de autodefensa, transporte informal, comercio ambulatorio, minería ilegal y otras actividades al margen de la ley.

Esta situación ha sido alimentada por la minimización del Estado promovida por las élites conectadas, así como por el colapso de   la  autoridad y funcionalidad  estatal en vastos territorios del país y sectores de la administración.

Lo inédito del momento actual es que esta exclusión convertida en sistema de vida ha comenzado a expresar una voluntad política de conquista del Estado central. No ya como espacio de reconocimiento o reforma, sino como botín en disputa. En un escenario de crisis prolongada, fragmentación institucional y colapso de legitimidades, amplios sectores desconectados, como importantes sectores de los conectados, ven en el Estado una fuente de recursos, poder y validación, y no necesariamente una institución que deba respetar la legalidad y propender al bien común.

Esta transformación puede manifestarse en las próximas elecciones: no solo en candidaturas populistas y mercantilistas, sino en la emergencia de un nuevo tipo de actor político informal, clientelar o incluso criminal, cuya base es el rechazo al orden institucional y la apropiación del aparato estatal como forma de afirmación social. Ejemplos incipientes pueden observarse en la captura de municipalidades por redes informales de contratistas o en el financiamiento de campañas locales por grupos dedicados a economías ilegales como la minería y la tala.

La disputa por el control del Estado —antes monopolio de las élites conectadas— se traslada ahora a un nuevo terreno, donde el Estado ya no representa el bien común, sino un botín fragmentado. En amplios sectores sociales —no conectados y conectados—, el Estado ha dejado de ser una institución garante del bien común y se percibe como un botín a conquistar. Si esta tendencia se consolida, la lucha política se convertirá en una lucha por el control patrimonial del Estado, lo que podría erosionar aún más los principios de legalidad, representación y servicio público. Sin una transformación profunda de las condiciones estructurales de exclusión y una democratización real del poder estatal, el Perú se encamina a una peligrosa normalización de la informalidad y la criminalidad como práctica política.

La crisis peruana no podrá resolverse solo con reformas institucionales, si no se aborda la estructura profunda de exclusión entre conectados y desconectados. Si no se logra una reforma sustantiva del sistema político, para asegurar el acceso democrático y legítimo  al poder de todos los sectores sociales y culturales del país.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/06/15/conectados-y-desconectados-fragmentacion-social-y-crisis-de-representacion-por-manuel-rodriguez-cuadros-hnews-339375

16 de marzo de 2025

Perú: “Estamos viendo un pacto entre mafiosos y la señora Dina Boluarte”

Indira Huilca  (Entrevista Diego Quispe Sánchez)

La excongresista Indira Huilca advierte que estamos en un proceso para la instauración de un régimen dictatorial. Pero, precisa, eso no implica la continuidad de Dina Boluarte. "Incluso entre las mafias no hay nada garantizado y no hay lealtad", asegura.

La excongresista Indira Huilca critica la ley contra las ONG. La considera una norma que generará impunidad en casos de violaciones de derechos humanos y a la presidenta Dina Boluarte. Y no se guarda contra Perú Libre, pero a su vez reconoce que hay una situación de debilidad en la izquierda a nivel orgánico. El panorama político que describe es preocupante. "No creo que esto se puede llamar democracia", lamenta.

El Congreso aprobó una ley contra las ONG para perseguir su financiamiento y prohibir la asesoría legal de procesos judiciales contra el Estado peruano. ¿Es un golpe contra los casos de violaciones de derechos humanos?

- Ante la opinión pública, lo que esta ley recién va a permitir es que se pueda fiscalizar y auditar a las ONG que reciben fondos de la cooperación internacional. Pero esa es la primera mentira. Estas instituciones son fiscalizadas desde hace muchos años. La verdadera intención tiene que ver con otra cosa. Lo que buscan es ir cortándole la capacidad de acción a las instituciones y organizaciones que defienden los derechos humanos que el Estado pisotea. Y no es una cuestión solamente de ahora. Durante décadas hemos tenido situaciones en las que el propio Estado peruano es el que perpetra actos contra los derechos de las personas (…) a través de actuaciones represivas de la Policía y del Ejército en algún momento y ahí están los casos de violaciones de derechos humanos en Ayacucho. Pensemos en el caso Qali Warma. Hay señores que estuvieron en la ciudad de Lima exigiendo justicia. ¿Qué estudio de abogados va a apoyarlos de manera gratuita? Pocos. Las ONG pueden apoyar con parte de sus fondos.

Quienes apoyan esta ley podrán decir que existen abogados de oficio para eso.

- El que diga eso, nunca ha acompañado un caso. La defensa pública es muy importante, pero todos sabemos, los que alguna vez hemos acompañado casos de personas que tienen que recurrir a la defensa pública, que la sobrecarga es gigantesca y que no se abastecen (…). Lo que nos está diciendo este Congreso es que no quieren que nadie se atreva a defender a las personas que el Estado vulnera, ya sea en casos de corrupción y de violaciones de derechos humanos.

¿Cómo tomas que Perú Libre haya apoyado esta ley? Esta bancada argumenta que el financiamiento de las ONG y los aportes de USAID en América Latina fueron implementados para silenciar el espíritu revolucionario.

- Están mezclando papas y camotes. Lo de USAID tiene historia, pero el contexto en que se da, la situación de USAID tiene que ver más con la presencia de Donald Trump. No hay una victoria revolucionaria en este momento con que USAID haya cortado el financiamiento a las organizaciones que aquí ven temas de cambio climático. No creo que los señores que se creen tan revolucionarios estén celebrando que haya un personaje tan nefasto como Donald Trump y que está pisoteando los derechos de tantos ciudadanos latinoamericanos (…). Más valioso en el Perú ha sido que existan organizaciones de derechos humanos que apoyaron a las víctimas de violencia del Estado y que lograron sentencias. No se hubiera podido lograr sentencias históricas como en el caso Cabitos, en Ayacucho, que fue liderada por una mujer valiente como Mamá Angélica, quien tuvo que enfrentarse al racismo, la discriminación y mucho más de lo que el señor Vladimir Cerrón alguna vez en su vida va a poder.

¿Con esta ley contra las ONG, Mamá Angélica no hubiera podido recibir asesoría para afrontar su proceso?

- Nunca se hubiera podido investigar ese caso. ¿Quién le da a una mujer quechuahablante de Ayacucho asesoría legal a través de treinta años? Menos mal ella vivió hasta ver la sentencia que se dio en 2018. Lo mismo con la sentencia del caso de las mujeres violentadas sexualmente de manera sistemática en las comunidades de Manta y Vilca, en Huancavelica. Demoró más de treinta años en sentenciarse y, por fin, el año pasado la hubo.

Para cerrar este tema, ¿es una ley con nombre propio para favorecer a la presidenta Dina Boluarte, investigada por la muerte de los manifestantes entre el 2022 y 2023?

- Yo creo que sí, porque la impunidad lo que busca es proteger a quienes están debajo de algún nivel de acuerdo, debajo de un pacto. Y claramente hoy estamos viendo un pacto entre los mafiosos de ayer y de hoy y el personaje que está en Palacio, la señora Boluarte. Todos sabemos que si en el Perú operaran de manera normal las instituciones, esa señora debería estar con mucho miedo de los procesos judiciales que se le vienen porque la responsabilidad política por los hechos en las protestas es muy grave. No en cualquier país la persona que está al mando del Ejecutivo tienen bajo su responsabilidad cincuenta muertos y cree que va a salir impune. Solamente en países con una democracia tan debilitada como la nuestra.

A estas alturas, con todo lo que está pasando, ¿crees que en el Perú hay democracia?

- No creo sinceramente que esto se pueda llamar democracia de ninguna manera. Es más, creo que estamos en un proceso de instalación de una dictadura y hay mucha gente que todavía se sorprende porque se usa esta palabra en este contexto, ¿pero qué otro elemento hay en el escenario político que nos haga pensar que si las cosas siguen como están vamos a recuperar la democracia y reconstruirla? Pues ninguno, ¿no? La consigna que muchas veces hemos escuchado en las calles de que esto no es democracia, es totalmente razonable y entendible cuando uno observa las decisiones que está tomando el Parlamento.

Y además, hay una guerra declarada contra lo que ellos denominan los caviares. Tanto de parte de la presidenta Dina Boluarte como del Congreso. ¿Le están declarando la guerra a la izquierda progresista?

- Este discurso de los caviares es parte de su estrategia para fortalecer su acuerdo. Es una especie de mensaje que da la señora Dina Boluarte ante su inseguridad. Porque cada vez más a medida que se acerca el proceso electoral, ella se vuelve prescindible. Entonces tiene que mandar un mensaje diciendo que está de un lado y de “yo estoy alineada a ustedes”. Y bueno, es una forma de consolidar esa supuesta alianza. Pero también le recordaría que entre las mafias no hay nada garantizado y que, por supuesto, no hay lealtad.

¿A qué punto vas con ello?

- Que ella (Dina Boluarte) tampoco tendrá que dar por sentado que el hecho de gritar a voz en cuello las barbaridades que los sectores de la ultraderecha o del cerronismo mencionan, le va a garantizar que tenga un respaldo. Vamos a ver lo que finalmente ocurre.

Y en esta situación, ¿qué autocrítica podría hacer la izquierda?

- Bueno, yo diría que existen las izquierdas.

Ok, las izquierdas.

- Perú Libre, para mí, no es (de izquierda). Son personajes que hoy sobreviven gracias a su acuerdo con las mafias. Soy una persona de izquierda y jamás en mi vida me pondría de acuerdo con esos sectores (…). Pero creo que nos toca a quienes somos de izquierda tomar distancia y deslindar de estos personajes y llamarlos por lo que son: sectores mafiosos que están destruyendo el país igual que la derecha. Quienes no representamos eso y los enfrentamos, nos toca también entender que hay una situación de debilidad a nivel orgánico. No existen organizaciones de izquierda, hoy en día, suficientemente fuertes que sean capaces de levantar una agenda para el país en medio de todas las discusiones sobre los juegos de poder.

¿Por qué se dividieron tanto las izquierdas? ¿Por qué se dividieron tanto a diferencia de lo que pudieron unirse en 2021 con Pedro Castillo de candidato presidencial?

- Creo que Pedro Castillo era un candidato que no necesariamente él se autodenomina de izquierda. Que si la izquierda lo apoyó, por supuesto, en una segunda vuelta en la que estaba frente al fujimorismo y también porque había una expectativa muy importante de los sectores populares. Creo que los errores de la izquierda tiene que ver más con cómo fue su actuación posterior (a las elecciones generales del 2021), ¿no?

¿Todavía estamos en un momento constituyente?

- Estamos en un momento de malestares.

FUENTE: https://larepublica.pe/politica/actualidad/2025/03/16/indira-huilca-estamos-viendo-un-pacto-entre-mafiosos-y-la-senora-dina-boluarte-hnews-315476

14 de febrero de 2025

Perú: Mismamente

César Hildebrandt

Se activan las quebradas. Cada año es lo mismo.

Cada año vienen las lluvias altoandinas.

Cada año hay torrenteras, familias asustadas en orillas de ríos crecidos, ruidos de agua furiosa.

Y cada año, los canales de TV repiten la ceremonia cubriendo la noticia y preguntando lo obvio mientras describen lo que las cámaras muestran sin necesidad de verborrea.

Todos los años es lo mismo. El Perú es mismamente igual.

¿No podemos prever?

No. Eso requiere inversiones, científicos al día, ingenieros que no se presten a sobreprecios, gobiernos regionales que no roben.

Eso es demasiado pedir para un país que acepta que un congreso de hampones y una presidenta reducidora de alhajas y con hermano prófugo dominen la escena.

Las lluvias del diluvio serían bendición si hace cien años hubiéramos empezado a construir las obras que nos permitieran guardar en reservorios una buena parte de esa demasía.

Pero no lo hicimos.

Cuando el guano nos sobraba, nos entretuvimos en comprar ferrocarriles que fueron precozmente inútiles. Después, nos dedicamos a lo nuestro: el mercantilismo con apellido, las obras públicas con adendas, el reparto de cargos, la lotería de las embajadas, las compras directas, el copamiento de las instituciones, la construcción de ese paradójico autoritarismo que termina fomentando la anarquía.

Es decir, lo de ahora. Mismamente.

Caen los lodos como todos los años. Y todos los años de los últimos años caen los lodos de gobiernos como este, que es réplica del gran terremoto fujimorista de los 90: la destrucción ingenieril de la dignidad ciudadana, la fabricación de manadas, el control metastásico de todos los poderes, el descrédito de la buena fe, la prostitución del concepto de democracia. Fujimori se montó sobre las ruinas de un país roto por el terrorismo y la inflación y creó un Estado de emergencia que tuvo vocación de permanencia.

Es cierto que Boluarte no es tan eficaz y que hoy salen por allí, felizmente, autoridades que deciden enfrentar la embestida. Pero el modelo es el mismo que concibió Fujimori: la república andina de Manchukuo en la que cualquier pobre diablo se sentía par de Puyi, el emperador títere.

Esta quietud fatal del Perú obliga a politólogos y columnistas, como el que suscribe, a repetirse, a reincidir en el lado sombreado, a cansarse (y cansar) describiendo un paisaje inmóvil. La película del Perú se atascó en el proyector, se paralizó en un fotograma, y los críticos que estamos en la sala fingimos que la función continúa.

No hay película. Somos un país interrumpido.

Eso es lo que la naturaleza nos recuerda cada verano.

Y eso es lo que la política nos saca en cara cada día.

No hay un solo congresista actual que le hubiese cargado el maletín a quienes enaltecieron la función parlamentaria con sus discursos, su historia personal, sus libros, el peso de su personalidad. Es que Waldemar Cerrón reemplazó a Javier Diez Canseco. Es que a Mario Polar lo sustituyó un almirante que navega en mares viejos. Es que el sitio de Valle Riestra lo ocupa hoy alguien que perdió la gramática en un tumulto. Pero no sólo es el congreso del hampa. Es que el lugar de Luis Bedoya lo ocupa un chanchito ferroviario. Es que al difunto Manuel Dammert lo reemplaza un zombi de Patria Roja. Es que en vez de Manuel D’Ornellas tenemos a Willax.

¿Cómo es que llegamos a elegir pericotes en vez de parlamentarios? ¿Cómo es que los noticieros parecen conducidos por tarados? ¿Cómo es que buena parte de la prensa escrita es papel manchado y sin talento?

Elija su respuesta, pero por lo menos hágase las preguntas que lo sitúen ante el espejo.

Y lo peor no es lo que hemos pasado. Lo más agudo de la crisis nacional que vivimos puede ocurrir el 2026. ¿Volveremos a optar por carne de presidio, cómicos de la legua, vendedores de sebo de culebra, fujimoristas tatuados?

Me temo que sí.

Mi esperanza, sin embargo, es que surja en el camino alguien que nos proponga rehacernos y que nos diga la verdad: no saldremos del coma histórico mientras repitamos la fórmula del desastre. Y esa fórmula odiosa es la del desorden esencial, la picaresca generalizada, la meritocracia olvidada, la democracia quinquenal, el privatismo pirata, el descentralismo entendido como repartija, las instituciones débiles, la ilegalidad como mecanismo paralelo. Mismamente.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 720 año 15, del 14/02/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

26 de octubre de 2024

Perú: La crisis nacional: salir del túnel

Manuel Rodríguez Cuadros

Creo que mucho más que una crisis estructural, el Perú enfrenta una crisis de viabilidad nacional. Caracterizada por el desajuste entre una sociedad nacional emergente en los últimos 80 años

Salvo en el Gobierno y en algunos sectores políticos muy aislados, en los últimos meses se ha ido consolidando, ya no la percepción, sino la convicción de que el Perú vive una crisis que pone en cuestión su viabilidad como nación.

El prestigioso think tank International Crisis Group, en el mes de febrero, elaboró el informe "Conflictividad perpetua: una ruta hacia la estabilidad del Perú". Señaló que "el descontento popular con los líderes, las instituciones estatales, los partidos políticos y la democracia en general está alcanzando niveles nunca vistos (...) Atemperar las divisiones que atraviesan a la sociedad peruana es un imperativo, pero el primer paso en esta dirección debe ser reformar un sistema político que ha perdido casi toda su legitimidad y, por tanto, su capacidad para actuar como válvula de escape para la sociedad en general".

En el Perú se observa un conjunto de situaciones y procesos disruptivos de la institucionalidad democrática y el pacto social, que dotan a la crisis de una dimensión sin precedentes históricos.

La dimensión política que está adquiriendo la criminalidad organizada pone en cuestión el derecho a la vida y el proyecto vital de millones de peruanos. El hecho de que en 19 días de estado de emergencia se haya asesinado a 20 personas indica la gravedad de una situación en la que la característica más siniestra es la colusión entre el poder político y las organizaciones criminales.

Las leyes que ha dado el Congreso, confirmadas y respaldadas por el Ejecutivo —es decir, la alianza gubernamental— para proteger a las organizaciones criminales y debilitar las capacidades de investigación de la Fiscalía y el Poder Judicial, configuran una alteración de la institucionalidad democrática, ya no de un régimen híbrido, sino de un autoritarismo crecientemente represivo, en el lenguaje y la acción.

Las condiciones de vida de la población y el sufrimiento de las familias, ya agobiadas por la inseguridad de sus bienes y sus vidas, se incrementan por el aumento de la pobreza. El 29% de la población está en pobreza monetaria. El 73% que vive en las ciudades es pobre. Dos de cada cinco establecimientos del primer y segundo nivel de atención de salud no tienen disponibilidad de medicamentos esenciales. El 93% de la población cuenta con cobertura de salud, pero 7 de cada 10 personas que necesitan asistencia médica no la obtienen. En 2023, 17,6 millones de personas padecieron de inseguridad alimentaria, moderada o grave. Y el Gobierno —fuera de toda racionalidad— decide reducir en un 50% el presupuesto destinado a las ollas comunes.

Inseguridad, pobreza, alimentación y salud se deterioran más en la medida en que el crecimiento es inferior al 4%. Y las mejores previsiones para fin de año indican que estará entre el 2,7% y el 2,8%. Por si fuera poco, la Cepal, en su último informe (octubre de 2024), indica que el Perú es el país de Sudamérica donde más ha caído la inversión privada, en un 56%. Y pronostica que estamos frente a otra inminente década perdida para la economía de la región.

Pero las crisis institucional, económica y social, siendo ya graves, son factores derivados de una crisis mayor: el colapso del sistema político instituido por la constitución de 1993. En 31 años, ese modelo, basado en la imposición del Ejecutivo al Congreso o del Congreso al Ejecutivo, en función de quién controla la mayoría parlamentaria, ha producido la destrucción de los partidos políticos y la vida política de los ciudadanos. Ha conducido, también, a la ilegitimidad absoluta. De la mano de la creciente intervención en las decisiones del Estado de los poderes económicos, ilegales, criminales o situados en la zona gris de la ilegalidad y la informalidad. Lo que era la Sociedad Nacional Agraria como poder económico del Perú oligárquico, de alguna manera lo es hoy la minería ilegal o el narcotráfico.

La crisis, palabra de origen griego, referida inicialmente a un grave accidente del equilibrio de la salud humana, tiene hoy un significado más amplio. Y en el caso peruano, superlativo. Ha pasado a definir un grave desequilibrio sociológico, político, social y cultural, entre el Estado, la sociedad, la nación, el ordenamiento jurídico, institucional y la conducta de la población, incluidas las normas éticas que deben orientarla.

Creo que mucho más que una crisis estructural, el Perú enfrenta una crisis de viabilidad nacional, caracterizada por el desajuste entre una sociedad nacional emergente en los últimos 80 años (esencialmente chola, en el mejor de los sentidos, por su etnicidad, especificidad cultural y modernidad), un Estado incapaz de absorberla y regularla, y una nación que, habiéndose conformado en las últimas décadas, no tiene anclajes en la conciliación de intereses, sino disparadores de conflictividad en la lucha de unas fracciones contra otras.

Los millones de migrantes del otro Perú que irrumpieron en la vida nacional, para conformar esta nación mestiza, vieron confrontados sus valores comunitarios, de la solidaridad y la acción colectiva —propios de las cosmovisiones andinas y amazónicas— con una economía, una convivencia social y un Estado que les dio la espalda, los agredió y los agrede. Que los forzó a reinventarse, asumiendo conductas —en las antípodas de su cultura originaria— como el individualismo, el egoísmo extremo, el "sálvese quien pueda y como pueda", el desconocimiento o transgresión de la ley y la autoridad, la negación del nosotros y la primacía absoluta del yo. Una suerte de "ley de la selva urbana" como lógica de supervivencia, primero, y luego de acumulación de capital.

El otro Perú, como señaló Matos Mar, no solo pasó a tomar los espacios urbanos de supervivencia y circuitos esenciales de la economía nacional, sino que progresivamente fue ganando espacios de ciudadanía y de ejercicio de cargos públicos, incluyendo la representación parlamentaria.

El problema es que este desborde popular positivo en la constitución de la nación mestiza y chola coincidió en su fase más expansiva con las visiones neoliberales que en las últimas décadas, al mismo tiempo que afirmaban una gestión macroeconómica responsable y eficiente, optaron por la irresponsabilidad de desmantelar el Estado nacional, reducirlo a ser un intermediario entre los intereses económicos, grandes y pequeños, capitalinos o provincianos, y un sistema de contraprestaciones que fue sustituyendo la legalidad por la corrupción.

Frente al Estado mínimo, tanto las élites como las fuerzas sociales de la emergencia del otro Perú han construido espacios económicos, institucionales y políticos que circunvalan la legalidad o la violentan. Esto ha generado una crisis ética en el comportamiento individual y colectivo, que explica la corrupción generalizada, el desprecio por las regulaciones societales y la presencia de la anomia.

El colapso del sistema político y la precariedad del próximo proceso electoral limitan las opciones para salir del túnel. En lo inmediato, no hay duda de que el escenario menos dañino es el de un gobierno de transición de año y medio, sea por renuncia o por vacancia, que genere garantías mínimas para las elecciones. Si fuese así, tampoco se asegura dar luz al túnel, pero podría evitar un mayor deterioro.

Al 2026, puede haber una fórmula: un Gobierno futuro, de amplia base y convergencia democrática. Inclusivo, social, nacional, de economía moderna y responsable. Que obtenga en primera vuelta una amplia mayoría. Solo con ese poder y legitimidad podría enfrentarse la crisis de viabilidad nacional y refundarse el sistema político. Y gobernar para el nosotros de la emergente nación peruana. ¿Utópico? Puede ser. Pero la historia está también hecha de utopías. Como ha recordado Danilo Martuccelli, “ante la crueldad objetiva de los desafíos que aquejan al Perú de hoy, para todos y para todas, la esperanza es un deber”.

https://larepublica.pe/opinion/2024/10/20/la-crisis-nacional-salir-del-tunel-por-manuel-rodriguez-cuadros-1384682

5 de abril de 2024

Perú: No hay poesía que nos alivie

César Hildebrandt

No son buenos tiempos para la lírica.

Cuando Odría dio el golpe de estado con el dinero de los latifundistas beltranejos, la poesía se hizo cargo de la respuesta.

Yo me eduqué sentimental y moralmente leyendo, entre otros, a Washington Delgado, a Juan Gonzalo Rose, a Alejandro Romualdo, a Manuel Scorza.

“No puede ser verdad, pero hay testigos”, decía Romualdo. Y ellos, los poetas, testimoniaban la podre de este país que volvía a manos de los encomenderos y elegía a un cachaco para darle con palo a la gente y con palo también a la esperanza.

“Nos han robado el día y es nuestra la miseria”, gritaba Delgado, el que construía su país con palabras: “Yo canto en las matanzas, yo bailo/ junto al fuego/ yo construyo/ mi país con palabras”.

“Yo conocí en mi patria sólo rostros vacíos”, se lamentaba Scorza en “Las imprecaciones”. Y añadía que también había visitado “balnearios de hueso/ donde antes de tiempo veraneaba la muerte”.

“Para comerse un hombre en el Perú/ hay que sacarle antes las espinas,/ las vísceras heridas,/ los residuos de llanto y de tabaco...”, describía Rose y uno sabía perfectamente de qué hablaba porque somos un país de caníbales y el menú perfecto de un restaurante de primera es guiñapo asado, derrota personal con champiñones, claudicación en salsa de tausí.

Pero en medio de todo, a la mitad de la rabia, una grieta se abría en el horizonte y entonces venían mejores tiempos hechos de puras palabras. Era Romualdo el que nos salvaba otra vez: “Sigue de pie la heroica muchedumbre./ Atractiva. Total. Desconcertante./ Dios repartido en célebres fulanos,/ en puro espacio, masa y energía./ Inmortal. Infinita. Invulnerable./ Ebria de amor. Ecuánime de lucha./ Siempre de pie/ la heroica/ muchedumbre”.

Y uno, herido malamente, se imaginaba que algún día, en efecto, lloverían advertencias, primero, y justicia, después. Pero justicia a mares, justicia diluviana, ejércitos de reparadores refundando el país.

Los poetas venían en nuestro auxilio y eran amigos de la pena.

Era un mundo, además, donde era posible imaginar una salida. Había bandos definidos, roles que se ejercían sin hipocresía. Estaban los beneficiados del poder oligárquico, de un lado, y sus víctimas, del otro. Entre las víctimas, las opciones también estaban claras: o se hacía una revolución y se ponía todo patas arriba o se obligaba a la clase dominante a hacer concesiones que hicieran verosímil la convivencia social.

En el mundo, además, estaba Cuba, que era el obispado milagroso de la santa sede soviética. Y estaba China, que era para muchos la opción rural más dable en estos suelos de encomenderos obstinados. Y estaban Camus y Sartre, que te daban una mano con sus dudas y su impresionismo intelectual.

Nunca me sentí tentado por el comunismo porque la idea de la unanimidad siempre me ha aterrado. Eso me salvó de cometer errores aún peores que los que llegaría a cometer desde mi condición de laico doctrinario. Pero siempre estuve al acecho de aquello que pudiera hacer que este mundo fuera algo más que una sucesión de héroes ensangrentados y servidumbres con distinto nombre.

Hoy, en estos días, todo eso ha terminado. El mundo es un precinto policial que Estados Unidos controla y Europa reconfirma. El mundo es Gaza y Moisés no aspira a abrir el mar Rojo sino a entregarles a los suyos la parte del Mediterráneo que es de la franja. No es que el mundo esté loco: tiene la razón de las fieras, la moral bacteriana, los principios de un tumor maligno.

En el Perú el asunto es más sencillo: la misma banda de truhanes que nos enfangó en los 90 gobierna hoy el país detrás de una señora que roba o acepta sobornos para comprarse joyas. Es el triunfo de Tatán, la herencia de Tirifilo, la reencarnación de alias La Rayo (la mejor carterista de nuestra historia).

Y no hay poetas que nos alivien la tarea de vivir en este chiquero.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 680 año 14, del 05/04/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

10 de marzo de 2024

Perú: El legado sangriento de Otárola


Juan Manuel Robles

No es casual que Alberto Otárola salga envalentonado a “despedirse” del cargo, como quien pasa a una nueva etapa profesional en busca de otros horizontes. Es delirante que insinúe que las masas le deparan una carrera política (en realidad, más probable es un linchamiento si se le ocurre aterrizar en la ciudad equivocada) pero hay algo monstruosamente cierto cuando se jacta de haber sido un rompemanifestaciones de gran calibre. Otárola fue el siniestro operador de un gobierno que, podríamos decir, rompió el tabú de la muerte como una falta grave que obliga a renunciar, o genera una crisis terminal. Hasta Manuel Merino, las muertes fueron un escándalo sonoro, como el disparo feroz que termina amargamente con una trifulca que nadie está dispuesto a continuar.

El gobierno de Dina Boluarte acabó con esa dinámica, que por un tiempo fue parte de las reglas del juego político en democracia. La muerte de civiles, que existe en todos los gobiernos, conlleva costos políticos que pueden ser terminales según cómo se cometa: por exceso numérico de víctimas, por su evidente desproporción, por el fallecimiento de civiles y menores de edad. Dina Boluarte cumplió todos los checks en tiempo récord. De hecho, se sabe que en diciembre del 2022 la sucesora sintió la presión de las muertes acumuladas y quiso renunciar, repetir el libreto que muchos esperaban. Fue entonces cuando la figura de Alberto Otárola se hizo fundamental. El funcionario se convirtió en el ala dura, la voz mala de la conciencia para una presidenta que estaba algo perdida, el asesor de facto que desplazó a todos los asesores nominales. Convenció a la presidenta de no dimitir (según La República, la asustó con los posibles juicios por las muertes). Se volvió aliado incondicional (ineludible) y fue al frente. Nació así el Carnicero: implacable, indolente, cínico, narciso y frívolo.

Otárola supo leer que el momento histórico permitía excesos que hubieran tumbado a otros. La paranoia anticomunista sembrada por los enemigos de Pedro Castillo y alimentada por la prensa basura se potenció cuando el expresidente intentó dar un golpe (justo cuando el Congreso le iba a dar un golpe a él). Otárola entendió que era la coyuntura perfecta para resaltar a conveniencia ciertos informes de inteligencia: justamente esos que hablaban de una conexión entre los manifestantes y el terrorismo, el narcotráfico, el separatismo altiplánico y hasta el MAS de Evo Morales. Con una prensa que consiguió asociar a Castillo con Sendero Luminoso usando mentiras, la duda razonable bastó para que la ciudadanía tolere la violencia castrense. Hay límites para matar, pero si los manifestantes son senderistas esos límites no existen.

Con Otárola se hizo patente eso de que el terruqueo mata y también que el terruqueo puede salvarte (si eres un gobierno no electo y se te fue la mano con las masacres). Fue una operación de comunicación de una eficiencia espeluznante. Con esa victoria le demostró a la presidenta que podían quedarse. Los dos.

Otárola habla suelto de huesos, sabiendo que ese es su legado y su regalo a la derecha del país: a partir de lo que hicimos, pueden ustedes matar en democracia sin miedo a perderlo todo, parece decir. Les ahorramos a los futuros presidentes la necesidad de guardar las formas (y de guardar al Ejército). Hicimos lo que posiblemente ni Keiko Fujimori se hubiera atrevido a hacer, nos encargamos del trabajo sucio y vencimos. Porque de eso no hay duda. Vencieron. Cobardemente, matando a adolescentes, pero vencieron. Atemorizaron a la población, que perdió la moral y bajó la voz hasta el mutismo.

Nos criminalizaron. Nos detuvieron. Nos encarcelaron con acusaciones tan absurdas que tuvieron que soltarnos. Nos mataron.

Es posible que en su megalomanía Otárola sienta que la derecha le reconoce el mérito del encargo. Que lo aprecia. Que le agradece. Que lo protegerá. En realidad, es más como el sicario que llega a la oficina de su cliente adinerado en pleno día, y genera un momento incómodo. La propia caída de Otárola —impensable en los primeros meses del 2022— evidencia su condición de fusible.

Se irá conociendo más del expremier, un nuevo personaje siniestro y oscuro, de los tantos que hemos tenido. Porque es innegable: se ganó su lugar en esa galería infame. Algo del perfil del político se puede encontrar en el libro Nuestros muertos, de Américo Zambrano. Allí queda retratado Otárola en varios momentos, y en especial en el día en que fue al Congreso a solicitar el voto de confianza. Varios congresistas le gritaron asesino, fueron hostiles. Los acompañantes de Otárola se asustaron. “Es un show, todo va a salir bien”, respondió el ministro que ya se sentía invencible.

Otárola, como algunos de los hombres más repudiables de la historia política, es un converso. Antes de ser el responsable político de la última gran violación de derechos humanos de un gobierno de derecha en el Perú, fue un político de izquierdas progresista, de esos que aplauden a Lula en las redes sociales. Cuando murió Nano Guerra García, su amigo y también converso, escribió un tuit emotivo en que citaba a Silvio Rodríguez: “Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”. Díganme si hay algo más retorcido que esa frase pronunciada por el señor.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 676 año 14, del 08/03/2024

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Perú: ¿Qué nos pasa?

Alberto Vergara

Es importante intentar construir en la esfera pública argumentos que propongan diagnósticos sobre la naturaleza de la crisis peruana. Aquí un intento.

La larga crisis peruana actual –¿o se trata de un equilibrio crítico?– tiene una peculiaridad: no sabemos bien qué nos ocurre. En 1990, por mencionar otra coyuntura difícil, reconocíamos que se debía derrotar a la inflación y al terrorismo. Había divergencias sobre cómo hacerlo, pero no respecto de nuestras dolencias. Hoy, en cambio, casi nada funciona, pero nada ha colapsado. La situación de 1990 asemejaba más a una guerra con enemigos distinguibles; la de hoy se parece a una atrofia inducida por un virus imperceptible. Deambulamos perplejos y sin diagnóstico. Y no hay forma de escapar de la crisis sin uno.

En las últimas semanas han aparecido un par de artículos muy relevantes en El Comercio que buscan responder a la pregunta que da título a este artículo. El historiador Carlos Contreras, en primer lugar, propuso que el Perú sufre una suerte de desbarajuste histórico. El paso del siglo XX al siglo XXI habría estado marcado por una doble transformación: transitamos de una sociedad formal representada por partidos a una sociedad informal con partidos amorfos. Retomando el vocabulario de Luis Alberto Sánchez, dice Contreras, tendríamos un sistema adolescente, con sus consecuentes imperfecciones, desproporcionalidades y exabruptos. Un par de semanas después, Eduardo Dargent comentó críticamente aquella columna. El politólogo señalaba que no sufrimos un impersonal desacople histórico, sino a esforzados actores que trabajan para construir un país cada vez más lumpen. Para sintetizar el intercambio, ambos coincidían en que la representación política es un punto medular de nuestra crisis, pero diferían sobre las razones para esa condición.

Ensayar diagnósticos como estos en la esfera pública –y no solamente en la académica o tecnocrática– es crucial si queremos eventualmente superar esta etapa oscura. Con el ánimo de aportar algo más a la cuestión de qué nos pasa, aquí quisiera salir del ámbito político-representativo. No porque sea uno sin importancia sino porque pienso que sufrimos una crisis que desborda a la política y que está atada a la atrofia del Estado de derecho. Es decir –como desarrollamos con mi colega Rodrigo Barrenechea en un libro que está por salir– lo que ha entrado en crisis severa es la capacidad regulatoria de la ley. No quiere decir que haya desaparecido la ley, significa que ha dejado de ser un activo del bienestar colectivo. Lo que prevalece es la voluntad de atajar o modificar la ley al gusto de algún interés particular. Por eso las aberraciones que observamos en el mundo de la política –y que Dargent señala en su columna– las encontramos también en otras esferas. Cada vez más, el que no burla la ley, no mama. Por eso en el Perú a todo el mundo le interesa el derecho. Y a nadie la justicia.

El Estado de derecho permite la convivencia civilizada. Si la democracia dirime nuestras diferencias cada cinco años, la ley regula nuestras interacciones cada día. Es el lazo público más básico y necesario para cualquier sociedad. Estar todos regidos por un orden legal que nos trata igualitariamente. Sin ley, solo queda la facción. Cada uno con su pañuelo. Después, cada uno con su pistola. Una comunidad de enemigos.

Pues eso somos cada vez más. Ante la convicción creciente de que la ley es inútil para producir bienestar colectivo solo queda la legalidad en tanto personal ganzúa para obtener réditos hoy. El que no le saca la vuelta a la ley perderá ante quien sí lo hace. Se institucionaliza la des-institucionalización. Con lo cual acaba el mediano y largo plazo. Y todo se vuelve incierto. Sin reglas solo existe el presente. Desde esas premisas funciona buena parte del Perú de hoy. Se ha instalado un espíritu de supervivencia y depredación que cabe en unas líneas del maestro Caitro Soto: toro viejo se murió, mañana comemos carne.

Donde se pone el dedo salta la depredación de corto plazo. En el ámbito económico, por ejemplo. Probablemente han visto que ahora hasta Keiko Fujimori fustiga a las farmacias por sus prácticas anticompetitivas. Vale todo. Cada quién prospera como puede, contra quien pueda. Si hay que cabildear para legalizar la depredación amazónica, se hace. Si toca presionar para redefinir a la anchoveta adulta como aquella que tiene ocho centímetros en vez de doce, venga. Si se puede desaparecer el requerimiento de “Certificado de inexistencia de restos arqueológicos” para las construcciones, de una. Ni pasado ni futuro: la comunidad de enemigos solo tiene ojos para el rédito inmediato.

En la política es lo mismo. ¿Cuál fue la primera medida del presidente Castillo? Legalizar su sindicato. De manual, aseguró a los suyos. O el presidente del Congreso que participó de un cambio en la normativa penal que lo beneficiaba directamente. Y los perseguidos por el sistema de justicia lo “reforman”. Y los impopulares políticos modifican leyes para clausurar el ingreso de nuevos competidores o, directamente, para ajusticiar a las autoridades electorales. Han aprendido del Hombre araña: un gran poder viene con una gran tajada.

Pero hay algo más. Una baja adicional es la idea de un prestigio personal que cuidar. O para decirlo de otra manera: ya nada da roche. Una lideresa del feminismo puede protestar contra el machismo del gobierno en la mañana y jurar como ministra en la tarde. Un fraudista puede ser canciller de Castillo. Quienes insultaban a Dina Boluarte ahora trabajan para ella (¿o la presidenta trabaja para ellos?). A fin de cuentas, ¿cuándo más podré ser canciller o congresista, embajador o ministro? Ahora o nunca.

Mal haríamos en creer que solo elites políticas y económicas se comportan así. En realidad, al verlas, la sociedad concluye, con bastante lógica, que quien respeta las normas pierde. Así, se atascan las auxiliares en las carreteras, se riegan clavos para estafar con cambios de llanta o se asalta las vías con vehículos de transporte informal. Una reciente e interesante investigación de Jorge Aragón y Diego Sánchez (La ilegitimidad del poder político en el Perú, IEP, 2023) encuentra que está muy extendida la creencia según la cual la política es una forma de ascenso social. Y donde dice “política” debe leerse la corrupción que esta permite. El mismo estudio asegura que los ciudadanos no tienen interés en políticas redistributivas o en aumentos de impuestos. Sí quieren que el Estado distribuya cosas o servicios, pero no aportar para ellos.  

Por eso el candidato Pedro Castillo y otros van de plaza en plaza prometiendo la destrucción de la ATU, SUNEDU o del Tribunal Constitucional. Y por eso también quien finalmente consigue destruir todo aquello es el gobierno de su vicepresidenta Boluarte. La degradada continuidad. Si un Estado es percibido como ineficiente, corrupto y arbitrario, la natural reacción es desear su desactivación.

En síntesis, estamos ante una espiral anti-Estado de derecho que va engullendo a la sociedad. No completamente, pero avanza sin pausa. La encontramos en la derecha y en la izquierda, arriba y abajo, en la política, pero también en la sociedad, el Estado y el mercado. Como ocurre con las polarizaciones políticas, estas dinámicas arrastran a los individuos, aunque no lo quieran. Como en las corridas bancarias, llega un punto en que debes optar entre hundir al sistema o quedarte sin ahorros.

Ante esta situación se abren dos preguntas. La primera es ¿por qué sucede esto? Hay muchas respuestas posibles. Aquí aventuro un par: la erosión de la legitimidad de nuestras instituciones y el fin del crecimiento económico. De un lado, la ciudadanía ha dejado de creer que el entramado institucional refleje un interés nacional o produzca bien común. Es decir, la ciudadanía no percibe que el orden institucional esté justificado. Se le acata por miedo a la sanción o se le saca la vuelta. Carece de legitimidad. No hay confianza en que el sistema vaya a producir mejoras.

Hace tres años una encuesta encontró que 44% de los jóvenes quería irse del país. Hace cinco meses aumentó a 60%. Tanto en 2022 como en 2023 más de 400 mil peruanos migraron; esto es más del doble que en cualquier otro año. Y no solo quieren irse los más apremiados. En el colegio Markham, probablemente el más caro del país, hasta el 2018, 50% de los alumnos que hacían el programa internacional se quedaba a hacer la universidad en el Perú; de la promoción del 2021 solo se quedó el 6.3% (no tengo datos de los años posteriores, pero debe ser aún más bajo). Se trata de una crisis de confianza muy severa en el país y en sus instituciones.

Esto se combina con el fin del crecimiento económico. Esto, evidentemente, no es independiente de la erosión del Estado de derecho, pero produce sus propias urgencias y radicaliza las decisiones desde el corto plazo. El 2023 la economía decreció 0.5% y no hay indicios para creer que retomaremos un crecimiento importante en los próximos años. Si no habrá mucho por repartir, algo habrá que arranchar. Es más probable que consigas ganancias alquilando congresistas que te eximan de impuestos que incrementando la productividad de tu empresa. O es más probable que llegues a fin de mes como minero informal que buscando ese trabajo formal que no existe.

Y nos queda la segunda pregunta: ¿puede revertirse la espiral en que estamos metidos? En un mes lo conversamos.

https://larepublica.pe/opinion/2024/03/03/que-nos-pasa-por-alberto-vergara-111720

15 de enero de 2024

PROTESTA DE AGRICULTORES EUROPEOS

Milciades Ruiz

Al iniciar el año 2024, en realidad para el pueblo no hay año nuevo. La situación sigue igual de indignante porque mientras la población llora sus muertos, los gobernantes celebran aumentando sus ingresos con bonificaciones antojadizas y otras arbitrariedades. Las protestas sociales han sido acalladas, pero mientras en Alemania los agricultores bloquean carreteras en protesta contra el gobierno, acá se prohíbe como en los tiempos coloniales.

Este lunes, miles de agricultores alemanes, en pleno invierno, pese a la cobertura de hielo, han comenzado una semana de protestas contra el gobierno en todo el país, incluida la capital, Berlín por el solo anuncio de la intención de las autoridades de eliminar las subvenciones agrícolas como parte de un paquete de medidas para combatir el déficit multimillonario del presupuesto federal agravado por la ayuda a Ucrania.

La prensa informa que, en las puertas de la capital, ya se han concentrado unos 550 vehículos agrícolas, entre ellos 200 tractores, 100 camiones, 100 coches y unas 100 furgonetas. En Sajonia se han cortado los accesos a las autopistas y se han bloqueado numerosos cruces. Según la Policía, ya se han concentrado 1.000 vehículos agrícolas. En el estado de Brandemburgo también se han bloqueado las carreteras de acceso a casi todas las autopistas. La Policía de Múnich reporta unos 5.500 tractores se dirigen al centro de la ciudad desde distintas direcciones.

A diferencia del área andina, los movilizados no son agricultores pobres, que no los hay en Alemania. Casi el 36 por ciento de los empleados en la agricultura trabajan como empresarios independientes y el resto son empresas agrícolas. No llevan la maldición del coloniaje que mantiene segregada a la población autóctona, sin acceso al poder.

Alrededor del 90% de Alemania es rural, por las buenas condiciones de vida descentralizada. Alrededor del 57% de los habitantes viven en el área rural. El gobierno federal está obligado a tomar medidas compensatorias evitando el subsidio del campo a la ciudad en los precios, a fin de lograr una remuneración adecuada sin disparidades con otros sectores. La agricultura es rentable porque los precios cubren los costos de producción y renta.

Pese a ello, la Asociación Alemana de Agricultores promete continuar con las protestas hasta que el Gobierno abandone por completo las medidas. Los agricultores alegan que algunos recortes previstos en las subvenciones causarán pérdidas de ingresos inaceptable". Las acciones terminarán el 15 de enero y culminarán con una manifestación masiva en la capital.

Para el presidente de esa entidad: “Los agricultores somos agricultores del futuro, garantes de un suministro alimentario de alta calidad, ... El futuro de la agricultura es, en última instancia, también la base de la viabilidad futura de nuestra economía y sociedad”. “Después del médico y el enfermero, la profesión de agricultor será en el futuro la tercera profesión más importante para la sociedad”.

La diferencia con la situación de los agricultores andinos es abismal. Estos subsidian el consumo de los citadinos, a pesar de su extrema precariedad. El 99.4% de las UA, está conducida por personas muy pobres, que solo produce para sobrevivir. La cuarta parte de los productores agrarios tiene menos de media hectárea y el valor de la cosecha no alcanza para la alimentación familiar durante todo el año agrícola. Consecuentemente, no tiene dinero para sufragar gastos escolares, medicinas, tecnologías, vestimenta, etc.

El 97.6% de los productores agrarios recurren al sistema de agricultura familiar, porque no tienen otra opción. No obstante, 88% de las UA familiares, son de agricultura de subsistencia, en la que nadie tiene un salario, ni beneficios sociales. Pero, en esta precariedad productiva, descansa el sistema alimentario nacional y el PBI del agro peruano. La población peruana y de inmigrantes extranjeros sigue creciendo y no tenemos las garantías de un agro sostenible a largo plazo

Es un abuso de gobierno, que el sector de mayor valor estratégico para el desarrollo nacional, que cubre la tercera parte del territorio nacional, que representa un tercio de la población nacional, el de mayor cobertura laboral y, presente en el 95% de los distritos del país, no reciba un trato justo. El 80% de la oferta turística está en el área rural, pero el lucro no le pertenece.

En el año 2022, lo que los gobiernos regionales destinaron al agro fue:


¿No les parece que deberíamos solidarizarnos con el proletariado campesinos que nos subsidia los alimentos? ¿Por qué, no asumir su protesta como nuestra? ¿Por qué, no acompañarlos en sus marchas reivindicativas? ¿Por qué no acoger sus demandas en nuestras plataformas de lucha? Frente al abuso histórico, el que calla, está aprobándolo. O no. ¿Te animas a opinar?

Enero 8/2024

Mayor información en https://wordpress.com/view/republicaequitativa.wordpress.com

Milciades Ruiz.  Otra información en https://republicaequitativa.wordpress.com/

Agradecemos a Milciades Ruiz por permitirnos compartir su publicación con nuestras lectoras y lectores.

1 de septiembre de 2023

Perú: Esto se llama recesión

Pedro Francke

Estamos en recesión, aunque a varios la palabra les asuste. Esto quiere decir que la economía peruana no está creciendo, sino que la producción total se ha achicado, se ha ido para abajo, en los primeros seis meses del gobierno de Dina Boluarte. Como se sabe, la cifra es un negativo de -0,5 por ciento, según los números oficiales del INEI. También se ha tratado de decir que eso sucedió en el pasado pero ya pasó, aunque las cifras también desmienten esa afirmación: la caída de la producción en el mes de junio, el último para el que hay un cálculo publicado, ha sido aún mayor, de -0,6 por ciento. Y aunque todavía no hay datos completos de julio, los avances no son favorables, la inversión pública real cayó 13 por ciento (¡) y el sistema electrónico de transacciones registra un valor menor en 14 por ciento a mediados del mes de agosto y menos 23 por ciento en julio.

Lo más grave es que sectores productivos claves, los más importantes en la generación de empleo e ingresos para las mayorías, han tenido retrocesos muy fuertes. La manufactura, es decir el sector industrial, produjo en el primer semestre 6 por ciento menos, pero la caída se ha ido agravando y en junio produjo 14,6 por ciento menos. Hace más de tres décadas que no se veían cifras de esta magnitud en la industria. En la construcción la caída del primer semestre es de 9 por ciento. Sólo en Lima el último dato de empleo muestra que hay 84 mil personas menos trabajando en este sector (entre los meses de mayo a julio). Estos dos datos indican que la situación en las ciudades, y en particular en Lima, es de fuerte golpe a las economías populares. Pero en el campo, la situación es también crítica ya que en los primeros seis meses de este año la producción agrícola cayó en 4,6 por ciento, siendo la mayor parte de estos alimentos producidos por millones de pequeños agricultores. Los grandes agroexportadores de arándanos, uvas y mango no se han visto afectados y más bien siguen aumentando su producción (bien por eso), pero son los medianos y pequeños productores de arroz (-3 por ciento), papa (-14 por ciento) y maíz (-16 por ciento) los seriamente afectados.

Lo primero es reconocer el problema y su gravedad. Hay un problema y este es serio. Parte de la caída de la producción, en especial la agrícola, se debe a El Niño Costero, pero la respuesta gubernamental de apoyo y promoción ha sido mínima, y manteniéndose un cambio de clima fuerte y siendo probable que enfrentemos un fenómeno El Niño en el próximo verano, una fuerte y efectiva política de soporte es clave y no se le ve por ningún lado. La recesión en el sector industrial y construcción, sin embargo, en particular la que se ha seguido viendo en los últimos meses de mayo, junio y julio, no tiene nada que ver ni con El Niño Costero ni con las justificadas protestas sociales a las que Dina Balearte y Alberto Matárola respondieron con 60 compatriotas asesinados meses atrás. Se debe a que el mercado interno está recesado, disminuido, ajustado, con una demanda interna reducida. En la respuesta que los propios empresarios dan al BCR en la encuesta que hace mensualmente, ellos indican que su nivel de demanda respecto a lo esperado está en negativo hace varios meses y ha caído entre mayo y julio. De todos los indicadores que recoge el BCR, este es el que más se correlaciona con el PBI. ¿Debiera llamar la atención que, cuando la inflación ha reducido sustancialmente los salarios reales sin que haya ninguna medida del gobierno para favorecer a los trabajadores sino todo lo contrario, esto haya pasado? No, claro que no. Si se reducen los ingresos que sustentan las economías populares, estos hogares se ven obligados a disminuir su consumo y, en consecuencia, las empresas venden menos –menos ropa, menos comida, menos casas, menos muebles–. Enfrentados a menos demanda, los empresarios reducen su producción. A su vez, esto afecta el empleo: debiendo producir menos, las empresas despiden gente, reducen horas extras, no renuevan contratos, postergan inversiones. El proceso mediante el cual una caída en la demanda afecta la producción no es ningún misterio y está en todos los libros de macroeconomía básica.

ALTERNATIVAS

En el corto plazo, cualquier alternativa macroeconómica pasa por reactivar la demanda. Se ha puesto mucho énfasis en la inversión privada y está bien, es indispensable motivar y mejorar las expectativas en ese sentido, pero hay que tener claro que un empresario constructor o industrial que ve su demanda caída, que tiene decenas de departamentos sin vender o cuyos almacenes están llenos de zapatos que no logra que salgan en el mercado porque la gente está misia, no tiene incentivo alguno en ponerse a ampliar su fábrica. Elevar de manera efectiva la inversión pública, renovar en serio la salud pública para que la necesidad de enfrentar problemas urgentes no drene los bolsillos de las familias y tener una política laboral activa que mejore los sueldos y salarios son las medidas clave en este sentido. Y los costos que esto genera al presupuesto público deben ser cubiertos con una reforma tributaria y medidas para reducir la evasión de los grandes tramposos contra el fisco. Una vez más, como también fue el caso el 2021, darle un nuevo empujón al carro de la economía nacional es indispensable. De lo contrario, todas las promesas y frases de que “ahora sí ya el futuro económico es promisorio” no se harán realidad.

Considero esencial ponerle especial atención a los pequeños y medianos agricultores de la costa, sierra y selva. Es un grupo en el cual los niveles de pobreza y vulnerabilidad son más altos. Logrando una mayor producción de alimentos básicos como arroz y papa se conseguirá que la inflación en estos rubros clave no afecte tanto a los trabajadores urbanos. Es además un grupo que, justificadamente, se ha sentido particularmente agraviado y ha respondido con más fuerza ante este cogobierno Boluarte- Congreso (o quizás más precisamente Otárola-fujicerronismo), pero cuyo malestar responde a una exclusión histórica y que requiere, lo antes posible, un Estado que responda ante sus problemas. Añado a esto que el cambio climático que vemos ahora y el probable fenómeno El Niño que se nos viene los va a golpear nuevamente, y lo mejor es actuar desde ahora. Si desde hace décadas requieren, y no tienen, un apoyo en créditos y seguros accesibles, en mejores sistemas de comercialización y articulación con mercados urbanos, en promoción de nuevas tecnologías y en irrigaciones de mediano y pequeño tamaño y menor costo en las alturas y laderas de los andes, hoy la urgencia es mayor. El riesgo de una seria escasez hídrica ya lo tenemos encima, y hay opciones de captura de agua, de represas y canales mejorados, de riego tecnificado, que deben ponerse en marcha ahora y no cuando se agrave su empobrecimiento y se afecte el abastecimiento de las ciudades. Otros sectores, como la industria, los servicios, el turismo y la construcción, las pequeñas y medianas empresas en general, las cooperativas y asociaciones, también requieren una política promocional fuerte. Hoy que estamos en recesión, una política que promueva el empleo y apoye a las economías populares es más urgente que nunca.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 650 año 14, del 25/08/2023, p14

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29 de julio de 2023

El Perú ante un pacto de granujas

Diego García Sayán

Si la clave de la ‘alianza’ elegida ayer está en el derecho penal, los objetivos que podrían ser presentados como ‘políticos’ se reducen al ventajismo y las prebendas”.

El país está jaqueado ante el remolino del horror que lo azota. La cereza encima de la torta ha sido la votación de ayer en el desprestigiado Congreso de la República para elegir a la nueva Mesa Directiva. Es tan extremo todo, que parecen narraciones provenientes de una imaginación perversa y no de una cruda y patética realidad. Porque la disyuntiva para la votación de ayer era algo así como la sartén o las brasas. Fritos por donde se mire.

Esto llamaría a muchas reflexiones, pero quisiera destacar tres, aunque la primera debería ser evidente.

Primero, no se está ante una alianza política en el grupo que ayer se impuso. Para hablar de “alianza” política tendríamos que estar ante dos o más identidades diferentes que se aproximan y entrelazan para un objetivo mayor superando o pasando a segundo plano sus eventuales contradicciones. Nada de eso se aplica en este caso en el que las dos partes son esencialmente iguales.

Para empezar comparten algo muy importante entre sus principales directivos: multitud de procesos penales por graves delitos de corrupción (no por luchas sociales o asuntos de principios). Que van desde la larga cadena con varios eslabones muy serios de corrupción en el Gobierno Regional de Junín hasta los manejos ilegales de dinero en las campañas fujimoristas y los nexos estrechos para ello con grandes constructoras y empresarios. Entre procesados o prontuariados por delitos graves está, pues, un componente esencial en común: la búsqueda de impunidad.

Segundo, una práctica que nos demuestra la actuación política conjunta —y de consuno— en varias circunstancias dramáticas. Todas acciones orientadas a lo mismo: el desmadejamiento sistemático de la institucionalidad precaria que tiene el Perú y sacar provecho para colocar en cargos a alguien de su grupo.

Como lo han sintetizado varios analistas estos días: la destrucción de la Sunedu, la captura de la Defensoría del Pueblo para anularla, mutilar la meritocracia en la carrera magisterial, el debilitamiento de la colaboración eficaz, el afán de capturar el sistema electoral o el propósito de modificar con propósitos mezquinos más de 50 artículos de la Constitución. Y lo que se sabe viene en la agenda: el sistema electoral y la Junta Nacional de Justicia.

Todo para poner en cargos y funciones a allegados(as) y para obtener ventajas personales.

Si la clave de la “alianza” elegida ayer está en el derecho penal, los objetivos que podrían ser presentados como “políticos” se reducen al ventajismo, las prebendas y el desmantelamiento de la institucionalidad.

Tercero, una sociedad que no es idiota, que viene demostrando astucia e inteligencia y que está dejando atrás eso de estar cruzada de brazos. Entre otras cosas, para detectar que quienes hoy en teoría la representan, solo se representan a sí mismos(as): el Congreso del 6,2% y el Ejecutivo del 10,9%. El Perú es el último país en América Latina en satisfacción con la democracia (8% de la población), de acuerdo a la más reciente encuesta del Latinobarómetro. Esto es obviamente insostenible por tres años más como pretenden, de consuno, el Congreso y el Gobierno.

Sería ingenuo pensar que una situación como esta se puede mantener hasta el 2026 como si no pasara nada. A la respuesta que se ve en las calles en protestas contra este estado inaceptable de cosas se añade, como preocupante telón de fondo, un crecimiento 0 en la inversión, como lo ha explicado una integrante del directorio del BCR.

Ante un país paralizado, jaqueado y de cabeza se exigen inmediatos cambios y virajes de fondo en cómo se han venido manejando las cosas, con ajustes inmediatos de fondo en cómo se gobierna. Y, como lo reclama más del 80% del país, adelantar las elecciones generales.

Ante este pacto de horror que afecta a la patria, hasta la IA del ChatGPT propone una línea de acción: “Cuando hay un ‘pacto de granujas’, combatirlo puede ser un proceso difícil y complejo, pero mantener una sociedad vigilante y comprometida con los principios democráticos puede ayudar a enfrentar estos desafíos y preservar la integridad de la democracia”.

https://larepublica.pe/opinion/2023/07/27/el-peru-ante-un-pacto-de-granujas-por-diego-garciasayan-2016765

4 de febrero de 2023

Perú: UNA SEMANA SIN PARALELO

Natalia Sobrevilla

¿Cuál es la salida política cuando nadie se siente representado?

En la última semana decir que el Perú está en llamas ha dejado de ser un recurso metafórico para, tristemente, tornarse literal. El Perú se incendia, y lo vimos en una casona centenaria en el centro de Lima durante la marcha multitudinaria del jueves, y en la quema de una comisaría en Puno, una vez más con muertos y heridos que lamentar.

Mientras tanto, la presidenta Dina Boluarte aseguró en su mensaje a la Nación que “la situación está controlada”. ¿Pero a qué se refería? ¿Realmente se puede decir que en las seis semanas que lleva en el mando algo está realmente bajo control en el Perú? Ya son más de cincuenta muertos, centenares de heridos, carreteras y aeropuertos cerrados, millones en daños materiales y una interminable sensación de desazón.

El diagnóstico es claro. El país se desangra y la presidenta no cuenta con legitimidad para seguir al mando, pero se rehúsa a aceptarlo y se aferra a su condición de “presidenta constitucional”. En efecto, Boluarte ha seguido todos los pasos que dicta la ley para la sucesión presidencial. Pedro Castillo atentó contra la Constitución y a ella le tocó reemplazarlo. Pero en circunstancias como las actuales ¿es eso suficiente? ¿Podemos seguir teniendo este nivel de movilización y considerar realmente que cuenta con la legitimidad para gobernar? Difícilmente.

Hay una diferencia entre la legalidad y la legitimidad, dos conceptos conectados, parecidos, pero no iguales. Dina Boluarte es legalmente la presidenta del Perú. De eso no hay duda alguna: ahora su gabinete cuenta con el respaldo del Congreso y ella es legalmente la presidenta del Perú.

Pero el problema de legitimidad que tiene la señora Boluarte no es menor: en más de la mitad del país se cuestiona si debe seguir al mando. Muchos piden el regreso del profesor Castillo, algo que es imposible, además de ilegal. Otros reclaman la necesidad de que la presidenta renuncie y que se llamen inmediatamente a elecciones, sin necesidad de pasar por el proceso de adelanto de elecciones para el 2024 que se debate en el Congreso. Y no faltan quienes quieren que todos se vayan de inmediato y que se llame a una Asamblea Constituyente.

La situación no tiene visos de solución y, de momento, lo más ausente son los liderazgos, tanto políticos como de la sociedad civil. Las movilizaciones no están coordinadas y responden al cansancio de la población más que a la organización y el planeamiento. Esta “marcha de los Cuatro Suyos”, a diferencia de la del año 2000, no ha sido articulada y no tuvo un centro que la dirigiera a un solo objetivo. El hartazgo es generalizado, pero las posibles soluciones no saltan a la vista y no se escuchan voces que presenten propuestas que nos puedan sacar del entrampamiento.

El Congreso, que debería ser el lugar desde donde se planteen las soluciones debido a que —por lo menos en teoría— es donde están los representantes, parece haber dejado la iniciativa de lado. En estos días no se ha oído a los legisladores presentar propuestas o esgrimir posibles soluciones, o simplemente buscar convertirse en interlocutores de quienes están tan molestos. El Ejecutivo ha mostrado que su única arma es la fuerza y se ha dedicado a enviar a la policía a lanzar bombas lacrimógenas, perdigones y balas. Algunas de las escenas en Lima y en provincias son realmente dantescas, con personal armado hasta los dientes lanzando fuego desde tanques.

Si bien distintas iglesias han lanzado comunicados pidiendo el dialogo y la calma, poco es lo que han hecho en realidad. A diferencia de ellas, dos universidades nacionales han tomado una posición de liderazgo. Los estudiantes de la Universidad de San Marcos han tomado el campus para alojar a los manifestantes venidos de provincia y se han establecido cadenas de apoyo para llevar agua y víveres. Mientras tanto, la Universidad Nacional de Ingeniería ha hecho algo que no ha hecho ninguna otra institución y le ha abierto las puertas de su campus a los manifestantes. En este caso no han sido los estudiantes, sino el rector, y esperemos que desde aquí se pueda abrir un espacio para el dialogo.

Es descorazonador, además, que mientras esta semana seguía los eventos a la distancia y buscaba algún paralelo histórico para poner en contexto lo que está sucediendo en el Perú, no haya encontrado una situación parecida en el pasado.  Lo que está ocurriendo ahora es histórico y estamos en medio de ello. Es de momento casi imposible vislumbrar una salida, vemos a los diferentes actores atornillados en sus posiciones, tanto al Ejecutivo como al Legislativo apelando a la legalidad, olvidando que lo legal no tiene mucho asidero sin lo legítimo.

La legitimidad del poder viene del convencimiento que tienen los gobernados de que quienes los gobiernan los representan; que, si bien votaron o no por ellos, fueron elegidos por la mayoría para gobernar. En ese principio se basa la democracia. Quienes en 2021 fueron derrotados en las urnas y cuestionaron la legalidad de las elecciones desestimando el voto de miles de peruanos, y salieron a las calles a declarar ilegítimo al gobierno, no se daban cuenta de que le estaban dando un primer gran puntapié a la democracia. Hoy, quienes salen a pedir el adelanto de elecciones, la salida de Boluarte y la Asamblea Constituyente le están dado otro. Pero desde el momento en que la solución planteada desde el poder es la represión y matar a peruanas y peruanos, su legitimidad para gobernar desaparece.

Nos encontramos en una encrucijada y la solución no se vislumbra. Es momento de buscar la forma de conseguir esa legitimidad perdida y, de momento, creo que eso solo pasa por volver a las urnas, más pronto que tarde.

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Post Scriptum:

Antes de enviar este texto me llegaron las noticias del violento desalojo  y los cientos de detenidos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos por parte de la policía. Mientras tanto, la Universidad Nacional de Ingeniería ha sido rodeada de tanquetas con soldados. La presidenta sigue perdiendo legitimidad y se sigue cerrando a la posibilidad de tener interlocutores válidos. Me preocupa pensar qué pasará la próxima semana.

https://jugodecaigua.pe/una-semana-sin-paralelo/

23 de noviembre de 2022

Perú: “Las cosas se pondrán peor antes que mejor: esta es una crisis sistémica, no solo política”

Cecilia Méndez  (Entrevista de Enrique Patriau)

Cecilia Méndez es una de las historiadoras más importantes del Perú y, siempre, una voz interesante de escuchar. En esta entrevista responde sobre el desengaño que, para ella, ha significado el presidente, Pedro Castillo, alguien quien, señala, llegó al poder diciendo que no sería más de lo mismo y terminó repitiendo viejos patrones.

— Usted tenía una posición más de expectativa por lo que podría hacer Pedro Castillo. Me habló de las muchas representaciones -docente, rondero, campesino- que podía llevar a un puesto como el de presidente. Leo sus columnas y entiendo que eso ha dado paso a la desilusión. ¿Por qué?

Los hechos hablan por sí mismos. Es un presidente que tiene a tantas personas de su entorno fugadas. Admito que hay un cargamontón de los diarios, pero también es cierto que hay mucha información recogida. Si no la temen, ¿por qué se escapan? Hay muchas evidencias que revelan que, desgraciadamente, Castillo no ha jugado como prometió y que repite los patrones de los presidentes que han gobernado. Para decirlo en términos simples: usar el poder para servirse y no servir a los ciudadanos. Lo que era poco predecible es que no tenía una historia delictiva conocida.

— ¿De corrupción?

Y creo que es un punto en el que tenemos que indagar un poco más. Vuelvo sobre esas múltiples identidades de las que hablabas. Le sirvieron mucho porque la gente se podía sentir identificada con un presidente de esas características, pero se ha demostrado que lo que decía era mentira, por ejemplo, que él no iba a hacer lo que hicieron los demás, que no iba a aprovecharse del Estado. Entonces, sí, es una sensación de desengaño muy grande, sabiendo que Castillo tenía múltiples deficiencias. Nunca hubiera votado por él en la primera vuelta y las circunstancias en las que uno termina apoyándolo críticamente son muy claras…

— ¿Particulares?

Sí. Y había todo este tema de las cuestiones conservadoras en derechos de la mujer, asuntos de género. También, las proclividades autoritarias, porque él dijo en campaña que iba a cerrar el Tribunal Constitucional. No tenía una vocación institucional ni democrática clara. Sin embargo, se esperaba que con la coalición con una izquierda que pensábamos más democrática, se podrían mesurar esas tendencias, pero la historia ha seguido el patrón que ya conocemos, lo cual es una desgracia tota, porque es una persona que viene de abajo que pudo hacer un mejor papel a pesar de las deficiencias de su preparación y formación.

— ¿Se derrumba el mito de que alguien del campo, del pueblo, podía hacerlo mejor que todos los anteriores?

Se derrumba un mito, pienso. No diría que en la izquierda la gente decía que un campesino, un indio sea presidente. Eso no ha estado en la mentalidad de la izquierda…

No en toda la izquierda. Aunque en parte de ella existía la expectativa de que alguien de ese origen podía darle un giro diferente al país. Eso sí estaba instalado.

Eso sí, por la extracción de clase.

— A eso me refiero.

Por el origen rural, que era lo más inusual, por ser maestro de escuela. Sí. Creo que la realidad nos obliga a poner los pies en la tierra, a todos. Eso es lo que el Perú ha producido en términos de educación, en términos de lo que son los maestros. Es nuestra realidad y no se le pueden pedir peras al olmo. Lo que no quita que haya podido hacerlo bastante mejor en cuestión de decisiones políticas clave. Castillo ha demostrado desconfianza al pueblo que tanto invoca. Ha confiado más en las cúpulas partidarias que lo van a blindar en el Congreso. Ha visto a la política como la ven todos. ¿Qué cosa era Cerrón? El jefe del partido que lo podía proteger. Por ejemplo, sacó a (Hernando) Cevallos…

— Del Minsa.

Así es, y lo puso al señor de la agüita arracimada, habiendo hecho Cevallos una gestión que hasta la derecha reconocía. Pero lo saca y hace una serie de cambios devastadores. Si hubiera confiado en lo que una buena gestión de salud puede hacer para la gente y no en que Cerrón lo va a proteger… por eso digo que Castillo no confió en el apoyo del pueblo. Incluso la gente que no votó por él podría haber estado agradecida con una buena gestión en salud. Él no confió en los ciudadanos comunes, solo confía en esos amarres políticos con las cúpulas. En esos despliegues demagógicos y populistas en sus viajes no confía en la gente, la está usando. Y ahora hay un embalsamiento de reclamos que en algún momento va a estallar y eso es lo que posiblemente lo va a sacar.

— No lo va a sacar la oposición.

No creo que la oposición. No quiere irse. Me refiero a la del Congreso.

Aparte es una oposición muy radicalizada, poco creíble.

Tonta, inmadura, un poco suicida también.

— ¿Qué expectativa tiene de la visita del Grupo de Alto Nivel de la OEA?

No creo que la OEA vaya a solucionar nuestros problemas, puede intervenir en casos concretos y puntuales. Hay una arremetida del Congreso que no puede perderse de vista, que es querer desbalancear el equilibrio de poderes. La OEA, en todo caso, puede decir cualquier cosa, pero quienes tienen que gobernar son los peruanos.

— ¿Suscribe la idea de que se vayan todos? ¿Esa puede ser una solución?

—Esa no es una solución. Yo la suscribo emocionalmente, porque, ¿quién no tiene ganas de que se vayan todos? (risas). Eso lo estamos diciendo hace tiempo. Creo que hay que tomar conciencia de que aquí las cosas se van a poner peor antes que mejor. Esta es una crisis sistémica y no es solo una crisis política. Tomemos lo que sucede en educación. Muchos dicen que Castillo tiene que irse porque está destrozando el Estado. Por el nivel de los que pone por cumplir con la cuota de Cerrón o la suya propia, es devastador el daño que se está haciendo. Estoy de acuerdo, hay que poner a quienes tienen experiencia y méritos. Al mismo tiempo, toca reconocer que este personaje que ha sido elegido es producto de un sistema educativo completamente desigual. Nos quejamos, pero no vemos cómo las propias reformas privatizadoras que muchos aplaudieron, entre ellas la de la educación, han dado la peor calidad de la educación justamente a esos sectores que hoy tienen el poder. ¿De quién es la culpa, entonces? No hablo solo del presidente. También de congresistas. Por eso digo que es una crisis sistémica, de la raíz de nuestro sistema educativo. Esas reformas fueron aplaudidas por los sectores que hoy se quejan del nivel educativo de los políticos en el poder y que vienen de provincias, sobre todo. Entiendo la crítica, pero hay que hacer una pausa para entender cómo llegamos a esto, de lo contrario no vamos a tener una buena solución.

— Creo también que parte del problema es que, de un tiempo a estar parte, se hace imposible el diálogo. Estamos en una sociedad inflamada y eso se ve en el debate político.

—Sí. Estaba pensando en eso. ¿Qué pasó en los noventas con las reformas que se implantaron con la Constitución del 93? Creo que en esa década se creó como una especie de hegemonía de ese pensamiento de las privatizaciones, del mercado…

— Neoliberal.

—Que, de facto, desestimaba la necesidad del debate. Era como una especie de pensamiento único. Y hay que ver que, en esa época, mientras se construía el Estado para ciertos aspectos, como la Sunat, o la Defensoría, con el otro brazo se destrozaba las posibilidades de estabilidad laboral para la gente, creando una informalidad con la desregulación de la economía. Cualquiera podía poner su línea de transporte.

— Bastaba tener una combi. Es cierto.

La gente aplaudía ese sistema al inicio porque sentía que todos podían ser empresarios y se elogió esta cosa del empresariado…

— Del emprendedor.

—Y ese es un tema que hay que discutir más, ¿no? Porque hay una diferencia entre el empresario y el emprendedor. ¿A quiénes se les llama empresarios y a quiénes se les llama emprendedores? ¿Alguna vez los emprendedores llegarán a ser empresarios? ¿Y cómo llegarán a serlo? La informalidad también va de la mano con el dinero ilícito, la minería ilegal. Hemos tenido un sistema que nos ha llevado a donde estamos ahora. Y las soluciones no son reformas aquí o allá, aunque sean necesarias. Esos son parches cuando lo que se necesita es una cirugía. Esto es bien difícil que lo entiendan nuestros grupos políticos y gobernantes. Incluso iniciativas de gente sensata no están viendo los problemas de raíz porque, en el fondo, no quieren que cambie este sistema, porque para ellos está bien. Sin embargo, el problema es muy profundo. Siento incluso, Enrique, que se perdió el debate en las ciencias sociales.

— ¿En qué sentido?

—Porque los científicos sociales empezaron a trabajar para las mineras, para las empresas. No los culpo, es el trabajo que había, pero voy a que es un sistema que no propendía a que hubiera otra idea, otra ideología. Cualquier cosa distinta era terrorismo, es lo que le hicieron a (Ollanta) Humala. No hay que olvidar los intentos que hubo de cambiar este sistema y cómo se taponearon. No se podía hablar. En un debate periodístico, un señor –olvidé el apellido– decía que mucha educación es mala, peligrosa porque van a surgir terroristas y comunistas. Alguien dijo que Vallejo era un deprimido. Es decir, se alentaba el mono-pensamiento, el no-debate. Esta atomización es producto de décadas de no pensar, de poner la historia al tacho, las humanidades al tacho, de vivir en un cortoplacismo enfermo, egoísta, mezquino. Estamos cosechando lo que hemos construido. Como historiadora, lo veo así. Esto de la OEA, del Congreso y del Ejecutivo son distracciones, es la novela que continúa.

— ¿Y no hablamos de los temas de fondo?

—Es que nos distraemos. Mira lo de la traición a la patria. Todo el mundo dice, con razón, que da risa que una opinión sobre un referéndum sea traición a la patria. Por otro lado, ¿por qué no aprovechar más bien para preguntarnos qué es la patria? Nadie le pregunta eso a nadie. ¿Qué cosa es la patria y quiénes la traicionan? Esa gente no quiere hablar de lo esencial. Es obvio decirlo: sin un diagnóstico no vamos a tener soluciones correctas y vamos a repetirnos, cada vez peor.

— Le preguntaría qué es la patria y quiénes la traicionan, aunque intuyo que la respuesta sería larguísima.

(Risas). No importa lo que yo piense. Habría que preguntarle a la gente, a los congresistas porque ya hemos visto que se les sale el inconsciente y juran por la plata. Es una pregunta seria. Se supone que son 200 años de República, 200 años del Congreso, ¿y qué es lo que tenemos? La pausa es más necesaria que nunca para pensar en los asuntos de fondo.

— ¿Qué papel han jugado los medios de comunicación en esta coyuntura?

—Primero, los medios son un actor político y hay un conglomerado dominado por el grupo El Comercio, pero también hay canales y otros medios afines. Tendrían que reconocer que han jugado un rol fundamentalmente antidemocrático, desde el momento en que estuvieron incluso promoviendo esta idea del fraude y sembraron un miedo y un terror sobre cosas que no tenían base. Eso es muy grave. Y eso continúa. La información que uno recibe es de un desequilibrio total, obsesionada con el presidente y el Ejecutivo, y que pasa por alto graves problemas en el Congreso, en la Fiscalía, en los niveles más altos. A mí me gusta citar el trabajo de Hilda Sábato, que es una historiadora muy reconocida, que escribió… aquí mismo lo tengo (la entrevistada muestra un libro), que escribió “Repúblicas del Nuevo Mundo”. Ella dice que, en los comienzos de nuestro sistema representativo, en América Latina, se reconocía que tiene que haber una entidad que pueda equilibrar y controlar lo que suceda en las elecciones y eso es lo que, en esos tiempos, se empieza a llamar opinión pública. Y eso de la opinión pública está expresada en los medios de comunicación. Los periódicos han sido un elemento fundamental en las luchas por la independencia. Ha habido periódicos donde, en efecto, se planteaban posiciones claras, pero, también, han sido, históricamente, lugares de ensañamiento y luchas intestinas. Es muy interesante la historia de los periódicos. En fin, el punto clave de estas discusiones iniciales de las repúblicas latinoamericanas era que, justamente, la prensa cumplía un rol clave en la democracia. Ese rol democrático, desgraciadamente, la mayor parte de los medios no lo está cumpliendo y los ejemplos están por todos lados.

— Lo preguntaba porque en esta incapacidad de comunicarnos, los medios han jugado un papel.

—Exactamente, hay una responsabilidad muy grande. Dicho sea de paso, es muy triste que los que pagan el pato sean los reporteros que son agredidos. El presidente Castillo también ha utilizado palabras que no son apropiadas, usando a los periodistas como un blanco, y eso está bastante mal.

Enrique Patriau. enrique.patriau@glr.pe