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23 de abril de 2025

Perú: Respaldar a los pequeños agricultores

Pedro Francke

"Sólo al 20% de ellos el Estado les ha otorgado un título de propiedad"

A la agroexportación peruana le va cada vez mejor. El año pasado aumentó en más de dos mil millones de dólares, un fuerte crecimiento del 22 por ciento que la llevó hasta los USD 12,400 millones. Es un negocio donde predominan grandes empresas terratenientes que tienen un lobby bien aceitado en busca de que les rebajen impuestos de manera especial y les den aún más facilidades para explotar a sus trabajadores. Pero no confundirse: el 95% de las unidades agropecuarias son de pequeño tamaño sumando 2 millones 200 mil familias. En ochocientos distritos de sierra y selva más de la mitad de trabajadores se dedica a la agricultura, muchos de ellos en pobreza.

Es este sector el que nos alimenta. Los pequeños agricultores, con menos de diez hectáreas, producen el 64% del choclo, el 56% de la quinua, el 55% de las frutas, el 59% de las hortalizas, y la lista sigue y sigue. Ellos mantienen una gran variedad de papas y productos que dan sustento y calidad a nuestra gastronomía. Resisten de esa manera a una creciente dependencia de importaciones en rubros como los cereales, de los que importamos el 54% de lo que consumimos (especialmente maíz, trigo y avena), productos que en varios cientos de millones de dólares vienen subsidiados de Estados Unidos, en una competencia desleal, y que en otra proporción importante proceden de países como Argentina y Brasil.

Mientras Estados Unidos aplica subsidios enormes a su agricultura, en el Perú el presupuesto que se dedica a apoyar a los pequeños agricultores peruanos es ínfimo. Sólo al 20% de ellos el Estado les ha otorgado un título de propiedad, menos de uno de cada tres tiene semillas mejoradas, ni siquiera la mitad usa alguna maquinaria o aplica fertilizantes y nueve de cada diez no recibe asistencia técnica alguna. Ese mismo porcentaje ni siquiera intenta sacar un crédito porque los intereses son muy altos o “sabe que no se lo darán”. La banca privada, altamente concentrada, no considera rentable apoyar el agro. Llevamos treinta años de una política neoliberal que maltrata a los pequeños agricultores. No es casualidad que se trate principalmente de familias con raíces indígenas, despreciadas por un Estado oligárquico y centralista. El resultado es baja productividad y pobreza.

Quienes sí han recibido enormes subsidios del Estado han sido los grandes agroexportadores. Hoy tienen grandes extensiones no porque hayan invertido en irrigaciones sino porque el Estado las ha construido y les ha entregado las tierras. El grupo Gloria, beneficiado además por los remates que hizo Fujimori de las antiguas cooperativas azucareras, se ha apropiado de más de 52 mil hectáreas y el grupo Romero de otras 19 mil. Tampoco es casualidad que las cabezas de estos grupos en los años noventa eran visitantes asiduos de Vladimiro Montesinos en la salita del SIN y luego hayan contribuido con varios millones a las campañas de Keiko Fujimori. Mientras, en la sierra, más de dos terceras partes de los campesinos tienen que cultivar sin un canal de riego que les asegure el agua, dependiendo de que la lluvia llegue a tiempo y bien, condiciones en las cuales es mucho más difícil avanzar con nuevas tecnologías.

Bajo estas circunstancias de enorme desigualdad es que los gobiernos de Toledo y García firmaron un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que favorecía a la agroexportación pero golpeaba a los pequeños y medianos agricultores nacionales que venden en el mercado interno. A sabiendas de que la agricultura norteamericana es altamente tecnificada, tiene grandes planicies de buena tierra y goza de fuertes subsidios de su gobierno que establecen una competencia desleal, se permitió que entraran al Perú sin una protección justa de nuestro mercado. Así, el sector algodonero apreciado que existió alguna vez en el Perú terminó quebrando tras el TLC.  Hoy en día, la importación de miles de toneladas de trigo estadounidense subsidiado empuja a la baja el precio de la papa, camote y demás tubérculos, agravando la pobreza rural. Todo ese trigo se convierte en alimentos industrializados –galletas, fideos, etc.– producidos por el monopolio que tiene el grupo Romero mediante su empresa Alicorp y contribuyen a agravar el creciente problema de obesidad que tenemos en nuestro país.

Un cambio indispensable en el Perú es la necesidad de una política de apoyo a la agricultura familiar y de mediana producción. Esto debe incluir productos dedicados a la exportación como café, cacao, mango y paltas, entre otros, a los que se debe respaldar con créditos accesibles, promoción de nuevas tecnologías y mucha iniciativa comercial para colocar variedades ecológicas y orgánicas en diversos mercados del mundo. Algunos como los productores de cacao se han beneficiado de buenos programas, han logrado avances importantes y lentamente se va desarrollando la industria del chocolate nacional. Pero hay otros sectores como los alpaqueros, que son decenas de miles de familias campesinas, a quienes se les ha dado la espalda, no se ha invertido en mejorar sus pastos y ganado y se les ha dejado en manos de grandes monopolios comercializadores.

Ahora que los Estados Unidos ha roto unilateralmente un tratado firmado con el Perú imponiéndonos aranceles sin respetar el TLC, debemos por nuestra parte defender mejor el mercado interno y nuestra soberanía alimentaria. Debemos darle prioridad y respaldo a quienes ponen los alimentos peruanos en nuestra mesa, con un gran programa de mejora de la productividad de la agricultura familiar que multiplique los rendimientos por hectárea. Eso permitiría al mismo tiempo sacar de la pobreza a millones de peruanos en la sierra y selva y poner alimentos más baratos en la mesa popular. Es ahí adonde debe orientarse el presupuesto público y no a regalarles otros veinte mil millones de soles en exoneraciones tributarias a los grandes agroexportadores.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 729 año 15, del 18/04/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

15 de enero de 2024

PROTESTA DE AGRICULTORES EUROPEOS

Milciades Ruiz

Al iniciar el año 2024, en realidad para el pueblo no hay año nuevo. La situación sigue igual de indignante porque mientras la población llora sus muertos, los gobernantes celebran aumentando sus ingresos con bonificaciones antojadizas y otras arbitrariedades. Las protestas sociales han sido acalladas, pero mientras en Alemania los agricultores bloquean carreteras en protesta contra el gobierno, acá se prohíbe como en los tiempos coloniales.

Este lunes, miles de agricultores alemanes, en pleno invierno, pese a la cobertura de hielo, han comenzado una semana de protestas contra el gobierno en todo el país, incluida la capital, Berlín por el solo anuncio de la intención de las autoridades de eliminar las subvenciones agrícolas como parte de un paquete de medidas para combatir el déficit multimillonario del presupuesto federal agravado por la ayuda a Ucrania.

La prensa informa que, en las puertas de la capital, ya se han concentrado unos 550 vehículos agrícolas, entre ellos 200 tractores, 100 camiones, 100 coches y unas 100 furgonetas. En Sajonia se han cortado los accesos a las autopistas y se han bloqueado numerosos cruces. Según la Policía, ya se han concentrado 1.000 vehículos agrícolas. En el estado de Brandemburgo también se han bloqueado las carreteras de acceso a casi todas las autopistas. La Policía de Múnich reporta unos 5.500 tractores se dirigen al centro de la ciudad desde distintas direcciones.

A diferencia del área andina, los movilizados no son agricultores pobres, que no los hay en Alemania. Casi el 36 por ciento de los empleados en la agricultura trabajan como empresarios independientes y el resto son empresas agrícolas. No llevan la maldición del coloniaje que mantiene segregada a la población autóctona, sin acceso al poder.

Alrededor del 90% de Alemania es rural, por las buenas condiciones de vida descentralizada. Alrededor del 57% de los habitantes viven en el área rural. El gobierno federal está obligado a tomar medidas compensatorias evitando el subsidio del campo a la ciudad en los precios, a fin de lograr una remuneración adecuada sin disparidades con otros sectores. La agricultura es rentable porque los precios cubren los costos de producción y renta.

Pese a ello, la Asociación Alemana de Agricultores promete continuar con las protestas hasta que el Gobierno abandone por completo las medidas. Los agricultores alegan que algunos recortes previstos en las subvenciones causarán pérdidas de ingresos inaceptable". Las acciones terminarán el 15 de enero y culminarán con una manifestación masiva en la capital.

Para el presidente de esa entidad: “Los agricultores somos agricultores del futuro, garantes de un suministro alimentario de alta calidad, ... El futuro de la agricultura es, en última instancia, también la base de la viabilidad futura de nuestra economía y sociedad”. “Después del médico y el enfermero, la profesión de agricultor será en el futuro la tercera profesión más importante para la sociedad”.

La diferencia con la situación de los agricultores andinos es abismal. Estos subsidian el consumo de los citadinos, a pesar de su extrema precariedad. El 99.4% de las UA, está conducida por personas muy pobres, que solo produce para sobrevivir. La cuarta parte de los productores agrarios tiene menos de media hectárea y el valor de la cosecha no alcanza para la alimentación familiar durante todo el año agrícola. Consecuentemente, no tiene dinero para sufragar gastos escolares, medicinas, tecnologías, vestimenta, etc.

El 97.6% de los productores agrarios recurren al sistema de agricultura familiar, porque no tienen otra opción. No obstante, 88% de las UA familiares, son de agricultura de subsistencia, en la que nadie tiene un salario, ni beneficios sociales. Pero, en esta precariedad productiva, descansa el sistema alimentario nacional y el PBI del agro peruano. La población peruana y de inmigrantes extranjeros sigue creciendo y no tenemos las garantías de un agro sostenible a largo plazo

Es un abuso de gobierno, que el sector de mayor valor estratégico para el desarrollo nacional, que cubre la tercera parte del territorio nacional, que representa un tercio de la población nacional, el de mayor cobertura laboral y, presente en el 95% de los distritos del país, no reciba un trato justo. El 80% de la oferta turística está en el área rural, pero el lucro no le pertenece.

En el año 2022, lo que los gobiernos regionales destinaron al agro fue:


¿No les parece que deberíamos solidarizarnos con el proletariado campesinos que nos subsidia los alimentos? ¿Por qué, no asumir su protesta como nuestra? ¿Por qué, no acompañarlos en sus marchas reivindicativas? ¿Por qué no acoger sus demandas en nuestras plataformas de lucha? Frente al abuso histórico, el que calla, está aprobándolo. O no. ¿Te animas a opinar?

Enero 8/2024

Mayor información en https://wordpress.com/view/republicaequitativa.wordpress.com

Milciades Ruiz.  Otra información en https://republicaequitativa.wordpress.com/

Agradecemos a Milciades Ruiz por permitirnos compartir su publicación con nuestras lectoras y lectores.

21 de septiembre de 2023

La próxima pandemia podría afectar los cultivos, no a las personas

Saima Sidik

La uniformidad genética es fundamental para la agricultura moderna, pero nos hace vulnerables a nuevas plagas vegetales de gran capacidad destructora. Incorporar la biodiversidad a la agricultura a gran escala podría servir para prevenir estas crisis.

A decir verdad, nadie sabe cómo llegó el hongo Bipolaris maydis a los maizales de Estados Unidos, pero en el verano de 1970 arrasó los cultivos, provocando una enfermedad conocida como tizón meridional de la hoja del maíz, que hace que los tallos se marchiten y mueran. Primero afectó al sur del país, y luego la enfermedad se extendió por Tennessee y Kentucky antes de llegar a Illinois, Misuri y Iowa, el corazón de la región agrícola conocida como «Cinturón del maíz».

Fue una devastación sin precedentes. La cosecha de maíz de 1970 se redujo en cerca de un 15% del total. En conjunto, los agricultores perdieron casi dieciocho millones de toneladas métricas de maíz que iban destinadas al ganado y al consumo humano, con un coste económico de mil millones de dólares. Se perdieron más calorías que durante la Gran Hambruna que asoló Irlanda en la década de 1840, cuando una plaga diezmó los patatales.

En realidad, el problema del tizón del maíz comenzó años antes del brote de 1970, durante la década de 1930, cuando los científicos desarrollaron una cepa de maíz con una peculiaridad genética que facilitaba la producción de semillas a gran escala. A los agricultores, por su parte, les gustaba su alto rendimiento. En la década de 1970, esa variedad constituía la base genética de hasta el 90% del maíz cultivado en todo el país, frente a las miles de variedades que se habían cultivado hasta entonces.  

Esa cepa de maíz, conocida como cms-T, resultó ser muy susceptible al tizón meridional de la hoja del maíz. Por eso, cuando una primavera inusualmente cálida y húmeda favoreció el desarrollo de este hongo, se encontró con una sobreabundancia de maizales a su merced.

Los científicos de entonces confiaban en que se hubiese aprendido la lección.

«Nunca más una de las principales especies cultivadas deberá ser manipulada para volverse tan uniforme como para resultar universalmente vulnerable al ataque de un patógeno», escribió el fitopatólogo Arnold John Ullstrup en un artículo sobre esta cuestión publicado en 1972.

No obstante, hoy en día la uniformidad genética es una de las principales características de la mayoría de los sistemas agrícolas a gran escala, lo que lleva a algunos científicos a advertir que se dan las condiciones necesarias para que se produzcan nuevas plagas de gran capacidad destructora.

«Creo que se dan todas las condiciones necesarias para que se produzca una pandemia en los sistemas agrícolas», afirma el agrónomo Miguel Altieri, profesor emérito de la Universidad de California, Berkeley. El hambre y las dificultades económicas serían la consecuencia más probable.

El cambio climático agrava el peligro

Las alteraciones en los patrones meteorológicos amenazan con desbarajustar la distribución de los patógenos y ponerlos en contacto con nuevas especies vegetales, lo que podría agravar las plagas que afectan a los cultivos, según Brajesh Singh, experto en edafología de la Universidad de Western Sydney, Australia.

Incorporar la biodiversidad a la agricultura a gran escala podría servir para prevenir estas crisis. Aquí y allá, hay agricultores que están dando pasos en esta dirección, pero ¿se harán esos esfuerzos extensibles a toda la agricultura? ¿Y qué pasará si no es así?

Según un informe de 2019 de la Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas, las explotaciones agrícolas cubren cerca del 40% de la superficie cultivable del planeta. Casi el 50% de esos sistemas se compone de tan solo cuatro cultivos —trigo, maíz, arroz y soja—, y las plagas son algo habitual. A nivel mundial, cada año se pierden alimentos por valor de 30.000 millones de dólares a causa de los fitopatógenos.

No siempre ha sido así. En los albores del siglo XX en Estados Unidos, por ejemplo, los alimentos no los producían máquinas, sino personas, y más del 40% de la mano de obra estadounidense trabajaba en multitud de pequeñas explotaciones agrícolas donde se cultivaba una amplia variedad de cultivos. Según la historiadora Lizzie Collingham, autora del libro Taste of War: World War II and the Battle for Food (El sabor de la guerra: la Segunda Guerra Mundial y la lucha por los alimentos), el Imperio Británico sentó las bases del cambio hacia el actual sistema alimentario industrializado.

A principios del siglo XX, el Imperio Británico había llegado a la conclusión de que podía «tratar todo el planeta como una fuente de recursos para su población», afirma Collingham. Se importaba cacao de África Occidental, carne de Argentina y azúcar del Caribe, por ejemplo. De repente, los alimentos no eran algo que se compraba a los agricultores locales, sino una mercancía global, sujeta a la economía de escala.

Según Collingham, Estados Unidos hizo suya esta idea y la desarrolló. Primero llegó el New Deal: el plan del Presidente Roosevelt para sacar al país de la Gran Depresión pasaba por elevar el nivel de vida de los agricultores, algo que, en parte, se conseguía llevando la electricidad a la vida rural. En 1933, las explotaciones agropecuarias estadounidenses se caracterizaban por los excusados exteriores, el hielo como forma de preservar los alimentos y la total ausencia de alumbrado público. En 1945 todo eso había cambiado.

Una vez conectados a la red eléctrica, los granjeros podían comprar equipos como neveras eléctricas para conservar la leche y trituradoras de pienso, lo que les permitía ampliar sus explotaciones, pero estos adelantos resultaban caros, por lo que sólo podían permitírselos si expandían el negocio. «Todo cobra sentido si lo racionalizas con vistas a la economía de escala y transformas tu granja en una fábrica», explica Collingham.

Entonces estalló la Segunda Guerra Mundial y gran parte de la mano de obra agrícola tuvo que partir hacia el frente. El gobierno tenía un ejército al que alimentar y una población general a la que contentar, por lo que no podía poner freno al suministro de alimentos. Las máquinas fueron la solución: la guerra consolidó el cambio de los humanos a los tractores, y las máquinas funcionan mejor cuando realizan una sola tarea, como cosechar un solo cultivo, hectárea tras hectárea.

Los monocultivos pueden ser muy eficientes mientras no se vean afectados por plagas, y fue en buena medida esa eficiencia la que sostuvo a Estados Unidos durante la guerra. De hecho, el sistema funcionó tan bien que «los soldados que hacían la instrucción militar en Estados Unidos engordaban —afirma Collingham—. Muchos de ellos nunca habían comido tan bien en su vida».

Las granjas a pequeña escala en las que se cultivaban distintos cereales no tardaron en pasar a la historia en el Medio Oeste estadounidense. No es que hubiese un plan premeditado para abolir esta práctica, sino sencillamente que «para muchas personas se había vuelto obsoleta», en palabras del agrónomo Matt Liebman, profesor recientemente jubilado de la Universidad Estatal de Iowa.

La biodiversidad protege la salud de las plantas

Podría pensarse que la idea de que la biodiversidad protege la salud de las plantas es nueva, puesto que no hace tanto que la agricultura biodiversa dejó de ser una práctica común. Pero, en realidad, científicos y agricultores conocen esa interconexión desde hace siglos o desde hace incluso más tiempo, según la bióloga evolutiva Amanda Gibson, de la Universidad de Virginia.

El concepto básico es muy sencillo: los patógenos más habituales sólo pueden infectar determinadas especies de plantas. Cuando uno de esos patógenos se topa con una especie resistente, ésta pone freno a su expansión. El patógeno no puede reproducirse, queda neutralizado y las plantas cercanas se salvan.

Además, las plantas resistentes a las plagas pueden alterar el flujo del aire, de tal manera que se mantienen secas y sanas, creando así barreras físicas que impiden la propagación de los patógenos. Sobre todo si son altas, las plantas resistentes pueden funcionar como vallas que los patógenos deben saltar para extenderse. «Alguien hizo un buen experimento tomando tallos de maíz muertos y dejándolos caer en un campo de judías», afirma el fitopatólogo Gregory Gilbert, de la Universidad de California, Santa Cruz. «Y eso también funciona, porque impide que las cosas se muevan de aquí para allá».

En la naturaleza, esta dinámica entre plantas y patógenos puede formar parte de ecosistemas sanos. Los patógenos se propagan con facilidad entre variedades de la misma especie, acabando con las plantas que están demasiado cerca de sus parientes y asegurando que los entornos tengan un grado saludable de biodiversidad. A medida que se restablece el «distanciamiento social» entre huéspedes susceptibles, la plaga desaparece.

En los monocultivos no hay frenos ni vallas naturales que detengan la propagación de los patógenos. Así, cuando una plaga se instala en un campo de cultivo, lo más probable es que lo arrase por completo. «Favorecemos su expansión en vez de su eliminación», afirma Altieri.

Las nuevas tecnologías han venido a ratificar estas viejas nociones: a lo largo de la última década, los científicos han podido aislar una amplia gama de microbios que se desarrollan en un nicho muy concreto —como una mazorca de maíz o un tallo de trigo— y usar la secuenciación genética para crear una especie de censo de todo lo que vive allí.

Los resultados han sido inquietantes, pero no siempre inesperados. Carolyn Malmstrom, ecóloga de plantas y microbios de la Universidad Estatal de Michigan, y sus colegas descubrieron en un estudio que las plantas de las tierras cultivadas son portadoras de una variedad de virus mucho mayor que las plantas de los denominados «puntos calientes de biodiversidad» adyacentes.

A la inversa, más tarde comprobaron que algunos campos de cebada y trigo estaban prácticamente desprovistos de virus, pero eso también podría ser una señal de problemas venideros. Los pesticidas mantienen a raya los virus, «por lo que podríamos pensar que nuestros cultivos están a salvo», explica Malmstrom. Pero no todos los microbios son nocivos.

«Al mantener nuestros sistemas de cultivos libres de virus, es posible que los estemos privando de microbios beneficiosos que conforman la riqueza de la biodiversidad», añade.

Cuanto mayor es la explotación agrícola, más graves son las plagas, por lo menos en el caso de un patógeno conocido como «mosaico severo de la patata», que provoca un bajo rendimiento de este tubérculo. Cuando los investigadores analizaron la cantidad de tierra dedicada al monocultivo que rodeaba una planta de patata, comprobaron que la prevalencia del patógeno aumentaba proporcionalmente al porcentaje de superficie circundante cubierta por esa tierra. En cambio, los campos y bosques no gestionados, que contienen mezclas de plantas silvestres, parecen tener un efecto protector frente a ese patógeno.

En los entornos naturales, el aumento de la biodiversidad reduce el número de especies virales presentes. Sin embargo, favorecer la biodiversidad en las lindes de los campos de cultivo no parece tener el mismo efecto, según la ecóloga vegetal Hanna Susi, de la Universidad de Helsinki.

Según un estudio del que es coautora, los fertilizantes y otras sustancias químicas que se filtran desde los cultivos podrían afectar la sensibilidad a las infecciones de las plantas cercanas. Los microbios beneficiosos que se encuentran en las plantas silvestres pueden impedir que muchos de estos virus causen enfermedades, pero si los mismos virus contaminan cultivos que carecen de esa protección, «no sabemos qué podría pasar», afirmó. Los agricultores podrían enfrentarse a nuevos tipos de plagas.

Los beneficios de diversificar los cultivos

En su finca en el estado colombiano de Antioquia, Altieri mezcla numerosos cultivos —maíz con calabaza, piña con legumbres— y sostiene: «No tenemos las plagas que afectan las explotaciones de nuestros vecinos, que practican el monocultivo».

Los resultados de los recientes experimentos de secuenciación genética le resultan familiares porque los agricultores tradicionales latinoamericanos llevan mucho tiempo valiéndose de la biodiversidad para proteger sus cultivos. «Esos estudios son una buena contribución a la investigación ecológica —afirma—. Pero, en el fondo, no han hecho sino reinventar la rueda.»

Sin embargo, esta vieja rueda tiene que superar una nueva cuesta. El cambio climático está redistribuyendo los patógenos, lo que hace que entren en contacto con nuevos cultivos, y cambiando los patrones climáticos de tal forma que favorece el desarrollo de plagas.

Liebman ya ha visto los efectos del cambio climático de primera mano en Iowa, donde se está registrando una mayor incidencia de la «mancha de alquitrán», una infección que marchita las hojas de las plantas de maíz. «Tenemos noches más cálidas y días más húmedos», explica. El patógeno de la mancha de alquitrán está encantado con este nuevo clima.

Según Singh, es difícil predecir con exactitud en qué medida aumentará el cambio climático las plagas de los cultivos, pero podemos extraer varias conclusiones generales.

Es probable que el aumento de las temperaturas favorezca a determinados patógenos que causan enfermedades en los principales cultivos. Por ejemplo, es probable que el hongo Fusarium culmorum, que afecta al trigo, se vea reemplazado por su pariente Fusarium graminearum, más agresivo y tolerante al calor. Esto puede suponer una mala noticia para los países nórdicos, cuyos cultivos de trigo podrían verse afectados.

Del mismo modo, es probable que el aumento de las temperaturas haga retroceder a otros patógenos. Un hongo que infecta la planta conocida como reina de los prados, por ejemplo, ha empezado a desaparecer en las islas frente a la costa sueca. En términos generales, sin embargo, Singh cree que las regiones actualmente frías o templadas notarán un aumento de las plagas de los cultivos a medida que la temperatura media vaya subiendo.

En el caso de las regiones que ya tienen un clima cálido, los problemas podrían venir de la mano de una mayor humedad ambiente. Así, algunas zonas de África y América del Sur se cuentan entre las que probablemente sufrirán una mayor incidencia de los patógenos pseudofúngicos del género Phytophthora. La inseguridad alimentaria ya es prevalente en algunas de estas zonas, y si no se hace nada por detener la propagación de estas plagas, es probable que vaya a más. «Necesitamos mucha más información —sostiene Singh—, pero coincido en que ése es uno de los escenarios posibles».

Jason Mauck cultiva «de todas las maneras posibles», en sus propias palabras. Al responsable de Constant Canopy Farm le gusta experimentar para comprobar qué funciona y qué no, y en cerca de cuarenta de las mil doscientas hectáreas de cultivos que gestiona en Gaston, Indiana, lleva a cabo un experimento con una estrategia denominada «cultivo intercalado».

El cultivo intercalado consiste en plantar dos o más cultivos en el mismo campo, alternando las hileras o mezclando los cultivos dentro de una misma hilera; se trata de una reinterpretación moderna de técnicas agrícolas ancestrales como las que utiliza Altieri, y una forma de introducir la biodiversidad en la agricultura a gran escala. En el caso de Mauck, mezcla trigo y soja. Las semillas de trigo se siembran en octubre y, allá por febrero, las plantas empiezan a germinar. En abril, se siembra la soja entre las hileras de trigo. Los dos cultivos crecen juntos hasta la cosecha, que tiene lugar a principios de julio.

A diferencia del trigo que planta en monocultivo, Mauck no rocía el trigo intercalado con fungicidas, ya que no necesita ayuda para mantenerse sano. Probablemente la combinación de cultivos favorece la circulación del aire, que mantiene la humedad a raya e impide la proliferación de hongos, explica Mauck. Ahora que el cambio climático favorece la formación de más tormentas extremas en la región, toda ayuda es poca.

La experiencia de Mauck no es única, ni mucho menos. Cuando el biólogo Mark Boudreau, del campus universitario Penn State Brandywine, revisó 206 estudios sobre cultivos intercalados de una amplia variedad de plantas y patógenos, descubrió que las plagas se reducían en el 73% de los casos.

En China, los agricultores llevan décadas experimentando con los cultivos intercalados, que según Boudreau son cada vez más habituales en Europa y Oriente Medio. Sin embargo, Mauck refiere que el hecho de practicar los cultivos intercalados en el Medio Oeste estadounidense lo convierte en «una especie de bicho raro», pese a participar anualmente en cerca de veinte congresos para dar a conocer ésta y otras prácticas de agricultura sostenible y a tener numerosos seguidores en las redes sociales. Ha logrado convencer a varios de sus colegas agricultores para que prueben el cultivo intercalado, pero los avances en este sentido son lentos.

La falta de maquinaria es uno de los grandes problemas, según Clair Keene, agrónoma extensiva de la Universidad Estatal de Dakota del Norte. Las empresas de maquinaria agrícola no han inventado una máquina que permita a los agricultores cosechar cultivos mixtos por separado, y éstos no suelen tener tiempo para llevar a cabo varias cosechas. En opinión de Boudreau, las empresas de maquinaria agrícola podrían resolver fácilmente este problema si los agricultores las presionaran un poco.

En Dakota del Norte, el humilde garbanzo podría ser la motivación que necesitan los agricultores y las empresas de maquinaria agrícola. En los últimos años, el margen de beneficio de este cultivo ha sido entre dos y tres veces superior al del trigo común, un cultivo habitual en la región. Pero hay un problema: los garbanzos son muy sensibles a una plaga llamada rabia o ascoquitosis, «capaz de arrasar todo el cultivo y que no quede un solo garbanzo para cosechar», explica Keene. Para evitar semejante fatalidad, los agricultores rocían los garbanzos entre dos y cinco veces al año con fungicidas cuyo coste merma considerablemente su margen de beneficios.

Los cultivos intercalados podrían suponer una alternativa asequible a esta práctica. Keene y otros han descubierto que la ascoquitosis disminuye al menos en un 50% cuando los garbanzos se cultivan junto con la linaza. Al igual que en los campos de Mauck, Keene cree que la linaza favorece la circulación de aire alrededor de los garbanzos, reduciendo la humedad e impidiendo la proliferación del hongo causante de la plaga.

Cuando Keene contempla los extensos campos de cultivo que caracterizan su estado natal de Dakota del Norte, ve las dos caras de la agricultura moderna. Por un lado, los monocultivos han proporcionado a muchas personas una fuente vital de calorías. «Como estadounidenses, utilizamos el entorno para proporcionar una calidad de vida con la que, en términos generales, ni siquiera podían soñar las generaciones anteriores» afirma. «¿Y quién lo hace posible? Los agricultores. Tenemos una gran deuda con ellos.»

Sin embargo, el mismo sistema agrícola ha afectado drásticamente al entorno natural, desde las plantas autóctonas que solían prosperar en las praderas del Medio Oeste hasta los microbios que pueblan el suelo. Se están gestando cambios en el clima terrestre, y un sistema en el que hemos llegado a confiar puede empezar a tambalearse. La agricultura moderna ha llenado el estómago de los humanos, «pero —se pregunta Keene— ¿a qué coste ecológico?».

Este artículo de Saima Sidik, publicado originalmente en ‘Grist’,

Traducción. Rita da Costa para ‘Climática’.

Fuente: https://www.climatica.lamarea.com/proxima-pandemia-cultivos-grist/