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14 de noviembre de 2025

Perú: Libros y condena

César Hildebrandt

"Lo demás es lo que solemos creer que es vida: los días clonados, la tetudez que recae, la mala hora"

No salía de mi cuarto. Repantigado, sintiendo la levedad como un goce y el estilo de manganzón como una norma, devoraba los libros que me caían, que me prestaban, que me regalaban, que a veces compraba. Los libros me malhicieron, se robaron mi adolescencia, me impidieron calles y tumultos que tanto bien me habrían hecho. Pero también me salvaron.

Viajé con ellos, conocí otras maneras de amar y recordar, contraje palabras de cuya existencia no tenía idea, robé músicas, me encendí y apagué al mismo tiempo. Y cuando salía a la calle, la vida no se parecía mucho a los libros y ahí me di cuenta de que el problema no eran los libros sino la vida misma. Porque la vida, pensaba, era un libro sin editar, una prueba de galera tirada en el piso, un borrador sin terminar, un texto que no había pasado por ninguna corrección.

Cuando tuve que trabajar, sin embargo, tuve que aceptar las reglas del malvivir y tolerar ruidos y mugres. Raskolnikov no existía: el que salía en los vespertinos era un choro que había matado a una vieja en la puerta del mercado central porque necesitaba comprar pasta básica. Leopoldo Bloom no se acostaba al lado de la réproba Molly: el que hacía los panetones se apellidaba Winter y terminaría vendiéndole el canal a Montesinos. Roquentin era ñanga: el verdadero absurdo, el letal, estaba en las gavetas de los escritorios ministeriales, donde se hongueaban los expedientes que no debían seguir su curso porque no había habido pago en negro. Zavalita éramos todos, con la diferencia de que no nos preguntábamos cuándo se había jodido todo porque estábamos tan jodidos que ya ni siquiera nos hacíamos ese tipo de preguntas.

Los libros –los verdaderos, no los que dan consejos– se hicieron, en efecto, para crear un mundo paralelo donde todo parece tener sentido. El novelista edita el caos, omite los largos tiempos muertos de la cotidianidad, corrige las sombras excesivas y nos entrega una historia redonda: una vida como debió ser. Lo demás es lo que solemos creer que es vida: los días clonados, la tetudez que recae, la mala hora.

El castigo perfecto para un lector de libros es condenarlo, por ejemplo, a ser comentarista de la política peruana e internacional.

Ese es el castigo que un tribunal invisible y todopoderoso me infligió hace mucho tiempo.

-¿Te crees especial? –me preguntó el tribunal con voz de comandancia en jefe.

No dije nada de puro miedo.

-Pues entonces escribirás cada semana una columna que trate de política –anunció el tribunal.

Y así ha sido. Todas las semanas, los nombres de lo peor, los egos de los monos más alzados, las voces de las moralmente difuntas. Todas las semanas las marquesinas del teatro guiñan los mismos nombres en esta parodia grosera de humanidad. Aquí son los Fujimori, los Toledo, los Castillo, los García o los PPK. Allá, en la OCDE y el G-7, están Trump, Macron, Netanyahu, Úrsula von der Leyen. Aquí y allá: gentuza para un mundo que ni siquiera sabe que agoniza, maniacos que nos han hecho creer que este circo plagado de payasos asesinos se llama Orden Mundial.

Cada semana, entonces, la tortura de decir cosas distintas sobre gente que hace lo mismo en un mundo que sólo sabe reincidir. Me vengaré leyendo. Quiero retomar los diarios de Adolfo Bioy Casares en torno a su amistad con Jorge Luis Borges. Tienen más de 1,600 páginas. Pastaré en ellas cuanto pueda. Me echaré luego a rumiar.

13-11-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 758 año 16, del 14/11/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

11 de octubre de 2025

Perú: Analfabetos funcionales

Mónica Muñoz-Nájar

El Banco Mundial afirma que un niño peruano nacido hoy será, en promedio, solo un 61% tan productivo como podría serlo si tuviera acceso a educación y salud de calidad.

La gran victoria educativa del Perú esconde una peligrosa paradoja: hemos llenado las aulas, pero no hemos asegurado el aprendizaje. Aunque la matrícula en primaria y secundaria se ha vuelto casi universal en las últimas tres décadas, las evaluaciones revelan una crisis persistente. El problema no es el analfabetismo clásico. La Encuesta de Habilidades de Adultos (PIAAC) de la OECD de 2018 demostró que la mayoría de peruanos puede decodificar palabras y entender oraciones simples. El mal es más sutil y dañino: el analfabetismo funcional.

Según este estudio, más del 60% de los adultos en el país se encuentra en el nivel más bajo de lectura, lo que les impide comprender textos complejos o ejecutar tareas que requieran varios pasos. Esta brecha entre la escolaridad y la competencia real impone un lastre a la productividad económica y una fragilidad a nuestro ejercicio ciudadano, comprometiendo el futuro del país.

En el campo económico, esta crisis de aprendizaje funciona como un freno de mano que impide el desarrollo. El dato del Banco Mundial es contundente: un niño peruano nacido hoy será, en promedio, solo un 61% tan productivo como podría serlo si tuviera acceso a educación y salud de calidad. Esta cifra se materializa en el concepto de “años de escolaridad efectivos”. De los casi trece años que un joven pasa en el sistema educativo, la calidad real del aprendizaje equivale a solo 8,6 años.

Esta brecha de más de cuatro años de aprendizaje perdido tiene consecuencias directas. Explica en gran medida por qué la productividad total de los factores en el Perú se mantiene baja y por qué nuestra economía no logra dar el salto cualitativo. La falta de habilidades consolida un mercado laboral precario y mayoritariamente informal, pues una gran parte de la fuerza laboral no está preparada para los empleos más complejos y mejor remunerados del sector formal, que exigen aprendizaje continuo y adaptabilidad. Asimismo, una economía basada en la innovación es inviable sin un capital humano capaz de investigar, procesar información y generar nuevo conocimiento. La deficiencia en la competencia más básica nos condena a depender de sectores primarios.

Las consecuencias de esta crisis trascienden lo económico y erosionan nuestra vida cívica. El debate público en una democracia moderna se nutre de textos, datos y argumentos. Cuando el sistema educativo falla en proveer herramientas universales de lectura y razonamiento matemático, no limita quién es ciudadano, pero sí crea una profunda desigualdad en la capacidad de ejercer esa ciudadanía.

Se deja a una gran parte de la población en desventaja para analizar un plan de gobierno más allá del eslogan, para evaluar la viabilidad de una promesa económica o para cuestionar un presupuesto público. Las competencias lectoras y matemáticas no son un requisito para tener derechos; son las herramientas que el Estado tiene la obligación de entregar para que todos puedan defenderlos en igualdad de condiciones. Al no hacerlo, la escuela no solo limita el futuro individual, sino que debilita la calidad de nuestra democracia en su conjunto.

Nuestra fragilidad no es una discusión abstracta; es una realidad que se está forjando hoy en nuestras aulas. Los resultados de la Evaluación Nacional de Logros de Aprendizaje (ENLA) 2023 son, en la práctica, un censo de las capacidades de nuestra futura fuerza laboral y de nuestro futuro electorado. Que apenas un 14,4% de los estudiantes de segundo de secundaria de colegios públicos alcance un nivel satisfactorio en Lectura significa que estamos graduando ciudadanos con una capacidad limitada para analizar propuestas, fiscalizar al poder o resistir la manipulación.

Si a esto le sumamos el desolador 8,8% de logro satisfactorio en Matemáticas, tenemos un indicador directo de nuestra futura productividad. Representa una generación que ingresará al mercado laboral sin las habilidades de razonamiento lógico y resolución de problemas que exige la economía moderna. No son dos crisis separadas; son la misma. El joven que no puede interpretar un texto complejo es el mismo trabajador que no podrá capacitarse para una nueva tecnología. El ciudadano que no entiende un argumento basado en cifras es el mismo profesional que no podrá innovar. Estas cifras no son solo estadísticas escolares; son el plano de una economía menos productiva y una democracia más precaria.

Frente a este panorama, es fácil caer en el pesimismo. Sin embargo, existen rutas para empezar a cambiar esta realidad. Desde la Red de Estudios para el Desarrollo (REDES), en colaboración con el Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP), hemos desarrollado un Indicador de Posibilidad. Este indicador muestra cómo le podría ir a cada región si todos sus colegios públicos alcanzaran los resultados del 10% de los mejores colegios públicos de esa misma región.

A nivel nacional, si se lograra esta meta, el porcentaje de estudiantes con rendimiento satisfactorio en Lectura podría más que duplicarse, pasando de 14,4% a 30,8%. En Matemáticas, el salto sería aún mayor: de 8,8% a 21,2%. El indicador también revela enormes diferencias regionales: en Lectura, Madre de Dios podría crecer 37,2 puntos porcentuales, mientras que, en el otro extremo, Tumbes solo crecería 8,8. Esto demuestra que el potencial de mejora no es uniforme y requiere estrategias diferenciadas. Este enfoque plantea un escenario más realista que aspirar de inmediato al 100%, y constituye un llamado a la acción directo a los gobernadores regionales y al Ministerio de Educación para fijar metas ambiciosas, pero logrables, basadas en la evidencia de que la mejora es posible dentro de sus propias jurisdicciones.

El analfabetismo funcional no es una estadística más; es una emergencia nacional y silenciosa que define nuestra viabilidad como república. Para afrontarla, necesitamos un cambio de paradigma. Debemos transitar a una obsesión nacional por la calidad del aprendizaje real y medible. Herramientas como el Indicador de Posibilidad nos demuestran que no es necesario esperar soluciones mágicas; la excelencia ya existe en pequeños bolsones dentro de nuestro sistema.

El reto es identificar qué están haciendo bien esos colegios y convertir sus éxitos en política pública escalable. La prosperidad y la fortaleza democrática del Perú no se medirán por la cantidad de certificados de estudios que entreguemos, sino por cuántos de nuestros ciudadanos pueden, efectivamente, comprender el complejo mundo en el que deben actuar.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/08/24/analfabetos-funcionales-por-monica-munoznajar-hnews-2015232

22 de noviembre de 2024

Perú: Arequipa y comer tierra

Natalia Sobrevilla

¿Por qué gobiernos “liberales” quieren prohibir el derecho de nuestros adolescentes a leer con criterio propio?

La semana pasada estuve en el Hay Festival de Arequipa, el evento que junta a lectores, escritores, pensadores y buenos curiosos durante cuatro días, y en el que las conversaciones bien planteadas toman completo protagonismo. Los temas cubren la literatura, por supuesto, pero también la economía, la actualidad, el arte, el cine, la historia, la gastronomía. La lista es tan larga como los participantes.

En esta ciudad colonial peruana —de donde proviene la familia de mi madre— , varios de los autores llevan también su palabra a​ colegios y cárceles, y se desarrolla también una edición joven y otra para niños: la ciudad vibra con los encuentros entre quienes escribimos y quienes leemos, llenándonos de energía, ideas y voluntad de seguir haciendo lo que nos gusta, reconfortados al saber que las conversaciones se expanden.

Nada más necesario en estos tiempos oscuros, donde las prohibiciones y censuras de libros se hacen una vez más patentes. No se trata únicamente de fatwas, como la que provocó el ataque que ha sufrido Salman Rushdie, quien estuvo en el Hay de Arequipa de 2018 junto a Mario Vargas Llosa. Penosamente, las prohibiciones de libros se siguen expandiendo. En los Estados Unidos, tristemente, ya no es novedad que los libros dejen de circular en las escuelas debido a prohibiciones en estados como Texas o la Florida. En total, solo en 2024 se han prohibido unos 10.000 títulos en escuelas de ese país.

Pero la tendencia no se queda allí, y esta semana el gobierno de Javier Milei en la Argentina ha buscado prohibir en las escuelas la lectura del libro de Dolores Reyes, Cometierra, aduciendo que su contenido sexual es inaceptable. Esto, a pesar de que el libro solo es leído por alumnos mayores de 16 años y de que su tema central es el feminicidio y el abuso a las mujeres. Esta semana, además, la vicepresidenta Victoria Villarruel encabezó un acto en el Senado de ese país en contra de la llamada Educación Sexual Integral (ESI). Ella considera que estos programas sexualizan a los menores, cuando más bien los estudios muestran que el 80 % de las denuncias de abuso se hacen precisamente después de haber tenido acceso a esos programas de ESI.

La paradoja está en que los gobiernos de Trump y Milei se autoproclaman liberales, pero abogan por la restricción del acceso a la lectura. Algunos piensan que no es tan grave, ya que no se trata de prohibiciones absolutas o censuras, ya que simplemente se está sacando libros del currículo escolar. No obstante, los riesgos son altos, ya que es desde ese espacio que se va viendo la idea de sociedad que proyectan. Se alejan estos libros de los niños y de los jóvenes porque se perciben como peligrosos. Y fue​ justamente basada en este ángulo que Irene Vallejo nos recordó la semana pasada —también en Arequipa— que los libros se han censurado históricamente porque son poderosos, ya que pueden llevar a un cambio en la manera de pensar.

En la conversación que Magally Alegre y yo compartimos con ella sobre la importancia de los archivos nacionales y la necesidad de mantener acceso a ellos, Irene nos recordó la gran novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en la que los bomberos encargados de quemar los libros son vistos como el gran enemigo y los miembros de la resistencia se aprenden los volúmenes de memoria para mantenerlos vivos. Mi madre estaba entre el público y ambas sonreímos, pues esta fue la primera novela adulta que leí cuando tenía unos doce años, una vez que tuve que faltar a la escuela por una fiebre: ella me la alcanzó al notar que me había quedado sin​ nada que leer.

Los libros nos salvan, y la lectura nos permite conocer mundos que de otra forma no podríamos imaginar. Nos acercan a realidades que a primera vista pueden parecer muy lejanas, pero que quizás no lo son tanto. Por ejemplo, en este Hay Festival también tuve la oportunidad de compartir escenario con Abdulrazak Gurnah, el nobel de Literatura de 2021, con quien tuve la suerte de trabajar en la Universidad de Kent. Fue una excusa para leer algunas de sus novelas, algo que tenía pendiente y que recomiendo mucho: su escritura es luminosa, y nos lleva a situaciones que de otra forma quizás nos serían difíciles de interiorizar, pero que aun así reconocemos.

Paraíso, quizás la más conocida de sus novelas, nos narra la vida de Yussuf, un niño de diez años que se ve empeñado como empleado de un supuesto tío para pagar la deuda de su padre. En ese libro vamos descubriendo junto al niño la injusticia del mundo en que se mueve y, a pesar de ello, también las posibilidades de encontrar la belleza y la solidaridad en una situación tan abyecta. Y ya que las lecturas siempre se encadenan con otras, es necesario nombrar ahora un libro recién publicado que el peruano Marcel Velázquez presentó en el mismo festival.

En Cuerpos Vulnerados, el crítico y autor sanmarquino nos recuerda la práctica en el Perú de traer “cholitos” para trabajar con familias en las ciudades. El pretexto era que de esta manera se les podía “civilizar” o “educar”, debido a que la situación de las​ familias de esos niños era muy precaria. El hecho de que menores de edad tuvieran que ser sirvientes nos recuerda de manera directa la experiencia de Yussuf en Paraíso. Ambos libros, desde otras orillas del mundo y desde perspectivas muy diversas —una desde el ensayo, la otra desde la ficción—, nos recuerdan la vulnerabilidad de la infancia y cómo la única manera de defender a muchos ante el abuso es a través de la denuncia. Algo que los buenos libros saben hacer muy bien.

Que los gobiernos quieran decidir qué es lo que pueden o no deben leer los niños y adolescentes preocupa porque, justamente, los libros que se están eligiendo prohibir pueden darles acceso a entender situaciones de peligro en las que pueden encontrarse.

No nos queda más que seguir luchando por el derecho a la lectura desde todos los foros posibles. Este rincón es uno de ellos, y si usted también está de acuerdo, no dude en compartirlo..

https://jugo.pe/arequipa-y-comer-tierra/

26 de octubre de 2024

Perú: Estamos bien jodidos

Pedro Francke

Crecientemente las grandes decisiones, en el Perú y el mundo, se sustentan en egos enloquecidos enfrascados en riñas irreflexivas. Es como si lo único relevante fuera aplastar a un enemigo, muchas veces imaginario, y si eso requiere estafar o matar pues que así sea. Mientras tanto, hay cada vez menos pensamientos razonados.

La lista de mensajes absurdos de estos años es inacabable. En el Perú, ni qué hablar: los cincuenta muertos con los que Dina se inauguró fueron justificados por ella con unos inventados “ponchos rojos”, mientras el dirigente empresarial y presidente del Partido Popular Cristiano (PPC) Carlos Neuhaus decía que en las protestas se usaron lanzallamas. Ambos mensajes están totalmente fuera de la realidad: ni una foto o evidencia que los respalde. ¿Cómo dialogar con quien tiene una idea totalmente distorsionada de la realidad? ¿Cómo hablar con quien tiene una posición de poder, pero tiene pajaritos en la cabeza?

El mundo está tan fuera de razón como el Perú. Solo hace pocas semanas, Donald Trump, en medio del debate principal de la campaña, muy suelto de huesos, dijo que había inmigrantes caribeños comiendo gatos y perros. Tremendo engaño y no pierde un seguidor: puede ser elegido nuevamente presidente de Estados Unidos luego de que promoviera un golpe de Estado con turbas asaltando al Capitolio. Vladimir Putin busca reinstaurar el imperio ruso de hace dos siglos, siguiendo a los zares del siglo XIX con campañas hiperconservadoras basadas en una supuesta superioridad de sus tradiciones mientras el retraso económico y tecnológico es notorio. Israel mata decenas de miles de niños y niñas en Gaza de manera salvaje y totalmente contraria al derecho internacional y las Naciones Unidas.

Los demagogos y las mentiras campean en todos lados. Hemos llegado a extremos bárbaros: las campañas antivacunas, sin ningún basamento científico, han logrado horadar la protección frente a epidemias con consecuencias tremendas: en el primer semestre de este año se han registrado doce brotes de sarampión en Estados Unidos, mientras en Europa el año pasado hubo treinta mil casos y veintiuna mil hospitalizaciones en cuarenta países, algo que se había evitado por cuatro décadas.

DEL LIBRO AL MICROVIDEO

Postulo que la causa profunda de este deterioro tiene que ver con el gran cambio en cómo nos comunicamos los humanos, al pasar de los libros a los microvideos. En el desarrollo de las civilizaciones un rol fundamental lo tuvo la comunicación escrita (en el caso de los incas, mediante los quipus). La escritura permitió registrar la realidad y trasladar esa información a través del espacio y del tiempo, lo que los homo sapiens no podían hacer bien antes. Hace cinco mil años se empezó a marcar cuántas cabras, vasijas de vino, personas o espadas había en un pueblo, y a trasmitir esa información a otros lugares. Se avanzó luego a lenguajes más y más complejos. Por muchos siglos la habilidad de leer y escribir fue algo de pequeñas élites. Felizmente, entre los siglos XIX y XX, el alfabetismo se amplió enormemente y lo que era de élites se trasladó a las masas. Mediante libros, artículos y ensayos puestos al alcance de millones de personas, hemos ido avanzando en nuestra comprensión de la sociedad.

Hoy la comunicación está dominada por videos, que han evolucionado a segmentos cada vez más cortos. Es difícil evitar la adicción a estos, ya sean tiktoks, reels de Instagram, X, YouTube o cualquier otro, me consta. El video, al tener imágenes en movimiento y lenguaje oral, apela a un lado de nuestras mentes más profundo, desarrollado durante los cientos de miles de años en que los homo sapiens vivían como nómades. Durante ese tiempo, mil veces mayor o más que el lapso en el cual la mayoría de la humanidad escribe y lee, la comunicación era oral y visual. Por eso los humanos privilegiamos, en nuestras familias y en muchas de nuestras actividades, la comunicación oral directa, que contiene además la enorme fuerza de la comunicación gestual, esa que a veces es difícil de describir con exactitud y que también sirve para engañar, pero que tiene una fuerza particular: ver llorar a alguien querido nos llega con mucha más fuerza que miles de palabras.

La comunicación oral, sin embargo, tiene un problema: en la distancia y en el tiempo se va deformando, como en ese antiguo juego infantil del “teléfono malogrado”. Es difícil recordar con exactitud muchas cifras, lugares y acciones, o una narrativa en toda su complejidad. Por eso, cuando queremos indicar con precisión cómo armar una mesa que viene por partes o explicar cómo queremos una pieza que se necesita para una máquina, el texto escrito es mejor. Para que pudiera funcionar una organización humana de amplio alcance y con poder, el escrito era indispensable. No habría habido imperio incaico sin quipus que le permitieran al inca saber lo que sucedía en pueblos distantes. De ahí la importancia de la escritura durante muchos siglos.

Ahora todo cambió. Hay una nueva tecnología que se ha masificado. Mediante el video podemos transmitir con exactitud a través del espacio y el tiempo, y los videos se aproximan a esa comunicación directa oral y visual de manera sorprendente. No es igual que el cara a cara, pero se parece. Debido a su conexión con esos cientos de miles de años de homo sapiens sin civilización que están en lo más profundo de nuestros cerebros, el video tiene dos grandes diferencias sobre el texto escrito. La primera es que nos resulta más fácil de asimilar. Sólo hace unos días tuve que eliminar un recibo electrónico que emití con un error. Leyendo las instrucciones escritas de la Sunat no lo pude hacer (no explicaban bien). En pocos segundos, encontré un video explicativo en internet y lo hice facilito. Para entender videos no hace falta el esfuerzo de aprender a leer y escribir, la comunicación oral la aprendemos en casa antes de los dos años. Temo por eso que a futuro aumente el analfabetismo, en especial lo que se llama analfabetismo funcional. Temo que para la mayoría de personas leer y escribir se limite a unas pocas líneas. ¿Por qué me parece preocupante? Porque el texto escrito nos acerca al rigor del pensamiento.

Hay una segunda característica del video que es peligrosa: nos convence con gran facilidad. Como seres humanos le creemos mucho más a alguien que nos presenta una idea mostrando la cara y con tono de voz firme, movimientos adecuados, “bien vestido y de buena apariencia”. Un texto escrito, en cambio, es impersonal. Además, los artículos científicos son muy difíciles de leer y suelen ser hiperespecializados. Un gran logro, extraordinario, del premio Nobel de economía dado a Acemoglu, Johnson y Robinson es que su artículo sobre el gran peso del colonialismo en nuestro subdesarrollo ha sido citado por otros 20,000 interesados a lo largo de dos décadas. Esa cifra, empero, no es ni la milésima parte de lo que un “influencer” potente puede alcanzar con un video en una semana.  

En resumen: los humanos preferimos los microvideos a los libros y con aquellos cualquier opinión loca o cualquier fraude puede parecernos más creíble que las ideas bien sustentadas, organizadas en forma lógica y con respaldo científico. Lograr que las ideas sensatas y razonadas prevalezcan sobre las tonterías absolutas se ha vuelto muy difícil. Estamos bien jodidos y no sólo en el Perú.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 706 año 14, del 25/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

9 de agosto de 2024

Perú: Días de feria

Alberto Vergara

Quedan tres días de la vigésima octava Feria Internacional del Libro de Lima. En este artículo Vergara la celebra, al tiempo que comenta algunas novedades librescas que vale la pena tener en el radar.

Desde hace un tiempo me dicen que no soy el optimista de antes, que mis artículos se han teñido de un ánimo sombrío. Puede ser. Como dijo una vez Lula, O Brasil mudou, eu mudei. Las cosas en el Perú también cambiaron. O volvieron a la normalidad. En todo caso, acepto la deriva; no sé si haya quien que no la sufra en estos lares.

Sin embargo, esto es distinto de una postura fatalista. Si el Perú de hoy no da para ser optimista, siempre hay margen para la esperanza. A diferencia del optimismo y del pesimismo – heterónimos de la flojera intelectual—la esperanza no es una convicción, es una posibilidad. Para la esperanza hace falta algo que abunda en el Perú: incertidumbre. Alguien dijo que aquí todo es difícil, pero nada es imposible.

La Feria Internacional del Libro en Lima me lo recuerda siempre: una vez al año le aplica una transfusión de sangre a mi anémico ánimo. Cuando uno ve las decenas de miles de personas que se agolpan al recinto cada día, cuando se observa la cantidad de editoriales pequeñas y grandes publicando absolutamente de todo, cuando se constata que las conferencias y presentaciones están siempre llenas, cuando uno ve todo eso y más, a uno le vienen ganas de cantar aquello de ¿quién dijo que todo está perdido? Una fiesta de lectores, editores, escritores. Una fiesta ciudadana.

Porque hay que repetirlo: el Perú es mucho mejor que el Perú político. No creo que Julio Villanueva Chang (capricornio) se propusiera demostrarlo con su nuevo libro, pero es una de las conclusiones que deja su lectura. No se nace en vano al pie de un volcán (Universidad Continental, 2024) es una colección estupenda de perfiles de cinco arequipeños notables. Notables no en un sentido marmóreo, sino por sus trayectorias, contribuciones y pasiones: un niño amante de las hormigas y defensor de los árboles; una musicóloga entrañable que, además de haber dirigido la sinfónica de Arequipa, ha escrito trece libros; un botánico de reputación mundial que ha descubierto 30 plantas y fundó tres bandas de rock; una vulcanóloga que confiesa que, sobre el Misti, hay más canciones que investigaciones; y un doctor que asegura andar en búsqueda de una medicina que no escinda cuerpo y alma. Los perfilados condensan una ciudadanía vital, abierta al mundo, comprometida con sus oficios, compatriotas y con la naturaleza; una donde ciencia, artes y humanidades se refuerzan mutuamente. Lo leo y me repito que el Perú no es un atado de waykis angurrientos de Rólex.

El alcalde de Jesús María –de Renovación Popular, desde luego—no quería prestar el parque de los Próceres para la feria. Es más, lo había anunciado con cara de gol. Más o menos como cuando cerró INPPARES, ese lugar abocado a la subversiva labor de brindar servicios de salud baratos sobre todo para mujeres. Pero fracasó. El gremio de libreros —y a través de ellos la ciudadanía— defendió su feria y consiguió que se realizara por vigesimoctava vez de manera ininterrumpida. (Por cierto, comentan que Boluarte se puso del lado de la feria, lo cual prueba que hasta un reloj malogrado está en lo correcto dos veces al día). No hay muchas cosas que duren 28 años en el Perú. Ni siquiera la democracia. Y, como me recuerda un amigo librero, es una feria que no solamente carece de auspicio estatal, sino que para realizarse ¡debe pagar —en miles de libros— a la Municipalidad de Jesús María! La feria es, en fin, otro pequeño triunfo de lo que alguien podría llamar los ciudadanos sin república.

Pero hubo un tiempo en que la ciudadanía contó con la preocupación estatal. Es lo que de alguna manera nos transmite Sharif Kahatt en su nuevo libro Atlas de la vivienda colectiva en Lima: arquitectura y proyecto urbano (Fondo editorial PUCP, 2024). El libro es una joya y puede leerse de muchas maneras. De un lado, es una recopilación prolija y fina de casi todos los proyectos arquitectónicos colectivos realizados en Lima desde la Quinta La Riva construida en 1911 hasta Alto Benavides del 2021. Pero el libro es más que eso.

Es también una historia de la expansión de Lima, una en la que el Estado con grandes dificultades a lo largo del siglo XX procuró planear y brindar vivienda a la ciudadanía. A partir de los noventa, en cambio, subraya el autor, la preocupación por la urbanidad fue reemplazada por la urgencia de la vivienda individual. El modelo urbano pasa a ser uno obsesionado con enrejarse y desertar de la ciudad y sus semejantes. Como en una profecía autocumplida, la ciudad aterrorizada se amuralla y profundiza así las condiciones para la inseguridad. La preocupación última de Kahatt es cómo convivir entre conciudadanos y no solo apiñados unos junto a los otros.

La FIL es un lugar de los que no hay. Por eso en un par de semanas cientos de miles de personas llegan a disfrutar de esta rara experiencia. Sin temernos ni despreciarnos, vagabundeamos en busca de lecturas o picarones, de una amiga, una conferencia o por el puro hueveo (there’s a lot to learn/from waisting time, Neil Young). Ahí nadie va a bajar de una moto y encañonarnos por el celular: la insólita experiencia de descuidarnos. Por un ratito, los próceres alojados en lo alto del parque le ceden su sitio a una ciudadanía que experimenta una vida en común parecida a lo que alguna vez prometieron: constituir una comunidad de semejantes y no un agregado de enemigos.

Hace mucho esperaba una novela que capture los rasgos principales del Perú de los años 2000, este país donde han convivido el enriquecimiento económico con la bancarrota moral. Omar Aliaga, periodista trujillano, la ha escrito. Los hombres que mataron a la primavera (Fondo de Cultura Económica, 2024) es una excelente primera novela. La historia está libremente inspirada en el escuadrón de la muerte que campeó en Trujillo durante el segundo gobierno de Alan García. La novela funciona tanto como una caracterización de la región La Libertad de aquellos días, como anticipo de lo que vivimos hoy a nivel nacional. Con gran ritmo, entrelaza las historias de políticos apristas en tiempos de Odebrecht mientras asciende César Acuña; policías asociados con delincuentes se dedican a aterrorizar pitucos siempre generosos con quien los asusta; mineros ilegales van haciéndose más presentes en la ciudad; jueces que suelen tener cash bajo el colchón, policías con Rólex (literal)… pero también están los periodistas obstinados y nobles (también los vendidos), además de una juventud global y culta, debidamente alcoholizada en el Chaska. Una muy buena novela que trasciende a la ciudad de la eterna balacera.

El año 2019 fue el mejor de la feria: casi 600.000 visitantes y 20 millones de soles en ventas. Según me dicen, este año viene muy bien y podría superar esas cifras. Ojalá. Lo lindo también está en lo que estos números albergan: una feria con pluralismos de todo tipo. De edades, por ejemplo. En muchos de los auditorios veo gente mayor, pero, de tanto en tanto, se escuchan alaridos adolescentes que responden a la presencia de algún autor o autora popular, mientras los niños abarrotan las áreas con juegos de mesa. Socialmente, se trata de una feria de las diversas clases medias que, por la razón que sea, no salieron de viaje por fiestas patrias. La oferta de libros, a su vez, tiene casi todo. Y, sobre todo, hay mucho más que libros. Porque la feria es eso, una feria popular. No es un evento solemne (aunque su inauguración lo pretenda: como siempre, lo institucional disociado de la gente): la feria es la posibilidad del relajo familiar. Y en las noches, ¡música! De los Doltons al folklore, de la cumbia a la clásica. Todo por ocho soles. Obviamente, por muchas razones, no es la feria de Guadalajara ni la de Buenos Aires, pero está bien recordar que Santiago no tiene una y la de Quito es muy pequeña en comparación a la nuestra. Queda mucho por mejorar, por cierto. Sin señalización, uno da vueltas como vaca sin cencerro buscando auditorios o stands, los baños son precarios, en algunos auditorios se filtra una diversidad de ruidos, etc…

Como sea, la feria siempre viene a recordarnos que hay con qué. Si es cierto que las adversidades se alzan unas tras otras en el país, también lo es que resiste una cierta sociabilidad ciudadana a la búsqueda de espacios que la permitan florecer. La democracia no es solo un asunto de reglas escritas, es también una forma de convivencia. Cuando los griegos inventaron la democracia sabían bien que esta se sostenía en que la ciudadanía se encontrase en los banquetes de la ciudad o en las puestas en escena de las tragedias; la institucionalización de los derechos individuales en el siglo XVIII y XIX solo se produce luego de que una nueva socialización urbana y pública introdujo los hábitos de la igualdad; y la historiadora Lynn Hunt ha mostrado que la literatura del siglo XVIII permitió el ascenso de la era de los derechos humanos. La feria del libro y sus visitantes son parte fundamental de nuestra eventual regeneración.

https://larepublica.pe/opinion/2024/08/04/dias-de-feria-por-alberto-vergara-feria-del-libro-2024-columna-a-mi-no-me-cumben-188316

5 de agosto de 2024

Tres libros para pensar el Perú

Natalia Sobrevilla

Del pragmatismo económico de Leguía a la biografía más reveladora de Haya de la Torre, nuestro país se desnuda en la FIL

Este año, durante el que se conmemora el Bicentenario de las Batallas de Junín y Ayacucho, he participado en la Feria Internacional del Libro de Lima con aún más dedicación que en ediciones previas. Han sido publicados dos libros míos, uno con diez ensayos para pensar en la independencia peruana y, el otro, una compilación que dirigí y que incluye diez ensayos adicionales para pensar en el fin del ciclo revolucionario desde dentro y fuera del Perú. Además, he comentado varios libros en otros eventos de la FIL y asistido a muchas presentaciones.

La intensidad de mis actividades en el campo ferial ameritaba que estos días me facilitaran una credencial y, casi casi, establecer un campamento en el recinto. Pero debo confesar que pocas cosas me ponen tan contenta como ver a tanta gente de toda edad mirar libros, hablar de libros, pensar en libros. La FIL colma de ilusión: caminar por sus pasillos rebosantes y encontrarme con los lectores y lectoras me proporciona una increíble inyección de alegría. Me recuerda que no todo está perdido si, entre tantas calamidades, todavía podemos gozar de este espacio para pensar y conversar.

Este 2024 la feria se prolonga hasta el martes 6 de agosto, día en que se celebran precisamente los doscientos años de la Batalla de Junín. Así que, si ustedes aún no han podido asistir a la FIL, los invito a que aprovechen para hacerlo en estas fechas restantes, porque las ofertas y descuentos serán aún mayores y los libros que han sido lanzados este año realmente prometen. Entre ellos, quiero recomendar tres que, me parece, ayudan a reflexionar sobre el Perú y cómo nos hemos convertido en el país que somos.

Los años de Leguía (1919-1930) de Paulo Drinot (Colección Historias Mínimas del Instituto de Estudios Peruanos) es realmente lectura obligada, ya que nos describe un periodo que fue largo y formativo y lo hace de una manera clara y didáctica. Nos ayuda a entender además cómo Augusto B. Leguía logró hacerse con el poder en 1919 y conservarlo hasta 1929. Nos recuerda que él ya había sido presidente en 1908 y que, si bien comenzó actuando en representación de los civilistas, fue el propio Leguía quien terminaría con ellos al establecer la que llamó la “Patria Nueva”.

Drinot nos muestra las luces y sombras de ese tiempo en el que el Perú transitó del siglo XIX al XX, y también cómo Leguía se presentó como el presidente-mánager que se centraría en la economía. Fueron años de crecimiento y expansión, principalmente debido a la diversificación de las exportaciones, que continuaron en ascenso tras el repunte de la I Guerra Mundial. Los Estados Unidos se convirtieron en el socio principal de su régimen y por unos buenos años este panorama permitió un tremendo auge económico. Su final, sin embargo, resultó estrepitoso, justamente porque una vez que la economía estadounidense colapsó, el Perú se quedó sin muchas opciones: la caída del régimen coincidió con el de la bolsa de valores y la Crisis de 1929.

Pero las innovaciones que trajo consigo Leguía no fueron pocas, como una nueva Constitución, la de 1920, que remató el legado del siglo XIX. Mientras, los intentos por resolver las cuestiones fronterizas y de afianzar la peruanidad con las celebraciones del Centenario en 1921 y 1924 fueron acompañados de un indigenismo vertical practicado desde el Estado. Durante su Oncenio se intentó además llevar a cabo un proceso de regionalización mediante la realización de congresos varios en el norte, el centro y el sur que, si bien no lograron gran cosa y quizá tampoco pretendieron en el fondo alcanzar una regionalización real, supusieron un experimento novedoso para pensar el país fuera de Lima.

Los años 20 del siglo XX se caracterizaron por ser un tiempo de cambio durante el que surgirían nuevos movimientos sociales. Uno de ellos, quizás el que más repercusión cosechó, fue el Partido Aprista Peruano, fundado (supuestamente) en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre. En la FIL pueden encontrar una atractiva biografía del líder aprista con título de película de Indiana Jones (Haya de la Torre y la búsqueda del poder), escrita muy rigurosamente por Iñigo García Bryce y publicada por Penguin, y que abre una perspectiva genuinamente nueva sobre este personaje tan influyente en la historia peruana.

García Bryce nos revela muchos detalles de los que no se suele hablar cuando se escribe sobre Haya de la Torre, incluyendo su muy silenciada homosexualidad. Basado en un minucioso trabajo de archivo y de historia oral, este documentado libro nos revela cómo el carismático dirigente fundó el APRA, así como también “bailó marinera” con los Estados Unidos, acercándose y alejándose en alternancia del abrazo gringo al definirse al mismo tiempo como anticomunista y antiimperialista.

Sin duda uno de los aportes más interesantes de esta candente biografía es el del conflicto que Haya de la Torre sostuvo con Magda Portal al negarles el voto a las mujeres. No se trata solo de que el APRA no luchara por el sufragio femenino a nivel nacional, sino que tampoco permitió la implementación de dicho sistema dentro del propio partido. El argumento esgrimido fue que, si solo votaban las mujeres que sabían leer y escribir (por tanto, principalmente, las pertenecientes a la elite social), sus votos no serían para el APRA. Pero, en el fondo del asunto, subyacía el temor del caudillo aprista a la popularidad de Portal, la cual en ese tiempo era quizás la única persona que podía haber competido con él. Y fue por eso que Haya no permitió siquiera que las mujeres fueran miembros del partido.

El tercer libro que les recomiendo encarecidamente es “Nosotros también somos peruanos” – La marginación en el Perú. Siglos XVI a XXI, con edición de Claudia Rosas Lauro y publicado por el Jurado Nacional de Elecciones y la PUCP. Se trata de una reedición de dieciséis ensayos que nos ayudan a meditar sobre cómo la discriminación ha sido una constante en la historia del Perú, desde la llegada de los españoles hasta ahora.

Los ensayos, que combinan detalladas visiones sobre la colonia, la república y la actualidad, nos recuerdan cuánto nos falta todavía para que nuestro país sea realmente inclusivo. Esta mirada en el tiempo y en el espacio nos interpela, pues nos hace pensar en cómo hemos logrado llegar hasta aquí, lamentablemente a remolque de una muy larga trayectoria de exclusión debido al origen étnico, social, de género y de identidad sexual, así como en todas las maneras que hemos encontrado para que estas diferencias impliquen que unos ciudadanos cuenten con menos derechos que otros. Solo al entender cómo se ha dado esta exclusión, podremos combatirla con eficiencia.

Hay muchas más novedades librescas en la Feria, así que aprovechen estos últimos días ¡y por favor no dejen de leer!

https://jugo.pe/tres-libros-para-pensar-el-peru/

5 de febrero de 2022

Leer por placer

Carlos Aldana

Las personas leemos por cuatro razones principales: para informarnos, para comunicarnos, para trabajar (ya sea laboral o escolarmente). La cuarta es la más importante es la que menos presencia tiene en la vida de millones de niños, niñas y adolescentes en el mundo actual: leer por el placer de leer.

En una realidad educativa, ya afectada por una pandemia que quisiéramos que acabara de una vez -pero sigue con olas y variantes nuevas-, el placer de leer está en la base y el punto de partida para que los procesos escolares no solo sean exitosos, sino también correspondan con una visión de lo educativo dirigida al cambio individual y colectivo.

Las distintas estrategias que se realizan en sistemas educativos para propiciar o estimular la lectura pasan por esas primeras tres razones que mencionamos. Por eso, precisamente, fracasan. Se basan en la obligación, en la necesidad, en lo imperativo de leer. Enfatizan la obligatoriedad de temas, de tiempos, de formas o maneras. Obligan a leer a quienes apenas empiezan el recorrido de las escuelas. De entrada, crean un rechazo a leer que luego se espera revertir con más obligaciones de lectura.

Leer por placer debiera ser la punta de lanza de toda perspectiva que pretenda el desarrollo de capacidades intelectuales, sociales, emocionales y espirituales en las nuevas generaciones. Que leer no empiece por ser el requisito para obtener información, para comunicarnos, para cumplir con obligaciones escolares (que en la edad adulta se representa como obligaciones de trabajo). Que leer empiece por ser una ventana a mundos desconocidos, a viajar con la imaginación, a sentir que estamos en otras realidades, a sentir la fiesta de cosas novedosas. De hecho, el placer es la base y la posibilidad para leer de mejor manera en las otras tres necesidades lectoras que hemos mencionado.

Para que la lectura sea una fiesta, no debe empezar por sentirse como una obligación o como algo que hay que hacer porque nos ordenan, o porque lo necesitamos para realizar otras acciones.

Un niño o una niña que empieza su andadura escolar necesita sentir que los libros son amigos maravillosos, que no lo asustan, que no los desprecia por la dificultad para comprenderlos. Por eso, tienen que estar muy a tono con la edad, con los intereses, con el nivel comprensivo. Pero, sobre todo, debieran ser escogidos por los mismos niños. No hay cosa peor para que la lectura sea un placer que obligar a un lector inicial a leer determinados libros. He presenciado la triste escena de padres que van a las librerías y en lugar de aceptar la solicitud libre y espontánea de sus hijos, les niegan esa decisión y les compran el libro que “les va a servir”.

No debiéramos empezar por hacer pensar a las nuevas generaciones que la lectura es útil. El primer sentimiento por aprender debería ser el de descubrir que la lectura es bella, placentera, gozosa. Que no es una prisión a la que nos meten, sino una ventana de libertad a mundos nuevos.

Todo esto requiere de nosotros los adultos como ejemplos vivos del amor por la lectura. Si nunca nos ven con un libro, si nunca nos ven reír o llorar con una lectura, si nunca nos ven emocionados devorándonos páginas y páginas, si nunca nos oyen comentar algo interesante que leímos, la distancia las jóvenes generaciones y los libros empezará grande y con el paso de la vida se irá agrandando aún más.

No importa si es en formato electrónico o libro físico. Tampoco importa la manera, el tiempo, las condiciones o el lugar. Lo que importa es que poco a poco se vaya convirtiendo en una costumbre libre y espontánea. Que lean lo que deseen y de las formas que deseen. Esto puede ser motivo de susto por aquello del acceso a materiales riesgosos. Riesgos existen en todas las actividades humanas, y es de cuidar o poner atención a esto; pero no nos detengamos por esta razón.

Planteémonos el compromiso porque nuestras jóvenes generaciones lean por el placer de leer, en las maneras que crean y deseen. Y así, cada vez que veamos a un joven lector emocionadamente leyendo, sentiremos que hay esperanza en el mundo.