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28 de marzo de 2025

Perú: Cantautor perseguido

Ronald Gam​arra

"La acusación se sustenta en un suelto aparecido en un periódico, que no es respaldado por ninguna indagación que lo corrobore"

Walter Humala es un músico peruano de trayectoria reconocida y apreciada. Guitarrea, interpreta y compone canciones que enriquecen el repertorio de la música tradicional peruana y latinoamericana y ha contribuido a la exploración de nuevos rumbos compositivos y temáticos a lo largo de 50 años de trayectoria profesional continua en escenarios de todo el país y del extranjero. Precisamente, en mayo del año pasado, estaba por ofrecer un importante recital en el Gran Teatro Nacional, junto con su hermano Julio, con quien forman el célebre dúo José María Arguedas, pero de pronto se les impidió el ingreso sin mediar explicación alguna, en un acto de inaceptable censura en el campo de la cultura, que por definición debe ser libre en una democracia.

Poco después, fue sentenciado a 15 años de cárcel como supuesto terrorista de Sendero Luminoso. ¿Ha matado o herido a alguien? No. ¿Ha acopiado armas o preparado explosivos? No. ¿Ha conspirado para preparar algún atentado? No. ¿Ha hecho algún llamamiento a la lucha armada? No. ¿Ha participado, siquiera como colaborador, en alguna acción armada? No. ¿Ha producido o difundido propaganda terrorista? No. ¿Ha hecho la apología de alguna acción terrorista o de algún asesinato? No y mil veces no. ¿Alguna investigación policial lo identifica como partícipe de alguna acción terrorista? Ninguna, en absoluto. ¿Ha roto siquiera un vidrio de una pedrada? Tampoco.

Entonces, ¿cómo así es posible que alguien que no le ha hecho daño a nadie, ni amenaza con hacerlo, sea condenado a 15 años como terrorista convicto? Pues, porque en el año 2014 se desarrolló un operativo de seguridad, improvisado y facha, en el cual se detuvo a decenas de personas, bajo la acusación genérica de estar vinculados al Movadef. La investigación policial es tan precaria que no reúne pruebas mínimamente suficientes sobre las acciones concretas de terrorismo que formula contra cada quien. Y en el caso de Walter Humala literalmente no hay más que palabras, pero ninguna evidencia, por endeble que sea. Peor aún, la acusación se sustenta en un suelto aparecido en un periódico, que no es respaldado por ninguna indagación que lo corrobore.

Hoy, ya pasado el mediodía de su vida, Walter Humala carga con una sentencia emitida después de 10 años de investigaciones y juicio, tiempo sobrado para que la Fiscalía produjese una sólida acusación en su contra. Pero no hay nada de eso. Todo lo contrario. El expediente favorece ampliamente al artista. No obstante ello, el Tribunal emitió una condena tremenda, de 15 años de cárcel por terrorismo para alguien que nunca le ha dado miedo a nadie. No es broma. El fallo significa, en la práctica, castigarlo a pasar en la celda número 5 los años que le quedan y morir en la prisión sin haber cometido jamás ninguna violencia contra nadie, ni haber participado en acto de agresión alguno.

La sentencia, por cierto, no fue aprobada por unanimidad. Hubo un voto disidente que se pronunció, como debía ser en justicia, por la absolución, al constatar que “el Tribunal no encontró una vinculación inicial del acusado con Movadef, pues no halló participación en su fundación, y en las actas de registros personal y vehicular se consignó negativo para propaganda subversiva”; y que, “más allá de la sindicación” hecha por la Fiscalía, “no se ha probado que el acusado se encontró vinculado a una organización terrorista”, pues la incriminación se basa en datos de una página web y de unos sueltos aparecidos en periódicos. Una acusación basada en fuentes tan deleznables carece de la menor seriedad y no puede dar lugar a una sentencia condenatoria. En corto, el voto disidente de la sentencia concluye objetivamente que “el razonamiento” que conduce a declarar una supuesta responsabilidad penal por terrorismo “resulta sumamente débil”.

A Walter Humala cabe juzgarlo por lo que ha hecho en su vida. Por haber formado el dúo José María Arguedas junto con su hermano. Por los numerosos discos que ha grabado desde los años 80. Por su carrera en México, cantando y componiendo en los años 90. Por su exploración e incursión en la trova andina, género del cual es pionero. Por su trabajo de investigación y recreación de las canciones que gustaban al taita Arguedas. Por su labor de recopilación y arreglo de temas tradicionales de la música andina. Por su performance como cantante, como intérprete de la canción tradicional peruana y sus esfuerzos por innovarla y desarrollarla, expandiendo sin temor su horizonte estilístico. Porque le duele el país y no se calla. Porque propone cambiar de dioses. Por todo ello, Walter Humala sí es absolutamente culpable, convicto y confeso. Por esa, su vida, mucha gente de toda procedencia social lo reconoce y admira.

En el caso de Walter Humala están en juego los principios democráticos, las libertades de expresión, pensamiento y conciencia. No se puede aplicar la ley penal sino por hechos típicos, antijurídicos y culpables. No cabe mal utilizarla por simple sindicación sin sustento de pruebas. No es civilizado perseguir y penalizar a alguien por sus supuestas ideas. El coracoreño, nacido circunstancialmente en Lima, nunca ha ocultado su sensibilidad por los problemas sociales. Al contrario, los expresa claramente en sus versos. Pero no cabe confundir la creación musical y literaria de una canción con una acción de terrorismo simplemente porque no nos gusta la letra o el aire, o no estamos de acuerdo con su autor. Por eso, el estudio Arbizu y Gamarra lo patrocina legalmente.

Se requiere que la Corte Suprema revise esta sentencia injusta y carente de fundamentos, actuando en función del derecho, no bajo la presión de sectores intolerantes que quieren ver en todo la “presencia” del terrorismo porque les conviene utilizar ese espantajo para recortar las libertades democráticas.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 726 año 15, del 28/03/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

https://www.leerydifundir.com/2025/03/peru-cantautor-perseguido/

6 de noviembre de 2024

Perú: Perseo y el doble estándar

Juan Manuel Robles

El señor Walter Humala, cantor e intérprete, ha sido condenado a quince años de prisión por su cercanía a Movadef, un movimiento político que no ha cometido actos terroristas —ni los ha planeado— y cuyos integrantes no han perpetrado delitos contra el orden. Como el operativo que dio origen a todo esto ocurrió en el 2014, el señor Humala ha pasado diez años sin poder vivir tranquilo. Él, que es uno de los artistas folclóricos más importantes del Perú, no ha podido salir de gira en todo este tiempo, porque para la justicia se trata de un peligro público. Por esa razón también le han cancelado conciertos confirmados y hace poco efectivos de seguridad le bloquearon la entrada al Gran Teatro Nacional. Es, pues, un perseguido político que ahora, a sus 73 años, se convertirá en preso político. Los progresistas no deberían tener tanto miedo de usar las denominaciones que sí usan cuando hablan de Venezuela. Y no hay necesidad de anteponer un “ojo, repudiamos a Sendero” para expresarse. Cuando se comete una injusticia, uno debe hablar como le nace del forro, no como dictan los censores.

Humala es uno de los varios condenados de un caso en el que la fiscalía no logró mostrar evidencias de actividad delictiva alguna. Todo se basa en un vínculo de conciencia y comunicación indirecta con la cúpula encarcelada de lo que fue Sendero Luminoso: ningún atentado o boceto de ataque, ningún explosivo. La condena es tan abusiva que hasta César Nakazaki —quien fue abogado de Fujimori— la ha criticado en fondo y forma, diciendo algo que es un poco obvio: que los acusados no han cometido terrorismo.

Aparte de todos estos horrores, a mí me da miedo algo más. El doble estándar. Sus consecuencias.

Porque esta es una condena que empodera al fujimorismo. Es, por contraste, una constatación más de su impunidad absoluta, de su blindaje labrado con cocteles dudosos, por años. Es la prueba de que en el Perú los extremismos no se miden con la misma vara y que el fujimorismo puede reírse con la lengua afuera, mientras que, a otros, similares arrebatos ideológicos los conducen a la cárcel.

Recordemos que el fujimorismo pasó veinte años buscando hacer algo semejante a lo que pretendía Movadef: sacar de la cárcel a su criminal líder. Ambos grupos enarbolaban una idea moralmente inaceptable, un disparate, una ofensa contra las víctimas, una afrenta contra los procuradores y jueces que, llenos de valentía, condenaron a esos señores para que pagaran por lo hecho. Pero allí estaban los activistas, reuniendo firmas, negando cosas, llamándonos a voltear la página.

Sin embargo, donde por un lado hubo rechazo ciudadano, el repudio de la prensa y la firme oposición de los políticos más importantes, por el otro hubo el apoyo de políticos tibios y de la prensa lumpen (la heredera de Montesinos). Donde por un lado hubo no solo cautela sino que se llegó a la aberración de encausar por terrorismo a personas sin armas, por el otro hubo contemplación y pasividad. Operativo armado contra señores de la tercera edad en un caso. Cero carpetas abiertas en el otro.

Algunos dirán que entre Sendero Luminoso y el fujimorismo había una gran diferencia. Y es cierto.

La diferencia era que Sendero Luminoso ya no existía y los celebradores de Movadef solo querían tener voz política partidaria (lo que de por sí es una cosa bien antisenderista, dicho sea de paso) para liberar a sus líderes o darles mejoras carcelarias. En cambio, el fujimorismo sí existía. Sus remanentes estaban organizándose de nuevo; y a diferencia de los otros, ellos sí tenían la intención manifiesta de volver a instaurar lo que hizo Fujimori. Es más, se mostraban desafiantes a la autoridad, dispuestos a desestabilizar al país entero con tal de prevalecer.

En poco tiempo lograron lo que Movadef solo soñó; condiciones carcelarias de privilegio para el criminal preso. Departamento privado con aire fresco e ingreso de enfermeras. La policía siguió sin abrir carpetas, a pesar de los antecedentes y los visitantes del ingeniero y del hecho evidente de que decisiones de la cúpula se tomaban allí.

La sentencia de Perseo, que se dio esta semana, les dice a los fujimoristas que la censura de ideas está para usarse contra sus enemigos —los de ahora y los que vengan— y jamás contra ellos. Ellos que, hoy por hoy, son el extremismo más dañino de la política peruana.

Así estamos. El Perú es un país en que se mete preso a un tipo por ponerle himnos senderistas a sus hijos en casa. Pero la policía nunca se ha dado una vuelta por la Escuela Naranja en la que, a plena luz del día, se imparte a adolescentes algo que los propios promotores —con perturbadora inspiración— han dado en llamar Pensamiento Fujimori.

¿Apología del delito, del terrorismo de Estado? No. Aquí no pasa nada. Los fujimoristas se han puesto más descarados cada año y al final hasta colocaron sus pancartas con el criminal preso en Twitter. Con su retorno al poder (sin ganar elecciones), han tomado acciones para reescribir la historia, borrando aquí y allá, sin que ninguna autoridad nos defienda.

El fallo del caso Perseo no solo es injusto e indignante. Constituye un mensaje. Nos dice que en el Perú no es que te metan preso por ideas extremas de sangre y muerte, en un esfuerzo institucional por hacer que el pasado no se repita. No es que estemos en un país muy severo con la exaltación de la violencia, dada nuestra historia. Vas preso si esas ideas son de un color, de una tendencia. Y no se confundan: es Movadef, mañana serán otros. Y si el nexo “terrorista” no es tan claro, para eso estará el inteligentísimo Arriola de turno, que ya tiene diseñado el mecanismo.

Mientras tanto, los reivindicadores del terrorismo de Estado amenazan con repetir sus métodos tal como lo hicieron en el funeral con honores de Alberto Fujimori.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 707 año 14, del 01/11/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

16 de octubre de 2024

Perú: Contra el terruqueo y la censura

Juan Manuel Robles

Qué bueno que por todas partes se alce la voz en apoyo a Walter y Julio Humala, del Dúo Arguedas, quienes fueron impedidos de ingresar al Gran Teatro Nacional para un concierto en el que iban a participar y en el que eran —según varios de los asistentes— la atracción estelar. Simplemente, les negaron la entrada en la puerta cuando llegaron con sus instrumentos, a pesar de tratarse de un show en regla, anunciado con meses de anticipación y autorizado por las entidades competentes. Al momento de escribir estas líneas, el gobierno no se ha pronunciado sobre el hecho, pero la única explicación posible es la censura: Walter Humala no oculta su rechazo a Dina Boluarte; de hecho, fue partícipe de las manifestaciones contra ella luego de la caída de Castillo, y su canción “Me duele mi país” acompañó las marchas. Es fácil suponer que la mandataria no quiso exponerse a un nuevo bochorno en el Gran Teatro Nacional, como ya ocurrió en el Festival de Cine.

A mí me parece terrible todo acto de censura, pero creo que este es especialmente deplorable y significativo. Porque en un país que se nos llena de pesadillas cotidianas cada noche, donde las extorsiones acaban en asesinatos todos los días, donde la zozobra impone su dominio, todavía queda la humanidad de personas que se congregan con el propósito de ver a un gran músico exponiendo su arte. Y de pronto esas personas tienen que perderse el espectáculo debido a una mandataria asustada por el “terrorismo de imagen”.

En esas cosas anda concentrado el gobierno de Dina. Esos operativos —un agente de seguridad en la entrada haciendo uso de la fuerza— sí funcionan con precisión de reloj.

Walter Humala es uno de los cantautores ayacuchanos más importantes de los últimos tiempos, un referente fundamental del folclor andino, con una trayectoria que traspasa fronteras. Es también un hombre con un pasado contestatario y un compromiso político que lo ha metido en los problemas en que se mete cualquier persona con consciencia social en el Perú: ser terruqueado. Pero lo suyo fue serio. Nadie como este artista para dar cuenta de la triste realidad de la persecución por ideas. Si tuviéramos un Estado civilizado, la televisión pública le haría una entrevista a Walter Humala para que explique a los jóvenes qué quiere decir terruqueo y por qué no es un chiste. Al contrario, es algo que arruina tu existencia, o parte de ella.

Humala fue detenido dos veces, en 1983 y 1991, y en ambos casos los cargos se desestimaron. Tuvo que salir al exilio entre 1993 y 1994. En 1996, de vuelta en el Perú, fue injustamente encarcelado y se las arregló para enviar las letras de las canciones escritas en su celda y lanzar un disco (Walter Humala en voces de Wayra). El conflicto armado terminó, pero no el acoso hacia él. En 2014 fue detenido como parte del operativo Perseo. Para quienes no lo saben, Perseo fue una incursión armada de agentes policiales para detener a gente por pertenecer o simpatizar con Movadef, el movimiento que pedía una amnistía para Abimael Guzmán (de modo similar al fujimorismo que, en esa misma época, buscaba liberar vía indulto a su cabecilla preso). Ni entonces ni antes a Walter Humala se le encontró nada. Salió en libertad al poco tiempo.

Por supuesto que ser simpatizante del Movadef es controversial y criticable. Pero serlo no implica ser terrorista (de hecho, Movadef no está implicada en ningún atentado o ejecución). En todo caso, esa filiación no puede ser excusa para censurar a un músico a minutos de su presentación confirmada, vejándolo a él y a sus seguidores. El Perú es un país donde mucha gente buena está dispuesta a callar frente al hecho de que se dé muerte civil a un encausado por terrorismo, donde nadie critica que se despida a alguien solo por haber firmado el planillón de Movadef quince años atrás. Pero creo que este hecho, ocurrido en una de esas noches en que Lima se llena de disparos, muestra lo burda que es esta práctica y lo inútil que resulta para la lucha contra la inseguridad.

Hay algo llamativo en todo esto. El Jefe del Estado Mayor de la Policía, en esta ciudad que se desangra, es Óscar Arriola. Se trata de uno de los policías que dirigió Perseo, la operación que detuvo injustamente a personas como Walter Humala. Arriola, que por años ha sido un terruquero empedernido (estuvo detrás de la investigación a la obra teatral La Cautiva), tiene hoy a su cargo la seguridad de la ciudad. ¿Cómo le va? ¿Qué hace este efectivo valiente, este corajudo defensor de la ley, este hombre que en pleno 2022 nos decía “o estás con nosotros o estás con ellos” (por los terroristas)? Pues la respuesta la vemos en los noticieros, en los diarios llenos de sangre, en las declaraciones estúpidas del propio Arriola, que culpa a los choferes por no denunciar las extorsiones (con lo confiable que es la PNP) o sale a decir que solo somos más inseguros que El Salvador. ¿Qué fue del terruquero gallito? La respuesta también está en las fotos de Arriola con Chibolín, de cuya red parece haberse beneficiado. Me resulta fascinante pensar a este hombre, que metió presa a gente usando diagramas con redes intrincadísimas, tratando de zafarse de una foto tan directa y contundente.

Los disparos dentro de las combis, debido a la incompetencia del poder, y la censura de un artista, debido al abuso del poder, deberían ser un mensaje: alguien no está haciendo bien su trabajo. Alguien quiere seguir tomándonos de idiotas.

El crimen florece en medio del desgobierno. Los delincuentes huelen el vacío de autoridad moral, se fortalecen cuando no hay referentes éticos para la ciudadanía, cuando los cupos no solo los ponen ellos sino también los tombos. En todo el Perú crecen las voces que entienden que luchar contra el crimen en la calle requiere luchar contra el crimen en las altas instancias. Tal vez sea una buena ocasión de abrir los ojos, replantear prioridades y rechazar al unísono la persecución terruquera, para denunciarla por inmoral y obsoleta.

Está visto que los policías que obligaron a echarse de bruces a campesinos —que solo buscaban manifestarse—, acusándolos de senderistas y sembrándoles armas, no tienen nada que aportar a nuestra seguridad. Intervienen obras de teatro, talleres universitarios de Marx y a artistas con guitarra, pero frente a las bandas el aplomo se les va. Es tiempo de dejar atrás ciertos estigmas paranoicos. Que no usen ese miedo viejo para tapar su inacción, su incompetencia y su dudosa moral.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 704 año 14, del 11/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/