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5 de septiembre de 2025

Recordando a Gary Webb

César Hildebrandt

"El prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido"

Cuando Nicaragua era “un peligro” y había que negociar con Irán a ver si así Hezbolá liberaba a algunos rehenes en el Líbano, Ronald Reagan autorizó dos operativos de lo más importantes: que Estados Unidos le vendiera clandestinamente armas a los iraníes –que estaban oficialmente impedidos de recibir armamento después del derrocamiento del Sha– y que la CIA se metiera en una masiva venta de drogas dentro de los Estados Unidos. Con ambos fondos, el surgido de las armas y la cocaína, la contra nicaragüense sería financiada y tendría en jaque al gobierno entonces izquierdista del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Irán liberó, en efecto, algunos rehenes. Y la contra obtuvo hasta decenas de millones de dólares en fondos para compra de armamento, instrucción de su guerrilla, operaciones de sabotaje y golpes contra la infraestructura eléctrica y agrícola de Nicaragua.

Todo un negocio redondo. Toda una exitosa podredumbre. Todo yanqui hasta la médula. Todo imperialismo sin escrúpulos.

Como ustedes recordarán, aquello se llamó el escándalo Irán-Contras. Y como muchos de ustedes habrán de saber, hubo una comisión del Congreso estadounidense por la que desfilaron un par de consejeros de seguridad del presidente (John Poindexter y Robert McFarlane), el malamente célebre teniente coronel Oliver North, director del Consejo Nacional de Seguridad, y hasta el mismísimo presidente de los libres mercados y los ningunos sindicatos: Ronald Reagan. El jefe de la CIA, William Casey, se salvó de los interrogatorios porque murió antes de que las sesiones empezaran (1987). Las conclusiones de aquella investigación oficial fueron duras: el trasiego de armas a Irán y el espantoso asunto de las drogas no se habrían dado si Reagan hubiese vigilado más de cerca a sus subordinados. Salvaron a Reagan, como era de esperar, pero no pudieron evitar salpicarlo.

La sanción, en todo caso, no duró mucho. En 1992 George H. W. Bush indultó a quienes habían sido condenados: Elliott Abrams, Duane R. Clarridge, Alan Fiers, Clair George, Robert McFarlane y Caspar Weinberger. La operación lavado de reputaciones se había completado otra vez.

Cuatro años después, en 1996, el reconocido periodista Gary Webb publicó, con la colaboración de sus colegas Georg Hodel y Leonore Delgado, una serie de artículos en el diario “San Jose Mercury News”. En ellos, tras un año de investigación, se demostraba que la participación de la CIA en el tráfico de drogas dentro de los Estados Unidos había sido mucho más grave de lo que se había supuesto originalmente.

Hubo una gran presión sobre el periódico que publicó esos artículos, que fueron la materia prima del libro “Dark Alliance”. Fue de tal magnitud ese chantaje desatado desde “las más altas esferas”, que el editor del diario, Jerome Ceppos, llegó a admitir que lo escrito por Webb “tenía deficiencias de redacción, edición y producción”, aunque “la historia tenía razón en muchos puntos importantes”.

Webb fue una víctima más de una campaña de descrédito, pero jamás se retractó de lo que había escrito. En el año 2004, su cuerpo fue hallado en casa con dos balas en la cabeza. La policía, sí señor, declaró que se trataba de un suicidio.

Con el tiempo, Webb ha sido reivindicado. En medios como “The Washington Post” y “Esquire” se han escrito notas valorando su trabajo y su coraje.

Y ahora, además, se sabe, por documentos que fueron revelándose a lo largo de estos últimos años, que el prontuario de la CIA en materia de tráfico de drogas es largo y nutrido.

La CIA recompensó a Hedayat Eslaminia, uno de sus agentes en el Irán del Sha, permitiéndole que traficara heroína en San Francisco. Un señor de las drogas hondureño –Juan Matta Ballesteros– fue simultáneamente agente de la CIA y patrón de la compañía aérea “Setco”, activa en la entrega de suministros a la contra que se entrenaba en Honduras. ¿Y no se hizo acaso una película biográfica sobre Adler Berriman Seal, alias Barry Seal, agente de la CIA e introductor en los Estados Unidos de cocaína procedente del cartel de Medellín? ¿Y podemos ignorar que Gulbudin Hekmatiar, uno de los muhaidines que luchaban contra la invasión soviética de Afganistán, tuvo el pleno apoyo de la CIA a pesar de ser uno de los jefes del tráfico internacional de heroína?

¿Y no fue Manuel Antonio Noriega, narco público y notorio, aliado de los Estados Unidos y dador de ayuda militar a la contra nicaragüense? Su carácter de socio de la Casa Blanca se terminó cuando un avión cargado de coca fue derribado por el sandinismo gobernante y en la nave, tripulada por Eugene Hasenfus, se halló documentación que probaba la sucia conexión de Noriega con la CIA y el tamaño de algunas de las operaciones encubiertas que la agencia realizaba en la región. Por eso cayó “cara de piña”, después de una invasión brutal que se presentó como una “guerra contra las drogas”.

Ahora, cuando Trump ha convertido a los Estados Unidos en una tragicomedia peligrosa –la Ópera de dos centavos sobre un barril de pólvora–, llegan los navíos de la redención a amenazar a Maduro, que es, en todo caso, el Noriega del 2025. Llegan los navíos del imperio liderado por un patán y se hunde una supuesta narcolancha con once tripulantes y sale Trump a jactarse de la épica jornada y a decir que el tráfico de drogas caribeño tiene las horas contadas. Y yo me caigo de la risa.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 748 año 16, del 05/09/2025

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3 de marzo de 2023

A un año de la invasión rusa

Daniel Espinosa

A la élite occidental representada por la revista británica “The Economist” le preocupa mucho que, de no poder “socorrer” a Ucrania exitosamente: “…incluso los países que consideran censurable la invasión del Sr. Putin podrían concluir que el poder de Occidente está declinando…” (14/2/23). La revista reconoce que solo un tercio de la población mundial vive en países que han condenado la invasión rusa e impuesto las sanciones que la Casa Blanca exige a sus subordinados, que cada vez son menos.

Por su parte, el tradicional vocero no oficial de la CIA en el periodismo mainstream, el “Washington Post”, insiste en un editorial (18/2/23) que cualquier resultado que “premie al Kremlin” significaría un “golpe mortal al principio sobre el cual descansan la estabilidad occidental y la conducta internacional civilizada: que las naciones soberanas no pueden ser invadidas, subyugadas y sometidas a asesinatos en masa con impunidad”.

El poder de Occidente declina, como sugiere “The Economist”, y su propaganda se vuelve cada vez más risible. Pero para Afganistán, Irak, Siria y Yemen, con sus cientos de miles de muertos –las víctimas más recientes de la “conducta internacional civilizada” y su propensión a invadir, subyugar y masacrar–, la broma resulta cruel y de mal gusto.

El “Post” solicita más aliados para una nueva coalición que le plante cara al malvado Kremlin, pues a EE.UU. y a sus vasallos europeos “no les quedaría otra opción que intensificar su apoyo” a Kiev. Por su parte, el envejecido cascarrabias y mitómano que lidera el “mundo libre” –luego de una larga carrera al servicio de Wall Street– acaba de visitar Kiev el pasado lunes 20 para mostrarle su “apoyo inquebrantable”, no tanto a la Ucrania que se desangra y arruina para llevar a cabo los planes urdidos por la RAND Corporation para desgastar a Rusia o producir el ansiado cambio de régimen, sino a las ambiciones del imperio en decadencia.

Por su parte, un columnista del “New York Times” sostiene: “En este aniversario de la guerra, es tiempo para un esfuerzo concertado para persuadir a los americanos sobre una idea única: debemos apoyar a Ucrania todo lo que sea necesario, tanto tiempo como sea necesario, hasta que el ejército ruso sufra una derrota decisiva e inequívoca”. Como hay que persuadir a los americanos –cansados de subvencionar esta nueva aventura de la Casa Blanca– el opinante no olvida recitar el mantra propagandístico de la invasión rusa “no provocada” (19/2/23).

La propaganda de la corporación mediática se vuelve más radical y deshonesta justamente cuando el poder occidental declina y sus furiosos patrones exigen mayor disciplina y posiciones más agresivas. Stalin hubiera envidiado la obediencia de esta prensa, que parece decidida a llevarnos a una nueva guerra mundial. A partir de algunos editoriales y columnas de opinión citados, el analista independiente que edita el blog “Moon of Alabama” opina: “Estados Unidos necesita una estrategia de salida. Reconocer que la única alternativa es la guerra total y la aniquilación nuclear (como sugiere la prensa occidental fuera de control) …es el primer paso para desarrollar una”.

No somos tan optimistas. Sin embargo, sí se han dado algunas muestras de que EE.UU. y su alter ego, la OTAN, podrían recular en su guerra subsidiaria contra Rusia. El pasado 13 de febrero y contradiciendo las recientes declaraciones hechas en Kiev por el mismo Joe Biden, su administración señaló que “no existían garantías de futuro apoyo” para Ucrania. El general Mark Milley, jefe del Comando Conjunto estadounidense, dijo que sería “muy, muy difícil que, (durante) este año, Ucrania saque a Rusia del territorio ocupado”, y agregó que la guerra probablemente terminaría en la “mesa de negociaciones… sin que Ucrania o Rusia logren sus objetivos militares”.

Alemania subyugada

Las recientes investigaciones de Seymour Hersh sobre el sabotaje de los gasoductos Nord Stream, y el alucinante silencio (o deshonesto rechazo) de la prensa estadounidense y europea con respecto a lo revelado, han puesto en relieve el grado de subordinación de Alemania al (des)orden internacional estadounidense.

Pongámosle algo de historia: el barón de Ismay, primer Secretario General de la OTAN, señaló en la década del ’50 del siglo pasado que esta organización se creó para “mantener fuera a la Unión Soviética, adentro a los americanos y abajo a los alemanes”. Tenía sentido luego de la Segunda Guerra Mundial y la locura del nazismo recién derrotado. Pero está posición de cara a Alemania iría mucho más allá. Ya en nuestro siglo, el analista geopolítico George Friedman aseguraría que “para EE.UU., el miedo primordial es el acoplamiento de la tecnología y capitales alemanes con los recursos naturales y mano de obra rusos”.

¿Imperialismo ruso?

De acuerdo con el prestigioso analista político John Mearsheimer, la propaganda referente al supuesto imperialismo de Vladimir Putin comenzó en 2014. En una interesante entrevista ofrecida a fines de noviembre de 2022 a la publicación digital “Unherd”, el también especialista en relaciones internacionales señaló que no existe evidencia de que el actual líder ruso tuviera intenciones de expandir sus dominios a los países de la ex Unión Soviética, como sugiere la rabiosa propaganda del “New York Times” y otros medios de la prensa corporativa.

En un artículo del pasado 19 de febrero –en el que el “Times” concede que este año de guerra no ha hecho más que cimentar la posición de Putin en Rusia–, el medio neoyorquino insiste en la supuesta mentalidad “paranoica e imperialista” que habría conducido al Kremlin a invadir Ucrania. La mentira va más allá, pues los reporteros del diario “récord” también aseguran que Rusia habría tenido la intención de “tomar control de Ucrania”, es decir, adueñarse de ella en toda su extensión. Mearsheimer dice que esta noción es insostenible: ningún ejército intentaría hacerse de un país europeo con 190 mil soldados (y Ucrania es el más extenso de todos). Para ilustrar su punto, señaló que en 1939 la Alemania nazi invadió Polonia con 1.5 millones de soldados.

Con respecto a una pronta resolución de la guerra, Mearsheimer considera que “estamos jodidos” (we are screwed, en su idioma materno). Poner a una potencia nuclear como Rusia contra las cuerdas –como exige la gran prensa– podría significar nada más y nada menos que un suicidio colectivo (y radioactivo, dicho sea de paso). Sin embargo, en el actual conflicto, “el retroceso (parece estar) fuera de discusión tanto para Rusia como para Occidente”, que ve cualquier solución diplomática como una suerte de rendición.

El hecho de que Rusia sea una potencia nuclear no parece importarle demasiado al neoconservadurismo occidental y su “Proyecto para un nuevo siglo americano”, que desearía tener carta blanca para arruinar y doblegar a Rusia tal como lo viene haciendo con varias naciones del Medio Oriente. Como señaló el periodista estadounidense Robert Parry (fallecido en 2018), Ucrania ya era considerada el “premio mayor” por neoconservadores como Carl Gershman (presidente de la NED) en 2013, cuando señaló que dicha nación era el “paso intermedio” para derrocar a Putin. Un año después escucharíamos a otra “neocon”, Victoria Nuland, mandando al diablo a la Unión Europea (fuck the EU, en su idioma materno) por no compartir su agresiva posición de cara a Ucrania.

Así –y con la ayudita de este “periodismo”– es como llegamos a la desesperada situación geopolítica en la que nos encontramos.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 624 año 13, del 24/02/2023, p19

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5 de julio de 2022

USA: Aborto e hipocresía

Daniel Espinosa

De acuerdo con una encuesta realizada por Pew Research y publicada el pasado 13 de junio, el 61 % de los estadounidenses están de acuerdo con la legalidad del aborto “en todos o casi todos los casos”. En ese sentido, la polémica decisión de derogar “Roe vs. Wade”, el precedente legal que en EE.UU. protegía el derecho al aborto de manera federal –es decir, por encima de las leyes de cada Estado– no refleja preferencias mayoritarias.

Con esta decisión de la Corte Suprema estadounidense –copada de cristianos ultramontanos durante la presidencia de Donald Trump–, cada Estado podrá determinar las leyes relativas al aborto, ya no únicamente desde del segundo trimestre del embarazo y en adelante –como sucedía hasta antes de la revocación–, sino desde la misma concepción, figura que se ha convertido en el fetiche favorito del creciente fundamentalismo religioso.

El precedente judicial de “Roe vs. Wade” (1973) no legalizó el aborto a secas, en todos los casos y sin condiciones, sino solo el practicado durante las primeras 12 semanas de gestación. Lo que la gestante o los padres podían hacer inmediatamente después de ese periodo, durante el segundo trimestre, era regulado por cada Estado, pero bajo la condición de que la salud de la madre primara sobre cualquier otro factor. Lo que sucediera en el último trimestre quedó bajo la jurisdicción exclusiva de cada Estado.

Dicho esto, es necesario recalcar que la enorme mayoría de los abortos, en EE.UU., sucede dentro del primer trimestre. Como podemos leer en el “New York Times” (14/12/21): “…casi la mitad de los abortos sucede dentro de las primeras 6 semanas del embarazo y prácticamente todos durante el primer trimestre”.

Nuestras sociedades no necesitan experimentar con leyes que prohíban el aborto –como consideran quienes dicen que “ahora veremos” a qué Estados les va mejor con la revocación de “Roe vs. Wade”–. Ya tenemos experiencia más que suficiente en este asunto y sabemos qué pasará (ya está pasando): las mujeres que, en su fuero interno –ese que el fundamentalismo cristiano menospreció siempre–, decidan abortar, viajarán a los Estados que lo permitan. Las que gocen de medios económicos simplemente se acercarán a algún costoso doctor amigo.

Las menos favorecidas económicamente, en cambio, se verán forzadas a llevar a cabo sus embarazos, pariendo criaturas a las que probablemente no podrán dar una vida digna y a las que, sin lugar a dudas, el gobierno estadounidense abandonó hace mucho tiempo de la mano de políticas conservadoras. Otras morirán intentando abortar clandestinamente.

Y si acaso estas mujeres pobres –las verdaderas afectadas– pudieran viajar al Medio Oriente, se llevarían una amarga sorpresa: muchas naciones islámicas, incluyendo a la medieval Arabia Saudí, regulan el aborto de manera más laxa que lo que desean instaurar las autoridades de los Estados más conservadores de EE.UU.

RENOVACIÓN CARCA

Cuando una mujer a la que se le impidió abortar legalmente muere desangrada en algún oscuro e insalubre cuchitril, el conservadurismo carca –como el que practica ese tipo balbuciente que quería que el dólar subiera a 6 soles “para que los pobres lo sientan”– ensaya varias respuestas muy cristianas, como “ella se lo buscó por irresponsable” o “¿quién la mandó a abortar?”.

Ambas respuestas son abiertamente brutales, así como banales por su grado de simplificación de un asunto sumamente complejo y grotescas en su desprecio por la vida. No hacen referencia a ninguna enseñanza cristiana.

Ese conservadurismo, el del político y el propagandista, detesta a todo prójimo que no sea parte de la tribu. Para comprobarlo están ahí los llamados a expulsar a todo inmigrante –mientras más oscuro, más lejos lo quieren–, los mítines para negarle cualquier derecho a los trans y homosexuales y los desfiles de antorchas con simbología colonial y mucho, mucho desprecio por lo autóctono. En suma, el conservadurismo es una gran familia en la que los prejuicios más mezquinos forman parte de un perverso sentido común.

¿Cómo es posible que naciones donde opera el fundamentalismo islámico tengan leyes para regular el aborto más laxas que las que hoy se están instalando en casi la mitad de Estados Unidos? Muy simple: siempre consideraron que la vida comienza cuando la mujer siente por primera vez la presencia de una nueva vida creciendo en su interior, lo que suele ocurrir entre las semanas dieciséis y veinte. Es lógico, pues hace no mucho tiempo se carecía de formas confiables de determinar si, en los primeros días y semanas, una mujer estaba embarazada o no. Lo que pasaba antes de esos primeros movimientos fetales –que en inglés llaman “quickening”– no era considerado moralmente repudiable o punible, tal como explicamos hace algunas semanas en esta columna (“Roe vs. Wade: el aborto en debate, 13/5/22).

En su decisión de 1973, los jueces que vieron el caso “Roe vs. Wade” reconocieron este precedente innegable: que antes del “quickening”, de los primeros movimientos fetales, lo que sucedía en el vientre de la mujer nunca fue considerado un crimen, ni fue regulado. Ya que la Constitución estadounidense explica con absoluta claridad que la ausencia de una codificación específica no es motivo para que se reduzcan o limiten los derechos de nadie, se estableció que los Estados no podrían prohibir el aborto, en las condiciones ya especificadas y considerando las varias etapas de la gestación. Esta imposibilidad histórica de saber de manera tempranísima y con certeza si una mujer estaba embarazada es la razón por la que aquí sostenemos que, hoy, la concepción se ha convertido en el fetiche del renovado conservadurismo.

Es en el instante de la concepción –imaginemos un espermatozoide fecundando un óvulo– cuando, según quienes quieren imponerle al mundo su dogma, el “alma” entra en el “bebé”. Sí, llaman “bebé” y hasta “niño” al óvulo recién fecundado. Esto denota falta de seriedad.

Pero también es una estrategia política burda y transparente: llamémosle “bebé”, “niño” o “persona” al óvulo recién fecundado, al cigoto, al feto en su más elemental etapa de formación, y luego usemos este absurdo para ganar control sobre todas esas mujeres que necesitan asistencia para poder planificar su vida familiar. ¿No es eso deshonestidad, mentira, tergiversación?, ¿acaso no hay diferencias fundamentales entre un bebé –o entre un feto en avanzado desarrollo– y ese óvulo recién fecundado o ese cigoto, diferencias que hacen completamente razonable y ético plantear políticas diferenciadas?

Pero la causa puntual de esta nueva batalla política y cultural, la relativa al aborto, es secundaria. Como todo en política, esto también se trata de poder y control. Como venimos expresando en esta columna, la promoción de los “valores tradicionales” tiene la conveniente consecuencia de proteger las relaciones de poder tradicionales. Los intereses reaccionarios y sus propagandistas, que pululan en Internet, no están interesados en la vida, sino en el poder que pueden obtener atizando viejos conflictos y renovando un atavismo religioso que –lejos de cualquier principio, virtud o valor– nace de la mezquindad y del velado supremacismo de quien considera que sus costumbres y su moral son “mejores

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°593, del 01/07/2022   p18

8 de junio de 2022

¿Cumbre de las Américas o Cumbre de las Colonias?

Katu Arkonada

Un nuevo impulso a la integración latinoamericana debe pasar por recuperar y consolidar la CELAC.

En 1962, y mientras sesionaba el Consejo Interamericano Económico y Social de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Punta del Este, Uruguay, y el representante del gobierno cubano Ernesto Che Guevara denunciaba las maniobras hostiles del imperialismo estadounidense, Cuba fue expulsada de la OEA y todos los países, excepto México, rompieron relaciones con la Revolución Cubana.

60 años después de ser expulsada de lo que el Canciller de la dignidad, Raúl Roa, definió como el “Ministerio de las Colonias yanqui”, Cuba, y también México, vuelven a ser protagonistas de una cumbre.

La negativa de otro Presidente defensor de la soberanía, Andrés Manuel López Obrador, a acudir a una Cumbre de las Américas a celebrarse del 6 al 10 de junio en Los Ángeles, California, si no son invitados del “eje del mal” latinoamericano, Cuba, Venezuela y Nicaragua, ha abierto grietas en la diplomacia estadounidense, incluso tensiones entre la Casa Blanca de Joe Biden y el Departamento de Estado que encabeza el Secretario Anthony Blinken.

La posición de México ha sido respaldada por países progresistas como Honduras, Bolivia o Argentina, la mayoría de países caribeños con San Vicente y las Granadinas a la cabeza, e incluso por países con gobiernos de derecha como el de Guatemala.

Todo esto abre una crisis difícil de cerrar que hace que ante el fracaso de una Cumbre donde Cuba, Venezuela y Nicaragua ya han anunciado que no acudirán, y el bajo perfil de la mayoría de delegaciones gubernamentales que sí lo hagan, se esté planteando que Joe Biden no tenga protagonismo en la misma, incluso poniendo abriendo la posibilidad de su no participación.

Hay por tanto temor, e incluso pánico, al colapso de la Cumbre de las Américas, y se ha comenzado un despliegue “diplomático” que incluye seducción con los países que pueden, como Uruguay, y coacción con los que no, como en el caso de Perú, donde Estados Unidos le ha recordado a Pedro Castillo que necesita su apoyo para contener a una oposición que puede impulsar un proceso de vacancia en el Congreso, garantizando de esta manera su no alineamiento con la postura de México y sobre todo, su no beligerancia contra las posiciones de Estados Unidos.

El Departamento de Estado está realizando recorridos por diferentes países, tratando de apuntalar una cumbre que ya se da por fracasada. En esa desesperación es que se intentó la fórmula de invitar a un representante de Cuba, craso error diplomático que más que dividir, solo refuerza la unidad latinoamericana en torno a una idea: la no exclusión y el respeto a la soberanía de América Latina y el Caribe más allá de las diferencias ideológicas entre gobiernos.

Si no hay igualdad de condiciones, Cuba dejó claro que no va a participar de la misma, y en ese mismo sentido es necesario reconocer la unidad en la diversidad del bloque caribeño del CARICOM, y las posiciones de México reiterando una y otra vez su apuesta por una cumbre sin exclusiones y con pleno respeto a la diversidad ideológica del hemisferio.

América como continente tiene múltiples desafíos al margen de los modelos políticos y parece claro que la política exterior de Estados Unidos no se puede definir desde la gusanera mayamera y el lobby anti Revolución Cubana, y por extensión, anti procesos progresistas, de Florida. Mientras la política de Biden hacia América Latina pase por Miami, solo obtendrá fracasos.

La Cumbre de las Américas no solo es un fracaso anticipado, sino que demuestra las debilidades de negociación en América Latina de un imperialismo acostumbrado a someter vía soft o hard power (no es casualidad la postura de Xiomara Castro de Zelaya quien sufrió un golpe de Estado impulsado por Estados Unidos en 2009) a quienes considera su patio trasero.

En cualquier caso, dado que Joe Biden pasará sin pena ni gloria por la Casa Blanca, y en Estados Unidos seguirán gobernando los mismos, Wall Street y el complejo industrial-militar que ahora necesita la guerra en Ucrania para mantener su ritmo de gasto y producción, se hace más urgente y necesario que nunca que se retome el impulso por la unidad latinoamericana y caribeña.

La más que probable victoria de Lula en Brasil puede hacer que se conforme un MAB (México-Argentina-Brasil) progresista con países del G20, que junto al proceso de cambio boliviano que encabezan Lucho Arce y Evo Morales, el apoyo más light de Chile y Perú (no porque no quiera Pedro Castillo, sino porque no puede) y la permanencia de los procesos en Cuba, Venezuela y Nicaragua, junto con el liderazgo de Honduras en Centroamérica, den un nuevo impulso a la integración latinoamericana que, indefectiblemente, debe pasar por recuperar y consolidar la CELAC para que quede claro que los gobiernos soberanos de América Latina y el Caribe ya no son territorio de conquista.

@katuarkonada

17 de mayo de 2022

El sesgo en la cobertura de la guerra de Ucrania

Dave Lindorff

El 21 de abril, cuando las fuerzas rusas se acercaban a un búnker de la planta siderúrgica de Azovstal en Mariupol, fuertemente bombardeada y rodeada, y se preparaban para asaltar el búnker subterráneo «tipo fortaleza» en el que se calcula que se refugian, según estimaciones, los 2.000 soldados ucranianos restantes, el presidente Vladimir Putin dio marcha atrás y ordenó a las tropas rusas que rodearan a los ucranianos hasta que salieran voluntariamente, cuando se quedaran sin municiones, alimentos y agua.

Cuando el New York Times informó sobre esta decisión en un artículo sobre la batalla final de la ciudad, afirmó que Putin había tomado la decisión para evitar que sus tropas se vieran obligadas a combatir en los túneles y sufrir inevitablemente muchas bajas. Pero el Times no mencionó que Putin dijo no querer combatir en el búnker (o, claramente, destruirlo con una bomba anti- búnkeres, algo que podría haber hecho hace tiempo) debido a los cientos de civiles que, según fuentes ucranianas, se «esconden» allí. Rusia los considera rehenes utilizados por las fuerzas mayoritariamente del Batallón Azov (algo que, de ser cierto, sería de por sí un crimen de guerra).

En una actualización posterior del mismo artículo, un reportero del Times escribió:

“La mayoría de los habitantes del barrio de Natalia Pope en Mariupol apoyaban la invasión de Rusia ordenada por Putin el 24 de febrero. Cuando comenzaron a caer las bombas y tuvieron que empezar a dormir en los sótanos, culparon de sus penalidades a los “nazis” de Kiev, dijo”.

Esa era la primera vez que, en el trascurso de la crisis, este periodista recuerda haber leído en el New York Times que muchas personas de Mariupol y de Ucrania Oriental estaban “a favor de la invasión rusa”.

Para quienes tienen edad suficiente para recordar los primeros días de la invasión estadounidense de Vietnam y Laos, esta clase de reportajes partidistas y chapuceros no son una sorpresa. Prácticamente todas las noticias en prensa y televisión que informaron sobre el famoso Incidente del Golfo de Tonkin (sic) lo describieron como un insolente ataque contra un inocente destructor estadounidense en mar abierto (el golfo de Tonkin, frente a Vietnam), sin explicar que dicho navío de guerra llevaba tiempo bombardeando la costa norvietnamita. Por si fuera poco, no había pruebas de que el navío estadounidense hubiera sido atacado por torpedos de las patrulleras costeras norvietnamitas (1).

Durante la larga preparación de las dos invasiones estadounidenses de Irak en 1990 y 2003 y en los primeros días de la invasión y ocupación estadounidense de Afganistán, fuimos testigos del mismo tipo de sesgo. Desde el comienzo de la segunda invasión de Irak en 2003, que la oficina de relaciones públicas del Pentágono denominó cínicamente «Operación Libertad Iraquí», nunca se la consideró como lo que realmente era según la Carta de la ONU: un «Crimen contra la Paz», porque Estados Unidos estaba invadiendo un país que no suponía ninguna amenaza inminente para él. En los noticiarios de televisión aparecía de forma destacada la bandera estadounidense como telón de fondo, y una encuesta realizada en 2004 por la oenegé Fairness and Accuracy in Reporting (FAIR) descubrió que el 76% de las historias de los medios de comunicación estadounidenses sobre la guerra procedían de fuentes del gobierno o de funcionarios estadounidenses.

No ha cambiado mucho desde entonces. En la información actual sobre la guerra de Ucrania, los medios de comunicación estadounidenses basan sus noticias en fuentes del gobierno y del ejército estadounidenses así como en funcionarios del gobierno ucraniano y, a menudo, en militares ucranianos no identificados. Es muy raro ver o escuchar la posición sobre algún tema de la parte rusa, incluso de la embajada rusa en Estados Unidos.  Las afirmaciones de que las tropas rusas están «disparando a la gente que intenta huir» de las ciudades asediadas no incluyen la mayoría de las veces la importantísima coletilla periodística «supuestamente», teóricamente de uso obligatorio para reporteros y editores cuando no se presentan pruebas ni se cita a la otra parte.

“En lo referente a las guerras y la política exterior, los medios informativos estadounidenses se limitan básicamente a respaldar las posiciones del gobierno de EE.UU.”, afirma Robert McChesney, profesor de comunicación de la Universidad de Illinois especializado en la economía política de las comunicaciones y presentador del programa radiofónico Media Matters.

El New York Times no es el único medio que está publicando historias unilaterales sobre esta guerra. Los tres principales diarios nacionales de EE.UU. (el Times, el Washington Post y el Wall Street Journal) así como las principales productoras de noticias de la red de radiodifusión y televisión, incluidas la Radio Nacional Pública y el Servicio Público de Radiodifusión (NPR y PBS por sus siglas en inglés) se basan en fuentes del gobierno y el ejército ucraniano y estadounidense para redactar sus historias más importantes, desde las acusaciones de crímenes de guerra contra las tropas rusas y el presidente Vladimir Putin, hasta los informes de batalla, ofreciendo rara vez la perspectiva rusa. Por ejemplo, todos informan estos días de que Mariupol aún no ha sido «capturada» por Rusia, aunque la única resistencia que queda -supuestamente, menos de 2.000 soldados del batallón fascista Azov y algunos marines ucranianos- está rodeada y atrapada en un búnker subterráneo dentro del gigantesco complejo de la planta siderúrgica, pasando hambre. Sin acceso a comida ni a munición, tendrán que rendirse, a menos que estén planeando una última carga suicida como Paul Newman y Robert Redford en «Dos hombres y un destino».

Otro buen ejemplo de este periodismo homogéneo unilateral en Estados Unidos es la información sobre el bombardeo ruso del Teatro de Mariupol. Según todas las noticias publicadas, el teatro albergaba a 1.300 civiles que buscaban refugio del ataque, de los cuales 300 habrían muerto, citando a funcionarios ucranianos. Pero no mencionan que no se han aportado pruebas de este gran número de muertes. La ONU lo está investigando.

Los principales medios de comunicación estadounidenses han ignorado las advertencias de expertos tan conocidos como Henry Kissinger, el ex secretario adjunto de defensa Charles Freeman, el difunto ex secretario de defensa Robert McNamara y George Kennan entre otros, que advirtieron, algunos ya en 1997, sobre los riesgos que suponía el avance de la OTAN hacia el este de Europa, hacia Rusia, y específicamente la admisión de Ucrania en la Alianza Atlántica fundada en la Guerra Fría. Los medios de comunicación no mencionan ninguna de esas advertencias. En EE.UU., hablar de la expansión de la OTAN como causa fundamental de este conflicto, y de que el fin de dicha expansión podría conducir al fin de los combates, equivale a ser «pro-Rusia».

Tampoco mencionan a Irak ni a Afganistán cuando estas cadenas de noticias informan del llamamiento de Biden para juzgar por crímenes de guerra a Putin ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya. Ni el hecho de que EE.UU. se ha negado a aceptar la jurisdicción de dicho tribunal desde sus comienzos, aunque todas las guerras en las que ha participado desde la Guerra de Corea (que al menos contaba con la sanción del Consejo de Seguridad de la ONU), han sido tan ilegales como la invasión rusa de Ucrania.

La cobertura informativa en Estados Unidos sobre el conflicto de Ucrania, en el que EE.UU, a iniciativa de Biden, está a punto de inyectar la asombrosa cifra de 20.000 millones dólares en armamento, declina señalar que todo ese moderno equipo letal está destinado a un país cuyo presupuesto militar total en 2021 fue de poco más de 1.000 millones de dólares. Ni que Ucrania, al igual que la mayoría de los países apoderados que EE.UU. ha apuntalado con armas militares gratuitas (incluido Israel) es una nación extraordinariamente corrupta. De hecho, Ucrania es posiblemente el país más corrupto de Europa. Quién sabe dónde acabará la mayor parte de dicho armamento mortífero.

Tampoco se discute en los principales medios de comunicación si el hecho de enviar tanto equipo para combatir a las tropas rusas podría empujar a Rusia a utilizar armas nucleares tácticas para no perder la guerra.

La cobertura mediática estadounidense de esta guerra ha sido «la habitual», según el célebre crítico de los medios de comunicación Noam Chomsky, que no es ajeno a la censura de los medios estadounidenses, ya que casi nunca se le invita a comentar cuestiones políticas en los medios corporativos o incluso en la radio o la televisión públicas.

«Los estadounidenses no pueden ser criminales de guerra, por definición. Sólo los líderes de otros países pueden serlo», dice Chomsky.  «Incluso cuando la Corte Internacional de Justicia condenó a [el presidente Ronald] Reagan por ‘uso ilegal de la fuerza’ en uno de los crímenes menores de Washington [Nicaragua y el minado ilegal de sus puertos], los medios de comunicación estadounidenses lo consideraron algo sin sentido.  El NY Times –continúa Chomsky- dijo que la CIJ es un ‘foro hostil’.  Ni siquiera cuando el Presidente Nixon y su Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger llamaran literalmente al genocidio y ordenaron el envío a Camboya de `todo lo que vuela contra todo lo que se mueve´ quedó reflejado  en la prensa más que ocasionalmente».

Ucrania no ha sido ninguna excepción. Una y otra vez, durante la acumulación de tropas rusas a lo largo de su extensa frontera con Ucrania y después del comienzo de la invasión, hemos escuchado hasta la saciedad referencias a la supuesta «invasión rusa previa» de la región oriental de Ucrania, Donbas, y de su «invasión de Crimea» en 2015, que se dice que «dio lugar» a una guerra civil en la que «murieron 14.000 personas». Sin embargo, Rusia nunca invadió técnicamente Ucrania durante ese tiempo, sino que, exactamente igual que EE.UU. está haciendo ahora con Ucrania, suministró armas a los separatistas étnicos rusos, y permitió que los «voluntarios» rusos se unieran a la defensa de los dos «oblasts» escindidos de Donetsk y Lugansk. Téngase en cuenta que EE.UU. también está permitiendo, y sin duda alentando secretamente a través de la CIA, que los veteranos y mercenarios estadounidenses se presenten “voluntarios» para luchar con las fuerzas ucranianas.

Para el público, la implicación de esa información sesgada de los principales informativos de EE.UU. ha sido que las 14.000 víctimas de dicha guerra civil eran ucranianos muertos por las tropas invasoras rusas, cuando, en realidad, la mayoría de las víctimas mortales han sido rusos étnicos sometidos a continuos bombardeos y ataques con cohetes por parte del ejército ucraniano.

Jeff Cohen, crítico de los medios de comunicación desde hace mucho tiempo y fundador de la oenegé FAIR, explica que los medios de comunicación estadounidenses «siempre han sido parciales en su cobertura de las guerras de Estados Unidos.» Según este periodista, rara vez se menciona a las víctimas civiles causadas por el ejército estadounidense, y mucho menos las violaciones del derecho internacional, como las invasiones ilegales de Estados Unidos en Irak, Afganistán, Libia y Siria.

Pero las cosas han empeorado con la guerra de Ucrania. «Casi produce vértigo observar la cobertura de esta guerra», dice. «De hecho, he oído y leído al New York Times, a la CNN y a la MSNBC decir: `¡No se puede cruzar una frontera y ocupar otro país!´. Bueno, ¿y qué pasa entonces con Irak, Afganistán, Panamá o Granada? Entonces no decían eso»

Y añade: «En los medios de comunicación estadounidenses, sólo se cuestionan las mentiras de Putin. Las mentiras de los líderes estadounidenses sobre Ucrania y Rusia no se cuestionan en absoluto. Los periodistas podrían fácilmente pedir el análisis de alguien como Chomsky u otras fuentes críticas, pero nunca lo hacen. De hecho, lo bueno es que la actual cobertura de la guerra en EE.UU. resulta tan sesgada que cualquier observador que preste la más mínima atención no puede pasarla por alto.»

Como ejemplo, cita la admisión inadvertida de la CNN en una noticia sobre el ataque con misiles rusos a un hospital en Mariupol. Los medios de comunicación estadounidenses presentaron unánimemente esa historia como una grave violación del derecho internacional, condenada tanto por el presidente ucraniano Volodímir Zelensky como por el presidente Joe Biden. Pero resulta que el hospital no tenía pacientes, estaba ocupado por tropas ucranianas y los civiles ucranianos que había en su interior estaban siendo utilizados como escudos humanos contra un ataque ruso.

La información de la CNN, basada en declaraciones de un comandante militar ucraniano, afirmaba que las tropas rusas habían tomado el hospital de Mariupol y mantenían dentro a los civiles como rehenes. Por supuesto, eso era absurdo, ya que era Rusia la que estaba atacando el edificio. De hecho, como explicó el periodista de investigación estadounidense Eric Zuesse en un artículo publicado en Modern Diplomacy, los reporteros y editores de la CNN pasaron por alto ese absurdo en su prisa por exponer una atrocidad rusa.

Es un poco lo contrario de lo ocurrido en la Guerra de Indochina, cuando el Pentágono informaba de cada persona muerta en los bombardeos y misiones de destrucción de EE.UU., pero afirmaba que todos los muertos, incluidos los niños, eran «combatientes» comunistas vietnamitas. En realidad, como posteriormente descubrieron los periodistas cuando los medios de comunicación comenzaron a volverse contra la guerra, la mayoría de las muertes causadas por las tropas novatas de EE.UU. y Vietnam del Sur eran civiles. Lo mismo ocurrió en la guerra de Irak de 2003, cuando se decía que cada víctima de un ataque de un avión no tripulado, de un bombardeo de «precisión» o del arma de un soldado estadounidense era un terrorista o un «insurgente», aunque cerca de un millón de civiles iraquíes murieron en la guerra, en su mayoría a manos de las fuerzas estadounidenses.

Los medios de comunicación de Estados Unidos también se autocensuran y censuran abiertamente. Algunos sitios de noticias que inicialmente publicaron el vídeo de una atrocidad militar ucraniana empezaron a retirarlo unos días después.  Cuando hace dos viernes volví a leer un artículo en The Guardian del Reino Unido que la semana anterior incluía el vídeo, utilizando el navegador Google Chrome, descubrí que estaba bloqueado, tanto allí como en otros sitios. Comprobando el mismo artículo con el navegador Firefox, todavía pude verlo. Quienquiera que sea el responsable de bloquear las escenas de tales atrocidades ucranianas está utilizando un terrible doble rasero. No importa si son las empresas de noticias, los gigantes de Internet como Google, o el gobierno de EE.UU. quien está ocultando las noticias a los ciudadanos. La cuestión es que los estadounidenses sólo se enteran de lo que Washington quiere que se enteren (2).

Como prácticamente todos los grandes medios de comunicación difunden la misma propaganda como si fueran noticias verificadas, tanto demonizando a Rusia como sugiriendo que la única respuesta adecuada a la invasión es que se proporcione a Ucrania más armas y más devastadoras para que pueda seguir luchando, no es de extrañar que una reciente encuesta de la CBS muestre que el 72% de los estadounidenses piensa que Estados Unidos debería enviar más armas a la zona de conflicto.

Como dice el fundador de FAIR, Jeff Cohen, «en el periodismo predomina una mentalidad de rebaño, y cuando algunas de las principales organizaciones de noticias como el Times, el Post y la CNN tienen el mismo discurso, en particular sobre algún tema de política exterior, todas las demás mantienen la misma línea. La democracia exige disentir, pero en Estados Unidos si disientes en los medios de comunicación, no te arrestan ni te matan, te despiden en el acto» (3).

Notas del traductor:

(1): Posteriormente se descubrió que el famoso “incidente” no fue sino una operación de “bandera falsa” organizada por los servicios secretos de EE.UU. para usarla como pretexto para incrementar su participación en la Guerra de Vietnam. Los “papeles del Pentágono” y las publicaciones de la Agencia Nacional de Seguridad de 2005 demostraron que el ataque nunca tuvo lugar y que la inteligencia estadounidense falsificó los datos para justificar la posterior intervención.

(2): Aunque este artículo se centra en el caso de los medios de EE.UU., lo mismo podría decirse de los medios generalistas de los demás países, incluyendo a España, dominados por un oligopolio alineado con la visión hegemónica de Estados Unidos.

(3): Jeff Cohen fue despedido sumariamente en 2003 junto con el resto del personal del programa del famoso presentador Phil Donahue porque, según la dirección de la cadena de televisión NBC, Donaue estaba invitando a periodistas críticos con la guerra de Irak.

Dave Lindorff. Miembro fundador del sitio web ThisCantBeHappening!, un periódico colectivo en línea, y ha contribuido con un trabajo al libro Hopeless: Barak Obama and the Politics of Illusion (AK Press)

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

12 de mayo de 2022

¿Es la de Ucrania una guerra por delegación de Estados Unidos contra Rusia?

Jacob G. Hornberger

A primera vista, parece que Rusia está en guerra con Ucrania. Pero el presidente ruso, Vladimir Putin, dice que en realidad es Estados Unidos el que está en guerra contra Rusia y que simplemente está delegando en Ucrania para llevar a cabo esa guerra. Por tanto, lo que Putin quiere decir es que, si que Estados Unidos está en guerra contra Rusia, la posibilidad de una guerra nuclear sigue aumentando con cada día que pasa.

Esto plantea una pregunta importante para el pueblo estadounidense, una que la prensa generalista de Estados Unidos se resiste a realizar: ¿Es cierta la acusación de Putin? ¿Están los funcionarios estadounidenses utilizando a Ucrania para debilitar o incluso destruir a Rusia sin participar directamente en una guerra contra este país?

Ciertamente, no sería la primera vez que las instituciones de seguridad nacional de Estados Unidos utilizara un ejército delegado para intentar disfrazar su papel en una guerra contra un régimen extranjero. Recordemos el uso por parte de las autoridades de EE.UU. de un ejército externo para atacar e invadir Cuba. Para disfrazar el hecho de que era Estados Unidos el que estaba librando una guerra de agresión contra Cuba, las autoridades estadounidenses utilizaron un ejército formado por exiliados cubanos para llevar a cabo la invasión.

Aunque dicho ejército había sido entrenado y armado por los organismos de seguridad nacional de Estados Unidos, los funcionarios estadounidenses podían negar que su país estuviera en guerra contra Cuba, a pesar de que ese era el caso. Esa es la función de un ejército delegado.

Si situamos la guerra de Ucrania dentro de un contexto histórico más amplio, hay pruebas considerables de que la acusación de Putin es válida y que las autoridades de EE.UU. están haciendo con Ucrania lo mismo que hicieron con su ejército delegado en la Bahía de Cochinos.

A lo largo de la Guerra Fría, la administración estadounidense se dejó llevar por una animadversión extrema contra Rusia, contra los soviéticos, contra los comunistas y contra Cuba, una animadversión que en realidad nunca desapareció y se ha ido trasmitiendo a cada generación sucesiva de generales del Pentágono y funcionarios de la CIA.

Esa es la razón por la que Estados Unidos mantiene su brutal embargo económico contra Cuba, que no pretende sino el empobrecimiento y la muerte del pueblo cubano, con el fin de promover el cambio de régimen en la isla.

No tenía por qué ser así. Después de la revolución cubana, la administración estadounidense podría haber dejado a Cuba en paz y no haber impuesto un embargo económico a la isla. Podrían haber dejado que los estadounidenses siguieran viajando a Cuba y comerciando con el pueblo cubano.

Además, la administración de EE.UU. podría haber levantado el embargo cuando se produjo el ostensible final de la Guerra Fría. A fin de cuentas, ¿por qué continuar con él si la Guerra Fría supuestamente había terminado? La razón era que la extrema animadversión anticubana y anticomunista era tan poderosa dentro del establishment de seguridad nacional de Estados Unidos que sus funcionarios sentían el impulso irrefrenable de seguir tratando de destruir a Cuba.

No ha sido diferente con Rusia, que era el principal miembro de la Unión Soviética. Tras derrotar a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, a los estadounidenses se les dijo que, lamentablemente, no podían relajarse. Les informaron de que Estados Unidos se enfrentaba ahora a un nuevo enemigo oficial, posiblemente más peligroso que la Alemania nazi. Ese nuevo enemigo era doble: el comunismo ateo y la Unión Soviética. Se decía que una conspiración comunista internacional con sede en Moscú pretendía apoderarse del mundo. A menos que Estados Unidos actuara para detener esta conspiración, dicho país y el resto del mundo terminarían volviéndose Rojos.

Así es como el gobierno federal pasó a convertirse en un Estado de seguridad nacional, representado por el Pentágono, el vasto complejo militar-industrial, un imperio de bases militares nacionales y extranjeras, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional, la NSA, todo lo cual era nuevo para el estilo de vida estadounidense. También así es como aplicamos la cada vez mayor generosidad de los contribuyentes al pago del establecimiento de la seguridad nacional y su ejército cada vez mayor de contratistas de «defensa». También es la razón por la que ahora vivimos bajo un gobierno con poderes omnipotentes, no revisables, del lado oscuro, de tipo comunista-totalitario, como son el asesinato patrocinado por el Estado, el secuestro, la tortura, la detención indefinida, la vigilancia secreta masiva, los golpes de Estado, las operaciones de cambio de régimen, las sanciones, los embargos y las alianzas con regímenes dictatoriales extremos.

También es así como conseguimos la OTAN, una alianza militar burocrática cuyo propósito ostensible era proteger a Europa Occidental de un ataque de la Unión Soviética.

No importaba que los soviéticos nunca tuvieran la intención de iniciar una guerra contra Europa Occidental, lo que inevitablemente habría implicado a Estados Unidos, una nación con armas nucleares que había mostrado su disposición a emplearlas contra ciudades con población civil. No importaba que la Unión Soviética hubiera sufrido una devastación casi total en la Segunda Guerra Mundial, dejándola sin base industrial para librar otra gran guerra. Y no importaba que la Unión Soviética hubiera sido socia y aliada de Estados Unidos durante esa misma  guerra.

Todo eso no importaba. Lo que importaba era la extrema animadversión antirrusa, anticomunista y antisoviética que ahora movía al gobierno de Estados Unidos. Cualquiera que no se sumara a esta animadversión era considerado una grave amenaza para la seguridad nacional.

Como detallo en mi nuevo libro An Encounter with Evil: The Abraham Zapruder Story, hubo un hombre que se desvinculó de esta animadversión extrema contra Rusia, el comunismo, la Unión Soviética y Cuba. Ese hombre fue el presidente John F. Kennedy, que decidió poner fin a ello y llevar a Estados Unidos en una dirección diferente, que estableciera una relación pacífica y amistosa con Rusia, la Unión Soviética, Cuba y el resto del mundo comunista.

No hace falta decir que esa visión totalmente diferente de Kennedy para Estados Unidos no sentó bien al establishment de seguridad nacional. Después de su asesinato, Estados Unidos volvió a la senda de una animadversión extrema contra Rusia, los soviéticos y los comunistas, contra Cuba y contra Vietnam del Norte.

Cuando la Unión Soviética se retiró inesperadamente de Alemania Oriental y Europa Oriental, y se desmanteló en 1991, todos pensaron que era el fin de la Guerra Fría. En ese momento, lo lógico habría sido desmantelar la OTAN, dado que su misión manifiesta había perdido relevancia.

Pero lo que casi nadie pudo entonces prever era que la extrema obsesión antirrusa, antisoviética y anticomunista que había impulsado al Pentágono, la CIA y la NSA durante 45 años no iba a desaparecer de repente. Sino que, por el contrario, continuaría siendo una fuerza motriz para las autoridades de la seguridad nacional.

Ello quedó claramente de manifiesto con la continuación del brutal embargo económico contra el pueblo cubano. Pero también por la decisión de mantener la existencia de la OTAN e, incluso peor, de comenzar a utilizarla para absorber a los antiguos miembros de la Unión Soviética, lo que permitiría al Pentágono instalar sus misiles nucleares cada vez más cerca de la frontera rusa.

Durante los últimos 25 años, las autoridades rusas se han opuesto a esta expansión de la OTAN, al igual que las autoridades estadounidenses se opusieron cuando la Unión Soviética instaló misiles nucleares en Cuba en 1962. La administración estadounidense ignoró esas objeciones de forma consciente, deliberada e intencionada. Hizo exactamente lo contrario: continuó absorbiendo países de Europa del Este para acercar cada vez más sus misiles nucleares a la frontera con Rusia.

A pesar de las declaraciones públicas, la guerra entre Rusia y Ucrania no tiene nada que ver con la libertad, sino con el deseo de Estados Unidos de integrar Ucrania en la OTAN, un viejo dinosaurio de la Guerra Fría que podría -y debería- haber desaparecido cuando la Unión Soviética se desmanteló voluntariamente.

Desde la invasión rusa de Ucrania, los funcionarios estadounidenses, desde el presidente Biden hacia abajo, han cometido varios deslices freudianos en relación con el conflicto, como afirmar que su objetivo era destituir a Putin del poder, juzgarlo como criminal de guerra, debilitar y degradar al ejército ruso, especialmente matando a un gran número de tropas rusas, destruir la economía rusa y empobrecer al pueblo ruso con un conjunto extremo de sanciones económicas.

Vale la pena señalar, por supuesto, que la crisis de Ucrania ha hecho que las invasiones del Pentágono y la CIA y las guerras de agresión contra Afganistán e Irak caigan en un agujero negro de la memoria para la prensa generalista de Estados Unidos, al mismo tiempo que contribuye a seguir inundando las arcas de los organismos de seguridad nacional con dinero de los contribuyentes.

Todo esto pone claramente de manifiesto que la extrema animadversión antirrusa, antisoviética, anticomunista y anticubana que promovió el establecimiento de los organismos de seguridad nacional de Estados Unidos durante la Guerra Fría nunca desapareció. Está claro que sigue impulsando a la actual generación de generales y funcionarios de la CIA, como vemos no sólo con Cuba sino también con Rusia.

Por lo tanto, la pregunta que debemos hacernos surge de manera natural: ¿Está Putin en lo cierto? ¿Están el Pentágono y la CIA haciendo lo mismo que hicieron en 1962 contra Cuba? ¿Les mueve su extrema animadversión a Rusia a librar una guerra contra ese país mediante el uso de un ejército delegado, entrenado y armado por Estados Unidos? ¿Y están los estadounidenses dispuestos a aceptar las consecuencias altamente peligrosas de tal decisión de política exterior?

10 de mayo de 2022

Sanciones y desdolarización

Daniel Espinosa

Sopesando las consecuencias de las sanciones económicas impuestas sobre Rusia por EE.UU. y sus obedientes aliados europeos, una alta autoridad del Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió a fines de marzo sobre el “debilitamiento de la posición dominante del dólar” en el gran mercado global.

El agresivo régimen de sanciones ha logrado que Moscú y algunos de sus socios comerciales se decidan por implementar estructuras económicas y financieras paralelas. Lo que se observa es la aceleración de varias tendencias político-económicas que ya venían anunciándose desde fines del siglo XX, como el lento declive del orden unipolar y un creciente desafío a la hegemonía del dólar.

Lejos de acabar con la invasión de Ucrania, la guerra económica en ciernes podría estar teniendo efectos secundarios inesperados para Occidente. Como señaló recientemente el diario británico “Financial Times” (FT, 30/3/22), los bancos centrales del mundo vienen diversificando sus instrumentos de ahorro y adquiriendo yuanes chinos y divisas no tradicionales, en detrimento del dólar y el euro. La tendencia se inició a principios de siglo –explica Gita Gopinath, del FMI–, pero viene acelerándose ante la profusión de sanciones contra Rusia y la necesidad de varios países de continuar importando sus materias primas.

La respuesta de Moscú a la avalancha de medidas punitivas –que a fines de febrero hundió el precio del rublo– consistió en elevar la tasa de interés de su banco central, restringir el acceso de sus corporaciones a monedas distintas de la nacional e impedir el cobro de bonos y acciones rusas por parte de inversionistas extranjeros. El Kremlin también tuvo éxito revirtiendo la depreciación de su divisa exigiéndoles a los países “no amigos” que pagaran sus compras de gas en rublos.

Como observó para FT la economista en jefe del FMI, el Kremlin no es el único que está renegociando la moneda en la que cobra por sus exportaciones. Sin embargo, notó que en general la hegemonía del dólar aún permanece sólida. Lo que la representante del fondo no señaló es la crisis de confianza generada por el hecho de que EE.UU. mantenga la prerrogativa de secuestrar los fondos depositados en sus bancos y los de sus aliados europeos ante virtuales desavenencias políticas, como sucedió hace poco con Venezuela y Afganistán, y ahora pasa con Rusia. En el primer caso, Londres se quedó con casi 2 mil millones de dólares en oro. En el segundo, el gobierno de Biden congeló 7 mil millones de dólares y en el tercero, más de 500 000 millones de dólares rusos han sido confiscados en Estados Unidos, Europa y Japón.

Europa no puede prescindir del gas natural de Rusia –que constituye el 40 % de su provisión total del insumo– y la Unión Europea tampoco ha sido capaz de reunir los votos necesarios para oficializar un embargo en perjuicio de su petróleo. La resistencia del rublo, en suma, se ha basado en la solidez de su sector energético (que este año venderá más que el anterior) y en la capacidad de maniobra de su banco central.  

El embargo económico tampoco ha hecho mella en la popularidad de Vladimir Putin de cara a los rusos. La confianza en quien hoy dirige el Kremlin creció de 67.2 % –cifra previa a la invasión– a 81.6 % (Reuters, 8/4/22). Como veremos, políticas de sanciones como la presente rara vez tienen éxito.

Historial de fracasos

El economista y profesor estadounidense Jeffrey Sachs critica la costumbre de Washington de sancionar a diestra y siniestra. Por lo general, estas medidas “no se traen abajo regímenes… ni siquiera cambian la política”, señaló el economista para un “podcast” británico. Insistió en que ninguna sanción –sobre todo, en ausencia de negociaciones y diplomacia– reducirá el padecimiento ucraniano. Sachs lamentó que George W. Bush haya alentado la incorporación de Ucrania en la OTAN en 2008, antes de abandonar la presidencia de EE.UU.: “muchos comentaristas, dentro y fuera del gobierno, señalaron que ese era un camino extraordinariamente peligroso”. “Desde el punto de vista ruso, ciertas operaciones de la OTAN, como el bombardeo de Belgrado en 1999, no se ven tan defensivas”, observó también el economista con cierta ironía (Times Radio 17/3/22).

Pero ¿cómo hablar de estados de sitio sin mencionar a la recientemente fallecida Madeleine Albright? Una de las cuestiones que hicieron famosa a esta ex secretaria de estado norteamericana –la primera mujer en ese cargo– fue su comentario sobre la muerte masiva de niños en Irak durante la década del 90. En 1999, Unicef publicó unos hallazgos de horror: los iraquíes habían visto morir a 550 mil niños adicionales durante los últimos nueve años. Habían muerto por efecto de los bloqueos y las sanciones impuestas por la ONU luego de que Saddam Hussein invadiera Kuwait.

La ex secretaria de Estado dijo que las muertes –un verdadero genocidio– habían valido la pena. Albright fue embajadora de EE.UU. para la ONU entre 1993 y 1997; desde ahí, se aseguró de que el criminal embargo contra Irak no amainara. La Guerra del Golfo de George H. W. Bush había destrozado la infraestructura iraquí, que ahora carecía en gran medida de agua potable y hospitales bien suministrados. Las sanciones que valieron la pena, según la ex secretaria de Estado, no lograron sacar del poder al dictador iraquí, que tendría que esperar unos años más hasta la invasión estadounidense.

La muerte de Albright el pasado 23 de marzo, a la edad de 84 años, ha suscitado gruesas pero previsibles omisiones por parte de la prensa corporativa, que no resaltará el alto grado de violencia involucrado en las políticas impulsadas por la consejera de George W. Bush y Bill Clinton, entre otros. “¿Qué sentido tiene poseer este magnífico ejército del que siempre hablamos, si no podemos usarlo?”, le preguntó la embajadora alguna vez a un incrédulo Colin Powell, ex jefe del comando conjunto de EE.UU. y cómplice en agresiones y saqueos de ultramares.

La frase la define muy bien: competía en violencia con sus colegas del género masculino. Para imponerse sobre Irak a punta de sanciones, Madeleine Albright hizo una potente campaña para sacar del medio a Butros Ghali, secretario general de la ONU hasta 1997, y a quien un perfil psicológico de la CIA había calificado de “incontrolable” e “impredecible”.

Así informó “Le Monde Diplomatique” en noviembre de 1996: “La única superpotencia que queda ha declarado la guerra a un hombre que goza de la simpatía de la gran mayoría… La decisión de (EE.UU.) es inalterable: el Sr. Butros Ghali debe irse, sea cual sea la opinión de la comunidad internacional”. Y luego: “…La caída del muro de Berlín había permitido a Estados Unidos conducir la guerra del Golfo casi a su antojo y esto sugería un modelo para el futuro: la ONU propone, por iniciativa de Washington, y Estados Unidos dispone. Pero Butros Ghali no compartió esa visión del fin de la guerra fría”.  

Proteccionismo forzoso

Para otro economista norteamericano, Michael Hudson, el gobierno estadounidense y su agresiva política sancionadora fuerzan a países como China y Rusia a desdolarizar sus economías. Los embargos impuestos sobre la agricultura y la industria rusas –dice este profesor de la Universidad de Missouri– obligarán al país a depender de sí mismo, dejando atrás el enfoque “neoliberal” que antes le impidió proteger los sectores mencionados.

La lectura de Hudson es una condena a la torpe soberbia con la que se conduce la política exterior hegemónica: “Tratar de obligar a Rusia a responder militarmente y, por lo tanto, quedar mal ante el resto del mundo, está resultando ser una táctica diseñada simplemente para garantizar que Europa contribuya más a la OTAN, (para que) compre más equipo militar… y se encierre más profundamente en el comercio y la política monetaria dependientes de los Estados Unidos. La inestabilidad que esto ha provocado está resultando tener el efecto de hacer que Estados Unidos parezca tan amenazante como la OTAN afirma que sería Rusia”.


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°582, del 15/04/2022   p19

1 de mayo de 2022

Presiones y extorsiones de EE.UU. para quebrar los vínculos de América Latina con Rusia y China

Jorge Elbaum

En las dos últimas semanas, el Departamento de Estado estadounidense desplegó un ambicioso programa de persuasión extorsiva sobre los países ubicados en el llamado “hemisferio occidental”, con el objetivo de limitar sus vínculos comerciales y de cooperación con Moscú y Beijing.

Los modelos de proximidad desplegados en América Latina y el Caribe ofrecen un amplio menú de alternativas que van desde las amenazas y las sanciones hasta la oferta de mejores condiciones para las exportaciones, garantías para la continuidad de remesas o para la autorización ampliada de visados.

 El pasado 7 de abril se suspendió a la Federación Rusa del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, como resultado de las denuncias realizadas por Ucrania respecto de crímenes de guerra. La medida se llevó a cabo sin que mediaran relevamientos ni investigaciones en el terreno.

El 21 de abril se resolvió suspender a Rusia de su sitial como Observador Permanente de la Organización de Estados Americanos. En la primera votación la Argentina avaló la suspensión, mientras que en la segunda inhabilitación se abstuvo. Entre estas dos votaciones, el Departamento de Estado intentó infructuosamente la expulsión de Moscú del Consejo de Seguridad de la ONU.

El último miércoles, la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, invitó a los ministros de economía del G20 a boicotear el discurso de Anton Siluanov, jefe de la cartera de hacienda de Moscú. El representante argentino en el encuentro desarrollado en Washington desechó la cancelación y permaneció en su banca junto otros 16 funcionarios. Las únicas tres representaciones que abandonaron las deliberaciones fueron la propia Yellen y los ministros de Canadá y el Reino Unido.

En la conferencia de prensa, Yellen justificó el limitado éxito del boicot propuesto: “Para retirar a un país de cualquier participación se requiere realmente un nivel de acuerdo muy alto en muchos foros, incluido el G20, y no hubo ese nivel de acuerdo”.

La ofensiva de sanciones, boicot y bloqueos está directamente relacionada con el propósito de debilitar a cualquier país que defienda su soberanía contra las reglas impuestas por Estados Unidos, y/o que busque articular bloques comerciales alternativos al configurado por el atlantismo. Esa fue la causa geopolítica por la que se estimuló el conflicto ancestral entre los sectores nacionalistas ucranianos y los rusos: se buscó impedir la constitución de un eje geopolítico continental eurásico, capaz de articular a Europa Occidental con el Sudeste Asiático, colocando a Moscú como nexo entre ambos continentes.

Una vez en guerra –azuzada previamente–, la máxima autoridad del Tesoro estadounidense postuló los próximos pasos: “Lo recaudado por las ventas de petróleo y gas es una fuente importante de ingresos para Rusia. Sería muy útil buscar la manera de reducir esos ingresos”.

La ofensiva de Washington se relaciona con el sorpresivo fracaso de sus sanciones: a pesar de que se separó a Rusia del sistema SWIFT y se le congelaron reservas en el exterior, el valor del rublo se estabilizó en valores similares a los exhibidos en forma previa a la intervención militar; el gas, el petróleo y el carbón ruso siguen despachándose hacia Europa Occidental; y el Banco Central continúa incrementando sus reservas internacionales. Durante la última semana sumó 1.700 millones de dólares, alcanzando la suma de 611.100 millones.

Esa es la razón por la que el 13 de abril la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, adelantó el pedido de exclusión de Vladimir Putin de la próxima cumbre del G20, a realizarse entre el 15 y el 16 de noviembre próximos en Bali. Para reforzar la presión, la titular del Tesoro mantuvo el último martes una reunión con el ministro de Finanzas de la República de Indonesia, Sri Mulyani Indrawati, a quien le exigió supresión del Presidente ruso de la lista de invitados para noviembre.

La acometida del Departamento de Estado se dirige prioritariamente sobre América Latina y el Caribe (ALyC). A mediados de abril, funcionarios cercanos a Anthony Blinken se conectaron con el embajador argentino en Washington para conminarlo a cuestionar a Putin en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. La decisión de acompañar la propuesta de suspensión de Rusia de dicha institución fue decidida por Alberto Fernández, Gustavo Béliz y Santiago Cafiero luego de las intimidaciones extorsivas insinuadas en relación con la continuidad de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional.

Chantajes diplomáticos

Una arremetida similar se observó durante las últimas dos semanas contra el gobierno mexicano, cuestionado por Washington por su neutralidad respecto a la intervención militar rusa. La irritación de la administración Biden contra Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se expresó con relación a la nacionalización del litio –aprobada durante la última semana por el Parlamento– y la aprobación de la Ley de la Industria Eléctrica, avalada por la Suprema Corte de Justicia.

Una semana antes de estos dictámenes, el ex jefe del Departamento de Estado de Barack Obama y actual titular de la agencia climática de la Casa Blanca, John Kerry, advirtió que la nueva legislación eléctrica generaría “deterioros del medio ambiente”, y que su aplicación produciría una exclusión de las empresas estadounidenses que invertían en México. AMLO informó –luego de su reunión con Kerry– que Washington pretendía “imponer un grupo para vigilarnos, para observar [los debates sobre las normativas eléctricas]. Eso no lo permite nadie. A lo mejor en otros tiempos, con gobiernos sumisos, entreguistas, pero ya no son los tiempos de antes”.

La contrariedad por las nuevas regulaciones eléctricas se suma al peligro –conjeturado por los funcionarios estadounidenses– de una potencial utilización del litio mexicano por parte de las empresas chinas. La nacionalización del mineral fue aprobada el último martes luego de que su precio internacional se incrementara un 400% en el último año. El litio es uno de los componentes centrales de las baterías necesarias para la fabricación de vehículos eléctricos. La empresa automotriz Tesla –del mega-millonario Elon Musk– aparece como uno de las impulsoras de las presiones diplomáticas y coercitivas para garantizarse dicho insumo y evitar que esos recursos lleguen a impulsar la competencia de los autos producidos por Beijing.

La producción del mineral tendría que aumentar un 500% hasta 2050 para poder hacer frente a la reconversión productiva que se pretende para la industria automotriz. El Servicio Geológico de los Estados Unidos cuantifica las tenencias de su vecino en 1,7 millones de toneladas –el 2,3% de las reservas mundiales–. El líder es Bolivia, con 21 millones, y en segundo lugar aparece la Argentina, con 19 millones.

El 24 de julio de 2020 Musk respondió a una imputación sobre su participación en el golpe contra Evo Morales, promovido y avalado por el Departamento de Estado: “Nosotros derrocaremos a quién queramos”. Según Kenneth Smith, un contratista de la embajada, Washington y Ottawa podrían impugnar la nacionalización del litio en México ya que vulnera algunos de los acuerdos alcanzados en el T-MEC (Tratado de libre comercio firmado por Canadá, México y Estados Unidos). El tema de fondo es el temor a que China pueda acceder a alguna porción de esa cadena de valor, o a comprarle directamente al Estado su producto.

La ofensiva no es solo contra México o la Argentina. La Casa Blanca ha repudiado abiertamente la neutralidad de los BRICS (alianza económica y política compuesta por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en relación con la intervención militar en Ucrania. Sin embargo, el último martes el ministro de Economía de Jair Bolsonaro, Paulo Guedes, le respondió al Departamento de Estado anunciando que propondrá la candidatura argentina para ingresar al Nuevo Banco de Desarrollo del grupo de los BRICS.

La arremetida de la administración Biden también se vio frustrada en Panamá, donde se hicieron presentes Antony Blinken y Alejandro Mayorkas, secretarios de Estado y de Seguridad Nacional. La visita pretendió impulsar algún tipo de restricción a las embarcaciones con productos chinos o rusos a través del canal, pero sus peticiones no fueron consentidas. En el caso de Honduras, pese a las resistencias del gobierno de Xiomara Castro, la dependencia financiera de las remesas provenientes de familiares residentes en Estados Unidos impuso un alineamiento respecto de la situación de Ucrania.

Venezuela es paradójicamente una de las más favorecidas. Dada la soberanía adquirida por ese país desde 1999, Biden carece de mecanismos extorsivos (políticos, comerciales o militares), al tiempo que implora volcar barriles de petróleo al mercado internacional para evitar la espiral inflacionaria a nivel global. Lo mismo se intentó con Arabia Saudita, país al que se le solicitó aumentar la producción de petróleo para bajar su precio y socavar de esa manera la obtención de recursos de Moscú. El reino, sin embargo, se negó a incrementar la producción.

En el caso de Cuba la situación es ambivalente. Por primera vez desde 2018, el 21 de abril se llevaron a cabo reuniones entre funcionarios estadounidenses y cubanos para darle continuidad a los acuerdos migratorios incumplidos por las autoridades de Washington en los últimos cuatro años. Estos encuentros concedidos por la administración de Biden buscan descomprimir los niveles de confrontación con América Latina y el Caribe –sin dejar de extorsionar– para volver a priorizar lo que los think tanks demócratas denominan la “emergencia euroasiática”.

Sin embargo, las sanciones contra Putin parecen hacer más mella en sus socios que en Moscú: a principios de febrero partió desde Rusia un carguero con una donación de 19.526 toneladas de trigo para La Habana. El embajador ruso en La Habana, Andréi Guskov, explicó que la demora se debió a la desconexión de varios bancos rusos del sistema SWIFT, que impidieron abonar el flete.

Quien no parece contar con ese tipo de problemas es Colombia, el único que sigue a pie juntillas las recomendaciones de Washington. Mientras Iván Duque sigue sin dar explicaciones sobre las cotidianas masacres de dirigentes sociales y campesinos, sus autoridades se suman de forma automática a todas las medidas y discursos solicitados por la Casa Blanca. El jueves la vocera del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, María Sajárova, destacó en un comunicado que “tomamos nota de las declaraciones del Presidente de Colombia sobre las relaciones ruso-colombianas. Lamentamos que las hiciera en el espíritu de la retórica negativa impuesta a otros países por el gobierno de Estados Unidos”.

La embestida contra China –promovida por Washington– incluye zanahorias y augurios: se les repite a los gobiernos de América Latina y el Caribe que en el futuro podrán sustituir segmentos de las cadenas de suministro, hoy controlados por China, presagiando una nueva etapa de deslocalización (nearshoring) que impulsaría el crecimiento del subcontinente, si es que son capaces de ofrecer mercados internos reducidos y salarios exiguos.

El modelo promovido por la administración Biden es el de una fragmentación permanente de la economía mundial, con dos circuitos alternativos de comercio y cooperación internacional basados en bloques geopolíticos. Para lograr ese objetivo deberá esmerarse en cortar sólidos lazos e impedir –de forma simultánea– que Eurasia no logre eludir el apartheid impuesto.

El novelista Henry Miller deslizó, poco tiempo antes de su fallecimiento, una duda que inquieta de forma punzante a los analistas internacionales: “Mi única duda es saber si Estados Unidos acabará con el mundo, o si el mundo va a acabar con Estados Unidos”.

Jorge Elbaum. Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

18 de abril de 2022

El papel de Estados Unidos en la guerra Rusia-Ucrania y el fantasma del holocausto nuclear

Noam Chomsky

El lingüista, filósofo, escritor y analista político, considerado un referente intelectual en todo el mundo, analiza la crisis desatada en el este europeo y, sobre todo, se pregunta, y responde, qué se puede y debe hacer para detenerla.

Noam Chomsky es profesor emérito del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), el lingüista vivo más importante del mundo y el intelectual comprometido con su tiempo más reconocido a nivel internacional. Hace muchos años el centro de sus preocupaciones sociales está concentrado en el papel que juega su país, Estados Unidos, en el tablero político internacional. Por eso era tan esperada su voz alrededor del conflicto entre Rusia y Ucrania.

Chomsky fue invitado a participar en el «Seminario Internacional sobre Resolución de Conflictos en el marco del Derecho Internacional ante la invasión de Ucrania», organizado por la Universidad Carlos III de Madrid.

En su conferencia, realizada el 30 de marzo pasado, Chomsky explica los limitados alcances que tienen la condena a «la violencia criminal, la miseria y la catástrofe en potencia» o las sanciones internacionales y se concentra en dos preguntas fundamentales: «¿qué se puede hacer para acabar o al menos mitigar esos horrores? y ¿cómo surgió la situación, qué podemos aprender de ello?

Con ese punto de partida, analiza las «reglas» que caracterizan el derecho internacional, los antecedentes de Estados Unidos en el mundo en general y en Ucrania en particular y la necesidad de movilizarse para conseguir una salida diplomática al conflicto, la única posible si se tienen en cuenta los sufrimientos de los ucranianos y la posible escalada hacia un holocausto nuclear. Sus posiciones se reproducen completas a continuación:


Noam Chomsky sobre el papel de Estados Unidos en la guerra Rusia – Ucrania

La cuestión más importante a la que nos enfrentamos es, por mucho, qué deberíamos estar haciendo para aliviar la violencia criminal, la miseria y una catástrofe en potencia. Lo detallaré más adelante, pero antes pueden venir bien unas aclaraciones.

Un comentario que debería ser superfluo, pero que desafortunadamente no lo es, afecta a uno de los principios morales más elementales: habría que centrar la energía y la atención en lo que más sirve para el hacer bien. Con respecto a los asuntos internacionales, significaría fijarse en lo que hace tu propio Estado, sobre todo en sociedades más o menos democráticas en las que los ciudadanos tienen alguna posibilidad de influir en los resultados finales. Decir que lo que ocurre no responde a ese principio elemental sería quedarse muy corto.

Hay un comentario que se le atribuye a Gandhi cuando le preguntaron lo que pensaba sobre la civilización occidental. Su respuesta fue que creía que estaría bien. Lamentablemente, esa respuesta también vale para el derecho internacional. Estaría bien si le interesara a los estados.

El estado más importante es, irrefutablemente, Estados Unidos, que lleva dominando la sociedad mundial desde la Segunda guerra mundial, reemplazando al Reino Unido y Francia. Como cabe esperar, ha adoptado las políticas de sus antecesores: desdén absoluto por el derecho internacional, tanto de palabra como de hecho, combinado con alabanzas a su propia nobleza.

Estados Unidos tiene una Constitución que se supone que deberíamos venerar todos. El Artículo VI declara que todos los tratados válidos son la «ley suprema del país». Aquí se incluye la Carta de Naciones Unidas, pilar del derecho internacional moderno. La Carta prohíbe la «amenaza o el uso de la fuerza», excepto en condiciones que casi nunca se dan. Cada presidente de los EE.UU. vulnera alegremente la Constitución. Lo he mencionado alguna vez en facultades de derecho. A nadie le importa.

Moral, derecho y política internacional

A menudo escuchamos proclamas sobre la santidad del derecho internacional. Sin embargo, los que hacen las proclamas adoptan el principio creado por Atenas al enfrentarse a Melos, mucho más débil: ríndete o serás destruido. La moralidad y el derecho son irrelevantes: «El fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe», como resumió Tucídides en el principio imperante. En la práctica, eso es el derecho internacional.

Eso no quiere decir que debamos ignorar la moralidad y el derecho como Atenas y sus imitadores contemporáneos. La moralidad y el derecho pueden ser útiles con fines educativos y como directrices para contribuir a un mundo mejor, un mundo bastante distinto de este mundo.

Fijémonos en este mundo. Lamentablemente es demasiado fácil hacer un inventario de historias horribles. En cada caso, la pregunta crucial es ¿qué se puede hacer para acabar o al menos mitigar esos horrores? Otra pregunta sería ¿cómo surgió la situación, qué podemos aprender de ello?

Los casos de Afganistán, Yemen y Gaza

Un ejemplo verdaderamente aterrador es Afganistán. Millones de personas literalmente se enfrentan a la inanición, una tragedia colosal. Hay comida en los mercados, pero con todos sus fondos bloqueados en los bancos internacionales, la gente con poco dinero tiene que ver cómo sus hijos mueren de hambre.

¿Qué podemos hacer? No es ningún secreto: Presionar al gobierno de los EE.UU. para que libere los fondos de Afganistán, custodiados en bancos de Nueva York para castigar a los pobres afganos por osar resistirse a los 20 años de guerra de Washington. La excusa oficial es aún más vergonzosa: los EE.UU. deben retener los fondos de los afganos hambrientos por si los estadounidenses quieren resarcirse por los crímenes del 11-S de los que los afganos no son responsables.

Recuerdo aquí que los talibanes ofrecieron su total rendición, lo que habría implicado entregar a los sospechosos de al-Qaeda, pero los EE.UU. respondieron rotundamente que «no negociamos rendiciones». Fue el secretario de defensa, Donald Rumsfeld, principal artífice de la guerra, secundado por George W. Bush.

Podemos hacer muchas cosas y aprender muchas lecciones si logramos despojarnos de los poderosos sistemas de propaganda occidentales y mirar a los hechos como son.

Pasemos a otro caso. Lo que la ONU describe como la peor crisis humanitaria del mundo: Yemen. El número oficial de víctimas alcanzó el año pasado las 370.000 personas. El número real no se conoce. El país, destrozado, se enfrenta a la hambruna generalizada. Arabia Saudita, la principal culpable, ha ido intensificando el bloqueo al único puerto que se usa para la importación de alimentos y combustible. La ONU está emitiendo advertencias extremas de que cientos de miles de niños se enfrentan a una inanición inminente. Esto viene secundado por especialistas estadounidenses, entre los que destacan Bruce Riedel de la Brooklings Institution, antiguo analista principal de la CIA para Oriente Medio durante cuatro presidencias, quien sostiene que las ofensivas saudíes se deberían investigar como crímenes de guerra.

¿Podemos hacer algo? Sí. Todo. Las fuerzas aéreas saudíes y emiratíes no pueden funcionar sin aviones, formación, inteligencia o repuestos estadounidenses. Eso se puede acabar. Una orden de los EE.UU., salvaría cientos de miles de niños de una muerte de hambre inminente. El Reino Unido y otras potencias occidentales también participan del crimen, pero los EE.UU. están muy adelante.

Por tanto, podemos salvar a la población de un sufrimiento indescriptible y podemos aprender algo, sí así lo queremos. Pero en lugar de ello, preferimos declaraciones grandilocuentes sobre crímenes y enemigos, lo que resulta mucho más fácil y práctico. Nada nuevo. No lo ha inventado los EE.UU., pero como poder hegemónico mundial, EE.UU. está al frente de la desgracia.

No es difícil encontrar más ejemplos. Veamos la mayor prisión a cielo abierto del mundo, Gaza, donde dos millones de personas, la mitad de ellos niños, viven «a dieta», como lo llaman sus carceleros: suficiente para sobrevivir, porque un genocidio en masa no quedaría bonito, pero poco más. Tienen poca agua potable. Se han destrozado el alcantarillado y las centrales eléctricas con repetidos ataques de los que no se libran hospitales, residencias, población civil en general y todo sin un pretexto creíble. El despliegue cotidiano de violencia sirve para advertir a los súbditos para que no se rebelen. Las autoridades internacionales predicen que pronto la prisión será literalmente inhabitable.

Las cosas no van mejor en la otra parte de los territorios ocupados, donde colonos y ejército no solo someten a los palestinos a un terror diario, sino que también les expulsan de sus aldeas destrozadas para hacer sitio a más asentamientos ilegales. Ya ni se habla de la anexión de los Altos del Golán o la gran ampliación de Jerusalén, que vulneran las estrictas órdenes del Consejo de Seguridad, pero fueron reconocidos oficialmente por la administración Trump, que también autorizó la ocupación del Sahara Occidental por Marruecos, quebrantando órdenes del Consejo de Seguridad y la Corte Internacional de Justicia. Así que es totalmente normal que, al día de hoy se festeje una reunión entre Israel, Marruecos y las dictaduras asesinas árabes como un maravilloso paso hacia la paz y la justicia gracias a la benevolencia estadounidense.

¿Podemos hacer algo? No hay más que decir. ¿Podemos aprender algo? No es difícil.

La invasión de Ucrania

Podríamos seguir tranquilamente, pero vamos a dejar la lista de historias de terror para concentrarnos en el tema actualmente candente, y con razón: la invasión rusa de Ucrania que, por su carácter, aunque no por su escala, se sitúa junto a otros grandes crímenes de guerra como la invasión de Irak por parte de EEUU y Reino Unido, la invasión de Polonia por Hitler y Stalin y otros sombríos episodios de la historia moderna.

La tarea inmediata es acabar con los crímenes que están devastando Ucrania. Si le preocupase en lo más mínimo el destino de las víctimas ucranianas, lo que EE.UU. debería hacer es acceder a participar en los esfuerzos diplomáticos para poner fin al ataque y plantear un programa constructivo para facilitar este resultado. Y se le debe presionar para que lo haga.

Es bien sabido cómo sería un programa constructivo. Su elemento principal es la neutralidad de Ucrania: sin adhesión a alianzas militares hostiles, ni albergar armas que apunten a Rusia, ni ejecutar maniobras con fuerzas militares hostiles. Un estatus bastante parecido al de México y, de hecho, de todo el hemisferio occidental que no puede entrar en una alianza militar dirigida por China, instalar armamento chino apuntado a los EE.UU. en la frontera ni ejecutar maniobras con el Ejército de Liberación Popular chino.

En resumen, un programa constructivo sería lo contrario a la política oficial actual de EE.UU. formalizada en una declaración conjunta sobre la alianza estratégica EE.UU.-Ucrania firmada en la Casa Blanca el 1 de septiembre de 2021. Este documento, críticamente importante, suprimido en EE.UU. y supongo que en todos lados, declaraba que Ucrania debía ser libre de adherirse a la OTAN. Para justificarlo, Washington utilizaba la teoría sobre la santidad de la soberanía que ruboriza a los círculos civilizados, particularmente del Sur Global, que saben bien por amarga experiencia que EE.UU. es el abanderado del desprecio a la soberanía.

Sigamos con la Declaración conjunta. La cito: «se ha construido un marco estratégico de defensa que sienta los cimientos para intensificar la cooperación estratégica de defensa y seguridad entre EE.UU. y Ucrania», ofreciendo a Ucrania armas avanzadas antitanques, entre otras, junto con un «sólido programa de formación y entrenamiento para mantener el estatus de Ucrania como socio de la OTAN». Esto es de septiembre pasado.

Este sorprendente documento, que no es público (sí es público, pero no está registrado), incrementa el desdeñoso desprecio de Washington por las preocupaciones rusas desde que Clinton quebrantara en 1998 la firme promesa de George H. W. Bush de no ampliar la OTAN hacia el Este, una decisión que desató las advertencias de diplomáticos de alto nivel como George Kennan, Henry Kissinger, el embajador Jack Matlock, el director de la CIA William Burns y muchos otros; e hizo que el secretario de defensa William Perry casi dimitiera como protesta. Esto se suma por supuesto a las medidas agresivas de Clinton y sus sucesores que afectaron directamente a intereses rusos (Serbia, Irak, Libia y otros crímenes menores), realizadas para que se maximizara la humillación.

Ya que ha habido mucho encubrimiento y disimulo sobre las promesas de Bush y Baker a Gorbachov, tal vez convenga citar literalmente al Archivo de Seguridad Nacional:

«El secretario de estado, James Baker, concuerda con la declaración de Gorbachov en respuesta a la declaración de que «la expansión de la OTAN es inaceptable». Barker aseguró a Gorbachov que «ni el Presidente ni yo tenemos la intención de sacar rédito unilateral de los acontecimientos» y que los estadounidenses han comprendido que «no solo es importante para la Unión Soviética, sino también para otros países europeos, que se garantice que si los EE.UU. mantienen su presencia en Alemania en el marco de la OTAN, la jurisdicción militar actual de la OTAN no se extenderá al este ni una pulgada más».

Sin reservas, sin ambigüedades, directo y claro.

Volviendo a la Declaración conjunta de Septiembre de 2021 fue, por supuesto, muy incendiaria. Es muy posible que haya influido en la decisión de Putin de intensificar la movilización anual de fuerzas en la frontera ucraniana para atraer la atención sobre los intereses de seguridad rusos, llegando en este caso a una agresión criminal directa.

Por qué Estados Unidos no apoya la salida diplomática

Un elemento central en un programa constructivo es la neutralidad, que de hecho ya ofreció Zelensky y no respaldó EE.UU. Es sabido que no se puede saber si funcionará la diplomacia si no se la intenta. Por ahora los EE.UU., con el apoyo de sus aliados, se niegan a hacerlo condenando a los ucranianos condenándolos a un destino sombrío.

Solo se puede especular sobre los motivos para ello, pero es importante reconocer que Putin le ha dado a Washington un regalo maravilloso. Metió a Europa hasta el fondo del bolsillo de Washington. Y este ha sido un tema de primer orden en los asuntos globales desde la Segunda Guerra mundial.

A lo largo de la Guerra Fría, Europa tuvo una opción. ¿Debería estar subordinada a los EE.UU. en el marco OTAN-Atlantista? ¿O debería perseguir la visión de un «hogar común europeo» del Atlántico a los Urales o incluso de Lisboa a Vladivostok, sin alianzas militares, que se convertiría en una «tercera potencia», un actor independiente en asuntos mundiales? Esta es la propuesta que hizo Charles de Gaulle, estaba implícita en la Ostpolitik de Willy Brandt y Gorbachov la dejó muy clara cuando se derrumbó la Unión Soviética.

Por supuesto, EE.UU. se opuso frontalmente, a menudo de forma muy esclarecedora. Se dio un caso hace 50 años cuando los EE.UU. preparaban el golpe militar que derrocaría la democracia parlamentaria en Chile e instauró el despiadado régimen de Pinochet. El artífice del crimen, Henry Kissinger, lo explicó así: el «virus» de la reforma social democrática de Allende podría «contagiarse» a otros sitios y llegar a España o Italia amenazadas por iniciativas reformistas de izquierdas. Dichas consideraciones han sido un principio rector para la política exterior estadounidense, igual que para la de sus predecesores imperialistas. De hecho, volviendo a Atenas, su ultimatum a Melos tenía motivaciones similares: que su «neutralidad» no se extendiera a otras islas griegas. Este es un principio fundamental en asuntos mundiales

Por ahora, las iniciativas de Putin sirvieron para descartar la perspectiva de una Europa independiente. Eso es un regalo inconmensurable para la política imperial de EE.UU. Puede que Washington esté muy satisfecho con cómo se están desarrollando los crímenes en Ucrania. Tal vez, como ha sugerido recientemente Hillary Clinton, se dé la posibilidad de apoyar una insurgencia como la de Afganistán, que devastó el país mientras bloqueaba los intentos rusos de retirarse (como intentaban hacer desde un principio según queda claro en los archivos rusos liberados), y que también contribuyó al hundimiento de la Unión Soviética.

Nunca se atribuyó el mérito por haber instigado a Rusia a invadir Afganistán, pero el asesor de Seguridad Nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, un célebre analista estratégico, explicó que el destino de millones de afganos apenas se puede comparar con la caída de la economía mundial o con el destino de millones de ucranianos.

Qué se puede hacer

Volviendo a las preguntas principales ¿Podemos hacer algo para evitar la masacre? ¿Podemos aprender algo? Parece obvio que la respuesta a ambas preguntas es un «sí» rotundo.

Aparte de los horrores que se muestran cada día en las portadas y que se visibilizan bien cuando el enemigo es el responsable, hay sucesos en camino mucho más macabros. Algunos ya están ocurriendo, otros están demasiado cerca para que estemos tranquilos.

Ya se siente el agudo retroceso en los intentos de reducir el uso de combustibles fósiles, lo que constituye prácticamente una sentencia de muerte. La euforia en las sedes de las petroleras es incluso mayor que la alegría desatada en las oficinas de los fabricantes de armas. Las petroleras exigen que se les reconozca como salvadores de la civilización mientras se los autoriza a dedicar cada vez más esfuerzos en destruir el futuro de la vida humana en la Tierra. Por no hablar de la ingente cantidad de especies que estamos destrozando desenfrenadamente.

Esto está ocurriendo mientras nos llega el análisis más acuciante hasta ahora del IPCC, la agencia internacional que vifila la evolución del clima. En su presentación de agosto, advierte que tenemos que reducir de inmediato el uso de combustible fósil, y luego avanzar sustancialmente cada año, si queremos evitar puntos de no retorno que ya no quedan muy lejos. Ni un demonio perverso habría elucubrado una situación como la actual: por un lado, intentos enormes de aumentar el uso de combustibles fósiles «para salvar la civilización» y por el otro el reconocimiento de que hay que reducirlo sin demora para evitar una catástrofe inimaginable.

El fantasma de la guerra nuclear

Esa es la situación actual. Y eso no es todo. La crisis de Ucrania amenaza con una guerra nuclear; lo que significa una guerra terminal. No se escapa nada. El país que lance el primer ataque quedará destrozado hasta tal punto que los afortunados serán los que mueran rápido. Y eso no es una perspectiva remota. Putin ya eimitió una alerta nuclear, probablemente simbólica, pero no sabemos dónde podría acabar.

Rusia tiene un sistema de alerta muy débil. Depende del radar, que solo llega al horizonte, a diferencia de EE.UU. que usa detección por satélite y advierte a la primera señal de ataque inminente. Rusia apenas tiene alertas de ataque y, por lo tanto, podría hacer un ataque devastador incluso en caso de accidente, como los que han ocurrido muchas veces y en los que la intervención humana ha evitado la destrucción total.

La amenaza empeoró mucho cuando Trump desmanteló el Tratado INF entre Reagan y Gorbachov, dejando a Moscú a pocos minutos de misiles nucleares colocados cerca de sus fronteras. Tras la expansión de la OTAN realizada por Clinton y sus sucesores, el desmantelamiento del tratado ABM que hizo George W. Bush tuvo consecuencias similares.

Según las encuestas, más de un tercio de los estadounidenses están a favor de «tomar medidas militares (en Ucrania) aunque esté en juego la guerra nuclear con Rusia». Eso significa que más de un tercio de los estadounidenses obviamente no tienen la menor idea de lo que significa un conflicto nuclear y escuchan proclamas heroicas en el Congreso y los medios sobre crear una zona de exclusión aérea, algo que hasta ahora está evitando el Pentágono porque entiende que eso requeriría destruir instalaciones antiaéreas en Rusia y, probablemente, pasar a una guerra nuclear.

Dejando de lado esta locura, resulta obvio para cualquiera que tenga un cerebro funcionando que, nos guste o no, habrá que ofrecer a Putin algún tipo de salida, al menos si nos preocupa algo el destino de los ucranianos y del mundo. Desafortunadamente, parece que los atrevidos y descerebrados imitadores de Winston Churchill son más atractivos que preocuparse por las víctimas de Ucrania y más allá.

¿Qué podemos hacer? La única opción es trabajar con fuerzo educando, organizando y realizando acciones que consigan comunicar las amenazas que enfrentamos y movilizar al conjunto. No es una tarea sencilla. Pero es necesaria para sobrevivir.