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5 de septiembre de 2024

Telegram, Musk y la ciberguerra

Jorge Elbaum

La conflictividad global está atravesada por factores económicos, comerciales y bélicos que tienen a las plataformas, las redes sociales, la Inteligencia Artificial (IA), los satélites y los cables de fibra óptica submarina como elementos claves que definen los espacios soberanos, el espionaje y la capacidad para influir, condicionar y determinar formatos cognitivos y conductas sociales.

Los analistas militares denominan a la constelación estructural que le da soporte a Internet como el C4ISR, sigla con la que se hace referencia a las actividades de comando, control, comunicaciones, inteligencia, vigilancia y reconocimiento. La geopolítica actual es inseparable de la dotación de información y manipulación que posee la ciberesfera. Esta constatación ha generado la ampliación de los espacios de operatividad de las fuerzas armadas, sumándose la ciberdefensa al ejército, la marina y la aeronáutica.

La detención del fundador y CEO de la red social Telegram Pavel Durov (foto) se inscribe en el control de esta dimensión cada vez más relevante del poder global. Uno de sus orígenes se vincula con la guerra que llevan a cabo los 32 países de la OTAN contra la Federación Rusa. Una segunda causa se relaciona con la capacidad que posee Telegram para sortear a los aparatos de inteligencia del G7. La plataforma de Durov fundada en 2013 cuenta en la actualidad con mil millones de usuarios, un soporte de mensajería cifrada que no pudo ser penetrado por la OTAN y múltiples protocolos criptográficos que los integrantes de la plataforma se han negado a compartir.

El caso Pavel Durov se inscribe en la ofensiva de occidente para limitar la independencia y la autonomía de lo que no pueden controlar. Los antecedentes de Julian Assange (WikiLeaks), del analista Edward Snowden (refugiado en la Federación Rusa, luego de difundir documentos de inteligencia), y de Meng Wanzhou, ejecutiva de Huawei detenida en Canadá durante más de dos años, exhiben el malestar de quienes no aceptan la pluralidad de los dispositivos, plataformas y redes que no pueden monitorear.

Durov fue acusado por el Centro de Lucha contra la Delincuencia Digital (C3N) y de la Oficina Nacional de Lucha contra el Fraude (ONAF), por no moderar los contenidos. La imputación de la justicia está caratulada como “complicidad en la administración de una plataforma en línea por permitir una transacción ilícita, en banda organizada”. Entre los otros delitos imputados, figura el rechazo a cooperar con las autoridades en las intercepciones autorizadas por la legislación francesa. La imputación, en síntesis, se vincula con la negativa de Durov a violar la confidencialidad comprometida a los usuarios de la plataforma.

Aunque Durov fue liberado bajo control judicial, y se le prohibió abandonar el país, sus defensores dejaron trascender que podría dejar de ser acusado si colaborara con las autoridades de inteligencia y accediera a compartir los códigos criptográficos que permitirían acceder a los mensajes privados, sobre todos a los relacionados con la guerra entre de la OTAN contra Moscú. Telegram se ha convertido en una fuente fundamental de información y es utilizado por las tropas rusas para difundir posicionamiento y videos de las batallas que generan desánimo entre los combatientes de Kiev. Telegram se ha convertido en una aplicación donde se entabla “una batalla virtual» que es utilizada para hacer geolocalizaciones de tropas y organización de comando por parte de analistas rusos agrupados en el canal de Telegram denominado Rybar.

Antes de llegar al aeropuerto de París-Le Bourget, proveniente de Azerbaiyán, Durov estuvo dos días en Bakú, lugar al cual también viajó Vladimir Putin. Los servicios de inteligencia de la OTAN sugirieron que el CEO de Telegram se había reunido con el líder ruso. Según el vocero del Kremlin Dmitri Peskov, no existieron contactos entre ambos. Luego de la detención, Moscú denunció que Emmanuel Macron –aliado a Volodymir Zelensky– pretendía “intimidar” a Durov con el objeto de controlar las claves de la red social. Por su parte, la Defensora del Pueblo de Rusia, Tatiana Moskalkova, acusó a París de detener a Pavel con el fin de clausurar la plataforma para que la información se derive a plataformas en las que la OTAN puede interferir.

El tema fundamental de la disputa, que tiene a Telegram como parte de la disputa, es la soberanía. El globalismo otantista busca imponer su lógica de doble rasero. Lo que no controla para ser ilegal, peligroso o subversivo. Pero si algún país ajeno a su vigilancia pretende controlar su constelación de C4ISR, pasa de forma inmediata a convertirse en un cómplice del terrorismo internacional. En los últimos años, Turquía ha exigido que las redes sociales tengan ejecutivos locales basados en el país, demanda que ha sido rechazada por las grandes plataformas.

El último 17 de agosto, Elon Musk informó que X cerrará sus oficinas en San Pablo dada la exigencia del juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes para que nombre un representante legal en el país. El plazo otorgado al socio político de Donald Trump venció el último jueves y este viernes el juez ordenó la suspensión inmediata de la red social en Brasil. Las ciber-batallas que tienen como núcleo la competencia por el control cognitivo serán un vector de la conflictividad global en las próximas décadas.

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/763764-telegram-musk-y-la-ciberguerra

1 de mayo de 2022

Presiones y extorsiones de EE.UU. para quebrar los vínculos de América Latina con Rusia y China

Jorge Elbaum

En las dos últimas semanas, el Departamento de Estado estadounidense desplegó un ambicioso programa de persuasión extorsiva sobre los países ubicados en el llamado “hemisferio occidental”, con el objetivo de limitar sus vínculos comerciales y de cooperación con Moscú y Beijing.

Los modelos de proximidad desplegados en América Latina y el Caribe ofrecen un amplio menú de alternativas que van desde las amenazas y las sanciones hasta la oferta de mejores condiciones para las exportaciones, garantías para la continuidad de remesas o para la autorización ampliada de visados.

 El pasado 7 de abril se suspendió a la Federación Rusa del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, como resultado de las denuncias realizadas por Ucrania respecto de crímenes de guerra. La medida se llevó a cabo sin que mediaran relevamientos ni investigaciones en el terreno.

El 21 de abril se resolvió suspender a Rusia de su sitial como Observador Permanente de la Organización de Estados Americanos. En la primera votación la Argentina avaló la suspensión, mientras que en la segunda inhabilitación se abstuvo. Entre estas dos votaciones, el Departamento de Estado intentó infructuosamente la expulsión de Moscú del Consejo de Seguridad de la ONU.

El último miércoles, la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, invitó a los ministros de economía del G20 a boicotear el discurso de Anton Siluanov, jefe de la cartera de hacienda de Moscú. El representante argentino en el encuentro desarrollado en Washington desechó la cancelación y permaneció en su banca junto otros 16 funcionarios. Las únicas tres representaciones que abandonaron las deliberaciones fueron la propia Yellen y los ministros de Canadá y el Reino Unido.

En la conferencia de prensa, Yellen justificó el limitado éxito del boicot propuesto: “Para retirar a un país de cualquier participación se requiere realmente un nivel de acuerdo muy alto en muchos foros, incluido el G20, y no hubo ese nivel de acuerdo”.

La ofensiva de sanciones, boicot y bloqueos está directamente relacionada con el propósito de debilitar a cualquier país que defienda su soberanía contra las reglas impuestas por Estados Unidos, y/o que busque articular bloques comerciales alternativos al configurado por el atlantismo. Esa fue la causa geopolítica por la que se estimuló el conflicto ancestral entre los sectores nacionalistas ucranianos y los rusos: se buscó impedir la constitución de un eje geopolítico continental eurásico, capaz de articular a Europa Occidental con el Sudeste Asiático, colocando a Moscú como nexo entre ambos continentes.

Una vez en guerra –azuzada previamente–, la máxima autoridad del Tesoro estadounidense postuló los próximos pasos: “Lo recaudado por las ventas de petróleo y gas es una fuente importante de ingresos para Rusia. Sería muy útil buscar la manera de reducir esos ingresos”.

La ofensiva de Washington se relaciona con el sorpresivo fracaso de sus sanciones: a pesar de que se separó a Rusia del sistema SWIFT y se le congelaron reservas en el exterior, el valor del rublo se estabilizó en valores similares a los exhibidos en forma previa a la intervención militar; el gas, el petróleo y el carbón ruso siguen despachándose hacia Europa Occidental; y el Banco Central continúa incrementando sus reservas internacionales. Durante la última semana sumó 1.700 millones de dólares, alcanzando la suma de 611.100 millones.

Esa es la razón por la que el 13 de abril la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, adelantó el pedido de exclusión de Vladimir Putin de la próxima cumbre del G20, a realizarse entre el 15 y el 16 de noviembre próximos en Bali. Para reforzar la presión, la titular del Tesoro mantuvo el último martes una reunión con el ministro de Finanzas de la República de Indonesia, Sri Mulyani Indrawati, a quien le exigió supresión del Presidente ruso de la lista de invitados para noviembre.

La acometida del Departamento de Estado se dirige prioritariamente sobre América Latina y el Caribe (ALyC). A mediados de abril, funcionarios cercanos a Anthony Blinken se conectaron con el embajador argentino en Washington para conminarlo a cuestionar a Putin en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. La decisión de acompañar la propuesta de suspensión de Rusia de dicha institución fue decidida por Alberto Fernández, Gustavo Béliz y Santiago Cafiero luego de las intimidaciones extorsivas insinuadas en relación con la continuidad de los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional.

Chantajes diplomáticos

Una arremetida similar se observó durante las últimas dos semanas contra el gobierno mexicano, cuestionado por Washington por su neutralidad respecto a la intervención militar rusa. La irritación de la administración Biden contra Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se expresó con relación a la nacionalización del litio –aprobada durante la última semana por el Parlamento– y la aprobación de la Ley de la Industria Eléctrica, avalada por la Suprema Corte de Justicia.

Una semana antes de estos dictámenes, el ex jefe del Departamento de Estado de Barack Obama y actual titular de la agencia climática de la Casa Blanca, John Kerry, advirtió que la nueva legislación eléctrica generaría “deterioros del medio ambiente”, y que su aplicación produciría una exclusión de las empresas estadounidenses que invertían en México. AMLO informó –luego de su reunión con Kerry– que Washington pretendía “imponer un grupo para vigilarnos, para observar [los debates sobre las normativas eléctricas]. Eso no lo permite nadie. A lo mejor en otros tiempos, con gobiernos sumisos, entreguistas, pero ya no son los tiempos de antes”.

La contrariedad por las nuevas regulaciones eléctricas se suma al peligro –conjeturado por los funcionarios estadounidenses– de una potencial utilización del litio mexicano por parte de las empresas chinas. La nacionalización del mineral fue aprobada el último martes luego de que su precio internacional se incrementara un 400% en el último año. El litio es uno de los componentes centrales de las baterías necesarias para la fabricación de vehículos eléctricos. La empresa automotriz Tesla –del mega-millonario Elon Musk– aparece como uno de las impulsoras de las presiones diplomáticas y coercitivas para garantizarse dicho insumo y evitar que esos recursos lleguen a impulsar la competencia de los autos producidos por Beijing.

La producción del mineral tendría que aumentar un 500% hasta 2050 para poder hacer frente a la reconversión productiva que se pretende para la industria automotriz. El Servicio Geológico de los Estados Unidos cuantifica las tenencias de su vecino en 1,7 millones de toneladas –el 2,3% de las reservas mundiales–. El líder es Bolivia, con 21 millones, y en segundo lugar aparece la Argentina, con 19 millones.

El 24 de julio de 2020 Musk respondió a una imputación sobre su participación en el golpe contra Evo Morales, promovido y avalado por el Departamento de Estado: “Nosotros derrocaremos a quién queramos”. Según Kenneth Smith, un contratista de la embajada, Washington y Ottawa podrían impugnar la nacionalización del litio en México ya que vulnera algunos de los acuerdos alcanzados en el T-MEC (Tratado de libre comercio firmado por Canadá, México y Estados Unidos). El tema de fondo es el temor a que China pueda acceder a alguna porción de esa cadena de valor, o a comprarle directamente al Estado su producto.

La ofensiva no es solo contra México o la Argentina. La Casa Blanca ha repudiado abiertamente la neutralidad de los BRICS (alianza económica y política compuesta por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en relación con la intervención militar en Ucrania. Sin embargo, el último martes el ministro de Economía de Jair Bolsonaro, Paulo Guedes, le respondió al Departamento de Estado anunciando que propondrá la candidatura argentina para ingresar al Nuevo Banco de Desarrollo del grupo de los BRICS.

La arremetida de la administración Biden también se vio frustrada en Panamá, donde se hicieron presentes Antony Blinken y Alejandro Mayorkas, secretarios de Estado y de Seguridad Nacional. La visita pretendió impulsar algún tipo de restricción a las embarcaciones con productos chinos o rusos a través del canal, pero sus peticiones no fueron consentidas. En el caso de Honduras, pese a las resistencias del gobierno de Xiomara Castro, la dependencia financiera de las remesas provenientes de familiares residentes en Estados Unidos impuso un alineamiento respecto de la situación de Ucrania.

Venezuela es paradójicamente una de las más favorecidas. Dada la soberanía adquirida por ese país desde 1999, Biden carece de mecanismos extorsivos (políticos, comerciales o militares), al tiempo que implora volcar barriles de petróleo al mercado internacional para evitar la espiral inflacionaria a nivel global. Lo mismo se intentó con Arabia Saudita, país al que se le solicitó aumentar la producción de petróleo para bajar su precio y socavar de esa manera la obtención de recursos de Moscú. El reino, sin embargo, se negó a incrementar la producción.

En el caso de Cuba la situación es ambivalente. Por primera vez desde 2018, el 21 de abril se llevaron a cabo reuniones entre funcionarios estadounidenses y cubanos para darle continuidad a los acuerdos migratorios incumplidos por las autoridades de Washington en los últimos cuatro años. Estos encuentros concedidos por la administración de Biden buscan descomprimir los niveles de confrontación con América Latina y el Caribe –sin dejar de extorsionar– para volver a priorizar lo que los think tanks demócratas denominan la “emergencia euroasiática”.

Sin embargo, las sanciones contra Putin parecen hacer más mella en sus socios que en Moscú: a principios de febrero partió desde Rusia un carguero con una donación de 19.526 toneladas de trigo para La Habana. El embajador ruso en La Habana, Andréi Guskov, explicó que la demora se debió a la desconexión de varios bancos rusos del sistema SWIFT, que impidieron abonar el flete.

Quien no parece contar con ese tipo de problemas es Colombia, el único que sigue a pie juntillas las recomendaciones de Washington. Mientras Iván Duque sigue sin dar explicaciones sobre las cotidianas masacres de dirigentes sociales y campesinos, sus autoridades se suman de forma automática a todas las medidas y discursos solicitados por la Casa Blanca. El jueves la vocera del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, María Sajárova, destacó en un comunicado que “tomamos nota de las declaraciones del Presidente de Colombia sobre las relaciones ruso-colombianas. Lamentamos que las hiciera en el espíritu de la retórica negativa impuesta a otros países por el gobierno de Estados Unidos”.

La embestida contra China –promovida por Washington– incluye zanahorias y augurios: se les repite a los gobiernos de América Latina y el Caribe que en el futuro podrán sustituir segmentos de las cadenas de suministro, hoy controlados por China, presagiando una nueva etapa de deslocalización (nearshoring) que impulsaría el crecimiento del subcontinente, si es que son capaces de ofrecer mercados internos reducidos y salarios exiguos.

El modelo promovido por la administración Biden es el de una fragmentación permanente de la economía mundial, con dos circuitos alternativos de comercio y cooperación internacional basados en bloques geopolíticos. Para lograr ese objetivo deberá esmerarse en cortar sólidos lazos e impedir –de forma simultánea– que Eurasia no logre eludir el apartheid impuesto.

El novelista Henry Miller deslizó, poco tiempo antes de su fallecimiento, una duda que inquieta de forma punzante a los analistas internacionales: “Mi única duda es saber si Estados Unidos acabará con el mundo, o si el mundo va a acabar con Estados Unidos”.

Jorge Elbaum. Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

16 de marzo de 2022

La mano que mece la cuna, El rol de Estados Unidos en la guerra en Ucrania

Jorge Elbaum

Gracias a la injerencia y colaboración estadounidense, los grupos neonazis que lideraron la revuelta del Maidán se transformaron en batallones paramilitares.

El lunes 7 de marzo las fuerzas militares rusas localizaron una red de seis laboratorios en la zona del Donbas. Las instalaciones halladas, algunas parcialmente desmanteladas, corresponden a laboratorios de investigación militar gestionados por investigadores estadounidenses y ucranianos en forma conjunta. Los documentos encontrados en los laboratorios se vinculan con la contratista Southern Research Institute, adscrita a la Agencia de Reducción de Amenazas de Defensa (DTRA), una dependencia del Pentágono.

En una investigación de 2018 sobre el desarrollo de armamento biotecnológico, titulada “Las armas biológicas del Pentágono”, se detallan los contratos de esa empresa con el Ministerio de Defensa estadounidense para generación y propagación de bioagentes. Un día después de los hallazgos, la subsecretaria de Estado Victoria Nuland aceptó la existencia de esos laboratorios conjuntos y se mostró alarmada ante la posibilidad de que dichas instalaciones puedan ser utilizadas en el futuro por Moscú.

La tarea conjunta de guerra biológica implementada con Kiev es parte de un programa desarrollado por Washington para empoderar a los sectores nacionalistas ucranianos e incitarlos a una confrontación con Rusia. Según la historiadora estadounidense Mary Elise Sarotte, autora de Ni una pulgada más: Estados Unidos, Rusia y el estancamiento de la posguerra fría, el rechazo norteamericano a la pacificación europea se debe a que la cooperación en seguridad dentro de ese continente fue vista por Wall Street y los think tanks estadounidenses como una posibilidad cierta de pérdida de influencia en la región. Una de las fuentes consultadas para su investigación –un importante funcionario del Departamento de Estado– manifestó que una integración entre Rusia y Europa “sería peligrosa (…) Si los europeos unen sus fuerzas y construyen un sistema de seguridad común, nosotros nos quedamos fuera y eso no es deseable. Hay que fortalecer la OTAN para que eso no ocurra”.

El 21 de noviembre de 1990 se celebró en París la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE). Durante ese evento se firmó la Carta para la Seguridad Europea, suscrita por los Estados de Europa, Estados Unidos y Canadá. En el apartado titulado “Relaciones amistosas entre estados participantes”, se consignaba: “La seguridad es indivisible. La seguridad de cada uno de los Estados participantes está inseparablemente vinculada con la seguridad de los demás”. También se advertía que los firmantes –entre los que se hallaban Rusia, los integrantes de la Unión Europea y Estados Unidos– “no fortalecerán su seguridad a expensas de la seguridad de otros Estados”.

Ese mismo año, ocho meses antes de la rúbrica de la Carta de la Seguridad Europea, el entonces jefe del Departamento de Estado, James Baker, le garantizó a Mijail Gorbachov que la Alemania reunificada se convertiría en el último país en ser integrado a la OTAN: “Entendemos la necesidad de garantías para los países del Este. Si tenemos presencia en una Alemania que es parte de la OTAN, no habría extensión de la jurisdicción de la OTAN para las fuerzas de la OTAN, ni una pulgada hacia el este”. El entonces embajador de Estados Unidos en Moscú, Jack Matlock certificó, tiempo después, que se le otorgaron “garantías categóricas” a la Unión Soviética de que la OTAN no se expandiría hacia el este.

Los documentos oficiales desclasificados en 2017 por el gobierno de los Estados Unidos, referidos a los compromisos asumidos ante Rusia, fueron digitalizados por el National Security Archive. En el informe se detalla la lista de los funcionarios gubernamentales que se comprometieron en las dos décadas posteriores a la reunificación alemana a no expandirse militarmente hacia el Este. Entre los citados aparecen el secretario de Estado norteamericano James Baker, el Presidente George Bush, el ministro de Exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher, el canciller Helmuth Kohl, el director de la CIA Robert Gates, el Presidente francés François Mitterrand, la primera ministra británica Margaret Thatcher y su sucesor John Major, el secretario de Exteriores de ambos, Douglas Hurd, y el secretario general de la OTAN, Manfred Wörner.

Un lustro más tarde del establecimiento de esos compromisos se llevaron a cabo las primeras maniobras militares conjuntas de la OTAN con Ucrania. Mientras se realizaban los ejercicios bélicos en la frontera de Rusia, el ministro de Exteriores británico, Malcom Rifkind, afirmaba que el verdadero objetivo consistía en impedir que Rusia se consolidase como una potencia similar a la que fue la URSS medio siglo atrás. En 1999 se integraron a esa organización atlantista tres países: Polonia, Hungría y la República Checa. En 1996, cuando aparecía como evidente la defección a los compromisos asumidos por Washington y los países europeos, Gorbachov concedió una entrevista en la que señaló: “Hoy se pueden ignorar los intereses de Rusia, sus críticas a la ampliación [de la OTAN], pero la debilidad de Rusia no será eterna. ¿Es que no se dan cuenta para quién trabajan con esa política? Si la OTAN avanza en esa dirección aquí habrá una reacción”.

Advertencia y presagios

En 1997, George Kennan, uno de los pensadores estadounidenses más influyentes de la Guerra Fría, señaló en una entrevista en el New York Times que “ampliar la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era de posguerra fría”. Detalló además que dicha expansión “inflamaría las tendencias nacionalistas y militaristas de Rusia” y que eso llevaría a “restaurar el clima de la Guerra Fría a las relaciones este-oeste, e impulsará una política exterior rusa en direcciones opuesta a nuestros intereses”.

Un año después, ante la nueva expansión de la OTAN promovida por Bill Clinton en 1998, Kennan puntualizó que “esto es el inicio de una nueva Guerra Fría… creo que es un error trágico. No hay ninguna razón para esto. Nadie estaba amenazando a nadie”. Algo similar opinó Henry Kissinger en un artículo que escribió para el Washington Post en 2014: Ucrania “no debería de ser la avanzada de cualquiera contra el otro, debería de funcionar como un puente entre ellos”. Y recomendó: “Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un ente aberrante al cual se le tienen que enseñar reglas de conducta establecidas por Washington”.

William Perry, el secretario de Defensa de Bill Clinton, declaró un lustro atrás que Estados Unidos es el responsable del deterioro en las relaciones con Rusia. El actual jefe de la CIA de Joe Biden, William Burns, advirtió en una autobiografía, hace dos años, que invitar a Ucrania a la OTAN es percibido por todos los partidos políticos de Rusia como “nada menos que un reto directo a los intereses rusos”. Ted Galen Carpenter, especialista en relaciones internacionales del conservador Cato Institute, señaló en 2018 que los partidarios del atlantismo belicista habían desencadenado una segunda Guerra Fría al extenderse hacia el Este: “Era completamente pronosticable que la expansión de la OTAN llevaría a una ruptura trágica, posiblemente violenta, de relaciones con Moscú… las advertencias fueron ignoradas. Ahora estamos pagando el precio por la miopía y arrogancia de la política exterior de Estados Unidos”.

Dos semanas atrás, cuando Vladimir Putin ordenó la operación militar en Ucrania, el coronel Douglas McGregor, ex asesor de Seguridad del gobierno de Donald Trump, aseguró que la decisión del Putin no sólo era previsible, sino justificada, dado el acoso producido por la OTAN durante los últimos veinte años. Todos los analistas internacionales e incluso los encargados del seguimiento geopolítico militar sabían que la creciente amenaza de la OTAN –junto a la persecución de ruso-hablantes en Ucrania– garantizaba un conflicto armado.

Una esvástica por ahí

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Primerísimo primer plano de una manifestación en Kiev.

En febrero de 2014 se produjo en Ucrania un Golpe de Estado inscripto en la seguidilla de la revolución de colores promovida por diplomáticos de Estados Unidos, agencias de inteligencias y corporaciones mediáticas.

La revolución del Maidán tuvo como protagonista a la actual subsecretaria de Estado, Victoria Nuland, que en 2014 era la jefa para Asuntos Europeos del gobierno de Barack Obama. Mientras se sucedían los disturbios en Kiev, se filtró una conversación telefónica de Nuland con el entonces embajador de Estados Unidos en Ucrania, Geoffrey Pyatt. En ese diálogo se explicitaban los tres objetivos centrales de la operación del Maidán: digitar a los próximos dirigentes que debían hacerse cargo del gobierno ucraniano, impedir la continuidad de los vínculos pacíficos entre la Unión Europea y Rusia, y envalentonar a los sectores neonazis rusofóbicos. El historiador alemán Herwig Roggemann –uno de los máximos cronistas de los acontecimientos europeos contemporáneos– consideró que “aquella ‘victoria’ occidental en Kiev, el Maidán de 2014, fue el mayor fracaso de la historia europea tras el histórico cambio de 1990”.

Gracias a la injerencia y colaboración estadounidense, los grupos neonazis que lideraron la revuelta del Maidán se transformaron en batallones paramilitares. El banquero Ígor Kolomoiski, gobernador de la región de Dnipropetrovsk, fue el primero en financiar a los batallones territoriales (terbats) Azov, Dnipro 1, Dnipro 2, Aidar y Donbas, encargados de hostigar y asesinar a activistas de Lugansk y Donetsk que pretendían seguir hablando su idioma. El informe de 2016 de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OCHA), acusó al regimiento Azov de violar el derecho internacional humanitario.

En junio de 2015, tanto Canadá como Estados Unidos anunciaron –luego de entrenar a los grupos paramilitares por dos años– que sus fuerzas no apoyarían más al regimiento Azov, dadas sus tendencias neonazis. En 2016 el Pentágono desoyó las recomendaciones del los organismos de derechos humanos, que monitoreaban el Donbas, y levantó la prohibición. Dos años después, en octubre de 2019, 40 miembros del Congreso de los Estados Unidos, encabezados por el representante Max Rose, firmaron sin éxito una carta en la que pedían al Departamento de Estado el etiquetamiento de Azov como una “organización terrorista extranjera” (FTO, por sus siglas en inglés).

El logotipo del grupo –que fue premiado con la incorporación oficial a la Guardia Nacional ucraniana– exhibe el Wolfsangel, uno de los símbolos utilizados por el ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Según el oficial retirado de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Philip Giraldi, el entrenamiento de estos grupos por parte de instructores estadounidenses empoderó a los sectores más rusofóbicos y habilitó la respuesta de Moscú: los signos hitleristas son las distintivos que los rusos no pueden soportar.

El primer acuerdo de Minsk, rubricado el 5 de septiembre de 2014, garantizaba la autonomía para los habitantes del Este ucraniano. Fue refrendado por representantes de Ucrania, la Federación Rusa, la República Popular de Donetsk (DNR) y la República Popular de Lugansk (LNR). Tres meses después, el 2 de diciembre, el parlamento ucraniano modificó unilateralmente la “ley sobre el estatuto especial” estipulado en el protocolo. Según la revista estadounidense Army Times, el Comando de Operaciones Especiales de los Estados Unidos ha trabajado desde 2014, en forma oculta, para desarrollar un concepto operativo militar en conjunto con las fuerzas armadas de Kiev.

El 1º de septiembre de 2020 ?se prohibió ?por ley el uso de cualquier otra lengua que no sea el ucraniano en la administración, en los ?servicios públicos ?y en la enseñanza. A pesar de que el 20% de la población no habla ucraniano, las escuelas donde se enseñaba ruso ?y húngaro fueron cerradas. Un año después, el 21 de julio de 2021, el actual Presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, promulgó la Ley ?sobre los Pueblos Autóctonos, en la que se estipula que sólo los ucranianos de origen ?escandinavo, ?los de origen tártaro y los caraitas tienen “derecho a gozar plenamente de todos ?los Derechos Humanos y de todas las libertades ?fundamentales”. Ante la requisitoria de los ruso-hablantes de por qué no figuraban con los mismos derechos ciudadanos, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Dmitri Kuleba, adujo que “tienen un estado propio [por la Federación Rusa] por lo que no pueden considerarse autóctonos”.

Cerco y contención

La promulgación de la Ley de los Pueblos Autóctonos se aprobó mientras se llevaba a cabo la cumbre de la OTAN en Budapest, donde Estados Unidos propuso sumar a Ucrania. Los dos temas centrales de debate fueron “las políticas y acciones agresivas de Rusia” y “los desafíos que plantea la República Popular de China” a la seguridad de los países del organismo. A fines de 2021 Joe Biden promulgó la Ley de Autorización de la Defensa Nacional de 2022, en la que se profundiza la “teoría del cerco y la contención” de todos los países que no aceptan el liderazgo de Washington. En el documento se deja claro que sólo alcanza –para ser considerado agresor, o enemigo– la voluntad de un país para defender sus fronteras, su identidad, su seguridad territorial y/o su soberanía.

Los cuatro objetivos actuales de Estados Unidos en Eurasia son:

- Demonizar a Rusia y a China para evitar su ascenso como potencias;
- Generar malestar interno en dichos países para impedir su consolidación como potencias;
- Separar a Rusia de la Unión Europea tanto en términos comerciales como energéticos y suplir a Moscú como proveedor de gas, en formato licuado; y
- Desplegar una nueva carrera armamentista orientada a revitalizar la economía atlantista.

Rusia es en la actualidad el segundo productor de hidrocarburos del planeta. El 40% del gas que consume Europa llega por gasoductos gestionados por Gazprom. El gas licuado –que Washington pretende exportar para suplir las exportaciones rusas– costaba 8 dólares el millón de BTU el año pasado, y hoy cotiza a 55 dólares. Europa se sumó a la ofensiva de Washington y se prepara para un duro invierno después de congelar el proyecto del gasoducto Nord Stream II.

Washington se siente parcialmente victoriosa porque arrastró a la Unión Europea hacia la rusofobia. Ahora necesita que Rusia pierda la guerra en el formato de desprestigio y descrédito. Mientras azuzan a los ucranianos a resistir frente a uno de los ejércitos más poderosos del planeta, planean la venta de armas y la futura reconstrucción de Ucrania. Para Washington, una victoria rusa plena conlleva el peligro de un nuevo orden mundial con un eje Moscú-Beijín. Después de fabricar las condiciones para la guerra, el Departamento de Estado se concentra en la necesidad de imponer una narrativa demonizadora de Putin, capaz de obviar el despliegue de la OTAN y el genocidio en el Donbas.

Su credibilidad, sin embargo, quedó expuesta el último 5 de marzo cuando funcionarios de Biden visitaron Caracas para tramitar la compra de petróleo con quien desconocen como Presidente, Nicolás Maduro. Como consignó el marxista de la tendencia Groucho: “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.

14 de septiembre de 2017

Trump contra América Latina: el retorno del gran garrote

​Jorge Elbaum

El gobierno de Estados Unidos canceló recientemente el programa migratorio denominado Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (Deferred Action for Childhood Arrivals DACA, por sus siglas en inglés) implementado durante el gobierno de Barack Obama. Dicha iniciativa tenía como objetico impedir que alrededor de 800 mil jóvenes, que ingresaron como menores de edad, puedan ser expulsados.

La inmensa mayoría de migrantes que el DACA protegía –denominados “dreamers” debido a su soñada búsqueda de acceso a un trabajo digno y condiciones de vida mejores que las ofrecidas en sus lugares de origen– son latinoamericanos y se verán en el futuro ante el peligro cierto de ser desterrados, producto de la derogación de la disposición que los protegía.

Desde hace varios meses los gobiernos de Estados Unidos, en conjunto con Canadá y México, se encuentran renegociando el Tratado de Libre Comercio de América del Noerte (conocido con la sigla de NAFTA en inglés y TLCAN en español) con la clara intención por parte del gobierno de Trump de anular los mecanismos que benefician a México, sobre todo en lo relativo a la inversión directa en la llamada “maquila”, plantas instaladas por parte de transnacionales, básicamente en territorio mexicano, que permiten la utilización de fuerza de trabajo con salarios más bajos que lo que debieran pagar en su metrópolis.

Esta Inversión Extranjera Directa fue desarrollada en el marco de acuerdos económicos, motivados por el doble objetivo de abaratar la mano de obra al interior de Estados Unidos (mediante la generación de desempleo) y la obtención de excedentes adicionales al contratar trabajadores mexicanos dispuestos a trabajar por salarios más bajos, comparados con sus vecinos del norte.

El NAFTA permitió una expansión trasnacional que –desde su origen—estuvo motivada en el disciplinamiento de la fuerza de trabajo estadounidense que las políticas de Estado de Bienestar habían desarrollado desde la década del ´30 del siglo pasado. La inicial apertura de la inmigración de mexicanos y centroamericanos sumada a la “maquila” permitió a Estados Unidos “mejorar” su productividad a costa del trabajo de sus vecinos y, simultáneamente, disciplinar a su propia fuera de trabajo para impedir que siga negociando salarios en mejores condiciones.

El fin de los buenos modales

La ofensiva de Donald Trump contra los países de América Latina y el Caribe se expresa además en la eliminación de las políticas del “Soft Power”, terminología con que actores de las relaciones internacionales definen las actividades de influencia basadas en la diplomacia y la cooperación bilateral o multilateral, orientada a generar influencia y condicionamientos políticos o económicos. El “Soft Power” ha sido el dispositivo diseñado por el Departamento de Estado para promocionar los intereses estadounidenses en la región, mediante la comunicación y el desarrollo de formación de profesionales e intelectuales promotores y difusores de sus intereses en la región. El “trumpismo” cuestiona ese modelo de influencia y lo sustituye con el formato del “gran garrote” que desprecia la diplomacia.

El Departamento de Estado no ha designado ningún embajador en América Latina desde la asunción de Trump, medida que se suele caracterizar como una forma de desprecio. De hecho, el Departamento de Estado sólo ha designado embajadores en Naciones Unidas, Beijing, Tel Aviv, Tokio, Ottawa, Roma y Londres. Desde que asumió el líder de la “alt-right” (nombre con que se conoce a la nueva derecha cercana al supremacismo) se recortaron un 31 por ciento los fondos dispuestos para el gasto diplomático –a nivel internacional— y un diez por ciento la totalidad de profesionales ligados al sector, dejando espacio libre a la retórica belicista y chauvinista que no comulga con la lógica diplomática.

Este modelo que fue inaugurado con el slogan “América Primero” y que supone características proteccionistas aún más estrictas que las que tradicionalmente sustentan los países hegemónicos, incluye amenazas de intervención militar a Venezuela y un desaforado intento de dividir cualquier formato de integración de América Latina, como continuidad de las políticas de Bush y Obama hacia la región, pero con el agregado de la amenaza intervencionista dejada de lado desde las invasiones a Granada en 1983 y a Panamá en 1989. El formato inmediatamente anterior a Trump privilegió la injerencia económica y las intentonas divisionistas de la región – el ALCA fue su institucionalidad frustrada— al tiempo que la “Alianza del Pacífico” se convirtió en su versión más acotada, conformada por Chile, Perú, Colombia y México.

El proteccionismo agresivo y racista anunciado por el trumpismo incluyó recientemente una declaración del presidente de los Estados Unidos en el que hace referencia a “los empleos arrancados de las comunidades EEUU”, y “las naciones extranjeras que se hicieron ricas a costa de los estadounidenses”, sin aclarar que fue el modelo neoliberal impuesto por el propio gobierno de Washington para reducir el valor de la fuerza de trabajo abonado por sus empresas trasnacionales.

En el primer discurso de campaña de Donald Trump, el 16 de junio de 2015, afirmó: “Créanme, México no es nuestro amigo”. A continuación, añadió: “Están trayendo drogas. Traen delincuencia. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas”. Cuando se le requirió información sobre la fuente sobre la que basaba dichas afirmaciones, el entonces candidato republicano señaló que sus afirmaciones se basaban en información que obtuvo de la Guardia Fronteriza. Por último, subrayó que “EE.UU. se ha convertido en el basurero de los problemas de todos los demás”. 

Dichas afirmaciones claramente xenófobas fueron actualizadas la última semana de agosto de 2017 cuando el primer mandatario otorgó el indulto a Joe Arpaio, un alguacil que fue condenado por desacato luego de negarse a obedecer órdenes federales que le exigían concluir con sus prácticas de “redadas” de inmigrantes en el condado de Maricopa, estado de Arizona. 

Arpaio fue acusado, entre otros delitos, de emplazar un campo de concentración al aire libre en pleno desierto de Arizona, con temperaturas de 40 y 50 grados (conocida como “Tent City”) en la cual confinaba a inmigrantes mexicanos y centroamericanos, obligándolos a vestirse únicamente con ropa interior de color rosa. El mismo alguacil recientemente perdonado fue alzado a la fama entre los sectores supremacistas cuando motorizó una investigación sobre el certificado de nacimiento del expresidente Barack Obama a quien le negaba el derecho a asumir la primera magistratura. Trump fundamentó su perdón afirmando que “El alguacil Joe es un patriota.

El alguacil ama a nuestro país, el alguacil Joe protege nuestras fronteras y el alguacil Joe fue tratado de manera injusta por la administración Obama”. La exigencia del millonario neoyorkino referida al emplazamiento de un muro a ser edificado entre EEUU y México, y la demanda acerca de que dicha muralla sea financiada totalmente por parte de este último país, ha sido descripto como la actualización del “apartheid sudafricano” con la cual se segregó a los afrodescendientes desde el siglo XVII al siglo XX. El “muro”, actualiza –según muchos analistas internacionales– el humillante emplazamiento de la bandera estadounidense en 1847, en el “Zócalo”, centro histórico de la capital de México.

Construir al enemigo

El empoderamiento racista y discriminatorio que impera en los Estados Unidos desde la asunción de Trump no solo ha tenido a los mexicanos como víctimas. La “Muslim ban” firmada por Trump, que fue suspendida por apelaciones judiciales, tenía como objeto impedir el ingreso de ciudadanos provenientes de cinco países de mayoría musulmana. En el marco de estos pronunciamientos segregacionistas, no parece como muy original la irrupción de grupos supremacistas –como los que desfilaron en Charlottesville a mediados de agosto–, entre los que se encuentran nuevas organizaciones como Vanguard America, Identity Evropa, Traditionalist Workers Party y True Cascadia, que han crecido sistemáticamente desde la llegada de Trump a la presidencia.

Uno de los corolarios de la marcha supremacista fue el atentado terrorista de uno de sus integrantes (James Fields) quien embistió con un auto contra los manifestantes antiracistas, atropellando a una veintena de personas y asesinado a Heather Heyer de 32 años, quien se desempeñaba como asistente legal orientada a defender a familias que sufrían desahucios de sus hogares.

En este marco claramente discriminatorio contra los latinoamericanos, los afrodescendientes y los musulmanes, aparados en un relato supremacista, se desarrolló la reciente gira del vicepresidente Mike Pence por Panamá, Argentina, Chile y Colombia la primera semana de agosto de 2017.

El eje central de sus visitas consistió en difundir la exigencia de aislar al gobierno chavista y apoyar a la oposición venezolana congregada en laMesa de Unidad Democrática (MUD), en una clara iniciativa injerencista, que el analista Alexander Main, del Centro de Investigación en Economía y Política (CEPR) describió como un “intento más por dividir la región (..) al ofrecer un apoyo más profundo a los gobiernos de derecha del continente”. Un capítulo clave de ese objetivo fue la aprobación, por iniciativa de Washington, de la “Declaración de Lima” en la que 11 países de América Latina firmaron un documento orientado a aislar al gobierno de Caracas. 

Dicho documento fue divulgado días después de que el titular del Departamento de Estado Rex Tillerson, el 3 de agosto último, se expidiera sobre la necesidad de que Nicolás Maduro abandone el poder.

El sintomático dato que acompaña esa demanda de los EEUU es que Tillerson es el ex CEO de Exxon, una de las petroleras más grandes del mundo, históricamente interesada en las reservas del país caribeño, que son consideradas de las más importantes del planeta. El 13 de agosto, Pence declaró en Bogotá que Washington tiene “muchas opciones para Venezuela”, y Trump “ha dejado muy claro que no nos quedaremos tranquilos mientras Venezuela se desmorona en una dictadura. Un estado fallido en Venezuela amenaza la seguridad y prosperidad de todo nuestro hemisferio y el pueblo de Estados Unidos”. Las amenazas de acciones militares sobre Venezuela, avaladas por las derechas neoliberales del continente, son vistas por diferentes analistas como un regreso a la política del “gran garrote”, una continuidad de la doctrina Monroe, que desde 1828 produjo cuatro decenas de intervenciones militares y paramilitares de distinto cuño en América Latina. (http://bit.ly/1d2Gsyn)

Narcotráfico y paraísos fiscales

Uno de los informes recientes de la UNDOC señala el preocupante aumento en los cultivos ilícitos cuyos réditos mayoritarios quedan en las arcas de narcotraficantes con sede en paraísos fiscales y blanqueo en empresas lícitas mayoritariamente estadounidenses. La paradoja de este aumento es que el 90 por ciento de las ganancias, producto del tráfico de cocaína se “lavan” en paraísos fiscales administrados por Estados Unidos y el Reino Unido y en inversiones directas en EEUU. Según la UNDOC “La estimación de los flujos financieros ilícitos resultantes del tráfico de drogas y otros crímenes organizados trasnacionales” y el consumo de cocaína registró una leve caída al interior de EEUU y el aumento del valor de venta permitió elevar las ganancias de las mafias que “lavan” sus ganancias en el mercado financiero internacional.

Según este mismo documento de UNDOC se “lava” aproximadamente el 62 por ciento de las ganancias totales, pero la tercera parte de ese monto se inserta en la economía estadounidense. El informe advierte que “los carteles prefieren ´lavar´en economías estables, donde las instituciones gubernamentales tienen la suficiente capacidad de reservas para rescatar instituciones financieras en el caso de quiebras generalizadas”.

Un ejemplo de esa “externalidad financiera no abordada por Pence en si visita a Bogotá es el caso del banco Wachovia, parte del gigante Wells Fargo & Co (compañía diversificada de servicios financieros con operaciones en todo el mundo), que entre 2004 y 2007 “lavó” 378 mil millones de dólares para el cártel de Sinaloa, por medio de la razón social Casa de Cambio Puebla, recursos que fueron absorbidos por la reserva federal de EEUU, como un aporte de América Latina al desarrollo de la economía norteamericana. La visita de Pence dejó como corolario de buena voluntad hacia la Argentina –luego de visitar Buenos Aires—la decisión de frenar la compra de biodiesel por parte del Departamento de Comercio de los Estados Unidos con la excusa de que esa exportación está subsidiada.

La decisión de Washington supone la pérdida de exportaciones de un mercado de mil doscientos millones de dólares. Algunos analistas recordaron que el propio Mike Pence, muy alabado por el derechista gobierno de Macri, recibió la demanda del biodiesel y luego de regresar a Estados Unidos respondió como referente de quienes producen ese combustible en el Estado de Indiana, del que fue gobernador: clausura de la importación argentina y solicitud de ingreso de carne de cerdo norteamericano –en un mercado que se autosustenta en un 90 por ciento– generando un futuro impacto negativo en el sector argentino por mil millones de dólares.

Desde la asunción de Trump se debate en los círculos académicos internacionalesla caracterización del modelo impulsado por el millonario devenido en político. Si el fascismo y el partido nazi fue la respuesta belicista y genocida que asumió el capitalismo para enfrentar la creciente demanda de los sectores populares y especialmente los de la clase obrera, el neoliberalismo –y su versión extrema, el trumpismo supremacista– aparece como la máscara que asume el capitalismo actual para enfrentar al multiculturalismo, las migraciones y las recurrentes rebelión de los marginados del sistema. Tiempos de violencia se avecinan.

Jorge Elbaum: Periodista y sociólogo argentino. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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