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11 de octubre de 2025

Premio Nobel golpista

 

Jorge Majfud

En 2002, el presidente democráticamente electo de Venezuela, Hugo Chávez, fue secuestrado y recluido en la isla La Orchila. Corina Machado, varios empresarios y el New York Times apoyaron el golpe. La oposición proclamó a Pedro Carmona (exitoso empresario y miembro del Opus Dei) como nuevo presidente. Carmona decretó la disolución de la Asamblea Nacional, la Corte Suprema y otras instituciones. Corina Machado firmó la declaración de apoyo a esas medidas, pero luego se corrigió diciendo que firmó sin saber.

En su editorial, el New York Times saludó el cambio de régimen encabezado por “un respetado hombre de negocios”, el que tenía como propósito acabar con la dictadura electa en Venezuela. Según documentos desclasificados, la CIA sabía que el presidente George Bush sabía. El 25 de abril, desacreditando su propio editorial a favor del golpe, el Times informará que este dinero para la agitación social previa al golpe había sido canalizado por terceros, como el National Endowment for Democracy con 877.000 dólares. Según un cable del 13 de julio de 2004 filtrado por Wikileaks, organizaciones como la USAID habían enviado casi medio millón de dólares para proveer “entrenamiento para los partidos políticos”.

El cubano Otto Reich (uno de los organizadores del acoso de los Contras en Nicaragua veinte años atrás, parte de la maniobra Irán-Contras) fue otro encargado de contribuir a la desestabilización del presidente venezolano. Como en la fallida invasión de Bahía Cochinos cuarenta años antes, el fiasco fortalece al presidente electo de Venezuela.

Devuelto al poder por las protestas populares, Chávez indultó a varios responsables del golpe de Estado en su contra. Entre ellos, los opositores Henrique Capriles y Leopoldo López, quienes continuarán su actividad política “denunciando la dictadura”. El 14 de agosto, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela absolverá a los militares Efraín Vásquez, Pedro Pereira, Héctor Ramírez y Daniel Comisso, también participantes del golpe de Estado “contra la dictadura”.

Frustrado por el fracasado golpe, el 23 de agosto de 2005 el influyente televangelista Pat Robertson, frente a las cámaras de televisión de su poderoso Club700, se dirigió a un millón de fieles para proponer asesinar a Hugo Chávez “por destruir la economía de Venezuela, por permitir la infiltración de los comunistas y de los extremistas islámicos en su gabinete”. No importa que nada de esto sea cierto. “La opción de un asesinato es claramente más económica que lanzar una guerra… no creo que con esto vayamos a interrumpir el suministro de petróleo desde Venezuela… tenemos la doctrina Monroe y otras doctrinas para aplicar, tenemos el poder de sacarlo de ahí… no vamos a gastar 200 mil millones en otra guerra”. El influyente pastor, amigo del dictador Efraín Ríos Montt de Guatemala y de otros genocidas cristianos como Roberto D’Aubuisson de El Salvador o Mobutu Sese Seko de Zaire, quería asesinar a un presidente legítimo elegido por el pueblo que, además, también era un ferviente cristiano.

El 9 de diciembre de 2007, en la University of Miami. Una voz del evento anunció, para la cadena Univision, el “primer Foro Presidencial del Partido Republicano en español”, mencionando las reglas: en el foro no se hablará español.

Una de las moderadoras del no debate es la simpática María Elena Salinas.

Salinas: “Hace exactamente una semana Venezuela rechazó cambios a la constitución pero el Presidente Hugo Chávez…”

Los aplausos interrumpen a María Elena, quien hace algún esfuerzo por impedir una sonrisa.

Salinas: “Muchos creen que el presidente Chávez es una amenaza para la democracia en la región. Si usted fuera presidente ¿Cómo lidiaría con Chávez?”

Paul: “Bueno, él no es la persona más fácil con quien lidiar, pero tenemos que lidiar con todas las personas en el mundo de la misma manera, con amistad, oportunidad de dialogar y comerciar con…”

Los abucheos lo interrumpen. Ron Paul, con su mirada cansada pero con el rostro ya curtido por largos años de disidente, insiste, imperturbable, tal vez resignado.

Paul: “…hablamos con Stalin, hablamos con Krushev. Hablamos con Mao y hemos hablado con el mundo entero y de hecho estamos en un momento en que debemos hablar con Cuba.”

Ahora los abucheos crecen como un huracán sobre Miami.

Paul: “…y viajar a Cuba y tener comercio con Cuba. Pero déjenme decirles por qué tenemos problemas con ellos: porque hemos estado metidos en sus asuntos internos hace tanto tiempo… Nosotros creamos a los Chávez, a los Castros de este mundo, interfiriendo y creando caos en sus países y ellos respondieron con sus líderes legítimos”.

Los abucheos alcanzan su clímax. Miami se lo quiere comer crudo, sin ron. Las reglas civilizadas del Foro obligan a seguir indiferentes al próximo candidato, que ha escuchado muy bien la voz del pueblo.

Huckabee (futuro embajador de Trump en Israel): “Aunque a Chávez lo eligieron, no lo eligieron para ser un dictador… Mi mamá decía: “si uno le da suficiente soga a alguien, se van a colgar” y yo pienso…”

Giuliani: “Yo estoy de acuerdo con la manera en que el rey Juan Carlos le habló a Chávez. (Aplausos) Mejor que lo que quiere hacer el congresista Paul… Hay esperanza de que la gente entienda la necesidad de mercados abiertos, de la libertad… Yo creo que al presidente Calderón, lo eligieron, pero yo creo que Chávez tuvo algo que ver con eso…”

Sin contar con la participación de Corina Machado en el golpe del 2002 (se podría decir que eso ocurrió hace dos décadas y todos pueden corregir en la marcha) sus últimas peticiones públicas, en 2025, a una invasión militar de Estados Unidos a Venezuela, la inhabilitaban para cualquier Nobel de la Paz.

La tan deseada invasión de Venezuela, vieja brutalidad imperialista apoyada por el clásico cipayismo del colonizado con privilegios, dejaría miles de muertos, sino una guerra civil o una nueva Palestina a la cual desangrar con sucesivos bombardeos y estratégicos “acuerdos de paz”.

Hasta Henrique Capriles se opuso a esa petición. Al mismo tiempo que Corina Machado golpeaba las puertas del Pentágono, a finales de agosto Capriles reconocía algo de mero sentido común: “la mayor parte de las personas que quieren una invasión de Estados Unidos no viven en Venezuela”. No así Juan Guaidó; todos saben, es un mercenario barato y ni los venezolanos de Florida lo quieren.

Si querían premiar a alguien de la oposición en Venezuela, es bastante obvio que había muchos otros venezolanos de a pie que están allá luchando, legítimamente, por sus convicciones y sin dinero extranjero o de grandes capitales. Si querían intervenir en la política venezolana de una forma menos obscena, podrían haber considero que el dinero del Nóbel los hubiese financiado por un tiempo. Pero no, tenía que ser Corina Machado.

Parece bastante obvio que el petróleo, la “malbendición” de Venezuela, es el factor central en todo esto. Justo cuando Trump asesina a desconocidos venezolanos en el Caribe, buscando distraer al pueblo estadounidense y una excusa para invadir Venezuela, premian a una figura conocida que llama a una invasión. No la premian con el Nobel de Business sino con el “Nobel de la Paz”. Esas ejecuciones sumarias a piacere, sin juicio debido, fueron aplaudidas por Corina Machado. En Fox News, las calificó de “valentía y claridad ante una empresa criminal que trae miseria a nuestro pueblo y desestabiliza la región para dañar a los Estados Unidos”.

Claro, qué se puede esperar de un galardón, más famoso que prestigioso, que distinguió a genocidas históricos como Henry Kissinger y a ángeles como Obama quien, mientras sonreía, bombardeaba todo lo que se movía en el Medio Oriente, récord que incluye desde niños masacrados por drones hasta la destrucción de Libia, un país con un desarrollo remarcable y con un independentismo peligroso. Siempre en nombre de la democracia y la libertad que, en Estados Unidos hoy, ya ni siquiera se respeta en los discursos.

Es todo muy surrealista, pero lógico en el fondo.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

23 de septiembre de 2025

¿Guerra cultural o lucha de clases?

Jorge Majfud

El 10 de septiembre de 2025, en un evento llamado “The American Comeback Tour” (“Gira por el regreso de Estados Unidos”) en la Utah Valley University, un estudiante le preguntó a Charlie Kirk:

-¿Sabes cuántos tiroteos en masa ha habido en los últimos diez años?

-¿Contando la violencia de pandillas? -respondió Kirk, irónico.

Kirk era un arengador profesional de la derecha, reconocido por el presidente Trump por haberlo ayudado a ganar las elecciones. Tiempo atrás, había afirmado que algunos muertos por violencia de armas (40.000 anuales) eran un precio razonable para mantener la sagrada segunda enmienda. Según la Asociación del Rifle, que dio vuelta la interpretación de la Suprema Corte, esta enmienda protege el derecho de los individuos a portar rifles AR-15. La letra impresa de 1791 no habla de individuos sino de “milicias bien reguladas”. Por armas se refería a unos mosquetes que no mataban un conejo a cien metros. Por “the people” ni soñando se refería a negros, mulatos, indios o mestizos.

Antes que pudiese articular una respuesta completa, Kirk recibió un poderoso disparo en la garganta desde un edificio ubicado a 140 metros. De paso, por casualidad o no, sus enemigos de la misma derecha, como Ben Shapiro y, tal vez Tel Aviv, se sacaron de encima a un traidor que había cuestionado el 7 de Octubre de 2023 ―como lo hicimos nosotros en Página 12, el 8 de octubre.

Los medios y las redes sociales explotaron culpando a “la izquierda”, pese a que, solo en los últimos cincuenta años, las matanzas de la derecha suman el 80 por ciento de los muertos y los de la izquierda apenas cinco por ciento.

Pero ¿a quién le importa la realidad, si el verbo creó el mundo? Desde Europa hasta el Cono Sur, quienes escucharon por primera vez el nombre de Kirk organizaron emotivas ceremonias por el nuevo mártir de la “violencia de los zurdos” y no ahorraron elogios a su “profunda influencia” que “marcó un camino” para la gente de bien.

Dos días después, el gobernador del estado mormón de Utah, Spencer Cox, dio a conocer la identidad del asesino. Casi llorando, reconoció que “había rezado 33 horas para que el asesino fuese alguien de afuera, de otro estado o de otro país”, pero Dios no lo escuchó. Dos días más tarde volvió a los medios más aliviado: el asesino, aunque conservador, amante de las armas, votante del presidente Donald Trump, había sido influenciado por las “ideas de izquierda” de su pareja, un joven transexual.

Los religiosos capitalistas no creen en el pecado colectivo sino en el pecado individual, pero siempre están buscando un pecador dentro de un grupo ajeno para para criminalizar al grupo entero. Cuando Cox reconoció: “Durante 33 horas recé para que el asesino fuera alguien de otro país… Lamentablemente, esa oración no fue escuchada”. No se le ocurrió pensar que “nosotros, que lideramos las donaciones en todo el país”, podíamos ser criminales, pecadores. Si cerramos los ojos para decirle a Dios lo que debe hacer, no podemos ser malos.

Ahora, ¿cuál es la lógica (sino la ingeniería) social en todo esto? Pongámoslo con una metáfora que atraviesa tres continentes y más de mil años de historia: el ajedrez.

Como las matemáticas modernas, las ciencias fácticas y los mecanos, en el siglo IX los árabes introdujeron el ajedrez indio a Al-Andalus (hoy España). Europa lo adoptó y adaptó. El sistema feudal europeo concentraba todo el prestigio social en la tenencia de tierras y en el honor de las guerras. Como hoy, los nobles inventaban guerras en las cuales sus súbditos iban a morir en nombre de Dios, mientras ellos recogían el botín y el honor. Los peones, esa línea de piezas sin rostros y sin nombres, son los soldados modernos y, más recientemente, los civiles que sólo sirven de carne de cañón.

¿Dónde está el truco? En geopolítica, los dos bandos representan dos bloques o alianzas de países. Igual, los de abajo son los primeros en morir. Si sobrevive un peón hasta el final de la partida, es porque se arrimó al rey para protegerlo.

A nivel nacional, representa una guerra civil, pero éstas suelen ser raras; son la última instancia de una guerra más prolongada que la precede. Cuando vemos estas piezas en acción, vemos las blancas contra las negras. Vemos una “guerra cultural”. Una guerra que hoy no es, porque, si realmente fuese una guerra cultural, la libertad de expresión estaría garantizada, algo que, en Estados Unidos y bajo el gobierno libertario de Trump-Rubio, ha ido muriendo cada día.

Es decir, la guerra cultural nos impide ver la verdadera guerra que precipita el conflicto: la guerra de clases. En la línea de fuego tenemos a los peones. Más atrás, la aristocracia, los ricos. Finalmente, los verdaderos dueños del combate: todos luchan y mueren por defender a un rey (¿BlackRock?) quien, sin sacrificio, se lo lleva todo.

En La narración de lo invisible (2004) propusimos una tesis sobre la lucha política de los campos semánticos: quien lograba definir y limitar el significado del ideoléxico (luego “guerra cultural”), marcaba la dirección de la historia. Esto sin negar que la principal fuerza de conflicto radica en la lucha de clases, que las clases en el poder (y sus amanuenses) niegan siempre o se la atribuyen, como intención perversa, a los críticos marxistas, conspiradores del mal.

Hoy podemos ver cómo esta lucha de clases, ejercida por las elites financieras, no ha cesado de promocionar una guerra cultural como distracción perfecta. Negras contra blancas, cristianos contra musulmanes, machistas contra feministas, elegidos de Dios contra creaciones defectuosas de Dios…

Esta oligarquía, que no para de secuestrar y concentrar la riqueza de las sociedades, se ha dado cuenta de dos problemas: (1) La brecha entre quienes lo tienen todo y quien no tienen nada se ha incrementado de forma logarítmica ―ergo, peligrosa. (2) La vampirización de las colonias que proveían a los imperios del capitalismo blanco se está secando y los pueblos, que apenas se beneficiaron de este genocidio histórico que dejó cientos de millones de muertos, ya no sienten el privilegio de ese sistema internacional. Están empobrecidos, endeudados, destruidos por las drogas duras y por las drogas de la argumentación apasionada e inútil de las redes de entretenimiento, productoras del odio sectario, nacionalista y tribal.

La droga principal de las elites es el dinero y el poder. Necesitan siempre más para mantener un mínimo de satisfacción, pero saben que esta situación, tanto nacional como internacional, no es sostenible. A nivel nacional, es la fórmula perfecta para una sangrienta rebelión. A nivel internacional, significa el derrumbe de un poder dictatorial que en el siglo XIX se llamó “democracia blanca”.

Adentro, para evitar o postergar esta rebelión, necesitan promover el odio entre los de abajo y la militarización como solución. Afuera, el objetivo es el genocidio, la aniquilación de cualquier potencia emergente o la tercera guerra mundial.

Palestina es el laboratorio perfecto donde se decide cómo alcanzar una brutalidad a pesar de la oposición de un mundo sin poder. La propaganda les está fallando, así que aceleran el recurso sordo de la violencia bélica, cuyo objetivo es la limpieza de humanos incómodos a fuerza de bombardeos masivos, interminables, impunes.

Todo para agradar a un dios extraño.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

1 de mayo de 2025

Primero de mayo de 1886: masacre de trabajadores

Jorge Majfud

Es feriado en casi todo el mundo, menos en Estados Unidos

Chicago, Illinois. 1º de mayo de 1886.- Los trabajadores que desde febrero se negaban a que les descuenten más de su salario para construir una iglesia, redoblaron la apuesta y exigieron una ley que proteja el derecho a las ocho horas laborales. Como un reguero de pólvora, doscientos mil obreros iniciaron una huelga masiva en reclamo por los tres ochos que hacen un día de 24 horas: ocho horas para dormir, ocho para trabajar y ocho para vivir como seres humanos.

Tres días después, las protestas pacíficas terminaron con la masacre de Haymarket y, finalmente, en la condena a muerte de los trabajadores que no estaban del lado del más fuerte. Ocho líderes sindicalistas fueron acusados de anarquismo y cinco de ellos lo pagarán con sus vidas. La tragedia fue una de tantas otras y la culminación de años de reivindicaciones laborales y de una persistente demonización por parte de la gran prensa al servicio de los grandes inversores.

Como es costumbre, unas pocas décadas después, un poderoso empresario de los de arriba secuestró las viejas reivindicaciones de los de abajo. Henrry Ford prohibió todos los sindicatos en su micro repúblicas y presumió de haber inventado el beneficio de las ocho horas laborales. El genio racista, admirador y colaborador de Hitler, había calculado que si los asalariados del país no tenían algún tiempo libre para consumir, nadie podía comprar sus productos.

En recuerdo a la masacre y las ejecuciones en Chicago, los primeros de mayo son feriados no laborables en casi todo el mundo, menos en Estados Unidos y, por extensión, en Canadá. Para los fanáticos nacionalistas, creyentes en el derecho divino de los dueños del mundo, las dos palabras (internacional y trabajadores) suenan muy peligrosas. La reciente derrota política de la Confederación en favor de la esclavitud se desquitó con varios triunfos culturales e ideológicos. Todos pasaron inadvertidos. Uno de ellos consistió en idealizar a los amos y demonizar a los esclavos.

Por eso, por las muchas generaciones por venir, en Estados Unidos se celebrará el Memorial Day (en memoria de los caídos en las guerras) y el Veterans Day (en honor a los ex combatientes de esas guerras infinitas). Uno, es un título abstracto; el otro, algo concreto por demás. Para los trabajadores no hubo ni hay Día de los Trabajadores y, mucho menos, un primero de mayo.

Los amos (blancos), los de arriba, los sacrificados del champagne, son quienes crean trabajo con sus inversiones. Son quienes, cada tanto, deben ser protegidos por las iglesias y por los militares (en Estados Unidos con el culto al veterano de guerra que “protege nuestra libertad” y en América Latina los militares que corrigen los errores de la democracia con sangrientas dictaduras o con eternas amenazas).

Para la vieja tradición esclavista, para los amos de lo que el viento se llevó pero siempre vuelve, los verdaderos responsables del progreso, de la estabilidad, de la paz y de la civilización son los amos de las plantaciones, los empresarios de las industrias. Son la elite del pueblo elegido y representan todo eso que los sucios y mal hablados esclavos (luego blancos asalariados venidos de la pobre Europa; luego mestizos del enfermo y corrupto Sur) siempre quieren destruir.

Por supuesto que no hay poder completo sin poderosos aliados, como la prensa dominante, como las iglesias complacientes. El 17 de mayo de 1886, como tantos otros prestigiosos diarios de diferentes estados, el St. Louis Globe-Democrat de Missouri, en su página cinco y a siete amplias columnas se explayó sobre el conflicto de los trabajadores que no quieren trabajar más de ocho horas por día: “En esta disputa, la única institución imparcial es la iglesia, sostenida por capitalistas y trabajadores, ya que fue fundada por Cristo, un carpintero y, por lo tanto, tiene todo el derecho de hablar por todos trabajadores; la iglesia es dueña del planeta Tierra, del Sistema solar y del Universo entero, por lo cual también puede hablar por los capitalistas.”

Jorge Majfud. Escritor, novelista, ensayista y profesor universitario uruguayo radicado en  Estados Unidos. Actualmente es profesor en Jacksonville University​.

Imagen: Ilustración de la masacre de Haymarket, Chicago

https://estrategia.la/2025/05/01/primero-de-mayo-de-1886-masacre-de-trabajadores/

5 de agosto de 2024

¿Qué sabe Washington de las elecciones en Venezuela?

Jorge Majfud

Los titulares del mundo informan: “Estados Unidos concluyó que Edmundo González Urrutia fue el ganador de las elecciones en Venezuela”. Primero, exige que se auditen las elecciones y se presenten las actas de votación. Cuando el ganador oficial resuelve aceptar el desafío, inmediatamente Washington se apresura a contradecirse, exactamente como ocurrió con las elecciones en Bolivia en 2019 antes del golpe de Estado perpetuado con la anuencia de la OEA y el aplauso de toda la “derecha democrática” (un oxímoron, si los hay) del continente.

A los dos casos más recientes no los diferencia ni el billonario Elon Musk quien, con su poderosa y millonaria red de influencias mediáticas y políticas hizo campaña plagada de información falsa y nunca verificada a favor de la oposición entreguista en ambos casos. La única diferencia visible es que Bolivia es una de las mayores reservas de litio y Venezuela una de las mayores reservas de petróleo del mundo.

¿Washington sabe algo sobre las elecciones en Venezuela que el resto de los humanos no sabemos o simplemente repite el mismo juego que hizo con Juan Guaidó (a quien proclamó presidente sin haber recibido un solo voto) y tantos otros? Si Washington sabe algo que el resto no sabe es, simplemente y por pura lógica, porque infiltró las elecciones de otro país extranjero.

Los documentos desclasificados de la CIA siempre muestran que Washington sabe algo más, pero ese “algo más” nunca lo hace público “porque es información clasificada” y, sobre todo, porque deja un margen infinito para la imaginación y la ficción narrativa. Bastaría con recordar las mentiras criminales de Henry Kissinger, por nombrar un solo caso. Así que, cuando los voceros de los países poderosos dicen “tenemos información confidencial de que…” significa que tienen derecho a inventar lo que se les antoje y sin ser cuestionados. Es el clásico comodín del juego de cartas. Sirve para cualquier cosa y nadie puede siquiera protestar.

Ahora, uno de los problemas actuales de Washington y de la cleptocracia de millonarios que lo mantiene secuestrado desde hace muchas generaciones, es que una parte importante del pueblo estadounidense comienza a darse cuenta de esto y hay unos cuantos muy preocupados en el selecto club de los lobbies del DC (y en otras capitales imperiales), y de ahí la agresividad renovada de los últimos años con América latina y en otras regiones del mundo.

Estas injerencias sin tregua a lo largo de más de dos siglos es lo que ha hecho a “regímenes” como los de Venezuela al mismo tiempo fuertes por dentro y vulnerables por fuera, todo a pesar de la masiva propaganda hegemónica. (Esto no es la ocurrencia de alguien que, como yo, está contra la arrogancia y la deshumanización del imperialismo, sino también de algunos políticos de la derecha conservadora en Estados Unidos, como Ron Paul.)

De hecho, Washington viene usando la misma palabra, régimen, desde el siglo XIX cada vez que decidía derrocar a algún presidente de sus Repúblicas Bananeras por ser demasiado independientes y no darle la libertad de empresa deseada a sus corporaciones (herederas de los piratas), como fue el caso de José Santos Zelaya en Nicaragua de principios de siglo XX. Antes que Washington decidiera destruir el gobierno de Santos Zelaya, comenzó llamándolo “tirano” y “dictador”, pese a que había sido elegido en las urnas. Era “un dictador” porque se había presentado a una reelección, la había ganado y estaba negociando la construcción de un canal con Alemania y Japón. Otro déjà vu, ¿no? Por entonces, ese país era el más próspero y desarrollado de América Central y hasta había logrado expulsar al poderoso ejército británico de su costa caribeña. Para peor, al igual que otros líderes no alineados más tarde, Santos Zelaya era un fuerte impulsor de la reunificación de los países centroamericanos en una sola Unión. Luego de demonizarlo como dictador y tirano, un poderoso empresario estadounidense (inmigrante de Rusia devenido uno de los hombres más ricos y poderosos de Estados Unidos) promovió una revuelta en Nicaragua contratando a mercenarios de Nueva Orleans. Este intento de “revolución popular” se frustró, pero los marines de Washington lograron terminar el trabajo. Luego de medio siglo de desestabilizaciones, de dictaduras de los protectorados y de la larga dictadura de la familia Somoza que dejaron al irse los marines, dictadura impuesta y apoyada por Washington en nombre de la libertad, Nicaragua se convirtió en el país más pobre y más brutalizado de la región.

Cuando en 1979 Nicaragua se liberó de la dictadura de los Somoza, fue acosada otra vez por Washington, a fuerza de dólares, de bombas, del terrorismo mercenario de los Contras y de la millonaria propaganda internacional, siempre en nombre de la libertad “y con el apoyo del pueblo” ―no vaya alguien a pensar otra cosa.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

31 de octubre de 2023

Los nazis de nuestro tiempo no usan bigote

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Jorge Majfud

No deja de ser una trágica ironía de la historia que aquellos que desde el principio condenaron las acciones bélicas de Hamás y del Gobierno de Israel sean acusados de estar a favor del  terrorismo por aquellos que solo condenan a Hamás y justifican el terrorismo masivo, histórico y sistemático del Gobierno de Israel.

Afortunadamente, cientos de miles de judíos (sobre todo en el hemisferio norte) han tenido el coraje que no han tenido evangélicos o laicos políticamente correctos y previsibles de salir a las calles y a los centros del poder mundial a aclarar que el Estado de Israel y el judaísmo no son la misma cosa, confusión básica, estratégica y funcional que radica en el centro del conflicto y beneficia solo a unos pocos con la complicidad fanática e ignorante de muchos otros.

De hecho, decenas de miles de judíos estudiosos de libros sagrados del judaísmo como la Torá han afirmado que el judaísmo es anti sionista. Muchos dirán que es materia de opiniones, pero no veo por qué su opinión deba ser menos importante que la del resto de charlatanes belicosos.

Ha sido este pueblo judío, que sabe que su convivencia con los musulmanes ha sido, por siglos, mucho mejor que esta tragedia moderna, quienes han gritado en Washington y Nueva York “No en nuestro nombre”, “Paren el genocidio del Apartheid” y no en pocos casos han sido arrestados por ejercer su libertad de expresión, que en las democracias imperiales siempre fue la libertad de aquellos que no eran tan importantes como para desafiar el poder político, como lo demuestra, por ejemplo, la libertad de expresión en tiempos de la esclavitud. Pero a estos pertenecerá la dignidad otorgada por la historia.

Cuando vuelva la luz a Gaza y el mundo se entere qué ha hecho uno de los ejércitos nucleares más poderosos del mundo, con la complicidad de Europa y Estados Unidos, sobre un gueto sin ejército y un pueblo sin derecho a nada más que respirar, cuando puede, se enterará de que no son miles sino decenas de miles de vidas tan valiosas como las nuestras, aplastadas por el odio racista y mecánico de gente enferma, unas pocas de ellas con mucho poder político, geopolítico, mediático y financiero, que es, en definitiva, lo que gobierna el mundo. Naturalmente, la propaganda comercial tratará de negarlo. La Historia no podrá. Será implacable, como suele serlo cuando las víctimas ya no molestan más.

Muchos callarán, temblorosos de las consecuencias, de las listas negras (periodistas sin trabajo, estudiantes sin becas, políticos sin donaciones, como lo han informado hasta medios como el New York Times), del estigma social que sufren y sufrirán aquellos que se atreven a decir que no hay ni pueblos ni individuos elegidos por Dios ni por el Diablo, sino meras injusticias del poder desatado.

Que una vida vale tanto y lo mismo que cualquier otra.

Que el pueblo palestino (con una población ocho veces la de Alaska, cuatro o cinco veces la de otros estados de Estados Unidos) arrinconado en un área invivible, tiene los mismos derechos que cualquier otro pueblo sobre la superficie de la esfera planetaria.

Que los palestinos, hombres, mujeres y niños aplastados por las bombas indicriminadas, no son “animales sobre dos patas”, como afirma el Primer Ministro Netanyahu (si fueran perros al menos serían tratados mejor). Ni los israelíes son “el pueblo de la luz” luchando contra “el pueblo de las tinieblas”.

Que los palestinos no son terroristas por nacer palestinos, sino uno de los pueblos que más ha sufrido la deshumanización y el constante asedio, robo, humillación y asesinato impune por ya casi un siglo.

Pero éstos, quienes se atreven a protestar por una masacre histórica, una de las tantas, son, vaya casualidad, los acusados de apoyar el terrorismo. Nada nuevo. Así han procedido siempre los terroristas de Estado en todas partes del mundo, a lo largo de toda la historia y bajo banderas de todos los colores.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://www.leerydifundir.com/2023/11/los-nazis-tiempo-no-usan-bigote/

9 de marzo de 2023

Ideología de género

Jorge Majfud

En Estados Unidos, en diciembre de 2021, la activista conservadora Lisa Hansen denunció que había escuchado que en las escuelas estaban poniendo cajas de arena en los baños para “los estudiantes que se identifican como gatos”.

La fantasía fue repetida por varios políticos republicanos a lo largo del año 2022, como el senador de Minnesota, Scott Jensen, legisladores de Tennessee, Heidi Ganahl de Colorado, la nominada republicana Catalina Lauf por Illinois, al menos 20 otros candidatos a representantes y múltiples padres en asambleas de escuelas a lo largo de Estados Unidos, todos indignados con “la ideología de género”. Las denuncias se convirtieron en virales, alcanzando en algunos videos de TikTok millones de visitas. Nunca se encontró ninguna cajita de arena en ninguna escuela ni a ningún grupo revindicando su condición de gato. Lo más evidente, el odio a la gente diferente con nuestros mismos derechos, pasó frente a todos, como pasa el aire invisible.

No por casualidad y de forma simultánea, en los parlamentos de América Latina, los representantes de la derecha repitieron indignaciones semejantes, aunque no llegaron a la fantasía de los gatos.

La realeza europea usaba peluca, calzas y tacones altos (signo de masculinidad, debido a que los musulmanes lo inventaron para montar más rápido; con eso y su propio fanatismo, conquistaron un imperio). Unas generaciones atrás, los niños de la clase alta eran vestidos como niñas para las fotos (ver al presidente F. D. Roosevelt, de niño, por ejemplo). Todos vestían de blanco. Los colores rosa y el celeste como propiedad de géneros no existía hasta el siglo XX, invento de las grandes tiendas de Estados Unidos por razones comerciales: al principio el rosado era masculino y el celeste femenino pero por una razón fortuita, se fijó el rosado para las niñas y el celeste para los varones y los fanáticos dijeron que así había sido todo desde que se creó el mundo.

Nada de esto es natural sino productos culturales que gente inculta no entiende, pero, por eso mismo, se ofenden y realizan discursos llenos de convicciones en los parlamentos y desde sus tarimas virtuales.

La “ideología de género” no es un mal reciente que va a destruir a la Humanidad, sino que es tan vieja como las primeras religiones: es el machismo, con su necesidad de poder y con sus miedos sexuales.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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24 de noviembre de 2022

¿Es el fascismo el futuro de la humanidad?

Jorge Majfud

El universo digital dio a fascistas y neonazis la protección del anonimato, el que, con los años de práctica, maduró el odio y unas pocas ideas básicas, como la “lucha contra el comunismo” y “contra la ideología de género”.

El 29 de octubre se cumplieron los cien años la Marcha sobre Roma, asalto que instaló (legalmente) a Benito Mussolini en el poder de Italia. El mismo día, fue el aniversario de la creación del partido Falangista de España, fundado por el dictador Primo de Rivera en 1933 para iniciar la destrucción de la Segunda República, una rara experiencia democrática que universalizó el voto y creó miles de escuelas públicas en sus pocos años de existencia.

El 29 de octubre de este año se realizó en Ciudad de México un concierto de rock nazi (también conocido como RAC, Rock Against Communism) titulado “El imperio contraataca”, el que reunió a 300 asistentes convencidos de su raza superior. El instinto tribal tuvo una orgía de promesas de combatir a los seres inferiores que no los dejan ser libres.

Los asistentes fueron motivados por la banda fascista de Madrid “Batallón de Castigo”, formada en los años 90 en una prisión. Sus miembros no fueron condenados por alguna razón política sino por robo y asesinato. Todos parte de una poderosa religión que venera sus propias tripas. Las camisas anunciaban eslóganes orgullosos como “Por mi Klan” (Clan como tribu y Klan, con K, por el Ku Klux Klan). Precisamente, la idea y obsesión de un reemplazo y aniquilación de “la raza bella” ya había sido articulada en libros publicados en los imperios anglosajones a finales del siglo XIX, todos madurados en la larga experiencia esclavista y en las frustraciones de la derrota en la Guerra Civil, mucho antes de que Hitler se inspirase en estos “patriotas amantes de la libertad”.

El universo digital dio a fascistas y neonazis la protección del anonimato, el que, con los años de práctica, maduró el odio y unas pocas ideas básicas, como la “lucha contra el comunismo” y “contra la ideología de género”. Poco a poco, esta catarsis llevó al rescate y reforzamiento de una ideología que se había propagado un siglo antes con la novedad de la radio. De un estancamiento frustrante, pasaron a una salida gradual del closet, sobre todo a través de opciones políticas de extrema derecha sin la parafernalia nazi.

Luego de que la Unión Soviética derrotase a Hitler (con ayuda de su aliado, Washington), los conservadores en Estados Unidos prohibieron la entrada de rojos al país. El Partido Comunista estadounidense estaba lleno de negros y el FBI perseguía a los homosexuales por su condición de futuros comunistas. En 1954 prohibieron ese partido. No les importó contratar mil nazis alemanes para la NASA y dejar entrar otros nueve mil “refugiados”. Incluso hoy los trámites de inmigración y de nacionalización preguntan si el aplicante ha pertenecido alguna vez a un partido comunista (los suegros de Donald Trump se saltearon esa pregunta) y ni una palabra sobre pertenecer a algún grupo fascista o neonazi.

En México, los nazis no tuvieron el éxito abrumador que tuvieron en Estados Unidos antes de la guerra. Su membrecía apenas rondaba los 150 entusiastas. La relación del gobierno de Lázaro Cárdenas con Hitler fue puramente estratégica (la sustitución de Estados Unidos como cliente por unos años hizo posible la nacionalización del petróleo mexicano). Más intensa e ideológica fue la relación de Hitler con Washington y, sobre todo, con los grandes hombres de negocios de ese país.

Pero los fascistas y neonazis que hoy penetran América latina están mejor organizados y son más peligrosos, incluso más peligrosos que los nazis que escaparon a América del Sur o los que envió la CIA para “luchar contra el comunismo”, apoyando dictaduras que protegían los intereses de las transnacionales.

Ahora, ente el 28 y 29 de noviembre, decenas de políticos de la extrema derecha internacional se reunirán en Ciudad de México en un evento organizado por el Movimiento Viva México y la Conservative Political Action Conference (CPAC, Conferencia Política de Acción Conservadora) en una internacional fascista. Luego de décadas, la CPAC ha decidido salir de Estados Unidos y celebrar eventos propagandísticos en Brasil y México.

A este evento asistirán, entre otros, el chileno hijo de nazi, pinochetista convencido y empresario José Antonio Kast; el Boris Johnson argentino, Javier Milei; el hijo del presidente brasileño Eduardo Bolsonaro; el estratega de Donald Trump e instigador del asalto al Capitolio, Steve Bannon; el nieto del dictador Rafael Trujillo y hombre de negocios estadounidense, Ramfis Domínguez-Trujillo; la hija del genocida guatemalteco Efraín Ríos Montt y congresista por su país, Zuri Ríos; y unas decenas de otros oradores distinguidos. Todos caucásicos y con preferencia por los ojos azules, con la única excepción del indo-estadounidense Shiva Ayyadurai, el cual se presenta como “El inventor del email”, a pesar de que el email ya se había desarrollado en mientras él era un niño en India. Pero bueno, sabemos que la realidad para esta gente no cuenta sino lo que ellos creen y dice que es.

El primer orador será el ultraconservador católico Lech Walesa, según el cual “las minorías sexuales oprimen a los heterosexuales”. En muchos de ellos, desde Trump hasta Milei, el lenguaje corporal es más importante que sus ideas. Sus furiosos discursos son similares a los de Hitler y Mussolini. Entonces y ahora, expresan la frustración de una clase que ya sabe que no es un imperio o que no manda sobre la peonada, pero no sabe a quién culpar sino a los de abajo que no se pueden defender ni siquiera con un voto, como es el caso de los inmigrantes.

Pese al tan mentado patriotismo, en América Latina las ideologías de derecha han sido importadas e impuestas desde arriba y desde afuera. Las culturas de los pueblos nativos siempre fueron más afines a lo que en Occidente se llamó “izquierda”. Una de las invitadas al CPAC, la mexicana y congresista de Texas, Mayra Flores, asegura que “los mexicanos somos conservadores”. Se refiere al dogma anglosajón de “la empresa privada” y las corporaciones. Las comunidades indígenas de México, como las de todas las Américas, debieron sufrir el despojo a través de la imposición de la privatización de sus tierras y de sus vidas, desde el México de Porfirio Díaz hasta la ola neoliberal cien años después. Esta milenaria tradición, demonizada como socialista, no cuenta como conservadora.

“Estaremos aquí, defendiendo la libertad de América”, dice una frase promocional del evento. ¿Cuál libertad? La libertad de las elites, apoyadas por una parte de los de abajo gracias a los combos políticos que incluyen un poco de religión y de “valores tradicionales”, como la familia, el machismo y el odio a los otros de más abajo. Es la misma lucha por la libertad de los esclavistas del siglo XIX quienes repetían que expandían la esclavitud para “luchar por la civilización” y “la libertad”. Una de las ponencias (titulada “¿Cómo salvar la libertad religiosa?”) es un clásico de la derecha. Asume que la libertad religiosa se ejerce cuando se mete su sagrada religión en un gobierno y se combate el mal del secularismo. No sin ironía, el secularismo, la laicidad de los Estados, fueron inventados para proteger las libertades religiosas, incluido el derecho a no tener religión.

El American Conservative Union (ACU) y el CPAC nacieron y tomaron el control del Partido Republicano a partir de los años 60 y 70, como reacción a las derrotas ante el Movimiento por los derechos civiles de Martin Luther King y otros. Este movimiento de “El imperio contraataca” también es una reacción, no sólo a la ola de derrotas en América latina sino, sobre todo, ante la conciencia de que este orden es insostenible y tarde o temprano tendremos una generación que pondrá en peligro los privilegios de los de arriba.

Si nos pudiéramos parar en 1922 y nos preguntáramos “¿Es el fascismo el futuro?” no sabríamos qué responder. En 1940 habríamos respondido que sí y que no cinco años después.

Una vez que el fascismo logre extender su poder hasta donde alcanza su deseo dejarán un tendal de destrucción y muerte. Luego escaparán como ratas, una vez más, de vuelta al anonimato y a la auto victimización.

4 de enero de 2022

El miedo a los de abajo

Jorge Majfud

La LUC y la militarización de las sociedades: Los países y los estados más armados no son los estados más seguros; los mayores índices de criminalidad coinciden con mayores índices de desigualdad.

Un día de 1987, mis abuelos fueron a la capital de Uruguay para hacerse análisis médicos y, por razones económicas, me dejaron solo en su granja, donde yo solía pasar las vacaciones. El Tata me dejó su escopeta y me dijo que no la tocase si no tenía necesidad. Sin electricidad, las noches en la granja eran interesantes pero muy oscuras y, a veces, algunos cazadores cruzaban su propiedad sin permiso.

“Déjalos pasar”, me dijo. “Si alguien se acerca a la casa para robar, agarra la escopeta. Si no tenés más remedio que disparar, apuntale a los pies. Mi granja no vale la vida de nadie ni la carga de conciencia que te quedaría para el resto de la vida si matas a alguien”.

Ahora, cada vez que escuchamos los discursos reclamando más seguridad, cada vez que vemos las acciones de “defensa” de los imperios o leemos las nuevas leyes de los países civilizados, podemos pensar lo contrario: la propiedad privada es más sagrada que la vida ajena.

De las invasiones imperiales en nombre de la “defensa propia” he escrito algo. Ahora quisiera echar una mirada a ese pequeño país, Uruguay, relativamente pacífico y civilizado.

El nuevo gobierno conservador se reservó un paquete de reformas al Código penal para después de las elecciones presidenciales de 2019 (por lo cual llamarlo “Ley de Urgente Consideración” fue otra ironía rioplatense) y logró aprobarlo unos meses después. Actualmente, 135 artículos de este paquetazo están bajo amenaza de ser derogados por un referéndum popular. Algo semejante al referéndum de 1992 que detuvo la ola neoliberal, cuando el padre del actual presidente era presidente.

El lenguaje técnico de los nuevos artículos de la LUC no difiere de sus versiones de 2008, pero en cada detalle exuda su ideología, propia de las clases altas en el poder: los problemas de “la gente bien” se resuelven con mano dura, con más represión, con la criminalización más temprana de adolescentes (pobres) y limitando el ejercicio de la democracia en la base de la sociedad. Más allá de la narrativa moderada de cada nuevo artículo, claramente podemos ver una criminalización de un lado de la sociedad para proteger los intereses y los privilegios del otro lado. En la mayoría de los casos son intereses y privilegios fantasmas, es decir, adoptados como promesa de ese ascenso social que nunca llega, excepto en la fantasía de los individuos aferrados a pequeños “éxitos”.

El objetivo de la LUC son, socialmente hablando, los pobres. Ahora, quienes promueven su derogación en el referéndum publican videos sobre la violencia policial como factor reivindicado por la nueva ley, sin darse cuenta que en todo el mundo las clases medias le temen más a los de abajo que a los de arriba. Según esta psicología, los pobres nos roban con los impuestos y nos roban la billetera en el autobús. Los ricos no. Los ricos saben robar sin que te sientas ni inseguro ni estafado. De hecho, les agradecemos por no estar peor, como los pobres. Es la tradicional moral del esclavo: cualquier mínimo privilegio se lo acreditamos a los que mandan; cualquier pérdida es culpa de los insaciables y perezosos esclavos que siempre quieren más.

Uno de esos factores de la nueva Ley es la legalización implícita del “arresto ciudadano”, lo cual se puede rastrear en los linchamientos y las leyes Jim Crow en Estados Unidos para controlar a los negros convertidos en ciudadanos luego de la Guerra Civil. En Uruguay, el racismo ideológico ha sido mínimo (nunca hubo un equivalente al KKK o al partido Nazi), pero nuestro orgullo antirracista debería ser revisado seriamente cuando se trata de racismo cultural y estructural. Esa actitud que nos lleva a sentir “orgullo legítimo” por ser rubios y europeos y, en el mejor de los casos, un “orgullo reivindicativo” por ser pocos indios y negros tan buenitos. Otra consecuencia del colonialismo internacional (imperialismo) y del clasismo nacional (patriotismo).

También la tendencia a la proto militarización de la policía en la LUC es otra importación inadvertida. Es la carta de los conservadores en Occidente para reprimir manifestaciones y rebeliones, producto de las políticas neoliberales y capitalistas bajo la vieja excusa de combatir la delincuencia y el desorden producidos por el mismo sistema ideológico que los crea. Chile, Colombia y EEUU tienen más experiencia.

El Artículo 45, por ejemplo, mencionando la “Oportunidad para el uso de la fuerza” la justifica “cuando el personal [policial?] advierta la inminencia de un daño [y] deba disolver reuniones o manifestaciones que perturben gravemente el orden público, o que no sean pacíficas”. El artículo 30 de 2008 establecía que “En toda circunstancia, el personal policial debe actuar de forma tal que, racionalmente, evite generar un daño mayor al que pretende impedir [y] está exento de responsabilidad cuando actúa en legítima defensa propia o de terceros”. Por lo cual la sutil y secreta reforma de la LUC consiste en establecer (Artículo 31 bis) la “Presunción de legitimidad de la actuación policial: Salvo prueba en contrario, se presume que la actuación del personal policial en ejercicio de sus funciones, es acorde a las disposiciones constitucionales, legales y reglamentarias vigentes”.

El nuevo artículo 43 establece, bajo el mismo espíritu del control y la represión como prerrogativas del derecho ajeno, que “toda persona tiene el deber de identificarse cuando la Policía lo requiera. […] Cuando una persona se niegue a identificarse […] podrá ser conducida a la correspondiente dependencia policial”. Otra vez, la discreción del caso recae en cada policía, quien podrá detener a cualquier ciudadano sin documentos, no basado en un delito cometido sino en una sospecha.  

Para no hacerlo infinito, un último ejemplo referido a la educación y al miedo a la democracia directa. El Artículo 76 de 2008 establecía que “En todo centro educativo público de Educación Inicial, Primaria, Media Básica y Media Superior y Educación Técnico-Profesional, funcionará un Consejo de Participación integrado por: estudiantes o participantes, educadores o docentes, madres, padres o responsables y representantes de la comunidad. Los respectivos Consejos de Educación reglamentarán su forma de elección y funcionamiento”. Para corregir este descontrol de decisiones en las bases de la sociedad, la LUC corrige la última línea: “Las respectivas Direcciones Generales propondrán al Consejo Directivo Central la reglamentación de su forma de elección y funcionamiento”.

Ni la LUC ni las políticas de los gobiernos de derecha priorizan las causas de la violencia sobre la represión de sus consecuencias. Lo cual no sólo sería de justicia social sino también de interés general. Un botón de muestra que observo en Estados Unidos y es extensible a sociedades (económicamente) más pobres: El cerebro de un individuo no madura ni se estabiliza por lo menos hasta los 25 años. Quienes son ricos o clase media acomodada pueden y saben cómo tratar a sus hijos más problemáticos, muchas veces jóvenes violentos o deprimidos, con los mejores psicólogos y psiquiatras y con la mejor comprensión de un problema que no se resuelve a fuerza de palos. Los hijos de los pobres (negros, en Estados Unidos) terminan en la cárcel y allí hacen posgrados de delincuencia.

Sólo esta observación debería ilustrar lo que quiere decir “injusticia social”. Pues no. Para nuestros hijos, profesionales. Para los hijos de los de abajo, policía y mano dura, lo que de paso confirma todos los estereotipos de la cadena cultural.

Los países y los estados más armados no son los estados más seguros; los mayores índices de criminalidad coinciden con mayores índices de desigualdad. Pero no nos engañemos: debido a la pandemia, la criminalidad ha descendido en muchos países. Lo mismo las protestas sociales, que reventarán cuando la pandemia y la autorrepresión pasen.

Al día de hoy, las encuestas informan que el referéndum contra la LUC perderá por amplio margen. Al día de hoy, hay esperanzas de que el pueblo uruguayo reaccione. Como siempre, en el último minuto.

Imagen: Banksy

15 de octubre de 2019

El fracasado discurso del éxito

Noam Chomsky, Jorge Majfud, Manuel Castells, Emilio Cafassi

¿Cómo lograr que una micro minoría del uno por ciento continúe, década tras década acumulando más riqueza que el restante noventa y nueve por ciento de una sociedad? Quienes lo han hecho lo saben bien: (1) propaganda masiva y ubicua, invisible pero real, como el aumento de CO2 en la atmósfera, y (2) acoso político, económico y militar de cualquier otra opción que contradiga el asalto.

Otra forma es enlazar disputas y axiomas diversos sin una necesaria relación lógica: la religión de las armas y el amor religioso, el aborto y la baja de impuestos a los más ricos, la negación del cambio climático y el odio a los inmigrantes, la libre circulación del capital y el patriotismo, etc.

De esta forma, el uno por ciento continúa recogiendo los frutos de toda una sociedad y de toda una historia, con el apoyo necesario de una elite criolla dominante o, incluso (cuando existen elecciones) de un número significativo de quienes no pertenecen al uno por ciento.

Así, en América Latina, las opciones al neoliberalismo, cuando han fracasado, han fracasado por errores propios y, sobre todo, por el criminal bloqueo económico de la superpotencia del mundo. Eso cuando no han recurrido a los más tradicionales golpes militares para defender la libertad del capital de la minoría criolla (clasista y racista) aliada a las más poderosas transnacionales.

Así, por otro lado, en América Latina las imposiciones neoliberales han fracasado a pesar de repetidas inundaciones de capitales en formas de créditos multimillonarios que no dejaron en sus países ni progreso ni desarrollo sino deudas masivas y más pobreza.

Para el neoliberalismo, solo el éxito económico cuenta como éxito. No obstante, este mito del éxito económico ni siquiera ha tenido éxito en la economía de los países colonizados por el mito del éxito económico. No, por el contrario, se insiste en “el probado fracaso” de sus otras opciones apuntando a países acosados, bloqueados y en ruinas, lo cual es un patrón de acción y de narración política.

América Latina es parte de esta ola que, a falta de mejor nombre, se suele denominar neoliberalismo. Esa ola que arrasa, quema y destruye cualquier malla de contención social y ambiental hasta poner en riesgo la propia supervivencia planetaria y cuyas consecuencias económicas y sociales volvemos a presenciar en todo el continente como una historia que se repite de forma cíclica.

Si bien en estos días la atención está mayormente concentrada en el vergonzoso estado de sitio en Ecuador y la consecuente represión de las movilizaciones contra las medidas antipopulares del gobierno de Lenin Moreno, una amplia mayoría de países vive en estado de permanente amenaza e incertidumbre al mismo tiempo que los inversores presionan, amenazan y aumentan sus ganancias.

No habrá que soslayar que mientras escribimos estas líneas la respuesta gubernamental ecuatoriana viene cobrándose muertos, heridos y detenidos y aún inciertos por el ejercicio de la censura y el toque de queda. Pero las movilizaciones que comienzan a resistir esta crisis humanitaria, producto de políticas adulatorias del poder mundial y generadoras de miseria, se extienden de norte a sur. Como en Colombia (sede de la mayor cantidad de bases militares de Estados Unidos en el hemisferio y sede del narcotráfico mundial y del paramilitarismo impune) se opone al único proceso de paz concreto propuesto en cincuenta años. Como en Perú, donde idéntico desconocimiento mutuo entre dos poderes fundamentales del Estado (ejecutivo y legislativo), es considerado una opinable cuestión constitucionalista mientras que en Venezuela (no se lea este manifiesto como un apoyo a su gobierno) la mafia hegemónica llama a la intervención militar. Argentina vive envuelta en piquetes frente a la aceleración exponencial de la pobreza y el endeudamiento súbito, mientras en Chile y en Brasil se sigue profundizando la inequidad social, la desprotección, el narcotráfico y la violencia civil y policial que ya amenazan hasta países como Uruguay por razones de proximidad.

Diferentes procesos electorales aún están pendientes en Argentina, Bolivia y Uruguay en lo que resta del año. Otros seguirán en los años por venir. La disyuntiva continúa siendo entre la narrativa del uno por ciento (el autoritarismo de las elites, el militarismo reaccionario, el odio de los racistas, de los nacionalistas, de los clasistas, del machismo que se resiste a ceder paso, del neomedievalismo, de la destrucción del medio ambiente a cambio de unos dólares) y la construcción de una democracia progresiva, solidaria, no consumista, que ponga el énfasis en el ser humano y no en las riquezas de unos pocos a costa de unos muchos. Una sociedad capaz de construir un mundo para todos y no sólo para una minoría elegida por un dios que nunca la eligió.

Noam Chomsky

Jorge Majfud

Manuel Castells

Emilio Cafassi


https://www.leerydifundir.com/2019/10/fracasado-discurso-del-exito/

20 de enero de 2018

Pensamiento crítico

Jorge Majfud

Cuando di por terminada la clase, Steven (su verdadero nombre era otro) se me acercó preocupado y me dijo que, luego de una hora y media de cuestionar a Tirios y Troyanos, tenía las cosas más confusas que al principio, que lo que se llamaba “pensamiento crítico” era una teoría ?y, de existir, no veía cómo podía significarle algún beneficio.

Lo miré a los ojos. Lo conocía de antes. Era un muchacho de buenas intenciones, asustado (aterrorizado es un adjetivo más justo) por sus convicciones religiosas (su mayor miedo eran los demonios; en su iglesia, desde que tenía uso de razón, o de fe, había sido cuidadosamente informado sobre la existencia de estos terribles seres, imposible de desvincular de la creencia de Dios, según me dijo) y aterrorizado por la menor posibilidad de dudar de sus convicciones patrióticas (la posibilidad de que Vietnam e Iraq no fuesen lo que se suponía que fueron, era algo que combatía cada día con estoicismo).

Cuando regresó maltrecho de la guerra, el equipo de psicólogos y psiquiatras que lo trató por meses lo convenció de que él no había sido una víctima. Negar la posibilidad de considerarse una víctima era la única forma de curación de todos los insoportables traumas que había traído de tan lejos, según los especialistas. Se habla muy poco, pero en Estados Unidos se suicidan más soldados al regresar a su país que los que mueren en combate.

Aquella vez tuve la cuestionable idea de preguntarle si acaso pensaba que en una guerra no había víctimas, que en la gran política no existía la mentira, que si no le parecía que con semejantes maquillajes no estábamos condenados a repetir la tragedia de la historia, indefinidamente. No es que no tuviese compasión por aquel muchacho que finalmente terminó abandonando mi curso y la universidad; simplemente nunca creí ni en el valor ni en la posibilidad de curación alguna arrojando la verdad en la papelera de reciclaje. Curiosamente, el mismo psicoanálisis y hasta la confesión cristiana nace en base a ese principio tan simple: sin verdad no hay curación ni redención.

Unos meses atrás, Steven se había referido a la teoría de la evolución como eso, una teoría más, algo con una relación muy discutible con la verdad. Recordé que en otro estado, en Georgia, un senador quiso obligar a las universidades a enseñar hechos, no teorías. Lo cual hubiese prescripto todo el pensamiento humano y hasta la definición de los hechos mismos. Toda la ciencia está construida en base a teorías, y todas son discutibles por necesidad. Si a alguien teme un investigador serio es a la opinión de otros investigadores serios, no a las opiniones contundentes de los aficionados.

Las religiones también pueden entenderse como un conjunto de premisas y teorías, con la diferencia que las teorías religiosas no necesitan ningún compromiso con ningún hecho verificable. Lo cual, en su ámbito, como diría Averroes, está bien. Son cuestiones de fe y ahí no hay nada para discutir o para probar sino para repetir.

La teoría de la evolución es una de las preferidas por los indicios y las evidencias materiales, cosa que no se puede decir sobre la multimillonaria arca de Noé que levantaron en Kentucky y ni siquiera puede flotar; mucho menos albergar a representantes de la fauna del planeta. Y mi ironía no es con Dios sino con su club de fanáticos.

Steven confiaba y estimaba las convicciones sólidas, y poner la historia patas arribas no estaba en sus planes. Ni en la de sus terapeutas.

Si el pensamiento crítico es una teoría, le dije, es una teoría muy práctica y necesaria, si es que todavía tenemos alguna estima por la verdad, la cual no siempre coincide con nuestras “sólidas convicciones”. De una forma o de otra, vivimos en alguna burbuja. Ahí dentro están las respuestas a cada problema. Ahí dentro están nuestras sólidas convicciones, ahí dentro nos sentimos cómodos, protegidos, seguros, arrogantes.

Esa es la realidad que conocemos. La nuestra. Eso es lo que llamamos Realidad, a secas, con mayúscula o acompañado por su artículo único, La realidad.

No podemos ver la burbuja desde adentro, no importa el color de su cristal. Si es azul, todas las demás burbujas se verán azules. Si es roja, todo lo demás será rojo y serán los demás los incapaces de ver que son rojos o son azules.

Mucho menos podemos ver la burbuja que contiene a todas las burbujas. Si la vemos desde dentro.

Pero si tuviésemos un espejo por fuera de nuestra burbuja, podríamos vernos atrapados y sonriendo, como vemos a los demás que nos miran desde sus propias burbujas.

Si tuviésemos un espejo por fuera de la burbuja que contiene a todas las burbujas, podríamos vernos en nuestras propias burbujas y podríamos ver a los demás en sus burbujas, todos juntos en una burbuja mayor.

Es decir, no podemos ver ninguna de las burbujas que nos contienen, pero podemos ver en el espejo nuestro reflejo.

El espejo puede ser turbio o puede deformar las imágenes, si es que una imagen curva es menos real que una plana, si es que una imagen turbia es menos real que una imagen nítida. Pero, al menos, al vernos en el espejo tenemos cierta idea, ya no solo de que estamos incluidos y atrapados en nuestras propias burbujas, sino que el espejo que refleja, nuestra reflexión, también tiene su propia naturaleza y sus propios límites. Aunque revela algo nuevo, a veces distorsiona la realidad o nos dice que la realidad es múltiple, aunque nosotros queremos que sea una sola, como se quiere cuando se quiere intensamente.

Pero al menos ahora sabemos que hay algo más. Ahora ya no tenemos las respuestas tan claras. Ahora sabemos que no sabíamos tanto, que lo que creíamos saber eran sólo distracciones, convicciones sólidas, pero arbitrarias; ruido, confort, mera arrogancia de creer.

Al menos ahora fuimos capaces, aunque más no sea por un tiempo breve, de salir de nuestras burbujas sin salir de ninguna.

Este acto requiere de coraje intelectual, no sólo para desafiar nuestras propias convicciones sino para sobrevivir a las convicciones ajenas que, con particular frecuencia, son las convicciones del poder de turno.

Eso es el pensamiento crítico.

6 de octubre de 2016

La pornografía política

Jorge Majfud

En su reciente libro Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future, Johan Norberg, más allá de sus cuestionables omisiones, menciona una encuesta donde se formularon tres preguntas básicas a británicos y estadounidenses. Sólo el cinco por ciento respondió correctamente. Es decir, que si se formulase las mismas preguntas a un grupo de chimpancés, probablemente éstos elegirían sus respuestas al azar y el treinta y tres por ciento respondería correctamente.

¿Por qué los humanos demostrarían más necedad que un grupo de chimpancés sobre política y sociedad (humana)? ¿No es la negación del cambio climático otro ejemplo de lo mismo? El ciego azar de la naturaleza es más sabio que la Opinión Pública.

El pequeño experimento sugiere al menos dos posibilidades: (1) una natural tendencia humana a engañarse a sí misma o (2) una manipulación sistemática de la opinión ajena. Aunque fuese correcta, la primera posibilidad podría corregirse fácilmente con esa otra dimensión humana llamada razón o inteligencia.

La segunda posibilidad incluye a la primera: la propaganda explota las debilidades psicológicas para aceptar, con fanatismo, cualquier mentira. De otra forma no se comprendería cómo pueblos desarrollados, que conocieron la Ilustración, sean capaces de marchar, como las ratas y los niños tras la música del flautista mágico de Hamelín, para ahogarse en el rio Weser. El flautista es Edward Bernays, el padre de la propaganda política, autor de La ingeniería del consenso, de la venta de cigarrillos, guerras y golpes de Estado ; la flauta, los medios masivos de comunicación.

Los integrantes de un país, de una cultura, siempre se ven y se representan mucho mejor de lo que los hechos dicen de ellos. Las Cruzadas no se consideran actos de terrorismo de países periféricos y subdesarrollados, como lo era Europa en el siglo XII, sino de príncipes y héroes al estilo de San Jorge, montado un caballo blanco y matando infieles con elegancia, como ahora lo hacen los fanáticos del Estado Islámico, vestidos de negro. En Estados Unidos, el masivo robo a los indios fue una guerra de defensa ante los sistemáticos asaltos de los salvajes (los terroristas del siglo XVIII y más allá). El despojo de la mitad del territorio Mexicano en el siglo XIX fue otra defensa del Destino manifiesto, atacado luego por bandoleros y asesinos “de raza hibrida”, sin cultura y con una religión primitiva (la católica). Las sistemáticas intervenciones y promociones de golpes de Estados que dejaron millones de muertos y perseguidos en América Latina durante el siglo XX, en realidad, fueron para luchar contra monstruos como Ernesto Che Guevara, un asesino impiadoso. Etcétera.

“Qué terrible es la historia de América Latina. América [EE.UU.] nunca tuvo una dictadura” observó una vez una estudiante que apenas comenzaba a descubrir la historia reprimida. Este tipo de obviedades es la norma fuera de las universidades.

“¿Quieres la verdad o algo mejor?” le pregunté.

La respuesta de un outsider o de un estadounidense bien informado sería echar mano a la clásica ironía de “eso se debe a que en Estados Unidos nunca hubo una embajada estadounidense”, o relativizar el valor de la democracia de este país, restringida por una larga historia de oscuros poderes económicos y de corrupciones legales.

Sin embargo, no es necesario ser tan sutil. Bastaría con tomar cualquier afirmación obvia y ponerla entre dos signos de interrogación: “¿En Estados Unidos nunca hubo una dictadura?” pregunté. “ Durante todo su primer siglo (casi la mitad de su existencia) los indios, los negros, los marrones y las mujeres no podían votar ni ser elegidos. De hecho los negros eran esclavos y en algunos estados eran mayoría. De hecho solo entre el cinco y el quince por ciento de la población, que por pura casualidad eran hombres blancos y propietarios, por ley o por práctica votaban y podían ser votados. ¿No es esa la perfecta definición de una dictadura?”

Pero qué importancia tiene un razonamiento semejante cuando los mitos sociales son, por lejos, más poderosos.

Es decir, la Era de la Pos-verdad no es algo nuevo. Pero a lo largo del siglo XX la verdad debió ser ocultada al público para que fuese posible su manipulación. Lo que es nuevo es la voluntad de la población de ignorar los hechos una vez revelados, su complacencia y fidelidad con una mentira revelada. Ya no existe la excusa de que no hay acceso a la información, que los crímenes de las potencias civilizadas y civilizadoras permanecen ocultos. No. Los documentos originales donde los mismos actores reconocen sus crímenes ( como Hernán Cortes los confesaba alegremente en sus cartas) están al alcance de cualquiera. Pero no cualquiera está dispuesto a ir a las fuentes y a reconocer los hechos por encima de sus pasiones y frustraciones. A juzgar por los resultados, la mayoría. Eso es lo nuevo: no la manipulación de la verdad a través de la propaganda sino la importancia casi nula que tiene la verdad ante una población que lo que quiere no es la verdad sino ganar.

La política se ha vuelto as í un acto de catarsis, como antes lo era el futbol.

Afortunadamente las constituciones occidentales más antiguas fueron escritas bajo influencia directa de la Ilustración. Pero las leyes son otra cosa: frecuentemente están dictadas por los poderes que financian a los políticos o mantienen una desproporcionada representación en los congresos: más de la mitad de los “representantes del pueblo” son millonarios, es decir, representan a un dos o tres por ciento de la población. Ahora un magnate misógino y clasista como Donald Trump es “el candidato de los trabajadores”.

Hay libertad de expresión, sin duda. ¿Pero hay libertad de pensamiento?

Responsabilizar a las redes sociales como la causa de la Era de la Pos verdad es uno de los lugares más comunes de la sociología actual. Seguramente lo sea. ¿Y qué hay del explosivo consumo de pornografía? ¿No vivimos en una era de pornografía epistemol ó gica, donde la verdad es la mujer-objeto?

En la pornografía, el consumidor asume que todo es falso. Pero debe haber un compromiso implícito de autoengaño: lo que importa no es la verdad sino la excitación a través de la violencia, sea física o moral.

Aunque una vacía vulgarización del erotismo, en sí misma la pornografía no tendría nada de malo. El problema es que ( al igual que el requisito de creer por sobre cualquier evidencia, práctica común de los fanáticos religiosos en cualquier in-doctrinaci ó n infantil y adulta) los hábitos y las in-habilidades pornográficas se observan en la narrativa y en la conducta política. De nada importa que los estudios contradigan todo lo que se atribuye a la inmigración . Lo que importa es encontrar a alguien que logre articular un discurso fragmentado y primitivo que sostenga lo contrario. Sus seguidores aplaudirán cada eyaculación, con entusiasmo.

Quienes se propongan interrumpir semejantes orgasmos sociópatas, serán vistos como traidores a la patria o a algún otro tótem social. La frustración de la tribu se exorciza ejercitando el sadismo y sacrificando a algunas víctimas --entre ellas, la verdad de los hechos, que hasta un grupo de chimpancés respetaría.