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9 de mayo de 2025

Imaginar el mundo sin Trump

Juan De la Puente

El revés de Trump en la guerra arancelaria con China y su tosco retroceso marca el hito más importante en los primeros 100 días de su presidencia. La idea de un estratega rudo, audaz y victorioso se deteriora y es reemplazada por variadas lecturas, desde la que sostiene que preside un gobierno errático contestado por el mundo, hasta aquella que cree que a pesar de sus reveses sigue siendo el líder del resurgimiento de EEUU.

La euforia ultraconservadora mundial de enero ha sido sustituida por un silencio todavía admirativo. En A. Latina se tienen las primeras críticas desde ese sector a Trump, aunque todavía en un tono poco explícito. En cualquier caso, la imagen de Trump tiende a alejarse como referencia de la ultraderecha regional, una independencia emocional que, sin embargo, no dañará sustantivamente el auge extremista en la región. Puede ser que en breve plazo no sea rentable ser trumpista, pero la ultraderecha regional es más que Trump.

Sin desconocer el aspecto universal de la arremetida conservadora, las claves internas de los países latinoamericanos parecen guiarse menos de lo que presumimos de las constantes internacionales, por lo menos en esta etapa de duda sobre una recesión o depresión generada por las guerras arancelarias.

Eso sucede también en EEUU. La encuesta de Gallup de cara a los 100 días de Trump en el poder revela una seria caída de su aprobación. El 45% de estadounidenses lo aprueba, muy por debajo del promedio de la aprobación de presidentes desde 1952, que es de 60%; no obstante, si bien el mayor cambio de humor se registra entre los independientes (que inclinaron la balanza a su favor en las elecciones que ganó con 1,6%) donde la aprobación de Trump cayó al 37%, es entre los votantes republicanos su aprobación sigue siendo alta, situándose en 90%.

El auge conservador posee consistencias estructurales locales que pueden subsistir sin referentes mundiales, inclusive. Esa consistencia puede ser igualmente testaruda cuando se trata de referentes nacionales. En Brasil, estando pendiente un reclamo judicial que anule su inhabilitación, Bolsonaro, cuyo gobierno fue desastroso, tiene una intención de voto que supera el 30% y al parecer goza de capacidad de endose; y en Argentina, los escándalos protagonizados por Milei y el desorden de su gobierno, no impiden que su aprobación se sitúe sobre el 40%, en tanto que para las elecciones legislativas de octubre su partido empata o supera al peronismo en la mayoría de encuestas.

Hay reveses y reveses. Algunos no disuadirán al extremismo regional y operarán como un ejemplo de lo que es posible y realizable. La experiencia de los primeros meses del gobierno de EEUU indica que una política extremista que emerge de una democracia sólida y que se ve limitada por las reglas, quiebra con cierto éxito esas reglas para avanzar en sus propósitos. Si hay una primera lección de Trump II, es que la política extremista está destinada a no ser democrática y tiene espacio para ello.

Trump acumula casi 50 órdenes judiciales contra decretos arbitrarios y a pesar de ello sus decisiones siguen siendo improvisadas, temerarias e inconstitucionales. En 100 días de gobierno, el mandatario de EEUU ha firmado 124 órdenes ejecutivas, contra 162 de Biden en todo su gobierno y, en cambio, solo ha enviado 5 proyectos de ley al Congreso.

La idea sobre que en EEUU se ha desatado una crisis constitucional ascendente es avalada por la evidencia. Luego de una elección democrática se impuso una forma de gobierno de emergencia permanente caracterizada por el uso abusivo del poder y de la mayoría parlamentaria, decisiones impulsivas sin deliberación, coerción abierta a los gobiernos y sustitución autoritaria de sistemas que proveen o garantizan derechos y libertades. La desactivación del Departamento de Educación es un caso clamoroso.

Los académicos de EEUU, pero ya no solo ellos, se refieren a esta política como fascista o neofascista, una caracterización todavía ausente en el debate latinoamericano. Es probable que algunas señas indiquen que esa calificación es temprana en un área que en los últimos 60 años experimentó variantes neofascistas de un corte distinto, es decir, militarizadas y no partidarias, y en algunos casos contrainsurgentes, y que es todavía escenario de experiencias que originándose en experiencias progresistas -Nicaragua y Venezuela- acabaron en formas violentas de autoritarismo corrupto. En cualquier caso, con o sin precisiones conceptuales, A. Latina podría sumar en los próximos años nuevos regímenes depredadores de las libertades.

Los reveses de Trump pueden operar también como señales de lo que será difícil replicar en la región, entre ellos la política nacionalista y proteccionista al mismo tiempo, un cóctel que contiene otras claves, especialmente la crítica al llamado globalismo, argumento en el que se sustentan las campañas conservadoras iliberales contra el sistema de las NNUU, el enfoque de género, cambio climático y la transición energética, entre otros.

A. Latina es una región con economías en general abiertas, con tratados de libre comercio, inmersas en dinámicas asociativas diversas. Una relativa diversificación de su comercio ha convertido a la región en un área donde es difícil implementar políticas proteccionistas esencialmente como una herencia neoliberal, aunque tres de sus economías, Argentina, Brasil y México, registran más normas proteccionistas que en otros países. Extrañamente, los grupos ultraconservadores en los tres países mencionados y en los otros en la región profesan una firme adhesión neoliberal en lo económico cruzada con un conservadurismo político y moral igualmente duro.

¿Es posible la compatibilizar neoliberalismo económico con conservadurismo político y moral? En la teoría si, y cierta práctica así lo acredita, aunque mientras dure el gobierno de Trump los principales riesgos de una política económica aperturista provienen precisamente de EEUU interesado en nuevas relaciones comerciales privilegiadas que no pasen por los tratados de libre comercio conseguidas a través de un juego de presiones arancelarias a los países que comercian más con China, la presión a sus empresas para poner fin del nearshoring y el deseo de controlar la exportación de recursos estratégicos. No olvidemos que A. Latina tiene el 50% de las reservas de litio del mundo y el 17% de tierras raras.

Paradójicamente, el éxito del MAGA de Trump depende del fin del libre comercio de A. Latina.

Con o sin Trump en escena, la política ultraconservadora tiene espacio en Latinoamérica. Su principal baza es la crisis de la democracia liberal y de las experiencias progresistas. El trasvase de la derecha tradicional hacia la ultraderecha -Perú. Argentina, Colombia, Ecuador, Chile- y el increíble inmovilismo de la izquierda no autoritaria garantizan esta capacidad de movimiento.

Es obvio que las posibilidades son desiguales. En los países donde la ultraderecha ha capturado una parte del Estado -Perú, Ecuador y Guatemala- el terreno es más inclinado y desafiante y es menos resistida la conexión entre los caudillos extremistas y las masas.

Por otro lado, si bien la esperanza no tiene que ser, necesariamente, democrática, altruista y racional, el límite de las políticas contra la democracia es la política democrática en las instituciones y en las calles. Ahora mismo, en EEUU decenas de miles se manifiestan contra el gobierno en tanto los jueces, universidades y autoridades locales y estatales le plantan cara.

https://larepublica.pe/opinion/2025/04/27/imaginar-el-mundo-sin-trump-por-juan-de-la-puente-hnews-2182410

28 de abril de 2025

El dragón no tiene miedo al águila

Hedelberto López Blanch

El presidente Donald Trump ha impuesto abrumadores aranceles a China sin darse cuenta que no es lo mismo tratar a Beijing en este siglo XXI de la misma forma que lo hizo Estados Unidos con Japón en la década de 1980.

En su afán por debilitar a China, país que Washington observa como su principal enemigo económico y político, Trump ha lanzado una guerra de aranceles para los productos que importa desde esa nación, los que han ido subiendo desde un 20 % a un 145 %. El gigante asiático respondió imponiendo un 125 % a los productos estadounidenses importados a su país.

El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de China, Lin Jian, declaró que Beijing no está interesado en una lucha, «pero no temerá si Estados Unidos continúa con sus amenazas arancelarias.

«Nunca nos quedaremos de brazos cruzados para ver cómo se priva al pueblo chino de sus derechos e intereses legítimos, y tampoco para ver cómo se socavan las normas económicas y comerciales internacionales y el sistema comercial multilateral. Si Washington insiste en continuar una guerra arancelaria o comercial, China luchará hasta el final», añadió.

El Ministerio de Comercio del gigante asiático sentenció que “los supuestos aranceles recíprocos de Estados Unidos a China son infundados y representan un acoso unilateral […] la amenaza de escalada arancelaria agrava su error y expone su naturaleza chantajista, algo que China jamás aceptará”.

Esta misma política de coerción fue impuesta por Washington contra Japón en la década de 1980 durante el gobierno de Ronald Reagan, país al que veía en ese momento como la principal amenaza para mantener su hegemonía económico-financiera mundial.

Cuando Reagan asumió el cargo en 1981, Washington comenzó a presionar a Tokio para que abriera su mercado a las compañías estadounidenses y redujera el desequilibrio comercial entre los países.

Esa nación admitió primero algunas medidas como la limitación de los autos que exportaba hacia su principal socio político y económico pero la campaña contra Japón continuó en el Congreso y en los medios de comunicación por miedo a que le arrebatara el poder comercial a Estados Unidos.

Esto conllevó a que en 1985, por agresivas presiones de la Casa Blanca, cinco países (Estados Unidos, República Federal de Alemania, Francia, Reino Unido y Japón) suscribieran el Acuerdo Plaza, por medio del cual se devaluaba el dólar frente al yen japonés y al marco alemán.

Como era de esperar, eso provocó un aumento de las exportaciones de productos estadounidenses y una reducción de su déficit comercial con la nación nipona y de Europa occidental.

Los economistas Joshua Felman y Daniel Leigh en un informe para el Fondo Monetario Internacional (FMI) explicaron que “las exportaciones y el crecimiento del PIB de Japón se detuvieron esencialmente en la primera mitad de 1986”, y para acabar de rematar a su peligroso contrincante, en 1987 Washington impuso aranceles del 100 % sobre las importaciones japonesas por un valor de 300 millones de dólares, lo que prácticamente le bloqueó el mercado estadounidense y la economía del país asiático colapsó.

Al aumentar el valor del yen los productos japoneses se hacían cada vez más caros, y los países rechazaban a la que había sido una potencia de la exportación. Los esfuerzos del banco central nipón para mantener bajo el valor del yen provocaron una burbuja en el precio de las acciones, y el país entró en una recesión que duró una década. De esa forma se eliminó al peligroso contrincante comercial.

Pero en el siglo XXI la situación es sumamente distinta con respecto a China pues este país no depende de Estados Unidos para mantener e impulsar sus producciones y comercio internacionales.

El gigante asiático cuenta con poderoso desarrollo científico, industrial, fabril y económico, con relaciones con más de 180 países en el mundo adonde puede enviar sus mercancías y recibir a la vez, disímiles productos. Además de una población de 1 417 millones de habitantes con alto poder adquisitivo.

Por tanto no depende de Estados Unidos para su desarrollo como si lo padecía Japón en la década de 1980.

Asimismo cuenta con enormes riquezas en su territorio. Por ejemplo produce el 90 % de las tierras raras del mundo, un grupo de 17 elementos utilizados en las industrias de defensa, vehículos eléctricos, energía y electrónica. Estados Unidos solo tiene una mina de tierras raras y la mayor parte de su suministro proviene de China.

En esta guerra comercial lanzada desde Washington, Beijing respondió con la suspensión de las exportaciones de minerales críticos e imanes, componentes fundamentales para los productores de automóviles, fabricantes aeroespaciales y empresas de semiconductores.

Siete categorías de tierras raras, incluidos artículos relacionados con el samario, gadolinio, terbio, disprosio, lutecio, escandio y itrio, fueron incluidos en el control de exportaciones. Numerosas empresas de punta estadounidense utilizan en sus producciones esos elementos importados desde China lo cual significa un duro golpe.

Las autoridades del país asiático han expresado que las contramedidas a las acciones de Washington tienen como objetivo no solo proteger su propia soberanía, seguridad e intereses de desarrollo, sino también mantener la justicia y la imparcialidad internacional y el sistema comercial multilateral.

Añadieron que si Estados Unidos desea hablar, la puerta permanecerá abierta, pero el diálogo debe llevarse a cabo sobre la base del respeto mutuo y la igualdad. Si por el contrario, quiere luchar, la respuesta continuará hasta el final. La presión, las amenazas y la coerción no son la forma correcta de tratar con China.

Moraleja: no es lo mismo para Estados Unidos tratar a China en este siglo XXI como lo hizo con Japón en la década de 1980. Los tiempos y las condiciones son diametralmente opuesta y Washington podría ser el gran perdedor.

El dragón no tiene miedo al águila.

Hedelberto López Blanch​.. periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.