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6 de julio de 2025

Perú: Una monstruosidad a vista de todos

Patricia del Río

Cuando una niña se ve forzada a parir hijos, es doblemente violada

En el Perú ostentamos un récord vergonzoso: ser el lugar donde parió la madre más joven del mundo. Su nombre era Lina Medina, y dio a luz a un bebé de 2 kilos y 700 gramos a la edad de 5 años. Esta aberración ocurrió en el año 1939 y fue un hecho tan escandaloso que dio la vuelta al mundo. Lina, una pequeña nacida en Huancavelica, tenía un desorden hormonal que la hizo menstruar desde los dos años. Los registros médicos especifican que, además, tenía vello púbico y un incipiente desarrollo mamario producto de su extraña condición. Pero que una niña menstrúe no es razón suficiente para que se embarace, debe haber además una relación sexual. Al comienzo se creyó que el padre la había violado y después se sospechó que el agresor podía ser uno de sus hermanos; sin embargo, nunca se pudo establecer lo que había sucedido realmente y Lina no obtuvo justicia.

Su hijo, al que llamó Gerardo en agradecimiento al médico que la atendió, nació sano y se crió al lado de su niña madre. Murió ya adulto, de 40 años, producto de una extraña enfermedad a la médula ósea. Revisando documentación sobre el caso, me topo con las fotografías, que son desgarradoras: en una aparece Lina, desnuda, con su cuerpo de niña y su abultado vientre de varios meses de gestación. En otras sale al lado de su hijo; él en un cochecito, ella con su vestidito de niña y lazos en la cabeza. En los rostros de ambos hay confusión, hay desamparo, hay la desolación de saberse observados sin entender muy bien por qué. El caso de Lina fue comentado en todos los círculos científicos de la época y la familia obtuvo las ofertas más extrañas: desde exhibir a la niña madre y al niño hijo en un circo de curiosidades, hasta formar parte de estudios médicos. El entonces gobierno de Óscar R. Benavides prohibió, vía decreto, que los niños fueran exhibidos u observados como fenómenos para protegerlos de un presunto daño moral, y se comprometió a asignarles una pensión que nunca se hizo efectiva.

Con espanto, he escuchado alguna vez  a activistas provida citar el caso de Lina como un «milagro», un ejemplo de que «se pueden preservar las dos vidas». Sin embargo, lo que este caso ejemplifica es una situación que nunca debería repetirse. Las niñas no están ni psicológica ni físicamente preparadas para ser madres. Lina tenía un embarazo muy avanzado cuando se le diagnosticó, lo cual impidió un aborto terapéutico en su momento. Pero en cualquier país civilizado, ninguna niña debería ser obligada a pasar por un calvario similar. Hasta hace pocas semanas, cualquier otra menor de 14 años en una situación similar tenía la oportunidad de evitar ser madre siendo niña; hoy, esa oportunidad les ha sido negada por una tira de fanáticos

Aunque el aborto terapéutico sigue siendo legal en Perú, las presiones ejercidas por personas como la congresista Milagros Jáuregui (Renovación Popular) han llevado a la Maternidad de Lima a modificar su guía clínica. Las nuevas reglas eliminan dos causales cruciales para acceder al aborto terapéutico por daño a la salud mental: cuando el embarazo es producto de una violación sexual en niñas y adolescentes, y cuando hay malformaciones congénitas incompatibles con la vida.

Como señala el portal Salud con Lupa, estas causales se habían logrado por consenso entre nueve sociedades médicas, la Sociedad Peruana de Obstetricia y Ginecología y el Colegio Médico. Sin embargo, la presión de Jáuregui y el respaldo de grupos ultraconservadores, que en su «defensa de la vida» están dispuestos a destrozar la existencia de miles de niñas en Perú, pudieron más.

Las cifras son escalofriantes: entre 2020 y junio de 2023, se registraron 167.324 embarazos infantiles y adolescentes en nuestro país, pero solo 475 menores accedieron al aborto terapéutico. Las demás fueron, como Lina, niñas madres cuyas existencias quedarán marcadas para siempre.

https://jugo.pe/una-monstruosidad-a-vista-de-todos/

https://www.leerydifundir.com/2025/07/peru-una-monstruosidad-vista-todos/

 

22 de marzo de 2025

¿Se acuerda de hace cinco años?

Natalia Sobrevilla

Un testimonio personal nos recuerda cómo el mundo cambió tras el Covid-19

En marzo de 2020, hace cinco años exactos, enfermé de Covid-19. Fue antes de que en el Reino Unido —donde residía a tiempo completo— comenzara el confinamiento: recién se había declarado una pandemia mundial y en Perú se acababa de decretar un encierro que se creyó que sería por solo un par de semanas y que nos terminó afectando por un par de años. En su momento escribí un testimonio que publiqué en redes y que sirvió para calmar a algunas personas que no sabían lo que podían esperar del virus. Hoy lo comparto entero para recordarnos cuánta agua ha pasado bajo el puente:

«Nunca sabré cómo me contagie, ¿en el metro? ¿El tren? ¿El supermercado? ¿Me lo trajo uno de mis hijos del colegio? ¿Mi marido y mi otro hijo luego de esquiar en los Alpes? Al final da igual, en Londres está por todos lados. El viernes 13 de marzo fui por última vez de compras y me aislé, dedicada a leer las noticias del mundo con creciente fastidio ante quienes no hacían mucho caso. Tuve ganas de ir al yoga o al cine, pero decidí quedarme en casa y caminar por el parque, más de una hora cada día en absoluta soledad. El lunes celebré porque la universidad, finalmente, decidió que no habría clases presenciales y me puse a preparar clases online.

El miércoles, después de dos noches de dormir muy mal, tomé una siesta porque como nunca tenía un dolor de cabeza muy fuerte. Ese día habíamos ido finalmente al supermercado, que ya empezaba a verse un poco apocalíptico. Esa noche, después de preparar la comida, sentí cómo me subía la fiebre mientras comía. Mis hijos me acusaron de estar nerviosa, pero yo me conozco y no había tenido fiebre desde una salmonela en el 2003. No soy de enfermarme y no había tenido un resfrío en cuatro años, a pesar de que soy asmática.

El termómetro no mintió, 38° C. Me bajé la fiebre con el pañito mojado que recomendaba la abuela y otra vez dormí pésimo. Comencé el 18 de marzo y los días se volvieron una interminable rutina de medirse la temperatura, tomar paracetamol, tomar agua, tomar te de kion y limón. El agotamiento era infinito, dolor de cuerpo, de articulaciones, pasar el día entero en cama y no lograr descansar. Caminar unos cuantos pasos y agitarme. La única suerte que tuve fue tener poca tos y solo un par de noches llegué a asustarme un poco.

Mi marido y mis tres hijos adolescentes no han tenido un solo síntoma y me han cuidado todo este tiempo. Tendría que haber estado más aislada de ellos, pero la verdad es que en casa es difícil mantener la separación. Todos estamos confinados por 14 días y por suerte nos agarró con la refrigeradora y la despensa llenas, porque no podemos salir a comprar y aquí no hay delivery hasta mayo. Un amigo nos ayudó trayéndonos un poco más de paracetamol que consiguió de suerte en una farmacia, además de leche y huevos.

A los siete días me subió la fiebre a 39,2° y me sentí realmente muy mal: se supone que es en ese momento cuando se resuelve si es que mejoras o empeoras. Tuve suerte: al día siguiente me comenzó a bajar la fiebre y ya voy tres días recuperada. El cansancio ha sido mortal y todavía no logro hacer mi vida normal. Sigo sin apetito, comer ha sido lo más difícil y el mal sabor que me acompaña desde que comencé no se va, tengo llagas en la boca.

Pero ya estoy sana, y ya tuve el virus. Aquí solo toman exámenes a los que terminan en el hospital, yo ni me di el trabajo de pedir uno. Sé perfectamente lo que tuve y se supone que en el futuro tendrán una prueba de anticuerpos para que quienes ya lo hemos tenido podamos reconfirmarlo.

¿Qué he aprendido de todo esto? Que hay que quedarse en casa, porque uno puede contagiar desde antes de saber que lo tiene. Que no es mortal en la gran mayoría de los casos, pero igual es incómodo, y le pide mucho al cuerpo para luchar contra él. Cuídense y cuiden a los demás, pero sepan también que a esto se sobrevive ».

Pues bien.

Cinco años más tarde, ya no tengo marido. Ya no trabajo en esa universidad. Mis hijos se hicieron mayores y dos de ellos viven en otros países. Casi nada del mundo que conocí antes de la pandemia sigue en su lugar. Así como para mí, para muchos el cambio ha sido monumental: todos tuvimos que adaptarnos a una nueva manera de vivir, aunque poco a poco se fue comenzando a parecer a como era antes, algunas cosas —aunque imperceptibles— siguen siendo diferentes. Muchos perdieron a personas cercanas, casi todos tuvimos que despedirnos a lo lejos de gente a la que queríamos, y no pudimos abrazar a tantos de los que lo necesitaron. Nos tuvimos que acostumbrar a las pantallas, a la distancia, a las mascarillas, a las vacunas, pero en cuanto pudimos hicimos todo lo posible por olvidar cómo habíamos vivido suspendidos en el tiempo.

Ahora, a muchos se nos hace difícil pensar si algo ocurrió antes o después de la pandemia. El tiempo parece haberse hecho más elástico y esos momentos que pasamos confinados, en los que todo nos daba la impresión de haber ido más despacio, se mezcla y desdibuja porque los días eran muy parecidos los unos a otros. Ya no le tenemos miedo a la enfermedad, pues algunos ya la tuvimos más de una vez, y a ratos no nos acordamos siquiera cómo fue posible que el mundo se paralizara de esa manera: todo nos da la impresión de haber vuelto a la “normalidad”.

Pero ahora que han pasado cinco años, no olvidemos que esa normalidad en la que vivimos en muy precaria y se puede deshacer en cualquier momento. La zoonosis es una espada que pende sobre nuestra especie y los fondos para la investigación científica se han bloqueado en el país que más invertía en ella. Y tampoco olvidemos que, a pesar de las apariencias, el mundo no es el mismo y que todos vivimos aún con las secuelas de la pandemia.

https://jugo.pe/se-acuerda-de-hace-cinco-anos/

16 de marzo de 2025

Perú: No aprendimos nada con el COVID-19

Ronald Gamarra

"Entonces abundaron los buenos propósitos. Nos enmendaríamos. Reconstruiríamos desde sus bases el sistema de salud"

El 10 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia mundial por la pandemia de covid-19. Las semanas anteriores habían estado signadas por una preocupación creciente ante el desarrollo de la enfermedad en China, donde el gobierno ya aplicaba estrictas medidas sanitarias desde enero. Entre tanto, comenzaban a identificarse casos cada vez más frecuentes en Europa y los Estados Unidos, pero había confianza en la capacidad para controlar su expansión.

A fines de febrero empezaron a identificarse en Italia casos de contagio por covid entre personas no relacionadas con viajes a zonas de infección. Se trataba de ocurrencias estrictamente locales. Así fue como se constató que el virus ya estaba instalado fuera de China. Ante ello, otros países intensificaron la búsqueda y constataron que también tenían lances autóctonos.

Cuando los casos locales comenzaron a ser identificados en Italia y España, la extensión de la enfermedad entraba a una fase masiva. Los sistemas de salud colapsaron casi de inmediato, la demanda de atención se multiplicó de manera exponencial. Desbordados, los gobiernos empezaron a decretar el confinamiento de la población, que pronto se generalizó a la mayor parte de la tierra. Mientras China lograba controlar la enfermedad en abril, el mundo entraba en conjunto a una larga fase de contagio, enfermedad y muerte.

En nuestro país, la alarma sonó empezando marzo, cuando se identificó el primer caso, el de un piloto de aviación comercial. Pero es seguro que el virus ya estaba caminando entre nosotros desde hacía varias semanas, como en otros países. El 15 de marzo se decretó el confinamiento general, con la esperanza de ralentizar el contagio. Y vino un período aciago, en el cual supimos en carne propia que estábamos todos abandonados a nuestra triste y esquiva suerte, en el cual cada día y a cada hora nos enterábamos de la enfermedad o la muerte de familiares, amigos y conocidos.

Fueron más de 300 mil nuestros muertos por la pandemia de covid. Una cifra terrible y cruel, aproximadamente, un fallecido por cada 100, uno de los índices de letalidad más altos del mundo. Resultado de la absoluta impotencia del sistema de salud del país, carente de camas UCI, desprovisto de oxígeno para los enfermos, falto de espacio en los hospitales, huérfano de los indispensables niveles primario y secundario del sistema de salud que deberían cubrir los barrios, distritos y provincias.

Entonces abundaron los buenos propósitos. Nos enmendaríamos. Reconstruiríamos desde sus bases el sistema de salud, creando la red de postas y policlínicos que tanto nos hacen falta. Destinaríamos el presupuesto que fuera necesario y sancionaríamos a los corruptos que roban el presupuesto para la salud. Mejoraríamos la calidad y la preparación del personal médico y sanitario. Nos abrazaríamos todos, unidos en la necesidad de salvar la nación y proteger el futuro de las próximas generaciones.

Vanas esperanzas. Las mierdas de siempre estaban al acecho y no dudaron en dar un golpe de mano en plena pandemia, imponiendo de buenas a primeras como presidente al ambicioso Merino. Era la continuación de la pataleta de Keiko Fujimori, la mala perdedora de las elecciones de 2016, que así intentaba volver al poder. La nación, indignada, echó a Merino en una semana de manifestaciones y cacerolazos. Pero el daño ya estaba hecho. En los dos años de la emergencia por la pandemia tuvimos cuatro presidentes, nada menos.

Hoy gobiernan, tras una marioneta con Rolex sentada en el palacio presidencial, los mismos integrantes del pacto que aupó ilegalmente a Merino. Los fachas antivacunas y propaladores de bulos que solo servían para sembrar el desconcierto. Los propagandistas del dióxido de cloro. Los momios que afirmaban que las vacunas nos implantarían un chip. Los resultados de su gestión están hoy a la vista de todos. Entre la actual coalición de derecha que gobierna tras Dina Boluarte y el desgobierno de Pedro Castillo, hay continuidad en la destrucción y saqueo del sistema de salud.

Cinco años después de la declaración de emergencia por la pandemia del coronavirus, el sistema de salud de nuestro país está peor que nunca. Es inevitable recordar a Vallejo en su poema sobre el dolor: “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal”. Metáfora en el poema de César Abraham, triste y dolorosa realidad de cada día en nuestro país, donde la gente no tiene cómo atenderse de sus avatares de salud con la debida dignidad y eficacia, a menos que tenga dinero, mucho dinero contante y sonante, y a veces ni siquiera con dinero.

Los dos grandes sistemas públicos están en colapso, a pesar de que la pandemia cesó hace ya buen tiempo. El sistema del Ministerio de Salud y el sistema de la seguridad social, ambos manejados por el gobierno, viven bajo una permanente crisis de dirección, que tiene como correlato una administración desastrosa en todos los niveles. El resultado es la peor calidad en la atención a los pacientes, que son ignorados sistemáticamente por las autoridades a todo nivel, con gran peligro para sus vidas.

En el mundo, la reacción ante la pandemia fue tan desoladora como en Perú. Nunca se vio mayor incapacidad de unir fuerzas ante una amenaza común. Cada país bailó con su propio pañuelo, y los Estados ricos despojaron sin rubor a las naciones pobres del acceso equitativo e igualitario a la vacuna. Ya desde entonces, Trump echó a rodar toda clase de embustes sobre la pandemia, a la vez que enfilaba contra la OMS, de la cual acaba de retirar a los Estados Unidos. En vez de unir conocimientos, recursos y experiencias para fortalecer la salud a nivel global, sabotean lo poco que existe.

Si volviera a presentarse una emergencia de salud comparable a la del covid o la gripe española de hace un siglo, ¿alguien duda cuál sería el resultado? Una nueva tragedia mundial. Y en nuestro país, con mayor razón. Si ni siquiera son capaces de controlar el dengue y otras enfermedades que ya no se registraban aquí. Si ni siquiera pueden acabar con la tuberculosis, que nuestros vecinos del continente ya desterraron. Si estamos llenos de canallas y saqueadores en el gobierno, el Congreso y la administración de los sistemas de salud. Si el mayor esfuerzo político del Minsa en estos años ha sido para suprimir el examen nacional de medicina y rebajar la calidad exigida para ser contratado como médico del servicio público.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 724 año 15, del 14/03/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

11 de marzo de 2025

Perú: ¿Y si llegara otra epidemia?

Pedro Francke

"Seguimos con enormes déficits de médicos y camas hospitalarias y se prefiere regalar impuestos a los billonarios que invertir en salud"

El 6 de marzo de 2020 se anunció la llegada del covid al Perú confirmándose el primer caso. Recordar el covid es como recordar una pesadilla con Freddy Krueger. ¿Para qué traer eso a nuestra memoria y revivir un sufrimiento pasado? El asunto es que desastres como este no pasan solamente por la mala suerte sino también por la falta de prevención y de preparación para tener respuestas eficaces. El techo del Real Plaza Trujillo no se cayó solo por casualidad y el que en las siguientes horas murieran varias personas heridas tampoco fue producto exclusivo del azar. Un accidente no es un mal sueño ni estamos libres de terremotos ni de una nueva epidemia. Y en el recuento de las muchas tragedias peruanas de las últimas décadas, el covid se lleva el primer puesto de horror.

A veces recordamos los extraños sucesos y las aventuras personales de esos meses aciagos del covid, pero no queremos pensar en que riesgos semejantes pueden repetirse. Es tan fuerte que, como la muerte, nuestra mente nos lleva a negar esa posibilidad.

Como un aerolito, un aneurisma, un accidente absurdo sobre nosotros o alguien muy querido: mejor cerrar los ojos. Pero esa idea de que el covid fue como un aerolito, un accidente planetario del que no se puede escapar, es totalmente equivocada. Sí, fue una tragedia mundial, pero nos golpeó mucho más duro que al resto. El Perú registró la mayor mortalidad per cápita de Latinoamérica y no por poco. En nuestro país la mortalidad adicional durante el covid fue de 4,27 por cada mil habitantes. A nivel mundial, la tasa fue de 1,04 y en Latinoamérica y el Caribe fue de 1,99. La gente en nuestro país se murió a un ritmo cuatro veces mayor que en el resto del mundo y el doble que en la región.

Si en Perú la tasa de mortalidad en exceso por covid hubiera sido igual al promedio mundial, habrían muerto 215 mil personas menos. Eso son cinco estadios nacionales llenos. No ha calado la verdad obvia de que somos tremendamente vulnerables frente a epidemias. ¿Alguien puede decir que se está haciendo algo para que no se repita esta tragedia?

Por otro lado, aunque una pandemia de esa magnitud no se veía en un siglo, el mundo ha cambiado con la globalización neoliberal. Existen hoy mismo varias alertas internacionales de virus que podrían repetir la tragedia del covid, virus mutados y transmitidos por nuestra relación con aves y otros animales que sufren de gripes similares a las que padecemos los humanos. La influenza aviar H5(N1) ha afectado en Estados Unidos a 136 millones de pollos en los últimos diez meses, enfermando a 67 personas. Todavía no se transmite de un humano a otro, lo que reduce su capacidad de contagio, pero, así como sucedió con el covid, cualquier día ese virus puede mutar y lograr esa trasmisión directa. Y no es la única amenaza.

Confiar en que no habrá otra epidemia es como pensar que no habrá un nuevo terremoto en el Perú, cuando en verdad la única pregunta válida es cuándo será.

El covid no sólo se llevó a 285 mil peruanos. Nuestra economía cayó el 2020 en 13 por ciento y la pobreza dio un salto a 29,5% en ese año: tres millones de peruanos empobrecidos súbitamente. Durante la primera ola del covid en el 2020, en Lima Metropolitana y Callao solo dos de cada diez hogares se sentían seguros de poder pagar los alimentos que necesitaban para las siguientes cuatro semanas.

Antes de la pandemia se resaltaba la fortaleza macroeconómica del Perú, sin notar que nuestro Estado carecía de lo básico para cuidar la salud pública y proteger a las familias trabajadoras y pobres ante accidentes y desastres. Un ídolo con pies de barro que, si no devora a sus hijos como Saturno, los abandona a su suerte. La pobreza, el hacinamiento y la informalidad fueron enormes bloques de cemento amarrados a los pies de las medidas de salud pública que las hundieron hasta el fondo y las liquidaron, de tal manera que el contagio avanzó en olas gigantescas. El trabajo entregado de médicos, enfermeras, profesionales y trabajadores de salud se enfrentó a una avalancha de casos mucho más allá de la capacidad del sistema de salud. Sólo las campañas de vacunación que pudimos desplegar a lo largo del 2021, con gran esfuerzo presupuestal y humano, pudieron frenar la pandemia. Sólo así pudimos recobrar la tranquilidad y lograr una tímida recuperación económica que apenas si nos acercó a lo perdido.

Ante una nueva pandemia estamos peor que antes. Seguimos con enormes déficits de médicos y camas hospitalarias y se prefiere regalar impuestos a los billonarios que invertir en salud. La desigualdad e informalidad se han agravado, creciendo economías ilegales, robos, extorsiones y secuestros.

En el 2020 un Congreso, ilegítimo como el actual, vacó al presidente en ejercicio. ¿A quién se le puede ocurrir la barbaridad de sacar en medio del fragor de la batalla a quien ejerce el liderazgo? Fue en plena crisis del covid que la bankada de Keiko nos impuso esta dominación parlamentaria que va de mal en peor. Hoy en día, ¿alguien puede creer que este gobierno tiene alguna capacidad para enfrentar algo como un covid?

Peor aún: Trump se ha peleado con la OMS, cabeza de la salud pública mundial, y ha nombrado como líder de su centro de epidemiología a un antivacunas. Es un tiempo de enorme retroceso en el Perú y en el mundo con enormes riesgos para nuestra salud.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 723 año 15, del 07/03/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

21 de enero de 2025

Una salud enferma

Sergio Ferrari

La mitad de la humanidad sin acceso a la atención básica

El año 2024 cerró con casi ninguna buena noticia para la humanidad. A los gastos militares crecientes se le suman presupuestos decrecientes para la salud.

El último Informe 2024 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el gasto mundial en ese rubro, publicado en diciembre pasado, concluye que los gobiernos destinaron en 2022 a la salud disminuyó con respecto a las cifras de 2021.  La conclusión de la OMS es resultado de un cuidadoso procesamiento de la más abundante y confiable información disponible desde 2000 procedente de 190 países. El informe anual de esta organización de Naciones Unidas se publica regularmente desde 2017 y es una referencia imprescindible para el análisis de la situación sanitaria en el mundo, https://www.who.int/es/news/item/12-12-2024-new-who-report-reveals-governments-deprioritizing-health-spending.

Por su parte, en abril 2024, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés) informó que el gasto militar mundial en 2023 aumentó un 6,8% en términos reales con respecto a 2022, la subida más pronunciada de los últimos 15 años. Tendencia que se contrapone con la caída constante de los presupuestos destinados a la salud.

Radiografía desoladora

Según el Informe 2024 de la Organización Mundial de la Salud, 4.500 millones de personas –más de la mitad de la población del planeta– no tienen acceso a servicios básicos de salud y 2.000 millones se confrontan con mayores dificultades financieras porque deben asumir de forma privada una parte importante de esos costos. La paradoja develada por este organismo de las Naciones Unidas es de fondo: aunque el acceso a los servicios de salud ha mejorado con el paso del tiempo, su encarecimiento representa una carga financiera muy problemática para un vasto sector de la población. Al punto que muchas personas caen en la pobreza por tener que financiar su atención médico-sanitaria.

Según la OMS, el gasto directo (personal y privado) sigue siendo la principal forma de financiamiento de la salud en 30 países de bajos y medianos ingresos. En 20 de ellos, “más de la mitad del gasto total en salud lo pagaron directamente los pacientes, lo que supone un factor desencadenante del ciclo de pobreza y vulnerabilidad”.

Las dificultades que plantea la falta de protección financiera para la salud no se limitan a los países pobres. También en los de altos ingresos los pagos directos en concepto de salud generan serias dificultades. Como consecuencia, no se puede dar respuesta a toda la atención médico-sanitaria necesaria, especialmente en los hogares con menos ingresos.

Los datos no mienten: en más de un tercio de los países ricos, es decir, aquellos que cuentan con altos ingresos, por lo menos un 20% del gasto total en salud lo asumen directamente los pacientes. En muchas ocasiones, esta situación fuerza a los pacientes a reducir al mínimo sus costos médicos o de medicamentos para evitar que sus presupuestos familiares exploten.

Un mal ejemplo  

Por ejemplo en Suiza –que goza de un sistema de salud propio de un país de alto desarrollo–, lo que cada habitante abona mensualmente en concepto de seguro médico obligatorio (unos 500 dólares por adulto) varía según el monto de la franquicia (es decir, lo que el asegurado debe abonar antes de que su seguro comience a funcionar). Cuanto más baja la franquicia, más alta la mensualidad. De más en más, existe un amplio sector de la población, especialmente jóvenes y personas de bajos ingresos, que optan por una franquicia alta de 2.750 dólares (2.500 francos) por año y de esta forma buscan reducir la mensualidad. Esto significa que los gastos médicos hasta ese monto tendrán que abonarlos individualmente los propios asegurados.

De ahí que la salud esté hoy en el centro de la preocupación de los sectores medios y bajos de la población helvética dado el aumento continuo de la mensualidad, de entre un 5 y un 10% anual según cada Cantón (provincia, Estado) y dependiendo de cada una de las decenas de cajas médicas, todas privadas. Los sindicatos y organizaciones sociales suizas se movilizan desde años a favor de una Caja Médica Única, con fuerte participación del Estado, en la perspectiva de reducir los costos en el sector. La mayoría parlamentaria de derecha y extrema derecha, con fuerte presencia e intensivo cabildeo de representantes de las aseguradoras privadas y de la gran industria de medicamentos, se opone a tal propuesta que reduciría sustancialmente sus actuales ganancias astronómicas en el sector salud.

Reforzar la sanidad pública

La OMS propone que los gobiernos prioricen a nivel nacional la Cobertura Sanitaria Universal (CSU) y reduzcan el empobrecimiento generado por los gastos relacionados con atención médico-sanitaria. De esta manera, se estaría cumpliendo con los Objetivos del Desarrollo del Milenio y alcanzando soluciones de fondo hacia 2030. Esta prioridad en la salud pública en todas sus esferas es condición fundamental para el logro de dichos objetivos.

Ya a fines de 2023 la OMS alertaba que más de 1.000 millones de personas en el mundo podrían caer en la pobreza debido a los gastos directos de salud, que representan aproximadamente un 10%, o más, de sus presupuestos familiares. El organismo onusiano aboga por ampliar la atención primaria de salud, lo que hacia 2030 podría salvar 60 millones de seres humanos en los países de bajos y medianos ingresos y aumentaría la esperanza de vida en 3,7 años.

Entre las estrategias eficaces para fortalecer la protección legal y financiera de la salud, la OMS enfatiza en la necesidad de minimizar o eliminar las franquicias para los usuarios más necesitados (incluidas las personas con bajos ingresos y/o enfermedades crónicas) y establecer mecanismos de financiación de la salud a través de fondos públicos que beneficiaran a toda la población.

Según la OMS, salud pública implica definir presupuestos para los “servicios de salud esenciales que vayan desde la promoción hasta la prevención, el tratamiento, la rehabilitación y los cuidados paliativos, utilizando un enfoque de atención primaria de salud”. Este concepto “incluye a toda la sociedad y tiene por objeto garantizar el mayor nivel posible de salud y bienestar y su distribución equitativa mediante la atención centrada en las necesidades de las personas”.

La atención primaria, pilar esencial de la salud pública, incluye tres componentes interdependientes y sinérgicos. Primero, el conjunto de servicios de salud integrados e integrales que engloban ese nivel básico de la atención. Segundo, políticas e iniciativas multisectoriales para abordar la salud de forma amplia y global. Tercero, un elemento esencial basado en la participación ciudadana y que la OMS define como “la movilización y el empoderamiento de las personas, las familias y las comunidades para lograr una mayor participación social y mejorar la autoasistencia y la autosuficiencia en materia de salud, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/primary-health-care.

América Latina y el Caribe: el déficit de la medicina pública

Aunque en la inversión pública en la salud en América Latina y el Caribe experimentó un aumento en la primera parte del siglo, no fue suficiente para alcanzar las metas propuestas. En 2021 se destinó un 4,5% del Producto Interior Bruto (PIB) cuando se proyectaba por lo menos un 6,0%. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), ese mismo año solo un 61% de lo que se invirtió en salud en la región correspondió a recursos financieros públicos.

Como señalan ambos organismos en su informe conjunto de octubre de 2024, las contribuciones directas –es decir, pagadas del bolsillo de los usuarios– alcanzaron el 28%. En 14 países, los pagos directos, o de bolsillo, superaron el 30% de sus respectivas inversiones nacionales en salud. Cuba fue el país del continente con más cobertura pública y menos gasto de bolsillo (8,4%). Los hogares guatemaltecos, en el otro extremo, debieron soportar más del 60% de sus gastos en salud. En Argentina y Brasil, más del 22% de los recursos familiares fueron para la salud, https://www.paho.org/es/noticias/21-10-2024-cepal-ops-llaman-priorizar-inversion-salud-para-reducir-desigualdad-alcanzar).

La OPS y la CEPAL afirman que estas cifras “resultan preocupantes, ya que los gastos de bolsillo reproducen las desigualdades en acceso y calidad de la atención y pueden traducirse en gastos catastróficos o empobrecedores”. Para estas dos organizaciones rectoras en materia sanitaria del continente, dichas desigualdades dejan en evidencia la necesidad urgente “de incrementar el gasto público en salud, de la mano de una gestión eficiente de los recursos”.

A menos que se bregue con los principales problemas estructurales del sector de la salud pública –fundamentalmente el subfinanciamiento crónico y la fragmentación y segmentación de los sistemas de salud– estas desigualdades y el resultante empobrecimiento de un vasto sector latinoamericano y caribeño seguirán agravándose irremediablemente, según la OPS y la CEPAL.

Panorama mundial en el que se instala el sube y baja de la irracionalidad planetaria. En uno de los asientos del balancín global, la salud que cae, despreciando así el esfuerzo humano a su cuidado y sobrevivencia. Y en el otro, más armas sofisticadas, municiones y la industria militar en pleno progreso para alimentar las guerras esparcidas en todo el planeta, responsables de millones de víctimas y causa del retroceso ambiental y civilizatorio.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de octubre de 2024

Perú: Los otros cupos

Juan Manuel Robles

No debería sorprender tanto que la forma de crimen más extendida sea la acción de los extorsionadores. Los peruanos llevamos mucho tiempo pagando cosas bajo amenaza. Claro, la amenaza no es una granada; es más sutil, a veces indirecta y hasta implícita, pero está allí. Vivimos llenos de pagos extra que no tendríamos que hacer pero que hacemos sin chistar porque entendemos, rápidamente, que de no realizar esos desembolsos podríamos tener problemas. Los pagamos por miedo.

Quiero decir: hace tiempo vivimos en cierta paz, pero esa paz no está libre de cupos periódicos. Cupos legales, normalizados.

La vida de quien progresa —en cualquier tamaño o escala— está llena de esas “obligaciones”. Cada cierto tiempo, reviso la lista de los colegios más caros de Lima. Me gusta ver esa lista porque no importa donde mires (arriba, al centro, adentro) sabes que hay padres que están, en este preciso instante, separando dinero que no tienen para pagar lo que cuesta la matrícula, la mensualidad y la cuota de ingreso que, para no desentonar, se incluye con la severidad del caso (las hay de 15 mil dólares). Ahí los ves, a esos señores, consiguiendo 5,000 soles mensuales o 3,000 (una cuota modesta). Siempre lo hacen con aprensión y urgencia, sabiendo de antemano que ese desembolso está sujeto a alza sin previo aviso, y habrá que quedarse callado, y picar por aquí y por allá, para seguir la marcha cuando eso ocurra.

Uno paga y sigue pagando para no perderse lo que supuestamente debe asegurar: la posibilidad de que el niño (o la niña) esté conectado con un entorno mejor que el de los padres, un espacio con caminos más cortos al éxito, con contacto directo con quienes toman las decisiones. Uno paga porque hay miedo. Es uno de los miedos menos detectables, pero también el más poderoso: el temor a quedarse afuera. No acceder a. No verse con. No tener.

Hace casi treinta años Los Prisioneros cantaban “a otros les enseñaron secretos que a mí no”. Pues la idea, por supuesto, ya no es cantar rabiosos saltando de rebeldía. La idea es ser parte de esos otros —que el niño lo sea—, romperse el lomo para lograrlo, para cumplir con el extra. Pagar lo que sea necesario para no ser parte nunca más, ni por error, del baile de los que sobran.

Porque quien se queda afuera en el Perú, puede pasarla mal. Muy mal. Quien solo posee sus derechos de peruano de nacimiento está jodido. Hemos normalizado que sea un deber agarrar todos los privilegios posibles cuando estos caen de la piñata rota. ¿Por qué? Porque el miedo es grande.

Quedarse fuera de cierto colegio implica no poder acceder a más dinero. Y no tener dinero implica, por ejemplo, no poder atenderse en una clínica privada cuando la salud falle; o sea, tener que esperar cinco meses por una cita cuando hay un dolor agudo en el costado (ensayar retorcerte de dolor en la puerta de emergencia del Rebagliati no siempre funciona). Implica el horror de estar en la cola larga de quienes no movieron ningún hilo (quienes no pagaron el cupo). Implica ser vulnerable. Entonces mejor pagar. Cuando hablamos de la salud, no hay que hacer ningún esfuerzo mental para hacer el símil extorsionador: durante la pandemia, las clínicas pedían depósito de 60 mil dólares para atenderte. Como garantía, decían.

Ya se ha hablado suficiente de cómo el neoliberalismo, mientras hace proliferar los negocios de cierta gente, juega a destruir la cosa pública, a publicitar sus miserias, a vendernos (qué lindo verbo) la idea de que su existencia es inviable, mientras hacen exitosos lobbies para quitarle recursos. Generan la idea de que creer en buenos servicios para todos es poco realista y estúpido. Que desearlo, además, es asunto de zánganos.

Por supuesto, los liberalsplainers de voz engolada me dirán que el capitalismo funciona así, ni modo. Pero en el Perú parece no haber límite para ese tren desquiciado. Nuestro último periodo de desarrollo económico consistió en que mucha gente se unió a esta carrera maldita (solo para terminar estrellados con la pandemia del sinceramiento). El boom vino con cosas espectaculares: los alquileres llegaron casi a niveles de Nueva York. De ahí el cuartito en Miraflores a 1,000 dólares, que se paga bien porque funciona como activo social para alguien que quiera “abrirse paso”. Hasta en Manhattan se sabe qué es “renta estabilizada”. Pero en el Perú el casero se disfraza del Tren de Aragua y te clava el diez por ciento para el próximo año, porque el barrio se ha puesto “más turístico”.

Digo: los criminales pervierten y exacerban una práctica que ya está instalada en el chip de quienes aprenden a golpes que progresar implica pagar de más, pagar coimas, pagar a la policía para que se ocupe de tu calle, pagar al inspector municipal al que todos le pagan.

Ojo, no estoy diciendo que sea lo mismo, ni relativizando la inferioridad moral de los maleantes. Solo que al ver las noticias policiales recordé que no tener ciertas cosas, por ejemplo, educación y salud públicas de calidad, te condena a vivir pagando cupos (si quieres esa calidad, que no es más que lo mínimo de una humanidad digna). Esto se diferencia de la actividad delictiva en que todo es legal y nadie te va a matar. Pero se parece en que uno nunca está tranquilo, porque no sabes cuándo llegará la próxima cuenta extra (que hay que pagar sí o sí).

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 706 año 14, del 25/10/2024

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27 de mayo de 2024

Perú: Salud mortal

Pedro Francke

El retroceso en la salud pública salta a la vista en el informe sobre pobreza del INEI, ese que trataron de acallar con tanta torpeza que la maniobra no les duró ni un día. Las cifras publicadas indican que casi un tercio de la población que necesitó atención médica no la pudo conseguir. En las ciudades, el número de personas que han visto negado este derecho básico a la salud aumentó en 330 mil este primer año de gobierno de Dina. Esas son las consecuencias de un presupuesto recortado mientras se regalaban 12 mil millones de soles en deudas tributarias no honradas a las grandes empresas, y de haber entregado el Ministerio de Salud a la derecha que hoy gobierna desde el congreso.

Esta negación de una atención básica ha hecho que las personas con problemas de salud crónicos aumenten en 360 mil durante el año pasado, tanto en las ciudades como en el campo. La cifra es enorme: hoy cuatro de cada diez peruanos tienen problemas crónicos de salud. En el Perú a la falta de cuidado médico se suman la contaminación en las ciudades (que está al tope por un transporte pésimo y que provoca enfermedades respiratorias y cáncer), la afectación con metales pesados en zonas mineras, la generalización de trabajos insalubres y estresantes y una mala alimentación promovida por las grandes industrias chatarra, frente a los cuales no hay respuesta de salud pública.

La anemia aumentó de 39 a 40 por ciento en las ciudades, siendo mayor en las zonas rurales donde uno de cada dos niños la padece (aunque un estudio de investigadores de la Universidad Cayetano Heredia ha puesto seriamente en cuestión la forma como se calcula los niveles de anemia en zonas encima de los 4 mil metros de altura como Puno). ¿Alguien recuerda que este gobierno haya tenido alguna iniciativa contra la anemia? Por el contrario, la congresista Sigrid Bazán ha denunciado que la alimentación de Qali Warma para los escolares no cumple con estándares básicos y el presupuesto para las ollas comunes se sigue recortando. La miseria de los programas sociales deja a millones sin apoyo alguno en tiempos difíciles y agrava los problemas nutricionales de nuestros niños y niñas.

Otros problemas de salud también se han acumulado este año. Un ejemplo es el dengue, que ha afectado a 200 mil personas y causado doscientas muertes. Felizmente, con la llegada del invierno, el mosquito ya se reproduce mucho menos. Salvados hasta el próximo verano por el frío invierno, no por la acción del gobierno. Porque también en las estrategias para enfrentar las epidemias el Ministerio de Salud ha sido altamente ineficiente. Obvio, si en menos de año y medio han cambiado siete veces al jefe de Cenares, la entidad encargada de todas las compras estratégicas del MINSA, incluyendo medicinas, vacunas y otros insumos a nivel nacional.  El ministro representa a César Acuña en el gabinete, fue perdedor de las pasadas elecciones regionales en Cajamarca y asumió el ministerio como parte del canje de votos con APP para que Dina se mantenga. Pero la salud pública no es importante ni para el ministro ni para el gobierno.

RECORDEMOS EL COVID

La baja inversión y la mala organización de la salud pública peruana fueron causas centrales del desastre que significó el covid-19 en el Perú. Un estudio internacional reciente (publicado en abril) ha reestimado de manera más precisa las cifras de mortalidad por el coronavirus, ratificando que el Perú es uno de los países con mayor mortalidad por millón de habitantes en el mundo. Tuvimos la mayor mortalidad en toda América, el cuádruple del promedio mundial y el doble que el latinoamericano. Más de 300 mil fallecidos. Si hubiéramos estado como el promedio mundial, habría habido en nuestro país 230 mil muertos menos. Una barbaridad. Sólo la primera ola, que nos azotó entre marzo y agosto del 2020, batió récords mundiales. Recuerden, amigos lectores, esos meses aciagos, cuando no se conseguía oxígeno y las camas UCI estaban totalmente copadas, consecuencia directa de una política neoliberal que acogotó presupuestalmente al sector salud durante décadas. Sin dinero, que debe provenir de una nueva justicia tributaria, la salud pública no puede construir los hospitales, comprar los equipos, formar especialistas ni contratar médicos necesarios.

Esa mirada que ponía las ganancias de las grandes empresas por delante de la vida humana no acabó ahí. Terminada la primera ola del coronavirus, se dijo enfáticamente que ya todos habíamos tenido el virus por lo que estábamos inmunizados y como no podría haber una segunda ola se debía poner todas las balas en reiniciar los motores empresariales. Bajo esa política estábamos cuando llegó una segunda ola, que terminó por ser aún más mortal que la primera. La epidemia recién pudo conjurarse cuando el Estado,  porque no fueron las empresas privadas, logró una vacunación masiva. Las vacunas llegaron tarde. A fines de julio del 2021, el Perú tenía 24 por ciento de vacunados frente a 57 por ciento en Argentina, 70 por ciento en Chile y 43 por ciento del promedio latinoamericano. En los siguientes seis meses se vacunó adicionalmente al 53 por ciento de la población, más del doble que el promedio regional. Así se logró que la tercera ola, que efectivamente nos alcanzó a fines del 2021, tuviera una mortalidad muy inferior a las dos anteriores, un gran logro conseguido porque se dio todo el presupuesto necesario desde el MEF y tuvimos la destacada gestión de Hernando Cevallos en el Ministerio de Salud.

Hoy parece haberse olvidado que, así como no hay “cuerdas separadas” entre política y economía, tampoco hay cuerdas separadas entre economía y salud. Dejar abandonada la salud pública tiene graves consecuencias en términos de vidas perdidas, desigualdad y descontento con la democracia, pero además es muy malo para la economía –por más que algunos se empeñen en creer que todo va bien hasta que la parca se nos viene encima–.  Luego de que logramos frenar el covid se ha echado por la borda lo avanzado en salud. Las plantas de oxígeno, que tardíamente se consiguió poner en marcha y que se necesitan para otras atenciones, están en su mayoría sin funcionar, como tantos otros equipos médicos. Las clínicas y empresas privadas de salud, que en esos momentos duros cobraron cifras estratosféricas especulando con el oxígeno y las camas UCI, siguen sin una regulación mínima. El sistema público de salud, que había tenido un refuerzo importante en recursos, ha sufrido un recorte de fondos, al extremo que a los agroexportadores se les subsidia rebajando sus contribuciones a EsSalud.

Este gobierno de derecha, apoyado por Fujimori, López Aliaga, Acuña y los grandes empresarios, es un regreso a una salud pública acogotada presupuestalmente. Se trata de la misma política que nos llevó al desastre del covid. El sistema de salud sigue siendo tan mortal mientras las transnacionales mineras se llevan nuestra riqueza con un tratamiento tributario extremadamente favorable.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 687 año 14, del 24/05/2024

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30 de junio de 2023

Perú: Lo peorcito en Salud

Ronald Gamarra

Han nombrado ministro de Salud a César Vásquez Sánchez, médico con escasa experiencia en la administración de la salud pública, pero con abundante prontuario de denuncias e investigaciones penales en una trayectoria más bien turbia antes que opaca. No puede extrañar: se trata de un pupilo aprovechado de César Acuña, dueño de APP y otros negocios. Con una gran habilidad y muchos contactos políticos para salir, hasta el momento, limpio de polvo y paja de tantos enredos judiciales, no cabe la menor duda. La pregunta es: por qué los peruanos tenemos que soportar que nos pongan gente así en el gobierno, con antecedentes tan malolientes.

Uno de los casos más resaltantes que adornan a César Vásquez Sánchez es la denuncia constitucional que la Fiscal de la Nación Zoraida Ávalos presentó contra él, en su condición de excongresista, por delito de tráfico de influencias como parte de la organización “Los temerarios del crimen”, encabezada por el exparlamentario y alcalde de Chiclayo David Cornejo Chinguel. El actual Congreso, en el cual su partido APP tiene una representación significativa y alianzas múltiples, no aprobó la denuncia constitucional, tal como lo ha hecho en varios otros casos, y con ello lo encubrió y le garantizó impunidad.

¿Es este señor quien debe gestionar la emergencia por la epidemia de dengue, que se desbordó como nunca antes por la negligente actitud del gobierno y su ministra de Salud, la inefable señora Rosa Gutiérrez? Pues gracias al gobierno de Dina Boluarte, sus aliados del fujimorismo y la derecha, y su ministra, tenemos ahora el peor índice de letalidad en América Latina por una enfermedad por la cual nadie debería morir, si tuviéramos un sistema de salud pública mínimamente organizado y digno de ese nombre. La designación de César Vásquez es una pésima señal para el sistema de salud, sometido a lo peorcito que hay en plaza.

Es evidente que César Vásquez no ha sido puesto en Salud para enmendar ni rectificar nada de lo que está de cabeza en el sector. Su nombramiento simplemente llena una cuota política, a cambio de lo cual Dina Boluarte espera un mayor apoyo de Acuña y APP. Por cierto, con su designación se garantiza que no se moverá nada de lo que conviene a los intereses creados que dominan el ministerio de cabo a rabo y lo han convertido en una maquinaria burocrática pesada, ineficiente, incapaz de afrontar y ponerse al día con los desafíos que amenazan cada vez más la salud de los peruanos, sobre todo los más pobres.

César Vásquez Sánchez es el segundo ministro de Salud en los seis meses de la presidencia de Dina Boluarte y el sexto ministro de Salud desde el 29 de julio de 2021, hace menos de dos años, cuando se inició el actual período de gobierno con Pedro Castillo. Un promedio de un ministro cada cuatro meses. Sin contar con que la mayoría de ellos fueron encumbrados por favor político, sin poseer la trayectoria ni las calificaciones profesionales y, con frecuencia, tampoco las competencias morales para desempeñar un cargo que implica una enorme responsabilidad.

La inestabilidad, mejor dicho, el caos, en la dirección del Ministerio de Salud se ve con más claridad si se considera este mismo indicador, la duración de los ministros, en el largo plazo. Así tenemos que Alejandro Toledo tuvo cuatro ministros de Salud; Alan García, tres y Ollanta Humala, tres. En total, diez ministros en 15 años. Pero desde que la mala perdedora de las elecciones del 2016, Keiko Fujimori, le declaró la guerra a muerte a Kuczynski y abrió la caja de Pandora de la vacancia presidencial, el caos se impuso en la política peruana y también en el sector Salud, donde se han turnado 17 ministros en tan solo siete años.

Pasamos de un promedio de un ministro cada año y medio a un promedio de un titular cada cuatro o cinco meses. Con el agravante de que cada ministro trae su propia corte de servidores y secuaces de confianza, y hace lo posible y lo imposible por meter al ministerio a los allegados, los amigotes, parientes y favorecidos. El resultado es la imposibilidad de que el sector sea dirigido con coherencia y planificación. En medio del caos de dirección, la burocracia de carrera se paraliza y trata de hacer lo mínimo para evitarse esfuerzo y complicaciones. En la práctica, las mafias ya enquistadas tienen el control de los resortes para asaltar el erario.

La situación del sector Salud no permite albergar esperanza ni optimismo alguno, si además de durar poco, los ministros ofrecen cada vez una peor imagen y trayectoria profesional y moral. Ignorancia, incompetencia y voluminosos antecedentes policiales y judiciales ya no parecen escandalizar ni repugnar a quienes gobiernan y nombran funcionarios. Al contrario, da la impresión de que buscan ese tipo de próximos. Los partidos mayoritarios del Congreso no han dicho esta boca es mía ante el nombramiento de César Vásquez Sánchez. Y cómo habrían de hacerlo, si no les ha preocupado en absoluto la epidemia de dengue.

Eso explica por qué no tocan al presidente de EsSalud, Arturo Orellana, que pasa piola a pesar de sus tremendos anticuchos, que van desde la ineficiencia de la institución ante la epidemia de dengue hasta los gastos excesivos en autos de lujo, por ejemplo, su interés tan especial en el pago de 41 millones a una empresa, o la mala praxis médica denunciada por el señor Christian Guerrero, quien afirma que Orellana le dejó una gasa al intervenirlo quirúrgicamente hace algunos años, lo que casi le cuesta la vida y de hecho le tuvieron que extraer gran parte del estómago. Sin embargo, allí sigue tan campante, sin asumir la responsabilidad de nada y sin que el gobierno ni el Congreso se lo exijan.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 641 año 14, del 16/06/2023, p20

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5 de noviembre de 2022

La historia detrás de su historia clínica

Alejandra Ruiz León

Cuando era chica tenía que ir muchas veces a un concurrido hospital por un tema dermatológico. Recuerdo que siempre tenía que esperar, esperar mucho, hasta que la doctora pronunciaba mi nombre. Un día en el cual ningún paciente era llamado, decidimos preguntar por el motivo de la espera, a lo que el personal de enfermería nos respondió: “Lucho no ha pasado”. La curiosidad nos embargó hasta que descubrimos que el citado personaje era el responsable de llevar las historias clínicas desde el archivo hasta cada uno de los consultorios. Aunque esperar era tedioso, ver que Lucho se asomaba por el pasillo cargando un grupo de documentos donde podría estar mi historia era algo que amenguaba el aburrimiento.

A pesar de la digitalización y la instauración de la telemedicina, muchos centros de salud todavía dependen de un Lucho, sobre quien recae la responsabilidad de entregar al personal médico las historias clínicas de cada paciente impaciente. En nuestro país, la implementación nacional de historias electrónicas es aún un proceso en desarrollo. En 2013 se promulgó la Ley 30024, por la cual se creó el Registro Nacional de Historias Clínicas Electrónicas (RENHICE), con el que se espera ofrecer una cobertura nacional hacia 2027. Entre los logros anunciados de este registro se encuentra la integración de las 14 millones de historias clínicas digitalizadas por Essalud a la plataforma única del Minsa. Esto permite, entre otras cosas, que si alguien deja de estar asegurado en Essalud pueda contar con su historia clínica en otros establecimientos del Ministerio de Salud.

Aunque es muy pronto para medir los impactos de la pandemia en la digitalización de las historias clínicas, los cambios producidos en los últimos dos años son evidentes. Por ejemplo, muchas consultas pasaron a ser de forma remota, forzando a los centros de salud a digitalizar aquello que aún se mantenía en papel, y también se extendió el uso de registros digitales en aquellos establecimientos que aún no lo hacían. Los hechos históricos importantes fuerzan grandes cambios en el registro de la información médica de los ciudadanos. Así, en su artículo From papyrus to the electronic tablet, Richard Gillum indica que en el siglo XX hubo grandes avances en las historias clínicas ya que diversos países establecieron sistemas públicos de salud, para los cuales se necesitaba mantener reportes sobre los pacientes atendidos y un seguimiento a las enfermedades observadas de forma epidemiológica. Las dos guerras mundiales también fueron catalizadores para el establecimiento universal de las historias clínicas puesto que se mejoraron los registros, tanto de quienes se enrolaban a defender a sus naciones, como de quienes se quedaban a trabajar por ellas.

Sin embargo, la historia de las historias clínicas es mucho más antigua que solo un siglo atrás. En concreto, los primeros reportes datan de hace más de 4.000 años en Egipto, en los cuales se mantenía información sobre las enfermedades y sus síntomas para fines didácticos. Similares reportes eran usados en la Antigua Grecia, que luego fueron traducidos y formaron parte del canon de la medicina del mundo islámico, componente fundamental de la medicina actual. Para el siglo XVIII el uso de reportes clínicos para la enseñanza ya estaba extendido por Europa, y en el siglo XIX las escuelas de Medicina de París y Berlín innovaron al incluir información cuantitativa de los pacientes. Finamente, hacia el siglo XX, las historias clínicas no eran consideradas para el cuidado de los pacientes y su uso estaba limitado a la docencia.

Tal vez nunca pensemos en nuestras historias clínicas hasta que nos encontremos en la sala de espera de algún hospital. Sin embargo, nuestra información médica se resguarda en los establecimientos que visitamos o en algún archivo adicional.  Dependiendo del centro de salud, nuestras historias se quedan en un archivo activo por algunos años, para luego ser mudadas a un archivo pasivo por un periodo más largo, por ejemplo, hasta quince años. Que los centros de salud mantengan nuestras historias clínicas es el escenario ideal, pero no siempre es el real. Quien ha tenido la desdicha de que su historia se pierda en los pasillos de algún hospital y ha tenido que presentarse personalmente en el archivo, puede atestiguar lo que los archiveros de todo el país suelen mencionar: que los archivos médicos son víctimas de las inclemencias del clima, del paso del tiempo y del olvido de los presupuestos anuales.

En esta última semana, sin ser pacientes de ninguna enfermedad en concreto, el país entero ha recordado la existencia de las historias clínicas por un caso controversial de una mujer desaparecida que decía haber estado embarazada. Más allá de toda la atención y confusión del caso, esta fue una ocasión para recordar que el acceso a las historias de los pacientes solo puede ser autorizada por los médicos con una indicación judicial. Y en estos casos existen procesos establecidos, como solicitar una copia oficial de la historia, numerar las hojas y, en determinadas ocasiones, la participación del personal médico para dar testimonio legal.

Para el ginecólogo Manuel Drago, el actuar ético de los médicos es importante para no relevar los diagnósticos de sus pacientes,  no solo en casos que se convierten de interés nacional, sino también cuando los profesionales de la salud participan en congresos médicos o en publicaciones académicas para las cuales se usa la información de las historias clínicas, pero no se incluyen datos que permitan identificar a los pacientes. Además, el doctor Drago indica que el resguardo que deben tener las historias clínicas también debe ser obligatorio en las redes sociales. Por ejemplo, en las cuentas del personal médico o de las instituciones hospitalarias se debe cuidar de no compartir imágenes de ecografías y otro tipo de documento que permiten identificar a los pacientes.

Como reflexión final, concuerdo especialmente con una opinión dada por el doctor Drago: no hay una parte más importante que otra dentro de una historia clínica. Lo que asegura una correcta ejecución de la medicina es el documento en su totalidad y su resguardo en los archivos físicos y virtuales. Si las historias clínicas no están disponibles a tiempo para el personal médico, los pacientes no pueden ser diagnosticados ni tratados. Si las historias no se resguardan de forma adecuada, se pierde con el tiempo la información médica de los pacientes. Y si las historias no son tratadas con ética, los problemas médicos se convierten en legales, y la intimidad médica de cualquiera puede convertirse en habladuría nacional.

4 de noviembre de 2022

Perú: Mafia en el MINSA

Ronald Gamarra

Hace tiempo que escribimos una y otra vez sobre el caos en el Ministerio de Salud y la consecuente negligencia en el cumplimiento de sus funciones y la desatención de las urgentes necesidades de los pacientes, incluyendo innumerables casos de grave riesgo para la vida. Que no hay medicinas para las personas con cáncer, que no hay fármacos básicos, que no hay atención para los pacientes de enfermedades raras o huérfanas, que las citas para consulta se demoran una eternidad, que existe desigualdad en el acceso a tratamientos debido a la fragmentación del sistema de salud, que FISSAL no resulta ser un verdadero fondo de alto costo, que las organizaciones de pacientes ni siquiera son recibidas para dialogar. Sabíamos, como todo el mundo, que esto se debía a la incompetencia de los funcionarios nombrados, empezando por el propio ministro Jorge López, así como al imperio de las redes de corrupción en este sector.

Precisamente el domingo último, un programa periodístico reveló una investigación que claramente lo confirmaba al poner al descubierto al ministro de Salud como centro de una operación de lavado de dinero mediante la modalidad del “pitufeo”, utilizando para ello al personal del ministerio, a fin de comprar un departamento al contado para su expareja.

Claro, pues, qué atención le va a poner a los problemas del ministerio y los pacientes, qué diablos le va a importar mejorar la triste situación de la salud pública y las penalidades de los enfermos, si el señor ministro está más ocupado en hacer chanchullos y negocios personales nada santos, desde su propio despacho de la avenida Salaverry. Qué otras operaciones habrán urdido en los siete meses que llevaba en el cargo hasta que lo cogieron en una donde su responsabilidad es tan clara e innegable que el propio presidente Castillo, oh sorpresa, prefirió destituirlo de inmediato para evitar un mayor y nuevo escándalo.

Porque la responsabilidad por la llegada de un tipo como Jorge López al cargo de ministro de una cartera tan sensible la comparten claramente Pedro Castillo, que lo nombró, y Vladimir Cerrón, que lo propuso pues pertenece a su entorno y el Ministerio de Salud es parte de su cuota en el gobierno, como quedó claro desde que puso allí al inefable doctor “Agüita” con la bendición del profesor. Cuando este debió ser reemplazado por incompetente y nulo, dada la presión de la protesta ciudadana, dejaron en el puesto al mismo que “Agüita” había llevado como viceministro, Jorge López, para que todo siga igual.

Pedro Castillo y su socio Vladimir Cerrón sabían bien a quién ponían al mando del ministerio. Porque ya entonces era conocido públicamente que Jorge López tenía varias investigaciones y procedimientos abiertos y en desarrollo por diversos motivos que no permitían augurar nada bueno para su gestión ministerial. A pesar de ello, Cerrón lo propuso y Castillo firmó su nombramiento y le tomó el juramento al ceñirle el fajín. Pedro Castillo no puede alegar inocencia sobre la designación de este señor a quien se apresuró a destituir apenas se aireó la denuncia del domingo, como no lo ha hecho antes con ningún otro impresentable.

Una de las investigaciones que Jorge López tenía en curso cuando Castillo lo nombró ministro, ponía en evidencia que este señor, cuando ocupaba la plaza de director del Hospital Nacional del Centro, había hecho que su empresa personal contratase con la entidad pública, es decir, hacía negocios particulares aprovechando su cargo público. Este solo antecedente, por el cual ya estaba bajo indagación, debió ser suficiente para que su nombramiento como viceministro del doctor “Agüita” y como ministro en reemplazo de este fuera rechazado. Pero Castillo hizo lo contrario. Ahora pretende limpiarse sacando a López apenas se hizo pública una denuncia escandalosa.

Vladimir Cerrón, por su parte, ha asumido la defensa de López, aceptando que se le investigase mientras hubiera “duda razonable”, pero oponiéndose a su destitución. Al haberse efectuado esta, sin consultarle, se pone en plan de crítico de Castillo con la evidente finalidad de defender la posesión del Ministerio de Salud como parte de “su territorio”: su chacra, pues, donde finalmente él impera… con las muy lamentables y graves consecuencias que los innumerables pacientes deben sufrir a diario en un sistema de salud en colapso.

Hasta el momento de escribir esta nota, no se conocía aún quién sería el sustituto de Jorge López. Vladimir Cerrón presiona a fondo para que el nombramiento recaiga sobre uno de los suyos. Si así ocurre, no solo se perderá una oportunidad de adecentar y encarrilar el ministerio, sino que habrán puesto a alguien que se encargará de encubrir todo lo que la red de corrupción de Jorge López y Perú Libre ha tejido en estos meses de dominio. En verdad, el Ministerio de Salud no solo requiere echar a Jorge López, sino una limpieza general y una reorientación a fondo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 609 año 13, del 28/10/2022, p15

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30 de septiembre de 2022

Perú: La salud se conquista

Ronald Gamarra

El derecho a la salud se encuentra en una situación lamentable en nuestro país. Existe de manera muy precaria para muchos y prácticamente es inexistente para un enorme número de personas. Lo podemos comprobar cada día, lo padecemos a cada instante en los centros hospitalarios carentes del equipamiento necesario y de los profesionales que se requieren, en el sistema dislocado e incoherente de centros médicos, la cobertura siempre corta y limitada, la escasez de medicamentos básicos, el desamparo casi total de las enfermedades raras y huérfanas.

Teóricamente, en los papeles, la situación es de maravilla. Cojonuda. El derecho a la salud está reconocido en la Constitución y en los tratados internacionales sobre derechos humanos suscritos por el Estado. Está en las leyes y las normas reglamentarias fundamentales que rigen el sector salud. Según el armazón legal, los ciudadanos están premunidos de derechos y protecciones específicas que cubren y atienden sus necesidades de atención de la salud, y se ha avanzado de manera importante en el camino hacia la universalización de los seguros de salud.

Pero todo ese avance –en muchos casos, demasiados– solo está en los papeles. La realidad es la gran prueba de que el sistema institucional de salud del país es incapaz, falla y colapsa por todas partes, desde el nivel financiero, al administrativo y a la atención misma en las salas de hospitales y postas. Cuando una persona enferma no solo debe afrontar el sufrimiento propio de la dolencia; a ello le debe añadir el padecimiento de afrontar a cada instante, a cada paso, el fracaso de un sistema que no merece llamarse así porque lo gobierna el caos.

La situación es tal cual tanto en el subsistema del Ministerio de Salud como en el subsistema de la seguridad social EsSalud, dirigidos por burocracias que no dan la talla y que no parecen tener mayor identificación con los objetivos del derecho a la salud. Para peor, los pocos funcionarios competentes y sensibles están siendo sustituidos por gente sin preparación ni motivación. La universalización de la atención de salud no pasa de ser una mera declaración si no se sustenta con la asignación de los recursos necesarios para que sea una realidad efectiva y válida.

En nuestro país se ha impuesto, en la realidad, una división en la provisión de servicios a la población. Por un lado, está el sector de los que pueden pagar seguros privados caros, con atención de cierta calidad (que a veces ni siquiera es tal, como lo demuestran preocupantes denuncias sobre la mala cobertura de varias pólizas). Por otro lado, tenemos el sector público, conformado por el Ministerio de Salud y EsSalud, con una atención precaria, insuficiente, incómoda, mortificante y, con frecuencia, tardía o ausente.

Es en este escenario de emergencia donde, en los últimos años, ha entrado a tallar un actor que siempre estuvo allí, pero casi siempre en silencio: el paciente. Pues al paciente se le acabó la paciencia. O se le está terminando aceleradamente. Los pacientes se están reuniendo, se están uniendo y se están organizando, compartiendo sus experiencias personales, individuales, para emprender ahora una práctica comunitaria, compartida, que socialice los problemas que cada uno padece individualmente y exija a las autoridades la atención efectiva de sus demandas.

La vida nos enseña que, en nuestro país, la atención de la salud con calidad y eficiencia tiene que ser conquistada por los propios pacientes. Y por la población en general, en la medida en que todos seremos pacientes algún día y tal vez más de una vez. Si dejamos este problema a los políticos, se impondrá la desidia; más bien, hay que exigirles a ellos con energía que hagan lo que deben hacer. En tal sentido, quisiera resaltar la labor que vienen cumpliendo los colectivos de pacientes que están surgiendo –como Los Pacientes Importan– y empiezan a cambiar las reglas de juego, por el respeto al derecho a la salud.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°604, del 23/09/2022   p

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22 de diciembre de 2020

Perú: Salud, segunda ola y economía


Humberto Campodónico

A 9 meses de la cuarentena, estamos otra vez en el momento de tomar decisiones difíciles. Ante la posibilidad de una segunda ola, cada vez más y mejor anunciada, tanto por funcionarios del gobierno como por el Colegio Médico y epidemiólogos, se discute algún tipo de cuarentena, focalizada esta vez.

La decisión es complicada porque afecta la economía. Pero antes veamos la salud. Ha dicho Angela Merkel, con una fuerte cuarentena en Alemania, “se trata de salud y economía, salud y educación, salud y sociedad” (Deutsche Welle, 26/11).

Primer problema: no hay inmunidad de rebaño. El estudio de seroprevalencia del MINSA dice que el # de contagiados nacional está en 38% (igual en Lima). Lo que el MINSA no ha hecho –y los expertos reclaman– es publicar la metodología y la data, que han sido modificadas hasta dos veces. ¿Por qué? Más transparencia, por favor.

Segundo: la vacuna. El contrato con Pfizer dice que llegarán 1.8 millones “en el I Trimestre”, o sea 900,000 vacunados (son dos dosis). Y vendrían 9 millones más en el 2021. ¿Por qué estamos en el último pelotón de la región? Es la pregunta del millón. El MINSA dice que no es responsable; miembros del Comando Vacuna (algunos son “brokers” de los grandes laboratorios) dicen que sí. ¿Cuál es el daño de la vacancia al provocar vacío de gobierno?

No hay claridad. La cereza: si llegara la vacuna, ¿cómo vacunar si no tenemos los aparatos “de frío” para guardarla a -60 grados? Otrosí: si tardamos 7 meses en repartir el bono universal, ¿podremos vacunar 11 millones en el 2021? En Chile el Instituto de Salud Pública aprueba hoy la vacuna Pfizer. ¿Y nuestro DIGEMID?

Ahora la economía. Hay 3.5 millones de desempleados en el Perú, el 25% de la PEA. Enorme, inaudito. La masa salarial en Lima ha caído, a octubre 2020, de S/ 8,700 a 5,800 millones. O sea S/ 2,900 millones, 33.5% menos que el 2019. Para todo el Perú son S/ 5,600 millones. Recuperar esos empleos del sector privado es prioridad. Por eso, hay que estimular la demanda (el exministro Thorne pide un tercer bono). Si no, Reactiva Perú, que es un estímulo a las empresas (a la oferta), puede naufragar: ¿a quién le vendo si hay poca demanda?

La inversión pública también es clave. Pero no va a ser inmediata. La pandemia desnudó 30 de años de neoliberalismo: solo se fortaleció el Estado allí donde interesa para los negocios (MEF, BCR, reguladoras, SUNAT). No hubo reforma del Estado, no hay meritocracia ni homologación (muy cara, dijo siempre el MEF). La inversión en salud y educación fue de las más bajas de la región. Donde sí la hubo, en infraestructura, la corrupción arrasó con la clase política y empresarial.

Dinero hay, y gran capacidad de endeudamiento. No es hora de ajustes fiscales (pueden comenzar a fines del 2021), sino de gasto anticíclico para reactivar. Aquí entra el bono universal: los S/ 5,500 millones, 1% de PBI, tienen un efecto multiplicador por el doble. No son una limosna, sino una compensación: Trump dio un bono de desempleo de US$ 2,400 mensuales por 5 meses, adicional a los US$ 1,200 “normales”. Por eso el PBI de EE. UU. (y europeo) “cae menos”.

La corrupción no se ha ido. Tampoco las arremetidas del Congreso (devolución de “aportes” de la ONP). Y las crecientes protestas sociales indican la gravedad de la crisis. Como no hubo cambios anticipatorios (“no tocar el modelo”) ahora los cambios intempestivos –con gente en las calles pidiendo mejoras económicas– agudizan la crisis política y de representación, que está en fase terminal, lo que pone en agenda cambios constitucionales.

No hay inmunidad de rebaño ni vacuna, hay recesión, desempleo, caída de ingresos, crisis política. Se viene la Navidad y Año Nuevo (¿más contagios?). Si el gobierno no enciende motores ahora tendremos verano caliente con campaña electoral, segunda ola y más crisis económica. Para enfrentarla, como dijo Merkel, la salud viene primero. Ya es hora.

5 de diciembre de 2020

Clima, salud vegetal y bienestar humano, más conectados que nunca

 
Enrique Andivia Muñoz

Más que nunca es imprescindible que entendamos que nuestra salud depende, en gran medida, de la salud de los ecosistemas.

Cuando pensamos en el impacto del cambio climático sobre la sociedad humana, es habitual imaginar ciudades inundadas por la subida del nivel del mar o glaciaciones que ocurren de la noche a la mañana. Es indudable que el cine ha marcado nuestro imaginario colectivo, especialmente ante situaciones que no hemos experimentado, con hipotéticas catástrofes naturales a escala global.

La realidad nos muestra que los cambios no son tan bruscos como en la ficción. Esto nos puede llevar a una sensación de falsa seguridad. Sin embargo, la actual velocidad de los cambios ambientales provocados por la actividad humana tiene pocos precedentes en la historia de nuestro planeta. Sin duda, nos tocará vivir sus consecuencias más negativas si no actuamos con celeridad.

Es difícil comprender la magnitud de la catástrofe a la que nos enfrentamos. Requiere de un profundo esfuerzo por considerar las enrevesadas interrelaciones existentes entre los distintos componentes de nuestro ecosistema global. Todos hemos escuchado alguna vez que “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en otra parte del mundo”.

Este año hemos vivido en primera persona un ejemplo del llamado efecto mariposa: la pandemia de la covid-19 está relacionada con la pérdida de biodiversidad y la alteración de la naturaleza causada por la actividad humana.

Pérdida acelerada de los mejores cultivos

Las plantas no solo generan el 98 % del oxígeno que respiramos, sino que son el pilar fundamental de nuestra nutrición. Suponen el 80 % de los alimentos que consumimos.

La Organización de las Naciones Unidas ha declarado 2020 como el Año Internacional de la Sanidad Vegetal para concienciar de la importancia que tiene proteger la salud de las plantas para la conservación de la naturaleza y la erradicación del hambre y la pobreza. Más aún en un contexto de cambio climático.

Algunos estudios han cifrado en un 10 % la pérdida de rendimiento en las cosechas de cereal por cada grado de calentamiento. El cinturón mundial de cultivo natural de trigo se ha ido desplazando hacia los polos a razón de 260 km por década.

Podemos pensar que estas pérdidas de productividad se compensarán con la ganancia de nuevos terrenos de cultivo. Sin embargo, nos olvidamos de que los cultivos actuales se encuentran en los terrenos más fértiles. La velocidad a la que se desarrolla un suelo óptimo para cultivo dista en varias unidades de magnitud de la velocidad a la que se desplaza el óptimo climático debido al calentamiento.

El cambio climático es solo una arista de lo que conocemos como cambio global, cuyo resultado es una pérdida generalizada de biodiversidad y una homogenización cada vez mayor de los ecosistemas.

Pesticidas y plagas: mal remedio para la enfermedad

Todos estos procesos desembocan en las condiciones óptimas para la proliferación de plagas y enfermedades en las plantas. Es un claro paralelismo con las enfermedades infecciosas emergentes que afectan al ser humano.

La FAO estima que un 40 % de los cultivos a nivel mundial se pierden a causa de plagas y enfermedades. Esto provoca pérdidas de aproximadamente 180 000 millones de euros anuales. En muchos casos se producen en comunidades rurales de países en vías de desarrollo donde la agricultura es la principal, sino única, fuente de sustento.

La conservación de la biodiversidad y la protección de las plantas ante plagas y enfermedades es mucho más efectiva y rentable que utilizar productos fitosanitarios y pesticidas, que además de requerir más tiempo y dinero para mostrar su eficacia tienen un efecto perjudicial sobre la naturaleza. Sin embargo, no solo la producción agrícola está amenazada.

¿Repoblar con miles de árboles es la solución?

Si hiciéramos una encuesta a la ciudadanía sobre prioridades en materia de conservación de la naturaleza y mostráramos fotos de un pastizal, un matorral y un bosque, sin duda un alto porcentaje elegiría el bosque como área prioritaria a conservar.

Esto es, en parte, debido a la falsa idea generalizada de que pastizales y matorrales constituyen etapas degradadas de la sucesión ecológica. Pero también por razones justificadas. Los bosques son ecosistemas claves para el funcionamiento de nuestro planeta, albergan alrededor de 2/3 de la diversidad terrestre, proporcionan múltiples servicios ecosistémicos (madera, alimentos, regulación climática, etc…) y son esenciales para nuestra salud. Además, se estima que absorben un tercio de las emisiones antrópicas de CO2 anuales.

Con esta carta de presentación no es de extrañar la puesta en marcha de numerosas iniciativas internacionales que promueven la plantación de billones de árboles para mitigar los efectos del cambio climático. La plantación, bien diseñada y ejecutada, de árboles y otras especies es de gran utilidad para la restauración de ecosistemas y para garantizar la regeneración de muchos de nuestros bosques.

Sin embargo, pensar que estos árboles jóvenes –suponiendo que todos ellos sobrevivan a la plantación– van a alcanzar la funcionalidad de un bosque y, sobre todo, compensar las emisiones de haber quemado el carbono que durante millones de años se ha almacenado en los organismos que habitaron nuestro planeta es, cuanto menos, utópico.

Alerta: efectos rebote

Por otro lado, muchos de estos árboles se plantarán en valiosos ecosistemas alterando su funcionamiento y los servicios ecosistémicos que nos proporcionan.

Además, ignoramos que el clima al que estarán sometidos estos árboles cuando alcancen la madurez será muy diferente al actual. Los escenarios climáticos prevén no solo un aumento de la temperatura, sino también de la aridez y de los eventos climáticos extremos como olas de calor y grandes sequías.

La vegetación estará pues sometida a un mayor estrés hídrico disminuyendo su tasa fotosintética mientras aumenta su respiración. Esto nos podría llevar a la paradoja de que los árboles que plantamos como medida de mitigación pasarán de ser sumideros a fuentes de CO2.

De hecho, cada vez son más los estudios que muestran decaimiento y eventos de mortalidad masiva en masas forestales de todo el mundo.

A todo esto hay que añadir que las plantaciones dan lugar a masas forestales con una alta carga de combustible si no son gestionadas posteriormente. Esto las hace muy vulnerables a sufrir incendios que devolverían a la atmósfera el CO2 que hayan podido capturar.

Plantamos aquí, pero abusamos del exterior

Existe otra paradoja en todo esto: la globalización y el abandono rural en países como el nuestro nos ha hecho dependientes de materias primas y alimentos del exterior.

Mientras la deforestación en la Amazonia es cada vez más preocupante, el área forestal de nuestro país ha aumentado, aunque el aprovechamiento forestal de los bosques ha desaparecido prácticamente. Esta falta de gestión ha hecho que los bosques sean más vulnerables a sequías, grandes incendios, plagas y enfermedades.

Al igual que el uso de la mascarilla y el distanciamiento social son claves para combatir la covid-19 a la espera de una vacuna, debemos tomar medidas para proteger los ecosistemas mientras esperamos una cura milagrosa para el cambio climático.

Centremos nuestro esfuerzo en conservar y restaurar los ecosistemas, pero no olvidemos la importancia de la gestión humana para garantizar su salud y persistencia, a la vez que podemos utilizar localmente los productos que nos ofrecen. Así contribuiremos a la conservación de ecosistemas remotos, como los bosques tropicales, mientras disminuimos las emisiones. La salud de nuestros ecosistemas, y por tanto la nuestra, están en juego.

Enrique Andivia Muñoz. Investigador en el Departamento de Biodiversidad, Ecología y Evolución, Universidad Complutense de Madrid.