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25 de mayo de 2025

Por qué el ecologismo sigue perdiendo

Harrison Stetler

El descontento con los partidos verdes establecidos y las ONG ecologistas alimentó el auge de formas de activismo más conflictivas. Pero la tarea no puede limitarse al campo ideológico sino que debe movilizar a millones de personas en defensa de sus propios intereses.

En 2024, las temperaturas medias de la superficie terrestre eran 1,55 grados centígrados más altas que los niveles preindustriales, el último de una serie de tristes récords en la última década. El aumento supuso una ruptura simbólica del techo del mejor escenario posible para el calentamiento global establecido en el acuerdo climático de París de 2015, que pretendía no superar un aumento de 1,5 grados. Este objetivo aún no se ha abandonado del todo: el calentamiento se mide a lo largo de varios años de datos. Sin embargo, la tendencia es clara, y se está haciendo poco para cumplir las promesas colectivas hechas hace diez años. De hecho, las temperaturas medias tanto para 2023 como para 2024 superaron los 1,5 grados de calentamiento, según el Servicio Europeo de Cambio Climático Copernicus.

Mientras tanto, la gobernanza medioambiental mundial se tambalea, con Estados Unidos redoblando su apuesta por el petronacionalismo y Donald Trump retirando de nuevo a la mayor economía del mundo de los Acuerdos de París. Frente a su propia extrema derecha insurgente, las iniciativas de política verde de la Unión Europea también podrían quedar pronto vacías, ya uaje que apuntaba a una eventual eliminación gradual de los combustibles fósiles, dejando de lado el llamado «Consenso de los Emiratos Árabes Unidos» aprobado en la COP de 2023 en Dubái.

Siempre hubo motivos para sospechar de un ecologismo dirigido por el jet-set y plasmado en que los líderes de la UE están retrocediendo en sus objetivos respecto de los vehículos eléctricos para la industria automovilística del bloque y otros controles medioambientales.

La última cumbre de la COP en Bakú, Azerbaiyán, fue un escaparate de ambiciones fulminantes, y también ilustró hasta qué punto los intereses corporativos capturaron la formulación de las políticas ambientales. Al ver solo un ligero aumento en las transferencias financieras prometidas por las naciones más ricas a las economías del Sur Global, el texto final del cónclave incluso abandonó el lengresoluciones no vinculantes. Lo que resulta más sorprendente es el retroceso del movimiento ecologista en las calles. Fridays for Future [Viernes por el futuro] y otras movilizaciones masivas que tuvieron su apogeo en torno a 2019, tras la pandemia de COVID-19 no lograron recuperar su dinamismo. En Estados Unidos, el entusiasmo de la izquierda por un Nuevo Pacto Verde fue absorbido y contenido por las iniciativas menos ambiciosas de reactivación y por los créditos fiscales que se convirtieron en ley bajo la administración de Joe Biden. En la segunda mitad de su presidencia, incluso se pudo ver a Biden instando a las empresas de petróleo y gas a aumentar la producción.

¿Se adormeció la atención pública? ¿El sentimiento de crisis ante los efectos devastadores del cambio climático alimenta la pasividad o incluso la prisa por preservar privilegios pasados, en lugar de la movilización?

Ilusiones perdidas

En su nuevo y oportuno libro, el activista climático francés Clément Sénéchal sostiene que el propio movimiento ecologista también tiene parte de culpa. Pourquoi l’écologie perd toujours (Por qué el ecologismo siempre pierde) es un estudio del creciente pesimismo entre los ecologistas, como cabría esperar de alguien que dedicó los primeros años de su vida adulta a la causa. El libro muestra cómo Sénéchal, un antiguo activista de Greenpeace Francia, perdió la fe en la ONG multinacional y, más en general, en el tipo de política medioambiental que impulsan estos grupos. «Al acercarme a la mediana edad, mi generación se encuentra en un mundo natural ontológicamente degradado, en una realidad negativa», escribe Sénéchal en la introducción. «Todavía tenemos nuestras vidas por delante, pero parece que solo se desarrollarán en un continuo de callejones sin salida».

Para el autor, el pecado original de la ecología política radica en su incapacidad para establecerse como un movimiento de masas duradero, retomando el testigo de luchas de base amplia como el movimiento obrero, el feminismo y el antirracismo. A pesar de las advertencias siempre presentes sobre el cambio climático, la política y las medidas medioambientales siguen siendo coto privado de los habitantes urbanos cultos y refinados, de la «nueva clase ecológica», como el difunto filósofo Bruno Latour la definió de manera celebratoria en un reciente folleto. Las preocupaciones y el sentido de urgencia de este grupo demográfico son, sin duda, sinceros. Pero su dominio sobre las principales organizaciones del movimiento —desde ONG tradicionales como Greenpeace, Oxfam y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) hasta los tibios partidos verdes de Europa occidental— fue políticamente catastrófico. Desde la década de 1970, cuando ese ecosistema organizativo tomó forma por primera vez, el ecologismo se desvió de lo que Sénéchal considera como su hogar natural: una política de clase trabajadora que incorpore la defensa del medio ambiente a la crítica del capitalismo.

Sénéchal dedica gran parte de su atención a los fracasos del ecologismo en la propia Francia, ofreciendo una útil visión general de los principales puntos de conflicto y los callejones sin salida durante los años de Emmanuel Macron. Desde su elección en 2017, el presidente francés trató de proyectarse como un embajador medioambiental global. Pero los resultados reales fueron mínimos, y el presidente complació a los consejos de administración de las empresas y a los más ricos al limitar su enfoque a la defensa de la acción individual de los consumidores, lo que él llama «voluntarismo» medioambiental.

Legislaciones aparentemente ambiciosas como la Ley de Clima y Resiliencia de 2021 fueron un espejismo de política medioambiental. El proyecto de ley distintivo de Macron ofrecía una traducción política rudimentaria de las útiles sugerencias propuestas por la Convención Ciudadana sobre el Clima, el órgano consultivo de 150 miembros, seleccionados al azar entre el público francés, que se creó a raíz de las protestas de los chalecos amarillos. Tras mucha charla en 2020 sobre el «mundo después» de la pandemia de COVID-19, el gobierno de Francia desempolvó un título elegante, el de «alto comisionado de planificación». Pero desde entonces, hubo pocos planes para una transición ecológica material.

Al inicio indulgentes con Macron, las principales organizaciones medioambientales de Francia, sostiene Sénéchal, no pudieron aprovechar plenamente el aplazamiento de una política climática seria por parte del presidente. Aunque el partido verde de Francia, conocido como Les Écologistes, tuvo cierto éxito en las elecciones municipales y europeas —contiendas de baja participación claramente orientadas hacia su base más de clase media—, no logró consolidarse como el centro de gravedad de la izquierda.

Este partido sirve más a menudo como vía de escape para los votantes que no pueden decidirse entre el centrista Partido Socialista y la organización de izquierda Francia Insumisa. Llevo siete años viviendo en París, y los únicos miembros de Les Écologistes que conozco son un funcionario del Ministerio de Hacienda y un puñado de juristas para ONG. Puede que esa sea la «nueva clase ecologista», pero no es la mayoría dominante del mañana.

Para Sénéchal, el ecologismo oficial no puede ir más allá de su indecisa vacilación entre dos polos: un ala moderada en busca de una «ecología de gobierno» que pueda atraer al centro político y un ala izquierda a favor de una «ruptura» antineoliberal y de construir lazos con la izquierda más amplia, como el pacto alcanzado el verano pasado bajo el Nuevo Frente Popular.

El ecologismo como espectáculo

De particular interés es el tratamiento que hace Sénéchal del pasado y el presente de Greenpeace. Muy visiblemente en desacuerdo con su antiguo empleador, el autor toma a Greenpeace como representante de la decadencia del ecologismo oficial. Evitando una crítica coherente de la crisis medioambiental, según el autor, organizaciones como Greenpeace se dedican sobre todo a impulsar manifestaciones agitprop y sesiones fotográficas más orientadas a satisfacer egos activistas que a avanzar en objetivos estratégicos.

Estas contradicciones eran evidentes desde la década de 1970. Greenpeace tomó forma como una idea original de un grupo de yuppies de Canadá y el noroeste del Pacífico de EE.UU. que se oponían a una nueva ronda de pruebas de armas nucleares en Alaska, impulsada por la administración de Richard Nixon. A pesar de la tradición en torno al viaje del Phyllis Cormack que partió de Vancouver en 1971 para interrumpir esas pruebas —el precursor de la flota contemporánea de Greenpeace de embarcaciones de protección oceánica—, esa misión fue un rotundo fracaso. La prueba nuclear en la isla Amchitka se llevó a cabo con cierto retraso. Los activistas que habían planeado navegar hacia aguas cercanas al lugar de la prueba dieron la vuelta antes de completar su misión. Sin embargo, ese grupo original destacó en una cosa: la autopromoción, desarrollando la imagen de una banda de osados activistas, de una minoría feliz que se jugaba para enfrentar al mal puro.

Lo que grupos como Greenpeace ofrecen en última instancia, según Sénéchal, es un «ecologismo como espectáculo». Esta crítica ocupa un lugar destacado en su libro, y acusa al activismo medioambiental de seguir obsesionado indebidamente con ejercicios de concienciación que eluden la necesidad de afrontar la base material de la crisis medioambiental. Su narración de las campañas y las iniciativas de organización de Greenpeace es a menudo incluso divertida, ya sea por la energía que se gasta en capturar imágenes y filmaciones atractivas o por lo que él llama el «escenario de Disneylandia» de la organización climática en «acontecimientos» pseudopolíticos.

Esto es sintomático de una crisis más profunda de eficacia política. Sénéchal pone en la picota al entorno de las ONG ecologistas por aceptar la subordinación a los actores corporativos y estatales e invertir en un diálogo de formulación de políticas en el que pocas veces se obtienen beneficios tangibles, incluso beneficiando a sus adversarios que se ven legitimados por la impresión de negociaciones sinceras y productivas. Sénéchal lo vio de primera mano en su trabajo en la campaña legislativa de Greenpeace. «Una vez pensé sinceramente que era útil. Pero en realidad lo único que construí fue una carrera respetable entre el personal profesional de la escena medioambiental», escribe.

En su trabajo de lobby en el «vientre oscuro del espectáculo», Sénéchal se encontró desempeñando un «papel de malabarista diseñado para mantener a la ONG en manos de las élites gobernantes. ¿Nunca fui más que un orador contratado? A nivel táctico, estos contactos regulares con el establishment son contraproducentes; los activistas se ponen en manos de actores que en realidad solo buscan preparar su eventual respuesta; obteniendo a cambio fragmentos de información no verificable que nos permiten brillar en la oficina, en las discusiones con la prensa o en las cenas. Y, lo que es peor, estos intercambios acaban conduciendo a nuestra propia domesticación».

¿Revueltas de la Tierra?

Sénéchal es menos convincente en sus sugerencias sobre lo que hay que hacer a partir de ahora. Tiene mucha razón al diagnosticar el fracaso a partir de la década de 1970, en vincular los movimientos de la clase trabajadora con el ecologismo y en señalar esa desconexión que persigue a la política climática hasta el día de hoy. Ese fracaso inicial es especialmente sorprendente dada la amplia atención que ganó el movimiento de desarme nuclear, sobre todo en Europa occidental, especialmente en medio de la llamada «segunda Guerra Fría» de finales de los setenta y los ochenta.

Sin embargo, Sénéchal no encuentra la manera de salvar la brecha hoy en día. Parece más interesado en los diversos grupos de acción directa que surgieron del vacío dejado por el fracaso del ecologismo convencional. Ve prometedor el radicalismo de movimientos más nuevos, como la organización francesa Revoltes de la Terre, conocida por su participación en una serie de ocupaciones y marchas contra proyectos de embalses ideados en interés de la gran agricultura y otros proyectos de infraestructuras innecesarias, sobre todo en zonas rurales. La confrontación directa con el aparato material y productivo que impulsa la crisis climática llevó a Sénéchal a pisar un terreno similar al de pensadores como Andreas Malm, autor del libro How to Blow Up a Pipeline (Cómo volar una gasoducto), publicado en 2021.

Todo eso está muy bien, y es una opción muy necesaria en el libro de jugadas, se podría decir. Y tal vez esté siendo pesimista, pero creo que hay muchas ilusiones que impulsan afirmaciones como la siguiente: «Poco a poco, estamos viendo cómo el ecologismo de la confrontación prevalece sobre el ecologismo del consenso, a medida que los viejos aparatos de las ONG caen en declive. Lo que está ocurriendo es una batalla cultural por la hegemonía dentro de la política medioambiental».

Esta batalla se está librando, sin duda. Sin embargo, sigo temiendo que sea una lucha por el control de un mundo bastante pequeño. Ese es el verdadero problema. Quizá las ocupaciones y la confrontación física resulten ser una estrategia eficaz y galvanizadora a largo plazo, que conduzca a la aparición de lo que la autora francesa Corinne Morel Darleux llama un «archipiélago» de resistencia. Pero otra lectura sugiere que las sacudidas al aparato productivo tienden a reforzar la identificación de las fuerzas comprometidas con aquello mismo que está siendo atacado, incluyendo amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media baja.

Curiosamente, Sénéchal dedica solo unas pocas páginas a los chalecos amarillos, posiblemente el capítulo político más importante de la crisis medioambiental durante los años de Macron. ¿Se debe a que los chalecos amarillos también plantean cuestiones complicadas? El movimiento de los chalecos amarillos de 2018-19 fue provocado por la flagrante injusticia de una subida del impuesto sobre la gasolina diseñada para maquillar de verde el intento oficial de tapar un agujero en los ingresos del Estado. Sénéchal tiene razón al recordar el rechazo inicial del movimiento por parte de las principales organizaciones medioambientales. Y que algunas partes del movimiento vincularon las cuestiones del costo de la vida —lo que los franceses suelen llamar las ansiedades de «fin de mes»— con el problema del inminente «fin del mundo».

Pero las cosas podrían haber sido muy diferentes en el invierno de 2018-19. La revuelta de los chalecos amarillos fue un recordatorio de que las reducciones forzadas en el consumo de energía son quizás la presión más políticamente explosiva de nuestro tiempo. Cualquier paso en falso puede avivar las llamas del resentimiento antiecológico. Hay pocas respuestas sencillas. En este sentido, resulta revelador que Sénéchal tenga poco que decir sobre las sucias políticas de la energía nuclear. Podría decirse que este es un punto ciego del ala izquierda del movimiento ecologista francés, cuyo rechazo generalizado a la energía nuclear dejó la cuestión en manos de las fuerzas de la derecha.

Es comprensible que Sénéchal, un activista de corazón, dedique gran parte de su libro a estrategias y tácticas. Pero para entender el fracaso del ecologismo es necesario tener una mayor conciencia de los obstáculos. El ecologismo tiene derecho a ser el movimiento democrático de masas del siglo XXI. Pero para ello, tendrá que desenredar un muy apretado nudo gordiano de suposiciones. Durante al menos dos siglos, las aspiraciones democráticas estuvieron inextricablemente ligadas a la dominación material de la humanidad sobre su entorno natural. Desaprender esa conexión no es una tarea política fácil.

Harrison Stetler​. Profesor y periodista independiente radicado en París.

Traducción: Pedro Perucca

Fuente: https://jacobinlat.com/2025/03/por-que-el-ecologismo-sigue-perdiendo/

25 de noviembre de 2024

«No puedes pegar un tiro al cambio climático»

Richard Seymour   (Entrevista de Maya Goodfellow)

En su último libro, «Disaster Nationalism» [Nacionalismo Desastre], el pensador marxista Richard Seymour explora cómo los movimientos extremistas de todo el mundo tratan de echar la culpa de catástrofes reales a enemigos ficticios.

Al igual que muchas otras personas, Richard Seymour, 47 años, trataba de dejar de lado tácitamente la crisis climática y salir adelante en la vida. Siendo un prolífico pensador marxista, esto significaba escribir afanosamente sobre una serie de cuestiones: la guerra de Iraq, el neoliberalismo, la lucha de clases. La crisis climática podía esperar hasta después de la revolución. Aparte de esto, carecía de conocimientos suficientes o de la capacidad emocional necesaria.

Esto cambió en 2015. El día de Navidad, paseando por un parque, no pudo dejar de advertir el calor que hacía. Se puso a pensar no solo en todo lo que ya se había perdido, sino también en lo que supone el calentamiento global para las pérdidas futuras. “Se me derrumbó una especie de defensa”, dice, “y experimenté un primer resabio de aflicción climática.”

Seymour se crió en una pequeña ciudad del Irlanda del Norte rodeada de campos de cultivo, ríos y bosques, pero durante años estuvo haciendo gala de lo que llama una actitud hiper urbana: el movimiento obrero floreció históricamente en Nueva York y París, de manera que él y su posición política encajaban mejor en este tipo de entornos. Pero aquel día de invierno recordó que se había “criado en plena naturaleza y mantenía un vínculo emocional con ella”, desde los Montes de Mourne hasta la Calzada del Gigante. “Me dolió que a pesar de que las cosas sigan su curso de alguna manera, nada parecido volverá a existir alguna vez, se acabó… Y las cosas de que disfruto ahora, sabes, esas cosas también van a desaparecer”.

Seymour se puso a leer todo lo que pudo, desde oceanografía hasta la teoría de la evolución. Sin duda, ahora es uno de los pensadores más destacados del Reino Unido sobre el colapso climático y la pérdida de la naturaleza. En su sitio web (Patreon) habitual y en sus podcast, Seymour –que es todo un experto en materias científicas y humanistas– ata los cabos entre el colapso ambiental, el ascenso de la extrema derecha y el papel que desempeñan nuestros deseos en un mundo que se desmorona apenas sin esfuerzo, al tiempo que no se desdice de sus raíces marxistas. Como dice el profesor sueco Andread Malm en la cubierta del nuevo libro de Seymour, Disaster Nationalism: The Downfall of Liberal Civilization, “¿A qué pensador traerías a una Tierra en llamas? No querrías dejar a Richard Seymour en casa”.

Una de las cosas que más interesan a Seymour son nuestras respuestas emocionales al mundo que nos rodea. Cuando nos reunimos en la Biblioteca Británica para hablar de su último libro, es un tema al que volvíamos una y otra vez.

Comparando los éxitos de la extrema derecha en India, Brasil y EE UU (entre otros), Seymour afirma que la mayoría de explicaciones de su ascenso son insuficientes. Lo que estamos viendo es “demasiado coherente en el tiempo y demasiado global para explicarse por factores locales como la réplica de la menguante supremacía blanca o las granjas de trollsrusas, o la gente malvada que propaga desinformación”, escribe.

Estos movimientos tampoco muestran los rasgos propios del fascismo histórico. “Su objetivo inmediato no es el derrocamiento de la democracia electoral”, observa Seymour, sino “una ruptura constitucional para romper con todos los imperativos humanos y woke en el ejercicio del poder”. Mientras se descompone el viejo establishment, la extrema derecha conjura imágenes apocalípticas –el gran reemplazo, la islamización, el comunismo a la china– para animar a los potenciales seguidores. Todavía no se trata de una forma particular de fascismo, sino más bien de lo que Seymour califica de “nacionalismo desastre”.

Como análisis de la extrema derecha mundial, Disaster Nationalism no trata estrictamente la crisis climática, pero ambos fenómenos están interconectados. Mientras las fantasías cargadas de catástrofes capturan las imaginaciones, la crisis ambiental está al acecho.

Seymour quiere responder a la pregunta: ¿por qué resulta tan atractivo, tan excitante imaginar el colapso, cuando vivimos en un mundo de catástrofes reales ya existentes? Si la gente es pobre y se siente insegura y humillada, la extrema derecha ofrece un remedio concreto en el nacionalismo desastre, opina Seymour. “Ofrece el bálsamo, no sólo de la venganza, sino también de una especie de reset violento que recupera los consuelos tradicionales de la familia, la raza, la religión y la nacionalidad, incluida la posibilidad a humillar a otros.”

Aplicando una lente psicoanalítica, como también hace el autor estadounidense Tad DeLay, Seymour evita los tópicos y las caracterizaciones a menudo subjetivas de la extrema derecha como un grito de la clase obrera (la gente “desahuciada”). La economía tiene alguna importancia –dice que una trayectoria de declive alimenta la radicalización a la derecha de mucha gente de clase media–, pero las raíces de estos movimientos son a menudo ajenas al proletariado. “Todas estas formaciones arrancan con una base de votantes que son claramente de clase media”, me explica. “Este es sin duda el caso de Bolsonaro, Duterte y Modi, y después de un primer mandato han empezado a construir una coalición realmente interclasista, lo cual es increíble”.

Quienquiera esté familiarizado con el pensamiento de Seymour sabrá que este se toma en serio el racismo, el machismo y la transfobia. En nuestra conversación habla de estas formas de intolerancia con la misma sofisticación con la que escribe, y lo hace privándose de referirse a una de las explicaciones al uso del ascenso de la extrema derecha, que descalifican a los y las votantes tachándoles de idiotas que necesitan que les muestren el error de sus posiciones y de sus fuentes de información.

“Si acepto fantasear sobre situaciones repugnantes con una fuerte carga erótica de cuya realidad no me han dado ninguna prueba fehaciente, entonces no sólo carezco de capacidad crítica o educación mediática: la fantasía hace algo por mí. Está poniendo en escena algo que deseo, aunque no deseo desearlo. Y si esta fantasía la hacen suya muchas otras personas, por alguna razón en concreto, entonces el deseo no se puede atribuir, evidentemente, a una psicopatología personal, sino que se basa en una condición social común”, escribe en Disaster Nationalism.

Y esta condición social común se ve afectada decisivamente y modelada por el colapso climático. Los incendios de 2020 en Oregón son ilustrativos: barriendo este Estado occidental de EE UU tras una serie de catástrofes crónicas, provocó una contracción del crédito, el rápido aumento de la pobreza rural, un incremento del número de suicidios por encima de lo habitual y la desaparición de la prensa local, quedando Facebook y Nextdoor para llenar el vacío. Pero cuando quienes ven los incendios son sobre todo personas cristianas, blancas, conservadoras y del medio rural, no culpan al cambio climático ni al capitalismo.

Espontáneamente –sin que ninguna persona o político les haya inducido– recurren a las conspiraciones de que han oído hablar para explicar un fenómeno tan amplio y destructivo: la culpa la tienen los de Antifa, incitados por los Demócratas, cuyo propósito es abrir paso al comunismo y acabar con gente como ellas para rehacer América. Ideas como estas se propagan como la peste y el umbral de aceptación de las mismas no es muy alto. A medida que se extiende el fuego, la gente se niega a escapar, señala Seymour, porque piensan que pueden proteger físicamente su hogar frente a los pirómanos que creen que están detrás de todo esto.

La catástrofe ecológica se convierte en una catástrofe creada por la maldad humana; la crisis climática pasa a ser una crisis de rivalidad entre personas, de agresión y victimismo. La destrucción del planeta crea las condiciones estructurales de estas ideas, pero esto no sería posible si no estuvieran circulando ya, piensa Seymour.

Y deja claro por qué resultan tan efectivas. “No puedes pegarle un tiro al cambio climático, no puedes llevarlo a los tribunales, y lo mismo ocurre con el capitalismo. Son grandes fuerzas abstractas y te sientes desesperado frente a ellas”, dice. Es mucho más atractivo, incluso fascinante, “atacar a un enemigo personalizado”. Todo el mundo puede caer en esta tentación, sostiene Seymour; “es avasallador”, me recuerda al final de nuestra entrevista, aunque no en la misma medida.

Le pregunto por los intentos de la izquierda de probar una táctica similar, personificando el capitalismo, como por ejemplo la cruzada de Bernie Sanders contra los megamillonarios. Dice que han cosechado algunos éxitos, pero no es tan fácil imitar a la extrema derecha en su propio juego. Los ultra ricos viven en otro planeta: podrás ver a Jeff Bezos en la televisión, pero nunca te cruzarás en su camino. Mientras que la gente siente que conoce a inmigrantes o musulmanes y si uno lee las noticias, cada día te presentarán a estas personas como gente pervertida, señala Seymour.

La izquierda también se ha equivocado al pensar que el interés personal explica plenamente el comportamiento de las personas. “No digo que la política del pan y mantequilla sea superflua. Ayudará”, escribe. “Necesitamos el pan y la mantequilla. Incluso nos agrada. Pero no los amamos. Y las cosas que amamos a menudo no nos proporcionan ninguna ventaja material. Puedes amar a tus hijos, por ejemplo, pero no es porque aumentarán tus ingresos y tu tiempo libre”.

Los fustigadores de la esperanza, como los llama, se equivocan cuando advierten de que los ecologistas que describen el estado del mundo con tintes catastrofistas desmotivan a la gente; cuando se reconoce que el fin puede ser inminente puede tener el efecto contrario, piensa. “La gente puede verse afectada por una catástrofe climática y extraer conclusiones muy diversas. Pero si encuentran a otras personas que tienen la misma respuesta y que desean hacer algo al respecto, pueden convencerse”, explica.

“Demasiado a menudo, el discurso de la izquierda sobre organización es abstracto, de manera que suena como una de las ideas y procedimientos correctos”, dice. En vez de ello, debería significar la creación de una forma de vida en que las personas se necesitan unas a otras. Esto ya lo vemos en sindicatos, a los que la gente puede afiliarse para mejorar sus salarios, pero termina haciendo huelga en defensa de sus compañeras y compañeros, aunque esto suponga sacrificar la paga.

Seymour experimenta esta solidaridad cuando colabora como voluntario con su parroquia local en el apoyo a las personas sin techo, muchas de las cuales son refugiadas. “Estoy rodeado de personas que lo hacen todo el rato… traen cosas hechas por ellas, cosas que han comprado, sacrifican su tiempo libre para ayudar a otra gente, no preguntan. La norma es… un amor incondicional por toda persona que entre por la puerta”, sin importar quién es y qué ha hecho.

Todo esto puede sonar a “paz y hermandad universales”, reconoce, conservando su lado sarcástico. Pero “si imaginas que vives en un planeta en que todo lo que te rodea tiene un propósito y una relación intencional contigo y con el resto del mundo… creo que esto motiva un comportamiento mejor”. Para Seymour, por tanto, el compañerismo no solo lo es entre personas, sino también entre especies y el mundo vivo. Este es sin duda el fundamento no sólo del socialismo, sino también del ecosocialismo.

Para entender mejor todo esto y lo que estamos perdiendo, tiene más sentido hablar de la extinción masiva y no solo del cambio climático, me dice. “Forma parte de la destrucción, la decadencia y la etiolación de la vida en general y todo indica que estamos en lo que hay quien denomina el fin: la extinción masiva del holoceno”. Y las extinciones revelan todas nuestras dependencias no reconocidas; necesitamos las plantas y a los demás animales. Nosotras, nosotros, seres humanos, no ocupamos la cúspide de una gran jerarquía. Seguir como siempre, explotando a los animales y al resto de la naturaleza, es insostenible.

“Si quieres una manera menos sofisticada de decirlo: amor”, dice Seymour. Esta no es necesariamente la posible conclusión de todos y todas los marxistas, pero añade: “Si hablamos de socialismo, ¿de qué otra cosa estamos hablando?”

Texto original: The Guardian

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/richard-seymour-no-puedes-pegarle-un-tiro-al-cambio-climatico/

26 de octubre de 2024

Zombis

César Hildebrandt

El ser humano es una bestia peligrosa.

Eso lo supo Abel desde el comienzo y lo supieron todos los que le sucedieron como víctimas.

Y, sin embargo, este mamífero desagradable que somos está seguro de que reina en el mundo y que esa supremacía será eterna.

El planeta, sin embargo, está diciéndonos que ha llegado la hora del ajuste de cuentas. Esta esfera acuosa y azulina –un grano de arena en la desalmada inmensidad de la materia oscura– está harta de nosotros.

No es para menos. La bestia que somos se ha pasado de la raya y ha alterado el régimen de las aguas, el carácter del viento, la densidad del ozono, la sanidad de las napas subterráneas, la respiración de las selvas y el discurrir de los ríos.

La casa en la que vivimos ya no nos quiere. Y está hablando con el lenguaje de su poder: mareas locas, lluvias impropias, sequías humeantes, huracanes cada vez más indignados.

Pero la bestia que somos sigue en lo suyo, que es la estupidez con su surtido muestrario de sus posibilidades. La infelicidad nos guía, las metas inútiles nos fascinan, los retos que nos hacen peores nos obsesionan.  

Por eso Elon Musk, que es el imbécil moral mejor forrado en plata del planeta, le entrega muchos millones de dólares a Donald Trump, que es un forajido del far west y que, si estuviera en una película al lado de John Wayne, escupiría tabaco después de cada frase.

Porque en este mundo gobernado por monos superiores la primera potencia, la que podría decretar un invierno nuclear infinito si lanzara la mitad de las bombas que posee, está a punto de elegir por segunda vez a un bípedo como Trump.

La ventaja de Trump es que no disimula como la señora Harris. Y lo que quieren los americanos promedio es que vuelvan los viejos tiempos. Si pudieran, resucitarían a Theodore Roosevelt y volverían a comprar Panamá a precio de ganga.

Pero la vulgaridad babuina no sólo está en Estados Unidos, el país que tiene poco menos de 800 bases militares en 82 países. Está en Europa, la cuna de occidente.

¿Han visto alguna vez una sesión del parlamento europeo?

Es el espanto en varias lenguas. Es el lugar donde la verdad está prohibida, el cinismo es un rasgo de carácter, el disimulo criminal un patrón corporativo. Europa ha aceptado, con todas sus consecuencias, la subordinación atómica a los Estados Unidos y a sus políticas de expansión, control y arbitrariedad. La esperanza de una reacción francesa a tal dominio se ha desvanecido. Los alemanes, siempre dados al matonaje, están felices.

Mientras tanto, el idiotismo planetario nos propone que la inteligencia artificial nos llevará a otro plano de la realidad. Pero añaden: la IA no alcanzará nunca la del hombre. Entonces, fritos estamos.

Porque la inteligencia humana es la que nos ha conducido a esta decadencia neandertal en la que el mundo asiste, impávido, a la masacre televisada de Gaza. Masacre perpetrada por un gobierno fascista creado por las que fueron víctimas atroces del nazismo. Masacre avalada mayoritariamente por un pueblo que afirma ser el elegido por dios.

Y ya vienen los taxis sin piloto. El asunto es que nos llevarán a los mismos sitios.

Y también vienen la telecirugía, las experiencias inmersivas, la biotecnología de última generación. Nos divertiremos mucho, pero, cuando despertemos, el dinosaurio estará allí. Vendrá también la semana laboral de cuatro días y así tendremos un día adicional para ir de compras.

El mundo que hemos hecho convierte el suicidio en una buena causa. El mundo que hemos hecho hace del alejamiento una salida de emergencia y de la sociopatía una auténtica terapia.

Pertenecer al conformismo es morir de monotonía, morir de multitud, morir de hombre.

Vivir en el mundo de las marcas, de las comparaciones agraviantes, de la publicidad enloquecedora, no es vivir. Es un simulacro. Es postular con éxito a ser extra en una mala película de zombis.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 706 año 14, del 25/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

24 de agosto de 2024

El calor mortal

Ian Angus

Los artículos anteriores de esta serie se han centrado en dos tendencias globales que impulsan la aparición de nuevas enfermedades virales en nuestro tiempo. La deforestación y el crecimiento urbano han reducido o eliminado las barreras naturales que impedían que la mayoría de los virus se propagan de la vida silvestre al ganado y a las personas humanas. La concentración de ganado en las granjas industriales ha creado entornos ideales para que estos virus evolucionen hacia formas más contagiosas y más mortales.

Un análisis integral de las nuevas plagas del capitalismo también debe tener en cuenta el impacto de la crisis climática mundial. El habitualmente cauteloso Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático concluye, con un alto grado de confianza, que “los riesgos climáticos están contribuyendo cada vez más a un número creciente de resultados nefastos para la salud”.

“La variabilidad y los cambios climáticos (incluida la temperatura, la humedad relativa y las precipitaciones), así como la movilidad de la población, están significativa y positivamente asociados con los aumentos observados en la fiebre del dengue a nivel mundial, el virus chikungunya en Asia, América Latina, América del Norte y Europa [nivel de confianza alto (es decir, basado en información de alta calidad), del vector de la enfermedad de Lyme Ixodes scapularis en América del Norte (nivel de confianza alto) y del vector de la enfermedad de Lyme y la encefalitis transmitida por garrapatas Ixodes ricinus en Europa (nivel de confianza medio). El aumento de las temperaturas (nivel de confianza muy alto), las precipitaciones intensas (nivel de confianza alto) y las inundaciones (nivel de confianza medio) se asocia con un aumento de las enfermedades diarreicas en las regiones afectadas, incluido el cólera (nivel de confianza muy alto), otras infecciones gastrointestinales (nivel de confianza alto) transmitidas por enfermedades de origen alimentario debidas a Salmonella y Campylobacter (nivel de confianza media)]”1.

De hecho, como señala Colin Carlson, del Center for Global Health Science and Security de la Universidad de Georgetown, “el cambio climático de origen humano ya ha causado muertes masivas en la escala de una pandemia”.

“Excluyendo la COVID-19 […], el cambio climático ha superado el número combinado de muertes de todas las emergencias de salud pública reconocidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que causan preocupación a nivel internacional. Cada año, el cambio climático mata 14 veces más personas que el brote de ébola de 2014 en África occidental”2.

Las inundaciones, los incendios forestales y las sequías se encuentran entre las consecuencias mortales del cambio climático, pero en esta serie nos centramos en las enfermedades que afectan al cuerpo humano. En este sentido, las principales amenazas que plantea el calentamiento global para la salud humana son las olas de calor potencialmente mortales, la ampliación de la gama de vectores y la alteración del viroma global [el viroma es el conjunto de los genomas de los virus].

Olas de calor

A menos que se tomen medidas decisivas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el cambio climático hará que grandes áreas de la Tierra sean inhabitables, caracterizadas durante la mayor parte o todo el año por temperaturas a las que el metabolismo humano no puede sobrevivir. Pero el camino hacia la Tierra-Invernadero no es lineal. A menos que se produzca una catástrofe generalizada, estamos viendo un aumento de las olas de calor: intervalos de temperaturas extremas que pueden provocar agotamiento por calor, calambres e insolación, que a menudo provocan una muerte prematura. Entre 1990 y 2019, las olas de calor que duraron dos días o más causaron más de 153.000 muertes adicionales por año. Casi la mitad de las muertes se produjeron en Asia y aproximadamente un tercio en Europa3. Una sola ola de calor europea, en 2022, mató a 62.000 personas.

A medida que las olas de calor se vuelven cada vez más frecuentes, más largas e intensas, afectan a un mayor número de personas cada año. The Lancet Countdown on Health and Climate Change, la evaluación más completa sobre el tema, nos lo muestra:

“Las personas adultas mayores de 65 años y las menores de un año, para quienes el calor extremo puede ser particularmente peligroso, están hoy expuestos al doble de días de olas de calor que en el período 1986-2005… En más del 60% de los días las muertes relacionadas con el calor entre personas mayores de 65 años han aumentado en un 85% en comparación con el período 1990-2000”4.

El informe del Lancet predice que incluso si el aumento de la temperatura global se mantiene justo por debajo de los 2º C, todavía habrá un aumento del 1.120% en la exposición a las olas de calor para las personas mayores de 65 años entre 2041 y 2060, y un aumento del 2.510% entre 2080 y 2100.

En un escenario en el que no se tomen más medidas de mitigación, los aumentos proyectados son aún mayores, llegando al 1.670% para mediados de siglo (2050) y al 6.311% para 2080-2100”5.

Por lo tanto, en ausencia de grandes esfuerzos de mitigación, se espera que un aumento de la temperatura global de poco menos de 2° C conduzca a un aumento del 370% en el número anual de muertes relacionadas con el calor para el 2050 6.

Gama de vectores

Alrededor del 17% de todas las enfermedades infecciosas y más del 30% de las nuevas enfermedades infecciosas emergentes, se transmiten por vectores: insectos, garrapatas y otros organismos que transportan parásitos, bacterias o virus de humanos o animales infectados a personas humanas no infectadas. El ejemplo más conocido y mortífero es la malaria: transmitida por mosquitos, mata a más de 400.000 personas cada año, principalmente niños menores de cinco años. Otras enfermedades transmitidas por mosquitos incluyen el dengue, el virus del Nilo Occidental, el chikungunya, la fiebre amarilla, la encefalitis, el Zika y la fiebre del Valle del Rift.

A medida que aumentan las temperaturas mundiales, las áreas geográficas en las que los mosquitos y las garrapatas portadores de enfermedades pueden sobrevivir y reproducirse se están expandiendo, exponiendo a un número cada vez mayor de personas a la infección. El virus del Nilo Occidental, que alguna vez estuvo limitado a algunas regiones de África central, ahora está presente en América del Norte y Europa. Los casos de dengue se han duplicado cada década desde 1990 – The Lancet estima que “casi la mitad de la población mundial está ahora en riesgo de contraer esta enfermedad potencialmente mortal”7.

Desde la actualidad hasta mediados de siglo, un aumento de la temperatura global de sólo 2°C resultará en una expansión del 23% de las zonas del mundo en las que los mosquitos de la malaria pueden prosperar 8, y al menos 500 millones de personas en zonas previamente excluidas quedarán expuestas a los mosquitos portadores del dengue, del chikunguyna, del Zika y de otros patógenos 9.

Alteración del viroma

Como hemos visto, la mayoría de las nuevas enfermedades emergentes son zoonóticas, es decir, se originan en animales salvajes y se transmiten a las personas, a menudo a través de especies intermediarias.

Se sabe que aproximadamente 263 virus infectan a las personas 10  y, aunque han causado daños considerables, representan sólo una pequeña fracción de la amenaza viral. “Al menos 10.000 especies de virus tienen capacidad de infectar a los humanos, pero actualmente la gran mayoría circula silenciosamente entre los mamíferos salvajes”11.  Durante milenios, cada grupo de virus circuló sólo entre unas pocas especies de mamíferos, simplemente porque los rangos de distribución de la mayoría de las especies no se superponían.

Hoy, sin embargo, el cambio climático está obligando a los animales a desplazarse o abandonar sus territorios tradicionales, llevándo consigo sus virus.

“Incluso en el mejor de los casos, se espera que las áreas de distribución geográfica de muchas especies se desplacen cien kilómetros o más durante el próximo siglo. En este proceso, muchos animales llevarán sus parásitos y patógenos a nuevos entornos. Esto representa una amenaza tangible para la salud mundial”12.

En un importante estudio publicado en Nature en 2021, Colin Carlson, Greg Alpery y sus colegas cartografiaron los probables cambios en los rangos geográficos de 3.129 especies de mamíferos hasta 2070.

Constataron que incluso con un calentamiento moderado, cientos de miles de animales que nunca antes habían interactuado se encontrarán entre sí, lo que resultará en al menos “15.000 eventos de transmisión entre especies de al menos un nuevo virus (pero potencialmente muchos más) entre dos huéspedes no infectados”13. La disminución a largo plazo de los bosques y las zonas silvestres significa que es probable que nuevas áreas de propagación y evolución viral en los mamíferos estén cerca de centros de población y granjas. Esto aumentará la probabilidad de que nuevas zoonosis infecten a los humanos.

“Es probable que los efectos del cambio climático sobre los patrones de intercambio viral en los mamíferos se produzcan en cascada a través de la futura aparición de virus zoonóticos. Entre los miles de eventos de intercambio viral esperados, es probable que algunas de las zoonosis más peligrosas o zoonosis potenciales encuentren nuevos huéspedes. Esto podría representar potencialmente una amenaza para la salud humana: las mismas reglas generales de transmisión entre especies explican los patrones de contagio de las zoonosis emergentes, y las especies virales que saltan con éxito de una especie silvestre a otra tienen la mayor propensión a la aparición de zoonosis…

El cambio climático podría convertirse fácilmente en la fuerza antropogénica dominante en la transmisión viral entre especies, lo que sin duda tendrá un efecto posterior en la salud humana y el riesgo de pandemia”14.

De particular preocupación, el estudio ha revelado que, aunque continuarán las migraciones significativas durante el próximo siglo, “la mayoría de los primeros encuentros tendrán lugar entre 2011 y 2040”15.

En resumen, el cambio climático ya está forzando una redistribución global de la vida silvestre y, al hacerlo, acercando miles de virus potencialmente patógenos a las personas humanas. En los próximos años, el viroma global enormemente alterado será más peligroso que nunca.

Como ha declarado Greg Alpery a The Guardian, “este trabajo proporciona pruebas convincentes de que las próximas décadas no sólo serán más cálidas sino también más causantes de enfermedades”16.

Véanse los siete primeros artículos publicados en esta web en el 2024, los días 16/3, 21/3, 1/4, 21/6, 27/6, 4/7 y 29/7.

1 Intergovernmental Panel On Climate Change (IPCC), Climate Change 2022 – Impacts, Adaptation and Vulnerability: Working Group II Contribution to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change, (Cambridge University Press, 2023), 1045

2 Colin J. Carlson, “After Millions of Preventable Deaths, Climate Change Must Be Treated like a Health Emergency,” Nature Medicine 30, no. 3 (marzo 2024): 622–623.

3 Qi Zhao et al., “Global, Regional, and National Burden of Mortality Associated with Non-Optimal Ambient Temperatures from 2000 to 2019: A Three-Stage Modelling Study,” The Lancet Planetary Health 5, no. 7 (July 2021): e415–25.

4 “The 2023 Report of the Lancet Countdown on Health and Climate Change: The Imperative for a Health-Centred Response in a World Facing Irreversible Harms,” The Lancet 402, no. 10419 (diciembre 2023): 1

5 Ibid., 13.

6 Ibid., 17.

7 Ibid., 17.

8 Ibid., 17.

9 Sadie J. Ryan et al., “Global Expansion and Redistribution of Aedes-Borne Virus Transmission Risk with Climate Change,” PLOS Neglected Tropical Diseases 13, no. 3 (marzo 28, 2019): e0007213.

10 Dennis Carroll et al., “The Global Virome Project,” Science 359, no. 6378 (febrero 23, 2018): 872–74.

11 Colin J. Carlson et al., “Climate Change Increases Cross-Species Viral Transmission Risk,” Nature 607, no. 7919 (Julio 21, 2022): 555–62.

12 Ibid. 555.

13 Ibid. 558.

14 Ibid. 559, 561.

15 Ibid. 560.

16 Oliver Milman, “‘Potentially Devastating’: Climate Crisis May Fuel Future Pandemics,” The Guardi

Texto original: À l’Encontre

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/el-calor-mortal/

20 de julio de 2024

Lucha de clases ecológica: la clase trabajadora y la transición justa

Gareth Dale - Ecología social

Aquellas personas que se encuentran en una situación precaria y de inestabilidad económica son las que pueden inspirar la descarbonización de la industria y la creación de empleos que sean respetuosos con el medioambiente. Contamos con una historia sólida de iniciativas obreras que han superado despidos, así como una serie de colaboraciones recientes entre activistas, sindicatos y trabajadores, que sirven de ejemplos concretos de transición empoderada.

En el año 2023 una ola de calor sin precedentes que recibió el nombre de Cerbero (el sabueso tricéfalo de Hades) arrasó toda Europa, lo que llevó a la clase trabajadora a organizarse para exigir medidas de protección contra el calor extremo. En Atenas, el personal empleado en la Acrópolis y otros enclaves históricos se declaró en huelga durante cuatro horas al día. En Roma, el servicio de recogida de basuras amenazó con ir a la huelga si se les obligaba a trabajar durante las horas de mayor calor. En otros lugares de Italia, los empleados del transporte público exigieron vehículos con aire acondicionado y la plantilla de una fábrica de baterías en los Abruzos amenazó con ir a la huelga en protesta por la obligación de trabajar bajo un “calor asfixiante”.

Casi se podría decir que los antiguos griegos vaticinaron la crisis climática actual cuando denominaron a Hades, el dios de los muertos, con el eufemismo de “Plutón”, el dador de riqueza. Su nombre es una alusión a los materiales (la plata en su época, los combustibles fósiles y los minerales indispensables en la nuestra) que, una vez extraídos del inframundo, acaban llenando los bolsillos de los plutócratas.

La estructura plutocrática de la sociedad moderna explica la pasmosa lentitud de la respuesta al colapso climático. La tan anunciada transición ecológica apenas avanza, al menos en lo que respecta a la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero. Estos no sólo siguen aumentando, sino que lo hacen incluso de forma acelerada, y lo mismo ocurre con el ritmo del calentamiento global. La transición sigue dependiendo de instituciones poderosas y acaudaladas que, aun dejando de lado la avaricia o la codicia de estatus, están obligadas por el sistema a anteponer la acumulación de capital a la habitabilidad del planeta.

En este contexto, la política de la transición implica una lucha de clases que va más allá de la lucha de la clase obrera en defensa de sí misma y de sus comunidades frente a las emergencias meteorológicas. Obviamente, eso también forma parte del paisaje, pero la lucha de clases se manifiesta de manera más evidente cuando el poder intenta transferir los costes de la transición a las masas. Así es como surge, inevitablemente, la resistencia. La pregunta es: ¿qué forma adoptará?

En algunos casos esta resistencia adopta la forma de una reacción antiecologista, instigada o dominada por fuerzas conservadoras y de extrema derecha. Aunque se autoproclaman aliados de las “familias trabajadoras”, estas fuerzas denigran la necesidad más básica de todo trabajador: un planeta habitable. En otras ocasiones adopta una forma progresista, como es el caso emblemático de los llamados “chalecos amarillos” en Francia. Cuando el Gobierno de Macron subió los “impuestos ecológicos” sobre los combustibles fósiles como incentivo para que el consumidor comprara coches más eficientes, las clases media-baja y trabajadora de las zonas rurales, incapaces de permitirse ese cambio, se enfundaron unos chalecos amarillos de seguridad y se movilizaron. Aunque el sector radical del movimiento obrero francés se unió a la causa, no consiguió aglutinarse en una fuerza política capaz de ofrecer otras soluciones a la crisis social y medioambiental.

El análisis de las formas de lucha, los movimientos y las acciones de la clase obrera en relación con el cambio climático nos permite entrever cómo se podría reorientar la transición ecológica siguiendo una línea social liderada por la clase trabajadora. En este contexto, el término “lucha de clases” se emplea en un sentido general para abarcar cuestiones como la ecología, la reproducción social, la sexualidad, la identidad, el racismo, etc., todas ellas relacionadas con la calidad de vida y tan relevantes para la “mano de obra” como el salario y las condiciones laborales.

Mazzocchi, el líder sindical estadounidense que acuñó el término “transición justa”, criticó el contrato social de posguerra por el que los dirigentes sindicales renunciaban a participar en las decisiones sobre el proceso de producción a cambio de mejoras salariales. Su radicalismo rojiverde brotó de la convicción de que era necesario transformar la totalidad de la vida laboral y social para lograr la salud y el bienestar de la clase trabajadora.

Resistencia obrera

El colapso climático está dejando una huella cada vez más honda en las diferentes formas de lucha de clases. Los peligros climáticos ya se han integrado en las luchas obreras de todo el mundo, sentando así nuevas bases de movilización. Además, la preparación ante situaciones de emergencia ha ido escalando posiciones en cuanto a prioridades en las agendas de los comités de seguridad de los sindicatos.

La investigación de Freya Newman y Elizabeth Humphrys sobre los trabajadores del sector de la construcción en Sidney explora la percepción que tienen los obreros del estrés térmico como una cuestión de clase. “Cuando hace un calor infernal, nuestros jefes no salen nunca de sus oficinas con aire acondicionado”, se quejaba uno de los entrevistados, “y eso que nos hacen trabajar en unos sitios espantosos a unas temperaturas demenciales”. Según los investigadores, en los lugares donde la conciencia de clase es mayor y los sindicatos han conservado cierta importancia (a pesar de la tendencia general a debilitarse durante la era neoliberal), la presión de la clase trabajadora ha logrado las mejoras más notables en materia de salud y seguridad en el marco de la crisis climática.

Las movilizaciones por una mayor protección frente a los riesgos meteorológicos, como las que tuvieron lugar en Atenas, Roma y la región de los Abruzos, evidencian la estrecha relación que existe entre las luchas obreras y la degradación del clima y el colapso ecológico. Otra de las reacciones es la resistencia contra las repercusiones “indirectas”, un concepto muy amplio que incluye las revueltas revolucionarias que se produjeron en los años 2010-12 en Oriente Próximo y el Norte de África, donde la inestabilidad meteorológica provocó un ascenso vertiginoso del precio de los alimentos, y, más recientemente, las protestas de los agricultores en la India.

Los despidos “rojos” se visten de “verde”

Teniendo en cuenta que los vehículos eléctricos, las energías renovables y el transporte público son piezas clave para la transición ecológica, ¿qué ocurre con aquellas personas que trabajan en los sectores más contaminantes?

Algunas de las historias más inspiradoras sobre la transición nos llegan del sector del automóvil y de la industria armamentística. A principios de los años 70, los movimientos obreros y sindicales de todo el mundo se volcaron en la defensa del medio ambiente. Así fue como los “rojos” y los “verdes” adoptaron una lengua común. En Estados Unidos, por ejemplo, el líder del sindicato United Automobile Workers, Walter Reuther declaró que “la crisis medioambiental ha alcanzado unas proporciones tan catastróficas que el movimiento obrero se ve ahora obligado a llevar esta cuestión a la mesa de negociación de cualquier industria que contribuya de forma cuantificable al deterioro del medio ambiente en el que vivimos”.

Pues bien, eso es precisamente lo que hicieron los trabajadores de Lucas Aerospace, un fabricante británico de armas con sede en Gran Bretaña. La dirección de la empresa empezó a despedir a su personal amparándose en la automatización y en la disminución de los pedidos por parte del Gobierno. Ante esta situación, los trabajadores crearon un sindicato no oficial con el nombre de Combine en representación de los empleados que trabajaban en las 17 fábricas de la empresa. Su principal objetivo era frenar la hemorragia de despidos presionando al Gobierno laborista para que invirtiera en maquinaria para la vida y no para la muerte.

En el año 1974 redactaron un documento de 1.200 páginas en el que detallaban diversas propuestas para reorientar sus habilidades y maquinaria hacia una actividad productiva que fuera útil para la sociedad como, por ejemplo, máquinas de hemodiálisis, turbinas eólicas, paneles solares, motores para vehículos híbridos y trenes ligeros, es decir, tecnologías de descarbonización que eran prácticamente desconocidas en aquella época. El plan fue rechazado por el Gobierno laborista de entonces y por la dirección de la empresa, que descalificó a sus creadores como “la brigada del pan integral y las sandalias”. Sin embargo, la historia de Combine sigue vigente.

En el año 2021, Melrose Industries compró GKN, una de las principales empresas de la industria automovilística, y anunció el cierre de sus fábricas de componentes para transmisiones de automóviles ubicadas en las ciudades de Florencia y Birmingham. Por un lado, más de 500 trabajadores de la fábrica británica respondieron con un voto a favor de la huelga, exigiendo que la fábrica se convirtiera en una planta de producción de componentes de vehículos eléctricos. Frank Duffy, el coordinador sindical de Unite, explicó: “Nos dimos cuenta de que, si queríamos lograr un futuro ecológico para la industria automovilística británica y salvar nuestros puestos de trabajo cualificados, no podíamos dejar el asunto en manos de nuestros jefes. Teníamos que tomar cartas en el asunto nosotros mismos”. Además, haciéndose eco del Plan Lucas de forma deliberada, añadió: “Hemos elaborado un plan alternativo de 90 páginas en el que se detalla la manera en que podemos reorganizar la producción” para así asegurar los puestos de trabajo y acelerar la transición al transporte impulsado por motores eléctricos.

En la factoría hermana de Campi Bisenzio, en Italia, la transición desde abajo llegó mucho más lejos. Los trabajadores de la planta ya partían con ventaja tras haberse organizado en un comité industrial democrático (collettivo di fabbrica). Ocuparon las instalaciones y expulsaron a los guardias de seguridad, que habían recibido órdenes de intervenir. De esta forma, y en colaboración con académicos y activistas por la justicia climática, los trabajadores trazaron un plan de reconversión del transporte público sostenible y reivindicaron su implementación.

Decenas de miles de personas tomaron las calles una y otra vez en movilizaciones constantes, respaldadas por sindicatos y comunidades locales, así como por grupos ecologistas como Extinction Rebellion (XR) y FFF. La ocupación de Campi Bisenzio, que ha cumplido ya su tercer año, es la más larga de la historia de Italia. Después de que sus esfuerzos por obligar a Melrose a cancelar el cierre de la planta fracasaran, los trabajadores cambiaron de táctica y formaron una cooperativa que actualmente produce bicicletas de carga. Gracias a este cambio de rumbo, han conseguido mantener un empleo seguro para una parte de la plantilla original, ofreciendo así un ejemplo sobre la manera en que podrían dar comienzo los programas de descarbonización impulsados por los propios trabajadores.

Sin alternativa viable

En estos ejemplos que hemos ofrecido sobre la industria automovilística, el proceso de transición parece sencillo, al menos desde el punto de vista material. Así, una fábrica de componentes para automóviles con motor de combustión interna puede reconvertirse en una fábrica de vehículos eléctricos, transporte público o bicicletas. Pero, ¿qué ocurre con otras industrias para la que no existen unas tecnologías alternativas viables? ¿Cómo han de responder los trabajadores de estas industrias ante esta situación?

Algunas propuestas, modestas pero audaces, surgieron en Gran Bretaña en plena crisis del covid-19. Magowan y el equipo de Green New Deal para Gatwick proyectaron las múltiples formas en que las distintas categorías de competencias de los trabajadores de Gatwick se podían adaptar a otros puestos de trabajo en sectores en vías de descarbonización. Gracias al respaldo del Sindicato de Servicios Públicos y Comerciales (PCS), encontraron apoyo en la plantilla de trabajadores, entre los que se encuentra un piloto que supo sintetizar de maravilla todo lo que está en juego:

Volar ha sido el sueño de mi vida. Nos asusta mucho enfrentarnos a la posibilidad de perder esta parte tan importante de nuestras vidas, ya que perder nuestro trabajo es como perder una parte de nosotros mismos. Ahora bien, como pilotos, nos valemos de nuestras habilidades para identificar esta amenaza existencial para el mundo natural y para nuestras vidas. Si esto fuera una emergencia en pleno vuelo, hace ya tiempo que nos habríamos desviado a un destino seguro. No podemos volar a ciegas rumbo al destino previsto mientras la cabina de vuelo se llena de humo. El impacto de nuestra industria a nivel de emisiones globales es irrefutable. Las supuestas soluciones para “ecologizar” la industria en su escala actual se encuentran a décadas de distancia y no son ni global ni ecológicamente justas. Dado el aumento de la conciencia medioambiental, el sector de la aviación está abocado a contraerse, ya sea por medio de una “transición justa» para los trabajadores, o como consecuencia de una catástrofe. Debemos encontrar la manera de posicionar a los trabajadores a la cabeza de la revolución verde y así garantizar la posibilidad de reencauzarnos hacia los empleos ecológicos del futuro.

La revolución verde de Gatwick no logró despegar en su primer intento. Sin embargo, fue capaz de generar una atmósfera de posibilidad. Durante la fase de “emergencia” de la pandemia, cuando la intervención gubernamental estaba a la orden del día, el GND de Gatwick estableció vínculos con otras iniciativas lideradas por trabajadores para sustituir la aviación de corta distancia por alternativas de transporte terrestre. Esta unión permitió despejar el horizonte para una transición radical impulsada por los trabajadores y recordarnos lo que está en peligro.

El ecologismo de lucha de clases

Las luchas de clases que se libren a lo largo de este siglo decidirán la habitabilidad de la Tierra durante los próximos milenios. Podemos inspirarnos en las reivindicaciones que unen a los activistas por el clima y a los sindicatos. También podemos inspirarnos en las huelgas escolares contra el cambio climático, que han introducido el concepto de la huelga entre las nuevas generaciones.

No obstante, también deberíamos tener en cuenta que los ejemplos más destacados de militancia rojiverde se produjeron hace medio siglo. Y no es casualidad. Los años sesenta y principios de los setenta fueron testigos de una coyuntura revolucionaria mundial, en la que surgieron la militancia obrera y los movimientos sociales que desafiaban la opresión, la injusticia y la guerra. Este fue el terreno fértil en el que pudo germinar la alianza entre el ecologismo y el radicalismo obrero, una unión que quedó plasmada en el plan Lucas y en el activismo ecosocialista de Mazzocchi, así como en otras iniciativas pioneras como las prohibiciones ecológicas, donde se luchaba por los objetivos medioambientales a través de la huelga.

Cabe esperar que la crisis climática y la transición justa cobren protagonismo de varias formas en cualquier nueva oleada de lucha de clases que se produzca. Entre estas formas habrá retrocesos reaccionarios, pero también movimientos progresistas, ya que los grupos de trabajadores dejarán de percibir la política climática como el patio de recreo de las élites distantes para convertirse en un campo en el que su intervención colectiva puede ser decisiva.

Artículo publicado originalmente en inglés en el Green European Journal publicado en El Salto de la mano de EcoPolítica.

Gareth Dale. Escritor y profesor de la Universidad Brunel de Londres.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/green-european-journal/lucha-clases-ecologica-clase-trabajadora-transicion-justa

27 de diciembre de 2023

Una nueva cultura de la Tierra

Milena Radovich, Diego Astiz

Para construir una realidad más justa con el conjunto de la vida y el planeta es fundamental decrecer en la escala material y energética y combatir la injusta acumulación de riqueza

Veranos con temperaturas históricas, sequías y tormentas torrenciales; escaladas de conflictos armados en distintos lugares del planeta; el Mar Menor se muere, cientos de personas llegan en cayuco a Canarias mientras otras fallecen en el trayecto; la Sexta Extinción Masiva… Cómo podemos atajar, o siquiera alcanzar a comprender la crisis ecosocial en la que nos encontramos, no es una tarea política nada sencilla.

El bombardeo de información es ingente. Los teléfonos móviles se llenan de titulares llamativos en busca del clickbait, que nos envuelven en una sensación de alarma constante. Vivimos momentos de excepcionalidad, pero cuando la excepcionalidad se vuelve norma pierde su potencial político. Es imposible reaccionar y contraponerse a cada suceso que hoy nos atraviesa con la misma intensidad e indignación y poder construir alternativas deseables.

El movimiento ecologista lleva tiempo explicando las causas científicas de los procesos de declive y alarma ecológica en la que hoy nos encontramos, pero también proponiendo iniciativas y alternativas que permitan pensar que hay salida. Sin embargo, la multiplicidad de procesos y de síntomas con los que hoy nos encontramos pueden generar una sensación de agobio y abatimiento. Por ello, es vital comprender, pero también sintetizar y ordenar los sucesos que actualmente hacen que nuestras vidas estén atravesadas de distintas formas por la crisis multisistémica en la que nos encontramos. Desmontar y repensar los presupuestos culturales que los sostienen. Poder poner en orden las ideas es, además, una condición necesaria para construir alternativas, salidas y soluciones.

Este poner en orden las ideas debe tener como objetivo un cambio cultural, una nueva manera de mirar al planeta, no como fuente inagotable de recursos, sino como sujeto político del que depende nuestra supervivencia. Necesitamos una Nueva Cultura de la Tierra.

Esta Nueva Cultura de la Tierra se atreve a resumir en siete ideas el giro de paradigma que necesitamos para construir una realidad más justa con el conjunto de la vida y el planeta.

La cultura del crecimiento económico es una cultura suicida

1. Decrecer en la escala material y energética. Es vital entender que la cultura del crecimiento económico es una cultura suicida. Vivimos en un planeta de recursos limitados y nos encontramos en una situación de translimitación; el decrecimiento no es una opción, sino un hecho inevitable. La cuestión es si ese decrecimiento será desordenado, prorrogando el estilo de vida opulento de una minoría planetaria sobre zonas de sacrificio cada vez mayores (especialmente pueblos periféricos, mujeres y ecosistemas), o si decreceremos redistribuyendo con criterios de suficiencia, justicia social y ecosistémica.

2.  Construir equidad en común. Nos queremos salvar todas. La desigualdad se sostiene en el acaparamiento de recursos por unas élites que cada año aumentan su porcentaje de beneficios (paralelamente a su porcentaje de emisiones de CO2). Actualmente la responsabilidad social y ecológica es dolorosamente asimétrica. La redistribución de los recursos y la justicia ambiental se hacen condiciones indispensables para asegurar la supervivencia de la vida humana y no humana en condiciones dignas. Dada la imposibilidad de crecer en la esfera material y energética, lo que toca es combatir la injusta acumulación de riqueza, y repartir y compartir dentro de los límites entre el techo ecológico y el suelo social de necesidades mínimas.

Entender nuestra naturaleza ecodependiente pasa por superar la idea del ser humano como cúspide de la evolución

3. Mantener la biodiversidad. La Sexta Gran Extinción de especies es una catástrofe que amenaza el equilibrio que mantiene el conjunto de la biosfera. Esta es imprescindible para la funcionalidad de los sistemas y procesos vitales como la fotosíntesis, la polinización o la fertilización de suelos, que son los encargados de sostener la complejidad de la vida en la Tierra. Entender nuestra naturaleza ecodependiente pasa por superar la idea del ser humano como cúspide de la evolución y comprender que la salida a esta crisis no va a venir de la mano de tecnologías superadoras de cualquier proceso natural, sino de poder imitar y regenerar las miles de relaciones simbióticas entre especies que hoy en día mantienen la vida en el planeta. La idea de dependencia y de diversidad (ecológica y cultural) nos hace fuertes como especie.

4. Vivir del sol actual. La forma de vida del Norte global enriquecido se basa en una cultura profundamente petrodependiente. El consumo de combustibles fósiles no solo está en peligro por su agotamiento, sino que nos está llevando a una situación de caos climático. El aumento de temperatura de la atmósfera es un hecho, la cuestión es hasta qué punto vamos a permitir que se dé ese aumento y que consecuencias climáticas se ocasionarán. La energía nuclear no es una tabla de salvación, ya que, entre otras muchas razones, su producción de residuos profundiza en la situación de translimitación de los sumideros. Necesitamos una conversión del modelo energético basado en renovables, de forma descentralizada y justa.

La basura es una creación exclusivamente humana, por lo que debemos frenar la acumulación de residuos en el aire, la tierra y el agua

5. Cerrar los ciclos materiales. La basura es una creación exclusivamente humana, por lo que debemos frenar la acumulación de residuos en el aire, la tierra y el agua. Tanto persiguiendo su reducción como buscando su biocompatibilidad insertándola en el ciclo circular de la vida. Para ello es imprescindible abandonar la linealidad del proceso productivo actual que acumula residuos dando lugar a enormes vertederos, y sustituirla por un proceso basado en la suficiencia, cercanía, lentitud y reintegración en los ecosistemas. Aun siendo más desconocida, nuestra disrupción sobre los grandes ciclos biogeoquímicos (carbono, nitrógeno, fósforo) es un asunto tan primordial y acuciante como el desequilibrio climático o la pérdida masiva de especies

6. Poner la vida en el centro. Al igual que seres ecodependientes, somos seres interdependientes. Los seres humanos habitamos cuerpos vulnerables que necesitan de cuidados. Estos han sido sostenidos, de manera remunerada o no, principalmente por mujeres. El avance en derechos y libertades de las mujeres del Norte global no puede sostenerse en los cuerpos de mujeres precarizadas del Sur global. Los cuidados son una tarea básica, toca ponerlos en valor y repartirlos. Poner la vida en el centro es impulsar una cultura que promueva vidas dignas de ser vividas dentro de los límites ecológicos, que apueste por la no violencia en la resolución de los conflictos y que acentúe la cooperación sobre la competición.

7. Escribe tú sobre la NCT. El cambio de paradigma no podemos hacerlo sin el resto de las personas, primero porque no conocemos todas las respuestas, sensibilidades, reflexiones, vivencias y luchas que cada persona y colectivo tiene o experimenta, y segundo porque cuanta más gente se sume a este cambio, más cerca estaremos de alcanzarlo. Proponemos participar añadiendo una nueva idea que impulse este giro y enriquezca esta Nueva Cultura de la Tierra.

Quizás pueda pensarse que los manifiestos están pasados de moda, pero necesitamos hacer explícitos los presupuestos esenciales de una nueva cultura. En tiempos de saturación, de estrés y agotamiento, hace falta frenar y organizar ideas, alternativas y estructuras para poder ser estratégicos y sobre todo, ver una salida.

Fuente: https://ctxt.es/es/20231201/Firmas/44955/milena-radovich-diego-astiz-manifiesto-crisis-ecosocial-nueva-cultura-de-la-tierra-vida-cuidados-renovables-decrecer-repartir.htm

24 de noviembre de 2023

«Debemos repensar nuestras ideas sobre qué es la prosperidad»

Tim Jackson   (Entrevista Ariadna Trillas)

El economista ecológico habla de las consecuencias morales, sociales y económicas del afán por crecer indefinidamente en un planeta con recursos finitos

¿De qué hablamos cuando hablamos de prosperidad? Para el economista ecológico Tim Jackson, la cuestión central no tiene que ver con la riqueza. El informe en el que Jackson redefine el concepto y aborda las consecuencias morales, sociales y económicas del afán por un crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos marcó un punto de inflexión en el movimiento decrecentista. Convertido en libro, Prosperidad sin crecimiento, fruto del trabajo de la Comisión para el Desarrollo Sostenible del Reino Unido, que Jackson presidió entre 2004 y 2011, suscitó tal interés que el académico fue llamado al Ministerio de Finanzas para que se explicara. Tras escucharle, un alto asesor le replicó, horrorizado: «¿Qué pasaría si el Reino Unido se presentara en la siguiente reunión del G7 habiendo descendido en la clasificación?»

Si el Gobierno británico le volviera a llamar hoy, ¿la reacción sería la misma?

Aquella fue una respuesta muy chauvinista, propia de una concepción del mundo en competencia y de miedo al fracaso. Depende quién sea el interlocutor, claro, pero creo que las posibilidades de que la reacción fuera diferente son elevadas. La necesidad de pensar más allá del crecimiento se ha abierto camino.

¿Lo dice en serio?

Existen razones legítimas para poner en cuestión que se ataque el crecimiento. ¿Cómo pagaremos el Estado del bienestar? ¿Cómo cuadraremos los presupuestos? ¿Cómo hacemos que funcione el sistema sanitario? Me gustaría pensar que la respuesta que recibiría hoy consistiría en plantear estas preocupaciones legítimas. Es la respuesta que entonces pensé que tendría, y que no tuve. Pero es cierto que la mentalidad dominante sigue ahí. En especial, los líderes políticos aún creen que su trabajo es medirse con promesas sobre cuánto crecimiento ven posible.

En la Conferencia Beyond Growth, celebrada en mayo en el Parlamento Europeo, se habló de superar el crecimiento. Fue un hito. ¿Hasta qué punto existe el riesgo de que la idea entre en la agenda para que nada cambie, como cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) empezó a hablar de desigualdad?

Vi a esos jóvenes tan ilusionados porque su voz se escuchaba en las instituciones europeas, creyendo que por ello ya iban a cambiar las cosas… La libertad de expresión de las democracias occidentales por supuesto está muy bien, pero si todo se limita a poder decir lo que uno quiere sin que esas ideas entren en la arena política y en los procesos de cambio, perdemos el tiempo. Y peor que eso, puesto que creemos que estamos generando un cambio. Durante mi carrera he aprendido que tener muchos seguidores en Twitter o escribir en una publicación de cinco estrellas no implica que el mundo vaya a cambiar. He trabajado con organizaciones de la sociedad civil, con empresas, con gobiernos… y nunca sabes qué cosas de las que haces ayudarán al cambio. Por eso creo que debemos hacerlas igualmente, comprometernos con una visión y unos valores de cambio social. Sin pensar que un discurso de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en el Parlamento Europeo signifique que el mundo ya es diferente.

Ella sostiene que el modelo basado en combustibles fósiles está obsoleto y que  la solución es el crecimiento verde.

Tenemos que ser muy cautelosos al respecto. Von der Leyen habla de un nuevo modelo de crecimiento no basado en los combustibles fósiles, porque se supone que tenemos soluciones tecnológicas adecuadas. Y en absoluto es así, ni siquiera cuando se habla de sustituir coches con motor de combustión por vehículos eléctricos, que requieren la extracción de metales raros. Creamos baterías, carreteras… y este proceso es intensivo en materiales y, parte de ello, es extremadamente perjudicial. Basta con observar los daños que hemos creado en las comunidades indígenas porque buscamos litio. Muchas tecnologías ligadas a la energía renovable son más intensivas en capital que las infraestructuras de los combustibles fósiles y menos intensivas en empleo. A corto plazo tienes empleo, pero a la larga tienes más ganancias que salarios. Si no piensas en cosas como estas, por supuesto es fácil sustituir una visión del crecimiento por otra visión del crecimiento. Pero si piensas en la sociedad que queremos, el tipo de infraestructuras que necesitamos y el entorno ambiental que deseamos, las cosas se ven diferente. Un modelo basado en el crecimiento económico sin fin no funciona. Uno de mis colegas llama al crecimiento verde green wishing. El deseo verde es el nuevo lavado verde. Bienintencionado e inútil como el lavado verde.

¿Se puede crear empleo si no se crece?

El mantra durante décadas ha sido que el crecimiento equivale a empleo. Y en ciertos momentos ha sido así. Pero hemos tenido crecimiento sin empleo, y en otros momentos hemos tenido empleo sin necesariamente tener crecimiento. La ecuación no funciona. Viene mediatizada por lo que los economistas llaman crecimiento de la productividad laboral. La transición a una economía basada en combustibles fósiles se caracterizó por el aumento de la productividad laboral: sustituimos tiempo humano con máquinas y procesos manufactureros, y buscamos infraestructuras intensivas en capital que sustituían trabajo humano con combustibles fósiles. Ahora hablamos de dejar ese modelo. El trabajo y el tiempo humanos podrían tener mayor demanda.

¿Qué es para usted la economía?

La economía es el modo en el que organizamos la sociedad para conseguir cubrir nuestras necesidades y colmar nuestras aspiraciones. En cierto modo, también los economistas convencionales la pueden concebir así, pero ellos tienen una visión más estrecha sobre los medios para conseguirlo: lo hacen solo en términos materiales. Y eso no funciona, porque somos personas. Las relaciones humanas importan tanto o más que las cosas. En el corazón de la visión dominante de los economistas reside la idea de que lo que importa es el crecimiento económico. Sin embargo, está comprobado que el afán por el crecimiento está detrás de graves daños ambientales y sociales, además de la inestabilidad financiera. El problema es qué y cómo se enseña la economía.

¿Y cómo se llega al poscrecimiento?

Una economía del poscrecimiento es una economía más rica en la necesidad de tiempo humano que contribuya a una mayor calidad de vida. Un modelo en el que el trabajo humano importe, que no sea un coste que eliminar. Y donde en muchos sectores no prioricemos la mayor productividad laboral. En los cuidados, por ejemplo, lo que crea valor en la vida de las personas es cuánto invertimos los unos en los otros. Y qué decir del tiempo que un artesano invierte en crear un producto duradero en el tiempo, que no se rompa al poco de llevártelo a casa. Eso es una economía del poscrecimiento.

Suena bien, pero en países con un paro elevado como este cuesta escucharlo.

Tras la crisis financiera visité España, Grecia e Italia, con índices de paro juvenil disparados, de hasta el 50%. Decían que no podían permitirse no tener crecimiento. Y yo miraba a mi alrededor y replicaba: ¿No hay trabajo en esta economía? ¿No hay edificios por rehabilitar? ¿No hay niños a los que enseñar? ¿No hay mayores que necesiten atención? ¿No se requiere  más personal de enfermería? Mires donde mires, faltan empleos en la economía. ¿No existen esos empleos porque no hay crecimiento? ¿O es porque hemos ideado una economía tan dependiente del incremento de la productividad que no sabemos cómo proporcionar los empleos para hacer las cosas que tanto se necesitan?

Eso que me lleva a preguntarle por la oportunidad perdida de la pandemia. No suele pararse de golpe la economía para darnos cuenta de la importancia de la interdependencia y de cuáles son los trabajos esenciales. ¿Sirvió de algo?

En la pandemia aprendimos que hemos descuidado a las personas que nos protegen. Vimos la importancia de la economía de los cuidados, su centralidad para nuestra supervivencia, y también vimos que las personas a las que aplaudíamos por salvar nuestras vidas eran las personas que el capitalismo denigra, sus ciudadanos de segunda y tercera clase. Y los denigra porque en su tarea es difícil lograr el crecimiento de la productividad. Y el capitalismo necesita dicho crecimiento para maximizar beneficios mediante la reducción de costes. La austeridad dejó un sistema sanitario y de cuidados poco resiliente a una pandemia. Los gobiernos tuvieron que moverse deprisa. La gran lección de la pandemia es la de descubrir que los gobiernos pueden moverse más deprisa. Y aún no hemos formulado preguntas más profundas: ¿Por qué la gente que se reveló como la más importante de la economía es denigrada en nuestro sistema económico? ¿Cómo hemos permitido tal cosa? No podemos esconder estas preguntas bajo la alfombra.

En la pandemia se planteó una especie de dilema entre la economía o la salud.

No hay prosperidad sin salud. Si piensas en la prosperidad como salud, acabas aproximándote a la prosperidad de un modo muy distinto. No piensas en acumulación, en inversión financiera, en maximizar beneficios. La salud es un equilibrio. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay más personas muriendo de enfermedades relacionadas con el exceso de consumo, como la obesidad, la hipertensión y la diabetes, que de malnutrición. Es un síntoma de que el sistema no sabe cómo lograr un equilibrio. Sabe de querer más. Debemos repensar nuestra idea de qué es la prosperidad. La pandemia nos mostró cómo. Necesitamos desacoplar empleo y crecimiento, salud y crecimiento. Y focalizarnos en una economía que logre el equilibrio.

En su libro posterior, Poscrecimiento, usted plantea el crecimiento como un mito cultural. ¿Cómo se cambia un mito?

Las ideas tienen que ver con nuestras creencias sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea, creencias que nos alejan del cambio. Las creencias nos parecen algo tan sólido e inmutable como que existe la gravedad. Pero el mito es una construcción social. Está hecho de narrativas, de historias, de discursos. Nuestros y de nuestros ancestros. Parecemos incrustados en el flujo de la historia. Fluimos en la misma dirección que los demás. El mito del crecimiento ha sido estable durante un largo periodo. Pero el mito del crecimiento cambiará, porque todo cambia. La cultura, también. Debemos comprometernos con el cambio de ideas, con otras ideas y con acciones, aunque aún no veamos el cambio. Escribí Poscrecimiento porque me dije que necesitamos un relato nuevo.

Y resulta que el relato nuevo sobre qué es lo importante ya estaba ahí. Robert Kennedy, Emily Dickinson, Hannah Arendt, Thich Nhat Hanh…

Sí. Poetas, novelistas, científicos, filósofos, políticos, monjes, activistas… ya lo habían contado durante milenios. Existe ya una corriente cultural en la historia. Sacarla a la superficie no es cosa de una sola persona. Debemos reconocer colectivamente que necesitamos un cambio cultural.

La juventud tiene un rol clave en el cambio. Pero es tan fácil el clic en Amazon…

La asimetría de poder es enorme. Genera la sensación de incapacidad ante los Goliaths. Pero los cambios se articulan y amplifican juntando a la gente como lo han hecho los movimientos juveniles contra el cambio climático y la crítica al sistema económico que resulta de ello. No puedes predecir cuándo se producirá un cambio. Pero sucederá. No sirve repetirse que uno no tiene poder frente a Bill Gates, Jeff Bezos o Elon Musk.

¿Atisba el final del capitalismo?

Lo gracioso es que durante la crisis financiera un montón de capitalistas se flagelaban sobre los daños causados por el capitalismo y la necesidad de refundar el sistema. Surgió la idea de que hay que cambiar a una nueva fase, el capitalismo verde, el que cuida a los stakeholders [grupos de interés]. En realidad, proclamaron una larga vida al capitalismo. El capitalismo es como cualquier otro sistema social: durará un cierto tiempo. Evolucionará, tendrá sus propias contradicciones y cambiará. Eso no significa que esté muerto. Su mayor fuerza es la de moldear cómo pensamos y actuamos.

¿Por qué cree?

El capitalismo plantea tener más y más porque es su modo de crear un marco de sentido en el que confrontar el problema existencial de que todos vamos a morir. En sociedades precedentes, esa función, crítica porque si no se desata el caos y el sinsentido, le correspondía a la religión. El consumismo nos vende  una cornucopia de prosperidad. Es una defensa psicológica contra el miedo a nuestra propia mortalidad, un paraíso que la sustituye. Y, a la vez, una táctica de distracción. Tras la caída de las Torres Gemelas el 11-S, ¿qué hizo George Bush? Animar a los americanos a salir a comprar. Claro que quería que la economía no se hundiera. Pero también jugaba esa defensa ante el miedo. Ahora bien, el capitalismo fracasa… y debe hacerlo. Porque no puede satisfacernos. Necesita que sigamos comprando.

Ya no solo nos angustia morir, sino vivir. La inteligencia artificial (IA) nos convierte en inútiles e innecesarios.

También tiene que ver con el miedo a la muerte. En este caso, no de forma individual, sino a nuestra extinción como especie. La IA avanza por la misma razón que decía antes: ayuda a incrementar la productividad laboral, va de desembarazarse de gente, puesto que la considera un coste. A lo largo de la historia, las nuevas tecnologías han generado nuevos campos de riqueza, que han hecho rico a un puñado de personas en cada transición. Ha dado igual que la vida laboral se desestabilizara y no se han regulado de ningún modo. La IA tiene que ver justo con la división que el capitalismo crea entre los dueños del capital y de la tecnología y las vidas y condiciones laborales de la gente. Estamos creando problemas sociales y económicos que van a perseguirnos durante décadas.

Tim Jackson (Reino Unido, 1957). Dirige el Centro para la Comprensión de la Prosperidad Sostenible de la Universidad de Surrey, un centro multidisciplinar que investiga las caras social, económica y política de la prosperidad sostenible. Este economista ecológico tiene un background poco común. Cuando era estudiante, vendió a la BBC su primera obra de teatro. Se ha formado en Matemáticas, Filosofía y Física. Es, además, dramaturgo. Ha escrito thrillers ambientales, historias de amor, controversias científicas. Ha asesorado a gobiernos, empresas, instituciones internacionales y entidades sociales. De 2004 a 2011 lideró el trabajo de la Comisión para el Desarrollo Sostenible de su país.

* Prosperidad sin crecimiento (Icaria, 2011) es uno de los mejores libros de la década, según UnHerd. Es autor de Poscrecimiento (Ned Ed., 2023). Postcreixement, en catalán, lo había editado en 2002 Arcàdia, que ha posibilitado esta entrevista.

Fuente: https://alternativaseconomicas.coop/articulo/entrevista/tim-jackson-debemos-repensar-nuestras-ideas-sobre-que-es-la-prosperidad