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11 de noviembre de 2025

Arde el clima, se enferma la vida

Sergio Ferrari

La degradación climática se acelera y parece incontenible. Cada día son mayores sus consecuencias, como “nuevos” cataclismos y la fragilización de la salud humana. Temas que estarán sobre la mesa en la Cumbre del Clima a realizarse en Belén de Pará, Brasil, entre el 10 y el 21 de noviembre.

Cualquier individuo del pequeño grupo que aglutina al 0,1% más rico del planeta produce más contaminación por carbono en un día que uno que forma parte del 50% más pobre en todo un año. Para ilustrarlo: cada individuo multimillonario emite más de 800 kg de CO2 por día. Ni siquiera la persona más fuerte del mundo podría levantar tanto peso. Por el contrario, cualquier individuo del sector más empobrecido del planeta produce una media de 2 kg de CO2 al día, carga que hasta un niño pequeño podría alzar sin dificultad.

La Organización No Gubernamental Oxfam Internacional acaba de publicar su informe El saqueo climático: cómo unos pocos poderosos están llevando al mundo al desastre. Sus conclusiones corroboran contundentemente esta realidad: desde 1990, las emisiones totales en concepto de gases de efecto invernadero de este 0,1% más rico han aumentado un 32%, mientras que las de la mitad más pobre, un 3%. Para esta ONG, ya no queda duda de que la responsabilidad por la crisis climática va de la mano con el poder económico en el marco de un modelo productivo y de crecimiento del consumo de por sí devastador.

El informe formula una hipótesis de mucho peso: si todo el mundo emitiera gases nocivos como lo hace este reducido grupo que concentra la riqueza mundial, el presupuesto de carbono –es decir, la cantidad de CO2 que se puede emitir sin provocar un desastre climático– se agotaría en menos de tres semanas. Aunque teñida de irrealismo, la única manera de evitar esta tragedia consiste en asegurar que el calentamiento del planeta no supere 1,5° C, el techo máximo acordado por la comunidad internacional en la Cumbre del Clima de París COP 21 en 2015. Y para que esto fuese posible, el sector de super ricos debería reducir sus emisiones per cápita en un 99% hacia 2030 (https://www.oxfam.org/es/letters-and-statements/una-persona-del-01-mas-rico-produce-mas-contaminacion-por-carbono-en-un-dia).

El informe ofrece más que cifras. En efecto, también analiza cómo los multimillonarios están utilizando su influencia política y económica para perpetuar la dependencia del resto de la población con respecto a los combustibles fósiles para maximizar sus propios beneficios. “Los súper ricos no solo consumen carbono en exceso”, afirma, “sino que también invierten activamente en las empresas más contaminantes y se benefician de ellas”. Casi el 60% de sus inversiones son de alto impacto climático, como ocurre con el petróleo o la minería.

Oxfam denuncia también que cada multimillonario produce, como promedio, 1,9 millones de toneladas de CO2e al año a través de sus inversiones y negocios. Esa cifra, para emitir semejante cantidad de gases de efecto invernadero se compara a casi 10,000 vueltas al mundo en sus jets privados. Según Oxfam, las inversiones de este núcleo, aproximadamente 308 individuos multimillonarios y aun multibillonarios, suman más que las emisiones combinadas de 118 países. En síntesis: “La crisis climática es una crisis de desigualdad. Las personas más ricas del mundo están financiando y beneficiándose de la destrucción del clima, dejando que la mayoría de la población mundial soporte las fatales consecuencias de su poder sin control”.

Adicionalmente, un elemento no menos preocupante, las emisiones del 1 % más rico son suficientes para causar aproximadamente 1,3 millones de muertes relacionadas con el calor a finales de siglo, así como 44 billones de dólares de daños económicos que sufrirán los países de ingresos bajos y medios-bajos para 2050 por el mismo motivo. Oxfam concluye que: “Los efectos de estos daños climáticos afectarán de manera desproporcionada a quienes menos han contribuido a la crisis climática, en particular a las personas que viven en el Sur Global, con mayor impacto en las mujeres, las niñas y los grupos indígenas”.

Civilización en coma y entubada

“Los sistemas sanitarios pronto se verán desbordados”, alertaba a fines de octubre la red de colaboración académica internacional The Lancet Countdown en su estudio La cuenta regresiva sobre las consecuencias del cambio climático en la salud humana. Trece de los veinte indicadores de amenazas sanitarias, sostiene, alcanzarán niveles récord en 2025, y la causa principal es la subordinación al consumo de combustibles no renovables.

Coordinado y publicado por el University College London en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), dicho estudio reúne el aporte de 128 personalidades de 71 instituciones académicas y de agencias de Naciones Unidas de todo el mundo. Según su edición de octubre, el año 2024 fue el más caluroso jamás registrado, lo cual expuso a cada habitante del planeta a una media de dieciséis días de temperaturas peligrosas para la salud. El exceso de calor provocó la cifra récord de un deceso por minuto. Los más vulnerables –niños menores de un año y personas mayores– sufrieron olas de calor de hasta veinte días de duración, un aumento del 304% con respecto al periodo 1986-2005. Como consecuencia directa, se registró un incremento significativo de infecciones agudas, enfermedades crónicas y cáncer, así como de trastornos neurológicos.

Por otra parte, la contaminación atmosférica provocada por incendios forestales también tiene efectos devastadores en la salud humana. En 2024 causó 154 mil muertes, otra cifra récord. Cada año, más de 2 millones de muertes se deben a la contaminación generada por la quema de combustibles fósiles, a las que se suman otros 2 millones por la contaminación doméstica debido a la calefacción o a las cocinas con leña, de carbón o querosén.

Otra fuente de preocupación son las enfermedades transmitidas por vectores. Lancet Countdown verifica una expansión no menor del área de presencia de mosquitos y otros transmisores, como garrapatas y flebotomos, a medida que se recalienta el clima. Por ejemplo, el mosquito Culex, vector del virus del Nilo Occidental, ya ha llegado a Europa, y su presencia se ha observado incluso en Islandia. Las condiciones propicias para la transmisión de malaria también se extienden ahora muy al norte del globo terráqueo. (https://lancetcountdown.org/2024-report/).

Bomba meteorológica

La violenta tormenta Benjamín azotó regiones de Europa Occidental la noche del 22 de octubre y los días siguientes. En Francia, 19 departamentos se declararon en alerta naranja. Las ráfagas de viento alcanzaron localmente 170 km/h y las intensas lluvias se prolongaron durante varios días, con el consiguiente temor de crecidas y desbordamientos. Varias zonas de Suiza también entraron en estado de alerta.

La intensidad de Benjamín fue excepcional para esta época, a tal punto que los meteorólogos creen que este fenómeno podría haberse convertido en una “bomba meteorológica”, como afirma un artículo reciente en reporterre.net, un medio independiente especializado en ecología. La “bomba meteorológica” refiere a depresiones atmosféricas (características de las tormentas) cuando la presión atmosférica cae de forma abrupta y en pocas horas. Esta caída provoca que el aire gire muy rápidamente, generando vientos excesivamente violentos.

Los expertos sostienen que el calentamiento global intensifica aún más este tipo de fenómeno. Como resultado, toda Europa podría enfrentarse a tormentas más intensas en el futuro debido al cambio climático, con el corolario directo del aumento de las precipitaciones. Mecánicamente, cada grado adicional de temperatura en el aire se traduce en un 7% más de humedad, ley de la termodinámica que explica el incremento de la intensidad de las lluvias.

El proyecto European Climameter, especializado en estudios sobre el papel del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos, estima que entre el 10% y el 20% de la intensificación de las precipitaciones durante las recientes tormentas en Europa es resultado directo del cambio climático (https://reporterre.net/Les-systemes-de-sante-seront-bientot-debordes-un-rapport-alerte-sur-les-consequences-sanitaires-du-changement-climatique).

Similarmente, aunque en otro contexto, dos grados más en la temperatura del océano contribuyeron a la furia del huracán Melissa, que devastó Jamaica y buena parte del Caribe a partir del 28 de octubre. En algunos lugares, los vientos alcanzaron casi 300 kilómetros por hora.

Calentamiento global, fenómenos meteorológicos extremos y crisis médico-sanitarias en aumento: todo ello constituye una nueva cadena de penurias en el creciente deterioro del medioambiente, y con serias secuencias sobre la salud de la población. Condiciones que le dan un nuevo significado, mucho más dramático, al dicho popular “el calor me mata”, tan antiguo como actual, y no solo durante los veranos en regiones tropicales y subtropicales. También ahora, en las mediterráneas.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

COP30: Qué esperar de la cumbre mundial sobre cambio climático

Amanda Magnani

Con la retirada de Estados Unidos y la cautela de China, la conferencia de Brasil pondrá a prueba la capacidad del mundo para cumplir el Acuerdo de París y los objetivos financieros

A partir del 10 de noviembre, representantes de más de 100 países se reunirán en Belém, Brasil, la ciudad amazónica que será la sede de la cumbre climática COP30. Esta edición de la conferencia ha sido descrita por Naciones Unidas como un hito decisivo para que los países actualicen sus planes de acción climática y avancen en la aplicación de medidas contra el calentamiento global.

Como país anfitrión, Brasil pretende que esta cumbre se caracterice por los resultados. “Ahora es el momento de actuar”, afirmó el presidente de la conferencia, André Corrêa do Lago, en un evento preparatorio celebrado en agosto. “La COP30 será el momento de ajustar los instrumentos y acelerar la implementación”.

Pero las expectativas para la COP30 son tan grandes como los desafíos que la rodean. La conferencia coincide con el décimo aniversario del Acuerdo de París, un hito mundial en la lucha contra la crisis climática. Este tratado histórico impulsó la expansión de las políticas nacionales destinadas a lograr economías bajas en carbono, pero los avances hacia sus objetivos siguen siendo insuficientes: en 2024, la temperatura media del planeta superó por primera vez el objetivo acordado de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, un umbral definido por los científicos como el máximo para evitar los peores efectos de los fenómenos climáticos cada vez más graves.

A principios de este año, los expertos advirtieron que el planeta había alcanzado su primer “punto de inflexión”, con la muerte generalizada de los arrecifes de coral en más de 80 países debido al calentamiento de los océanos. Los científicos y conservacionistas responsables del análisis también destacaron el riesgo de colapso de la selva amazónica, un bioma esencial para el equilibrio climático mundial y precisamente el lugar donde se celebrará la cumbre COP30.

El Acuerdo de París puesto a prueba

Con el agravamiento de la crisis climática, la COP30 pondrá a prueba la voluntad de los países de mantener el Acuerdo de París como pieza central de la gobernanza mundial. La COP28, celebrada en Dubái en 2023, supuso el primer balance global y la primera mención en un texto final de la COP a la transición de los combustibles fósiles. Por su parte, la COP29 del año pasado en Azerbaiyán estableció un nuevo objetivo de financiación climática. En Belém, la atención se centrará en la revisión y la aplicación de los objetivos nacionales de reducción de emisiones, las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC), que se actualizan cada cinco años.

Un informe de síntesis reunirá las propuestas para orientar la acción climática hasta 2030 y evaluará el cumplimiento de los países en el marco de las NDC. Sin embargo, hasta ahora, menos de 70 de los más de 190 signatarios del Acuerdo de París han actualizado sus objetivos. En conjunto, los países que ya han presentado sus planes representan más de un tercio de las emisiones mundiales.

“Los planes presentados no nos acercan en absoluto al camino necesario para un futuro seguro”, afirmó Miriam García, directora de políticas climáticas del World Resources Institute Brazil (WRI), una organización dedicada a la investigación de soluciones climáticas.

Señaló que, según estimaciones recientes, el mundo tendría que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en unas 31 gigatoneladas para 2030 a fin de mantener el calentamiento global dentro del límite de 1,5 °C. Sin embargo, incluso teniendo en cuenta las NDC actualizadas y otros compromisos ya anunciados, la reducción prevista no supera las 2 gigatoneladas.

La conferencia también se centrará en la adaptación a los fenómenos climáticos extremos, una transición energética justa y la aplicación de la Hoja de Ruta de Bakú-Belém, un documento que describe el camino para alcanzar 1,3 billones de dólares en financiación climática anual para 2035, un objetivo acordado en la COP29 en Bakú, la capital de Azerbaiyán.

Paralelamente a las negociaciones oficiales, el gobierno brasileño se ha comprometido con una amplia “Agenda de Acción”, con más de 350 eventos en los que participan gobiernos locales, empresas, investigadores y representantes de la sociedad civil.

Sin embargo, el enfoque de esta agenda ha despertado opiniones divergentes, según Karla Maass, asesora de incidencia política de la Red de Acción Climática de América Latina (CAN-LA), la división regional de la coalición mundial CAN, que agrupa a más de 1.900 organizaciones medioambientales. “Algunos creen que es el escenario donde se desarrolla la política y la economía reales, pero otros lo consideran una cortina de humo para desviar la atención de las negociaciones oficiales”, declaró a Dialogue Earth.

Para Maass, los procesos de negociación formales y paralelos “pueden ser complementarios, pero la Agenda de Acción no puede acaparar toda la atención”.

Fortalecimiento del multilateralismo

Además de los impasses técnicos, la COP30 se celebra en un contexto geopolítico “muy delicado”, según García, de WRI Brasil. Afirmó que la creciente falta de confianza entre los países —ya identificada por los líderes mundiales como uno de los principales obstáculos para las negociaciones sobre el clima— ha debilitado las alianzas y reducido la voluntad de cooperar. El regreso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, que ya ha impulsado recortes en los programas internacionales de clima y asistencia del país, junto con la reorientación de los recursos gubernamentales hacia cuestiones militares y de seguridad en medio de las guerras en Ucrania y Gaza, ha exacerbado el declive mundial de la financiación climática.

Ante las tensiones geopolíticas que podrían desviar la atención de los debates, los líderes de la COP30 en Brasil, como la directora ejecutiva de la cumbre, Ana Toni, han tratado de reafirmar su compromiso con el multilateralismo. Esta también es la opinión de García, quien lo describió como la única forma posible de abordar la crisis climática. “No hay otro espacio en el que los países más vulnerables puedan expresar sus demandas”, añadió.

Tras tres ediciones de la cumbre en países cuyos regímenes se consideran autoritarios, hay grandes expectativas de que la COP30 marque el regreso de una fuerte participación de la sociedad civil, así como el primer plano de las demandas y ambiciones del Sur Global.

Sin embargo, esta esperanza se ha visto empañada por los exorbitantes precios del alojamiento en la ciudad anfitriona, Belém, que han limitado la presencia de representantes de movimientos sociales y países más pobres. Incluso con el aumento del apoyo financiero de la ONU, el problema persiste: a finales de octubre, 49 delegaciones seguían sin saber dónde se alojarían durante la conferencia, mientras que más de 130 ya tenían garantizado su alojamiento.

Ante esta situación, el Observatorio del Clima, una de las organizaciones brasileñas que más de cerca ha seguido las conferencias de la ONU sobre el clima, ha advertido que esta podría convertirse en la “COP menos inclusiva de la historia”.

“Sin las delegaciones de los países en desarrollo, se pondrá en duda la legitimidad de las decisiones”, afirmó Stela Herschmann, experta en política climática del Observatorio del Clima.

Incluso entre las delegaciones que han logrado confirmar su asistencia, la tendencia ha sido reducir el tamaño de los equipos, incluso en el caso de la propia ONU y Brasil. Esta limitación, según Herschmann, puede afectar al ritmo y la calidad de las negociaciones.

“Los equipos pequeños tienen que dividirse en diferentes salas, lo que sobrecarga a los negociadores. Como resultado, las ambiciones tienden a disminuir”, explicó.

Estados Unidos fuera y la ambición de China en foco

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 provocó una nueva retirada del Acuerdo de París por parte de Estados Unidos, el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo. “Además de los efectos sobre el objetivo global de reducción de emisiones, esta salida también tiene un impacto en la financiación climática mundial”, afirmó García. Sin embargo, señaló que el país nunca ha cumplido plenamente sus compromisos financieros y añadió que los gobiernos estatales y municipales del país podrían intentar llenar el vacío dejado por la administración federal.

Con la retirada, las NDC presentadas por Estados Unidos en 2024 ya no son válidas. En cuanto a los demás actores clave en el ámbito climático, la Unión Europea aún no ha presentado sus planes y China ha anunciado unos objetivos que, en general, se consideran por debajo de las expectativas.

En un discurso pronunciado en la Asamblea General de la ONU en septiembre, el líder chino Xi Jinping anunció que el país tiene la intención de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 7% y un 10% para 2035, tomando como referencia el pico registrado en los últimos años.

Los expertos consideraron que este compromiso era vago e insuficiente, sobre todo teniendo en cuenta que China representa alrededor de un tercio de las emisiones mundiales. Sin embargo, Beijing tiene un historial de superar sus objetivos, a veces cautelosos.

Además, con la retirada del liderazgo climático de Estados Unidos y la Unión Europea, crece la presión para que China tome la iniciativa en la agenda climática mundial. A pesar de sus modestos objetivos, el país es considerado el único con suficiente peso político y capacidad tecnológica para desempeñar este papel.

Beijing ha rechazado a menudo la idea de posicionarse explícitamente como líder climático. Según Niklas Weins, profesor del departamento de estudios internacionales de la Universidad Xi’an Jiaotong-Liverpool, China no considera estratégico asumir el papel de “líder único” en cuestiones internacionales, incluido el medioambiente.

“Estados Unidos suele ocupar esta posición, y los chinos comprenden el peso que conlleva esta imagen. Por lo tanto, en el ámbito ambiental, lo que el país desea es un liderazgo distribuido con una cooperación Sur-Sur reforzada“, explicó Weins a Dialogue Earth.

El Sur Global en el punto de mira

Los expertos también abogan por un papel más activo de las economías emergentes en la transición ecológica. Según García, el liderazgo de países de ingresos medios como China, Indonesia, Sudáfrica y Brasil es esencial para hacer posible una economía global con bajas emisiones de carbono.

“Producen aproximadamente la mitad de las emisiones mundiales, un porcentaje que probablemente aumentará. Si no logran reducir estas emisiones y adaptarse a los inminentes impactos climáticos, toda la transición ecológica estará en peligro”, afirmó.

Al mismo tiempo, muchos consideran que la transición climática mundial está abriendo una oportunidad de desarrollo única para los países del Sur Global, especialmente en América Latina. “Estos países aún tienen una gran oportunidad para ampliar sus mercados [energéticos] y dar a sus poblaciones acceso a energía que ya proviene de fuentes renovables”, afirmó Herschmann. “Es una oportunidad para aprovechar este momento de transformación y corregir las desigualdades e injusticias estructurales”.

Para Corrêa do Lago, América Latina tiene ante sí la oportunidad de asumir un liderazgo sin precedentes en la búsqueda de la justicia climática. Marcada históricamente por posiciones fragmentadas en la agenda climática, la región ha buscado una mayor coordinación en los foros multilaterales, con el objetivo de llegar a la COP30 con una agenda más unificada e influyente.

Tanto Herschmann como Maass comentaron que reforzar la posición del Sur Global en el debate será esencial, pero insuficiente sin la participación de las grandes potencias. “Estamos asistiendo a un fortalecimiento del Sur Global, pero líderes como Estados Unidos y la Unión Europea deben seguir comprometidos y fijar objetivos ambiciosos. Al fin y al cabo, son históricamente responsables del cambio climático”, afirmó Herschmann.

La COP30 tendrá lugar en Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre. Más información sobre la cobertura de la cumbre aquí.

Amanda Magnani. Periodista y fotógrafa brasileña. Su trabajo se centra en la justicia climática, la transición energética, las comunidades tradicionales y la descolonización de los procesos periodísticos. Ha sido becaria del Pulitzer Center, del Metcalf Institute y de Climate Tracker; y ha publicado historias en National Geographic, Mongabay, Al Jazeera y Folha de São Paulo.

Fuente: https://dialogue.earth/es/clima/cop30-que-esperar-cumbre-mundial-cambio-climatico/

17 de agosto de 2025

La desigualdad agrava el calentamiento global

Jomo Kwame Sundaram

KUALA LUMPUR – La acumulación de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), sigue aumentando, en un mundo cada vez más desigual, un factor que está acelerando el calentamiento global. También está agravando las disparidades, especialmente entre los ricos y el resto de la población, tanto a nivel nacional como internacional.

Emisiones desiguales

En nuestro mundo tan desigual, las disparidades internacionales representan dos tercios de las desigualdades de ingresos globales. Los agregados y promedios de los ingresos nacionales pueden ser engañosos, ya que ocultan importantes disparidades dentro de los países.

El Informe sobre la Desigualdad Mundial sostiene que las disparidades en las emisiones de GEI se deben principalmente a las desigualdades dentro de los países. Mientras tanto, las emisiones de GEI siguen aumentando a medida que su acumulación acelera el calentamiento del planeta.

Las disparidades en las emisiones dentro de los países representan ahora casi dos tercios de la desigualdad mundial en las emisiones, casi el doble que en 1990, cuando eran algo más de un tercio.

La mitad más pobre de la población de los países ricos ya ha alcanzado, o está cerca de alcanzar, los objetivos de emisiones equivalentes de dióxido de carbono per cápita para 2030 fijados por sus gobiernos. Sin embargo, el 10 % más rico de Norteamérica es el mayor emisor de GEI del mundo.

¡Sus emisiones medias son 73 veces superiores a las de la mitad inferior de la población del sur y el sudeste asiático! Los ricos de Asia oriental también emiten muchos GEI, pero mucho menos que en América del Norte.

La mitad inferior de su población emite casi diez toneladas per cápita al año en América del Norte, alrededor de cinco toneladas en Europa y unas tres toneladas en Asia oriental.

La huella de carbono mucho menor de la mayor parte del Sur global contrasta con las emisiones de GEI de los deciles superiores de sus propios países y las del 10 % más rico de las regiones más pobres.

Los deciles superiores del sur y el sudeste asiático emiten más del doble de GEI que la mitad inferior de Europa. Incluso el decil superior de África subsahariana emite más que la mitad inferior de Europa en promedio.

La desigualdad impulsa las emisiones

Jayati Ghosh, Shouvik Chakraborty y Debamanyu Das sostienen que la desigualdad ha impulsado el aumento de las emisiones de GEI. Mientras que la mitad inferior de la población de Estados Unidos y Europa redujo sus emisiones per cápita entre 15 % y 20 % entre 1990 y 2019, el 1 % más rico aumentó las suyas.

Solo el decil superior del mundo es responsable de casi la mitad de las emisiones de GEI. A medida que los ricos se hacen aún más ricos, aumentan sus efectos adversos sobre el medioambiente.

A pesar de la retórica engañosa, la mayoría de los impuestos sobre el carbono no son progresivos, sino que suelen gravar mucho más a los grupos de ingresos medios y bajos que a los más responsables, los ricos.

Las políticas para reducir las emisiones de GEI deben frenar el consumo excesivo de los ricos, así como la producción «extractivista» en todo el mundo para satisfacer sus demandas.

Los beneficios prevalecen sobre el interés público

Mientras tanto, las empresas transnacionales y los gobiernos occidentales se han negado a respetar la excepción de salud pública (PHE, en inglés) al acuerdo sobre derechos de propiedad intelectual (PI) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), los conocidos como Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (Trips, en inglés).

El compromiso PHE se acordó en 2001 para reanudar las negociaciones comerciales de la OMC en su reunión interministerial de Doha, tras la conferencia abortada de Seattle en 1999.

Sin embargo, los gobiernos de los países ricos bloquearon las solicitudes de los países en desarrollo de una exención de la PHE para producir urgentemente pruebas, tratamientos, equipos y vacunas asequibles durante la pandemia de covid-19.

Por lo tanto, es poco probable que se concedan concesiones significativas en materia de propiedad intelectual para impulsar los esfuerzos de los países en desarrollo por mitigar y adaptarse para hacer frente de manera eficaz al calentamiento global.

Las fuentes del calentamiento global son locales, mientras que el calentamiento planetario es mundial, aunque desigual. Las políticas y medidas eficaces para hacer frente a este problema son costosas y, en general, más gravosas para las clases pobres y medias.

Existen alternativas que pueden permitir una mayor equidad y sostenibilidad. Sin embargo, ha resultado muy difícil movilizar una resistencia más concertada y eficaz contra el calentamiento planetario.

Injusticia climática

La acumulación histórica de emisiones de GEI es la principal causa del calentamiento planetario. Los países desarrollados fueron responsables de casi cuatro quintas partes de las emisiones acumuladas de GEI entre 1850 y 2011.

Mientras tanto, sus efectos adversos en los países en desarrollo de los trópicos son peores. El Sur global también tiene menos capacidad para hacer frente a la situación debido a su limitado margen de maniobra y sus escasos medios.

Los compromisos de «cero emisiones netas» de los países no reconocen la enorme carga climática impuesta por la acumulación de GEI en el pasado, lo que socava las perspectivas de una transición justa.

En las negociaciones internacionales, las economías ricas han eludido su responsabilidad histórica por la «deuda climática» centrándose en las emisiones actuales e ignorando su acumulación durante los dos últimos siglos.

Ignorar esta deuda climática histórica también sirve para legitimar que se ignore la compensación a los más afectados en los países de ingresos bajos y medios-bajos, que ya han sufrido daños y pérdidas considerables.

Esta pretensión no solo es injusta, sino también contraproducente. Ha socavado la solidaridad y la cooperación internacionales necesarias para hacer frente al calentamiento global.

Superación del umbral

Las emisiones previstas por los países ricos actuales agotarán tres quintas partes del umbral de calentamiento global restante para el «presupuesto de carbono» mundial hasta 2050, a fin de no superar el aumento de 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales.

Sin embargo, el escenario más optimista del último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) prevé que el umbral de 1,5 °C se supere en 2040.

Pero incluso antes de que el presidente estadounidense Donald Trump reacelerara el calentamiento global tras su reelección, el entonces enviado especial de la ONU y actual primer ministro canadiense, Mark Carney, advirtió de que este umbral se superaría a finales de esta década.

Jomo Kwame Sundaram. Exprofesor de economía que fue secretario general adjunto de la ONU para el Desarrollo Económico y recibió el premio Wassily Leontief por promover un pensamiento económico sin fronteras.

Fuente: https://ipsnoticias.net/2025/08/la-desigualdad-agrava-el-calentamiento-global/#google_vignette

25 de mayo de 2025

Por qué el ecologismo sigue perdiendo

Harrison Stetler

El descontento con los partidos verdes establecidos y las ONG ecologistas alimentó el auge de formas de activismo más conflictivas. Pero la tarea no puede limitarse al campo ideológico sino que debe movilizar a millones de personas en defensa de sus propios intereses.

En 2024, las temperaturas medias de la superficie terrestre eran 1,55 grados centígrados más altas que los niveles preindustriales, el último de una serie de tristes récords en la última década. El aumento supuso una ruptura simbólica del techo del mejor escenario posible para el calentamiento global establecido en el acuerdo climático de París de 2015, que pretendía no superar un aumento de 1,5 grados. Este objetivo aún no se ha abandonado del todo: el calentamiento se mide a lo largo de varios años de datos. Sin embargo, la tendencia es clara, y se está haciendo poco para cumplir las promesas colectivas hechas hace diez años. De hecho, las temperaturas medias tanto para 2023 como para 2024 superaron los 1,5 grados de calentamiento, según el Servicio Europeo de Cambio Climático Copernicus.

Mientras tanto, la gobernanza medioambiental mundial se tambalea, con Estados Unidos redoblando su apuesta por el petronacionalismo y Donald Trump retirando de nuevo a la mayor economía del mundo de los Acuerdos de París. Frente a su propia extrema derecha insurgente, las iniciativas de política verde de la Unión Europea también podrían quedar pronto vacías, ya uaje que apuntaba a una eventual eliminación gradual de los combustibles fósiles, dejando de lado el llamado «Consenso de los Emiratos Árabes Unidos» aprobado en la COP de 2023 en Dubái.

Siempre hubo motivos para sospechar de un ecologismo dirigido por el jet-set y plasmado en que los líderes de la UE están retrocediendo en sus objetivos respecto de los vehículos eléctricos para la industria automovilística del bloque y otros controles medioambientales.

La última cumbre de la COP en Bakú, Azerbaiyán, fue un escaparate de ambiciones fulminantes, y también ilustró hasta qué punto los intereses corporativos capturaron la formulación de las políticas ambientales. Al ver solo un ligero aumento en las transferencias financieras prometidas por las naciones más ricas a las economías del Sur Global, el texto final del cónclave incluso abandonó el lengresoluciones no vinculantes. Lo que resulta más sorprendente es el retroceso del movimiento ecologista en las calles. Fridays for Future [Viernes por el futuro] y otras movilizaciones masivas que tuvieron su apogeo en torno a 2019, tras la pandemia de COVID-19 no lograron recuperar su dinamismo. En Estados Unidos, el entusiasmo de la izquierda por un Nuevo Pacto Verde fue absorbido y contenido por las iniciativas menos ambiciosas de reactivación y por los créditos fiscales que se convirtieron en ley bajo la administración de Joe Biden. En la segunda mitad de su presidencia, incluso se pudo ver a Biden instando a las empresas de petróleo y gas a aumentar la producción.

¿Se adormeció la atención pública? ¿El sentimiento de crisis ante los efectos devastadores del cambio climático alimenta la pasividad o incluso la prisa por preservar privilegios pasados, en lugar de la movilización?

Ilusiones perdidas

En su nuevo y oportuno libro, el activista climático francés Clément Sénéchal sostiene que el propio movimiento ecologista también tiene parte de culpa. Pourquoi l’écologie perd toujours (Por qué el ecologismo siempre pierde) es un estudio del creciente pesimismo entre los ecologistas, como cabría esperar de alguien que dedicó los primeros años de su vida adulta a la causa. El libro muestra cómo Sénéchal, un antiguo activista de Greenpeace Francia, perdió la fe en la ONG multinacional y, más en general, en el tipo de política medioambiental que impulsan estos grupos. «Al acercarme a la mediana edad, mi generación se encuentra en un mundo natural ontológicamente degradado, en una realidad negativa», escribe Sénéchal en la introducción. «Todavía tenemos nuestras vidas por delante, pero parece que solo se desarrollarán en un continuo de callejones sin salida».

Para el autor, el pecado original de la ecología política radica en su incapacidad para establecerse como un movimiento de masas duradero, retomando el testigo de luchas de base amplia como el movimiento obrero, el feminismo y el antirracismo. A pesar de las advertencias siempre presentes sobre el cambio climático, la política y las medidas medioambientales siguen siendo coto privado de los habitantes urbanos cultos y refinados, de la «nueva clase ecológica», como el difunto filósofo Bruno Latour la definió de manera celebratoria en un reciente folleto. Las preocupaciones y el sentido de urgencia de este grupo demográfico son, sin duda, sinceros. Pero su dominio sobre las principales organizaciones del movimiento —desde ONG tradicionales como Greenpeace, Oxfam y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) hasta los tibios partidos verdes de Europa occidental— fue políticamente catastrófico. Desde la década de 1970, cuando ese ecosistema organizativo tomó forma por primera vez, el ecologismo se desvió de lo que Sénéchal considera como su hogar natural: una política de clase trabajadora que incorpore la defensa del medio ambiente a la crítica del capitalismo.

Sénéchal dedica gran parte de su atención a los fracasos del ecologismo en la propia Francia, ofreciendo una útil visión general de los principales puntos de conflicto y los callejones sin salida durante los años de Emmanuel Macron. Desde su elección en 2017, el presidente francés trató de proyectarse como un embajador medioambiental global. Pero los resultados reales fueron mínimos, y el presidente complació a los consejos de administración de las empresas y a los más ricos al limitar su enfoque a la defensa de la acción individual de los consumidores, lo que él llama «voluntarismo» medioambiental.

Legislaciones aparentemente ambiciosas como la Ley de Clima y Resiliencia de 2021 fueron un espejismo de política medioambiental. El proyecto de ley distintivo de Macron ofrecía una traducción política rudimentaria de las útiles sugerencias propuestas por la Convención Ciudadana sobre el Clima, el órgano consultivo de 150 miembros, seleccionados al azar entre el público francés, que se creó a raíz de las protestas de los chalecos amarillos. Tras mucha charla en 2020 sobre el «mundo después» de la pandemia de COVID-19, el gobierno de Francia desempolvó un título elegante, el de «alto comisionado de planificación». Pero desde entonces, hubo pocos planes para una transición ecológica material.

Al inicio indulgentes con Macron, las principales organizaciones medioambientales de Francia, sostiene Sénéchal, no pudieron aprovechar plenamente el aplazamiento de una política climática seria por parte del presidente. Aunque el partido verde de Francia, conocido como Les Écologistes, tuvo cierto éxito en las elecciones municipales y europeas —contiendas de baja participación claramente orientadas hacia su base más de clase media—, no logró consolidarse como el centro de gravedad de la izquierda.

Este partido sirve más a menudo como vía de escape para los votantes que no pueden decidirse entre el centrista Partido Socialista y la organización de izquierda Francia Insumisa. Llevo siete años viviendo en París, y los únicos miembros de Les Écologistes que conozco son un funcionario del Ministerio de Hacienda y un puñado de juristas para ONG. Puede que esa sea la «nueva clase ecologista», pero no es la mayoría dominante del mañana.

Para Sénéchal, el ecologismo oficial no puede ir más allá de su indecisa vacilación entre dos polos: un ala moderada en busca de una «ecología de gobierno» que pueda atraer al centro político y un ala izquierda a favor de una «ruptura» antineoliberal y de construir lazos con la izquierda más amplia, como el pacto alcanzado el verano pasado bajo el Nuevo Frente Popular.

El ecologismo como espectáculo

De particular interés es el tratamiento que hace Sénéchal del pasado y el presente de Greenpeace. Muy visiblemente en desacuerdo con su antiguo empleador, el autor toma a Greenpeace como representante de la decadencia del ecologismo oficial. Evitando una crítica coherente de la crisis medioambiental, según el autor, organizaciones como Greenpeace se dedican sobre todo a impulsar manifestaciones agitprop y sesiones fotográficas más orientadas a satisfacer egos activistas que a avanzar en objetivos estratégicos.

Estas contradicciones eran evidentes desde la década de 1970. Greenpeace tomó forma como una idea original de un grupo de yuppies de Canadá y el noroeste del Pacífico de EE.UU. que se oponían a una nueva ronda de pruebas de armas nucleares en Alaska, impulsada por la administración de Richard Nixon. A pesar de la tradición en torno al viaje del Phyllis Cormack que partió de Vancouver en 1971 para interrumpir esas pruebas —el precursor de la flota contemporánea de Greenpeace de embarcaciones de protección oceánica—, esa misión fue un rotundo fracaso. La prueba nuclear en la isla Amchitka se llevó a cabo con cierto retraso. Los activistas que habían planeado navegar hacia aguas cercanas al lugar de la prueba dieron la vuelta antes de completar su misión. Sin embargo, ese grupo original destacó en una cosa: la autopromoción, desarrollando la imagen de una banda de osados activistas, de una minoría feliz que se jugaba para enfrentar al mal puro.

Lo que grupos como Greenpeace ofrecen en última instancia, según Sénéchal, es un «ecologismo como espectáculo». Esta crítica ocupa un lugar destacado en su libro, y acusa al activismo medioambiental de seguir obsesionado indebidamente con ejercicios de concienciación que eluden la necesidad de afrontar la base material de la crisis medioambiental. Su narración de las campañas y las iniciativas de organización de Greenpeace es a menudo incluso divertida, ya sea por la energía que se gasta en capturar imágenes y filmaciones atractivas o por lo que él llama el «escenario de Disneylandia» de la organización climática en «acontecimientos» pseudopolíticos.

Esto es sintomático de una crisis más profunda de eficacia política. Sénéchal pone en la picota al entorno de las ONG ecologistas por aceptar la subordinación a los actores corporativos y estatales e invertir en un diálogo de formulación de políticas en el que pocas veces se obtienen beneficios tangibles, incluso beneficiando a sus adversarios que se ven legitimados por la impresión de negociaciones sinceras y productivas. Sénéchal lo vio de primera mano en su trabajo en la campaña legislativa de Greenpeace. «Una vez pensé sinceramente que era útil. Pero en realidad lo único que construí fue una carrera respetable entre el personal profesional de la escena medioambiental», escribe.

En su trabajo de lobby en el «vientre oscuro del espectáculo», Sénéchal se encontró desempeñando un «papel de malabarista diseñado para mantener a la ONG en manos de las élites gobernantes. ¿Nunca fui más que un orador contratado? A nivel táctico, estos contactos regulares con el establishment son contraproducentes; los activistas se ponen en manos de actores que en realidad solo buscan preparar su eventual respuesta; obteniendo a cambio fragmentos de información no verificable que nos permiten brillar en la oficina, en las discusiones con la prensa o en las cenas. Y, lo que es peor, estos intercambios acaban conduciendo a nuestra propia domesticación».

¿Revueltas de la Tierra?

Sénéchal es menos convincente en sus sugerencias sobre lo que hay que hacer a partir de ahora. Tiene mucha razón al diagnosticar el fracaso a partir de la década de 1970, en vincular los movimientos de la clase trabajadora con el ecologismo y en señalar esa desconexión que persigue a la política climática hasta el día de hoy. Ese fracaso inicial es especialmente sorprendente dada la amplia atención que ganó el movimiento de desarme nuclear, sobre todo en Europa occidental, especialmente en medio de la llamada «segunda Guerra Fría» de finales de los setenta y los ochenta.

Sin embargo, Sénéchal no encuentra la manera de salvar la brecha hoy en día. Parece más interesado en los diversos grupos de acción directa que surgieron del vacío dejado por el fracaso del ecologismo convencional. Ve prometedor el radicalismo de movimientos más nuevos, como la organización francesa Revoltes de la Terre, conocida por su participación en una serie de ocupaciones y marchas contra proyectos de embalses ideados en interés de la gran agricultura y otros proyectos de infraestructuras innecesarias, sobre todo en zonas rurales. La confrontación directa con el aparato material y productivo que impulsa la crisis climática llevó a Sénéchal a pisar un terreno similar al de pensadores como Andreas Malm, autor del libro How to Blow Up a Pipeline (Cómo volar una gasoducto), publicado en 2021.

Todo eso está muy bien, y es una opción muy necesaria en el libro de jugadas, se podría decir. Y tal vez esté siendo pesimista, pero creo que hay muchas ilusiones que impulsan afirmaciones como la siguiente: «Poco a poco, estamos viendo cómo el ecologismo de la confrontación prevalece sobre el ecologismo del consenso, a medida que los viejos aparatos de las ONG caen en declive. Lo que está ocurriendo es una batalla cultural por la hegemonía dentro de la política medioambiental».

Esta batalla se está librando, sin duda. Sin embargo, sigo temiendo que sea una lucha por el control de un mundo bastante pequeño. Ese es el verdadero problema. Quizá las ocupaciones y la confrontación física resulten ser una estrategia eficaz y galvanizadora a largo plazo, que conduzca a la aparición de lo que la autora francesa Corinne Morel Darleux llama un «archipiélago» de resistencia. Pero otra lectura sugiere que las sacudidas al aparato productivo tienden a reforzar la identificación de las fuerzas comprometidas con aquello mismo que está siendo atacado, incluyendo amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media baja.

Curiosamente, Sénéchal dedica solo unas pocas páginas a los chalecos amarillos, posiblemente el capítulo político más importante de la crisis medioambiental durante los años de Macron. ¿Se debe a que los chalecos amarillos también plantean cuestiones complicadas? El movimiento de los chalecos amarillos de 2018-19 fue provocado por la flagrante injusticia de una subida del impuesto sobre la gasolina diseñada para maquillar de verde el intento oficial de tapar un agujero en los ingresos del Estado. Sénéchal tiene razón al recordar el rechazo inicial del movimiento por parte de las principales organizaciones medioambientales. Y que algunas partes del movimiento vincularon las cuestiones del costo de la vida —lo que los franceses suelen llamar las ansiedades de «fin de mes»— con el problema del inminente «fin del mundo».

Pero las cosas podrían haber sido muy diferentes en el invierno de 2018-19. La revuelta de los chalecos amarillos fue un recordatorio de que las reducciones forzadas en el consumo de energía son quizás la presión más políticamente explosiva de nuestro tiempo. Cualquier paso en falso puede avivar las llamas del resentimiento antiecológico. Hay pocas respuestas sencillas. En este sentido, resulta revelador que Sénéchal tenga poco que decir sobre las sucias políticas de la energía nuclear. Podría decirse que este es un punto ciego del ala izquierda del movimiento ecologista francés, cuyo rechazo generalizado a la energía nuclear dejó la cuestión en manos de las fuerzas de la derecha.

Es comprensible que Sénéchal, un activista de corazón, dedique gran parte de su libro a estrategias y tácticas. Pero para entender el fracaso del ecologismo es necesario tener una mayor conciencia de los obstáculos. El ecologismo tiene derecho a ser el movimiento democrático de masas del siglo XXI. Pero para ello, tendrá que desenredar un muy apretado nudo gordiano de suposiciones. Durante al menos dos siglos, las aspiraciones democráticas estuvieron inextricablemente ligadas a la dominación material de la humanidad sobre su entorno natural. Desaprender esa conexión no es una tarea política fácil.

Harrison Stetler​. Profesor y periodista independiente radicado en París.

Traducción: Pedro Perucca

Fuente: https://jacobinlat.com/2025/03/por-que-el-ecologismo-sigue-perdiendo/

19 de mayo de 2025

Ante el cambio climático, cambio social

Tania Alonso, Juan F. Samaniego

Tomando el testigo de Greta Thunberg y otros líderes ambientales, miles de personas anónimas se mueven para frenar la crisis ambiental e impulsar el cambio necesario.

Las tortugas moras tienen predilección por los parajes áridos, en los que predominan matorrales y arbustos pequeños. Y también les gusta el patio del colegio Ortega y Gasset de Ceuta. Rodeado de cemento y asfalto, el centro ha logrado crear un hábitat favorable para su reproducción y conservación en el que también crecen nenúfares junto a hortalizas y se recuperan especies de plantas autóctonas. En este espacio, bautizado como el Jardín de las Hespérides, la educación confluye con la conservación y la concienciación ambiental y, también, con la lucha contra el cambio climático.

El proyecto, inaugurado en 2021 tras tres años de trabajo, cuenta con varios bancales de cultivo, un lago, un camino sensorial en el que sentir de cerca la naturaleza, un invernadero y varias zonas de investigación y enseñanza. Sus usuarios, el alumnado de educación infantil y primaria del centro, son parte de la generación que tendrá que convivir con la peor cara de la crisis medioambiental. Mientras se preparan para ello y cuidan tortugas moras, sientan también precedente y hacen que sus familias se replanteen la relación que tienen con la naturaleza.

«La educación de los niños y las niñas es fundamental para que no sigamos cometiendo los mismos errores». Así lo cree Miriam Campos Leirós, coordinadora de Teachers for Future en España, colectivo al que pertenecen los impulsores del Jardín de las Hespérides. Ella lo tiene claro: «No podemos esperar a que los que están hoy en las aulas tomen decisiones cuando sean adultos. Sería demasiado tarde. Pero a través de ellos podemos abrir una brecha de preocupación en las familias, despertar el interés por lo que está pasando».

Los cuidadores de tortugas de Ceuta forman parte de los millones de personas anónimas que hacen avanzar la lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. En la última década, la mecha de la acción ambiental ha prendido en los colegios y en las calles, en las urnas y en los juzgados, en los barrios y en los despachos. Se ha extendido por el planeta como un gran esfuerzo colectivo para intentar redirigir el rumbo de la humanidad y esquivar el colapso medioambiental.

Individuo, colectivo, generación

Todo empezó con una adolescente sujetando un cartel a la puerta de su instituto. Las cosas ya venían moviéndose desde antes, pero Greta Thunberg le puso cara a la angustia de las generaciones más jóvenes, que veían cómo sus mayores se atascaban en discusiones sin fin mientras el cambio climático avanzaba y las soluciones reales no llegaban. De la mano de la activista sueca, el movimiento Fridays for Future cogió fuerza a nivel global y miles de jóvenes como ella alzaron la voz alrededor del planeta.

«Los jóvenes tienen conciencia del problema, se organizan y se manifiestan. Puede que estén desorientados sobre qué hacer y cómo hacerlo, por eso hay que aportarles herramientas contra la desesperanza y la desafección y hacerles partícipes destacados del necesario cambio social», explica Mercedes Pardo Buendía, profesora de Sociología del Cambio Climático y Desarrollo Sostenible de la Universidad Carlos III de Madrid. Para ella, sin embargo, esta conciencia de la gravedad del problema no es exclusiva de los más jóvenes y se extiende entre generaciones.

«El cambio climático es un problema global, complejo, con incertidumbres, en el que muchas de las consecuencias más graves se producirán en el futuro. Pero ya existe una conciencia elevada sobre que sus causas y sus consecuencias son sociales», añade la investigadora. «No podremos encontrar una salida a los problemas ambientales sin cambio social». Entre otras cosas, la experta señala la importancia de llevar a cabo una profunda transformación del modelo de producción y de consumo y de la manera de concebir el desarrollo humano.

«Podemos sentir que estamos lejos de cambiar el mundo, pero como individuos podemos hacer muchas cosas», explica Irene Baños, periodista especializada en medioambiente. «Podemos impulsar cambios en nuestras empresas y lugares de trabajo, podemos informarnos y transmitir lo que aprendemos a nuestras familias y amigos, podemos contestar a los discursos retardistas y negacionistas, podemos buscar opciones para consumir de forma responsable, comprando alimentos de una cooperativa, por ejemplo. Pero nuestro gran poder es ser transmisores y multiplicadores de información».

Las mil caras detrás del cambio

Las historias de quienes han impulsado la lucha contra la crisis ambiental, la búsqueda de alternativas y la adaptación al nuevo contexto climático son cada vez más. Un grupo de activistas ecuatorianos que logra que su país vote en las urnas para proteger la selva del extractivismo. Una administración local en Colombia que transforma su ciudad para protegerla de la subida de las temperaturas. Un pueblo de Zambia que lleva a juicio a una multinacional minera. Artistas al servicio de la acción no violenta. Recreos sin residuos. Cooperativas de energía renovable. Todas estas historias componen el Magazine 2024.

Y la lista, por suerte para la humanidad, es interminable. Muchos de estos «accionistas del cambio», como los bautiza Irene Baños en su último libro, escrito junto a Judit Alonso, son rostros conocidos. Pero la mayoría hacen su lucha desde el anonimato, camuflados en la rutina del día a día, en el ritmo de los pueblos y los barrios. «Para mí, los accionistas del cambio son personas que inspiran y hacen acciones replicables por el resto de la gente de a pie. Los verdaderos accionistas del cambio son las personas anónimas que trabajan cambiando las cosas en su día a día, haciendo frente a las adversidades, con sus incoherencias y sus imperfecciones».

«Puede parecer paradójico e incluso cínico, pero un problema tan grave como el cambio climático es una oportunidad de mejora de la sociedad», añade Mercedes Pardo. «Lo vemos con el desarrollo de las energías renovables, los grandes acuerdos para reducir emisiones o los cambios en las políticas de inversión de algunos grandes fondos. Pero necesitamos hacer más y hacerlo más rápidamente. Necesitamos implementar los instrumentos sociales necesarios para que toda la gente pueda formar parte del cambio, para que pueda estar bien informada y participar».

De la ciencia a las escuelas

El 13 de enero de 1965, hace casi 60 años, los científicos de la Task Force on Environmental Pollution de Estados Unidos enviaron al presidente Lyndon B. Johnson un informe sobre los efectos del dióxido de carbono en el clima. Los primeros documentos al respecto de la industria de los combustibles son una década más antiguos (aunque se mantuvieron ocultos durante años). Antes y después hay que añadir a Eunice Foote y Charles Keeling, el IPCC y sus informes, el Stockholm Resilience Centre y sus estudios sobre los límites planetarios, etc., etc. La acción climática nació del conocimiento hace más de 50 años y ha caminado de la mano de la ciencia desde entonces.

«Los activistas, sea cual sea su campo de acción, no se inventan nada. Repiten los mensajes de la ciencia. Los periodistas y los divulgadores tenemos que dejar de contar las acciones climáticas como un capricho de los ecologistas. Son parte de un movimiento que nace como respuesta a un problema real y muy grave, que conocemos desde hace tiempo», concluye Irene Baños. «Mientras esos mensajes se sigan asociando a cuatro hippies, se va a perder muchísima audiencia por el camino».

«Nos estamos enfrentando a adversidades para las que no estamos preparados. Pero todas las personas tenemos capacidad de ayudarnos y de colaborar. Desde las escuelas debemos apostar por un modelo que no esté basado en el individualismo y la competición, por un modelo centrado en la cooperación, que nos ayude a luchar no solo contra el cambio climático sino también contra los discursos de odio o los problemas de salud mental derivados de un mundo supercompetitivo», resalta Miriam Campos Leirós. Solo entre todos podemos construir la alternativa necesaria para salir del laberinto climático en el que estamos metidos.

Fuente: https://climatica.coop/ante-cambio-climatico-cambio-social/

9 de diciembre de 2024

¿Por qué hemos llegado a la pavorosa situación actual?

Leonardo Boff

Es un lugar común afirmar que estamos en el corazón de una gran crisis de civilización. No es una crisis regional sino global. A decir verdad, ella encierra una infinidad de otras crisis, en lo económico, en lo político, en lo ideológico, en lo educacional, en lo religioso y hasta en lo espiritual. No sabemos qué nos espera. Tenemos mayor conciencia cada vez de que el mundo así como está no puede continuar. El camino actual nos está llevando al borde de un precipicio. Tenemos que cambiar. Se atribuye a Einstein esta frase: “el pensamiento que creó la crisis actual no puede ser el mismo que nos saque de ella”. Tenemos que definir un nuevo camino. ¿Cómo construirlo para que sea realmente otro tipo de mundo?

El hecho innegable es que hay demasiado caos destructivo sin previsión de que vaya a ser generativo. Hay formas de inhumanidad que superan todo lo que hemos vivido y sufrido en la historia. Basta presenciar al genocidio que ocurre a cielo abierto en la Franja de Gaza perpetrado por un primer ministro israelí, cruel y sin piedad, apoyado por un presidente estadounidense católico y por la Comunidad Europea que traiciona sus ideales históricos de derechos humanos, de libertad y de democracia. Todos estos se hacen cómplices del atroz crimen contra la humanidad. Sin olvidar la ola de odio, la negación de la ciencia y de la verdad. Prevalece la ignorancia y el lenguaje grosero y ofensivo. Este antifenómeno se da principalmente en Occidente.

El solo hecho de que el 1% posea la riqueza de más de la mitad de la humanidad, demuestra cuan perverso, profundamente desigual e injusto es el escenario social mundial. Todavía hay que añadir la emergencia ecológica con la insostenibilidad del planeta Tierra, viejo y con recursos limitados que, en sí, no soporta un crecimiento ilimitado, obsesión de las políticas sociales de los países. Ese proceso la extenuó, debido a la superexplotación de los biomas terrestres y está poniendo en peligro las bases naturales que sustentan la vida (Earth Overshoot). La continuidad de la aventura humana en este planeta no está asegurada. Bien escribió el Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020): “Estamos todos en el mismo barco; o nos salvamos todos o no se salva nadie”. Todo esto viene resumido por el calentamiento global creciente, inaugurando, por lo que parece, una nueva fase más caliente y peligrosa de la historia de la Tierra y de la humanidad.

¿Por qué hemos llegado a la amenazante situación actual que puede poner en peligro el futuro de la vida humana y de la naturaleza?

Hay varias interpretaciones de esta funesta situación de la actualidad. No tengo la pretensión de tener una respuesta suficiente. Pero levanto una hipótesis, fruto de toda una vida de estudio y de reflexión. Estimo que nuestra situación se remonta muy atrás, a hace dos millones de años, cuando el homo habilis, el ser humano que inventó instrumentos de intervención en los ciclos de la naturaleza. Hasta entonces su relación con ella era de interacción, sintonizándose con los ritmos naturales y tomando lo que su mano alcanzaba. Ahora, con el homo habilis o faber comienza la intervención en la naturaleza: la caza de animales y el derribo de vegetación para un cultivo rudimentario. Después de miles de años, la intervención siguió adelante hasta llegar hace 10-12 mil años, en el neolítico, a la agresión de la naturaleza. Interfirió en el curso de los ríos, inaugurando la agricultura de irrigación y el manejo de regiones enteras, que implicaba cambios en las relaciones con la naturaleza, depredándola ya. Finalmente, la era del industrialismo y el modo moderno y contempoáneo de producción por la técnica, por la automatización, por la robótica y por la inteligencia artificial han llevado a un proceso de destrucción de la naturaleza. Proyectamos una nueva era geológica, la del antropoceno y sus derivados, el necroceno y el piroceno. Ahí el ser humano aparece como el Satán de la Tierra. Ha transformado el jardín del Edén en un matadero, como denunció el biólogo E.Wilson. No se ha comportado como el ángel cuidador de todo lo creado.

Ese proceso histórico-social ganó su justificación teórica con los padres fundadores de la modernidad Galileo Galilei, Descartes, Newton, Francis Bacon y otros. Para ellos, el ser humano es “dueño y señor” de la naturaleza. No se sentía parte de ella, estaba fuera y por encima de ella. La Tierra, considerada hasta entonces como Magna Mater que nos da todo, pasó a ser considerada como una cosa inerte (res extensa), sin propósito, a lo máximo, un baúl de recursos entregados al uso y disfrute del ser humano. El eje orientador de este modo de ver el mundo es la voluntad de poder, como dominación del otro, de los pueblos, de sus tierras (colonización), de la clase obrera, de la naturaleza, de la vida hasta el más mínimo gen, de la materia hasta el pequeñísimo topquark. La ciencia fue creada al servicio de la dominación, no solo como el justo conocimiento teórico de cómo se estructuran las cosas, sino como instrumento de dominación y de nuevos inventos. Pronto fue apropiada por la voluntad de poder, convirtiéndola en una operación técnica para la transformación del mundo circundante. Con ella se llevó a cabo una verdadera guerra contra la Tierra, sin posibilidad de vencerla, arrancando de ella todo en función del sueño de un crecimiento ilimitado de bienes materiales. Se atacó a la Tierra en todos los niveles, lo que tuvo como consecuencia la devastación de prácticamente los principales biomas, sin medir los efectos colaterales. Es el imperio de la razón instrumental-analítica y tecnocrática. No podemos dejar de apreciar los inmensos beneficios que ha traido para la vida humana. Pero el mismo tiempo ha creado el principio de autodestrucción con armas letales que pueden liquidar toda la vida. La razón se ha vuelto irracional y enloquecida.

Hoy hemos llegado al punto-límite, la Tierra se muestra gravemente enferma. Como es un Super-Organismo vivo, Gaia, reacciona mandándonos eventos extremos: sequías severas y nevadas rigurosas, una vasta gama de virus y bacterias, algunas letales, además de huracanes, tornados, riadas y terremotos. No es que vayamos hacia el calentamiento global. Estamos ya dentro de él. La ciencia ha llegado con retraso, solo puede alertar sobre la llegada de desastres y aminorar sus efectos dañinos. Efectivamente, este cambio climático amenaza peligrosamente la vida de niños y de las personas mayores y pone en grave peligro el futuro del sistema-vida.

 Hay que añadir un dato nada despreciable. El despotismo de la razón –el racionalismo– ha acentuado lo que hay de más humano en nosotros: nuestra capacidad de sentir, de amar, de cuidar, de vivir la dimensión de los valores como la amistad, la empatía, la compasión, en fin, el mundo de las excelencias. Todo esto era visto como obstáculo para la mirada objetiva de las ciencias. Se separó la mente y el corazón, la razón intelectual y la razón sensible. Tal ruptura ha producido una profunda distorsión de los comportamientos, ocasionando insensibilidad ante el drama de los millones y millones de pobres y miserables y la falta de cuidado de la naturaleza y sus “bondades”, como dicen los pueblos andinos.

Si quisiéramos resumir en una pequeña fórmula la crisis civilizacional diría: ella perdió la justa medida, valor presente en todas las tradiciones éticas de la humanidad. Todo es des-medido, el asalto a la naturaleza, el uso de la violencia en las relaciones personales y sociales, las guerras sin medida alguna de contención, el predominio des-medido de la competición al precio de la cooperación, el consumo des-medido al lado del hambre atroz de millones de personas, sin el menor sentido de solidaridad y de humanidad.

De seguir este proyecto de civilización, calcado sobre el poder-dominación y sobre la razón instrumental y sin corazón, hoy mundializado, iremos fatalmente al encuentro de una tragedia ecológico-social capaz de hacer el planeta Tierra inhabitable para nosotros y para los organismos vivos. Sería nuestro fin después de millones de años sobre este bello y riente planeta. No supimos cuidarlo para ser la Casa Común de todos los humanos, con la naturaleza incluida.

Pero como el proceso de la génesis del cosmos y de la Tierra no es lineal, sino que da saltos hacia arriba y hacia delante, puede ocurrir lo inesperado. Ante un gran impacto o catástrofe puede hacerse viable una transformación fundamental. Llevaría a cambiar la conciencia colectiva de la humanidad. Como dijo el poeta alemán Hölderin (+1843): “Donde habita el peligro, crece también lo que lo salva”. Ese salvamento significaría el cambio necesario de paradigma civilizatorio, garantizando así nuestro futuro. Eso podría ser la utopía posible y viable para la situación actual. ¡Ojalá!

Leonardo Boff. Ha escrito La búsqueda de la justa medida (2 vol), Vozes 2002/3; Cuidar de la Casa Común: pistas para evitar el fin del mundo, Vozes 2023.

Traducción de María José Gavito

Fuente: https://leonardoboff.org/2024/11/21/por-que-hemos-llegado-a-la-pavorosa-situacion-actual/

25 de noviembre de 2024

«No puedes pegar un tiro al cambio climático»

Richard Seymour   (Entrevista de Maya Goodfellow)

En su último libro, «Disaster Nationalism» [Nacionalismo Desastre], el pensador marxista Richard Seymour explora cómo los movimientos extremistas de todo el mundo tratan de echar la culpa de catástrofes reales a enemigos ficticios.

Al igual que muchas otras personas, Richard Seymour, 47 años, trataba de dejar de lado tácitamente la crisis climática y salir adelante en la vida. Siendo un prolífico pensador marxista, esto significaba escribir afanosamente sobre una serie de cuestiones: la guerra de Iraq, el neoliberalismo, la lucha de clases. La crisis climática podía esperar hasta después de la revolución. Aparte de esto, carecía de conocimientos suficientes o de la capacidad emocional necesaria.

Esto cambió en 2015. El día de Navidad, paseando por un parque, no pudo dejar de advertir el calor que hacía. Se puso a pensar no solo en todo lo que ya se había perdido, sino también en lo que supone el calentamiento global para las pérdidas futuras. “Se me derrumbó una especie de defensa”, dice, “y experimenté un primer resabio de aflicción climática.”

Seymour se crió en una pequeña ciudad del Irlanda del Norte rodeada de campos de cultivo, ríos y bosques, pero durante años estuvo haciendo gala de lo que llama una actitud hiper urbana: el movimiento obrero floreció históricamente en Nueva York y París, de manera que él y su posición política encajaban mejor en este tipo de entornos. Pero aquel día de invierno recordó que se había “criado en plena naturaleza y mantenía un vínculo emocional con ella”, desde los Montes de Mourne hasta la Calzada del Gigante. “Me dolió que a pesar de que las cosas sigan su curso de alguna manera, nada parecido volverá a existir alguna vez, se acabó… Y las cosas de que disfruto ahora, sabes, esas cosas también van a desaparecer”.

Seymour se puso a leer todo lo que pudo, desde oceanografía hasta la teoría de la evolución. Sin duda, ahora es uno de los pensadores más destacados del Reino Unido sobre el colapso climático y la pérdida de la naturaleza. En su sitio web (Patreon) habitual y en sus podcast, Seymour –que es todo un experto en materias científicas y humanistas– ata los cabos entre el colapso ambiental, el ascenso de la extrema derecha y el papel que desempeñan nuestros deseos en un mundo que se desmorona apenas sin esfuerzo, al tiempo que no se desdice de sus raíces marxistas. Como dice el profesor sueco Andread Malm en la cubierta del nuevo libro de Seymour, Disaster Nationalism: The Downfall of Liberal Civilization, “¿A qué pensador traerías a una Tierra en llamas? No querrías dejar a Richard Seymour en casa”.

Una de las cosas que más interesan a Seymour son nuestras respuestas emocionales al mundo que nos rodea. Cuando nos reunimos en la Biblioteca Británica para hablar de su último libro, es un tema al que volvíamos una y otra vez.

Comparando los éxitos de la extrema derecha en India, Brasil y EE UU (entre otros), Seymour afirma que la mayoría de explicaciones de su ascenso son insuficientes. Lo que estamos viendo es “demasiado coherente en el tiempo y demasiado global para explicarse por factores locales como la réplica de la menguante supremacía blanca o las granjas de trollsrusas, o la gente malvada que propaga desinformación”, escribe.

Estos movimientos tampoco muestran los rasgos propios del fascismo histórico. “Su objetivo inmediato no es el derrocamiento de la democracia electoral”, observa Seymour, sino “una ruptura constitucional para romper con todos los imperativos humanos y woke en el ejercicio del poder”. Mientras se descompone el viejo establishment, la extrema derecha conjura imágenes apocalípticas –el gran reemplazo, la islamización, el comunismo a la china– para animar a los potenciales seguidores. Todavía no se trata de una forma particular de fascismo, sino más bien de lo que Seymour califica de “nacionalismo desastre”.

Como análisis de la extrema derecha mundial, Disaster Nationalism no trata estrictamente la crisis climática, pero ambos fenómenos están interconectados. Mientras las fantasías cargadas de catástrofes capturan las imaginaciones, la crisis ambiental está al acecho.

Seymour quiere responder a la pregunta: ¿por qué resulta tan atractivo, tan excitante imaginar el colapso, cuando vivimos en un mundo de catástrofes reales ya existentes? Si la gente es pobre y se siente insegura y humillada, la extrema derecha ofrece un remedio concreto en el nacionalismo desastre, opina Seymour. “Ofrece el bálsamo, no sólo de la venganza, sino también de una especie de reset violento que recupera los consuelos tradicionales de la familia, la raza, la religión y la nacionalidad, incluida la posibilidad a humillar a otros.”

Aplicando una lente psicoanalítica, como también hace el autor estadounidense Tad DeLay, Seymour evita los tópicos y las caracterizaciones a menudo subjetivas de la extrema derecha como un grito de la clase obrera (la gente “desahuciada”). La economía tiene alguna importancia –dice que una trayectoria de declive alimenta la radicalización a la derecha de mucha gente de clase media–, pero las raíces de estos movimientos son a menudo ajenas al proletariado. “Todas estas formaciones arrancan con una base de votantes que son claramente de clase media”, me explica. “Este es sin duda el caso de Bolsonaro, Duterte y Modi, y después de un primer mandato han empezado a construir una coalición realmente interclasista, lo cual es increíble”.

Quienquiera esté familiarizado con el pensamiento de Seymour sabrá que este se toma en serio el racismo, el machismo y la transfobia. En nuestra conversación habla de estas formas de intolerancia con la misma sofisticación con la que escribe, y lo hace privándose de referirse a una de las explicaciones al uso del ascenso de la extrema derecha, que descalifican a los y las votantes tachándoles de idiotas que necesitan que les muestren el error de sus posiciones y de sus fuentes de información.

“Si acepto fantasear sobre situaciones repugnantes con una fuerte carga erótica de cuya realidad no me han dado ninguna prueba fehaciente, entonces no sólo carezco de capacidad crítica o educación mediática: la fantasía hace algo por mí. Está poniendo en escena algo que deseo, aunque no deseo desearlo. Y si esta fantasía la hacen suya muchas otras personas, por alguna razón en concreto, entonces el deseo no se puede atribuir, evidentemente, a una psicopatología personal, sino que se basa en una condición social común”, escribe en Disaster Nationalism.

Y esta condición social común se ve afectada decisivamente y modelada por el colapso climático. Los incendios de 2020 en Oregón son ilustrativos: barriendo este Estado occidental de EE UU tras una serie de catástrofes crónicas, provocó una contracción del crédito, el rápido aumento de la pobreza rural, un incremento del número de suicidios por encima de lo habitual y la desaparición de la prensa local, quedando Facebook y Nextdoor para llenar el vacío. Pero cuando quienes ven los incendios son sobre todo personas cristianas, blancas, conservadoras y del medio rural, no culpan al cambio climático ni al capitalismo.

Espontáneamente –sin que ninguna persona o político les haya inducido– recurren a las conspiraciones de que han oído hablar para explicar un fenómeno tan amplio y destructivo: la culpa la tienen los de Antifa, incitados por los Demócratas, cuyo propósito es abrir paso al comunismo y acabar con gente como ellas para rehacer América. Ideas como estas se propagan como la peste y el umbral de aceptación de las mismas no es muy alto. A medida que se extiende el fuego, la gente se niega a escapar, señala Seymour, porque piensan que pueden proteger físicamente su hogar frente a los pirómanos que creen que están detrás de todo esto.

La catástrofe ecológica se convierte en una catástrofe creada por la maldad humana; la crisis climática pasa a ser una crisis de rivalidad entre personas, de agresión y victimismo. La destrucción del planeta crea las condiciones estructurales de estas ideas, pero esto no sería posible si no estuvieran circulando ya, piensa Seymour.

Y deja claro por qué resultan tan efectivas. “No puedes pegarle un tiro al cambio climático, no puedes llevarlo a los tribunales, y lo mismo ocurre con el capitalismo. Son grandes fuerzas abstractas y te sientes desesperado frente a ellas”, dice. Es mucho más atractivo, incluso fascinante, “atacar a un enemigo personalizado”. Todo el mundo puede caer en esta tentación, sostiene Seymour; “es avasallador”, me recuerda al final de nuestra entrevista, aunque no en la misma medida.

Le pregunto por los intentos de la izquierda de probar una táctica similar, personificando el capitalismo, como por ejemplo la cruzada de Bernie Sanders contra los megamillonarios. Dice que han cosechado algunos éxitos, pero no es tan fácil imitar a la extrema derecha en su propio juego. Los ultra ricos viven en otro planeta: podrás ver a Jeff Bezos en la televisión, pero nunca te cruzarás en su camino. Mientras que la gente siente que conoce a inmigrantes o musulmanes y si uno lee las noticias, cada día te presentarán a estas personas como gente pervertida, señala Seymour.

La izquierda también se ha equivocado al pensar que el interés personal explica plenamente el comportamiento de las personas. “No digo que la política del pan y mantequilla sea superflua. Ayudará”, escribe. “Necesitamos el pan y la mantequilla. Incluso nos agrada. Pero no los amamos. Y las cosas que amamos a menudo no nos proporcionan ninguna ventaja material. Puedes amar a tus hijos, por ejemplo, pero no es porque aumentarán tus ingresos y tu tiempo libre”.

Los fustigadores de la esperanza, como los llama, se equivocan cuando advierten de que los ecologistas que describen el estado del mundo con tintes catastrofistas desmotivan a la gente; cuando se reconoce que el fin puede ser inminente puede tener el efecto contrario, piensa. “La gente puede verse afectada por una catástrofe climática y extraer conclusiones muy diversas. Pero si encuentran a otras personas que tienen la misma respuesta y que desean hacer algo al respecto, pueden convencerse”, explica.

“Demasiado a menudo, el discurso de la izquierda sobre organización es abstracto, de manera que suena como una de las ideas y procedimientos correctos”, dice. En vez de ello, debería significar la creación de una forma de vida en que las personas se necesitan unas a otras. Esto ya lo vemos en sindicatos, a los que la gente puede afiliarse para mejorar sus salarios, pero termina haciendo huelga en defensa de sus compañeras y compañeros, aunque esto suponga sacrificar la paga.

Seymour experimenta esta solidaridad cuando colabora como voluntario con su parroquia local en el apoyo a las personas sin techo, muchas de las cuales son refugiadas. “Estoy rodeado de personas que lo hacen todo el rato… traen cosas hechas por ellas, cosas que han comprado, sacrifican su tiempo libre para ayudar a otra gente, no preguntan. La norma es… un amor incondicional por toda persona que entre por la puerta”, sin importar quién es y qué ha hecho.

Todo esto puede sonar a “paz y hermandad universales”, reconoce, conservando su lado sarcástico. Pero “si imaginas que vives en un planeta en que todo lo que te rodea tiene un propósito y una relación intencional contigo y con el resto del mundo… creo que esto motiva un comportamiento mejor”. Para Seymour, por tanto, el compañerismo no solo lo es entre personas, sino también entre especies y el mundo vivo. Este es sin duda el fundamento no sólo del socialismo, sino también del ecosocialismo.

Para entender mejor todo esto y lo que estamos perdiendo, tiene más sentido hablar de la extinción masiva y no solo del cambio climático, me dice. “Forma parte de la destrucción, la decadencia y la etiolación de la vida en general y todo indica que estamos en lo que hay quien denomina el fin: la extinción masiva del holoceno”. Y las extinciones revelan todas nuestras dependencias no reconocidas; necesitamos las plantas y a los demás animales. Nosotras, nosotros, seres humanos, no ocupamos la cúspide de una gran jerarquía. Seguir como siempre, explotando a los animales y al resto de la naturaleza, es insostenible.

“Si quieres una manera menos sofisticada de decirlo: amor”, dice Seymour. Esta no es necesariamente la posible conclusión de todos y todas los marxistas, pero añade: “Si hablamos de socialismo, ¿de qué otra cosa estamos hablando?”

Texto original: The Guardian

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/richard-seymour-no-puedes-pegarle-un-tiro-al-cambio-climatico/

26 de octubre de 2024

Zombis

César Hildebrandt

El ser humano es una bestia peligrosa.

Eso lo supo Abel desde el comienzo y lo supieron todos los que le sucedieron como víctimas.

Y, sin embargo, este mamífero desagradable que somos está seguro de que reina en el mundo y que esa supremacía será eterna.

El planeta, sin embargo, está diciéndonos que ha llegado la hora del ajuste de cuentas. Esta esfera acuosa y azulina –un grano de arena en la desalmada inmensidad de la materia oscura– está harta de nosotros.

No es para menos. La bestia que somos se ha pasado de la raya y ha alterado el régimen de las aguas, el carácter del viento, la densidad del ozono, la sanidad de las napas subterráneas, la respiración de las selvas y el discurrir de los ríos.

La casa en la que vivimos ya no nos quiere. Y está hablando con el lenguaje de su poder: mareas locas, lluvias impropias, sequías humeantes, huracanes cada vez más indignados.

Pero la bestia que somos sigue en lo suyo, que es la estupidez con su surtido muestrario de sus posibilidades. La infelicidad nos guía, las metas inútiles nos fascinan, los retos que nos hacen peores nos obsesionan.  

Por eso Elon Musk, que es el imbécil moral mejor forrado en plata del planeta, le entrega muchos millones de dólares a Donald Trump, que es un forajido del far west y que, si estuviera en una película al lado de John Wayne, escupiría tabaco después de cada frase.

Porque en este mundo gobernado por monos superiores la primera potencia, la que podría decretar un invierno nuclear infinito si lanzara la mitad de las bombas que posee, está a punto de elegir por segunda vez a un bípedo como Trump.

La ventaja de Trump es que no disimula como la señora Harris. Y lo que quieren los americanos promedio es que vuelvan los viejos tiempos. Si pudieran, resucitarían a Theodore Roosevelt y volverían a comprar Panamá a precio de ganga.

Pero la vulgaridad babuina no sólo está en Estados Unidos, el país que tiene poco menos de 800 bases militares en 82 países. Está en Europa, la cuna de occidente.

¿Han visto alguna vez una sesión del parlamento europeo?

Es el espanto en varias lenguas. Es el lugar donde la verdad está prohibida, el cinismo es un rasgo de carácter, el disimulo criminal un patrón corporativo. Europa ha aceptado, con todas sus consecuencias, la subordinación atómica a los Estados Unidos y a sus políticas de expansión, control y arbitrariedad. La esperanza de una reacción francesa a tal dominio se ha desvanecido. Los alemanes, siempre dados al matonaje, están felices.

Mientras tanto, el idiotismo planetario nos propone que la inteligencia artificial nos llevará a otro plano de la realidad. Pero añaden: la IA no alcanzará nunca la del hombre. Entonces, fritos estamos.

Porque la inteligencia humana es la que nos ha conducido a esta decadencia neandertal en la que el mundo asiste, impávido, a la masacre televisada de Gaza. Masacre perpetrada por un gobierno fascista creado por las que fueron víctimas atroces del nazismo. Masacre avalada mayoritariamente por un pueblo que afirma ser el elegido por dios.

Y ya vienen los taxis sin piloto. El asunto es que nos llevarán a los mismos sitios.

Y también vienen la telecirugía, las experiencias inmersivas, la biotecnología de última generación. Nos divertiremos mucho, pero, cuando despertemos, el dinosaurio estará allí. Vendrá también la semana laboral de cuatro días y así tendremos un día adicional para ir de compras.

El mundo que hemos hecho convierte el suicidio en una buena causa. El mundo que hemos hecho hace del alejamiento una salida de emergencia y de la sociopatía una auténtica terapia.

Pertenecer al conformismo es morir de monotonía, morir de multitud, morir de hombre.

Vivir en el mundo de las marcas, de las comparaciones agraviantes, de la publicidad enloquecedora, no es vivir. Es un simulacro. Es postular con éxito a ser extra en una mala película de zombis.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 706 año 14, del 25/10/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

26 de agosto de 2024

Medio ambiente: problema de todos

Marcelo Colusi

«Si somos incapaces de preservar la especie humana, ¿qué objeto tiene salvaguardar las especies vegetales?» (Wangari Muta Maathai)

La «Flor de las Indias», como las llamó Marco Polo (las 1.200 islas e islotes de coral desperdigadas por el Océano Índico conocidas como Islas Maldivas), con sus 250.000 habitantes (hoy día paraíso turístico), están condenadas a desaparecer bajo las aguas oceánicas en un lapso no mayor de 30 años si continúa el calentamiento global y el consecuente derretimiento de casquetes polares y glaciares. Lo tragicómico es que sus habitantes no han vertido prácticamente un gramo de agentes contaminantes.

La globalización es un proceso no sólo económico. Extremando el concepto, donde más podemos verla (sufrirla) es en la perspectiva ecológica que trae el nuevo modelo de producción industrial surgido hace doscientos años. La globalización, en términos estrictos, es ante todo la mundialización de los problemas medioambientales, de los que nadie, en ningún punto del globo, puede sustraerse.

La solución a esa degradación de nuestra casa común, que desde hace algunos años se viene dando con velocidad vertiginosa, es más que un problema técnico: es político, y no hay ser humano sobre la faz del planeta que no tenga que ver con él. Así como nadie escapa a la publicidad comercial, así, mucho más aún, nadie escapa al efecto invernadero negativo, a la lluvia ácida, a la desertificación y a la falta de agua potable; en ningún área del quehacer humano puede verse más claramente la globalización que en el campo de la ecología. Y en ningún campo de acción en torno a grandes problemas humanos se encuentran respuestas más globalizadas que en lo tocante a nuestro compartido desastre medioambiental. Un habitante de las Maldivas, consumiendo 100 veces menos que un estadounidense o un europeo, está tanto o más afectado que ellos por los modelos de desarrollo depredadores que envuelven a toda la humanidad. O nos salvamos todos, o no se salva nadie.

Podríamos considerar el desastre ecológico como consecuencia de factores exclusivamente técnicos, solucionables también en términos puramente tecnológicos (reemplazar los vehículos de combustión interna alimentados por derivados del petróleo por vehículos eléctricos, por ejemplo). Pero la tecnología es un hecho altamente político. Si nuestra forma de concebir la productividad del trabajo se da en el marco del actual modelo de desarrollo (sin dudas contrario al equilibrio ecológico), ello es, ante todo, un hecho político, un hecho que nos habla de cómo establecemos las relaciones sociales y con el medio circundante.

La industria moderna ha transformado profundamente la historia humana. En el corto período en que la producción capitalista se enseñoreó en el mundo -dos siglos, desde la británica máquina de vapor de James Watt en adelante- la humanidad avanzó técnicamente lo que no había hecho en su ya dilatada existencia de dos millones y medio de años. Puede saludarse ese salto adelante como un gran paso en la resolución de ancestrales problemas: desde que la tecnología se basa en la ciencia que abre el Renacimiento europeo, con su visión matematizable del mundo, se han comenzado a resolver cuellos de botella. La vida cambió sustancialmente con estas transformaciones, se hizo más cómoda, menos sujeta al azar de la naturaleza. No por ello saludamos alegres al capitalismo; en todo caso, podemos saludar a la ciencia.

De todos modos, esa modificación en la productividad no dio como resultado solamente un bienestar generalizado. Concebida como está, la producción es, ante todo, mercantil. Lo que la anima no es sólo la satisfacción de necesidades, sino el lucro. Más aún: la razón misma de la producción pasó a ser la ganancia; se produce para obtener beneficios económicos. A partir de esta clave esencial puede entenderse la historia que transcurrió en este corto tiempo desde la máquina de vapor de mediados del siglo XVIII a nuestros días; la historia del capitalismo (europeo primero, norteamericano luego, igualmente el japonés o el de cualquier país del mundo, sea muy desarrollado o precario) no es otra cosa que la obsesiva búsqueda del lucro, no importando el costo. Si para obtener ganancia hay que sacrificar pueblos enteros, diezmarlos, esclavizarlos, e igualmente hay que depredar en forma inmisericorde el medio natural, ello no cuenta. La sed de ganancias no mide consecuencias.

Es así que se «inventan» necesidades, cosas superfluas, que luego terminan normalizándose, y el circuito de la producción y el consumo no se detiene nunca. «Lo que hace grande a este país [Estados Unidos] es la creación de necesidades y deseos, la creación de la insatisfacción por lo viejo y fuera de moda» manifestó el gerente de la agencia publicitaria estadounidense BBDO, de las mayores del mundo. Esa «cultura» impuesta ha hecho de la sed de novedades un poderosísimo motivador, por lo que a diario nos encontramos con nuevos productos en todos los ámbitos. La producción humana, hoy día enmarcada enteramente en la lógica capitalista, encuentra ahí un lugar perfecto para desarrollarse, y la creación de «cosas nuevas» destinadas al mercado no cesa, creando de continuo nuevas necesidades que se van tornando imprescindibles. Lo terrible en todo ello es que se depreda innecesariamente la naturaleza en búsqueda de recursos, de materias primas, y dado el consumo monumental, las montañas de basura no cesan y crecen gigantescas, contaminando todo.

Actualmente, dos siglos después de puesto en marcha ese modelo de producción, la humanidad en su conjunto paga las consecuencias. ¿Merecen los habitantes de las Maldivas desaparecer bajo las aguas porque en Los Ángeles, Estados Unidos, hay un promedio de un automóvil de combustión interna por persona que arroja dióxido de carbono, o porque los ciudadanos estadounidenses, económicamente más privilegiados que otros humanos, consumen 150 litros diarios de agua, 120 más de lo necesario? ¿Se merece cualquier habitante del planeta tener 13 veces más riesgo de contraer cáncer de piel a partir del adelgazamiento de la capa de ozono que cien años atrás por el hecho de tener cerveza fría en la refrigeradora? ¿Es éticamente aceptable que un perrito de un hogar del «civilizado» Primer Mundo consuma un promedio anual de carne roja superior al de un habitante del Sur o que tenga servicios psicológicos mientras en otros países faltan vacunas, o comida?

Aunque hay alimentos en cantidades inimaginables, viviendas cada vez más confortables y seguras, comunicaciones rapidísimas, expectativas de vida más prolongadas, más tiempo libre para la recreación, etc., etc., la matriz básica con que el capitalismo se plantea el proyecto en juego no es sustentable a largo plazo: importa más la mercancía y su comercialización que el sujeto para quien va destinada. Si realmente hubiera interés en lo humano, en el otro de carne y hueso que es mi igual, nadie debería pasar hambre, ni faltarle agua, ni sufrir con enfermedades que la técnica actual está en condiciones de vencer. En definitiva, se ha creado un monstruo; si lo que prima es vender, la industria relega la calidad de la vida como especie en función de seguir obteniendo ganancia. Para que 15% de la humanidad consuma sin miramientos, un 85% ve agotarse sus recursos. Y el planeta, la casa común que es la fuente de materia prima para que nuestro trabajo genere la riqueza social, se relega igualmente. Consecuencia: el mundo se va tornando invivible. Peligroso, sumamente peligroso incluso.

La cada vez más alarmante falta de agua dulce, la degradación de los suelos, los químicos tóxicos que inundan el planeta, la desertificación, el calentamiento global (para algunos científicos ya es ebullición global), el adelgazamiento de la capa de ozono, el efecto invernadero negativo, los desechos atómicos presentes en tierra, aire y agua, son todos problemas de magnitud global a los que ningún habitante de la humanidad en su conjunto puede escapar. Todo ello es, claramente, un problema político y no solo técnico. Por tanto es en la arena política -las relaciones de poder, las relaciones de fuerza social entre los diferentes grupos, o mejor dicho, entre clases sociales- donde puede encontrar soluciones.

En el Foro Mundial de Ministros de Medio Ambiente reunido en la ciudad de Malmoe, Suecia, en mayo del 2000 en el marco del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se reconoció en la llamada Declaración de Malmoe que las causas de la degradación del medio ambiente global están inmersas en problemas sociales y económicos tales como la pobreza generalizada, los patrones de producción y consumo no sustentables, la desigualdad en la distribución de las riquezas y la carga de la deuda externa de los países pobres. Lo tristemente terrible en este caso es que, aunque académicamente se pueda saber todo esto, y expresar en términos de corrección política, en la realidad político-social concreta estas declaraciones no tienen ningún impacto, pues el mundo se sigue manejando en torno a la forma en que se distribuyen los poderes. Está claro que quienes más poder detentan (para el caso: el gobierno de Estados Unidos), terminan haciendo caso omiso de esas muy correctas declaraciones. La asimetría en el poder marca la dinámica global, y esa diferencia puede hacer uso de la fuerza bruta (militar) para mantener el estado de cosas.

No es pensable un uso de fuerza militar por parte de las Islas Maldivas contra la gran potencia norteamericana; pero sí lo contrario. Hasta incluso parecería «normal». ¿Hasta cuándo vamos a permitir eso?

En otros términos, vemos que la destrucción del medio ambiente responde a causas eminentemente humanas, a la forma en que las sociedades se organizan y establecen las relaciones de poder; en definitiva: a motivos políticos. El modelo industrial surgido con el capitalismo y con la ciencia occidental moderna, además de producir un salto tecnológico sin precedentes (quizá más que la aparición de la agricultura, que la conquista del fuego o que la invención de la rueda) generó también problemas de magnitud descomunal. El poder de destrucción -y de autodestrucción- alcanzado por la especie humana creció también en forma exponencial, por lo que las posibilidades de autodesaparecernos son cada vez más grandes. Valga agregar que la totalidad del poder atómico con fines militares generado en la actualidad -alrededor de 12.000 ojivas nucleares, cada una de ellas equivalente a 30 bombas de las arrojadas sobre Hiroshima- posibilitaría generar una explosión tan grande cuya onda expansiva llegaría hasta la órbita de Plutón; proeza técnica, sin dudas, pero que no termina con el hambre ni con tantas penurias solucionables.

En otros términos: el desprecio moderno por el medio ambiente que nos lega el capitalismo surgido en Europa, ahora absolutamente globalizado, se ha instalado con una soberbia aterradora. Los esquemas que utilizaron las primeras experiencias socialistas no le dieron un mejor trato a nuestra común, el planeta Tierra, que lo que le dio el capitalismo. Es de esperarse que China, siempre con su planteo de «socialismo a la china», pueda generar otra cultura medioambiental. Todo indica que va en ese camino.

Esa voracidad empresarial que ve el medio ambiente natural solo como cantera a explotar reafirma que Occidente y la idea de desarrollo que ahí se gestó, están en franca desventaja con otras culturas (orientales, americanas prehispánicas, africanas) en relación a la cosmovisión de la naturaleza, y por tanto al vínculo establecido entre ser humano y casa común, que sería nuestro planeta. El desastre ecológico en que vivimos no es sino parte del desastre social que nos agobia. Si el desarrollo no es sustentable en el tiempo y centrado en el sujeto concreto de carne y hueso que somos, no es desarrollo. Si se puede destruir el lejano Plutón pero no se puede asegurar la vida de los habitantes de las Maldivas porque la idea de desarrollo no los contempla, entonces hay que cambiar ese modelo, por inservible. Es una pura cuestión de sobrevivencia como especie.

A no ser que haya sectores sociales -detentadores de omnímodos poderes, por cierto- que ya estén apostando por una vida fuera de este planeta, contaminado, lleno de «pobres», sin solución en definitiva. Pero los que no hacemos voto por ello, los mortales de a pie, los que creemos que es más importante un habitante de las Maldivas que cambiar el automóvil cada año, los que no queremos morir de un evitable cáncer de piel, o sumergidos por el derretimiento de los hielos polares, tenemos mucho por seguir luchando aún. El problema de nuestra casa común nos toca a todos. Todos, entonces, podemos -tenemos- que hacer algo.

Está más que claro que el capitalismo, más allá de los oropeles con que nos quiere seducir -centros comerciales rebosantes de mercancías que muy pocos pueden comprar; en definitiva: nuevos y variados espejitos de colores-, no ofrece salidas reales a los acuciantes problemas humanos. «Las bombas podrán terminar con los hambrientos, con los enfermos y con los ignorantes, pero no con el hambre, con las enfermedades y con la ignorancia«, expresó Fidel Castro. Si el sistema sigue destruyendo nuestro planeta, ¿adónde iremos?

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