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15 de noviembre de 2025

Qué nos jugamos en Belém: tres miradas a la COP30

Vari@s autor@s   (Ecología social)

La cumbre debe servir para diseñar una transición justa con derechos laborales, proteger y restaurar los ecosistemas y hacer pagar a los responsables

Las noticias que llegaban de la cumbre de Naciones Unidas, este junio en Bonn, no invitaban al optimismo. El último encuentro preparatorio antes de la COP30 de Belém certificaba lo que ya se temía: el proceso de negociación climática internacional está bloqueado. No hay avances en financiación, adaptación ni pérdidas y daños, y los países petroleros siguen dinamitando cualquier compromiso de abandonar los combustibles fósiles.

En esta parálisis persiste una guerra de reproches entre norte y sur global que complica cualquier posibilidad de consenso. Los países del Sur exigen –con toda la legitimidad histórica– una financiación climática que nunca llega y usan su capacidad de veto en mitigación como moneda de cambio. Algunos, además, se aferran a modelos económicos fósiles que agravarán la vulnerabilidad de sus poblaciones. Por su parte, el norte global, incapaz de asumir sus reparaciones históricas, intenta centrar el debate exclusivamente en la reducción de emisiones.

Y la cosa no mejora en casa. La Unión Europea ha sido incapaz de ponerse de acuerdo sobre sus objetivos para 2040. Gobiernos negacionistas o retardistas, como el checo, están dinamitando los escasos logros de legislaturas anteriores. En la cumbre de Naciones Unidas de septiembre pasado, la UE sólo pudo presentar una vaga declaración de intenciones.

Así que en este contexto de caos diplomático os planteamos desde tres miradas distintas del activismo climático qué nos jugamos en Belém. Las respuestas dibujan un mapa donde convergen justicia social, protección de ecosistemas y fiscalidad redistributiva. Tres piezas de un mismo puzle que, de no encajarse en la Amazonía, podría certificar el fracaso definitivo de la arquitectura climática global.

Manuel Riera, sindicalismo: “Sin derechos laborales, la transición será una estafa”.

En el movimiento sindical integrado en la Alianza por el Clima llevamos años insistiendo: no habrá justicia climática sin justicia social, y no habrá justicia social sin garantizar los derechos de las personas trabajadoras. La Transición Justa no es un eslogan para adornar discursos, sino una herramienta concreta para asegurar que la acción climática no la paguen los de siempre.

El posible Mecanismo de Acción para la Transición Justa que se podría aprobar en la COP30 es la oportunidad de dar contenido real a los compromisos de Dubái. Ahí se acordó poner fin a los fósiles, pero sin un marco que relacione ese objetivo con la solidaridad internacional, las condiciones laborales justas y la erradicación de la pobreza, ese acuerdo no vale nada.

Los derechos laborales fundamentales –libertad sindical, negociación colectiva, seguridad y salud en el trabajo– forman parte del mandato de la Organización Internacional del Trabajo desde hace más de un siglo. Pero en las negociaciones climáticas se ignoran sistemáticamente o se diluyen bajo etiquetas vagas. La COP27 de Sharm el Sheikh fue un paso histórico al reconocer explícitamente estos derechos. En la COP28 se formalizó con el Programa de Trabajo sobre Transición Justa. Pero en la COP29 ese programa se convirtió en moneda de cambio. El resultado: ningún acuerdo.

De cara a Belém, la exigencia sindical es clara: las políticas climáticas deben negociarse desde los territorios, con participación real de las personas trabajadoras. El riesgo es que voces interesadas vacíen de contenido el concepto. Si no hay unidad, la Transición Justa acabará siendo otro lavado de cara.

Ana Márquez, naturaleza: “Los bosques no son decorado, son la solución”.

Que la COP30 se celebre en la Amazonía no es casualidad. Es poner el foco en el territorio que concentra la mayor parte de la solución al problema climático. Por algo empiezan a llamarla “la COP de los Bosques”.

En la Alianza sabemos que estamos inmersos en una triple crisis ambiental –cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación– que avanza a pasos agigantados. El cambio climático ha pasado a estar entre las tres primeras amenazas para la biodiversidad según el IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas). Sus impactos son dramáticos: glaciares derritiéndose, océanos acidificándose, especies desplazándose, incendios forestales más intensos.

Pero la biodiversidad juega un papel clave en la lucha climática por dos vías: como sumidero de carbono, y como barrera natural que puede aumentar la resiliencia. La naturaleza no es solo una estrategia ambiental. Es una solución climática esencial. Sin ecosistemas sanos, limitar el calentamiento a 1,5 grados es inalcanzable.

En la COP28 se reconoció la necesidad de detener la deforestación para 2030. Pero desde el conservacionismo se exige que Belém vaya más allá: reconocer el compromiso de proteger el 30% del planeta para 2030 y restaurar todos los ecosistemas degradados para 2050. Esta cumbre debe subrayar las sinergias entre biodiversidad y cambio climático de una vez por todas. Los ecosistemas naturales no son una preocupación secundaria. Son la primera línea de defensa.

Pedro Zorrilla, fiscalidad verde: “Que paguen quienes provocaron el desastre”.

Hay una pregunta que nos persigue: ¿con la emergencia climática todo el mundo sale perdiendo? No. Hay un pequeño grupo de irreductibles egoístas que están haciendo su agosto.

Mientras las familias ven arrasadas sus casas por danas e incendios, la industria fósil alcanza récords históricos de beneficios. Mientras España sufre olas de calor extremo en puestos de trabajo, colegios y residencias, los accionistas del carbón ven crecer sus cuentas. Nuestra vida está cambiando. Nuestros hijos no pueden jugar al aire libre. La crisis climática les está robando la infancia, mientras aumenta la mortalidad de nuestros mayores. Esto no es justo.

Por eso es inaplazable cambiar las reglas fiscales. La industria fósil y otros grandes contaminadores tienen que pagar más impuestos. Deben aprobarse nuevos tipos impositivos a la extracción de combustibles fósiles, a los beneficios extraordinarios, a los jets privados y a la clase business. El dinero está ahí. Solo falta valor político.

En las COPs, el norte global siempre pone la misma excusa: no tienen fondos públicos para aportar al sur global. Pero ese dinero sí existe. Está en los bolsillos de la industria fósil. Sobra capital para financiar la adaptación climática, las pérdidas y daños, y la transición energética. Lo que falta es voluntad política.

Por justicia con el planeta y con quienes menos han provocado el cambio climático y más sufren sus consecuencias, la COP30 no puede cerrarse sin un acuerdo claro para aprobar una fiscalidad justa a la industria fósil.

Belém: ¿punto de inflexión o epitafio?

Tres ámbitos del activismo, un mismo diagnóstico: el sistema de negociaciones climáticas está al borde del colapso. Y tres propuestas convergentes: transición justa con derechos laborales, protección y restauración de ecosistemas, fiscalidad que haga pagar a los responsables.

Las organizaciones de la Alianza por el Clima seguiremos aprovechando el encuentro de Belém para demandar justicia climática. La COP30 debe ser el momento en que los gobiernos comprendan que no hay más tiempo para dilaciones. Necesitamos un Mecanismo de Transición Justa ambicioso, un compromiso real con los ecosistemas, y una fiscalidad que haga pagar a quienes provocan la crisis.

Si conseguimos unir las luchas por la justicia social, ambiental y fiscal, Belém puede marcar un punto de inflexión. De lo contrario, seguiremos asistiendo al espectáculo de cumbres que prometen mucho y entregan poco, mientras el planeta y las personas más vulnerables pagan el precio. Y entonces, la COP30 no pasará a la historia como la cumbre de los bosques, sino como el epitafio del multilateralismo climático.

Autor@s:

Javier Andaluz. Miembro de Alianza por el Clima.

Manuel Riera. Miembro de UGT.

Ana Márquez. Miembro de SEO Birdlife.

Pedro Zorrilla. Miembro de Greenpeace.

Fuente: https://ctxt.es/es/20251101/Firmas/50895/Javier-Andaluz-Manuel-Riera-Ana-Marquez-Pedro-Zorrilla-cop30-belem.htm

2 de junio de 2025

Día Mundial del Medio Ambiente

Julio César Centeno

En la conmemoración del Día Mundial del Medio Ambiente conviene recordar qué es eso que llamamos “ambiente” no es otra cosa que la naturaleza, de donde venimos, de la que somos parte integral. La naturaleza es nuestra casa común. La madre, bella y misteriosa, que nos dio vida, nos nutre y nos protege entre sus brazos.

Nos dio los elementos que forman nuestro propio cuerpo. Nos dio la vida misma. Nos da cada día el aire que respiramos, el agua que alivia nuestra sed y los alimentos que consumimos. Nos rodea además con una inconmensurable belleza, llena de misterios para el disfrute y desarrollo de nuestra inteligencia. El descubrimiento de esos misterios puede ser el motivo mismo de nuestra existencia, así como una ruta hacia la felicidad.

La naturaleza ha florecido en millones de formas de vida. Ha creado además una matriz vital planetaria en la que todas las especies pueden convivir y desarrollarse, en equilibrio y armonía.

Solo una la ha traicionado.

La ingratitud y la avaricia de los humanos han producido profundas heridas a nuestra madre naturaleza, heridas que han degenerado en las enfermedades que padecen hoy la tierra, el agua y el aire. Amenazan además a los demás seres vivos con los que compartimos el planeta. Nuestra madre naturaleza ahora sufre, por la estupidez de creernos sus propietarios y dominadores, autorizados a violarla y expoliarla.

La traición de los humanos a su propia Pacha Mama ha provocado una gigantesca crisis ecológica mundial. En 1971, el Papa Pablo VI señaló: “la crisis ecológica es consecuencia dramática de la explotación inconsiderada de la naturaleza. El ser humano corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta destrucción”. Enfatizó la “urgencia de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad”

Juan Pablo II, en su primera encíclica, advirtió que el ser humano parece “no percibir otros significados de su ambiente natural sino solamente aquellos que sirven a su uso inmediato y consumo”

El Papa Francisco, en su encíclica Laudato Si, señala: “Debemos reconocer el origen común de todas las cosas, que todas las criaturas, por despreciables que parezcan, son nuestras hermanas. Que la naturaleza es un espléndido libro donde el Universo refleja su grandiosidad y su hermosura”

Todos estos señalamientos concuerdan con los de la comunidad científica internacional en cuanto a la urgencia de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad ante la naturaleza.

La naturaleza es un organismo vivo. Los seres humanos han optado por actuar dentro de ese organismo como un virus, contaminándolo, debilitándolo y consumiéndolo progresivamente. Como consecuencia, los sistemas naturales del planeta están alcanzando el límite de lo biológica y físicamente tolerable. Sin embargo, los humanos parecen dispuestos a consumir al organismo que les da la vida, hasta provocar su propia destrucción.

En sólo décadas, los humanos se las han ingeniado para destruir la mitad de los bosques que embellecían la porción del planeta sobre el nivel de las aguas. Con los bosques destruyeron cerca de una tercera parte de las especies de seres vivos que habitaban la Tierra hace apenas 200 años. Hoy, una cuarta parte de los vertebrados que aún sobreviven se encuentran al borde de la extinción. Muy pronto, majestuosos animales sólo languidecerán como prisioneros en zoológicos, como trofeos en museos o como imágenes virtuales: elefantes, rinocerontes, tigres, gorilas, osos polares, jaguares, lobos, abejas, cóndores, ballenas. El acoso humano contra estas y tantas otras maravillas evolutivas es implacable.

Los humanos se las han ingeniado para destruir también el 40% de los arrecifes de coral en los últimos 50 años. Los arrecifes son maravillas naturales que sirven como incubadoras de la vida animal marina. Aunque ocupan menos del 1% de la superficie del mar, albergan al 25% de todas las especies marinas: peces, moluscos, crustáceos, esponjas y equinodermos, entre otras, especialmente en la época de reproducción.

Tanto la temperatura como la acidez de las aguas marinas se encuentran en aumento, amenazando no sólo a los arrecifes que aún sobreviven, sino a la vida marina en su maravillosa variedad. Hemos además convertido al océano en un gigantesco basurero de plásticos, aguas servidas, desechos tóxicos industriales, herbicidas y plaguicidas venenosos, hasta residuos radioactivos de plantas nucleares.

En apenas 120 años, los humanos se las han ingeniado para inyectarle a la atmósfera 2.400.000 millones de toneladas de gas carbónico (CO2), junto a otros gases desestabilizadores de la atmósfera, como el metano y los óxidos nitrosos. Cada año le inyectamos 50.000 millones de toneladas adicionales de gases de efecto invernadero.

Entre las consecuencias de esta gigantesca inyección de gases a la atmósfera se destacan el alarmante derretimiento de las masas de hielo en el Ártico, en la Antártida y en los glaciares de montañas alrededor del mundo. Venezuela ya perdió todos sus glaciares. Esta tendencia se extiende a los glaciares de los demás países Andinos, amenazando el suministro de agua a millones de personas.

El aumento en la concentración de CO2 y otros gases en la atmósfera conduce al  aumento en la temperatura promedio del planeta, al aumento en el nivel del mar, al aumento en la frecuencia e intensidad de huracanes y tormentas, al aumento en la intensidad de sequías e inundaciones, al desplazamiento de enfermedades contagiosas, al agotamiento de fuentes de agua y al debilitamiento de los sistemas de producción de alimentos.

El 2024 fue el año más caliente de los últimos 120.000 años. Las tendencias actuales conducen hacia un aumento de temperatura entre 3°C y 4°C para finales de siglo sobre el promedio de la época pre-industrial. Un aumento de temperatura de 4°C no se ha registrado desde finales del Mioceno, hace 6 millones de años, cuando los humanos no existían y el nivel del mar se encontraba entre 20 y 24 metros sobre el que conocemos.

Una consecuencia adicional, especialmente peligrosa, de la inyección de cantidades letales de gases a la atmósfera, es el desequilibrio energético planetario. El desbalance energético actual (2024) es de 1,1 vatios por metro cuadrado de superficie terrestre (560 TeraJoules/segundo). La cantidad de energía que se acumula en la Tierra cada año por este concepto es equivalente a la energía liberada por 770.000 bombas atómicas como la que devastó a la ciudad de Hiroshima en 1945, detonadas cada día, 365 días al año. La bomba de Hiroshima liberó 63 Terajoules de energía (16 kiloton TNT).

Como el desbalance energético planetario acumulado desde inicios del siglo 20 es de 4 W/m2, para restablecer el equilibrio la temperatura superficial promedio del planeta tendrá que aumentar al menos 3°C, aun en el supuesto de que se detengan de inmediato las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

La acumulación de tales cantidades de energía en la atmósfera terrestre es el instrumento final para el suicidio colectivo de la mayor parte de la humanidad. La mayor parte de la franja tropical del planeta, donde en la actualidad sobrevive el 40% más pobre de la población mundial, será inhabitable con un aumento global promedio de 3°C, especialmente los territorios más cercanos al ecuador y más cercanos al nivel del mar.

Conviene acatar a tiempo el llamado de la comunidad científica internacional sobre la urgencia de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad ante la naturaleza.

JC-Centeno@Outlook.com

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

1 de junio de 2025

La Amazonía y una opinión impopular

Enrique Ortiz

Un ambientalista nos pide realismo y cabeza fría en la lucha por el planeta

A mediados de mayo se realizó en Lima “El futuro de la Amazonia”, un evento organizado por una importante fundación filantrópica. Se contó con la crema y nata del ambientalismo peruano e internacional y en él se hizo un pedido específico a los distinguidos panelistas: evaluar los últimos treinta años de la defensa de este ecosistema en cuanto a avances, en tono positivo, y recomendar acciones para los siguientes treinta. Fue un ejercicio muy interesante en el que se habló de todo, lo que demostró lo difícil que es para muchos ser positivos en sus enfoques, cuando hay mucho que decir sobre los logros.  Curiosamente, el futuro fue identificado como una oportunidad para defender los derechos y demandas de los pueblos indígenas y las comunidades locales (ribereños, caboclos, quilombolas, etc), y para encontrar soluciones aprovechando el avance de la tecnología, además de las oportunidades que traerá la llamada “transición energética”.  

Si bien se hicieron intervenciones acertadas y coherentes, quizás a veces no nos demos cuenta de la importancia de problemáticas más básicas para salvaguardar este ecosistema. Poniéndolo en términos menos rígidos, como los culinarios —obsesión cultural peruana—, parecemos entretenernos con los platos de acompañamiento, como la canchita o la causita; y si lo pasamos a términos futbolísticos, nos quedamos en las jugaditas y el taquito, sin ver el plato de fondo ni los goles. Aunque es notorio que son muchos los preocupados por esos temas, creo que el futuro de la Amazonia depende de afianzar los procesos democráticos y de fortalecer las instituciones ambientales. Si evaluamos los logros del pasado, creo que hemos sentado las bases de una institucionalidad importante —que incluye los gobiernos, la sociedad civil y sus organizaciones representativas—, y que hemos tenido grandes avances e importantes innovaciones en ese campo. En suma, si miramos al futuro —donde la única constante es el cambio—, debemos apuntar a lograr la resiliencia de ambos, la democracia y de los que la cuidan. Para mí, ese es el desafío.

Sin lugar a duda, no se puede menospreciar la importancia de defender los derechos de los pueblos indígenas y de su cultura. Pero recordemos que, aunque ellos sean “propietarios” del 25-30 % de la Amazonía, ellos no controlan los territorios a nivel nacional y regional. Algunas perlas: en Colombia, la Amazonía y los territorios indígenas —que son el 50 % de ella— está dominada por las antiguas guerrillas, ahora mafias, y sin presencia del gobierno, hasta el punto de que el personal de parques nacionales ha sido retirado. En Perú, el mayor incremento de la minería ilegal se ha dado en territorios indígenas. Es claro que el control de los territorios depende en su mayor parte de los estados. La población indígena representa menos del 4% de la población del territorio que habitan y, además, existe una alta tendencia de migración indígena de sus territorios hacia las ciudades. Es decir, la población indígena amazónica es una abrumadora minoría con escasa capacidad política, más allá de la reactiva. Así, tenemos un 96 % de la población que no es indígena y que elige a los Bolsonaros, a los Castillos y los “comeoros” (recordemos a ese corrupto congresista peruano asociado a las mafias de oro ilegal).  Si poco se toma en cuenta los procesos democráticos nacionales de gobernabilidad, y en particular los amazónicos, y no se enfatiza en tener instituciones capaces de defender lo logrado, de dar la luz sobre las soluciones, nos seguiremos entreteniendo con las “huachitas” o con la “canchita”.  El plato de fondo es la democracia y el resto viene como consecuencia de ella.

El pasado y el futuro en Harvard

Hace dos semanas participé en un evento organizado por la Universidad de Harvard —hoy la estrella de la resistencia ante el trumpismo—, junto a expresidentes como la chilena Bachelet (nominada a la presidencia de la ONU), Zedillo de México, Alvarado de Costa Rica, y Marina Corina Machado (líder democrática venezolana, hoy en la clandestinidad). El tema central era, precisamente, reconocer el rol de la democracia en temas sociales, económicos y ambientales. Como panelista, me hicieron las mismas preguntas que en el evento de Lima, y también me pidieron que sea positivo. Para empezar, dije lo que realmente creo: a nivel regional el vaso está medio lleno, en vez de medio vacío[1].  Aún tenemos el 82 % de la Amazonía en pie, y posiblemente el 65 % totalmente intacto. Y, en general, hemos logrado una institucionalidad (incluyendo legislación) que, aunque frágil y frecuentemente amenazada, sentó las bases de gobernabilidad territorial. También hemos desarrollado un robusto sistema de áreas protegidas a nivel regional, y una importante distribución de derechos de uso, incluyendo los territorios indígenas. Mi generación le está dejando a la siguiente material para trabajar, y eso es un logro. Mirando al futuro, resalté la importancia de enfocarnos en la resiliencia institucional para atender los problemas coyunturales, pero más para enfrentar los cambios insospechados que vendrán —militarismos, epidemias, guerras, y quién sabe qué más—, e hice un llamado al pragmatismo en nuestras propuestas. Es de resaltar, a mi parecer, la amenaza más importante que enfrentamos hoy a nivel regional: la expansión de las mafias, incluyendo la del oro, una tendencia clara sin ideología ni escrúpulos que avanza lenta pero segura, que ya ha tomado países —miren lo que pasa en Ecuador y Colombia—. Sin tener la capacidad de reacción como sociedad, estamos siendo presas de una metástasis regional. Solo en Brasil, el Primer Comando Capital —grandes en drogas y oro— tiene 40 mil militantes armados, y no son de derecha ni de izquierda. Son como el grupo Wagner ruso. En suma, necesitamos tener capacidad de análisis para enfrentar el presente y el futuro.

La paradoja climática de Blair

Hace unos días, el exlíder británico Tony Blair escribió una carta que ha removido a muchos, al punto de haber sido tildada de torpe por un sector del ambientalismo mundial[2]. En ella, Blair parece decir lo que realmente piensa ahora que ya no aspira a posiciones políticas.  Se dio el lujo de criticar el pensamiento y las tendencias actuales sobre el tema del cambio climático y de la falacia llamada “transición energética”. En lo que ha llamado “la paradoja climática”, le pide al mundo se dé cuenta de que manejamos, o estamos siendo manejados, por una narrativa fuera de la realidad que ve lo que quiere ver o no tiene la capacidad de analizar el presente. No puedo estar más de acuerdo con él.  El mundo ha cambiado y cambiará aún más. La línea de base es diferente, y requiere otro tratamiento y narrativa.  Seguimos hablando dogmáticamente y polarizando la discusión y, mientras tanto, acercándonos al abismo. El llamado de Blair a la sociedad es de get real, que revisemos serenamente el escenario y pongamos el dedo donde corresponda. Por ejemplo, según recalca, hablamos del avance de las energías renovables y la baja de la demanda por hidrocarburos, cuando en verdad ocurre totalmente lo opuesto. La disminución en las exploraciones no se da porque no se quiera usar gas o petróleo, sino porque hay demasiadas de ellas en el mercado y producir más no es negocio. Y el aumento de las renovables, si bien importante y positivo, es de una tasa de incremento mucho menor a la del consumo de las no renovables.  A nivel mundial los hidrocarburos, seguido del carbón natural, siguen siendo la principal fuente de energía, y las energías renovables están posiblemente a décadas de tomar relevancia. Que no hay duda de que debemos incrementar las energías renovables, pero que más que ser una solución climática, son más deseables por asuntos de salud u otros. A propósito, recomiendo leer The New Map de Daniel Yengin para entender el presente y futuro de los hidrocarburos.  

A la cooperación internacional debemos recordarle que, además de apoyar proyectos puntuales, la resiliencia se va a conseguir reforzando la institucionalidad y creando los espacios think tank en que podamos identificar soluciones y puntos comunes, sentados junto al sector privado, indígenas y asociaciones sociales. Discutiendo abiertamente posiciones y perspectivas, sin atacar al otro ni apuntando con el dedo creyéndonos estar por encima del bien y del mal, sin que nos importe ser cancelados en las redes.  Espacios donde comamos el plato de fondo, y metamos los goles.

[1]  https://www.drclas.harvard.edu/news/2025/05/latin-america-crossroads-climate-leadership-era-crisis

[2] https://institute.global/insights/climate-and-energy/the-climate-paradox-why-we-need-to-reset-action-on-climate-change

Enrique Ortiz. Ambientalista y ecólogo con estudios en la Universidad de San Marcos (Perú) y Princeton (EE. UU.) Tiene más de 30 años trabajando en conservación a nivel nacional e internacional, en organizaciones de la sociedad civil y en financiadoras filantrópicas.

https://jugo.pe/la-amazonia-y-una-opinion-impopular/

Una nueva vuelta de tuerca al negacionismo climático: ocultar que cuesta dinero

Raúl Rejón

La Administración Donald Trump prohíbe al Ejecutivo calcular el impacto monetizado de las emisiones de gases para no entorpecer el uso de combustibles fósiles: el desprecio del presidente de EEUU por la lucha climática ya ha provocado que multinacionales, bancos y fondos agüen sus políticas verdes

Ojos que no ven, bolsillo que no se resiente, debe pensar la administración estadounidense de Donald Trump. Tanto es así que el presidente estadounidense le ha dado una vuelta de tuerca al negacionismo climático y ha prohibido que las agencias que redactan normas o conceden autorizaciones analicen el impacto económico de las emisiones de CO2. Solo podrán hacerlo cuando esté “claramente requerido” por mandato legal.

El memorando remitido el 5 de mayo es una “guía” para aplicar la orden ejecutiva Desatando la energía estadounidense, y cuenta con el visto bueno de la Agencia de Protección del Medio Ambiente. Las directrices resumen: “Ya no es una política federal mantener una estimación uniforme de los impactos económicos monetizados de las emisiones de gases invernadero”. No se traducirá a dinero el daño que las emisiones hacen a la actividad económica o lo que cuesta atender a los afectados por las olas de calor, inundaciones o polución exacerbadas por la inyección masiva de gases a la atmósfera.

Solo en 2024, el país más perjudicado económicamente por los episodios meteorológicos extremos, como los huracanes Milton y Helena, fue, precisamente EEUU, con unos 60.000 millones de dólares, según el cálculo anual de la organización Christian Aid.

“Las ocasiones en las que las agencias [reguladoras] tendrán que analizar el coste económico de las emisiones de gases de efecto invernadero serán pocas o ninguna”, vaticina el documento. El objetivo declarado es “eliminar cualquier barrera (…) que restringa la capacidad de los EEUU de maximizar los beneficios de nuestros abundantes recursos materiales”. Es decir, del petróleo, el gas o el carbón, los tres combustibles fósiles que inyectan CO2 a la atmósfera al quemarse para obtener energía. EEUU es el mayor emisor histórico de CO2 –y segundo en la actualidad– .

Si esas agencias no pueden escaparse de una obligación legal ya establecida, “deberán limitar sus análisis al mínimo exigible para cumplir ese requerimiento legal”.

¿Marcará tendencia?

Tras esta reciente decisión, queda comprobar si la nueva vuelta de tuerca desde EEUU marca una tendencia –el desprecio de Donald Trump por la lucha climática ya ha arrastrado a diversas multinacionales, bancos y fondos para alinearse con sus postulados–.

Las consecuencias económicas de las emisiones de CO2 –que en última instancia derivan en el cambio climático–, “son la mayor amenaza a largo plazo para el crecimiento y la prosperidad además de tener un impacto directo en el bienestar económico de todos los países”. La frase encabeza el análisis sobre la crisis del clima de una institución como el Fondo Monetario Internacional.

Su última revisión de 2024 afirma que “es necesario un urgente recorte en las emisiones de gases de efecto invernadero”. El título del trabajo da pistas y se llama: ¿Caminando sonámbulos hacia el borde del precipicio?

¿En qué se basa la administración Trump? Echa mano de lo que llama “incertidumbres demasiado grandes” a la hora de “cuantificar los impactos monetizados [calculados en cantidades de dinero]”. Incluso pone en duda “si ,y hasta qué punto, cualquier supuesto cambio en el clima está ocurriendo realmente como consecuencia de las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por los humanos”.

Evidencia acumulada de décadas

El daño económico que generan las emisiones de gases y el cambio climático tiene más dos décadas de acumulación de evidencia. El economista Nicholas Stern publicó ya en 2006 su Revisiónacerca de la economía del cambio climático: la inacción podría llevar a una recesión global. Con todo, el memorando firmado en 2025 por la Casa Blanca despliega todo el arsenal negacionista o, al menos, retardista o tecnoptimista a su alcance que sirve de argumentario.

En este sentido, la guía hace referencia a la “incertidumbre para evaluar la relación entre cambios en el clima provocados por los humanos e impactos económicos”; dudas sobre “cómo proyectar el crecimiento económico de los países en el mundo”, sobre “cómo predecir el crecimiento de la población mundial”, y sobre “cómo tener en cuenta los avances tecnológicos que puedan mitigar las emisiones o facilitar la adaptación de los humanos”.

Las instituciones que vienen poniendo cifras y estudios encima de la mesa sobre la relación entre impactos climáticos y daños económicos son múltiples. El Banco Mundial considera que la crisis del clima empujará a 100 millones de personas a la pobreza en 2030. También ha advertido de que la alteración climática –que supone impactos en la meteorología– “reduce la producción agropecuaria”. Y de igual manera, “perturba las cadenas de distribución y suministro” de las que depende el comercio.

Otra organización como la Cámara de Comercio Internacional publicó en noviembre pasado que los eventos meteorológicos extremos relacionados con el cambio climático entre 2014 y 2023 habían costado 2 billones de dólares.

Estos impactos económicos “abarcan pérdidas financieras, disrupciones en las infraestructuras esenciales y consecuencias humanas a largo plazo. La interconexión hace que los daños iniciales a activos físicos e infraestructuras deriven en daños a la productividad, desplazamientos de poblaciones y presión sobre los recursos públicos”. Este proceso “subraya la carga significativa sobre las economías”.

España en el epicentro

España está en el epicentro europeo de las pérdidas económicas por fenómenos climáticos como sequías, lluvias torrenciales u olas de calor (en muchos casos empeorados por el efecto invernadero que generan los gases emitidos a la atmósfera). El Banco de España ha analizado que “la actividad económica de España sufriría caídas sustanciales” si los riesgos climáticos se materializan. El análisis, firmado por Pablo Hernández de Cos cuando estaba al frente de la institución, dice que “en un año de sequía o una ola de calor severa se produciría una ralentización notable del crecimiento económico y un aumento de la inflación”.

Solo en los dos últimos años, la sequía de 2023 y la DANA de octubre de 2024 han aparecido en la lista de los diez fenómenos atmosféricos extremos más costosos en el mundo.

El trabajo del Banco de España concluye que “el análisis económico disponible muestra los elevados costes económicos que supondría no ajustar a nivel global la senda actual de emisiones de gases” y que “el retraso en la acción aumenta tanto los costes físicos como de transición del proceso”.

https://www.eldiario.es/sociedad/nueva-vuelta-tuerca-negacionismo-climatico-ocultar-cuesta-dinero_1_12299443.html

25 de mayo de 2025

Por qué el ecologismo sigue perdiendo

Harrison Stetler

El descontento con los partidos verdes establecidos y las ONG ecologistas alimentó el auge de formas de activismo más conflictivas. Pero la tarea no puede limitarse al campo ideológico sino que debe movilizar a millones de personas en defensa de sus propios intereses.

En 2024, las temperaturas medias de la superficie terrestre eran 1,55 grados centígrados más altas que los niveles preindustriales, el último de una serie de tristes récords en la última década. El aumento supuso una ruptura simbólica del techo del mejor escenario posible para el calentamiento global establecido en el acuerdo climático de París de 2015, que pretendía no superar un aumento de 1,5 grados. Este objetivo aún no se ha abandonado del todo: el calentamiento se mide a lo largo de varios años de datos. Sin embargo, la tendencia es clara, y se está haciendo poco para cumplir las promesas colectivas hechas hace diez años. De hecho, las temperaturas medias tanto para 2023 como para 2024 superaron los 1,5 grados de calentamiento, según el Servicio Europeo de Cambio Climático Copernicus.

Mientras tanto, la gobernanza medioambiental mundial se tambalea, con Estados Unidos redoblando su apuesta por el petronacionalismo y Donald Trump retirando de nuevo a la mayor economía del mundo de los Acuerdos de París. Frente a su propia extrema derecha insurgente, las iniciativas de política verde de la Unión Europea también podrían quedar pronto vacías, ya uaje que apuntaba a una eventual eliminación gradual de los combustibles fósiles, dejando de lado el llamado «Consenso de los Emiratos Árabes Unidos» aprobado en la COP de 2023 en Dubái.

Siempre hubo motivos para sospechar de un ecologismo dirigido por el jet-set y plasmado en que los líderes de la UE están retrocediendo en sus objetivos respecto de los vehículos eléctricos para la industria automovilística del bloque y otros controles medioambientales.

La última cumbre de la COP en Bakú, Azerbaiyán, fue un escaparate de ambiciones fulminantes, y también ilustró hasta qué punto los intereses corporativos capturaron la formulación de las políticas ambientales. Al ver solo un ligero aumento en las transferencias financieras prometidas por las naciones más ricas a las economías del Sur Global, el texto final del cónclave incluso abandonó el lengresoluciones no vinculantes. Lo que resulta más sorprendente es el retroceso del movimiento ecologista en las calles. Fridays for Future [Viernes por el futuro] y otras movilizaciones masivas que tuvieron su apogeo en torno a 2019, tras la pandemia de COVID-19 no lograron recuperar su dinamismo. En Estados Unidos, el entusiasmo de la izquierda por un Nuevo Pacto Verde fue absorbido y contenido por las iniciativas menos ambiciosas de reactivación y por los créditos fiscales que se convirtieron en ley bajo la administración de Joe Biden. En la segunda mitad de su presidencia, incluso se pudo ver a Biden instando a las empresas de petróleo y gas a aumentar la producción.

¿Se adormeció la atención pública? ¿El sentimiento de crisis ante los efectos devastadores del cambio climático alimenta la pasividad o incluso la prisa por preservar privilegios pasados, en lugar de la movilización?

Ilusiones perdidas

En su nuevo y oportuno libro, el activista climático francés Clément Sénéchal sostiene que el propio movimiento ecologista también tiene parte de culpa. Pourquoi l’écologie perd toujours (Por qué el ecologismo siempre pierde) es un estudio del creciente pesimismo entre los ecologistas, como cabría esperar de alguien que dedicó los primeros años de su vida adulta a la causa. El libro muestra cómo Sénéchal, un antiguo activista de Greenpeace Francia, perdió la fe en la ONG multinacional y, más en general, en el tipo de política medioambiental que impulsan estos grupos. «Al acercarme a la mediana edad, mi generación se encuentra en un mundo natural ontológicamente degradado, en una realidad negativa», escribe Sénéchal en la introducción. «Todavía tenemos nuestras vidas por delante, pero parece que solo se desarrollarán en un continuo de callejones sin salida».

Para el autor, el pecado original de la ecología política radica en su incapacidad para establecerse como un movimiento de masas duradero, retomando el testigo de luchas de base amplia como el movimiento obrero, el feminismo y el antirracismo. A pesar de las advertencias siempre presentes sobre el cambio climático, la política y las medidas medioambientales siguen siendo coto privado de los habitantes urbanos cultos y refinados, de la «nueva clase ecológica», como el difunto filósofo Bruno Latour la definió de manera celebratoria en un reciente folleto. Las preocupaciones y el sentido de urgencia de este grupo demográfico son, sin duda, sinceros. Pero su dominio sobre las principales organizaciones del movimiento —desde ONG tradicionales como Greenpeace, Oxfam y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) hasta los tibios partidos verdes de Europa occidental— fue políticamente catastrófico. Desde la década de 1970, cuando ese ecosistema organizativo tomó forma por primera vez, el ecologismo se desvió de lo que Sénéchal considera como su hogar natural: una política de clase trabajadora que incorpore la defensa del medio ambiente a la crítica del capitalismo.

Sénéchal dedica gran parte de su atención a los fracasos del ecologismo en la propia Francia, ofreciendo una útil visión general de los principales puntos de conflicto y los callejones sin salida durante los años de Emmanuel Macron. Desde su elección en 2017, el presidente francés trató de proyectarse como un embajador medioambiental global. Pero los resultados reales fueron mínimos, y el presidente complació a los consejos de administración de las empresas y a los más ricos al limitar su enfoque a la defensa de la acción individual de los consumidores, lo que él llama «voluntarismo» medioambiental.

Legislaciones aparentemente ambiciosas como la Ley de Clima y Resiliencia de 2021 fueron un espejismo de política medioambiental. El proyecto de ley distintivo de Macron ofrecía una traducción política rudimentaria de las útiles sugerencias propuestas por la Convención Ciudadana sobre el Clima, el órgano consultivo de 150 miembros, seleccionados al azar entre el público francés, que se creó a raíz de las protestas de los chalecos amarillos. Tras mucha charla en 2020 sobre el «mundo después» de la pandemia de COVID-19, el gobierno de Francia desempolvó un título elegante, el de «alto comisionado de planificación». Pero desde entonces, hubo pocos planes para una transición ecológica material.

Al inicio indulgentes con Macron, las principales organizaciones medioambientales de Francia, sostiene Sénéchal, no pudieron aprovechar plenamente el aplazamiento de una política climática seria por parte del presidente. Aunque el partido verde de Francia, conocido como Les Écologistes, tuvo cierto éxito en las elecciones municipales y europeas —contiendas de baja participación claramente orientadas hacia su base más de clase media—, no logró consolidarse como el centro de gravedad de la izquierda.

Este partido sirve más a menudo como vía de escape para los votantes que no pueden decidirse entre el centrista Partido Socialista y la organización de izquierda Francia Insumisa. Llevo siete años viviendo en París, y los únicos miembros de Les Écologistes que conozco son un funcionario del Ministerio de Hacienda y un puñado de juristas para ONG. Puede que esa sea la «nueva clase ecologista», pero no es la mayoría dominante del mañana.

Para Sénéchal, el ecologismo oficial no puede ir más allá de su indecisa vacilación entre dos polos: un ala moderada en busca de una «ecología de gobierno» que pueda atraer al centro político y un ala izquierda a favor de una «ruptura» antineoliberal y de construir lazos con la izquierda más amplia, como el pacto alcanzado el verano pasado bajo el Nuevo Frente Popular.

El ecologismo como espectáculo

De particular interés es el tratamiento que hace Sénéchal del pasado y el presente de Greenpeace. Muy visiblemente en desacuerdo con su antiguo empleador, el autor toma a Greenpeace como representante de la decadencia del ecologismo oficial. Evitando una crítica coherente de la crisis medioambiental, según el autor, organizaciones como Greenpeace se dedican sobre todo a impulsar manifestaciones agitprop y sesiones fotográficas más orientadas a satisfacer egos activistas que a avanzar en objetivos estratégicos.

Estas contradicciones eran evidentes desde la década de 1970. Greenpeace tomó forma como una idea original de un grupo de yuppies de Canadá y el noroeste del Pacífico de EE.UU. que se oponían a una nueva ronda de pruebas de armas nucleares en Alaska, impulsada por la administración de Richard Nixon. A pesar de la tradición en torno al viaje del Phyllis Cormack que partió de Vancouver en 1971 para interrumpir esas pruebas —el precursor de la flota contemporánea de Greenpeace de embarcaciones de protección oceánica—, esa misión fue un rotundo fracaso. La prueba nuclear en la isla Amchitka se llevó a cabo con cierto retraso. Los activistas que habían planeado navegar hacia aguas cercanas al lugar de la prueba dieron la vuelta antes de completar su misión. Sin embargo, ese grupo original destacó en una cosa: la autopromoción, desarrollando la imagen de una banda de osados activistas, de una minoría feliz que se jugaba para enfrentar al mal puro.

Lo que grupos como Greenpeace ofrecen en última instancia, según Sénéchal, es un «ecologismo como espectáculo». Esta crítica ocupa un lugar destacado en su libro, y acusa al activismo medioambiental de seguir obsesionado indebidamente con ejercicios de concienciación que eluden la necesidad de afrontar la base material de la crisis medioambiental. Su narración de las campañas y las iniciativas de organización de Greenpeace es a menudo incluso divertida, ya sea por la energía que se gasta en capturar imágenes y filmaciones atractivas o por lo que él llama el «escenario de Disneylandia» de la organización climática en «acontecimientos» pseudopolíticos.

Esto es sintomático de una crisis más profunda de eficacia política. Sénéchal pone en la picota al entorno de las ONG ecologistas por aceptar la subordinación a los actores corporativos y estatales e invertir en un diálogo de formulación de políticas en el que pocas veces se obtienen beneficios tangibles, incluso beneficiando a sus adversarios que se ven legitimados por la impresión de negociaciones sinceras y productivas. Sénéchal lo vio de primera mano en su trabajo en la campaña legislativa de Greenpeace. «Una vez pensé sinceramente que era útil. Pero en realidad lo único que construí fue una carrera respetable entre el personal profesional de la escena medioambiental», escribe.

En su trabajo de lobby en el «vientre oscuro del espectáculo», Sénéchal se encontró desempeñando un «papel de malabarista diseñado para mantener a la ONG en manos de las élites gobernantes. ¿Nunca fui más que un orador contratado? A nivel táctico, estos contactos regulares con el establishment son contraproducentes; los activistas se ponen en manos de actores que en realidad solo buscan preparar su eventual respuesta; obteniendo a cambio fragmentos de información no verificable que nos permiten brillar en la oficina, en las discusiones con la prensa o en las cenas. Y, lo que es peor, estos intercambios acaban conduciendo a nuestra propia domesticación».

¿Revueltas de la Tierra?

Sénéchal es menos convincente en sus sugerencias sobre lo que hay que hacer a partir de ahora. Tiene mucha razón al diagnosticar el fracaso a partir de la década de 1970, en vincular los movimientos de la clase trabajadora con el ecologismo y en señalar esa desconexión que persigue a la política climática hasta el día de hoy. Ese fracaso inicial es especialmente sorprendente dada la amplia atención que ganó el movimiento de desarme nuclear, sobre todo en Europa occidental, especialmente en medio de la llamada «segunda Guerra Fría» de finales de los setenta y los ochenta.

Sin embargo, Sénéchal no encuentra la manera de salvar la brecha hoy en día. Parece más interesado en los diversos grupos de acción directa que surgieron del vacío dejado por el fracaso del ecologismo convencional. Ve prometedor el radicalismo de movimientos más nuevos, como la organización francesa Revoltes de la Terre, conocida por su participación en una serie de ocupaciones y marchas contra proyectos de embalses ideados en interés de la gran agricultura y otros proyectos de infraestructuras innecesarias, sobre todo en zonas rurales. La confrontación directa con el aparato material y productivo que impulsa la crisis climática llevó a Sénéchal a pisar un terreno similar al de pensadores como Andreas Malm, autor del libro How to Blow Up a Pipeline (Cómo volar una gasoducto), publicado en 2021.

Todo eso está muy bien, y es una opción muy necesaria en el libro de jugadas, se podría decir. Y tal vez esté siendo pesimista, pero creo que hay muchas ilusiones que impulsan afirmaciones como la siguiente: «Poco a poco, estamos viendo cómo el ecologismo de la confrontación prevalece sobre el ecologismo del consenso, a medida que los viejos aparatos de las ONG caen en declive. Lo que está ocurriendo es una batalla cultural por la hegemonía dentro de la política medioambiental».

Esta batalla se está librando, sin duda. Sin embargo, sigo temiendo que sea una lucha por el control de un mundo bastante pequeño. Ese es el verdadero problema. Quizá las ocupaciones y la confrontación física resulten ser una estrategia eficaz y galvanizadora a largo plazo, que conduzca a la aparición de lo que la autora francesa Corinne Morel Darleux llama un «archipiélago» de resistencia. Pero otra lectura sugiere que las sacudidas al aparato productivo tienden a reforzar la identificación de las fuerzas comprometidas con aquello mismo que está siendo atacado, incluyendo amplios sectores de la clase trabajadora y la clase media baja.

Curiosamente, Sénéchal dedica solo unas pocas páginas a los chalecos amarillos, posiblemente el capítulo político más importante de la crisis medioambiental durante los años de Macron. ¿Se debe a que los chalecos amarillos también plantean cuestiones complicadas? El movimiento de los chalecos amarillos de 2018-19 fue provocado por la flagrante injusticia de una subida del impuesto sobre la gasolina diseñada para maquillar de verde el intento oficial de tapar un agujero en los ingresos del Estado. Sénéchal tiene razón al recordar el rechazo inicial del movimiento por parte de las principales organizaciones medioambientales. Y que algunas partes del movimiento vincularon las cuestiones del costo de la vida —lo que los franceses suelen llamar las ansiedades de «fin de mes»— con el problema del inminente «fin del mundo».

Pero las cosas podrían haber sido muy diferentes en el invierno de 2018-19. La revuelta de los chalecos amarillos fue un recordatorio de que las reducciones forzadas en el consumo de energía son quizás la presión más políticamente explosiva de nuestro tiempo. Cualquier paso en falso puede avivar las llamas del resentimiento antiecológico. Hay pocas respuestas sencillas. En este sentido, resulta revelador que Sénéchal tenga poco que decir sobre las sucias políticas de la energía nuclear. Podría decirse que este es un punto ciego del ala izquierda del movimiento ecologista francés, cuyo rechazo generalizado a la energía nuclear dejó la cuestión en manos de las fuerzas de la derecha.

Es comprensible que Sénéchal, un activista de corazón, dedique gran parte de su libro a estrategias y tácticas. Pero para entender el fracaso del ecologismo es necesario tener una mayor conciencia de los obstáculos. El ecologismo tiene derecho a ser el movimiento democrático de masas del siglo XXI. Pero para ello, tendrá que desenredar un muy apretado nudo gordiano de suposiciones. Durante al menos dos siglos, las aspiraciones democráticas estuvieron inextricablemente ligadas a la dominación material de la humanidad sobre su entorno natural. Desaprender esa conexión no es una tarea política fácil.

Harrison Stetler​. Profesor y periodista independiente radicado en París.

Traducción: Pedro Perucca

Fuente: https://jacobinlat.com/2025/03/por-que-el-ecologismo-sigue-perdiendo/

16 de diciembre de 2024

Se necesitan 1.000 millones diarios para combatir la desertificación y la sequía hasta final de esta década

Ecología social

Un informe de la ONU publicado en el marco de la COP16 sobre desertificación ve necesario invertir 2,6 billones de dólares de aquí a 2030 para restaurar más de 1.000 millones de hectáreas de tierras degradadas y aumentar la resiliencia a la sequía.

Sería necesario invertir 2,6 billones de dólares de aquí a 2030 para restaurar más de 1.000 millones de hectáreas de tierras degradadas y aumentar la resiliencia a la sequía. Esto se traduce en que se necesitan 1.000 millones de dólares diarios, según el último informe de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), publicado en el marco de la COP16 sobre desertificación que se celebra actualmente en Riad (Arabia Saudí).

Esa cifra (2,6 billones de dólares) equivale a lo que el mundo despilfarra cada año en subvenciones medioambientales perjudiciales, según otro reciente informe elaborado por Earthtrack. Desde el organismo de la ONU recuerdan que invertir en la restauración de tierras mejorará servicios ecosistémicos como el secuestro de carbono, la conservación de la biodiversidad y la gestión del agua, desempeñando un papel crucial en la mitigación del cambio climático.

«Para proteger vidas y medios de subsistencia, debemos aumentar significativamente las inversiones en restauración de tierras. Los beneficios, tanto económicos como sociales, son innegables. Cada dólar invertido en tierras sanas es un dólar invertido en biodiversidad, clima y seguridad alimentaria. La buena noticia es que el mundo podría ahorrar miles de millones al año y ganar billones más restaurando la salud de las tierras y aumentando la resiliencia a la sequía», señala Ibrahim Thiaw, secretario ejecutivo de la CNULD.

Hasta el 40% de las tierras del mundo están degradadas, lo que afecta a más de 3.200 millones de personas, y los costes más elevados recaen sobre quienes menos pueden permitírselo: las comunidades indígenas, los hogares rurales, los pequeños agricultores y, especialmente, los jóvenes y las mujeres, según el informe titulado Invertir en el futuro de la tierra: evaluación de las necesidades financieras para la CNULD.

La situación se ve agravada por el fuerte aumento de las sequías (un 29% desde 2000) y las previsiones indican que en 2050 tres de cada cuatro personas en todo el mundo podrían verse afectadas.

Sin embargo, a pesar de esta crisis creciente, las inversiones necesarias para alcanzar los objetivos mundiales de recuperación de tierras y resiliencia ante la sequía se quedan cortas. Acorde al documento presentado este martes, las inversiones mundiales para combatir la desertificación y la degradación de la tierra aumentaron de 37.000 millones de dólares en 2016 a 66.000 millones en 2022. Sin embargo, se necesitan 355.000 millones de dólares anuales entre 2025 y 2030 para colmar el déficit de financiación, lo que se traduce en un déficit de 278.000 millones de dólares.

Actualmente, la desertificación, la degradación del suelo y la sequía cuestan a la economía mundial 878.000 millones de dólares al año, mucho más que las inversiones necesarias para hacer frente a estos problemas. Estos costes incluyen la reducción de la productividad agrícola y de los servicios ecosistémicos, los costes sociales de las pérdidas de carbono y los daños causados por la sequía. En este sentido, el informe recuerda que invertir en la restauración genera unos beneficios anuales estimados en 1,8 billones de dólares. Por cada dólar invertido, hay un retorno de hasta 8 dólares en beneficios sociales, medioambientales y económicos. Ello incluye la mejora de la productividad agrícola, el aumento de la resiliencia a la sequía y al clima, y la mejora de los servicios ecosistémicos.

Desde la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD) lamentan que el sector privado sólo aporta el 6% de la financiación necesaria para la restauración de tierras y la resiliencia a la sequía. Así, señalan que desbloquear la inversión privada podría acelerar la restauración de la tierra, creando oportunidades económicas y beneficios medioambientales, especialmente en las regiones más afectadas.

El informe pone énfasis en la situación de África, quien se enfrenta al mayor déficit de financiación. Estiman que se necesita 191.000 millones de dólares anuales para restaurar 600 millones de hectáreas de tierras degradadas. «Esta cifra refleja no sólo los importantes retos a los que se enfrenta, sino también los objetivos del continente en materia de restauración de tierras, que son los más ambiciosos del mundo. La pérdida de más de 100 campos de fútbol de tierra sana cada minuto amenaza los medios de subsistencia, la seguridad alimentaria e hídrica y la salud pública, y puede perturbar las economías regionales y el comercio mundial», apunta el documento del organismo de Naciones Unidas.

«Alcanzar los objetivos mundiales de restauración para 2030 exige una colaboración sin precedentes entre los gobiernos, el sector privado y las organizaciones internacionales. Ante las crecientes amenazas del cambio climático y la degradación de la tierra, es esencial aumentar las inversiones, no solo para cumplir los objetivos, sino también para asegurar el futuro del planeta y mejorar el bienestar de miles de millones de personas en todo el mundo», lamenta Louise Baker, directora gerente del Mecanismo Mundial de la CNULD

Fuente: https://climatica.coop/1-000-millones-diarios-desertificacion-sequia-2030/

9 de diciembre de 2024

¿Por qué hemos llegado a la pavorosa situación actual?

Leonardo Boff

Es un lugar común afirmar que estamos en el corazón de una gran crisis de civilización. No es una crisis regional sino global. A decir verdad, ella encierra una infinidad de otras crisis, en lo económico, en lo político, en lo ideológico, en lo educacional, en lo religioso y hasta en lo espiritual. No sabemos qué nos espera. Tenemos mayor conciencia cada vez de que el mundo así como está no puede continuar. El camino actual nos está llevando al borde de un precipicio. Tenemos que cambiar. Se atribuye a Einstein esta frase: “el pensamiento que creó la crisis actual no puede ser el mismo que nos saque de ella”. Tenemos que definir un nuevo camino. ¿Cómo construirlo para que sea realmente otro tipo de mundo?

El hecho innegable es que hay demasiado caos destructivo sin previsión de que vaya a ser generativo. Hay formas de inhumanidad que superan todo lo que hemos vivido y sufrido en la historia. Basta presenciar al genocidio que ocurre a cielo abierto en la Franja de Gaza perpetrado por un primer ministro israelí, cruel y sin piedad, apoyado por un presidente estadounidense católico y por la Comunidad Europea que traiciona sus ideales históricos de derechos humanos, de libertad y de democracia. Todos estos se hacen cómplices del atroz crimen contra la humanidad. Sin olvidar la ola de odio, la negación de la ciencia y de la verdad. Prevalece la ignorancia y el lenguaje grosero y ofensivo. Este antifenómeno se da principalmente en Occidente.

El solo hecho de que el 1% posea la riqueza de más de la mitad de la humanidad, demuestra cuan perverso, profundamente desigual e injusto es el escenario social mundial. Todavía hay que añadir la emergencia ecológica con la insostenibilidad del planeta Tierra, viejo y con recursos limitados que, en sí, no soporta un crecimiento ilimitado, obsesión de las políticas sociales de los países. Ese proceso la extenuó, debido a la superexplotación de los biomas terrestres y está poniendo en peligro las bases naturales que sustentan la vida (Earth Overshoot). La continuidad de la aventura humana en este planeta no está asegurada. Bien escribió el Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2020): “Estamos todos en el mismo barco; o nos salvamos todos o no se salva nadie”. Todo esto viene resumido por el calentamiento global creciente, inaugurando, por lo que parece, una nueva fase más caliente y peligrosa de la historia de la Tierra y de la humanidad.

¿Por qué hemos llegado a la amenazante situación actual que puede poner en peligro el futuro de la vida humana y de la naturaleza?

Hay varias interpretaciones de esta funesta situación de la actualidad. No tengo la pretensión de tener una respuesta suficiente. Pero levanto una hipótesis, fruto de toda una vida de estudio y de reflexión. Estimo que nuestra situación se remonta muy atrás, a hace dos millones de años, cuando el homo habilis, el ser humano que inventó instrumentos de intervención en los ciclos de la naturaleza. Hasta entonces su relación con ella era de interacción, sintonizándose con los ritmos naturales y tomando lo que su mano alcanzaba. Ahora, con el homo habilis o faber comienza la intervención en la naturaleza: la caza de animales y el derribo de vegetación para un cultivo rudimentario. Después de miles de años, la intervención siguió adelante hasta llegar hace 10-12 mil años, en el neolítico, a la agresión de la naturaleza. Interfirió en el curso de los ríos, inaugurando la agricultura de irrigación y el manejo de regiones enteras, que implicaba cambios en las relaciones con la naturaleza, depredándola ya. Finalmente, la era del industrialismo y el modo moderno y contempoáneo de producción por la técnica, por la automatización, por la robótica y por la inteligencia artificial han llevado a un proceso de destrucción de la naturaleza. Proyectamos una nueva era geológica, la del antropoceno y sus derivados, el necroceno y el piroceno. Ahí el ser humano aparece como el Satán de la Tierra. Ha transformado el jardín del Edén en un matadero, como denunció el biólogo E.Wilson. No se ha comportado como el ángel cuidador de todo lo creado.

Ese proceso histórico-social ganó su justificación teórica con los padres fundadores de la modernidad Galileo Galilei, Descartes, Newton, Francis Bacon y otros. Para ellos, el ser humano es “dueño y señor” de la naturaleza. No se sentía parte de ella, estaba fuera y por encima de ella. La Tierra, considerada hasta entonces como Magna Mater que nos da todo, pasó a ser considerada como una cosa inerte (res extensa), sin propósito, a lo máximo, un baúl de recursos entregados al uso y disfrute del ser humano. El eje orientador de este modo de ver el mundo es la voluntad de poder, como dominación del otro, de los pueblos, de sus tierras (colonización), de la clase obrera, de la naturaleza, de la vida hasta el más mínimo gen, de la materia hasta el pequeñísimo topquark. La ciencia fue creada al servicio de la dominación, no solo como el justo conocimiento teórico de cómo se estructuran las cosas, sino como instrumento de dominación y de nuevos inventos. Pronto fue apropiada por la voluntad de poder, convirtiéndola en una operación técnica para la transformación del mundo circundante. Con ella se llevó a cabo una verdadera guerra contra la Tierra, sin posibilidad de vencerla, arrancando de ella todo en función del sueño de un crecimiento ilimitado de bienes materiales. Se atacó a la Tierra en todos los niveles, lo que tuvo como consecuencia la devastación de prácticamente los principales biomas, sin medir los efectos colaterales. Es el imperio de la razón instrumental-analítica y tecnocrática. No podemos dejar de apreciar los inmensos beneficios que ha traido para la vida humana. Pero el mismo tiempo ha creado el principio de autodestrucción con armas letales que pueden liquidar toda la vida. La razón se ha vuelto irracional y enloquecida.

Hoy hemos llegado al punto-límite, la Tierra se muestra gravemente enferma. Como es un Super-Organismo vivo, Gaia, reacciona mandándonos eventos extremos: sequías severas y nevadas rigurosas, una vasta gama de virus y bacterias, algunas letales, además de huracanes, tornados, riadas y terremotos. No es que vayamos hacia el calentamiento global. Estamos ya dentro de él. La ciencia ha llegado con retraso, solo puede alertar sobre la llegada de desastres y aminorar sus efectos dañinos. Efectivamente, este cambio climático amenaza peligrosamente la vida de niños y de las personas mayores y pone en grave peligro el futuro del sistema-vida.

 Hay que añadir un dato nada despreciable. El despotismo de la razón –el racionalismo– ha acentuado lo que hay de más humano en nosotros: nuestra capacidad de sentir, de amar, de cuidar, de vivir la dimensión de los valores como la amistad, la empatía, la compasión, en fin, el mundo de las excelencias. Todo esto era visto como obstáculo para la mirada objetiva de las ciencias. Se separó la mente y el corazón, la razón intelectual y la razón sensible. Tal ruptura ha producido una profunda distorsión de los comportamientos, ocasionando insensibilidad ante el drama de los millones y millones de pobres y miserables y la falta de cuidado de la naturaleza y sus “bondades”, como dicen los pueblos andinos.

Si quisiéramos resumir en una pequeña fórmula la crisis civilizacional diría: ella perdió la justa medida, valor presente en todas las tradiciones éticas de la humanidad. Todo es des-medido, el asalto a la naturaleza, el uso de la violencia en las relaciones personales y sociales, las guerras sin medida alguna de contención, el predominio des-medido de la competición al precio de la cooperación, el consumo des-medido al lado del hambre atroz de millones de personas, sin el menor sentido de solidaridad y de humanidad.

De seguir este proyecto de civilización, calcado sobre el poder-dominación y sobre la razón instrumental y sin corazón, hoy mundializado, iremos fatalmente al encuentro de una tragedia ecológico-social capaz de hacer el planeta Tierra inhabitable para nosotros y para los organismos vivos. Sería nuestro fin después de millones de años sobre este bello y riente planeta. No supimos cuidarlo para ser la Casa Común de todos los humanos, con la naturaleza incluida.

Pero como el proceso de la génesis del cosmos y de la Tierra no es lineal, sino que da saltos hacia arriba y hacia delante, puede ocurrir lo inesperado. Ante un gran impacto o catástrofe puede hacerse viable una transformación fundamental. Llevaría a cambiar la conciencia colectiva de la humanidad. Como dijo el poeta alemán Hölderin (+1843): “Donde habita el peligro, crece también lo que lo salva”. Ese salvamento significaría el cambio necesario de paradigma civilizatorio, garantizando así nuestro futuro. Eso podría ser la utopía posible y viable para la situación actual. ¡Ojalá!

Leonardo Boff. Ha escrito La búsqueda de la justa medida (2 vol), Vozes 2002/3; Cuidar de la Casa Común: pistas para evitar el fin del mundo, Vozes 2023.

Traducción de María José Gavito

Fuente: https://leonardoboff.org/2024/11/21/por-que-hemos-llegado-a-la-pavorosa-situacion-actual/

25 de noviembre de 2024

«No puedes pegar un tiro al cambio climático»

Richard Seymour   (Entrevista de Maya Goodfellow)

En su último libro, «Disaster Nationalism» [Nacionalismo Desastre], el pensador marxista Richard Seymour explora cómo los movimientos extremistas de todo el mundo tratan de echar la culpa de catástrofes reales a enemigos ficticios.

Al igual que muchas otras personas, Richard Seymour, 47 años, trataba de dejar de lado tácitamente la crisis climática y salir adelante en la vida. Siendo un prolífico pensador marxista, esto significaba escribir afanosamente sobre una serie de cuestiones: la guerra de Iraq, el neoliberalismo, la lucha de clases. La crisis climática podía esperar hasta después de la revolución. Aparte de esto, carecía de conocimientos suficientes o de la capacidad emocional necesaria.

Esto cambió en 2015. El día de Navidad, paseando por un parque, no pudo dejar de advertir el calor que hacía. Se puso a pensar no solo en todo lo que ya se había perdido, sino también en lo que supone el calentamiento global para las pérdidas futuras. “Se me derrumbó una especie de defensa”, dice, “y experimenté un primer resabio de aflicción climática.”

Seymour se crió en una pequeña ciudad del Irlanda del Norte rodeada de campos de cultivo, ríos y bosques, pero durante años estuvo haciendo gala de lo que llama una actitud hiper urbana: el movimiento obrero floreció históricamente en Nueva York y París, de manera que él y su posición política encajaban mejor en este tipo de entornos. Pero aquel día de invierno recordó que se había “criado en plena naturaleza y mantenía un vínculo emocional con ella”, desde los Montes de Mourne hasta la Calzada del Gigante. “Me dolió que a pesar de que las cosas sigan su curso de alguna manera, nada parecido volverá a existir alguna vez, se acabó… Y las cosas de que disfruto ahora, sabes, esas cosas también van a desaparecer”.

Seymour se puso a leer todo lo que pudo, desde oceanografía hasta la teoría de la evolución. Sin duda, ahora es uno de los pensadores más destacados del Reino Unido sobre el colapso climático y la pérdida de la naturaleza. En su sitio web (Patreon) habitual y en sus podcast, Seymour –que es todo un experto en materias científicas y humanistas– ata los cabos entre el colapso ambiental, el ascenso de la extrema derecha y el papel que desempeñan nuestros deseos en un mundo que se desmorona apenas sin esfuerzo, al tiempo que no se desdice de sus raíces marxistas. Como dice el profesor sueco Andread Malm en la cubierta del nuevo libro de Seymour, Disaster Nationalism: The Downfall of Liberal Civilization, “¿A qué pensador traerías a una Tierra en llamas? No querrías dejar a Richard Seymour en casa”.

Una de las cosas que más interesan a Seymour son nuestras respuestas emocionales al mundo que nos rodea. Cuando nos reunimos en la Biblioteca Británica para hablar de su último libro, es un tema al que volvíamos una y otra vez.

Comparando los éxitos de la extrema derecha en India, Brasil y EE UU (entre otros), Seymour afirma que la mayoría de explicaciones de su ascenso son insuficientes. Lo que estamos viendo es “demasiado coherente en el tiempo y demasiado global para explicarse por factores locales como la réplica de la menguante supremacía blanca o las granjas de trollsrusas, o la gente malvada que propaga desinformación”, escribe.

Estos movimientos tampoco muestran los rasgos propios del fascismo histórico. “Su objetivo inmediato no es el derrocamiento de la democracia electoral”, observa Seymour, sino “una ruptura constitucional para romper con todos los imperativos humanos y woke en el ejercicio del poder”. Mientras se descompone el viejo establishment, la extrema derecha conjura imágenes apocalípticas –el gran reemplazo, la islamización, el comunismo a la china– para animar a los potenciales seguidores. Todavía no se trata de una forma particular de fascismo, sino más bien de lo que Seymour califica de “nacionalismo desastre”.

Como análisis de la extrema derecha mundial, Disaster Nationalism no trata estrictamente la crisis climática, pero ambos fenómenos están interconectados. Mientras las fantasías cargadas de catástrofes capturan las imaginaciones, la crisis ambiental está al acecho.

Seymour quiere responder a la pregunta: ¿por qué resulta tan atractivo, tan excitante imaginar el colapso, cuando vivimos en un mundo de catástrofes reales ya existentes? Si la gente es pobre y se siente insegura y humillada, la extrema derecha ofrece un remedio concreto en el nacionalismo desastre, opina Seymour. “Ofrece el bálsamo, no sólo de la venganza, sino también de una especie de reset violento que recupera los consuelos tradicionales de la familia, la raza, la religión y la nacionalidad, incluida la posibilidad a humillar a otros.”

Aplicando una lente psicoanalítica, como también hace el autor estadounidense Tad DeLay, Seymour evita los tópicos y las caracterizaciones a menudo subjetivas de la extrema derecha como un grito de la clase obrera (la gente “desahuciada”). La economía tiene alguna importancia –dice que una trayectoria de declive alimenta la radicalización a la derecha de mucha gente de clase media–, pero las raíces de estos movimientos son a menudo ajenas al proletariado. “Todas estas formaciones arrancan con una base de votantes que son claramente de clase media”, me explica. “Este es sin duda el caso de Bolsonaro, Duterte y Modi, y después de un primer mandato han empezado a construir una coalición realmente interclasista, lo cual es increíble”.

Quienquiera esté familiarizado con el pensamiento de Seymour sabrá que este se toma en serio el racismo, el machismo y la transfobia. En nuestra conversación habla de estas formas de intolerancia con la misma sofisticación con la que escribe, y lo hace privándose de referirse a una de las explicaciones al uso del ascenso de la extrema derecha, que descalifican a los y las votantes tachándoles de idiotas que necesitan que les muestren el error de sus posiciones y de sus fuentes de información.

“Si acepto fantasear sobre situaciones repugnantes con una fuerte carga erótica de cuya realidad no me han dado ninguna prueba fehaciente, entonces no sólo carezco de capacidad crítica o educación mediática: la fantasía hace algo por mí. Está poniendo en escena algo que deseo, aunque no deseo desearlo. Y si esta fantasía la hacen suya muchas otras personas, por alguna razón en concreto, entonces el deseo no se puede atribuir, evidentemente, a una psicopatología personal, sino que se basa en una condición social común”, escribe en Disaster Nationalism.

Y esta condición social común se ve afectada decisivamente y modelada por el colapso climático. Los incendios de 2020 en Oregón son ilustrativos: barriendo este Estado occidental de EE UU tras una serie de catástrofes crónicas, provocó una contracción del crédito, el rápido aumento de la pobreza rural, un incremento del número de suicidios por encima de lo habitual y la desaparición de la prensa local, quedando Facebook y Nextdoor para llenar el vacío. Pero cuando quienes ven los incendios son sobre todo personas cristianas, blancas, conservadoras y del medio rural, no culpan al cambio climático ni al capitalismo.

Espontáneamente –sin que ninguna persona o político les haya inducido– recurren a las conspiraciones de que han oído hablar para explicar un fenómeno tan amplio y destructivo: la culpa la tienen los de Antifa, incitados por los Demócratas, cuyo propósito es abrir paso al comunismo y acabar con gente como ellas para rehacer América. Ideas como estas se propagan como la peste y el umbral de aceptación de las mismas no es muy alto. A medida que se extiende el fuego, la gente se niega a escapar, señala Seymour, porque piensan que pueden proteger físicamente su hogar frente a los pirómanos que creen que están detrás de todo esto.

La catástrofe ecológica se convierte en una catástrofe creada por la maldad humana; la crisis climática pasa a ser una crisis de rivalidad entre personas, de agresión y victimismo. La destrucción del planeta crea las condiciones estructurales de estas ideas, pero esto no sería posible si no estuvieran circulando ya, piensa Seymour.

Y deja claro por qué resultan tan efectivas. “No puedes pegarle un tiro al cambio climático, no puedes llevarlo a los tribunales, y lo mismo ocurre con el capitalismo. Son grandes fuerzas abstractas y te sientes desesperado frente a ellas”, dice. Es mucho más atractivo, incluso fascinante, “atacar a un enemigo personalizado”. Todo el mundo puede caer en esta tentación, sostiene Seymour; “es avasallador”, me recuerda al final de nuestra entrevista, aunque no en la misma medida.

Le pregunto por los intentos de la izquierda de probar una táctica similar, personificando el capitalismo, como por ejemplo la cruzada de Bernie Sanders contra los megamillonarios. Dice que han cosechado algunos éxitos, pero no es tan fácil imitar a la extrema derecha en su propio juego. Los ultra ricos viven en otro planeta: podrás ver a Jeff Bezos en la televisión, pero nunca te cruzarás en su camino. Mientras que la gente siente que conoce a inmigrantes o musulmanes y si uno lee las noticias, cada día te presentarán a estas personas como gente pervertida, señala Seymour.

La izquierda también se ha equivocado al pensar que el interés personal explica plenamente el comportamiento de las personas. “No digo que la política del pan y mantequilla sea superflua. Ayudará”, escribe. “Necesitamos el pan y la mantequilla. Incluso nos agrada. Pero no los amamos. Y las cosas que amamos a menudo no nos proporcionan ninguna ventaja material. Puedes amar a tus hijos, por ejemplo, pero no es porque aumentarán tus ingresos y tu tiempo libre”.

Los fustigadores de la esperanza, como los llama, se equivocan cuando advierten de que los ecologistas que describen el estado del mundo con tintes catastrofistas desmotivan a la gente; cuando se reconoce que el fin puede ser inminente puede tener el efecto contrario, piensa. “La gente puede verse afectada por una catástrofe climática y extraer conclusiones muy diversas. Pero si encuentran a otras personas que tienen la misma respuesta y que desean hacer algo al respecto, pueden convencerse”, explica.

“Demasiado a menudo, el discurso de la izquierda sobre organización es abstracto, de manera que suena como una de las ideas y procedimientos correctos”, dice. En vez de ello, debería significar la creación de una forma de vida en que las personas se necesitan unas a otras. Esto ya lo vemos en sindicatos, a los que la gente puede afiliarse para mejorar sus salarios, pero termina haciendo huelga en defensa de sus compañeras y compañeros, aunque esto suponga sacrificar la paga.

Seymour experimenta esta solidaridad cuando colabora como voluntario con su parroquia local en el apoyo a las personas sin techo, muchas de las cuales son refugiadas. “Estoy rodeado de personas que lo hacen todo el rato… traen cosas hechas por ellas, cosas que han comprado, sacrifican su tiempo libre para ayudar a otra gente, no preguntan. La norma es… un amor incondicional por toda persona que entre por la puerta”, sin importar quién es y qué ha hecho.

Todo esto puede sonar a “paz y hermandad universales”, reconoce, conservando su lado sarcástico. Pero “si imaginas que vives en un planeta en que todo lo que te rodea tiene un propósito y una relación intencional contigo y con el resto del mundo… creo que esto motiva un comportamiento mejor”. Para Seymour, por tanto, el compañerismo no solo lo es entre personas, sino también entre especies y el mundo vivo. Este es sin duda el fundamento no sólo del socialismo, sino también del ecosocialismo.

Para entender mejor todo esto y lo que estamos perdiendo, tiene más sentido hablar de la extinción masiva y no solo del cambio climático, me dice. “Forma parte de la destrucción, la decadencia y la etiolación de la vida en general y todo indica que estamos en lo que hay quien denomina el fin: la extinción masiva del holoceno”. Y las extinciones revelan todas nuestras dependencias no reconocidas; necesitamos las plantas y a los demás animales. Nosotras, nosotros, seres humanos, no ocupamos la cúspide de una gran jerarquía. Seguir como siempre, explotando a los animales y al resto de la naturaleza, es insostenible.

“Si quieres una manera menos sofisticada de decirlo: amor”, dice Seymour. Esta no es necesariamente la posible conclusión de todos y todas los marxistas, pero añade: “Si hablamos de socialismo, ¿de qué otra cosa estamos hablando?”

Texto original: The Guardian

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/richard-seymour-no-puedes-pegarle-un-tiro-al-cambio-climatico/

20 de julio de 2024

Lucha de clases ecológica: la clase trabajadora y la transición justa

Gareth Dale - Ecología social

Aquellas personas que se encuentran en una situación precaria y de inestabilidad económica son las que pueden inspirar la descarbonización de la industria y la creación de empleos que sean respetuosos con el medioambiente. Contamos con una historia sólida de iniciativas obreras que han superado despidos, así como una serie de colaboraciones recientes entre activistas, sindicatos y trabajadores, que sirven de ejemplos concretos de transición empoderada.

En el año 2023 una ola de calor sin precedentes que recibió el nombre de Cerbero (el sabueso tricéfalo de Hades) arrasó toda Europa, lo que llevó a la clase trabajadora a organizarse para exigir medidas de protección contra el calor extremo. En Atenas, el personal empleado en la Acrópolis y otros enclaves históricos se declaró en huelga durante cuatro horas al día. En Roma, el servicio de recogida de basuras amenazó con ir a la huelga si se les obligaba a trabajar durante las horas de mayor calor. En otros lugares de Italia, los empleados del transporte público exigieron vehículos con aire acondicionado y la plantilla de una fábrica de baterías en los Abruzos amenazó con ir a la huelga en protesta por la obligación de trabajar bajo un “calor asfixiante”.

Casi se podría decir que los antiguos griegos vaticinaron la crisis climática actual cuando denominaron a Hades, el dios de los muertos, con el eufemismo de “Plutón”, el dador de riqueza. Su nombre es una alusión a los materiales (la plata en su época, los combustibles fósiles y los minerales indispensables en la nuestra) que, una vez extraídos del inframundo, acaban llenando los bolsillos de los plutócratas.

La estructura plutocrática de la sociedad moderna explica la pasmosa lentitud de la respuesta al colapso climático. La tan anunciada transición ecológica apenas avanza, al menos en lo que respecta a la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero. Estos no sólo siguen aumentando, sino que lo hacen incluso de forma acelerada, y lo mismo ocurre con el ritmo del calentamiento global. La transición sigue dependiendo de instituciones poderosas y acaudaladas que, aun dejando de lado la avaricia o la codicia de estatus, están obligadas por el sistema a anteponer la acumulación de capital a la habitabilidad del planeta.

En este contexto, la política de la transición implica una lucha de clases que va más allá de la lucha de la clase obrera en defensa de sí misma y de sus comunidades frente a las emergencias meteorológicas. Obviamente, eso también forma parte del paisaje, pero la lucha de clases se manifiesta de manera más evidente cuando el poder intenta transferir los costes de la transición a las masas. Así es como surge, inevitablemente, la resistencia. La pregunta es: ¿qué forma adoptará?

En algunos casos esta resistencia adopta la forma de una reacción antiecologista, instigada o dominada por fuerzas conservadoras y de extrema derecha. Aunque se autoproclaman aliados de las “familias trabajadoras”, estas fuerzas denigran la necesidad más básica de todo trabajador: un planeta habitable. En otras ocasiones adopta una forma progresista, como es el caso emblemático de los llamados “chalecos amarillos” en Francia. Cuando el Gobierno de Macron subió los “impuestos ecológicos” sobre los combustibles fósiles como incentivo para que el consumidor comprara coches más eficientes, las clases media-baja y trabajadora de las zonas rurales, incapaces de permitirse ese cambio, se enfundaron unos chalecos amarillos de seguridad y se movilizaron. Aunque el sector radical del movimiento obrero francés se unió a la causa, no consiguió aglutinarse en una fuerza política capaz de ofrecer otras soluciones a la crisis social y medioambiental.

El análisis de las formas de lucha, los movimientos y las acciones de la clase obrera en relación con el cambio climático nos permite entrever cómo se podría reorientar la transición ecológica siguiendo una línea social liderada por la clase trabajadora. En este contexto, el término “lucha de clases” se emplea en un sentido general para abarcar cuestiones como la ecología, la reproducción social, la sexualidad, la identidad, el racismo, etc., todas ellas relacionadas con la calidad de vida y tan relevantes para la “mano de obra” como el salario y las condiciones laborales.

Mazzocchi, el líder sindical estadounidense que acuñó el término “transición justa”, criticó el contrato social de posguerra por el que los dirigentes sindicales renunciaban a participar en las decisiones sobre el proceso de producción a cambio de mejoras salariales. Su radicalismo rojiverde brotó de la convicción de que era necesario transformar la totalidad de la vida laboral y social para lograr la salud y el bienestar de la clase trabajadora.

Resistencia obrera

El colapso climático está dejando una huella cada vez más honda en las diferentes formas de lucha de clases. Los peligros climáticos ya se han integrado en las luchas obreras de todo el mundo, sentando así nuevas bases de movilización. Además, la preparación ante situaciones de emergencia ha ido escalando posiciones en cuanto a prioridades en las agendas de los comités de seguridad de los sindicatos.

La investigación de Freya Newman y Elizabeth Humphrys sobre los trabajadores del sector de la construcción en Sidney explora la percepción que tienen los obreros del estrés térmico como una cuestión de clase. “Cuando hace un calor infernal, nuestros jefes no salen nunca de sus oficinas con aire acondicionado”, se quejaba uno de los entrevistados, “y eso que nos hacen trabajar en unos sitios espantosos a unas temperaturas demenciales”. Según los investigadores, en los lugares donde la conciencia de clase es mayor y los sindicatos han conservado cierta importancia (a pesar de la tendencia general a debilitarse durante la era neoliberal), la presión de la clase trabajadora ha logrado las mejoras más notables en materia de salud y seguridad en el marco de la crisis climática.

Las movilizaciones por una mayor protección frente a los riesgos meteorológicos, como las que tuvieron lugar en Atenas, Roma y la región de los Abruzos, evidencian la estrecha relación que existe entre las luchas obreras y la degradación del clima y el colapso ecológico. Otra de las reacciones es la resistencia contra las repercusiones “indirectas”, un concepto muy amplio que incluye las revueltas revolucionarias que se produjeron en los años 2010-12 en Oriente Próximo y el Norte de África, donde la inestabilidad meteorológica provocó un ascenso vertiginoso del precio de los alimentos, y, más recientemente, las protestas de los agricultores en la India.

Los despidos “rojos” se visten de “verde”

Teniendo en cuenta que los vehículos eléctricos, las energías renovables y el transporte público son piezas clave para la transición ecológica, ¿qué ocurre con aquellas personas que trabajan en los sectores más contaminantes?

Algunas de las historias más inspiradoras sobre la transición nos llegan del sector del automóvil y de la industria armamentística. A principios de los años 70, los movimientos obreros y sindicales de todo el mundo se volcaron en la defensa del medio ambiente. Así fue como los “rojos” y los “verdes” adoptaron una lengua común. En Estados Unidos, por ejemplo, el líder del sindicato United Automobile Workers, Walter Reuther declaró que “la crisis medioambiental ha alcanzado unas proporciones tan catastróficas que el movimiento obrero se ve ahora obligado a llevar esta cuestión a la mesa de negociación de cualquier industria que contribuya de forma cuantificable al deterioro del medio ambiente en el que vivimos”.

Pues bien, eso es precisamente lo que hicieron los trabajadores de Lucas Aerospace, un fabricante británico de armas con sede en Gran Bretaña. La dirección de la empresa empezó a despedir a su personal amparándose en la automatización y en la disminución de los pedidos por parte del Gobierno. Ante esta situación, los trabajadores crearon un sindicato no oficial con el nombre de Combine en representación de los empleados que trabajaban en las 17 fábricas de la empresa. Su principal objetivo era frenar la hemorragia de despidos presionando al Gobierno laborista para que invirtiera en maquinaria para la vida y no para la muerte.

En el año 1974 redactaron un documento de 1.200 páginas en el que detallaban diversas propuestas para reorientar sus habilidades y maquinaria hacia una actividad productiva que fuera útil para la sociedad como, por ejemplo, máquinas de hemodiálisis, turbinas eólicas, paneles solares, motores para vehículos híbridos y trenes ligeros, es decir, tecnologías de descarbonización que eran prácticamente desconocidas en aquella época. El plan fue rechazado por el Gobierno laborista de entonces y por la dirección de la empresa, que descalificó a sus creadores como “la brigada del pan integral y las sandalias”. Sin embargo, la historia de Combine sigue vigente.

En el año 2021, Melrose Industries compró GKN, una de las principales empresas de la industria automovilística, y anunció el cierre de sus fábricas de componentes para transmisiones de automóviles ubicadas en las ciudades de Florencia y Birmingham. Por un lado, más de 500 trabajadores de la fábrica británica respondieron con un voto a favor de la huelga, exigiendo que la fábrica se convirtiera en una planta de producción de componentes de vehículos eléctricos. Frank Duffy, el coordinador sindical de Unite, explicó: “Nos dimos cuenta de que, si queríamos lograr un futuro ecológico para la industria automovilística británica y salvar nuestros puestos de trabajo cualificados, no podíamos dejar el asunto en manos de nuestros jefes. Teníamos que tomar cartas en el asunto nosotros mismos”. Además, haciéndose eco del Plan Lucas de forma deliberada, añadió: “Hemos elaborado un plan alternativo de 90 páginas en el que se detalla la manera en que podemos reorganizar la producción” para así asegurar los puestos de trabajo y acelerar la transición al transporte impulsado por motores eléctricos.

En la factoría hermana de Campi Bisenzio, en Italia, la transición desde abajo llegó mucho más lejos. Los trabajadores de la planta ya partían con ventaja tras haberse organizado en un comité industrial democrático (collettivo di fabbrica). Ocuparon las instalaciones y expulsaron a los guardias de seguridad, que habían recibido órdenes de intervenir. De esta forma, y en colaboración con académicos y activistas por la justicia climática, los trabajadores trazaron un plan de reconversión del transporte público sostenible y reivindicaron su implementación.

Decenas de miles de personas tomaron las calles una y otra vez en movilizaciones constantes, respaldadas por sindicatos y comunidades locales, así como por grupos ecologistas como Extinction Rebellion (XR) y FFF. La ocupación de Campi Bisenzio, que ha cumplido ya su tercer año, es la más larga de la historia de Italia. Después de que sus esfuerzos por obligar a Melrose a cancelar el cierre de la planta fracasaran, los trabajadores cambiaron de táctica y formaron una cooperativa que actualmente produce bicicletas de carga. Gracias a este cambio de rumbo, han conseguido mantener un empleo seguro para una parte de la plantilla original, ofreciendo así un ejemplo sobre la manera en que podrían dar comienzo los programas de descarbonización impulsados por los propios trabajadores.

Sin alternativa viable

En estos ejemplos que hemos ofrecido sobre la industria automovilística, el proceso de transición parece sencillo, al menos desde el punto de vista material. Así, una fábrica de componentes para automóviles con motor de combustión interna puede reconvertirse en una fábrica de vehículos eléctricos, transporte público o bicicletas. Pero, ¿qué ocurre con otras industrias para la que no existen unas tecnologías alternativas viables? ¿Cómo han de responder los trabajadores de estas industrias ante esta situación?

Algunas propuestas, modestas pero audaces, surgieron en Gran Bretaña en plena crisis del covid-19. Magowan y el equipo de Green New Deal para Gatwick proyectaron las múltiples formas en que las distintas categorías de competencias de los trabajadores de Gatwick se podían adaptar a otros puestos de trabajo en sectores en vías de descarbonización. Gracias al respaldo del Sindicato de Servicios Públicos y Comerciales (PCS), encontraron apoyo en la plantilla de trabajadores, entre los que se encuentra un piloto que supo sintetizar de maravilla todo lo que está en juego:

Volar ha sido el sueño de mi vida. Nos asusta mucho enfrentarnos a la posibilidad de perder esta parte tan importante de nuestras vidas, ya que perder nuestro trabajo es como perder una parte de nosotros mismos. Ahora bien, como pilotos, nos valemos de nuestras habilidades para identificar esta amenaza existencial para el mundo natural y para nuestras vidas. Si esto fuera una emergencia en pleno vuelo, hace ya tiempo que nos habríamos desviado a un destino seguro. No podemos volar a ciegas rumbo al destino previsto mientras la cabina de vuelo se llena de humo. El impacto de nuestra industria a nivel de emisiones globales es irrefutable. Las supuestas soluciones para “ecologizar” la industria en su escala actual se encuentran a décadas de distancia y no son ni global ni ecológicamente justas. Dado el aumento de la conciencia medioambiental, el sector de la aviación está abocado a contraerse, ya sea por medio de una “transición justa» para los trabajadores, o como consecuencia de una catástrofe. Debemos encontrar la manera de posicionar a los trabajadores a la cabeza de la revolución verde y así garantizar la posibilidad de reencauzarnos hacia los empleos ecológicos del futuro.

La revolución verde de Gatwick no logró despegar en su primer intento. Sin embargo, fue capaz de generar una atmósfera de posibilidad. Durante la fase de “emergencia” de la pandemia, cuando la intervención gubernamental estaba a la orden del día, el GND de Gatwick estableció vínculos con otras iniciativas lideradas por trabajadores para sustituir la aviación de corta distancia por alternativas de transporte terrestre. Esta unión permitió despejar el horizonte para una transición radical impulsada por los trabajadores y recordarnos lo que está en peligro.

El ecologismo de lucha de clases

Las luchas de clases que se libren a lo largo de este siglo decidirán la habitabilidad de la Tierra durante los próximos milenios. Podemos inspirarnos en las reivindicaciones que unen a los activistas por el clima y a los sindicatos. También podemos inspirarnos en las huelgas escolares contra el cambio climático, que han introducido el concepto de la huelga entre las nuevas generaciones.

No obstante, también deberíamos tener en cuenta que los ejemplos más destacados de militancia rojiverde se produjeron hace medio siglo. Y no es casualidad. Los años sesenta y principios de los setenta fueron testigos de una coyuntura revolucionaria mundial, en la que surgieron la militancia obrera y los movimientos sociales que desafiaban la opresión, la injusticia y la guerra. Este fue el terreno fértil en el que pudo germinar la alianza entre el ecologismo y el radicalismo obrero, una unión que quedó plasmada en el plan Lucas y en el activismo ecosocialista de Mazzocchi, así como en otras iniciativas pioneras como las prohibiciones ecológicas, donde se luchaba por los objetivos medioambientales a través de la huelga.

Cabe esperar que la crisis climática y la transición justa cobren protagonismo de varias formas en cualquier nueva oleada de lucha de clases que se produzca. Entre estas formas habrá retrocesos reaccionarios, pero también movimientos progresistas, ya que los grupos de trabajadores dejarán de percibir la política climática como el patio de recreo de las élites distantes para convertirse en un campo en el que su intervención colectiva puede ser decisiva.

Artículo publicado originalmente en inglés en el Green European Journal publicado en El Salto de la mano de EcoPolítica.

Gareth Dale. Escritor y profesor de la Universidad Brunel de Londres.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/green-european-journal/lucha-clases-ecologica-clase-trabajadora-transicion-justa