Mostrando entradas con la etiqueta Ecosistemas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecosistemas. Mostrar todas las entradas

15 de noviembre de 2025

Qué nos jugamos en Belém: tres miradas a la COP30

Vari@s autor@s   (Ecología social)

La cumbre debe servir para diseñar una transición justa con derechos laborales, proteger y restaurar los ecosistemas y hacer pagar a los responsables

Las noticias que llegaban de la cumbre de Naciones Unidas, este junio en Bonn, no invitaban al optimismo. El último encuentro preparatorio antes de la COP30 de Belém certificaba lo que ya se temía: el proceso de negociación climática internacional está bloqueado. No hay avances en financiación, adaptación ni pérdidas y daños, y los países petroleros siguen dinamitando cualquier compromiso de abandonar los combustibles fósiles.

En esta parálisis persiste una guerra de reproches entre norte y sur global que complica cualquier posibilidad de consenso. Los países del Sur exigen –con toda la legitimidad histórica– una financiación climática que nunca llega y usan su capacidad de veto en mitigación como moneda de cambio. Algunos, además, se aferran a modelos económicos fósiles que agravarán la vulnerabilidad de sus poblaciones. Por su parte, el norte global, incapaz de asumir sus reparaciones históricas, intenta centrar el debate exclusivamente en la reducción de emisiones.

Y la cosa no mejora en casa. La Unión Europea ha sido incapaz de ponerse de acuerdo sobre sus objetivos para 2040. Gobiernos negacionistas o retardistas, como el checo, están dinamitando los escasos logros de legislaturas anteriores. En la cumbre de Naciones Unidas de septiembre pasado, la UE sólo pudo presentar una vaga declaración de intenciones.

Así que en este contexto de caos diplomático os planteamos desde tres miradas distintas del activismo climático qué nos jugamos en Belém. Las respuestas dibujan un mapa donde convergen justicia social, protección de ecosistemas y fiscalidad redistributiva. Tres piezas de un mismo puzle que, de no encajarse en la Amazonía, podría certificar el fracaso definitivo de la arquitectura climática global.

Manuel Riera, sindicalismo: “Sin derechos laborales, la transición será una estafa”.

En el movimiento sindical integrado en la Alianza por el Clima llevamos años insistiendo: no habrá justicia climática sin justicia social, y no habrá justicia social sin garantizar los derechos de las personas trabajadoras. La Transición Justa no es un eslogan para adornar discursos, sino una herramienta concreta para asegurar que la acción climática no la paguen los de siempre.

El posible Mecanismo de Acción para la Transición Justa que se podría aprobar en la COP30 es la oportunidad de dar contenido real a los compromisos de Dubái. Ahí se acordó poner fin a los fósiles, pero sin un marco que relacione ese objetivo con la solidaridad internacional, las condiciones laborales justas y la erradicación de la pobreza, ese acuerdo no vale nada.

Los derechos laborales fundamentales –libertad sindical, negociación colectiva, seguridad y salud en el trabajo– forman parte del mandato de la Organización Internacional del Trabajo desde hace más de un siglo. Pero en las negociaciones climáticas se ignoran sistemáticamente o se diluyen bajo etiquetas vagas. La COP27 de Sharm el Sheikh fue un paso histórico al reconocer explícitamente estos derechos. En la COP28 se formalizó con el Programa de Trabajo sobre Transición Justa. Pero en la COP29 ese programa se convirtió en moneda de cambio. El resultado: ningún acuerdo.

De cara a Belém, la exigencia sindical es clara: las políticas climáticas deben negociarse desde los territorios, con participación real de las personas trabajadoras. El riesgo es que voces interesadas vacíen de contenido el concepto. Si no hay unidad, la Transición Justa acabará siendo otro lavado de cara.

Ana Márquez, naturaleza: “Los bosques no son decorado, son la solución”.

Que la COP30 se celebre en la Amazonía no es casualidad. Es poner el foco en el territorio que concentra la mayor parte de la solución al problema climático. Por algo empiezan a llamarla “la COP de los Bosques”.

En la Alianza sabemos que estamos inmersos en una triple crisis ambiental –cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación– que avanza a pasos agigantados. El cambio climático ha pasado a estar entre las tres primeras amenazas para la biodiversidad según el IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas). Sus impactos son dramáticos: glaciares derritiéndose, océanos acidificándose, especies desplazándose, incendios forestales más intensos.

Pero la biodiversidad juega un papel clave en la lucha climática por dos vías: como sumidero de carbono, y como barrera natural que puede aumentar la resiliencia. La naturaleza no es solo una estrategia ambiental. Es una solución climática esencial. Sin ecosistemas sanos, limitar el calentamiento a 1,5 grados es inalcanzable.

En la COP28 se reconoció la necesidad de detener la deforestación para 2030. Pero desde el conservacionismo se exige que Belém vaya más allá: reconocer el compromiso de proteger el 30% del planeta para 2030 y restaurar todos los ecosistemas degradados para 2050. Esta cumbre debe subrayar las sinergias entre biodiversidad y cambio climático de una vez por todas. Los ecosistemas naturales no son una preocupación secundaria. Son la primera línea de defensa.

Pedro Zorrilla, fiscalidad verde: “Que paguen quienes provocaron el desastre”.

Hay una pregunta que nos persigue: ¿con la emergencia climática todo el mundo sale perdiendo? No. Hay un pequeño grupo de irreductibles egoístas que están haciendo su agosto.

Mientras las familias ven arrasadas sus casas por danas e incendios, la industria fósil alcanza récords históricos de beneficios. Mientras España sufre olas de calor extremo en puestos de trabajo, colegios y residencias, los accionistas del carbón ven crecer sus cuentas. Nuestra vida está cambiando. Nuestros hijos no pueden jugar al aire libre. La crisis climática les está robando la infancia, mientras aumenta la mortalidad de nuestros mayores. Esto no es justo.

Por eso es inaplazable cambiar las reglas fiscales. La industria fósil y otros grandes contaminadores tienen que pagar más impuestos. Deben aprobarse nuevos tipos impositivos a la extracción de combustibles fósiles, a los beneficios extraordinarios, a los jets privados y a la clase business. El dinero está ahí. Solo falta valor político.

En las COPs, el norte global siempre pone la misma excusa: no tienen fondos públicos para aportar al sur global. Pero ese dinero sí existe. Está en los bolsillos de la industria fósil. Sobra capital para financiar la adaptación climática, las pérdidas y daños, y la transición energética. Lo que falta es voluntad política.

Por justicia con el planeta y con quienes menos han provocado el cambio climático y más sufren sus consecuencias, la COP30 no puede cerrarse sin un acuerdo claro para aprobar una fiscalidad justa a la industria fósil.

Belém: ¿punto de inflexión o epitafio?

Tres ámbitos del activismo, un mismo diagnóstico: el sistema de negociaciones climáticas está al borde del colapso. Y tres propuestas convergentes: transición justa con derechos laborales, protección y restauración de ecosistemas, fiscalidad que haga pagar a los responsables.

Las organizaciones de la Alianza por el Clima seguiremos aprovechando el encuentro de Belém para demandar justicia climática. La COP30 debe ser el momento en que los gobiernos comprendan que no hay más tiempo para dilaciones. Necesitamos un Mecanismo de Transición Justa ambicioso, un compromiso real con los ecosistemas, y una fiscalidad que haga pagar a quienes provocan la crisis.

Si conseguimos unir las luchas por la justicia social, ambiental y fiscal, Belém puede marcar un punto de inflexión. De lo contrario, seguiremos asistiendo al espectáculo de cumbres que prometen mucho y entregan poco, mientras el planeta y las personas más vulnerables pagan el precio. Y entonces, la COP30 no pasará a la historia como la cumbre de los bosques, sino como el epitafio del multilateralismo climático.

Autor@s:

Javier Andaluz. Miembro de Alianza por el Clima.

Manuel Riera. Miembro de UGT.

Ana Márquez. Miembro de SEO Birdlife.

Pedro Zorrilla. Miembro de Greenpeace.

Fuente: https://ctxt.es/es/20251101/Firmas/50895/Javier-Andaluz-Manuel-Riera-Ana-Marquez-Pedro-Zorrilla-cop30-belem.htm

31 de marzo de 2024

Así financian los bancos europeos a las empresas que destruyen los ecosistemas

Óscar F. Civieta

Un estudio liderado por Greenpeace Internacional cifra en 278 billones de dólares los créditos otorgados por los bancos europeos a empresas que destruyen los ecosistemas. El Santander es la sexta entidad financiera con sede en la UE que más dinero da a este tipo de compañías.

Desde la firma del Acuerdo Climático de París en diciembre de 2015, se ha destinado más de un trillón de dólares en créditos para grandes empresas que operan en sectores de riesgo para los ecosistemas, además de 693.000 millones de dólares en inversiones. Los bancos europeos son responsables del 22,1% de esos créditos (278 billones de dólares) y el 9,4% de la inversión (65 billones). Son las principales conclusiones del informe EU bankrolling ecosystem destruction, publicado por una coalición de ONG lideradas por Greenpeace Internacional.

Más allá de las cifras, el corolario del estudio deja claro que, “mediante el consumo de productos y materias primas procedentes de tierras deforestadas y degradadas, y a través de la financiación de empresas que se benefician de ello, la UE contribuye a la destrucción de bosques y otros ecosistemas, dentro y fuera de sus fronteras”.

Seis multinacionales que destruyen los ecosistemas se han llevado 26.500 millones de dólares

El informe señala que más de cuatro quintas partes (86,6%) del crédito de los bancos europeos a los principales actores en los sectores de riesgo para los ecosistemas vino de instituciones financieras con sede en cuatro países: Francia, los Países Bajos, Alemania y España.

“La totalidad de los grandes bancos europeos, y muchas otras instituciones financieras de la UE, tienen relaciones con muchos de los grupos corporativos más grandes en múltiples sectores con riesgos conocidos para los ecosistemas, incluidos grupos con vínculos reportados con la destrucción de los ecosistemas después de 2020: los vínculos del sector financiero de la UE con los riesgos para los ecosistemas son generalizados y de carácter sistémico”.

Además, el estudio apunta a seis multinacionales que considera “actores clave”, puesto que aparecen frecuentemente citados en investigaciones e informes por sus vínculos directos o en la cadena de suministro con la deforestación reciente, principalmente en América del Sur y el Sureste Asiático, incluso después de diciembre de 2020, la fecha límite establecida por el Reglamento de la UE sobre productos libres de deforestación (EUDR) para el cumplimiento de los productos con sus condiciones libres de deforestación estándar.

Estos grupos (que, en conjunto, se han llevado 26.500 millones de dólares en créditos desde 2016) son Bunge y Cargill (dos de los mayores comerciantes del mundo de gran parte de las materias primas); JBS y Marfrig (dos de los mayores productores de carne), y RGE y Sinar Mas (dos productores procesadores de aceite de palma y madera para pasta de papel).

El Santander es el sexto banco europeo que más crédito da a empresas que ponen en riesgo los ecosistemas

Dentro de los bancos europeos que financian a empresas que ponen en riesgo los ecosistemas, obviamente, también hay instituciones financieras españolas. En concreto, de ellas han salido 29.600 millones de dólares en créditos, y 1.100 en inversiones desde 2016.

Lo que convierte al sector financiero español, según el informe de Greenpeace, en el cuarto mayor proveedor de crédito y el noveno mayor inversor en estos sectores entre los miembros de la UE.

La entidad con sede en España que más crédito proporcionó a este tipo de compañías es, con mucha diferencia, el Santander (21.338 millones de dólares desde 2016). Por detrás está el BBVA (7.679 millones) y La Caixa Group (180 millones).

De hecho, la empresa de Ana Botín es el sexto proveedor de crédito con sede en la UE a grandes grupos empresariales activos en sectores de riesgo. Según el estudio, “el Grupo Santander es el principal banco internacional con vínculos con el sector agropecuario responsable de la quema y deforestación de los bosques en Brasil”.

Entre las empresas cuya actividad pone en riesgo los ecosistemas, que más dinero en forma de crédito han recibido de los bancos españoles, están Nestlé (6.394 millones de dólares desde 2016), Danone (2.842) y Unilever (2.111).

Fuente: https://climatica.coop/informe-bancos-europeos-greenpeace/

25 de agosto de 2020

El principio de autodestrucción y el combate contra la Covid-19

 

Leonardo Boff


Desde que se lanzaron dos bombas atómicas primarias en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad ha creado para sí una pesadilla de la que no ha podido liberarse. Por el contrario, se ha transformado en una realidad que amenaza la vida sobre este planeta y la destrucción de gran parte del sistema-vida. Se han creado armas nucleares mucho más destructivas, químicas y biológicas que pueden acabar con nuestra civilización y afectan profundamente a la Tierra viva.

Aún peor, hemos diseñado la inteligencia artificial autónoma. Con su algoritmo, que combina miles de millones de informaciones recogidas en todos los países, puede tomar decisiones sin que nosotros lo sepamos. Eventualmente, puede, en una combinación enloquecida, penetrar en los arsenales de armas nucleares o en otros de igual o mayor poder letal y lanzar una guerra total de destrucción de todo lo que existe, incluso de sí misma. Es el principio de autodestrucción. Es decir, está en manos del ser humano poner fin a la vida visible que conocemos (ella es sólo el 5%, el 95% son vidas microscópicas invisibles).

Debemos enseñorearnos de la muerte. Ella puede ocurrir en cualquier momento. Se ha creado ya una expresión para nombrar esta fase nueva de la historia humana, una verdadera era geológica: el «antropoceno», es decir, el ser humano como la gran amenaza al sistema-vida y al sistema-Tierra. El ser humano es el gran satán de la Tierra, que puede diezmar, como un anticristo, a sí mismo y a los otros, a sus semejantes, y liquidar los fundamentos que sostienen la vida.

La intensidad del proceso letal es tan grande que ya se habla de la era del «necroceno», es decir, la era de la producción en masa de la muerte. Ya estamos dentro de la sexta extinción masiva. Ahora se ha acelerado irrevocablemente, dada la voluntad de dominación de la naturaleza y de sus mecanismos de agresión directa a la vida y a Gaia, la Tierra viva, en función de un crecimiento ilimitado, de una acumulación absurda de bienes materiales hasta el punto de crear la sobrecarga de la Tierra.

En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que la Tierra no consigue reponer los bienes y servicios naturales que le fueron extraídos y comienza a mostrar un proceso avanzado de degeneración a través de tsunamis, tifones, descongelación de los casquetes polares y del permafrost, sequías prolongadas, tormentas de nieve aterradoras y la aparición de bacterias y virus difíciles de controlar. Algunos de ellos como el coronavirus actual pueden llevar a la muerte a millones de personas.

Tales eventos son reacciones y puede que sean represalias de la Tierra ante la guerra que realizamos contra ella en todos los frentes. Esa muerte en masa ocurre en la naturaleza, millares de especies vivas desaparecen definitivamente cada año, y en las sociedades humanas, donde millones pasan hambre sed y toda suerte de enfermedades mortales.

Crece cada vez más la percepción general de que la situación de la humanidad no es sostenible. De continuar con esta lógica perversa se va a construir un camino que lleva a nuestra propia sepultura. Demos un ejemplo: en Brasil vivimos bajo la dictadura de la economía ultra neoliberal, con una política de extrema derecha, violenta y cruel para las grandes mayorías pobres.

Perplejos, hemos visto las maldades que se han hecho, anulando los derechos de los trabajadores e internacionalizando riquezas nacionales que sostienen nuestra soberanía como pueblo.

Los que en 2016 dieron en Brasil un golpe contra la presidenta Dilma Rousseff aceptaron la recolonización del país, convertido ahora en vasallo del poder dominante, Estados Unidos, condenado a ser sólo un exportador de commodities y un aliado menor y subordinado del proyecto imperial.

Lo que se está haciendo en Europa contra los refugiados, rechazando su presencia en Italia e Inglaterra y peor aún en Hungría y en la muy católica Polonia, alcanza niveles de inhumanidad de gran crueldad. Las medidas del presidente de Estados Unidos, Trump, arrancando a los hijos de sus padres inmigrantes y colocándolos en jaulas, denotan barbarie y ausencia de todo sentido humanitario.

Ya se ha dicho: “ningún ser humano es una isla... no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por toda la humanidad“. Si grandes son las tinieblas que abaten nuestros espíritus, aún mayores son nuestras ansias de luz. No dejemos que la demencia antes mencionada tenga la última palabra.

La palabra mayor y última que grita en nosotros y nos une a toda la humanidad es de solidaridad y compasión por las víctimas, es por paz y sensatez en las relaciones entre los pueblos. Las tragedias nos dan la dimensión de la inhumanidad de la que somos capaces, pero también dejan surgir lo verdaderamente humano que habita en nosotros, más allá de las diferencias de etnia, ideología y religión. Lo humano en nosotros hace que nos cuidemos juntos, nos solidaricemos juntos, lloremos juntos, nos enjuguemos las lágrimas juntos, recemos juntos, busquemos juntos la justicia social mundial, construyamos juntos la paz y renunciemos juntos a la venganza y a todo tipo de violencia y guerra.

La sabiduría de los pueblos y la voz de nuestros corazones lo confirman: no es un estado convertido en terrorista, como Estados Unidos bajo el presidente estadounidense Bush, el que vencerá el terrorismo. Ni el odio a los inmigrantes latinos, difundido por Trump, el que traerá la paz. El diálogo incansable, la negociación abierta y el trato justo eliminan las bases de cualquier terrorismo y fundan la paz. Las tragedias que nos golpearon en lo más hondo de nuestros corazones, particularmente la pandemia viral que ha afectado a todo el planeta, nos invita a repensar los fundamentos de la convivencia humana en la nueva fase planetaria, y cómo cuidar la Casa Común, la Tierra, como pide el Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015).

El tiempo apremia. Y esta vez no hay un plan B que pueda salvarnos. Tenemos que salvarnos todos, pues formamos una comunidad de destino Tierra-Humanidad. Para eso necesitamos abolir la palabra «enemigo». El miedo crea al enemigo. Exorcizamos miedo cuando hacemos del distante un próximo y del próximo, un hermano y una hermana. Alejamos el miedo y al enemigo cuando comenzamos a dialogar, a conocernos, a aceptarnos, a respetarnos, a amarnos, en una palabra, a cuidarnos.

Cuidar nuestras formas de convivir en paz, solidaridad y justicia; cuidar nuestro medio ambiente para que sea un ambiente completo, sin destruir los hábitats de los virus que provienen de animales o de los arborovirus que se sitúan en los bosques, un ambiente en el que sea posible el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser; cuidar de nuestra querida y generosa Madre Tierra.

Si nos cuidamos como hermanos y hermanas, las causas del miedo desaparecen. Nadie necesita amenazar a nadie. Podemos caminar de noche por nuestras calles sin miedo a ser asaltados y robados. Este cuidado solo será efectivo si viene acompañado de la justicia necesaria para satisfacer las necesidades de los más vulnerables, si el Estado está presente con medidas sanitarias (lo importante que fue el SUS frente a la Covid-19), con escuelas, con seguridad y con espacios de convivencia, cultura y ocio.

Sólo así disfrutaremos de una paz posible de ser alcanzada cuando hay un mínimo de buena voluntad general y un sentido de solidaridad y benevolencia en las relaciones humanas. Ese es el deseo inquebrantable de la mayoría de los humanos. Esta es la lección que la intrusión de la Covid-19 en nosotros nos está dando y que tenemos que incorporar en nuestros hábitos en los tiempos pos-coronavirus.

22 de marzo de 2020

La destrucción de los ecosistemas, el primer paso hacia las pandemias

Alejandro Tena

El confinamiento nos hace buscar culpables. Unos, cargados de racismo, señalan a «los malditos virus chinos». Otros ponen el índice sobre el pangolín, mientras buscan en las redes una imagen que les dé oportunidad, al menos, de saber cómo es este animal exótico. También hay quien, lejos de cerrar filas en momentos de unidad, cargan contra el Gobierno, que parece no haber sabido gestionar la crisis sanitaria del coronavirus. Se puede encontrar, incluso, personas que defienden de manera férrea que esta crisis viral responde a intereses ocultos, lo cual ha sido desmentido por la ciencia en un estudio reciente que niega que COVID-19 pueda haber nacido en una laboratorio.

Más allá de conjeturas, esta pandemia global pone sobre la mesa una evidencia relativa a la repentina aparición de virus desconocidos en las sociedades: el ser humano y sus acciones sobre el medio ambiente favorecen que este tipo de organismos, ocultos en la naturaleza, entren en contacto con las sociedades. «Simplificamos los ecosistemas, reducimos el número de especies y perdemos biodiversidad. Esto hace que desaparezcan especies intermedias que actúan como barrera, favoreciendo que estemos en contacto con otras especies con las que nunca teníamos contacto y, por lo tanto, más expuestos», explica a Público Fernando Valladares, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

La reducción de la Tierra a un producto es, sin lugar a dudas, un condicionante a tener en cuenta a la hora entender la razón por la que este tipo de enfermedades –unas más virulentas que otras– se propagan por el mundo con cada vez mayor periodicidad. «Existe una vinculación probada científicamente entre la destrucción de entornos naturales y la aparición de nuevas enfermedades», expone Juantxo López de Uralde, diputado ecologista y presidente de la Comisión de Transición Ecológica del Congreso. «Con la destrucción de bosques tropicales para, por ejemplo, plantación de monocultivos, las especies desaparecen y otras buscan refugio en zonas más cercanas al ser humano, que interactúa con el animal a través de comercio de especies, o directamente se lo come, y termina contagiándose», resume el experto.

El problema de eliminar bosques para llenar bolsillos va más allá de la moralidad ecologista y abre la puerta a que se aumenten los riesgos de propagación de enfermedades. Según explicaba esta semana en la BBC Peter Daszak, ecólogo e investigador clave en el descubrimiento de los murciélagos como origen del SARS, se estima que en las zonas más recónditas del planeta se esconden en torno a 1,7 millones de virus sin descubrir, lo que revela hasta qué punto revertir espacios naturales al antojo de la economía –sea deforestación o sea tráfico de especies exóticas– puede aumentar los riesgos de una pandemia como la actual.

«Estamos gastándonos una ingente cantidad de dinero en contener un fracaso, que es lo que es el coronavirus»

«Uno de los mensajes más importante durante esta crisis es que la biodiversidad nos protege. Es algo que debe de quedar claro. Estamos gastándonos una ingente cantidad de dinero en contener un fracaso, que es lo que es el coronavirus, porque el éxito no es vencer la pandemia, sino que no se produzca y para ello es necesario recuperar los ecosistemas y mantenerlos intactos», advierte Valladares, que pone el foco en el valor de la naturaleza como «barrera» ante este tipo de fenómenos.

En el caso del coronavirus, las tesis principales hablan del murciélago como uno de los animales que habría podido propagar el virus. Lo que no está claro es cómo y si hubo animales intermedios –aquí podría entrar en juego el pangolín– que hubieran estado infectados por el mamífero volador y pudieran haber propagado el virus. En cualquier caso, las similitudes con la propagación de otras pandemias como la del Sars o el Ébola son evidentes: seres humanos que entran en contacto con animales con los que en el pasado no guardaban relación alguna.

Esta irrupción del ser humano en la naturaleza se convierte, según un informe reciente del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), en un «boomerang» que se vuelve contra la salud global. Así, la expansión del COVI-19 se se debe, según las primeras publicaciones, a un proceso de zoonosis que, lejos de tener su origen en los mercados de especies exóticas, comienza en las actividades de deforestación y construcción de infraestructuras en territorios boscosos. Este es el primer paso para que animales prácticamente desconocidos se acerquen al ser humano.

«El éxito no es vencer la pandemia, sino que no se produzca y para ello es necesario recuperar los ecosistemas y mantenerlos intactos»

Los murciélagos estaban detrás del SARS, el mono pudo ser el paciente cero del VIH, las gallinas, a su vez, extendieron la gripe aviar y, ahora, se señala al pangolín y al murciélago como posibles transmisores del COVID-19. «Tendemos a buscar un origen y siempre recurrimos al animal, cuando el culpable real es el ser humano, que de manera directa o indirecta ha sacado a las especies de sus ecosistemas«, argumenta López de Uralde.

«Hasta ahora hemos conservado los ecosistemas por pura ética, sin saber que estos ecosistemas nos protegen», agrega Valladares, haciendo énfasis en que esta crisis puede servir para entender el valor de protección que tiene la naturaleza. Así, el experto incide en que la «victoria» sobre el coronavirus pasa por la «complejización» de los ecosistemas y para ello, según explica, es necesario «cambiar las estructuras sociales y económicas» que favorecen la depravación de la naturaleza. «Es la única forma de conseguir que dentro de un tiempo no llegue otro virus desconocido a las civilizaciones», zanja.


https://www.leerydifundir.com/2020/03/la-destruccion-los-ecosistemas-primer-paso-hacia-las-pandemias/