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30 de enero de 2025

Perú: Desagravio al doctor Zamora

Pedro Francke

Este congreso repudiado ha sancionado al doctor Víctor Zamora, exministro de salud, con inhabilitación. Es un acto de absurda persecución sin ningún fundamento real. La alianza que hoy controla el congreso ataca a quienes piensan distinto y busca constituir un sistema político excluyente: ya han avanzado el trámite para tomar similar medida contra Salvador del Solar, Francisco Sagasti y un par de sus ministros, igualmente carentes de fundamento. Lo hicieron ya con Martín Vizcarra, antes incluso de que se iniciara el juicio en el cual deberá resolverse si es culpable o no de corrupción. Es que esta democracia ya no es democracia, como también lo dicen los reportes internacionales que nos clasifican como un “régimen híbrido”.

¿Cuáles son los cargos contra Víctor Zamora? Recordemos que él dirigió la respuesta sanitaria al covid-19 durante pocas semanas, luego de que este virus llegara al Perú, reemplazando a una ministra que estaba tan perdida en el tema que pidió apenas 3.5 millones de soles de presupuesto adicional, lo que no es ni la diezmilésima parte de lo que nuestro país dedicó a enfrentar la pandemia. A Zamora se le acusa de haber comprado las pruebas rápidas de detección del coronavirus cuando era ministro. Lo absurdo de la acusación es que la decisión de esas compras se hizo y anunció al país antes de que él fuera ministro y esa gestión se le encargó a Perú Compras, una agencia que depende del Ministerio de Economía y Finanzas y no del sector salud.  Así que Zamora ni decidió hacer esas compras ni era responsable de ejecutarlas. Por cierto, al congreso no se le ha ocurrido acusar ni a la ministra de salud anterior que decidió esas compras ni a la ministra de economía encargada del sector cuando Perú Compras ejecutó esa adquisición ni a ninguno de los siguientes tres ministros de salud durante cuyas gestiones se siguieron usando esas pruebas, demostración nítida de que se trata de una persecución sin ningún sentido de justicia.

Tampoco lo hacen preocupados por la salud pública: este congreso no ha movido un dedo en relación a la pésima gestión actual de salud, con pérdidas en coberturas de vacunación, millones del presupuesto para medicinas sin ejecutar y una epidemia de dengue sin enfrentar. Resulta que el Ministerio de Salud es parte del cupo de APP y César Acuña en el gobierno, y gracias a eso reparte cargos entre sus allegados.

Hay que añadir que en la compra de pruebas rápidas no hay indicios de corrupción. Lo que se ha criticado es que supuestamente se prefirieron esas pruebas rápidas a las pruebas moleculares, siendo estas últimas más caras. Se compró lo más barato. Pero la razón de fondo por la que en los primeros meses de la pandemia no se compraron más pruebas moleculares es porque no había disponibilidad de ellas en el mercado mundial. Además, para poder aplicar pruebas moleculares de manera masiva no sólo se necesitan las pruebas mismas; es decir, los productos que se aplican sino también equipos y personal especializado, cosa que el Perú no tenía en ese momento. De igual manera, no teníamos camas UCI, médicos intensivistas y equipos de ventilación asistida, que eran extremadamente necesarios pero que no se podía obtener con rapidez en un momento en el que todos los países del mundo estaban ávidos de conseguirlos. Había que apoyarse en lo que estuviera al alcance y eso eran las pruebas rápidas. Ya cuando en el mundo se amplió la oferta de pruebas moleculares y pudimos construir una capacidad nacional para procesarlas, es que pudimos tenerlas. Fue durante la gestión de Zamora que se construyeron, equiparon y dotaron de personal a 16 laboratorios capaces de procesar pruebas moleculares. La capacidad se elevó de 500 a 24,000 pruebas moleculares semanales. Es decir, se multiplicó casi por cincuenta.

Tampoco es que una aplicación masiva de pruebas moleculares, cuestión que era en ese momento imposible, hubiera permitido otra estrategia de combate al covid.  Lo sabemos porque después, con la llegada de un poco más de pruebas moleculares, se intentó la estrategia entonces conocida como de “pruebas, aislamiento y seguimiento de contactos” en la llamada operación “Tayta”. La idea era hacer las pruebas masivamente en zonas críticas, aislar a los positivos y chequear a sus contactos. “Tayta” estuvo a cargo de las fuerzas armadas y no funcionó: en el Perú hay demasiada informalidad, irrespeto a las normas y falta de información, así que las personas no respetaban el aislamiento ni se podía encontrar a sus contactos. Nuestra realidad no es la de Japón, Corea del Sur o China, donde sí pudieron aplicar esa política.

Regresando al doctor Zamora: se trata de uno de los profesionales nacionales más destacados en cuanto a diseño de políticas y gestión en salud pública. Moyobambino, llegó a Lima a terminar la secundaria, ingresó a San Fernando (pocos lo logran) y mientras estudiaba al mismo tiempo trabajaba en el Hospital de Policía y era activista universitario. Regresó a su región de origen a hacer su Serums, luego hizo una maestría de salud pública en Londres en uno de los centros de mayor prestigio mundial. Regresó al Perú a dirigir un centro de salud en San Martín llegando a ser director regional de salud. Con una gestión muy exitosa: diseñó uno de los primeros programas contra la desnutrición infantil que se llamó PACFO convirtiéndose luego en director del Proyecto Vigía, que dentro del Ministerio de Salud fortalecía el combate a enfermedades contagiosas y la vigilancia epidemiológica. Su capacidad le abrió paso. Ha dirigido luego el programa inglés de cooperación con salud en Perú y ha sido alto funcionario de la Organización Panamericana de la Salud dirigiendo sus operaciones en varios países. Conocedor de su trayectoria, cuando lo nombraron Ministro de Salud yo no tenía duda de que estaba entre los más calificados para asumir la gran responsabilidad del combate a la pandemia. Zamora actuó con mucho conocimiento, apertura y capacidad de convocatoria: exministros como Fernando Carbone (recientemente fallecido), Óscar Ugarte y Pilar Mazzetti fueron parte de su equipo, algo que se ve pocas veces ya que predominan en nuestro país los celos y ansias de poder antes que el interés público. Trabajó con mucha entrega. Cuando lo fácil hubiera sido parapetarse en una oficina, él visitaba todos los días y muchas noches los distintos hospitales, incluso donde el contagio estaba en su pico (para evitar arriesgar a su familia se aisló físicamente de su esposa y sus hijos todos esos meses).

Nada de eso le ha importado a este congreso, que ya sabemos cómo actúa, qué prioriza y a qué apunta. Estoy seguro de que la justicia prevalecerá, pero para Víctor Zamora el tiempo que demore en llegar tendrá altos costos. Me hace recordar al caso de Javier Diez Canseco, sancionado injustamente por otro congreso lleno de rencores empujado por una “primera dama” borrachita de poder, quien luego sería rehabilitado por la justicia peruana. No es igual, pero en el fondo es lo mismo: tampoco en ese caso había sustento alguno en las acusaciones que se hicieron. Felizmente en estos días hay una respuesta. La sociedad civil está organizando un acto de desagravio al doctor Zamora, también con el objetivo de rechazar las arbitrariedades de quienes hoy manejan el poder contra quienes consideran sus enemigos.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 717 año 15, del 24/012/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

31 de mayo de 2022

El futuro de las pandemias

Daniel Espinosa

Un clavo más en el ataúd de las soberanías nacionales y en esto que –mal que bien– llamamos democracia: la Organización Mundial de la Salud (OMS) está redactando un tratado que, ante una futura pandemia, le permitirá dirigir la respuesta sanitaria de los 193 Estados miembros de Naciones Unidas.

Dentro de un par de años, a lo sumo, la globalizante OMS, dominada por el “filantrocapitalismo” al estilo Bill Gates, pasará de sugerir o promover políticas sanitarias a dictarlas. Celebran Pfizer, Moderna y otros flamantes productores de inoculaciones exprés. Para ellos –que ahora sacan sus “vacunas” en seis meses–, el pánico masivo producido por los medios de comunicación y las autoridades equivale a miles de millones de dólares en publicidad gratuita.

El acuerdo de la OMS, que se irá puliendo durante el año 2023, incluirá mecanismos para forzar a las naciones cuyos gobiernos se muestren dubitativos o rebeldes, como sanciones económicas y repudios internacionales. En los hechos, la reciente respuesta global al Covid-19 vino diseñada y sugerida por la mencionada organización sanitaria, pero este tratado oficializará su rol, haciendo sus medidas forzosas e inescapables. No llegarán solas, sino que vendrán envueltas en su propia tecnocracia.

Con ellas terminarán de instalarse, qué duda cabe, las tecnologías que los barones del filantrocapitalismo anhelan: pasaportes biométricos, seguimiento del ciudadano a través de su teléfono inteligente, más distanciamiento social y, por fin, un gran sistema de identificación digital global y unificado. También llegarán las cámaras térmicas y las que identifican rostros y hasta gestos faciales. La distopía que pronosticamos por precaución también prevé drones de vigilancia circulando a nuestro alrededor con normalidad, cuarentenas continuas y arbitrarias, y la virtual abolición de los derechos individuales en virtud de un “bien común” en constante emergencia. En fin, tecnofascismo desatado.

La cosa terminaría de tomar forma con la llegada de una banca totalmente digitalizada. Entonces, cualquier desacato de una medida de emergencia o cualquier muestra de disidencia en redes sociales podría traducirse automáticamente en limitaciones a la forma como puede usar su dinero digital. De pronto, su capacidad para comprar en tal o cual lugar, o adquirir pasajes de bus o avión de tal o cual proveedor, podría verse limitada en base a su conducta social.  

El tratado pandémico en ciernes marca un avance de la globalización neoliberal y tiene a sus principales promotores en lugares como la Fundación Gates y el Foro Económico Mundial de Davos, cuya cabeza –Klaus Schwab– viene profetizando una “Cuarta Revolución Industrial”. Sus miembros son dueños de muchas de las tecnologías mencionadas en los párrafos anteriores. Pero ¿qué hay detrás de su filantropía ensombrecida por conflictos de interés?; y el futuro que están produciendo ¿no se verá como se ve hoy Shanghái?

LA MASCARILLA ERA PARA SIEMPRE


Los teóricos de la conspiración –que tanto acertaron durante la pandemia– también advirtieron esto: las medidas implementadas no serían temporales. La mascarilla, por ejemplo, quedó. En el Perú ya no es obligatoria en las calles y lugares abiertos, pero una notoria mayoría la sigue usando. Su carácter simbólico se impone sobre todo hecho práctico. Los estudios sobre su supuesta eficacia siguen ausentes. Nunca existieron o son notoriamente débiles. Los más convincentes son los que sostienen que la mascarilla, sobre todo al aire libre, resulta superflua: un gesto intrascendente.

Sabemos, además, que el uso generalizado de mascarillas le allanó el camino a lo que ya es la “nueva normalidad” en escuelas y centros educativos: niños y adolescentes –virtualmente fuera de peligro cuando se trata de Covid-19– enmascarados en clase, todo el tiempo. Niños y adolescentes sin rostro relacionándose con maestros y compañeros sin rostro, preguntándose quiénes estarán vacunados. El otro señalizado como riesgo de contagio y peligro latente.

El “pase Covid” tampoco se fue. La gente se inoculó en masa, como se solicitó, superando las cifras de 70 % de participación que alguna vez se plantearon con sensatez, siguiendo el consenso científico que había regido hasta 2020. Los no vacunados se enfermaron y desarrollaron inmunidad natural. A pesar de que detener el contagio nunca estuvo entre las “bondades” de las inyecciones de ARN-mensajero, la sociedad fingió que el “pase Covid” tenía una utilidad práctica. Es decir, participamos de buena gana en una puesta en escena en la que mostrar una identificación personal equivalía a limitar los contagios, cuando sabíamos que solo era un mecanismo (otro más) de presión económica y social.

Luego llegó la cepa ómicron y “vacunó” al mundo. En noviembre de 2021, los científicos descubrieron esta nueva variante en Sudáfrica y rápidamente entendieron sus características: se expandía a gran velocidad, producía una enfermedad suave y confería una protección sólida contra las otras variantes. Esta inmunidad natural ya ha comprobado ser mejor que la producida por la inoculación de ARN, pero ese factor no ha entrado en los cálculos de unas instituciones nacionales y supranacionales sujetas al principio del lucro farmacéutico.

En el universo neoliberal, entre dos soluciones a los problemas sanitarios de la humanidad, lo que sea que convenga a Pfizer tiene preferencia. Se habló sin parar de solidaridad y colaboración, pero no se logró poner en vereda a las grandes farmacéuticas para que, por primera vez en la historia, la conveniencia privada no gobernara sobre todo lo demás. La victoria del egoísmo era por entero previsible: antes de llegar a este nuevo estadio de la “gobernanza” internacional no democrática, las grandes corporaciones ya habían logrado capturar a los gobiernos nacionales de las potencias dominantes, las únicas que podrían haber puesto coto al lucro privado en pandemia.

LO APRENDIDO

Si algo pudimos aprender de lo que comenzó en marzo de 2020 y aún no termina del todo, es que esto que entendemos como “la ciencia” se subordina de manera natural al billete (como todo): los científicos al servicio de la gran corporación representan las únicas voces autorizadas; ellos firman los estudios oficiales, aparecen en los noticieros y hablan a través de la radio, mientras la larga mano del establishment censura YouTube y Twitter, silenciando cualquier voz disidente.

Como pudimos apreciar desde el inicio de la pandemia de coronavirus, no importan la calidad, el profesionalismo o la reputación de esos disidentes. El sistema de censura y embarre puede con cualquier reputación, hasta la de un premio Nobel.

Si de algo podemos estar seguros es de que las burocracias nacionales abrazarán una narrativa simplificada y potente: la del miedo irracional –“el que se contagia, muere”– y la solución única (un mismo remedio para todos, sin excepción, como ganado).

Una vez instalada esta forma de encuadrar la emergencia, la ciencia, en constante renovación, empieza a resultar molesta. Ya no les interesa saber nada más: ¿la miocarditis, entre otros efectos secundarios producidos por inoculación, ocurre con más frecuencia de lo calculado? ¡Lástima! ¿La variante ómicron fue más eficiente “vacunando” contra la Covid que las mismísimas inyecciones de ARN mensajero? ¡Tonterías! ¿El constante uso de “boosters” (refuerzos) podría agotar o degradar nuestros sistemas inmunes? ¡Vacúnese y no jorobe!


Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°587, del 20/05/2022   p15

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3 de mayo de 2022

Perú: FUNESTO “MINISTRO” DE SALUD

Ronald Gamarra

Como sabemos, la pandemia cogió al sistema de salud peruano en muy mala situación, resultado de décadas de negligencia. Ante el embate del covid, el cuerpo médico y sanitario se batió como pudo y con lo poco que tuvo, sufriendo graves pérdidas humanas. Todo fue inútil, el sistema de salud colapsó pronto y cayó en un hondo desconcierto, que se profundizó aún más con las maniobras politiqueras de un Congreso irresponsable que impuso al aventurero Merino en plena negociación de las vacunas anticovid, precipitando su fracaso.

Así empezamos el 2021 sin vacunas disponibles en el pico más desesperado de la pandemia, ad portas de la segunda ola que resultó más letal que la primera, y por si fuera poco con un escándalo de vacunación a ocultas de gente con vara que podía lograr el acceso a las escasas dosis “de cortesía” de un estudio de tercera fase. En ese momento, estábamos en nada, situados a la cola de toda América, sin perspectivas. Lo peor es que no nos faltaban los recursos económicos y humanos. Los teníamos. Había dinero en caja para comprar vacunas y personal entrenado en décadas de inmunización masiva.

Entonces fue que, paso a paso, el gobierno de Francisco Sagasti y su ministro de Salud, Óscar Ugarte, respaldados por el equipo ministerial, organizó una robusta reacción ante el caos y en pocos meses no solo disponíamos de vacunas tan difíciles de conseguir en esos momentos (y peor con nuestro retraso en negociar), la mayor parte de ellas de última generación, producidas con la técnica más avanzada del mundo. Paralelamente, la administración transitoria organizó la vacunación masiva, empezando por el personal de primera línea y los más expuestos: los adultos mayores y las personas con comorbilidades.

Al entregar la presidencia en julio, Sagasti había logrado cambiar radicalmente la situación. Ya no estábamos a la cola sino entre los primeros del continente en vacunación y rapidez en el avance del proceso de inmunización. Todo esto se logró en apenas seis meses, enfrentando el feroz sabotaje de la ultraderecha irresponsable, atrincherada en posiciones antivacuna, interesada solamente en boicotear todo por mezquino cálculo político. El gobierno había demostrado que el sector Salud podía hacer las cosas bien, muy bien, en situaciones críticas y remontar un panorama adverso.

Entonces asumió la presidencia Pedro Castillo e hizo al inicio algo que representa tal vez su mayor y único acierto en nueve meses de gobierno: nombrar un ministro como Hernando Cevallos que dio continuidad profesional a los procesos emprendidos por el sector Salud, sobre todo en el de inmunización en marcha, ratificando a los funcionarios y al personal a cargo. Los resultados de esta decisión fueron muy favorables. El proceso de vacunación no solo no se interrumpió (lo que hubiera sido un desastre autoinfligido) sino que alcanzó nuevos y más altos niveles de éxito.

El asalto al Ministerio de Salud

Pero todo se fue a la mierda cuando, a inicios de este año, el engreído señorón Vladimir Cerrón decidió hacer del Ministerio de Salud su chacra personal, como ya lo había hecho con otros ministerios, y Pedro Castillo, de manera sumisa y pusilánime, se lo entregó, sacando de mala manera a Hernando Cevallos. Como todos sabemos, lo primero que se le ocurrió a Cerrón, quien es el que verdaderamente hace y deshace en el gobierno a través de los chupes que impone como ministros en varias carteras, fue invadir el Ministerio de Salud con su gente, sus incondicionales, sus ayayeros, sin importar que carezcan de la menor preparación profesional compatible con los altos cargos para los cuales se les nombra alegremente.

Esta toma por asalto del Ministerio de Salud la simboliza el nombramiento del ministro Hernán Condori, un personaje inefable, vendedor de curaciones milagrosas, embustero, sin la capacidad para dirigir ni un botiquín. Y lo primero que hizo la nueva gestión impuesta por Cerrón con la anuencia de Castillo fue desmantelar la alta dirección del ministerio, su comité científico, sus mejores asesores, los equipos responsables de la dirección del proceso de inmunización, y reemplazarlos por otros tan incapaces como Condori, pero con carnet partidario de Perú Libre.

Censurado el ministro Condori por un Congreso que dudó mil veces antes de hacerlo, demostrando su capacidad de connivencia con el cerronismo y el desmadre del Estado, Cerrón y Castillo nombraron nuevo ministro al viceministro de Condori, Jorge López, precisamente el factótum del desmantelamiento en tiempo récord de la dirección del Ministerio de Salud anterior a la llegada de estos improvisados. Toda una burla en regla, que el Congreso ha preferido vergonzosamente ignorar hasta el momento, especialmente la vociferante ultraderecha.

Desde el 8 de febrero, fecha de la toma del Ministerio de Salud por los pinches de Cerrón, Hernán Condori y Jorge López, en apenas diez semanas, han demolido lo que tanto costó avanzar, ordenar y reconstruir. Precisamente cuando esperábamos que el ministerio asumiera nuevas tareas además de la inmunización, volvemos a fojas cero y desandamos irresponsablemente el camino arduamente hecho. Por pura mezquindad, por satisfacer las ansias de poder de un megalómano como Vladimir Cerrón, que no es un revolucionario como pretende con su fraseología oportunista, sino un cacique, un gamonal, que quiere chupes y repartir puestos y prebendas a sus incondicionales.

Cómo destruir un ministerio en diez semanas

En primer lugar, el proceso de inmunización se ha venido abajo. La asistencia a los vacunatorios ha caído al mínimo justamente cuando se estaba avanzando a buen ritmo en la generalización de la tercera dosis. Esa secuencia ha quedado trunca, cuando ya faltaba tan poco (aunque requería un redoblado esfuerzo) para completarla. Hay, en particular, una cantidad significativa y preocupante de adultos mayores que no ha redondeado su esquema de tres dosis o incluso no tiene ninguna. A Cerrón y Castillo les tiene sin cuidado. Ellos solo piensan en la repartija de puestos y el acceso a los presupuestos de salud para hacer y deshacer como les venga en gana.

La vacunación de los niños de 5 a 12 años ha sido un absoluto fracaso que no tenía por qué ocurrir. Todo estaba previsto para inmunizar a no menos del 80 % de niños antes del inicio de clases, pero precisamente en ese momento Castillo y Cerrón metieron la manaza en el ministerio y desmantelaron sus equipos dirigentes. El resultado es que ahora nos dicen que solo hacia el final del año se llegará a vacunar al 80 % de los niños entre 5 y 12 años. La verdad es que, con la gente tan incompetente que está a cargo, ni siquiera eso es seguro.

Se ha cometido la inadmisible negligencia (aunque no extrañaría que fuese dolosa) de permitir el vencimiento de cientos de miles de dosis de vacuna por no haber sido aplicadas a tiempo, por no programar debidamente su distribución y aplicación, por no convocar a las personas con la estrategia de comunicación adecuada. Perder tantas vacunas y estar en peligro de perder muchas más si no hay reacción a tiempo es un derroche de recursos imperdonable, una irresponsabilidad que merece sanción, pero en el gobierno de Castillo no pasa nada con este escándalo.

La fresa de esta torta fermentada ha sido el reciente inicio de la vacunación, anunciada con bombos y platillos, de la dosis de refuerzo (llamada cuarta dosis) para el personal de primera línea (médicos, enfermeras, bomberos, policías) y los adultos mayores. El proceso abortó porque un enorme número de vacunados, sobre todo médicos, cayeron con fuertes cuadros de reacciones adversas, que triplicaban el índice de estos casos que se presentaron en la administración de las dosis anteriores. Y todo porque los ineptos que dirigen el ministerio dispusieron aplicar el doble de la dosis recomendada. Estos irresponsables ni siquiera revisan las indicaciones del laboratorio que provee la vacuna.

El comunicado con el cual el ministerio respondió a este hecho escandaloso es un monumento al descaro y el cinismo como no tiene igual. Con ello culminan la demolición de la credibilidad que el Ministerio de Salud había ganado merecidamente durante el último año y sabotean a fondo el proceso de vacunación que va quedando definitivamente trunco debido a las burradas del “equipo” impuesto por Cerrón y Castillo. La población tiene derecho a depositar su confianza en las autoridades. Qué confianza puede haber en quienes aplican el doble de la dosis indicada y causan innecesario perjuicio a quienes acuden a vacunarse de buena fe, y ni siquiera se disculpan por el grave estropicio cometido.

Y ahora la gripe porcina

Para colmo, se acaba de detectar un brote alarmante de influenza AH3N2, la denominada gripe porcina, que fue pandemia en el año 2009, aunque entonces apenas llegó al Perú. Ahora está en nuestro país. Empezó en la Escuela Técnica del Ejército, con decenas de contagiados y se informó de un estudiante fallecido. Ahora se informa de más brotes en otros puntos del país. Esto ocurre cuando, sin mayor sustento técnico, se levantan totalmente las restricciones de aforo y se propicia el abandono de la mascarilla. La gripe porcina es peligrosa e incluso letal para las personas de riesgo, pero felizmente más fácil de contener que el covid. ¿Estará la actual gavilla que hace y deshace en el Ministerio de Salud en la posibilidad de contener a tiempo este brote? ¿Podría hacer frente a una nueva ola de covid? Obviamente no.

Indudablemente el gobierno de Castillo y el Congreso se muestran ineptos para sacar al país de las crisis sucesivas que está viviendo: pandemia, inflación, escasez de fertilizantes y alimentos, posible hambruna a corto plazo en el campo. Hay que ir a nuevas elecciones generales. Pero en lo inmediato, es necesario hacer algo para sacar a Cerrón del gobierno, especialmente del Ministerio de Salud. Está en juego la vida y la integridad física de las personas, que se añadirán a las 220 mil víctimas mortales del covid si no hacemos algo a tiempo. Por la salud del Perú, hay que torcerle el brazo a Castillo para, al menos, echar del gobierno a Cerrón, nefasto “ministro” de Salud.


Fuente:
HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°583, del 29/04/2022   p14

12 de febrero de 2022

Salud mental 2021: las consecuencias psíquicas de la pandemia

Elena Sanz     (The Conversation)

Antes de que empezara la pandemia de covid-19, el mundo ya vivía inmerso en una profunda crisis de salud mental. Pese a que al menos la cuarta parte de la población estaba destinada a padecer enfermedades mentales a lo largo de su vida, las autoridades sanitarias no tomaban las medidas proporcionales a la gravedad del asunto. Y la situación generada por el nuevo coronavirus no hizo sino empeorar las cosas.

El aislamiento físico al que se vio sometida la población, sumado al pavor y al desconcierto por los efectos inmediatos del virus sobre la salud, fueron dos de los principales detonantes. Pero también contribuyeron los problemas económicos, la desinformación y los rumores (a menudo angustiosos) sobre todo lo que rodea a la covid-19.

Sin olvidar que exponerse a información contradictoria, poco fiable o centrada únicamente en aspectos negativos de la situación puede llegar a generar problemas de salud mental tales como depresión o ansiedad.

Niños, adolescentes y sanitarios, los más afectados

Los que se han llevado la peor parte de este peaje psíquico de la pandemia han sido los niños y los adolescentes. Sin el entorno estructurado de la escuela, y tras perder las rutinas familiares y la posibilidad de practicar deporte, o incluso de salir con amigos, han sufrido consecuencias adversas más prolongadas e intensas. Los trastornos de la conducta alimentaria y las tentativas de suicidio han sido las estrellas en las franjas de edad adolescentes y juveniles.

Tampoco le ha ido demasiado bien al personal sanitario de primera línea, que entre otras cosas ha sido víctima de la fatiga por compasión. Se trata de una forma de estrés secundaria de la relación de ayuda terapéutica, que se presenta cuando se desborda la capacidad emocional del profesional sanitario para hacer frente al compromiso empático con el sufrimiento del paciente.

Fuera tabúes

La parte positiva de todo esto es que en 2021 hemos hablado tanto de salud mental que se han empezado a desdibujar muchos tabúes. Con la atleta olímpica Simone Biles pusimos sobre la mesa lo vulnerables que somos ante los acontecimientos de la vida. Y con el adiós de la actriz Verónica Forqué, hablamos al fin de suicidio (y de cómo detectarlo antes de que sea tarde) sin pelos en la lengua.

También hemos roto este año con esa especie de pacto tácito de no mencionar la depresión, la enfermedad mental de mayor incidencia a nivel mundial. Además de que parece que al fin empezamos a entender que pedir ayuda profesional si lo necesitamos no nos hace más débiles sino todo lo contrario: es una fortaleza.

Aunque no hemos alcanzado ni de lejos las metas de salud mental fijadas para 2020 por la Organización Mundial de la Salud, esta no pierde la esperanza y nos ha concedido una generosa prórroga. Tenemos hasta 2030 para conseguir que el acceso a una atención de salud mental de calidad sea universal. Ojalá no perdamos la oportunidad de dar este importante paso de una vez por todas y adelantarnos a lo que está por venir, como la ecoansiedad, ese miedo crónico a un colapso medioambiental que los expertos auguran que emergerá en cuanto se suavice la pandemia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

10 de febrero de 2022

Inmunidad de rebaño o prioridad de mercado

Eduardo Camín

La crisis sanitaria causó la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.

Cuando su director general declaró la emergencia pública internacional por el brote de coronavirus el 30 de enero del 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo varias recomendaciones. No eran consejos vinculantes, pero sí políticamente significativos.

Sin embargo, y a pesar que el reglamento es legalmente vinculante no existen mecanismos de aplicación por los cuales la OMS pueda ejercer presión para que un país cumpla con los requisitos. Algunos tienden a “olvidar” que el verdadero alcance de la OMS no es más ni menos que el de un organismo intergubernamental de asesoramiento, que actúa en simbiosis con los Estados miembros.

Por lo tanto, su rol se limita a recomendar a los países sobre qué hacer para mejorar la salud de sus ciudadanos y qué medidas tomar para prevenir el brote de enfermedades.  Pero, paradojalmente, no puede hacer cumplir esas mismas recomendaciones, ya que no tiene la capacidad de obligar o sancionar a sus miembros.

La OMS tiene por cometido ejercer liderazgo en materia de salud en el mundo  ayudando a definir los planes de investigación en el campo de la salud, establecer normas y pautas para formular políticas basadas en datos probatorios, además de proporcionar asistencia técnica a los Estados Miembros y vigilar de cerca y evaluar las tendencias epidemiológicas.

Desde su aparición, el virus SARS-COV2- ha seguido evolucionando y la OMS ha designado cinco variantes como preocupantes: Alfa, Beta, Gamma, Delta y Ómicron.

En una reciente rueda de prensa el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, consideró que es «prematuro» declarar una victoria contra el covid-19 y abandonar el empeño de detener la transmisión del virus. «Es prematuro que cualquier país capitule o se declare victorioso», dijo el responsable de la OMS, preocupado ante el aumento del número de muertes en la mayoría de las regiones del planeta.

Su llamado a la prudencia se produce en un momento en el cual algunos países occidentales buscan volver a la normalidad, levantando las restricciones -pese a registrar aún récords de casos de covid-19-, estimando que la amplia cobertura de las vacunas y la menor gravedad del cuadro que produce la variante ómicron lo permite.

No obstante el máximo dirigente de la OMS,  dejó en claro que «más transmisión implica más muertes». Y sostuvo que “estamos preocupados por el hecho de que se haya instalado un relato en ciertos países de que gracias a las vacunas y debido a la alta contagiosidad de ómicron y de su menor gravedad, no es posible prevenir el contagio. Esto no puede estar más lejos de la verdad», afirmó el doctor Tedros, subrayando que el virus es «peligroso», un mensaje que repite incesantemente desde que apareció esta variante.

“No le pedimos a los países que reinstauren los confinamientos, pero los llamamos a proteger a su población usando todos los medios disponibles y no solamente las vacunas», indicó el alto cargo de la OMS.  Señaló que el virus seguirá evolucionando, por lo que llamó a los países a seguir efectuando pruebas, monitoreo y secuenciación. «No podemos combatir este virus si no sabemos lo que está haciendo», afirmó.  Frente a la evolución del virus  «quizás las vacunas también deberán evolucionar», sentenció.

Desde setiembre 2021, la OMS estableció el Grupo Asesor Técnico sobre la Composición de las Vacunas contra la Covid 19 (TAG-CO-VAC). Este grupo multidisciplinario de 18 expertos revisa y evalúa las implicaciones para la salud pública de los COV emergentes en el rendimiento de las vacunas contra la enfermedad.

Estos expertos están considerando y recomendando la composición de la cepa de las vacunas Covid -19 y alientan a los desarrolladores de vacunas a recopilar datos a pequeña escala sobre la amplitud y magnitud de la respuesta inmune para las vacunas monovalentes y multivalentes contra los COV.

Entre la inmunidad de rebaño… la prioridad del mercado

La realidad es que la crisis sanitaria desató la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.  

El dinero es la medida más utilizada para calcular el éxito y el indicador principal de competencia y valor, el gran denominador común mediante el cual se comparan y miden todas las cosas. De esta manera, la salud ya no se concibe como un derecho humano, tal como se declara en la constitución de la OMS, sino como una mercancía o, en el mejor de los casos como un aporte a la productividad , como ya lo determinaba el Informe de la OMS del 2001 denominado “Invirtiendo en la Salud para el Desarrollo Económico”.

En la actualidad, casi toda la labor sanitaria internacional se organiza a través de asociaciones entre el sector público y el privado, que representan otro mecanismo más de extracción de la riqueza (del 99% al 1% más ricos) aprovechándose del sector público para obtener beneficios privados.

La politización con fines geopolíticos es de mal augurio. Los países más poderosos del mundo exigen a la OMS que siga sus respectivos intereses soberanos por razones que poco tienen que ver con la salud mundial.

Sin dudas, la OMS se encuentra en esa situación a pesar de su liderazgo en materia de salud mundial, más por su capacidades científicas, médicas y de salud pública que por su autoridad para desafiar políticamente a los Estados. Y en este marco, a pesar de las recomendaciones del organismo, creemos que los dados ya están echados: las compuertas del consumo masivo erradicarán el virus.  

Eduardo Camín.  *Periodista uruguayo acreditado en la ONU-Ginebra. Analista Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

23 de enero de 2022

La desigualdad económica mundial está exacerbando la pandemia y matando a millones de personas

Amy Goodman y Denis Moynihan

La organización Oxfam informó esta semana que los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza durante la pandemia —de 700 mil millones a 1,5 billones de dólares—, mientras que los ingresos del 99% de la población mundial disminuyeron. La organización declaró al respecto: “Las crecientes desigualdades económicas, de género y raciales, así como la inequidad que existe entre países, están destrozando nuestro mundo”. Mientras tanto, la asamblea anual del Foro Económico Mundial, que suele celebrarse en la ciudad de Davos, se está llevando a cabo de forma virtual por segundo año consecutivo debido a la pandemia. Los millonarios y multimillonarios son tradicionalmente invitados a la conferencia de Davos para que aporten sus ideas y reflexiones sobre los problemas actuales, desde el cambio climático catastrófico hasta la COVID-19. Más allá de lo que se debate en este cenáculo virtual, Oxfam señala que, en el mundo real, la desigualdad mata a una persona cada cuatro segundos.

La desigualdad económica también asola a Estados Unidos. El obispo William Barber, copresidente de la Campaña de los Pobres, dijo a Democracy Now! al día siguiente del feriado que conmemora el nacimiento de Martin Luther King: “Tiene que haber un cambio moral en este país; tiene que haber un cambio en el poder. Como dijo Martin Luther King, el verdadero problema que siempre hemos tenido en relación con los derechos electorales es el miedo que tiene la aristocracia a que las masas de personas pobres y de bajos recursos —tanto negras como blancas— se unan para votar una alternativa que cambie la arquitectura económica del país. […] De hecho, en 1967, el Dr. King dijo: 'Los problemas de injusticia racial y económica no pueden resolverse sin una redistribución radical del poder político y económico'”.

El obispo Barber ha consolidado el legado de Martin Luther King durante años y afirma que el camino hacia un cambio progresista radica en organizar a las personas pobres y de bajos recursos. Barber yuxtapone la rápida aprobación en el Congreso de los paquetes de ayuda económica por el coronavirus favorables a las empresas con el reciente fracaso en la aprobación del plan de gastos públicos Reconstruir Mejor y los proyectos de ley sobre el derecho al voto:

“Cuando se trata de las empresas, obtienen todo lo que piden. Querían cuatro o cinco billones de dólares, y obtuvieron cuatro o cinco billones de dólares. Los multimillonarios ganaron dos billones de dólares en los primeros 20 meses de la pandemia del coronavirus y continúan aumentando sus fortunas. Cuando se trata de temas como la pobreza y el derecho al voto, en primer lugar, bifurcamos esos temas de una forma en que las fuerzas opresoras nunca los bifurcan. Luego, hacemos concesiones una y otra vez en lugar de pelear [por lo que reclamamos]. A la larga, si no tenemos cuidado, será como si Frederick Douglass, en su lucha contra la esclavitud, se hubiera conformado con tener solo un fin de semana largo en lugar de la emancipación y la libertad definitivas”.

La pandemia de COVID-19 ha profundizado la desigualdad a escala global. La mayoría de los países ricos han vacunado a más del 70% de su población, mientras que en muchos países pobres, especialmente en África, las tasas de vacunación aún están por debajo del 10%. La Organización Mundial de la Salud señala en su sitio web: “El fracaso mundial en el reparto equitativo de las vacunas está pasando factura a algunas de las personas más pobres y vulnerables del mundo. Las nuevas variantes preocupantes hacen que los riesgos de infección hayan aumentado en todos los países para las personas que aún no están protegidas mediante vacunación”. Podrían surgir nuevas variantes más agresivas de este virus que no respeta fronteras. Mientras haya gente que aún esté en riesgo por la COVID-19, todos permaneceremos en riesgo.

La organización Public Citizen publicó un informe detallado en mayo de 2021 sobre cómo se podrían producir ocho mil millones de dosis de vacunas de ARN mensajero en un año por un estimado de 23.000 millones de dólares, siempre y cuando los titulares de las patentes de las vacunas, como las empresas Pfizer y Moderna, cooperaran. Public Citizen denomina a la vacuna contra la COVID-19 de Moderna, ”NIH-Moderna”, en referencia a las siglas en inglés de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, NIH, cuyos científicos desempeñaron un papel clave en el desarrollo de esa vacuna tan necesaria para salvar vidas, así como también por la gran inversión de fondos públicos que se hizo para apoyar su desarrollo.

Las ganancias que producen las vacunas han generado al menos nueve nuevos multimillonarios vinculados a las empresas Moderna y BioNTech, así como también a la farmacéutica china CanSino. Estas personas suman entre ellas una nueva riqueza de más de 19.000 millones de dólares, según la Alianza Vacuna para el Pueblo. Otros ocho multimillonarios que invirtieron en estas corporaciones también obtuvieron una fortuna extra combinada de 32.000 millones de dólares. Según Oxfam, las empresas Pfizer-BioNTech y Moderna —o ”NIH-Moderna”, como la denomina Public Citizen— ganan 1.000 dólares por segundo, mientras que miles de millones de personas en todo el mundo siguen sin vacunarse o solo han recibido una dosis de la vacuna.

Hasta ahora, ni los debates del Foro Económico Mundial de Davos, ni la filantropía combinada de los más de 2.755 multimillonarios del mundo han logrado vacunar a las y los pobres del mundo. Es por eso que se ha formado una amplia coalición de movimientos sociales a nivel mundial que insta a los Gobiernos del mundo a cobrar impuestos a los ricos.

“Es hora de imponer un impuesto sobre el patrimonio a los superricos y a los multimillonarios del mundo”, escribió Chuck Collins, del Instituto de Estudios Políticos (IPS, por sus siglas en inglés) y la Alianza para la Lucha contra la Desigualdad, al presentar su informe titulado “Gravar la riqueza extrema”. Agrega Collins: “No se trata simplemente de recaudar impuestos para vacunar a las poblaciones de todo el mundo e invertir en sistemas sólidos de salud pública. Se trata también de un impuesto a la riqueza para salvar a la democracia de la concentración extrema de riqueza y poder”.

El informe de Collins estima que un impuesto escalonado a las personas cuyos patrimonios superen los cinco millones de dólares recaudaría 2,5 billones de dólares anuales. Esos fondos podrían ayudar a contener esta pandemia, invertir en medidas de salud pública para prevenir nuevas pandemias en el futuro, y sacar a millones de personas de la pobreza. Impongan impuestos a los ricos.

© 2022 Amy Goodman

Traducción al español de la columna original en inglés. Edición: Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

Amy Goodman. Conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español, entre las que está Radio PRODEMU FM. Es co-autora del libro “Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos”, editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

19 de enero de 2022

La triste niñez de la pandemia

Carolina Vásquez Araya

Las actuales condiciones de vida ponen límites al desarrollo de la niñez.

Lo dijo mi amiga Susana: “Cuando vemos a diario a los niños no alcanzamos a percibir cuánto ha cambiado su comportamiento. Están tristes”. Esta observación puntual me ha hecho reflexionar sobre el impacto del entorno durante la etapa más importante del desarrollo de la niñez y cómo las condiciones restrictivas -en términos económicos y sociales- se han transformado en una especie de cepo, cuya imposición ha acabado con el juego, la interacción entre pares, la diversión y el estímulo físico y psicológico propios de la libertad de movimiento. A ello, añadir la tensión implícita de una situación a la cual no estamos acostumbrados e invade todos los espacios íntimos,  condicionando nuestro humor y, por ende, nuestras actitudes.

Muchas veces medimos los acontecimientos de acuerdo con la vara más conocida. Es decir, nos resulta mucho más fácil establecer rangos de comparación con nuestra percepción y un específico estilo de vida. Poca, o casi nula, es la capacidad de empatía necesaria para ponernos en el sitio de otros, menos afortunados, y tendemos a rebajar el impacto del nuevo escenario ignorando a propósito su poder en la vida de los demás.

Estamos ingresando al tercer año de una realidad de la cual lo desconocemos todo. Nos atacó una pandemia que ha puesto de cabeza todo lo conocido y de la cual no tenemos la medida exacta. Es decir, se ha desatado una infección viral desconocida hasta para el gremio de la salud, que se ha visto sobrepasado no solo por sus consecuencias, también por un cúmulo de informaciones contradictorias y opacas. Si eso sucede entre los expertos, es fácil colegir cómo ha complicado la vida de las familias.

Pero volvamos al tema más importante, el de una niñez triste y sin motivación. Una niñez a la cual le han cortado las alas, le han quitado la libertad de movimiento, la han encerrado entre cuatro paredes -una vivienda popular tiene un promedio de 60 metros cuadrados para una familia de 4 o 5 integrantes- y le han limitado la interacción con sus pares y con el espacio público. Si a eso se añade la tensión originada por la potencial pérdida del empleo o la carencia de recursos económicos para afrontar la crisis, el plato está servido.

Hay que pensar en cómo adecuar lo de hoy para no afectar el mañana.

En términos generales, estamos inmersos en una situación desconocida y, ante sus desafíos, lo menos importante termina siendo la salud mental de la infancia. Aun cuando esto suena extremadamente cruel, la mente del adulto promedio tiende a considerar a los más pequeños como un material flexible que aguanta con todo. Pocos se detienen a reflexionar sobre la trascendencia de una infancia feliz como plataforma esencial para el desarrollo de un ser pleno, tanto física como intelectual y psicológicamente, y esto es porque tampoco la tuvieron. Entonces, simplemente se aplican los criterios establecidos por las autoridades sanitarias y se deja para después el esfuerzo de compensar adecuadamente las carencias que ello implica en la vida de los más jóvenes.

La infancia triste será una de las peores caudas de esta situación incomprensible a la cual nos enfrentamos sin herramientas propias. Vamos hacia adelante a ciegas, avanzando y retrocediendo a medida que el estamento científico tantea, a ciegas, un esquema apropiado de conducta. En medio se deslizan los miedos, las desconfianzas y la sospecha de que ya nada volverá a ser como antes. Sin embargo, como adultos acostumbrados a las dificultades propias de un sistema cada vez más hostil, poseemos la capacidad de adaptación. Otra cosa es la perspectiva para las niñas, niños y adolescentes privados de los recursos esenciales para desarrollar todo su potencial. Vivir confinados, estudiar frente a una pantalla -eso, para los más privilegiados- o compartir a duras penas con sus hermanos un teléfono celular para comunicarse con su maestra mientras se les impide jugar con sus amistades y se les mantiene privados de los estímulos de una vida al aire libre, es una fuente constante de frustración y tristeza. Las consecuencias de este nuevo esquema son imprevisibles.

@carvasar

11 de enero de 2022

Negacionistas en jaque

Marcelo Guardia Crespo

La invención del conocimiento científico significó para el mundo occidental un paso gigante hacia la conquista de la verdad. Pasaron los siglos y los cuestionamientos se multiplicaron desde diferentes perspectivas. Los más serios se generaron dentro del mismo campo científico donde se constató que las certezas de la física y la biología no eran absolutas. Pero las visiones más pobres volvieron a la subjetividad de las creencias sin fundamento. Los detractores de las vacunas son el vivo ejemplo de ese curioso retroceso en tiempos de pandemia. En plena sociedad de la información millones de personas se resisten por desinformación y un toquecito de irresponsable egoísmo.

La ciencia puede ser cuestionada en muchos aspectos. Pero sigue siendo el ámbito que desarrolla métodos sistemáticos que solventan el conocimiento que producen. Todo el progreso y los avances tecnológicos de los que disfrutamos se deben a la ciencia. No así a las creencias y supuestos que circulan en ámbitos aferrados a la especulación. La pandemia sorprendió a todos y desafió a los científicos a crear vacunas y remedios que mitiguen esta imprevisible y mutante enfermedad. Organismos internacionales validaron varias vacunas producidas en menos de un año. La inmunidad total o parcial comenzó a proteger importantes sectores de la población mundial. Pero muchos optaron por decir “no a las vacunas”.

Algunas explicaciones son relativamente razonables y otras son tristemente argumentadas. “Yo me curo con la medicina ancestral”. Es una posibilidad muy limitada por la agresividad del virus. “Existen intereses comerciales detrás de las vacunas”. No hay nada en el mundo global fuera del mercado. Podemos acceder a bienes culturales pagando ingresos o comprando libros. Ni la televisión local es gratis. “No sabemos lo que tienen las vacunas”. Bastaría con googlear para saberlo de manera básica. Mejor si accedemos a revistas científicas. Tampoco sabemos lo que tiene la comida y los otros remedios. “Las vacunas no funcionan”. Los hechos empíricos y las estadísticas demuestran que alrededor de 80% de las personas que llegan a UTI no se vacunaron. “No creo en las vacunas en general”. La ciencia no es para creer es para conocer lo desconocido. “El coronavirus no existe”. Desinformación es ignorancia. “He pasado la enfermedad y estoy inmunizado”. El virus se transforma y ataca de diferentes maneras. Eso se conoce como “variante”. “Tengo motivos religiosos o éticos”. Algunas religiones se aferran al oscurantismo medieval basadas en la manipulación de personas desinformadas. “Inyectan un microchip para controlarnos”. “Las monedas se pegan en el brazo”. Todavía no se inventaron aparatos en estado líquido. “Producen esterilidad”. “Te convertirán en homosexual”. Ignorancia radicalmente deplorable.

Existe miedo a lo desconocido. Hay incertidumbre por los errores cometidos por las instituciones y los medios de comunicación que incumplieron su rol de informar con veracidad desde el inicio de la pandemia. Desconfianza hacia el Estado porque utiliza vergonzosamente la pandemia para fines proselitistas. A eso se suma la infodemia que satura redes sociales y a veces se filtra en ciertos periodismos.

Pero lo incomprensible es que haya gente negando su pertenencia a una comunidad de la cual depende. La enfermedad se transmite en cadena. No es posible asumir ese aislacionismo egoísta e irresponsable que contribuye a que personas inocentes corran el riesgo de contagiarse o morir. No es justo que médicos y enfermeras estén con Covid-19 porque tuvieron que atender a despistados negacionistas. No está bien que el Estado siga gastando dinero público para curar personas sin argumentos ni solidaridad con su propio entorno familiar y social.

Los hechos han demostrado que la ciencia y sus avances son el asidero del que el Estado y la sociedad civil deben aferrarse. Esto incluye al periodismo que por sus compromisos económicos y políticos suele extraviarse de su obligación al no informar con veracidad y precisión a la sociedad. Hace falta información y educación más que medidas coercitivas que huelen a autoritarismo. El Gobierno podría hacer campañas útiles en vez de gastar la plata en favor de las fakes que inventan sistemáticamente. Los negacionistas saben que la cuarta ola sería distinta si se hubieran vacunado. A eso se suma que deben presentar certificado de vacuna para ingresar a lugares públicos. Están en jaque. Pudieron haberlo evitado.

8 de enero de 2022

Perú: La otra pandemia

Jo-Marie Burt

La pandemia ha golpeado al Perú con especial dureza, siendo el país con la tasa de mortalidad por COVID más alta del mundo. Ante la gravedad de la situación, las autoridades han establecido un programa de vacunación exitoso. Más del 80% de la población ha recibido la vacuna, que junto con medidas como llevar mascarillas y el distanciamiento social, es la única herramienta para combatir el COVID.

Para las mujeres peruanas existe otra pandemia invisible: la violencia de género.

En los primeros minutos del año nuevo, se reportó el primer feminicidio: un hombre asesinó a puñaladas a su pareja, una joven de 17 años, en Huancavelica.

El feminicidio es el acto de asesinar a una mujer por su condición de tal. Puede ser relacionado a violencia familiar, violencia sexual, hostigamiento, acoso sexual u otros hechos en cuya base está la discriminación de género. En 2021, la Defensoría del Pueblo registró 132 feminicidios, 204 intentos de feminicidios y 54 muertes violentas de mujeres en el país.

La violencia de género empeoró y se hizo más evidente con la pandemia. Durante 2020, el número de casos de violencia contra la mujer denunciados se duplicó en relación al año anterior: 235.000 agresiones. El confinamiento obligatorio, medida necesaria para enfrentar la crisis sanitaria, generó un aumento en la violencia contra las peruanas. Muchas mujeres no tuvieron opción alguna y acabaron encerradas con sus agresores, lo que imposibilitó salir a denunciar y buscar ayuda. También hubo un incremento alarmante en el número de mujeres, incluso niñas y adolescentes, reportadas como desaparecidas en el 2021: 16 por día durante el primer semestre.

Gracias a la presión de la sociedad civil, especialmente las organizaciones feministas, el Perú ha desarrollado un marco legal para combatir el feminicidio y la violencia de género. Se estableció el feminicidio como un delito autónomo en el 2013. En el 2016 se promulgó una ley para prevenir, sancionar y erradicar la violencia de género. En el 2018 se creó un sistema especializado de justicia para sancionar la violencia de género.

Pero aun así, la violencia contra las niñas y las mujeres sigue en aumento. Es la otra pandemia que no se visibiliza o, peor aún, se convierte en espectáculo.

Es necesario fortalecer el marco legal para combatir la violencia de género y el feminicidio. Pero la solución a la pandemia de la violencia de género no puede ser solo legal. La tolerancia social de la violencia de género es una de sus principales razones de ser. Eso se combate con educación con enfoque de género, que es la única forma de atacar la raíz del problema: el machismo que mata.

Jo-Marie Burt. Doctora en ciencia política por Columbia University. Profesora en George Mason University y Asesora Principal de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), investiga sobre violencia política, autoritarismo, derechos humanos, y justicia transicional en América Latina. Síguela en Twitter @jomaburt.

2 de enero de 2022

2021, un año de economía pandémica

Hedelberto López Blanch

El 2021, al igual que el 2020, ha sido un año marcado por la pandemia de coronavirus Sars-Cov-2 que restringió las posibilidades económicas a la mayoría de las naciones del mundo y que también incrementó las diferencias entre los países pobres y los más desarrollados al acaparar, estos últimos, el 75 % de las vacunas producidas en el orbe.

Esto ha provocado el resurgimiento de nuevas cepas como la Delta y la Ómicron que amenazan con seguir prolongando la crisis económico-financiera mundial con el consecuente cierre de empresas, grandes limitaciones al turismo y el incremento del desempleo.

Desde diciembre de 2019 (cuando se descubrieron los primeros brotes en China) hasta 20 de diciembre de este 2021, se habían contagiado en el orbe 274 329 250 personas y fallecidas 5 368 065, mientras a la cabeza de estos desastrosos datos aparece Estados Unidos con alrededor de 51 millones de infectados, más de 805 220 muertos y en este año tendrá un pobre crecimiento estimado en 2,5 y 3 % del PIB.

Pésima distribución de vacunas

Pese a los constantes llamados del director general de la OMS Tedros Adhanom Ghebreyesus para que los países desarrollados e industrializados suministren vacunas contra el coronavirus a las naciones pobres, la situación sigue estancada por la ambición de los más ricos. También está en crisis el mecanismo Covax de la ONU pues de las 700 millones de dosis que deben entregarse, solo han llegado unas 160 millones. Eso motiva que el virus mute constantemente con el peligro de que el contagio continúe por todo el orbe.

La pandemia incrementó la desigualdad

La Organización no Gubernamental inglesa Oxfam denunció que la pandemia ha incrementado la desigualdad abismal entre las personas a nivel mundial cuando el 1 % más rico de la población posee más del doble de riqueza que 6 900 millones de habitantes. En los últimos dos años de epidemia se ha producido una aceleración del proceso de concentración de rentas y riquezas que arrancó con las desregulaciones y privatizaciones en la década de 1980.

Recuperación económica entre bambalinas


Aunque organismos como el FMI y Banco Mundial indican que la economía del orbe crecerá entre 5 % y 5,5 % este año, y América Latina también en cerca de 5 %, las dudas han crecido con la aparición de nuevas variantes del virus como Ómicron que podrían detener los avances obtenidos en los últimos meses. De todas formas la diferencia en las cifras se harán sentir entre las naciones ricas y las más pobres, pues estas últimas, a excepción de algunas, continuarán con poco o ningún crecimiento de su Producto Interno Bruto.

Sin solución el cambio climático

La cumbre contra el cambio climático (COP 26) realizada en Glasgow, Gran Bretaña, concluyó con un leve avance para el logro de un acuerdo mundial que reduzca los gases de efecto invernadero. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres señaló “es un paso importante, pero insuficiente. Nuestro frágil planeta pende de un hilo. Seguimos tocando la puerta de la catástrofe climática. Es hora de entrar en modo de emergencia o nuestra posibilidad de alcanzar las cero emisiones netas será prácticamente nula”.

América Latina en un limbo

La covid 19 ha incrementado los enormes problemas de los ciudadanos que están atrapados entre la alta desigualdad entre ricos y pobres, el bajo crecimiento económico y las ineficaces políticas de protección social que implementan los regímenes neoliberales. Aunque la CEPAL indica que la región crecerá cerca del 5 % añade que la crisis pandémica agudizó los problemas estructurales, la baja inversión y productividad, informalidad, desocupación, desigualdad y pobreza.

Las despreciables extorsiones de Estados Unidos

Cuando el mundo pensaba que las políticas de extorsiones y de guerra fría lanzadas por la administración estadounidense de Donald Trump concluirían con su salida, la frustración ha sido grande al observar que el nuevo residente de la Casa Blanca, Joe Biden, continúa y hasta impulsa nuevas agresiones contra más de 20 países como China, Rusia, Bielorrusia, Zimbabwe, Yemen, Sudán del Sur, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Turquía o Irán en el vano intento de preservar un mundo unipolar. Mientras esto sucede en política internacional, dentro del país existen más de 55 millones de pobres y 58 millones que carecen de seguro médico, situación que se incrementó con la pandemia.

Se recrudece el bloqueo

Con la espuria concepción de que Latinoamérica es su patio trasero y en aras de destruir los procesos democrático-sociales establecidos en Cuba, Venezuela y Nicaragua, Biden  ha impulsado las agresiones económico-financieras de todo tipo contra esas naciones por lo que esos gobiernos han tenido que realizar ingentes esfuerzos para sostener los programas sociales y la alimentación de sus pueblos.

Indolencia con los inmigrantes

Este año continuó el desborde de emigrantes de naciones pobres hacia otras más desarrolladas en busca de aliviar las penurias que provocan las guerras, el desempleo, la desatención sanitaria, pobreza, la pandemia y las políticas neoliberales que aplican muchos gobiernos. Las caravanas de miles de personas hacia la frontera estadounidense, para lo cual atraviesan varios países, se han hecho casi cotidianas con saldo de numerosos muertos y desaparecidos. Igualmente, desde África y Medio Oriente, las personas se lanzan a cruzar las furiosas aguas del Mediterráneo en el intento de alcanzar las costas europeas. Es un desastre humano que no ha tenido solución por parte de las antiguas metrópolis ni de los organismos internacionales.

China y Rusia aceleran crecimiento

Con un intercambio comercial en 2021 de 130 000 millones de dólares y un crecimiento del PIB de 4,2 % para Rusia y alrededor del 7 % para China, estos dos gigantes, pese a las “sanciones” estadounidenses, apuestan por un mundo multipolar. En las transacciones apuestan por el uso de sus monedas nacionales y han sido dos pilares en aras del mejorar los estragos de la epidemia de la economía mundial.

La Unión Europea a la baja

Muchas dificultades y traspiés han tenido durante todo el año las naciones de la Unión Europea para tratar de levantar sus economías las que se han visto afectadas por la pandemia, las bajas producciones, la falta de empleo y la salida de Gran Bretaña de la Unión. La postura de sus dirigentes de seguir al pie de la letra los dictámenes emanados desde Washington contra diversos países del mundo les ha ocasionado bajas en el comercio internacional y enorme daño a sus economías.    

La ASEAN sigue adelante

Los diez integrantes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN)  han logrado evadir los efectos negativos de la pandemia por lo que se estima que su crecimiento alcanzará entre el 4 % y 4,4 % en 2021. De gran beneficio ha sido la conformación desde 2020 de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP) que engloba a 15 naciones de la región Asia Pacífico que poseen un tercio de la economía del planeta, con un PIB de unos 26,2 billones de dólares y cerca de 2 200 millones de consumidores en la región con mayor crecimiento del mundo.

África el más sufrido

Las poblaciones del continente africano son las que más han sufrido este año debido a la imposibilidad de adquirir las necesarias vacunas contra el coronavirus y la desidia de las naciones pudientes para ayudarlos. La caída del comercio, el desempleo y las enfermedades han hecho mella en la mayoría de los pueblos africanos que además sufren las consecuencias del cambio climático que provoca sequías y el brote de plagas que destruyen sus cultivos.

Hedelberto López Blanch. periodista, escritor e investigador cubano.

29 de diciembre de 2021

Perú: El año de todas las pestes

Eloy Jáuregui

Se acaba el 2021. Malaya la suerte mía, como decían los de antes. Y la existencia en una era desgraciada continua. Y los muertos con nosotros multiplicándose y la miseria de todos los días y el ómicron ya está al asecho. ¿Y la educación? Difícil que se recupere, como las izquierdas, difícil que se unan. Pero en este clima desolado he visto muestras de solidaridad. Cierto, son las menos.

En la literatura, que es lo mío, este año se siguieron publicando libros interesantes. De los últimos, Hora Zero, la historia. Y un libro extraño pero brillante de Alberto Chirif, De marocas y tombos calatos. Habla y jerga en Lima de mediados del siglo XX. Luego, la colección de crónicas de Helio Ramos Gauguin en la avenida Emancipación, la novela de Carlos Enrique Freyre El miedo del lobo y en poesía La parábola de las ideas impuras de Enrique Sánchez Hermani. Bueno, no soy Gonzales Vigil, pero déjenme recomendarles dos textos de crónicas y entrevistas: Generación B del sello Artífice y El Perú en cuarentena, una selección de Rubén Barcelli y la novísima editorial Garamond.

Borges entendió la literatura como un espacio lleno de vida, y no le faltaba razón. Dicen sus estudiosos, Santiago Llach, entre otros, que el argentino entabla con el lector una relación ladina, ambigua, esquiva, muy provocadora. Su obra es un puñal y una caricia constante: por un lado, llena el camino de trampas y dificultades, para que el lector se desoriente. Y lo consigue. Y yo digo que es igual a estas horas, cuando la muerte nos persigue. Y lo reafirmo yo que estuve agonizando 15 días y lo único que extrañaba era un buen libro y estar tirado en la playa.

Pero nos han tocado las peores horas donde vale bien la meditación y la oración para el espíritu. ¿Y para el bolsillo? Poco, casi nada. Porque la pandemia no solo afectó el cuerpo, sino que se ensañó con nuestra economía. Aunque el Banco Azteca me sigue cobrando y me llaman y sus sicarios no se cansan de tocar mi puerta. Por eso siempre me pregunto: ¿quién es más ladrón, el que funda o el que asalta un banco?

Insisto, se va el 2021 y ojalá se vayan también las desgracias y la mala suerte. Y aquí me detengo. A mis lectores, y a los otros, les deseo que el 2022 sea mejor. Hay que vacunarse, comer sano, ser tolerante y tener buena onda, redoblar esfuerzos y pedir un mundo mejor, más equitativo y justo.

20 de diciembre de 2021

El lucro de las grandes farmacéuticas condujo a la variante Ómicron

Nick Dearden


Desde hace muchos meses se predice una nueva y peligrosa variante del COVID-19. Los expertos nos dijeron repetidamente que dejar grandes zonas del mundo sin vacunar y sin protección hace que las nuevas variantes sean casi inevitables. Pero las grandes empresas se encargaron de decidir quién recibía las vacunas y quién no, por lo que los ricos recibieron más de lo necesario, mientras que los pobres no recibieron nada.

El despliegue mundial de vacunas no ha sido tan diferente del modo en que uno de los gobiernos imperiales de Gran Bretaña habría manejado una crisis semejante hace 200 años: una fuerte dosis de racismo combinada con la idea de que el mercado debe decidir quién vive y quién muere en el mundo.

Boris Johnson encaja perfectamente en el papel. Mientras los que están en el extremo de la desigualdad de las vacunas llevan más de un año exigiendo una forma diferente de hacer las cosas, un incompetente Primer Ministro británico, educado en la escuela más exclusiva del país, les dice que realmente no entienden lo que les conviene. Entonces, como ahora, la gente puede morir por millones, pero nada puede sacudir la arrogancia de nuestros gobernantes de que su camino es el mejor.

Incluso ante una variante que amenaza con socavar las propias vacunas, Boris Johnson dijo a la nación el sábado por la noche que deberíamos estar orgullosos de nuestra contribución al programa mundial de inoculación. El problema, dijo con la típica arrogancia imperial, no tiene nada que ver con la cantidad de vacunas disponibles, sino que es un producto de la indecisión de las vacunas. La prueba, bien podría haber dicho, es que no tiene sentido dar a los africanos algo tan importante como la medicina moderna, ya que no tienen ni idea de qué hacer con ella. Mejor dejarlo a nosotros.

Como tantas veces, los comentarios de Johnson tienen poca base en la realidad. Sudáfrica, el país que —afortunadamente— reconoció y advirtió al mundo sobre esta variante, solo ha sido capaz de vacunar completamente al 24% de su población. Es una cifra elevada para los estándares del sur de África. Mientras que Botsuana y Zimbabue han conseguido vacunar a cerca del 20% cada uno, Malawi y Zambia han vacunado completamente a apenas un 3% de su población.

En el conjunto del continente, el panorama es aún más sombrío. Menos de uno de cada diez trabajadores sanitarios ha sido vacunado, mientras que en el Reino Unido hay más personas que han recibido un refuerzo por habitante que las que se han vacunado por primera vez en África. La idea de que hay muchas vacunas en todas partes es claramente ridícula.

Es cierto que Sudáfrica ha recibido, en la última semana más o menos, un gran lote de dosis y ha dicho que tiene suficientes en este momento. En lugar de acumular grandes cantidades de dosis que no pueden utilizar inmediatamente, como están haciendo el Reino Unido y la mayoría de los demás países ricos, Sudáfrica dijo que serían más útiles en otros lugares. Eso no significa que lleven meses nadando en ellas, ni que lo vayan a hacer en tres meses más. De hecho, en el momento álgido de la última oleada mortal de Sudáfrica, las vacunas que se producían en el país se enviaban a la Europa y la Norteamérica mejor vacunadas por orden de Johnson & Johnson.

Y aquí llegamos al núcleo del problema. «Dejar al mercado», en la economía global, significa entregar las decisiones sobre quién vive y quién muere a enormes corporaciones. En lugar de etiquetar la nueva y peligrosa cepa COVID-19 como Ómicron, se ha sugerido que la llamemos «la variante Pfizer». Eso, al menos, contendría algo de honestidad en cuanto a la culpa de nuestra situación actual.

Aquí el problema no es, por lo general, la incompetencia. El problema es que se puede ganar dinero, y mucho. Los principales productores de vacunas, Moderna, Pfizer y BioNTech, están ganando 1000 dólares por segundo. Al menos nueve personas se han convertido en nuevos multimillonarios desde el comienzo de la pandemia gracias a los excesivos beneficios que estas empresas han obtenido con sus monopolios relacionados con el COVID-19. El director general de Moderna se hizo mucho más rico estas últimas semanas, cuando las noticias sobre la variante de Ómicron hicieron que sus acciones volvieran a subir.

Estos beneficios deben poco a la utilidad social de quienes los obtienen. Las vacunas no fueron inventadas por las corporaciones que las producen actualmente. La vacuna de Moderna fue inventada en su totalidad gracias al gobierno estadounidense, la de AstraZeneca gracias a instituciones públicas y benéficas británicas, y la de Pfizer fue creada por una empresa de biotecnología respaldada por el Estado alemán. Pero en un mundo en el que los medicamentos son fabricados por un pequeño puñado de empresas en unos pocos países, ese conocimiento se privatizó, dejando que las grandes farmacéuticas decidieran a quién vender y a qué precio.

La situación es aún peor. Gracias a un acuerdo comercial mundial conocido como ADPIC impulsado en la década de 1990 por un antiguo director general de Pfizer, estas empresas también deciden quién puede producir, dónde y cuánto. Por eso, tras más de un año de pandemia, seguimos produciendo una fracción de las dosis que podríamos fabricar.

Hace doce meses, India y Sudáfrica, con el apoyo de la mayoría de los países del Sur Global, pidieron al mundo que, mientras durara la pandemia, renunciara a las patentes sobre productos como las vacunas. Impulsado por la izquierda del Partido Demócrata, incluso el presidente Biden respaldó el llamamiento en mayo. El argumento era que esto permitiría al mundo movilizar toda la capacidad de fabricación sobrante para producir medicamentos y equipos relacionados con el COVID. Ya podríamos haber producido miles de millones de vacunas adicionales si no fuera porque los gobiernos europeos, incluido el Reino Unido, bloquearon la propuesta.

Además, la OMS creó un organismo especial en el que animó a los gobiernos y a las empresas a presentar cualquier propiedad intelectual y conocimiento relacionado con la pandemia. Desde allí podrían compartir esa información con el mundo, convirtiendo el conocimiento médico en un verdadero bien público. Hasta la fecha, solo cuenta con una presentación, una herramienta de diagnóstico que fue presentada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas hace pocos días. Las grandes farmacéuticas se mofaron de la idea, y Pfizer la calificó de «disparate».

Tal vez la mayor ironía de la variante Ómicron es que su llegada forzó el aplazamiento de la cumbre de la Organización Mundial del Comercio de esta semana, el mismo organismo que supervisa las normas comerciales que impiden el aumento de la producción de vacunas. En esa reunión, los países del Sur Global iban a volver a presionar para conseguir una exención, mientras que Gran Bretaña, Suiza y la UE se preparaban para defender a las grandes farmacéuticas y negarse a aceptar la necesidad de un cambio.

Tan obsesionada está Gran Bretaña con la mano del libre mercado en forma de Pfizer que el gobierno estaba impulsando una propuesta alternativa para acabar con la pandemia. Incluía —usted adivinó— más liberalización del comercio y aún más aranceles para reducir el mercado, promoviendo la desregulación de los servicios y cerrando el espacio que tienen los países para responder a esta o a futuras pandemias y dificultando que los países del Sur Global nutran sus propias industrias farmacéuticas.

Pero hay algo de esperanza. Hartos de los juegos de países como Gran Bretaña y Alemania, los países del Sur Global están contraatacando. Con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud, Sudáfrica ha creado un «centro de ARNm» cuyo objetivo es investigar la tecnología de punta que hay detrás de las vacunas de Pfizer y Moderna y producir medicamentos directamente, además de compartir esta tecnología con el resto del mundo. Aunque Pfizer y Moderna se han negado vergonzosamente a compartir su receta, el centro va a intentar imitar la vacuna de Moderna de todos modos y producirla sin permiso.

Dado el revolucionario potencial del ARNm para inocular no solo contra el COVID-19, sino para producir vacunas o tratamientos para el VIH, el cáncer, la malaria y otras enfermedades, esto encierra la promesa de arrancar una tecnología vital de las manos de las grandes empresas obsesionadas con los beneficios para crear un sistema de investigación médica muy diferente.

Así que la batalla en curso va mucho más allá de esta pandemia. El COVID-19 ha obligado al mundo a cuestionar si nuestra asistencia sanitaria es un derecho que debe ser disfrutado por todos, independientemente de la riqueza, o una mercancía que se comercializa en los mercados financieros para obtener beneficios. De hecho, las reglas de la economía global —un sistema de capitalismo monopolista— no nos permitirán tratar de forma justa muchas de las graves cuestiones a las que nos enfrentamos, desde el cambio climático hasta la amenaza a nuestros derechos humanos que supone el siempre poderoso lobby de las grandes tecnologías. En este sentido, el incipiente experimento de construcción de un sistema farmacéutico del Sur Global aporta lecciones para el tipo de economía y sociedad futuras que necesitamos construir. Y el amplio movimiento a favor de una «vacuna popular» muestra cómo se puede impulsar a la gente a luchar por ese cambio.

Sin duda, Boris Johnson seguirá pontificando sobre las virtudes del capitalismo de libre mercado en la escena mundial. Pero no puede ocultar la realidad del despliegue de la vacuna contra el COVID-19 en todo el mundo, que muchos califican de «apartheid de las vacunas». Si Gran Bretaña sigue obstaculizando un sistema más humano y racional, los países no seguirán dialogando eternamente. Simplemente empezarán a hacer las cosas de forma diferente. Y merecen nuestra solidaridad.

15 de diciembre de 2021

Ciencia y capitalismo en tiempos de covid

Laura Nuño de la Rosa

La pandemia de la covid-19 ha puesto de manifiesto la intrincada relación entre naturaleza y sociedad, así como entre ciencia, tecnología y política. Este artículo no pretende ofrecer una reflexión en profundidad, sino más bien una introducción, más o menos sistematizada, a algunas de las muchas cuestiones éticas, morales y políticas que, de manera acelerada y magnificada, ha puesto sobre la mesa la pandemia.

Presentaré estas cuestiones agrupadas en tres grandes secciones. En la primera, reflexionaré sobre la naturaleza socialmente construida de la pandemia en el contexto de la globalización capitalista y la destrucción del hábitat. En la segunda sección analizaré cómo se ha configurado la relación entre ciencia y capitalismo en las distintas fases de producción de las ciencias de la covid. Por último, esbozaré algunas consideraciones en torno a la reacción social a la ciencia de la pandemia, que incluirán tanto una discusión sobre las fuentes de autoridad científica en el marco de los movimientos anticiencia como una reflexión en torno al modo en el que conocimiento científico y la acción política se articulan y deberían articularse en un horizonte emancipatorio.

1. La naturaleza socialmente construida de la pandemia

¿En qué sentido la pandemia puede considerarse una realidad natural y a la vez socialmente construida? En esta sección abordaremos la necesidad de pensar críticamente la dimensión social de la pandemia en lo que afecta tanto a su génesis y evolución como al modo en el que la enfermedad, atravesada por la desigualdad, se expresa en los cuerpos individuales (para un análisis más en profundidad de estas cuestiones, véase Nuño de la Rosa, 2021).

1.1. El origen social de la pandemia

Hoy sabemos qué plantas y animales se originaron a partir de la fusión de diferentes especies microbianas y qué virus y bacterias juegan un rol esencial en la regulación de la salud y de los ecosistemas (véase la entrevista a Máximo Sandín en Lomeña, 2020). Las epidemias, sin embargo, no son consustanciales a la especie humana. Su aparición es un fenómeno relativamente reciente en nuestra historia evolutiva, asociado al crecimiento y a la concentración de las poblaciones humanas que acompañó a la sedentarización de las primeras sociedades agrícolas y ganaderas en el Neolítico. De hecho, la disciplina de la epidemiología no nace hasta el siglo XIX, cuando se desata la guerra contra los microbios que aparece, a su vez, inextricablemente ligada a las condiciones de hacinamiento que acompañaron a la industrialización (Latour, 1984). La pandemia de la covid-19 es, en el mismo sentido, producto de una época, la nuestra, caracterizada por la globalización acelerada de las relaciones sociales y económicas y la destrucción del planeta derivada de la lógica productivista del capitalismo. Sin la destrucción de las fronteras de los hábitats salvajes, sin las dimensiones ingentes de las concentraciones humanas en espacios de ocio y transacción económica, sin la frecuencia acelerada de los viajes transoceánicos…, la génesis de la pandemia no habría sido explosiva ni su propagación global y exponencial.

En las últimas décadas se había asumido que el progreso tecno-científico había generado “transiciones epidemiológicas” que habían liberado a las sociedades desarrolladas de la amenaza de las enfermedades infecciosas (Etxeberría, 2021). Consideradas males producidos por las condiciones de insalubridad de los países pobres, la industria farmacéutica hace tiempo que había dejado de invertir en el desarrollo de vacunas para concentrarse en las enfermedades intrínsecas asociadas al aumento de la esperanza de vida, como el cáncer, las enfermedades cardiovasculares o el alzhéimer.  

La pandemia de la covid-19 ha desenmascarado la ilusoria pretensión de circunscribir geopolíticamente las enfermedades, revelándose como el síntoma más palpable del Antropoceno, la primera época geológica definida por el efecto estructural de las actividades de una sola especie, la nuestra. Como hace tiempo se viene denunciando desde el ecosocialismo, la pandemia de la covid ha mostrado de manera dramática la falsedad de la dicotomía entre naturaleza y sociedad, una cuestión que, lejos de ser meramente ontológica, revela dimensiones prácticas inmediatas, y es que el hecho de que seamos productores de la naturaleza, señala también a las víctimas y responsables de esas acciones.

1.2. La vulnerabilidad diferencial ante la pandemia: género, raza y clase

Como sucede con todas las enfermedades, el modo en que nos afecta la covid en cada una de sus etapas (a saber, la probabilidad misma de enfermar, de presentar un curso grave y de tener acceso a unos cuidados de calidad) también depende del contexto social (Barea, 2021). Esta cuestión no es ajena a la epidemiología misma, donde existe un gran debate al respecto. Desde la década de los ochenta, la llamada epidemiología de los factores de riesgo, centrada en los factores biológicos y conductuales que explican la enfermedad, ha venido siendo cuestionada desde enfoques críticos que tratan de comprender la salud atendiendo al contexto social, económico, cultural, histórico y político de las poblaciones (Arrizabalaga, 2021).

Explorar las múltiples dimensiones en las que cada una de las fases de la enfermedad de la covid-19 y su propagación se ha visto afectada por estos contextos exigiría varios artículos. Aquí nos limitaremos a explorar de manera muy sucinta cómo la vulnerabilidad diferencial ante la enfermedad depende no solo de factores supuestamente naturales como la edad o el sexo, sino también de cómo se construyen socialmente esas diferencias. Y es que, a pesar del mantra, repetido hasta la extenuación, sobre la naturaleza democrática y no discriminatoria del virus, la variabilidad de la incidencia y las tasas de letalidad de la covid por países, ciudades y distritos, e incluso la huida de grandes fortunas a regiones despobladas en jets privados (Helmore, 2020), ha puesto de manifiesto la intrincada relación entre salud y clase social, tecnología y política. El modo en que la salud y la enfermedad traducen las posiciones múltiples y entrecruzadas de subordinación social se ha revelado con particular dramatismo en el caso de la raza y el sexo/género. Como ha documentado la agencia de salud pública estadounidense (https://www.cdc.gov/), la raza, entendida como una realidad socialmente construida que, sin embargo, tiene efectos materiales en los hábitos, comorbilidades y acceso a los sistemas de salud, ha tenido un efecto devastador en la vulnerabilidad diferencial ante el riesgo de infección y muerte por covid. Del mismo modo, la amplitud de la variación geográfica y temporal en los índices de mortalidad por sexo indica que esta disparidad no puede comprenderse como el resultado predeterminado de la dotación cromosómica o genital de hombres y mujeres, sino que ha de tener en cuenta las distintas ocupaciones laborales, estilos de vida y comorbilidades asociadas a tales hábitos (Richardson y Shattuck-Heidorn, 2020).  

2. Ciencia y capitalismo en tiempos de pandemia

Si la pandemia es global y se manifiesta de un modo diferencial que traduce las desigualdades sociales, la ciencia que se hace cargo de ella reproduce también las relaciones económicas del capitalismo actual. En el siglo pasado, la ciencia se consolidó como empresa global que trasciende las fronteras de los laboratorios y de los propios Estados, dando lugar a redes científicas transnacionales que, bajo un proyecto común, implican a un gran número de investigadores de distintas especialidades. El proyecto Manhattan, destinado al desarrollo de armas nucleares durante la II Guerra Mundial, o el más reciente Proyecto Genoma Humano, ambos liderados por EE UU, son los grandes ejemplos de los proyectos big science que han caracterizado a la ciencia del siglo XX. En este sentido, hace ya décadas que la imagen ilustrada de la ciencia como una labor desinteresada, practicada por mentes incorpóreas que someten a prueba sus hipótesis aplicando el método científico, ha sido abandonada. Las comunidades científicas se conciben más bien como redes extensas que desbordan los confines de los laboratorios e incluyen también a agentes políticos y empresariales (Latour, 2005). Las ciencias de la pandemia, y en particular la empresa internacional que ha puesto en marcha el desarrollo de las vacunas contra la covid, dibujan una nueva configuración de ciencia transestatal gobernada no ya por gobiernos, sino por oligopolios empresariales y ante los cuales los acuerdos supranacionales como Covax se han demostrado incapaces (Phillips, 2021a).

En los últimos años, la creciente dependencia de la ciencia, no solo de agencias de investigación, sino, sobre todo, de empresas y fundaciones privadas, ha desatado la reflexión crítica sobre la supuesta independencia del conocimiento científico (Longino, 2019). Y es que los intereses privados no solo condicionan la propia elección de los hechos que se investigan. Cuando la investigación científica se orienta a la comercialización de sus productos, la propia maquinaria de producción del conocimiento científico (en particular la precarización de la mano de obra investigadora) se ve profundamente afectada (Caro Maldonado, 2021). Por otro lado, en las últimas décadas el conocimiento científico ha sido objeto de un creciente proceso de privatización, tanto de su propia expresión en forma de artículos académicos como de su aplicación en productos tecnocientíficos. La industria editorial se lucra con la administración de la publicación y el acceso a los resultados de una ciencia financiada mayoritariamente con fondos públicos, del mismo modo que la industria farmacéutica gobierna el desarrollo y la distribución de vacunas y medicamentos. En el caso de las vacunas, si bien el código ético está bien establecido para la fase de desarrollo en lo que refiere a los ensayos clínicos, existe un total vacío en relación a su distribución, como hemos tenido ocasión de comprobar al presenciar la guerra de las vacunas desatada por la competición entre los países ricos por su adquisición anticipada. El acelerado proceso de apropiación del conocimiento científico se traduce en la creciente patentización de los productos de la ciencia en todos los procesos que se utilizan para su desarrollo (sobre la apropiación intelectual de la vida misma por parte de las empresas de la llamada biología sintética, véase Nuño de la Rosa, 2013). La evolución de la legislación internacional sobre patentes, como la del mercado editorial, ha dado lugar a un escenario de precios desorbitados, oligopolio empresarial y acceso sangrantemente desigual (Díaz y Arador, 2020).

3. La reacción social a la ciencia de la pandemia

Otra de las cuestiones que ha acelerado la crisis de la covid tiene que ver con la transformación de las fuentes de autoridad científica, que tradicionalmente han emanado de mecanismos e instituciones como la revisión por pares o los reconocimientos otorgados por academias científicas. Por un lado, el vaciamiento de autoridad de estos mecanismos e instituciones heredados se está produciendo como resultado de la tendencia creciente, interna a la ciencia misma, a acudir directamente al público para promocionar distintos programas de investigación en liza para conseguir financiación (Daston, 2021: 85). A su vez, la accesibilidad a los resultados de la ciencia, sumada a la crisis de los mecanismos de legitimación tradicionales, ha ampliado las fuentes consideradas legítimas al sumar a nuevos actores generadores de opinión científica en las redes sociales. Por otro lado, la legitimidad del conocimiento atesorada por los mecanismos de autoridad tradicionales se tambalea también por los ataques externos por parte del movimiento anticiencia, que ha vivido una nueva reencarnación en las teorías conspiranoicas y negacionistas de la pandemia. El movimiento anticiencia condensa la dimensión sociopolítica de la ciencia en agentes políticos o empresariales concretos (Bill Gates, la tecnología 5G), cuando nadie más parece querer denunciar públicamente los efectos devastadores de la mercantilización de la ciencia y la tecnología.

En este escenario, la derecha ha logrado imponer una narrativa, a la que también ha contribuido la izquierda institucional, en la que economía y salud se oponen como polos de una disyuntiva donde el término salud se vincula a la salud pública y las medidas de restricción social, mientras la economía se asocia al aperturismo. La ciencia aparece aquí como fuente neutral, reguladora de las medidas destinadas a proteger la salud pública, y la política como el árbitro que ha de decidir entre los consejos de la ciencia y las demandas de la economía. Desde nuestra perspectiva, es urgente construir una narrativa distinta de la articulación entre economía y salud, ciencia y política, que huya del relativismo conspiranoico a la vez que abandone el endiosamiento de la ciencia como fuente neutral explicativa y legitimadora de medidas de acción política. La necesidad de subrayar los componentes políticos de las decisiones públicas en torno a la salud pública no es solo, por tanto, una cuestión de transparencia, sino que exige una reflexión crítica sobre la propia naturaleza, la ciencia y sus productos. Por un lado, ante la crisis ambiental y política de la que esta pandemia parece tan solo un síntoma precoz, la lucha social y medioambiental solo pueden concebirse como inseparables. Como demuestra el modo en el que la vulnerabilidad diferencial ante la enfermedad está atravesada por la vulnerabilidad social en todos sus ejes, así como la responsabilidad ecológica del ser humano en el origen y los efectos de la pandemia, la compleja naturaleza de la pandemia revela que no existen los expertos totales para los problemas transcientíficos y que la dejación de la política en manos de comités de expertos es sencillamente falaz. Por otro lado, dado el modo en el que los intereses industriales afectan a la empresa científica en todas sus fases de producción y distribución, el control público de la ciencia y sus productos se nos impone como la única alternativa.  

En la era precovid pocos imaginaban que una crisis sanitaria podría desatar la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global; sobre todo, si la comparamos con la práctica ausencia de acción política que ha acompañado a la amenaza, largamente documentada, del cambio climático. La explicación más obvia de esta paradoja refiere a la escala transgeneracional del cambio climático en contraposición a la pandemia, pero la más interesante políticamente apunta a que los cambios necesarios para combatir el cambio climático son de una naturaleza estructural “de tal magnitud, alcance y duración que es normal que encuentren resistencia muy poderosa y bien financiada” (Daston, 2021: 91). Y, sin embargo, hubiera podido suceder, y es desde luego muy plausible en futuros escenarios pandémicos, que no se hubiera desarrollado, o al menos no en este tiempo récord, una vacuna efectiva contra el coronavirus. Es más: cabe todavía el escenario de que aparezcan variantes resistentes, un escenario favorecido por la codicia de los países ricos que pretenden invertir las vacunas acumuladas en dosis de refuerzo en lugar de donarlas a los países pobres (Phillips, 2021b). La solución política a esta pandemia y a las que vendrán no puede depositarse en un optimismo tecnológico cortoplacista que cifre en las vacunas la panacea exclusiva, sino que exige una reflexión radical sobre las condiciones de vida y la ciencia que se produce en un mundo profundamente desigual y ecológicamente devastado.

Laura Nuño de la Rosa. Profesora de Filosofía de la Ciencia en la Universidad Complutense de Madrid

Referencias

Arrizabalaga, Jon (2021) “Cómo entendemos históricamente las epidemias”.  En Del Llano, Juan y Camprubí, Lino (Eds.) Sociedad entre pandemias. Madrid: Fundación Gaspar Casal.

Barea, Jesús (2021) “Razones por las que esta pandemia nunca fue una batalla”. En Del Llano, Juan y Camprubí, Lino (Eds.), op. cit.

Caro Maldonado, Alfredo (2021) “No es ciencia todo lo que reluce. Análisis crítico del sistema tecnocientífico”, Dosieres ecosociales. Madrid: FUHEM.

Daston, Lorraine (2021) “Covid desde la epistemología histórica”. En Del Llano, Juan y Camprubí, Lino (Eds.) Sociedad entre pandemias. Madrid: Fundación Gaspar Casal.

Díaz, Jorge Luis y Arador, Álvaro (2020) “La propiedad intelectual farmacéutica y su amenaza para la salud pública”, viento sur.

Etxeberria, Ander (2021). “Covid y otras relaciones entre virus y humanos”. Revista de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España, número especial: Corredor Lanas, Cristina y Pérez Chico, David (Eds.) “Filosofía en tiempos de pandemia”, pp. 22-29.

Helmore, Edward (2020) “Coronavirus lifestyles of the rich and famous: how the 1% are coping”. The Guardian. 13/03/2020.

Latour, Bruno (1984) Les Microbes: guerre et paix suivi de Irréductions, Paris: Métaillé.

(2005) Reassembling the social: an introduction to actor network-theory. Oxford New York: Oxford University Press.

Lomeña, Andrés (2020) “Somos virus y bacterias. Una entrevista con el biólogo Máximo Sandín”. Huffington Post. 07/04/2020.  

Nuño de la Rosa, Laura (2021) “La construcción de la pandemia”, Revista de la Sociedad de Lógica, Metodología y Filosofía de la Ciencia en España, número especial, pp. 8-12.

(2013) “¿Puede ser la vida objeto de ingeniería?” viento sur, 131, 42-51.

Phillips, Leigh (2021a) “Agradecer al socialismo por la vacuna. Culpar al capitalismo por su distribución”, viento sur, 6/01/2021.

(2021b) “Desigualdades: ¿A quién beneficia que el virus mute? Contra el apartheid de las vacunas”. viento sur, 16/08/2021.

Richardson, Sara S. y Shattuck-Heidorn, Heaher (2020) “Introducing the GenderSci Lab COVID Project” GenderSci Blog, 24/06/2020. https://www.genderscilab.org/blog/covid-intro