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15 de julio de 2022

Perú: Todos los años, neumonía

Ronald Gamarra

Hace poco más de dos años, la atención de la salud colapsó en nuestro país y los esfuerzos se concentraron penosamente y con serios reveses en la contención de la pandemia de Covid-19. Una consecuencia inmediata fue el abandono de la atención de otras enfermedades tanto en lo preventivo como en lo terapéutico. Su efecto es el incremento exponencial de casos de todo tipo de padecimientos. Actualmente, en medio de la temporada de friaje y helada en la mayor parte del país, debemos volver a enfrentar la emergencia de la neumonía, un mal que ha acrecentado exponencialmente su impacto en las poblaciones de riesgo.

En el 2019, último año inmediatamente anterior a la pandemia de covid y el colapso del sistema de salud, el Ministerio de Salud registró 58 mil personas afectadas por la neumonía, de las cuales fallecieron 1,493. El año anterior 2018 se había registrado 65 mil personas afectadas por la neumonía, de las cuales fallecieron 1,757. En el año 2020, con el inicio de la pandemia, el Ministerio de Salud dejó de cumplir con la campaña regular de inmunización, situación que se ha arrastrado todo el 2021 y que, poco a poco, trata de retomarse en este año 2022. Conspira contra ello la inestabilidad y la incapacidad de los actuales mandos del ministerio, amiguis de Cerrón.

Contrariamente a lo que muchos creen, la neumonía no es una enfermedad que afecta únicamente a los ancianos. Los infantes menores de 5 años representaban en el año 2019 el 42 % del total de diagnosticados. A continuación, venían los adultos mayores de 60 años, con el 33 % de los casos. Luego está el grupo de niños y adolescentes de 5 a 19 años, con el 11 % de casos, y finalmente los adultos de 20 a 59 años, con el 14 % de casos. Las poblaciones de riesgo están claramente definidas: los niños y las niñas menores de 5 años y los adultos mayores de 60. La letalidad sí es mayor en el caso de estos últimos, que representan el 70 % del total.

Otra idea errónea consiste en creer que el frío es, por sí solo, el causante de la enfermedad. No es así. El frío, en todo caso, es el factor desencadenante, el marco que propicia la enfermedad, pero la verdadera causa está en la desnutrición y la anemia infantil, la mala alimentación de los ancianos, la contaminación del aire, la falta de ventilación en las viviendas. Y, por cierto, contribuye a resultados fatales o los determina la no atención oportuna, la poquedad de medios terapéuticos, la escasez de oxígeno, la falta de vacunas y campañas de inmunización, la carencia de antibióticos y la insuficiencia de atención primaria de salud al alcance de las poblaciones.

Prevenible y curable en niños

Los infantes menores de 5 años representan anualmente algo más del 40 % del total de casos. En el año 2018, esa proporción equivalía a 25,539 casos. El riesgo de contraer neumonía es de 1 por cada 100 niños menores de 5 años. Los infantes menores de un año tienen un riesgo especial más elevado. En zonas de la selva de nuestro país, el riesgo de que un infante menor de 5 años contraiga neumonía alcanza los índices más altos: en el departamento de Loreto es de 1,9 por cada cien; en el departamento de Madre de Dios llega a 2,1 por cada cien; en el departamento de Ucayali es de 2,7 por cada cien.

La inmunización por medio de vacunas contra la neumonía se inició en nuestro país en el año 2008. Según el programa oficial de vacunación infantil, corresponde inmunizar a los infantes contra la neumonía a los tres meses con la primera dosis y a los cinco meses con la segunda dosis. Además, corresponde aplicarles la vacuna contra la influenza entre los siete y los diez meses de nacidos. Lamentablemente, el calendario de vacunación no se ha cumplido desde el año 2020 por causa de la pandemia de Covid-19. Urge retomarlo y regularizarlo cuanto antes contra todas las enfermedades previstas, llegando a las poblaciones más lejanas.

La neumonía en los niños es una enfermedad prevenible y tratable, no tiene por qué ser fatal. Lo que sucede es que no la atendemos bien. Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF, dijo: “Si somos serios a la hora de salvar vidas de niños, también debemos serlo cuando se trata de combatir la neumonía. Como muestra el actual brote del coronavirus, esto se traduce en mejorar la detección y la prevención (…) Y también implica abordar las principales causas de la mortalidad por neumonía, como la desnutrición, la falta de acceso a vacunas y antibióticos, y abordar el complicado reto de la polución del aire”.

Kevin Watkins, director ejecutivo de Save The Children, subraya la responsabilidad política y la importancia de las decisiones de las autoridades para evitar muertes por neumonía infantil: “Sería moralmente indefendible quedarnos parados y permitir que millones de niños sigan muriendo por falta de vacunas, de antibióticos asequibles y de tratamiento con oxígeno”.

Así mismo es. Nadie, nunca más, debería pasar por el trance de perder a un ser querido a causa de la neumonía. ¿Pero hace cuántos años que convivimos con la misma historia? ¿Con el mismo cuento de nunca acabar? ¿No nos cansamos de repetir cada año la historia de decenas y decenas de niñas y niños que mueren por neumonía debido a las bajas temperaturas y la desnutrición?

A ver si esta vez hacemos las cosas de manera que la neumonía sea erradicada. ¿Y si nos apoyamos en esta coyuntura que nos exige una acción sanitaria de gran envergadura para imponer un nuevo y mejor nivel de salud en el país? ¿Un nivel, al fin y al cabo, simplemente acorde con la dignidad humana? No podemos convivir con un nivel de salud pública tan precario e improvisado. Tan lleno de agujeros por donde se filtran o se eternizan infecciones y enfermedades.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°594, del 08/07/2022   p20

https://www.hildebrandtensustrece.com/suscripcion/tarifa

10 de febrero de 2022

Inmunidad de rebaño o prioridad de mercado

Eduardo Camín

La crisis sanitaria causó la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.

Cuando su director general declaró la emergencia pública internacional por el brote de coronavirus el 30 de enero del 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo varias recomendaciones. No eran consejos vinculantes, pero sí políticamente significativos.

Sin embargo, y a pesar que el reglamento es legalmente vinculante no existen mecanismos de aplicación por los cuales la OMS pueda ejercer presión para que un país cumpla con los requisitos. Algunos tienden a “olvidar” que el verdadero alcance de la OMS no es más ni menos que el de un organismo intergubernamental de asesoramiento, que actúa en simbiosis con los Estados miembros.

Por lo tanto, su rol se limita a recomendar a los países sobre qué hacer para mejorar la salud de sus ciudadanos y qué medidas tomar para prevenir el brote de enfermedades.  Pero, paradojalmente, no puede hacer cumplir esas mismas recomendaciones, ya que no tiene la capacidad de obligar o sancionar a sus miembros.

La OMS tiene por cometido ejercer liderazgo en materia de salud en el mundo  ayudando a definir los planes de investigación en el campo de la salud, establecer normas y pautas para formular políticas basadas en datos probatorios, además de proporcionar asistencia técnica a los Estados Miembros y vigilar de cerca y evaluar las tendencias epidemiológicas.

Desde su aparición, el virus SARS-COV2- ha seguido evolucionando y la OMS ha designado cinco variantes como preocupantes: Alfa, Beta, Gamma, Delta y Ómicron.

En una reciente rueda de prensa el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, consideró que es «prematuro» declarar una victoria contra el covid-19 y abandonar el empeño de detener la transmisión del virus. «Es prematuro que cualquier país capitule o se declare victorioso», dijo el responsable de la OMS, preocupado ante el aumento del número de muertes en la mayoría de las regiones del planeta.

Su llamado a la prudencia se produce en un momento en el cual algunos países occidentales buscan volver a la normalidad, levantando las restricciones -pese a registrar aún récords de casos de covid-19-, estimando que la amplia cobertura de las vacunas y la menor gravedad del cuadro que produce la variante ómicron lo permite.

No obstante el máximo dirigente de la OMS,  dejó en claro que «más transmisión implica más muertes». Y sostuvo que “estamos preocupados por el hecho de que se haya instalado un relato en ciertos países de que gracias a las vacunas y debido a la alta contagiosidad de ómicron y de su menor gravedad, no es posible prevenir el contagio. Esto no puede estar más lejos de la verdad», afirmó el doctor Tedros, subrayando que el virus es «peligroso», un mensaje que repite incesantemente desde que apareció esta variante.

“No le pedimos a los países que reinstauren los confinamientos, pero los llamamos a proteger a su población usando todos los medios disponibles y no solamente las vacunas», indicó el alto cargo de la OMS.  Señaló que el virus seguirá evolucionando, por lo que llamó a los países a seguir efectuando pruebas, monitoreo y secuenciación. «No podemos combatir este virus si no sabemos lo que está haciendo», afirmó.  Frente a la evolución del virus  «quizás las vacunas también deberán evolucionar», sentenció.

Desde setiembre 2021, la OMS estableció el Grupo Asesor Técnico sobre la Composición de las Vacunas contra la Covid 19 (TAG-CO-VAC). Este grupo multidisciplinario de 18 expertos revisa y evalúa las implicaciones para la salud pública de los COV emergentes en el rendimiento de las vacunas contra la enfermedad.

Estos expertos están considerando y recomendando la composición de la cepa de las vacunas Covid -19 y alientan a los desarrolladores de vacunas a recopilar datos a pequeña escala sobre la amplitud y magnitud de la respuesta inmune para las vacunas monovalentes y multivalentes contra los COV.

Entre la inmunidad de rebaño… la prioridad del mercado

La realidad es que la crisis sanitaria desató la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.  

El dinero es la medida más utilizada para calcular el éxito y el indicador principal de competencia y valor, el gran denominador común mediante el cual se comparan y miden todas las cosas. De esta manera, la salud ya no se concibe como un derecho humano, tal como se declara en la constitución de la OMS, sino como una mercancía o, en el mejor de los casos como un aporte a la productividad , como ya lo determinaba el Informe de la OMS del 2001 denominado “Invirtiendo en la Salud para el Desarrollo Económico”.

En la actualidad, casi toda la labor sanitaria internacional se organiza a través de asociaciones entre el sector público y el privado, que representan otro mecanismo más de extracción de la riqueza (del 99% al 1% más ricos) aprovechándose del sector público para obtener beneficios privados.

La politización con fines geopolíticos es de mal augurio. Los países más poderosos del mundo exigen a la OMS que siga sus respectivos intereses soberanos por razones que poco tienen que ver con la salud mundial.

Sin dudas, la OMS se encuentra en esa situación a pesar de su liderazgo en materia de salud mundial, más por su capacidades científicas, médicas y de salud pública que por su autoridad para desafiar políticamente a los Estados. Y en este marco, a pesar de las recomendaciones del organismo, creemos que los dados ya están echados: las compuertas del consumo masivo erradicarán el virus.  

Eduardo Camín.  *Periodista uruguayo acreditado en la ONU-Ginebra. Analista Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

11 de enero de 2022

Negacionistas en jaque

Marcelo Guardia Crespo

La invención del conocimiento científico significó para el mundo occidental un paso gigante hacia la conquista de la verdad. Pasaron los siglos y los cuestionamientos se multiplicaron desde diferentes perspectivas. Los más serios se generaron dentro del mismo campo científico donde se constató que las certezas de la física y la biología no eran absolutas. Pero las visiones más pobres volvieron a la subjetividad de las creencias sin fundamento. Los detractores de las vacunas son el vivo ejemplo de ese curioso retroceso en tiempos de pandemia. En plena sociedad de la información millones de personas se resisten por desinformación y un toquecito de irresponsable egoísmo.

La ciencia puede ser cuestionada en muchos aspectos. Pero sigue siendo el ámbito que desarrolla métodos sistemáticos que solventan el conocimiento que producen. Todo el progreso y los avances tecnológicos de los que disfrutamos se deben a la ciencia. No así a las creencias y supuestos que circulan en ámbitos aferrados a la especulación. La pandemia sorprendió a todos y desafió a los científicos a crear vacunas y remedios que mitiguen esta imprevisible y mutante enfermedad. Organismos internacionales validaron varias vacunas producidas en menos de un año. La inmunidad total o parcial comenzó a proteger importantes sectores de la población mundial. Pero muchos optaron por decir “no a las vacunas”.

Algunas explicaciones son relativamente razonables y otras son tristemente argumentadas. “Yo me curo con la medicina ancestral”. Es una posibilidad muy limitada por la agresividad del virus. “Existen intereses comerciales detrás de las vacunas”. No hay nada en el mundo global fuera del mercado. Podemos acceder a bienes culturales pagando ingresos o comprando libros. Ni la televisión local es gratis. “No sabemos lo que tienen las vacunas”. Bastaría con googlear para saberlo de manera básica. Mejor si accedemos a revistas científicas. Tampoco sabemos lo que tiene la comida y los otros remedios. “Las vacunas no funcionan”. Los hechos empíricos y las estadísticas demuestran que alrededor de 80% de las personas que llegan a UTI no se vacunaron. “No creo en las vacunas en general”. La ciencia no es para creer es para conocer lo desconocido. “El coronavirus no existe”. Desinformación es ignorancia. “He pasado la enfermedad y estoy inmunizado”. El virus se transforma y ataca de diferentes maneras. Eso se conoce como “variante”. “Tengo motivos religiosos o éticos”. Algunas religiones se aferran al oscurantismo medieval basadas en la manipulación de personas desinformadas. “Inyectan un microchip para controlarnos”. “Las monedas se pegan en el brazo”. Todavía no se inventaron aparatos en estado líquido. “Producen esterilidad”. “Te convertirán en homosexual”. Ignorancia radicalmente deplorable.

Existe miedo a lo desconocido. Hay incertidumbre por los errores cometidos por las instituciones y los medios de comunicación que incumplieron su rol de informar con veracidad desde el inicio de la pandemia. Desconfianza hacia el Estado porque utiliza vergonzosamente la pandemia para fines proselitistas. A eso se suma la infodemia que satura redes sociales y a veces se filtra en ciertos periodismos.

Pero lo incomprensible es que haya gente negando su pertenencia a una comunidad de la cual depende. La enfermedad se transmite en cadena. No es posible asumir ese aislacionismo egoísta e irresponsable que contribuye a que personas inocentes corran el riesgo de contagiarse o morir. No es justo que médicos y enfermeras estén con Covid-19 porque tuvieron que atender a despistados negacionistas. No está bien que el Estado siga gastando dinero público para curar personas sin argumentos ni solidaridad con su propio entorno familiar y social.

Los hechos han demostrado que la ciencia y sus avances son el asidero del que el Estado y la sociedad civil deben aferrarse. Esto incluye al periodismo que por sus compromisos económicos y políticos suele extraviarse de su obligación al no informar con veracidad y precisión a la sociedad. Hace falta información y educación más que medidas coercitivas que huelen a autoritarismo. El Gobierno podría hacer campañas útiles en vez de gastar la plata en favor de las fakes que inventan sistemáticamente. Los negacionistas saben que la cuarta ola sería distinta si se hubieran vacunado. A eso se suma que deben presentar certificado de vacuna para ingresar a lugares públicos. Están en jaque. Pudieron haberlo evitado.

22 de septiembre de 2021

PERÚ: DOS PROBLEMAS QUE IMPIDEN MÁS VACUNACIONES

Hugo Ñopo

Alejandra Ruiz León apuntó en su artículo del último lunes que en el Perú aún falta vacunar a personas que ya podrían haberlo hecho. Entre las posibles razones enumeró la dificultad de los horarios, un acceso restringido a la información, la confusión y el cansancio. En su párrafo de cierre, Alejandra hace un llamado a respuestas proactivas a los problemas de la pandemia, como el esfuerzo piloto para vacunar en mercados y espacios públicos.

Estoy de acuerdo. En políticas activas de oferta de vacunas se necesita un empujón extra, pues el lado de la demanda tiene un par de problemas estructurales que me gustaría discutir aquí.

El primero es la comprensión lectora de la población. Las pruebas PISA ya nos han mostrado esto con mucha claridad desde el año 2000, cuando participamos de la medición por primera vez. Recordemos que esa evaluación es aplicada a jóvenes de 15 años. Por lo tanto, quienes rindieron la prueba el 2000 hoy tienen alrededor de 36 años y debieron haberse vacunado hace varios días, pero un porcentaje importante aún no lo ha hecho. Muchos de nuestros jóvenes no comprendían lo que leían. Ahora, además varios de ellos, especialmente los que no han seguido estudios más allá de la secundaria, han disminuido su capacidad de comprensión.

En las pruebas PISA hemos mejorado en estas dos décadas, pero nuestros resultados aún son muy bajos. En la medición más reciente (2018), 54% de los jóvenes no están en capacidad de comprender lo que leen.[1] No solo tenemos una de las tasas más altas de falta de comprensión lectora, también somos uno de los países en los que la diferencia entre pobres y ricos es más amplia. Alrededor de 3 de cada 4 jóvenes pobres no tiene capacidad para entender los mensajes que recibe. Vale recordar que la capacidad de comprensión lectora y la capacidad de comprensión oral están vinculadas, así que tanto los mensajes impresos como los hablados tienen limitaciones para llegar a la comprensión de la población objetivo.

No son pocos los peruanos a los que los mensajes sobre la vacuna y los cuidados frente al Covid-19 les “pasan de largo”. Por más que algunos tengan la disposición para prestar atención, no consiguen decodificar apropiadamente los mensajes.  Pero no todos tienen tal disposición.

Esto me lleva al segundo problema estructural: el tiempo. Hay muchos peruanos a los que no les alcanza. La Encuesta Nacional de Hogares registra que, antes de la pandemia, 1 de cada 6 de nosotros pasaba más de 60 horas a la semana trabajando. Las horas perdidas en el tránsito, también antes de la pandemia, venían creciendo a un ritmo elevado. No contamos con mediciones actualizadas, pero es probable que en la vuelta a la normalidad esto no haya cambiado mucho.

No solo utilizamos muchísimo tiempo fuera de casa, nuestras demandas de tiempo al interior de los hogares también son importantes y han aumentado. Ahora que pasamos más tiempo en casa, nuestras viviendas necesitan mayor mantenimiento y abastecimiento. Varios tenemos historias de terror de la vez que falló alguno de los servicios en casa y tratamos de comunicarnos con el proveedor para una solución que tardó en llegar. Y para completar la problemática, nuestros niños y jóvenes ahora necesitan un mayor acompañamiento escolar y socioemocional.

Nuestra atención ha recibido demandas adicionales. Esto no solamente reduce el tiempo disponible, sino que también aminora la capacidad de concentración en el menor tiempo que nos queda. Añadamos que nuestra capacidad de generación de ingresos ha disminuido de forma tal que hoy casi 3 de cada 5 trabajadores del país no consiguen llevar a casa en un mes S/ 930, el equivalente a la Remuneración Mínima Vital. Generamos menos ingresos, lo que requeriría que busquemos un segundo o tercer oficio para hacer que las cuentas cuadren.

Vivimos en un contexto de escasez múltiple. Escasez de tiempo, de dinero, de atención, de paz mental. Así, cuando alguien en tal situación consigue decodificar algún mensaje sobre la vacuna, no le resulta sencillo tomar la decisión de asignar un bloque de tiempo para ir a ponérsela. Esto es lo que Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir han descrito como el proceso de entunelamiento mental en el que caemos algunas veces, cuando bloqueamos nuestra capacidad de tomar decisiones racionales.

Por lo tanto, comprender estos dos problemas estructurales de la demanda por vacunas ayudará a diseñar mejores estrategias activas.

Cierro con un llamado al Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), pues entender mejor nuestro problema de escasez de tiempo requiere de instrumentos estadísticos. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) es la herramienta por excelencia para ello. Es lamentable constatar que la ENUT más reciente tiene once años de antigüedad. Muchas cosas han cambiado y necesitamos datos actualizados. Requerimos con urgencia no solamente una nueva ENUT, sino también un plan de actualizaciones periódicas. El tiempo es una dimensión básica de bienestar, no lo descuidemos.

[1] 60% de nuestros jóvenes no tienen capacidad de hacer interpretaciones y operaciones matemáticas básicas, necesarias para el día a día. Sobre esto escribiremos en una próxima oportunidad.

11 de agosto de 2021

Perú: El miedo a Sinopharm

Claudia Arévalo

Mientras que en la Unión Europea se ha comenzado a implementar un pase digital sanitario para ciertos lugares de recreación y para los medios de trasporte, en muchos países -por ejemplo, el nuestro- a pesar del buen ritmo, la vacunación aun no alcanza la velocidad deseada para obtener una cobertura adecuada; a esto se suma el rechazo de un sector de la población a las vacunas del laboratorio Sinopharm.

Sin embargo, estas aristas dejan entrever, en el contexto, una sociedad desigual y a veces superflua; la existencia de personas que rechazan la vacuna “china” con argumentos como: “no podré viajar a Europa o a Estados Unidos”, “esa vacuna esta hecha por chinos y todo lo chino es malo”, “esas son vacunas para pobres y solo se las buenas se quedan en Lima”; o afirmaciones más concretas y solidas como: “Vizcarra se vacunó con Pfizer después de haber recibido 3 dosis de la china, seguro es porque no sirve”, “la vacuna no ha sido aprobada para su compra por la FDA de Estados Unidos”…

Podríamos enumerar muchos más argumentos como esos.

En este contexto complejo, el viernes último el presidente Castillo y su esposa, la profesora Lilia Paredes, fueron inoculados con la vacuna Sinopharm, como muestra de confianza en todas las vacunas y el programa de vacunación en sí mismo; un símbolo poderosísimo de los que creo debería haber muchos más.

Desde hace unos años, aflora en todo el planeta un concepto denominado “vaccine hesitancy” que podríamos traducir al español como reticencia vacunal, y que ha sido estudiado por el Consejo Estratégico de Expertos de la OMS, o SAGE, por sus siglas en inglés. Uno de los modelos que ayuda a entenderlo, es el de las 3C: Complacencia, Confianza y Conveniencia, que están relacionadas a un proceso de decisión personal basado en esos tres conceptos, cada uno de los cuales abarca un aspecto de nuestro entorno, que pueden estar influenciados por muchos factores.

Por ejemplo: Confianza explícitamente se refiere a eso: a la confianza en la efectividad y seguridad de las vacunas, en el sistema que las distribuye, y en las autoridades y los servicios de salud.

Este punto, creo yo, es clave en el rechazo a la vacuna de Sinopharm en nuestro país, que incluye elementos como el #vacunagate, los pedidos del Colegio Médico de terceras dosis, y la vacunación con la vacuna de Pfizer a 50 personas -que ya habían sido inoculadas con Sinopharm- entre ellas el ex presidente Vizcarra; esto ha completado el círculo de desconfianza para un sector importante de la población, concentrado principalmente en Lima y en algunas urbes, que se resiste a recibir dicha vacuna.

Siendo el de Sinopharm uno de los lotes más grandes ya adquiridos por el Estado peruano, y teniendo la logística adecuada para países como el nuestro -con zonas rurales alejadas, de difícil acceso y muchas regiones sin la capacidad logística para recibir Pfizer- es lógico que esta vacuna se haya comenzado a usar para la vacunación de grupos etarios menores de 40 años, para los cuales está demostrada su eficacia y seguridad; debemos apuntar que, según los últimos estudios presentados a la OMS, esta vacuna tiene una eficacia del 79%, y en un reciente estudio sobre casos reales realizado en Argentina , su efectividad llegaría  hasta un 84% para evitar enfermedad grave y hospitalización; por eso el Estado argentino se prepara para la compra de un lote de aproximadamente 24 millones de dosis.

Es cierto: todavía no se dan a conocer los resultados del ensayo de Fase III de Cayetano Heredia en nuestro país; aun así, no podemos negar la existencia de evidencia de otros lugares que aportan información importante para la confianza en esta vacuna. Espero que con el pasar de los días podamos ver que el rechazo a la vacunación con Sinopharm va desapareciendo, pues la necesitamos para completar una campaña que hasta el momento está resultando exitosa; necesitamos esa vacunación para poder retornar a una calma más o menos estable, y reactivar el país, después de tanto dolor.

Se lo debemos a los 195 mil peruanos fallecidos.

No hay vacuna mala, TODAS son efectivas. Si antes no preguntábamos de que estaban hechas o de donde provenían las vacunas que nos poníamos, o le poníamos a nuestros hijos, y existen pruebas más que suficientes para asegurar que salvan vidas, entonces AHORA que tenemos más pruebas y más conocimiento para afirmarlo, apoyemos la vacunación; incentivémosla, sea con la vacuna que sea: es lo único que nos hará salir de esta pandemia, lo único que nos devolverá nuestra vida.

¡Vacúnate, porque las vacunas salvan vidas!

4 de mayo de 2021

¿Una pandemia para ricos y otra para pobres?

Hedelberto López Blanch

El inhumano sistema de globalización neoliberal que se le ha impuesto a la mayoría de los países del mundo ha llevado en tiempos de pandemia a dividir aún más al planeta en dos: los ricos y los pobres.

Aunque las noticias parecen alucinantes, son completamente reales. Kerry Dolan, editora de la revista Forbes publicó que «pese a la pandemia, 2020 y 2021 fueron años de récord para los más ricos del mundo, con un aumento de cinco billones de dólares y un número sin precedentes de nuevos milmillonarios»,  
El artículo señala que el número de personas con una fortuna de 1 000 millones o superior, registró una “explosión” hasta llegar a un número sin precedentes: 2 755 en 2021, 600 más que en el año anterior.

En total sus fortunas se estiman en 13,1 billones de dólares, por encima de los 8 billones recogidos en la lista de Forbes 2020.

Con una pésima situación sanitaria en el orbe, que en vez de aminorar se acrecienta, el 2020 fue un año récord para las personas más ricas del mundo.

Son tan fantasmagóricas las cifras que resultan difíciles de asimilar: Jeff Bezos, fundador de Amazon posee 177 000 millones de dólares; Elon Musk, creador de Tesla y SpaceX, 151 000 millones; Bernard Arnault, propietario de varias marcas de ropa de lujo y cosméticos, 150 000 millones; Bill Gates, cofundador de Microsoft, 124 000 millones; Mark Zuckerberg, fundador y director ejecutivo de Facebook, 97 000 millones.

En América Latina donde el hambre, la miseria y las muertes por la propagación de la Covid-19 se regodean en sus pobladores, aparecen 51 latinoamericanos millonarios en la lista de Forbes.

Y fíjense cómo los diez primeros millonarios de América Latina han incrementado sus riquezas en un año de pesadilla pandémica: el mexicano Carlos Slim, magnate de las telecomunicaciones pasó de 52 100 millones en 2020 a 62 800 millones en 2021; Germán Larrea Mota Velasco, director ejecutivo de la empresa minera Grupo México, de 11 000 millones a 25 900 millones.

La chilena Iris Fontbona, dueña de la compañía de cobre Antofagasta Plc, subió de 10 800 millones a 23 300 millones; Ricardo Salinas Pliego, director de TV Azteca y la cadena de tiendas Electra, de 11 700 millones a 12 900 millones

El brasileño Marcel Herrmann Telles, con la firma Anheuser-Busch InBev, fabricante de cerveza, de 6 500 millones a 11 500 millones; otro brasileño, Jorge Moll Filho, fundador de la red de hospitales privados Rede D’Or pasó de 7 300 millones a 11 300 millones de dólares, y el colombiano Luís Carlos Sarmiento, dueño del periódico El Tiempo y presidente del Grupo Aval Acciones y Valores encaramó su fortuna de 2 000 millones a 11 000 millones.

Le siguen el mexicano Alberto Bailleres, presidente del Grupo Bal que de 6 400 millones llegó a 9 200 millones; Los Safra, familia del banquero fallecido, cifran la fortuna en 7 100 millones y otro mexicano, Juan Francisco Beckmann Vidal, que produce tequila, de 4 300 millones tiene ahora 7 000 millones.

En contradicción, o mejor dicho, en línea directa con el sistema de globalización neoliberal establecido, en Latinoamérica se estima que la tasa de pobreza extrema se situó en 12,5 % y la de pobreza general en 33,7 % según el último informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

Ese organismo informó que el número de personas pobres ascendió a 209 millones a finales de 2020, 22 millones más que el año anterior. De ese total, 78 millones se encontraron en situación de pobreza extrema, 8 millones más que en 2019.

Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) señaló que la pandemia ha causado la pérdida de 26 millones de empleos en la región y el panorama es aún más complejo en 2021 debido a las nuevas olas de contagio y el lento proceso de vacunación.

La OIT explica que antes de la Covid-19 existían malas condiciones laborales como alta informalidad, reducidos espacios fiscales, persistente desigualdad, escasa cobertura de protección social, las cuales se han acrecentado.

Esta situación ha motivado que el mercado de trabajo en América Latina y el Caribe haya retrocedido una década en solo un año de la enfermedad.

Otro grave problema creado es la posibilidad de alcanzar una distribución equitativa de las vacunas que como declaró el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, se encuentra gravemente amenazadas por la deficiente distribución entre países ricos y pobres.

Mientras el secretario general de la ONU, Antonio Guterres criticó la distribución desigual de las vacunas y reiteró que 10 países han administrado el 75 % de todas las vacunas registradas en el mundo.

Ya en la región se han contagiados más de 25,5 millones y los decesos sobrepasan las 800 200 personas, en su mayoría pobres y con dificultades para obtener una atención adecuada.

La pandemia ha puesto de manifiesto que los programas de atención social han disminuido y millones de habitantes latinoamericanos no pueden tener acceso a la salud porque gobiernos neoliberales han impulsado las privatizaciones en detrimento de las grandes mayorías.

Por tanto, urge implementar un sistema de globalización humanitaria y solidaria que minimice las enormes inequidades que impone el sistema neoliberal capitalista.

Y ante estas realidades podríamos preguntarnos: ¿Habrá una pandemia para ricos y otra para pobres?

Hedelberto López Blanch. Periodista, escritor e investigador cubano.

28 de abril de 2021

El covid-19 va a persistir incluso después de la vacunación

Marc Vandepitte

Cuando empezó la campaña de vacunación a finales de 2020 se esperaba poder retomar una vida normal en un plazo razonable. Pero no se contaba con nuevas variantes preocupantes. Hoy el éxito de una campaña de vacunación ya no es garantía de haber vencido el virus. Es probable que todavía tengamos que aprender a vivir con el covid durante un tiempo.

La inmunidad colectiva


Las perspectivas favorables que teníamos a finales del año pasado se basaban en la esperanza de poder crear con bastante rapidez una inmunidad de grupo gracias a las vacunas, ya fuera por vacunación, ya fuera por una exposición en el pasado al virus (1). La inmunidad colectiva hace desaparecer el virus. En un principio se pensaba que bastaría con inmunizar a entre un 60 % y un 70 % de la población para lograrlo, pero con las nuevas variantes y en base a nuevos conocimientos, este porcentaje tendrá que ser mucho más alto e incluso se considera la posibilidad de que no alcancemos nunca la inmunidad colectiva.

En primer lugar, la inmunidad inducida por la infección disminuye con el tiempo. También es el caso de los demás coronavirus. Varios estudios demuestran que la inmunidad actual inducida por la infección se mantiene al menos seis meses y en las personas que han tenido síntomas graves la duración es de al menos ocho meses, tras lo cual la inmunidad puede disminuir y desaparecer. Por otra parte, los resultados obtenidos en Sudáfrica y Brasil han demostrado que una infección previa ofrece una inmunidad débil contra las nuevas variantes. Esto significa que queda la vacunación como medio de obtener una inmunidad de grupo duradera. Pero para ello tenemos que salvar al menos cinco obstáculos.

Los límites de la vacunación

Primero, algunas variantes se comportan casi como nuevos virus, contra los que las vacunas solo ofrecen una protección parcial. La mala gestión de los gobiernos, sobre todo en Occidente, ha hecho que hasta la fecha se hayan infectado 143 millones de personas. Esta propagación incontrolada favorece la posible aparición de nuevas mutaciones contra las que las vacunas actuales no protegen.

Segundo, se supone que la protección que ofrecen las vacunas no es permanente. Todavía sabemos poco al respecto, pero las personas expertas suponen que las vacunas proporcionan una inmunidad protectora durante un periodo de entre seis meses y dos años, por ello ya se ha dicho que habrá que volver a vacunarse al cabo de seis meses para garantizar una protección duradera. En Israel, el pasaporte de vacuna también es válido seis meses.

Tercero, no se sabe si las propias vacunas impiden el contagio ni en qué medida. Se supone que impiden el contagio en gran medida, pero todavía no se ha establecido categóricamente. No es un detalle nimio. “La inmunidad de grupo solo es pertinente si disponemos de una vacuna que bloquee el contagio. Si no es el caso, la única manera de conseguir la inmunidad colectiva es vacunar a todo el mundo”, declaró la profesora Bansal de la universidad de Georgetown en Washington DC.

Cuarto, se está vacunando a muy pocas personas. Con las variantes actuales debería estar vacunada al menos un 80 % de la población para tener la inmunidad de grupo. Actualmente solo algunos países llegan a ese 80 %. Hay que descontar, además, a todas las personas menores de 18 años porque probablemente no se podrán vacunar antes de 2022, como pronto. Representan al menos una quinta parte de la población.

Por último, el ritmo de vacunación es lento y caótico. Teniendo en cuenta la urgencia, podríamos y deberíamos haber puesto a las empresas a trabajar, como en una economía de guerra, pero, en vez de ello, se ha confiado la producción a algunos gigantes farmacéuticos y, a consecuencia de ello, las campañas de vacunación han sido mucho más lentas.

El nacionalismo de las vacunas

Al ritmo actual de vacunación, las vacunas se agotarán antes de poderlas administrar al conjunto de la población. En los países ricos quizá nos podamos vacunar varias veces al año contra la última variante, pero podemos preguntarnos si será suficientemente rápido o completo para lograr la inmunidad colectiva.

La situación es mucho peor en los países pobres, porque la distribución de la limitada oferta de vacunas es muy desigual. Los países ricos, que representan el 20 % de la población mundial, han comprado el 55 % de todas las vacunas. Es probable que muchas personas en los países pobres tengan que esperar a 2023 o 2024 para ser vacunadas.

Este nacionalismo de las vacunas tiene una visión solo a corto plazo. Incluso en el caso de un país que tenga una tasa de vacunación alta, persiste la posibilidad de nuevas epidemias si los países vecinos no han hecho lo mismo y si las poblaciones se pueden mezclar. El riesgo de enfermar de una nueva variante en un país con una baja tasa de vacunación es entre cuatro y seis veces más alto que en un país que ha sido vacunado. “Nadie está verdaderamente protegido del covid-19 mientras no lo esté todo el mundo”, afirmaron las personas expertas de la Comisión Lancet sobre el covid-19.

“Supresión máxima”

Cada día hay más de 750.000 nuevos contagios en el mundo. Con una tasa de contagio tan elevada, es inevitable que se propaguen nuevas variantes preocupantes contra las que las vacunas o infecciones previas no proporcionarán inmunidad. Cuanto más se prolongue esta situación más posibilidades hay de que se multipliquen esas variantes. Según las personas expertas de la Comisión Lancet, estamos en una carrera contra reloj para que la tasa de transmisión en todo el mundo sea lo suficientemente baja para impedir la aparición y propagación de nuevas variantes.

El orgullo respeto a las vacunas está fuera de lugar. Según las personas expertas, una campaña de vacunación con éxito ya no garantiza por sí sola la victoria sobre el virus. Chile es un buen ejemplo de ello: actualmente el 60 % de la población ya ha recibido la primera dosis de la vacuna, pero la cantidad de personas infectadas sigue subiendo. En una población de 19 millones de personas cada día se producen casi 7.000 nuevos contagios y cien muertes por covid.

Por lo tanto, las personas expertas de la Comisión Lancet abogan por una “supresión máxima” del covid-19. Es de vital importancia reducir la cantidad de contagios de forma significativa, no a largo plazo, sino lo antes posible. Se trata no solo de vacunar, sino también de tomar medidas bien conocidas como la limitación de contactos, el mantenimiento de estrictas medidas de seguridad (mascarillas, limpieza de manos, distancia de seguridad, buena ventilación, etc.), la detección rápida, y el rastreo preciso y rápido de todos los contactos.

Países como Taiwan, China, Australia, Vietnam y Nueva Zelanda demuestran que el virus se puede erradicar en la práctica. Las regiones en las que el virus hace estragos siguen sirviendo de caldo de cultivo para las variantes resistentes y así nunca lograremos detener la pandemia.

Las personas expertas creen que todavía hay que hacer varias cosas además reducir mucho la cantidad de contagios. Antes de nada debemos distribuir las vacunas de forma equitativa en todo el mundo y acelerar los programas de vacunación en todos los países, pero esto no se podrá hacer sin suprimir las patentes y planificar la producción. En segundo lugar, necesitamos programas de vigilancia capaces de detectar nuevas variantes sobre la base de técnicas de secuenciación del ADN. En tercer lugar, hay que hacer investigaciones internacionales sobre la eficacia de las vacunas para las variantes existentes y las nuevas que son motivo de preocupación. Todavía queda mucho trabajo por hacer en estos tres ámbitos.

Oleadas invernales

Las enfermedades infecciosas tiene la característica común de volverse más infecciosas pero menos potentes con el tiempo. A fin de cuentas, si el huésped no muere, supone una ventaja en la selección natural del virus. Al parecer ese no es el caso con el actual virus. Las variantes conocidas son más contagiosas, pero no menos peligrosas, todo lo contrario.

Si continúa esta tendencia, teniendo en cuenta que no podemos obtener una inmunidad de grupo en la situación actual, probablemente tendremos que hacer frente a un ciclo permanente de picos y regresiones. Es probable que, como en el caso de la gripe, el factor estacional también desempeñe un papel en este caso. Es de esperar que se produzcan nuevas epidemias, sobre todo en invierno. Según el célebre virólogo Peter Piot, el próximo invierno el factor de reproducción (2) podría ser aún mayor que el del invierno pasado si no hay mascarillas ni distancia de seguridad y ello a pesar de la protección que proporciona la vacunación. Por eso Peter Piot defiende que las mascarillas sean obligatorias durante los meses en que se produzca un pico, fomentar el teletrabajo y la educación on line (en el caso de grandes grupos) y animar a las personas de riesgo (por ejemplo, las mayores de 65 años o con algún problema de salud) a evitar los eventos grandes o los entornos públicos como bares, restaurantes, etc. También propone aumentar la capacidad de las unidades de cuidados intensivos durante los meses de invierno.

La nueva normalidad

Erradicar un virus no es fácil. La viruela es una de las raras pandemias que se venció completamente en el pasado. Es probable que, como ocurre con la gripe, el covid-10 nunca se erradique completamente

La buena noticia es que se han encontrado muy rápido vacunas muy eficaces. Como ha demostrado Israel, suponen una disminución de las infecciones y una reducción significativa de las hospitalizaciones o de las muertes (3), lo que significa que en el futuro probablemente se podrán evitar los confinamientos. Pero, como hemos visto antes, solo las vacunas no será suficiente.

En resumen, la cuestión no es saber en cuánto tiempo volveremos a la normalidad, sino qué tipo de normalidad será. Al menos por ahora, la nueva normalidad será una normalidad sin inmunidad colectiva y, por lo tanto, con las precauciones y medidas de protección necesarias. A largo plazo el covid-19 podría entonces evolucionar hasta convertirse en una enfermedad endémica (4) como la gripe.

Tanto nosotros como nuestra sociedad tenemos que prepararnos para afrontarlo lo mejor posible. Al principio de la crisis del covid-19 fracasamos cruelmente, sería imperdonable volver a hacerlo también una vez que la crisis ha avanzado.

Fuente original: De Wereld Morgen. Traducido del neerlandés al francés por Anne Meert para Investig’Action.

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Notas:

(1) En Bélgica, por ejemplo, el 16 % de la población tiene anticuerpos.

(2) El factor de reproducción es la cantidad de personas a las que una persona portadora contagia de media.

(3) Actualmente hay cada día 150 nuevos contagios y 6 muertes por covid, en una población de 9 millones.

(4) En caso de enfermedad endémica las apariciones de focos son relativamente constantes y suelen ser locales.

31 de marzo de 2021

Lo último sobre la producción y distribución de la vacuna contra la Covid-19

Francesca Emanuele

“Colombia ha permitido a los privados tratar de importar vacunas”, le dijo un periodista a una de las candidatas a minutos del debate presidencial del domingo 21 de marzo. “Tú lo has dicho, ‘tratar’. La realidad es que en estos momentos eso es imposible”, replicó ella.

Lo que manifestó la candidata es cierto; sin embargo, su respuesta choca frontalmente con la corriente ideológica dominante en la prensa y la clase dirigente del Perú: la convicción de que el sector privado tiene la llave para salvar el país, mientras el sector público debería ocupar un papel subsidiario.

Aferrados a la esperanza de la importación privada de la vacuna, afamados periodistas y políticos le dieron la espalda a la evidencia de que la medida era inviable. En su insistencia, eclipsaron discusiones informadas referentes a la producción y distribución global de la vacuna contra el COVID-19. Más aún, en su empecinamiento, confundieron a la población. Quién sabe cuántos peruanos continúan frustrados pensando que el coronavirus tendría sus días contados si el Gobierno dejase a los millonarios comprar las vacunas.

Es hora de zanjar este asunto que aleja del debate público el reconocimiento de las  herramientas reales con las que cuenta el Perú para afrontar la pandemia. Empecemos entonces por desmontar los mitos.

Mapeo mundial de la importación privada de la vacuna

A nivel mundial, siete países han aprobado que el sector privado compre vacunas contra el COVID-19. El Gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador autorizó a los privados a finales del pasado enero. Bangladesh, Pakistán e Indonesia lo anunciaron en febrero. Les siguió Ecuador. A principios de marzo, Brasil aprobó la medida a través de una votación en el Congreso.

Lo cierto es que contar con la facultad de compra no garantiza ninguna transacción. Hasta la fecha, no existe compañía privada en el mundo, autorizada o no, que haya adquirido una sola dosis procedente de los laboratorios.

La revista Forbes publicó que las empresas privadas mexicanas tendrían que esperar hasta 24 meses si quisieran recibir la vacuna Pfizer. En Indonesia, donde una compañía estatal manufactura la vacuna china Sinovac, los expertos proyectan periodos mayores a un año.

Los pronósticos tan desalentadores para las empresas privadas se deben a que, en el 2021, no habrá excedentes de vacunas para que los privados puedan abastecerse. Todo lo que fabriquen los laboratorios irá a parar a los Gobiernos, quienes expresan una demanda que supera con creces la oferta máxima actual.

Para alcanzar esa demanda, los laboratorios se han puesto como objetivo haber producido 14 mil millones de dosis para finales de 2021. Esa cantidad de vacunas equivale a la demanda total de los Gobiernos del planeta, con la que se podría inmunizar íntegramente a la población mundial adulta.

En otras palabras, en esta ecuación, en la que ya está pactado que la totalidad de la producción de vacunas será comprada por los Gobiernos, los privados salen sobrando. Ellos no tendrían qué comprar.

Obstáculos en la producción de las vacunas

Un cargamento de 5 millones de vacunas AstraZeneca para el Reino Unido lleva retrasado 4 semanas. Otros retrasos los sufre Brasil, Arabia Saudita, Marruecos y pronto los demás países de la iniciativa COVAX, incluido el Perú.

El ritmo de fabricación de la vacuna es más lento y tiene mayores obstáculos que los previstos por las farmacéuticas.

Incumplir la fecha de los compromisos que tienen con los Gobiernos significa desplazar aún más el hipotético calendario de espera de las empresas privadas.

A este paso, los 14 mil millones de vacunas que los laboratorios planearon producir en este año parecen inalcanzables. Hasta principios de marzo, solo había 413 millones de vacunas manufacturadas en el mundo, es decir, menos del 3% de la meta trazada. Con esa cantidad, únicamente el 5% de la población mundial puede ser inmunizada.

La salida es acelerar la cadena de producción, pero el suministro de los más de 100 componentes necesarios para fabricar la vacuna comporta serios desafíos. Si solo uno de ellos falla, todo el proceso se detiene.

Por poner un ejemplo, semanas atrás el Financial Times informó que escasean las bolsas utilizadas en biorreactores para mezclar los ingredientes farmacéuticos. La ralentización en la fabricación de este y otros insumos crearía un cuello de botella, que resultará en más retrasos.

El apartheid de las vacunas

La escasez de vacunas y la lentitud en el aumento de su fabricación no son los únicos factores que afectan el suministro en países en vías de desarrollo como el Perú.

El primer mundo está acaparando las vacunas. En palabras del director de la Organización Mundial de la Salud, esta dinámica está creando una brecha “grotesca” de vacunación entre países ricos y pobres.

El mes pasado, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, condenó que 10 países hubieran recibido el 75% de las dosis producidas hasta el momento, mientras 130 aún no tenían ni una.

La mezquindad de los Gobiernos poderosos también ha sido criticada por decenas de organizaciones de derechos humanos. Entre ellas está Oxfam, que en una declaración denunció a los países del G7* por haber adquirido vacunas suficientes para inmunizar tres veces consecutivas a sus ciudadanos.

Al tiempo que acumulan las dosis, los países desarrollados se empecinan en proteger el monopolio farmacéutico. Permiten que unas 15 firmas farmacéuticas mantengan el control total de las patentes y el conocimiento tecnológico para elaborar la vacuna; a pesar de que el desarrollo de la vacuna fue ampliamente financiado con dinero público.

Recientemente, las 15 firmas se asociaron con unos 150 laboratorios con el objetivo de acelerar la producción, pero, como vimos más arriba, se siguen quedando cortas.

La batalla en la Organización Mundial del Comercio

Con el actual respaldo de la Organización Mundial de la Salud, los Gobiernos de India, Sudáfrica y otros 100 países lanzaron una campaña desde octubre pasado para que la Organización Mundial del Comercio (OMC) suspenda temporalmente las patentes de las vacunas.

La OMC, que opera bajo consenso, lleva los últimos seis meses estancada en este debate. El bloque opositor está representado por una gran parte de los países desarrollados. En Estados Unidos, la Casa Blanca continúa del lado de las farmacéuticas, a pesar de la creciente presión de legisladores y organizaciones civiles que le exigen cambiar de postura. Los partidarios de la exención sostienen que seguirán presionando, pues un viraje del presidente Joe Biden arrastraría a los demás Gobiernos del mundo a favor de la liberalización de la producción.

Aterrizando el debate

Sin un cambio en los poderes monopólicos y geopolíticos que detentan las vacunas, las estimaciones apuntan a que no sería hasta 2023 que la mayoría de los países de África y partes de los territorios de Sudamérica y Asia logren una inmunización completa.  

En el Perú, es crucial comprender las dinámicas de producción global de la vacuna para ajustar nuestras expectativas a la realidad. De la mano, está reconocer que la compra de las dosis es responsabilidad única del Gobierno.

Solo fortaleciendo las herramientas que sí podemos controlar, minimizaremos los estragos de la pandemia. Me refiero a un plan de vacunación eficaz: priorizar a los más vulnerables, robustecer el sistema de salud, incrementar la producción de oxígeno -facilitando su acceso público y universal-, y continuar con las medidas de bioseguridad.

Falsas retóricas como la importación de los privados o una campaña unilateral para que podamos producir las vacunas en territorio nacional, solo alimentan la confusión y nos desvían de las políticas que verdaderamente podrán salvar a nuestras familias.

Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos.

7 de marzo de 2021

Sagasti miente

César Hildebrandt

Francisco Sagasti representa a la nación. 

No lo dudo.

Y no sólo desde el punto de vista cons­titucional.

Sagasti es el Perú. Encarna perfecta­mente esa debilidad dulzona, esa grisura apalabrada, ese talento para urdir un optimismo que se basa en la imaginación y la voluntad.

No ama los hechos el señor presidente. Los oculta, los transforma, los convierte en enigma, en materia prima para un discurso temblorosamente patriótico. 

¿Tenemos vacunas? ¡Claro que tenemos!

¿Ya están comprometidas? ¡Por supuesto!

Todo es mentira. No las tenemos ni siquiera para los miembros de mesa de las próximas elecciones. Y el flujo de las dosis que vengan depende de los compromisos de las pro­ductoras y del cronograma de entregas que tienen con los países ricos que ya pa­garon por ellas. ¿Sabemos cuándo habremos vacuna­do lo suficiente como para sentimos inmunizados? No, desde luego que no.

Pero Sagasti dice que todo está en marcha, que no hay que preocuparse, que la batalla está resuelta “no sin algunas dificulta­des”.

Y cuando llegan 50,000 vacunas Pfizer, la huachafería nacional se pone en marcha. Y se sigue la ruta del avión, el camino de los camiones, el tamaño del almacén. Y la televisión, más embarrada que nunca, se presta al juego.

Sagasti nos representa, tanto como lo hizo Vizcarra. Tanto como lo hizo PPK, jefe de la tribu de los privados. Tanto como lo hizo Málaga. Tanto como lo hacen los Fujimori. Tanto como lo hizo el vigilante de la biblioteca Vargas Llosa, en Arequipa, que robaba libros y luego los ofrecía en Internet.

Claro que hay peruanos que son héroes y que dan la cara. Pero ellos no compensan la corrupción de las élites económicas, de la política, de los supuestos liderazgos mediáticos. El gran drama peruano es que la corrupción se da entre quienes mandan. Y no se sabe nunca qué pasará con los ciudadanos de a pie que accedan al poder.

El Perú se pudre en la mentira, pero eso no es asun­to nuevo. Es un estilo, un modo de ser, una mirada, una visión del mundo. Somos mentirosos ancestrales.

Y muchas veces mentimos en nombre de la grandeza. ¿No fue una grande y gloriosa menti­ra la que Garcilaso fabricó en su versión idílica del imperio de los incas? Lo fue, pero nos la tra­gamos gustosamente porque ese espejismo fun­dacional y futurista pareció definirnos.

La mitad de nuestros señoríos surgieron del robo. Dos tercios de nuestra supuesta aristocracia debió terminar en prisión. Hasta en las santidades hemos echado mano al contrabando, ¿verdad, Sarita Colonia?

Miente Sagasti porque decir la verdad supone el coraje de decir que nos equivocamos. Y los peruanos huimos de ese deber doloroso. Por eso es que Fujimori insiste en decimos que el suyo fue un gran gobierno “con algunos errores”. Por eso es que Vizcarra sigue diciendo que lo de la vacuna fue un acto de temeridad altruista. Por eso somos como somos.

Jorge Basadre habló de “los podridos”, esos que hacen todo lo posible para que el Perú “sea una char­ca”. Pero aun mi admirado historiador, el hombre que me obligó a quemar las pestañas de mi adolescencia leyendo sus nueve tomos de historia republicana, fue tocado por la debilidad peruana. Jamás debió aceptar este hombre ilustre ser director de la Biblioteca Nacional y ministro de Educación nombrado por Manuel Prado, el hijo del presidente fugitivo. Su opinión sobre aquel traidor, severa mas no tanto, ¿habría sido mucho más enérgica sin esos nombramientos? Es algo que quedará en el misterio.

En Lima garúa, pero lo que llueve es la mentira. Escuchar a los tristes candidatos del próximo abril es oír una sinfonía de frases huecas, promesas de discurso, lugares comunes sacados de las encuestadoras que nutren a los jefes de campaña. ¿Esto es lo que necesitan oír en tal sitio? Pues esto es lo que tienes que decir allí. Y allá será otra cosa, y más allá la misma tinta.

¿Y qué querían? Sin partidos políticos, después del club de la construcción, perseguidos por el her­pes del fujimorismo, ¿aspirábamos a tener a alguien como Bustamante y Rivero? Tenemos lo que hemos sembrado. Tenemos lo que merecemos.

Sagasti miente, coquetísimo, en televisión. Miente como el dueño de una franquicia gastronómica donde se ha hallado, junto al horno, un nido de cucarachas. Miente con el hedonismo del que sabe que miente y que no será refutado porque quien pregunta es parte de la trama: pertenece a la organización mediática que perpetúa la impostura.

Cuando cayó el enorme Miguel Grau en la torre de mando del “Huáscar”, la prensa peruana sostuvo, masivamente, que habíamos ganado. Mariano Igna­cio Prado, el presidente que huiría dos meses des­pués, dijo: “La victoria en realidad es nuestra. Nosotros hemos gana­do el honor y la gloria. Nuestros enemigos han ganado un casco destruido”.

El 15 de diciembre de 1879, dos días antes de la fuga de Prado, su ministro de relaciones exteriores, Alejandro Quiroga, había dirigi­do una circular a la di­plomacia internacional diciendo que la victoria de Tarapacá cambiaría el curso de la guerra y que los chilenos serían prontamente expulsa­dos del territorio que profanaban.

Y Diego Barros Ara­na, historiador chileno, recuerda lo que la pren­sa peruana proclamaba antes de junio de 1880: “Cuan­do los chilenos intenten atacar a los bravos soldados peruanos que defienden Arica se hallarán delante de un ejército de 20,000 hombres, a lo menos, que sabrá escarmentarlos con usura”. Esa misma prensa, apunta Barros, anunciaba que en cuatro meses el Perú tendría, otra vez, una escuadra podero­sa con la que reconquistaría el dominio del Pacífico.

Mejor hubiese sido decir la verdad, saberla, enfrentarla, enfurecerse: Piérola, que había reemplazado a Prado, aposta­ba por el fracaso del ejército del sur porque no toleraba el triunfo militar y político del contralmirante Lizardo Montero, su enemigo. Tarapacá no pudo retenerse porque el ejército carecía de logística y municiones. Y a Arica, a pesar de las súplicas de Bolognesi, no acudieron las tropas del coronel Segundo Leiva, ese enésimo cobarde.

Eso fuimos. Eso, al parecer, queremos seguir siendo.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 52 el 05/03/2021  p12

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3 de marzo de 2021

Perú: LA DISCUSIÓN MÁS INÚTIL SOBRE LAS VACUNAS

Natalia Sobrevilla

A un año de enfrentar la actual pandemia las vacunas por fin parecen ofrecernos una salida. Sin embargo, aún no queda claro cuándo las tendremos todos en el cuerpo y al ver cómo en otras partes del mundo la gente ya está siendo vacunada, la impaciencia crece. Con la desesperación surgen discusiones estériles: esta semana, tras el escándalo de las vacunas con vara, una recatafila de candidatos y ciudadanos se ha volcado a exigir la privatización del proceso de vacunación. Su argumento es muy sencillo: el Estado es incapaz.

No importa cuántas veces se haya repetido que las vacunas son un bien público además de escaso y que, por lo tanto, no debe ser liberado al mercado. Tampoco importa cuántas veces se señale el ejemplo de Estados Unidos –una de las sociedades más capitalistas del mundo– donde no se puede acceder más rápido a una vacuna pagando. En dicho país existe un estricto orden de prioridades y el manejo se da a nivel federal: sus estados no pueden negociar de manera independiente con quienes producen la vacuna y mucho menos las empresas. Y en el vecino de su frontera norte han surgido escándalos porque algunos canadienses con dinero han buscado sortear al Estado, unos haciéndose pasar como población vulnerable y otros viajando a Baréin a conseguir su vacuna.

El problema, en realidad, es más profundo que una pugna entre lo público y lo privado: los laboratorios sencillamente no producen suficientes vacunas y los países ricos las están acaparando. Si bien la distribución de las vacunas es pública, la producción es privada. No se trata entonces de si el Estado peruano es capaz o incapaz, porque el problema es global. Algunos de los laboratorios que producen vacunas son privados, pero reciben fondos públicos; otros son públicos, pero negocian como privados. Algunos han decidido vender a precio de costo, mientras que otros proyectan tener grandes ganancias. Además, los precios de las vacunas no son enteramente transparentes y se dan tarifas diferenciadas. Por ejemplo, Sudáfrica debía pagar $ 5.25 por dosis de Oxford/AstraZeneca, mientras que a la Unión Europea le cuesta solo $ 2.15. ¿Por qué? Porque la UE ha invertido en la investigación y el desarrollo de la vacuna.

Los países que tienen más recursos se han puesto a la cabeza de la fila y han comprado muchas más vacunas que las que necesitan, y los países con billeteras flacas –o con organizaciones menos sólidas– hemos quedado relegados al final. En Israel, en ciertos estados del Golfo Pérsico, en el Reino Unido y en Estados Unidos las campañas de vacunación avanzan a pasos agigantados. Como muestra de su poder adquisitivo, Israel ha pagado en promedio $ 23.50 por cada dosis de Pfizer y Moderna y, como son dos las dosis requeridas, vacunar a cada israelí ha costado casi cincuenta dólares.

Por otro lado, China y Rusia producen sus propias vacunas y las están usando para promover sus intereses en un despliegue de “poder blando”: a diferencia de las potencias occidentales, buscan que la mayor cantidad de gente se inocule con ellas. Incluso la India, si bien no desarrolló su propia vacuna, tiene la mayor capacidad de producción en el mundo y se ha dedicado a donar vacunas a sus vecinos. Las Naciones Unidas han llamado la atención sobre esta disparidad en el acceso y están haciendo lo posible por conseguir vacunas para distribuirlas a través del sistema Covax. Algunos filántropos han destinado parte de sus millones a asegurar la vacunación en el mundo. Pero todo es poco.

Hasta que el planeta entero no esté vacunado nadie estará seguro: las mutaciones liberadas pueden llevar a que las vacunas dejen de ser efectivas. Ayudar a que los demás se vacunen no es solo un tema moral o de caridad, como muestra el estudio de la Cámara de Comercio Internacional, ya que el costo de dejar a los países más pobres sin vacunas es mucho más alto que el costo de hacer que las vacunas sean accesibles.

En resumen, estamos ante un problema global, pero la solución se está dando a nivel de los estados. Este análisis también es válido cuando lo trasladamos a nuestro propio entorno social: si quienes más tienen no piensan en todos los demás, nunca terminaremos con esta pandemia.

2 de marzo de 2021

Concentración y corrupción con las vacunas

Julio C. Gambina

La pandemia del COVID19 muestra las miserias de nuestro tiempo, donde la desigualdad creciente es la cara más visible. Es una señal de que a todos no impacta por igual, ya que el cierre de empresas y por ende de la actividad económica significa pérdidas de empleos y reducción de ingresos populares, pero al mismo tiempo abundan informes de mejoras en la rentabilidad de algunos sectores económicos, entre otros, los laboratorios farmacéuticos.

Estos constituyen parte esencial de una dinámica en ascenso por la privatización de la actividad económica en general y de la salud en particular. Si bien se sustentan en estudios financiados por entes públicos, caso de las Universidades e Institutos especializados, la producción queda a cargo del sector privado. Así, las ganancias son apropiadas por las empresas transnacionales farmacéuticas que distribuyen sus dividendos entre los accionistas. El Estado capitalista es la base de sustento del capital privado, algo muy evidente en tiempos de pandemia y una crisis precedente que se potencia con las incertidumbres de la situación sanitaria.

La gran esperanza contra la incertidumbre eran las vacunas, con el objetivo de inmunizar a la mayor parte de la población. Los laboratorios aceleraron los tiempos de investigación y desarrollo generando optimismo, rápidamente negado por la concentración del acopio de las dosis entre los principales países del capitalismo mundial. Una agencia de noticias señala:  

“La desigualdad en la distribución de las vacunas contra el Covid-19 es un hecho del que vienen alarmando tanto organizaciones sociales como la Organización de Naciones Unidas, que hace unos días denunció que diez países habían acaparado el 75 % de las dosis de los antídotos a nivel mundial. Pero sumado al desigual reparto de las inyecciones, se encuentran diversas irregularidades en el proceso de vacunación, cada vez más notorias en la región.”[1]

Lo curioso es que la pandemia es mundial y si no se logra el efecto de la inmunidad global, el propio acaparamiento de las dosis posterga un tratamiento que también afectará a los poderosos países que acumulan vacunas.

A continuación, en la nota se informa sobre las “irregularidades”, verdaderos casos de corrupción en varios países, con especial atención en lo acontecido en la región latinoamericana. Se lee:

“En América Latina, una de las regiones del mundo con mayores desigualdades sociales, ya son tres países señalados por escándalos en los procesos de vacunación que atañen tanto a políticos como a personalidades públicas.

Se trata de Perú, con el ya renombrado escándalo del ‘Vacunagate’; Argentina, con la llamada ‘vacunación VIP’ y Chile, líder en las campañas de vacunación. Las tres naciones han destapado escándalos de corrupción en sus procesos de inmunización.”

La concentración económica y por ende la apropiación de las ganancias en condiciones de crisis sanitaria, junto a la afirmación de una lógica desigual del poder de cada Estado del capitalismo mundial hace evidente las inequidades que construye el capitalismo. Grandes conglomerados económicos, los laboratorios farmacéuticos que concentran y lucran con la enfermedad, amparados y sustentados por el peso económico y político de sus Estados nacionales. Estos Estados reafirman el poder de la dominación internacional. Los laboratorios producen en el marco de la mundialización y se sustentan en facilidades y subsidios que otorga el poderío de los principales países del capitalismo desarrollado y los organismos internacionales que alientan la liberalización de la economía mundial.

De ese modo se potencia la asimetría entre capitales privados, según su histórica acumulación y entre países con distinto nivel de desarrollo relativo, confirmando las tesis de la dependencia de unos capitales sobre otros y de unos países respectos de los más poderosos.

Por eso, resulta de interés discutir la posibilidad de encarar procesos de producción y circulación, en este caso de vacunas, en contra y más allá de la dominación de las corporaciones transnacionales y los países hegemónicos.

¿Es ello una utopía?

De ningún modo. Si observamos la respuesta que en particular está desarrollando Cuba, que, en condiciones de bloqueo prolongado por medio siglo desde EEUU, ha desplegado un sistema de ciencia y técnica y de producción de vacunas que la coloca a la vanguardia en la región y en disputa con la tecnología de avanzada en todo el planeta.

La experiencia de Cuba podría potenciarse con la capacidad técnico profesional desarrollada en varios países de la región y del mundo, lo que supone un aliento a la integración no subordinada.

Esta modalidad de la integración tiene antecedentes en cierta institucionalidad promovida no hace mucho en la región, precisamente cuando se experimentaron procesos de gobiernos de fuerte crítica a las políticas hegemónicos de corte neoliberal en las primeras dos décadas del siglo XXI.

Fueron tiempos en donde se desplegaron novedades institucionales como la CELAC, la UNASUR, el ALBA-TCP. Junto a ello, se desarrollaron iniciativas que mantienen hoy su impronta como programas a desarrollar, especialmente la idea de una “nueva arquitectura financiera”, o proyectos de articulación productiva en materia de alimentos o energía, propendiendo a objeticos de soberanía alimentaria, energética o financiera.

Por ende, no debe sorprendernos la concentración económica, o la corrupción, no solo privativas respecto de las vacunas. Se trata de una cuestión esencial, funcional a la lógica capitalista de la ganancia, del individualismo y el sálvese quien pueda.

La objeción a la situación desigual y a las tensiones en torno a la incertidumbre por la pandemia y la indignación que supone el privilegio de sectores cercanos a las esferas de nuestros gobiernos, requiere una impugnación de fondo al orden capitalista.

Nota:

[1] France 24 del 21/02/2021, en: https://www.france24.com/es/am%C3%A9rica-latina/20210220-america-latina-desigualdad-vacunacion-escandalos

Julio C. Gambina. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, FISYP.

25 de febrero de 2021

Perú: Las vacunas y los privados. Ayudar, sí. Lucrar o zamparse en la cola, no.

Carlos Monge

Está fuerte la campaña para que el gobierno autorice a las empresas privadas a importar vacunas. La bancada de APP ha presentado un proyecto de ley, los medios presionan al gobierno a que diga que sí, se reclama a candidatos y candidatas tomar partido y responder con un sí o un no rotundo a la propuesta.

Se arguye que el Estado ha fracasado y que el sector privado podría venir al rescate. Se acusa a quien se oponga de ser insensible al sufrimiento y la muerte y cómplice de un Estado incapaz, mismo perro del hortelano que ni salva vidas ni deja que la gran empresa las salve.

El debate centrado en la importación privada de vacunas es más demagogia que práctica. Apunta a legitimar una narrativa de Estado malo / privado bueno, antes que a solucionar un problema. ¿Por qué? Porque no hay vacunas disponibles en el mercado. Ningún fabricante de vacunas las está ofertando al sector privado, pues los stocks son limitados y todas son negociaciones entre empresas y estados. Pero, además, si esto pudiese hacerse, el resultado sería que esas empresas grandes y formales, sus dueños y sus trabajadores, se colarían en la fila, ignorando los criterios de función, edad y comorbilidad usados universalmente para definir quien se vacuna primero y quien después.

Desde el lado del gobierno, ha hecho bien el Ministro Ugarte en precisar que no se aceptará ninguna propuesta que permita que el sector privado importe y venda vacunas, pues ello significaría dar paso a una situación en la que se vacunará el que pueda pagar el precio que las empresas decidan que les asegura la ganancia que esperan en este negocio. Pero hay otras respuestas posibles desde el sector privado.

Por ejemplo, las clínicas privadas podrían poner sus locales y su personal al servicio de las campañas de vacunación. Por ejemplo, las cadenas de farmacia podrían también hacer lo mismo. De esa manera se podrían multiplicar los lugares y las manos encargadas de la vacunación, para acelerar el proceso lo máximo posible.

Si quiere ayudar con la vacunación, el sector privado puede hacerlo de muchas maneras, sin necesidad de hacer de la vacunación un negocio, o de zamparse en la cola.