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8 de diciembre de 2022

Trump y la podredumbre política de Estados Unidos

Marc Vandepitte

Según los principales medios de comunicación, la democracia ha triunfado en Estados Unidos, ya que Biden ha conservado una estrecha mayoría en el Senado en las elecciones de mitad de mandato. Pero es una lectura superficial. Si profundizamos, vemos una gran podredumbre del sistema político. Hoy más que nunc, la democracia está en peligro, especialmente ahora que Trump ha vuelto a declarar su candidatura para las próximas elecciones presidenciales.

En el Estado de la Unión en marzo de 2022 el Presidente Biden habló en respuesta a la guerra en Ucrania de la gran lucha entre países democráticos y autocráticos en todo el mundo. Pero es posible que la batalla entre democracia y autocracia tenga que librarse sobre todo dentro del propio Estados Unidos.

El factor Trump

La putrefacción del sistema político se inició hace mucho tiempo. Desde la Segunda Guerra Mundial el partido republicano ha estado coqueteando con figuras paranoicas, extremadamente conservadoras y derechistas (1). Personas como Joseph McCarthy (2), Barry Goldwater, Richard Nixon, Ronald Reagan, Newt Gingrich (3) y Pat Buchanan (4) prepararon el camino para una figura como Trump. En otras palabras, la podredumbre ya tiene décadas y está profundamente arraigada en el partido republicano.

En otros países la extrema derecha germina invariablemente junto a los partidos mayoritarios. Pero en Estados Unidos el sistema electoral no lo permite, por eso la extrema derecha tiene que echar raíces dentro de uno de los dos grandes partidos.

Trump prolongó el proceso de derechización y podredumbre que ya existe desde la década de 1950, pero hizo más que eso. Desde su llegada a la Casa Blanca aceleró el proceso de putrefacción y empezó a controlar el Partido Republicano.

Noticias falsas

El sello de Trump son las fake news. Durante su mandato lanzó una media de más de siete mentiras o declaraciones engañosas diarias. Y lo que es más grave, gran parte de sus base electoral las creó. Por ejemplo, tres cuartas partes de los votantes republicanos sigue convencido de que Biden robó las elecciones. La mitad de sus partidarios cree que luchó contra el abuso sexual infantil en altas esferas del Partido Demócrata (5).

Las noticias falsas y las teorías de la conspiración no son nada nuevo en Estados Unidos, pero Trump ha conseguido convertir estos inventos en una sola gran historia y darle legitimidad presidencial. El Partido Republicano ha dejado atrás la verdad y la realidad. Los hechos y la ciencia ya no cuentan.

Tres cuartas partes de los republicanos considera que una mala reacción a la vacuna es más arriesgado que contraer el propio covid-19. Martin Wolf de Financial Times cita a Timothy Snyders: «La posverdad es igual al prefascismo y Trump es nuestro presidente de la posverdad». Wolf añade: «Si la verdad es subjetiva, la violencia decide. Entonces no puede haber una verdadera democracia, solo habrá espacio para las bandas de matones rivales o para la banda dominante del líder».

Radicalización, polarización y violencia


Durante mucho tiempo proliferaron en Estados Unidos las creencias extremistas, odiosas y violentas, pero en la mayoría de los casos estaban confinadas a los márgenes del debate político. Durante la presidencia de Trump y a través de sus acciones se han “normalizado” opiniones como la “supremacía blanca”, la islamofobia, la homofobia o las teorías conspirativas salvajes. Se convirtieron en la corriente principal y cada vez más personas comenzaron a compartir y promover esos puntos de vista.

Tras la mortal actuación de grupos neonazis en Charlottesville en 2017 Trump como presidente habló de «gente muy buena» entre los manifestantes. Bajo su mandato, nunca hubo ningún problema con declaraciones abiertamente racistas o demostraciones de odio hacia las mujeres.

Los partidarios de Trump también se radicalizaron por la infiltración de grupos fascistas en canales pro-Trump, con el objetivo de empujar a sus partidarios hacia la extrema derecha. Aparentemente con éxito.

Trump ha logrado fusionar ideas extremistas y a veces marginales muy diferentes en un proyecto político único y claro. Un proyecto que hace que la gente se sienta parte de algo que trasciende a sí mismo y consigue movilizarlos. Ese movimiento y esa movilización también muestran rasgos cada vez más violentos. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue la culminación de cuatro años de escalada de violencia de la extrema derecha, desde los manifestantes con antorchas en Charlottesville que gritaban contra los negros y los judíos, milicias fuertemente armadas que se manifestaron contra el confinamiento, hasta los planes para secuestrar y posiblemente eliminar al gobernador de Michigan.

Se estima que actualmente hay cientos de grupos paramilitares que operan en Estados Unidos. Algunos poseen armas muy pesadas. Juntos cuentan con unos 50.000 miembros. Estados Unidos está saturado de 400 millones de armas de fuego, incluidos al menos 20 millones de fusiles de asalto, la mayoría de los cuales son propiedad de bribones de derechas. El gran apoyo electoral con el que cuenta Trump da vida a los grupos paramilitares de extrema derecha y los hace más audaces.

Los supremacistas blancos y otros extremistas de derecha fueron responsables de dos tercios de todos los atentados y complots terroristas en el territorio de Estados Unidos. La mitad de esa violencia se dirigió contra manifestantes. Los colegios electorales, las escuelas, los centros médicos y el personal de las bibliotecas en muchos lugares están siendo asediados por bandas neofascistas. Recuerda a las bandas de matones fascistas de la década de 1930.

Esta radicalización se traduce en una polarización extrema: o se está a favor de Trump o se está en contra. Su estilo provocador alimenta perfectamente esta polarización. Cada vez que se pasa de la raya y se le ataca por ello, puede gritar que sus adversarios intentan coartar su libertad de expresión.

Los medios de comunicación dominantes desempeñan un papel fundamental en esa polarización. Los arrebatos de fuerza de Trump garantizan el espectáculo y son buenos para las cifras de venta y, por tanto, para los ingresos publicitarios. La degeneración de figuras como Trump es un efecto secundario de lo que Thomas Decreus describe como democracia del espectáculo, pero que es extremadamente peligroso (6).

Una polarización tan extrema hace prácticamente imposible el funcionamiento democrático, sobre todo si se cuestiona hasta el propio resultado electoral. El antes citado Martin Wolf se pregunta con razón: «¿Cómo puede funcionar la democracia si la mayoría de los votantes de uno de los dos partidos principales cree que las elecciones que se han perdido son una selecciones que han sido robadas? ¿Cómo se puede obtener el poder de forma pacífica y mantenerlo de forma legítimo? En última instancia, ¿quién decide, aparte de la violencia?»

Control sobre el partido

En seis años Trump ha conseguido doblegar por completo al Partido Republicano a su voluntad. Muchos de los parlamentarios, gobernadores y alcaldes son acólitos fieles de Trump. Un 93% de los candidatos preferidos de Trump ganaron las primarias republicanas. Muchos de ellos no fueron elegidos en estas elecciones intermedias, pero eso no impide que los parlamentarios republicanos estén aún más en sintonía con él que antes.

Muchos miembros del partido que no están de acuerdo con él no se atreven a abrir la boca, por miedo de ser atacados en las redes sociales o a que en las próximas nominaciones pase por delante de ellos un aspirante que está más en la línea de Trump. Así, ocho de los diez republicanos que votaron en la Cámara de Representantes para destituirlo por el asalto al Capitolio se jubilaron o fueron expulsados en las elecciones internas del partido debido a su presión.

El Partido Republicano ya no se define por ideología o convicción, sino principalmente por lealtad a Trump. Quedó muy claro tras la negativa de la gran mayoría de su partido a pronunciarse contra su papel en el asalto al Capitolio.

Su popularidad ha caído recientemente, pero sus seguidores siguen siendo numerosos. Entre los partidarios republicanos, puede contar con la aprobación de 65%. Para la próxima carrera a la Casa Blanca el 48% de los republicanos prefiere a Trump, es decir, casi el doble de su presunto oponente, Ron De Santis, el actual gobernador de Florida.

Control sobre las instituciones

Bajo el liderazgo de Trump los republicanos están trabajando para socavar y destruir la democracia desde adentro. Lo hacen infiltrándose en las más altas esferas de los estados y del gobierno federal.

Actualmente ya cuentan con la mayoría del poder judicial federal, incluido el superpoderoso Tribunal Supremo. En las elecciones de mitad de mandato también prevalecen en la Cámara de Representantes.

Actualmente controlan al menos la mitad de los gobiernos estatales más influyentes del país. Y quizás lo más importante, planean obtener el control de las comisiones electorales en los estados nombrando personal leal a Trump. En bastantes estados ya lo han conseguido, lo que en caso necesario facilitará la declaración de ilegalidad del resultado de las elecciones presidenciales de 2024.

Al fin y al cabo, Trump seguirá contando con una maquinaria propagandística muy potente, tanto a través de los medios de comunicación como de las redes sociales (alternativas), en parte gracias a Musk. También nombró a muchos jueces conservadores y convirtió el Tribunal Supremo en un bastión conservador.

Socavar la democracia

No sería la primera vez que un sistema parlamentario occidental es socavado y destruido desde dentro. Pensemos en gran parte de las democracias europeas de la década de 1930 y, más recientemente, en Turquía, Hungría, Filipinas, El Salvador…

En su libro Cómo mueren las democracias dos profesores de Harvard describen que la historia demuestra que ni siquiera es tan difícil. La eliminación del sistema democrático requiere una serie de cosas: conquistar el control del poder judicial, de los servicios de inteligencia y de las fuerzas policiales; dejar fuera de juego a la oposición política y, preferentemente, a los medios de comunicación; poner de su lado a la élite económica y cultural en la medida de lo posible; y, por último, doblegar el sistema electoral a su voluntad (7).

Está muy claro que Trump ya ha recorrido una buena parte de este camino. Si se vuelven a cuestionar las próximas elecciones presidenciales de 2024, podría provocar el caos y una grave crisis constitucional.

Según Robert Reich anterior ministro de Trabajo en Estados Unidos, «el protofascismo de Donald Trump representa la mayor amenaza interna para la democracia estadounidense desde la Guerra Civil» (1861-1865). Reich tiene más que razón, sin embargo, tenemos que profundizar un poco más.

Es cierto que Trump tiene una gran responsabilidad en el alto grado de putrefacción de la situación política actual en Estados Unidos, pero el problema es más profundo y no depende de su persona o carisma. En caso de que Trump se vea abatido por una enfermedad o tenga que abandonar por acciones legales, puede ser sustituido fácilmente por el gobernador protofascista de Florida Ron DeSantis, que potencialmente aún es más peligroso.

Hay al menos dos defectos fundamentales del sistema político estadounidense que permiten y perpetúan la actual podredumbre: la pésima condición social de gran parte de la población -de la que los demócratas son en parte responsables- y el control de las grandes empresas sobre la política.

El cementerio social y la responsabilidad de los demócratas

Un 58% de los ciudadanos del país más rico del mundo vive al día. A menudo deben aceptar dos o tres trabajos para no caer en la pobreza. Muchos mayores de 65 años tampoco pueden permitirse jubilarse y siguen trabajando, literalmente, hasta caer muertos.

Unos 130 millones de estadounidenses (un 40%) no tienen suficiente dinero en el banco para hacer frente a una emergencia de 400 dólares. De estos, 80 millones (el 25%) aplazan el tratamiento de una enfermedad grave debido a su coste. En este país de alta tecnología una de cada nueve personas se acuesta con hambre.

En ningún lugar del mundo occidental la brecha entre ricos y pobres es tan grande como aquí. El 0,1% de los ricos posee lo mismo que el 90% de los de abajo.

Los republicanos no son en absoluto los únicos responsables de esta situación. Los demócratas también aplicaron políticas de austeridad antisociales. Es imperdonable que un partido que se dice progresista haya permitido esta degradación social.

Las personas que retrocedieron socialmente en los últimos 40 años se sienten abandonadas por los demócratas y empiezan a buscar alternativas. Una proporción aterradoramente grande de la población de Estados Unidos está aparentemente tan perturbada quebusca de un líder fuerte, aunque ese líder diga las mayores tonterías e incluso vaya en contra de sus propios intereses.

No es de extrañar que Trump tenga muchos seguidores entre las capas sociales con poca educación, en este caso sobre todo de la población blanca. Las pasadas elecciones de medio término mostraron una vez más que los demócratas han perdido parte de su base tradicional de la población trabajadora.

La historia demuestra que un cementerio social es un excelente caldo de cultivo para que florezca la extrema derecha. Vemos que hoy ocurre lo mismo en otros países como Hungría, Brasil (Bolsonaro), Turquía, India…

Resulta imposible ignorar la conclusión: la putrefacción de la política ha tenido lugar sobre todo en el seno del partido republicano, pero los demócratas han contribuido a crear un terreno fértil para ello. Pero la podredumbre no se limita a los políticos, sino que hay que cavar una capa más profunda. Hay que ver quién controla esa clase.

El papel de la élite económica

En un país capitalista el alto grado de espectáculo hace que sea fácil tener la impresión de que el político es quien toma las decisiones políticas más importantes, pero entre bastidores son las grandes empresas quienes marcan las líneas y definen las principales orientaciones.

Un gobierno puede permitirse un cierto margen, pero tiene un margen de maniobra limitado. Cuando las fuerzas progresistas se hacen con una parte del poder del Estado, como por ejemplo en Grecia durante la crisis del euro, se acaba la partida (8).

La clase política está, por así decirlo, atada con una correa a los grandes grupos de capital. Ese control -o correa- en Estados Unidos es más obvio que en ningún otro país. En la crisis del coronavirus los gigantes farmacéuticos fueron los protagonistas y obtuvieron enormes beneficios. Ahora son los gigantes de la energía los que tienen secuestrada la crisis climática y están ganando dinero a costa de la ciudadanía con la actual crisis energética.

Y hoy es la industria militar la que alimenta la fiebre de la guerra y se hace con grandes beneficios. En 2008 fueron los grandes bancos estadounidenses los responsables de la crisis financiera, pero fueron las personas trabajadoras quienes pagaron el precio.

Ese control se hace aún más evidente en las campañas electorales. Para ser elegido en Estados Unidos, hay que contar con un presupuesto muy elevados para la campaña y este proviene principalmente del sector empresarial. Por ejemplo, Biden pudo contar con el apoyo financiero masivo de Wall Street en las últimas elecciones presidenciales, al igual que Hillary Clinton y Obama antes.

La élite económica selecciona así a «su» personal político. Ese mismo control férreo fue el que también impidió que el muy popular pero de izquierda Bernie Sanders fuera candidato presidencial de los demócratas. Para las grandes empresas una persona así es simplemente impensable.

La historia nos enseña que la élite económica prefiere líderes políticos voluntariosos y predecibles, pero si no hay alternativa, no duda en ofrecer un salvavidas al bufón más descarado o irresponsable, siempre que defienda sus intereses. Eso explica por qué Trump dispuso de un enorme presupuesto para ser elegido en 2016 y que al principio de su mandato pudiera contar con el apoyo de la gran mayoría de la élite económica gracias a los importantes recortes fiscales que aprobó (9). Incluso después de asaltar el Capitolio, Trump sigue contando con su generoso apoyo. En las pasadas elecciones parciales fue el mayor recaudador de fondos para su partido.

La situación se puede resumir de la siguiente manera: la élite económica no tolera una salida de izquierdas a la crisis económica, solo acepta una que se adapte a sus intereses. En un clima político polarizado esa salida va inevitablemente en dirección a la extrema derecha. Este es el destino de un sistema político en el que, en última instancia, quienes mandan son las grandes empresas.

¿Qué hacer?

Para invertir esa tendencia deben ocurrir varias cosas. Para contrarrestar la amenaza de la violencia armada hay que contener a las milicias paramilitares. Esto tendría que ir acompañado de una revisión y depuración de las fuerzas policiales y del ejército, así como de un cambio en la ley de armas.

Para eliminar el caldo de cultivo de la extrema derecha se necesita una especie de nuevo contrato social o, mejor dicho, un Marshall plan social. Sus principales ingredientes son una fiscalidad justa, una sanidad accesible, el aumento de los salarios (mínimos) y de las jubilaciones, y el abaratamiento de la enseñanza superior.

El propio sistema político también necesita un profundo reseteo, lo que implica varios aspectos que trascienden este artículo. Aún más fundamental es acabar con el control de la élite económica -no elegida- sobre la toma de decisiones políticas, lo cual solo será posible si se acaba con su poder desproporcionado.

Deshacer la polarización y recuperar un debate político sereno exigirá poner bajo control democrático los medios de comunicación y las redes sociales, ahora en manos de poderosos grupos de capital.

Así que queda mucho trabajo por hacer, pero la situación no es tan desesperada. Con la llegada de Bernie Sanders se ha conmocionado profundamente el panorama político de los partidos estadounidenses. Tras las campañas electorales de 2016 y 2020 ha comenzado un nuevo movimiento esperanzador. Como en muchos otros países del mundo, estas fuerzas progresistas se enfrentan a un reto enorme.


Notas:

(1) En la década de 1950 McCarthy organizó una caza de brujas de anticomunistas. En la década de 1960 fue el muy conservador Barry Goldwater -amigo íntimo del cazador de comunistas Joseph McCarthy- quieen fue candidato presidencial en 1964.
A partir de la década de 1970 el partido republicano se dirigió deliberadamente a los votantes racistas de los estados del sur. Se aprovechó de sus temores y los avivó también para establecer allí, con éxito, un bastión republicano. Fue la llamada ‘estrategia sureña’ de Nixon y otros.
Con el advenimiento de Ronald Reagan en la década de 1980 el gobierno fue calificado de inherentemente malo. En las décadas de 1980 y 1990 Newt Gingrich envenenó la cultura política de Estados Unidos. Utilizó teorías conspirativas e invectivas para desacreditar a sus oponentes políticos. Con una política de obstrucción hizo prácticamente imposible la cooperación entre ambos partidos.

(2) Joseph McCarthy fue un político de extrema derecha del Partido Republicano. En parte bajo su impulso, se desató a mediados de la década de 1950 una verdadera caza de brujas contra personas progresistas, que se presentó como una campaña contra el comunismo. La táctica utilizada para acusar a la gente sobre la base de pruebas débiles o incluso inexistentes recibió su nombre: mccarthyismo.

(3) Newt Gingrich fue miembro de la Cámara de Representantes de 1979 a 1999. Fue su presidente entre 1995 y 1999.

(4) Pat Buchanan es un republicano archiconservador que ha sido asesor de varios presidentes. Especialmente en la década de 1990 pasó a primer plano. Según él, la represión de la inmigración era demasiado laxa. Consideraba la homofilia «actos antinaturales». En un infame discurso advirtió de una guerra cultural: «Hay una guerra religiosa en este país. Es una guerra cultural, tan crucial para el tipo de nación que seremos como la propia Guerra Fría, porque esta guerra es sobre el alma de Estados Unidos».

(5) Se trata de la teoría de la conspiración totalmente demencial llamada QAnon. Sus defensores creen que los demócratas, los súperricos y los famosos de Hollywood controlan el mundo y se dedican a la pedofilia. Están convencidos de que Trump, como Mesías, está luchando contra estas fuerzas satánicas.

(6) Thomas Decreus: «En una democracia del espectáculo el conflicto político se crea o fomenta profesionalmente y luego se desata en la sociedad. El conflicto es un producto político-comercial y, por lo tanto, refleja cada vez menos las líneas de fractura que prevalecen en la sociedad, pero crea sus propias líneas de fractura adaptadas a un complejo mediático-político y a una audiencia de consumidores de medios. En la medida en que consiguen suscitar fuertes emociones en el público -y, por tanto, se convierten en productos mediáticos interesantes-, estas fallas creadas siguen resonando y, por tanto, son cada vez más reales”.

(7) Levitsky S. y Ziblatt D., Cómo mueren las democracias, Nueva York, 2018, p. 77v.

(8) En Grecia el gobierno de izquierdas liderado por Syriza y apoyado por una convincente mayoría en un referéndum quería una salida social a la crisis de la deuda. Sin embargo, el Banco Central Europeo lo hizo imposible al amenazar con cortar el suministro de dinero. En ese momento cambió el gobierno de Syriza.

(9) Sus guerras comerciales, sus políticas inconstantes y sus vínculos con la extrema derecha erosionaron ese apoyo. Una parte importante de los empresarios no apoyó su política antiinmigración. Sin embargo, Trump podría seguir contando con capitalistas de sectores como la energía, la agroindustria, el transporte y la construcción.

Traducido del neerlandés para Rebelión por Sven Magnus

25 de octubre de 2021

Colin Powell, el «bueno» que contribuyó a destruir un país

Marc Vandepitte

La verdad es la primera víctima de la guerra, lo cual nunca ha sido tan evidente como en la vida de Colin Powell, ex-Secretario de Estado y exgeneral de alto rango de Estados Unidos. Tenía la imagen de una paloma, pero tras ella se ocultaban crímenes de guerra.

Colin Powell ha muerto a los 84 años. Powell fue asesor de seguridad nacional de Ronald Reagan y la primera persona negra en ser comandante en jefe del ejército estadounidense. En 2001 se convirtió en el primer Secretario de Estado negro del país.

En lo personal se le describía como una persona “simpática” y “agradable”. También fue un modelo para muchas personas negras. Todo esto puede ser cierto, pero no le impide tener un historial extremadamente sangriento, repleto de crímenes de guerra.

En 1968, cuando Powell tenía 31 años, se le encargó investigar la masacre de My Lai en Vietnam en la que entre 350 y 500 personas civiles desarmadas, mujeres y niños incluidos, fueron asesinadas por soldados estadounidenses. Powell encubrió la masacre y escribió en su informe que «las relaciones entre los soldados de la División Estadounidense y el pueblo vietnamita son excelentes».

En la década de 1980 Colin Powell fue uno de los principales generales que armaron y adiestraron al ejército de El Salvador y los escuadrones de la muerte. Ambos fueron responsables de la matanza de entre 75.000 y 80.000 salvadoreños. En 1989 se le encomendó la invasión de Panamá.

Sobre todo se le conoce por el famoso discurso que pronunció en 2003 ante el Consejo de Seguridad de la ONU en el que afirmó tener pruebas de que Sadam Husséin, el dirigente de Irak en aquel momento, tenía armas de destrucción masiva. El objetivo de esa mentira flagrante era conseguir que la opinión pública estuviera a favor de invadir Irak.

La invasión y la guerra y la guerra civil que vinieron a continuación devastaron totalmente el país y acabaron con la vida de unos 300.000 iraquíes, en su mayoría civiles.

Sin duda Powell no era el principal halcón del gobierno Bush en aquel momento, pero puede que fuera el único que podría haber detenido una invasión. Se podría haber negado a difundir en la ONU esa flagrante mentira. Casi con toda seguridad habría tenido que dimitir en aquel momento, pero quizá otros altos cargos le habrían secundado y los dirigentes de gobiernos de otros países se habrían opuesto a la invasión.

Muntadher Alzaidi, el periodista iraquí que se hizo famoso en todo el mundo por arrojar un zapato a la cabeza del presidente Bush, expresó en un tweet su tristeza por el hecho de que Powell no haya comparecido ante un tribunal de crímenes de guerra por el papel fundamental que desempeñó en la invasión de Irak. “Estoy seguro de que le espera el tribunal de Dios”, escribió.

18 de agosto de 2021

Seis cosas que debes saber sobre Afganistán y los talibanes

Marc Vandepitte

Cuando se trata de Afganistán, los principales medios de comunicación ocultan los hechos más incómodos para Occidente. Si se tuvieran en cuenta, la historia cambiaría radicalmente.

1. La monstruosa alianza con los yihadistas

La historia comienza en 1979. Afganistán tenía un gobierno de izquierdas que, por supuesto, no era del agrado de Estados Unidos. Zbigniew Brzezinski, asesor del presidente Carter, ideó el plan para armar y entrenar a los yihadistas -entonces todavía llamados muyaidines- en Afganistán. El objetivo era provocar una invasión soviética, para cargar a Moscú con una situación como Estados Unidos vivió en Vietnam.

Carter siguió su consejo y proporcionó a los muyaidines la ayuda necesaria. El plan funcionó. El gobierno de Kabul tuvo problemas y pidió ayuda al Kremlin. El pantano afgano obligó a la Unión Soviética a permanecer en el país centroasiático durante diez años.

Durante ese periodo la CIA inyectó 2.000 millones de dólares en ayuda, armas y apoyo logístico a los muyaidines. Incluso se les suministró los infames misiles Stinger con los que podían derribar aviones y helicópteros soviéticos. Rambo III, con Silvester Stallone, es una versión de Hollywood de esta colaboración. La película estaba dedicada a “los valientes luchadores muyaidines”.

Mientras las tropas soviéticas permanecieran en el país, el gobierno de Kabul se mantenía. Sin embargo, en 1989 Gorbachov decidió poner fin a la ayuda militar. Una vez que las tropas soviéticas abandonaron el país, estalló la guerra civil. El grupo mejor organizado y más brutal, los talibanes, acabó imponiéndose y se hizo con el poder en 1996.

2. Creación de al Qaeda

La figura más destacada que ha surgido durante este periodo es Osama bin Laden. En 1988 fundó al Qaeda, un grupo terrorista fundamentalista y despiadado. A través de Pakistán podía contar con un gran apoyo de Estados Unidos. A cambio de esta ayuda, al Qaeda les hacía “favores” a Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Durante la guerra civil en Yugoslavia (1992-1995) el Pentágono organizó el traslado de miles de combatientes de al Qaeda a Bosnia para apoyar a los musulmanes de ese país. Durante la guerra contra Yugoslavia en 1999, al Qeada luchó codo con codo con los terroristas del ELK (Ejército de Liberación de Kosovo, que luchaba por la separación de Kosovo de Yugoslavia y por una Gran Albania), cubiertos en el aire por la OTAN. También han aparecido combatientes de Al Qaeda en Chechenia, Xinjiang (donde viven los uigures), Macedonia, y en muchos otros países de la región y más allá (1).

La cooperación entre la administración Bush y Osama Bin Laden se detalla en el documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore.

3. ¡Es el petróleo, estúpido!

Existen prometedoras reservas de petróleo y gas en torno al Mar Caspio. Pero para transportar esa energía al Occidente sólo hay tres posibilidades: a través de Rusia, de Irán o de Afganistán.

Estados Unidos, por supuesto, no se lo dará a los rusos y, desde la caída del Sha en 1979 Washington ha perdido su influencia en Irán. Así que sólo queda una posibilidad: Afganistán. Desde finales de 1994, en plena guerra civil, Estados Unidos apoyó a los talibanes que en ese momento tenían las mejores bazas para “estabilizar” el país. Esto era una necesidad para la construcción del oleoducto. Según la CIA, los talibanes eran considerados “un posible instrumento en el ‘Gran Juego’: la carrera por los recursos energéticos en Asia Central”.

Estados Unidos se convirtió en el principal patrocinador de este nuevo régimen canalla. Poco importaba que los talibanes fueran en ese momento los más virulentos violadores de los derechos humanos en el mundo. Según un diplomático estadounidense, los talibanes “evolucionarían como los saudíes. Hay Aramco [consorcio de empresas petroleras que controlan el petróleo saudí], oleoductos, un emir, ningún parlamento y mucha sharia. Podemos vivir con eso”.

4. Los talibanes no cumplen con su cometido

Al principio los talibanes consiguieron un éxito militar tras otro, pero finalmente no lograron conquistar todo el país. La esperada estabilización, necesaria para el oleoducto, no se materializó. Estados Unidos cambió entonces de estrategia y buscó la reconciliación de todas las partes en conflicto.

Washington exigió que los talibanes entrasen en conversaciones con la Alianza del Norte para formar un gobierno de coalición. Las conversaciones, que duraron hasta finales de julio de 2001, fracasaron. Estados Unidos advirtió que no se detendría ahí: “O aceptáis nuestra oferta de una alfombra de oro u os enterraremos bajo una alfombra de bombas”, fue el mensaje de los representantes estadounidenses a los talibanes a finales de julio.

Los talibanes no cedieron y en octubre comenzaron los bombardeos. Un poco más tarde se reveló que los planes de ello ya estaban en el escritorio del Presidente Bush dos días antes del 11 de septiembre. En el Washington Post del 19 de diciembre de 2000 el profesor Starr escribió que Estados Unidos “ha empezado a aliarse silenciosamente con aquellos en el gobierno ruso que están pidiendo una acción militar contra Afganistán y está jugando con la idea de otra incursión para eliminar a Bin Laden”.

A finales de junio de 2001, más de dos meses antes de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la revista Indiareacts.com informó de que “India e Irán facilitarán los planes de Estados Unidos y Rusia para una ‘acción militar limitada’ contra los talibanes”.

5. Presidente oleducto

Los atentados del 11 de septiembre fueron, en cualquier caso, la excusa perfecta para que Washington invadiera Afganistán y expulsara a los talibanes del poder. De este modo, los planes para el oleoducto todavía podrían hacerse realidad.

“La conquista de Afganistán no tuvo nada que ver con Osama Bin Laden. Era simplemente un pretexto para sustituir a los talibanes por un gobierno relativamente estable. Un gobierno así debería permitir a la compañía Union Oil de California instalar su oleoducto a beneficio de la junta de Cheney-Bush, entre otros”, según dice Gore Vidal, un destacado columnista estadounidense.

Los hechos sobre el terreno lo demuestran. El 22 de diciembre Hamed Karzai se convertirá en el nuevo primer ministro afgano. Es una figura de confianza de la CIA y ha trabajado como asesor de Unocal, una gran empresa petrolera estadounidense que desde hace tiempo tiene planes de construir un oleoducto a través de Afganistán.

Otro asesor de esta empresa, Zalmay Khalilzad, fue nombrado por Bush nueve días después como enviado especial en Afganistán. Khalilzad había participado en el pasado en conversaciones con funcionarios talibanes sobre la posibilidad de construir gaseoductos y oleoductos. Había instado a la administración Clinton a adoptar una línea más suave con los talibanes.

Ambos hombres cumplieron su cometido correctamente. El 30 de mayo de 2002 la BBC informó de que Karzai había llegado a un acuerdo con su homólogo pakistaní y turcomano para construir un oleoducto desde Turkmenistán hasta un puerto en Pakistán, atravesando Afganistán.

Unas semanas antes Business Weekcomentaba así la evolución de la región: “Los soldados estadounidenses, los trabajadores del petróleo y los diplomáticos han llegado a conocer este lejano rincón del mundo muy rápidamente. Es el vientre de la Unión Soviética y una región que casi no había sido tocada por los ejércitos occidentales desde Alejandro Magno. Lo que está en juego para los estadounidenses es mucho. Lo que intentan es nada menos que la mayor conquista de una nueva esfera de influencia desde que Estados Unidos se comprometió en Oriente Medio hace cincuenta años”.

No funcionó como estaba planeado. Los talibanes fueron derrotados, pero no acabados. Además, tenían una moral mucho más alta que el ejército gubernamental, que sólo pudo resistir gracias a la cobertura aérea de la OTAN y otros apoyos logísticos. Cuando Biden decidió retirar ese apoyo hace unas semanas, todo se derrumbó como un castillo de naipes.

6. Coste y «resultados» de la guerra

Según el New York Times, la guerra más larga de la historia de Estados Unidos ha costado más de 2 billones de dólares. Anualmente, esto supone 100.000 millones de dólares o casi 20 veces más que el presupuesto entero del gobierno de Afganistán.

A pesar de las enormes cantidades de ayuda, los resultados son asombrosos. Casi la mitad de la población vive hoy en la pobreza. La mortalidad infantil es una de las más altas del mundo y la esperanza de vida una de las más bajas.

En el periodo anterir a la guerra se erradicó casi por completo el cultivo de opio. Actualmente el 80% de la heroína del mundo se produce en Afganistán. La guerra provocó 5,5 millones de refugiados. Es probable que esta cifra aumente ahora considerablemente.

El coste en vidas humanas es elevado. En los últimos veinte años han muerto 47.000 civiles. En el aspecto militar murieron 66.000 soldados y policías afganos, 51.000 talibanes y otros rebeldes. En el lado occidental murieron casi 4.000 soldados estadounidenses y 1.100 soldados de otros países de la OTAN.

Tras veinte años de ocupación volvemos a estar en el punto de partida. Un periodista de la television belga lo describe como “una catástrofe, un fracaso del modelo occidental para intentar cambiar un país como Afganistán”.

Nota:
(1) Chossudovsky M., War and Globalisation. The Truth Behind September 11, Ontario 2002; Howard S., ‘The Afghan Connection: Islamic Extremism in Central Asia’, en National Security Studies Quarterly Volume VI, nr. 3 (Verano 2000); Rashid A., L’ombre des Taliban, París 2001.

28 de abril de 2021

El covid-19 va a persistir incluso después de la vacunación

Marc Vandepitte

Cuando empezó la campaña de vacunación a finales de 2020 se esperaba poder retomar una vida normal en un plazo razonable. Pero no se contaba con nuevas variantes preocupantes. Hoy el éxito de una campaña de vacunación ya no es garantía de haber vencido el virus. Es probable que todavía tengamos que aprender a vivir con el covid durante un tiempo.

La inmunidad colectiva


Las perspectivas favorables que teníamos a finales del año pasado se basaban en la esperanza de poder crear con bastante rapidez una inmunidad de grupo gracias a las vacunas, ya fuera por vacunación, ya fuera por una exposición en el pasado al virus (1). La inmunidad colectiva hace desaparecer el virus. En un principio se pensaba que bastaría con inmunizar a entre un 60 % y un 70 % de la población para lograrlo, pero con las nuevas variantes y en base a nuevos conocimientos, este porcentaje tendrá que ser mucho más alto e incluso se considera la posibilidad de que no alcancemos nunca la inmunidad colectiva.

En primer lugar, la inmunidad inducida por la infección disminuye con el tiempo. También es el caso de los demás coronavirus. Varios estudios demuestran que la inmunidad actual inducida por la infección se mantiene al menos seis meses y en las personas que han tenido síntomas graves la duración es de al menos ocho meses, tras lo cual la inmunidad puede disminuir y desaparecer. Por otra parte, los resultados obtenidos en Sudáfrica y Brasil han demostrado que una infección previa ofrece una inmunidad débil contra las nuevas variantes. Esto significa que queda la vacunación como medio de obtener una inmunidad de grupo duradera. Pero para ello tenemos que salvar al menos cinco obstáculos.

Los límites de la vacunación

Primero, algunas variantes se comportan casi como nuevos virus, contra los que las vacunas solo ofrecen una protección parcial. La mala gestión de los gobiernos, sobre todo en Occidente, ha hecho que hasta la fecha se hayan infectado 143 millones de personas. Esta propagación incontrolada favorece la posible aparición de nuevas mutaciones contra las que las vacunas actuales no protegen.

Segundo, se supone que la protección que ofrecen las vacunas no es permanente. Todavía sabemos poco al respecto, pero las personas expertas suponen que las vacunas proporcionan una inmunidad protectora durante un periodo de entre seis meses y dos años, por ello ya se ha dicho que habrá que volver a vacunarse al cabo de seis meses para garantizar una protección duradera. En Israel, el pasaporte de vacuna también es válido seis meses.

Tercero, no se sabe si las propias vacunas impiden el contagio ni en qué medida. Se supone que impiden el contagio en gran medida, pero todavía no se ha establecido categóricamente. No es un detalle nimio. “La inmunidad de grupo solo es pertinente si disponemos de una vacuna que bloquee el contagio. Si no es el caso, la única manera de conseguir la inmunidad colectiva es vacunar a todo el mundo”, declaró la profesora Bansal de la universidad de Georgetown en Washington DC.

Cuarto, se está vacunando a muy pocas personas. Con las variantes actuales debería estar vacunada al menos un 80 % de la población para tener la inmunidad de grupo. Actualmente solo algunos países llegan a ese 80 %. Hay que descontar, además, a todas las personas menores de 18 años porque probablemente no se podrán vacunar antes de 2022, como pronto. Representan al menos una quinta parte de la población.

Por último, el ritmo de vacunación es lento y caótico. Teniendo en cuenta la urgencia, podríamos y deberíamos haber puesto a las empresas a trabajar, como en una economía de guerra, pero, en vez de ello, se ha confiado la producción a algunos gigantes farmacéuticos y, a consecuencia de ello, las campañas de vacunación han sido mucho más lentas.

El nacionalismo de las vacunas

Al ritmo actual de vacunación, las vacunas se agotarán antes de poderlas administrar al conjunto de la población. En los países ricos quizá nos podamos vacunar varias veces al año contra la última variante, pero podemos preguntarnos si será suficientemente rápido o completo para lograr la inmunidad colectiva.

La situación es mucho peor en los países pobres, porque la distribución de la limitada oferta de vacunas es muy desigual. Los países ricos, que representan el 20 % de la población mundial, han comprado el 55 % de todas las vacunas. Es probable que muchas personas en los países pobres tengan que esperar a 2023 o 2024 para ser vacunadas.

Este nacionalismo de las vacunas tiene una visión solo a corto plazo. Incluso en el caso de un país que tenga una tasa de vacunación alta, persiste la posibilidad de nuevas epidemias si los países vecinos no han hecho lo mismo y si las poblaciones se pueden mezclar. El riesgo de enfermar de una nueva variante en un país con una baja tasa de vacunación es entre cuatro y seis veces más alto que en un país que ha sido vacunado. “Nadie está verdaderamente protegido del covid-19 mientras no lo esté todo el mundo”, afirmaron las personas expertas de la Comisión Lancet sobre el covid-19.

“Supresión máxima”

Cada día hay más de 750.000 nuevos contagios en el mundo. Con una tasa de contagio tan elevada, es inevitable que se propaguen nuevas variantes preocupantes contra las que las vacunas o infecciones previas no proporcionarán inmunidad. Cuanto más se prolongue esta situación más posibilidades hay de que se multipliquen esas variantes. Según las personas expertas de la Comisión Lancet, estamos en una carrera contra reloj para que la tasa de transmisión en todo el mundo sea lo suficientemente baja para impedir la aparición y propagación de nuevas variantes.

El orgullo respeto a las vacunas está fuera de lugar. Según las personas expertas, una campaña de vacunación con éxito ya no garantiza por sí sola la victoria sobre el virus. Chile es un buen ejemplo de ello: actualmente el 60 % de la población ya ha recibido la primera dosis de la vacuna, pero la cantidad de personas infectadas sigue subiendo. En una población de 19 millones de personas cada día se producen casi 7.000 nuevos contagios y cien muertes por covid.

Por lo tanto, las personas expertas de la Comisión Lancet abogan por una “supresión máxima” del covid-19. Es de vital importancia reducir la cantidad de contagios de forma significativa, no a largo plazo, sino lo antes posible. Se trata no solo de vacunar, sino también de tomar medidas bien conocidas como la limitación de contactos, el mantenimiento de estrictas medidas de seguridad (mascarillas, limpieza de manos, distancia de seguridad, buena ventilación, etc.), la detección rápida, y el rastreo preciso y rápido de todos los contactos.

Países como Taiwan, China, Australia, Vietnam y Nueva Zelanda demuestran que el virus se puede erradicar en la práctica. Las regiones en las que el virus hace estragos siguen sirviendo de caldo de cultivo para las variantes resistentes y así nunca lograremos detener la pandemia.

Las personas expertas creen que todavía hay que hacer varias cosas además reducir mucho la cantidad de contagios. Antes de nada debemos distribuir las vacunas de forma equitativa en todo el mundo y acelerar los programas de vacunación en todos los países, pero esto no se podrá hacer sin suprimir las patentes y planificar la producción. En segundo lugar, necesitamos programas de vigilancia capaces de detectar nuevas variantes sobre la base de técnicas de secuenciación del ADN. En tercer lugar, hay que hacer investigaciones internacionales sobre la eficacia de las vacunas para las variantes existentes y las nuevas que son motivo de preocupación. Todavía queda mucho trabajo por hacer en estos tres ámbitos.

Oleadas invernales

Las enfermedades infecciosas tiene la característica común de volverse más infecciosas pero menos potentes con el tiempo. A fin de cuentas, si el huésped no muere, supone una ventaja en la selección natural del virus. Al parecer ese no es el caso con el actual virus. Las variantes conocidas son más contagiosas, pero no menos peligrosas, todo lo contrario.

Si continúa esta tendencia, teniendo en cuenta que no podemos obtener una inmunidad de grupo en la situación actual, probablemente tendremos que hacer frente a un ciclo permanente de picos y regresiones. Es probable que, como en el caso de la gripe, el factor estacional también desempeñe un papel en este caso. Es de esperar que se produzcan nuevas epidemias, sobre todo en invierno. Según el célebre virólogo Peter Piot, el próximo invierno el factor de reproducción (2) podría ser aún mayor que el del invierno pasado si no hay mascarillas ni distancia de seguridad y ello a pesar de la protección que proporciona la vacunación. Por eso Peter Piot defiende que las mascarillas sean obligatorias durante los meses en que se produzca un pico, fomentar el teletrabajo y la educación on line (en el caso de grandes grupos) y animar a las personas de riesgo (por ejemplo, las mayores de 65 años o con algún problema de salud) a evitar los eventos grandes o los entornos públicos como bares, restaurantes, etc. También propone aumentar la capacidad de las unidades de cuidados intensivos durante los meses de invierno.

La nueva normalidad

Erradicar un virus no es fácil. La viruela es una de las raras pandemias que se venció completamente en el pasado. Es probable que, como ocurre con la gripe, el covid-10 nunca se erradique completamente

La buena noticia es que se han encontrado muy rápido vacunas muy eficaces. Como ha demostrado Israel, suponen una disminución de las infecciones y una reducción significativa de las hospitalizaciones o de las muertes (3), lo que significa que en el futuro probablemente se podrán evitar los confinamientos. Pero, como hemos visto antes, solo las vacunas no será suficiente.

En resumen, la cuestión no es saber en cuánto tiempo volveremos a la normalidad, sino qué tipo de normalidad será. Al menos por ahora, la nueva normalidad será una normalidad sin inmunidad colectiva y, por lo tanto, con las precauciones y medidas de protección necesarias. A largo plazo el covid-19 podría entonces evolucionar hasta convertirse en una enfermedad endémica (4) como la gripe.

Tanto nosotros como nuestra sociedad tenemos que prepararnos para afrontarlo lo mejor posible. Al principio de la crisis del covid-19 fracasamos cruelmente, sería imperdonable volver a hacerlo también una vez que la crisis ha avanzado.

Fuente original: De Wereld Morgen. Traducido del neerlandés al francés por Anne Meert para Investig’Action.

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Notas:

(1) En Bélgica, por ejemplo, el 16 % de la población tiene anticuerpos.

(2) El factor de reproducción es la cantidad de personas a las que una persona portadora contagia de media.

(3) Actualmente hay cada día 150 nuevos contagios y 6 muertes por covid, en una población de 9 millones.

(4) En caso de enfermedad endémica las apariciones de focos son relativamente constantes y suelen ser locales.

18 de marzo de 2021

Un año de COVID: Informe demoledor de la Organización Mundial de la Salud sobre las políticas en los países occidentales

Marc Vandepitte

La Organización Mundial de la Salud expone en un informe tajante el cúmulo de fallos. Describe cómo los gobiernos y las organizaciones de salud pública de todo el mundo han sido lentos e ineficaces a la hora de responder al coronavirus. Sorprende la torpeza de muchos países occidentales.

Sin preparación

El informe, elaborado por un grupo de expertosi,comienza afirmando que el mundo no estaba preparado para esta pandemia. Sin embargo, durante décadas se había predicho que era inevitable una pandemia viral de este tipo.

Hace cinco años la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que había una necesidad urgente de investigar más sobre los coronavirus. Para los gigantes farmacéuticos esa investigación no era rentable en aquel momento y, por lo tanto, apenas se realizó. El afán de lucro primó sobre el interés general.

Ignorar las advertencias

Entonces llegó la pandemia. A principios de enero de 2020 se descubrió un nuevo coronavirus en Wuhan. El 24 de enero quedó claro que este virus podía transmitirse de persona a persona y que además era muy contagioso. Una semana después, el 30 de enero, la OMS declaró una emergencia médica internacional.

Algunos países no esperaron a esa declaración y pasaron inmediatamente a la acción. Así es como Vietnam ya introdujo el distanciamiento social y el endurecimiento de los controles fronterizos desde mediados de enero. Ya el 12 de enero (¡!) Taiwán envió a dos epidemiólogos a Wuhan para estudiar el virus. Desde principios de febrero en muchos aeropuertos de África se examinó sistemáticamente a los viajeros extranjeros

Tanto la OMS como otros organismos emitieron repetidas advertencias señalando la gravedad de la situación. Pero la mayoría de los países occidentales pensaban que eran inmunes. “Demasiados países desatendieron esa señal”, dice el informe.ii

Los países occidentales sólo tomaron medidas reales a partir de mediados de marzo, después del desplome de los mercados bursátiles (el 12 de marzo). Según el grupo de expertos, “solo unos pocos países aprovecharon plenamente la información disponible para responder ante las pruebas de una epidemia emergente”.

Un tiempo precioso perdido

De este modo, se perdió un tiempo especialmente valioso, al menos un mes y medio. Sin embargo, cada día cuenta en el inicio de una epidemia. En la fase inicial de la primera ola, es decir, antes de que se impusieran las medidas de protección, el virus se multiplicó por diez cada diez días. Es decir, si los gobiernos occidentales hubieran intervenido diez días antes, la tasa de infección (la curva) y el número de muertos habrían sido diez veces menores.

Debido a esta reacción tardía las salas de la UCI se llenaron rápidamente a expensas de otros pacientes que requerían operaciones urgentes, lo que también incrementó el número total de muertes. La consecuencia queda clara en el gráfico.iii Richard Horton, redactor en jefe de la célebre revista médica The Lancet, concluye que la mayoría de las muertes por COVID en Bélgica se podrían haber evitado.

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El informe también reprocha a las autoridades sanitarias su lentitud a la hora de responder a los primeros indicios de que personas sin síntomas también podrían difundir el nuevo coronavirus. Sin embargo, informes de China y Alemania ya habían documentado este fenómeno en una fase temprana. Pero las principales autoridades sanitarias, incluida la propia Organización Mundial de la Salud, dieron consejos contradictorios y a veces engañosos.

Políticas torpes

La mayoría de los gobiernos occidentales se negaron a aprender de las experiencias de los países que habían sido los primeros en verse afectados. Medidas evidentes como el distanciamiento social o el uso de mascarillas se convirtieron en nuestras regiones en temas de debate político. Se descartaron los confinamientos porque no encajaban con nuestros “valores occidentales”… hasta que, por supuesto, no tuvimos otra opción.

En muchos países faltaron suministros esenciales al principio de la pandemia, como mascarillas, ropa protectora, oxígeno, respiradores, etc. El libre mercado no es aparentemente eficiente para hacer frente a una crisis sanitaria imprevista. Años y años de austeridad neoliberal también hicieron que faltara personal sanitario (suficientemente formado): quedó dolorosamente claro en nuestras residencias para personas mayores.

Salvo excepciones, los gobiernos no han logrado establecer un sistema eficaz de pruebas, detección y aislamiento necesario para controlar el COVID-19. En Bélgica este sistema aún no está a punto.

No hay confianza en el gobierno

En Occidente la desconfianza de la población hacia sus gobiernos era ya bastante elevada. La torpeza de las políticas relacionadas con el COVID no hizo más que aumentar esta falta de confianza. Sin embargo, esa confianza es esencial para lograr buenos resultados en una lucha contra una pandemia, algo que también nos enseñan las experiencias de los países asiáticos.

Como resultado de esta desconfianza, se reduce el cumplimiento de las medidas, proliferan las teorías conspirativas y abundan las ideas erróneas. Lo primero lleva a más infecciones y a una prolongación de las medidas de seguridad. Los otros dos factores hacen que las dudas sobre las vacunas sean alarmantes en muchos países.

El informe de la OMS lo resume así: “En algunos países la crisis de la COVID-19 ha puesto de relieve un déficit de confianza entre las personas, las instituciones y sus líderes. La falta de confianza también ha alimentado ‘la infodemia’iv y ha creado un círculo vicioso de desinformación y respuestas inadecuadas. Ese profundo déficit de confianza en combinación con el uso que se hace de las redes sociales […] y las repercusiones que esto conlleva muestran también el fracaso de una respuesta analógica [medios clásicos, n.d.r.] en una era digital”.

¿Tu dinero o tu vida?

Según el informe, los gobiernos se guiaron y se guían demasiado por consideraciones económicas, con la idea de que unas medidas demasiado estrictas perjudicarían demasiado a la economía. Un error.

“Una observación del Grupo previa a la realización de su estudio es que los resultados económicos han sido mejores en aquellos países que han aplicado debidamente medidas estrictas de control de la salud pública, que son, a su vez, los países en los que también se han registrado unos resultados sanitarios […] sustancialmente mejores que los resultados de los demás. El mismo patrón parece aplicarse al ritmo de recuperación: aquellas medidas de salud pública más estrictas vienen acompañadas de recuperaciones económicas más sólidas.”

La falta de una política firme ha provocado meses de (semi)confinamientos e incertidumbre en los mercados, lo que el año pasado costó a la economía mundial un 7%, es decir, 6 billones de dólares. “Este es claramente un caso en el que la inversión de unos miles de millones puede suponer un ahorro de billones”, concluye el informe.

La debacle de las vacunas

En el pasado Tedros, Secretario General de la OMS, había expresado en repetidas ocasiones su enfado por el comportamiento acaparador de los países ricos con respecto a las vacunas. Mientras que los países ricos tendrán suficientes dosis este año para vacunar a sus ciudadanos de tres a cinco veces, una gran proporción de la población de los países más pobres no verá ninguna dosis.

El informe de la OMS es especialmente tajante al respecto: “No será posible aprovechar al máximo el potencial que ofrecen las vacunas si se deja que los criterios para determinar quién accede a ellas vengan dictados por el poder económico y los estrechos intereses nacionales […]. No podemos permitir que arraigue el principio de que resulta aceptable que los países de ingresos altos puedan vacunar al 100 % de su población, mientras los países más pobres deben arreglárselas con una cobertura de apenas el 20 %. El hecho de que una persona haya ido a nacer en Liberia, en Nueva Zelanda o en cualquier otro lugar no debería ser el factor que determine su lugar en la lista de las vacunación”.


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Gráfico: ¿Cuándo se podrá disponer ampliamente de las vacunas contra el coronavirus?

El nacionalismo de las vacunas también es miope. En palabras de Tedros: “Cuanto más esperemos a proporcionar vacunas, pruebas y tratamientos a todos los países, más rápido se afianzará el virus, más cepas surgirán, más probable será que las vacunas actuales sean ineficaces y más difícil será la recuperación de todos los países. Nadie está a salvo hasta que todo el mundo esté a salvo.”

El informe confirma esta opinión: “Solo la aplicación de principios de universalidad y equidad podrá hacer que el mundo salga unido de esta crisis”.

Mea culpa

El panel también hace autocrítica. La propia OMS no emprendió reformas fundamentales para prepararse para una pandemia. Pero el problema es más profundo. A la institución “le ha faltado poder para hacer el trabajo que se espera de ella”. Funciona sobre la base del consenso de los gobiernos nacionales y no tiene poder para hacer cumplir las normas. Según el informe, existe una enorme diferencia entre lo que se espera de la organización y la cantidad de dinero que recibe.

Todo esto “ha dejado al mundo peligrosamente expuesto, como demuestra la pandemia de COVID-19. Las consecuencias de esta pandemia deben servir para aprovechar una de esas oportunidades que se presentan una sola vez por generación: la de que los Estados miembros reconozcan como algo que redunda en beneficio común el hecho de que el sistema internacional disponga de un conjunto de herramientas debidamente reforzadas para cumplir firmes funciones de alerta de pandemia y contención de brotes”.

* * *

La
coronapandemia es la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Todas las crisis ponen a prueba la resistencia y la preparación de una sociedad. Para la mayoría de los países occidentales los resultados de esta prueba son devastadores.

Esperemos que esto nos ayude a deshacernos de nuestro obstinado sentimiento de superioridad hacia el resto del mundo. Pero más importante aún es que aprovechemos esta crisis para reflexionar detenidamente sobre dónde y por qué salieron mal las cosas, y qué se necesita para evitar una debacle semejante en el futuro.

El informe de la OMS confirma los análisis de Richard Horton, Michel Collon y otros.v Es sorprendente que los principales medios de comunicación no cubran o apenas cubran estas voces y se nieguen a abrir el debate fundamental sobre las políticas del COVID. Todavía queda mucho trabajo por hacer.

Notas:

i El informe se presentó el 19 de enero. Fue preparado por un Panel de la Organización Mundial de la Salud, encabezado por Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda y por Ellen Johnson Sirleaf, ex presidenta de Liberia. El texto completo se puede leer aquí.

ii Por supuesto, el informe no habla explícitamente del fracaso de los «países occidentales». Pero si se consideran los países a los que se aplican las críticas del informe, se llega automáticamente a esa conclusión.

iii Fuente: The Economist; Worldometers.

iv El término ‘infodemia’ procede de la Organización Mundial de la Salud. Se trata de una abundancia de información, tanto on line como off line, con el objetivo de imponer una visión dominante. “Incluye los intentos intencionados de difundir información errónea para socavar la respuesta de salud pública y promover agendas alternativas de grupos o individuos.”

v Richard Horton, ‘La catástrofe de COVID-19. What’s Gone Wrong and How to Stop it Happening Again’, Polity 2020; Michel Collon, ‘Planète Malade – Enquête & Entretiens’, Investig’Action 2020.

Traducido del neerlandés por Sven Magnus

30 de enero de 2021

¿Cuánto tiempo más vamos a tolerar la omnipotencia de los gigantes farmacéuticos?

Marc Vandepitte

En los últimos días ha habido mucho alboroto por el anuncio de Pfizer y AstraZeeca de que suministrarían menos vacunas de lo contratado en Europa. La decisión unilateral, el motivo trivial y la comunicación bruta mostraron una vez más las brutales relaciones de poder a las que estamos expuestos en el sector de la salud. ¿No es hora de que pongamos nuestra casa en orden?

“El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado
cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso
en una sociedad organizada políticamente de forma democrática.”
Albert Einstein

A la merced de los monopolios

Nos enfrentamos a la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años. Cada seis segundos alguien muere de COVID-19. La administración de una vacuna a una gran proporción de la población mundial es crucial para controlar esta crisis.

Sin embargo, la realidad es que dependemos casi por completo de unos pocos gigantes farmacéuticos para esta campaña de vacunación. Acaparan toda la producción, determinan los precios y se encargan de la distribución de las vacunas. Lo único que les interesa son las ganancias. Nuestros gobiernos solo observan pasivamente.

Puede que nos hayamos acostumbrado, pero en realidad es improbable e inaceptable que dependamos completamente de managers de empresas no elegidos, que además se guían por motivos económicos, para obtener medicamentos y vacunas que salvan vidas.

Una verdadera máquina de ganancias

La industria farmacéutica está muy concentrada y reinan unas diez compañías. Para la producción de vacunas la concentración es aún mayor: casi todo el conocimiento está en manos de sólo cuatro empresas: GSK, Johnson & Johnson, Pfizer y Sanofi.

Pocas industrias son tan mimadas como la industria farmacéutica. Casi toda la Investigación & Desarrollo se hace en laboratorios gubernamentales y universitarios, pagados por los contribuyentes. El sector también cuenta con créditos fiscales y otras concesiones financieras para cubrir posibles riesgos. Una vez que se desarrollan las drogas se pueden patentar. A los consumidores y al gobierno se les cobra entonces precios altos.

No es de extrañar que los gigantes de la industria farmacéutica tengan los márgenes de beneficio más altos de todas las industrias. Su rendimiento es 17,3 por ciento en comparación con un promedio de 11,5 por ciento en las otras industrias. A menudo se “olvidan” de pagar impuestos sobre sus altísimas ganancias. Sólo los cuatro mayores gigantes farmacéuticos están esquivando 3.800 millones de dólares en impuestos al año.

Si esas superganancias se utilizaran para la innovación y las inversiones, todavía se podrían defender. Desafortunadamente, lo contrario es cierto. Los gigantes farmacológicos están gastando más en el pago de dividendos y la recompra de sus propias acciones que en investigación y desarrollo. Además, casi una quinta parte de todos los beneficios van a marketing y publicidad. Por último, de toda la investigación y desarrollo en Europa, sólo una décima parte es verdaderamente innovador. El otro 90 por ciento son los llamados “medicamentos de imitación” (en inglés “me-too drugs”) o drogas que hacen pequeños cambios en una droga ya existente.

Aprovechar el estado de emergencia

Desde el brote de SARS en 2002, otro coronavirus, los científicos nos han advertido repetidamente de una nueva pandemia. En 2016 la Organización Mundial de la Salud colocó los coronavirus entre las ocho principales amenazas virales, que requerían más investigación. Pero las grandes empresas farmacéuticas se negaron a hacer ninguna investigación sobre eso porque no había expectativas de ganancias en ese momento.

Como resultado, el año pasado no estábamos preparados para la llegada del SARS-CoV-2, el más reciente coronavirus. Esta vez, sin embargo, los gigantes farmacéuticos sí estaban dispuestos a lanzarse a la investigación. De hecho, lo vieron como un una oportunidad única para obtener unos megabeneficios. Vacunar a todos los habitantes del mundo representa un mercado de varias decenas de miles de millones de dólares. Es algo que no querían dejar pasar, especialmente cuando los gobiernos están dispuestos a cubrir muchos riesgos y ayudar con generosos subsidios.

Dado el estado de emergencia y urgencia, pudieron hacer tratos ventajosos y secretos con los gobiernos desde su posición de monopolio. Por ejemplo, las compañías farmacéuticas están protegidas de los posibles efectos secundarios negativos de la vacuna. El hecho de que el precio de las diferentes vacunas varíe entre 2 y 18 euros muestra que se hacen superganancias. Moderna, por ejemplo, anuncia unas ganancias para este año de 13.200 millones de dólares. Eso es 220 veces lo que tuvieron como volumen de negocios total el año pasado …

Bancarrota moral

Las primeras vacunas se desarrollaron a un ritmo récord. En sí mismo es algo bueno e incluso era necesario, aunque varias preguntas siguen sin respuesta (véase el anexo). Pero, el desarrollo de la vacuna es una cosa, su producción y distribución es otra. En los últimos días hemos visto que las cosas han ido mal en ese aspecto. Y no es una coincidencia.

Dada la escala y la urgencia del problema, se necesita una enorme capacidad de producción. Según el profesor Oertzen de la Universidad de Lüneburg, los fabricantes de vacunas tienen poco interés en aumentar rápida y masivamente su propia capacidad de producción. Si aumentaran su capacidad para abastecer a todo el mundo en seis meses, las instalaciones recién construidas estarían vacías inmediatamente después. Esto significaría un beneficio mucho menor respecto a las previsiones actuales, en las que las fábricas existentes producen durante años a su capacidad actual.

Tampoco tienen ningún interés en liberar la vacuna. Ahora los gigantes farmacéuticos mantienen en secreto los resultados de sus investigaciones, lo que significa que la producción de vacunas sigue en sus manos, pero también está restringida. Si compartieran su vacuna con otros productores, sería posible una distribución rápida y asequible de las tan necesitadas vacunas.

La falta de capacidad de producción no sólo afecta al personal sanitario de nuestros hospitales y a nuestros compatriotas. Afecta aún más a los habitantes de los países del Sur. Según la situación actual 9 de cada 10 personas en los países más pobres no serán vacunados este año. 50 expertos de nuestro país declararon en una carta común: “Además del sufrimiento humano que este retraso causará, le da al virus un tiempo adicional para propagarse y mutar”. El jefe de la Organización Mundial de la Salud advierte que el mundo está al borde de una “bancarrota moral catastrófica”.

El mercado falla

Hay tres maneras de evitar este fracaso moral. Podemos mimar aún más a los gigantes farmacéuticos dándoles subsidios adicionales y dándoles primas por entregas más rápidas. Probablemente no haya mucho ánimo para esta opción. Además reforzaría aún más el desequilibrio de poder.

La segunda opción: podemos levantar las patentes y compartir las vacunas con otras instituciones de investigación y empresas interesadas, con o sin pagos de compensación. Esa es la forma en la que la vacuna contra la gripe se ha producido durante los últimos 50 años. Eso debería ser lo mínimo.

Tercera opción, podemos ir aún más rápido y, como en una economía de guerra, podemos poner a las empresas a trabajar para proporcionar la producción necesaria. Esta vía es probablemente la única que garantizará una capacidad de producción suficiente. Fue la vía que eligió China masivamente al principio del brote para fabricar mascarillas, respiradores y otros equipos de protección. Es el camino que sigue hoy Estados Unidos. Recientemente, la administración Biden ha invocado la Ley de Producción de Defensa para obligar al sector privado a acelerar la producción y distribución de vacunas.

La cuestión de la lentitud de la producción y distribución de vacunas pone de relieve una vez más la incapacidad del sector privado y las fuerzas del mercado para aprovechar al máximo el potencial de producción existente y dar prioridad a las necesidades más urgentes. Eso ya quedó claro en el primer confinamiento cuando hubo una gran escasez de mascarillas y equipos para hacer pruebas.

Dos deberes para los gigantes farmacéuticos

Es indecente que las empresas farmacéuticas se aprovechen de una situación de emergencia para obtener grandes ganancias. El hecho de que estén causando un retraso en la campaña de vacunación en aras de las ganancias se podría incluso calificar de criminal.

Lo mínimo que les deberíamos exigir a esas empresas, además de la liberación de las vacunas, es que compartan sus superganancias. Eso es exactamente lo que pide Moon Jae-in, el presidente de Corea del Sur. Las ganancias deberían ir primero a Covax. Es un programa cuyo objetivo es proporcionar vacunas asequibles a los países del Sur. Además, estos fondos pueden servir para aliviar las desigualdades creadas como resultado de la pandemia.

Pero también debemos mirar hacia el futuro. El coronavirus está mutando y seguirá mutando. Aún no está claro si las vacunas actuales nos protegen contra estas mutaciones y en qué medida. En todo caso necesitamos algún tipo de vacuna universal contra el coronavirus que ofrezca suficiente protección contra todas las variantes posibles, y si es posible también contra Sars y Mers. Esto requiere una investigación fundamental.

Si la industria farmacéutica quiere mantener su credibilidad, tendrá que hacer algo al respecto. Y si no lo logra, nos tendríamos que preguntar si no sería mejor que el gobierno se haga cargo del sector. Hay demasiado en juego.

Anexo: preguntas sin respuesta

Debido a la corta duración de la fase de desarrollo, no se puede saber cuánto tiempo seguirá siendo efectiva la vacuna. ¿Bastará con una sola vacuna o habrá que hacerlo regularmente, como en el caso de la vacuna contra la gripe? Además, no se sabe (todavía) si la vacuna detendrá el contagio o si sólo lo reduce. Las primeras vacunas producidas fueron diseñadas principalmente para reducir al máximo los síntomas de COVID-19 y no para detener la infecciosidad. Tampoco se sabe aún si la vacuna es eficaz en todos los grupos de edad, incluidos niños y ancianos. Ni tampoco si es efectiva en personas con factores de riesgo subyacentes.

En Occidente se ha podido desarrollar una vacuna más rápidamente porque había y hay muchas más infecciones, lo que es beneficioso y necesario para el proceso de investigación. Los países asiáticos (o Cuba), por el contrario, necesitan mucho menos esa vacuna y por eso se pueden permitir el lujo de tomarse más tiempo para poner en marcha una campaña de vacunación. Mientras tanto, pueden aprovechar la experiencia adquirida en Occidente. En cierto modo, nos están mirando experimentar y están esperando para ver cómo nos va a nosotros.

Traducido del neerlandés por Sven Magnus

18 de enero de 2021

Por qué el asalto al Capitolio es sólo el comienzo

Marc Vandepitte

El 6 de enero presenciamos escenas en Washington reservadas normalmente para las repúblicas bananeras. No se trataba de un último intento para salvar la presidencia de Trump, como algunos piensan, sino del comienzo de un período violento y turbulento en la historia de los Estados Unidos. El analista político Marc Vandepitte resume los hechos y mira hacia el futuro.

Una acción «salvaje» planificada

Los eventos impactantes no cayeron del cielo. Semanas antes Trump había llamado a sus seguidores a través de una serie de tweets a acudir y manifestarse el 6 de enero. Uno de esos tweets no dejó mucho a la imaginación: “¡Venga, será salvaje!” (“Be there, will be wild!”)

A finales de diciembre ya estaba claro que los partidarios radicales planeaban una gran y violenta acción de protesta para evitar la certificación de la victoria electoral de Joe Biden. El grupo armado neofascista Proud Boys reservó hoteles en Washington con semanas de anticipación. En los foros codificados se hablaba de contrabando de armas y de la creación de un “campamento armado”. Muchos de los alborotadores parecen tener vínculos o son miembros de milicias de extrema derecha. Entre los detenidos estaba un teniente retirado de la Fuerza Aérea.

Una hora y media antes del asalto al Capitolio Trump incitó a sus seguidores en Twitter: “Nunca recuperarás nuestro país con debilidad. Tienes que mostrar fuerza”. En una reunión de protesta celebrada ese día en Washington su abogado personal Rudy Giuliani llamó a la multitud a resolver la disputa electoral mediante la violencia: un “juicio por combate”.

En retrospectiva sigue siendo sorprendente que los alborotadores fueran tan pocos. Este levantamiento es la culminación de cuatro años de escalada de violencia de la extrema derecha, desde los manifestantes cargados de antorchas en Charlottesville, que gritaron contra negros y judíos, las milicias fuertemente armadas que se manifestaron contra el confinamiento, hasta los planes para secuestrar y posiblemente asesinar al gobernador de Michigan.

Se estima que cientos de grupos paramilitares están activos en los EE.UU. en este momento. Algunos están fuertemente armados. Suman unos 50.000 miembros. Los expertos ven un cambio inquietante de únicamente mostrar las armas a una voluntad real de usarlas.

El verano pasado hubo casi 500 incidentes de intimidación o violencia por parte de civiles armados. Los supremacistas blancos y otros extremistas de derecha fueron responsables de dos tercios de todos los ataques y conspiraciones terroristas nacionales en 2020. La mitad de esa violencia se dirigió contra manifestantes. Es una reminiscencia de las bandas de matones fascistas de los años 30.

Extraña acción policial

El hecho de que los trumpistas fueran capaces de penetrar en estos edificios fuertemente custodiados es muy curioso. En primer lugar, ese edificio debería haber sido vigilado mucho más fuertemente. Las demostraciones del pasado muestran que tomar el Capitolio es casi imposible. La floja acción policial contrasta fuertemente con las anteriores manifestaciones cerca del Capitolio. Edward Luce del Financial Times lo dice sin rodeos: “Si manifestantes afroamericanos hubieran intentado asaltar el Capitolio o la Casa Blanca, no hay duda de que se habría disparado contra ellos”.

Los seguidores de Trump, sin embargo, encontraron poca resistencia por parte de los guardias de seguridad. Aparentemente, podían contar con su simpatía. Se vio a algunos policías que dejaban pasar a los alborotadores a través de las barreras del Capitolio. Otros incluso posaron felices juntos para un selfi con los partidarios de Trump. Se sabe que al menos una cuarta parte de las milicias de extrema derecha en los EE.UU. consiste en soldados y policías activos o antiguos.

Sin embargo, los servicios de seguridad eran perfectamente conscientes de antemano de los posiblemente serios disturbios. Por ejemplo, previamente se informó bien a los parlamentarios presentes de la amenaza y se les aconsejó que llevaran una bolsa con sus pertenencias para pasar la noche si fuera necesario.

Finalmente apenas 26 personas fueron detenidas dentro de los edificios y otras 43 personas fueron detenidas afuera. En una manifestación pacífica en 2018 en el mismo lugar se detuvo a 600 personas. La diferencia es que eran manifestantes de izquierda.

El apoyo republicano

Trump no fue el único en incitar y apoyar a los insurgentes. Incluso después del asalto al Congreso alrededor del 70 % de los republicanos en la Cámara de Representantes y una cuarta parte en el Senado se negaron a certificar al menos parte de los resultados de las elecciones.

Lauren Boebert, delegada republicana, declaró durante la sesión: “Ahora tengo votantes fuera de este edificio. Prometí ser su voto”. Los últimos días se mostró en un vídeo paseando con una pistola Glock por Washington.

Ivanka Trump, hija del presidente, describió a los alborotadores como “patriotas”. Muchos líderes republicanos condenaron, el ataque pero no culparon a Trump. Casi la mitad de los partidarios republicanos apoyan la invasión del Capitolio.

El caldo de cultivo

A pesar de su vulgaridad, su total incompetencia y su desastrosa política con respecto al coronavirus, Trump aún cuenta con muchos seguidores. En las últimas elecciones presidenciales obtuvo los votos de 74 millones de votantes, la segunda cifra más alta en la historia de los Estados Unidos. Hay varias razones para esto.

Desde la década de 1970 los EE.UU. han experimentado un relativo descenso económico en el escenario mundial. A partir de los años 90 esto fue acompañado por una desindustrialización de regiones enteras del país. Junto con una política de austeridad antisocial, esto se ha traducido en una fuerte degradación social.

Hoy en día el 58 % de los ciudadanos viven de salario en salario. A menudo tienen que aceptar dos o tres trabajos para no terminar en la pobreza. En los últimos cuarenta años el salario medio de los trabajadores blancos no cualificados ha disminuido más de un 20%, una caída que fue especialmente pronunciada después de la crisis financiera de 2008. Al mismo tiempo aumentó la tasa de mortalidad de la población adulta blanca. La brecha entre ricos y pobres se ahondó más. En ningún lugar del mundo occidental esa brecha es tan amplia como en los EE.UU. El 0,1 % de los afortunados tienen tanta riqueza como el 90% de los más pobres.

Además del declive social, se debilitó el tejido social. Las organizaciones sociales, las instituciones religiosas y los sindicatos vieron desplomarse significativamente la cantidad de sus miembros. En 1970 el 27 % de los empleados eran todavía miembros de un sindicato; hoy en día es sólo un 10 %. La gente se ha atomizado y se ha vuelto vulnerable. Al nivel político tampoco se podía contar con los demócratas. Al igual que los partidos de centro y socialdemócratas en Europa, bajo Clinton y Obama el partido demócrata fue la fuerza motriz de la política neoliberal. Los demócratas apenas tuvieron en cuenta las muchas quejas de gran parte del electorado (blanco).

La base social en la que se apoya Trump es principalmente la de los grupos de personas con un bajo nivel de educación, principalmente blancos. Pero sus ideas de extrema derecha y ultranacionalistas también atraen a segmentos de las clases media y alta.

Explotar el miedo y la ira

Ha surgido un peligroso vacío social y político. Mucha gente se siente ignorada y excluida por aquellos que tienen el poder político y económico. También ven el mundo como un lugar amenazador y hostil.

Trump responde a la desconfianza del establishment perfilándose como un forastero. A pesar de que Trump viene de las más altas esferas de la población, se posiciona como un antiestablishment y se enfurece contra la casta política, los medios de comunicación, los científicos e intelectuales. Su lenguaje duro y vulgar encaja perfectamente con eso.

Al igual que otros líderes de la extrema derecha en otros países, Trump es particularmente hábil en explotar el miedo y la ira de amplios sectores de la población. Utiliza un discurso venenoso que combina el chovinismo nacional con la hostilidad hacia los migrantes y las minorías. Condena a los intelectuales y expertos como traidores al pueblo. Eso atrae a la gente que se siente excluida. También da a la gente la sensación de que escucha sus quejas y que las defiende en contraste con otros líderes políticos.

En tiempos inciertos la gente busca respuestas simples y un líder fuerte. La ideología autoritaria y de extrema derecha de Trump es bien recibida por su grupo de apoyo radicalizado. Alrededor una cuarta parte de la población consideró en 2017 que una toma de posesión militar estaba justificada si había mucha corrupción o crímenes. El gran apoyo electoral con el que Trump puede contar insufla energías a los grupos paramilitares de extrema derecha y los hace más audaces.

Apoyo del establishment

Al principio de su mandato Trump pudo contar con la gran mayoría de la élite económica gracias a una importante reducción de impuestos. Sin embargo, sus guerras comerciales, su política caprichosa y sus lazos con la extrema derecha erosionaron ese apoyo. Una proporción significativa de empleadores no apoyó su política antiinmigratoria. No obstante, Trump siguió contando con capitalistas de sectores como la energía, la agroindustria, el transporte y la construcción.

La clase capitalista prefiere líderes políticos dispuestos y predecibles. Pero si no hay alternativa, no duda en ofrecer un salvavidas al bufón más brutal o incalculable, siempre y cuando defienda sus intereses. Esto nos enseña la historia del fascismo del siglo XX y las dictaduras del Tercer Mundo.

Los medios de comunicación y los medios sociales son cada vez más fundamentales en las elecciones. Según el Centro Berkman Klein, las elecciones presidenciales de 2020 fueron un proceso impulsado por la élite a través de los medios de comunicación. Al igual que en 2016 Trump pudo contar con mucho apoyo de los medios de comunicación. Rupert Murdoch, el poderoso magnate de los medios de comunicación, propietario, entre otras cosas, del canal de televisión más popular Fox, desempeñó un papel importante en la victoria electoral de Trump en 2016. Permaneció muy leal al presidente hasta su derrota electoral. Muchos medios de comunicación tradicionales adoptaron y reforzaron la campaña de desinformación sistemática lanzada por Trump durante las elecciones.

La influencia de las redes sociales es aún mayor. La propaganda digital fue el secreto de la primera victoria electoral de Donald Trump, pero también de la de Javier Bolsonaro en Brasil. En Twitter de Trump tenía 89 millones de seguidores, en facebook tenía 35 millones. Pero, incluso ahora que ha sido expulsado de twitter, puede seguir difundiendo su mensaje en plataformas o sitios supuestamente alternativos, como Gab, Telegram, TheDonald.win, Quillette, Spiked, etc., que a menudo tienen patrocinadores muy ricos. Son estas redes ‘sociales’ las que normalizan el racismo y ayudan a difundir ampliamente las ideas de la extrema derecha, también en nuestras regiones.

Legado duradero

Durante su mandato Trump ha construido una sólida base social. En las últimas elecciones le secundó el 47 % del electorado y después de su derrota electoral le siguió apoyando el 90 % de los republicanos. Seguirá contando con una poderosa maquinaria de propaganda, tanto a través de los medios de comunicación como de los medios sociales (alternativos). También nombró a muchos jueces conservadores y convirtió la Corte Suprema en un bastión conservador.

En cuatro años Trump ha conseguido que el partido republicano se someta completamente a su voluntad. Muchos de los parlamentarios, gobernadores y alcaldes son fieles acólitos de él. Muchos miembros del partido que no están de acuerdo con él no se atreven a abrir la boca. Tienen miedo de ser abordados por las redes sociales o, en la próxima nominación, de ser desafiados por un candidato más trumpiano. También por esa razón se han pronunciado tan pocos republicanos contra el llamado fraude electoral o culpan a Trump del asalto.

Un país altamente polarizado

Los implacables golpes de Trump a lo largo de los años han dejado su marca. La legitimidad y la estabilidad de todo el sistema político se han visto gravemente socavadas. Joe Biden será el primer presidente desde Abraham Lincoln en 1861 al que gran parte del país considera ilegal antes de prestar juramento.

El nuevo presidente tendrá que lidiar con un país altamente polarizado. Los partidarios radicales de Trump consideran los eventos del 6 de enero una gran victoria. La gran atención de los medios de comunicación les ha dado un impulso y les permitirá reclutar miembros y fortalecerse.

Los expertos temen que los disturbios mortales puedan ser el comienzo de una escalada de violencia más que un intento final de salvar la presidencia de Trump. Existe la posibilidad de que en las próximas semanas se produzcan nuevas redadas de este tipo y que los partidarios radicales recurran aún más a la intimidación y al uso de la violencia en los conflictos raciales, sociales o incluso laborales. Jorge Dávila, analista político de la CNN, advierte de una “guerra civil de baja intensidad”.

El trumpismo no se va

El futuro de Trump no está claro. ¿Lo van a expulsar? ¿Tendrá que comparecer ante un juez? ¿Podrá volver a presentarse a las próximas elecciones dentro de cuatro años, como planea hacer? Una encuesta reciente entre los republicanos mostró que es el favorito abrumador del partido para ser nominado para 2024. Después de él viene el vicepresidente Mike Pence y luego Donald Trump Jr.

Incluso si no es candidato, dada su considerable influencia en la base conservadora, podrá en gran medida determinar cuál de los republicanos entrará en la carrera. No hay escasez de candidatos. Por ejemplo, Mike Pompeo, su ministro de Asuntos Exteriores, o Tom Cotton, el senador de Arkansas. Como señala el Financial Times, “son versiones más duras de él, sin sus caprichos”.

Samuel Farber de Jacobin lo resume bien: “Cualquiera que sea el destino de Donald Trump en los próximos años, el trumpismo como movimiento político y estado mental, e incluso como movimiento, probablemente se sostendrá mejor que el propio Trump”. En Europa vemos corrientes similares y las mismas tendencias peligrosas. ¿Qué pasa si en las próximas elecciones parlamentarias en el norte de Bélgica la extrema derecha Vlaams Belang junto con el muy derechista NVA obtienen la mayoría de los votos? ¿Tendrá una resolución pacífica esa situación? En cualquier caso, los acontecimientos de los últimos días son una llamada de atención para todos nosotros.

Socialismo o barbarie

Para cambiar la marea (1) primero hay que frenar a las milicias paramilitares, lo que deberá que ir de la mano de una revisión y purificación de los servicios de policía y el ejército, así como de una enmienda a la ley de armas.

Pero no es suficiente. Estas milicias forman un tumor cancerígeno maligno en un cuerpo enfermo. Para recuperar la salud de ese cuerpo y eliminar el caldo de cultivo de la extrema derecha, se necesita una especie de nuevo contrato social, caracterizado por una fiscalidad justa, una asistencia sanitaria universal, un aumento de los salarios (mínimos) y las jubilaciones, y una educación superior más barata. También se necesitan grandes inversiones en infraestructuras, atención sanitaria y tecnología ecológica. Por último, el sistema político necesita un reajuste completo.

Mientras esto no suceda, la pérdida de prosperidad, la brecha entre ricos y pobres, la inseguridad, la falta de perspectivas de futuro y la desconfianza de los políticos continuarán formando un cóctel explosivo que podría llevar a un Trump bis o a algo peor.

Al mismo tiempo, es alentador el auge en los últimos años de la ideología de izquierda entre la población, especialmente entre los jóvenes. Una encuesta de Gallup mostró que el 51 % de los jóvenes entre 18 y 29 años tiene una posición favorable al socialismo. En la población en su conjunto es un 37 %. También es esperanzador el hecho de que se eligieran candidatos de izquierda radical para el Congreso.

Los procesos electorales son muy importantes, pero aún más importante es trabajar pacientemente en la base: sensibilizar, organizar y movilizar a la gente para un proyecto progresista sostenible. La llegada de Bernie Sanders ha sacudido profundamente el paisaje político de los EE.UU. En las pasadas campañas electorales se ha puesto en marcha un nuevo movimiento esperanzador. Se enfrenta a grandes retos. La consigna de Rosa Luxemburg «Socialismo o barbarie» es más actual que nunca.

Traducción del neerlandés Sven Magnus

Nota:

(1) Resumimos aquí parcialmente las conclusiones de un artículo anterior: ¿Puede Biden revertir el declive de su país?

Fuente: https://www.dewereldmorgen.be/artikel/2021/01/10/waarom-de-bestorming-van-het-capitool-nog-maar-het-begin-is/