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23 de junio de 2025

El avance económico de China aterra a Washington

Hedelberto López Blanch

Washington en los últimos años ha intentado infructuosamente disminuir la influencia económica y comercial de China, no solo dentro de Estados Unidos sino también a nivel mundial, pero el gigante asiático hasta ahora ha sido indetenible.

La realidad es que China apareció en la arena pública como un competidor fuerte y durante la primera administración de Donald Trump en la presidencia, en 2017 la Casa Blanca impulsó la guerra comercial contra el gigante asiático.

En la segunda presidencia del convicto magnate, en abril de 2025 sancionó por decreto una tasa base del 10 % a todas las mercancías que entraran a Estados Unidos y amenazó a los países sujetos a aranceles que no respondieran de igual forma, so pena de ser castigados.

En su afán por debilitar a China, Trump le lanzó una guerra de aranceles para los productos que importa desde esa nación los que han ido subiendo desde un 10 % hasta un 145 %. El gigante asiático respondió imponiendo un 125 % a los productos estadounidenses importados a su país.

Como Beijing enfrentó las medidas y no se dejó amedrentar, a Washington no le ha quedado más remedio que entablar conversaciones con su fuerte oponente las que se han realizado en Suiza y Londres.

En las de Ginebra, a principio de mayo pasado se logró reducir los aranceles estadounidenses sobre productos chinos del 145 % al 30 %, y las medidas de represalias de China del 125 % al 10 % por un período de 90 días que entraron en vigor el 14 de mayo. Ahora están pendientes de publicarse los acuerdos que, según se anunció por ambas partes, tuvieron lugar en Londres en la segunda semana de junio.

Desde la cancillería del país asiático se ha declarado en varias ocasiones: «Nunca nos quedaremos de brazos cruzados para ver cómo se priva al pueblo chino de sus derechos e intereses legítimos, y tampoco para ver cómo se socavan las normas económicas y comerciales internacionales y el sistema comercial multilateral. Si Washington insiste en continuar una guerra arancelaria o comercial, China luchará hasta el final».

Y el gigante asiático tiene condiciones para enfrentar las amenazas pues cuenta con un poderoso desarrollo científico, industrial, fabril y económico, relaciones con más de 180 países en el mundo adonde puede enviar sus mercancías y recibir a la vez, disímiles productos. Además de una población de 1 417 millones de habitantes con alto poder adquisitivo.

Asimismo tiene enormes riquezas en su territorio. Produce el 90 % de las tierras raras del mundo, un grupo de 17 elementos utilizados en las industrias de defensa, vehículos eléctricos, energía y electrónica. Estados Unidos solo tiene una mina de tierras raras y la mayor parte de su suministro proviene de China.

En los primeros momentos de esta guerra comercial, Beijing respondió con la suspensión de las exportaciones de minerales críticos e imanes, componentes fundamentales para los productores de automóviles, fabricantes aeroespaciales y empresas de semicondutores.

Numerosas empresas de punta estadounidense utilizan en sus producciones esos elementos importados desde China lo cual significó un duro golpe para varias compañías del país las que solicitaron a la Casa Blanca que rectificara los altos aranceles contra Beijing.

Pero también otro valuarte que tiene China desde hace unos años es que ha entrado en el mercado estadounidense mediante la compra de compañías del sector alimentario, tecnológico, automotor, inmobiliario y aeronáutico.  

Así en 2013 la empresa china WH Group adquirió la compañía Smithfield Foods por 4 700 millones de dólares. Esta es la firma productora de carne porcina más grande de Estados Unidos con más de 59 000 hectáreas de tierras agrícolas y aunque la sede se mantiene en Virginia, la propiedad completa pasó a manos chinas.

Un año después, en 2014 la compañía de computadoras china Lenovo concluyó un trato con Google por 2,910 millones de dólares para adueñarse de Motorola Mobility lo cual le permitió acceder a décadas de innovación desarrollada en Estados Unidos y también fortalecerse en el mercado mundial de teléfonos inteligentes.  

En 2016 el gigante Haier Group pagó 5 400 millones de dólares para comprar GE Appliances, la histórica división de electrodomésticos de General Electric. La producción sigue en Estados Unidos pero la dirección empresarial radica en China para liderar el mercado global de electrodomésticos.

En cuanto al sector automotriz, en 2010 la corporación estatal china AVIC se hizo del control de Nexteer Automotive, una firma de sistemas de dirección automotor con sede en Michigan y desde entonces los fabricantes estadounidenses están obligados a negociar con esa compañía. La AVIC también obtuvo en 2011 la Cirrus Aircraft, fabricante de aviones privados que le abrió a las empresas chinas un sector que antes era dominado solo por firmas estadounidenses.

La penetración de Beijing en el mercado inmobiliario sucedió en 2014 cuando Anbang Insurance Group pagó 2 000 millones de dólares por el histórico Waldorf Astoria de Nueva York. En 2016 compró Strategic Hotels & Resorts por 6 500 millones que tras la intervención del gobierno chino los activos pasaron a control estatal.

Asimismo, HNA Group obtuvo en 2017 un rascacielos en Manhattan por 2 210 millones de dólares con lo cual el gigante asiático ha ido consolidándose en el mercado inmobiliario de lujo.

Después de analizar estas realidades y otras herramientas que China tiene guardadas, es comprensible el porqué la nación asiática aterra a Washington: cada vez más se debilita su ya desgastada hegemonía mundial.

Hedelberto López Blanch​. Periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de octubre de 2024

IA, la última batalla del cerebro entre explotadores y veneradores del mercado

Alejandro Marcó del Pont

Antes de trabajar en inteligencia artificial, ¿por qué no hacemos algo sobre la estupidez natural? 
(Steve Polyak)

Cuando la Unión Soviética lanzó el primer satélite creado por el hombre, Sputnik, en octubre de 1957, el impacto sobre Estados Unidos fue inmediato y profundo. Más allá de ser un logro, generó una ola de ansiedad en la sociedad estadounidense, que veía reflejada en el satélite una alarmante superioridad tecnológica soviética. Sputnik no solo orbitaba la Tierra, sino que también resonaba en las radios y en el espíritu de un país que temía haber quedado rezagado en la carrera tecnológica y militar.

La respuesta estadounidense no se hizo esperar y fue tan ambiciosa como transformadora. El gobierno no se limitó a pensar en lanzar un satélite propio; decidió apuntar más alto: poner a un hombre en la Luna. Esta idea desató una serie de decisiones estatales que cambiarían el curso de la historia. Se creó la NASA (Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio), así como la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, más conocida por su acrónimo (DARPA),se destinaron grandes subvenciones públicas para impulsar la educación en matemáticas y ciencias, acelerando la carrera espacial de manera decisiva. Doce años después, este esfuerzo de un Estado emprendedor que pensó en grande, culminó con Neil Armstrong dejando su huella en la Luna, un momento especial para la humanidad.

Algo parecido sucedió en mayo de 2017 en China, en una lucha sin cuartel entre una de las máquinas más inteligentes del mundo, AlphaGo, respaldada por Google, y el mejor jugador de Go del mundo, Ke Jie. El impacto de perder ante la máquina fue inmediato y devastador tanto para el país como para el jugador, quien permaneció desplomado en su asiento tras el resultado con la IA. Una imagen similar de desconcierto ocurrió cuando el Deep Blue de IBM derrotó al campeón mundial de ajedrez, Garry Kasparov en una partida de 1997 llamada “La última batalla del cerebro”.

Dos meses después de que Ke Jie abandonara la última partida con AlphaGo, ya bautizada como el fantasma en la máquina Go, el gobierno central chino elaboró un ambicioso plan para desarrollar las capacidades de la inteligencia artificial. Instó a una mayor financiación, apoyo político y coordinación nacional para el avance de la IA. Estableció claros parámetros de evaluación para medir el progreso entre 2020 y 2025, y previó que para 2030 China se convertiría en el centro de la innovación global en inteligencia artificial, liderando en teoría, en tecnología y en sus aplicaciones.

Este recorrido, fantásticamente descrito en el libro “Superpotencias de la Inteligencia artificial” dejó, tras los impactos detallados en los tres primeros párrafos de este escrito, un ejército de fantasmas que se evitan de manera intencional. El Estado, el mercado, el comercio, el consumo, las pérdidas laborales por la inteligencia artificial, la producción, la plusvalía, los modelos de acumulación y la pelea por las tecnologías en el mundo, entre otros.

Comencemos con los mercados y el Estado, donde se encuentra una mirada distorsionada del neoliberalismo. Como explica Fernando Escalante Gonzalbo en su Historia mínima del neoliberalismo, “El programa neoliberal, contra lo que imaginan algunos críticos, y contra lo que proclaman algunos propagandistas, no pretende eliminar al Estado, ni reducirlo a su mínima expresión, sino transformarlo, de modo que sirva para sostener y expandir la lógica del mercado. O sea que los neoliberales necesitan un nuevo Estado, a veces un Estado más fuerte, pero con otros fines”.

El eje central de esta idea resulta de la convicción de que el mercado no es un hecho natural, que no surge de manera espontánea ni se sostiene por sí solo, sino que tiene que ser creado, apuntalado, defendido por el Estado. En resumen, el mercado es un sistema cuidadosamente construido y regulado, tal como Polanyi expone en La gran transformación. Del mismo modo, la inteligencia artificial es también un producto de la intervención humana, cuya evolución depende de cómo el Estado y las empresas moldean y regulan su desarrollo.

Por qué nos importa entonces que el Estado invente los mercados, más allá de quien se lo apropia. Porque el mercado es fundamentalmente un mecanismo para procesar información, que sintetiza mediante el sistema de precios, qué quieren los consumidores, qué se puede producir, cuánto cuesta producirlo. El mercado, según los neoliberales, ofrece la única solución eficiente para los problemas económicos. La competencia, por su parte, permite que los precios se ajusten automáticamente, y a la vez garantiza que se hará el mejor uso posible de los recursos. Lo central en este relato es que el mercado trabaja recolectando información de la misma manera que la IA, por eso es importante que los Estados dominen la información y que, para el sector privado, como veremos, su potestad resulte central.

Primero aclaremos lo mejor posible que es y cómo trabaja la inteligencia artificial para saber si puede desplazar o no a los trabajadores de diferentes áreas. La IA es un campo de la informática que se enfoca en crear sistemas capaces de realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como el reconocimiento de patrones, la toma de decisiones, el aprendizaje y la adaptación.

Hay dos opciones para lograrlo, sobre las que no ahondaremos demasiado. El primero y más antiguo de los sistemas es el enfoque basado en reglas. Este intentará establecer pautas del tipo “si-entonces” para ayudar al programa a tomar una decisión: “Si hay dos formas triangulares encima de una forma circular, entonces probablemente haya un gato en la imagen”. En cambio, el según tipo, vigente en la actualidad, “el enfoque de redes neuronales”, alimentaría el programa con millones de fotos de muestra etiquetadas como “gato” o “no gato”, dejando que el programa descubra por sí mismo qué características de los millones de imágenes se relacionaban de forma más estrecha con la etiqueta “gato”. Las diferencias entre ambos enfoques se advierten en cómo abordan un problema simple: identificar si hay un gato en una foto.

Los algoritmos son el corazón de la IA. Son conjuntos de instrucciones que permiten a las máquinas aprender de los datos y tomar decisiones o realizar predicciones. En IA, los algoritmos procesan grandes volúmenes de datos para identificar patrones y relaciones que no son evidentes a simple vista. Son recolectores de datos, como los mercados.

Lo importante sería determinar “¿quién proporciona los datos?”, quién abastece a este infinito cúmulo de información que la IA procesará. Los datos son proporcionados por una combinación de empresas, gobiernos, dispositivos tecnológicos y, por, sobre todo, los usuarios. La colaboración entre estas fuentes permite que los algoritmos funcionen de manera efectiva, ofreciendo soluciones precisas en tiempo real. Es decir, si alguien está preocupado por perder su trabajo y está en redes sociales, le está brindando datos al algoritmo para que asimile información.

Ahora pondremos atención a dos cuestiones básicas y elementales del artículo. La pérdida del trabajo con la inteligencia artificial y sus consecuencias, así como la necesidad de componentes clave de la economía digital en caso de sustitución laboral por IA. Estos son los componentes de ciberseguridad: las billeteras móviles y los métodos de autenticación biométrica. Esta idea está basada en la necesidad de que la seguridad digital aumente a medida que más personas se vuelquen a trabajos y servicios basados en plataformas tecnológicas. La economía digital, con sus innovaciones en pagos y seguridad, será fundamental para castigar o beneficiar a los usuarios, como veremos.

La pérdida laboral por el advenimiento de nuevas tecnologías no es una primicia para la humanidad, “el ludismo” es un ejemplo previo, un movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaron entre los años 1811 y 1816 contra las nuevas máquinas que los remplazaban en el trabajo. Su reacción fue destruirlas. En la actualidad la idea de que la IA podría eliminar muchos trabajos plantea varias cuestiones sobre cómo funcionaría un mundo sin empleo tradicional y qué consecuencias tendría para una estructura económica basada en el trabajo, los consumidores y la acumulación de capital.

En el sistema capitalista, el trabajo humano es una de las principales fuentes de plusvalía, un concepto económico que se refiere al valor creado por los trabajadores que es apropiado por los capitalistas como ganancia. En un esquema básico, los trabajadores venden su trabajo a cambio de un salario. Los capitalistas compran ese trabajo para producir bienes o servicios que se venden en el mercado. La diferencia entre lo que los trabajadores reciben en salario y el valor que generan los capitalistas se conoce como plusvalía, la ganancia de los capitalistas.

En este contexto, el sistema se sostiene porque los trabajadores reciben salarios que luego utilizan para comprar bienes y servicios. En resumen, la explotación de la mano de obra es lo que genera plusvalía y permite la acumulación de capital. La IA tiene el potencial de automatizar tareas en múltiples sectores, lo que podría llevar a la desaparición de muchos empleos, especialmente aquellos que son rutinarios, repetitivos, o provocar una destrucción masiva de empleos en sectores como la manufactura, el transporte, el comercio y los servicios financieros, entre otros, pero tiene un talón de Aquiles: la IA no puede comprar.

En un mundo sin empleo, donde la IA realiza la mayor parte de las tareas productivas, pero no consume, varias dinámicas sociales y económicas cambiarían. La crucial sería la desconexión entre producción, trabajo humano y consumo. Si la producción de bienes y servicios depende principalmente de máquinas y algoritmos, el trabajo humano dejaría de ser el principal insumo en la economía y el generador de acumulación. Esto genera una serie de preguntas:

¿De dónde provendrá la plusvalía? Si la plusvalía se genera tradicionalmente a partir del trabajo humano, y este desaparece o disminuye, la lógica del capitalismo podría quedar en entredicho.
¿Cómo funcionarán los mercados sin compradores? En la medida en que los trabajadores dependen de salarios para consumir, un sistema automatizado donde los humanos no trabajen podría generar una disminución del consumo, lo que afectaría la capacidad de los capitalistas de generar ganancias.

En un mundo sin trabajo, una posible solución sería la implementación de una renta básica universal, un ingreso garantizado para todas las personas, independientemente de si trabajan o no, que tiene mucha tela para cortar. En caso de implementarse este sistema, comenzaría a entenderse de manera más clara la preocupación, que es válida, por la seguridad digital para compras virtuales con monederos digitales y métodos de autenticación biométrica, como las huellas dactilares, reconocimiento facial, reconocimiento de iris, de voz y otras tecnologías, pasando a ser un componente de disciplinamiento para este reseteo de la economía digital. Veamos esto con algo de detalle.

La primera en dar señales del aspecto negativo de la ciberseguridad fue la viceprimera ministra canadiense, Chrystia Freeland. Durante la pandemia, los camioneros canadienses protestaron contra el pasaporte COVID bloqueando el tránsito y los suministros de ingreso a los EE.UU. Esta señora advirtió, sin orden judicial alguna, que congelaría las cuentas bancarias y suspendería el seguro de vehículos de los camioneros que continuaran formando bloqueos en protesta por los mandatos de vacunas, es decir, la anulación de gastos con billeteras virtuales. Amenazas parecidas realizaron en la Argentina la ministra de Capital Humano Sandra Pettovello y la ministra de seguridad Patricia Bullrich, aduciendo que les quitará la asistencia social a todos aquellos beneficiarios que salgan a protestar. “El que corta la calle, no cobra”.

Este tipo de medidas disciplinarias podría volverse común en un futuro donde la economía esté más profundamente integrada con plataformas digitales y la autenticación biométrica. La dependencia de estos sistemas plantea preguntas inquietantes sobre la libertad y la vigilancia en un mundo altamente automatizado y controlado por algoritmos.

Un ingreso garantizado a todas las personas, independientemente de si trabajan o no con una cuenta bancaria donde se deposita la Renta Básica, de la cual depende cualquier método de autenticación biométrica, desde billeteras virtuales a huellas dactilares para el consumo, es una tentación de disciplinar a los receptores de estas ayudas sociales, como lo demostraron reciente y abiertamente los ministros argentinos.

La llegada de la IA y la automatización masiva plantea un reto importante para la estructura actual de la sociedad basada en el trabajo y la explotación de la mano de obra para generar plusvalía. Las soluciones no son simples, más aún con un capitalismo ultra concentrador del ingreso. Lo que sí queda claro es que la producción y la productividad pueden aumentar con la IA, pero si no se cobra, no se compra.

En definitiva, la llegada de la IA no solo desafía los paradigmas laborales y económicos, sino que también nos enfrenta a un posible futuro en el que el control de los datos se convierte en la nueva forma de poder. Si bien la tecnología promete eficiencia y progreso, los gobiernos y las corporaciones deberán decidir si priorizan la equidad y la protección social, o si caerán en un tecnofeudalismo donde el trabajo humano se vuelva obsoleto. Como sugiere el economista griego Yanis Varoufakis, el futuro del capitalismo puede estar en juego, y la IA podría ser el factor que acelere su transformación hacia un sistema completamente nuevo. “Los señores feudales son los propietarios de lo que llama «capital de la nube», y los demás hemos vuelto a ser siervos, como en el Medievo.”

https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2024/10/13/ia-la-ultima-batalla-del-cerebro-entre-explotadores-y-veneradores-del-mercado/

10 de febrero de 2022

Inmunidad de rebaño o prioridad de mercado

Eduardo Camín

La crisis sanitaria causó la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.

Cuando su director general declaró la emergencia pública internacional por el brote de coronavirus el 30 de enero del 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo varias recomendaciones. No eran consejos vinculantes, pero sí políticamente significativos.

Sin embargo, y a pesar que el reglamento es legalmente vinculante no existen mecanismos de aplicación por los cuales la OMS pueda ejercer presión para que un país cumpla con los requisitos. Algunos tienden a “olvidar” que el verdadero alcance de la OMS no es más ni menos que el de un organismo intergubernamental de asesoramiento, que actúa en simbiosis con los Estados miembros.

Por lo tanto, su rol se limita a recomendar a los países sobre qué hacer para mejorar la salud de sus ciudadanos y qué medidas tomar para prevenir el brote de enfermedades.  Pero, paradojalmente, no puede hacer cumplir esas mismas recomendaciones, ya que no tiene la capacidad de obligar o sancionar a sus miembros.

La OMS tiene por cometido ejercer liderazgo en materia de salud en el mundo  ayudando a definir los planes de investigación en el campo de la salud, establecer normas y pautas para formular políticas basadas en datos probatorios, además de proporcionar asistencia técnica a los Estados Miembros y vigilar de cerca y evaluar las tendencias epidemiológicas.

Desde su aparición, el virus SARS-COV2- ha seguido evolucionando y la OMS ha designado cinco variantes como preocupantes: Alfa, Beta, Gamma, Delta y Ómicron.

En una reciente rueda de prensa el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, consideró que es «prematuro» declarar una victoria contra el covid-19 y abandonar el empeño de detener la transmisión del virus. «Es prematuro que cualquier país capitule o se declare victorioso», dijo el responsable de la OMS, preocupado ante el aumento del número de muertes en la mayoría de las regiones del planeta.

Su llamado a la prudencia se produce en un momento en el cual algunos países occidentales buscan volver a la normalidad, levantando las restricciones -pese a registrar aún récords de casos de covid-19-, estimando que la amplia cobertura de las vacunas y la menor gravedad del cuadro que produce la variante ómicron lo permite.

No obstante el máximo dirigente de la OMS,  dejó en claro que «más transmisión implica más muertes». Y sostuvo que “estamos preocupados por el hecho de que se haya instalado un relato en ciertos países de que gracias a las vacunas y debido a la alta contagiosidad de ómicron y de su menor gravedad, no es posible prevenir el contagio. Esto no puede estar más lejos de la verdad», afirmó el doctor Tedros, subrayando que el virus es «peligroso», un mensaje que repite incesantemente desde que apareció esta variante.

“No le pedimos a los países que reinstauren los confinamientos, pero los llamamos a proteger a su población usando todos los medios disponibles y no solamente las vacunas», indicó el alto cargo de la OMS.  Señaló que el virus seguirá evolucionando, por lo que llamó a los países a seguir efectuando pruebas, monitoreo y secuenciación. «No podemos combatir este virus si no sabemos lo que está haciendo», afirmó.  Frente a la evolución del virus  «quizás las vacunas también deberán evolucionar», sentenció.

Desde setiembre 2021, la OMS estableció el Grupo Asesor Técnico sobre la Composición de las Vacunas contra la Covid 19 (TAG-CO-VAC). Este grupo multidisciplinario de 18 expertos revisa y evalúa las implicaciones para la salud pública de los COV emergentes en el rendimiento de las vacunas contra la enfermedad.

Estos expertos están considerando y recomendando la composición de la cepa de las vacunas Covid -19 y alientan a los desarrolladores de vacunas a recopilar datos a pequeña escala sobre la amplitud y magnitud de la respuesta inmune para las vacunas monovalentes y multivalentes contra los COV.

Entre la inmunidad de rebaño… la prioridad del mercado

La realidad es que la crisis sanitaria desató la paralización casi total de la maquinaria productiva del capitalismo global, el sistema político-dominante de nuestra época, que en su forma neoliberal se fundamenta en dar prioridad absoluta al mercado en la organización de la vida social.  

El dinero es la medida más utilizada para calcular el éxito y el indicador principal de competencia y valor, el gran denominador común mediante el cual se comparan y miden todas las cosas. De esta manera, la salud ya no se concibe como un derecho humano, tal como se declara en la constitución de la OMS, sino como una mercancía o, en el mejor de los casos como un aporte a la productividad , como ya lo determinaba el Informe de la OMS del 2001 denominado “Invirtiendo en la Salud para el Desarrollo Económico”.

En la actualidad, casi toda la labor sanitaria internacional se organiza a través de asociaciones entre el sector público y el privado, que representan otro mecanismo más de extracción de la riqueza (del 99% al 1% más ricos) aprovechándose del sector público para obtener beneficios privados.

La politización con fines geopolíticos es de mal augurio. Los países más poderosos del mundo exigen a la OMS que siga sus respectivos intereses soberanos por razones que poco tienen que ver con la salud mundial.

Sin dudas, la OMS se encuentra en esa situación a pesar de su liderazgo en materia de salud mundial, más por su capacidades científicas, médicas y de salud pública que por su autoridad para desafiar políticamente a los Estados. Y en este marco, a pesar de las recomendaciones del organismo, creemos que los dados ya están echados: las compuertas del consumo masivo erradicarán el virus.  

Eduardo Camín.  *Periodista uruguayo acreditado en la ONU-Ginebra. Analista Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

9 de octubre de 2020

“Cuando las empresas salen a pedir rescates, están reconociendo que el mercado ya no funciona”

 


Óscar Ugarteche   (Entrevista de Carlos Espinoza)

El economista habla sobre los programas de reactivación económica, las posibles salidas a la crisis y las ideas de Hernando de Soto acerca de la informalidad.

El economista y doctor en Filosofía e Historia Óscar Ugarteche vive en Cuernavaca, México, y desde hace ocho años dicta el seminario de investigación sobre la integración trunca de América Latina en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). “No hay como estar aislado para escribir y leer”, dice sobre el tiempo que ha pasado confinado a causa de la COVID-19 y que le ha permitido acabar su libro Cooperación financiera regional: Más allá de la teoría de la integración, que se publicará en unos meses y donde reflexiona sobre por qué la cooperación no funcionó en Sudamérica y sí en Europa y Asia. “Cuando la cooperación regional se planteó en Sudamérica, en el Perú y en Colombia gritaron ‘¡chavismo!’. Yo dije ‘¡wow!’, con el trabajo que me había costado pensar lo que estaba haciendo”. Ugarteche también ha venido indagando sobre el litio en Bolivia y la transformación energética: “Yo estaba siguiendo ese tema cuando llegó el golpe. Me puse a mirar los entretelones internacionales. Eso de que EE.UU. otra vez da golpes de Estado en América Latina, como hacía entre el 50 y 70, es refrescante. Es para que no olvidemos que no es nuestro aliado. EE.UU. define sus intereses en el hemisferio no como aliado, sino como dominante y no necesariamente todos queremos estar dominados. Eso puede que suene a chavismo, pero yo creo que un poco de psicoanálisis va a decir que todos queremos ser autónomos. Eso es lo que todo ser humano quiere ser y es lo que toda república tiene que ser”.

-¿Por qué el Perú es el país de América Latina más afectado económicamente por la pandemia?

Ahí habría que desmelodramatizar un poco. Respecto a la caída del PBI, al segundo trimestre del año, Brasil ha perdido 12 años, Argentina perdió 11 años, México perdió 10, Uruguay perdió 7 y Chile y Colombia perdieron 6 años. Es posible que el Perú haya perdido 12 años, como Brasil. Sin embargo, la caída de la economía peruana, como las otras economías que acabo de nombrar, no son mucho más grandes o peores que las caída en los países de Europa, que perdió en promedio 10 años, y Estados Unidos, que perdió 6 años. Entonces, en la economía mundial organizada en torno al libre comercio, cuando la oferta del comercio se suspende (no hay oferta) y, al mismo tiempo, la gente que trabaja se va a su casa y la demanda se cae, tienes un problema de oferta y de demanda. En ese momento todo el sistema entero de comercio se cae. Pero hay países que tienen más producción interna y países que tienen menos. Graciosamente los países más industrializados de la región (Brasil, Argentina y México) son los que se han caído más que los países que tienen menos PIB industrial. La caída va a tener una recuperación, no hay ninguna caída fatal. Las caídas económicas no son suicidios. El Perú ha tenido grandes caídas como la de 1780 a 1825, la caída que vino después de la guerra con Chile, la caída de 1930 que duró menos años y luego la gran caída de 1980 al 1990, con una baja de 35% del PIB. De esa nos tardamos una década en remontar. Pero por qué esta caída, que supongamos que es de 10 años, impacta tanto en Perú y no en México, si ambos tienen un 70% de empleo informal. En México el PIB se cayó 18%, en el Perú podría haberse caído 30%. ¿Por qué se cae menos México que Perú? Porque México, al igual que Bolivia, tiene un programa muy grande de transferencias directas a los sectores D y E. Entonces ha habido un amortiguador de demanda por el lado de los sectores más pobres.

-¿Por qué el Perú no pudo hacer un buen programa de transferencia a los sectores D y E?

La aproximación tecnológica mexicana ha sido utilizar las oficinas de telégrafo, y como hay oficinas de telégrafo instaladas desde siglo XIX por todo el país, entonces se manda al poblado órdenes de pago a las personas que son beneficiarias. Eso no se pudo hacer en el Perú, donde la infraestructura bancaria no alcanza. Por eso había colas inmensas en los bancos para el bono universal.

¿Cómo calificaría los programas de reactivación económica que se llevan a cabo en el Perú, como Reactiva Perú?

Financial Times, que no es conocido por ser un diario del Partido Comunista Soviético, esta mañana (29/09) dice en uno de sus titulares que “es hora de regresar a estos programas de empleos directos que se hicieron en los años 30”. ¿Por qué? Porque el sector privado hace lo que ha hecho siempre. Si tú le das dinero al sector privado para que se reactive, el sector privado va a guardar el dinero y va a ver en qué momento quiere reactivarse, porque está buscando su rentabilidad. La responsabilidad del Estado no es la rentabilidad de las empresas, sino generar empleo. Entonces ahí se trata de un gasto directo a través de obras públicas y se acabó. Pero hay que hacerlo a gran escala. He visto con tristeza que muchas empresas que recibieron el crédito (de Reactiva Perú) eran empresas que no habían pagado varios miles de millones de soles en impuestos. Me pregunto qué sentido tiene darle subsidios a empresas que no cumplen su compromiso con el país. ¿Cómo es posible que, en la búsqueda de la magnificación de ganancias, no pague impuestos y, por el otro lado, saque el dinero que pueda del Estado y me lo guarde para un mejor día porque en algún momento esto va a mejorar? Así dejan el programa de generación de empleo parado, porque ni el Estado tiene el ingreso fiscal ni el crédito que concedió se utiliza para generar empleo. El Estado tiene que entrar directamente a contratar para hacer mejores carreteras, mejores puertos y hacer lo que hicimos en los años 30 y 40.

-¿Qué se habría hecho mal en materia económica en los últimos 30 años de ‘crecimiento’ para que la crisis golpee tan fuerte a sectores como el de salud?

Primero, ahí hay un tema estructural y hay un problema ideológico. El problema estructural es que llegado 1968, en el Perú, la mitad de la población no tenía acceso a nada: ni a educación ni a salud. Esa mitad no percibía remuneraciones asalariadas, no tenía derecho al voto y no tenían ciudadanía. Esto fue hace 50 años. Eso cambió en la década del 70. Mucha gente dice “¡qué barbaridad lo que pasó en esa década!”. El Perú se modernizó en la década del 70. Fue una modernización con un costo, claro, pero, como somos melodramáticos y los que pagaron el costo fueron los dueños de los medios o los que están cerca a los medios, el costo aparece mucho más grande de lo que realmente fue. El costo fue que la oligarquía perdió las propiedades que tuvo y no se le compensó, lo cual fue una injusticia. Pero al trasladar la estructura de propiedad rápidamente pasamos a ser una economía más monetizada y las personas pasaron a tener derecho al voto siendo analfabetas. El Estado, por primera vez, desarrolló un proyecto de construcción masiva de postas de salud y de escuelas. Esto, que en la época de Odría se había hecho un poco para una población urbana, se hizo también en el campo. Eso fue combatido duramente, la educación bilingüe fue combatida duramente en la década del 80. Luego vino el desastre del gobierno de Alan García que fue el colapso económico que vino junto con la guerra de Sendero Luminoso. Y cuando salimos del desastre, entramos al siguiente desastre. Entramos un cuerpo ideológico que decía “¿y nosotros para qué queremos un Estado grande? Nosotros lo que necesitamos es un Estado eficiente”. Entonces, como si el Perú hubiera sido la Alemania de 1910, con un aparato estatal gigantesco, un sistema de salud pública universalizado por todo el territorio nacional, con escuelas por todas partes y en todos los distritos, como si el Perú fuera eso, se dijo “no, esto es muy grande, hay que cotejarlo hasta hacerlo más eficiente, reducir los costos, bajar salarios, reducir personal”. Ya pues, hazlo durante 30 años y tienes el desastre que acabamos de ver. Por eso digo que hay un problema estructural que viene de atrás, por eso los más afectados son el mismo 50% que antes no era atendido por nadie. Afectados estamos todos porque hay muertos en todas las clases sociales. ¿Eso no es un problema estructural? Creo que el Perú debe remontar sus ideologismos, porque somos una fábrica de ideólogos y tenemos que ponernos un poco más teóricos y hacer de cuenta que el objeto del Estado son los bienes públicos, es decir, el empleo, la educación y la salud pública. Eso es lo que el Estado tiene que hacer y dejarnos de tonterías. No puede ser que el Perú esté tan radicalizado ideológicamente que cuando uno dice que “el Estado tiene que hacer tal o cual cosa” inmediatamente te saltan a la yugular y te acusan de ser chavista. ¿Qué es eso? Ahora hasta Joe Biden, candidato de EE.UU., es acusado de ser chavista.

-Otro efecto de la crisis es el aumento de la informalidad, pero esta en el Perú ya superaba el 70% antes de la crisis. ¿Cuál es el papel de la informalidad en la agudización de la crisis?

La informalidad lo que nos ha producido en el Perú es una economía dual de nuevo tipo. Si teníamos una economía dual hasta 1968 entre la economía monetizada (50%) y no monetizada (50%), ahora lo que tenemos es una economía dual de diferentes productividades. Monetizadas ambas, pero de diferentes productividades: 70% está en la de bajísima productividad y 30% en la de la productividad del sector moderno. Esa es la discusión actual. ¿Puede un país vivir así para siempre? Probablemente sí. ¿Es deseable eso? No, no es deseable que un 70% tenga una productividad muy por debajo de la otra. Lo deseable es que la economía esté incorporada y tenga una sola dinámica. El futuro del Perú tiene que ser pensando en una sola economía moderna y dejar la idea de que la informalidad es el futuro. La informalidad es el refugio cuando no hay empleo y lo demás es un canto de sirena.

-Hernando de Soto, quien sería candidato a la presidencia, planteaba que la informalidad y pobreza eran causadas por un exceso de burocracia y una falta de libertades económicas

Ya pasaron 30 años de estos cambios, ya no se puede hablar de exceso de burocracia ni de exceso de regulaciones. Ya se liberó lo que se iba a liberar, se soltó lo que se iba a soltar, lo demás es ideologismo. Y como él viene de las canteras de (Wilhelm) Röpke, que es uno de los ideólogos del pensamiento austriaco que trabajaba en Ginebra, donde él estudió, él ideológicamente está ahí, como están ideológicamente en el mismo sitio los de la Universidad de Chicago o los de que están en la Sociedad de Mont Pelerin, como (Juan José) Garrido (director de El Comercio) .

-¿Entonces por dónde pasaría la vía de la formalización de los informales si esta tuviera que hacerse?

No hay que (pensar en) formalizar a los informales. Lo que hay que pensar es la economía de otra forma. Hay que agarrar una nueva dinámica. Esa dinámica que agarramos en los últimos 30 años que ha dejada al 70% de la gente en la calle no sirve. Cuando regresemos a la dinámica que tuvimos antes, cuando teníamos 6% o 7% de crecimiento anual promedio a tasas a las que no hemos regresado jamás, va a pasar lo que pasó entonces cuando teníamos una clase media emergente y unos sectores populares que se fueron urbanizando, formalizando y mudándose a viviendas urbanas y no en esteras. Ese fue un proceso de la década del 60 que aguantó hasta los 70 y, cuando vino la crisis económica del 76, se terminó. Luego ya vinieron las explicaciones del ‘exceso de burocracia’. El Perú nunca tuvo un exceso de burocracia, lo que tenía era un Estado anticuado. ¿Pero qué Estado tiene una sociedad anticuada? El Estado que le corresponde. Si la sociedad peruana es una sociedad anquilosada en el siglo XIX, cómo quiere tener un Estado del siglo XXI. Queremos pedirle al Estado lo que no es. Somos una sociedad anticuada agarrada en el pasado, que no está dispuesta a soltar el pasado por nada y que, por otro lado, quisiera ser como Alemania y reclama que la infraestructura no es la alemana. Bueno, pues, pongámonos de acuerdo. Si queremos un Estado moderno, entonces hagamos un Estado moderno. Pero no puedes quedarte agarrado del pasado y decir que quieres un Estado moderno porque no se puede. Yo creo que ahí hay un problema, una esquizofrenia. Somos una sociedad que cada vez nos ponemos más esquizofrénicos.

-Con el nivel de desempleo ha resurgido una retórica optimista con frases como “reinventarse”, “la crisis como oportunidad”, “emprendimiento en crisis”, etc. Muchos se han puesto a vender mascarillas o a hacer delivery, algunos con éxito y otros no. ¿Hay espacio para tanto ‘emprendedor’ en un mercado en crisis?

Este es el momento de los grandes cambios. Este es el momento de los inventos, de las innovaciones. Este es el momento de las reestructuraciones productivas. Ahora es cuando. Los que lo hagan saldrán adelante. Todo el mundo tiene que trabajar más porque tiene que producir más para comer porque la economía se ha contraído un montón. Efectivamente, todo el mundo sale a trabajar para hacer cualquier cosa y salen todos porque se han perdido ingresos. ¿Todos pueden? No. Pero muchos lo intentarán y harán lo que puedan porque tampoco hay muchas otras alternativas. Si tuviésemos un Estado moderno, tendríamos una capacidad recaudatoria mayor. Los grandes empresarios no pagan impuestos (…). ¿De quién es el Estado y cómo funciona? Porque resulta que el Estado peruano fue apropiado por los empresarios. La máxima culminación fue Kuczynski. Sin embargo, esos mismos empresarios no quieren financiar al Estado. Bueno, pues, ¿qué quieres? “Yo no lo financio, que lo financie Pepe, pero yo a Pepe no le doy nada. Yo me quedo con el dinero del Estado” esa concepción del Estado es decimonónica y te habla de lo anquilosada que está cierta sección de la sociedad, no puede ser.

-¿La salida a esta crisis, a nivel estructural, iría por las vías del neoliberalismo o se requiere otro tipo de cambio?

El pensamiento neoliberal está enterrado. En el momento en que las empresas salen a pedir rescates, están reconociendo que el mercado ya no funciona. En lugar de, amablemente, quebrar, que es lo que tendrían que hacer, se voltean y le dicen a papá Estado “dame dinero”. Bueno, pongámonos de acuerdo. O no crees en el Estado y quiebras o sí crees en el Estado y haces que el Estado sirva. Pero por qué le va a servir solamente a las grandes empresas y no a la ciudadanía que, en última instancia, es la que paga los impuestos. Porque los impuesto en el Perú salen del Impuesto General a las Ventas (IGV), que es un impuesto indirecto regresivo que cargan a los sectores más pobres mucho más que a los ricos. Sin embargo, las grandes empresas piden rescates para ellos. Yo creo que el pensamiento neoliberal como pensamiento se murió. Desde el año 2008, nadie puede hablar con seriedad del mercado perfecto. Sin embargo, la nueva discusión es una retoma del estructuralismo. Hoy se están releyendo, en Asia en particular, a los estructuralistas para ver hacia dónde vamos. Porque lo que se necesita, sin ninguna duda, es un Estado moderno y dinámico. Se necesita un sistema educativo de primer mundo. Los sistemas educativos ya no dan más, los instrumentos de educación han cambiado y ha cambiado la forma de cómo los estudiantes estudian. Las otras cosas que necesitamos es tener una salud de primer mundo que no hay por qué no tener. Yo leo que en el Perú no hay un mejor sistema de salud por temas de corrupción. En el Perú hay una obsesión con el tema de corrupción como si fuera el único país con esos problemas en el mundo. Hay que construir un mejor sistema de salud, sabemos que esto nos va a costar 10% más de lo que debería. Yo sí creo en estudiar la corrupción, en meter a la cárcel a los responsables, jefes de Estado o ministros, pero no es posible que por el miedo a la corrupción el Estado se paralice. Entonces necesitamos un Estado moderno, pero esto va implicar un cambio de élites, ya que estas élites que llegaron en nombre del Estado moderno, el año 1992, ¿qué nos han dado?

-¿Y en este “otro mundo” nuestra principal fuente de ingresos tendrá que seguir siendo la minería?

Se habla de que el Perú siempre fue un país minero pero, en verdad, aunque siempre tuvo minería, fue un país muy balanceado. En los años 50 el Perú pasó de ser un país agrícola a un país minero, cuando se abrió la mina de Toquepala y la de Marcona. Eso arrastró al Perú en una cierta dirección y le quitó el peso a la agricultura. El peso de la agricultura luego se terminó de quitar con la Reforma Agraria, porque se dejó de producir como hasta entonces se producía caña y algodón. Dicho eso, el Perú es más que sus materias primas. Lo que el Perú tiene, y yo creo que en muchísima calidad, es su gente. He trabajado como en 50 universidades y nunca he visto gente tan ingeniosa y trabajadora, pero es gente a la que no se le deja trabajar y no se le permite desarrollar el ingenio, porque no se le da la educación para que desarrolle su ingenio completamente. El Perú tiene que ser pensado como un solo país, esa visión de la república sin ciudadanos no va más. Tenemos que pensar en el Perú como un país de ciudadanos de la costa, de la sierra y de la selva, donde todos somos iguales. Pero en el inconsciente nacional hay esta estructura del siglo XIX de república sin ciudadanos, donde yo me paseo en mi auto convertible mientras un chico me vende un chicle parado en la esquina porque no tiene qué comer. Se juntan mundos extremadamente ricos con mundos extremadamente pobres sin ningún pudor. Eso me parece terrible.

-¿Cuál es su perspectiva de la economía para los próximos años?

Como se ve el mundo ahora, el único país que sale a flote rápido es China, que va a tener crecimiento económico, aunque poco, pero no se va a contraer. El resto del mundo se va a contraer. África casi no se va a contraer, tiene pocos infectados. Europa ha perdido una década y Estados Unidos seis años. Lo que venga va a ser con mucho cambio tecnológico y sustitución energética. Porque ya hay conciencia universal de que muchos de estos desastres, que comenzaron a acelerarse en la década del 80, tienen que ver con el cambio climático. Hay una aceleración del cambio energético por tecnologías menos sucias y es más acelerada para algunos países que para otros. Este cambio nos puede tardar una década o quince años, pero en todo caso comenzó ya hace algunos años. Eso implica infraestructura eléctrica de otro tipo. Se necesita mucha más generación eléctrica y hay que ver cómo se sustituye el impuesto a la gasolina que es importante para el Estado. Hoy prácticamente todos los Estados tienen políticas de incentivo tributario para la transformación energética, paneles solares, parques solares y parques eólicos para generar energía limpia. El próximo gran ciclo económico que estamos comenzando es con energías menos sucias y eso es parte del optimismo del futuro. Pero significa grandes cambios tecnológicos ahora y grandes cambios en los sistemas educativos, como hacen los bolivianos para que en primaria estudien física y matemáticas. Eso tendríamos que hacerlo todos: levantar los niveles de matemáticas, física y química en primaria en todas las escuelas. Eso implica un fortalecimiento en el sector educativo, cuyo presupuesto debería ser de 6%. Fue lo que se dijo en el Acuerdo Nacional del año 2002. Cuando inventamos (yo fui parte de eso) el aumento a las transacciones ITF fue para la educación, pero llegó Kuczynski al ministerio de Economía y lo redujo. Hay que subirlo ese impuesto y ponérselo a educación ahora. Y es un impuesto de tipo progresivo porque los que hacen movimientos financieros grandes son los más ricos.