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18 de julio de 2022

Perú: HASTA LUEGO

Hugo Ñopo

Recuento, reflexión y agradecimiento

Dentro de pocas semanas cerraré una etapa en la que decidí volver a vivir a Lima. Han pasado seis años y volveré a Washington, a continuar con mi trabajo en organismos multilaterales, tal como lo hacía antes de venir. Esto tiene varias implicancias. Una de ellas, que lamento mucho, es tener que poner en pausa estas opiniones semanales en Jugo de Caigua. Extrañaré mucho la posibilidad de compartir ideas junto al grupo extraordinario de “jugueros” que me acompaña en esta plataforma.

Antes de escribir este artículo decidí seguir un pequeño ritual de despedida y revisé los casi setenta que he compartido con ustedes desde octubre de 2020. En ellos he opinado sobre la educación, la equidad de género, el trabajo, la desigualdad, las informalidades –así, en plural–, la protección social, la desigualdad, las dinámicas de los hogares, nuestros sesgos inconscientes y varios otros asuntos que conciernen a las políticas públicas. De vez en cuando pude insertar algunos otros asuntos que me apasionan, como las matemáticas y la música, aunque me hubiera gustado hacer más de esto último.    

En esta columna de los miércoles he intentado compartir conceptos y evidencias que puedan resultar útiles para encontrar mejores caminos para resolver nuestros problemas. Puesto que las evidencias son siempre particulares, es iluso pensar que puedan llevarnos a verdades absolutas. Las certezas a las que podemos llegar son casi siempre parciales o condicionales. Las pocas verdades absolutas con que contamos tienen poco sentido práctico nuevo, pues su uso ya está incorporado en nuestras vidas: uno más uno es dos, el día tiene veinticuatro horas, los seres humanos podemos amar. Así de precaria es la condición humana: nuestra aproximación a las verdades relevantes es limitada.

Muchas veces, aquello que creemos saber no se condice con la realidad. A menudo nuestra percepción de la realidad es engañosa, nos basamos en supuestos no corroborados, o nuestras deducciones lógicas tienen errores de los que no nos percatamos. Por eso necesitamos dudar continuamente y recurrir al auxilio de otros. Quienes mejor pueden guiarnos en los caminos de búsqueda de verdades son los expertos. Las comunidades de especialistas cuentan con procedimientos para mostrar la verdad o falsedad de las afirmaciones.

Algo que le añade complejidad a este tema es que hay afirmaciones que no son absolutamente verdaderas ni absolutamente falsas. Tienen grados de verdad. Para ellas, que son la gran mayoría de afirmaciones relevantes del mundo real, es mejor no aplicar la lógica binaria sí/no en la que hemos sido entrenados, sino más bien una lógica difusa, como la que se usa para los computadores en la inteligencia artificial.

Pero la complejidad es mayor: existen afirmaciones indecidibles. Es decir, hay afirmaciones que la ciencia no puede saber si son verdaderas, falsas, o en qué condiciones son una o la otra. Y hay más aún. Quienes creen que resolver esto es solo cuestión de tiempo y que la ciencia en algún momento podrá decidir todos los valores de verdad del sistema lógico están en un error. Kurt Gödel demostró en 1931 que esa aspiración de la ciencia es inalcanzable. Nuestro sistema lógico es incompleto: no somos capaces de llegar a las verdades últimas y en el océano de las verdades hay archipiélagos a los que no sabremos llegar jamás. Aquí es donde, humildemente, le doy bienvenida a la fe. Creo en una energía superior a la humana que completa nuestro sistema de creencias y verdades, dándole sentido a todo.[1]

Más allá de contarles por qué abrazo una fe, les cuento esto para también poner en claro cuán compleja es la tarea de la búsqueda de la verdad. Agreguen a esto las circunstancias actuales en las que la información fluye velozmente y en inmensas cantidades –aunque dosificadas en paquetitos como los tuits–. Basarnos en conocimiento verdadero es ahora más fácil y difícil a la vez. La información es más accesible para un conjunto cada vez más amplio de personas, pero ello trae conocimiento verdadero y falso en múltiples grados.

Por eso creo que las tareas de difusión, discusión y reflexión acerca del conocimiento son tan necesarias en nuestros días. Como les comentaba, es con esta convicción que me he dedicado a compartir evidencias que nos ayuden a comprender algunos de nuestros problemas. Intenté hacer esto primero desde mis redes sociales, luego escribiendo artículos en diarios y revistas, publicando libros, dando charlas y conversando con periodistas. Agradezco mucho haber conocido tantas personas maravillosas en ese trajín.

Por una cuestión de formación, la mayoría de las evidencias a las que tengo acceso son numéricas y surgen como resultado de procedimientos estadísticos. Eso es lo que he compartido, teniendo clara conciencia de un riesgo, pues nuestra sociedad ha tomado al dato como fetiche: cada vez que se nos ha tratado de imponer una pseudoverdad, hemos escuchado esa manida frase de que “los números no mienten”. Tengamos claro que quien dice eso muy probablemente está mintiendo. Las verdades no están en los números per se: deben ser construidas con demostraciones verificables. Por eso es muy importante dudar con frecuencia, repreguntándose las cosas.

Hace cerca de dos años me encontraba en ese camino, cuando recibí la propuesta de unirme a Jugo de Caigua, esta cooperativa de escritores y divulgadores. ¡Dichoso el día en que se les ocurrió invitarme!  He aprendido mucho de cada uno de ellos y he disfrutado enormemente el proceso de ir conociéndolos en esta nueva realidad híbrida, combinando saludos en pantallas con cálidos abrazos reales.

Me llevo una buena docena de amistades entrañables. Confío en que la vida nos regalará nuevas formas de colaborar y emocionarnos.

Por ahora me toca poner pausa dándoles un agradecimiento gigantesco.

[1] Este párrafo es un a homenaje Ramon Garcia-Cobián y sus clases de lógica matemática.

6 de julio de 2022

Perú: DEFENDER LO BUENO, AUNQUE NO SEA POPULAR

Hugo Ñopo

La Reforma Universitaria busca mejorar la calidad del sistema universitario. Apunta en la dirección correcta, aunque dista mucho de ser perfecta. Sin embargo, su problema más serio no está en las mejoras pendientes sino en su falta de respaldo popular. Las marchas convocadas para su apoyo no han tenido éxito. ¿Por qué la calidad del sistema universitario no es algo que levante las cejas de la población?

Primero, porque lo universitario es algo que atañe directamente a muy pocos. Solo uno de cada seis peruanos de 15 o más años cuenta con educación universitaria. La gran mayoría ve a la educación universitaria como algo lejano y piensa que la calidad del sistema no es relevante para ellos, lo cual es un error. Y segundo, porque en un país como el nuestro la calidad es una consideración de segundo orden. Cuando pedimos un plato de comida, lo primero que buscamos es que esté taypá. Cuando necesitamos ingresos buscamos una chambita, aunque sea precaria.[1] El tarrajeado de nuestras viviendas se deja para el final, o nunca.[2]

En esa línea, pareciera que algunos hogares peruanos estuvieran interesados únicamente en que sus hijos consigan el diploma universitario, sin importar la calidad. Ese error es tan grande que convertiría a su aventura educativa en una inversión a pérdida. Estudios hechos tanto en el Perú, como en Chile y Colombia dan cuenta de ello. Para algunas universidades y especialidades, especialmente las de baja calidad, la suma de los costos de la educación (pensiones, pasajes, materiales, alimentación, vivienda, etc.) supera a la suma de sus beneficios (empleabilidad e ingresos laborales futuros). En casos como estos la pérdida seguramente va más allá de lo económico o financiero, pues se quiebran algunas ilusiones y se afecta la confianza en el sistema.

Aquí me parece importante señalar que hay un segmento de la población que viene en aumento: el de las personas con educación universitaria incompleta. Son cada vez más los jóvenes que abandonan sus estudios universitarios, sea por razones académicas, económicas o familiares. Así, la distribución de la población estudiantil universitaria tiene una forma de pirámide, con muchos estudiantes en los primeros ciclos y pocos en los últimos. Las universidades con fines de lucro y de bajo costo han incorporado esto en su modelo de negocio, facilitando, simplificando y abaratando el acceso. Jóvenes incautos ingresan a esas universidades con ilusiones que luego no se materializan. Si eso no se llama estafa, se le parece muchísimo.

Por otro lado, la perversidad del modelo de negocio oculta otra arista que nos genera un mal social: tenemos un exceso de contadores, profesores, abogados, administradores. Precisamente, esas son las carreras que más ofrecen las universidades masivas, baratas y de baja calidad.

¿Cómo evitar que en el futuro más hogares caigan en la trampa de la inversión universitaria a pérdida con el correspondiente quiebre de ilusiones? Queda muy claro que una condición necesaria es asegurar que todas las ofertas universitarias gocen de condiciones básicas de calidad. Este, precisamente, es el trabajo de la SUNEDU: elevar la valla, de modo sostenido en el tiempo.

Pero en economía acostumbramos a decir que no hay lonche gratis. Toda acción o política tiene un costo. En este caso, elevar la valla de calidad de las universidades haría más difícil el acceso a las mismas, algo a todas luces impopular, en más de un aspecto:
  • El académico. Elevar la calidad universitaria haría más notoria la brecha de habilidades entre lo que se ofrece en la educación secundaria y lo que se requiere para una vida universitaria. Entrar a la universidad debería ser más difícil.
  • El monetario. Como ya se han dado cuenta muchas universidades, elevar la calidad cuesta, pues requiere invertir en una mejor infraestructura y en elevar los salarios de los docentes y personal de apoyo. La educación universitaria debe ser cara.
  • El logístico. Para mejorar la calidad resulta útil concentrar los campus universitarios. Esto implicaría que, en lugar de hacer que las universidades vayan a los pueblos, como propone este gobierno, los jóvenes de los pueblos deben movilizarse hacia los lugares en los que se concentran los saberes. El campus debe ser grande, universal, diverso.
La universidad no debe ser para todos: no necesitamos más, necesitamos mejores. El argumento técnico para ello es claro. Pero eso, además de impopular, tiene muchas características de elitismo, sin oportunidades para todos. Así era nuestro sistema universitario medio siglo atrás. ¿Cómo salir de ello? Con fuerte financiamiento público y una mejora integral de la educación. Los altos costos que debería tener la educación universitaria deben pagarse con una dosis importante de recursos del Estado, no basarse tanto en los bolsillos de los hogares. Las altas exigencias académicas de las universidades deberían satisfacerse en las aulas de secundaria, por eso también la reforma magisterial es tan importante.Este jueves el Congreso pretende votar con insistencia la autógrafa de ley que pretende modificar la Ley Universitaria. El pleno votó por ella hace unas semanas y el presidente Castillo la observó, pero hay voces en el parlamento que anuncian que insistirán. Es probable que intereses mercantilistas, disfrazados de argumentos populistas, se traigan abajo la herramienta más importante para mejorar las oportunidades de los jóvenes: la educación.
 
Toca defender lo correcto, aunque no sea popular.

[1] Se estima que en Lima Metropolitana el 42 % de los empleos son no adecuados, en condiciones de informalidad y precariedad.

[2] El Censo Nacional 2017 arrojó que el 44 % de las viviendas del país no cuenta con material noble en sus paredes exteriores.

7 de junio de 2022

Perú: GRADUADOS COMO CANCHA, SALARIOS COMO RIPIO

Hugo Ñopo

Este ejercicio estadístico le dice NO a la creación de nuevas universidades chatarra

Durante las últimas semanas hemos visto con mucha vergüenza que varias tesis de nuestros gobernantes presentan serios indicios de deshonestidad. Además, lo que hemos podido leer de esos trabajos profesionales o de investigación nos indica que nuestro representantes tienen pobre calidad argumentativa, mala redacción, marcos teóricos mal armados y un débil uso de las herramientas metodológicas, lo cual constituye un legado directo del boom de universidades de baja calidad y sin regulación. En este artículo mostraré otro resultado nefasto de tal periodo, con impactos generalizados y una directa implicancia en los bolsillos de la gente.

Existen por lo menos un par de argumentos por los que el boom de estas universidades debería afectar los salarios y, en general, la empleabilidad de la población. El primero es uno muy simple de oferta y demanda. Si la cantidad de graduados aumenta sin que la demanda por este tipo de trabajadores lo haga al mismo nivel, la sobreabundancia de graduados hará que sus salarios bajen. El segundo argumento tiene que ver con las señales: el hecho de que alguien sea un graduado universitario o de alguna maestría le da una señal al mercado de trabajo de que debe tratarse de alguien dedicado, metódico y esforzado.  Pero si luego el mercado de trabajo percibe que tales grados se reparten sin mayor exigencia, el valor de tal señal se reduce.

Más allá de los argumentos teóricos, ahora mostraré evidencia empírica. Para eso, permítanme presentarles un concepto muy útil: el premio a la escolaridad. Este se define como la ganancia en salarios que se obtiene después de alcanzar uno o varios grados de escolaridad extra. Concretamente, aquí les voy a mostrar dos premios a la escolaridad: (i) el de los graduados universitarios en comparación con quienes se graduaron de la secundaria, (ii) el de los graduados de maestría en comparación con quienes se graduaron de la secundaria.

Lo ideal sería medir tales salarios con un grado de secundaria y con un grado superior (universitario o de maestría) en una misma persona, pero eso es imposible. Por lo tanto, aplicamos una aproximación estadística: comparamos el promedio de los salarios de los graduados de secundaria con los promedios de los salarios de los graduados de educación superior (universitaria y maestría). En ambos casos les mostraré el cociente entre el salario promedio de los graduados universitarios o de maestría y el salario promedio de los graduados de secundaria. La medida es imperfecta, pero suficiente como para darnos información relevante.  

Existe un elemento adicional para darle credibilidad a los resultados: ¿cómo obtener la información de los salarios de las personas? Para ello he utilizado la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO), una base de datos que es representativa de los hogares del país. Allí hay información de varios miles de personas con diferentes niveles de escolaridad y sus respectivos salarios, además de otra información relevante para muchos otros estudios.

A continuación, la evolución de los premios a la escolaridad (universitarios y de maestría) con respecto a los graduados de secundaria entre los años 2001 y 2020:

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Como puede notarse, el premio a la maestría (línea verde) es superior al premio del grado universitario (línea amarilla), lo cual tiene mucho sentido. Pero la siguiente observación es la más relevante para lo que queremos mostrar: ambos premios a la escolaridad han venido cayendo en el tiempo.

Para los premios a la maestría no he utilizado el dato más alto, que corresponde al 2003, sino el segundo más alto, del 2002. Por entonces el salario promedio de los graduados de maestría era poco más de 3 veces el de los graduados de secundaria. La caída en los premios a la maestría es notoria hasta 2012 cuando nuestro indicador alcanzó tan solo a 2. De ahí en adelante esos premios han venido subiendo ligeramente, al punto que hoy el indicador está acercándose a 2.5.

Para los premios al grado universitario aplicaré el mismo criterio de no usar el dato más alto, sino el segundo. Este corresponde al año 2001, cuando el salario promedio de los graduados universitarios era poco más de 2 veces el de los graduados de secundaria. Hoy en día tal ratio esta cercano a 1.7 con una tendencia al alza desde 2014.Los premios a la escolaridad han venido cayendo. Tanto el valor del grado universitario como el del grado de maestría son más bajos que antes. Pero aquí hay un dato más que le da credibilidad a la idea de que el problema tiene que ver con las nuevas universidades: esto afecta con más fuerza a los más jóvenes. A continuación mostraré la evolución de los mismos indicadores del cuadro previo, pero restringida a los graduados de 30 años o menos.  

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Así las cosas, permitir la creación de nuevas universidades o más programas de maestrías en más filiales dentro del país es un despropósito. No necesitamos más oferta universitaria, la necesitamos mejor. Volvamos a darle a nuestros jóvenes la confianza de que el esfuerzo por el estudio vale la pena: la moratoria a la creación de nuevas universidades chatarra debe continuar.

10 de marzo de 2022

Perú: UN ARTÍCULO PARA EL 9 DE MARZO

Hugo Ñopo

Escribo este artículo en el Día Internacional de la Mujer para ser leído al día siguiente. El entusiasmo celebratorio habrá pasado, pero la necesidad de cambios seguirá ahí. El trabajo que se requiere para lograrlos es de largo plazo y por ello vale la pena tener claridad sobre algunos de nuestros pendientes, especialmente en el mundo del trabajo.

En los casi veinte años que llevo estudiando la equidad de género he visto una evolución. Ahora, en los 8M veo menos rosas, chocolates y tarjetas de saludos, reales o virtuales; en cambio, veo más reflexión. Aunque en este último aspecto aún se puede ver de todo. El Ministerio del Interior, por ejemplo, programó un acto de “reconocimiento” a la mujer en el que el ministro Chávarry terminó reforzando algunos de los roles de género que son parte del problema. Tenemos como sociedad una tarea pedagógica pendiente, más allá de la escuela.

Uno de los espacios en los que más avances he visto ha sido el mundo corporativo. Cada vez más, las grandes empresas han intentado convertir el 8M en un día de reflexión. Antes de la pandemia, la Bolsa de Valores de Lima llevaba ya cuatro o cinco años organizando conversatorios antes del campanazo de inicio de operaciones ese día. Además, las principales empresas del país vienen incorporando políticas de igualdad de género en sus contrataciones, promociones y salarios. También vienen trabajando en políticas que permitan prevenir el acoso y denunciarlo apropiadamente cuando aparezca.

Esto va de la mano con un hecho muy claro en los datos: las brechas salariales de género son menores en las grandes corporaciones y, en cambio, son más marcadas en las empresas pequeñas e informales, en el autoempleo y en el trabajo a tiempo parcial. Esto lleva a dos reflexiones acerca de los pasos siguientes para la construcción de equidad de género en el mundo del trabajo.

En primer lugar, además de las políticas que permiten construir equidad al interior de las empresas, es necesario trabajar en maneras de irradiar buenas prácticas en las empresas más pequeñas. Para esto puede resultar útil que las grandes empresas anuncien que en sus decisiones de compras hacia empresas mas pequeñas tomarán en cuenta si sus proveedores están trabajando en equidad de género. Para esto, un sello verificador de construcción de equidad de genero en micro y pequeñas empresas puede resultar de gran utilidad.

La segunda reflexión pareciera menor, pero es tremendamente importante. Hay que reconocer que una característica común de los empleos en los que la mujer aún se desempeña con menor equidad de género es la flexibilidad (autoempleo, informal, a tiempo parcial, etc.). La mujer esta participando cada vez más en los mercados de trabajo, pero esto sucede mayormente en los segmento flexibles del mismo. ¿Por qué? Porque aún se encargan de la mayor parte del trabajo doméstico y esto no les permite dedicarse íntegramente al trabajo. Así, parte de la solución requiere un mejor balance en el reparto de tareas domésticas entre hombres y mujeres.

Pero volvamos a las grandes empresas. ¿Qué han hecho para conseguir mayor equidad de género? Una de sus primeras líneas de acción ha sido visibilizar y discutir los problemas, con liderazgos claros y firmes. Después, más allá de la discusión, las acciones han pasado por el uso de: (i) CV anónimos, es decir, borrar los nombres de los/las candidatos/as en los CV que son analizados durante el reclutamiento. Se ha demostrado que esta acción tan sencilla y barata induce a una mayor equidad en la contratación. (ii) Cuotas en la conformación de listas cortas de candidatos para las posiciones. Es decir, forzarse a tener al menos cierto número de candidatas en la lista de personas a entrevistar para una posición. De esta forma la decisión final es competitiva, pero las listas de participantes reciben una acción afirmativa. (iii) Participar en auditorías y rankings como los de Aequales, Gender Lab, Great Place to Work y otros. Esto conlleva un doble impacto. Por un lado, la participación misma en estas iniciativas sirve para afinar las estrategias de inclusión dentro de las empresas con herramientas innovadoras. Por el otro, al hacerse visibles en estos esfuerzos, las empresas consiguen atraer mayor talento.

Otro cambio importante que vengo viendo es el uso de la evidencia, aunque ella a veces traiga malas noticias. En los últimos veinte años se ha argumentado fuertemente sobre la importancia de la equidad de género para el éxito de los negocios. Para ello se han citado varios estudios puntuales de casos exitosos (aquí algunos ejemplos: link1,link2, link3). Pero esto trae un sesgo: no se tiende a reportar los casos no exitosos. Una revisión sistemática de los casos, con éxito y fracasos, permite una visión más balanceada. Esto es lo que hizo Alice Eagly, quien encontró que la igualdad de género no siempre es buena para los negocios.

Esto puede llevar a un giro en las apuestas por la igualdad y encontrar razones que trasciendan los estados financieros o las cotizaciones en la bolsa. Construir lugares más igualitarios es bueno en sí mismo.

1 de marzo de 2022

Perú: QUÉ DIFÍCIL ES MEDIR Y BUSCAR LA VERDAD

Hugo Ñopo

La semana pasada el índice de estabilidad económica de Bloomberg causó revuelo. El punto de partida fue la noticia que decía que habíamos conseguido superar a Chile como el país más estable de la región. Los funcionarios del gobierno actual y sus adeptos no tardaron en circular la noticia hasta que surgieron algunas aclaraciones en la discusión pública. El índice tiene tres componentes —económico, financiero y político— siendo el financiero el que explica la gran mejora del Perú.

Pero hay más: la mejora reciente del país es un rebote. Cuando Pedro Castillo pasó a segunda vuelta, tal componente financiero del índice cayó enormemente, de 65 a 20. El año previo de turbulencia política también implicó una caída importante, de 90 a 65. Lo que hemos visto en la reciente edición del índice es una recuperación. Hoy estamos en 80, por encima de lo que teníamos antes de las elecciones del año pasado, pero por debajo de lo que teníamos antes de la turbulencia política de los últimos dos años. Un dato adicional es que el componente político del índice está en franca caída desde el 2015, pero muy levemente. En los últimos dos años ha caído de 21 a 18.

Con esta nueva información, varios analistas salieron a opinar resaltando lo que le convenia a la historia que cada uno quería contar. Aquí había argumentos para todos: los defensores del gobierno, los defensores de la economía de mercado, los críticos del Congreso, los críticos de la inestabilidad política, y varios otros colectivos. El mismo dato numérico sirvió para construir distintas verdades, aparentemente contradictorias entre sí.

Zanjar si alguno de estos colectivos tiene la razón y los otros no es un ejercicio poco útil. Cada uno tiene algo de razón. Pero lo que más llama la atención es la discusión que puede generar un indicador que es tomado acríticamente. Son muy pocos los que han levantado preguntas del tipo: ¿qué tal si indagamos por el indicador que estamos utilizando? ¿Qué mide (y qué no)? ¿Qué tan bien mide lo que pretende medir? Estas son preguntas básicas que deberían preceder a toda discusión basada en indicadores, pero que regularmente nos olvidamos de plantear.

Como decíamos, este indicador intenta medir la estabilidad en lo político, financiero y económico; pero no mide explícitamente la estabilidad en lo jurídico o lo social. El indicador tampoco mide lo institucional, tan relevante en un país informal como el nuestro. No conozco más detalles, pero no extrañaría que dentro de lo que Bloomberg llama “económico” abunden los indicadores macroeconómicos y escaseen los de índole micro. Tener claridad de lo que hay dentro del indicador, y de lo que no, es muy importante antes de iniciar las discusiones.

Prestemos atención a las escalas de medición. Hay algo que no consigo explicarme. Si algo caracteriza a lo que ha pasado nuestro país en los últimos dos años es la turbulencia política. Esto se refleja en una caída de tres puntos en el componente político del indicador, de 21 a 18. Pero ¿qué ha ocurrido en el ámbito financiero para que el componente que lo mide haya caído de 90 a 65 y de ahí a 20? Esto me hace pensar que el índice de estabilidad tiene un serio problema de calibración en sus componentes.

Además de tener claridad acerca de los componentes, es importante prestar atención a la forma en que estos se combinan. En este índice de estabilidad la formula para combinar los componentes es la más sencilla posible: se computa un promedio simple de los tres componentes. Yo valoro mucho la simplicidad y habitualmente trato de evitar sofisticaciones, pero en el caso concreto de este indicador, ¿es este el camino correcto? Existen infinitas maneras de combinar los tres indicadores y nada nos garantiza que la media aritmética simple, sin ponderaciones, sea una buena agregación. Es más, yo preferiría no agregar los componentes y analizarlos por separado.

El mundo es complejo y tiene múltiples dimensiones. Tratar de condensarlo en un único indicador es una tarea prácticamente imposible. Sin embargo, también es cierto que la complejidad es difícil de analizar. Necesitamos simplificaciones de la realidad (esto es, modelos e indicadores) que nos permitan comprenderla y monitorearla más fácilmente, aunque sea de forma parcial. Esta es nuestra manera de andar por el mundo buscando verdades.

Este caso también podría abrir una discusión acerca de la posibilidad de vivir en un mundo en contradicción, o donde no se puede conocer la verdad acerca de todo. Gödel nos dejó este encargo hace casi un siglo, pero no sé si estemos preparados para enfrentarlo.

13 de enero de 2022

Perú: UN SER QUE VIVÍA LAS MATEMÁTICAS

Hugo Ñopo

Y el consenso que necesitamos sobre la carrera docente

Jorge Sotomayor, “Soto”, vivía como si los objetos matemáticos tuvieran vida. Mientras para nosotros uno, raíz de dos, o pi, “pertenecen” al conjunto de los números reales, para él “vivían” en tal conjunto. Cuando lo conocí, Soto había pasado más años en Brasil que en su Perú natal, así que usaba el verbo en portugués para referirse a ello: para él, los objetos matemáticos “moraban” en conjuntos.

Aún recuerdo cómo me llamó la atención este señor que llegó como profesor visitante a mi universidad con su manera tan particular de vivir las matemáticas. Intrigado, atendí sus charlas y disfruté mucho conocer a alguien que amaba tanto su quehacer.  Y lo hacía muy bien, pues sus contribuciones al desarrollo de las matemáticas lo llevaron a ser miembro numerario de la Academia Brasileira de Ciencias y a recibir la Orden Nacional del Mérito Científico en grado de Gran Cruz.

Entré como alumno libre al curso que dictó sobre ecuaciones diferenciales ordinarias durante los meses que nos visitó. Recuerdo que aprendí bastante, aunque probablemente hoy no esté en condiciones de aprobar un examen técnico de aquellos. Pero lo que aún perdura en mí es el recuerdo del maestro que dejó huellas. El recuerdo queda vivo, aunque él haya dejado estas tierras el jueves pasado. Gracias, Soto.

Ahora que pienso en mi profesor Sotomayor, refuerzo mi convicción sobre la importancia de los docentes dentro de los sistemas educativos, en todos los niveles. Ellos son quienes pueden lograr que la educación avance, pese a las adversidades. Obviamente, en políticas públicas, esta convicción se basa en algo científicamente más sólido que una bella anécdota. En las últimas tres décadas ha surgido mucha evidencia que intenta responder a la pregunta sobre lo que funciona (y lo que no) en la mejora de los sistemas educativos. Hoy ya contamos con centenas o miles de estudios hechos para realidades como la nuestra, en países en desarrollo. Esta evidencia ha sido revisada de modo sistemático para arribar a una conclusión: la inversión más efectiva que se puede hacer para mejorar los aprendizajes de los estudiantes está en los docentes y sus procesos pedagógicos.  

La evidencia es clara y contundente. El actual momento me recuerda a lo que vivimos hace veinte años, cuando la gran mayoría se convenció, también sobre la base de un cúmulo de evidencia académica, de la importancia de la independencia del banco central y de la disciplina fiscal como condiciones necesarias para la solidez macro. Ya anteriormente he escrito sobre la posibilidad de utilizar esa experiencia exitosa en lo macro para construir alguna nueva en lo micro. En educación tenemos un punto de partida muy importante, pues sabemos bien lo que se debe hacer. De hecho, se venía haciendo desde hacía unos años, pero con este gobierno corremos el riesgo de abandonar esta política de estado. Hay que seguir impulsando la carrera docente, consolidando los consensos.

Necesitamos fortalecer la profesión docente para que le resulte atractiva a las próximas generaciones. Hoy, lamentablemente, no ocurre así. Las facultades de pedagogía reciben a los estudiantes con los puntajes más bajos en los exámenes de admisión. Estos estudiantes, después de graduarse, son los docentes que reciben unos salarios que están entre los más bajos de todos los profesionales y técnicos del país. La profesión docente se encuentra en un círculo vicioso de bajas habilidades y salarios. Quebrar este círculo requiere trabajar simultáneamente en ambos frentes: (i) Aumentando las exigencias para ingresar y ascender en la carrera docente, y (ii) mejorando las retribuciones económicas por su tarea.

Pero mas allá del binomio exigencias-recompensas, se necesita consolidar un sistema de desarrollo docente. Este sistema debería conseguir: (i) Atraer a jóvenes talentosos a las facultades de pedagogía, (ii) seleccionar a quienes hayan aprovechado mejor sus años universitarios para ingresar a la carrera pública magisterial, (iii) formar a los docentes con capacitaciones teóricas y prácticas que fomenten su mejora en el aula,  (iv) acompañarcontinuamente a los docentes para que su práctica pedagógica mejore siempre, (v) incentivar a los docentes para que sus mejoras se vean recompensadas, (vi) retener a los mejores para que continúen en la carrera docente y compartan sus saberes con sus colegas.

Insisto en que este sistema venía gestándose, pero corremos el riesgo de retroceder en los avances. Es momento de alinearnos en la defensa del factor más importante del proceso educativo.

P.S.: También me parece importante alinearnos en la defensa del periodismo de investigación. Que el poder político-económico utilice al sistema de justicia para acallar la búsqueda y difusión de la verdad nos hace daño en múltiples sentidos. La de César Acuña y los responsables del libro Plata como cancha no es solo la disputa entre un periodista y una editorial frente a un político y sus abogados. Esto nos atañe a todos, al contrato social y a nuestra posibilidad de construir nación.

7 de enero de 2022

Perú: UNA BUENA NOTICIA QUE NO FUE NOTICIA

Hugo Ñopo

Un análisis de la inversión pública que alcanzó récord en el Perú

Estaba a punto de escribir mi columna para Jugo de Caigua y tenía el tema más o menos rumiado, cuando apareció en mi pantalla un hilo de Twitter que me llamó la atención. David Grández, funcionario del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), ha compartido que el 2021 hemos alcanzado un récord histórico de ejecución de presupuesto. Medido en miles de millones de soles, después de haber estado por ocho años alrededor de los 30, este 2021 casi hemos alcanzado los 40.

Se trata de una gran noticia que venía pasando desapercibida. Me puse a indagar, tanto con colegas como en Google, y no encontré rastros de ella. El MEF había publicado una nota de prensa este reciente 1 de enero con un análisis detallado acerca de este hito, ¿por qué no había aparecido en los diarios, la radio o la televisión? ¿Se trató de dejadez fiestera o de comportamiento estratégico? No tengo una respuesta clara, así que dejaré a los medios tradicionales seguir su rumbo ante mi mirada decepcionada. Parafraseando a uno de esos ídolos de mi generación, les diría: no culpen a las redes, no culpen a la gente, no culpen a los políticos, ¿será que dan la talla?  

Pero volvamos a la noticia, a la que trataré de sumar algo de análisis usando las cifras de la nota de prensa del MEF y de su portal de consulta amigable. Durante el reciente 2021, la inversión pública creció 38% respecto al año anterior. Una pregunta que se está poniendo de moda entre los analistas al mirar estos datos de cierre de año es: ¿cuánto de esto es rebote y cuánto es crecimiento adicional? Por lo general, la respuesta no es sencilla, pero si consideramos que la caída en inversión publica del 2020 respecto al año anterior fue 11%, aquí hay mucho más que rebote. En los años recientes, el mayor crecimiento que habíamos logrado se dio en 2018, con un 14% frente al año anterior. Así que el 38% alcanzado parece muy meritorio.

Otra pregunta recurrente de los analistas frente a los datos del 2021 es: ¿cuánto es atribuible al gobierno de Sagasti y cuánto al de Castillo? Felizmente aquí los datos si permiten responder la pregunta y el resultado es contundente: la inversión publica tuvo un pico en mayo, seguido por montos de inversión muy altos en junio, abril, marzo y julio, en ese orden. En el último trimestre del 2021 la inversión pública cayó, muy claramente, a niveles de crecimiento negativos. Visto en perspectiva, aquí hay otro buen legado de Francisco Sagasti, Waldo Mendoza y los equipos que llevaron las riendas durante ese tiempo.

Estos mayores desembolsos que se consiguieron con el gobierno anterior fueron resultado de buenas decisiones y acciones. David Grández analiza varias de ellas en su hilo de Twitter, dentro de las cuales destaco dos: las apuestas por una mayor inversión en los presupuestos de apertura y los acompañamientos personalizados a los funcionarios a cargo de las inversiones en los tres niveles del Estado (nacional, regional y local). El Gobierno tomó riesgos, pero a la vez puso mucho trabajo en el territorio para alcanzar sus metas. Esto se consiguió gracias a equipos técnicos y de gestión. Eso no se improvisa. Ojalá entienda el gobierno actual que allí tiene un pendiente enorme.

Y hablando de pendientes, aquí uno estructural: los gobiernos locales. Este es el nivel del Estado con la ejecución más baja de todo el aparato público. Las municipalidades provinciales, distritales y de centros poblados son 196, 1678 y 2740, respectivamente. Tener tantas entidades de ejecución presupuestal atomiza el gasto y hace difícil la coordinación. Pero hay un problema adicional, originado por la Ley del Canon: algunas de esas municipalidades –pequeñas, aisladas y con escaso capital humano— reciben enormes transferencias por canon minero. Reciben tanto que no pueden gastar. Vendría bien una revisión de las fórmulas de dicha ley para tomar en consideración la capacidad de gasto y las necesidades.

Luis Davelouis, con quien chateaba esta mañana sobre la noticia que no fue noticia, me hizo dos preguntas que resultan importantes para dimensionarla. ¿Cuánto del aumento de la inversión pública esta explicado por el gasto en salud (vacunas, infraestructura y personal)? ¿Y cuánto por la inflación? De los 38 puntos porcentuales que aumentó la inversión, entre 10 y 12 corresponden al aumento en gastos de salud y cerca de 7 a la inflación. Entonces, el aumento de la inversión pública, neto de salud e inflación, estaría alrededor de los 20 puntos porcentuales. Aún puede verse como un logro, pero hacen bien estos paños fríos para dimensionar mejor las cifras. Hemos ganado, pero tampoco nos ceguemos con triunfalismos: la primera mitad estuvimos bien, la segunda pésimo.

Otro antídoto contra los triunfalismos es la mirada comparada. Hace unos meses, CEPAL ya advertía que casi todos los países de América Latina venían aumentando sus inversiones públicas. Valdrá la pena revisar este fenómeno dentro de algunos meses, cuando los datos del cierre de 2021 estén disponibles para la mayoría de nuestros vecinos. Hemos batido nuestro propio récord, pero seguramente varios países lo han hecho también.

Pero más allá de aplaudir nuestro aumento en la inversión pública, con euforia o con paños fríos, también hay que abrir paso a la discusión que sigue pendiente: la calidad del gasto. No basta con gastar más, hay que hacerlo mejor. Para lograrlo hay que introducir mayor eficiencia en el gasto público y equidad en sus resultados. Esto da para muchos debates. Que el 2022 nos regale oportunidades para ello.

Hugo Ñopo. Investigador principal de Grade. Tiene formación en Economía, Ingeniería y Matemáticas. Funcionario y consultor en multilaterales (OIT, BID, Banco Mundial, PNUD, OECD, Unesco) y profesor en universidades del Perú y Estados Unidos. Sus investigaciones, publicadas en libros y revistas especializadas, cubren una amplitud de temas, incluyendo el fútbol.

26 de noviembre de 2021

Perú: AHORA, LOS IMPUESTOS

Hugo Ñopo

¿Qué fórmulas tributarias son mejores para un país tan desigual?

La semana pasada compartí un artículo sobre la tributación, motivado por las declaraciones del ministro de Economía y las sensaciones que le generan los carros suntuosos, y prometí una segunda parte sobre el asunto de los impuestos, un enorme pendiente.

Lo que conseguimos recaudar por impuestos en Perú es muy poco. Justo antes del inicio de la pandemia, los países de la OECD tenían una recaudación tributaria promedio de 34% del PBI. Brasil recaudaba el 33%. Uruguay, 29%. Bolivia, 25%. En promedio, los países de América Latina y el Caribe recaudaban 23% del PBI. Mientras tanto, nosotros llegamos a un magro 17%.

Si esto le sorprende debe ser porque no ha estado prestando mucha atención. En el ranking de recaudación tributaria hemos estado consistentemente debajo del promedio de la región desde hace, al menos, un par de décadas. Esto es algo que han resaltado varios organismos en múltiples oportunidades, entre ellos la OECD, ese club del que alguna vez recabamos los formularios de admisión, pero sin poder proseguir con el proceso.

No es que el Perú no haya hecho esfuerzos por aumentar la recaudación, lo que pasa es que estos han sido débiles. En 20 años hemos pasado de 15% a 17% del PBI. Ese aumento de un punto porcentual por década es clamorosamente insuficiente. Pero en esas mismas décadas llama mucho la atención lo sucedido en dos periodos: (i) entre 2008 y 2009 y (ii) entre 2014 y 2017. En ambos, la recaudación cayó. Una ciudadanía vigilante estaría pidiendo cuentas.

Recuerdo bien que en los 90, cuando comenzaba a formarme en Economía, escuchaba con recurrencia un argumento que dictaba que había que crecer primero para redistribuir después. “Es mejor redistribuir riqueza que miseria. Esperemos”, era uno de los mantras de la época. Después de 20 años de crecimiento macro veo muy difícil seguir sosteniendo un argumento así.

Sin embargo, también es cierto que en este momento la economía global se encuentra frente a muchas incertidumbres. Hay que ser cuidadosos para que un alza de los impuestos no ralentice mucho el crecimiento de la economía. En esta línea es mejor aumentar los impuestos a las riquezas y los consumos lujosos que hacerlo a las unidades productivas. Por ahí van algunas de las propuestas del MEF, pero será mejor afinar los detalles usando la razón antes que el corazón (y menos aún el hígado).

Los datos de la OECD citados líneas arriba también nos dan un argumento adicional para incrementar los impuestos a las rentas de las personas físicas (y sus consumos suntuosos) antes que a las sociedades o al valor agregado. Para esto, prestemos atención a la composición de los impuestos recaudados. En nuestra economía, los impuestos sobre la propiedad representan solo 2% de lo recaudado; en la OECD llegan a 6%. Además, en el Perú el impuesto a la renta de personas físicas es 12% de lo recaudado, mientras que en la OECD se trata del 24%. Podríamos bien balancear la recaudación en esos dos rubros. En contraste, los impuestos al valor agregado, sobre bienes y servicios en nuestro país representan 2/5 de lo recaudado, pero en la OECD alcanzan 1/5.

Ya se ha dicho que en un país tremendamente desigual tiene más sentido que quienes más tienen tributen más. Para esto no solo hay que aumentar las tasas de tributación, también hay que cerrar los huecos que permiten la elusión. Pero hay un argumento adicional: en nuestro país, la enorme desigualdad está acompañada de una inmovilidad social pasmosa. El mejor predictor del éxito escolar y profesional de las personas es la riqueza y educación de sus padres. Quien nació pobre está condenado a que sus hijos también lo sean. Las herramientas para igualar las oportunidades —el estudio y el trabajo— tienen capacidad muy limitada. Por eso, además de discutir sobre impuestos a las riquezas, tiene mucho sentido discutir también acerca de impuestos a la transmisión intergeneracional de las mismas: las herencias. Aquí los retos son tanto legislativos como operativos. En un país tan informal como el nuestro no hay un registro confiable de las riquezas.

Todo lo anterior es relativamente fácil de enunciar, pero muy difícil de implementar. Varios de nuestros vecinos han tenido serios problemas cuando intentaron hacer reformas tributarias recientemente. Colombia, con sus protestas a mediados de este año, es el caso más llamativo. Por eso es muy importante generar consensos. Esa es la gran tarea previa. ¿Qué lideres pueden ayudar a realizarla?

25 de septiembre de 2021

PERÚ: LO IMPERFECTO DE LA SUSPENSIÓN PERFECTA

Hugo Ñopo

El sábado pasado en la reunión editorial de Jugo de Caigua, Natalia Sobrevilla hizo un apunte clave en la discusión sobre la suspensión perfecta de labores. Dijo que el adjetivo mismo —“perfecta”— le hacía mucho ruido. Es cierto que el asunto no tiene nada de perfecto y, en tiempos caóticos como los actuales, algo que se llame así resulta disruptivo. El tema da para muchas discusiones sobre nuestra psique, pero no soy experto en el tema. Les ofrezco, en cambio, un poco más de discusión consciente y racional sobre la suspensión perfecta de labores. Con esa perspectiva probablemente queden más claros nuestros problemas subconscientes.

Comencemos por el término. ¿Qué es una suspensión? ¿Por qué se le llama “perfecta”?  Se trata de una pausa en la relación laboral entre un empleador y un trabajador. Generalmente se utiliza cuando un factor externo y temporal hace que sea imposible mantener activo el puesto de trabajo mientras tal factor esté presente. Una vez pasado el temporal la relación laboral se puede retomar, y por eso tiene más sentido la suspensión que la terminación.

Ahora bien, en la suspensión de labores se contemplan dos posibilidades. En un primer caso el trabajador deja de prestar sus servicios, pero el empleador sigue cumpliendo con los salarios y prestaciones que le corresponden. El código laboral llama “suspensión imperfecta” a esta figura. En el otro caso, el de la dichosa “suspensión perfecta”, ambos suspenden sus responsabilidades: el trabajador no provee servicios y el empleador no paga salarios ni prestaciones.

Como puede notarse hemos sido víctimas de la imprecisión de quienes redactaron la norma. Si alguno de los legisladores a cargo hubiera revisado bien un diccionario nos habría salvado de, al menos, esta parte del problema. ¿Qué tal si usábamos términos como “parcial” y “total”? ¿O “unilateral” y “bilateral”? Nuestra legislación laboral, cuyo compendio sobrepasa las 1.800 páginas, nos regala varias joyas así. En fin.  

Vamos ahora a lo económico. Tendemos a pensar en la suspensión perfecta como un instrumento para poner en pausa una relación laboral ya existente. Pero nos olvidamos de que esta es, al mismo tiempo, una posibilidad de darle sobrevivencia a una relación que corre el riesgo de terminar. Es una alternativa al despido o la renuncia. Aquí nuestros sesgos cognitivos y tendencias de comportamientos limitan la posibilidad de ver el problema con claridad, dándole más peso a lo primero (el fin de una relación) que a lo segundo (la posibilidad de mantenerla).

Son varios los sesgos cognitivos que pueden estar en juego en nuestra manera de ver el asunto de la suspensión perfecta. El de la disponibilidad y el del statu quo me vienen a la mente como los más saltantes, aunque seguramente hay otros. Pero me parece que lo que opera con más fuerza aquí es una de nuestras tendencias de comportamiento: la aversión a la pérdida. La tristeza que nos causa perder un empleo es mucho mayor que la satisfacción que obtenemos cuando conseguimos el mismo. Acumular y aferrarnos a las cosas es una tendencia humana. Kahneman y Tversky lo estudiaron hace unas décadas, dando origen a la economía del comportamiento con su prospect theory.

Nos obsesionamos con no tener pérdidas, y los políticos que andan prestos a quedar bien con nosotros se esmeran en poner regulaciones que intenten atender tal objetivo. El problema es que tal regulación no siempre consigue lo que se propone. La buena intención no basta. Eliminar la suspensión perfecta, por ejemplo, precipitará tomas de decisiones sobre si se continúan o se terminan algunas relaciones laborales. Tal como están las proyecciones de crecimiento de diversos sectores de la economía quizá lo más racional para varios sea la terminación.

Lamentablemente en los asuntos laborales estamos hace buen tiempo entrampados y nos hace mucha falta encontrar nuevos consensos frente a la realidad cambiante del mundo del trabajo.

Recordarán que durante el gobierno de Humala se intentó legislar sobre la empleabilidad de los jóvenes con la Ley Pulpín. La ley, que se promulgó sin una discusión apropiada, tuvo que derogarse tan rápido como se pudo por presión de las calles. La discusión polarizada de ese momento también puede verse con los lentes de la prospect theory: la aversión a la pérdida (de derechos laborales) superó a los beneficios percibidos que traería la posibilidad de generar nuevos empleos, aunque de menor calidad.

Comprender esos temores de los agentes económicos es muy importante, pero también es necesario poner la situación en perspectiva. El statu quo que la Ley Pulpín pretendía cambiar es uno en el que la tasa de desempleo juvenil duplica la de los adultos, y la tasa de informalidad del empleo de los jóvenes pobres es 95%. Esa perspectiva lleva a concluir que la defensa de los derechos laborales de los jóvenes pobres es prácticamente la defensa del conjunto vacío. ¿Cómo se puede generar mayor bienestar para ellos? Hace falta dialogar mucho sobre esto.

Pero volvamos al asunto de la suspensión perfecta de labores, porque aquí también nos hace falta perspectiva. Seguramente el lector ha visto en las noticias que esta involucra a poco más de 200 mil trabajadores. Puesto así, podríamos pensar que se trata de un problema grande del país y, por lo tanto, merecería la atención que viene recibiendo. Pero vale recordar que esto representa alrededor del 1% del mercado de trabajo. Por enfocarnos en este tema polarizador y, por ello mismo, mediático, no le prestamos la atención suficiente al otro 99%. Temas más grandes que ese son el desempleo (tres veces el número de personas en suspensión perfecta), la inactividad laboral (30 veces tal número) y la informalidad (60 veces). La cuestión de fondo debería ser: ¿cómo hacemos para generar más y mejores empleos?

22 de septiembre de 2021

PERÚ: DOS PROBLEMAS QUE IMPIDEN MÁS VACUNACIONES

Hugo Ñopo

Alejandra Ruiz León apuntó en su artículo del último lunes que en el Perú aún falta vacunar a personas que ya podrían haberlo hecho. Entre las posibles razones enumeró la dificultad de los horarios, un acceso restringido a la información, la confusión y el cansancio. En su párrafo de cierre, Alejandra hace un llamado a respuestas proactivas a los problemas de la pandemia, como el esfuerzo piloto para vacunar en mercados y espacios públicos.

Estoy de acuerdo. En políticas activas de oferta de vacunas se necesita un empujón extra, pues el lado de la demanda tiene un par de problemas estructurales que me gustaría discutir aquí.

El primero es la comprensión lectora de la población. Las pruebas PISA ya nos han mostrado esto con mucha claridad desde el año 2000, cuando participamos de la medición por primera vez. Recordemos que esa evaluación es aplicada a jóvenes de 15 años. Por lo tanto, quienes rindieron la prueba el 2000 hoy tienen alrededor de 36 años y debieron haberse vacunado hace varios días, pero un porcentaje importante aún no lo ha hecho. Muchos de nuestros jóvenes no comprendían lo que leían. Ahora, además varios de ellos, especialmente los que no han seguido estudios más allá de la secundaria, han disminuido su capacidad de comprensión.

En las pruebas PISA hemos mejorado en estas dos décadas, pero nuestros resultados aún son muy bajos. En la medición más reciente (2018), 54% de los jóvenes no están en capacidad de comprender lo que leen.[1] No solo tenemos una de las tasas más altas de falta de comprensión lectora, también somos uno de los países en los que la diferencia entre pobres y ricos es más amplia. Alrededor de 3 de cada 4 jóvenes pobres no tiene capacidad para entender los mensajes que recibe. Vale recordar que la capacidad de comprensión lectora y la capacidad de comprensión oral están vinculadas, así que tanto los mensajes impresos como los hablados tienen limitaciones para llegar a la comprensión de la población objetivo.

No son pocos los peruanos a los que los mensajes sobre la vacuna y los cuidados frente al Covid-19 les “pasan de largo”. Por más que algunos tengan la disposición para prestar atención, no consiguen decodificar apropiadamente los mensajes.  Pero no todos tienen tal disposición.

Esto me lleva al segundo problema estructural: el tiempo. Hay muchos peruanos a los que no les alcanza. La Encuesta Nacional de Hogares registra que, antes de la pandemia, 1 de cada 6 de nosotros pasaba más de 60 horas a la semana trabajando. Las horas perdidas en el tránsito, también antes de la pandemia, venían creciendo a un ritmo elevado. No contamos con mediciones actualizadas, pero es probable que en la vuelta a la normalidad esto no haya cambiado mucho.

No solo utilizamos muchísimo tiempo fuera de casa, nuestras demandas de tiempo al interior de los hogares también son importantes y han aumentado. Ahora que pasamos más tiempo en casa, nuestras viviendas necesitan mayor mantenimiento y abastecimiento. Varios tenemos historias de terror de la vez que falló alguno de los servicios en casa y tratamos de comunicarnos con el proveedor para una solución que tardó en llegar. Y para completar la problemática, nuestros niños y jóvenes ahora necesitan un mayor acompañamiento escolar y socioemocional.

Nuestra atención ha recibido demandas adicionales. Esto no solamente reduce el tiempo disponible, sino que también aminora la capacidad de concentración en el menor tiempo que nos queda. Añadamos que nuestra capacidad de generación de ingresos ha disminuido de forma tal que hoy casi 3 de cada 5 trabajadores del país no consiguen llevar a casa en un mes S/ 930, el equivalente a la Remuneración Mínima Vital. Generamos menos ingresos, lo que requeriría que busquemos un segundo o tercer oficio para hacer que las cuentas cuadren.

Vivimos en un contexto de escasez múltiple. Escasez de tiempo, de dinero, de atención, de paz mental. Así, cuando alguien en tal situación consigue decodificar algún mensaje sobre la vacuna, no le resulta sencillo tomar la decisión de asignar un bloque de tiempo para ir a ponérsela. Esto es lo que Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir han descrito como el proceso de entunelamiento mental en el que caemos algunas veces, cuando bloqueamos nuestra capacidad de tomar decisiones racionales.

Por lo tanto, comprender estos dos problemas estructurales de la demanda por vacunas ayudará a diseñar mejores estrategias activas.

Cierro con un llamado al Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), pues entender mejor nuestro problema de escasez de tiempo requiere de instrumentos estadísticos. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) es la herramienta por excelencia para ello. Es lamentable constatar que la ENUT más reciente tiene once años de antigüedad. Muchas cosas han cambiado y necesitamos datos actualizados. Requerimos con urgencia no solamente una nueva ENUT, sino también un plan de actualizaciones periódicas. El tiempo es una dimensión básica de bienestar, no lo descuidemos.

[1] 60% de nuestros jóvenes no tienen capacidad de hacer interpretaciones y operaciones matemáticas básicas, necesarias para el día a día. Sobre esto escribiremos en una próxima oportunidad.

3 de septiembre de 2021

Perú: Admitir que nos equivocamos

Hugo Ñopo

Algo que me define profesionalmente es la medición. Soy usuario frecuente de las estadísticas para comprender lo que nos rodea; trabajo con ellas en mis empleos remunerados y, de alguna manera, trato de llevarlas a las redes en que participo. En ellas aporto estadísticas y, con cierta frecuencia, corrijo errores o usos equivocados de los datos.

La semana pasada hice eso con Rosa María Palacios. Una vez más.

El jueves 26 de agosto ella dijo en el programa de Jaime Chincha que “desde que han entrado no crecemos”, en referencia al gobierno de Castillo. Yo escribí un tuit indicando que ese dato era imposible de revelar, pues no existe. Allí hubiera podido terminar la historia, como tantas otras veces, pero no fue así. Un usuario le mostró mi tuit a Palacios y ella respondió: “Ese vive colgándose de mí para que alguien lo lea”. Además, en el mismo tuit indicó que la información la había dado Augusto Álvarez Rodrich en su programa de la mañana.

No voy a responder su comentario hacia mí en la primera parte de su tuit, pero sí la falsedad de la segunda parte. Lo que Álvarez Rodrich había dicho se refería a las proyecciones de crecimiento, no al crecimiento del PBI en el primer mes de gobierno de Castillo. Es conocido que los datos de PBI demoran un poco más de dos meses en salir y al menos un par de colegas economistas le hicieron notar eso a Palacios. ¿El resultado? Fueron bloqueados (uno, dos). De hecho, a mí también me tiene bloqueado desde que una vez comenté con ironía sobre su mal uso de las estadísticas oficiales.

Su falta de humildad para reconocer un error, junto con su falta de conocimiento económico, la llevó a cometer uno más. Es en este punto donde quisiera poner el foco de esta columna. Nadie es infalible y es inevitable cometer, de vez en cuando, errores en el manejo de la información. Pero es importante que una vez que estos hayan sido identificados, corrijamos. En caso contrario, corremos el riesgo de caer en espirales de falsedades como la que hemos visto.  

Para esto necesitamos actuar colectivamente. Cuando cometemos errores, los seres humanos caemos en sesgos cognitivos que nos impiden ver claramente la realidad. Aquí es donde las miradas de terceros sirven, mejor si son amigos. Por ejemplo, Palacios hubiera podido consultar con Álvarez Rodrich. Él seguramente le hubiera aclarado la diferencia entre proyección y hecho consumado, contándole que es muy temprano para tener estadísticas de crecimiento del gobierno que recién empieza. También, por ejemplo, Chincha habría podido hacer un ejercicio posterior de comprobación de hechos y señalar la noticia falsa que se propaló en su programa. Si un puñado de tuiteros no consiguió que Palacios identifique el error, quizás el anfitrión de esa noche hubiese tenido un poco más de éxito. Cuando una noticia falsa no se desmiente perdemos todos, pues se reduce la confiabilidad de las próximas noticias.

En este episodio, obviamente, no estoy defendiendo al gobierno de Castillo, lo que defiendo es el buen uso de las estadísticas. Como la mayoría de analistas que he leído y escuchado en estos días, creo que la debilidad técnica de este gobierno es un asunto muy serio que debe corregirse pronto.

Los errores son parte de nuestras vidas y reconocerlos es incómodo. Por ejemplo, recuerdo que antes de comenzar la segunda vuelta electoral 2021 dije tener la certeza de que Castillo no ganaría. Algunos meses antes, al inicio de esta pandemia, confié en el buen manejo y comportamiento honesto de Martín Vizcarra. En ambos casos, allí están mis tuits en las redes. Los tengo presentes para recordarme que a veces me vendría bien una dosis extra de cautela, especialmente cuando se me ocurre cruzar las fronteras de las áreas en las que soy experto. Esto es especialmente cierto, porque ahí es más fácil ser víctimas del efecto Dunning-Kruger.

Durante la semana he comentado este incidente con varios colegas y todos lamentan que la probabilidad de que Palacios rectifique es cercana a cero. La evidencia, basada en comportamientos pasados, está del lado de mis colegas. Sin embargo, esta vez quisiera mantener algo de esperanza en que se corregirá el error. Nos haría bien a todos.

3 de agosto de 2021

CONSEJOS DE PATA PARA MI PAÍS

Hugo Ñopo

No me gustan mucho las fechas conmemorativas ni la presión social que se genera alrededor de ellas. Si me pongo un poquito racional, podría dar argumentos respecto al tiempo: la manera en que lo medimos es una convención arbitraria, o su flujo tiene más de lineal que de cíclico (ya lo pasado, pasado).

Este 2021 la cosa viene con una dosis adicional de presión, pues son 200 años. Si las cifras terminadas en cero nos llaman la atención, las que terminan en dos ceros nos fascinan más. Igual, podría argumentar que esta es otra convención arbitraria y que dos al cubo por cinco al cuadrado –la descomposición en factores primos de 200, su ADN– no tiene nada de especial.

Pero como buen humano, soy un atado de contradicciones. Comenzando por lo obvio, disfruto el feriado.[1] Trato de no perderme el discurso presidencial cada 28 de julio y confieso que luego me paso la tarde tarareando las marchas militares inadvertidamente. Me gustan las ferias. Antes, la del Hogar me resultaba imperdible: de niño me subía a todos los juegos mecánicos y, un poco después, vi por primera vez a varias de las bandas de rock que todavía disfruto. En años más recientes, la del Libro tomó su lugar. También adoro las ferias de postres criollos que en estos días de garúa se ponen más sabrosas. Así que el disfraz de Grinch patrio no me queda muy bien tampoco. No soy tan extremo.

Sin embargo, sí le presto mayor atención a las conmemoraciones individuales. Uno de mis rituales mañaneros es revisar en Facebook la lista de mis amigos que están de cumpleaños. Si el tiempo lo permite, trato de saludarlos. Si se puede, chateamos o hasta hablamos un poco. Así que, si el Perú fuera mi amigo, hoy le habría escrito estas líneas de saludo:

¡Feliz aniversario! Veo que tu vida anda un poco agitada últimamente. Aunque, a decir verdad, la vida de varios como tú está complicada. Este coronavirus ha sido un golpe fuerte para el que no estabas bien preparado. Pero vas a salir de esta, como has salido de varias. Eso sí, llévate algunos aprendizajes de todo lo que está pasando.

Desde mi (de)formación profesional, lo primero que te puedo recomendar es una vida más balanceada. Tener una buena macroeconomía es imprescindible, no hay duda, pero eso no es todo. Necesitas también una buena microeconomía.

Para esa mejor microeconomía, deberás prestarle atención a dos grandes grupos de pendientes: hay que mejorar las reglas de juego microeconómico y necesitas un mejor comportamiento de las personas y empresas. Reglas y conciencia.

Tener mejores reglas no es sencillo, hay que buscarlas tratando de encontrar un balance entre lo ideal y la realidad. Además, necesitas que sean adecuadas. Si regulas con asfixia, desaparecerán los mercados. Si desregulas libertinamente, habrá abuso. Ejemplos de errores de ambos tipos abundan, tanto en países vecinos como en tu pasado reciente.

Respeta a tus instituciones, ellas ayudan a que la rutina sea más saludable. Probablemente eso sea imperfecto y algunas veces limitante, pero es mejor que la vida caótica e impredecible que vienes llevando.

Entre las reglas y la conciencia reside uno de tus males crónicos: la informalidad. Esta ha invadido demasiados ámbitos de tu vida. La alta informalidad no solo está en los mercados de trabajo, está también en los comercios, la tributación, el tránsito, el acceso a la vivienda, y varios más. Presta atención también a que muchas veces se usa el término “informalidad” como un eufemismo para “ilegalidad”. Tienes que decirle no a la corrupción.

Te falta invertir mucho más en las personas. El acceso a una salud y educación de calidad para todos, independientemente de la capacidad de pago de los hogares, debería ser el paquete mínimo al que aspire una nación saludable. Un paquete extendido, muy necesario también, debería contemplar una red de protección social, seguridad ciudadana, vivienda, transporte, respeto a la identidad, y una igualdad ante la ley que sea real y efectiva, práctica, no solo en el papel.

Usa mejor el talento de tu gente. Deja a un lado los amiguismos, compadrazgos y varas. En una sociedad más meritocrática ganan todos. Es natural que los padres quieran el mejor futuro para sus hijos, pero cuando el acceso al éxito se hace por encima de los méritos varios pierden: el país, los propios hijos y los demás, que son mayoría. Es bueno ser un país con mejores oportunidades para todos. Y todas. Recuerda que la desigualdad de género es tan injusta como injustificable.

Quiérete, pero diciéndote la verdad. Abandona los discursos falaces, que ya caíste en varios. Como me queda poco espacio te mencionaré solo uno de ellos: durante mucho tiempo tu gente se la ha pasado convencida de ser una nación de emprendedores, los más creativos e ingeniosos del planeta, los reyes de la inventiva. Eso está bien, pero la realidad nos viene demostrando que es clamorosamente insuficiente. Esas habilidades socioemocionales, si no van de la mano de un desarrollo sólido de habilidades cognitivas, serán poco útiles. Haz que tu gente lea más y haga más matemáticas. Que asuma un rol más activo en la búsqueda de las verdades. Eso será clave para tu futuro.

Espero que estos consejos, de un pata economista, te sean útiles. No olvides lo que ya te he comentado otras veces: la tarea no es solo tener una mejor economía, hay que construir también una mejor sociedad. No sé si te lo he dicho antes con tanta claridad, pero te quiero infinito. Quiero lo mejor para ti. Feliz 28, mi país hermoso.

[1] Aunque no dejo de pensar que más de la mitad de mi vida profesional la he pasado en lugares donde el 28 de julio es un día cualquiera. Así que la parte menos racional de mí insiste en que la vida me debe varios feriados.

14 de julio de 2021

¿MÁS COMPETENCIA ES SALUDABLE?

Hugo Ñopo

Un desafío al sentido común de las últimas décadas

La columna que compartí la semana pasada traía un argumento (semi) encriptado. Más allá de la disputa electoral, espero haber contribuido también a la tarea de ir desacralizando el rol de la ciencia en la sociedad. Me parece importante que caigamos en cuenta de que ella no trae al mundo verdades reveladas e incuestionables, sino que se trata de una tarea colectiva de construcción de conocimiento que en su camino va corrigiendo y aprendiendo.

Quienes leen y siguen aquí a Alejandra Ruiz León seguramente tienen más claridad sobre el tema: la actividad científica se nutre de los errores, aún no consigue responder preguntas muy básicas de nuestro día a día, y es una actividad mucho más social y política de lo que se piensa. Esto que es claro en la comunidad académica, no lo es tanto fuera de ella. La tarea de divulgación radica, en una medida importante, en desmitificar.

Puesto así, en economía la tarea pendiente es enorme. Necesitamos derribar algunos mitos, no solo sobre el quehacer de la comunidad académica sino también sobre algunos conceptos muy arraigados en nuestra cotidianidad. Uno de ellos, me parece, es el de la competencia en los mercados. Sobre ella tendemos a pensar que, como el ungüento de la abuela, tiene bondades absolutas y universales, pero la realidad es que no tanto.

Es cierto que su punto de partida conceptual, el modelo de competencia perfecta, es una noción maravillosa. De ahí nacen dos teoremas interesantísimos que dan sustento a la idea de la mano invisible (todo equilibrio competitivo implica una asignación de recursos eficiente) y a la justificación de los mercados (para toda asignación eficiente hay un conjunto de precios competitivos que le dan sentido).

El problema ha surgido cuando, maravillados ante tanta belleza conceptual, nos hemos aventurado a tratar de aplicar el modelo a todo contexto. Hoy estamos comenzando a caer en cuenta del error. Vale la pena repensar algunas cosas que en los 90 no nos cuestionábamos. A continuación propongo dos ámbitos en los que hay que repreguntarse cuan útiles nos han resultado los preceptos de la libre competencia.

En primer lugar, me parece que debemos discutir sobre la contradicción que implica usar a los mercados para asignar derechos. Los tres casos más saltantes en los que la contradicción mercado-derechos se hacen notar son la educación, la salud y las pensiones. Esto no sucede solo en nuestro país, de una u otra forma se trata de un fenómeno que viene expandiéndose en la región.

Chile, uno de los pioneros en la ola de los 90 que sirvió para convertir más derechos en transacciones, es un caso paradigmático. La educación y las pensiones son dos de las principales razones detrás del malestar que ha desembocado en el cambio de constitución en el que hoy se han embarcado los vecinos del sur. La competencia parecía una magnifica idea, pero no caímos en cuenta de que ello sucedía por una motivación mayor de los agentes económicos: el lucro.

Aquí la pandemia terminó de poner en evidencia la contradicción entre lucro y el derecho a la salud. Repensar los alcances de la competencia –especialmente el lucro–, en la asignación de derechos es un pendiente. Esto debería llevar a reformas radicales en, por lo menos, esos tres mercados.

El segundo ámbito en el que valdría la pena cuestionarnos las bondades de la competencia es el electoral. No es del todo cierto que una mayor competencia traiga más beneficios a los ciudadanos. Un caso que se viene convirtiendo en insignia de esto es la no reelección inmediata de congresistas. Esto implica mayor rotación en los puestos y mayor competencia. Pero, por otro lado, esto trae pocos incentivos al comportamiento responsable de los congresistas una vez elegidos. Ya lo estamos viendo. Aquí todos tenemos una dosis adicional de responsabilidad porque en el referéndum de diciembre 2018, un 86% de nosotros votó a favor de tal reforma constitucional.

Cierro con el caso en el que nos encontramos estos días. Durante varias semanas, muchas ya, dos candidatos vienen compitiendo frenéticamente por el poder presidencial. ¿Esta competencia abierta se traduce en bienestar ciudadano? Me temo que no. Estamos saliendo de esta elección como una sociedad más polarizada, con menor confianza en nuestras instituciones y con más brotes de racismo, clasismo e intolerancia.

Líderes responsables no hubieran permitido que lleguemos a estos límites. Y aquí es donde las reglas de juego competitivas podrían tener mejor diseño de forma tal que induzcan más comportamientos responsables, tanto de los líderes como de los partidos. Restringir la competencia, en algunos casos, genera mayor bienestar social.

Ya tenemos experiencias exitosas de tal restricción de la competencia. Recordemos que hasta hace poco la propaganda electoral se podía contratar en un libre mercado de oferta y demanda de espacios televisivos, de radio, prensa escrita, etc. ¿Imaginan cómo hubiera sido esta elección si ese margen adicional de libertad se hubiera dado?

Resulta irónico, y hasta pareciera contradecir el sentido común, pero hay casos en los que demasiada competencia nos hace daño. Hay más ejemplos, pero no me alcanza el espacio. Seguramente ustedes tendrán otros. Miremos el mundo críticamente, cuestionando los sentidos comunes y buscando evidencias que validen las críticas. Con conceptos más claros podremos embarcarnos en un mejor dialogo.

1 de marzo de 2021

Perú: MANUAL PARA LEER ENCUESTAS

Hugo Ñopo

A siete semanas de las elecciones, el interés por las encuestas se irá acentuando cada día que vendrá y, por lo tanto, quizá sea bueno un breve repaso de cómo leerlas.

Primero, un párrafo de contexto. Probablemente usted recuerde alguna elección en el mundo donde las encuestadoras se hayan equivocado. Es que los seres humanos recordamos más los errores que los aciertos. Lo menciono porque admito haber escrito hace no mucho una crítica al trabajo de las encuestadoras en el caso de las AFP. La manera en que plantean sus preguntas o seleccionan las muestras de sus entrevistados induce a respuestas sesgadas, y esto se tiene que criticar y discutir abiertamente. Pero en cuanto a intención de voto, debo decir que en la historia reciente –al menos después del año 2000–, las encuestadoras muestran más aciertos que errores.

Las encuestas no aciertan al azar, sino debido al uso de la ciencia estadística. Gracias al teorema central del límite tenemos un buen conocimiento sobre las maravillas del muestreo: la posibilidad de informarnos sobre lo que pasa en una población a partir de una muestra. Para comprender el universo nos basta con representaciones: lo bello convertido en útil.

¿Cómo saber, entonces, si el trabajo de las encuestadoras usa bien la ciencia? El punto de partida es la letra pequeña. La legislación obliga a las encuestadoras a someter los detalles de sus procedimientos al Jurado Nacional de Elecciones y hacerlos públicos. En la web he encontrado fácilmente los de Ipsos y del IEP para sus encuestas de enero 2021. Cada encuesta que se divulgue debe tener un paquete de información similar: el financista, las fechas del trabajo de campo, la representatividad, el marco muestral, el tamaño de la muestra, las técnicas de muestreo, el cuestionario, las tarjetas de información que se mostraron a los entrevistados, el margen de error, etc. En un caso extremo de transparencia, el IEP comparte la base de datos. Vaya, busque y lea. Es muy importante que las encuestadoras sepan que hay veeduría ciudadana.

Las encuestadoras siguen procedimientos que deben respetarse, por eso las encuestas de redes sociales y las que hacemos entre amigos se deben tomar con pinzas. No son buenas estimaciones. En el futuro, las encuestas de las redes sociales, complementadas con información y herramientas de big data, podrán reemplazar a las técnicas de muestreo que hoy aceptamos como estándar dorado. Mientras tanto, sigamos con lo mejor que tenemos actualmente.

A veces, en los diarios o la televisión se muestra una versión resumida de la ficha técnica: financista, fechas del trabajo de campo, marco muestral, representatividad, método de selección de muestra, tamaño de la muestra, nivel de confianza y margen de error. Vayamos sobre estos términos, sacrificando un poquito la precisión de los conceptos con el fin de ser didácticos.  

Se viene convirtiendo en norma revelar la fuente de financiamiento de un estudio, en la academia y mas allá. Quien paga por una encuesta puede sesgarla. Lo hemos visto con las AFP. Es sano transparentar.

La manera en que se hace la pregunta es muy importante. El orden en que se presentan las alternativas influye en las respuestas del entrevistado. Por eso, las encuestas que se hacen con cédulas de votación reales son más fidedignas.

Es importante conocer las fechas del trabajo de campo, es decir, los días que se hicieron las preguntas a los individuos. Las encuestas indagan sobre lo que piensa hacer el elector el día de la votación. Mientras más tiempo exista entre el momento de la pregunta y el de la votación, mayor probabilidad de cambios de parecer. En este sitio web de Alejandro Kantor se puede notar la evolución de los candidatos, usando la información conjunta de las principales encuestadoras.  

El marco es la delimitación del conjunto de sujetos de estudio. Una encuesta ideal debería poder incluir a todos los votantes en su marco, pero esto es logísticamente complicado y costoso. Por eso las encuestadoras optan por acotar de alguna forma. La forma típica de hacerlo es incluir solo a algunas provincias o distritos en el estudio.

La representatividad es el porcentaje que cubre el marco dentro del total nacional. Valores aceptables están por encima del 90% pero, más allá del número, es importante tener claridad de los sujetos y territorios que no están representados por el estudio. Por lo general, las zonas rurales de difícil acceso no quedan representadas en ellos.

En el método de selección de muestra, usted leerá usualmente que fue bietápica. Esto significa que la selección de sujetos se hizo en dos pasos: primero se seleccionó una provincia/distrito/manzana y luego, dentro de ese territorio, se escogió al azar una casa/familia/persona. La selección es mucho más importante de lo que parece.

Un estándar de las encuestas es utilizar alrededor de 1.200 observaciones como tamaño de muestra. Esto no surge del azar, responde a la aplicación de una fórmula que se deriva del teorema central del límite y depende directamente del nivel de confianza y del margen de error. ¿Con 1200 observaciones se puede inferir la intención de 25 millones de votantes? Del mismo modo funciona una medición en su frente para inferir la temperatura de todo el cuerpo, o unas pocas líneas y colores para inferir cómo son las calles de una ciudad.

El nivel de confianza, en términos coloquiales, es la probabilidad de que la muestra no sea atípica. Regularmente se utiliza 95% de confianza. Esto significa que de cada 20 encuestas bien diseñadas, una puede arrojar resultados anómalos porque azarosamente la muestra se confeccionó mal.  
El margen de error es uno de los conceptos clave que todos deberíamos usar en nuestras lecturas. Suele situarse entre 2% y 3% para encuestas de 1.200 personas. Para hacer más pequeño ese margen, es necesario aumentar los tamaños de muestra o reducir la confianza. Las encuestas más acertadas (las del día previo o las de boca de urna) suelen tener muestras de varios miles de entrevistados.

Por ejemplo: supongamos una ficha técnica que dice tener un 95% de confianza y un margen de error de 3%.  Supongamos, además, que un candidato A tiene 15% de intención de voto, un candidato B tiene 11% y un candidato C tiene 9%.

Incorporando el margen de error, esto se lee así:

A tiene entre 12% y 18% de intención de voto con un 95% de confianza.

B tiene entre 8% y 14% de intención de voto con un 95% de confianza.

C tiene entre 6% y 12% de intención de voto con un 95% de confianza.

Aquí A y B están empatados técnicamente porque el intervalo [12,18] y el intervalo [8,14] se intersecan. B y C también están empatados técnicamente. Pero la intención de voto de A es superior a la de C (los intervalos son abiertos).

Aplique este ejemplo a los datos de las encuestas actuales y verá que tenemos múltiples empates (una digresión técnica: en este ejemplo estoy asumiendo cero correlaciones). Mauricio Saravia, que ha trabajado en esto, comenta también varios conceptos en esta entrevista.

Aprovecho para señalar un error que cometemos con frecuencia: en los próximos días verá en las encuestas que, además de preguntar por la intención de voto presidencial, se preguntará por la intención de voto para el Congreso. El número de curules que obtenga cada agrupación será muy diferente a esa intención de voto. Hay por lo menos dos razones para ello. Primero, la regla de decisión importa: no es lo mismo una elección agregada donde gana quien tenga más votos (como es la elección presidencial en el Perú) que una basada en colegios electorales (como es la elección presidencial en Estados Unidos). La elección de nuestro Congreso es por distritos, hay 27 elecciones corriendo simultáneamente. Un muestreo que capture apropiadamente esto es más complejo. Una segunda capa de complejidad es la regla de la cifra repartidora: convertir porcentajes de votación en número de curules no es un ejercicio sencillo. Todo esto hace que el resultado sea más difícil de predecir.

Cierro con un comentario sobre una disposición anacrónica de nuestra legislación electoral: la prohibición de publicar encuestas en la semana previa a las elecciones. El mundo ha cambiado mucho desde que esa ley fue redactada. Hoy la información fluye incontrolablemente. ¿Qué sentido tiene mantener una ley cuyo cumplimiento es imposible de monitorear? No necesitamos más normativas con “letra muerta”: con la laboral y con la de tránsito tenemos más que suficiente.