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13 de marzo de 2023

El origen del 8M: intereses estadounidenses que banalizan el feminismo

María Gorosarri

Los últimos años han sido especialmente numerosas las manifestaciones convocadas el 8 de Marzo en diferentes países. Es más, el movimiento feminista ha retomado la huelga de mujeres, que históricamente ha conseguido incluso el derecho al voto universal en algunos países, como herramienta social para articular la denuncia por la violencia contra las mujeres, eligiendo el 8M por su potencial simbólico.

La idea de un pasado reivindicativo, sin embargo, no puede ser el argumento para defender nuestros derechos en la actualidad. No es necesario conocer el pasado para tener razón. El problema surge cuando nos identificamos con un precedente inexistente, incorporado al relato histórico según intereses ajenos al movimiento feminista.

El 8 de Marzo se institucionalizó a escala mundial como Día Internacional de la Mujer en 1977, después de que la Organización de Naciones Unidas (ONU) celebrara en 1975 el Año Internacional de la Mujer. Aun así, no especificó el origen del 8 de Marzo. Hoy, en su página web, solo señala que “tras la Segunda Guerra Mundial” el 8M se celebró “en muchos países” antes de ser reconocido por la ONU como Día Internacional de la Mujer. Es decir, evita mencionar que se trataba únicamente de los países del bloque comunista.

Desde que la ONU declaró en 1977 el 8 de Marzo como el Día Internacional de las Mujeres, han aparecido hasta tres referencias estadounidenses que, apuntan, dieron origen al 8M como reivindicación feminista. En primer lugar, se alude a una huelga en el sector textil de Nueva York en 1857, pero ya en 1985 quedó descartada, en plena Guerra Fría, al considerarla un bulo anticomunista que buscaba fundar un acontecimiento anterior a las huelgas de trabajadoras en la Revolución Rusa de 1917. De hecho, no hay dato comprobable alguno sobre dicha huelga. Además, el 8 de marzo de 1857 fue domingo.

En segundo lugar, hay otros dos hechos que aparecen situados el 8 de marzo de 1907: una huelga “masiva” y una reunión de las Mujeres Socialistas Americanas. Pero tampoco la huelga o la reunión aparecen documentadas.

Por último, el incendio en la recurrida fábrica de camisas Triangle Shirtwaist en Nueva York, donde murieron 123 trabajadoras y 23 trabajadores, y que dicen que emitió humo morado, ocurrió el 25 de marzo de 1911. La comunidad judía ha denunciado que este hecho se haya utilizado desde 1985 para destacar a las trabajadoras muertas en vez de recordar que el incendio se utilizó para exigir medidas de protección en el trabajo.

Ninguna de las tres referencias habituales sobre el 8 de Marzo resulta cierta. Son fruto de la supremacía militar y, por lo tanto, cultural, estadounidense. El 8 de Marzo no rememora ningún acontecimiento sucedido en Estados Unidos. Únicamente la elección de un día fue una característica estadounidense. Así, la primera celebración documentada del Día de la Mujer fue el 3 de mayo de 1908, en Chicago (Estados Unidos), organizada por el Partido Socialista, donde reivindicaron la igualdad económica y política. A partir de entonces, se comenzó a celebrar el Día Nacional [estadounidense] de la Mujer el último domingo de febrero. De esa manera, el primer país donde el movimiento socialista instauró un día al año ligado a los derechos de las mujeres fue Estados Unidos.

Ya un año antes de ese primer Día de la Mujer estadounidense de 1908, sin embargo, la socialista alemana Clara Zetkin (1857-1933) lideró la fundación de la 1ª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, dentro de la Conferencia de la II Internacional Socialista celebrada en Stuttgart (Alemania), en 1907, donde se reclamaba el derecho al voto. Dos años después, en la 2ª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague (Dinamarca) en 1910, se decidió adoptar la fórmula norteamericana de la celebración de un día, en este caso, internacional, aunque no se le puso fecha.

Mientras en Estados Unidos el Día Nacional de la Mujer se siguió celebrando el último domingo de febrero, en Europa el primer Día Internacional de la Mujer se conmemoró el 19 de marzo de 1911: el día siguiente al homenaje del 40º aniversario de la Comuna de París (que tuvo lugar del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871). Fueron cuatro los países que acogieron ese primer día internacional: Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, donde ¡un millón de trabajadoras! reivindicó el derecho al voto universal, que las mujeres pudieran ocupar cargos públicos, así como el derecho a la formación profesional y a la no discriminación laboral. El año siguiente también participaron Francia, Países Bajos y Suecia.

Rusia se unió a la celebración del Día Internacional de la Mujer en 1913, el último domingo de febrero. En la celebración de 1917, las trabajadoras y campesinas rusas organizaron una huelga en San Petersburgo que terminaría con la abdicación del zar y el reconocimiento del sufragio universal… ¡solo cuatro días después! La Revolución Soviética había comenzado.

Por ello, en honor a las trabajadoras rusas, la alemana Clara Zetkin y la polaca Rosa Luxemburg (1971-1919) tomaron el 8 de Marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, haciendo coincidir el 23 de febrero del calendario juliano –empleado en la Rusia zarista– con el 8 de marzo de nuestro calendario (dato comprobado por la autora). Así, la Rusia postzarista fue el primer país occidental en reconocer el derecho a voto a las mujeres. Después, en 1922, Lenin declaró el 8M fiesta oficial en la Unión Soviética, aunque laborable.

En 1936, cuatro meses y medio antes del golpe de Estado fascista en el Estado español, Dolores Ibarruri, Pasionaria, y Dolors Bargalló organizaron el primer 8M en Madrid y en Barcelona, respectivamente, donde denunciaron la amenaza del fascismo. Los años siguientes, ya en guerra, el 8M solo se celebró en Barcelona. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Día Internacional de la Mujer quedó fijado el 8 de Marzo en los países del bloque soviético y como fiesta organizada por el Partido Comunista, en el resto de países.

Huelgas de mujeres

La huelga de las trabajadoras y campesinas rusas no fue la primera reivindicación de mujeres. Al contrario, las organizaciones de mujeres han participado, y algunas veces, generado, los momentos clave de la historia europea. Durante la Revolución Francesa, fue la Marcha sobre Versalles (5 de octubre de 1789), que reunió a 4.000 trabajadoras y campesinas, la que consiguió derrocar al rey de Francia. Casi 100 años después, en 1869, 8.000 hilanderas de Lyon organizaron una huelga para reducir la jornada laboral a diez horas. Lo mismo sucedió durante el Gobierno popular de la Comuna de París (1871): las mujeres se organizaron en órganos revolucionarios como el Comité de Vigilancia de las Ciudadanas o la Unión de Mujeres para la Defensa de París, desde donde defendieron la Comuna con armas, cuestión que les fue negada en la Revolución Francesa.

Las huelgas de mujeres han seguido marcando el ritmo de la historia, ampliando las reivindicaciones laborales a nuestra vida cotidiana. El 24 de octubre de 1975, en Islandia, tuvo lugar la jornada conocida como Women’s Day Off (El día libre de las mujeres). El 90 por ciento de las islandesas secundaron la huelga de trabajo, cuidados a menores y tareas domésticas. Se planteó la cuestión de si la duración de la huelga (24 horas) suponía un freno a sus demandas sociales, ya que al día siguiente retornarían a la normalidad anterior.

Recientemente, en 2016, dos movimientos feministas han retomado la huelga como forma de protesta feminista. Por un lado, en Polonia, las mujeres se declararon en huelga de trabajo, estudios y tareas domésticas, para oponerse a la prohibición del aborto, y se manifestaron vestidas de negro, en la jornada del Lunes Negro (3 de octubre de 2016). Por otro lado, el movimiento Ni una menos, surgido en Argentina tras el asesinato de una joven de 14 años por su novio, canalizó las diversas manifestaciones multitudinarias en una huelga general el 19 de octubre de 2016. Además, el movimiento se extendió por varios países de América del Sur.

De esa manera, el 8 de marzo de 2017 surgió la primera convocatoria internacional para un paro mundial de mujeres, en trabajos productivos y reproductivos, en unos 57 países, “como respuesta a la actual violencia social, legal, sexual, política, moral y verbal experimentada por las mujeres”. En el Estado español, en 2017, se hicieron algunos parones simbólicos, mientras que en 2018 y 2019 varios sindicatos convocaron huelga. Esos tres años hubo manifestaciones especialmente numerosas.

Al recuperar las reivindicaciones feministas la huelga como forma de protesta, se ha ampliado el concepto de trabajo a las tareas reproductivas. Las manifestaciones para denunciar las violencias contra las mujeres tienen lugar en el ámbito económico de nuestras sociedades, señalando al modelo social como la raíz del sexismo que nos asesina. Asumir una genealogía irreal, además de contribuir a intereses ajenos al movimiento feminista, banaliza el feminismo.

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10 de marzo de 2022

Perú: UN ARTÍCULO PARA EL 9 DE MARZO

Hugo Ñopo

Escribo este artículo en el Día Internacional de la Mujer para ser leído al día siguiente. El entusiasmo celebratorio habrá pasado, pero la necesidad de cambios seguirá ahí. El trabajo que se requiere para lograrlos es de largo plazo y por ello vale la pena tener claridad sobre algunos de nuestros pendientes, especialmente en el mundo del trabajo.

En los casi veinte años que llevo estudiando la equidad de género he visto una evolución. Ahora, en los 8M veo menos rosas, chocolates y tarjetas de saludos, reales o virtuales; en cambio, veo más reflexión. Aunque en este último aspecto aún se puede ver de todo. El Ministerio del Interior, por ejemplo, programó un acto de “reconocimiento” a la mujer en el que el ministro Chávarry terminó reforzando algunos de los roles de género que son parte del problema. Tenemos como sociedad una tarea pedagógica pendiente, más allá de la escuela.

Uno de los espacios en los que más avances he visto ha sido el mundo corporativo. Cada vez más, las grandes empresas han intentado convertir el 8M en un día de reflexión. Antes de la pandemia, la Bolsa de Valores de Lima llevaba ya cuatro o cinco años organizando conversatorios antes del campanazo de inicio de operaciones ese día. Además, las principales empresas del país vienen incorporando políticas de igualdad de género en sus contrataciones, promociones y salarios. También vienen trabajando en políticas que permitan prevenir el acoso y denunciarlo apropiadamente cuando aparezca.

Esto va de la mano con un hecho muy claro en los datos: las brechas salariales de género son menores en las grandes corporaciones y, en cambio, son más marcadas en las empresas pequeñas e informales, en el autoempleo y en el trabajo a tiempo parcial. Esto lleva a dos reflexiones acerca de los pasos siguientes para la construcción de equidad de género en el mundo del trabajo.

En primer lugar, además de las políticas que permiten construir equidad al interior de las empresas, es necesario trabajar en maneras de irradiar buenas prácticas en las empresas más pequeñas. Para esto puede resultar útil que las grandes empresas anuncien que en sus decisiones de compras hacia empresas mas pequeñas tomarán en cuenta si sus proveedores están trabajando en equidad de género. Para esto, un sello verificador de construcción de equidad de genero en micro y pequeñas empresas puede resultar de gran utilidad.

La segunda reflexión pareciera menor, pero es tremendamente importante. Hay que reconocer que una característica común de los empleos en los que la mujer aún se desempeña con menor equidad de género es la flexibilidad (autoempleo, informal, a tiempo parcial, etc.). La mujer esta participando cada vez más en los mercados de trabajo, pero esto sucede mayormente en los segmento flexibles del mismo. ¿Por qué? Porque aún se encargan de la mayor parte del trabajo doméstico y esto no les permite dedicarse íntegramente al trabajo. Así, parte de la solución requiere un mejor balance en el reparto de tareas domésticas entre hombres y mujeres.

Pero volvamos a las grandes empresas. ¿Qué han hecho para conseguir mayor equidad de género? Una de sus primeras líneas de acción ha sido visibilizar y discutir los problemas, con liderazgos claros y firmes. Después, más allá de la discusión, las acciones han pasado por el uso de: (i) CV anónimos, es decir, borrar los nombres de los/las candidatos/as en los CV que son analizados durante el reclutamiento. Se ha demostrado que esta acción tan sencilla y barata induce a una mayor equidad en la contratación. (ii) Cuotas en la conformación de listas cortas de candidatos para las posiciones. Es decir, forzarse a tener al menos cierto número de candidatas en la lista de personas a entrevistar para una posición. De esta forma la decisión final es competitiva, pero las listas de participantes reciben una acción afirmativa. (iii) Participar en auditorías y rankings como los de Aequales, Gender Lab, Great Place to Work y otros. Esto conlleva un doble impacto. Por un lado, la participación misma en estas iniciativas sirve para afinar las estrategias de inclusión dentro de las empresas con herramientas innovadoras. Por el otro, al hacerse visibles en estos esfuerzos, las empresas consiguen atraer mayor talento.

Otro cambio importante que vengo viendo es el uso de la evidencia, aunque ella a veces traiga malas noticias. En los últimos veinte años se ha argumentado fuertemente sobre la importancia de la equidad de género para el éxito de los negocios. Para ello se han citado varios estudios puntuales de casos exitosos (aquí algunos ejemplos: link1,link2, link3). Pero esto trae un sesgo: no se tiende a reportar los casos no exitosos. Una revisión sistemática de los casos, con éxito y fracasos, permite una visión más balanceada. Esto es lo que hizo Alice Eagly, quien encontró que la igualdad de género no siempre es buena para los negocios.

Esto puede llevar a un giro en las apuestas por la igualdad y encontrar razones que trasciendan los estados financieros o las cotizaciones en la bolsa. Construir lugares más igualitarios es bueno en sí mismo.

8 de marzo de 2021

8M: Por un feminismo revolucionario, que no es foto de portada sino lucha contra toda explotación

Cecilia Zamudio

El 8 de marzo se conmemora a la mujer trabajadora, revolucionaria. La comunista Clara Zetkin propuso la conmemoración en la conferencia de mujeres socialistas de 1910, para homenajear la lucha de las mujeres contra la explotación capitalista. Se recuerda el asesinato, a manos del Gran Capital, de 129 obreras en huelga quemadas vivas en una fábrica textil en EEUU: los dueños de la fábrica cerraron las puertas con ellas dentro y le prendieron fuego para hacerlas arder (como medida de «disuasión» para evitar que otras obreras siguieran su ejemplo de lucha). Se conmemora la lucha por la justicia social, por los derechos de la clase trabajadora, la lucha contra el patriarcado y el capitalismo, cuyos mecanismos se articulan el uno al otro a la perfección.

El 8 de marzo también quedó apuntalado como fecha eminentemente revolucionaria por los sucesos del 8 de marzo de 1917 en la Rusia zarista: miles de mujeres salieron a las calles clamando por sus derechos, contra la explotación y las guerras que la burguesía imponía al pueblo: ellas detonaron la Revolución de Octubre. Tras la revolución de Octubre las mujeres conquistaron sus derechos económicos, sociales, sexuales y reproductivos: derecho al voto para todas las mujeres (no solo para las propietarias como en Gran Bretaña), derecho al divorcio, derecho al aborto, derechos plenos al estudio y trabajo, vivienda, sanidad y educación garantizadas, etc. Todos estos derechos todavía se siguen luchando en la inmensa mayoría de países capitalistas.

Las mujeres somos la parte más golpeada de la clase explotada. Somos víctimas de las guerras imperialistas, del saqueo capitalista que empobrece regiones y países enteros, de las privatizaciones y la precariedad, y además somos víctimas del machismo incesantemente promovido por los medios y toda la industria cultural del capitalismo. Porque el capitalismo se sustenta fragmentando y dividiendo a la clase explotada: por ello la industria cultural del capitalismo difunde incesantemente paradigmas de discriminación como el machismo y el racismo.

Somos las trabajadoras explotadas, estudiantes, artistas, paradas y jubiladas a quienes se nos está privando de una vida digna, en ocasiones hasta de la alimentación, la vivienda, el acceso a la salud, el acceso a la educación, etc. Somos privadas de condiciones de trabajo y de remuneración dignas por los capitalistas que sacan la plusvalía de nuestro trabajo. Somos las madres cuyo trabajo en el hogar no es reconocido, las que se quedan en absoluta precariedad sin pensión. Somos las mujeres migrantes empujadas a padecer las peores explotaciones: en maquilas de espanto, rociadas de veneno en el agro-industrial, abocadas a la explotación de la prostitución o a ser cosificadas y saqueadas como «vientres de alquiler». Somos las niñas violadas y forzadas a parir. Somos designadas por este sistema como la diana de las frustraciones aberrantes que este sistema causa, de la misoginia que fomenta.

Por ello el feminicidio galopa: porque los medios banalizan la tortura y toda discriminación alienante funcional al capitalismo, porque la violencia ejercida de manera estructural arrastra su odio contra nosotras. Somos víctimas del capitalismo y su barbarie, víctimas del  machismo que el mismo Capital promueve; pero también somos mujeres luchadoras y revolucionarias. El 8 de marzo no es el día de las princesas, ni de las empresarias explotadoras. Las mujeres opresoras, las Cristine Lagarde, las Thatcher, las Hillary Clinton y demás… las que se lucran de devastar selvas, de oprimir poblaciones, de esclavizar en fábricas de espanto a miles de trabajadoras, las que se lucran, también, de fomentar el machismo a través de sus medios de alienación masiva, son clase explotadora, al igual que los hombres de la clase explotadora.

Al Capital le interesa mantenernos atadas a la división sexual del trabajo, a labores de cuidado no remuneradas, a la discriminación salarial por ser mujeres. Al Capital le interesa una clase explotada pulverizada y golpeada, impedida de unidad por el machismo, el racismo, la xenofobia, el individualismo y demás alienaciones que la clase explotadora se encarga de cultivar. Frente a una realidad tan brutal, el reformismo, siempre sirviendo a impedir cuestionamientos profundos, pretende encapsular nuestra lucha y superficializarla, ocultando su carácter de clase, obviando la funcionalidad que para el capitalismo tiene el machismo.  Los reformistas, que pretenden seguir engañándonos con la cínica fábula de un supuesto e imposible “capitalismo con rostro humano”, buscan ocultar que no lograremos cambiar la cultura profundamente machista que impera en el mundo entero, a menos que nos tomemos los medios de producción y por lo tanto los de difusión y educación. En este sistema toda una artillería de sometimiento ideológico es implementada por la clase burguesa; los paradigmas de opresión son activamente martilleados desde múltiples flancos: desde las instituciones religiosas históricamente funcionales a las clases dominantes, pasando por la gran industria audiovisual, hasta los nada ‘inocuos’ videojuegos. Para contrarrestar esa alienación a gran escala, que tanto sufrimiento causa, se necesitan obviamente medidas que subviertan el actual orden social; abolir el patriarcado no será posible sin abolir el capitalismo.

Los caballos de Troya de la burguesía intentan hacer creer que las mujeres explotadoras son nuestras hermanas, cuando ellas también participan de perpetuar este sistema que devora a la naturaleza, explota a los seres humanos (a la clase trabajadora), y perpetúa al machismo, al racismo, al individualismo, comportamientos y discriminaciones fundamentales para el mantenimiento de este sistema putrefacto.

Las mujeres revolucionarias sabemos que la sociedad de clases se perpetúa sobre la violencia: esa violencia ejercida por la clase explotadora (la que posee los medios de producción) contra las mayorías explotadas y precarizadas, y sabemos también el lastre que significa el machismo para la unidad de la clase explotada. Luchamos también por un feminismo revolucionario, para poder oponerlo a la infame recuperación que el sistema está intentando hacer de la lucha feminista, con sus aberrantes Caballos de Troya y su discurso de “sororidad interclasista» (¡cómo si tuviéramos que tener «sororidad» con una capitalista explotadora, una proxeneta o una ficha del complejo militar-industrial por el mero hecho de ser mujer!).

Luchamos contra toda explotación, y nuestra lucha contra la opresión de la mujer trabajadora, la adelantamos luchando día a día contra el machismo, contra la clase burguesa, contra un orden social de explotaciones concatenadas; luchando contra la raíz que sostiene las desigualdades sociales: luchando contra un sistema que fomenta la opresión de la mujer porque necesita esta opresión como mecanismo de dominación y división de la clase explotada; luchando contra un sistema que fomenta la violencia machista a modo de control social (como pérfida válvula de escape de las frustraciones que tal sistema crea); luchando contra un sistema en el que un puñado de multimillonarios capitaliza moliendo humanidades y rebanando el planeta.

El Feminicidio galopante es parte de la barbarie de un sistema económico, político, social y cultural, el capitalista, violento en esencia y perverso en su lógica. Un sistema basado en la explotación de las y los trabajadores y en el saqueo de la naturaleza, es un sistema que necesita banalizar la explotación, la injusticia social y la tortura.

La lucha por la emancipación de la mujer y la lucha contra el capitalismo son inseparables. Por un feminismo revolucionario, que no es foto de portada sino lucha cotidiana, que lucha contra toda explotación.

8 de marzo de 2020

Mujer y lucha de clases en Aleksándra Kollontái

Augusto Lostaunau Moscol

El 9 de marzo de 1952 dejó de existir la militante bolchevique Aleksándra Kollontái, quien jugó un rol muy importante durante la revolución de 1917. No sólo organizó a las mujeres, además, hizo lo mismo con los sindicatos. Yolanda Marco Serra ha escrito que:

“Kollontái, que al poco tiempo de casada se siente ya frustrada por su vida de “esposa y madre”, empieza a tener una relación cada vez más intensa con los grupos de jóvenes revolucionarios de Petersburgo. Su actividad en el seno de tales grupos le está haciendo dar un gran salto cualitativo, pues empieza a unir de forma progresiva su lucha íntima, personal, de mujer relegada a un segundo plano social, con la lucha y la defensa de los intereses del obrero, explotado y relegado por esta misma sociedad. De esta manera Kollontái conecta su lucha “personal” con la de la obrera, que acumula sobre sí todas las injusticias, toda la explotación posible. Pero este es un proceso largo, que culmina cuando en años inmediatamente posteriores reconoce al marxismo como método de análisis, interpretación y lucha social”.

No cabe duda que no sólo emprenda una lucha social; también realizó una lucha política-ideológica que la llevó a esclarecer su posición de clase dentro de la estructura social existente en Rusia de fines del siglo XIX. De tal forma que pronto unificó su lucha “personal” con la lucha sindical y –posteriormente- con la lucha partidaria. Su participación en los acontecimientos de 1917 la elevaron a la categoría de lideresa de la revolución. Sobre este momento clave para la historia del mundo, Yolanda Marco Serra ha indicado que:

“A la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en Petrogrado, Kollontái estaba presente. Inmediatamente después de su llegada tuvo lugar una reunión del Comité Central del partido en la que Lenin defendió la necesidad de la insurrección armada, tesis que ya había avanzado en sus Cartas desde lejos. Dentro de una fuerte oposición inicial, la única voz que le apoyó desde su primera propuesta fue la de Kollontái. Kollontái, como miembro del C.C. del partido (el Comité Central llamado posteriormente “leninista”), llevó a cabo una serie de misiones de gran responsabilidad. El partido la delegó a la conferencia, que debía realizarse en Estocolmo, con el grupo de disidentes de Zimmerwald, pero no pudo llegar hasta Estocolmo porque fue detenida por las tropas de Kerenski. Al ser liberada se reincorporó a la lucha revolucionaria y fue la primera mujer elegida para el Comité Ejecutivo del Soviet de Petrogrado, figurando posteriormente como miembro del Comité Ejecutivo Panruso. Su actividad como organizadora del sector femenino del Partido continuó desarrollándola de forma paralela al resto de sus actividades políticas”.

Aleksándra Mijáilovna Kollontái, no sólo se dedicó al activismo político; también escribió textos para diferentes medios y algunos libros que con el tiempo se han convertido en fuentes de estudios para grupos feministas que se identifican con sus ideas y las de los bolcheviques. Una de sus ideas fundamentales es:

“Dejando a los estudiosos burgueses absortos en el debate de la cuestión de la superioridad de un sexo sobre el otro, o en el peso de los cerebros y en la comparación de la estructura psicológica de hombres y mujeres, los seguidores del materialismo histórico aceptan plenamente las particularidades naturales de cada sexo y demandan sólo que cada persona, sea hombre o mujer, tenga una oportunidad real para su más completa y libre autodeterminación, y la mayor capacidad para el desarrollo y aplicación de todas sus aptitudes naturales. Los seguidores del materialismo histórico rechazan la existencia de una cuestión de la mujer específica separada de la cuestión social general de nuestros días. Tras la subordinación de la mujer se esconden factores económicos específicos, las características naturales han sido un factor secundario en este proceso. Solo la desaparición completa de estos factores, solo la evolución de aquellas fuerzas que en algún momento del pasado dieron lugar a la subordinación de la mujer, serán capaces de influir y de hacer que cambie la posición social que ocupa actualmente, de forma fundamental. En otras palabras, las mujeres pueden llegar a ser verdaderamente libres e iguales sólo en un mundo organizado mediante nuevas líneas sociales y productivas”.

Para Aleksándra Kollontái, no se trata de una lucha entre mujeres contra varones. Tampoco de débiles contra fuertes. La situación social de la mujer dentro de la sociedad no se trata de una construcción o resultado de la educación. Esas, y otras respuestas, lo único que hacen es desviar las luchas de las mujeres por lograr su verdadera liberación. Propone –acertadamente- que la situación de explotación, dominación y marginación que sufren las mujeres se encuentra en relación directa con el sistema productivo imperante. Es el sistema económico imperante el que impone un régimen de explotación-dominación y subordinación en las mujeres. Son mano de obra barata en las unidades de producción. Mano de obra indispensable por ser de bajo costo. Entonces, la verdadera emancipación de la mujer sólo se alcanzará cuando se liquiden las formas de producción que la tienen marginada. De esta manera Aleksándra Kollontái, discrepa abiertamente con aquellas feministas que considera “burguesas”. Su pensamiento está más cerca de Flora Tristán cuando indicó que:

“La mujer trabajadora, no menos que su hermano en la adversidad, odia a ese monstruo insaciable de fauces doradas que, preocupado solamente en extraer toda la savia de sus víctimas y de crecer a expensas de millones de vidas humanas, se abalanza con igual codicia sobre hombres, mujeres y niños. Miles de hilos la acercan al hombre de clase trabajadora. Las aspiraciones de la mujer burguesa, por otro lado, parecen extrañas e incomprensibles. No simpatizan con el corazón del proletariado, no prometen a la mujer proletaria ese futuro brillante hacia el que se toman los ojos de toda la humanidad explotada…”.

Asume, como nuestra esclarecida Flora Tristán, que la explotación de la mujer no es por una cuestión de sexo o genero; por el contrario, es una cuestión de clase social. La mujer obrera es explotada y postergada al igual que el varón obrero y el niño obrero. Asume que esa percepción de la realidad social de las clases sociales en la estructura productiva no es percibida por las mujeres que pertenecen a las clases explotadoras. Incluso, la mujer obrera no debe esperar nada de la mujer burguesa. Esta última sólo busca beneficios sociales y políticos para las de su clase. Por ello, mientras las mujeres burguesas lucharon por el derecho a votar; Aleksándra Kollontái se vinculó directamente con los grupos revolucionarios de Rusia a inicios del siglo XX. No fue sufragista; fue revolucionaria. Quizás por ello, actualmente es invisibilizada y negada por algunos sectores feministas. Por ello, acertadamente indicó que:

“El objetivo final de las mujeres proletarias no evita, por supuesto, el deseo que tienen de mejorar su situación incluso dentro del marco del sistema burgués actual. Pero la realización de estos deseos está constantemente dificultada por los obstáculos que derivan de la naturaleza misma del capitalismo. Una mujer puede tener igualdad de derechos y ser verdaderamente libre sólo en un mundo de trabajo socializado, de armonía y justicia. Las feministas no están dispuestas a comprender esto y son incapaces de hacerlo. Les parece que cuando la igualdad sea formalmente aceptada por la letra de la ley serán capaces de conseguir un lugar cómodo para ellas en el viejo mundo de la opresión, la esclavitud y la servidumbre, de las lágrimas y las dificultades”.

Esa es la gran diferencia entre el pensamiento de Aleksándra Kollontái y las feministas burguesas. Mientras las últimas creen y asumen que sólo con nuevas leyes (incluso participando ellas en la dación de esas leyes) se logrará la ansiada igualdad; ella asume que las leyes no garantizarán la igualdad mientras estas no se plasmen en una cambio real de la estructura económica del sistema productivo. Sólo una transformación en el sistema productivo garantizará que la igualdad sea real y concreta. Ya que, así como entre los varones existen muchas diferencias (siendo la clase social la principal y más importante), entre las propias mujeres también existen muchas diferencias. Por ello, la explotación laboral y la marginación social no es cuestión individual; por el contrario, es social. Varones burgueses que explotan a varones proletarios; mujeres burguesas que explotan a mujeres proletarias. Incluso, esta explotación se puede extender a otros grupos de género. Se explica a partir de quién trabaja, cómo trabaja, quién es propietario y quién se apropia del objeto producido. El sexo y el género no son fundamentales para responder esas preguntas. Por ello, de manera contundente indicó que:

“Las feministas responden a nuestras críticas diciendo: incluso si os parecen equivocados los argumentos que están detrás de nuestra defensa de los derechos políticos de las mujeres, ¿puede rebajarse la importancia de la demanda en sí, que es igual de urgente para las feministas y para las representantes de la clase trabajadora? ¿No pueden las mujeres de ambos bandos sociales, por el bien de sus aspiraciones políticas comunes, superar las barreras del antagonismo de clase que las separan? ¿No serán capaces seguramente de librar una lucha común contra las fuerzas hostiles que las rodean? La división entre la burguesía y el proletariado es tan inevitable como otras cuestiones que nos atañen, pero en el caso de este asunto particular las feministas creen que las mujeres de las distintas clases sociales no tienen diferencias”.

Aleksándra Kollontái fue muy clara y directa en sus ideas y en su militancia. La liberación de la mujer no parte de una guerra de sexos. Las divisiones y barreras entre mujeres aun existen y no será la ley la que pondrá fin a esa realidad.

8 de marzo de 2019

Cuál es el origen del Día de la Mujer (y por qué se conmemora el 8 de marzo)

BBC News Mundo

El 8 de marzo es una fecha destacada en múltiples partes del mundo.

Se conmemora el Día Internacional de la Mujer, formalizado por Naciones Unidas en 1975.

Este especial día, en palabras de la ONU, "se refiere a las mujeres corrientes como artífice de la historia y hunde sus raíces en la lucha plurisecular de la mujer por participar en la sociedad en pie de igualdad con el hombre".

Pese a haberse convertido en una jornada global en pro de la igualdad, muchas personas aún se preguntan cuál es su origen y qué llevó a que el 8 de marzo obtuviera este reconocimiento internacional.

Para explicarlo, hay que echar la vista atrás: a las protestas que desembocaron en toda una revolución. A finales del siglo XIX y principios del XX.

"Los mujeres y hombres son creados iguales"

El Día Internacional de la Mujer tiene sus raíces en el movimiento obrero de mediados del siglo XIX, en un momento de gran expansión y turbulencias en el mundo industrializado, en el que la mujer comenzó a alzar cada vez más su voz.

La vida de la mujer en Occidente por aquel entonces era una continua historia de limitaciones: ni derecho a voto, ni a manejar sus propias cuentas, ni formación y con una esperanza de vida mucho menor que la masculina por los partos y los malos tratos.

Un ejemplo de esa creciente inquietud y debate entre mujeres se encuentra en 1848, cuando las estadounidenses Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott congregan a cientos de personas en la primera convención nacional por los derechos de las mujeres, en Estados Unidos.

Ambas mantuvieron que "todos los hombres y las mujeres son creados iguales" y exigieron derechos civiles, sociales, políticos y religiosos para el colectivo.

Entonces, recibieron burlas, especialmente en cuanto al derecho de las mujeres a votar, pero pusieron una semilla que en los siguientes años fue creciendo, destaca la ONU en un especial sobre el activismo de la mujer a lo largo de los años.

En este contexto, los historiadores coinciden en destacar como antesala directa del Día Internacional de la Mujer la marcha de mujeres que se vivió en Nueva York en 1908, cuando unas 15.000 se manifestaron para pedir menos horas de trabajo, mejores salarios y derecho a votar.

Un año después de ello, el Partido Socialista de América declara el Día Nacional de la Mujer, que se celebra por primera vez en EE.UU. el 28 de febrero.

En ese contexto, irrumpe en escena una mujer que pasaría a la historia como la impulsora del día de la mujer internacional: la comunista alemana Clara Zetkin.

Zetkin sugirió la idea de conmemorar un día de la mujer a nivel global en 1910 en la Conferencia Internacional de la Mujer Trabajadora en Copenhague (Dinamarca).

Su propuesta fue escuchada por un centenar de mujeres procedentes de 17 países y aprobada de forma unánime, aunque sin acordar una fecha concreta.

Un año después, se celebra el primer Día Internacional de la Mujer, el 19 de marzo de 1911, reuniendo a más de un millón de personas en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Además del derecho de voto y de ocupar cargos públicos, se exigió entonces el derecho al trabajo de la mujer, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.

No obstante, en sus inicios, "la conmemoración (también) sirve de protesta contra la I Guerra Mundial", recuerda la ONU.

Y ahí se encuentra una de las claves de por qué se acabó eligiendo la fecha del 8 de marzo.

Rusia y la I Guerra Mundial

Hay diferentes versiones de que por qué se eligió esta fecha en concreto.

Pero la ONU destaca la importancia de los acontecimientos que se vivieron en Rusia, en medio de las protestas contra la Gran Guerra.

"En el marco de los movimientos en pro de la paz que surgieron en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913. En el resto de Europa, las mujeres celebraron mítines en torno al 8 de marzo del año siguiente para protestar por la guerra o para solidarizarse con las demás mujeres", recuerda el organismo.

En 1917, y como reacción a los millones de soldados rusos muertos, las mujeres de ese país vuelven a salir a las calles el último domingo febrero, bajo el lema "pan y paz".

Se trata de una huelga que continúa varios días y acaba forzando la salida del zar.

"Los trabajadores de la metalúrgica se unieron a su protesta (de las mujeres) pese a que los Bolcheviques veían la movilización de las mujeres como precipitada. El 25 de febrero, dos días después de que comenzara la insurrección de las mujeres en el Día Internacional de la Mujer, el zar ordenó (...) disparar si fuera necesario para acabar con la revolución de las mujeres", explica la historiadora estadounidense Temma Kaplan, en"On the Socialist Origins of International Women's Day"("Sobre los orígenes socialistas del Día Internacional de la Mujer").

La medida del zar fracasó y en su lugar comenzó "la revolución de febrero", dice Kaplan, que acabó con la abdicación del zar Nicolás II ese mes de marzo.

El éxito de las mujeres rusas se consagró poco después: el gobierno provisional que se formó tras la retirada del zar les reconoció el derecho a voto.

La fecha en la que comenzó esa huelga de las mujeres rusas en el calendario juliano, entonces el de referencia en Rusia, fue el domingo 23 de febrero. Ese mismo día en el calendario gregoriano fue el 8 de marzo, y esa es la fecha en que se celebra ahora.

En 1945, se forman las Naciones Unidas para fomentar la cooperación internacional tras la devastación de la II Guerra Mundial y la Carta de este organismo multilateral se convierte en el primer acuerdo internacional que consagra la igualdad de género.

Tres décadas después, en 1975, la ONU establece y celebra por primera vez el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo, coincidiendo con el Año Internacional de la Mujer.

¿Hay razones para seguir la lucha...?

La respuesta la damos con los datos publicados más recientes de la propia ONU:

- Sólo uno de cada cuatro parlamentarios son mujeres a nivel mundial.
- En 2018, solo el 9,8% de países en el mundo tenían jefas de Estado o de gobierno.
- Una de cada tres mujeres sufre violencia a lo largo de su vida.
- 830 mujeres mueren cada día de causas evitables relacionadas con el embarazo.
- Y hasta 2086 no se cerrará la brecha salarial si no se contrarresta la tendencia actual.