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29 de enero de 2022

Perú: El mal menor ¿recuerdan?

Maritza Espinoza

La verdad, nadie necesitaba que viniera Fernando Rincón, de la CNN, a mostrarnos quién es el presidente Pedro Castillo. Desde el primer minuto de la segunda vuelta, el país entero sabía perfectamente de sus limitaciones y de los riesgos de elegirlo, así que no vengan a escandalizarse los drama queen de toda la vida. Tenemos un presidente mediocre, lento de aprendizaje, incompetente, sin equipo y sin rumbo. Nada que no supiéramos desde el principio. Era el mal menor, ¿recuerdan?

Ahora que algunos chillan “¡Oh, vergüenza internacional!”, solo porque el resto del continente vio al emperador desnudo —o, como preferirían llamarlo, al cholo calato—, sería bueno recordar que Castillo fue elegido, porque la otra alternativa era, es y seguirá siendo, el mal mayor. Su nombre: Keiko Fujimori.

Y hubiera sido una vergüenza elegirla, no solo porque se trataba de la heredera de un dictador o de una candidata investigada, hace más de una década, por lavado de activos, sino porque no es difícil imaginar cómo se hubiera comportado en el poder cuando, teniendo absoluta mayoría en el Congreso entre el 2016 y el 2019, fue incapaz de impulsar una sola ley que beneficiara al país y, más bien, se empecinó en sabotear a todos los gobiernos.

¿Cómo hubiera enfrentado la pandemia si nunca deslindó de su vocero “científico” cuando este dijo que la vacuna era saliva? ¿O habría sancionado a Repsol por el derrame ella, que no solo se ha demorado una semana en mencionar el tema, sino que le debe a la gran empresa millones en aportes de campaña? ¿Y creen que hubiera permitido que los fiscales anticorrupción se mantuvieran un minuto en sus cargos? ¿Habría, acaso, respetado los derechos humanos y las libertades, que nunca le han importado? ¿Y los plazos constitucionales? ¿Creen?

De Castillo sabemos que es un presidente débil que se irá, como se han ido otros presidentes igual de incompetentes, el 28 de julio del 2026. Ni un minuto después. Nadie puede decir lo mismo de la Señora K, el mal mayor.

Maritza Espinoza. Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.

8 de agosto de 2021

¿Por quién votó la mayoría?

César Hildebrandt

El señor presidente del Consejo de Ministros dice que Perú Libre ganó las elecciones.

No es cierto. Es mentira. Es demagogia de la peor especie.

La gente votó por un profesor de provincias que se enfrentaba a alias La Chica, la señora que la derecha apoyó con descaro y de modo abrumador a ver si esta vez tenía suerte.

Se diría que la señora derrotada perdió las elecciones porque no pudo convencer a suficientes votantes de que había cambiado y que esta vez no era la hija rencorosa del padre condenado. Era imposible que en pleno sufrimiento de la pandemia y la crisis económica por ella desatada los peruanos no advirtieran que la señora Fujimori estaba fingiendo y que sus bonos, sus regalías, sus loncheras eran parte de esa actuación.

Perdió alias La Chica. Ganó Castillo por 44,000 votos. Fue una llegada de nariz saliente, de belfos estirados. Fue el derby de Kentucky corrido por los caballos menos atractivos del reparto.

Que el señor Bellido salga a la calle y le pregunte a la gente que votó por Castillo si es cierto que, en la cabina electoral, pensó en Cerrón y se emocionó. Que le pregunte a la gente que votó por Castillo si es cierto que a la hora de ponerle un aspa al lapicito pensó en Perú Libre y en su líder.

Perú Libre, es decir, el señor Cerrón, se presenta ahora como el titular de la patente. Y pretende que el señor Castillo, presidente constitucional de la república, cumpla las metas del partido marxista-leninista que le sirvió de vientre de alquiler.

El problema es que las metas comunistas de Perú Libre y del señor Cerrón sólo pueden cumplirse después de una revolución popular triunfante.

Si el señor Cerrón hubiese tomado La Bastilla, si el señor Bellido fuese Robespierre, si el señor Bermejo encarnase a Danton, la historia sería otra cosa.

Esa epopeya de revancha y justicia, de decapitaciones y refundaciones, no se ha dado aquí.  

Aquí lo que ha pasado es que el señor Castillo le ha ganado la batalla electoral a la señora que ya no podrá postular otra vez. Nada menos y nada más. Aquí lo que está en discusión es cómo se hará el cambio constitucional que el señor Castillo prometió a sus votantes. Y el señor Castillo ya anunció que se someterá al Congreso para lograr esa meta. Lo dijo claramente en el discurso del 28 de julio.

Nada de lo dicho significa que el nuevo gobierno esté impedido de plantear cambios severos en varios campos: el régimen tributario, el papel del Estado, la reivindicación de los postergados, la lucha contra la desigualdad.

Porque así como decimos que el señor Cerrón no ganó las elecciones y que Perú Libre no puede pasarnos la factura de un triunfo expectaticio, del mismo modo podemos decir que la derecha no puede exigir la castración programática del nuevo gobierno.

La derecha no puede confundir las válidas críticas que se le hacen a Castillo con la exigencia inaceptable de que nada debe cambiar. ¡Claro que hay muchas cosas que cambiar! Una cosa es que Castillo sume errores precoces y se dispare a los pies con algunos de sus nombramientos y otra muy distinta es pedirle que se olvide de los millones de preteridos que le dieron su confianza.

La derecha cree que Castillo debe acatar los miedos que sus periódicos y televisiones desatan. Cerrón y Perú Libre están seguros de que Castillo es el hombre que pusieron en palacio para que fuera obediente y reconociera su papel de actor secundario.

El señor Castillo tiene que gobernar un país complicado en un momento especialmente delicado. Su deber es durar. No debe ser peón de Cerrón ni Cosito de la prensa concentrada. Encontrar ese balance requiere consejeros sabios y no gente dispuesta a patear el tablero como “gesto viril”.

El señor Cerrón cree que se ha encontrado con la fortuna de una revolución castrista sin necesidad de irse a pegar tiros a la Sierra Maestra. Los que apoyaron la candidatura de Castillo con su voto apostaron por el cambio. Pero el cambio no puede darse en la anarquía ni puede ser el resultado de una guerra civil instigada desde el poder.

Vladimir Cerrón quiere cerrar el congreso después de dos censuras de gabinete y aspira a que una nueva elección legislativa le dé una nueva y aplastante mayoría a Perú Libre. Sueña, divaga, delira el señor Cerrón. Nuevas elecciones quizá signifiquen menos curules y una derrota enorme. El exgobernador de Junín cree en una nueva versión de los Estados Generales. Quiere guillotinar Capetos que no existen.

Lo que necesitamos es un capitán que sepa de tormentas. Lo que menos requerimos es un chiflado que enfile la proa hacia donde suenan los truenos. Es la hora de ponerse serios.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°551, del 30/07/2021   p12

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26 de julio de 2021

Perú: Pedro Castillo y su histórica victoria

Ángel Guerra Cabrera

La llegada a la presidencia de Perú de Pedro Castillo es una gran victoria política de las fuerzas de izquierda, populares y progresistas agrupadas en torno a su candidatura. Llamada sin duda a tener una sensible repercusión, no sólo en el importante país andino, sino en la geopolítica de América Latina y el Caribe.

La corta distancia entre los votos alcanzados por él y los de su rival Keiko Fujimori, los insólitos 42 días que ha debido esperar desde su elección para ser proclamado presidente, la feroz campaña durante ese tiempo del fujimorismo, las élites locales y los medios hegemónicos para crear la matriz de un fraude electoral y deslegitimar su victoria, lejos de disminuirla, la engrandecen. Cada voto a Pedro vale, cuando menos, por dos de su adversaria, pues labró su triunfo sin disponer apenas de recursos, mientras ella gastaba una millonada; con la prensa, los grandes capitales y la derecha internacional disparando hasta hoy mentiras contra el maestro cajamarquino de 51 años.

Inscrito como candidato el último día del plazo establecido, su campaña fue boca a boca, a lomo de su yegua o en camiones, de pueblo en pueblo, en mítines a veces envueltos por las nubes andinas. Fue tan cerca de la gente que se contagió de Covid-19, lo que le valió muchas simpatías en una nación minada como pocas por la enfermedad, gracias a la corrupción gubernamental. Aunque no tuvo asesores de imagen, ni agencias de publicidad ni granjas de bots, no desdeñó las nuevas tecnologías y los videos, circulados en el país, con sus discursos en nutridos mítines del empobrecido VRAE (Valle de los ríos Apurimac, Ene y Mantaro), ganaron la admiración de muchos.

Su victoria significa la esperanza de las grandes mayorías en Perú de sacudirse tres décadas de predominio ultraneoliberal iniciadas por el corrupto y autoritario fujimorismo, cuya nefasta influencia en ese periodo sobre el poder político y económico puede llegar a su fin más temprano que tarde. Significa también el arribo a la casa de gobierno de Lima, del Perú profundo, originario y de los cholos, de la sierra, la Amazonia y las zonas urbanas marginales y empobrecidas de la costa, hombres y mujeres que no han sido escuchados por siglos y que han vivido una amarga pesadilla de creciente desigualdad, marginación e injusticia con la aplicación a sangre y fuego de las políticas del Consenso de Washington. Esas que arrasaron –como en México, Argentina, Brasil o Chile– con el sistema de empresas públicas, con el control por el Estado de los recursos naturales y, en consecuencia, con la soberanía del país. Gran parte de ese patrimonio fue rescatado para la nación durante la presidencia del general cholo Juan Velasco Alvarado (1968-75), que elevó la dignidad nacional al nacionalizar el petróleo, realizar una reforma agraria que partió el espinazo para siempre a la reaccionaria oligarquía tradicional, dio una orientación de independencia en política exterior al país y lo colocó en la vanguardia de nuestra América junto a la Cuba de Fidel Castro, el Chile de Salvador Allende y el Panamá de Omar Torrijos. Ahora podrá Pedro Castillo tejer lazos con los gobiernos populares, progresistas y revolucionarios de la patria grande y, por encima de banderías políticas, fomentar relaciones de amistad con los países vecinos.

En su frontera occidental lo arropa la rebelde Bolivia de Evo Morales y Luis Arce, y es muy probable que en noviembre cuente con un gobierno popular a su extremo sur, en Chile. No escapa a ningún observador medianamente informado lo que podrían hacer juntos estos gobiernos y el de Argentina. Entre otras acciones, pueden restaurar la Unasur –destruida por la saña del traidor Moreno en complicidad con los otros gobiernos de derecha de la zona–, fortalecer la Celac, tan acertadamente conducida por México en esta etapa, desarrollar proyectos económicos conjuntos, incluso con los gobiernos de derecha que se dispongan. En el caso de Chile y Perú regresar, como ya lo hizo Bolivia, al Movimiento de Países no Alineados. Recuperar, en fin, una política de paz, cooperación internacional y rechazo al uso de la fuerza y el intervencionismo.

Pedro Castillo arriba a la presidencia con la herencia maldita del neoliberalismo más salvaje y un país roto por una larga y profunda crisis política y por la pandemia, ante una derecha que no le dará tregua y deberá vérselas con un Parlamento atomizado donde de 130 puestos sólo cuenta en principio con los 42 que suman la alianza de su partido con Juntos por el Perú-Nuevo Perú, de Verónika Mendoza. Se verá forzado a negociar para sacar sus iniciativas, pero cuando eso no le baste, pues la derecha no dejará pasar, por ejemplo, su proyecto de convocar a una Asamblea Constituyente, contará con la posibilidad, como sugería recientemente el ex guerrillero y académico Héctor Béjar, de llamar al pueblo a movilizarse, una valiosa tradición peruana.

21 de julio de 2021

Pedro Castillo presidente del Perú profundo

Julian Lacacta

I

Los resultados de las elecciones son irreversibles, ha ganado Pedro Castillo. Por más que la derecha y la ultraderecha peruana tengan a los mejores abogados corporativos, medios de comunicación y a los dirigentes de los partidos de derecha, no podrán cambiar la voluntad del pueblo. Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, perdió las elecciones, fue derrotada por el pueblo que está cansado de la clase política peruana y asqueado con la corrupción que se ha impregnado en todas las esferas de la sociedad, producto de la implementación de un sistema neoliberal que empodera y beneficia económicamente a un puñado de empresarios a costa del pueblo. José Pedro Castillo Terrones, profesor y dirigente sindical, sintonizo naturalmente con la población y pudo llegar al corazón de las familias con propuestas de transformación para construir una Patria digna, ni el “terruqueo” ni los miedos creados por la derecha con apoyo de los medios de comunicación pudieron ni podrán frenar el avance de los pueblos que van por la construcción de un Perú nuevo.

II

En la primera vuelta de las elecciones generales de Perú de 2021 se presenta una polarización de la sociedad y de las organizaciones políticas, con la presencia de dieciocho candidatos a la presidencia, todos los partidos con crisis organizacional, “cascarón” sin representación en sus bases, disputas de poder al interior de cada uno de ellos, con sospecha que los partidos políticos vendieron al mejor postor los espacios para la candidatura al congreso. El panorama de la primera vuelta, donde la población ya venía de experiencias de traición y más aún de haber pasado y palpado una crisis pandémica donde se ha desnudado la grave situación de salud, económica, educativa, etc. en la que está sumergida nuestro país.

En la segunda vuelta la polarización se acrecentó, entre dos posiciones que los medios de comunicación lograron imponer a base de titulares e información falsa, la prensa denominó “democrática” la opción de Keiko Fujimori y el “comunismo” al Partido Político Perú Libre. Todos los espacios que controla la derecha se juntaron para aplastar al candidato Pedro Castillo, más de dos meses “demolieron” a la opción de cambio, el “terruqueo” a todos los dirigentes, profesionales, políticos y a las masas que apoyan la candidatura del profesor. La ultraderecha arengó en mítines “muerte” al secretario general de Perú Libre y al candidato Castillo.

Los resultados del proceso electoral datos de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), da ganador al profesor Pedro Castillo con el 50.125% de los votos válidos y Keiko Fujimori (Fuerza Popular) el 49.875%, la diferencia es de 44,058 votos. La derecha peruana, no acepta los resultados y han empezado a utilizar la estrategia del “Golpe Blanco”, empezaron a desprestigiar el proceso electoral, desconociendo el voto popular y lo segundo es utilizar todos los medios legales para retrasar la proclamación del presidente electo por parte del Jurado Nacional de Elecciones (JNE).

III

La crisis de los partidos políticos es producto de la profundización del neoliberalismo en Perú, implementado por la dictadura “fujimontesinista” en la década de los noventa y la carta magna que lo avala es la Constitución Política del año 1993, que nace producto del autogolpe del 05 de abril de 1992, creada y acomodada para controlar y enquistarse en el poder por décadas. Quienes fueron los continuadores, Valentín Paniagua Corazao, Alejandro Celestino Toledo Manrique, Segundo Gobierno de Alan García Pérez, Ollanta Moisés Humala Tasso, Pedro Pablo Kuczynski Godard, Martín Alberto Vizcarra Cornejo, Manuel Arturo Merino de Lama y Francisco Rafael Sagasti Hochhausler, simplemente jugaron un rol que el sistema y el empresariado desea. Tres décadas de despolitización, la práctica de la política en la actualidad es negocio y el actor político simplemente es un individuo que busca su beneficio personal, por la escasa formación ideológica, política y profesional que tiene, en la campaña electoral la derecha y sus medios de comunicación, no podían refutar el ideario de Perú Libre y lo único que hicieron fue insultar y causar miedo sin ningún argumento, ni propuesta contra el marxismo – leninismo que lo plantea Perú Libre en su ideario.

La pandemia ha desnudado, las falsedades del sistema capitalista en el Perú, la vigencia de lucha de clases es evidente entre los explotadores y los explotados, las posiciones antagónicas, entre los de arriba y los de abajo, entre el centralismo limeño y las regiones. El proceso electoral demostró en la práctica, las falsedades del discurso y de su programa de los partidos de derecha, que se unieron para defender el modelo neoliberal de explotación y miseria, Fuerza Popular, Alianza para el Progreso Perú, Avanza País, Perú Nación, Perú Patria, Partido Popular Cristiano, Renovación Popular, Victoria Nacional, Acción Popular y el Partido Aprista Peruano.

Las apelaciones por solicitudes de nulidad planteadas por Fuerza Popular y la impugnación a cinco proclamaciones de los Jurados Electorales Especiales de Huancavelica, Cajamarca, San Román, Huamanga y Chota, son las que están retrasando la proclamación del presidente Pedro Castillo por el JNE. En esta última etapa Keiko Fujimori y sus alisados quieren retrasar la proclamación para crear una inestabilidad en el país, al no ser proclamado el nuevo presidente antes del 28 de julio, se generaría un “guerra civil”, el pueblo contra los que están propiciando el “Golpe Blando”.

IV

En la actual coyuntura y con la llegada del nuevo gobierno, se debe priorizar y fortalecer las organizaciones naturales del campo y la ciudad, para sentar las bases de una Patria Nueva gobernada por todas las sangres, que nos permita ser dueños de nuestro propio destino, para tal fin, debemos organizarnos desde las bases, recuperar y fortalecer las estructuras partidarias, sindicales, federaciones, etc., crear un movimiento del pueblo que sea capaz de garantizar la continuidad del proceso, la formación de cuadros políticos debe ser prioritaria, combatir, desenmascarar a los oportunistas y corruptos que están en las filas del campo popular.

Derrotar a la ultraderecha fascista nacional e internacional, en todos los campos, más de 30 años han utilizado a nuestro país, para beneficiar a una minoría con nuestros recursos, un puñado de familias han manejado a su gusto los poderes del estado, poder judicial, poder legislativo y el poder ejecutivo, a base de corrupción y prebendas, acomodando leyes para favorecerse y seguir enriqueciéndose a costa de las necesidades del pueblo.

La defensa del voto popular es una tarea inmediata, la proclamación del presidente se debe dar antes del 28 de julio, son 200 años de que una casta nos gobernó a su antojo, es hora de que el pueblo sea gobernado por un representante auténtico, si el fascismo no quiere soltar el gobierno, debemos responder con la insurgencia popular, amparados en la constitución política vigente, el derecho de insurgencia consagrado en el segundo párrafo del Artículo 46°, Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, ni a quienes asumen funciones públicas en violación de la Constitución y de las leyes. La población civil tiene el derecho de insurgencia en defensa del orden constitucional. Son nulos los actos de quienes usurpan funciones públicas.

El pueblo debe garantizar el cumplimiento de las promesas del nuevo presidente Pedro Castillo así mismo debe defender y acompañar en el proceso de cambio y si este es amenazado como está acostumbrado Fuerza Popular con su lideresa Keiko Fujimori, sus aliados a desestabilizar, conspirar y derrocar gobiernos el campo popular debe organizar las “autodefensas del pueblo” para defender el proceso de cambio del pueblo.

20 de julio de 2021

“Una vez más los grupos de poder, el económico en particular, quieren gobernar sin haber ganado las elecciones”

Verónika Mendoza    (Entrevista de Enrique Patriau)

La excandidata presidencial y líder de Nuevo Perú, Verónika Mendoza, fue una de las personas que con mayor claridad apostó por respaldar a Pedro Castillo en la segunda vuelta. A días de una proclamación postergada por las maniobras dilatorias del fujimorismo, ofrece en esta entrevista su lectura del convulso momento político.

A pesar de las demoras impulsadas desde Fuerza Popular y sus satélites, la proclamación de Pedro Castillo como presidente es inminente. ¿Cuál va a ser el nivel de participación de Juntos Por el Perú/Nuevo Perú en el gobierno que viene? ¿Es correcto llamarlo una alianza? ¿Es una colaboración? ¿Cómo lo definiría?

Nosotros como NP vamos a trabajar activamente para impulsar el proceso de cambio por el cual las mayorías han votado. Vamos a velar, también, porque se atienda oportuna y eficazmente la emergencia sanitaria y económica. Y vamos a trabajar con decisión desde las instituciones y del espacio ciudadano para empujar el proceso constituyente que, creemos, es ineludible, impostergable por la grave crisis que atravesamos y que demanda que esta promesa de cambio se haga realidad.

De acuerdo, ¿pero cómo podemos comprender qué viene a partir de ahora entre Castillo y NP? ¿Es una alianza?

Insisto, vamos a trabajar para el proceso de cambio desde donde nos toque estar. Por lo pronto tenemos una participación en el Parlamento, somos una fuerza política activa, con arraigo en el territorio y vínculos con organizaciones sociales y sindicales a quienes toca convocar para este proceso de diálogo de cara al proceso constituyente. Por supuesto, si el presidente de la República así lo considera estamos dispuestos a participar en el gobierno. Pero lo importante es impulsar el cambio que es, ya, ineludible.

Pensé que ya estaba decidido lo de la participación de NP en el gobierno.

Bueno, tú mismo lo has señalado: por la estrategia golpista del fujimorismo y sus secuaces no tenemos todavía a un presidente proclamado ni un proceso de transferencia en curso. Sin embargo, esto no ha impedido que, por supuesto, dialoguemos lo que para nosotros es importante, que son las orientaciones del gobierno.

¿Qué orientaciones?

Tiene que ser un gobierno dialogante, concertador en estos momentos de fragmentación política pero que, al mismo tiempo, tiene que mantenerse firme con su promesa de cambio. Nos hemos ratificado mutuamente en la necesidad de impulsar un proceso constituyente que no es, en absoluto, como plantean algunos, contradictorio con la democracia ni con la atención a la emergencia. En eso vamos a seguir trabajando.

Usted es una de las personas que más ha conversado con Castillo luego de las elecciones. ¿Qué sensación tiene de él?

Lo que hemos encontrado es una disposición de escuchar, dialogar y construir colectivamente. Es lo que se necesita en estos momentos. Hay que leer lo que nos ha dicho este proceso electoral: las mayorías tradicionalmente excluidas y silenciadas han hablado y han demandado un cambio que significa un mayor protagonismo de estos sectores. Más allá de una mejor distribución y acceso a servicios, hay una demanda de participación directa sin intermediarios, sin intérpretes de parte de los excluidos. Pero, además, las elecciones se han dado en una suerte de nudo histórico.

¿A qué se refiere?

Confluyen de un lado el bicentenario de la independencia, trunca sin embargo, que hizo libre solo a un puñado de personas. Y del otro, el desenlace de una crisis múltiple -política, social, ciudadana, climática- que se expresa en el hecho de que hayamos tenido en este último periodo a cuatro presidentes -uno de ellos usurpador, claro está- y que seamos el país con la más alta mortalidad por coronavirus en América Latina. Debemos ser muy conscientes -y creo que el (futuro) presidente lo está- de que este nudo debe desatarse. Tiene que haber un desenlace para la crisis. Hay que decidir si es institucional, dialogado, o si es un estallido. Hay condiciones para desatar el nudo institucionalmente, a través de un gobierno dialogante, con un nuevo pacto social, con una nueva constitución.

¿Le preocupa que el futuro gobierno de Castillo se termine “humalizando”?

Lo que está clarísimo, Enrique, es que una vez más los grupos de poder, el económico en particular, quieren gobernar sin haber ganado las elecciones. Y vemos, cómo en estas semanas en particular, vienen haciendo una campaña sostenida para poner en el gabinete a quienes ellos consideran que tienen que estar y marcarle la pauta al futuro gobierno. Y, en particular, están realizando una campaña muy agresiva diciendo que la Asamblea Constituyente sería incompatible con la democracia y la atención a la emergencia. Yo quiero decir con claridad que esto es falso. No hay nada más democrático que consultarle al pueblo soberano si quiere o no una nueva Constitución. Hay que recordarle a estos señores que en democracia manda el pueblo. Ya no estamos en los tiempos de la colonia donde una pequeña élite decidía en nombre de sus súbditos qué era bueno y qué no. Al mismo tiempo, hay que acelerar la vacunación y reactivar la economía de las familias con créditos baratos y transferencias directas. El proceso constituyente será de reencuentro y diálogo, que llevará varios meses. ¿Qué mejor para conmemorar el bicentenario sellar un nuevo pacto social en democracia y dejar atrás la Constitución de la dictadura?

¿Está de acuerdo en que habría que modificar primero el artículo 206 de la actual Constitución?

Así es, y hay varias rutas posibles para eso. Lo cierto -y esto lo hemos conversado con Castillo y Perú Libre- es que este cambio tiene que hacerse por los canales institucionales vigentes pero, sobre todo, tiene que implicar un gran diálogo nacional, un reencuentro, un reconocimiento. Por eso, planteamos que la AC que se convoque luego debería ser paritaria, plurinacional y popular. A los pueblos indígenas nunca se les escuchó su voz en las constituciones anteriores. Algo similar podríamos decir de las mujeres. En la constituyente del 93 apenas había siete.

¿Y Castillo está de acuerdo?

Hay coincidencias en que el proceso debe ser amplio, plural y deben escucharse las diversas voces del país.

Una curiosidad, ¿hasta dónde llegaría el respaldo de ustedes a Castillo? ¿Con qué no transarían?

Para nosotros es fundamental impulsar el proceso de cambio, que es por lo que ha votado el pueblo peruano y lo que la crisis nos demanda. La situación actual es insostenible. Necesitamos un nuevo ciclo, profundamente democrático y participativo.

Esa sería la condición obligatoria, entiendo.

Sí. Y nos satisface que el presidente Castillo se haya ratificado en respetar sucesivamente esa voluntad de cambio del pueblo y en convocar a distintos sectores y que, al mismo tiempo, busque atender las emergencias. El equipo de salud es uno de los que más intensamente ha estado trabajando, al igual que el equipo económico.

Hablando de eso, imagino que confía plenamente en Pedro Francke como una buena opción en el MEF.

¿Yo? Confío plenamente en él, pero por supuesto será decisión del presidente Castillo ver a quiénes convoca para componer su gabinete.

En la campaña, usted sentó posición sobre Julio Velarde y el BCR. ¿Qué le parece que Castillo haya pedido su permanencia?

Como también dije en la campaña, debemos dejar de obsesionarnos con las personas y centrarnos más bien en las instituciones y las políticas. Es importante este mensaje que se ha dado que se buscará mantener en el gobierno de Castillo la estabilidad macroeconómica, el equilibrio fiscal, algo con lo que siempre hemos coincidido. Pero, mucho ojo, esto no es incompatible con una política más redistributiva, con una reforma tributaria, con un combate muy firme contra la elusión tributaria, con la recuperación de la soberanía sobre nuestras riquezas. También hemos dialogado sobre la importancia de aprovechar estos momentos de precios altos de las materias primas para impulsar la creación de un impuesto a las sobreganancias, mineras en particular, entre otras reformas que deben hacerse.

¿Qué le parecen las maniobras dilatorias del fujimorismo para postergar la proclamación presidencial? ¿Le preocupa que el nuevo gobierno deba lidiar con un clima de confrontación muy fuerte?

Por supuesto que es preocupante, más allá de que sabemos que no hay asidero para estas denuncias de fraude. El resultado electoral es irreversible. Es cierto, también, que ha habido una campaña de desgaste y deslegitimación de parte del fujimorismo y sus secuaces para generar un terreno fértil para una eventual vacancia desde el Parlamento, que sin dudas buscarán promover junto con estas movilizaciones en la calle que han sido cada vez más agresivas y peligrosas frente a las cuales debemos ser muy firmes. En esa línea, más allá de las fuerzas políticas con las cuales hemos estado acostumbrados a lidiar, hay que advertir la emergencia de una versión mucho más autoritaria, conservadora y violenta de la derecha, incluso de tintes fascistoides, que trasciende ya al fujimorismo, a la cual la señora Fujimori le abrió la puerta pero que la está desbordando. Los demócratas tenemos que ser muy firmes en rechazar estos discursos y actitudes golpistas, racistas, clasistas. No podemos seguir en la supuesta neutralidad o equidistancia de la cual se ufanan algunos. Con eso, se termina avalando y promoviendo a esta corriente fascistoide.

¿A quiénes se refiere en concreto?

Me refiero muy concretamente a la supuesta neutralidad y equidistancia de algunos medios de comunicación, de algunos líderes políticos y del propio presidente de la República, que recién cuando fueron agredidos dos de sus ministros, con quienes me solidarizo, recién reaccionó. Mucho cuidado. Hay que ser tajantes. Al fascismo no se le puede ceder ni un centímetro, ni uno. Al mismo tiempo, las fuerzas democráticas debemos ser capaces de escuchar los legítimos temores y angustias de la gente, que son los que esta especie de fuji-fascismo alimenta para poder crecer. Debemos ser capaces de llevar luz donde hay oscuridad, de tender puentes donde otros quieren poner muros entre nosotros.

Se han visto también actitudes violentas desde manifestantes de la izquierda. ¿Está de acuerdo?

No, no estoy de acuerdo. No hay punto de comparación. Puede haber, efectivamente, algún militante o simpatizante de alguna organización de izquierda que haya cometido algún exceso y tiene que ser sancionado políticamente, penalmente según corresponda. Por supuesto que sí. Pero no lo puedes comparar de ninguna manera con este esfuerzo sostenido, concertado a nivel nacional e internacional de una ultraderecha para traerse abajo el proceso electoral y desconocer a la voluntad popular azuzando expresamente la violencia y financiando a grupos de choque. Si tienen hasta identificación concreta: “La Resistencia”, entre otros. Hay personajes identificados por las fuerzas del orden que ya deberían ser procesados. Sí, de acuerdo, hay que deslindar con toda forma de violencia -pequeña o grande- pero dimensionemos las cosas.

No comparé. Hice mención a hechos puntuales para saber su opinión.

Por eso, regreso a mi idea anterior: cuidado con la supuesta neutralidad y equidistancia que termina avalando al golpismo y al proto fascismo que el fujimorismo y sus secuaces impulsan. Mucho ojo: quizás ahora no lo advertimos con claridad, pero veamos lo que pasó en Brasil con Bolsonaro, en Estados Unidos con Trump, en Europa con Vox. Seamos claros y firmes en deslindar con estos discursos.

¿Qué pasará con usted en estos meses que vienen?

Mi principal tarea en estos momentos es consolidar a NP, en proceso de inscripción. Ya hemos presentado todos los requerimientos y están siendo verificados. Además, y sobre todo, vamos camino a nuestro segundo congreso nacional para actualizar nuestro programa y nuestras orientaciones políticas. Es fundamental contribuir a construir una amplia plataforma para abrir este proceso de dialogo del cual hablábamos hace un momento. NP quiere trascender la coyuntura, las figuras mediáticas. NP quiere consolidarse y hacer historia. Eso requiere tiempo y dedicación y es a lo que yo me quiero abocar en los siguientes meses.

La veremos, entonces, entregada a la construcción del partido.

El fortalecimiento de NP y el impulso al proceso constituyente.

Algunos se la imaginaban ocupando -tal vez- un cargo de gobierno pero, a la luz de lo que dice, eso parece descartado.

Especulaciones hay un montón y seguramente de acá al 28 las seguirá habiendo. Vamos con calma y sin perder la perspectiva de las cosas.

Imposible no consultarle sobre lo que se vive en Cuba en estos momentos. ¿Qué reflexión hace?

Pienso que hay una movilización ciudadana totalmente legítima a partir de la crisis que ya vivía Cuba y que se ha recrudecido en nuestros países por la pandemia. Es importante que la comunidad internacional vele porque las autoridades puedan escuchar estas demandas legítimas, canalizarlas a través del diálogo, no de la represión. Nos compete desde la comunidad internacional exigir que por fin se puede levantar este criminal bloqueo que ya lleva 60 años, que resulta siendo inhumano en medio de una pandemia. Un bloqueo al que, además, prácticamente todos los países se oponen, salvo Estados Unidos. Tengo la esperanza de que con la administración de Biden se puedan normalizar las relaciones entre ambos países y el pueblo cubano pueda encontrar un camino de democratización, de paz y de mayor inserción en la comunidad internacional.

¿Hay un problema de ausencia de libertad en Cuba?

Hay un debate en la sociedad cubana. Hubo un proceso constituyente hace unos dos o tres años que apunta a una mayor democratización, participación, pluralidad. Ese proceso tendrá que discurrir dentro de Cuna en ejercicio de su soberanía y que deberemos acompañar.

¿Cuba es una dictadura o no es una dictadura?

Es un régimen de partido único, más o menos como en China, un régimen inaplicable aquí.

18 de julio de 2021

Perú: Enemigo presidente

Juan Manuel Robles

La historia dirá que con un aparato de propaganda nunca antes visto, Keiko Fujimori no solo emprendió una tremenda guerra sucia en la campaña presidencial, sino que, una vez derrotada, usó todo su poder mediático para la fabricación de la mentira del fraude. Ya hemos visto que aquellos que creíamos respetables no tienen pudor ni límites al propagar y repetir esta falsedad. Mario Vargas Llosa ha emprendido una campaña internacional llena de fake news en la que ha llegado a decir que la victoria de Pedro Castillo se planeó en Cuba; está tan fuera de la realidad que ha sido desmentido por el defensor del lector del diario “El País”, en el que publica. Que la moderadísima Patricia del Río haya llamado a Lourdes Flores “tinterilla” habla de manera contundente del triste final de una política que encarnó la honestidad, y que hoy es otra de las abanderadas de este aniquilamiento selectivo de votos. Alfredo Barnechea se suma y habla amenazante, cual gamonal. Pero que estas historias se superen unas a otras en delirio no quiere decir que no hagan efecto. Son mentiras dichas por “notables”, gente cuya decencia no se cuestiona. Hay una fábula clásica en nuestra miseria doméstica: que los patrones te acusen de robar algo en la mansión. Cuando ocurre, ya fuiste. Sabes que perderás no porque hayas tomado nada sino porque la versión que te culpa se impondrá con el poder y la fuerza. Mentiras, esas armas de destrucción masiva. Como ya sabe que no entrará a Palacio, Keiko nos lanza granadas llenas de mentiras, que nos van estallando en la cara. Ya se sienten los efectos: el primero de ellos, un presidente que no tendrá luna de miel. Al contrario, empezará su camino en el mismísimo Valle de la muerte.

¿Es posible arrancar así? La campaña contra Castillo no solo ha evitado “humanizarlo” (que era la consigna en las elecciones). Ha promovido decididamente su deshumanización y lejanía, avivando la extrañeza que causa en un sector de la ciudadanía. Un “fenómeno” en el mal sentido, un profesorcito que está manejado por el diablo (encarnado por Vladimir Cerrón). En vez de aprovechar estas semanas para dar legitimidad al próximo presidente, o al menos familiaridad, se ha acentuado esta idea del forastero que amenaza con llegar a tomar, a la mala, medidas redistributivas, el advenedizo impredecible. Las redes han completado este cuadro penosamente: se propaga el apelativo de “ignorante”. Se evita llamar a Castillo por su nombre, se habla de la “vergüenza” que daría tener a este “comunista” de presidente. Hasta Eddie Fleischman, cuya carrera intelectual ha consistido en decir obviedades en los partidos de fútbol, se siente muy lúcido riéndose del mandatario electo y de quienes votamos por él.

Lo terrible es que, debido a las dilaciones, Castillo será proclamado cuando falte solo algo más de una semana para el 28 de julio (día en que debe asumir el mando). Así como vamos, asumirá una persona que, para muchas mentes, es un presidente incompleto, distorsionado por los medios, un desconocido que da la impresión de haber ganado en elecciones irregulares —aunque la única irregularidad haya sido la embestida de Keiko—; en resumen, llegará con el aura de intruso.

Y no, lo que ocurre con Castillo no es la desconfianza que se han ganado los políticos. Esa desconfianza existe y ha crecido en los últimos años con las sucesivas decepciones: desconfiamos de Castillo y más con los cuestionamientos al líder de su partido, Vladimir Cerrón. Pero lo que ha ocurrido gracias a la campaña de demolición va más allá: es un no poder mirar a los ojos al ganador de las elecciones. Es el resultado de la aplicación del abecé en el manual del enemigo construido: no permitirnos observarlo detenidamente para no detectar que estamos frente a un semejante. Para evitar vernos en él. Esa lejanía se logra lanzando mensajes que nos hacer temerle. O despreciarlo.

Digo: hablamos de un presidente que va a ser proclamado cuando una parte de la gente no quiere detenerse ni siquiera a mirarle el rostro. En la serie “Black Mirror”, un ejército desarrolla un implante cerebral que altera la percepción: hacer ver a los enemigos como monstruos. Así se facilita la disposición a dispararles y matarlos. Es ciencia ficción, pero esa distorsión también la ha generado siempre la propaganda, ese cúmulo de mensajes que te convence de que el otro es menos humano que tú.

Esa “otredad” despreciada y estigmatizada no es un chiste en el Perú. Allí están las crónicas más oscuras de nuestra historia reciente, con un conflicto armado en el que murieron en abrumadora mayoría quechuahablantes andinos: los despreciados de siempre en el país fueron también víctimas de la mayor crueldad. El discurso contra Castillo se ha vuelto cada vez más violento. “Ese nunca será gobernante de este país, y no juramentará como presidente de eso puedes estar seguro”, se lee en Twitter. #Insurgencia, teclean. Cada vez con más frecuencia, se le lanzan calificativos como “asno”. Circulan caricaturas de un burro con la banda presidencial.

Todo eso es lo que genera el poder de las mentiras, de las medias verdades, de las narrativas mal utilizadas. Tenemos a un presidente electo que no tiene acusaciones de corrupción —a diferencia de varios de sus contendores—, alguien que ciertamente tuvo posiciones radicales pero se ha mostrado dispuesto al diálogo. Y sin embargo, para muchos es un forastero casi terrorista. Y aunque a mí me dé risa esa acusación, ha sido tan efectiva la campaña que ha generado que muchos militares rechacen visceralmente a Castillo —algunos blandiendo una espada en el aire—, diciendo que jamás van a permitir que “Sendero vuelva”. Así de profundos son los alcances de este poder macabro.

En su gran ensayo La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa (sí, el nuevo zar de las fake news) hace un elogio de la novela, un género que se permite algo que el texto histórico no admitiría nunca: mentir. Porque decir cosas que no se ajustan a los hechos en la novela da lugar a verdades más profundas. Y es válido hacerlo pues estas ficciones están hechas para vivir esas vidas que no podremos vivir, las épocas que no nos tocaron y épicas que no tendríamos el aplomo de emprender. Pero la mentira no debe estar en el lugar equivocado: y justamente de ese peligro nos habla el mismo Vargas Llosa en Tiempos recios, donde narra cómo se formó una red de desinformación para convencer a la opinión pública de que el presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz (1951-1954), era un comunista y un peligro por sus conexiones soviéticas —algo totalmente falso—, lo que generó un pánico macartista que terminó en un golpe de Estado. O el escritor no ha prestado atención a su propia obra y no se da cuenta de que hoy él mismo es un conspirador, o, como pasa en vidas literarias, ha perdido la capacidad de distinguir realidad y ficción, y sale por el mundo con su bacinica a modo de yelmo, a luchar contra comunistas imaginarios, como molinos.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°548, del 09/07/2021   p15

12 de julio de 2021

Perú: Eudocio Ravines y sus réplicas penosas

Luis Pásara

Quién no ha leído o escuchado aquello de “a los 20 años incendiario y a los 50 bombero”. Sin duda, las experiencias vividas a lo largo del tiempo hacen que veamos el mundo de una manera distinta de aquella que cuando fuimos jóvenes. No siempre esos cambios explican todo, claro está. Por ejemplo, el dinero tiene mucho que ver en algunos giros sorprendentes. Y en la mayoría de los casos la modificación de posiciones es silenciosa. Son muchos los que adoptan una postura distinta pero no emprenden el proselitismo desde la nueva “fe” adoptada.

Quizá por eso el caso de los conversos en política, que fueron rabiosos izquierdistas y un buen día se situaron como furibundos reaccionarios, despierta especial curiosidad. ¿Qué les hace girar en redondo para combatir furiosamente aquello que defendieron con ímpetu? En el Perú de estos días algunos de ellos lucen en la primera fila –incluso en el círculo más estrecho– en torno a Keiko Fujimori, no solo forzando argumentos –los que sean– sin límites ni escrúpulos sino destilando rabia, odio y desprecio hacia todos aquellos que en otro momento fueron sus “compañeros de viaje”.

En esto el Perú, como todo país, registra antecedentes individuales y colectivos. Entre estos últimos, el caso más importante es el del APRA, que surgió como un partido contestatario a fines de la década de 1920, para convertirse en la década de 1960 en domesticado guardián de los intereses de la oligarquía. Recibió el beneplácito de los terratenientes al aliarse con el general Odría a fin de impedir las tibias reformas que intentó el primer belaundismo a partir de 1963. Y todo eso para hacerse aceptable a los ojos de los dueños del país.

Sin embargo, el prototipo individual de esta especie no fue un aprista sino un comunista: Eudocio Ravines, un personaje singular que la memoria de los peruanos no ha conservado. Nació en Cajamarca en 1897 y sus actividades antileguistas pronto lo condujeron al destierro, primero en Chile y luego en Argentina. Llegó a París y fue parte de la célula aprista con César Vallejo, pero no tardó en pasar al comunismo y recibió la aprobación de José Carlos Mariátegui. Y este lo tuvo en tan alta consideración que cuando murió, en abril de 1930, Ravines fue encumbrado como secretario general del entonces Partido Socialista Peruano que, al mes siguiente, con la participación activa de nuestro personaje, sustituyó en su nombre “socialista” por “comunista”.

Comunistas y apristas padecieron persecución de Sánchez Cerro y luego, a la muerte de este, del gobierno de Benavides. Unos y otros eran considerados “enemigos públicos” por los señores del poder político y económico. Ravines estuvo en prisión y luego volvió al destierro. Hizo entonces dos viajes a la Unión Soviética y apareció en la guerra civil española. Se desempeñó durante muchos años como el enlace clave entre Moscú y el Partido Comunista Peruano.

De pronto, tuvo algo así como una iluminación divina –así lo describía él mismo– y cambió de vereda. El campanazo del cambio lo dio al publicar en 1951 en inglés The Yenan Way y tres años más tarde en su versión en castellano, La Gran Estafa, su libro más conocido. En él se presentó a sí mismo como agente de la Internacional Comunista. En plena guerra fría, este exitoso libro fue de obligada lectura para los anticomunistas de muchos países.

Fundó el semanario Vanguardia, que hasta 1963 fue su trinchera, desde la que en su condición de converso dedicó energías a combatir al APRA, partido al que los propietarios del Perú por entonces temían y abominaban. Cuando en 1947 dos apristas asesinaron a Francisco Graña Garland, director de La Prensa, Ravines fue encargado de conducir el diario que, junto a El Comercio, defendía los intereses más conservadores. Desde allí ejerció oposición al gobierno de Bustamante y Rivero debido a lo que él consideraba debilidad gubernamental frente a los apristas. Sus excesos verbales le valieron un nuevo destierro cuando Bustamante decretó una suspensión de garantías, pero nuestro personaje volvió apenas se produjo el golpe del general Odría, a quien prodigó alabanzas. No obstante, fue nuevamente desterrado por haber publicado una caricatura que ofendió al dictador. Luego de la elección del segundo gobierno de Manuel Prado, Ravines volvió al país en 1956 y ahí se convirtió en pivote de alianzas verdaderamente reaccionarias. La foto en la que compartía mesa con Pedro Beltrán, Víctor Raúl Haya de la Torre y Manuel Odría, con ocasión del proceso electoral de 1962, hizo historia.

Como era de esperarse, al dar Velasco Alvarado el golpe que acabó con el primer gobierno de Fernando Belaunde, Ravines volvió a lo que mejor sabía hacer: oposición desaforada. Se ganó entonces un nuevo destierro y desde los varios países en los que vivió –Guatemala entre ellos– siguió combatiendo al gobierno militar que, como respuesta, lo despojó de la nacionalidad.

En 1979 murió en la ciudad de México, a los 81 años, aplastado por un camión.

El recuerdo de Ravines me resulta inevitable cuando veo a los actuales conversos, compitiendo por hacer méritos en la defensa de lo indefendible. A algunos de ellos los conocí de cerca durante mi paso por la izquierda; varios de ellos militaron en Vanguardia Revolucionaria. Javier Diez Canseco y Ricardo Letts, al morirse, se ahorraron el espectáculo que inevitablemente presencia Edmundo Murrugarra en estos días, el de sus cachorros de otrora transformados en desvergonzados servidores de los intereses que combatió la “nueva izquierda” hace unas décadas.

No puede saberse cómo será la trayectoria de quienes en estos días se muestran como réplicas lamentables del personaje. Lo que hasta ahora han mostrado resulta sorprendente aunque no sea memorable. Probablemente solo alguno llegue a codearse –como Eudocio Ravines– con quienes actualmente se consideran dueños del destino del país. Y, de ser así, lo mirarán como seguramente miraron a su antecedente, como a alguien útil a sus designios y nada más.

Como Ravines, ninguno de ellos será reconocido –a diferencia de Haya o Mariátegui– como un pensador digno de atención o, menos aún, estudio. Ignoro si alguien se tomará el trabajo de buscar explicación a sus mudanzas que, no son solo de un campo político a otro, sino de principios éticos.

10 de julio de 2021

En Perú Garabombo ya no es invisible

Marco Consolo

Son horas de alta tensión en Perú. Han pasado más de dos semanas desde el 6 de junio, fecha de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, y la autoridad electoral peruana aún no ha proclamado oficialmente al ganador, Pedro Castillo, candidato de la formación de izquierda “Perú libre”.

En base al total de votos contabilizados, Castillo lleva la delantera por unos 44.000 votos (50,12%), frente a Keiko Fujimori, la “candidata de la vergüenza” y de la mafia que se detuvo en el 49,88%. El resultado entrega un país partido en dos como una manzana, con una profunda crisis institucional, más de 190.000 muertos por la pandemia, una corrupción rampante, un profundo clasismo (particularmente contra los pueblos originarios) y las secuelas de un extractivismo salvaje con muertos, heridos y detenidos.

Pero no hay 2 sin 3 y esta es la tercera vez consecutiva que Fujimori es derrotada, después de 2011 y 2016.

Según el guión latinoamericano (y de Trump), el “subversivismo de las clases dominantes” está en escena: la oligarquía blanca, el fascismo peruano y la derecha internacional no se resignan a la derrota, lloran fraude y hace tiempo activaron un plan para no reconocer la voluntad popular. Incluso antes de la segunda vuelta, el bloque social formado por la oligarquía, los latifundios mediáticos, sectores de las Fuerzas Armadas y del poder judicial, junto con el gran empresariado, lanzaron una campaña de odio anticomunista y falsas acusaciones de apoyo al terrorismo contra Castillo y el resto de la izquierda.

La estrategia golpista

En las últimas semanas, el nerviosismo ha crecido en Washington y, gracias a las sugerencias de “los amigos del Norte”, la “señora K” había invitado, en vano, al terrorista venezolano Leopoldo López para ayudar en la campaña electoral contra el “castro-chavismo”. De nada sirvieron los llamamientos anticomunistas de Vargas Llosa a favor de la señora K, a pesar de su vuelta de carnero.  Tampoco sirvió el llamamiento de 23 ex presidentes de la derecha para que fueran admitidas las “denuncias de K” (fuera de tiempo) por “fraude” y no reconocer la victoria de Castillo. Esfuerzos que no sirvieron para evitar la derrota en el “patio trasero” de Estados Unidos, en el enésimo país latinoamericano que busca liberarse del control imperial.

Hoy, la señora K, la “mafia fujimorista” (y Vargas Llosa), tratan de impedir que Castillo sea proclamado presidente el próximo 28 de julio, con descaradas maniobras golpistas.  Y también, para ahorrarle 30 años de prisión por corrupción a Keiko Fujimori, acusada en varios juicios en su contra.

Para ello, utilizan una estrategia de “guerra asimétrica” dirigida por el tristemente célebre Vladimiro Montesinos (ex jefe de los servicios secretos, hoy en la prisión dorada de la base naval de Callao) y la CIA.

Es una estrategia que se apoya en varias jugadas, entre ellas el puntual y sangriento ataque contra la población que se atribuyó inmediatamente a Sendero Luminoso (formación prácticamente desaparecida desde hace años) pocos días antes de las elecciones.

En esta lista no exhaustiva, en un primer momento han tratado de retrasar al máximo, y por cualquier medio, el recuento de votos para evitar la proclamación de Castillo, lo cual no condujo a nada por la diferencia de sufragios, admitida por las propias autoridades electorales.

Visto el mal resultado, empezaron a pedir nuevas elecciones “por fraude”, sin una pizca de pruebas y en total desconocimiento de las leyes y de la Constitución peruana (promulgada por el padre de Keiko, Alberto Fujimori, golpista, corrupto y genocida, actualmente en la cárcel), tratando de ejercer presiones de todo tipo sobre la autoridad electoral. Para ello, la Sra. K ha contratado a los más famosos abogados, con honorarios millonarios.

En las últimas semanas se ha intensificado la campaña de odio, miedo y falsas acusaciones de “terrorista” contra Castillo, con el apoyo de los medios de desinformación, regados por abundantes flujos de dinero. Una campaña que resultó contraproducente ya que, por el contrario, provocó el rechazo de la mitad de la población, de la escasa prensa independiente y no corrupta, de los observadores internacionales (incluida la misma OEA pro-golpista, dirigida por Almagro).

Al mismo tiempo, han volcado a las calles a sus simpatizantes, los ricos convencidos (los mismos que obligan a sus empleadas domésticas a que carguen sus pancartas de protesta contra Castillo y el comunismo) y algunos sectores populares engañados. Con esto buscan un enfrentamiento físico con los “ronderos” campesinos y con los que se han movilizado hacia Lima desde todo el país. Se trata de provocar caos, muertos y heridos, y hacer intervenir a la policía para “poner orden”. Pero, a pesar de las provocaciones, ni siquiera eso ha dado resultados hasta ahora.

Para no ser menos, también intentan dar un golpe institucional para anular las elecciones, mediante maniobras parlamentarias y el nombramiento de un nuevo Tribunal Constitucional, en manos de un parlamento cuyo mandato expira en un mes.

Ruido de sables

Dulcis in fundo, se agita la subversión en las Fuerzas Armadas, empujando a los militares retirados (muchos de los cuales habían apoyado a Montesinos en marzo de 1999, como el Almirante Jorge Montoya) a pronunciarse contra el “caos político”. Puntual como un buen reloj, el pasado 15 de junio, un comunicado de ex-militares de derecha de las tres armas, llamó a un levantamiento militar contra Castillo. Entre bambalinas, actúa el general retirado Otto Guibovich, ahora diputado de Acción Popular, partido del otro golpista Manuel Merino, destituido por las movilizaciones estudiantiles de noviembre de 2020.  El comunicado provocó la dura reacción del actual presidente Francisco Sagasti, que pidió que la justicia actuara contra los firmantes.

No hay que subestimar este ruido de sables, posible antesala de un golpe de Estado del siglo XXI, con el aval del Pentágono y la CIA, para hacer imposible el gobierno del maestro Castillo, calificado como “comunista, terrorista, incapaz y confiscador de la propiedad privada”. Un posible golpe que no hay que descartar, a pesar de las dificultades nacionales e internacionales.

Pero les guste o no a las clases dominantes, Castillo debería ser proclamado presidente el próximo 28 de julio. A diferencia de Garabombo, (personaje de la hermosa novela del difunto Manuel Scorza, que se volvía invisible a los ojos de los poderosos para defender mejor los derechos de los pobres), hoy los invisibles tienen un rol protagónico y se han manifestado en la candidatura de un maestro de primaria de los Andes peruanos.  Son los excluidos de siempre, del campo y de las periferias urbanas, empobrecidos por el modelo capitalista, neoliberal y extractivista, que tienen poco que perder, porque poco o nada tienen. Están entre los principales protagonistas de la revuelta contra los poderes fácticos, contra los mafiosos que han gobernado el país en las últimas décadas con el “piloto automático” de la Constitución aprobada en 1993 por el golpista Fujimori.

Entre bastidores, la Casablanca corteja a los halcones golpistas y busca frenéticamente nuevas y más eficaces estrategias. Lo hace hoy con el “nuevo rostro” de Biden, los fallidos intentos del converso Vargas Llosa (una vez literato y otras político), la mafia de Miami y congresistas como Marco Rubio, que siempre han estado en primera fila para atacar los procesos de transformación del continente, con la trillada propaganda de “libertad vs. comunismo”.

Las prioridades del maestro Pedro Castillo

Si finalmente es proclamado presidente, Castillo propone el camino a una nueva constitución, que devuelva el protagonismo al Estado, tanto en términos de políticas públicas incisivas, como de regulador del mercado, para pasar de una “Economía Social de Mercado” (según la constitución golpista) a lo que su programa llama una “Economía Popular con Mercados”. Se trata de un cambio de modelo que propone medidas urgentes para los primeros 100 días. Entre las prioridades están la lucha a fondo contra la pandemia; la reactivación del empleo y de la economía popular; un proceso progresivo hacia la segunda reforma agraria; un sistema impositivo justo para las grandes empresas (que hoy evaden descaradamente); y la convocatoria de un referéndum constituyente con un gran diálogo nacional y popular. En otras palabras, las prioridades inmediatas del futuro gobierno de Pedro Castillo serán la campaña de vacunación y la reactivación económica, con el objetivo de crear puestos de trabajo, especialmente en el campo y para las pequeñas y medianas empresas.

Lejos de ser una quimera, lo propuesto por Castillo son medidas urgentes y necesarias para cambiar el destino del pueblo peruano.

Sin embargo, son medidas que deberán ser aprobadas por el nuevo Parlamento (elegido en la primera vuelta), en que la izquierda de Perú Libre y de la coalición Juntos por el Perú no tienen mayoría.    De 130 diputados, sólo pueden contar con los 37 de los primeros y los 5 de los segundos, más algunos otros que podrían aliarse, para llegar quizás a los 50.  Será, por tanto, una batalla muy dura, sobre todo de cara a la posibilidad de redactar una nueva Constitución. Una batalla que sólo se puede ganar con una fuerte movilización social, como la de noviembre de 2020 y la de estos últimos días.

Mientras tanto, el acompañamiento internacional contra las maniobras golpistas en curso puede ayudar a marcar la diferencia.

Blog del autor: http://marcoconsolo.altervista.org/

9 de julio de 2021

Perú: Fascismo importado, violencia nuestra

Juan Manuel Robles

Uno ve las manifestaciones de la derecha enfurecida, el espectáculo asombroso de peruanitos en fila india llevando la bandera imperial de la cruz de Borgoña, hispanistas muy rabiosos y muy mestizos —como somos aquí—, y quedan dos posibilidades: reírse a carcajadas o preocuparse un poco. Uno se ríe, claro, porque la parafernalia y el disfraz a veces son señal de debilidad: la derecha tuvo todo el poder, un poder orgánico y aplastante, tan grande que nadie lo cuestionó: su doctrina fue sentido común y ley natural. Ahora ya no tienen ese poder. Ahora en verdad se sienten bajo amenaza. Actúan así porque saben que la derrota de Keiko es también un giro a la izquierda; por eso van a la tienda de disfraces, recortan de aquí, roban de allí, y juegan con emblemas, levantan el bracito como nazis, sostienen antorchas de supremacistas blancos compradas en Amazon, y hacen, básicamente, el ridículo. Pero uno también se preocupa, porque existe otra posibilidad: que esas voces sean el comienzo de algo, algo muy feo. A veces la historia toca la puerta con un traje ridículo, y uno solo sonríe. También daban risa los muchachitos momios que salían a marchar con winchakus para hostilizar al proceso de Salvador Allende. ¿Quién podía tomarlos en serio? Se veían muy monos los seguidores de Trump y su chacota de borracho pesado en cantina, con sus gorritas y sus panzas cheleras. Pero claro, nunca son ellos el problema: lo que a veces pasa es que esos individuos son solo síntoma de una irrupción terrible que está próxima a llegar.

Entonces vuelvo a detenerme en la bandera de las aspas rojas. ¿Dónde hemos visto eso antes? Nada menos que en las manifestaciones de Vox, el partido ultraderechista de España. Allá, la bandera es una reivindicación del poder del imperio español, bastante desubicada, por cierto: defensores del liberalismo económico blanden un símbolo que evoca el tormento de San Andrés amarrado a una cruz en forma de equis, la bandera usada por la élite militar defensora de la monarquía. Por estas tierras se vio durante el virreinato, por eso los hispanistas locales, o sea, los que creen que somos españoles —así, en primera persona— y que civilizamos a los indios —esas manchitas que se van diluyendo en nuestro árbol genealógico, para bien—, se derriten al recordar ese pasado glorioso, blanco y cristiano. Como diría Vargas Llosa: qué bueno que vinieron —vinimos— los españoles para no terminar comiéndonos entre nosotros. Entre ustedes.

Pero no es el hispanismo lo que está detrás de esas banderas. La presencia se inspira en Vox, y su influencia por estos lares es parte del trabajo de una red internacional llamada Atlas, cuyo objetivo es apoyar cualquier expresión que pueda detener la “amenaza del socialismo” en el mundo. Esta red actúa como grupo de presión, cuenta con quinientas organizaciones en un centenar de países en el mundo. Se supone que apoyan la propagación de discursos ideológicos afines al neoliberalismo, cosa que no estaría mal. El problema es que para lograrlo han ido perdiendo pudor, y se asocian con lo peor de la derecha: macartistas, negacionistas de los crímenes de las dictaduras de derecha, del cambio climático, militantes anti cuarentena covid-19. Y sus campañas, promovidas por think-tanks, a veces recuerden más a los tanques del Plan Cóndor (que varios de sus asociados celebran).

Tremenda red. Allí va José Antonio Kast, un chileno que reivindica el golpe de Augusto Pinochet (Kast fue portavoz juvenil del Sí durante el plebiscito del 89) y justifica las muertes y mutilaciones a los manifestantes de las recientes protestas. Ahí va Alejandro Chafuen, conocido por su apoyo al dictador Jorge Videla de Argentina. Chafuen la tiene clara: hay que humillar a la izquierda públicamente, con insultos y agresiones. El mayor seguidor de esta máxima es el economista argentino Javier Milei. La receta: gritar y decir malas palabras, atarantar, provocar sonrojos en las entrevistadoras. Es el mismo modelo que se va replicando en estas tierras en jóvenes retoños que salen a decirles “repugnante”, “gentuza”, “parásitos”, “gente de mierda” a representantes de la izquierda. No se sorprendan de que alguno de ellos se vaya de gira pronto, esponsoreado por la red. ¿No son brillantes? No importa. La red puede ayudar en el entrenamiento. Plata no les falta.

Además, la red Atlas tiene medios aliados, que básicamente propagan sus toneladas de fake news. Esto es posible gracias a la tecnología que le permiten sus enormes recursos: redes sociales, usuarios anónimos, bots (como bien ha probado el activista Julián Macías). También tienen medios dispuestos a defender todas las causas “anticomunistas”, esparciendo bulos: después de las elecciones peruanas, en España “La Gaceta” habló del “gran fraude chavista”, “Mediterráneo digital” de las “elecciones manchadas de comunismo en Perú” y EsRadio de “fraude en Perú por los comunistas”. La red da espacio y presta plataforma a todo aquel que parezca tener fuerza suficiente para enfrentar a las izquierdas. Uno de sus aliados más insignes es, por supuesto, Mario Vargas Llosa y su Fundación para la libertad. La rapidez con la que Keiko Fujimori fue reclutada para integrar sus foros —la “reconciliación”— responde a esa lógica macartista de acción rápida.

Las banderas imperiales, la parafernalia fascista, provienen de esas influencias, de esa cruzada global que presta ayuda para aplastar al “comunismo”. Y por supuesto, uno deja de reírse, a pesar de lo patético de los disfraces. Porque el sancochado viene de afuera, pero rima con viejos odios locales. La semana pasada, un nuevo grupo apareció ondeando banderas con la cruz de Borgoña y cantando: “Ya llegamos terruquitos / a barrerlos, a joderlos / terruquitos no se escondan/ quiero verlos en la fosa / de sus tripas saco sebo/ y se lo doy a mi perro”. Terruquitos, por supuesto, son los seguidores del presidente electo Pedro Castillo. Así escala esta historia triste: el discurso ultraderechista, lleno de mentiras, encuentra caldo de cultivo en las violencias de siempre: el racismo aniquilador. No es un aprendizaje ideológico, es terapia de liberación para quienes siempre quisieron abusar y aplastar desde el privilegio y el poder. La influencia despierta fantasmas que estaban dormidos. Entonces uno siente algo parecido al miedo. Porque en el Perú esto no es poca cosa. Aquí tuvimos un conflicto armado en el que el nivel de brutalidad, de sangre, no se explica por razones meramente militares o de estrategia. Un montón de peruanos mataron con gusto y persistencia. Matamos por matar. Contribuir a la ficción de que esos mismos “dos bandos” son los que se enfrentaron en estas elecciones es peligroso y francamente miserable.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°546, del 02/07/2021  p14

8 de julio de 2021

El regreso del gran conspirador de Perú: Vladimiro Montesinos urde un complot electoral contra Castillo

JUAN DIEGO QUESADA,  JACQUELINE FOWKS

En una sala escondía 25 pantallas en blanco y negro que transmitían día y noche para él. Mostraban la perspectiva de las principales avenidas de Lima, la entrada y salida del aeropuerto y los despachos de sus aliados y enemigos políticos. En uno de los televisores aparecía un mapa que registraba en tiempo real la localización exacta de los coches americanos que coleccionaba. Era célebre también su obsesión por escuchar conversaciones ajenas. Colocaba micros en despachos, vehículos y retretes. En ese tiempo se grabaron horas y horas de charlas vanas e inútiles entre funcionarios del Gobierno que mantenían las apariencias al saberse espiados. Vladimiro Montesinos era el hombre escondido detrás de la cortina, el que todo lo quería saber en el Perú de los años noventa.

Su reaparición estos días, los más convulsos de la historia reciente del país, ha dejado a todo el mundo asombrado. Montesinos, de 76 años, fue grabado este mes mientras hablaba desde el teléfono fijo de la prisión de máxima seguridad en la que está encerrado. El principal asesor del autócrata Alberto Fujimori, un número dos abstemio y ordenado que manejaba el servicio de inteligencia, le explica a un coronel retirado la manera de llegar hasta los jueces del tribunal electoral que estudian las nulidades que pide la candidata Keiko Fujimori para evitar la victoria en las urnas de su rival, Pedro Castillo. Keiko se refería a él de adolescente como el tío Vladi.

“Si hubiéramos hecho el trabajo que habíamos planteado ya no estaríamos en este problema de mierda”, dice en un momento dado Montesinos. Se entiende que se refiere a la victoria por la mínima de Castillo, un profesor rural de izquierdas visto por las élites del país y la derecha más recalcitrante como un peligro por su discurso contra las empresas extranjeras y el libre mercado. La conversación revelada da pie a múltiples interpretaciones, pero lo que es seguro es que Montesinos, al que muchos imaginaban como un anciano que consume sus últimos años de vida en una celda, no ha perdido su capacidad para urdir un complot.

Sugiere buscar un intermediario para sobornar con un millón de dólares a cada uno de los tres integrantes del jurado nacional de elecciones para que quiten del conteo final las mesas donde Castillo ganó masivamente. Montesinos es consciente de que Keiko puede ir a prisión, pues pesa sobre ella una acusación de lavado de activos y organización criminal. “¿Yo qué gano en esto? Nada. Simplemente estoy tratando de ayudar porque si no se joden: la chica terminará presa. Esa es la situación”, se le oye decir.

El dúo Fujimori-Montesinos guió el destino de Perú hace tres décadas. El primero era un ingeniero y profesor universitario de mediana edad, hijo de inmigrantes japoneses, que por sorpresa llegó a la segunda vuelta de las elecciones de 1990, en las que derrotó al escritor Mario Vargas Llosa. Fujimori era un outsider de la política que había entrenado su oralidad en un aburrido programa de debates en televisión. Al poco de enfundarse la banda presidencial le sobrevino el primero de los múltiples escándalos en los que se vería envuelto en los siguientes 10 años. Sus asesores le recomendaron solventar ese problema con la ayuda de un abogado, un tipo con gafas, algo enclenque, que por entonces ya empezaba a perder pelo. Su nombre era Vladimiro Montesinos.

Se trataba de un exmilitar de baja graduación que había acabado encarcelado por deserción. En la última época del dictador Juan Velasco Alvarado, mediados de los setenta, se alineó con los coroneles equivocados, los que no alcanzaron a suceder al general moribundo. El soldado Montesinos, más apto para los libros y el papeleo que para el campo de batalla, no aceptó el destino con el que le castigaron y huyó. En ese tiempo ya tenía fama de recabar información privada de sus compañeros y superiores. Todo lo dejaba anotado en libretas. Esa fe en dejar testimonio de la realidad por escrito o en vídeo, a la larga, le acabaría pasando factura.

El destino lo puso en el camino de Fujimori. Los dos se acostumbraron a dormir en la tarde y reunirse de madrugada. Fujimori y su sonrisa enigmática atesoraron una gran popularidad. Con el autogolpe de 1992 se hizo con plenos poderes de mando. Montesinos era su enlace con los generales del ejército. Era un momento marcado por la lucha contra Sendero Luminoso, una organización terrorista encabezada por un líder sanguinario y mesiánico, Abimael Guzmán. Montesinos se ocupaba de la guerra contra Sendero, el narcotráfico y, su asunto favorito, el espionaje político. Suya fue la idea de llevar a los Fujimori a vivir a la sede del SIN, el servicio de inteligencia. No parecía el lugar ideal para una familia -padre, abuela y cuatro niños-, pero allí el presidente se sentía seguro. Montesinos era un pequeño dios en esas oficinas, que construyó a su gusto de voyeur perpetuo. Proliferaban las falsas paredes, las cámaras y los micrófonos ocultos y los cristales que dejan mirar sin ser visto.

El detalle de la central de pantallas desde la que Montesinos tenía la ilusión de controlar una nación completa aparece en el libro Vladimiro, vida y tiempo de un corruptor. Lo escribe Luis Jochamowitz, un autor peruano de culto que años antes había publicado la biografía más celebrada sobre el presidente, Ciudadano Fujimori. Jochamowitz traza perfiles en los que abunda la introspección psicológica, en este caso sobre los dos hombres que más poder han aglutinado en el Perú moderno. Cuenta sus vidas interiores como un secreto al oído. El escritor y periodista cree que en estos audios se revela Montesinos en su esencia, con algo de verdad, un poco de exageración y la necesidad casi patológica de influir desde la sombra.

“Me lo imagino al tanto desde prisión”, explica Jochamowitz por teléfono. “Pero con un poco de bluf en sus declaraciones, por si acaso liga con algo de lo que ocurre. Toda su vida ha aprovechado las fuerzas de otro”, continúa. En el libro cita como ejemplo la detención de Abimael Guzmán, que llevó a cabo un grupo de élite de la policía, pero que Montesinos quiso hacer pasar como suya. En sus rutinas incluyó la de visitar al líder terrorista y durante un par de años mantuvieron una discusión ideológica que fraguó en casi una amistad. Los dos están encerrados en la misma prisión, en la base naval del Callao, en Lima.

A lo largo de los años grabó cientos de sus reuniones. Dejó testimonio visual de los sobornos con los que compró opositores, empresarios y dueños de medios de comunicación. La revelación de esos vídeos, conocidos como vladivideos, acabó con su carrera, a la par de la de Fujimori. En 2000, huyó en un velero a islas Galápagos y más tarde llegó a Venezuela, donde lo encontraron y lo extraditaron a Perú para enfrentar infinidad de juicios por corrupción y otros cargos. Su nombre quedó asociado para siempre al espionaje, la treta, la conspiración y el contubernio. La revelación de sus llamadas telefónicas han empezado a llamarse vladiaudios.

La abogada Gloria Cano defiende a las víctimas del Grupo Colina, el destacamento del Ejército que creó el Gobierno de Fujimori y Montesinos para desaparecer a opositores bajo la apariencia de operaciones antiterroristas. “No creo que sus llamadas al exterior sean un descuido, para mí es una sospecha más de corrupción”, opina. Explica que Montesinos no asiste a muchas de las diligencias judiciales en las que está acusado por asesinato o desaparición forzada alegando que está enfermo.

La jurista y profesora estadounidense Jo-Marie Burt acompañó de cerca los primeros juicios por corrupción y violación de derechos humanos seguidos a Fujimori y Montesinos. Para Burt, Keiko Fujimori representa un proyecto político que nació en 1990. “Ese proyecto se consolidó gracias a un pacto entre Fujimori y Montesinos, a quien Fujimori necesitaba para gobernar cuando no tenía ni partido. Montesinos hizo el nexo con las Fuerzas Armadas. Pero también le ayudó a controlar al Poder Judicial y luego otros poderes del Estado, incluyendo las autoridades electorales”, describe.

Para Burt, Montesinos sigue vigente en la política peruana porque es parte del poder fujimorista. “Montesinos aparece cada tanto porque a pesar de estar en la cárcel, es un factor del poder esencial del fujimorismo. Y porque las instituciones se han demostrado demasiado blandas antes personajes como Montesinos que alguna vez ostentaron el poder, a pesar de su condena de prisión de muchos años”.

Las dos conversaciones de Montesinos difundidas el jueves por un político local, Fernando Olivera, tienen al otro lado del teléfono a un coronel del Ejército en retiro, admirador de Alberto Fujimori. En la llamada Montesinos se queja de que el entorno de “la chica” no haya sabido arreglar las cosas para arrebatarle la victoria a Castillo. El gran urdidor, en la sombra, está convencido de que él lo habría hecho mejor.

7 de julio de 2021

Perú: Cavernícolas ilustrados, golpistas y gamonales

Cecilia Méndez

¿De qué les sirve haber leído bibliotecas enteras, ostentar premios Nobel, títulos nobiliarios, hermosas casas y piel blanca, si a la primera que algo no les sale como hubieran deseado pierden la compostura, llaman a los cuarteles, o callan cómplices cuando otros lo hacen?

Con tanta ilustración deberían saber mejor que el único que puede darle órdenes al comandante general de las Fuerzas Armadas es el presidente de la República. Y que el ejército está allí para hacer respetar las leyes y la Constitución, esa misma que tanto piden que no se cambie pero se niegan a acatar. Llamar a los cuarteles es llamar al golpe. Llamar al golpe es desconocer las instituciones y la voluntad popular. Y es llamar al caos. ¿No era que apoyaban a la Sra. K para “defender la democracia”?

Y después dicen que es el otro el que “no está preparado” para gobernar.

Después del fiasco que hicieron en Washington, ¿qué tan preparados están los cavernícolas ilustrados? Llamar a la violencia insurgente contra un Estado constitucional está más cerca de un delito que de un derecho. Y si no lo llaman terrorista a usted, señor Barnechea, es porque en una sociedad racista y discriminadora como la nuestra, usted goza del “privilegio del blanco”. Por cosas menores se ha detenido, procesado, encarcelado y asesinado a líderes indígenas, campesinos y líderes sindicales. A ellos se les acusa rutinariamente de “terroristas” por hacer respetar sus derechos. ¿Y qué le hace sentirse con derecho a tratar al jefe del Comando Conjunto de la Fuerzas Armadas como si fuera su pongo, su criado, el instrumento de su deseo de promover una insurrección en que, bien sabe, puede correr sangre?

Un llamado idéntico a desconocer las instituciones y los resultados electorales al grito de “fraude” lo hizo Trump en Estados Unidos, con un saldo de cinco muertos y cientos de procesados: sus propios simpatizantes. Porque eso hizo Trump: llamar a la insurgencia y luego lavarse las manos. Más cerca de casa, ¿en qué se diferencia, señores golpistas, su discurso subversivo de la institucionalidad de la lógica terrorista? ¿No era acaso el objetivo de Sendero Luminoso destruir las instituciones, empezando por las instituciones electorales? ¿No empezó su insurgencia terrorista, literalmente, petardeando las ánforas electorales, allí donde por primera vez iban a votar los peruanos más pobres, incluso iletrados, los que por primera vez adquirían el derecho al sufragio? ¿Hacen algo muy distinto hoy los abogados de Keiko Fujimori que ustedes aplauden, en su empeño de anular los votos de las peruanas y peruanos más pobres de las zonas rurales, solo porque no votaron como a ustedes les hubiera gustado?

La República Aristocrática terminó hace tiempo, el gamonalismo ya fue. El caudillismo de las guerras y revoluciones perpetuas es cosa del siglo XIX. La blancura, el dinero, los conocimientos letrados, los apellidos rimbombantes no le confieren a nadie el derecho de mandar.

¡Párenla ya! El país no da más. La incertidumbre en la que los golpistas y malos perdedores sumen al país está teniendo un costo muy alto en la salud psíquica, física y económica de las peruanas y peruanos que aún procesan la pérdida de sus casi 200,000 amigos y familiares fallecidos en la pandemia.

Acepten los resultados de un proceso electoral limpio y reconocido como legítimo y transparente por todos los observadores internacionales y nacionales. Asuman su duelo. Entiendan que no son los dueños del país ni el centro de nada. Acepten que su miedo no es al comunismo sino a la democracia. Porque la democracia, en el sentido más básico, es la alternancia en el poder y la expresión de la voluntad popular a través del sufragio. Ambas cosas se han dado de manera pacífica y transparente en este proceso electoral, expresando mayoritariamente una voluntad de cambio. El que esa voluntad contradiga su deseo no es razón para buscar alterarla por la fuerza, ni la de los cuarteles ni la de las leguleyadas, ni la del extremismo físico o verbal. Después de doscientos años, ¿no creen que nos merecemos un cambio y un poco de paz?

Cecilia Méndez.  Dra. en Historia por Stony Brook University y Lic. por la PUCP. Prof. Historia y directora del Programa de Estudios Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de California-Santa Barbara. Autora de La república plebeya, Incas sí, indios no.