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24 de junio de 2023

Perú: POBREZA Y SALUD MENTAL

Nicolás Barrantes

Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) documentó un aumento de la cantidad de personas que padecen desórdenes mentales comunes (depresión y ansiedad) a nivel mundial entre 2005 y 2015. El crecimiento fue particularmente acelerado en países de ingresos bajos y medios. Un estudio posterior de la misma organización mostró que la pandemia aceleró el deterioro de la salud mental en el continente americano. En el Perú, la prevalencia de síntomas de depresión se quintuplicó.

A pesar de que la emergencia sanitaria por Covid-19 ha culminado, los problemas de salud mental no dejarán de ser un asunto preponderante en el país. Las últimas investigaciones sobre la carga de enfermedad en el Perú realizados por el Minsa muestran que, en 2016 y 2019, los trastornos mentales y del comportamiento, especialmente la depresión mayor, fueron una de las principales causas de pérdidas de años de vida saludables.

Si bien el deterioro de la salud mental es un fenómeno generalizado, no impacta en todos por igual. Existe el mito de que la ansiedad o la depresión son problemas de ‘gente rica’ o que ya tiene cubiertas todas sus ‘necesidades básicas’, mientras que las personas en pobreza tienen ‘preocupaciones más importantes’ que atender. No obstante, numerosas investigaciones demuestran lo contrario: son aquellos de menores ingresos quienes presentan más síntomas de depresión y ansiedad.

Estudios recientes muestran, adicionalmente, que la falta de ingresos no es el único tipo de carencia socioeconómica que influye en la salud mental. Entre los denominados ‘determinantes sociales de la salud mental’, la OMS incluye, además de los ingresos, factores como el acceso a la educación, la nutrición, la vivienda, los servicios básicos (como agua y saneamiento), y el empleo, así como la experimentación de discriminación y violencia.

Para el caso peruano, Jhonatan Clausen y yo realizamos un estudio en el que, a partir de datos de la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar de 2018, exploramos la relación entre la pobreza multidimensional no monetaria y los síntomas de episodios depresivos mayores en personas de 15 años o más. Para medir la pobreza multidimensional usamos los indicadores del Índice de Pobreza Multidimensional global (lectores de este espacio recordarán la columna de Jhonatan en la que comentó dicho índice). Este identifica a una persona como multidimensionalmente pobre si experimenta carencias simultáneas en al menos una de las tres dimensiones que lo componen: salud física, educación y estándar de vida.

Para medir los síntomas de un episodio depresivo mayor usamos un instrumento denominado PHQ-9, que refleja la frecuencia de la experimentación de nueve síntomas en las últimas dos semanas (por ejemplo, sentimientos de desánimo/tristeza, problemas de sueño y de apetito, cansancio sin motivo aparente o ideación suicida). Con este instrumento se calcula un puntaje de síntomas de depresión (que toma valores entre 0 y 27).

Nuestros resultados muestran que experimentar situaciones de pobreza multidimensional incrementa el puntaje de síntomas de depresión en casi ocho puntos. Estos hallazgos se suman a una literatura que ya venía mostrando que las diferentes formas de pobreza, monetaria y multidimensional, deterioran la salud mental de las personas, y que los desórdenes mentales afectan más a los menos aventajados de la sociedad. Son estas personas, además, quienes tienen menos oportunidades para acceder a servicios especializados de atención de salud mental.

Expandir los servicios de salud mental, con principal atención en quienes viven en pobreza, es uno de los grandes retos para las políticas públicas de los próximos años. Esto se alinea con el compromiso asumido por el Perú de promover la salud mental como parte de la Agenda de Desarrollo Sostenible al 2030 de las Naciones Unidas.

https://jugodecaigua.pe/pobreza-y-salud-mental/

13 de octubre de 2022

Perú: Todos tenemos problemas de salud mental

Jorge Bruce

Hoy, lunes 10 de octubre, es el Día Mundial de la Salud Mental. Sabemos de sobra que esas conmemoraciones son eminentemente simbólicas, puesto que no vienen acompañadas de medidas eficaces. No obstante, nada se pierde reflexionando al respecto.

La República publicó este domingo un editorial alertando acerca de la estigmatización de las personas con trastornos de salud mental. Permítanme abundar sobre este asunto.

El estigma con el que discriminamos a las personas que padecen dificultades ostensibles de salud mental -léase patologías graves o evidentes- proviene del miedo que tenemos a reconocernos en ellas. La pandemia de COVID trajo una serie de efectos que fueron haciéndose evidentes de manera gradual. El aumento exponencial de los trastornos de ansiedad generalizada, depresión, violencia doméstica, feminicidios o suicidios, fue uno de estos.

Uno de los mejores predictores de las posibilidades de padecer alguno de estos flagelos, a consecuencia de la pandemia, es el estado de salud mental en el que nos encontrábamos antes de que esta se desencadene.

En lo que respecta a los niños, una de las poblaciones más duramente afectadas, el Child Mind Institute de los Estados Unidos publicó lo siguiente: “un menor que tres meses antes de la pandemia tenía un diagnóstico de, por ejemplo, depresión, tiene más probabilidades de haber tenido problemas graves de salud mental durante la pandemia que uno sin este diagnóstico”.

Otro factor relevante es el estado de la situación familiar durante la pandemia. La inestabilidad económica, emocional o una temible y nada inusual combinación de ambas, afectan con certeza a los adultos. Sin embargo, el impacto ha sido mayor en el grupo infanto-juvenil. Aproximadamente el 70 % de los menores informan de algún grado de malestar psicológico, con sentimientos de soledad, irritabilidad o inquietud y, el 55 % de niños y niñas se han sentido más tristes, deprimidos e infelices, en comparación con el 25 % de adultos.

Paradójicamente, los más jóvenes son más optimistas respecto del futuro. ¡Vaya que necesitamos de esa mirada esperanzadora en el Perú de hoy!

Cuando más arriba afirmaba que la raíz del estigma es el miedo, me refería a que nadie está libre de algún nivel de desbalance en su salud mental. Si queremos comprender por qué se aísla y olvida a los “locos”, con diversas variantes modernas de la Stultifera Navis (la nave en la que se les enviaba sin rumbo al río), la respuesta nos aguarda en el espejo.

12 de febrero de 2022

Salud mental 2021: las consecuencias psíquicas de la pandemia

Elena Sanz     (The Conversation)

Antes de que empezara la pandemia de covid-19, el mundo ya vivía inmerso en una profunda crisis de salud mental. Pese a que al menos la cuarta parte de la población estaba destinada a padecer enfermedades mentales a lo largo de su vida, las autoridades sanitarias no tomaban las medidas proporcionales a la gravedad del asunto. Y la situación generada por el nuevo coronavirus no hizo sino empeorar las cosas.

El aislamiento físico al que se vio sometida la población, sumado al pavor y al desconcierto por los efectos inmediatos del virus sobre la salud, fueron dos de los principales detonantes. Pero también contribuyeron los problemas económicos, la desinformación y los rumores (a menudo angustiosos) sobre todo lo que rodea a la covid-19.

Sin olvidar que exponerse a información contradictoria, poco fiable o centrada únicamente en aspectos negativos de la situación puede llegar a generar problemas de salud mental tales como depresión o ansiedad.

Niños, adolescentes y sanitarios, los más afectados

Los que se han llevado la peor parte de este peaje psíquico de la pandemia han sido los niños y los adolescentes. Sin el entorno estructurado de la escuela, y tras perder las rutinas familiares y la posibilidad de practicar deporte, o incluso de salir con amigos, han sufrido consecuencias adversas más prolongadas e intensas. Los trastornos de la conducta alimentaria y las tentativas de suicidio han sido las estrellas en las franjas de edad adolescentes y juveniles.

Tampoco le ha ido demasiado bien al personal sanitario de primera línea, que entre otras cosas ha sido víctima de la fatiga por compasión. Se trata de una forma de estrés secundaria de la relación de ayuda terapéutica, que se presenta cuando se desborda la capacidad emocional del profesional sanitario para hacer frente al compromiso empático con el sufrimiento del paciente.

Fuera tabúes

La parte positiva de todo esto es que en 2021 hemos hablado tanto de salud mental que se han empezado a desdibujar muchos tabúes. Con la atleta olímpica Simone Biles pusimos sobre la mesa lo vulnerables que somos ante los acontecimientos de la vida. Y con el adiós de la actriz Verónica Forqué, hablamos al fin de suicidio (y de cómo detectarlo antes de que sea tarde) sin pelos en la lengua.

También hemos roto este año con esa especie de pacto tácito de no mencionar la depresión, la enfermedad mental de mayor incidencia a nivel mundial. Además de que parece que al fin empezamos a entender que pedir ayuda profesional si lo necesitamos no nos hace más débiles sino todo lo contrario: es una fortaleza.

Aunque no hemos alcanzado ni de lejos las metas de salud mental fijadas para 2020 por la Organización Mundial de la Salud, esta no pierde la esperanza y nos ha concedido una generosa prórroga. Tenemos hasta 2030 para conseguir que el acceso a una atención de salud mental de calidad sea universal. Ojalá no perdamos la oportunidad de dar este importante paso de una vez por todas y adelantarnos a lo que está por venir, como la ecoansiedad, ese miedo crónico a un colapso medioambiental que los expertos auguran que emergerá en cuanto se suavice la pandemia.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

30 de noviembre de 2021

Perú: La ansiedad que nos carcome

Jorge Bruce

Son tiempos difíciles, qué duda cabe. El gobierno del profesor Castillo desmintió tajantemente a los profetas del comunismo, tanto a los de derecha como a los de izquierda. Lejos de instaurar una dictadura a la venezolana o cubana, se limitó a una incompetencia errática y acaso corrupta, a la peruana. Solo que parece empeñado en superar a todos los que lo precedieron en el siglo. A lo cual conviene añadir un silencio estuporoso cuando las aclaraciones son urgentes –caso Bruno Pacheco–, y unas esporádicas declaraciones cuando sería urgente callar. Por ejemplo, cuando amenaza a los medios que lo critican. Por no mencionar la impresionante cantidad de ocasiones en que ha desmentido a sus colaboradores, los cuales se limitaban a cumplir sus indicaciones, como la premier con su pésima gestión del cierre de minas.

Además, parece decidido a destruir los avances en materia de educación y transporte. Difícil decir si lo hace por complacer intereses gremiales o de veras se ha comprado el cuento de que ese es el sentir popular. Ahora resulta que la Sunedu o la ATU son instrumentos del capitalismo opresor, en vez de instrumentos indispensables para el desarrollo de un país en la cola de Latinoamérica.

Como resultado, su desaprobación aumenta a un ritmo toledano, por así decirlo. Paradójicamente, la mejor herramienta de la que dispone este régimen suicida es la oposición. Colocar a Patricia Chirinos como oradora principal en una marcha por la vacancia lo dice todo. Lanzar alaridos estridentes y antirrepublicanos desde el estrado –”¡Profesor Castillo, váyase al carajo!”– no es precisamente un programa.

Se requieren propuestas dirigidas a esas bases que Castillo, aun si quisiera hacerlo, no tiene idea de cómo ayudar. Se requiere una oposición pensante, capaz de formular un proyecto viable para el Perú. Lo cual no va a ocurrir porque, lamentablemente, buena parte del Legislativo es cómplice de la intentona de retrotraernos a las universidades de fachada y el caos del transporte.

En medio de este desmadre, nos encontramos los peruanos. Lo único que propone la oposición es vacancia. ¿Y después qué? El único modo de no dejarse paralizar por la ansiedad es exigir al gobierno que gobierne y a la oposición que proponga. Y que todo suceda en el marco de la ley. Después de todo, es lo único que nos contiene y da sentido como colectividad.

26 de marzo de 2021

Perú. Fascismo y salud mental

Jorge Bruce

En el fragor de la campaña electoral, hay un candidato que destaca nítidamente por la virulencia y desconexión de la realidad con la que se expresa. No se le mencionará en esta columna, para no dignificar su verborrea coprolálica. Pero sí es relevante analizar el fenómeno, el cual no es nuevo. Los casos más recientes en nuestro continente son los de Bolsonaro y Trump. Este último llegó a decir que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York, sin que le quite votos. Y era cierto.

Los síntomas, enseñaba Freud, son multideterminados. ¿Por qué hay tantas personas dispuestas a seguir esta corriente de inmundicia moral? Este personaje, en aparente estado de ebriedad, acaba de insultar al presidente de la República –el cual nos representa a todos–, llamándolo baboso, payaso y estúpido. Además dijo que no solo era terruco, sino el jefe de los terrucos. Si un paciente tuviera un discurso como ese en mi consultorio, estaría muy preocupado por su diagnóstico. Una cosa es discrepar con Sagasti, incluso insultarlo con bajeza, otra muy distinta y delirante, considerarlo el jefe de los terrucos.

Sin embargo, varios analistas políticos consideran este vertedero de injurias altisonantes y zafadas de la realidad, parte de una estrategia para obtener notoriedad y captar el miedo, la rabia y la desesperanza de tantos peruanos. Sin preocuparse por el daño inmenso que este comportamiento causa a la democracia. Y contando con la tibieza del Pacto Ético y el JNE, cuyas invocaciones a la mesura y tolerancia son de concurso de reinas de belleza.

Umberto Eco indica 12 señales de alerta del fascismo. Entre estas el control y represión de la sexualidad, la utilización de un líder carismático que representa al pueblo (y habla como él), la búsqueda constante de culpables externos o el llamamiento constante a una clase social descontenta.

Esta búsqueda de conexión con las pulsiones más destructivas (la alianza con los etnocaceristas) y primarias (la discriminación de las minorías) de la sociedad, es peligrosa y muy tóxica para la salud mental. Es difícil combatir estas tendencias cuando surgen en terreno fértil: depresión, ansiedad, violencia, inseguridad. Paradójicamente, eso fue lo que hizo Sendero Luminoso. Por eso no basta con invocaciones. Los movimientos y personalidades autoritarias deben ser enfrentadas con hechos contundentes y convincentes.

4 de febrero de 2021

Perú, Contra la desesperanza

Jorge Bruce

Puede que la batalla esté perdida. Entonces nos toca rehacer, reconstruir, mejorar. Como Estado, como sociedad, como personas. La pandemia es una tragedia y no tiene caso minimizarla, como tampoco aprovecharla políticamente para obtener réditos. Es tiempo, sí, de ver lo que cada quien puede hacer para contribuir a las tareas arriba mencionadas. En particular quienes vivimos en el privilegio. El sufrimiento que esto causa a millones de compatriotas es inconmensurable. Tanto mayor la responsabilidad de los que no estamos sometidos a la tiranía sádica de las desigualdades.

Sabemos que las vacunas son el único remedio real y que estas tardarán en llegar. La pregunta es qué podemos hacer entretanto para paliar esta agonía nacional. La desesperanza cunde en las redes, en donde cada día aumentan los pedidos desgarradores de camas UCI, oxígeno, ventiladores mecánicos, medicinas, etcétera. Pero también las respuestas de personas de buena voluntad ofreciendo ayuda, respuestas, direcciones o palabras de aliento.

Las ollas comunes me conmueven particularmente. Felizmente ahora es fácil acceder por vía virtual y aportar lo que cada cual pueda. El hambre de tantos peruanos es una crueldad que no debemos tolerar. Como tampoco esas colas espantosas en los hospitales públicos, en donde la muerte no es la peor de las suertes.

Los que trabajamos en salud mental tenemos un desafío enorme. A veces pienso que todo lo que he hecho en mi vida era una preparación para esta época durísima. Entiendo que no podemos siquiera compararnos con la lucha del personal sanitario que se encuentra en primera línea del frente de esta batalla perdida de antemano. Pero ellos siguen a pie firme, aunque ya nadie los aplauda. El Colegio Médico ha colocado las fotos de sus –muchísimos– miembros fallecidos en el exterior de su local. Habría que hacer lo mismo con el personal de enfermería, limpieza, vigilancia y todos aquellos que están dejando la piel por nosotros. Que su ejemplo nos inspire.

Como no estoy de ánimo para buscar chivos expiatorios, me limitaré a advertir a los conspiradores del Congreso que no lo intenten. Lo que nos está sucediendo es tan grave que no deberíamos distraer energías en volverlos a regresar a sus covachas. Pero si a pesar de todo vuelven por sus fueros, la inmensa frustración que sentimos ante tanto dolor se tornará contra ellos.

16 de octubre de 2020

La salud mental es el dolor dos veces


Jorge Bruce


Y la condición del martirio, carnívora voraz, es el dolor dos veces”

César Vallejo

El 10 de octubre fue el Día Mundial de la Salud Mental. En el fragor de esta devastadora pandemia, la salud mental es, parafraseando al inmenso Vallejo en “Los nueve monstruos”, el dolor dos veces. Por un lado, esta catástrofe la ha golpeado más fuerte que nunca. Con una saña universal. Alguien me decía que, por primera vez desde que tenga memoria, todos estamos sufriendo algún grado de trastorno de ansiedad. Como lo señala la OMS, “nuestras vidas cotidianas se han visto considerablemente alteradas como consecuencia de la pandemia de Covid-19”.

Por otro lado, desgraciadamente, en el Perú del 2019, tal como lo acaba de resaltar la Defensoría del Pueblo, se destina solo el 1,5% del presupuesto de salud a la salud mental: 318 millones de 21 mil millones de soles: “esta desproporcionalidad en la asignación del presupuesto no tiene en cuenta que las enfermedades mentales y los trastornos de la conducta son problemas de salud cada vez más recurrentes en la población. En el caso peruano, 8 de cada 10 personas que necesitan atención en su salud mental no reciben tratamiento adecuado”.

Los desafíos son enormes: para el personal de salud, las fuerzas del orden, los servicios de limpieza, los maestros y estudiantes, los trabajadores amenazados, las personas que se quedaron en la calle, quienes viven en condiciones de hacinamiento y pobreza, los que ya padecían problemas de salud mental, quienes han perdido a sus seres queridos, etcétera.

Hoy más que nunca se requiere intensificar la atención a esa última rueda del coche sin la cual, sin embargo, el coche se puede desbarrancar. La Defensoría propone una estrategia articulada entre el Minsa, los gobiernos regionales, EsSalud y el sector privado. Increíblemente, la salud mental no ha sido considerada en la política multisectorial “Perú, país saludable”. Tampoco en el Acuerdo Nacional, en el Plan Estratégico de Desarrollo Nacional ni en la Política General de Gobierno 2021.

La OMS nos recuerda que invertir en los programas de salud mental, infrafinanciados desde hace años, es más importante que nunca. Pero hay que hacerlo de manera inteligente. Organizando programas de atención eficientes y de largo alcance. Una vez que se entiende la urgencia, la tarea puede ser abordada en mejores condiciones.

8 de septiembre de 2020

Control de daños

 Jorge Bruce


Se nos ha machacado hasta la náusea la derrota del Perú ante la pandemia del COVID-19. No sin razón. Sin embargo, hemos salido de otras. La Guerra del Pacífico es un ejemplo que suele citarse. En la presentación en la FIL del libro Afrontar el desastre –en el que tuve el honor de participar con un ensayo, junto a Alicia del Águila, Carmen McEvoy y Ricardo Cuenca–, publicado por Penguin Random House, hablamos de esto. Carmen nos explicó que lo peor de la Guerra con Chile vino después. Es decir, a la catástrofe de las pérdidas bélicas y la invasión del ejército del sur, se añadieron viejos males peruanos: corrupción, carencia de noción de bien común, ineficiencia, y un largo etcétera que puede resumirse en el comportamiento del Congreso.

El virus nos ha dejado KO. Esto no hay cómo negarlo. Por lo tanto, a la par que continúa el combate para contener y mejorar lo que se pueda –a nivel sanitario, económico y social–, nos toca un control de daños que no sea tan solo un recuento de los muertos y las cuantiosas pérdidas económicas.

Esto es algo que se puede y debe hacer desde ahora. La nueva campaña de comunicación del Gobierno, por ejemplo. Es pertinente el enfoque en el cuidado del otro. Incluso el tono dramático, tanático, puede ser útil. Recordarnos que el coronavirus no mata solo es necesario. Sin embargo, varios especialistas han incidido en que, pese a lo adecuado del mensaje basado en el miedo, es necesario establecer un vínculo en el que se incluyan otras emociones.

En buena cuenta, no limitarse, en los mensajes de las siguientes fases de la campaña, a incidir en el problema del contagio por desobediencia de las indicaciones gubernamentales. Es preciso apelar a emociones que –sin ignorar el factor fatiga y una suerte de adaptación resignada a la pandemia– susciten una identificación con un proyecto nacional inclusivo. El que nunca hemos tenido, a decir verdad. Juan José Millás, escritor español, lo entiende, en un artículo en El País (“Ah, era esto”), como atar cabos: “Al atar cabos se unen cosas o personas que hasta ese momento nada tenían que ver entre sí”. Lo cual, tenemos que asumirlo, describe nuestro desflecado lazo social.

En una sociedad en donde solo se confía –y esto es– en las personas del entorno más cercano, es tiempo de tender puentes republicanos para, usando la palabra de moda, reinventarnos como comunidad.

2 de septiembre de 2020

La noción del cuidado

 Jorge Bruce


Uno de los hábitos que he adquirido en esta pandemia y el subsecuente confinamiento es el de escuchar podcasts (archivos de audio que se graban y publican de forma periódica en internet, para transmitir informaciones y reflexiones sobre un tema), mientras camino por mi breve azotea como un perro desfogando su energía. Hace poco me topé con uno acerca de la noción de “cuidado”. Me hizo reparar en que el marketing nos vienen bombardeando desde hace décadas con una versión centrada en el cuidado personal: “cuídate de las arrugas con esta crema”, “cuida tu apariencia con esta marca de ropa”, “cuida tu estado físico en este gimnasio”, “cuida tu red de contactos utilizando esta aplicación”, etcétera.

El propio Gobierno peruano, una vez desatada la peste, la enfrentó con el eslogan #Cuidatusalud. Complementando esa estrategia con recomendaciones como #YoMeQuedoEnCasa y múltiples variantes del enfoque personalizado, tuteo incluido.

El gran problema de este acercamiento individualista, como los lectores ya lo habrán intuido, es que precisamente descuida a los otros. A estas alturas ya todos sabemos que de esta salimos juntos o no salimos. Es decir, cuidar a los demás es, más que una exigencia altruista, un factor esencial para la supervivencia. El principal sustento para este argumento es la facilidad de contagio del virus.

En una comunidad fracturada como la nuestra, este requerimiento enfrenta múltiples obstáculos. Desde aquellos provenientes de la realidad material (transporte público, infraestructura de salud, informalidad, etcétera), hasta los correspondientes a la realidad psíquica. Para quienes piensen que la tragedia en la discoteca Thomas o la “danza de la muerte” en el cementerio se explican por provenir del ámbito de los sectores menos concernidos con el cuidado de los demás, les narro una anécdota referida por una persona de una familia acomodada en San Isidro.

El chofer anuncia a la persona en cuestión que dejaba el trabajo. Al preguntarle por sus motivos, este señor le explicó: “Sus hijos –veinteañeros– entran y salen de la casa, invitan gente, acuden a parrilladas y reuniones. Cuando traigan el coronavirus, Ud. se podrá internar en una costosa clínica. Yo tendré que hacer una cola interminable en el Rebagiatti, acaso muriendo ahogado antes de ser atendido. ¿Comprende por qué debo irme?”.

28 de julio de 2020

La pandemia como nuestro abreojos

Eduardo Gastelumendi Dargent

Sin duda, las más dolorosas consecuencias de esta pandemia serán las pérdidas de los seres queridos y las secuelas en la salud física y económica de las personas. Pero no serán las únicas: los efectos de la conmoción emocional altamente traumática que esta situación nos produce ya son evidentes.

Esta nota pretende señalar la amnesia parcial que sufriremos luego de la pandemia y proponer una alternativa al recuerdo: la acción. Desde luego, no olvidaremos las irreparables pérdidas humanas ni las penurias económicas; lo que sí se nos borrará de la memoria será la vivencia interna de vulnerabilidad y de cercanía a la muerte, que tanto nos afecta hoy.

Olvidaremos lo extraño que nos resulta esta experiencia. Quizá olvidemos también, tristemente, la claridad con que ahora percibimos la importancia de nuestra interdependencia, la de unos con los otros.

Este olvido –producto de un trabajo mental realizado por mecanismos de defensa inconscientes como la represión, la desmentida o la escisión– tiene un efecto protector para el individuo, pues no es fácil estar tranquilos recordando vivamente que nuestro destino final es la muerte. Sin embargo, si deseamos evolucionar como sociedad, debemos enfrentar al natural impulso de olvidar, pues como nación sí debemos recordar.

Normalmente esta función se cumple simbólicamente con los monumentos, memoriales, museos y conmemoraciones. Una sociedad que no recuerda es una sociedad que no evoluciona. Pero para una pandemia ¿qué símbolo alcanzaría a representar el agente causal (el virus) que, de tan pequeño, es casi inmaterial?

Quizás la pandemia sea como el gran abreojos, el gran evento despertador, y la recordaremos como aquello que desnudó nuestra fragilidad como Estado y como país. Y si es así, en lugar de memoriales, serán las acciones pensadas y sostenidas, dirigidas por este y los próximos gobiernos, lo que venga a corregir nuestras carencias y debilidades como sociedad.

Eduardo Gastelumendi Dargent.  Miembro de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis.


https://www.leerydifundir.com/2020/07/la-pandemia-abreojos/