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15 de noviembre de 2025

Qué nos jugamos en Belém: tres miradas a la COP30

Vari@s autor@s   (Ecología social)

La cumbre debe servir para diseñar una transición justa con derechos laborales, proteger y restaurar los ecosistemas y hacer pagar a los responsables

Las noticias que llegaban de la cumbre de Naciones Unidas, este junio en Bonn, no invitaban al optimismo. El último encuentro preparatorio antes de la COP30 de Belém certificaba lo que ya se temía: el proceso de negociación climática internacional está bloqueado. No hay avances en financiación, adaptación ni pérdidas y daños, y los países petroleros siguen dinamitando cualquier compromiso de abandonar los combustibles fósiles.

En esta parálisis persiste una guerra de reproches entre norte y sur global que complica cualquier posibilidad de consenso. Los países del Sur exigen –con toda la legitimidad histórica– una financiación climática que nunca llega y usan su capacidad de veto en mitigación como moneda de cambio. Algunos, además, se aferran a modelos económicos fósiles que agravarán la vulnerabilidad de sus poblaciones. Por su parte, el norte global, incapaz de asumir sus reparaciones históricas, intenta centrar el debate exclusivamente en la reducción de emisiones.

Y la cosa no mejora en casa. La Unión Europea ha sido incapaz de ponerse de acuerdo sobre sus objetivos para 2040. Gobiernos negacionistas o retardistas, como el checo, están dinamitando los escasos logros de legislaturas anteriores. En la cumbre de Naciones Unidas de septiembre pasado, la UE sólo pudo presentar una vaga declaración de intenciones.

Así que en este contexto de caos diplomático os planteamos desde tres miradas distintas del activismo climático qué nos jugamos en Belém. Las respuestas dibujan un mapa donde convergen justicia social, protección de ecosistemas y fiscalidad redistributiva. Tres piezas de un mismo puzle que, de no encajarse en la Amazonía, podría certificar el fracaso definitivo de la arquitectura climática global.

Manuel Riera, sindicalismo: “Sin derechos laborales, la transición será una estafa”.

En el movimiento sindical integrado en la Alianza por el Clima llevamos años insistiendo: no habrá justicia climática sin justicia social, y no habrá justicia social sin garantizar los derechos de las personas trabajadoras. La Transición Justa no es un eslogan para adornar discursos, sino una herramienta concreta para asegurar que la acción climática no la paguen los de siempre.

El posible Mecanismo de Acción para la Transición Justa que se podría aprobar en la COP30 es la oportunidad de dar contenido real a los compromisos de Dubái. Ahí se acordó poner fin a los fósiles, pero sin un marco que relacione ese objetivo con la solidaridad internacional, las condiciones laborales justas y la erradicación de la pobreza, ese acuerdo no vale nada.

Los derechos laborales fundamentales –libertad sindical, negociación colectiva, seguridad y salud en el trabajo– forman parte del mandato de la Organización Internacional del Trabajo desde hace más de un siglo. Pero en las negociaciones climáticas se ignoran sistemáticamente o se diluyen bajo etiquetas vagas. La COP27 de Sharm el Sheikh fue un paso histórico al reconocer explícitamente estos derechos. En la COP28 se formalizó con el Programa de Trabajo sobre Transición Justa. Pero en la COP29 ese programa se convirtió en moneda de cambio. El resultado: ningún acuerdo.

De cara a Belém, la exigencia sindical es clara: las políticas climáticas deben negociarse desde los territorios, con participación real de las personas trabajadoras. El riesgo es que voces interesadas vacíen de contenido el concepto. Si no hay unidad, la Transición Justa acabará siendo otro lavado de cara.

Ana Márquez, naturaleza: “Los bosques no son decorado, son la solución”.

Que la COP30 se celebre en la Amazonía no es casualidad. Es poner el foco en el territorio que concentra la mayor parte de la solución al problema climático. Por algo empiezan a llamarla “la COP de los Bosques”.

En la Alianza sabemos que estamos inmersos en una triple crisis ambiental –cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación– que avanza a pasos agigantados. El cambio climático ha pasado a estar entre las tres primeras amenazas para la biodiversidad según el IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas). Sus impactos son dramáticos: glaciares derritiéndose, océanos acidificándose, especies desplazándose, incendios forestales más intensos.

Pero la biodiversidad juega un papel clave en la lucha climática por dos vías: como sumidero de carbono, y como barrera natural que puede aumentar la resiliencia. La naturaleza no es solo una estrategia ambiental. Es una solución climática esencial. Sin ecosistemas sanos, limitar el calentamiento a 1,5 grados es inalcanzable.

En la COP28 se reconoció la necesidad de detener la deforestación para 2030. Pero desde el conservacionismo se exige que Belém vaya más allá: reconocer el compromiso de proteger el 30% del planeta para 2030 y restaurar todos los ecosistemas degradados para 2050. Esta cumbre debe subrayar las sinergias entre biodiversidad y cambio climático de una vez por todas. Los ecosistemas naturales no son una preocupación secundaria. Son la primera línea de defensa.

Pedro Zorrilla, fiscalidad verde: “Que paguen quienes provocaron el desastre”.

Hay una pregunta que nos persigue: ¿con la emergencia climática todo el mundo sale perdiendo? No. Hay un pequeño grupo de irreductibles egoístas que están haciendo su agosto.

Mientras las familias ven arrasadas sus casas por danas e incendios, la industria fósil alcanza récords históricos de beneficios. Mientras España sufre olas de calor extremo en puestos de trabajo, colegios y residencias, los accionistas del carbón ven crecer sus cuentas. Nuestra vida está cambiando. Nuestros hijos no pueden jugar al aire libre. La crisis climática les está robando la infancia, mientras aumenta la mortalidad de nuestros mayores. Esto no es justo.

Por eso es inaplazable cambiar las reglas fiscales. La industria fósil y otros grandes contaminadores tienen que pagar más impuestos. Deben aprobarse nuevos tipos impositivos a la extracción de combustibles fósiles, a los beneficios extraordinarios, a los jets privados y a la clase business. El dinero está ahí. Solo falta valor político.

En las COPs, el norte global siempre pone la misma excusa: no tienen fondos públicos para aportar al sur global. Pero ese dinero sí existe. Está en los bolsillos de la industria fósil. Sobra capital para financiar la adaptación climática, las pérdidas y daños, y la transición energética. Lo que falta es voluntad política.

Por justicia con el planeta y con quienes menos han provocado el cambio climático y más sufren sus consecuencias, la COP30 no puede cerrarse sin un acuerdo claro para aprobar una fiscalidad justa a la industria fósil.

Belém: ¿punto de inflexión o epitafio?

Tres ámbitos del activismo, un mismo diagnóstico: el sistema de negociaciones climáticas está al borde del colapso. Y tres propuestas convergentes: transición justa con derechos laborales, protección y restauración de ecosistemas, fiscalidad que haga pagar a los responsables.

Las organizaciones de la Alianza por el Clima seguiremos aprovechando el encuentro de Belém para demandar justicia climática. La COP30 debe ser el momento en que los gobiernos comprendan que no hay más tiempo para dilaciones. Necesitamos un Mecanismo de Transición Justa ambicioso, un compromiso real con los ecosistemas, y una fiscalidad que haga pagar a quienes provocan la crisis.

Si conseguimos unir las luchas por la justicia social, ambiental y fiscal, Belém puede marcar un punto de inflexión. De lo contrario, seguiremos asistiendo al espectáculo de cumbres que prometen mucho y entregan poco, mientras el planeta y las personas más vulnerables pagan el precio. Y entonces, la COP30 no pasará a la historia como la cumbre de los bosques, sino como el epitafio del multilateralismo climático.

Autor@s:

Javier Andaluz. Miembro de Alianza por el Clima.

Manuel Riera. Miembro de UGT.

Ana Márquez. Miembro de SEO Birdlife.

Pedro Zorrilla. Miembro de Greenpeace.

Fuente: https://ctxt.es/es/20251101/Firmas/50895/Javier-Andaluz-Manuel-Riera-Ana-Marquez-Pedro-Zorrilla-cop30-belem.htm

11 de noviembre de 2025

COP30: Qué esperar de la cumbre mundial sobre cambio climático

Amanda Magnani

Con la retirada de Estados Unidos y la cautela de China, la conferencia de Brasil pondrá a prueba la capacidad del mundo para cumplir el Acuerdo de París y los objetivos financieros

A partir del 10 de noviembre, representantes de más de 100 países se reunirán en Belém, Brasil, la ciudad amazónica que será la sede de la cumbre climática COP30. Esta edición de la conferencia ha sido descrita por Naciones Unidas como un hito decisivo para que los países actualicen sus planes de acción climática y avancen en la aplicación de medidas contra el calentamiento global.

Como país anfitrión, Brasil pretende que esta cumbre se caracterice por los resultados. “Ahora es el momento de actuar”, afirmó el presidente de la conferencia, André Corrêa do Lago, en un evento preparatorio celebrado en agosto. “La COP30 será el momento de ajustar los instrumentos y acelerar la implementación”.

Pero las expectativas para la COP30 son tan grandes como los desafíos que la rodean. La conferencia coincide con el décimo aniversario del Acuerdo de París, un hito mundial en la lucha contra la crisis climática. Este tratado histórico impulsó la expansión de las políticas nacionales destinadas a lograr economías bajas en carbono, pero los avances hacia sus objetivos siguen siendo insuficientes: en 2024, la temperatura media del planeta superó por primera vez el objetivo acordado de 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales, un umbral definido por los científicos como el máximo para evitar los peores efectos de los fenómenos climáticos cada vez más graves.

A principios de este año, los expertos advirtieron que el planeta había alcanzado su primer “punto de inflexión”, con la muerte generalizada de los arrecifes de coral en más de 80 países debido al calentamiento de los océanos. Los científicos y conservacionistas responsables del análisis también destacaron el riesgo de colapso de la selva amazónica, un bioma esencial para el equilibrio climático mundial y precisamente el lugar donde se celebrará la cumbre COP30.

El Acuerdo de París puesto a prueba

Con el agravamiento de la crisis climática, la COP30 pondrá a prueba la voluntad de los países de mantener el Acuerdo de París como pieza central de la gobernanza mundial. La COP28, celebrada en Dubái en 2023, supuso el primer balance global y la primera mención en un texto final de la COP a la transición de los combustibles fósiles. Por su parte, la COP29 del año pasado en Azerbaiyán estableció un nuevo objetivo de financiación climática. En Belém, la atención se centrará en la revisión y la aplicación de los objetivos nacionales de reducción de emisiones, las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC), que se actualizan cada cinco años.

Un informe de síntesis reunirá las propuestas para orientar la acción climática hasta 2030 y evaluará el cumplimiento de los países en el marco de las NDC. Sin embargo, hasta ahora, menos de 70 de los más de 190 signatarios del Acuerdo de París han actualizado sus objetivos. En conjunto, los países que ya han presentado sus planes representan más de un tercio de las emisiones mundiales.

“Los planes presentados no nos acercan en absoluto al camino necesario para un futuro seguro”, afirmó Miriam García, directora de políticas climáticas del World Resources Institute Brazil (WRI), una organización dedicada a la investigación de soluciones climáticas.

Señaló que, según estimaciones recientes, el mundo tendría que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en unas 31 gigatoneladas para 2030 a fin de mantener el calentamiento global dentro del límite de 1,5 °C. Sin embargo, incluso teniendo en cuenta las NDC actualizadas y otros compromisos ya anunciados, la reducción prevista no supera las 2 gigatoneladas.

La conferencia también se centrará en la adaptación a los fenómenos climáticos extremos, una transición energética justa y la aplicación de la Hoja de Ruta de Bakú-Belém, un documento que describe el camino para alcanzar 1,3 billones de dólares en financiación climática anual para 2035, un objetivo acordado en la COP29 en Bakú, la capital de Azerbaiyán.

Paralelamente a las negociaciones oficiales, el gobierno brasileño se ha comprometido con una amplia “Agenda de Acción”, con más de 350 eventos en los que participan gobiernos locales, empresas, investigadores y representantes de la sociedad civil.

Sin embargo, el enfoque de esta agenda ha despertado opiniones divergentes, según Karla Maass, asesora de incidencia política de la Red de Acción Climática de América Latina (CAN-LA), la división regional de la coalición mundial CAN, que agrupa a más de 1.900 organizaciones medioambientales. “Algunos creen que es el escenario donde se desarrolla la política y la economía reales, pero otros lo consideran una cortina de humo para desviar la atención de las negociaciones oficiales”, declaró a Dialogue Earth.

Para Maass, los procesos de negociación formales y paralelos “pueden ser complementarios, pero la Agenda de Acción no puede acaparar toda la atención”.

Fortalecimiento del multilateralismo

Además de los impasses técnicos, la COP30 se celebra en un contexto geopolítico “muy delicado”, según García, de WRI Brasil. Afirmó que la creciente falta de confianza entre los países —ya identificada por los líderes mundiales como uno de los principales obstáculos para las negociaciones sobre el clima— ha debilitado las alianzas y reducido la voluntad de cooperar. El regreso a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, que ya ha impulsado recortes en los programas internacionales de clima y asistencia del país, junto con la reorientación de los recursos gubernamentales hacia cuestiones militares y de seguridad en medio de las guerras en Ucrania y Gaza, ha exacerbado el declive mundial de la financiación climática.

Ante las tensiones geopolíticas que podrían desviar la atención de los debates, los líderes de la COP30 en Brasil, como la directora ejecutiva de la cumbre, Ana Toni, han tratado de reafirmar su compromiso con el multilateralismo. Esta también es la opinión de García, quien lo describió como la única forma posible de abordar la crisis climática. “No hay otro espacio en el que los países más vulnerables puedan expresar sus demandas”, añadió.

Tras tres ediciones de la cumbre en países cuyos regímenes se consideran autoritarios, hay grandes expectativas de que la COP30 marque el regreso de una fuerte participación de la sociedad civil, así como el primer plano de las demandas y ambiciones del Sur Global.

Sin embargo, esta esperanza se ha visto empañada por los exorbitantes precios del alojamiento en la ciudad anfitriona, Belém, que han limitado la presencia de representantes de movimientos sociales y países más pobres. Incluso con el aumento del apoyo financiero de la ONU, el problema persiste: a finales de octubre, 49 delegaciones seguían sin saber dónde se alojarían durante la conferencia, mientras que más de 130 ya tenían garantizado su alojamiento.

Ante esta situación, el Observatorio del Clima, una de las organizaciones brasileñas que más de cerca ha seguido las conferencias de la ONU sobre el clima, ha advertido que esta podría convertirse en la “COP menos inclusiva de la historia”.

“Sin las delegaciones de los países en desarrollo, se pondrá en duda la legitimidad de las decisiones”, afirmó Stela Herschmann, experta en política climática del Observatorio del Clima.

Incluso entre las delegaciones que han logrado confirmar su asistencia, la tendencia ha sido reducir el tamaño de los equipos, incluso en el caso de la propia ONU y Brasil. Esta limitación, según Herschmann, puede afectar al ritmo y la calidad de las negociaciones.

“Los equipos pequeños tienen que dividirse en diferentes salas, lo que sobrecarga a los negociadores. Como resultado, las ambiciones tienden a disminuir”, explicó.

Estados Unidos fuera y la ambición de China en foco

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 provocó una nueva retirada del Acuerdo de París por parte de Estados Unidos, el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo. “Además de los efectos sobre el objetivo global de reducción de emisiones, esta salida también tiene un impacto en la financiación climática mundial”, afirmó García. Sin embargo, señaló que el país nunca ha cumplido plenamente sus compromisos financieros y añadió que los gobiernos estatales y municipales del país podrían intentar llenar el vacío dejado por la administración federal.

Con la retirada, las NDC presentadas por Estados Unidos en 2024 ya no son válidas. En cuanto a los demás actores clave en el ámbito climático, la Unión Europea aún no ha presentado sus planes y China ha anunciado unos objetivos que, en general, se consideran por debajo de las expectativas.

En un discurso pronunciado en la Asamblea General de la ONU en septiembre, el líder chino Xi Jinping anunció que el país tiene la intención de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero entre un 7% y un 10% para 2035, tomando como referencia el pico registrado en los últimos años.

Los expertos consideraron que este compromiso era vago e insuficiente, sobre todo teniendo en cuenta que China representa alrededor de un tercio de las emisiones mundiales. Sin embargo, Beijing tiene un historial de superar sus objetivos, a veces cautelosos.

Además, con la retirada del liderazgo climático de Estados Unidos y la Unión Europea, crece la presión para que China tome la iniciativa en la agenda climática mundial. A pesar de sus modestos objetivos, el país es considerado el único con suficiente peso político y capacidad tecnológica para desempeñar este papel.

Beijing ha rechazado a menudo la idea de posicionarse explícitamente como líder climático. Según Niklas Weins, profesor del departamento de estudios internacionales de la Universidad Xi’an Jiaotong-Liverpool, China no considera estratégico asumir el papel de “líder único” en cuestiones internacionales, incluido el medioambiente.

“Estados Unidos suele ocupar esta posición, y los chinos comprenden el peso que conlleva esta imagen. Por lo tanto, en el ámbito ambiental, lo que el país desea es un liderazgo distribuido con una cooperación Sur-Sur reforzada“, explicó Weins a Dialogue Earth.

El Sur Global en el punto de mira

Los expertos también abogan por un papel más activo de las economías emergentes en la transición ecológica. Según García, el liderazgo de países de ingresos medios como China, Indonesia, Sudáfrica y Brasil es esencial para hacer posible una economía global con bajas emisiones de carbono.

“Producen aproximadamente la mitad de las emisiones mundiales, un porcentaje que probablemente aumentará. Si no logran reducir estas emisiones y adaptarse a los inminentes impactos climáticos, toda la transición ecológica estará en peligro”, afirmó.

Al mismo tiempo, muchos consideran que la transición climática mundial está abriendo una oportunidad de desarrollo única para los países del Sur Global, especialmente en América Latina. “Estos países aún tienen una gran oportunidad para ampliar sus mercados [energéticos] y dar a sus poblaciones acceso a energía que ya proviene de fuentes renovables”, afirmó Herschmann. “Es una oportunidad para aprovechar este momento de transformación y corregir las desigualdades e injusticias estructurales”.

Para Corrêa do Lago, América Latina tiene ante sí la oportunidad de asumir un liderazgo sin precedentes en la búsqueda de la justicia climática. Marcada históricamente por posiciones fragmentadas en la agenda climática, la región ha buscado una mayor coordinación en los foros multilaterales, con el objetivo de llegar a la COP30 con una agenda más unificada e influyente.

Tanto Herschmann como Maass comentaron que reforzar la posición del Sur Global en el debate será esencial, pero insuficiente sin la participación de las grandes potencias. “Estamos asistiendo a un fortalecimiento del Sur Global, pero líderes como Estados Unidos y la Unión Europea deben seguir comprometidos y fijar objetivos ambiciosos. Al fin y al cabo, son históricamente responsables del cambio climático”, afirmó Herschmann.

La COP30 tendrá lugar en Belém, Brasil, del 10 al 21 de noviembre. Más información sobre la cobertura de la cumbre aquí.

Amanda Magnani. Periodista y fotógrafa brasileña. Su trabajo se centra en la justicia climática, la transición energética, las comunidades tradicionales y la descolonización de los procesos periodísticos. Ha sido becaria del Pulitzer Center, del Metcalf Institute y de Climate Tracker; y ha publicado historias en National Geographic, Mongabay, Al Jazeera y Folha de São Paulo.

Fuente: https://dialogue.earth/es/clima/cop30-que-esperar-cumbre-mundial-cambio-climatico/

18 de agosto de 2025

¿Por qué el progresismo y la izquierda pierden elecciones?

Álvaro García Linera

Las izquierdas y progresismos en gobierno no pierden elecciones por los trolls de las redes sociales. Tampoco porque las derechas son más violentas ni mucho menos porque el pueblo que fue beneficiado por políticas sociales es ingrato.

Las batallas políticas en las redes no crean de la nada ambientes político-culturales expansivos en las clases populares mayoritarias. Los radicalizan y los conducen por caminos histéricos. Pero su influencia requiere previamente la existencia social de un malestar generalizado, de una disponibilidad colectiva al desapego y rechazo a posiciones progresistas.

Igualmente, las extremas derechas, autoritarias, fascistoides y racistas, siempre han existido. Vegetan en espacios marginales de enfurecida militancia enclaustrada. Pero su prédica se expande, a raíz del deterioro de las condiciones de vida de la población trabajadora, de la frustración colectiva que dejan progresismos timoratos, o a la pérdida de estatus de sectores medios. Y en cuanto a los que argumentan que la derrota se debe al “desagradecimiento” de aquellos sectores anteriormente beneficiados, olvidan que los derechos sociales nunca fueron una obra de beneficencia gubernamental. Fueron conquistas sociales ganadas en las calles y el voto.

Por todo ello, sin excusa alguna, un gobierno progresista o de izquierdas pierde en las elecciones por sus errores políticos.

Y estos errores pueden ser múltiples. Pero hay una falla que unifica a los demás. El error en la gestión económica al tomar decisiones que golpean los bolsillos de la gran mayoría de sus seguidores. En Brasil, el golpe de estado parlamentario de 2016 contra Dilma Rousseff, impulsado por las fracciones más antidemocráticas del espectro brasilero, se montó sobre el malestar económico que ya se arrastraba varios años y que tuvieron en el ajuste fiscal del 2015 una nueva vuelta de tuerca a la contracción de los ingresos populares.

En Argentina, el peronismo perdió las elecciones del 2023 por el aumento de la inflación durante la gestión de Alberto Fernández. Si bien la tendencia inflacionaria es una constante de la economía argentina desde hace décadas, hay una frontera histórica que tras ser sobrepasada da lugar a una licuefacción de lealtades políticas populares que los lanza a aferrarse a cualquier propuesta, por muy aterradora que sea, que resuelva esta asfixiante volatilidad del dinero. La anomalía política Milei es la manera retorcida de canalizar la frustración hacia el odio y la sanción.

En Bolivia, el instrumento político de los sindicatos y organizaciones comunales campesinas (MAS) ha de perder las elecciones por la desastrosa gestión económica de Luis Arce. Con una inflación de alimentos básicos que bordea el 100%, la falta de combustible que obliga a realizar filas de días para obtenerla y un dólar real que ha duplicado su precio frente a la moneda boliviana, no es extraño que el proceso de transformación democrática más profundo del continente pierda dos tercios de su votación popular a manos de vetustos vendepatrias que ofrecen botar a patadas a los indígenas del poder, regalar empresas públicas a extranjeros y enquistar, con la biblia en la mano, a las cipayas oligarquías de la tierra en la dirección del Estado. Si a todo ello sumamos el resentimiento de clases medias tradicionales desplazadas de sus privilegios por el ascenso social y empoderamiento político de las mayorías indígenas, está clara la arenga abiertamente revanchista y racializada que envuelve los discursos de las derechas bolivianas.

En todos los casos, también hay otros componentes políticos que apuntalan estos errores centrales que conducen a la derrota. En el caso de Brasil las denuncias de corrupción, luego políticamente manipuladas. En Argentina el hartazgo con el extendido encierro ante el coronavirus que destruyó parte del tejido económico popular, etc. En Bolivia, la guerra política interna. Por un lado, un mediocre economista que está por casualidad como presidente y que creyó que podía desplazar al líder carismático indígena (Evo) proscribiéndolo electoralmente. Por otro, el líder que, en su ocaso, ya no puede ganar elecciones, pero sin cuyo apoyo tampoco se gana, vengándose ayudando a destruir la economía sin comprender que en esta hecatombe también se está demoliendo su propia obra. El resultado final de este miserable fratricidio es la derrota temporal de un proyecto histórico y, como siempre, el sufrimiento de los humildes que nunca fueron tomados en cuenta por los dos hermanos embriagados de estrategias personales.

En suma, las derrotas políticas conducen a derrotas electorales.

Ahora, la pregunta que uno se hace es, cómo es que gobiernos progresistas y de izquierda pudieron fallar económicamente cuando, en sus inicios, esa fue la fuerza de legitimidad que les permitió ganar una y otra vez las elecciones. En el caso de Bolivia con el 55%, 64%, 61% y 47% en primeras vueltas. Ciertamente el progresismo latinoamericano del siglo XXI emergió de un fracaso de las gestiones neoliberales imperantes desde los años 80s. La mayoría implementó políticas redistributivas de riqueza, y ampliación de derechos. Los resultados fueron inmediatos. Más de 70 millones de latinoamericanos salieron de la pobreza en una década, las instituciones reservadas para rancias aristocracias se democratizaron y, en el caso de Bolivia, hubo una recomposición de las clases sociales en el Estado al convertir a los indígenas-campesinos en clases con poder estatal directo.

Ahí radicó la gran fuerza y legitimidad histórica del progresismo. Pero también el inicio de sus límites; pues completada esa obra redistributiva inicial, ella comenzó a mostrarse insuficiente a la hora de garantizar la continuidad en el tiempo de los derechos alcanzados. Se trata de un límite por cumplimiento de metas que obligaba a comprender que los países habían cambiado precisamente por obra del progresismo y que, por tanto, había que proponer a esta nueva sociedad en frente, unas reformas económicas de segunda generación capaces de consolidar lo logrado y de dar nuevos saltos de igualdad. Y es que el progresismo y las izquierdas están condenadas a avanzar si quieren permanecer. Quedarse quietos es perder. La nueva generación de reformas pasa necesariamente por construir una base productiva expansiva, de pequeña, mediana y gran escala, tanto en la industria como en la agricultura y los servicios; del sector privado, campesino, popular como estatal; para el mercado interno como para la exportación, que garantice un amplio soporte industrioso y duradero a la redistribución de la riqueza.

Pero, hasta hoy, los progresismos en los gobiernos, especialmente los que ya están en segunda o tercera gestión, o los que quieren volver a gobernar, están anclados en los logros pasados, en su defensa melancólica y, a diferencia de cuando comenzaron con su primera gestión, por ahora carecen de una nueva propuesta de transformación capaz de volver a levantar las esperanzas colectivas en torno a un mundo que conquistar. Que las derechas se hayan apropiado del paradigma del ímpetu por el cambio, no es una casualidad. Es un resultado del conservadurismo del actual progresismo. Y de sus derrotas electorales también.

Sin embargo, el espíritu del tiempo histórico aún no se ha decantado. Ni el continente ni el mundo que andan de tumbo en tumbo entre neoliberalismos recargados, proteccionismos soberanistas o capitalismos de Estado productivistas ha definido aún la nueva fase larga de acumulación económica y legitimación política. Por un tiempo más, seguimos en el portal liminal en el que las derrotas y las victorias son cortas. Pero ello no durará para siempre. Si el progresismo quiere seguir siendo protagonista de esta disputa del destino, está obligado a abalanzarse sobre un porvenir reinventado audazmente con más igualdad y democracia económica.  

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/850114-por-que-el-progresismo-y-la-izquierda-pierden-elecciones

11 de agosto de 2025

Brasil no cabe en el patio trasero de EE.UU.

Alejandro Marcó del Pont

Brasil, cómo ignorar a Washington y ganar (El Tábano Economista)

La política exterior brasileña no siempre fue un mero apéndice de los designios de Washington. Históricamente, el país ha jugado sus cartas con la astucia de quien sabe que el multilateralismo no es una opción, sino una necesidad geopolítica. Desde la defensa del derecho internacional hasta la promoción de la cooperación Sur-Sur, Brasil ha construido su perfil como un actor incómodo para los amos del tablero unipolar: un gigante que se niega a ser reducido a comparsa.

La relación con Estados Unidos, ese péndulo eterno entre el abrazo asfixiante y el puñetazo en la mesa, es un termómetro perfecto de esta tensión. Washington, incluso en sus momentos de mayor arrogancia imperial, reconoce —a regañadientes— que Brasil es demasiado grande para ignorarlo. El Council on Foreign Relations (CFR), ese santuario del establishment estadounidense, lo admite sin rubor: el país es el motor económico de Sudamérica y un jugador global con voz propia. La recomendación es reveladora: «Mejor tenerlos de aliados que de adversarios«. Pero aquí está el detalle que los think tanks de Washington no siempre entienden: al parecer Brasil no busca ser aliado, sino soberano.

Cuando Donald Trump amenazó a Brasil con aranceles del 25% al acero y del 50% a productos como el café y la carne, el discurso oficial habló de «déficit comercial» y «prácticas injustas». Pero los números, esos testigos impertinentes, desmontaron la farsa. Según el Centro Brasileño de Relaciones Internacionales (CEBRI), Estados Unidos acumulaba un superávit de 410.000 millones de dólares en comercio con Brasil en los últimos 15 años. La pregunta es obvia: si no era por economía, ¿por qué?

La respuesta huele a manual de injerencia clásica. La carta de Trump incluía una «oferta» grotesca: los aranceles desaparecerían si las empresas brasileñas trasladaban su producción a suelo estadounidense. El BRICS Policy Center lo bautizó como «tariff-shoring» —una perversión del libre comercio que viola hasta el alma del GATT y la OMC—. Pero, claro, cuando el árbitro (Estados Unidos) lleva años saboteando el Órgano de Apelación de la OMC, las reglas parecen sugerencias.

Brasil, pese al arancel del 50% decretado por Trump, logró exenciones para 694 productos, desde aviones hasta jugo de naranja; los bienes más importantes quedaron fuera. Solo el café y la carne tendrán aranceles del 50%, por el momento. Por otra parte, China ha autorizado a 183 nuevas empresas brasileñas a exportar café a su mercado, lo que ofrece un alivio estratégico a los productores nacionales en un momento de tensión comercial con Estados Unidos.

Los BRICS, ese club que Occidente insiste en subestimar, se convirtió en el escudo colectivo. Su declaración contra el «proteccionismo indiscriminado» no fue solo retórica: fue un recordatorio de que el mundo ya no gira en torno al dólar. El Centro de Políticas BRICS monitorea cada inversión china en Brasil porque entiende lo que Washington no quiere admitir: el futuro es multipolar, y Brasil no piensa ser espectador.

Según Investigación Económica Aplicada (IPEA), los aranceles estadounidenses recortarían 1.500 millones de dólares en exportaciones de acero brasileño para 2025. Una cifra significativa, pero no catastrófica. La clave está en lo simbólico: el 11,27 % de caída en las ventas de acero a EEUU no era un golpe mortal, sino un aviso. «Nosotros decidimos quién vende y quién no», parecía decir Trump.

Aquí está la diplomacia brasileña: mientras defiende el sistema multilateral (ese que EE.UU. erosiona), construye alternativas. El acercamiento a China y los BRICS no es una huida, sino un posicionamiento. Brasil sabe que, en la guerra comercial del siglo XXI, diversificar mercados es tan crucial como tener reservas de dólares.

El 2026 se acerca, y con él, las elecciones presidenciales en Brasil. Los intentos por desestabilizar el gobierno de Lula no serán sutiles: esperen más aranceles selectivos, más presiones diplomáticas, más editoriales en The Economist tachando al país de «riesgo populista». Pero Brasil ya aprendió la lección: en un mundo donde hasta el comercio es un arma geopolítica, la única salida es jugar en varios tableros a la vez.

El patio trasero, señores de Washington, se ha vuelto pequeño.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2025/08/06/brasil-no-cabe-en-el-patio-trasero-de-ee-uu/

https://www.leerydifundir.com/2025/08/brasil-no-cabe-patio-trasero-ee-uu/ 

11 de abril de 2025

«En vez de guerrear unos con otros, deberíamos estar guerreando contra la pobreza y el cambio climático»

Ecología social

La ministra brasileña de Medio Ambiente, Marina Silva, sostiene que la guerra comercial de Trump «perjudica mucho» la cooperación internacional contra la crisis climática.

En lugar de estar guerreando unos con otros, deberíamos estar guerreando contra la pobreza, el cambio climático, la desertificación y la pérdida de biodiversidad, que es lo que está amenazando nuestras vidas y sistemas productivos». Son palabras de la ministra de Medio Ambiente de Brasil, Marina Silva, quien ha afirmado que la guerra comercial emprendida por el presidente estadounidense, Donald Trump, «perjudica mucho» la cooperación internacional contra la crisis climática.

La escalada de aranceles «deshilacha las relaciones» y «aleja la cooperación y la confianza entre los pueblos», ha valorado Silva en una rueda de prensa tras presidir una reunión ministerial de medio ambiente de los países que integran el foro BRICS, en Brasilia.

La dirigente, referente internacional en la defensa de la naturaleza, insistió en que la guerra comercial de Trump «no es buena para nadie», puede causar una recesión económica en EEUU y favorece «la ruptura del multilateralismo», algo «muy negativo» desde su punto de vista.

Además, cree que el cruce de impuestos aduaneros por parte de las grandes potencias económicas fomenta «situaciones de inseguridad» y provoca que recursos que podrían ser destinados a la financiación climática vayan a otras áreas, como la seguridad.

Frente a esto, reafirmó el papel de Brasil, que este año será el anfitrión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que se celebrará en noviembre en la ciudad amazónica de Belém, de «reforzar la solidaridad, la cooperación y el libre mercado».

La Administración de Donald Trump anunció el miércoles un arancel universal del 10% para 185 países y territorios, aunque para un grupo de países, como China, India y la Unión Europea (UE), elevó sustancialmente ese porcentaje.

En el caso de Brasil, que es la mayor economía de América Latina, dejó el mínimo global del 10%, que se sumará a los impuestos aduaneros que ya pesaban sobre algunos productos brasileños.

Fuente: https://climatica.coop/marina-silva-pobreza-y-el-cambio-climatico/

2 de diciembre de 2024

El gigante en crisis: el futuro incierto y la disputa por la decadencia

Alejandro Marcó del Pont

Nacimos aquí, donde las masas idolatran a los idiotas y los convierten en héroes ricos (Charles Bukowski)

Estados Unidos mantiene su hegemonía mundial sustentado en tres poderes clave: su capacidad atómica, el dólar como pilar de su dominio financiero y, a mi entender, el más decisivo, Hollywood. Sin este bastión de la industria del entretenimiento, la manipulación y la fabricación de noticias, sería difícil concebir la promoción de una figura que, tras no alcanzar siquiera el 1% en las elecciones primarias de 2020, se convirtiera en una contendiente destacada por la presidencia en 2024.

Resulta igual de improbable que un presidente en funciones, cuyas apariciones públicas han generado dudas y burlas, junto a una vicepresidenta de bajo perfil, haya logrado mantener una administración prácticamente invisible durante tres años y medio. Esto plantea una pregunta inevitable: ¿Quién gobierna realmente Estados Unidos de 2021 a enero de 2025?

Aunque no es el tema central de este artículo, es problemático que esta pregunta no tenga una respuesta clara. Lo que sí parece evidente es que Hollywood jugó un papel crucial en la preservación de la imagen de la administración Biden, ocultando las posibles limitaciones cognitivas del presidente, la irrelevancia de la vicepresidenta, y enseñando, de forma alarmante, el supuesto «peligro» del regreso de Trump para la democracia estadounidense.

Esta misma democracia, hoy en crisis y encabezada por la administración demócrata, se ha destacado por decisiones tan polémicas como el financiamiento a la guerra en Ucrania, la brutal ofensiva en Gaza y una política económica cada vez más proteccionista, profundizando los aranceles impuestos durante la presidencia de Trump.

Para los medios, Trump representa una amenaza “existencial” para la república, lo que refleja el deterioro político y social que atraviesa el país. Las elecciones realmente reflejan el enfrentamiento entre una figura vacía de propuestas concretas y otra con un historial de iniciativas demenciales. Es cierto que un segundo mandato de Trump probablemente conllevaría riesgos más serios que el primero, que terminó con más de un millón de muertes por COVID-19 y un motín en el Capitolio.

Aun así, la reciente victoria electoral del expresidente abre un período de desafíos sin precedentes. Entre ellos se cuentan las dos guerras activas que ha prometido finalizar, aunque aún no ha presentado un plan concreto. Además, su postura se enfoca en una nueva guerra comercial con China, el escepticismo profundo hacia el multilateralismo, la protección arancelaria para sectores económicos poco competitivos y un supuesto repliegue de Estados Unidos en su rol de “gendarme global.” Sin embargo, es importante señalar que esta posible reclusión no se extenderá a América Latina, su tradicional «patio trasero,» que continuará bajo la atención de Washington.

La guerra en Ucrania y sus posibles desenlaces

La guerra en Ucrania plantea escenarios complejos. Un tema recurrente ha sido la sugerencia de Trump sobre finalizar el conflicto en tan solo 24 horas. Sin la ayuda estadounidense, el futuro militar de Ucrania está sentenciado. Esto también afectará directamente a la OTAN, sus aliados europeos e incluso a la propia Unión Europea.

En cuanto a una posible negociación de paz, Trump no ha detallado cómo planea lograr un «acuerdo justo.» La retirada de Ucrania en varios puntos del frente sugiere que, en caso de negociaciones, Rusia podría tener una posición dominante para imponer condiciones. Para avanzar, es probable que ciertos puntos sean obligatorios: ningún gobierno antirruso podrá participar en el proceso de paz ni en futuros gobiernos ucranianos; los territorios anexionados quedarán bajo control ruso; y la constitución ucraniana debe prohibir la entrada a la OTAN y cualquier ejército propio, consolidando a Ucrania como un estado neutral, similar a Finlandia durante la Guerra Fría.

Una vez aceptados estos puntos, la negociación real abordará el Tratado de Seguridad Colectiva, cuya violación fue el motivo que disparó la “operación militar especial a Ucrania”. Este nuevo acuerdo de seguridad excluiría a la OTAN y a la Unión Europea en la configuración de los límites defensivos, reservando la negociación únicamente a Rusia y EE. UU. Dado que una zona de desmilitarización sin Ucrania y los últimos miembros de la OTAN (Macedonia del Norte, Finlandia y Suecia) debería extenderse hasta la frontera alemana, la OTAN y sus aliados se verían debilitados.

El futuro de la OTAN y la Unión Europea

Si la OTAN no participa de este acuerdo y la Unión Europea tampoco, para qué sirve la OTAN y ni qué hablar de sus nuevos adherentes, Finlandia y Suecia. Por lo tanto, si se aceptara esta hipótesis, la OTAN perdería su validez, al igual que sus socios europeos. Es posible que esta iniciativa tenga una decidida y paradójica oposición de los atlantistas de Bruselas. Si esto fuera así, obligaría al gobierno estadounidense a retirarse de la guerra, dejarla en manos europeas, las negociaciones, financiación y su terminación.

En cualquiera de los casos la Unión Europea pierde y enfrentará entonces una nueva configuración institucional. Algunos líderes, como Mario Draghi, han propuesto que los ciudadanos europeos financien la recuperación mediante un nuevo fondo de deuda de 800 mil millones de euros anuales. Sin embargo, el nacionalismo conservador ha ganado terreno en varios países europeos, dificultando la cooperación unificada.

El ejemplo actual es Alemania. El divorcio de la coalición de gobierno ante la inminente pérdida del gobierno es un síntoma, podrá ganar la democracia cristiana, pero a quien hay que detener es a Alternativa por Alemania (AfD). Hoy, aunque con una mezcla de nacionalistas y derechistas radicales, la derecha cuenta con 127 escaños en un parlamento de 705. Teniendo en cuenta la intención de voto a estos partidos, hay ocho países que se sitúan por encima de la media europea (que es del 16,9%): Francia (33,1%), Austria (27%), Italia (23,6%), Países Bajos (23,4%), República Checa (22,7%), Bélgica (21,5%) y Polonia (18,7%) que serán los que reconfiguren la Unión, pero con Trump esta vez.

Si bien el tema de Ucrania podría parecer en principio uno de los más sencillos de abordar, por no tener personal militar Estados Unidos, como en Irak o Afganistán, no lo es, si no va de la mano de Medio Oriente. El presidente Vladimir Putin propuso la creación de un nuevo sistema de garantías de seguridad colectiva en Eurasia ante el fracaso del modelo euroatlántico.

O sea, se trata ante todo de la Unión Estatal (de Rusia y Bielorrusia), la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la Organización de Cooperación de Shanghái (OSC) y, por si no se dieron cuenta, Rusia, China e Irán están entrelazadas. El control del Medio Oriente por parte de Estados Unidos, bajo su alianza estratégica con Israel, enfrenta importantes desafíos en el contexto actual.

Queda un solo tema de especulación, más allá de la inmigración, la salud, la educación, la guerra comercial con China, los aranceles, entre muchos otros, que quedarán para venideros análisis. Pero el hipotético repliegue de Estados Unidos como “gendarme global”, aunque no de América Latina, su «patio trasero”, merece un párrafo, sobre todo para Brasil y Venezuela.

Brasil entre Estados Unidos y los BRICS

Brasil dio una explicación poco feliz de su veto a Caracas en la incorporación a los BRICS. Según el gobierno obedece a que el presidente Nicolás Maduro abusó de la confianza de Lula tras las elecciones presidenciales al incumplir la promesa de presentar las actas oficiales de los resultados de las elecciones a presidente.

Venezuela es la mayor reserva mundial de petróleo, por lo que incorporarlo del lado de los BRICS era un objetivo estratégico para los mismos, lo que molestó a sus integrantes. ¿Qué autoridad tiene Brasil para exigir explicaciones sobre una acción soberana de otro país? Incluso como mediador en América del Sur, este gesto parece hostil e “inexplicable e inmoral”.

La “autonomía pragmática” de Brasil busca un equilibrio en un contexto internacional complicado, marcado por las guerras en Ucrania y Gaza. Sin embargo, esta postura parece poco favorable para mantener una verdadera neutralidad. Aun así, y tratando de ganar terreno en ambos lados de la cancha, como Turquía, el veto a Venezuela de su ingreso a los BRICS parece más una ejecución de Maduro y favorecer el juego de Trump, que una medida de autonomía moral.

En conclusión, Estados Unidos sigue enfrentando desafíos monumentales en su rol de potencia global. Desde su manejo de las guerras en Ucrania y Medio Oriente hasta su influencia en América Latina, su política exterior parece dividirse entre la continuidad y un repliegue estratégico. Sin embargo, la reconfiguración de alianzas globales y regionales, como los BRICS y la OTAN, refleja que el mundo está tendiendo a estabilizarse en un nuevo orden multipolar.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2024/11/10/el-gigante-en-crisis-el-futuro-incierto-y-la-disputa-por-la-decadencia/

7 de junio de 2023

Brasil, la Amazonia y cómo se expande Estados Unidos

Gustavo Veiga

Para octubre próximo unos 300 militares estadounidenses ingresarían otra vez a la estratégica Amazonia. Lula fluctúa entre la confrontación geopolítica y las relaciones de colaboración.

Brasil ha sido siempre el primer campo de ensayos de la expansión militar de Estados Unidos en América Latina. Ya sea por su historia de aliados durante la Segunda Guerra Mundial, por la Doctrina de Seguridad Nacional, por la creación del Plan Cóndor tras el golpe de Estado de 1964 o las maniobras conjuntas de ambos ejércitos pactadas hasta 2028 en la estratégica Amazonia.

Esta relación comprometida suele generar tensiones en las fuerzas armadas del país vecino. Un sector crítico señaló a principios de mayo que no hay reciprocidad comercial – Washington no le compra armamento a Brasilia - e incluso denunció hechos de espionaje en sus costas. Pese a todo, en el segundo semestre del año se repetirá la Operación Core 23 en cuarteles de los estados norteños de Amazonas y Amapá. Sucesivas actualizaciones de acuerdos en materia de Defensa lo hacen posible. Alcanzaron a casi todos los gobiernos desde Getulio Vargas en la década del ’30 hasta hoy.

Acuerdo de Bolsonaro

Con Jair Bolsonaro llegaron al clímax cuando en 2020 firmó un acuerdo de cooperación en la Base del Comando Sur de Miami. Y la secuencia sigue: entre el 30 de mayo y el 1° de junio se hará en Brasilia el Primer Seminario Internacional de Doctrina Militar Terrestre con invitaciones a las principales potencias militares de Occidente.

Lula fluctúa entre la confrontación geopolítica con EE.UU y las relaciones de colaboración. Bastantes problemas sufrió el presidente con las secuelas del ataque a los principales edificios gubernamentales de la capital el 8 de enero. La última consecuencia de ese intento de golpe fue reincidir en la designación de otro militar al frente del Gabinete de Seguridad Institucional (GSI): el general Marcos Antonio Amaro dos Santos para reemplazar a su colega, el renunciante general de reserva Marco Gonçalves Dias. Lo hizo contra la voluntad de un sector del PT y hasta de su propia esposa, Janja, que preferían a un civil en el cargo. En abril de 2020, Dos Santos había sido nombrado jefe de Estado Mayor del Ejército, donde permaneció hasta mayo de 2022 durante el mandato del ultraderechista Bolsonaro.

La cuestión militar se vuelve conflictiva en Brasil cuando se la vincula con la injerencia de la principal potencia militar del mundo en la Amazonia. A comienzos de este mes, el oficial retirado de la Marina y reconocido analista, Robinson Farinazzo, un afiliado al PDT del ex candidato presidencial Ciro Gomes, cuestionó los ejercicios conjuntos con trescientos soldados norteamericanos que empezarían en octubre. “Brasil debe exigir reciprocidad porque Estados Unidos tiene pocas oportunidades de entrenarse en un ambiente selvático como el nuestro", indicó Farinazzo al sitio Sputnik.

Ciertos cuestionamientos a la permisividad del Estado brasileño no son de ahora. En noviembre de 2017, el coronel de infantería y estado mayor retirado y también historiador militar, Manoel Soriano Neto, trazaba la siguiente hipótesis en una entrevista con PáginaI12: “Las naciones hegemónicas necesitan tierras fértiles y habitables, materias primas y recursos naturales como el agua, el petróleo o la biodiversidad. Esto es histórico e inexorable. Todo está hecho para que esos insumos sean obtenidos: inicialmente, por el uso de acciones económicas y político-diplomáticas (softpower) y, si es el caso, la manu militari (hardpower). Añada que los países centrales anhelan, además, lugares para la instalación de bases militares y de lanzamiento de artefactos aeroespaciales, para la proyección internacional de su poderío bélico” .

Para octubre próximo está previsto que unos 300 militares de EE.UU ingresen otra vez a la Amazonia. No será la primera ni la última. En la Triple Frontera, pero la que une a Brasil, Colombia y Perú, hubo un ambicioso ejercicio conjunto en 2017. Se llamó Amazong17 y las tropas estadounidenses llegaron a Tabatinga, en el corazón de la mayor reserva de biodiversidad del planeta. El analista Farinazzo recordó que Brasil debía atender el contenido de un artículo que publicó el ex comandante militar de la OTAN, el almirante estadounidense James Stavridis, que describió al país “como una amenaza para la seguridad climática de EEUU”.

Espionaje

No fue la única queja del militar retirado: "Recientemente tuvimos vuelos de espionaje llevados a cabo por Estados Unidos con aviones Boeing WC-135R […] sobrevolando nuestra costa en dos ocasiones. ¿Qué aliado militar es este que nos espía?”, se preguntó. El espionaje no solo afecta a Brasil en el plano militar.

En 2015, cuando gobernaba Dilma Rousseff y Barack Obama en EE.UU, la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por su sigla en inglés) le “pinchó” los teléfonos y correos electrónicos a la presidenta brasileña. Hubo una enérgica protesta y el embajador norteamericano fue convocado a dar explicaciones en el Planalto. La información había sido aportada en documentos filtrados por el exagente Edward Snowden y difundidos por TV Globo.

El fantasma del espionaje estadounidense sobre la Amazonia perdura en un sector crítico de las fuerzas armadas. Sputnik citó el testimonio de otro uniformado brasileño que podría ser una síntesis: “en caso de conflicto, ya tienen mapeada la ubicación… toda misión militar en tiempo de paz fuera del país tiene como objetivo secundario el propósito de la toma de datos para un posible conflicto”. No es solo un problema de cooperación mal correspondida. Hay una situación geopolítica de nuevo orden. La multipolaridad impulsada sobre todo por China y Rusia y a la que adhiere el presidente Lula en su tercer período de gobierno, es un factor determinante.

Además, las empresas del llamado complejo militar-industrial de EE.UU tienen intereses contrapuestos con las empresas brasileñas del rubro como Avibras (Defensa) y Embraer (Aeronáutica). De ahí las quejas de Farinazzo: “Estados Unidos no compra material militar brasileño, como los aviones Super Tucano de Embraer”. La máxima expresión de sumisión se dio en 2019, cuando el expresidente Jair Bolsonaro se cruzó de manera fortuita con el exvice de EE.UU, Al Gore, en el Foro de Davos.

La escena quedó reflejada en el documental The Forum, del director de cine alemán Marcus Vetter. En aquel momento, cuando el fuego arrasaba la selva brasileña, el militar ultraderechista que gobernó entre 2019 y 2022 le dijo a Gore, acaso sin saber quién era: “Tenemos mucha riqueza en la Amazonia y me encantaría explorar esa riqueza con Estados Unidos”.

Brasil, pese a todo, es el segundo socio comercial de EE.UU en materia de Defensa en América Latina detrás de México. Los acuerdos se fueron renovando con los años en 2010, 2015 y solo en 2003, cuando Lula asumió su primer gobierno, interrumpió el uso compartido con EE.UU de la estratégica base aeroespacial de Alcántara en el estado de Maranhao. Pero el gobierno de Michel Temer retomó ese proyecto y consolidó la cesión de soberanía sobre esa infraestructura clave.

gveiga@pagina12.com.ar

https://www.pagina12.com.ar/551465-brasil-la-amazonia-y-como-se-expande-estados-unidos

10 de enero de 2023

Brasil: Crónica de un ensayo anunciado

Atilio A. Boron

En este artículo el autor analiza ‘el clima de esta época’, en la que la intentona golpista en Brasil es el resultado de un acontecimiento largamente preparado y en sintonía con la estrategia neofascista internacional.

Lo ocurrido en Brasil es algo inédito en la historia de ese país. Pero, paradójicamente, era algo previsible. Hubo muchas señales de que la derecha radical, neofascista o neonazi, no estaba dispuesta a permitir que se consumara en paz y ordenadamente la asunción de Lula como nuevo presidente del Brasil. Claros indicios de que apostaba a un golpe militar, para lo cual golpeaban la puerta de los cuarteles y acusaban públicamente de cobardes a los militares por no “rescatar al país” de las garras del comunismo y su arma mortal, “la ideología de género”.

Lo mismo que se hizo en Chile en los meses finales del gobierno de Salvador Allende. La receta es la misma, “made in America”: movilizar a un segmento de la “sociedad civil”, ganar las calles, precipitar la intervención militar y tumbar al Gobierno indeseable. Por eso lo ocurrido era algo que estaba presente en el nefasto “clima de época” alimentado por la inexorable declinación de Estados Unidos como superpotencia mundial y su recargada virulencia.

El signo de esa revuelta bolsonarista guarda una notable similitud con lo acaecido casi exactamente dos años antes en el Capitolio de Estados Unidos. En este país tuvo lugar el 6 de enero, en Brasil el 8. La coincidencia no es casual, habida cuenta de la existencia de una muy activa y muy bien financiada internacional neofascista que tiene como su gurú ideológico y organizacional a Steve Bannon, exasesor de Donald Trump. Pero las coincidencias no terminan allí. El objetivo fue el mismo: demostrar cómo un grupo decidido y relativamente pequeño (en Brasil unas cuatro mil personas) puede apoderarse a voluntad de la sede de los tres poderes del Estado y, si algunas condiciones maduran, hacer que las fuerzas armadas den un paso al frente y consumen la reedición del infausto golpe de Estado de 1964. Por eso lo ocurrido es un ensayo, una prueba. Seguramente volverán a la carga para crear una situación que finalmente termine por convertir en inevitable un arbitraje militar.

Claro que lo anterior depende en gran medida de lo que haga el Gobierno de Lula. Para empezar tendrá que decretar la intervención de la gobernación de Brasilia, cómplice necesaria por su pasividad ante los revoltosos. Tendrá también que reemplazar a la cúpula de los servicios de inteligencia del Estado, que fueron incapaces –o no quisieron- anticipar esta situación y advertir a las autoridades del peligro que se avecinaba. Y otro tanto tendrá que hacer con las fuerzas armadas. Por otra parte, el presidente Lula tendrá que convencerse que deberá movilizar y organizar a su base electoral y recuperar el control de calles y plazas. En caso contrario, la estabilidad de su Gobierno podría llegar a verse muy comprometida. Ni las instituciones ni las diversas ramas del aparato estatal le responden tal cual manda la Constitución. Su único reaseguro es la movilización popular.

Hablábamos más arriba del “clima de época” en el que hay que enmarcar lo sucedido. Repasemos: en 2021 se produjo lo del Capitolio; el 2022 fue pródigo en acontecimientos similares. En julio, miles de manifestantes en Sri Lanka tomaron por asalto la residencia oficial y la oficina del presidente e incendiaron la del primer ministro. El signo político no era reaccionario, pero la forma de la protesta sí lo fue. En diciembre se frustró un intento neonazi de ocupar violentamente el Bundestag y varios parlamentos de los Landers alemanes. En septiembre se produjo el frustrado intento de magnicidio contra Cristina Fernández de Kirchner, aún lejos de estar esclarecido; en diciembre la destitución de Pedro Castillo en Perú; ahora la tentativa en Brasil. Y antes, a no olvidarlo, tal vez inaugurando este ciclo, el cruento golpe neofascista en Bolivia.

El obvio pero sistemáticamente negado “déficit democrático” de los sistemas políticos que se pretenden democracias (¡y que no lo son!) se combina con los efectos de la crisis capitalista y los desquiciantes movimientos de las placas tectónicas del sistema internacional en Ucrania y Taiwán. Y esto, políticamente hablando, es dinamita. Para desactivar esta bomba de tiempo se requerirá de mucha habilidad política, inteligencia y fuerza, para tomar decisiones difíciles que provocarán encendidos debates. Ojalá que Lula pueda demostrar que posee esas virtudes.

27 de diciembre de 2022

¡Cuidado! la derecha reaccionaria actúa

Hedelberto López Blanch

Los gobiernos progresistas surgidos en los últimos años en América Latina, tienen que estar muy alerta por la amenaza que representan las fuerzas de ultraderecha, con vestigios de fascismo, que están frustradas por los avances nacionalistas que ha tenido la región.

Una de esas grandes amenazas directas fue la reunión ultraderechista más grande del mundo, conocida como CPAC, celebrada en México, los días 18 y 19 de noviembre pasado, cuya agenda principal fue la de impulsar una línea contra lo que estos elementos consideran una “expansión del socialismo” en América Latina.

La Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) reúne desde hace medio siglo a un conglomerado de representantes del mundo conservador, a cientos de organizaciones, miles de activistas y a millones de espectadores con el uso de los medios y la gran cantidad de redes sociales que controlan.

La CPAC es organizada y controlada por la Unión Conservadora Estadounidense, que realizan una o dos reuniones al año y donde más de 100 organizaciones contribuyen con abundante capital.

En esta ocasión escogieron celebrar el cónclave en el lujoso hotel Westin de Santa Fe, México. El Partido de gobierno en el país, Morena, advirtió que “la composición de esa conferencia está rebosante de xenofobia, racismo y hostilidad, embestida contra conquistas de derechos sociales y laborales, rechazo a derechos humanos y libertades, y conservadurismo de todo tipo y alcance”.

Entre el centenar de grandes organizaciones que la financian se encuentran Human Events, Young America’s Foundation y la Asociación Nacional del Rifle, capaces de reunir 10 000 participantes en sus foros, además de gentes de derecha importantes de diferentes corrientes del movimiento conservador estadounidense, políticos con cargos en ejercicio y otros. Por tanto el peligro es inminente para México y para cualquier nación latinoamericana.

En esta ocasión estuvieron en el mitin, Juan Iván Peña Neder, exfuncionario de Rafael Calderón, célebre por su imagen haciendo el saludo nazi; el actor Eduardo Verástegui, amigo y admirador de Trump; el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del todavía presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. También participaron el anticomunista polaco, Lech Walesa, Steve Bannon, exasesor de Trump y Santiago Abascal, líder del partido ultraconservador español VOX.

En la apertura del evento, Eduardo Verásteguei expresó: “Como amantes de la libertad, todos debemos estar preocupados por la expansión del socialismo en América Latina”, en referencia a Cuba, Venezuela, Nicaragua, Argentina, Colombia, Perú y más recientemente Brasil.

Como no podía faltar la intervención de uno de los principales abanderados de la ultraderecha en el mundo, en el cónclave se transmitió un vídeo del expresidente estadounidense Donald Trump que dijo: «Debemos detener la expansión del socialismo y, simplemente, no permitirle que continúe arrasando con la región o nuestra tierra. Y debemos reconstruir nuestras economías, para apoyar a nuestros trabajadores y nuestras familias»,  

Prácticamente al mes de concluir esa extremista tertulia, ocurrió el golpe de Estado contra el legítimo presidente peruano Pedro Castillo, y el parlamento y la derecha peruana impusieron a la vicepresidenta Dina Boluarte para que ocupara el cargo.

Pese a la enorme represión desatada para tratar de controlar las movilizaciones obreras y estudiantiles que ya han dejado 26 muertos y numerosos heridos, el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken llamó a Boluarte para ofrecerle el apoyo irrestricto de la Casa Blanca.  

En los últimos años América Latina ha sufrido los llamados “golpes blandos” qué como es lógico, nada tienen de blando. Recordemos el golpe de Estado en 2019 contra el presidente Evo Morales que por la presión interna boliviana y el apoyo de la comunidad progresista internacional fue revertido.

También en 2019 hubo un intento de golpe contra el gobierno venezolano de Nicolás Maduro e inmediatamente Washington, en una jugada que no le fructificó, reconoció al fantoche Juan Guaidó como presidente fantasma.

Otros sucesos parecidos ocurrieron en el Paraguay de Fernando Lugo, de Manuel Zelaya en Honduras, en el Brasil de Dilma Rousseff y de Luiz Inacio Lula da Silva, o contra Rafael Correa en Ecuador.

Por todo esto, los gobiernos y partidos progresistas de Latinoamérica deben estar muy atentos y unidos para detener esa arremetida derechista auspiciada, dirigida y financiada desde Estados Unidos cuyos dirigentes siguen pensando que la región es su “patrio trasero”.

¡Ojo! que como ha quedado comprobado en la historia, la derecha para lograr sus objetivos mata, asesina y arrasa con todo aquel que se le interponga.

Hedelberto López Blanch. Periodista, escritor e investigador cubano.

17 de noviembre de 2022

Brasil: Biblias, balas y carne de res

Daniel Espinosa


Lula da Silva ha ganado por un pelo. Aunque Jair Messias Bolsonaro preparó durante años a sus seguidores y aliados para gritar fraude, muchos de ellos ya aceptaron a regañadientes la victoria izquierdista y han dejado solo –y mudo– al exmilitar. Por el momento, el ultraconservadurismo tendrá que resignarse a enfundar pistolas y atenuar su procacidad racista. El odio manifiesto, explícito, vuelve temporalmente al clóset.

O puede que no. El hecho de que el exmilitar amigo de la tortura y nostálgico de la dictadura haya conseguido el 49,10 % de los votos en las últimas elecciones brasileñas –frente al 50,9 % de Lula– nos remite a tiempos realmente recios. ¿Qué explica el auge de la “Nueva Derecha”?

UN ESTADO RAQUÍTICO

La masiva desafección política que observamos en nuestros tiempos no responde a alguna misteriosa ley universal, sino que puede cultivarse y llevarse a extremos que terminan poniendo en duda el sentido mismo de la democracia. Ahí donde el voto no es compulsivo, la gente ya no se molesta en votar. Donde sí lo es, la asistencia masiva a las urnas produce una ilusión de legitimidad ahí donde las instituciones políticas han dejado de responder a las necesidades del ciudadano.

Según el profesor de sociología política alemán Claus Offe, las democracias tienden de manera natural hacia la exclusión de los más pobres. Las políticas de austeridad de las últimas décadas han exacerbado esta cualidad, pues disminuyen sensiblemente aquello que un “Estado raquítico” (neoliberal) es capaz de ofrecer a los sectores que más lo necesitan.

Según el alemán, la participación democrática desigual está directamente relacionada con este fenómeno: “si la política no es capaz de responder a las necesidades del menos privilegiado”, explica, “muchos concluyen que no tiene sentido participar (en ella)”. Al mismo tiempo, las ciudadanías que han perdido interés por la política –en el sentido tradicional– no se retiran de ella “hacia un mutismo alienado”. En su lugar, se manifiestan a través de “efímeras explosiones de violencia… políticamente difusas”. En otros casos, crece el populismo de derechas: “se refuerzan las fronteras… se niegan las diferencias de manera agresiva e intolerante en virtud de una homogeneidad étnico-nacionalista y se pasa a confiar en líderes carismáticos y emprendedores políticos exitosos”.

Y aquí viene lo que Offe considera crucial: estos “líderes carismáticos” –entre quienes abundan los predicadores evangélicos de traje caro, anillos de oro y limosina–, así como los “emprendedores políticos exitosos” –o que saben fingir éxito, como López Aliaga–, son los únicos agentes políticos que, desde 1990, han conseguido ampliar sus bases políticas y promover la participación ciudadana, “por mucho que esa forma de participación no sea la esperada por la teoría democrática liberal”, aclara el alemán.

NOSTALGIAS MEDIEVALES

Aunque el surgimiento de la Nueva Derecha se atribuye, en muchas ocasiones, a una reacción conservadora al movimiento en favor de los derechos civiles (con centro en EE.UU.), algunos estudiosos señalan que su construcción y desarrollo fue un asunto transnacional bien organizado, con ejes tanto en EE.UU. como en Brasil. De acuerdo con Benjamin Cowan, profesor de Historia de la Universidad de California, los activistas conservadores brasileños jugaron un papel crucial.

La colaboración del activismo cristiano y conservador transnacional, explica Cowan, “asoció a reaccionarios de élite en Brasil, EE.UU. y otros países, facilitó el auge del conservadurismo cristiano y transformó a los dos (países mencionados) en centros de poder de la derecha…”. Este conservadurismo religioso y cristiano estaría “inextricablemente ligado a las políticas neoliberales de austeridad” y a ideas propias de una cultura tradicional “rural, religiosa y armada”.

La construcción de esta Nueva Derecha internacional fue facilitada por organizaciones ad-hoc, creadas específicamente para este fin. No hablamos de organizaciones que nacieron en el presente siglo, sino de unas que tuvieron su origen en la Guerra Fría, como el International Policy Forum (IPF), que reunió a activistas opuestos al marxismo, a la “disolución moral” y al modernismo secular. El católico ultraconservador estadounidense Paul Weyrich creó el IPF en 1982 y, en sus palabras, encontró a sus aliados “más extraordinarios” entre ultras brasileños como Plinio Correa de Oliveira y Mario Navarro da Costa. El poco estudiado IPF también “reunió a celebridades y power-brokers de la derecha de todo el hemisferio, facilitando un espacio en el que estos actores podían dar forma a una agenda común”.

Aunque Wayrich era católico, apoyó y ofreció “consejo moral y táctico” a conservadores evangélicos de toda calaña. Su trabajo también consistió en conseguirles financiamiento, gestionando una “colaboración no-ortodoxa, necesaria para asociar a conservadores cruzando las líneas de varias fes”. Su proyecto se resumió en lo que el famoso predicador bautista Jerry Falwell bautizaría luego como la nueva “mayoría moral”, una constelación de conservadores cristianos de varias denominaciones que, por primera vez, dejaban de lado las diferencias para unirse contra los enemigos de la fe, incluyendo a quienes percibían como tales dentro de la misma Iglesia Católica.

Y en el “corazón de esta visión”, explica Cowan, “yacían las temáticas que unirían a la Nueva Derecha transnacional… Weyrich admiraba el compromiso de los libertarios con el liberalismo económico, pero deseaba asociar esa ideología con un archiconservadurismo social, cultural y religioso”. Weyrich también abogó por un regreso a formas de misticismo que la modernidad había dejado atrás, mientras denostaba a las mujeres que “no ponían en primer lugar a la familia”. El estadounidense constituyó la vanguardia del conservadurismo religioso enfocado en la política, “colocando en su lugar a los individuos, think-tanks y publicaciones que iniciarían el ataque de la Nueva Derecha sobre la homosexualidad”, entre otras obras del demonio.

La influyente “Heritage Foundation”, por ejemplo, sería fundada por Paul Weyrich. Sin embargo, la “punta de lanza” de la Nueva Derecha sería su Free Congress Foundation, que llevaría a la acción política las ideas de “moralidad sexual, tradicionalismo cultural, austeridad fiscal, rigidez religiosa y misticismo sobrenatural…”. Esta Nueva Derecha hablaría de derechos “dados por Dios”, a diferencia de los “dados por el gobierno”, lo que equivale a decir que eso de la igualdad entre los seres humanos –principio democrático fundamental– es cosa de advenedizos que, siendo inherentemente inferiores, pretenden elevarse o igualarse a través de extraños artilugios modernos como los “derechos humanos”.

Como explica Cowan, para estos ultramontanos, el humanismo secular en la educación constituía una seria amenaza a sus principios (con sus hijos no se metan).

Las reuniones del elitista IPF de Weyrich, financiadas por multimillonarios conservadores como Joseph Coors, dueño de la cervecería Coors, reunieron a personalidades como el militar estadounidense Oliver North –centro de la trama de corrupción internacional Irán-Contra– con líderes del Ku Klux Klan. En el Brasil de hoy, parte del financiamiento conservador proviene de una industria cárnica que ve a la población indígena como un estorbo que hay que desaparecer.

El concepto detrás del IPF sería exportado con éxito a Argentina, Brasil, Guatemala, El Salvador, Israel, Canadá, Australia y varios países más alrededor del mundo, lo que sugiere que la Nueva Derecha no sería, en realidad, tan nueva. Tampoco “llegó tarde” a la batalla cultural, como repiten sus jóvenes influencers en YouTube (la nueva generación de propagandistas de la reacción). En su lugar –y ya desde la década del 80–, las conferencias internacionales del IPF no solo “colocaron los asuntos morales al frente de la batalla cultural”, como explica Cowan, sino que también “apuntaron a introducir a sus miembros en el uso de técnicas modernas que emplearan los medios masivos para los objetivos conservadores”.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 610 año 13, del 04/11/2022, p13

https://www.hildebrandtensustrece.com/ 

https://www.leerydifundir.com/2022/11/brasil-biblias-balas-carne-res/


1 de noviembre de 2022

Brasil: la victoria de Lula y el golpe de Estado continuado

Boaventura De Sousa Santos

El domingo pasado quedó claro que en Brasil se está produciendo un golpe de Estado. Se trata de un nuevo tipo de golpe cuyo curso tal vez no se se vea afectado sustancialmente por el resultado de las elecciones. Por cierto, con la difícil victoria de Lula da Silva su ritmo será ciertamente afectado. Se trata de un golpe que comenzó a ponerse en marcha en 2014 con la impugnación de los resultados de las elecciones presidenciales ganadas por la presidenta Dilma Rousseff; continuó con el impeachment de la presidenta Rousseff en 2016; y con el encarcelamiento ilegal del expresidente Lula da Silva en 2018 para impedirle presentarse a las elecciones que ganó el presidente Bolsonaro, principal beneficiario del golpe en su fase actual. Con la elección de Bolsonaro terminó la primera fase del golpe y comenzó una segunda. Al igual que Adolf Hitler en 1932, Bolsonaro dejó claro desde el primer momento que había utilizado la democracia exclusivamente para llegar al poder y que, una vez conseguido este objetivo, ejercería el poder con el objetivo exclusivo de destruirla. En esta segunda fase, el golpe tomó la forma de un lento vaciamiento de la institucionalidad democrática y de la cultura política, cuyos principales componentes fueron los siguientes.

En el ámbito de la institucionalidad: la explotación de todas las debilidades del sistema político brasileño, en particular del poder legislativo, profundizando la mercantilización de la política, la compra y venta de votos de los representantes del pueblo en el período entre elecciones y la compra y venta de votos de los electores durante los períodos electorales; la complicidad del poder judicial conservador, incapaz de imaginar la igualdad de los ciudadanos ante la ley y acostumbrado a convivir tanto con el imperio de la ley como con el imperio de la ilegalidad, según los intereses en juego; la captura de las fuerzas armadas a través de la distribución masiva de cargos ministeriales y administrativos.

En el ámbito de la cultura política democrática: la apología de la dictadura y sus métodos represivos, incluida la tortura; el uso masivo de las redes sociales para difundir fake news y promover la cultura del odio y una ideología del bienestar vaciada de cualquier contenido que no sea el del malestar o el sufrimiento infligido al "otro" construido como enemigo; la capilarización en el seno del tejido social del imperialismo religioso conservador estadounidense (evangelismo neopentecostal) vigente desde 1969 como política contrainsurgente preferente.

Esta fase concluyó al final de la primera vuelta de las elecciones presidenciales el pasado 2 de octubre. A partir de entonces, entró en una nueva fase basada en un ataque frontal al núcleo duro de la democracia liberal, al proceso electoral y a las instituciones encargadas de garantizar su normal desarrollo. Esta fase es cualitativamente nueva debido a dos factores.

En primer lugar, se ha puesto de manifiesto la internacionalización del ataque a la democracia brasileña a través de organizaciones globales de extrema derecha originadas y financiadas por la plutocracia estadounidense. Brasil se ha convertido en el laboratorio de la extrema derecha mundial donde se pone a prueba la vitalidad del proyecto fascista global en el que el neoliberalismo se juega un nuevo (¿último?) aliento. El objetivo principal es la elección de Donald Trump en 2024. Informaciones fiables nos dicen que las empresas de desinformación y manipulación electoral vinculadas al notorio fascista Steve Bannon se instalaron en dos pisos de una de las principales calles de São Paulo desde donde dirigían las operaciones.

En esta fase electoral, las dos estrategias principales fueron las siguientes. La primera fue la intimidación para evitar el "voto equivocado" y los beneficios a cambio del "voto correcto" ofrecidos por la clase empresarial baja y los políticos locales. La segunda, utilizada durante mucho tiempo por las fuerzas conservadoras de EE.UU. bajo el nombre de vote supression. La supresión del voto consiste en un conjunto de medidas excepcionales, siempre bajo el barniz de la normalidad legal, destinadas a impedir que los grupos sociales más proclives a votar al candidato opuesto a los golpistas ejercieran su derecho al voto: bloqueos de carreteras, exceso de celo en el control de los vehículos que transportaban a los potenciales votantes, intimidación para provocar el abandono, suspensión del transporte gratuito decretado por la ley electoral para promover el ejercicio del derecho al voto de los más pobres.

¿Y ahora qué, Brasil? La democracia brasileña ha sobrevivido a esta nueva fase del golpe de Estado en curso. A ello contribuyó la notable e intrépida implicación de los demócratas brasileños, que vieron en su voto la prueba de una vida mínimamente digna, la afirmación de su autoestima en términos de civilización y el principio activo de la energía democrática para los difíciles tiempos que se avecinan. También contribuyó la firmeza de las instituciones de justicia electoral, en medio de presiones, desautorizaciones e intimidaciones de todo tipo. Pero sería una locura irresponsable pensar que el proceso golpista ha terminado. No ha terminado y entrará en una nueva fase porque las condiciones y las fuerzas nacionales e internacionales que lo reclaman desde 2014 siguen vigentes y no han hecho más que reforzarse en estos últimos años.

El golpe de Estado continuado entrará en una nueva fase. En lo inmediato, será probablemente la impugnación de los resultados electorales para compensar el fracaso de los golpistas en conseguir los resultados que querían con sus múltiples fraudes. Después, el golpe adoptará otras formas, a veces más subterráneas, con la utilización del crimen organizado para intimidar a las fuerzas democráticas, y a veces más institucionales, con la movilización artera del poder legislativo para crear una situación de ingobernabilidad permanente, es decir, con la amenaza de destitución del gobierno elegido y de las altas esferas del sistema judicial.

Aunque el objetivo de los golpistas a medio plazo es impedir que el presidente Lula da Silva complete su mandato, el proceso golpista continuará y sólo será verdaderamente neutralizado cuando los demócratas brasileños se den cuenta de que la vulnerabilidad de la democracia es en gran medida autoinfligida, por la arrogancia en pretender ser la única condición para la legitimidad del poder en lugar de asumir que su legitimidad estará siempre al borde del colapso en una sociedad socioeconómica, histórica, racial y sexualmente muy injusta.