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29 de agosto de 2024

Imaginar el fin del capitalismo

Ekaitz Cancela   (Entrevista de Hernán Borisonik)

La velocidad a la que circulan las ideas conservadoras gracias a las redes sociales ha asestado un golpe profundo al sentido común progresista. Cualquier reacción que no responda con una agenda de transformación igual de radical está destinada a perecer.

¿Es posible programar la tecnología de manera que fomente la libertad y la autonomía humana en lugar de la expropiación y la alienación capitalista Esa interrogante recorre Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (Prometeo, 2024), el último libro de Ekaitz Cancela, escritor español que lleva una década investigando la intersección entre tecnología y capitalismo. Editado inicialmente bajo el sello de Verso Libros, este ensayo pone el foco sobre algunos experimentos, principalmente ocurridos en el Sur global, para plantear una alternativa a la hegemonía cultural de Silicon Valley y enriquecer el proyecto comunista.

Utopías digitales aborda, entre otros temas, la potencia nunca probada de los cables submarinos desarrollados por la India, los centros de modelación del clima de Brasil, la visualización y colectivización de las prácticas de trabajo en Chile, los experimentos en soberanía tecnológica de Argentina o incluso las lecciones que arroja el crédito social en China. Actualmente, Cancela trabaja para el Center for the Advancement of Infrastuctural Imagination fundado por Evgeny Morozov, un meta think-tank que desarrolla software, distribuye trabajos intelectuales y produce conocimiento. Está terminando un doctorado sobre la transformación del Estado en la era digital en la Universidad Abierta de Cataluña (UOC) y milita en la revista radical vasca Hordago-El Salto.


HB. En la introducción de Utopías digitales hablas de disputar la libertad y haces afirmaciones veladas sobre las políticas neoliberales de privatización que trata de impulsar Javier Milei en la Argentina mediante la conquista de todo el poder del Estado. ¿Cómo sobrevive el proyecto neoliberal y su defensa de la libertad de mercado?

EC. El triunfo de Milei es un fenómeno particular de la Argentina, pero nos dice algo a nivel abstracto o filosófico. Expresa un shock neoliberal, practicado como austericidio (aumento de la pobreza y la desigualdad, pauperización de las clases subalternas), que tiene como objetivo derribar ideológicamente la «modernidad popular» establecida en la época de Perón. En efecto, trata de estabilizar las turbulencias de la economía de mercado que afronta el país mediante la privatización de los activos públicos y la financiarización de la economía. La llamada «Ley bases» expresa eso: un intento por cambiar la Argentina en solo un mes.

Su ataque se dirige principalmente contra el Estado, hasta ahora entendido como una espacio para la redistribución colectiva de los recursos y el desarrollo; contra un modelo de sociedad altruista y colaborativo, en lugar de competitivo y egoísta. Además procura avanzar contra un tipo de economía, si bien atada a la relación capital-trabajo y la propiedad privada, con un carácter menos dependiente de las inversiones extranjeras o transferencias tecnológicas.

La vida bajo el régimen de Milei —y el uso de ese concepto es, per se, una innovación reaccionaria— se entiende como la libertad del capital para conquistar cada esfera de la vida. Su ofensiva política busca colocar al mercado como la única institución de coordinación social, lo que explica por qué la represión de los movimientos autoorganizados es tan importante. Es un proyecto anticomunista en un país donde esta ideología no existe, que ofrece una respuesta sencilla a las ambivalencias (políticas, culturales y sociales) de esta modernidad: «estás tú solo ahí fuera, sobrevive». No hay rastro alguno de «lo popular» en esa enunciación.

HB. ¿Cuándo se produce esta ruptura, si se quiere, epistémica?

EC. Como muestran los trabajos en sociología económica publicados en ese país, las reformas neoliberales se inician con Menem y se agudizan con la infame receta ajustadora de Macri. Pero el éxito de La Libertad Avanza, una iteración mucho más desacomplejada en lo que respecta a la profundidad de sus reformas de mercado, encuentra su explicación en la crisis del peronismo hegemónico a la hora de reaccionar ante la ofensiva neoliberal. De manera más concreta, es la reiterada incapacidad de la tentativa kirchnerista para reformar de manera radical las instituciones de la modernidad popular (o, más simplemente, asegurar el bienestar entre las capas sociales poco pudientes y trabajadoras, que eran el sujeto político del primer peronismo) la que lo explica. Este proceso se puso de manifiesto especialmente tras la recuperación económica de la mano de Cristina Fernández de Kirchner.

Al margen de las cuestiones materiales, también existe sobrada evidencia en otros lugares del mundo como para afirmar que la velocidad a la que circulan los marcos ideológicos conservadores gracias a las redes sociales, en propiedad de empresas de Estados Unidos, así como la incapacidad para desarrollar canales de comunicación soberanos (recordemos que Milei es un estúpido experimento mediático del kirchnerismo), ha asestado un golpe profundo al sentido común progresista y alimentado un perfil político absolutamente alineado con la hegemonía cultural de Silicon Valley. Cualquier intento por combatirlas que no responda con una agenda de transformación igual de radical está destinado a perecer.

HB. En el libro dices que la izquierda es incapaz de salir del marco de la Guerra Fría (el libre albedrío del mercado versus la planificación central del Estado) a la hora de pensar alternativas…

EC. En La larga revolución, Raymond Williams señala que la cultura es una de las esferas más estratégicas para superar la dicotomía Estado-mercado desde posiciones emancipatorias. Desde las filas socialistas, el debate ha girado sobre cómo distribuir y asignar los recursos. Pero los neoliberales han sabido politizar cuestiones más relacionadas con el ser y la existencia en la sociedad moderna. La pregunta que debemos hacernos es cómo despertar las partes más imaginativas del ser humano, articular el deseo desde la solidaridad de clase y el altruismo, colocando en el centro las actividades creativas y de cuidados para generar otra forma de valor —social y no de cambio—, descubrir nuevos procesos productivos y atisbar usos de la tecnología más sociales y sostenibles, así como encarar formas de trabajar colectivamente en proyectos posindustriales de los que sentirnos parte activa. Ese es el reto para cualquier visión poscomunista del mundo.

Me refiero a la importancia que, como muestra la economía digital, tienen los aspectos más mundanos y cotidianos de la estructura de sentimientos que organiza nuestra vida, eso de los que hablaba Williams cuando se refería a lo ordinario: lo que vemos y hacemos cada día, las instituciones necesarias para el aprendizaje y la coordinación entre seres humanos. Son procesos lingüísticos y comunicativos que cada vez más tiene lugar a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería corporativas. Debemos impulsar «infraestructuras del ser», dispositivos tecnológicos, plataformas e incluso feeds que sean capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos.

HB. ¿Cómo crees que se puede resignificar la libertad para plantear la batalla cultural en Argentina?

EC. Creo que tenemos que resignificar este término, quitárselo al neoliberalismo, para escalar todo eso que ahora se nos aparece como las únicas salidas al régimen de verdad actual. Necesitamos crear otros incentivos, circuitos de comunicación e intercambios de información para que toda esa energía humana se canalice de manera radical y pueda desembocar en una existencia digital que nos permita realizarnos como individuos que se relacionan en comunidad para alcanzar objetivos colectivos. No solo se trata de garantizar las necesidades (pan, techo, tierra y trabajo), sino de entender cómo la esfera de las libertades puede contribuir a un proyecto mucho más innovador, complejo y asentado sobre formas de emprendimiento no mercantiles, acciones que fomenten la igualdad y el bienestar.

Al fin y al cabo, tras la derrota en la lucha capital-trabajo, el «sujeto posperonista» se entiende a sí mismo como alguien que debe buscar alternativas para desarrollarse en economías populares, locales y autogestionadas, y que canaliza su ingenio en espacios culturales o sociales. Plantear la batalla implica reconocer eso que Marx expresaba en sus escritos filosóficos: la distinción entre necesidad y libertad, como hace Milei, pero con una agenda distinta a la destrucción de las clases desposeídas.

En cierto modo, en Argentina ya se opera desde los márgenes del Estado y el mercado como los conocemos actualmente. Me refiero al trabajo de artistas, militantes, académicos y otras profesiones avanzadas, donde convergen lo material con lo espiritual, lo gozoso con lo indispensable, la oficina con lo lúdico o recreativo.

HB. ¿Cuál es tu propuesta para crear instituciones para esa modernidad popular de la que hablas, en la que la necesidad y la libertad convergerían en un proyecto único?

EC. En cierto modo, Javier Milei ha triunfado porque su idea de libertad lleva más de una década en funcionamiento gracias a las herramientas de Silicon Valley. Ahora necesitamos instituciones para desarrollar todo aquello que promete el «modernismo sin mercado», como lo define Evgeny Morozov, una sociedad con hábitos y costumbres cada vez más complejas pero también diferentes, diversas, compuestas de distintas identidades definidas por los propios sujetos (como muestra la iteración queer del feminismo), cambiantes, pero sin que desemboquen en discriminaciones jerárquicas (raza, género, etnia y clase), sino en su abolición y en la posterior organización colectiva y democrática de la producción y la reproducción para solucionar los grandes problemas de nuestra época: la desigualdad y el calentamiento global.

HB. En la introducción hablas del proyecto de ARSAT (Empresa Argentina de Soluciones Satelitales) como garante de la soberanía tecnológica. ¿Qué rol puede jugar esta empresa pública —junto con otras instituciones culturales— a la hora de pensar en formas de desarrollo nacional distintas a la venta del país a los grandes capitales?

EC. Las infraestructuras del Estado, como ARSAT, deberían servir para sostener plataformas públicas digitales que permitan afrontar nuestros problemas así como las nuevas necesidades biológicas —en palabras de Marcuse, que escribía en los albores de Mayo del 68— de una manera más eficiente que el mercado. Las universidades públicas, pero también las galerías, museos, bibliotecas, filmotecas, centros de documentación (archivo e investigación), los circuitos teatrales, dado que operan como espacios dedicados a garantizar el acceso conocimiento y el arte y no la circulación mercancías, son un buen ejemplo del tipo de institución que podrían convertirse en pilares centrales de la modernidad popular y en un garante de la libertad creativa.

Diego Tatián afirmaba que la universidad es una institución «dedicada a la vida no universitaria y a prácticas de producción de un plusvalor ético-político que excede los intereses corporativos, profesionales, empresariales o estatales», y Micaela Cuesta, profesora de la Universidad Nacional de San Martín, añadía que nos permiten conocer nuestras determinaciones y anteponer a ellas una mediación institucional que garantice autonomía subjetiva y capacidad de autogobierno. Dado que existe esta potencia no realizada, ¿por qué no imaginar las universidades como motores para el desarrollo nacional?

Debemos reactivar todas esas instituciones de manera que permitan, además, la interacción entre distintas habilidades y disciplinas (ingeniería, arte, ciencias sociales, matemáticas, etc.). Las universidades deben ser espacios donde interactúan perfiles diversos y crean sinergias que hacen progresar a la sociedad. Son algo así como motores espirituales donde descubrimos quiénes queremos ser y cómo queremos aportar al resto de personas; un espacio de felicidad, pero también de trabajo digno, sin hambre y sin exclusión, como rezaban las manifestaciones en las calles de Argentina en favor de la universidad pública, la base para alcanzar la soberanía científica y tecnológica que después enriquezca al país, en lugar de sub desarrollarlo debido a la competencia con los países del Norte. Esta debe ser la base sobre la que debe erigirse el modelo civilizatorio alternativo al de Milei.

HB. ¿Qué rol crees que tienen las criptomonedas, como proyecto libertario, a la hora de consolidar los marcos neoliberales y llegar a esa nueva generación, milenial o Z, e insertarlas dentro de los circuitos del dinero en lugar de politizarlas?

EC. Antes de que estallara la burbuja de las criptomonedas (cuándo se derrumbó el precio de una parte de ellas, dejando a millones de personas sin ahorros) o se reconociera que la gran mayoría de las NFT eran en realidad un fraude, escribí que estos instrumentos financieros eran el producto de una pesadilla milenial.

Somos la generación más educada de la historia, con las mayores habilidades y conocimientos técnicos, capaz de imaginar otras formas de relacionarnos y existir en sociedad, pero todo ello se encuentra bloqueado. Somos víctimas de las dos grandes turbulencias económicas más grandes ocurridas a nivel sistémico en la historia (en Argentina, de hecho, cuatro: el Rodrigazo, en 1975, la crisis hiperinflacionaria de 1989, la bancarrota de 2011 y el estancamiento derivado del crash global al que asistimos desde 2012). Heredamos un mundo sin recursos y que se extingue.

Las élites se han esforzado en negar que es necesaria una organización de los recursos económicos y políticos a escala planetaria, y que esta debe recaer en los movimientos sociales. No han parado de poner en marcha experimentos digitales hiperpragmáticos contra el Estado, pero sobre todo contra la autorganización, para garantizar la supervivencia del sistema, sean las redes sociales, la inteligencia artificial o las criptomendas. Milei lo ha entendido perfectamente y ha instrumentalizado la situación económica (pobreza, incapacidad de ahorro, salarios paupérrimos) y existencial (nula formación financiera, falta de un horizonte esperanzador y un ácido individualismo ) para decantar la lucha del lado de los capitalistas, consolidando sus proceso de expropiación y explotación.

También ha comprendido algo que el kirchnerismo no: existe un tipo de sujeto o espíritu emprendedor entre los jóvenes al que se debe responder políticamente, no a través del mercado. La gente en este país es increíblemente creativa y, debido a las dificultades económicas de los últimos años, ha desarrollado la capacidad para montar proyectos y sacar plata de cualquier lugar. En lugar de canalizar esa agencia creativa, esa pulsión hacia el emprendimiento, de manera similar a como hacen los movimientos sociales o los espacios artísticos (es decir, para crear sujetos que llevan a cabo tareas de militancia política o son simpatizantes culturales), Milei lo ha orientado hacia la guerra entre individuos, aunque ya son varios los estudios que coinciden en que quizá no sea capaz de hacerlo. Las criptomonedas son un intento por solucionar los problemas del neoliberalismo, pero lo más probable es que terminen creando otros nuevos.

HB. ¿Existen utopías, tal y como las definís en el libro, que nos permitan imaginar una salida?

EC. Siempre existen afueras al sistema en las prácticas sociales de las personas y organizaciones que las imaginan y después las llevan a la práctica, especialmente en el Sur global. Pero hemos de quitarnos de la cabeza que las criptomonedas son herramientas descentralizadas o neutras: están al servicio de una agenda, en este caso la de los buitres financieros. Por ejemplo, pensemos, como hizo Ecuador, en una criptomoneda atada a las directrices del banco central argentino que además sea capaz de financiar proyectos colectivos que faciliten la integración económica del país, su cohesión y su movilización en favor de proyectos de desarrollo nacional. ¿Por qué jugar y ganar al estilo neoliberal, entrenando jugadores para luego venderlos más caros a cambio de criptomonedas con las que especular en una pirámide de Ponzi? De la mano de Andrés Arauz, incluso se crearon hackatones para mejorar la integración financiera de los ciudadanos y avanzar en tácticas para desdolarizar el país.

La base de nuestro pensamiento radical debe asentarse sobre la solidaridad, no la competencia, y después pensar en las tecnologías necesarias para llevar a cabo esta reorganización de la vida moderna. Existen muchos experimentos con valiosas lecciones sobre cómo llevarlo a cabo, pero antes necesitamos crear bloques regionales entre países progresistas, como los del Sur, que sean capaces de construir dichas infraestructuras de manera colectiva, con acuerdos comerciales asentados sobre la libre transferencia tecnológica, relaciones entre los distintos pueblos que permitan escalar las innovaciones derivadas y codificar todas esas prácticas dentro de un orden mundial alternativo, antisistémico. La alternativa es la austeridad, la guerra y la destrucción ambiental.

Ekaitz Cancela. Periodista oriundo del País Vasco que investiga las transformaciones estructurales del capitalismo, sus expresiones culturales y la posición de Europa en el mundo. Es autor de Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (Prometeo, 2024).

Fuente: https://jacobinlat.com/2024/08/imaginar-el-fin-del-capitalismo/

5 de marzo de 2021

Las redes sociales, nuevo medio dominante

Ignacio Ramonet

El Internet moderno, la Web, se inventó en 1989, hace treinta y dos años. O sea, estamos viviendo los primeros minutos de un fenómeno que llegó para quedarse durante siglos. Pensemos que la imprenta se inventó en 1440, y que tres décadas después casi no había modificado nada, pero acabó por trastornar el mundo: cambió la cultura, la política, la economía, la ciencia, la historia. Resulta evidente que muchos de los parámetros que conocemos están siendo modificados en profundidad, no tanto por la pandemia actual de Covid-19, sino, sobre todo, por la irrupción generalizada de los cambios tecnológicos y de las redes sociales. Además, no solamente en términos de comunicación —¿se está muriendo la verdad?—, sino también en las finanzas, el comercio, el transporte, el turismo, el conocimiento, la cultura… Todo ello sin olvidar los nuevos peligros en materia de vigilancia y de pérdida de privacidad.

Ahora, con la Web y las redes sociales, ya no es únicamente el Estado quien nos vigila. Algunas empresas privadas gigantes (Google, Apple, Facebook, Amazon, etc.) saben más sobre nosotros que nosotros mismos. En los próximos años, con la inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos van a determinar más que nuestra propia voluntad el curso de nuestras vidas. Que nadie piense que esos cambios tan determinantes en la comunicación no van a tener consecuencias en la organización misma de la sociedad y en su estructuración política tal como la hemos conocido hasta ahora. El futuro es muy largo y los cambios determinantes apenas acaban de empezar.

Vivimos en un universo en el que nuestra privacidad está muy amenazada; estamos más vigilados que nunca mediante la biometría o las cámaras de videoprotección, mucho más de lo que imaginó el mismísimo George Orwell en su novela distópica 1984. Además, la robótica, los drones y la inteligencia artificial amenazan con crear un ecosistema del que el ser humano podría acabar siendo expulsado; sin hablar de la “crisis de la verdad” —en materia de información—, sustituida por las fake news, la posverdad, las nuevas manipulaciones o las verdades alternativas. En este punto el futuro podría estar acercándose más rápido de lo que pensamos a nuestro pasado más aterrador.

Sobre el aspecto emancipador de la actual revolución digital, lo más notable es la “democratización efectiva de la información”. Un ideal que constituía una reivindicación fundamental, y en cierta medida un sueño, desde la revuelta social de mayo de 1968 —es decir, el deseo de que los ciudadanos se apoderaran de los medios de comunicación y sobre todo de información— en cierta medida se ha realizado. Hoy en día con el equipamiento masivo de dispositivos ligeros de comunicación digital (teléfonos inteligentes, computadoras portátiles, tabletas y otros) los ciudadanos disponen, individualmente, de una potencia de fuego comunicacional superior a la que poseía, por ejemplo, en 1986, el primer canal de televisión de alcance planetario, Cable News Network (CNN). Es mucho más barato y fácil de operar. Cada ciudadano es ahora lo que antes se llamaba un mass media. Mucha gente lo ignora o no conoce el poder real del que dispone. Hoy, frente a las grandes corporaciones mediáticas, ya no estamos desarmados. Otra cosa es saber si estamos haciendo un uso óptimo del superpoder comunicacional del que disponemos.

¿Ha resuelto eso los problemas en materia de información y de comunicación? La respuesta es no, porque en la vida cada solución crea un nuevo problema. Es la trágica condición humana. Los griegos antiguos la ilustraban con el mito de Sísifo, condenado a empujar una enorme roca hasta lo alto de una montaña; una vez alcanzada la cumbre, la roca se le escapaba de las manos y se precipitaba de nuevo hasta el pie del monte. Entonces Sísifo tenía que volver a subirla a la cima, donde se le volvía a resbalar, y así hasta el fin de la eternidad.

En ese sentido, aunque la revolución digital permitió una indiscutible democratización de la comunicación —objetivo que parecía absolutamente impensable— esa democratización provoca ahora una proliferación incontrolada y desordenada de los mensajes, así como ese ruido ensordecedor creado sobre todo por las redes sociales. Esto es precisamente lo que constituye el nuevo problema. Como dijimos, ahora la verdad se ha diluido. Si todos tenemos nuestra verdad, ¿cuál es entonces la verdad verdadera? O será, como decía Donald Trump, que la “verdad es relativa”.

Al mismo tiempo, la objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias. Nunca fue tan fácil engañarnos.

Más que una “nueva frontera”, Internet, o sea, el ciberespacio o digitalandia, es nuestro “nuevo territorio”. Vivimos en dos espacios, el nuestro habitual, tridimensional, y el espacio digital de las pantallas. Un espacio paralelo, como en la ciencia-ficción o en los universos cuánticos, donde las cosas o las personas pueden hallarse en dos lugares al mismo tiempo. Obviamente nuestra relación respecto al mundo, desde un punto de vista fenomenológico, no puede ser la misma. Internet —y mañana la Inteligencia Artificial— dota a nuestro cerebro de unas extensiones inauditas. Ciertamente la nueva sociabilidad digital, acelerada por redes socializantes como Facebook o Tinder, está modificando profundamente nuestros comportamientos relacionales. No creo que pueda haber “vuelta atrás”. Las redes son sencillamente parámetros estructurales definitorios de la sociedad contemporánea.

También hay que tener conciencia de que Internet ya no es ese espacio de libertad descentralizado que permitía escapar de la dependencia de los grandes medios de comunicación dominantes. Sin que la mayoría de los internautas se haya dado cuenta, Internet se ha centralizado en torno a algunas empresas gigantes que ya citamos —las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon)—, que lo monopolizan y de las que ya casi nadie puede prescindir. Su poder es tal, lo acabamos de ver, que se permiten incluso censurar al presidente de los Estados Unidos cuando Twitter y Facebook le cortaron el acceso y enmudecieron al propio Donald Trump a principios de enero pasado.

No entendimos, a principios de los años 2000, que el modelo económico de “publicidad contra gratuidad” crearía un peligroso fenómeno de centralización, porque los anunciantes tienen interés en trabajar con los más grandes, con aquellos que poseen más audiencia. Ahora hay que conseguir ir en contra de esta lógica para descentralizar de nuevo Internet. La opinión pública debe comprender que la gratuidad conlleva una centralización tal de Internet que, poco a poco, el control se vuelve más fuerte y la vigilancia se generaliza.

En cuanto a esto, debemos precisar que hoy la vigilancia se basa esencialmente en la información tecnológica, automática, mucho más que en la información humana. Se trata de “diagnosticar la peligrosidad” de un individuo a partir de elementos de sospecha más o menos comprobados y de la vigilancia (con la complicidad de las GAFA) de sus contactos en redes y mensajes; con la paradójica idea de que, para garantizar las libertades, hay que empezar por limitarlas. Que se entienda bien: el problema no es la vigilancia en general, sino la vigilancia clandestina masiva.

En un Estado democrático las autoridades están completamente legitimadas para vigilar a cualquier individuo que consideren sospechoso, para ello se apoyan en la ley y hacen uso de la autorización previa de un juez. En la nueva esfera de vigilancia, toda persona es considerada sospechosa a priori, sobre todo si las “cajas negras algorítmicas” la clasifican mecánicamente como “amenazante” después de analizar sus contactos en redes y sus comunicaciones. Esta nueva teoría de la seguridad considera que el ser humano está desprovisto de verdadero libre arbitrio o de pensamiento autónomo. Es inútil, por lo tanto, que para prevenir eventuales derivas se busque intervenir retroactivamente en el entorno familiar o en las causas sociales. Lo único que ahora se desea, con la fe puesta en los informes de vigilancia, es reprimir lo antes posible, antes de que se cometa el delito. Esta concepción determinista de la sociedad, imaginada hace unos sesenta años por el escritor estadounidense de ciencia ficción Philip K. Dick en su novela Minority Report, se impone poco a poco. Es el “predelito” lo que a partir de ahora se persigue, bajo el pretexto de “anticiparse a la amenaza”.

Con semejante fin, empresas comerciales y agencias publicitarias cachean nuestras vidas. Estamos siendo cada vez más observados, espiados, vigilados, controlados, fichados. Cada día se perfeccionan nuevas tecnologías para el rastreo de nuestras huellas. En secreto, los gigantes de la red elaboran exhaustivos ficheros de nuestros datos personales y de nuestros contactos, extraídos de nuestras actividades en las redes sociales mediante diferentes soportes electrónicos.

Sin embargo, esta vigilancia generalizada no impide el despertar de algunas sociedades mucho tiempo mantenidas en silencio y ahora interconectadas. Sin duda, lo que se llamó en 2011 la “primavera árabe”, igual que el “Movimiento de los indignados” en España y “Occupy Wall Street” en Estados Unidos, no hubieran sido posibles —en la manera en que se desarrollaron— sin las innovaciones comunicacionales aportadas por la revolución de Internet. Ello no solo se debe al uso de las principales redes sociales, que entonces estaban apenas extendiéndose —Facebook se crea en 2006 y Twitter arranca en 2009—, sino al recurso del correo electrónico, de la mensajería y simplemente del teléfono inteligente. El impacto de las manifestaciones populares provocadas por esas innovaciones comunicacionales fue muy fuerte ese año 2011, independientemente de la naturaleza de los sistemas políticos (autoritario o democrático) contra los que chocaron.

Claro, en el mundo árabe, “congelado” por diversas razones desde hacía medio siglo, la “sacudida” tuvo consecuencias espectaculares: dos dictaduras (Túnez y Egipto) se derrumbaron, y en otros dos países (Libia y Siria) empezaron dolorosas guerras civiles que aún, diez años después, no han terminado. También en el seno de sistemas democráticos —España, Grecia, Portugal, Estados Unidos— se produjeron ese año impactos considerables que modificaron definitivamente la manera de hacer política. Piénsese, por ejemplo, en España, donde al calor de ese movimiento surge un partido nuevo de izquierda, Podemos, que los electores acabaron por propulsar en 2019 hasta el poder, en coalición con el Partido Socialista Obrero Español. No es poca cosa.

Deseo añadir dos ideas. Primero, que esas innovaciones comunicacionales dieron muy pronto lugar a un uso político de las redes sociales. No podemos ser ingenuos. Hay manuales para usar las redes con intenciones subversivas. Se han usado contra Cuba un sinnúmero de veces, así como contra la Revolución Bolivariana en Venezuela y contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro. Recordemos también que entre 2003 y 2006, de manera organizada y planificada, con financiamiento de poderosos intereses, se habían producido ya lo que se llamaron las “revoluciones de colores” en Georgia (2003), Ucrania (2004), Kirguistán (2005), etc.; con la intención no disimulada de romper las alianzas de estos países con Moscú y disminuir la potencia de Rusia.

En segundo lugar, comentaremos que en el otoño de 2019, antes de que la pandemia de COVID-19 se extendiera a todo el planeta, el mundo —de Hong Kong a Chile, pasando por Irak, Líbano, Argelia, Francia, Cataluña, Puerto Rico, Costa Rica, Colombia, entre otras naciones— estaba conociendo un reguero de grandes protestas populares impulsadas y acentuadas por el recurso de las redes sociales. Todos los gobiernos de esos países, teóricamente democráticos, no supieron, en la mayoría de los casos, cómo enfrentar este nuevo tipo de contestación social excepto con la represión brutal.  

Así que podríamos, en efecto, decir que por una parte, las redes sociales y las mensajerías de nuevo tipo (Twitter, Facebook, Instagram, Telegram, Signal, Snapchat, WhatsApp, Zoom, TikTok y otras) han ampliado indiscutiblemente el espacio de nuestra libertad de expresión, pero a la vez han multiplicado al infinito las capacidades de manipulación de las mentes y de vigilancia de los ciudadanos. Es clásico. Podríamos afirmar, parafraseando a Marx, que la Historia es la historia de las innovaciones tecnológicas. Cada innovación tecnológica aporta una solución a un problema, y a su vez, como ya subrayamos, cada solución crea un nuevo problema. O sea, siempre que se produce un salto hacia adelante en las tecnologías de la comunicación, nos hallamos efectivamente ante un progreso en materia de capacidades de expresión, y también, ante un peligro de confusión, de confrontación y de nuevas intoxicaciones mentales. Es normal. En ese aspecto no hay nada nuevo. Todo poder que posee el monopolio de la expresión pública se desespera ante cualquier aparición de una tecnología comunicacional democratizante que amenaza su uso solitario de la palabra. Piénsese, de nuevo, en la invención de la imprenta en 1440, y el pánico de la Iglesia y del trono ante una máquina que les arrebataba de repente el monopolio de la verdad.

Ante el dilema peligros v.s. ventajas, la pregunta sigue siendo ¿qué hacer? Depende de quién se plantee esa interrogación. Si son los ciudadanos, es previsible que deseen hacer uso inmediato de la excesiva potencia que les confieren las redes, sin tener la precaución de desconfiar del segundo aspecto: la manipulación de la que pueden ser objeto. Las decepciones, por ello, pueden ser fuertes.

Si quien se hace la pregunta es el poder, yo diría que debe guardar la serenidad; no puede soñar con que, por milagro, desaparezcan las redes que ya están aquí para siempre. Él también debe adaptarse a esta nueva realidad, a esta nueva normalidad comunicacional. La censura, la negación o la ceguera no sirven de nada, solo agravarían el problema, visto desde el poder. Lo rígido rompe, mientras que lo flexible resiste. Por lo tanto, el poder debe entender que las redes son un nuevo espacio de debate y de confrontación, y constituyen quizás, en el campo político, el principal espacio contemporáneo de enfrentamiento dialéctico. Es el ágora actual, y es ahí, en gran parte —como lo fue en las páginas de los periódicos durante mucho tiempo—, donde se dirimen ahora los grandes diferendos y las principales polémicas. Quien no desee ser el gran perdedor de nuestro tiempo debe estar presente en este espacio central de los debates.

Sí, las redes sociales son el medio dominante hoy, como lo fueron en otras épocas la televisión, la radio, el cine o la prensa. Es una revolución considerable, como no la ha habido jamás en el campo de la comunicación. Repetimos, todo cambio importante en el ámbito de la comunicación acaba fatalmente por tener repercusiones decisivas en lo social y lo político. No hay excepciones. Desde la invención de la escritura hasta Internet, pasando por la imprenta.

En cualquier país, las redes obligan a todos los demás medios de masas (prensa escrita, radio, cine, televisión) a tener que repensarse. Hay un darwinismo mediático en marcha. El medio que no se adapte al nuevo ecosistema desaparecerá. Adaptarse no quiere decir que los otros medios deben hacer lo que hacen las redes. No. Las redes son también el territorio, ya lo dijimos, de la manipulación, de la intoxicación, de las fake news, de las “verdades emocionales”, de las “verdades alternativas”, de los relatos conspiracionistas. La prensa escrita, por ejemplo, debe concentrarse en sus cualidades: la calidad de la escritura, la brillantez del relato, la originalidad de la temática, la realidad del testimonio, la autenticidad de la información, la inteligencia del análisis y la garantía de la verdad verificada.
 
Ignacio Ramonet. Catedrático, periodista, historiador, escritor y analista político. Dirigió la edición francesa y española de Le Monde Diplomatique. Cofundador de la organización no gubernamental Media Watch Global (Observatorio Internacional de los Medios de Comunicación). Fundador de la Red en Defensa de la Humanidad.