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2 de mayo de 2025

La malnutrición no se debe únicamente a la pobreza monetaria

Jomo Kwame Sundaram

KUALA LUMPUR – El Banco Mundial estableció su umbral de pobreza de «un dólar al día», con base en sus datos de 1990. Pese a las numerosas dudas y críticas, sus cifras de pobreza disminuyeron hasta que comenzó la pandemia de covid-19 en 2020.

Medidas monetarias

El Banco se atribuyó el mérito de haber reducido la pobreza en las tres décadas anteriores a 2020, principalmente debido al rápido crecimiento de China. Pero las estimaciones oficiales de la pobreza en otros lugares han disminuido en general más lentamente, si es que lo han hecho.

La pobreza se ha considerado durante mucho tiempo en términos de desigualdad, ya que la gente se siente generalmente más pobre en comparación con los demás. Mientras tanto, las explicaciones de la pobreza difieren considerablemente, y muchos piden mejores medidas políticas.

Durante décadas, el Banco se negó a abordar la desigualdad, centrándose en cambio en la pobreza. Los esfuerzos por mejorar la medición de la pobreza se han visto impulsados durante mucho tiempo por la creencia de que la política para erradicarla no puede mejorarse sin estimarla mejor.

Se ha dado prioridad inevitablemente a la medición o estimación de los ingresos en efectivo. Pero centrarse en los ingresos monetarios plantea problemas. Las medidas monetarias de la pobreza pueden ser útiles, pero también engañosas. Por ejemplo, muchos niños de hogares urbanos con ingresos superiores al umbral de pobreza siguen desnutridos.

Sin embargo, los ingresos por encima de cualquier umbral de pobreza establecido arbitrariamente no garantizan necesariamente el bienestar. Esto ha generado interés en indicadores de pobreza distintos de los ingresos monetarios.

Esas críticas reflejan un fetichismo del dinero y la práctica generalizada de medir el bienestar y la pobreza en términos monetarios. Reconocer el valor de otros indicadores de pobreza ya no es objeto de controversia.

Dimensiones de la pobreza

Sin embargo, muchos siguen queriendo un único índice compuesto de pobreza multidimensional a pesar de sus conocidos problemas. Un cuadro de mando de varias dimensiones clave de la pobreza, en lugar de un único índice compuesto, ofrece información mucho más relevante para mejorar la formulación de políticas.

Conscientes de estos problemas y limitaciones, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE, de grandes economías) y los Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no han aprobado los índices compuestos.

Tampoco han adoptado el trabajo pionero sobre índices compuestos del estadístico más influyente de ambos organismos.

Los índices compuestos, como el índice de desarrollo humano, solo han sido adoptados y utilizados por los fondos y programas de la ONU, que no requieren la aprobación o revisión de los Estados miembros.

En tanto, la reducción de la mortalidad infantil y materna ha representado más de 80 % de la mejora de la esperanza de vida en muchos países en desarrollo. Las reformas de bajo coste para embarazos y partos más seguros han ampliado significativamente la esperanza de vida media a bajo coste.

Seguridad alimentaria

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha definido durante mucho tiempo los hogares con seguridad alimentaria como aquellos con ingresos suficientes para permitirse suficientes carbohidratos o energía dietética (normalmente medida en calorías o julios) para un estilo de vida sedentario.

A pesar de este bajo nivel y de sus problemas y limitaciones metodológicas, los hogares desnutridos o con «inseguridad alimentaria» han aumentado en todo el mundo desde 2014, creciendo durante años mientras que la estimación del Banco Mundial de hogares pobres siguió disminuyendo.

Según el Banco, el número de pobres en todo el mundo solo aumentó por primera vez desde la década de 1990 durante la pandemia, tanto en términos absolutos como relativos.

Esta discrepancia entre las tendencias multilaterales de pobreza y desnutrición ha desencadenado debates sobre la importancia de las diferentes medidas de bienestar y privación.

Diversas controversias y dudas sobre las cifras de pobreza del Banco han llevado a muchos a considerar la desnutrición como un mejor indicador de privación y falta de bienestar que la medida de pobreza.

Si bien las tendencias de la desigualdad de ingresos son discutibles y objeto de muchas disputas y controversias, las disparidades en todo el mundo han aumentado de nuevo en los últimos años.

Mientras tanto, los multimillonarios en dólares han proliferado en todo el mundo a medida que la desigualdad ha empeorado.

A medida que las desigualdades de ingresos y riqueza empeoran, también se han producido algunas convergencias, lo que ha provocado que ambas tendencias sean mixtas y desiguales.

Con el empobrecimiento rural extendiéndose por todo el mundo, la urbanización ha crecido al tiempo que se ha reducido la producción rural de alimentos para el consumo de subsistencia de los hogares.

Los hogares rurales solían producir alimentos para su propio consumo criando animales, cosechando frutas y verduras o incluso recolectando alimentos disponibles en las cercanías.

Sin embargo, las zonas urbanas ofrecen muchas menos oportunidades de producción y consumo de subsistencia. Los ingresos y gastos en efectivo determinan cada vez más el consumo de alimentos, incluida la alimentación personal.

La nutrición importa

Como el hombre no vive solo de pan («carbohidratos» , mejor dicho, energía dietética procedente de los carbohidratos), un enfoque más holístico requiere precisamente un enfoque más integral de la nutrición humana.

Las comparaciones del desarrollo físico de los hijos de los productores de alimentos y de los cultivadores comerciales sugieren que los ingresos económicos de los hogares no siempre han determinado el estado nutricional de muchos.

Los hijos de los productores de alimentos suelen estar mejor que los de los agricultores comerciales.

¿Por qué? Probablemente, los productores de alimentos son mucho más propensos a proporcionar una alimentación adecuada a sus familias, independientemente de los ingresos en efectivo.

Así, los hijos de los productores de alimentos satisfacen muchas de sus necesidades alimentarias sin comprarlas en el mercado. Por lo tanto, la presunción común de que unos ingresos en efectivo más elevados garantizan el bienestar, incluida la nutrición, es dudosa.

La malnutrición desafía nuestra comprensión del bienestar y sus complejos determinantes.

Muchas personas sufren ahora de malnutrición, no solo debido a la carencia de macro y micronutrientes, sino también a la creciente importancia de las enfermedades no transmisibles relacionadas con la dieta.

Al igual que con la obesidad y el sobrepeso, la incidencia de la diabetes ha aumentado con las nuevas preferencias de los consumidores.

Los ingresos, los medios de comunicación y otras influencias moldean cada vez más los estilos de vida con consecuencias significativas para la nutrición y la salud, muchas de las cuales son perversas.

Jomo Kwame Sundaram. Profesor de economía y antiguo secretario general adjunto de la ONU para el Desarrollo Económico.

T: MF / ED: EG

Fuente:
https://ipsnoticias.net/2025/03/la-malnutricion-no-se-debe-unicamente-a-la-pobreza-monetaria/

4 de mayo de 2022

El hambre es la tormenta perfecta, la verdadera bomba atómica

Gerardo Villagrán del Corral

En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

Si bien la pandemia de covid-19 fue una bomba atómica en materia de hambre, la guerra entre Rusia y Ucrania “es una crisis global y generalizada; una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, señaló Lina Pohl, representante en México de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

En América Latina el número de personas que viven con hambre aumentó en 13.8 millones durante el primer año de la pandemia y alcanzó un total de 59.7 millones. Sin embargo, la inseguridad alimentaria –que incluye a quienes no comen todos los tiempos o con insuficiente calidad nutricional– alcanza a 41 por ciento de la población ya sea en forma severa o moderada.

Una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable. Esto puede deberse a la falta de disponibilidad de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos

En la región no hace falta comida. Con 650 millones de habitantes, América Latina y el Caribe produce lo suficiente para alimentar a mil 300 millones de personas. No es un tema de falta de producción, sino de falta de dinero en el bolsillo de los consumidores, según la FAO.

El panorama es más desolador si se considera a quienes padecen inseguridad alimentaria (no comer todos los tiempos o hacerlo con insuficiente calidad nutricional): cuatro de cada 10 latinoamericanos encaran este problema de forma severa o moderada.

La pandemia de covid fue una bomba atómica en materia de hambre. El número de personas en inseguridad alimentaria venía creciendo en todo el mundo por millones desde 2015, dado el aumento de precios de los alimentos. Pero ahora, con la guerra euroasiática, se configuró una tormenta perfecta. El índice de precios de alimentos llegó en marzo a su nivel más alto desde que hay registro, un promedio de 159.3 puntos por arriba del mismo periodo de 2014; y en un solo mes avanzó 17.9 puntos.

Si bien América Latina no tiene, hasta ahora, un problema de falta de comida –se produce lo suficiente para el doble de habitantes de la región–, manifiesta escasez en los bolsillos de las familias para adquirirla. En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

El conflicto se encuentra en que el encarecimiento impide a cada vez más personas adquirir los víveres necesarios, máxime en un contexto en que el alza de los precios se dio a la par de retrocesos en el nivel de empleo y en los ingresos de los hogares debido a las medidas adoptadas para frenar la propagación del coronavirus y a las crisis estructurales de las economías neoliberales de la región.

 “Estamos ahora en lo que llamamos una tormenta perfecta. Ya veníamos mal y la pandemia fue una verdadera bomba atómica en materia de hambre. Con esta nueva crisis entre Rusia y Ucrania, francamente de lo que hablamos ahora es de una crisis global y generalizada (…) una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, lamentó Pohl en declaraciones a la prensa

Según la FAO, tenemos ya los precios de los alimentos más elevados de los últimos 60 años, debido a que Ucrania es uno de los graneros del mundo y a que Rusia es el mayor productor de fertilizantes. La mezcla de la invasión, por un lado, y las sanciones, por otro, lleva a que la producción de alimentos y sus precios vayan a acabar gravemente distorsionados.

Y aunque África es la que se verá fuertemente golpeada -por su mayor dependencia de los cereales rusos-, América Latina no se salvará del impacto. En su declaración final, Eurolat –la asamblea de parlamentarios latinoamericanos y europeos- pidió intensificar los esfuerzos para fortalecer las cadenas de suministro de alimentos y la seguridad alimentaria, incluyendo la protección de las actividades de producción y comercialización necesarias para satisfacer la demanda nacional y mundial y la búsqueda de nuevos proveedores alternativos.

Rusia y Ucrania son dos grandes exportadores de granos básicos y la guerra entre ellos ha provocado un aumento en los precios internacionales de los comestibles.

Independientemente de que las economías latinoamericanas no tengan en esos mercados sus principales abastecedores, habrá un impacto en un momento en que los precios de los alimentos ya son altos y volátiles debido a la pandemia, a problemas logísticos y a los efectos del cambio climático como las grandes inundaciones y sequías.

Para las economías de América Latina y el Caribe, importadoras de alimentos y fertilizantes, esto es malo y presagia un aumento de los precios y escasez de productos. El escenario de guerra plantea un nuevo panorama, el encarecimiento y escasez de los fertilizantes presionará a la producción, alerta la FAO. A escala mundial se prevé que el uso de abono químico se reducirá hasta 13 por ciento.

Lo que necesitan los países de la región es una protección social vigorosa para ir en auxilio de las personas que van a resentir un impacto en su capacidad financiera para adquirir una alimentación nutritiva y saludable. Para ello es necesario organizar el sistema económico global desigual. Hoy la gente pasa hambre pese a que existen alimentos suficientes para garantizar la nutrición de todos y el obstáculo al más elemental de los derechos es no librar todos los ámbitos de la vida a los mecanismos del mercado.

Gerardo Villagrán del Corral. Antropólogo y economista mexicano, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)