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21 de octubre de 2025

Soberanía alimentaria para cuidar los territorios y acabar con el hambre

Ecología social

Día de la Soberanía Alimentaria, para el movimiento internacional campesino. Y Día de la Alimentación, para Naciones Unidas. Cada 16 de octubre es una fecha emblemática para visibilizar las cifras del hambre y malnutrición, pero también para reiterar la necesidad de cambiar de modelo. “La agroecología puede transformar nuestra forma de vivir, no sólo de cultivar”, aseguran los movimientos campesinos.

«Comer bien significa comer alimentos nutritivos y limpios que favorezcan tu salud y tu dignidad. No se trata sólo de llenar el estómago. La agroecología nos aleja del monocultivo y de los alimentos procesados. Cultivamos una gran variedad de productos libres de pesticidas químicos y fertilizantes sintéticos. La agroecología puede transformar nuestra forma de vivir, no sólo de cultivar”. Quien habla es Musa Sowe, integrante de la Red de Organizaciones de Agricultores y Productores Agrícolas de África Occidental y del Foro Nyéléni, red internacional de movimientos sociales que lucha por la soberanía alimentaria. Cada 16 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Alimentación. La fecha coincide con la fundación de la FAO en 1945.

La Vía Campesina, colectivo de organizaciones campesinas de todo el mundo, celebra también en esta jornada el Día Internacional de Acción por la Soberanía Alimentaria. «En la soberanía alimentaria, la comida está en el centro de todo. Por eso tratamos de que cada sistema de producción y todo lo relacionado con nuestra comida, el clima y la energía, sea sostenible. Tenemos una próxima generación en la que pensar», advierte Mariann Bassey, de la organización Amigos de la Tierra Nigeria. Tanto Bassey como Sowe participaron del Tercer Foro Nyeléni (realizado en Sri Lanka, en septiembre), en el que se discutió la situación de la soberanía alimentaria a nivel global.

De ese foro participaron campesinos y campesinas, pueblos indígenas, pescadores y movimientos socioambientales. En ese contexto, Marcos Filardi, de las Cátedras Libres de Soberanía Alimentaria de Argentina, indicó: «El agronegocio, diseñado para generar ganancias y no para alimentar, provoca hambre y enfermedades. Los agrotóxicos generan graves problemas de salud tanto en áreas rurales como urbanas, desde cánceres hasta trastornos reproductivos».

Agroecología, salud, soberanía alimentaria. Son palabras que se subrayan en el Día Mundial de la Alimentación y que expresan lo que las comunidades campesinas e indígenas construyen diariamente en cada territorio para preservar alimentos nativos y nutritivos y hacer frente a la oferta de ultraprocesados que elaboran empresas concentradas como Nestlé, Pepsico, Unilever y Mondelēz, entre otras.

La papa en los Andes, el membrillo en Catamarca, el chañar en Santiago del Estero son solo algunos ejemplos de que una dieta nutritiva es posible y de la centralidad de las comunidades campesinas e indígenas en los procesos de recuperación de alimentos ancestrales y saludables.

Panorama mundial de la alimentación en 2025

Según la FAO el 8,2 por ciento de la población mundial padeció hambre en 2024, lo que supone un descenso con respecto al 8,5 por ciento registrado en 2023 y el 8,7 por ciento en 2022. El progreso, indican, viene impulsado por mejoras en Asia sudoriental, Asia meridional y América del Sur, frente al aumento constante del hambre en la mayoría de las subregiones de África y en Asia occidental.

Se estima que unos 2.300 millones de personas en el mundo padecieron inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024. La prevalencia mundial de la inseguridad alimentaria moderada o grave ha disminuido gradualmente desde 2021.

El informe de las Naciones Unidas «El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2025» asegura que la inseguridad alimentaria aumenta en África, cae en América Latina y el Caribe, y disminuye gradualmente en Asia. En Oceanía y en América septentrional y Europa se registró un leve descenso de 2023 a 2024, tras varios años de aumento. A escala mundial, la inseguridad alimentaria es mayor en las zonas rurales y afecta a más mujeres que hombres.

El número de personas de países de ingresos bajos que no pueden permitirse una dieta saludable viene en aumento desde 2017. En países de ingresos medianos altos y altos la cifra disminuye desde 2020. En países de ingresos medianos bajos, el número descendió entre 2020 y 2024, pero esta mejora obedeció principalmente al considerable descenso registrado en la India.

El organismo de Naciones Unidas prevé que el número de personas subalimentadas en todo el mundo disminuye, pero considera que 512 millones seguirán padeciendo hambre en 2030. El 60 por ciento vivirá en África.

Un aspecto que afecta el acceso a alimentos sanos es el de los precios. Desde 2020 la inflación de los precios mundiales de los alimentos viene superando a la inflación general, lo que —según la FAO— pone de relieve la persistencia de las presiones a las que están sometidos los mercados agrícolas y de alimentos.

Los datos de 2011, 2017 y 2021 sobre los precios mundiales muestran que los alimentos más nutritivos, como los de origen animal, las frutas y las hortalizas, son los más caros. Los alimentos ultraprocesados son sistemáticamente más baratos que los alimentos con menores niveles de elaboración.

Este año, la Comisión de Estadística de las Naciones Unidas adoptó oficialmente la prevalencia de la diversidad alimentaria mínima como nuevo indicador para sus relevamientos. El resultado fue que un tercio de las mujeres y dos tercios de losniños de 6 a 23 meses de todo el mundo tienen dietas sin suficiente diversidad. Esto implica, advierte la FAO, el consumo de cantidades inadecuadas de vitaminas y minerales esenciales para una nutrición y una salud adecuadas

Malnutrición y otras afecciones a la salud

La FAO indica que se necesitan “progresos acelerados” para alcanzar las metas mundiales para 2030 sobre malnutrición infantil. El mundo ha avanzado en la reducción del retraso del crecimiento infantil, cuya prevalencia disminuyó del 26,4 por ciento en 2012 al 23,2 por ciento en 2024. Sin embargo, los índices de la emaciación (malnutrición severa) infantil y del sobrepeso infantil permaneció prácticamente sin variaciones, situándose en un nivel estimado en el 6,6 por ciento en 2012 y el 5,5 por ciento en 2024, respectivamente.

En cuanto a la anemia en las mujeres de entre 15 y 49 años, aumentó del 27,6 por ciento al 30,7 entre 2012 y 2025. “Los obstáculos en función del género, como unos ingresos inferiores, las responsabilidades de prestación de cuidados y un acceso limitado a los recursos, reducen la capacidad de las mujeres de hacer frente a la inflación, lo cual a menudo obliga a las mujeres a reducir su consumo de alimentos durante las crisis”, señala la ONU. La obesidad en adultos se incrementó del 12,1 por ciento en 2012 al 15,8 por ciento en 2022.

«Para lograr salud para todas y todos, debemos abordar la alimentación como el mayor determinante de la salud. En este sentido, el sistema alimentario dominante, controlado por grandes corporaciones, ha puesto en riesgo la vida de comunidades marginadas a través de la producción masiva de alimentos ultraprocesados y el uso indiscriminado de agrotóxicos», indica Fliardi.

Añade: «El uso masivo de antibióticos en animales de producción provocó una crisis de resistencia antimicrobiana que ya causa 1,4 millones de muertes al año. El sistema alimentario actual nos está enfermando y matando. Necesitamos urgentemente un cambio estructural hacia sistemas que produzcan alimentos sanos y nutritivos, en armonía con la naturaleza».

Bassey cuestiona los sistemas alimentarios concentrados y su impacto en la salud. “Los niños ya no quieren comer alimentos locales, sino comida de grandes cadenas. No quieren la comida tradicional, que es muy nutritiva. Las empresas tienen el dinero, hacen grandes anuncios, van a las escuelas con programas de alimentos y erosionan nuestras prácticas tradicionales. Nuestra comida es medicinal. Por eso, cuando tuvimos Covid, aunque las vacunas nos llegaron tarde y no podíamos viajar, no morimos”.

Por otro lado, un estudio de la Revista Nature confirmó que, en la región del Kilimanjaro en Tanzania, el cambio a una dieta occidentalizada tuvo impactos negativos en la salud. Entre ellos, inflamación elevada, debilitamiento de la función inmune y sobrepeso. En cambio, el consumo de alimentos tradicionales trajo beneficios anti inflamatorios y una reducción de los marcadores de enfermedades metabólicas.

Millones de personas con hambre por las guerras

La Vía Campesina señala en su comunicado que, en las últimas décadas, los conflictos armados convirtieron al hambre «en un arma intencionada de dominación». Desde octubre de 2023, más de 2,3 millones de personas en Gaza han sido sometidas a un bloqueo total que les niega sistemáticamente el acceso a alimentos, agua potable, combustible y ayuda humanitaria. “Este no es un caso aislado, ya que se han utilizado métodos similares en el contexto de la guerra para romper la resistencia y controlar a la población civil en Yemen, Etiopía y Sudán. Las mujeres y niñeces son los más afectados por esta táctica de hambruna y uso de los alimentos como arma”, denuncia la organización.

António Guterres, secretario general de la ONU, alertó: «Más de 295 millones de personas sufrieron hambre aguda el año pasado, el sexto aumento anual consecutivo. Desde Gaza y Sudán hasta Yemen y Mali, el hambre catastrófico, impulsado por conflictos y otros factores, está alcanzando niveles récord, llevando a los hogares al borde de la inanición».

En este contexto, La Vía Campesina afirma: «Nuestras campañas globales exigen paz, distribución justa de la tierra y un alto el fuego; el fin del genocidio y las guerras. Necesitamos una justicia que conduzca a la paz en nuestros territorios y garantice la soberanía y la seguridad alimentaria en nuestros pueblos. Los autores de estos crímenes deben ser llevados ante la justicia».

Para comer bien, primero la agroecología y la soberanía alimentaria

En septiembre, La Vía Campesina propuso sustituir “las fórmulas fallidas de la Organización Mundial de Comercio” por un marco comercial que respete y defienda los derechos individuales y colectivos estipulados en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y Personas que Trabajan en las Zonas Rurales (Undrop) (que exige a los Estados el cumplimiento de derechos de las poblaciones campesinas sobre la tierra, el agua y las semillas); y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (Undrip) (que reconoce el derecho de los pueblos indígenas a la conservación y protección del medio ambiente y de la capacidad productiva de sus tierras o territorios).

“La agroecología campesina está en el centro de nuestra lucha. Su profunda sabiduría ancestral apunta a las necesidades actuales de la humanidad: reconectarse con la tierra y los ciclos de la vida. Hacemos un llamado a acciones genuinas y de base en el campo y la ciudad para que nos hablen de ello y lo promuevan con honestidad ¡No queremos agronegocios con rostro verde!”, convocan desde La Vía Campesina.

La soberanía alimentaria y la agroecología fueron temas discutidos en el Foro Nyéléni. Convocó a más de 500 delegadas y delegados de más de 80 países.

En ese contexto, Bassey indicó que la soberanía alimentaria «es un modelo de sociedad donde nadie queda excluido». Puntualizó: «Un sistema donde la gente coma los alimentos que quiera, de la manera que quiera, en la cantidad que quiera y que sean culturalmente aceptables para ellos. Donde nadie se vea obligado a comer cualquier cosa solo porque tiene hambre. Sobre todo, que quienes producen estos alimentos, los agricultores y campesinos, sean respetados y reciban el reconocimiento que merecen».

Agregó la centralidad de la agroecología en este modelo y que «las corporaciones no quieren este tipo de orden; lo que quieren es un sistema roto donde puedan seguir alimentándonos con químicos y pesticidas. Si vienen y comienzan a modificar mi comida y a contaminarla, ya no es la comida que conozco. Es otra cosa. Necesitan hacer eso para mantener su negocio en marcha». Mencionó que en África hay 200 estudios de caso que muestran que “la agroecología es el camino a seguir”. Y cita como ejemplos las experiencias en la región de Tigray en Etiopía y contra los OGM en Nigeria y en Kenia.

Y sostuvo: “La comida está presente en todas nuestras culturas, en todos nuestros eventos, desde el nacimiento, los matrimonios hasta la muerte, debe haber comida. Para nosotros no es solo algo que comemos, es una fuerza unificadora”.

Sowe definió que la soberanía alimentaria es un enfoque global que desafía injusticias arraigadas profundamente en la cultura y especialmente contra las mujeres, los jóvenes y las personas con discapacidad. Con la agroecología, afirmó, «hemos visto cómo mejora la biodiversidad, cómo se recupera la fertilidad del suelo e incluso cómo mejora la salud. No necesitamos seguir el modelo corporativo».

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/soberania-alimentaria-para-cuidar-los-territorios-y-acabar-con-el-hambre/

26 de julio de 2023

El 42% de los habitantes del planeta no puede permitirse una dieta saludable

Enric Llopis

¿De qué modo recibe Occidente a las personas migrantes y refugiadas que llegan a sus territorios?

En el Reino Unido, el Parlamento aprobó el 18 de julio la ley migratoria promovida por el Gobierno Conservador, que dificulta las peticiones de asilo, facilita las deportaciones y, según ACNUR, “contradice las obligaciones del país en virtud del derecho internacional y de los refugiados”.

Además a finales de junio, la Corte de Apelaciones de Londres declaró ilegales las deportaciones de refugiados desde Reino Unido a Ruanda, por no considerarse un “país seguro”; pueden recordarse precedentes similares como el de Dinamarca, que –en abril de 2022- expulsó a 300 presos migrantes a Kosovo para que cumplieran en este país las penas de cárcel.

También en Gran Bretaña, el 16 de julio, la BBC informó sobre la barcaza flotante denominada Bibby Stockholm para el encierro de solicitantes de asilo, con capacidad para 500 personas; actualmente el buque-prisión para refugiados se halla en la Isla de Portland (sudoeste de Inglaterra); en la barcaza, iniciativa del ejecutivo de Rishi Sunak, están recluidas mientras se resuelve la solicitud de protección internacional.

Por otra parte, en Estados Unidos, la CNN publicó el 18 de julio la siguiente información: “Policías de Texas hicieron retroceder a migrantes hacia el río Grande y se les ordenó no darles agua en medio de las altas temperaturas, según un informe. Temperaturas extremas amenazan a quienes cruzan a Estados Unidos por el desierto”.

Tal vez las razones profundas del blindaje en el Norte global se mencione en uno de los últimos balances de Naciones Unidas (12 de julio): 735 millones de personas pasan hambre actualmente en el planeta, 122 millones más que en 2019, antes de la crisis por la COVID (informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo).

El documento de la FAO detalla que, de 2021 a 2022, el hambre continuó aumentando en Asia Occidental, la región del Caribe y todas las subregiones de África. Otro punto destacado por el reporte es el de la inseguridad alimentaria de carácter moderada o grave, que afectaba a cerca del 30% de la población mundial (2.400 millones de personas) en 2022; se da la circunstancia que 900 millones de personas, de la cifra anterior, padecían inseguridad grave.

Asimismo, según la ONU, “la inseguridad alimentaria afecta de forma desproporcionada a las mujeres y a los habitantes de las zonas rurales” (en 2022 afectó –de modo grave o moderado- a más del 30% de los adultos que vivía en estas zonas).

Si se considera el tipo de dieta, más de 3.100 millones de personas –el 42% de los habitantes del planeta- no podían permitirse que ésta fuera “saludable” en 2021 (ello supone un incremento de 134 millones de personas respecto a 2019).

¿Cómo afectó a la infancia de todo el mundo, en 2022, la deficiencia nutricional? 148,1 millones de niños y niñas menores de cinco años sufrían retraso en el crecimiento, mientras que 45 millones padecían de emaciación (desnutrición aguda) y 37 millones de sobrepeso (frente a las dos primeras, más habituales en el mundo rural, el exceso de peso se da –en mayor medida- en las zonas urbanas).

Ante este escenario de hambre y crisis alimentaria, el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, señaló otro impedimento el 12 de julio; “la mitad de la humanidad vive en países que se ven obligados a gastar más en los intereses de su deuda que en salud o educación, lo que significa nada menos que un desastre para el desarrollo”, afirmó.

En 2022 la deuda pública mundial alcanzó los 92 billones de dólares (17 billones en 2002), de los que cerca del 30% corresponde a países del Sur. En concreto 52 países, que suponen un 40% del “mundo en desarrollo”, se hallan en “graves problemas” asociados al endeudamiento (los países con “altos niveles” de deuda han pasado de 22 en 2011 a 59 en 2022), según el estudio Un mundo de deuda (ONU, 2023).

Guterres defendió varias medidas de reestructuración como suspensiones de pagos, alargamiento de los plazos en los préstamos o reducción de los tipos de interés; e introdujo el siguiente argumento: la media de los costes de la deuda son cuatro veces más elevados para los países africanos que para Estados Unidos, y ocho veces más altos si se comparan con los países de la UE con mayores recursos.

Ante la información sobre cerca de 800 millones de personas que sufren hambre, la responsable de Seguridad Alimentaria de OXFAM Intermón, Lourdes Benavides, afirmó que -en los últimos años- “la riqueza de los multimillonarios se ha disparado” por razones como la crisis de la COVID y el conflicto en Ucrania; por ejemplo, “las empresas de energía y de alimentos más que duplicaron sus ganancias” en 2022.

En una nota informativa de la ONG, publicada el 12 de julio, Lourdes Benavides radiografía el caso de Somalia: un tercio de la población padece hambre aguda debido –entre otras causas- a la sequía (“sólo en África Oriental –donde está emplazada la república federal somalí, además de Kenia, Etiopía y Sudán del Sur-, más de 8 millones de niños y niñas menores de cinco años sufren desnutrición aguda”).

OXFAM Intermón y ActionAid profundizan, a partir de la lista Forbes Global 2000, en los desequilibrios de la economía mundial: “Durante los dos últimos años (…), 722 de las mayores empresas del mundo obtuvieron conjuntamente más de 1 billón de dólares anuales en beneficios extraordinarios” (nota informativa, 6 julio).

En el análisis de detalle, las ONG señalan que los llamados beneficios caídos del cielo de estas grandes compañías, aquéllos que superaron el 10% de la media de beneficios en los cuatro años anteriores, escalaron hasta los 1,09 billones de dólares (2021) y 1,1 billones (2022).

Si se considera las 45 grandes empresas energéticas mundiales (en 2021 y 2022), alcanzaron de promedio unos beneficios extraordinarios anuales de 237.000 millones de dólares, concluyen OXFAM Intermón y ActionAid.

La cúspide de la pirámide puede personalizarse en listados –como el publicado por el periódico Cinco Días, el 3 de julio- con los datos del Índice de Multimillonarios de Bloomberg; titulado Los más ricos entre los ricos y sus patrimonios, el cuadro está encabezado por Elon Musk (Tesla y Twitter, patrimonio de 233.600 millones de dólares), seguido de Bernard Arnault (Louis Vuitton, 200.300 millones), Jeff Bezos (Amazon, 154.400 millones), Bill Gates (Microsoft, 133.600 millones) y Larry Ellison (Oracle, 132.700 millones).  

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

4 de mayo de 2022

El hambre es la tormenta perfecta, la verdadera bomba atómica

Gerardo Villagrán del Corral

En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

Si bien la pandemia de covid-19 fue una bomba atómica en materia de hambre, la guerra entre Rusia y Ucrania “es una crisis global y generalizada; una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, señaló Lina Pohl, representante en México de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

En América Latina el número de personas que viven con hambre aumentó en 13.8 millones durante el primer año de la pandemia y alcanzó un total de 59.7 millones. Sin embargo, la inseguridad alimentaria –que incluye a quienes no comen todos los tiempos o con insuficiente calidad nutricional– alcanza a 41 por ciento de la población ya sea en forma severa o moderada.

Una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para un crecimiento y desarrollo normales y para llevar una vida activa y saludable. Esto puede deberse a la falta de disponibilidad de alimentos y/o a la falta de recursos para obtenerlos

En la región no hace falta comida. Con 650 millones de habitantes, América Latina y el Caribe produce lo suficiente para alimentar a mil 300 millones de personas. No es un tema de falta de producción, sino de falta de dinero en el bolsillo de los consumidores, según la FAO.

El panorama es más desolador si se considera a quienes padecen inseguridad alimentaria (no comer todos los tiempos o hacerlo con insuficiente calidad nutricional): cuatro de cada 10 latinoamericanos encaran este problema de forma severa o moderada.

La pandemia de covid fue una bomba atómica en materia de hambre. El número de personas en inseguridad alimentaria venía creciendo en todo el mundo por millones desde 2015, dado el aumento de precios de los alimentos. Pero ahora, con la guerra euroasiática, se configuró una tormenta perfecta. El índice de precios de alimentos llegó en marzo a su nivel más alto desde que hay registro, un promedio de 159.3 puntos por arriba del mismo periodo de 2014; y en un solo mes avanzó 17.9 puntos.

Si bien América Latina no tiene, hasta ahora, un problema de falta de comida –se produce lo suficiente para el doble de habitantes de la región–, manifiesta escasez en los bolsillos de las familias para adquirirla. En 2019, antes de la crisis derivada de la pandemia, había 650 millones de personas en el mundo sobreviviendo sin lo suficiente para comer. Un año después escalaron a 811 millones.

El conflicto se encuentra en que el encarecimiento impide a cada vez más personas adquirir los víveres necesarios, máxime en un contexto en que el alza de los precios se dio a la par de retrocesos en el nivel de empleo y en los ingresos de los hogares debido a las medidas adoptadas para frenar la propagación del coronavirus y a las crisis estructurales de las economías neoliberales de la región.

 “Estamos ahora en lo que llamamos una tormenta perfecta. Ya veníamos mal y la pandemia fue una verdadera bomba atómica en materia de hambre. Con esta nueva crisis entre Rusia y Ucrania, francamente de lo que hablamos ahora es de una crisis global y generalizada (…) una situación de grave inseguridad alimentaria en todo el planeta”, lamentó Pohl en declaraciones a la prensa

Según la FAO, tenemos ya los precios de los alimentos más elevados de los últimos 60 años, debido a que Ucrania es uno de los graneros del mundo y a que Rusia es el mayor productor de fertilizantes. La mezcla de la invasión, por un lado, y las sanciones, por otro, lleva a que la producción de alimentos y sus precios vayan a acabar gravemente distorsionados.

Y aunque África es la que se verá fuertemente golpeada -por su mayor dependencia de los cereales rusos-, América Latina no se salvará del impacto. En su declaración final, Eurolat –la asamblea de parlamentarios latinoamericanos y europeos- pidió intensificar los esfuerzos para fortalecer las cadenas de suministro de alimentos y la seguridad alimentaria, incluyendo la protección de las actividades de producción y comercialización necesarias para satisfacer la demanda nacional y mundial y la búsqueda de nuevos proveedores alternativos.

Rusia y Ucrania son dos grandes exportadores de granos básicos y la guerra entre ellos ha provocado un aumento en los precios internacionales de los comestibles.

Independientemente de que las economías latinoamericanas no tengan en esos mercados sus principales abastecedores, habrá un impacto en un momento en que los precios de los alimentos ya son altos y volátiles debido a la pandemia, a problemas logísticos y a los efectos del cambio climático como las grandes inundaciones y sequías.

Para las economías de América Latina y el Caribe, importadoras de alimentos y fertilizantes, esto es malo y presagia un aumento de los precios y escasez de productos. El escenario de guerra plantea un nuevo panorama, el encarecimiento y escasez de los fertilizantes presionará a la producción, alerta la FAO. A escala mundial se prevé que el uso de abono químico se reducirá hasta 13 por ciento.

Lo que necesitan los países de la región es una protección social vigorosa para ir en auxilio de las personas que van a resentir un impacto en su capacidad financiera para adquirir una alimentación nutritiva y saludable. Para ello es necesario organizar el sistema económico global desigual. Hoy la gente pasa hambre pese a que existen alimentos suficientes para garantizar la nutrición de todos y el obstáculo al más elemental de los derechos es no librar todos los ámbitos de la vida a los mecanismos del mercado.

Gerardo Villagrán del Corral. Antropólogo y economista mexicano, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

9 de diciembre de 2021

60 millones de latinoamericanos padecemos hambre y 267 millones inseguridad alimentaria

Rubén Armendáriz

El hambre en América Latina y el Caribe está en su punto más alto desde 2000, con sesenta millones de habitantes que padecen hambre y 267 millones que sufren inseguridad alimentaria. Entre 2019 y 2020 aumentó 30%, casi 14 millones, el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria, alertaron varias agencias de la ONU.

En un nuevo informe, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, la Organización Panamericana de la Salud, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia muestran cómo en sólo un año el número de personas que viven con hambre ha crecido en 13.8 millones, para un total de 59.7 millones de personas.

Si bien el coronavirus representa su propia amenaza para la salud, las consecuencias económicas de la pandemia también han significado alacenas vacías. Los meses de cierre y las restricciones a los viajes han afectado especialmente a los trabajos informales, en una región en la que faltar al trabajo un día puede significar tener poco que comer al día siguiente.

El panorama regional de seguridad alimentaria y nutricional 2021 apunta a que la prevalencia del hambre en el área se ubica actualmente en 9.1 por ciento, la más alta de los últimos 15 años. Esto se traduce en que cuatro de cada 10 personas en la zona –267 millones– experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave en 2020, 60 millones más que en 2019.

Además, en Sudamérica, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave aumentó 20.5 por ciento entre 2014 y 2020, mientras en Mesoamérica hubo un aumento de 7.3 puntos durante el mismo periodo.

No obstante, señalan las agencias, la inseguridad alimentaria grave, es decir, personas que se han quedado sin alimentos o han pasado un día o más sin comer, alcanzó 14 por ciento en 2020, lo que supone un total de 92.8 millones, un fuerte incremento en comparación con 2014, cuando afectaba a 47.6 millones.

Dentro de este panorama de inseguridad alimentaria, por otro lado, no se han visto afectados de igual forma hombres y mujeres, ya que en 2020, 41.8 por ciento de las mujeres de la región experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave, en comparación con 32.2 por ciento de los varones. Esta disparidad incluso ha ido en aumento en los últimos seis años.

Debemos decirlo fuerte y claro: América Latina y el Caribe enfrentan una situación crítica en términos de seguridad alimentaria. Ha habido un aumento de casi 79 por ciento en la cantidad de personas con hambre entre 2014 y 2020, denunció el representante regional de la FAO, Julio Berdegué, quien indicó que si bien la pandemia ha agravado la situación el hambre ha ido en aumento desde 2014.

La producción de alimentos que se pierden o se desperdician representan anualmente más de ocho por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo, aunque en el caso de América Latina y el Caribe no se cuenta con datos que permitan determinar cifras exactas y evaluar la situación real por país.

La pérdida de alimentos se refiere a la disminución de la masa de comida que tiene lugar las primeras etapas de la cadena de suministro, desde que cosecha y produce hasta que se distribuye. Los desperdicios, en tanto, son las pérdidas que suceden cuando los alimentos se comercializan y se consumen. Pero mucho de los alimentos desperdiciados son codiciados por aquellos que deben recurrir a los desperdicios de otros para alimentarse.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO), de todos los alimentos que se producen en el mundo 14 por ciento se pierde y 17 por ciento se desperdicia. Para los especialistas resulta inaceptable que se pierdan esos alimentos cuando en la región el hambre y la inseguridad alimentaria siguen siendo un enorme desafío

Las estimaciones previas subestimaban la magnitud del desperdicio de alimentos por parte de los consumidores. La cantidad de desperdicios en la realidad, según el reporte, es más del doble que la reportada previamente.

Las mujeres pasan más hambre que los hombres en toda la región, según la ONU. En 2020, aproximadamente el 42% de las mujeres sufría inseguridad alimentaria moderada o grave, frente al 32% de los hombres. Esta disparidad ha aumentado constantemente en los últimos años, con un incremento del 6,4% al 9,6% en el primer año de la pandemia.

En Guatemala, cerca de la mitad de la población sufre inseguridad alimentaria. Y en El Salvador y Honduras, las cifras son casi tan crudas, con cerca del 47% y el 46% de su población pasando hambre, respectivamente. Estos tres países son los puntos de partida de las caravanas de migrantes que se dirigen a la frontera sur de Estados Unidos en busca de una vida mejor.

En Sudamérica, Argentina experimentó el aumento más drástico de la inseguridad alimentaria en los últimos años, según el informe, con más de un tercio de la población con acceso limitado a los alimentos, resultado de una prolongada depresión económica que trajo de vuelta el espectro de la hiperinflación.

Década perdida

Según la Comisión Económica para América Latina (Cepal), la pobreza y la pobreza extrema alcanzaron en 2020 en América Latina niveles nunca observados en los últimos 12 y 20 años, respectivamente, así como un empeoramiento de los índices de desigualdad en la región y en las tasas de ocupación y participación laboral, sobre todo en las mujeres, debido a la pandemia de la Covid-19 y pese a las medidas de protección social de emergencia que algúnos países han adoptado para frenarla,

La pobreza en América Latina alcanzó a 210 millones de personas, casi 34% de la población de la región, gracias a las políticas de los gobiernos neoliberales y la pandemia del covid 19. Asimismo, la pobreza extrema afectó a 78 millones de personas, el peor registro en 20 años. Las cifras son para el término de 2020 y no consideran el permanente deterioro social en los meses transcurridos de 2021.

Uno de cada tres latinoamericanos vive bajo el umbral de la pobreza y ocho de cada diez son vulnerables, según el informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), que reveló que Honduras, país con poco más de nueve millones de habitantes, registró una tasa de pobreza del 57,8 %, lo cual se traduce en un retroceso de dos décadas en su desarrollo. El estudio señaló que Nicaragua y Guatemala presentaron tasas de pobreza de 55,7 % y 50,9 % respectivamente.

Antes de la covid-19, el porcentaje de personas en esa situación ya llevaba un lustro de crecimiento ininterrumpido. El virus, sin embargo, ha sido la puntilla final a esta preocupante tendencia. La mayoría de los países latinoamericanos experimentará un potente deterioro distributivo, un flanco siempre sensible en la región: quienes más han sufrido, están sufriendo y sufrirán los estragos de la pandemia serán los que partían de una situación peor.

“Como siempre, los grandes perdedores están siendo los pobres”, resumió gráficamente la jefa de la Cepal, Alicia Bárcena

Asimismo, la pobreza extrema, donde no están cubiertas las necesidades más básicas, habrá escalado hasta su nivel más alto desde el año 2000. El 12,5%, uno de cada ocho latinoamericanos, está ahora en esa situación; más de un punto porcentual que hace un año, cuando una crisis sanitaria era una opción remota, y casi cinco puntos más que en 2014, cuanto tocó el nivel más bajo de siempre, el 7,8% de la población.

La desigualdad en América Latina aumentó 5.6 por ciento el año pasado medida con el coeficiente de Gini. Nos espera otra década perdida y ni con el rebote de crecimiento en 2021 y los próximos dos años se logrará recuperar los niveles de la actividad económica anteriores a la pandemia, expuso Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En términos monetarios la pobreza en América Latina y el Caribe tiene un claro sesgo intergeneracional: la incidencia de pobreza para el grupo de niños, niñas y adolescentes de hasta 14 años es mayor en 19 puntos porcentuales que la del grupo de personas entre 35 y 44 años, y 31 puntos porcentuales más con respecto a personas de 65 años o más.

De no tomarse en cuenta esta condición de privación de la población infantil en el diseño de políticas sociales, se corre el riesgo de repetir los ciclos intergeneracionales de la pobreza en la región.

Según las nuevas proyecciones de la Cepal, en 2022 América Latina y el Caribe crecerá 2,9% en promedio, lo que implica una desaceleración respecto del rebote de 2021. Nada permite anticipar que la dinámica de bajo crecimiento previo a 2020 vaya a cambiar.

 Los problemas estructurales que limitaban el crecimiento de la región antes de la pandemia se agudizaron y repercutirán negativamente en la recuperación de la actividad económica y los mercados laborales más allá del repunte del crecimiento de 2021 y 2022.

En términos de ingresos per cápita, la región continúa en una trayectoria que conduce a una década perdida, advierte el informe. En el último año, la tasa de pobreza extrema habría alcanzado el 12,5% y la de pobreza el 33,7%. Las transferencias de emergencia a los sectores más vulnerables permitieron atenuar el alza de la pobreza en la región en 2020 (pasó de 189 millones en 2019 a 209 millones pudiendo haber sido de 230 millones, y de 70 millones en 2019 a 78 millones pudiendo haber sido 98 millones en el caso de la pobreza extrema).

Estas transferencias beneficiaron a 326 millones de personas, el 49,4% de la población. Sin embargo, la desigualdad en la distribución del ingreso aumentó (2,9% del índice de Gini). En tanto, la inseguridad alimentaria moderada o grave alcanzó a 40,4% de la población en 2020, 6,5 puntos porcentuales más que en 2019. Esto significa que hubo 44 millones de personas más en inseguridad alimentaria moderada o grave en la región, y 21 millones pasaron a sufrir inseguridad alimentaria grave.

Sobrepeso y obesidad

Otra de las grandes preocupaciones en América Latina sigue siendo el sobrepeso y la obesidad. El informe d los organismos de Naciones Unidas advierte que se está perdiendo la batalla contra otras formas de malnutrición: 106 millones de personas, lo que supone que uno de cada cuatro adultos, padecen obesidad. Entre 2000 y 2016 se notificó un aumento de 9.5 por ciento en el Caribe, 8.2 en Mesoamérica y 7.2 en América del Sur.

El sobrepeso infantil también ha ido en aumento desde hace 20 años; hasta 2020 se reportó que 3.9 millones de niños y niñas –7.5 por ciento de ellos menores de cinco años– tenían sobrepeso, casi 2 por ciento por arriba del promedio mundial.

En este contexto, América del Sur muestra la mayor prevalencia de sobrepeso en niños y niñas, con 8.2 por ciento, seguida por el Caribe con 6.6 y Mesoamérica con 6.3.

En América Latina y el Caribe, el Covid-19 ha empeorado una crisis de malnutrición prexistente. Con los servicios interrumpidos y los medios de vida devastados, las familias tienen más dificultades para poner alimentos saludables en la mesa, lo que deja a muchos menores con hambre y a otros con sobrepeso, lamentó el director regional de Unicef para América Latina y el Caribe, Jean Gough.

Esta situación ha llevado a la ONU a pedir acciones urgentes para detener el aumento del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición, por lo que ha llamado a los países de la región a tomar medidas para transformar sus sistemas agroalimentarios y hacerlos más eficientes, resilientes, inclusivos y sostenibles.

Rubén Armendáriz. Periodista y politólogo, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

23 de noviembre de 2021

Los alimentos y la globalización de la pobreza

Hedelberto López Blanch

Podríamos preguntarnos, ¿qué futuro les depara a los millones de personas pobres en este mundo desigual con la constante subida en los precios mundiales de los alimentos?

¿Podrán resolverse los graves problemas alimentarios que padecen millones de personas mientras se mantenga una globalización deshumanizada?  

La realidad es que si muchos gobiernos, con apoyo de organizaciones internacionales, no toman una posición política para poder llevar a cabo programas económicos-sociales en apoyo a las grandes mayorías necesitadas, la situación continuará agravándose.

A finales de 2020 entre 720 y 811 millones de personas se levantaban sin saber si iban a comer ese día, asegura un informe títulado El estado de la Inseguridad alimentaria en el mundo 2021, realizado en conjunto por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La UNICEF va más allá al explicar que a finales del pasado año, el hambre se disparó en términos absolutos y relativos al superar el crecimiento de la población, lo que significa que el 10 % de los habitantes del planeta sufrieron inseguridad alimentaria, frente al 8,4% en 2019.

Las zonas más afectadas por este flagelo fueron Asia con 418 millones; África, 282 millones y América Latina y el Caribe con 60 millones.

Para esclarecer la profundidad de este desastre humano, la UNICEF explica que la cifra es mayor cuando, además de los que no tuvieron una alimentación suficiente, se incluyen a los que no lograron una nutrición adecuada, por lo cual el número de afectados se eleva a 2 300 millones de personas, un 30 % de la población mundial.

Máximo Torero Cullen, jefe economista de la FAO asegura que “este es el pico más alto de hambre y desnutrición crónica que hemos encontrado por lo que se ha perdido todo lo recuperado hasta 2015”.

La pandemia de Covid 19 ha jugado un rol catastrófico en este retroceso pues se perdieron millones de puestos de trabajo; al incrementarse la crisis económica los gobiernos redujeron los programas sociales; aumentaron los desahucios y miles de personas perdieron sus casas; se redujeron la producción industrial y la agrícola con la consecuente elevación de todas las mercancías, entre otros problemas.

Ahora los 2 300 millones de personas subalimentadas del orbe, (con perspectivas de sumárseles otra gran cantidad) deberán enfrentar una grave situación: el aumento indiscriminado en los precios de los alimentos.

La FAO señaló que por tercer mes consecutivo en octubre los precios mundiales de los alimentos subieron y alcanzaron su máximo nivel desde julio de 2011.

Añadió la organización que en el décimo mes del año el índice de los precios internacionales de una canasta de productos alimenticios, registró un promedio de 133,2 puntos, un 3,9 % más que en septiembre.

Con respecto al mismo mes de 2020 el incremento fue de 31,3 %. Este índice escaló a su nivel más alto desde julio de 2011 ante un alza de la cotización en los mercados de los cereales y los aceites vegetales.

Por un problema o por otro, todos los cereales promediaron un 3,2 % más que en septiembre y un 22,4 % por encima del nivel de hace un año. El trigo lo hizo en 5 % debido a la reducción de las cosechas en los principales países exportadores: Canadá, Estados Unidos y Rusia.

Los aceites vegetales, explica la FAO, tuvieron en octubre un alza en sus precios del 9,6 %, el nivel más alto de todos los tiempos, motivado por el fortalecimiento de las cotizaciones de los de palma, soja, girasol y colza.

Los lácteos se elevaron 2,2 %, sobre todo la mantequilla, la leche desnatada en polvo y la leche entera en polvo, mientras que las carnes descendieron un 0,7 % en octubre aunque se sitúa un 22,1 % por encima del valor en el mismo mes de 2020.

Para la doctora Sirika Kulkarni, fundadora y fideicomisaria de la Fundación Raah con sede en Bombay, India, “el alza de precio de los alimentos está causando desnutrición, hambre y muchos otros desafíos relacionados con la salud para las comunidades más pobres”.

Por su parte, representantes del gigante internacional de alimentos, Kraft Heinz, advirtieron que “la gente tendrá que acostumbrarse a precios más altos de los alimentos como resultado de la inflación generada después de la pandemia”. Claro, una respuesta sencilla para quienes especulan con el hambre de miles de millones de personas.

Es cierto que existen muchos desafíos como las consecuencias del cambio climático, la deficiente disponibilidad de agua, deterioro de los suelos y en los últimos dos años, los efectos negativos económico sociales provocados por la pandemia.

Pero como se conoce, antes de la aparición de la pandemia de coronavirus, el planeta ya se enfrentaba a una desigualdad extrema donde dos centenares de personas controlaban la misma cantidad de riqueza que los 3 500 millones más pobres del planeta.

Definitivamente hay que dar un vuelco a los sistemas políticos imperantes en este mundo pues lo que hace falta es una globalización solidaria que ayude a los millones de  necesitados del orbe.

Hedelberto López Blanch. Periodista, escritor e investigador cubano.

23 de julio de 2020

Hambre creciente en un mundo que derrocha cada día más alimentos

Sergio Ferrari  (desde la ONU, Ginebra, Suiza)

Desde hace años se promete mucho y se cumple poco. El *hambre cero* se sigue posponiendo y el panorama para la próxima década no es halagüeño. Sin embargo, un tercio de los alimentos producidos en el mundo para consumo humano se pierde o desperdicia anualmente.

La brecha de riqueza-pobreza se agudiza, la sociedad planetaria se polariza, y los seres humanos insuficientemente nutridos llegan casi a los 3 mil millones. 690 millones, es decir uno cada diez habitantes del planeta Tierra, padecen hambre.

Hace cinco años las Naciones Unidas se habían propuesto terminar con este flagelo en el 2030. El horizonte se estira, las apuestas se alejan. La situación internacional lejos de mejorar, empeora. En el último quinquenio, en vez de reducirse los números, 60 millones más de personas engrosaron las filas de los desheredados de la Tierra.

Cinco de las organizaciones onusianas publicaron en la segunda semana de julio, El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (http://www.fao.org/3/ca9692en/online/ca9692en.html). El planeta sigue grave. Y el COVID-19 no mejora las cosas, pudiendo sumar, según estimaciones, 130 millones adicionales a la categoría de insuficientemente alimentados.

Derecho humano esencial

Tal como lo define el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (el DESC) en su documento de mayo de 1999, “el derecho a la alimentación adecuada se ejerce cuando todo hombre, mujer o niño, ya sea solo o en común con otros, tiene acceso físico y económico, en todo momento, a una alimentación adecuada o a medidas para obtenerla” (https://conf-dts1.unog.ch/1%20SPA/Tradutek/Derechos_hum_Base/CESCR/00_1_obs_grales_Cte%20Dchos%20Ec%20Soc%20Cult.html#GEN12)

Tres años antes, durante la Cumbre Mundial de la Alimentación realizada en Roma, se había acordado dar un contenido más concreto y operacional a dicho derecho reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y consagrado 18 años más tarde, en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

En el 2000, la Comisión de DDHH de la ONU estableció el mandato de Relator Especial sobre el derecho a la alimentación. Y tres años después, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura (FAO) estableció un Grupo de Trabajo Intergubernamental que elaboró en 2004 las Directrices Voluntarias en apoyo a la Realización Progresiva del Derecho de una Alimentación Adecuada en el Contexto de la Seguridad Alimentaria Nacional. En síntesis, se trata de recomendaciones que los Estados deben cumplir coherentes con el artículo 11 del Pacto Internacional.

Los expertos en el tema subrayan tres componentes esenciales para asegurar el ejercicio de este derecho en todo el planeta. La disponibilidad de los alimentos ya sea mediante la producción directa (agricultura, ganadería etc.) o bien a través de la adquisición de los mismos en tiendas y mercados.

La accesibilidad, que implica asegurar que todo ser humano (incluyendo niños, enfermos, discapacitados o mayores) pueda tener acceso físico o condiciones para obtener o comprar los productos esenciales. Sin comprometer por ello, la satisfacción de ninguna otra necesidad básica: medicamentos, alquiler, gastos escolares, entre otras.

Y, como tercer elemento y condición absoluta, asegurarse una alimentación realmente adecuada a las necesidades, libre de sustancias contaminantes y culturalmente adaptada a las costumbres de cada grupo social determinado.

Diagnóstico preocupante

En el último lustro el “hambre aumentó al ritmo del crecimiento de la población mundial”, sostiene el estudio elaborado conjuntamente por la FAO, el Fondo Internacional para la Agricultura (FIDA), el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el Programa Mundial de Alimentos (PAM) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Según su impacto regional, en Asia viven 381 millones de mal alimentados. 250 millones en África y cerca de 48 millones en América Latina y el Caribe. Si de porcentajes se trata, es África el continente más golpeado por este flagelo social, y cuenta casi con un 20 % de su población mal alimentada. 8,3 % en Asia y 7,4% en América Latina y el Caribe. De mantenerse la actual tendencia, más de la mitad de la población africana sufrirá de hambre crónica en el 2030.

El acceso a una alimentación realmente de calidad – incluyendo 2300 calorías y 69 gramos de proteínas diarias- constituye ya un sueño de ricos para casi la mitad de la población mundial. Se calcula que los alimentos sanos son cinco veces más caros si se compara con un régimen a base de carbohidratos que da respuesta solo a las necesidades energéticas.

Su precio está por encima de la noma internacional de la pobreza internacional (definida en 1.90 dólares diarios por persona). Por otra parte, los países con bajos ingresos consumen más alimentos de base y menos frutas, verduras y carnes que los países de ingresos más altos. Una gran parte de la población mundial no cuenta hoy con el mínimo de 400 gramos por persona y por día de frutas y verduras, recomendados por la OMS.

Según el informe de las cinco agencias de Naciones Unidas, las niñas y los niños se encuentran entre las principales víctimas de esta ilógica realidad mundial. El año pasado, 144 millones de menores de 5 años (21,3% del total de los infantes) padecieron un retraso en el crecimiento, 47 millones (6,9%) sufrieron emaciación es decir pérdida involuntaria de más del 10% del peso corporal, y 38,3 millones de sobrepeso debido a la mala alimentación.

Nubarrones sobre América Latina

Para el continente las previsiones tampoco son alentadoras. Según el informe, la situación actual es peor que en el 2015. “Desde entonces nueve millones de personas más viven con hambre”, afectando a un 7,7% de la población total. En perspectiva ese porcentaje llegará al 9,5 en el 2030.

A nivel subregional, las previsiones para 2030 indican tres puntos de aumento en América Central, llegando casi a los 8 millones de víctimas del hambre. Sudamérica superaría, entonces, casi los 36 millones. El Caribe, a pesar de leves avances, no cumplirá con la meta de hambre cero y contaría con 6,6 millones de seres humanos mal alimentados al finalizar esta década.

También son preocupantes los matices intermedios. Casi un 10 % de la población actual sufre de inseguridad alimentaria grave, es decir gente que por diversas razones no cuenta regularmente con alimentos y pueden llegar a pasar uno o varios días sin comer.

Si se introduce la categoría de “inseguridad alimentaria moderada”, casi un tercio de la población latinoamericana y caribeña, es decir 205 millones de personas, la padecen. Se trata de la incertidumbre sobre la capacidad para obtener alimentos lo que las lleva a reducir la cantidad o la calidad de la comida que consumen.

En cuanto al acceso a una dieta realmente saludable, 104 millones de habitantes de la región no lo logran. El precio de 3,98 dólares por día es el más alto del mundo y es 3,3 veces más caro que lo que una persona bajo la línea de la pobreza puede invertir para alimentos.

Derroche criminal

Hipótesis novedosa: el informe concluye afirmando que un cambio global hacia regímenes alimentarios sanos ayudaría no solo a frenar el hambre sino también a lograr enormes ahorros en el plano internacional. Ese cambio es posible asegurando que se haga de “manera durable para las personas y el planeta”.

Las organizaciones especializadas de la ONU calculan que ese cambio de paradigma (de comida chatarra a alimentos sanos) permitiría compensar casi totalmente los costos de salud resultante de una mala alimentación -solo en Estados Unidos se calculan en 1.300 billones de dólares. Y reducir en tres cuartas partes el valor actual del costo social de las emisiones de efecto invernadero ligadas a la producción de alimentos, calculado en 1700 billones de dólares estadounidenses.

Llaman a los gobiernos a integrar la nutrición en sus estrategias agrícolas y a esforzarse en reducir los factores de aumento de los costos en la producción, stock, transporte, distribución y comercialización de alimentos.

Y proponen, además, ayudar a los pequeños productores locales a cultivar y vender productos más nutritivos garantizándoles un acceso al mercado. Recomiendan favorecer el cambio de comportamientos a través de la educación y comunicación e integrar la nutrición en los sistemas de protección social y en las estrategias oficiales de inversiones.

Una reflexión esencial en las líneas de acción futura consiste en reducir gastos debido a la ineficacia, pérdidas y derroches.

La FAO calculaba ya en 2019 que 1.300 millones de toneladas de alimentos humanos producidos cada año se pierden o desperdician (http://www.fao.org/platform-food-loss-waste/es/).

Según la ONG helvética WWF en Suiza representan 2,8 millones de toneladas. Es decir, se derrochan 330 kilos por persona y por año.

En Francia al igual que en México se botan 10 millones de toneladas anuales. En Argentina 16 millones y en Brasil 41 millones de toneladas. La población de Estados Unidos tira a la basura un 30% de los alimentos producidos (unos 400 gramos por día y por persona), en tanto en Europa, como promedio, representa el 20%.


https://www.leerydifundir.com/2020/07/hambre-creciente-mundo-derrocha-dia-mas-alimentos/