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3 de noviembre de 2025

800 millones de pobres, la principal deuda social planetaria

Sergio Ferrari

30 años después, la segunda Cumbre para el Desarrollo Social


En menos de dos semanas arranca en Doha, Catar, la Cumbre Mundial para el Desarrollo Social. Convocatoria marcada por la crisis del multilateralismo, así como por una fatiga inevitable tras tantos eventos de las Naciones Unidas con relativamente pocos resultados. A pesar de algunos avances sociales, los esfuerzos de dicha organización lucen frágiles debido a los estragos causados por la persistente pobreza mundial.

Esta será la segunda cumbre, a treinta años de la de 1995 en Copenhague, y entre el 4 y el 6 de noviembre reunirá a miles de representantes de gobiernos e instituciones internacionales y de la sociedad civil. El programa incluye una sesión oficial y una paralela. Esta última, con un día para el Foro de la sociedad civil y otro para el Foro del sector privado (https://social.desa.un.org/es/world-summit-2025/programme).Hasta la tercera semana de octubre, los medios de información poco se interesaron en la dinámica preparatoria de la Cumbre de Catar, desde ya eclipsada por una coyuntura mundial donde los conflictos en Palestina y Ucrania, así como la imposición unilateral de aranceles por Washington, parecen definir otras prioridades.

Desde Latinoamérica, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señala que tres décadas después de Copenhague esta nueva convocatoria busca evaluar el progreso alcanzado y definir nuevas estrategias para los desafíos actuales. Según la CEPAL, “persisten problemas como la pobreza, la desigualdad y la exclusión social en un contexto de crisis globales y cambios acelerados”, de allí la esperanza de que esta cumbre ofrezca una oportunidad clave para fortalecer compromisos y promover políticas que garanticen mayor cohesión social y movilidad económica. “América Latina y el Caribe, con una larga trayectoria en el debate sobre desarrollo social”, anticipa la CEPAL, “presentará propuestas para reducir la desigualdad y mejorar la inclusión social”. Como expresión de deseos esta organización latinoamericana espera que la cumbre sirva como plataforma para consolidar una perspectiva común que refuerce la gobernanza, la cooperación internacional y el papel de la sociedad civil en la implementación de políticas efectivas para el desarrollo sostenible (https://www.cepal.org/es/segunda-cumbre-mundial-desarrollo-social).

Tibios progresos, enormes deudas civilizatorias Con la mirada puesta en Catar, la segunda quincena de octubre la Organización Internacional del Trabajo (OIT) lanzó la campaña “Esto es justicia social” mediante una serie de videos con historias humanas que muestran el impacto de la justicia social en la vida de trabajadores, empleadores y comunidades (https://www.ilo.org/es/temas-y-sectores/justicia-social).

Algunas semanas antes, a fines de septiembre, en su Informe sobre el Estado de la Justicia Social en 2025 la OIT reconoció varios logros desde Copenhague 1995 hasta el presente. Por ejemplo, la disminución del trabajo infantil del 20,6% en 1995 al 7,8% en 2024 y el aumento del índice de finalización de la escuela secundaria en 22 puntos porcentuales desde 2000 hasta la fecha. Además, el hecho de que la pobreza extrema pasara de 4 de cada 10 personas en 1995 a 1 de cada 10 en 2023 y que la proporción de trabajadores pobres se redujera del 27,9 % en 2000 al 6,9 % en 2024. Sin embargo, la propia OIT reconoce enormes tareas pendientes y deudas sociales no resueltas. Fundamentalmente, que no se haya logrado erradicar la pobreza, como lo evidencian estos datos tan preocupantes: 800 millones de personas aún viven con menos de 3 dólares al día y una de cada cuatro carece de acceso al agua potable. El desequilibrio resultante sigue siendo una constante planetaria: el 1% más rico de la población mundial posee el 20 % de los ingresos y el 38% de la riqueza. En paralelo, la brecha entre la fuerza de trabajo masculina y la femenina mejoró muy poco desde 1995 y el índice de informalidad laboral se redujo apenas dos puntos porcentuales desde 2005, con un 58% de los trabajadores aún en empleo informal. Si de derechos humanos fundamentales se trata, la OIT constata un deterioro del derecho de asociación y de negociación colectiva, para mencionar tan solo dos.

Fatiga de Cumbres

A fines de mayo pasado, la agencia informativa IPS publicó un comentario analítico titulado “La Cumbre Social Mundial de 2025 no debe ser una oportunidad perdida”. Escrito a seis manos por Isabel Ortiz, Odile Frank and Gabriele Koehler, tres dirigentes femeninas de prestigio en instituciones internacionales miembros de la organización Justicia Social Global, el análisis señala que “En la sede de la ONU circulan rumores de que hay poca ambición en la Segunda Cumbre Mundial para el Desarrollo Social… (y que) diplomáticos y expertos hablan de una ‘fatiga de cumbres’ tras un calendario repleto de reuniones globales: la Cumbre de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2023, la Cumbre del Futuro de 2024 y la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo de 2025” (https://www.un.org/pga/wp-content/uploads/sites/109/2025/04/Zero-Draft-clean-as-of-24-April-2025-12pm.pdf)

Además, deslizan que el Borrador de la Declaración Política de la Cumbre Social “carece de la ambición necesaria para enfrentar las múltiples crisis sociales que atraviesa nuestro mundo” (https://ipsnoticias.net/2025/05/la-cumbre-social-mundial-de-2025-no-debe-ser-una-oportunidad-perdida/).

Para estas tres coautoras, la realidad es contundente: “Hay demasiado en juego. El mundo ha cambiado dramáticamente desde la histórica primera Cumbre Social de 1995 en Copenhague. En aquel entonces, los líderes mundiales reconocieron la necesidad de un desarrollo centrado en el ser humano. Hoy, la urgencia ha crecido exponencialmente en un mundo fracturado y volátil”.

El punto clave del comentario es el análisis de la actual situación mundial, con una población que debe enfrentar múltiples crisis superpuestas: una policrisis pospandémica, una crisis del costo de vida que ha empujado a millones a la pobreza, la priorización del bienestar corporativo sobre el de las personas, un rápido deterioro democrático que agrava las desigualdades, una creciente emergencia climática y una prolongada crisis de empleo que, con toda probabilidad, se deteriorará drásticamente debido al uso de la inteligencia artificial (IA). Por otra parte, la confianza en los gobiernos y en las instituciones multilaterales se está erosionando, el descontento social y las protestas se multiplican y las desigualdades, tanto internas como internacionales, han alcanzado niveles grotescos. Por todo ello, coinciden, “Una declaración tímida [en la Cumbre de Catar de noviembre]… sería una traición a quienes siguen viendo en las Naciones Unidas un modelo de justicia y dignidad humana”.

¿Cómo evitarlo, se interrogan? Según ellas, la Declaración debe definir acciones vinculantes y compromisos explícitos para construir sociedades que funcionen y generen prosperidad para todos. Esto implica, entre otras iniciativas, “reducir las desigualdades de ingresos y riqueza que socavan profundamente la cohesión social, la gobernanza democrática y el desarrollo sostenible”. Además, reconocer la justicia de género como un pilar fundamental, sin la cual se estaría traicionando a la mitad de la humanidad y fracasando en su misión de promover los derechos humanos, la dignidad y el desarrollo sostenible.

Por otra parte, insisten Ortiz, Frank y Koehler, se debe garantizar servicios públicos universales y de calidad a través de sistemas financiados y gestionados con fondos públicos para proteger a los trabajadores, eliminar barreras a los servicios de calidad mediante una sólida inversión pública basada en una financiación más justa y proteger el desarrollo social de los recortes presupuestarios y la privatización.

Con respecto a la creciente precariedad de ingresos, proponen abordarla mediante la inversión en trabajo decente con derechos/estándares laborales y la extensión de sistemas y niveles de protección social universales. Y promover una economía del cuidado que apoye a la mujer y priorice el bienestar sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Conceptualmente, sostienen, se debe reconocer las limitaciones de los paradigmas centrados en el crecimiento y en cambio adoptar políticas orientadas a la sostenibilidad ecológica y el desarrollo equitativo. No menos esencial en este panorama reivindicatorio es el combate contra los movimientos anti-derechos y anti-género y la reafirmación de los compromisos globales con los derechos humanos y la democracia.

El avance hacia la justicia social mundial confronta al planeta a sus propias contradicciones sistémicas, entre un ideal de mayor redistribución –con Estados sociales más fuertes – y un sistema hegemónico centralizador en lo económico y excluyente y discriminatorio en lo social.

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

16 de agosto de 2025

Perú: Regreso a los 90

César Hildebrandt

"Los que creen que restaurando la mafia del fujimorismo aseguran su futuro, vuelven a equivocarse"

Qué cómoda se le vio a Martha Chávez en RPP. Y qué contundente estuvo Fernando Rospigliosi en esos mismos estudios defendiendo su ley de amnistía, a pesar del decente esfuerzo de Fernando Carvallo.

Era como si hubiésemos regresado a los 90, cuando el dueño de RPP era consejero de Vladimiro Montesinos y la emisora respaldaba al régimen del orden y el tractor.

¡Estamos en los 90!

Regresó Patricia Benavides por todo lo alto y ahora quizá vuelva a ver el caso de su hermana Enma, también reivindicada. La señora que va a Palacio promulgó la ley de amnistía y el presidente del Congreso quedó librado de toda sospecha por el caso de violación que estaba siendo tibiamente investigado.

Todo marcha sobre ruedas y un nuevo reino de oscuridad se levanta en estas tierras.

Pero eso sucede en las esferas del poder. Abajo, los pobres claman y el resentimiento cunde.

Y se van a llevar otra sorpresa los que creen que todo será tan fácil como en la reelección fraudulenta del 2000.

La rabia siempre encuentra su cauce y la indignación –que la prensa no registra– se habrá de expresar.

Los que creen que restaurando la mafia del fujimorismo aseguran su futuro, vuelven a equivocarse. Entre los menos iguales se esparce un sentimiento legítimo de rechazo al sistema que ha permitido este retorno al predominio del abuso.

Yo sigo soñando con un gobierno levemente socialdemócrata y poblado por gente decente que se atreva a cambiar este país a la deriva.

Si un gobierno como ese llegara al Palacio que hoy tantos manchan, lo primero que haría sería derogar toda esta basura legislativa concebida por organizaciones criminales y secuaces de victimarios con uniforme.

Y después tendrían que venir los castigos: los judiciales y los sociales, las cortes y el desdén, los jueces y el desprecio. Esto no puede quedar así.

Ese gobierno hipotético y tan poco probable tendría que modernizarnos. Somos un país anacrónico, viejo y roñoso, lleno de prejuicios de procesión católica y odios nacidos del conservadorismo menos letrado y más racista.

Modernizarnos significa que volvamos a entender la cosa pública como asunto de todos, el Estado como decisivo para algunos temas, la igualdad de oportunidades como un derecho, la dignidad como un reconocimiento elemental.

Cambiar el país supone amar el orden y no hay orden sin justicia. El orden no es lo que las viejas pellejas conciben como legado de las haciendas con cárceles propias, sino el que exige una república: la esforzada conciliación de intereses diversos y el arbitraje final de las instituciones encargadas de administrar justicia.

Pero ese país imaginario que insisto en soñar requiere de un pueblo lo suficientemente asustado como para producir un líder proporcional al desafío.

Y deberíamos estar asustados: el Perú es rehén de una banda que intenta recrear los métodos de los años 90, está sometido al chantaje de la delincuencia y tiene índices de pobreza que nada tienen que ver con las cifras azules de las exportaciones y los números celestiales de nuestras reservas internacionales. Pocas veces hemos sido un país tan descaradamente dual y pocas veces hemos sido tan inconscientes del peligro que nos amenaza como Estado.

¿Habrá un liderazgo digno de las circunstancias, un partido que pueda convocar a un nuevo contrato social, un grupo de notables que dé el grito y agite el campanario?

Quiero creer que sí, aunque el elenco actual intente persuadirme de que soy un pobre soñador, un esperanzado que se lleva el viento.

Llevo tantos años peleando contra la inercia de los inmóviles y la dureza de los crueles que quizás lo más sano debiera ser admitir la derrota, huir del fango y dedicarme a leer y a escribir. Pero hay una obstinación que me persigue, un amor lleno de furia por este país que pudo –y puede– ser tantas otras cosas. Renunciar al sueño sería morir en vida y aún no estoy preparado para una hazaña tan forense.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 745 año 16, del 15/08/2025

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27 de junio de 2025

Sin dios ni monumentos

César Hildebrandt

"De modo que estamos solos. Porque el destierro de los valores es un fenómeno esparcido. El mundo es anómico"

No creer en dios es aceptar el desamparo. Es también creer, con suma modestia, que al final habrá olvido y gusanos y no grandes recompensas o ardorosos castigos.

No aconsejo no creer en dios porque eso supone, además, inferir que surgimos de la arbitrariedad y de una chispa loca del azar y que luego, en miles de años de matanzas y banderas, inventamos un mundo que no tiene sentido.

El consuelo de los ateos y los agnósticos fue sumarse a las grandes causas de la justicia social y creer que en esos emprendimientos de la buena fe la vida encontraba su razón de ser.

Pero he aquí que en el mundo que hemos hecho parece que las grandes causas han desaparecido. Las banderas y las matanzas han vuelto y los pocos consensos que nos habían elevado a ser una civilización con aspiraciones de ser global y sostenida en cierto altruismo han caído.

Antes, cuando mi generación empezaba a vocear sus pocas ideas, teníamos la gran coartada del maniqueísmo: por un lado estaban los países que debíamos odiar y por el otro los que eran factorías del temple proletario y el fuego de los justos. Marx era el padre, Lenin el arquitecto, Stalin el maestro de obras. Y estaba Mao, que era la versión confuciana del puño de hierro de la dictadura en mameluco. La United Fruit nos hacía fácil la elección. El golpe en Irán de 1953 aclaraba todo. El derrocamiento de Árbenz en 1954 nos abría los ojos. Bahía Cochinos terminaba la discusión. Vietnam era la lápida del imperialismo yanqui.

Pero sucedió que pasaron los años y el mundo alternativo que nos aliviaba la conciencia empezó a desplomarse. Hasta que llegó Deng Tsiao Ping y habló, goloso, del gato que comía ratones y llegó Gorbachov y admitió que había que cambiarlo casi todo porque Chernóbil era una prueba de la decadencia y arribó Yeltsin, que, en una tranca asesina, terminó con la leyenda y decretó el nuevo zarismo pero con oligarcas salidos del partido que supuestamente los había exterminado.

Cuando cayó el muro con Gorbachov todavía en el Kremlin, y el dominó se derrumbó, no hubo multitudes que salieran a las calles a reclamar por la restitución de la grisura y la censura. Al contrario, salieron a gritar que eran libres, aunque muy pronto se enteraron de que su libertad servía para escoger entre los pollos grasientos de Kentucky y las carnes marcianas de McDonald’s. Supieron también que el embargo noticioso del comunismo había sido reemplazado por el monopolio informativo y castrador de los nuevos cortadores del jamón. Y cuando quisieron protestar, ya era tarde: el mundo libre los había declarado rehenes ilustres. La OTAN los cuidaría para siempre.

Yo nunca creí en el comunismo porque siempre me pareció siniestro que la virtud tuviese un solo rostro y encima reclamase la unanimidad. Pero simpaticé con buena parte de sus puntos de vista internacionales y no dudé en elegir a la China de Mao frente a la China que los ingleses pudrieron con el opio. Y tampoco tuve dificultades en optar por Ho Chi Minh y no por Lyndon Johnson. Del mismo modo que me entusiasmó la Cuba de los barbudos en vez de la Cuba de Batista y la mafia de Las Vegas.

Pero China es ahora la fábrica del mundo (los Estados Unidos con comité central) y Vietnam imita a China en su medida y la Cuba de nuestros amores adolescentes será, si el deterioro continúa, la isla de Robinson Crusoe con millones de Viernes ansiosos de hacer sus propias balsas.

El mundo de Trump y Netanyahu es una mafia criminal. Pero Irán es una teocracia salida de una niebla y el escenario árabe, con excepción de la causa palestina mil veces traicionada, no merece respeto alguno. De modo que estamos solos. Porque el destierro de los valores es un fenómeno esparcido. El mundo es anómico.

Y el Perú, como era de esperarse, comparte con entusiasmo este desamor planetario por el honor y por el bien.

Pertenezco a una generación que no tiene dios ni monumentos a los que acudir. Y que, sin embargo, cree que rendirse no es opción válida. ¿Por qué peleamos a estas alturas del desastre? Porque, aunque las catedrales y las casas matrices hayan sido derribadas, no pelear por cierta limpieza es morir por dentro, caminar aturdido rumbo a un centro comercial, ver sin chistar los noticieros de la noche.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 738 año 16, del 27/06/2025

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18 de octubre de 2024

Perú: Memorias de González Viaña

Ronald Gamarra

Eduardo González Viaña acaba de publicar sus memorias bajo el título El poder de la ilusión. Se trata de un libro cojonudo, que se disfruta de principio a fin. No hay tiempo perdido en su lectura, que nos lleva por la experiencia de un autor que apostó por la literatura y el cambio social, un destino que refleja el de varias generaciones de la azarosa contemporaneidad peruana. En estos recuerdos y chispas se desenvuelven como líneas conductoras las grandes pasiones del escritor: las letras y humanidades, el amor, las causas del pueblo, pero está claro que el arrebato que las articula y les da un sentido de trascendencia es la literatura porque la presintió desde muy niño, desde que le contaba a su padre las películas que aquel no había terminado de ver, porque se quedaba dormido, y les cambiaba la trama y el final a su gusto, creyendo que su progenitor no se daba cuenta. La literatura le permite a Eduardo plasmar en arte y en “realismo alucinado” ese fuego originario que llama ilusión, el delirio de vivir y alborotar la existencia vulnerando los estrechos límites, los sufrimientos, las injusticias y las dolorosas frustraciones que suelen gobernarla. Lo proclama de modo rotundo: “Escribo porque no soy hábil en otras formas de hacer milagros y porque es la manera que más conozco de ejercitar el poder de la ilusión”. Lo anota con modestia quien ha sido capaz de convocar creativamente en una obra extensa y rica de contenido bulerías audaces y felices, ancladas en la sabiduría del pueblo, para corregir las miserias de la vida.

Es lo que percibimos en estas memorias exuberantes de vida intensamente vivida que, sin embargo, se cuentan de cabo a rabo sin arrogancia. Hasta los recuerdos dolorosos se evocan en páginas sin amargura ni rencor, más bien rescatando de lo ocurrido aquello que puede reafirmar la voluntad de vivir con alegría, no el gozo ingenuo del ignorante, sino aquel que permite trascender lo real. Así, cuando relata la prisión que sufrió por motivos políticos en los años sesenta, como consecuencia de su compromiso con la causa del pueblo, el autor nos conduce a través de aquella peripecia con una sonrisa. La experiencia debe haber sido atroz, lo sé por mi larga experiencia como abogado, y sin embargo debo confesar que no he podido evitar soltar una liberadora carcajada con las ocurrencias y anécdotas de esa carcelería, sus recuerdos sobre los personajes que le tocó tratar, empezando por la policía. Donde otro aprovecharía para adornarse con rasgos de héroe, González Viaña prefiere alegrarnos y darnos a conocer ese otro lado mágico de la vida que normalmente podemos intuir, pero tristemente se nos escapa.

Un rasgo que impresiona de estas memorias es el humor. Subrayo: el humor, no el chiste. Como han explicado los que saben, el humor y el chiste no son sinónimos ni equivalentes. El chiste busca un efecto instantáneo; en cambio, el humor es mucho más sutil, explora comunicar una visión insólita, divertida, subversiva o transgresora, y su efecto aspira a ser duradero. El chiste tantea una carcajada y solo eso; el humor pretende el asombro, el descubrimiento de una forma insospechada de ver la realidad. Las memorias de Eduardo rebosan de humor de cabo a rabo, ingenio fino y siempre penetrante, creador de nuevos territorios y significados. Así ocurre cuando recuerda a un cura español, regente del colegio donde estudiaba, que pesca a su alumno adolescente como lector precoz de González Prada, el abuelo anarquista de todos. El cura había visto el gran movimiento obrero anarquista de España alzarse en armas en defensa de la república y formar las milicias populares, y en su huida de esa manifestación del demonio no había parado hasta refugiarse en una provincia del lejano Perú. El cura procura reeducar a su cursillista hablándole pestes de los libertarios, sin sospechar en absoluto que cada vez que le mencionaba a ese peligroso revolucionario que fue Buenaventura Durruti, cabeza de tales milicias, no lograba otra cosa que despertarle más y más curiosidad y admiración por ese gran líder proletario. Sin proponérselo, el aterrado religioso resultaba irónicamente un eficaz difusor del luciferino anarquismo.

Es de destacar, también, la coherencia vital de González Viaña, su fidelidad a los ideales de justicia social que abrazó en su juventud. Las situaciones, la sociedad, las estrategias pueden haber cambiado, y mucho, obligando a repensar y reformular la acción, pero los principios originarios mantienen su vigencia mientras persistan la injusticia, la explotación, la opresión. Por eso conmueve el recuerdo persistente que dedica en sus memorias a Javier Heraud, Luis de la Puente, Paul Escobar, Juan Pablo Chang y otros de aquella generación que sacrificaron sus vidas en consecuencia con sus aspiraciones de justicia social. Conmueve precisamente en esta época en que la descarada coacción ideológica que ejerce la ultraderecha se esmera en avergonzar, acosar, insultar y, por último, terruquear e intimidar a quienes se atrevan a reivindicar a aquellos que, como los de Trujillo en 1932, se atrevieron a soñar y dar la vida por una sociedad mejor, que no es en absoluto ni tiene nada que ver con aquella, distorsionada por el dogmatismo y el culto a la personalidad, de Sendero Luminoso. Y es que González Viaña tiene a quien salir, siendo, como es, nieto de un montonero e hijo de un militante de aquellos que hicieron del Apra auroral un movimiento popular, revolucionario, renovador y radical, que no buscó la gloria personal y que, en cambio, estaba dispuesto a ir a la cárcel por sus ideales, de lo cual fue testigo el propio Eduardo, a sus escasos nueve años.

La evocación de su niñez nos habla de un espíritu literario en formación, alentado y favorecido por la fortuna de crecer en una parentela culta y ser parte de un tronco ilustrado, donde González Viaña descubre tempranamente su vocación con la lectura de los libros de la biblioteca familiar, ojeando con sus padres, descifrando junto con su abuelo La Divina Comedia, en castellano y en toscano, pues don Guillermo, que era agricultor, no un intelectual, evidentemente quería que su nieto sintiera el canto, la medida, el ritmo, la rima, del glorioso poema del Dante en su lengua original italiana. Aquel señor intuía certeramente que la poesía, en realidad, es intraducible. Y aunque ya la había disfrutado al menos dos veces, no duda en dedicar los siguientes dos años a leerla por tercera vez con Eduardo, abriéndole una puerta decisiva hacia la ilusión y la magia que gobiernan su vida hasta el día de hoy. La Divina Comedia, el Quijote y González Prada están en el inicio y el fundamento de su vocación de escritor, como también aparecen, supongo, Los cuentos de Las mil y una noches, pues en cierto punto nos habla de su fascinación por Sherezade, a quien luego buscaba en todas las mujeres que conocía. Sherezade, por lo demás, le había enseñado que, gracias a contar cuentos, había conseguido sobrevivir más de mil días a la decapitación que le tenía reservada el sultán, como a todas las antecesoras en su lecho; de todo lo cual González Viaña concluye que la literatura puede servir para algo tan práctico como salvar el cuello.

Estas memorias nos presentan a un escritor plenamente realizado, con harto mundo, y vaya que lo ha recorrido, dueño de una experiencia rica, inagotable. Tanto que, entre otras decisiones y aventuras, se ha ido del Perú, para siempre, varias veces en su vida; disfrazado de Roy Rogers entró a los Estados Unidos; fue rescatado por Rivero Ayllón en Teherán; ha puesto su corazón eternamente al lado de los perdedores; la hizo de contrabandista de libros e ideas subversivas en España; no cesa de publicar y hacer hablar al pueblo y sus personajes, a los zorros y las montañas; y, como Santiago, no celebra la lluvia sino que hace llover. Qué bueno que nos la comparta en este volumen que incita a la relectura y que es además cuantioso de páginas, lo que garantiza un estupendo y largo viaje hacia la ilusión y la alucinación.

Termino aquí mismo, no vaya a ser que Eduardo me sorprenda y sonría. No quisiera exponerme al riesgo de una demanda judicial. O a la aventura de una cicatriz en el lado derecho de mi frente. Porque la experiencia enseña a toda persona prudente que es mejor no meterse con sabios del norte, allá donde las profecías de Fátima se cumplen, allá donde las campanas siguen doblando, allá donde los bogas gomean a Mauro Mina y cantan con La Sonora Matancera, en fin, allá donde las bravas mujeres detienen ejércitos enteros y la muerte es una dama que se confiesa y rehúsa ser clandestina.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 705 año 14, del 18/10/2024

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8 de junio de 2024

Perú: De la exclusión a la expulsión

Alberto Vergara

El último reporte del INEI no solo señala el incremento de la pobreza sino que muestra un deterioro económico general de la sociedad peruana. Vergara propone una interpretación sobre lo que significa pasar de la exclusión social a la expulsión social.

En un texto de 1987, Hugo Neira proponía que era muy difícil para las ciencias sociales estudiar la acelerada decadencia peruana de aquella época. En la medida que sus premisas y vocabulario se asientan en la idea del progreso estaban muy mal equipadas para observar un país marcado por el deterioro que imponían la violencia senderista y la anomia que la subyacía (que era el tema de aquel artículo).

37 años después nos ocurre algo semejante. La nueva normalidad es el retroceso. Nos cuesta asomarnos a ese proceso, no sabemos cómo nombrarlo, queremos considerarlo un accidente y no una tendencia. El Perú posterior a los años ochenta se asentó de manera decisiva sobre la idea del progreso, del desarrollo, de la mejora, de dejar en el espejo retrovisor aquellos años sombríos que desalentaban al sociólogo Neira y al país entero. Pero no solo se trató de una “narrativa” o embeleco ideológico; el Perú, efectivamente, prosperó, se hizo menos pobre; el desgobierno económico y la violencia fueron superadas. Desde luego, esta nueva prosperidad fue desigual, imperfecta, insuficiente, y contenía los elementos que eventualmente podían servir a su propia destrucción.

Con todo, el Perú de las últimas tres décadas anduvo con las muletas del progreso; progreso tanto en su dimensión de creencia colectiva, como de experiencia a nivel individual. Para decirlo de otra manera, durante las últimas décadas fuimos una sociedad donde habitaba la creencia según la cual, de una manera u otra, progresábamos.

Pero ahora estamos subdesarrollándonos. Rápido. Y no estamos preparados para observar el declive y, mucho menos, terminar de aceptarlo. Brillamos en el oficio de dorar la píldora: encontramos consuelo en las bases macroeconómicas aún estables, nos repetimos que la capacidad de endeudamiento del Estado todavía es importante; nos confortamos resaltando que nuestra tasa nacional de homicidios es aún menor que la de otros países; el cobre, Chancay y el litio devienen amuletos mitológicos de la resurrección; y nunca falta quien convierte a Basadre en gurú de autoayuda para reiterarnos que, además de problema, somos posibilidad. Como no hemos experimentado un crack definitivo, negamos que esté preparándose. Para que sea imposible, lo hemos convertido en impensable. El Perú de estos años es como ese personaje que caía desde un piso cincuenta y al pasar por el 25 reflexionaba: hasta aquí, todo bien.

Los resultados del informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), publicado hace un par de semanas, son un pedacito de esta historia. Como sabemos, la señora que funge de presidenta quiso ocultar el reporte. Cuando finalmente se hizo público, el dato del aumento de la pobreza atrajo todas las miradas: de 2022 a 2023 se agregaron algo más de medio millón de peruanos en condición de pobreza. Hoy una de cada tres personas es pobre. Más de tres millones de pobres adicionales en relación con el 2019. (Nuestros niveles de pobreza han regresado a los de 2010). Por mucho, la peor performance de la región.

Y aquí es importante subrayar que el umbral metodológico que divide a la pobreza de la no-pobreza es bajísimo. A veces en la discusión pública –y lo noto con mis estudiantes– se desconoce el monto de esa línea divisoria y se piensa que únicamente esos 10 millones de pobres pasan penurias. La gente a penas si cree cuando nota que alguien que gana 500 soles al mes ya no califica como “pobre”. Para decirlo con el lenguaje oficial y tecnocrático, tenemos diez millones “vulnerables” (además de los diez millones de “pobres”). O sea, otro grupo marcado por la carestía. De hecho, somos un país tan misio que los estudios de mercado consideran sector socioeconómico A –que agrupa al exclusivo 1% de las familias peruanas– a hogares con ingresos que apenas si arañarían la clase media en países desarrollados. Pero esto no suele aparecer en la conversación nacional. Aunque sabemos que somos un país pobre, en los sectores con más influencia en la vida nacional no se aquilata cuán pobres somos. Muchos años con el cuento de la nueva clase media.  

Ahora bien, menos discutido que el incremento de la pobreza ha sido otro resultado del mismo informe que resulta espeluznante: a todo el mundo le va peor en el Perú de estos días. Como es evidente, esto no equivale a decir que las consecuencias de esto sean homogéneas o análogas. En los sectores más bajos se traduce en decisiones de corto plazo que a la larga reproducen la pobreza. Por ejemplo, se retira a la hija del colegio para que trabaje o, directamente, se recorta el consumo de comida –y, sobre todo, de aquella con mayor valor alimenticio– pues se debe mantener el dinero para ir a trabajar, costear vivienda, etc…

Sin embargo, la disminución transversal del ingreso tiene consecuencias importantes en todos los estratos. Según el reporte, todos los deciles económicos del país –todos– gastan hoy aproximadamente 10% menos que en 2019. Esto es una paliza para la sociedad.

Pero no solo se trata de una paliza para la situación material de las personas. Este retroceso generalizado frustra las expectativas de las familias, trunca los proyectos personales y destila una amargura nociva. A la crisis económica sigue la crisis de nervios.

En otras palabras, una sociedad que estaba acostumbrada a incrementar sus ingresos –aun si de manera modesta y desigual– y a planificar el futuro desde esa premisa, ahora debe reajustar a la baja cada una de sus expectativas, decisiones y proyectos. Si antes te iba mal, al menos veías que alrededor tuyo había otros mejorando. No más. Ahora, lo que me pasa a mí le está ocurriendo a todos. Es una situación nueva. Ya no podemos pensarnos desde el progreso, sino desde el retroceso. Y no estamos acostumbrados

Estamos poniendo pie en terra incognita. Es decir, en el Perú siempre existió y existe exclusión. Pero ahora llega otra cosa: la expulsión. Carlos Pagni lo ha señalado sobre el conurbano de Buenos Aires. Quedar fuera de lo que habías planeado y deseado. A todos los sectores sociales –probablemente con la excepción de los descomunalmente ricos, unos cuantos miles– los define más la expulsión que la exclusión. Una sociedad gradualmente expulsada de ciertas promesas o esperanzas y empujada a administrar el declive. Personas y familias expulsadas de sus anhelos y obligadas a lidiar con la frustración. Como señala un libro excelente sobre la pobreza en Argentina, a la carestía material se suma la consciencia del deterioro; una ciudadanía que sufre la escasez, pero también la amargura de recordar cuando podía comer milanesas y que considera tener derecho a ellas. (Cómo hacen los pobres para sobrevivir, Javier Auyero y Sofía Servián, Siglo Veintiuno, 2023).

Es importante notar que el retroceso mayor está ocurriendo en el Perú urbano y no en el rural. Obviamente, la pobreza es una calamidad en cualquier lugar, pero experimentar el retroceso en las ciudades necesariamente afecta un cúmulo más complejo de expectativas, en especial de los jóvenes.

Y todo esto sucede, hay que recordarlo, en medio de dos procesos. De un lado, el oro y el cobre alcanzan precios excepcionalmente altos. Hay que esforzarse para empobrecer a un país e instaurar la expulsión social cuando las condiciones internacionales son así de favorables. Dina, sus sobones del Ejecutivo y sus waykis del Legislativo –y sus valedores en distintos ámbitos– están logrando que al desmantelamiento del Estado siga la destrucción de la sociedad. Y les da igual.

De otro lado, este nuevo fenómeno de expulsión social ocurre cuando las economías ilegales se expanden a toda velocidad. 44% del oro ilegal producido en Sudamérica es exportado desde el Perú. En una encuesta 87% de peruanos asegura que algún negocio ilegal dinamiza la economía de su región. Se trata de una ecuación para el susto: el Estado es cómplice de la expansión del crimen, al tiempo que pauperiza a una sociedad que se vuelca a las economías criminales. Un atado de cables pelados.

Si todo esto no se altera pronto, el declive proseguirá. No solamente el incremento de la pobreza, sino la frustración y angustia que impone una normalidad marcada por la zozobra. Un deterioro que hay que enfatizarlo no es solo monetario, sino uno que alcanza múltiples ámbitos de la vida nacional. Nos queda aún por descubrir las consecuencias de esta nueva época marcada por el declive y la expulsión.

https://larepublica.pe/opinion/2024/06/02/de-la-exclusion-a-la-expulsion-por-alberto-vergara-16538

Alrededor de 181 millones de niños tienen dificultades para acceder a dietas nutritivas

Naciones Unidas

La inflación, unida a la desigualdad, los conflictos y la crisis climática han llevado a los menores a una pobreza alimentaria, según la agencia de la ONU para la infancia.


En medio de las crisis mundiales de conflictos y desastres naturales, millones de niños menores de cinco años tienen dificultades para acceder a dietas nutritivas y diversas, necesarias para su desarrollo según revela el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Esta agencia de la ONU publicó el jueves un nuevo informe que pone de relieve los alarmantes niveles de pobreza alimentaria infantil debidos a la desigualdad, los conflictos y las crisis climáticas.

El informe advierte que los precios de los alimentos y el coste de la vida han alcanzado niveles récord mientras los países siguen recuperándose de los efectos de la pandemia del COVID-19.

Harriet Torlesse, especialista en nutrición de UNICEF y redactora principal del informe, afirmó que uno de cada cuatro niños del mundo sobrevive con dietas extremadamente pobres, consumiendo sólo dos o menos de los principales grupos de alimentos.

“Para un niño de Afganistán, por ejemplo, eso significa sólo un poco de pan o quizá leche en todo el día, y casi con toda seguridad nada de verduras ni frutas, ni buenas fuentes de proteínas”, declaró a Noticias ONU antes de la presentación. “Y esto es muy preocupante porque estos niños no pueden sobrevivir con dietas tan pobres”.

Millones de afectados en todo el mundo

Según el informe, el 65% de los 181 millones de niños del mundo que sufren pobreza alimentaria infantil residen en 20 países: unos 64 millones se encuentran en Asia meridional y 59 millones en África subsahariana.

Además, casi la mitad de los casos están relacionados con hogares en los que destaca la pobreza de ingresos.

Sin embargo, hay muchos otros factores que alimentan esta crisis, como “los sistemas alimentarios que no proporcionan a los niños opciones nutritivas, seguras y accesibles, la incapacidad de las familias para permitirse alimentos nutritivos y la incapacidad de los padres para adoptar y mantener prácticas positivas de alimentación infantil”.

Unos países progresan mientras que otros empeoran

Más de la mitad de los niños de Somalia sufren pobreza alimentaria infantil en medio de conflictos y desastres naturales.

Del mismo modo, en la Franja de Gaza, nueve de cada 10 niños se enfrentan a altos niveles de pobreza alimentaria mientras continúan los combates.

“Esto demuestra el terrible impacto que el conflicto y las restricciones están teniendo en la capacidad de las familias para satisfacer las necesidades alimentarias de los niños, y la velocidad a la que esto pone a los niños en riesgo de desnutrición potencialmente mortal”, señala el informe.

Sin embargo, explicó que otros países que se enfrentan a sus propias crisis, como Burkina Faso, redujeron significativamente sus niveles de pobreza alimentaria infantil. Burkina Faso ha reducido a la mitad el número de casos.

“Esto demuestra que, con el tipo de acción adecuada, los países pueden progresar, incluidos los países de bajos ingresos”, afirmó Torlesse. “[Estos países] han hecho un esfuerzo deliberado para mejorar el suministro de alimentos nutritivos locales, ya sean legumbres u hortalizas o aves de corral”.

Llamamiento a los gobiernos

UNICEF invocó para que se tomen medidas a fin de que los alimentos nutritivos sean más accesibles para los niños pequeños, se activen los sistemas de protección social para abordar la pobreza de ingresos y se aprovechen los sistemas de salud para prestar los servicios de nutrición necesarios para ayudar a los niños.

Hacemos un llamamiento “a todos los gobiernos, aliados para el desarrollo y humanitarios, para que actúen ahora y den prioridad a las acciones para acabar con la pobreza alimentaria infantil”, dijo Torlesse. “Debemos posicionar la eliminación de la pobreza alimentaria infantil como un imperativo político, en particular para alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible de la desnutrición”.

Añadió que es importante que se refuercen los sistemas de salud para que puedan asesorar y apoyar a las familias sobre cómo alimentar a sus hijos.

“No hay ninguna razón para que los niños crezcan en la pobreza alimentaria infantil”, expresó Torlesse. “No cuando conocemos las consecuencias para la capacidad de los niños de crecer y prosperar, y especialmente no cuando tenemos las soluciones y sabemos lo que funciona”.

https://news.un.org/es/story/2024/06/1530356?utm_source=Noticias+ONU+-+Bolet%C3%ADn&utm_campaign=39530e9c8c-EMAIL_CAMPAIGN_2024_06_06_03_53&utm_medium=email&utm_term=0_e7f6cb3d3c-39530e9c8c-%5BLIST_EMAIL_ID%5D

https://www.leerydifundir.com/2024/06/alrededor-181-mi…ietas-nutritivas/


19 de marzo de 2023

Perú: Maldiciones

César Hildebrandt

“Hemos perdido todo”, dice el hombre.

“Nada nos ha quedado”, dice la mujer.

Lo que el huayco se ha llevado es una habitación de madera balsa, caña brava, cartón y restos de hojalata. Dentro de ella había un camastro, una cocina de dos hornillas, baldes, cucharas de palo, detergentes.

Así viven millones de peruanos. Son los que dan votos pero no son prójimos.

Son los millones de condenados por el sistema que –dicen– nos llevó a la prosperidad.

Son los que la derecha no quiere ver, los que Fujimori escondió, los que el momiaje de todos los colores quisiera desaparecer (no vaya a ser que se den cuenta y salgan a protestar).

Pero no desaparecen. Están allí, con la tenacidad de las estaciones y la voluntad de las hormigas. Viven discretamente, mueren como si no hubieran nacido, sobreviven entre las siete plagas y compran agua en cisternas. Duermen temprano porque cuando no hay luz tampoco hay televisión. Comen poco lo que haya y lo que llene y la mayor parte de sus niños, carentes de proteínas en los primeros años, repetirán el ciclo y engendrarán a los miserables del futuro.

Son invisibles para la gran prensa hasta que llegan los lodos y las riadas. Entonces salen en la tele. Son los extras convertidos en protagonistas, los que emergen de una correntada, los que rescatan a un hijo de un remolino de tablas y menajes de plástico. Llenan la tele con sus historias tristes que apenas pueden narrar. Saben que cuando se termine todo, el olvido los volverá a llamar a filas. Piden ayuda y aparece un alcalde con latas de atún. Pero se han pasado toda la vida pidiendo y algunos están hartos e imaginan un saqueo vengador y multitudinario, un acto de justicia bíblica.  

Maldigo a un sistema que normaliza estas condiciones. Maldigo la crueldad de un país que vive, sin culpa, con millones de sus ciudadanos sometidos a la cadena perpetua de la extrema penuria.

¿Quién los juzgó? ¿Quiénes los condenaron? ¿Dónde fueron a parar sus apelaciones?

No hubo debido proceso. Si eres hijo de miserables, se supone que no debiste nacer. Y si tuviste la imprudencia de nacer, pues lo casi seguro es que no abandonarás la gravedad jupiterina de la pobreza hereditaria. Esas son las reglas. A lo Neruda: “y sin apelación, perro sarnoso”.

Maldigo a un sistema que produce abismos y que luego los tapa con editoriales y estadísticas.

Pero entonces vienen la lluvia, los ríos y la furia y nos recuerdan de qué barro estamos hechos. La naturaleza, en todo caso, es mucho menos impía que el sistema que todos los días activa las quebradas de la injusticia.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 627 año 13, del 17/03/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

13 de diciembre de 2022

Desigualdades climáticas, una nueva fuente de injusticia social

Mateo Aguado, Nuria del Viso

La huella de carbono del 1% más rico del mundo es unas 80 veces mayor que la huella conjunta de las 4.000 millones de personas más pobres del planeta

No cabe duda de que el cambio climático antropogénico es hoy una realidad incontestable. Una realidad que, si no lo es ya, se convertirá en los próximos años en el mayor desafío reconocido que haya tenido jamás la humanidad. El deshielo de los casquetes polares y zonas frías del planeta, la subida del nivel del mar y eventos meteorológicos extremos como los ciclones, las inundaciones, las sequías o las olas de calor son fenómenos cada vez más frecuentes que arrojan cada año miles de pérdidas humanas en todo el mundo y constituyen ya la principal causa mundial de nuevos desplazados forzosos dentro de los países.

Buena parte de los debates de la COP27, recientemente finalizada, se han centrado en determinar quién asume y cómo se reparten los costes de financiación de los impactos del cambio climático en los países más pobres. Esto es, el debate de fondo de esta Cumbre ha tratado las diversas desigualdades existentes en torno al cambio climático y cómo manejarlas en términos políticos: las responsabilidades históricas diferenciadas de los distintos territorios y modos de vida en la desestabilización del clima, los impactos desiguales geográfica y socialmente que el cambio climático ya está causando y la responsabilidad moral y política de apoyar a los países más frágiles para que eviten basar su desarrollo en los combustibles fósiles. Pese a los compromisos anteriores, y a falta de ver acciones futuras, los países ricos muestran poca predisposición a asumir la factura del cambio climático, y el fondo de 100.000 millones creado a tal efecto en la Cumbre de París sigue prácticamente vacío. Las desigualdades frente al cambio climático constituyen, por tanto, un tema central de nuestro presente.

La importancia de rescatar el relato político de la injusticia climática

Existe un mensaje profundamente extendido entre la sociedad y los medios de comunicación que invita a pensar que el problema del cambio climático es cosa de todos, y que todos debemos aportar nuestro granito de arena para tratar de resolverlo. Este planteamiento, sin embargo, resulta algo engañoso, pues lo cierto es que no todos somos igualmente responsables del cambio del clima en nuestro planeta y no todos sufrimos ni sufriremos por igual sus consecuencias. Las causas y efectos del cambio climático antropogénico están atravesadas por multitud de desigualdades que articulan lo que se ha venido a llamar injusticia climática, según la cual son las personas más pobres y los grupos sociales más marginados y discriminados los principales damnificados por los problemas ambientales y eventos extremos derivados de una alteración climática cuya responsabilidad principal se halla en el modo de vida de los más ricos, en el plano micro, y en las grandes estructuras de poder del capitalismo (que funciona a base de cargar sobre otros grupos y territorios los costes del sistema productivo), en el plano macro.

Son, por lo tanto, estos grupos de riqueza y de poder quienes en el fondo acaparan el grueso de la violencia estructural que la atmósfera de la Tierra está sufriendo, y cuyas consecuencias afectan tanto a los ecosistemas y la biodiversidad del planeta como a las personas más pobres y vulnerables que sobre él habitan (aunque al final nos alcanza o alcanzará a todos y todas). Así, a día de hoy probablemente cabría extender la noción de violencia estructural popularizada en 1969 por el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung –referida a aquel tipo de violencia que, siendo infringida de forma difusa e indirecta por las estructuras dominantes de poder, tiene efectos negativos sobre las oportunidades de supervivencia, bienestar y libertad de otras personas o grupos sociales– a la idea de violencia climática, referida, específicamente, a esa forma difusa de violencia que es ejercida sobre el sistema climático global por las personas, grupos y sectores más contaminantes de la sociedad, que son quienes acumulan, como es sabido, la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático en curso.

Siguiendo el rastro de las emisiones

Las emisiones globales de gases de efecto invernadero, que constituyen la causa principal del calentamiento global, muestran enormes diferencias entre ricos y pobres, ya se trate de países o de grupos sociales. Según han concluido dos estudios recientes, publicados ambos en la prestigiosa revista Nature Sustainability, son los países más ricos y con mayores niveles de consumo, así como las personas y clases sociales más adineradas, quienes acaparan el grueso de la responsabilidad ligada al problema del cambio climático. Solo el 10% más rico de la población mundial es responsable aproximadamente del 48% de las emisiones globales de CO2. Por su parte, la huella de carbono del 1% más rico del mundo –que constituye un grupo de personas que cabría holgadamente en un autocar de medianas dimensiones– es unas 80 veces mayor que la huella conjunta de las 4.000 millones de personas más pobres del planeta. Son por tanto las clases más acomodadas de las naciones enriquecidas, así como las elites más pudientes de algunos países emergentes y pobres, las que a través de un consumo excesivo de energía y materiales acumulan la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático.

Pero no solo las causas del cambio climático están sujetas a fuertes desigualdades. Si atendemos a sus consecuencias vemos cómo, nuevamente, afloran notorias injusticias, pues son principalmente las personas más pobres de los países del Sur las que, pese a apenas haber contribuido a ello, más sufren y sufrirán la subida del nivel del mar, las sequías, los ciclones, las olas de calor o las inundaciones asociadas a la alteración antropogénica del clima global. Cabe señalar, además, que junto al nivel de riqueza existen otros vectores de desigualdad que con frecuencia afloran ante los damnificados de los eventos meteorológicos extremos causados por el cambio climático, como las desigualdades raciales y de género. Existe constancia de cómo en las últimas décadas este tipo de eventos severos ha golpeado con especial virulencia a las comunidades marginadas y de bajos ingresos, a los grupos raciales segregados y, dentro de todos ellos, a las mujeres y a la infancia. Basta con ver lo que sucedió en EEUU –el país más rico del mundo– durante el huracán Katrina que arrasó Nueva Orleans en 2005, donde la mayoría de víctimas fueron mujeres afroamericanas con sus hijos. Igualmente, durante el desastre del ciclón que asoló Bangladesh en 1991, de las 140.000 personas que murieron, el 90% fueron mujeres. Un caso paradigmático a este respecto es el del tsunami que arrasó las costas del Océano Índico en 2004, y cuya consecuencia en forma de defunciones fue un 70% más elevada entre las mujeres que entre los hombres. De este modo, y según señalan algunos trabajos, las mujeres y la infancia tendrían hasta 14 veces más probabilidades de morir que los hombres durante este tipo de desastres.

Avanzar hacia una justicia climática y social

Es poco probable que las políticas de reducción de emisiones y adaptación al cambio climático puedan tener éxito si no comienzan a reconocer y visibilizar las enormes injusticias existentes a su alrededor. La transición a la sostenibilidad que tenemos por delante debe involucrar grandes reducciones en el impacto ambiental promedio de la humanidad. Pero estas reducciones han de ser mucho más profundas y tempranas entre aquellos cuyas huellas de carbono son más grandes. Es irreal pensar que podremos resolver los problemas ligados al cambio climático si paralelamente no abordamos los clamorosos niveles de desigualdad social que existen en el mundo, pues ambos problemas están interrelacionados y se refuerzan. Trabajar en favor de la igualdad es un imperativo moral que, además de conllevar enormes provechos sociales, reporta grandes beneficios ambientales, pues tiende a mitigar muchos de los peores efectos del cambio climático al contener el consumo global de materiales y energía. Debe entenderse, por tanto, que luchar hoy por un mundo más justo es luchar por un mundo más sostenible. Reconocer esto, convenientemente ignorado hasta hoy por las grandes estructuras de poder, convierte el propósito de la justicia global en una cuestión socio-ecológica intrínsecamente ligada al ejercicio de la política.

Ha llegado el momento de aceptar que el cambio climático no podrá resolverse únicamente desde la esfera tecnocientífica; hacen falta profundas trasformaciones políticas, económicas y culturales orientadas a construir horizontes de mayor justicia y solidaridad en el mundo. Sostenibilidad ambiental y justicia social son dos caras de una misma moneda cuya arista climática representa, en el fondo, solo uno más de los variados problemas socioecológicos que comprometerán el devenir de la especie humana en los próximos años. Se ha terminado el tiempo para las medias tintas. Es hora de adoptar el compromiso político firme que necesitamos: uno que abogue por una reorganización total del sistema económico mundial basada en el decrecimiento planificado de las economías y sectores más ricos y contaminantes. Solo esto nos permitirá avanzar hacia horizontes civilizatorios de mayor justicia, bienestar y sostenibilidad. No hay tiempo que perder.

Mateo Aguado y Nuria del Viso pertenecen al área ecosocial de FUHEM.

3 de septiembre de 2022

Chile: Llegó la hora de la verdad para la nueva Constitución chilena

Cecilia Vergara Mattei

En un escenario impensable hace solo tres años, Chile está en vísperas de aprobar este domingo 4 de setiembre una nueva constitución.

Más de 14 millones de ciudadanos, por primera vez con voto obligatorio, aprobarán o rechazarán la propuesta redactada por 154 miembros de una Convención Constitucional elegida directamente por la ciudadanía, paritaria y con representantes de los pueblos originarios.

Lo que está en juego es el fin de la Constitución impuesta en dictadura (1980) que garantizó –aún en democracia- la continuidad del modelo neoliberal-extractivista. Los chilenos llegan al plebiscito con un  alto flujo de informaciones falsas -lanzadas por la derecha- sobre esta nueva constitución: desde que se expropiarían bienes privados hasta la instalación de un gobierno indigenista (con bandera propia).

La derecha hizo bien su trabajo de desinformación, abundando en discursos inciviles, invirtiendo fortunas en inundar con fakenews y shit-news las redes sociales y la franja televisiva. La meta era polarizar a los ciudadanos, instándolos a enfrentamientos de violencia verbal pero también física.

El país vive una veda legal a las encuestas, que daban por ganador al Rechazo, usando un diseño que dejó afuera a dos millones de personas en extrema pobreza (no se los considera “consumidores”)”, obvió que el voto es obligatorio por primera vez y que se rediseñaron los centros de votación para privilegiar la cercanía con el electorado.

La campaña del Rechazo para evitar el cambio de la constitución dictatorial defendida por la derecha y la ultraderecha en los últimos 32 años pareció agotada en la última semana. El rechazo sobrevaloró el impacto mediático y las estrategias de ocultamiento de una derecha desprestigiada en condiciones de creciente desconfianza hacia ambos.

Aunque el gobierno tiene prohibido legalmente apoyar una opción concreta, el presidente Gabriel Boric visitó en dos meses 38 comunas desde Arica en el norte a la región de Los Lagos en el sur, destacando la importancia del voto, de la necesidad de transformaciones del país e incluso firmando ejemplares del nuevo texto constitucional que se ha vendido en librerías pese a que se reparte gratuitamente.

Pareció mucho más masivo el apoyo al Apruebo: donde un vasto arco iris, desde movimientos y organizaciones sociales, hasta nuevos y viejos partidos asociados al progresismo, conformaron un frente para contrarrestar las falsas informaciones; mostrar las virtudes del texto constitucional y neutralizar al partido del orden.

El Descocierto recuerda que la elite que ha dominado la escena social, económica, política y mediática estos 50 años, se resiste a ceder su poder construido a partir de una Constitución inspirada en el pensamiento totalitario de Jaime Guzmán, que se fraguó y plebiscitó bajo dictadura.

Las brasas del arresto y prisión preventiva del dirigente mapuche Héctor Llaitul Carrillanca siguen ardiendo. Según fuentes oficiales Llaitul hablaba de tomar las armas pare hacer sabotajes a las forestales y recuperar las tierras que le pertenecen a su pueblo. Su detención es la expresión más reciente del fracaso del presidente Boric en persuadir al mundo indígena a establecer una mesa de diálogo, pese a sus permanentes llamados y a reconocer que desde el Estado hubo un despojo histórico que merece reparación.

Llaitul siempre se mostró bien crítico hacia el proceso constituyente y al gobierno de Boric y a los escaños reservados mapuches los maltrató con un discurso bastante violento diciendo que representan un indigenismo trasnochado y parte del círculo del colonialismo. En ese sentido, el escenario no se modifica con su detención, pero una victoria del rechazo dinamitaría la confianza sobre los espacios institucionales y radicalizaría a los pueblos indígenas.

En Chile tanto el nuevo oficialismo progresista como la oposición derechista, hablan  de la importancia del día después al 4 de septiembre, a 52 años del día en que el socialista Salvador Allende fuera electo presidente en 1970.

Si la victoria es por un margen estrecho, el clima político será de creciente polarización. El Rechazo acrecentará la incertidumbre política e institucional, la discusión sobre el destino del proceso constituyente puede tardar años, concluyendo con un paquete de reformas a la Constitución pinochetista actual. En caso de ganar el Apruebo por un amplio margen, se fortalecería el gobierno y la coalición promotora y dará fuerza para el inicio del programa de reformas constitucionales.

Cecilia Vergara Mattei. Periodista chilena, asociada al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

5 de agosto de 2022

Hay una derecha racional, pero no es la peruana

Pedro Francke

Uno de los principales problemas del Perú es la baja inversión social en educación, salud, protección social e infraestructura descentralizada. La causa primordial de esta deficiencia crítica son los escasos ingresos fiscales provenientes de impuestos. Pero el Congreso derechista, bajo la batuta de Malcricarmen Alva y la fujimorista Patricia Juárez, a fines del año pasado, nos negó la posibilidad de una reforma tributaria: defendieron con uñas y dientes los privilegios de las grandes empresas y multimillonarios, no permitieron ni las medidas para reducir la evasión en el impuesto a los yates de lujo.

El tema, sin embargo, se ha estado moviendo en nuestros países vecinos, que también tienen una baja presión tributaria. La reforma tributaria ya se ha implementado o está en agenda en Colombia, Ecuador y Chile. Gobiernos de derecha, como el de Iván Duque en Colombia y el de Guillermo Lasso en Ecuador, ya las aprobaron. Reformas más avanzadas han sido anunciadas por los gobiernos progresistas de Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia como una de sus prioridades. En este artículo analizo lo que han hecho al respecto las derechas y la próxima semana comento las propuestas de los nuevos gobiernos progresistas vecinos.

IVÁN DUQUE EN COLOMBIA

En el resumen hecho por el FMI, la reforma tributaria del gobierno de Iván Duque “apunta a elevar la presión tributaria en 1¼ por ciento del PBI de las empresas, elevando el impuesto a las ganancias empresariales de 31 a 35 por ciento, complementado con medidas de combate a la evasión”. Resaltemos de entrada que, aun tratándose de un gobierno derechista, el enfoque es redistributivo. Cobrando impuestos a las grandes empresas Duque impulsó esta reforma aun cuando sus ingresos fiscales el año 2019 fueron de 29 por ciento del PBI, comparado con 20 por ciento en Perú.

La nueva reforma tributaria colombiana establece que a partir del año 2022 la tarifa general por impuesto sobre la renta (es decir, utilidades) para empresas nacionales o extranjeras será del 35 por ciento. Para los bancos e instituciones financieras se les puso una tasa especial del 38 por ciento hasta el año 2025, porque tienen altas ganancias y habían tenido un apoyo especial del Estado en pandemia. Son medidas con la misma orientación que las que propusimos para el Perú, gravando más a quienes concentran la riqueza e ingresos. Hay sí una diferencia clave, lógica porque en Colombia la minería no es importante, y lo que sí es muy significativo es el petróleo, del que extraen una buena base de la renta gracias a la participación directa de su empresa pública Ecopetrol como socia en los contratos de explotación. Por otro lado, el impuesto a las ganancias de capital, es decir, a lo que ganan quienes pueden vender acciones de sus empresas a un precio mucho mayor al que invirtieron inicialmente, ya es en Colombi
a de 10 por ciento, que era el nivel  que propusimos elevar aquí dado que en el Perú es de solo 5 por ciento, y que además está exonerado para transacciones en la Bolsa de Valores (exoneración que vence a fines de este año y que ojalá a este Congreso no se le ocurra renovar, aunque estoy seguro que hacia diciembre los lobbies se moverán fuerte en ese sentido).

Esta reforma tributaria colombiana tiene su historia. Duque ha sido un gobierno claramente derechista, elegido bajo la sombra de Álvaro Uribe, gobernante muy afín a Fujimori. Una primera reforma reducía los impuestos a las ganancias empresariales, eliminaba el impuesto al patrimonio y afectaba a las clases medias y populares, lo que prendió el fuego de una tremenda ola de protesta. Duque tuvo que retroceder ante el embate popular, cambiar a su ministro de Economía y dar un fuerte giro para finalmente elevar el impuesto a las ganancias empresariales. A pesar de ello, la reforma es tibia y se eliminó el impuesto al patrimonio, es decir, a la riqueza, razón por la cual el próximo presidente Gustavo Petro (que empieza gobierno este 7 de agosto) ha propuesto una nueva reforma tributaria progresista.

GUILLERMO LASSO EN ECUADOR

Guillermo Lasso, banquero y derechista, ganó el año pasado las elecciones en Ecuador, aunque en la primera vuelta no alcanzó ni el 20 por ciento de los votos. En sus primeros meses de gobierno, de manera similar a como propusimos nosotros en Perú, planteó bajo un mecanismo especial al Congreso varias medidas económicas, incluyendo una reforma tributaria. Aunque Lasso no tiene mayoría en el Congreso, la oposición izquierdista (los herederos de Rafael Correa) se abstuvieron en la votación, permitiendo así que fuera adelante su propuesta, con cambios que se aplican para este año 2022. Permitir las iniciativas de un nuevo gobierno es lo que corresponde hacer a una oposición que no quiere ser obstruccionista como la ultraderecha peruana (aunque cuando se inició el gobierno de PPK, al que el fujimorismo saboteó, sí le delegaron facultades tributarias para que las grandes mineras tuvieran devoluciones de impuestos a velocidad del rayo).

La reforma ecuatoriana establece para las 1,900 más grandes empresas, con patrimonio superior a 5 millones de dólares y que el 2020 (en plena pandemia) aumentaron sus ganancias, una contribución adicional durante dos años de 0,8% sobre su patrimonio, es decir, sobre el valor de sus inmuebles y equipos, descontando deudas. Para las personas de mayores ingresos, la reforma de Lasso aumenta el impuesto a la renta; quienes ganan más de 61 mil dólares al año pagarán 35 por ciento y quienes ganan más de 100 mil dólares al año (8,250 dólares mensuales) pagarán 37 por ciento. Comparativamente, en Perú la tasa más alta en la actualidad es de 30 por ciento, así se trate de una persona que gana millones de soles. La posibilidad de elevar esta tasa fue una de nuestras propuestas negadas en el Perú por la ultraderecha obstruccionista del Congreso de Malcricarmen. Al igual que Duque en Colombia, es notorio cómo desde la derecha se cobra a quienes concentran la riqueza. Las medidas de Lasso, sin embargo, también afectan a la clase media, al eliminar las deducciones de gastos personales y la posibilidad de reducir hasta 14 mil dólares del valor sobre el que se calcula el porcentaje a pagar por consumos en salud, educación y otros rubros que estén debidamente sustentados con facturas.

Adicionalmente, el gobierno de Lasso ha establecido un impuesto temporal a las grandes riquezas, similar al que en la campaña pasada propusimos con Verónica Mendoza y que se aplica en otros países de la región. La medida establece una contribución especial, por un año, para las personas que tengan una riqueza superior a un millón de dólares. Se estima que unos 5 mil ecuatorianos muy ricos deberán pagar este impuesto, con una tasa de 1 por ciento sobre el primer millón de dólares y de 1,5 por ciento por encima de 1 millón 200 mil dólares. Boric en Chile está proponiendo algo muy similar.

Lasso también sacó un régimen simplificado para las pequeñas empresas, la misma idea que propusimos en el Perú para hacerles la vida más fácil a los emprendedores, otro tema que el fujimorismo y la derecha del Congreso actual impidieron, sin que hayan planteado alternativa alguna hasta la fecha.

En resumen, incluso gobiernos derechistas en países vecinos como Ecuador y Colombia han hecho reformas tributarias para que quienes tienen grandes ingresos y riquezas aporten más al fisco y al gasto social. En Perú, la ultraderecha que domina el Congreso defiende con uñas y dientes a las grandes empresas y millonarios. ¿Será por ideologías o por intereses como el de López-Aliaga y su monopolio abusivo de Peru Rail?

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°597, del 29/07/2022   p13

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26 de julio de 2022

Chile reivindica los derechos de la naturaleza en su nueva Constitución

María Valeria Berros

«La naturaleza tiene derechos. El Estado y la sociedad tienen el deber de protegerlos y respetarlos», señala el texto consensuado por la Convención Constituyente de Chile para la nueva Constitución. Es un salto cualitativo en materia de derechos y sigue los pasos de Ecuador y Bolivia. El 4 de septiembre será la votación para ratificar la nueva Carta Magna.

La imagen dio la vuelta al mundo en 2019: la protesta social en Chile ganaba terreno y cientos de miles de personas se manifestaban en el país contra las injusticias vigentes. Una decena de personas trepadas al Monumento al General Baquedano, banderas chilenas y la mapuche, humo y el sol del atardecer. Una demanda recurrente de esas movilizaciones era redactar una nueva Constitución Nacional. Si lo vemos hoy en retrospectiva, tal vez esa fotografía puede convertirse en un elemento para comprender cómo Chile está generando un nuevo avance latinoamericano en la ampliación de derechos: el texto de la Convención Constituyente afirma que «la naturaleza tiene derechos».

Esa fotografía también se puede convertir en una hermosa escena para mostrar cómo, entre las múltiples reivindicaciones que se sostuvieron en meses de manifestaciones, aparecen los pueblos indígenas. Esto último no es menor para reflexionar sobre los derechos de la naturaleza considerando cuán importante ha sido la cosmovisión y movilización de indígena en articulación con otros actores, como el movimiento ecologista e, incluso, organizaciones no gubernamentales, expertos y expertas en el tema a la hora de reconocer los derechos de la naturaleza en nuestra región.

Así fueron las experiencias tanto de la Constitución de Ecuador de 2008, que incorpora los derechos de la Pachamama,y de las dos leyes bolivianas que reconocen de modo explícito los derechos de la Madre Tierra en 2010 y 2012, poco tiempo después de la aprobación de la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia en 2009. En ambos casos se puede identificar la articulación de este reconocimiento con propuestas más amplias que involucran variados aspectos de la vida: el Buen Vivir, el Vivir Bien, planteados como horizontes alternativos al capitalismo global.

Si bien se trata de conceptos con significados en permanente disputa, es cierto que difícilmente serían pensables sin el aporte de las maneras de ser y estar en el mundo muy nutridas de la vinculación con los territorios y con la diversidad de seres con quienes convivimos. Estas propuestas contienen una dimensión ecológica: al reconocimiento del derecho a un ambiente sano se agrega el reconocimiento de la naturaleza como sujeto de derecho. Así, estas experiencias fueron inspirando a otras en la región —existe un importante número de normas locales, proyectos de ley y decisiones judiciales en América Latina— y también conviven con procesos en sintonía a miles de kilómetros de distancia como sucede, por ejemplo, en Nueva Zelanda e India, entre otros.

En abril de este año se delineó un paso fundamental para esta ampliación de derechos en la nueva Constitución de Chile. El texto de la Convención Constituyente sostiene: “Artículo 127. 1- La naturaleza tiene derechos. El Estado y la sociedad tienen el deber de protegerlos y respetarlos; 2- El Estado debe adoptar una administración ecológicamente responsable y promover la educación ambiental y científica mediante procesos de formación y aprendizaje permanentes”.

A su vez, la Convención crea la Defensoría de la Naturaleza como un organismo autónomo cuyo objetivo es la protección y promoción de los derechos de la naturaleza y de los derechos ambientales. Este organismo estará a cargo de una defensora o un defensor de la naturaleza designada/o a partir de una terna elaborada por organizaciones ambientales de la sociedad civil y elegida/o por mayoría en sesión conjunta del Congreso de Diputadas y Diputados y la Cámara de las Regiones.

Este nuevo reconocimiento, así como el diseño constitucional de una defensoría, dan nuevo sustento para comprender estas innovaciones jurídicas que van permeando un campo legal más acostumbrado, tal vez, a pensar en otros términos. Esto último a partir de sus sólidas bases constitutivas que han colocado del lado de los sujetos a las personas físicas y a las jurídicas —es decir, por ejemplo, a las empresas, el propio Estado, las asociaciones civiles y fundaciones, etc.— y del lado de los objetos a animales, plantas, ríos, montañas, suelos. Los replanteos son múltiples. De hecho este texto constitucional no sólo se hace eco de este reconocimiento más holista vinculado con la naturaleza, sino que nutre el debate sobre el estatuto jurídico de los animales. Considera a los animales como sujetos de protección especial y reconoce “su sintiencia y el derecho a vivir una vida libre de maltrato” (artículo 131).

¿Cómo sigue el proceso chileno? El texto de la nueva Constitución de Chile aprobado por la Convención Constituyente será sometido a plebiscito el 4 de septiembre de 2022 en elecciones de carácter obligatorio que, como fue en el caso de Ecuador y de Bolivia, permitirán a la población pronunciarse por sí o por no sobre el nuevo pacto constitucional.

De aprobarse, Chile pasará a integrar el grupo de países que han ampliado derechos reconociendo a la naturaleza como titular de los mismos y a la sociedad y el Estado como encargados de proteger y de respetar esos derechos. Si bien parece un punto de llegada consiste, también, en un nuevo punto de partida: la siguiente agenda será construir las condiciones para que este reconocimiento sea una realidad palpable.

María Valeria Berros. Profesora de la Universidad Nacional del Litoral – Investigadora del Conicet.

29 de octubre de 2021

¿Qué es el neoliberalismo?

Rodolfo Sánchez Aizcorbe

En 1989 cayó el muro de Berlín. Dos años después, en 1991, se desintegraba la Unión Soviética. Entonces el neoliberalismo entró en su apogeo. Mucho se habla del neoliberalismo, pero pocas veces se lo define con precisión como ideología política. El neoliberalismo no es sólo una doctrina económica y política, sino también una visión del mundo. Como doctrina económica, son conocidos sus postulados en torno a que reducir al mínimo la intervención del Estado en la economía es la base de la prosperidad general.

Menos conocida es su doctrina política. Si bien el neoliberalismo acepta la democracia, la entiende sobre todo como procedimiento, es decir, como un mecanismo por el cual se nombra a las autoridades. Pero recela de la democracia entendida como participación, especialmente porque esta podría poner en peligro el orden económico libre de interferencias estatales que defiende.

Con todo, existe otro aspecto de la doctrina neoliberal que rebasa la economía y la política: el neoliberalismo como visión del mundo. Un primer componente de la visión neoliberal del mundo atañe a la relación que establece entre economía y política; un segundo componente al neoliberalismo como filosofía política; y un tercer componente atañe al neoliberalismo como cultura.

En cuanto al primer componente, el neoliberalismo asume el predominio de lo económico sobre lo político, en un sorprendente parecido con la doctrina marxista en ese aspecto. Para el neoliberalismo, la absoluta libertad en materia económica es el fundamento imprescindible de la libertad política. A tal punto que para algunos neoliberales es más libre una sociedad bajo un régimen político dictatorial con libertad económica (el Pinochet de Chile, por ejemplo), que bajo una democracia política con fuerte intervención del Estado en la economía (por ejemplo, los países nórdicos de Europa).

Para estos neoliberales, además, el primer caso conduce en el largo plazo a las libertades políticas del individuo, mientras que el segundo caso conduce a la pérdida de sus libertades políticas.

Podemos deducir, a partir de estas consideraciones, aquello que diferencia al neoliberalismo del liberalismo a secas. Para este último, las libertades políticas y las libertades económicas son autónomas, y si bien interactúan no por ello puede sostenerse que una es más primordial o fundamental que la otra. Incluso, algunos liberales están dispuestos a aceptar medidas intervencionistas típicas del Estado de bienestar para garantizar la igualdad de oportunidades.

En cuanto al segundo componente, el neoliberalismo se presenta también como una filosofía política. Desde esta perspectiva, el individualismo es llevado al extremo hasta el punto en que se interpreta la sociedad como la mera suma de los individuos. La sociedad no existe, solo los individuos, en palabras de Margaret Thatcher.

El tercer componente, el neoliberalismo como cultura, se encuentra claramente representado en nuestro país, por ejemplo, por el emprendedurismo extremo. Entendiendo por este, no el anhelo de una vida mejor, de mayor bienestar material o de superación personal, sino la unilateralización del individualismo hasta hacer desaparecer todo proyecto colectivo, toda lucha por derechos colectivos, y reducir el éxito personal a la responsabilidad única y exclusiva del individuo, borrando de la ecuación las circunstancias o condiciones sociales o de grupo.

La cultura y la filosofía política del neoliberalismo, con su énfasis en la guerra de todos contra todos por el éxito individual, colisiona así con el republicanismo, la doctrina o filosofía política que busca equilibrar los intereses individuales y colectivos, los deberes y los derechos, y las libertades personales y el bien público. El equilibrio republicano es moralmente superior al unilateralismo neoliberal.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°562, del 22/10/2021   p19

13 de febrero de 2021

Vacunas y desigualdad en el capitalismo realmente existente

Renán Vega Cantor

En el capitalismo se acentuó la desigualdad en las últimas décadas, hasta el punto de que 2.150 multimillonarios poseen más riqueza que 4.600 millones de personas (el 60% de la población mundial) y de ellos 8 multimillonarios acumulan más riqueza que 3.000 mil millones de personas.

En cada país se reproduce esa desigualdad, entre una minoría opulenta y una gran mayoría desprovista de lo elemental para llevar una vida medianamente digna. El 90% de los pobres nacen y mueren pobres y el 90% de los ricos nacen y mueren ricos y dicha realidad se presenta como una fatalidad, producto de la meritocracia de los ricos y la incapacidad congénita de los pobres. Esa desigualdad de ingresos y riquezas se manifiesta en la vida cotidiana en términos de vivienda, alimentación, acceso a agua potable, salud, educación, nivel de consumo de materiales y energía. Un ejemplo es indicativo: los multimillonarios se refugian en sus búnkeres de vacaciones para evitar el contagio y disfrutan de comodidades que rayan en la obscenidad, mientras millones de seres humanos rebuscan en bolsas de basura algún desecho que les permita alimentarse o vestirse y duermen en chabolas o en las calles, absolutamente desprotegidos. Durante el 2020, los cinco individuos más opulentos del planeta aumentaron su riqueza en 300 mil millones de dólares, mientras que 115 millones de personas han caído en la pobreza extrema (sobrevivir con menos de 1.9 dólares al día), elevando su cifra a 815 millones.

En un principio se dijo que la Covid-19 era una enfermedad de los ricos, pero pronto se demostró que eso era falaz, porque epidemias y enfermedades golpean con virulencia a los pobres, por sus condiciones de desprotección, desnutrición, carencia de acceso a agua potable, falta de medicamentos y de servicios hospitalarios. Se confundió a los difusores mundiales de la pandemia (que sí fueron los ricos y la clase media que viaja en avión de país a país y entre continentes) con una pretendida segmentación de clase hacia arriba en cuanto a los infectados, que resultó ser mentira.

Un año después de la expansión de la pandemia la mayor parte de los infectados y muertos forma parte del segmento más pobre y desprotegido de la población en cada país, como pasa con los afroamericanos y latinos en los Estados Unidos. Existe una notable injusticia epidemiológica, esa sí de clase, en la que los más pobres, por su condición social y económica, están más expuestos a soportar el embate de la enfermedad y las epidemias y están en la primera línea de los que mueren y sufren (mortalidad y morbilidad) por enfermedades evitables (como las que genera el consumo de agua impotable) y por epidemias y pandemias (Sida, Ebola, Gripe Aviar, Covid-19). En contraposición, unos pocos cuentan con una vacuna vital desde antes de nacer, por lo que se entiende la riqueza que les va a permitir una vida plena de lujo y derroche.

Cuando emergen nuevas enfermedades pandémicas que son generadas por virus, frente a las cuales no hay inmunización, existen dos posibilidades: no hacer nada y esperar que la población se adapte (la inmunidad de rebaño); o buscar una vacuna para enfrentarla. En el primer caso el costo humano suele ser elevado, con millones de contagiados y muertos; en el segundo caso viene la puja por quiénes producen la vacuna y a quiénes se les aplica. Por supuesto, se imponen los ricos, con lo que se genera una brecha de inmunización, que replica la brecha social y la digital, con unos pocos beneficiados, en términos de países y personas, y vastas mayorías en el completo desamparo y a las que les resta encomendarse a Dios para que les proporcione una pronta inmunidad de rebaño, esperando no morir, pero viendo sufrir y morir a familiares y amigos.

Esa desigualdad se evidenció en las primeras de cambio de la pandemia, con los tapabocas y los respiradores, acaparados por ciertos países y dentro de ellos por los ricos y poderosos, como prueba de que no existen los milagros sanitarios. Apenas se expandió el coronavirus y afectó a Europa occidental y a Estados Unidos, las multinacionales farmacéuticas se dieron a la tarea de encontrar una vacuna en forma rápida. Que esas empresas se hubieran interesado se debió a que la peste llegó al centro del capitalismo mundial y allí se configuró un apetecido nicho de mercado, el de los millones de personas a ser vacunadas. Pronto emergió el nacionalismo epidemiológico, cuando Estados Unidos y las potencias de la Unión Europea compraron por anticipado las vacunas anunciadas por Pfizer y otras empresas para suminístralas en forma exclusiva a sus connacionales. Esto significa la exclusión de gran parte de la humanidad, que se encuentra en los países que no tienen poder ni dinero para comprar vacunas. Y eso es lo que se está materializando en estos instantes, con la distribución de las primeras dosis de las vacunas, lo que se hace con una clara segmentación de clase, raza, nacionalidad y género. El mapa de enero de 2021 señala la desigual distribución mundial de la vacuna, que se concentra en Estados Unidos y Europa occidental, donde se acumulan millones de dosis. Canadá ha comprado vacunas suficientes para vacunar cinco o seis veces a todos sus habitantes, mientras que un país africano, Guinea, ha puesto a estas alturas 25 vacunas sobre un total de 12,4 millones de habitantes.

En muchos países, entre los que se incluye Colombia, ni siquiera ha empezado la vacunación y los pronósticos indican que este año se comprará una cantidad ridícula de dosis, que cubren una mínima parte de la población. El que paga manda, siendo la prueba Israel, que ha comprado cantidad suficiente de dosis para vacunar a sus habitantes ‒pero eso sí excluyendo a los palestinos, en una clara expresión de una guetoización sanitaria, simétrica al brutal apartheid a que somete a ese pueblo enjaulado en la cárcel a cielo abierto más grande del planeta‒ y las ha pagado a Pfizer y Moderna a 47 dólares la unidad, una cifra que equivale a casi tres veces el precio comercial que ha pagado Estados Unidos, que ha sido de 19 dólares.

En estas condiciones, 70 países pobres podrán vacunar a uno de cada diez habitantes, un resultado macabro de la política de las multinacionales farmacéuticas, respaldadas por países como Estados Unidos, para las cuales producir vacunas no es una de sus prioridades. Es menos rentable producir vacunas que medicamentos, porque son de aplicación general y no selectiva, se aplican solo una o pocas veces en la vida y son compradas por los Estados y los sistemas públicos de salud. A esas farmacéuticas les interesan los clientes con dinero, principalmente los del sector privado, lo que explica que en los Estados Unidos el número de fabricantes de vacunas haya caído de 26 en 1967 a 5 en 2004, porque produce ganancias ocuparse en tratamientos paliativos y no en los preventivos. Ahora, de manera excepcional, las farmacéuticas producen vacunas porque tiene consumidores asegurados en Estados Unidos y Europa occidental, que son los que importan y tienen con que pagar, el resto puede morirse a su suerte, como manifestación de un genocidio maltusiano.

Como el cinismo no tiene límites, la lista de quienes va a ser vacunados la encabezan los ricos, dejando en segundo plano a los que más lo necesitan, personas de la tercera edad y con enfermedades. En California, por ejemplo, los ricos y famosos ofrecen 25 mil dólares para que sean los primeros vacunados, incluso antes que el personal médico. Con esto se confirma que en el capitalismo la desigualdad es un terrible virus, que mata más que la Covid-19.