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28 de octubre de 2023

La toxicidad del modo de vida capitalista

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Mateo Aguado

Más de diez millones de personas mueren cada año en el mundo por la contaminación del aire, una cifra equivalente a los decesos provocados por las guerras, el terrorismo, el sida, la tuberculosis, la malaria y las drogas

Aunque en el último medio siglo el capitalismo ha logrado un éxito incomparable en términos de opulencia material, cada vez son más las evidencias que cuestionan su contribución real a la calidad de vida de las personas, fundamentalmente en lo relativo a los aspectos más inmateriales del bienestar, como la cohesión social, la autonomía personal, la salud física y mental, el buen uso del tiempo, el disfrute de unas relaciones interpersonales gratificantes o la disponibilidad de unos entornos naturales seguros y saludables.

Tal y como ha puesto de manifiesto el I Informe Ecosocial sobre Calidad de Vida en España, publicado recientemente por el Área Ecosocial de FUHEM, no está nada claro que el modo de vida propio de las sociedades industriales esté conduciéndonos a tener una vida de mayor calidad y bienestar. Cuando analizamos rigurosamente todas las aristas e implicaciones ligadas a la propuesta capitalista, vemos como ésta, además de estar erosionando muchas facetas de la vida social (incremento de la pobreza y la desigualdad, aumento de la precariedad laboral, persistencia de la exclusión social), está comprometiendo seriamente las bases ecológicas y ambientales sobre las cuales toda sociedad descansa (y de las que depende, en última instancia, nuestra propia subsistencia y bienestar).

El modo de vida capitalista, caracterizado entre otras cosas por ser enormemente consumista y contaminante, no solo está deteriorando los ecosistemas y la biodiversidad de la Tierra a un ritmo nunca visto, sino que también está induciendo alteraciones graves en muchos procesos esenciales relacionados con el funcionamiento integral del planeta, como la composición química de la atmósfera, el sistema climático o los ciclos biogeoquímicos de los elementos.

Una de cada seis personas en España respira aire de mala calidad que incumple los estándares legales

Según alertaba recientemente un informe de Ecologistas en Acción, una de cada seis personas en España respira aire de mala calidad que incumple los estándares legales. El principal foco de esta contaminación procede de la quema de combustibles fósiles ligada al tráfico motorizado, particularmente presente –como es sabido– en las grandes áreas urbanas de nuestro país, que es precisamente donde vive la mayor parte de la población. Además, considerando los nuevos valores límite y objetivos propuestos para 2030 por la Comisión Europea, la población expuesta a aire contaminado en España aumentará, muy probablemente, hasta los 37,8 millones de personas para finales de la presente década; esto es, un 80% de la población. Este “asesino invisible”, tal y como ha sido descrito por la Organización Mundial de la Salud (OMS), está detrás en todo el mundo del 36% de las muertes por cáncer de pulmón, del 34% de los fallecimientos por infartos cerebrales y del 27% de las defunciones por cardiopatías e infartos de miocardio. Con todo, se estima que en torno a 10,2 millones de personas mueren cada año en el mundo a causa de la contaminación del aire (una cifra equivalente a la suma de los decesos provocados por las guerras, el terrorismo, el sida, la tuberculosis, la malaria y el consumo de drogas y alcohol). En España, se calcula que esta cifra es de al menos 25.000 defunciones prematuras al año, quince veces más que las muertes causadas por los accidentes de tráfico.

Alrededor del 30% de la carga global de enfermedades en la infancia guarda relación con factores ambientales

Pero no sólo a través de la respiración sufrimos las consecuencias del modo de vida capitalista. Muchos de sus peores impactos sobre la salud humana nos llegan a través de los alimentos que cada día consumimos. Un estudio publicado este mismo año en nuestro país detectó restos de plaguicidas prohibidos en la orina de niños de entre 7 y 11 años de distintas zonas urbanas y rurales de España. En algunos casos, la exposición a estas sustancias tóxicas y cancerígenas –y con capacidad disruptiva sobre el sistema endocrino– llegó a afectar de forma continua al 60% de los menores analizados. Tal y como señala la OMS, alrededor del 30% de la carga global de enfermedades en la infancia guarda relación con factores ambientales. La triste realidad es que estamos depositando nuestra alimentación en manos de grandes industrias trasnacionales consagradas a producir ingentes cantidades de comida barata a costa de un uso indiscriminado de plaguicidas y fertilizantes de nueva síntesis. Estos fertilizantes están además alterando los ciclos del fósforo y del nitrógeno en los ecosistemas, multiplicando los casos de eutrofización en lagos y embalses e incrementando la extensión de las conocidas como zonas muertas oceánicas. Este uso intensivo y tecnificado de fertilizantes está asimismo acelerando los procesos erosivos del suelo fértil en todo el planeta; un fenómeno que la mayoría de las veces se ve retroalimentado por otros problemas ambientales como el cambio climático o los cambios de uso del suelo. Este cóctel de factores hace que, en España, el 37% de la superficie nacional se encuentre ya en riesgo de desertificación.

Hasta tal punto hemos propagado agentes contaminantes por todo el globo que un estudio reciente alertaba sobre los altos niveles de PFAS detectados en los suelos, la lluvia y las aguas superficiales de todo el mundo. Los PFAS, o sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, son un grupo de unos 4.700 compuestos químicos artificiales que desde la década de los 40 se han empleado en una amplia gama de productos y objetos de uso cotidiano, como las baterías de cocina, los envases de alimentos o los repelentes de manchas. En los últimos años, los PFAS han sido relacionados con diversos problemas de salud humana, incluidos varios tipos de cáncer, trastornos de aprendizaje y comportamiento en niños, infertilidad y complicaciones durante el embarazo, aumento del colesterol y problemas del sistema inmunitario. El drama alcanza tal magnitud que, como sentencia el citado trabajo científico, el agua de lluvia ya no es potable en ningún lugar del mundo, pues sus niveles de contaminación química exceden los valores límite definidos en la mayoría de directivas nacionales e internacionales.

Otro foco incipiente de contaminación a tener muy en cuenta es el relacionado con los microplásticos, cuya afección más preocupante la encontramos sin duda en los mares y océanos del planeta. En 2018, una investigación liderada por el Centro Helmholtz de Investigaciones Polares y Marinas (Alemania) encontró hasta 12.000 partículas de microplásticos por litro de hielo marino en muestras recogidas en cinco regiones diferentes del océano Ártico. En esta dirección, un trabajo publicado este mismo año basado en más de 11.700 muestras de agua marina, estimó que deben existir en torno a 170 billones de partículas microplásticas flotando en los océanos de todo el mundo (partículas que, pese a su diminuto tamaño, tiene un peso conjunto estimado de entre 1,1 y 4,9 millones de toneladas); lo que fue bautizado por los autores como “smog plástico”. Y, como era de esperar, muchos de estos microplásticos han comenzado ya a penetrar en las cadenas tróficas. Un estudio de la Universidad de Plymouth detectó la presencia de microplásticos en el tracto gastrointestinal del 36,5% de los peces examinados en el Canal de la Mancha, tanto en especies pelágicas como demersales. En esta misma línea, científicos de la Universidad de Gante han calculado que los europeos que comen marisco con cierta frecuencia ingieren al menos 11.000 partículas de plástico al año. Por su parte, una investigación de la Universidad Nacional de Incheon (Corea del Sur) detectó la presencia de microplásticos en el 90% de las marcas de sal analizadas a nivel mundial. En España, un estudio similar llevado a cabo por la Universidad de Alicante concluía en 2017 que las sales de todas las salinas de nuestro país contienen microplásticos en diferentes concentraciones.

El agua de lluvia ya no es potable en ningún lugar del mundo, sus niveles de contaminación exceden los valores límite nacionales e internacionales

Las implicaciones sobre la salud humana de los microplásticos son aún bastante desconocidas, pero sin duda representan una amenaza para la seguridad alimentaria y la salud pública de nuestras sociedades que ha de ser tenida muy en consideración. Además, se cree que la descomposición de los plásticos y microplásticos, tanto en los ecosistemas marinos como terrestres, podría estar liberando diversos compuestos tóxicos que, por sí mismos, constituirían un enorme foco de contaminación adicional a nivel global. Uno de estos compuestos, empleado comúnmente en la fabricación de muchos plásticos y resinas, es el conocido bisfenol A (o BPA), un nocivo disruptor endocrino capaz de causar desequilibrios en el sistema hormonal a concentraciones muy bajas, además de promover la proliferación celular y el cáncer, así como de fomentar alteraciones en el desarrollo y maduración celular, daños en el material genético y disfunciones a nivel metabólico, reproductivo, cardiovascular y neuronal.

Todos estos focos de inseguridad que manan de la propuesta capitalista, y a los cuales habría que sumar –por supuesto– los derivados del cambio climático (olas de calor, sequías, ciclones, huracanes, tormentas explosivas, inundaciones, episodios de frío extremo, aumento del nivel del mar, incendios forestales, etc.), dibujan un inquietante escenario de insostenibilidad ambiental bajo el cual se hace cada vez más difícil erigir y garantizar vidas dignas, sanas y seguras para todas las personas del planeta. Ningún modo de vida que socave la integridad y el funcionamiento de los ecosistemas y que entorpezca la salud y autonomía de las personas debería ser jamás tildado de deseable. Urge reconocer que el modo de vida propio de las sociedades capitalistas no está contribuyendo en lo real a la calidad de vida humana, sino más bien todo lo contrario, pues fomenta una noción materialista y consumista del bienestar que está en el origen de la actual crisis ecológica y social.

Mateo Aguado. Miembro del equipo Ecosocial de FUHEM y uno de los autores del I Informe Ecosocial sobre Calidad de Vida en España.

Fuente: https://ctxt.es/es/20231001/Firmas/44400/Observatorio-Social-la-Caixa-contaminacion-aire-ambiente-clima-salud.htm


13 de diciembre de 2022

Desigualdades climáticas, una nueva fuente de injusticia social

Mateo Aguado, Nuria del Viso

La huella de carbono del 1% más rico del mundo es unas 80 veces mayor que la huella conjunta de las 4.000 millones de personas más pobres del planeta

No cabe duda de que el cambio climático antropogénico es hoy una realidad incontestable. Una realidad que, si no lo es ya, se convertirá en los próximos años en el mayor desafío reconocido que haya tenido jamás la humanidad. El deshielo de los casquetes polares y zonas frías del planeta, la subida del nivel del mar y eventos meteorológicos extremos como los ciclones, las inundaciones, las sequías o las olas de calor son fenómenos cada vez más frecuentes que arrojan cada año miles de pérdidas humanas en todo el mundo y constituyen ya la principal causa mundial de nuevos desplazados forzosos dentro de los países.

Buena parte de los debates de la COP27, recientemente finalizada, se han centrado en determinar quién asume y cómo se reparten los costes de financiación de los impactos del cambio climático en los países más pobres. Esto es, el debate de fondo de esta Cumbre ha tratado las diversas desigualdades existentes en torno al cambio climático y cómo manejarlas en términos políticos: las responsabilidades históricas diferenciadas de los distintos territorios y modos de vida en la desestabilización del clima, los impactos desiguales geográfica y socialmente que el cambio climático ya está causando y la responsabilidad moral y política de apoyar a los países más frágiles para que eviten basar su desarrollo en los combustibles fósiles. Pese a los compromisos anteriores, y a falta de ver acciones futuras, los países ricos muestran poca predisposición a asumir la factura del cambio climático, y el fondo de 100.000 millones creado a tal efecto en la Cumbre de París sigue prácticamente vacío. Las desigualdades frente al cambio climático constituyen, por tanto, un tema central de nuestro presente.

La importancia de rescatar el relato político de la injusticia climática

Existe un mensaje profundamente extendido entre la sociedad y los medios de comunicación que invita a pensar que el problema del cambio climático es cosa de todos, y que todos debemos aportar nuestro granito de arena para tratar de resolverlo. Este planteamiento, sin embargo, resulta algo engañoso, pues lo cierto es que no todos somos igualmente responsables del cambio del clima en nuestro planeta y no todos sufrimos ni sufriremos por igual sus consecuencias. Las causas y efectos del cambio climático antropogénico están atravesadas por multitud de desigualdades que articulan lo que se ha venido a llamar injusticia climática, según la cual son las personas más pobres y los grupos sociales más marginados y discriminados los principales damnificados por los problemas ambientales y eventos extremos derivados de una alteración climática cuya responsabilidad principal se halla en el modo de vida de los más ricos, en el plano micro, y en las grandes estructuras de poder del capitalismo (que funciona a base de cargar sobre otros grupos y territorios los costes del sistema productivo), en el plano macro.

Son, por lo tanto, estos grupos de riqueza y de poder quienes en el fondo acaparan el grueso de la violencia estructural que la atmósfera de la Tierra está sufriendo, y cuyas consecuencias afectan tanto a los ecosistemas y la biodiversidad del planeta como a las personas más pobres y vulnerables que sobre él habitan (aunque al final nos alcanza o alcanzará a todos y todas). Así, a día de hoy probablemente cabría extender la noción de violencia estructural popularizada en 1969 por el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung –referida a aquel tipo de violencia que, siendo infringida de forma difusa e indirecta por las estructuras dominantes de poder, tiene efectos negativos sobre las oportunidades de supervivencia, bienestar y libertad de otras personas o grupos sociales– a la idea de violencia climática, referida, específicamente, a esa forma difusa de violencia que es ejercida sobre el sistema climático global por las personas, grupos y sectores más contaminantes de la sociedad, que son quienes acumulan, como es sabido, la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático en curso.

Siguiendo el rastro de las emisiones

Las emisiones globales de gases de efecto invernadero, que constituyen la causa principal del calentamiento global, muestran enormes diferencias entre ricos y pobres, ya se trate de países o de grupos sociales. Según han concluido dos estudios recientes, publicados ambos en la prestigiosa revista Nature Sustainability, son los países más ricos y con mayores niveles de consumo, así como las personas y clases sociales más adineradas, quienes acaparan el grueso de la responsabilidad ligada al problema del cambio climático. Solo el 10% más rico de la población mundial es responsable aproximadamente del 48% de las emisiones globales de CO2. Por su parte, la huella de carbono del 1% más rico del mundo –que constituye un grupo de personas que cabría holgadamente en un autocar de medianas dimensiones– es unas 80 veces mayor que la huella conjunta de las 4.000 millones de personas más pobres del planeta. Son por tanto las clases más acomodadas de las naciones enriquecidas, así como las elites más pudientes de algunos países emergentes y pobres, las que a través de un consumo excesivo de energía y materiales acumulan la mayor parte de la responsabilidad del cambio climático.

Pero no solo las causas del cambio climático están sujetas a fuertes desigualdades. Si atendemos a sus consecuencias vemos cómo, nuevamente, afloran notorias injusticias, pues son principalmente las personas más pobres de los países del Sur las que, pese a apenas haber contribuido a ello, más sufren y sufrirán la subida del nivel del mar, las sequías, los ciclones, las olas de calor o las inundaciones asociadas a la alteración antropogénica del clima global. Cabe señalar, además, que junto al nivel de riqueza existen otros vectores de desigualdad que con frecuencia afloran ante los damnificados de los eventos meteorológicos extremos causados por el cambio climático, como las desigualdades raciales y de género. Existe constancia de cómo en las últimas décadas este tipo de eventos severos ha golpeado con especial virulencia a las comunidades marginadas y de bajos ingresos, a los grupos raciales segregados y, dentro de todos ellos, a las mujeres y a la infancia. Basta con ver lo que sucedió en EEUU –el país más rico del mundo– durante el huracán Katrina que arrasó Nueva Orleans en 2005, donde la mayoría de víctimas fueron mujeres afroamericanas con sus hijos. Igualmente, durante el desastre del ciclón que asoló Bangladesh en 1991, de las 140.000 personas que murieron, el 90% fueron mujeres. Un caso paradigmático a este respecto es el del tsunami que arrasó las costas del Océano Índico en 2004, y cuya consecuencia en forma de defunciones fue un 70% más elevada entre las mujeres que entre los hombres. De este modo, y según señalan algunos trabajos, las mujeres y la infancia tendrían hasta 14 veces más probabilidades de morir que los hombres durante este tipo de desastres.

Avanzar hacia una justicia climática y social

Es poco probable que las políticas de reducción de emisiones y adaptación al cambio climático puedan tener éxito si no comienzan a reconocer y visibilizar las enormes injusticias existentes a su alrededor. La transición a la sostenibilidad que tenemos por delante debe involucrar grandes reducciones en el impacto ambiental promedio de la humanidad. Pero estas reducciones han de ser mucho más profundas y tempranas entre aquellos cuyas huellas de carbono son más grandes. Es irreal pensar que podremos resolver los problemas ligados al cambio climático si paralelamente no abordamos los clamorosos niveles de desigualdad social que existen en el mundo, pues ambos problemas están interrelacionados y se refuerzan. Trabajar en favor de la igualdad es un imperativo moral que, además de conllevar enormes provechos sociales, reporta grandes beneficios ambientales, pues tiende a mitigar muchos de los peores efectos del cambio climático al contener el consumo global de materiales y energía. Debe entenderse, por tanto, que luchar hoy por un mundo más justo es luchar por un mundo más sostenible. Reconocer esto, convenientemente ignorado hasta hoy por las grandes estructuras de poder, convierte el propósito de la justicia global en una cuestión socio-ecológica intrínsecamente ligada al ejercicio de la política.

Ha llegado el momento de aceptar que el cambio climático no podrá resolverse únicamente desde la esfera tecnocientífica; hacen falta profundas trasformaciones políticas, económicas y culturales orientadas a construir horizontes de mayor justicia y solidaridad en el mundo. Sostenibilidad ambiental y justicia social son dos caras de una misma moneda cuya arista climática representa, en el fondo, solo uno más de los variados problemas socioecológicos que comprometerán el devenir de la especie humana en los próximos años. Se ha terminado el tiempo para las medias tintas. Es hora de adoptar el compromiso político firme que necesitamos: uno que abogue por una reorganización total del sistema económico mundial basada en el decrecimiento planificado de las economías y sectores más ricos y contaminantes. Solo esto nos permitirá avanzar hacia horizontes civilizatorios de mayor justicia, bienestar y sostenibilidad. No hay tiempo que perder.

Mateo Aguado y Nuria del Viso pertenecen al área ecosocial de FUHEM.

22 de enero de 2019

Ser anticapitalista hoy: una cuestión de sentido común

Mateo Aguado 

Hace poco más de un año tres científicos de la NASA publicaron un impactante estudio en el que, basándose en modelos matemáticos, pronosticaban el posible colapso de la civilización humana para dentro de pocas décadas. Las causas aludidas como determinantes para llegar a tales conclusiones eran principalmente dos: la insostenible sobreexplotación humana de los recursos del planeta y la cada vez mayor desigualdad social existentes entre ricos y pobres. 

Más allá de analizar la gravedad de esta predicción, hago notar que los 2 motivos que – según los investigadores – podrían acabar provocando el derrumbe de nuestra civilización son precisamente 2 de las más claras características que posee el sistema capitalista: una insensibilidad total hacia la sostenibilidad ecológica del planeta y una abrumadora despreocupación hacia la (des)igualdad y la (in)justicia social. 

En consecuencia no es descabellado afirmar que el capitalismo es hoy una de las mayores amenazas sobre la continuidad de la cultura humana en la Tierra. 

Evidencias de un sistema insensato
 
En las sociedades modernas de hoy en día nos hemos acostumbrado a asociar el poder adquisitivo con la capacidad de alcanzar una vida feliz. Es decir, se asume que nuestro nivel de renta determina la felicidad que podemos llegar a alcanzar en nuestra vida. 

Esta engañosa forma de concebir la vida (basada en los aspectos materiales y monetarios como medida a través de la cual lograr una vida buena) representa, probablemente, la mayor herramienta moral que posee el capitalismo en la actualidad. Sin embargo, como veremos, esta concepción ofrece al menos 2 evidencias que la hacen insostenible.
 
I) La evidencia social 
Desde el punto de vista social el capitalismo es insostenible en tanto en cuanto promociona una sociedad global de poseedores y desposeídos en donde el sobre-consumo innecesario de unos pocos se produce a costa de las carencias vitales de la mayoría. Y es que una de las características que ha demostrado tener el capitalismo moderno es la construcción de sociedades en las que tienden a crecer las desigualdades sociales (lo cual sucede tanto si pensamos a una escala planetaria, a nivel de países, como si lo hacemos dentro de un mismo país bajo el prisma, cada vez más simplificado, de clases). 

Paralelamente a esta estratificación económica de la sociedad en dos claros grupos (unas élites muy ricas y unas masas pobres), el capitalismo no ha logrado tan siquiera cumplir su clásica promesa de traer la felicidad a un creciente número de personas. Son cuantiosos los estudios que en este sentido han cuestionado rotundamente el axioma tan fuertemente instaurado en el ADN capitalista (y en el imaginario colectivo) de que el dinero da la felicidad. Estos estudios vendrían a mostrarnos cómo la correlación entre los ingresos y la satisfacción con la vida sólo se mantiene en etapas tempranas, cuando el dinero es usado para cubrir las necesidades básicas. A partir de este punto entraríamos en una situación de “comodidad” en donde más dinero ya no significa necesariamente más felicidad. Es más, una vez ha sido alcanzada esta situación, seguir buscando obstinadamente el crecimiento económico (en el plano macro) y el aumento de la renta y el consumo (en el plano micro) puede resultar contraproducente, pues tiende a hacernos descuidar otros aspectos de nuestra vida –intangibles pero igualmente esenciales para la felicidad– como las relaciones sociales o el buen uso del tiempo. 

Parece claro que el capitalismo es un sistema que chirría tanto con la justicia social como con la felicidad humana. Como pusieron de manifiesto hace unos años Wilkinson y Pickett –en su obra Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva– estas 2 cuestiones (justicia social y felicidad humana) son asuntos íntimamente relacionados. Parece ser que las desigualdades sociales tienden a hacernos más infelices: en aquellas sociedades en donde son mayores los niveles de desigualdad, mayores son también los niveles de infelicidad. 

De todo esto se puede extraer la acertada conclusión de que una sociedad preocupada por maximizar sus niveles de felicidad debería ser una sociedad centrada en rebajar al mínimo sus niveles de desigualdad (lo cual es incompatible con las actuales políticas de desarrollo occidental). Por ello, como sostiene Jorge Riechmann en su libro ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena , el capitalismo es “un enemigo declarado de la felicidad”. Y por esta misma razón “los partidarios de la felicidad humana no pueden ser sino anticapitalistas”. 

II) La evidencia ecológica 
Por otro lado, el axioma del crecimiento indefinido que el capitalismo defiende, a la vez que (como hemos visto) un sinsentido social, es una inviable biofísica. La constante demanda de materiales y energía que conlleva una economía como la que tenemos no puede mantenerse de forma indefinida en el tiempo sin acabar chocando con los límites biofísicos de nuestro planeta (un lugar éste, no lo olvidemos, finito y acotado). Este hecho, a pesar de ser firmemente ignorado por los economistas convencionales (y por la mayoría de los políticos), constituye una realidad incontestable, tal y como nos enseña la segunda ley de la termodinámica. Se podría afirmar, por lo tanto, que el capitalismo es, desde el punto de vista ecológico, biofísico y termodinámico (desde el punto de vista científico al fin y al cabo) un sistema imposible abocado al desastre. 

Es por razones como ésta que en política y en economía, al igual que sucede con el resto de aspectos de la vida, se hace imprescindible poseer un mínimo de cultura científica para poder ejercer como ciudadanos responsables y comprometidos (o lo que es lo mismo a efectos termodinámicos, para acomodar nuestro comportamiento a los límites biofísicos del planeta). 

Me resultan muy interesantes en este sentido las sabias palabras de Wolfgang Sachs, quien sostiene que, en el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologías de izquierdas o de derechas, sino entre aquellos que aceptan los límites ecológicos del planeta y aquellos que no. O dicho de otro modo, entre aquellos que entiendan y acepten las leyes de la termodinámica y aquellos que no. No se trata por lo tanto de arreglar o refundar el capitalismo (como algún político sostuvo hace no mucho) sino de entender que nuestro futuro como especie en este planeta será un futuro no - capitalista o, sencillamente, no será. 

Hacer comprender al común de los mortales que la esfera económica no puede crecer por encima de la esfera ecológica (al menos no sin comportarse antes como un cáncer) es, por sencillo que pueda parecer de entender, uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la ciencia y la educación del nuevo milenio. 

Sin embargo, esta cuestión de las esferas concéntricas – cual muñecas rusas – y de los límites del planeta es (pese a los reiterados mensajes ilusorios en pro del gasto insensato que el capitalismo difunde) un asunto sencillo de concebir para todas las personas. Y aquí reside – precisamente – nuestra esperanza: la esperanza de un cambio social en aras de poder alcanzar otro mundo posible, más justo y sostenible. 

Como argumentaba recientemente Juan Carlos Monedero , es mucho más factible hacerse anticapitalista a día de hoy desde posiciones ecologistas que desde posiciones marxistas. La inviabilidad de un sistema que aboga por el crecimiento constante en un mundo que es limitado es algo mucho más fácil de comprender para la gente normal que la tendencia descendente de la tasa de ganancia o el fetichismo de la mercancía de la que nos hablaba Marx.
 
Por lo tanto, y a modo de corolario, urge entender que ser anticapitalista a día de hoy no es ya una cuestión de ecologistas o de marxistas aislados, sino que es algo de sentido común; algo directamente relacionado con la lógica de supervivencia. Esperemos que este asunto sea entendido –más temprano que tarde– por la inmensa mayoría de individuos que pueblan la Tierra hasta convertirse en una evidencia popular. Nuestra continuidad sobre el planeta y nuestra felicidad dependen de ello.

Mateo Aguado. Investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid

9 de abril de 2014

Ser anticapitalista hoy, una cuestión de sentido común


Mateo Aguado

Hace poco más de un año tres reputados científicos de la NASA publicaron un impactante estudio en el que, basándose en complejos modelos matemáticos, pronosticaban el posible colapso de la civilización humana para dentro de pocas décadas. Las causas que se aludían como determinantes para llegar a tales conclusiones eran principalmente dos: la insostenible sobreexplotación humana de los recursos del planeta y la cada vez mayor desigualdad social existentes entre ricos y pobres (1).

Más allá de analizar la gravedad de esta predicción, me gustaría hacer notar que los dos motivos que –según estos investigadores– podrían acabar provocando el derrumbe de nuestra civilización son precisamente dos de las más claras características que posee el sistema capitalista: una insensibilidad total hacia la sostenibilidad ecológica del planeta y una abrumadora despreocupación hacia la (des)igualdad y la (in)justicia social.

En consecuencia –y como se verá en mayor profundidad en las líneas que siguen– no resultaría demasiado descabellado afirmar que el capitalismo es, a día de hoy, una de las mayores amenazas que se ciernen sobre la continuidad de la cultura humana en el planeta Tierra.

Evidencias de un sistema insensato
En las sociedades modernas de hoy en día nos hemos acostumbrado a asociar el poder adquisitivo con la capacidad de alcanzar una vida feliz. Es decir, se asume que –más que menos– nuestro nivel de renta determina la felicidad que podemos llegar a alcanzar en nuestra vida (o, como se suele decir, que el dinero da la felicidad).

Esta engañosa forma de concebir la vida (basada en los aspectos materiales y monetarios como medida a través de la cual lograr una vida buena) representa, probablemente, la mayor herramienta moral que posee el capitalismo en la actualidad. Sin embargo, y como veremos a continuación, esta concepción ofrece al menos dos evidencias que la hacen insostenible.

I) La evidencia social

Desde el punto de vista social el capitalismo es insostenible en tanto en cuanto promociona una sociedad global de poseedores y desposeídos en donde el sobre-consumo innecesario de unos pocos se produce a costa de las carencias vitales de la mayoría. Y es que una de las características que ha demostrado tener el capitalismo moderno es la construcción de sociedades en las que tienden a crecer las desigualdades sociales (lo cual sucede tanto si pensamos a una escala planetaria, a nivel de países, como si lo hacemos dentro de un mismo país bajo el prisma, cada vez más simplificado, de clases).

Paralelamente a esta estratificación económica de la sociedad en dos claros grupos (unas élites muy ricas y unas masas pobres), el capitalismo no ha logrado tan siquiera cumplir su clásica promesa de traer la felicidad a un creciente número de personas. Son cuantiosos los estudios que en este sentido han cuestionado rotundamente el axioma tan fuertemente instaurado en el ADN capitalista (y en el imaginario colectivo) de que el dinero da la felicidad. Estos estudios vendrían a mostrarnos cómo la correlación entre los ingresos y la satisfacción con la vida sólo se mantiene en etapas tempranas, cuando el dinero es usado para cubrir las necesidades más básicas. A partir de este punto entraríamos en una situación de “comodidad” en donde más dinero ya no significa necesariamente más felicidad. Es más, una vez ha sido alcanzada esta situación, seguir buscando obstinadamente el crecimiento económico (en el plano macro) y el aumento de la renta y el consumo (en el plano micro) puede resultar incluso contraproducente, pues tiende a hacernos descuidar otros aspectos de nuestra vida –intangibles pero igualmente esenciales para la felicidad– como las relaciones sociales o el buen uso del tiempo (2).

Así pues, parece claro que el capitalismo es un sistema que chirría tanto con la justicia social como con la felicidad humana. Como pusieron de manifiesto hace unos años Richard Wilkinson y Kate Pickett –en su magnífica obra Desigualdad: Un análisis de la (in)felicidad colectiva– estas dos cuestiones (justicia social y felicidad humana) son dos asuntos íntimamente relacionados. Parece ser que las desigualdades sociales tienden a hacernos más infelices: en aquellas sociedades en donde son mayores los niveles de desigualdad, mayores son también los niveles de infelicidad (3).

De todo esto se puede extraer la acertada conclusión de que una sociedad preocupada por maximizar sus niveles de felicidad debería ser una sociedad centrada en rebajar al mínimo sus niveles de desigualdad (lo cual, dicho sea de paso, parece una tarea incompatible con las actuales políticas de desarrollo occidental). Por ello, como sostiene Jorge Riechmann en su libro ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, el capitalismo es “un enemigo declarado de la felicidad”. Y por esta misma razón “los partidarios de la felicidad humana no pueden ser sino anticapitalistas”.

II) La evidencia ecológica

Por otro lado, el axioma del crecimiento indefinido que el capitalismo defiende, a la vez que (como hemos visto) un sinsentido social, es una inviable biofísica. La constante demanda de materiales y energía que conlleva una economía como la que tenemos no puede mantenerse de forma indefinida en el tiempo sin acabar chocando con los límites biofísicos de nuestro planeta (un lugar éste, no lo olvidemos, finito y acotado). Este hecho, a pesar de ser firmemente ignorado por los economistas convencionales (y por la inmensa mayoría de los políticos), constituye una realidad absolutamente incontestable, tal y como nos enseña la segunda ley de la termodinámica. Se podría afirmar, por lo tanto, que el capitalismo es, desde el punto de vista ecológico, biofísico y termodinámico (desde el punto de vista científico al fin y al cabo) un sistema imposible abocado al desastre.
Es por razones como ésta que en política y en economía, al igual que sucede con el resto de aspectos de la vida, se hace imprescindible poseer un mínimo de cultura científica para poder ejercer como ciudadanos responsables y comprometidos (o lo que es lo mismo a efectos termodinámicos, para acomodar nuestro comportamiento a los límites biofísicos del planeta).

Me resultan muy interesantes en este sentido las sabias palabras de Wolfgang Sachs, quien sostiene que, en el futuro, el planeta ya no se dividirá en ideologías de izquierdas o de derechas, sino entre aquellos que aceptan los límites ecológicos del planeta y aquellos que no. O dicho de otro modo, entre aquellos que entiendan y acepten las leyes de la termodinámica y aquellos que no. No se trata por lo tanto de arreglar o refundar el capitalismo (como algún político sostuvo hace no mucho) sino de entender que nuestro futuro como especie en este planeta será un futuro no-capitalista o, sencillamente, no será.

Hacer comprender al común de los mortales que la esfera económica no puede crecer por encima de la esfera ecológica (al menos no sin comportarse antes como un cáncer) es, por sencillo que pueda parecer de entender, uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la ciencia y la educación del nuevo milenio.

Sin embargo, esta cuestión de las esferas concéntricas –cual muñecas rusas– y de los límites del planeta es (pese a los reiterados mensajes ilusorios en pro del gasterío insensato que el capitalismo se empeña en difundir) un asunto sencillo de concebir para todas las personas. Y aquí reside –precisamente– nuestra esperanza: la esperanza de un cambio social en aras de poder alcanzar otro mundo posible, más justo y sostenible.

Como argumentaba recientemente Juan Carlos Monedero, es mucho más factible hacerse anticapitalista a día de hoy desde posiciones ecologistas que desde posiciones marxistas. La inviabilidad de un sistema que aboga por el crecimiento constante en un mundo que es limitado es algo mucho más fácil de comprender para la gente normal que la tendencia descendente de la tasa de ganancia o el fetichismo de la mercancía de la que nos hablaba Marx.

Por lo tanto, y a modo de corolario, urge entender que ser anticapitalista a día de hoy no es ya una cuestión de ecologistas o de marxistas aislados, sino que es algo de sentido común; algo directamente relacionado con la lógica de supervivencia. Esperemos que este asunto sea entendido –más temprano que tarde– por la inmensa mayoría de individuos que pueblan la Tierra hasta convertirse en una evidencia popular. Nuestra continuidad sobre el planeta y nuestra felicidad de ello dependerán.

Notas:

(1) Motesharrei, S., Rivas, J., & Kalnay, E. (2012). A Minimal Model for Human and Nature Interaction .
(2) Para profundizar algo más sobre este tema se recomienda leer este artículo.
(3) La obra de Wilkinson y Pickett (2009) muestra minuciosamente como el incremento en las desigualdades tiene significativas repercusiones negativas sobre otros aspectos de la vida que afectan directamente al bienestar y a la felicidad. Tal sería el caso de la educación, la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la incidencia de enfermedades mentales, el consumo de drogas, las tasas de obesidad y sobrepeso o el número de homicidios; variables todas ellas que presentan peores valores en aquellos lugares en donde mayor es la desigualdad.

Mateo Aguado. Investigador del Laboratorio de Socio-Ecosistemas de la Universidad Autónoma de Madrid.

http://vientosur.info/spip.php?article8899