Mostrando entradas con la etiqueta Racismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Racismo. Mostrar todas las entradas

20 de agosto de 2025

Perú, De inquietante actualidad

Marisa Glave

Pensar históricamente supone ubicarse en un momento de la historia, sabiendo su trascendencia, incluso un siglo después, como se puede desprender de La Escena Contemporánea

Vemos resurgir en el mundo alternativas fascistas, sin pudor y ganando legitimidad por encima de lo que queremos admitir. Resurgimiento íntimamente vinculado con una crisis de la democracia, como régimen de gobierno que no ha logrado dar solución a problemas sociales que se agudizan, como el aumento de la desigualdad y el surgimiento de sectores no solo empobrecidos, sino expulsados física y económicamente. Este momento global tiene inquietantes similitudes con el que vivió José Carlos Mariátegui a inicios de los años 20 del siglo pasado.

Nacido en Moquegua a fines del XIX, Mariátegui no quiso ser un mero observador de las transformaciones políticas, sociales y culturales del cambio de siglo, sino que se convirtió en intérprete de estas y en una pieza clave para el pensamiento crítico latinoamericano. Para entender nuestro país y nuestra región, Mariátegui abrió la mente y el corazón al mundo.

Este año se cumplen 100 años de la primera edición de La Escena Contemporánea, primer libro de José Carlos Mariátegui, publicado en 1925 con sus ensayos sobre personajes y sucesos clave mundiales que conoció durante su periplo por Europa, particularmente en Italia, donde vivió más de 3 años. El Fondo de Cultura Económica ha publicado una edición especial por el centenario del libro, en su Colección Popular, con un estudio preliminar de Martín Bergel. Ambos, el libro y el estudio preliminar, merecen ser leídos hoy.

Pensar históricamente

Mariátegui no era solo un narrador de noticias globales o un difusor de sucesos relevantes; era un “intérprete”, como sostiene Bergel, que, imbuido en la clave marxista que adopta explícitamente, busca dar profundidad a los hechos, ir más allá de lo que reporta la prensa.

Se puede decir entonces que el Amauta buscaba transmitir la totalidad del fenómeno, partiendo de la particularidad de los hechos, pero sin perderse en ella. Da cuenta de procesos históricos, de movimientos temporales, pone en evidencia su complejidad y los elementos contradictorios que puede haber en su interior. Mariátegui era un marxista opuesto al reformismo, pero sin ser dogmático ni creer en soluciones simples ni autoritarias.

Pensar históricamente supone ubicarse en un momento de la historia, sabiendo su trascendencia, incluso un siglo después, como se puede desprender de La Escena Contemporánea. Interpretar el presente, pero teniendo una mirada de futuro, así como un compromiso con el futuro deseado.

Repetir la historia

Como decía Marx, en El 18 brumario, la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Lo que debe interpelarnos sobre la similitud, incluso violenta, del siglo pasado con lo que vivimos hoy. En La Escena Contemporánea, Mariátegui pone en evidencia los límites serios de las soluciones alcanzadas tras la Primera Guerra Mundial y anticipa, hasta cierto punto, lo que se vendría luego con una nueva guerra. Hoy, que hemos reemplazado la llamada Sociedad de Naciones por la Organización de Naciones Unidas (ONU), constatamos su inutilidad frente a un genocidio en curso.

Somos testigos de cómo el sionismo —del que también habla Mariátegui en el libro— se transforma en un tipo de racismo que lleva a la casi aniquilación de un pueblo con el patrocinio de la principal potencia global. Miles de niños palestinos han muerto, más de dieciocho mil. Muertos por balas y también por hambre. La desesperación, la angustia y la muerte aparecen en tiempo real ante la mirada inerte de los líderes globales, perdidos en discusiones estériles sobre el reconocimiento o no del Estado Palestino y los términos de un alto al fuego. Todos sabemos quiénes están matando y quiénes están muriendo. Todos sabemos quiénes son los cómplices de esta masacre. El Sistema de Naciones Unidas languidece y se muestra intrascendente frente a lo realmente trascendental: la defensa de la vida.

Con cada niña que pierde la vida en la Franja de Gaza, con cada niño que entierra a sus padres y enfrenta la crueldad del mundo en soledad, se muere un poco más la promesa democrática de Occidente.

El mito movilizador

Pero hay algo marcadamente diferente entre el tiempo de Mariátegui y el nuestro. En La Escena Contemporánea, encontramos a un intelectual joven que está descubriendo los primeros logros de la Revolución Rusa, en particular en materia de educación y cultura. Está siendo testigo de la posibilidad de la revolución y de la construcción de alternativas al capitalismo. No fue testigo de su deterioro y transformación en un régimen dogmático y represor de toda vanguardia creativa. No hay hoy un paradigma utópico que aglutine a los pueblos del mundo en una lucha por justicia, igualdad y libertad. Esta es quizá la tarea más apremiante de las nuevas generaciones.

En el estudio preliminar, Bergel destaca algunos conceptos que sirven de brújula para comprender el texto y al autor. Junto con la idea de intérprete, desarrolla los conceptos de Época, Crisis y Revolución, elementos presentes en el pensamiento mariateguiano que el mismo Mariátegui califica como “un poco periodístico y un poco cinematográfico”. Pero, si bien no está explícitamente desarrollado en el libro, la idea del mito, en particular del mito movilizador, sí se vislumbra en La Escena Contemporánea.

Al analizar cada uno de los grandes acontecimientos que se incluyen en el libro, hay un esfuerzo del Amauta de mostrar la dimensión subjetiva en el quehacer político, el misticismo y la pasión. Hoy, que vemos cómo se repite la historia como farsa, tenemos la tarea de romper la parálisis a la que nos somete y reencontrar elementos movilizadores que nos permitan el sueño colectivo en busca del pan y la belleza.

https://larepublica.pe/opinion/2025/08/09/de-inquietante-actualidad-por-marisa-glave-760635

13 de diciembre de 2024

Perú: El “asunto” racial

Maritza Espinoza

Somos una sociedad llena de contradicciones que giran alrededor de una fractura histórica que categoriza a los peruanos a partir de su fenotipo

Durante toda la semana pasada, las redes sociales hirvieron de indignación por la actitud discriminatoria de la diseñadora Anís Samanez contra las minorías indígenas de la selva. Y no era para menos. La señorita en cuestión no solamente mostró las “costuras” de su carácter racista al cuestionar el derecho del pueblo shipibo-konibo a valorizar comercialmente sus técnicas ancestrales de tejido, sino que —como luego se supo— había llegado al punto de insultar a una mujer shipiba, culpándola de su problema de imagen y, por si fuera poco, de explotar a gente de esa comunidad pagando miserias por su trabajo.

Vamos, la cancelación no se hizo esperar y pronto se logró que Saga Falabella retirara sus diseños del mercado. Obviamente, no por algún compromiso corporativo con la inclusividad social (no olvidemos que, por décadas, esa cadena de tiendas ha sido criticada por el racismo de sus anuncios, donde indígenas o negros no aparecían ni por error), sino porque, a estas alturas, nadie quiere verse involucrado con alguien que es víctima —justamente o no— de un escrache en redes.

Hasta ahí, nada nuevo bajo el sol, salvo el hecho probable de que gran parte de esa horda de adalides de la inclusión étnica y racial que canceló a Samanez esté compuesta por gente que, a su vez, en la vida diaria, ejerza lo que los sociólogos han dado en llamar “microrracismo”. ¿Y qué es microrracismo? No, no es el racismo duro y directo, fácil de detectar y sancionar, sino una serie de actitudes, prácticas, dichos, bromas, desaires y mensajes discriminatorios encubiertos que se usan para invalidar a la gente de piel más oscura (color puerta, dirán algunos) y que están interiorizados en todos los miembros de una sociedad donde se ha sometido a una minoría étnica.

Tal es el caso de la popular expresión “Mi empleada es como de la familia”, tantas veces pronunciada en los hogares limeños para demostrar lo bien que se trata al servicio doméstico. La clave, obvio, está en el “comodelafamilia” —dicho con un retintín buenoide— que evidencia que, justamente, la persona aludida no es de la familia, sino alguien de otro nivel. Si fuera “de la familia”, no habría siquiera que mencionarlo. Y menos, claro, se le obligaría a usar un baño distinto o a dormir en una habitación del tamaño de un ataúd, como ocurre tan a menudo.

Todo eso sin dejar de lado que la expresión de marras, casi siempre, enmascara el hecho de que, a la susodicha, no se le cumplen todos sus derechos laborales (CTS, dos gratificaciones completas al año, vacaciones pagas, seguro, permisos médicos, etcétera), pero sí se le regala ropita usada y una canastita de comestibles por Navidad, para compartir con su familia. Familia, por cierto, de la que nadie conoce sus nombres y menos sus apellidos.

Hay también expresiones más que significativas, como cuando se “elogia” a una joven mestiza señalando “es guapa… en su tipo”, frase que jamás se diría sobre una chica de rasgos blancos. O cuando se alardea de esa duodécima parte de sangre italiana que nos llegó de chiripa, pero se oculta muy discretamente a los abuelos andinos o los apellidos de origen indígena. Ejemplos hay cientos y solo es cuestión de hacer una pequeña introspección para detectarlos y, si es posible, corregirlos.

Pero tal vez la forma más descarnada y cruel de microrracismo es que la (¿justa?) ira hacia una diseñadora de modas que comete un abuso contra una etnia marginada no se condice para nada con la falta total de indignación por los asesinatos de líderes medioambientales en nuestra selva. ¿Y qué decir, de otro lado, sobre las sentidas manifestaciones contra las muertes en Gaza y la ausencia de empatía con más de medio centenar de compatriotas muertos en manos de la represión estatal? Esa incongruencia solo tiene un nombre: racismo.

Y somos una sociedad llena de contradicciones que giran alrededor de una fractura histórica que categoriza a los peruanos a partir de su fenotipo, y que hace que obviemos cosas que, en otro contexto, serían indignantes, como el hecho de que la abrumadora mayoría de conductores de televisión no se parezcan a los millones de peruanos que ven sus programas o que existan clubes en cuya lista de socios no exista ni un solo apellido indígena.

Pero el racismo “a la peruana” es particular, pues aquí nadie puede hablar de blancos contra negros o indios, sino de matices cromáticos. Hace un tiempo, la activista Sofía Carrillo señalaba que, en el Perú, la “situación blanco y negro se acabó” y que “en el Perú y otros países de Latinoamérica, la blanquitud está vinculada al ejercicio del poder y a lo mestizo, que es visto como un bolsón donde todos entran y, por tanto, los problemas raciales desaparecen”. Y tiene razón: la discriminación racial, más que ninguna otra, es parte de nuestro ADN, incluso cuando no pertenezcamos al grupo blanco opresor, casi extinto.

De allí que la anécdota de Anís Samanez sea, más que un arranque reivindicatorio, un linchamiento en el que nos convertimos en verdugos y apenas si miramos (paternalistamente) a las víctimas. Es decir, creemos parecernos más a la autora del abuso que a quienes sufrieron el maltrato. Y nuestro supuesto “antirracismo” no es más que un alarde hipócrita para justificar la disonancia cognitiva de vivir en un mundo donde la mayoría de ciudadanos es, como diría cierto fallecido expresidente, gente de “segunda categoría”.

https://larepublica.pe/opinion/2024/12/11/el-asunto-racial-por-maritza-espinoza-324676

15 de noviembre de 2024

Un muy largo camino por recorrer

Natalia Sobrevilla

Una hipótesis sobre el machismo en las recientes elecciones estadounidenses

Esta semana ha sido agotadora para los interesados en la política internacional, como suelen ser las que coinciden con unas elecciones tan trascendentales como las de los Estados Unidos. Quienes nos dedicamos compulsivamente a seguir los avatares electorales, cada año ya tenemos mapeados los estados de ese país que están en juego, las posibilidades de los colegios electorales, así como lo que dicen las encuestas y los especialistas. Este año, a pesar de la trascendencia de este combate entre los demócratas y republicanos, me encontré un poco apática la noche del martes, quizás porque intuía que la noche no sería larga y que Donald J. Trump se impondría sin demasiada dificultad sobre Kamala Harris.

Vi los resultados junto a mis padres, demócratas de carné, desde que en el año 2000 mi madre se hiciera ciudadana estadounidense con la única ambición de votar por Al Gore ya que desde los años 80 es una convencida ambientalista. Quizás el famoso conteo y reconteo de la Florida de entonces sea demasiado lejano para muchos, pero el martes por la noche ella sentía una creciente incomodidad ante un posible segundo periodo del millonario devenido en político que piensa que las protecciones al medio ambiente son inútiles.

A mí, en cambio, me recordó la noche del 2 de noviembre de 2004 que viví en la Universidad de Yale con los estudiantes y profesores de Ciencia Política. A pesar de mis más de ocho meses de embarazo pasé la noche en blanco, siguiendo cada estado en disputa y viendo con creciente horror que George W. Bush era elegido con todas las de la ley y con amplia mayoría. Ya nadie podría decir que había llegado a la Casa Blanca de chiripa. Algo semejante sucede esta vez con Trump: ha ganado no solo los colegios electorales, sino también el voto popular, el Senado y la Cámara de Representantes. Su poder será completo, ya que incluso la Corte Suprema está controlada por quienes lo apoyan.

Todo lo anterior ocurre a pesar de haber llevado a cabo una campaña caracterizada por la negatividad, donde ha amenazado a sus opositores con querer destruirlos, advirtiendo que habrá deportaciones masivas de inmigrantes ilegales, a quienes además responsabiliza hasta de comer perros y gatos. Ha sido elegido, aparentemente, sin tomar en cuenta que un juzgado lo ha encontrado culpable y su sentencia se debe dictar en los próximos días. Es una vez más presidente, aún cuando sus seguidores tomaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 y destruyeron mucho de lo que encontraron a su paso y de que atacaron a legisladores demócratas. Nada de eso le ha importado a gran parte del electorado, que ha salido masivamente a votar por él. ¿Qué pasa con sus votantes? Claramente, no consideran que ninguno de estos hechos sea determinante y están en todo su derecho de apoyar a quien consideran que mejor los representa. La democracia es así y la elección ha sido, sin lugar de dudas, de los republicanos.

En las próximas semanas veremos esbozar muchas explicaciones de por qué se dieron estos resultados; sin embargo, aquí compartiré algo de lo que me parece que ocurrió el martes. Toda elección americana es un referéndum sobre la capacidad del partido en el poder y, en este caso, los demócratas con Joe Biden no han sido percibidos como exitosos. Hace muchos años, en otra elección, se acuñó la frase it’s the economy, stupid, y este año es sin duda parte de la explicación. Muchos sienten en sus bolsillos que hace cuatro años estaban mejor que ahora, y que la inflación ha crecido de manera acelerada. Esta es además una tendencia mundial.

El presidente saliente es visto como ineficaz y su edad le ha pasado factura, a pesar de solo ser dos años mayor que Trump, quien se ha convertido en el hombre de mayor edad en llegar a la Casa Blanca. La situación fue tal, y sus apariciones como un anciano desorientado preocuparon tanto a sus correligionarios que, en el mes de julio, Biden se vio obligado a renunciar a una posible reelección para dejarle el camino abierto a su vicepresidenta, Kamala Harris, quien muy rápidamente consiguió el apoyo de la mayoría del partido y logró recaudar millones de dólares en muy poco tiempo. Inicialmente tuvo un gran rebote en las encuestas, pero desde hacía por lo menos un mes sus posibilidades de ganar se hicieron cada vez menores. Las encuestas presentaban un empate técnico, con el apoyo casi absoluto de las personas de las ciudades por Harris y las del campo por Trump.

¿Era realmente posible que una mujer de ascendencia afroamericana y de la India fuera elegida presidenta de los Estados Unidos? Ahora queda claro que no, y eso me preocupaba desde el inicio. En un país racista y machista como los Estados Unidos, me parecía una fantasía. Durante las últimas semanas hablé mucho sobre ello con mi padre, quien llegó a Boston en 1959 como médico para hacer una residencia en un hospital universitario. En ese momento, el único lugar que ocupaban las mujeres afroamericanas era el de enfermeras —las menos— y como personal de limpieza —la mayoría—. No había una sola que fuera médico, o siquiera del personal administrativo. Cuando viví en New Haven hace veinte años el panorama no había cambiado demasiado: no conocí casi a ninguna académica afroamericana, las mujeres de esa ascendencia seguían ocupando principalmente las posiciones de limpieza, y las pocas alumnas afroamericanas que tuve en el curso que dictaba sobre raza y etnicidad en América Latina me contaban de las dificultades que vivían allí a pesar de ser estudiantes en una universidad de elite.

Trump ha sido elegido las dos veces que compitió contra una mujer, y cuando lo tuvo que hacer contra un hombre fue derrotado. Fue eso, o fue la pandemia lo que llevó a que Biden se impusiera, es imposible de saberlo. Lo que sí queda claro al ver los resultados es que los hombres han votado mayoritariamente por Trump: no solo los blancos y los mayores, sino también los jóvenes, los latinos, e incluso los de ascendencia afroamericana. Creo que, como en México, sólo habrá una presidenta mujer cuando las candidatas de ambos partidos sean mujeres. Es una triste realidad, pero de momento, queda mucho camino que recorrer.

https://jugo.pe/un-muy-largo-camino-por-recorrer/

10 de noviembre de 2024

Trump o las húmedas ensoñaciones de un sionista pervertido

Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita

La participación militar de EE UU directa y sin intermediarios en Gaza, Líbano e Irán es de las pocas cosas que le quedan por hacer a Trump después del apoyo incondicional que el Gobierno de Biden brindó a Netanyahu.

¿Qué más puede hacer contra Gaza —y desde hace semanas, contra Líbano— el recién elegido presidente de Estados Unidos que no haya hecho ya el que todavía sigue en el cargo? O lo que viene a ser lo mismo: ¿qué puede hacer Donald Trump por el perverso y criminaloide Netanyahu que Biden no haya intentado durante un año y pico? Salvo enviar a sus hordas a bombardear, sin intermediarios ni medias tintas, a iraníes, libaneses y gazatíes, nada. O muy poco.

La Administración dirigida por los demócratas ha aportado a la maquinaria destructiva sionista todo tipo de armas, incluidas las bombas “sofisticadísimas” que han arrasado escuelas, hospitales y viviendas, por un valor cercano a los veinticinco mil millones de dólares. Armamento que se ha entregado directamente o a través de ayudas financieras, en un alarde de fomento del sector privado con dinero público —al fin y al cabo, el material está fabricado en Estados Unidos—.

Únanse las transferencias desde fondos reservados de los que nunca sabremos gran cosa y los paquetes financieros excepcionales para sostener la “maltrecha” economía israelí, así como las ayudas indirectas camufladas bajo todo tipo de denominaciones. Y los aviones clásicos, los B-52, y los de última generación, F-15 y F-35, así como los prototipos del “terrible e indetectable” F-36, lo más granado de la aviación estadounidense, junto con los sistemas de defensa antimisiles Thaad y los carros blindados, vehículos acorazados de transporte y sistemas de detección nocturna, radares, sensores, etc., que la caterva de Washington sigue entregando a su principal aliado mundial. Todo ello sufragado por los contribuyentes estadounidenses, muchos de los cuales consideran que toda ayuda es poca para preservar el proyecto sionista, convencidos, porque no leen sino el tweet que les ponen delante a la hora de desayunar, de que los palestinos, unos advenedizos, están empeñados en ocupar Palestina.

Al tiempo, la diplomacia de EE UU ha desactivado las iniciativas en la ONU de numerosos países para elevar el tono contra Israel; ha secundado las infamias de esta contra las instituciones dependientes de aquella, en primer lugar la UNRWA y, luego, el Tribunal de Justicia Internacional; su secretario de Estado, Antony Blinken, un sionista de postín, ha visitado la región de Oriente Medio ¿15 veces desde octubre de 2023? para decirles a los Gobiernos árabes aliados que deben presionar a Hamás y permitir a Netanyahu una victoria en las negociaciones que el pueblo palestino le ha negado en el campo de batalla; ha instado a numerosos Gobiernos a mantener un tono contenido hacia el régimen de Tel Aviv y ha orquestado un frente de apoyo con los regímenes árabes, corruptos y dictatoriales, como el egipcio, el saudí y el emiratí, para sostener la campaña bélica de quien algunos de ellos consideran su “gran amigo” Netanyahu. Comandos enviados “oficiosamente” por Washington han participado de forma directa en incursiones dentro de la Franja de Gaza, para liberar a los presos israelíes o localizar a los líderes de las facciones palestinas dicen, y sus portaaviones y destructores llevan desde hace meses interceptando los misiles que las milicias yemeníes, iraquíes y de vez en cuando los iraníes lanzan sobre la Palestina ocupada.

Sus medios de comunicación amplían el tedioso y manipulado —menudo insulto a la razón y el sentido común— punto de vista oficial del ejército israelí, conocido por sus mentiras y sandeces, mientras esconden las imágenes de destrucción y muerte que padecen los gazatíes desde hace más de un año. Las redes sociales dependientes de empresas estadounidenses y no digamos los medios oficiales silencian las voces pro palestinas al tiempo que amplifican los parabienes a los Gobiernos “comprensivos” con las carnicerías del ‘club sionismo XXI’.

Washington, por lo que hace a la asimismo deletérea campaña sionista en Líbano, tampoco ha dicho nada. Los bombardeos sistemáticos han erradicado ya 40 aldeas —los movimientos de colonos, pacifistas como siempre, hablan ya de construir cientos de complejos residenciales sobre sus ruinas— y provocado el desplazamiento de un millón de personas. Pero a los responsables demócratas sólo les importa el regreso de cientos de miles de colonos a sus asentamientos en el norte palestino. Para eso han enviado a otro sionista de tomo y lomo, Amos Hochstein —este además sirvió en el ejército de ocupación en sus años de pacifismo en Israel—, a lanzar peroratas al gobierno libanés y las fuerzas políticas en Beirut, intentando imponerles un acuerdo de paz que concedería al régimen de Tel Aviv carta blanca para entrar y salir de Líbano cuando le venga en gana. A este nivel hemos llegado con la “mediación” orquestada por la patulea que rige la Casa Blanca.

De no ser por Biden, que coordinó incluso el “puente terrestre de la infamia (árabe)” a través del cual los dirigentes jordanos, saudíes y emiratíes han seguido abasteciendo a Israel de productos frescos, el régimen de Tel Aviv se habría desfondado ya, incapaz de otra cosa que no sea diezmar a civiles palestinos y libaneses. Inhábil para derrotar a Hamás y Hezbolá, la imagen de debilidad emitida por el proyecto sionista en su versión más menesterosa y sangrienta, la del propio Netanyahu y advenedizos como Ben Gavir o Smotrich, sólo ha podido ser ‘foto-shopeada’ por el Gobierno de Biden, secundado aquí por su vicepresidente y a la postre candidata presidencial derrotada, Kamala Harris.

La aportación del Gobierno demócrata a esta versión brutal del proyecto expansionista sionista es, pues, fabulosa, desde el argumento de que Israel se está jugando su propia existencia en el envite generado por el 7-O. Biden y compañía han aportado armas, dinero, titulares y todo tipo de bagaje. Así pues, ¿cuál podría ser la contribución diferencial de Donald Trump, por mucho que todo el mundo ande recordando ahora sus credenciales sionistas?

La verdad, los demócratas se lo han puesto difícil, a pesar de la versión israelí que habla de las continuas cortapisas esgrimidas por Biden para impedir que Netanyahu haga lo que le venga en gana. Cortapisas que debían de ser, en todo caso, muy relativas, habida cuenta del grado de destrucción arbitraria ejercida por este individuo. Eso sí, su victoria (de Trump) ha sido acogida con albricias por el régimen de Tel Aviv e, incluso, han aparecido carteles parafraseando su conocido lema (“Make Israel great again”). No es casualidad que Netanyahu aprovechara el día de las elecciones en Estados Unidos para destituir a su ministro de Defensa, Yoav Galant, representante del sionismo “secular”, y preparar el camino a un gabinete, y posibles reemplazos en los servicios de seguridad y el ejército, escorados por completo al sionismo “religioso” radical. Para Netanyahu, que lleva metiéndose en charcos cada vez más grandes desde que decidió asolar la Franja de Gaza, el nuevo presidente será fundamental para atacar de forma contundente, esta vez sí, a Irán.

A decir asimismo de la versión oficial israelí, Biden había contenido sus ímpetus belicosos, limitándose a aportarle la mayor cobertura posible ante posibles ataques iraníes y amenazando a Teherán para no traspasar determinadas líneas rojas. Pero el carnicero de Gaza quiere más: sabe que sólo un gran triunfo militar le salvaría de todos sus problemas internos y, más importante aún, relanzaría su gran proyecto de estabilidad regional pro sionista, basado en un gran emporio comercial y financiero con Tel Aviv como cabeza rectora.

Irán, al contrario que Hamás y Hezbolá, tiene un ejército y centros militares, económicos y nucleares visibles que podrían ser destruidos con relativa facilidad; pero, también al contrario que con la resistencia palestina y libanesa, es demasiado grande e intrincado para que el ejército israelí haga la tarea a solas. Por eso Netanyahu intentó por todos los medios involucrar a Biden en una ofensiva total contra los iraníes que comprendiera la destrucción de sus pozos petrolíferos y sus centrales nucleares. Un ataque así sólo podría llevarse a cabo con participación directa de la aviación y marina estadounidense, abriendo una caja de pandora de consecuencias incalculables.

Sabida la conocida hostilidad de Trump hacia el Gobierno de Teherán, a quien acusa de los intentos de asesinato sufridos durante la campaña electoral y, ya en plan tremendo, de que no haya paz en Oriente Medio, Netanyahu piensa que arrastrarlo a una nueva contienda regional no será complicado. Pero ahí va a pinchar en hueso: Trump suele repetir que durante su mandato no hubo guerras y que estas no son buenas para el negocio, sobre todo cuando tu principal enemigo, que para él es China por encima de todo, no se va a manchar en ellas ni se va a gastar, al menos necesariamente, un solo yuan, a no ser que Pekín tenga un especial interés en defender a Teherán con sus propios recursos militares.

Para el nuevo mandatario de este gran imperio predador decadente, lo importante es el entramado financiero y la oportunidad comercial. Volver al proyecto de los acuerdos de Abraham, atraer a más gobiernos árabes venales y autoritarios a las dulces promesas de un gran consorcio regional basado en los intercambios comerciales y la aceptación del proyecto sionista, a costa de los derechos legítimos de Palestina —en varios países del Golfo prohíben ya hasta los pañuelos palestinos—. Retomar la senda tranquila y subrepticia del sionismo de siempre, confiscar tierras en Cisjordania para construir más asentamientos, seguir robando el agua a los países vecinos, forzar poco a poco la salida de palestinos, gestionar los posibles recursos de gas y petróleo que haya en la zona, rebañar territorios fronterizos en disputa o generar conflictos artificiales para quedarse con este enclave o aquel, etc. Eso y mantener a Irán a raya es lo máximo que Trump les va a ofrecer. La guerra y el séptimo de caballería contra Irán son elucubraciones del sionismo perverso y pervertido… a no ser que se invente algo de mucho calibre. Es de sobra capaz, por otro lado.

Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita es profesor del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Ha residido durante unos años en Líbano y Siria. Es autor de Hezbolá. El laberinto de Oriente Medio (Catarata, 2024).

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/donald-trump/trump-humedas-ensonaciones-un-sionista-pervertido

24 de noviembre de 2023

«El origen de la violencia en Gaza está en la ideología racista de la eliminación del nativo»

Ilan Pappe

El siguiente texto es una transcripción de la charla que ofreció el historiador israelí Ilan Pappé en la Universidad de Berkeley, California, el pasado 19 de octubre de 2023. Pappé es director del Centro Europeo de Estudios Palestinos en la Universidad de Exeter y autor de diversos libros en los que trata la cuestión de la ocupación israelí.

Les agradezco mucho que nos dediquen su tiempo en este momento tan crucial y doloroso de la historia de Israel y Palestina. Antes del 7 de octubre de 2023, la mayor parte de la sociedad judía israelí observaba con cierto temor y aprehensión la situación creada durante las últimas semanas de este mes, y el principal debate en Israel versaba sobre su futuro. Las manifestaciones semanales de cientos de miles de israelíes formaban parte de un movimiento de protesta contra el intento del Gobierno de cambiar la legislación constitucional en Israel y de crear un nuevo sistema político mediante el cual los poderes políticos tendrían un control total sobre el sistema judicial y la esfera pública estaría mucho más controlada por grupos judíos mesiánicos y religiosos.

En uno de mis artículos describo esa lucha particular por la identidad de Israel –que era el tema principal hasta el 7 de octubre de 2023– como una lucha entre el Estado de Judea y el Estado de Israel. El Estado de Judea lo establecieron los colonos judíos en Cisjordania y era una combinación de judaísmo mesiánico, fanatismo sionista y racismo que se convirtió en una especie de estructura de poder que se hizo mucho más notoria e importante en los últimos años –especialmente bajo el gobierno de Netanyahu– y que estaba a punto de imponer su forma de vida al resto de Israel más allá de lo que llamamos Judea y, en cierto sentido, más allá de Cisjordania o del espacio judío en Cisjordania. En su contra se alzó el Estado de Israel o, si se quiere, la ciudad de Tel Aviv, su mayor exponente. La idea de que Israel es pluralista, democrático, laico –y lo más importante, occidental o europeo– y que está luchando por su vida contra el Estado de Judea parecía ser el foco de atención de lo que podríamos llamar, si no una verdadera guerra civil, al menos una guerra civil fría, sin duda una guerra cultural entre los judíos israelíes, entre ellos mismos.

Cuando algunas personas preguntamos a los dos bandos de este conflicto interno israelí si, por ejemplo, la ocupación de Cisjordania no debería formar parte del debate sobre el futuro de Israel, se nos respondió que no, que ninguna de las partes debía mencionar la ocupación, que es irrelevante para el futuro de Israel. De hecho, a cualquiera que intentara introducir el tema de la ocupación en las protestas semanales contra la reforma judicial o “revolución judicial”, como les gusta llamarla, se le pidió que se marchara y que no se dejara ver con el grupo más numeroso de manifestantes que ondeaban la bandera israelí. Sin duda, si alguien llevara la bandera palestina a esa manifestación, recibiría una paliza y le echarían, del mismo modo que si alguien mencionara el hecho de que tal vez el futuro de Israel también son las condiciones y la situación de los casi dos millones de ciudadanos palestinos de Israel que en el último año han atravesado un proceso de persecución por parte de bandas criminales que aterrorizan sus vidas. Por todo Israel hay bandas criminales fuertemente armadas –muchas de ellas formadas por antiguos colaboradores de Israel en Cisjordania y la Franja de Gaza que fueron sacados de estos territorios tras el Acuerdo de Oslo y que son totalmente inmunes a cualquier tipo de persecución policial o acción penal efectiva–, lo que supone que, como muchos de ustedes sabrán, los palestinos que viven en el propio Israel, me refiero a ciudadanos israelíes, tienen miedo de salir por la noche debido a la nueva realidad en sus calles y espacios. Tampoco se permitía que este tema formara parte del debate público sobre el futuro de Israel.

Si se intentaba mencionar Jerusalén Este y la limpieza étnica de los barrios árabes de Jerusalén, los manifestantes y sus líderes declaraban, de nuevo, que no era un tema importante. O como dijo Amira Hass, la valiente periodista de Haaretz, por lo que respecta a los israelíes, hasta el 7 de octubre de 2023, la ocupación no existía, lo que significaba que ya no existía como problema. Está resuelto; hay una enorme presencia de asentamientos judíos en Cisjordania, ya nadie tiene que ocuparse de ello. De hecho, en las últimas cuatro campañas electorales en Israel, y hubo una cada año, nadie mencionó el tema, la cuestión u ocupación palestina, como quieran llamarlo. No se le pidió a los israelíes que votaran sobre este tema porque ya no existía como problema. Si alguien mencionaba la Franja de Gaza y se volvía a hablar del asedio, le respondían: ¿de qué estás hablando? Se trataba de una cuestión que ya no preocupaba a nadie, del mismo modo que la matanza diaria de palestinos en los últimos dos años en Cisjordania. Pero la constante y recurrente invasión de Al-Aqsa no pasa desapercibida, y el hecho de que las débiles autoridades palestinas sean incapaces de proteger a los palestinos de la violencia ejercida por los colonos, el ejército israelí y la policía fronteriza israelí, no significa que no haya grupos dispuestos a defender a los palestinos, no sólo en la Franja de Gaza, sino también en otras partes de la Palestina histórica. Esto se ha comunicado una y otra vez a la opinión pública israelí, a los responsables políticos, a los jefes del ejército y de los servicios secretos israelíes, pero todos sostenían que no había ningún problema. El único problema era la reforma legal, nos gustase o no.

Y estaba muy claro por qué no se trataban todas estas otras cuestiones. Porque, en esencia, lo que teníamos en Israel era una lucha entre dos formas de apartheid. Por una parte, estaba el apartheid israelí laico, en el que los judíos israelíes sin duda disfrutan de la vida en una democracia plural, al estilo occidental. Por otra parte, tenías la versión contraria del apartheid, la mesiánica, la religiosa, la teocrática. De modo que la lucha era una cuestión interna judía sobre el tipo de vida judía en la esfera pública, sin ninguna referencia a la vida de los palestinos, ya fueran palestinos sometidos a la ocupación en Cisjordania, al asedio en la Franja de Gaza o a un sistema discriminatorio dentro de Israel, por no hablar de los muchos millones de refugiados palestinos: todo esto no estaba allí.

La mañana del 7 de octubre, todo esto explotó en la cara de los israelíes. Y ahora existe la ilusión óptica de que, debido a la conmoción que sin duda sufrió Israel esa mañana, todas estas grietas del edificio sionista han desaparecido porque el ataque de Hamás fue tan brutal, tan devastador, que todos los debates internos se han olvidado, y todo el mundo está unido en torno al ejército y su plan actual para invadir la Franja de Gaza y comenzar con lo que ya estaba en marcha: las políticas genocidas sobre el terreno. Creo que es una ilusión óptica, que el conflicto interno israelí no va a desaparecer. Volverá. No sé cuándo, pero volverá. Sin embargo, lo más importante es que como activistas, como académicos, cualquiera que de un modo u otro esté relacionado con Palestina y la lucha palestina, independientemente de cómo entendamos y enfoquemos los acontecimientos del 7 de octubre desde un punto de vista humano, estratégico, moral, como quiera que lo hagamos, no caigamos en la trampa de descontextualizar y eliminar la perspectiva histórica de estos acontecimientos –y parece que hay bastante gente buena en este país que está cayendo en ello–. Esto es algo que no va a cambiar en las próximas semanas. La realidad básica sobre el terreno sigue siendo la misma que existía antes del 7 de octubre.

El pueblo palestino está inmerso en una lucha por la liberación probablemente desde 1929. Es una lucha contra sus colonizadores y, como toda lucha anticolonial, tiene sus altibajos, sus momentos de gloria y sus difíciles momentos de violencia. La descolonización no es un proceso farmacéutico y estéril, es un asunto desordenado. Y cuanto más duren el colonialismo y la opresión, más probable será que el estallido sea violento y desesperado en muchísimos sentidos. Es sumamente importante recordar a la gente la historia de las rebeliones de los esclavos en este país y cómo se acabó con las revueltas de los nativos americanos, las rebeliones de los argelinos contra los colonos en Argelia, la masacre de Orán durante la lucha del ELN (Ejército de Liberación Nacional) por la liberación. En ocasiones se pueden cuestionar algunas de las ideas estratégicas, se puede tener momentos de inquietud, y con razón, sobre la forma en que se están haciendo las cosas; sin embargo, si no se descontextualiza, si no se elimina la perspectiva histórica del propio acontecimiento, nunca se pierde la brújula moral.

Parece que estemos luchando contra una cobertura típica –tanto por parte de los medios de comunicación como del mundo académico de este país, de Occidente y del hemisferio norte en general–, que tiene esa capacidad de tratar un acontecimiento como si no tuviera historia ni consecuencias. Incluso los relatos sobre el festival que fue atacado el 7 de octubre no mencionan el hecho de que se trataba de un festival sobre el amor y la paz: a kilómetro y medio del gueto de Gaza, la gente estaba celebrando el amor y la paz mientras la población gazatí estaba siendo sometida a uno de los asedios más brutales de la historia de la humanidad, que se prolonga desde hace más de 15 años. Los israelíes deciden cuántas calorías entran en la Franja de Gaza, quién entra y sale, y retienen a dos millones de personas en la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.

Todos estos contextos permiten navegar con moralidad sin perder esa brújula; sin embargo, mucho más importante que el contexto inmediato e incluso el contexto del asedio –y en esto me gustaría centrarme hoy– es el hecho de que uno de nuestros mayores retos como activistas en defensa de Palestina, o estudiosos de Palestina comprometidos, es que no podemos desafiar décadas de propaganda e invención, enfrentarnos a esa narrativa, con frases cortas. Creo que este es nuestro principal problema. Necesitamos espacio y tiempo para explicar la realidad ante la enorme cantidad de canales, fuentes de información e instituciones culturales que han proyectado una imagen y un análisis de Palestina falso, inventado, que se ha construido a lo largo de los años con la ayuda del mundo académico, los medios de comunicación, Hollywood, las series de televisión, etcétera. Todo esto influye en las mentes y las emociones de la gente y crea una historia determinada que no se puede cuestionar con una sola frase. Ni siquiera se puede desafiar únicamente con el sentido de la justicia, sino con un sentido de la justicia basado en un profundo conocimiento de la historia, con un análisis profundo y preciso de la realidad mediante el uso del lenguaje adecuado, porque el que utilizan incluso las fuerzas liberales, llamadas progresistas, es un lenguaje que inmuniza a Israel y no permite que la lucha anticolonial palestina se justifique, se acepte y se legitime. Y, ya saben, en el panteón de la lucha anticolonialista, en el que mucha gente pondría a un montón de héroes –desde Nelson Mandela a Gandhi y a otros importantes líderes del movimiento por la liberación–, no encontrarán a ningún palestino. Siempre serán tratados como terroristas, cuando en esencia es un movimiento anticolonialista. Y para emplear el lenguaje adecuado, conocer la historia del lugar y llevar a cabo un análisis correcto se necesita, como he dicho, espacio; no puedes llegar y decirle a alguien: tú estás equivocado y yo tengo razón. Y es un enorme reto para todos nosotros en un momento como el que se está viviendo estos días en Estados Unidos, por ejemplo, donde parece haber un apoyo incondicional a Israel y una postura hipócrita ante el sufrimiento de los israelíes que no se mostró ante el sufrimiento de los palestinos en ningún momento de la historia de Palestina.

Las lecciones de Historia, por así decirlo, son el antídoto a la eliminación de la perspectiva histórica de los acontecimientos del 7 de octubre y los que se están desarrollando ante nuestros ojos hoy –y probablemente en las próximas semanas, si no meses–. El contexto histórico tiene dos niveles, dos pilares básicos sobre los que deberían apoyarse el ámbito académico o el de los medios de comunicación y que considero muy importantes para cualquiera que participe en debates públicos a título individual o institucional. Uno es no dejar nunca de insistir en una definición precisa del sionismo, esto es muy importante: no se debería permitir ninguna discusión sobre lo que ocurre hoy en Israel o en Palestina sin hablar del sionismo. Israel y sus partidarios han invertido mucho esfuerzo en equiparar el antisionismo con el antisemitismo para que, si alguna vez mencionas la palabra “sionismo”, estés pisando el peligroso terreno de ser considerado antisemita, y por lo tanto, seas silenciado. Sin embargo, eso no significa que esta no sea la única manera correcta de iniciar el relato, que comienza con una ideología que es racista y muy dura. El sionismo pertenece a la genealogía del racismo, no a la historia de los movimientos de liberación –que es como se enseña en la mayoría de las universidades estadounidenses–, no a la historia de los movimientos nacionales –que es como se enseña en la mayor parte del hemisferio norte o de la que hablan o cubren los medios de comunicación occidentales–. No, pertenece a la historia del racismo, que originalmente no era una ideología, sino que se manifestó como tal en la tierra de Palestina.

Y este racismo forma parte de la naturaleza colonialista del movimiento sionista, que no es excepcional y con la que ustedes también están familiarizados en este país de europeos que no eran aceptados como tales, que fueron expulsados de Europa y tuvieron que encontrar un lugar diferente. Y encontraron países en los que vivían otras personas y, como dijo el difunto Patrick Wolf, en ese encuentro se activó la lógica de la eliminación del nativo, en el momento en que esos colonos se encontraron con los indígenas. Y eso también es cierto en el caso de Palestina. Las políticas de eliminación forman parte del ADN sionista desde el inicio mismo del movimiento a finales del siglo XIX. Para decirlo con palabras menos académicas, se quería la mayor parte posible de Palestina con el menor número posible de palestinos. Siempre existieron la dimensión demográfica y la geográfica, la de la población y la del espacio: cuanto más espacio tienes, menos quieres a la población indígena que hay en él.

Las políticas de eliminación pueden ser el genocidio, la limpieza étnica o el apartheid. Adoptan formas diferentes en lugares diferentes o en el mismo lugar según la capacidad, las circunstancias históricas y la situación. Sin embargo, no se puede separar lo que pasa en Gaza de estas políticas israelíes de eliminación del nativo, que tienen su origen en el pensamiento sionista –en los dibujos de los pintores sionistas, en la escritura de los intelectuales sionistas–, y que en 1930 se convirtieron en una estrategia que se implementó por primera vez en 1948, con la limpieza étnica que terminó con la expulsión de la mitad de los palestinos y la destrucción de la mitad de los pueblos de Palestina. Por cierto, muchos pueblos israelíes están construidos sobre las ruinas de aquellos; algunos kibutz que fueron ocupados por Hamás durante unas horas se construyeron sobre las ruinas de esos pueblos palestinos de 1948, y una cantidad considerable de los palestinos que entraron en los kibutz eran una tercera generación de refugiados de estos mismos pueblos destruidos no lejos de Gaza. Esto también forma parte de la historia. No estoy justificando lo que se hizo, sino que trato de ofrecer un contexto histórico, sin el cual no se llega al origen de la violencia y sólo se abordan sus síntomas. Hay que ir al origen de la violencia, que es una determinada ideología racista que, en su esencia, es la idea de la eliminación del nativo y, como digo, no es algo exclusivo del sionismo.

Hubo otros movimientos coloniales europeos que, sin duda, estaban motivados e inspirados por la idea de la eliminación del nativo. De modo que, si observamos esa historia de un modo superficial, se infiere que lo verdaderamente importante de un movimiento ideológico que está motivado por la idea de poseer la mayor cantidad posible del nuevo territorio con la menor cantidad posible de su gente nativa es el período histórico en el que fue concebido y en el que se promulgaron sus políticas de eliminación. Ahora bien, si esas políticas de eliminación se promulgan en el siglo XIX, como se hizo en Estados Unidos, estamos hablando de un mundo bastante indiferente al colonialismo, al racismo y a otros derechos humanos o derechos civiles colectivos. Sin embargo, si te paras un minuto a pensar, te das cuenta de que esto se hizo después de la Segunda Guerra Mundial, el año que se promulgó la Declaración de los Derechos Humanos que el hemisferio norte estaba tan orgulloso de mostrar al mundo para manifestar que ya teníamos las bases morales que aseguraran que la matanza masiva de personas y el racismo que habíamos visto en tantos lugares serían erradicados, porque existía un consenso moral. Cuando te das cuenta de que, ese mismo año, Sudáfrica promulgó la ley del apartheid e Israel ejerció la limpieza étnica de Palestina, empiezas a comprender el mensaje que, en 1948, recibieron tanto el régimen del apartheid en Sudáfrica como, lo que es más importante, el Estado sionista por parte de la comunidad internacional: sí, anunciamos con orgullo la Declaración de los Derechos Humanos, pero también les decimos que a ustedes no se les aplica. El mensaje del mundo era que la limpieza étnica de Palestina era aceptable principalmente por una razón –esta era la propaganda, yo no creo que fuera la verdadera razón–, que era, como dijo un intelectual estadounidense, tolerar una pequeña injusticia para corregir una injusticia mucho mayor. Concretamente, los palestinos tenían que compensar a los judíos por mil años de antisemitismo europeo y cristiano. El trato estaba muy claro, y por eso Israel fue el primer Estado en reconocer una nueva Alemania. La gente en Europa y en Occidente dudaba mucho si aceptar a Alemania Occidental como miembro de las naciones civilizadas tan pocos años después del régimen nazi. Israel pretendía, y no con razón, representar tanto a los supervivientes como a las víctimas del Holocausto. Como máximos representantes del Holocausto, los israelíes dijeron: reconoceremos una nueva Alemania y, a cambio, queremos la no injerencia de Occidente en lo que estamos haciendo en Palestina. Se habría esperado que Israel fuera, como mínimo, el tercer país que reconociera una nueva Alemania, no el primero. Pero llegar a este acuerdo era muy importante para ellos. También implicó que la nueva Alemania proporcionara a Israel una enorme ayuda financiera que contribuyó a construir el moderno ejército israelí a principios de la década de 1950.

Ahora bien, como el mensaje que lanzó el mundo fue que, en el caso del Estado de Israel, la limpieza étnica era un método aceptable de estrategia para la seguridad nacional, no es sorprendente que la limpieza étnica continuara. Israel expulsó a 36 pueblos entre 1948 y 1967 dentro de Israel, Israel expulsó a 300.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza durante la guerra de junio de 1967. Desde 1967 hasta hoy, Israel ha expulsado a casi 700.000 palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza. Y mientras hablamos, Israel continúa la limpieza étnica en lugares como Maghazi, Gaza, el sur, las montañas de Hebrón, la zona del Gran Jerusalén y otros lugares de Palestina. La limpieza étnica se ha convertido en el ADN de la política israelí hacia los palestinos, y emplea a cientos de miles de personas para llevarla a cabo, porque no se trata de limpiezas étnicas masivas como en 1948, sino de limpiezas étnicas graduales. A veces es la expulsión de una persona o de una familia, a veces es el cierre de un pueblo o el cerco de la Franja de Gaza, que también es una forma de limpieza étnica, porque si creas el gueto de Gaza, no tienes que incluir a esos dos millones de palestinos dentro del balance demográfico de árabes y judíos, porque estos palestinos no tienen voz ni voto en el futuro de la Palestina histórica.

Este es el único pilar histórico necesario para responder cuando alguien nos diga que si ondeamos la bandera palestina estamos apoyando el terrorismo o emplee ese vil lenguaje que la gente utiliza ahora contra los palestinos. Si la gente compara lo que ocurrió el 7 de octubre por la mañana con el Holocausto –y con ello tergiversan totalmente el Holocausto, su memoria–, o no lo entienden o no saben lo que hacen. Pero incluso si insisten y tratan de dar lecciones de moralidad, es muy importante situar este acontecimiento concreto en la historia más amplia de la Palestina moderna, y en la historia particular del asedio inhumano de dos millones de personas en Gaza que comenzó en 2007 –probablemente el más largo que jamás haya sufrido un número tan grande de personas en lo que respecta a alimentos, agua, libertad de movimiento y otras necesidades básicas de la vida–, y que, en 2020, llevó a las Naciones Unidas a considerar que la vida en la Franja de Gaza es insostenible para los seres humanos. Hace ya tres años pensaban que ya habíamos cruzado la línea roja en Gaza, así que no se sorprendan cuando la gente se desborde: hay indignación, hay venganza, hay violencia, por supuesto que la hay.

Esto mismo ocurrió con las rebeliones de los esclavos, de los indígenas americanos, de los pueblos colonizados desde la India hasta el norte de África. La lucha anticolonial, como he dicho antes, no es cosa de cuáqueros y pacifistas. Puede ser muy violenta o muy pacífica, y en gran parte depende de hasta qué punto el colonizador, el limpiador étnico, esté dispuesto a asumir el hecho de que las personas a las que colonizaron u oprimieron no van a desaparecer y no van a abandonar su lucha. Cuanto antes lo entiendan, más probabilidades habrá de que se produzca una transformación mucho más pacífica de una realidad colonialista a una realidad poscolonialista. Si se niegan a entenderlo, les golpeará en la cara una y otra vez, y el 7 de octubre no será el último momento de dicha circunstancia.

Sin embargo, también hay otro pilar histórico sobre el que me gustaría poner el foco. Es muy importante porque en todo el discurso que acompañó la cobertura de los medios de comunicación y de los políticos de este país, y de Occidente en general, era muy fácil ver cómo se tiende a generalizar sobre los palestinos. Lo hemos oído antes sobre los musulmanes en general después del 11-S, contra cualquier pueblo que se atreviera a desafiar a los imperios durante el período colonialista. No hay nada nuevo en ello, pero es importante recordar a la gente que el sionismo fue un desastre que destruyó una Palestina que habría sido diferente sin el sionismo. Es muy importante recordar a la gente cómo era Palestina antes de 1948: un lugar donde musulmanes, cristianos y judíos coexistían, cuando la coexistencia no era una idea imaginaria de vive y deja vivir, sino que era una forma genuina de convivir. No hay que idealizarla, por supuesto que tuvo su tensión y sus momentos de crisis, pero era un mosaico de vida que, en particular en Palestina, permitía a la gente disfrutar también de lo que la tierra ofrecía, algo que hoy no existe, como por ejemplo, abundancia de agua. Únicamente las personas que recuerdan la Palestina anterior a 1948 saben que cada pueblo palestino tenía un arroyo de agua dulce. Esa fábula sionista que acaba de repetir la presidenta de la Comisión Europea al afirmar que el sionismo hizo florecer el desierto, es una tremenda invención. En muchos lugares, el sionismo convirtió un país floreciente en un desierto. Hay que recordarlo, pero sólo se puede hacer si, con la ayuda de historiadores, se reconstruye la Palestina anterior a 1948 en lo que respecta tanto a las relaciones humanas como a la ecología; la conexión que había entre los palestinos y las hierbas, por ejemplo, en la naturaleza que el sionismo destruyó y que formaba parte de la calidad de vida que tenían los palestinos. O, como dijo el difunto Emil Habibi: “Cuando vivía en la calle Abbas de Haifa, antes de 1948, no sabía quién era cristiano o musulmán en mi calle”. Y creo que no es una mera cuestión nostálgica; si se quiere, se trata de una historia alternativa, en el sentido de que existía la posibilidad de una Palestina diferente.

Y en esa historia hay que incluir también el hecho de que el movimiento nacional anticolonialista palestino, desde el momento en que el sionismo puso un pie en la Palestina histórica, fue fiel a dos principios –y esto está tan bien documentado que no hay que esforzarse mucho para encontrarlo–, que comunicaron a los americanos porque fueron estos los que llevaron estos principios al mundo árabe a través del presidente Woodrow Wilson, especialmente al Mediterráneo oriental en 1919, y después fue Naciones Unidas la que, de algún modo, insistió sobre estos principios. Uno de los principios era el derecho de autodeterminación de los pueblos. Los palestinos dijeron que también merecían el derecho a la autodeterminación, como los iraquíes, los libaneses, los egipcios. El otro principio era la democracia. Si nos apartan del dominio otomano, bajo el que estuvimos 400 años, y quieren que decidamos nuestro futuro posotomano cabe preguntarse cuál será la naturaleza de nuestro régimen, de nuestro Estado, de nuestra existencia política, razonaron. Queremos decidir democráticamente, a través del voto de la mayoría, si queremos formar parte de la Gran Siria, ser una Palestina árabe independiente o formar parte de una república panárabe federada. En cualquier caso, depende de nosotros. Y todas las delegaciones estadounidenses que fueron a Palestina desde 1918 hasta 1948 respondieron a los palestinos que, aunque los principios de democracia y autodeterminación eran apreciados por el mundo occidental y los consideraban los pilares sobre los que construir el nuevo mundo árabe posotomano, no podían aplicarse a Palestina. El Imperio británico había prometido que Palestina se convertiría en un Estado judío, y como los judíos son una minoría tan pequeña, el principio de autodeterminación no podía aplicarse a los palestinos. Y, por supuesto, el principio de elección mayoritaria o democrática estaba descartado para ellos. Esto también es importante en el contexto de nuestro viaje histórico al pasado, para contextualizar el tipo de opresión, el tipo de historia o genealogía del racismo que fue respaldado y apoyado por Occidente en el caso de Palestina.

Ahora bien, este otro pilar no sólo es importante para recordarnos lo que hizo el sionismo o lo que podría haber sido Palestina. Es la base sobre la que construiremos una Palestina posliberada, poscolonial, son los cimientos. Y hay que pensar en los elementos de este pasado y en cómo se relacionan con una realidad diferente de la que tuvimos, y no hay que dejar que el actual ataque a la Franja de Gaza, las políticas genocidas de Israel, impidan seguir pensando en la liberación de Palestina y en cómo sería la Palestina liberada. Y hay que hablar con los palestinos que no sólo piensan en el movimiento táctico de mañana, sino que visualizan una Palestina liberada. Eso es lo que hice en el libro que escribí con Ramzy Baroud: hablamos con cuarenta intelectuales palestinos y les preguntamos cómo visualizaban una Palestina liberada. Y su visión de la liberación no sólo incluye cómo luchar por ella, sino lo que traerá consigo, que es todo lo que tenían en Palestina antes de 1948: una sociedad que no discrimina por motivos de religión, secta o identidad cultural, una sociedad que respeta la democracia y el principio de vive y deja vivir. Y lo que es más importante, tal vez más que cualquier otra cosa, una sociedad que devuelva Palestina al mundo árabe, al mundo musulmán, que le permita volver, de forma natural, al lugar del que fue extraída por la fuerza.

Ahora bien, formar parte del mundo árabe no es un escenario fácil para mucha gente, y con razón. Pero es imposible ser parte de la solución, o de escenarios más positivos para el mundo árabe, si no se forma parte de los problemas del mundo árabe. No se puede debatir sobre los derechos humanos en Irán o los derechos civiles en Egipto sin incluir los derechos humanos y civiles de los palestinos. Estos debates no tienen sentido porque siempre se llega a la excepcionalidad de los palestinos por esa falta de derechos, y a una posición de inferioridad si, desde fuera, se pretende ayudar al mundo árabe a tratar estas cuestiones de derechos humanos y civiles. Y únicamente cuando la Palestina del futuro forme parte del mundo árabe, será parte de sus problemas, pero también será parte de su solución.

Terminaré diciendo, sólo para insistir en el punto principal que realmente quiero plantear hoy, que siempre hay un espejismo dentro del drama, y no se puede subestimar el drama que estamos viendo. Desgraciadamente, creo que sólo es el principio: Israel va a imponer una catástrofe humana no sólo en la Franja de Gaza, sino lamentablemente también en Cisjordania, porque van a utilizar lo que está ocurriendo como pretexto para cambiar también las políticas en Cisjordania. Por supuesto, lo más urgente es intentar pararlo desde Occidente con todos los medios a nuestro alcance, presionar para que haya una intervención internacional que ponga fin a estas políticas genocidas que, mucho me temo, se extenderán también a Cisjordania. Sin embargo, también tenemos que elaborar estrategias para el futuro, porque las cuestiones básicas seguirán ahí después de que este momento concreto termine de un modo u otro. Y, en mi opinión, este tipo de debate es el que garantiza que no perdamos nuestra brújula moral. No nos disuade el modo en que la gente intenta decirnos, sin duda después de lo que ocurrió el 7 de octubre, que no podemos mantener nuestras antiguas posturas sobre moralidad. Y debemos recordarles que nadie cuestiona el derecho de Argelia, Kenia e India a liberarse del colonialismo a pesar de los incidentes que hubo en la lucha por la liberación, de cualquier nivel de violencia que hubiera allí o de cualquiera que fuera el modo en que se produjera el enfrentamiento entre las fuerzas anticolonialistas y las fuerzas colonialistas, nunca cuestionamos el derecho básico a la liberación y la independencia, y tampoco deberíamos hacerlo en el caso de Palestina: si queremos una Palestina en paz, hay que hablar, ante todo, de una Palestina libre. Gracias.

Traducción: Paloma Farré.

Fuente: https://ctxt.es/es/20231101/Firmas/44652/ilan-pappe-israel-conferencia-charla-gaza-colonial-exterminio-apartheid-racismo-palestina-cisjordania.htm

4 de junio de 2023

Perú: Suspiro limeño

César Hildebrandt

El abogado bebe y se dopa y dispara. Dispara a una puerta ajena y a la altura de un tórax adulto (el de su vecino). Lo hace después de aporrear el auto del hombre al que ha querido matar a balazos. Es un macho desatado este abogado. Es el mismo que enmierdó y choleó a un policía en un video famoso en las sentinas de las redes sociales.

Se llama Carlos Wiesse Asenjo y alguna vez preguntó, apelando a la herencia de algún señorío: “¿tú sabes con quién estás hablando?”.

El interlocutor no sabía, en efecto, quién era ese adversario que lo insultaba, que lo denigraba por su pobreza, su color, el polvo de sus zapatos.

No era Wiesse el que hablaba, claro está. Era la historia. Era la monarquía que no pudo ser. Era la república aristocrática. Era una levita, un chal de astracán, la pajarita de algún Pardo.

“Tú no sabes con quién estás hablando”, es la frase clave para el atarante. De inmediato, el destinatario de esas palabras piensa en las desgracias que sobrevendrán si cumple con su deber. Es que así hablaban los hacendados que se hacían llevar en andas por sus feudos cusqueños. Y así actuaban. Desde que el imperio de los cuatro suyos fue quebrado a una edad temprana, la indiada se consideró parte de la maleza de la historia, un sobrante vergonzoso. Y sus descendientes, hijos de la derrota –no importa cuánto se mezclaran y apagaran el marrón de las raíces–, pagaron con creces la marginación. Hasta Sendero Luminoso, que decía encarnar el marxismo en armas, los usó como infantería de la muerte y los mató cuando se le opusieron. Por eso sus víctimas caídas no valen como otras, se cuentan a regañadientes, se reconocen como daño colateral, se admiten en estadísticas que habrán de esconderse. Los que fueron dueños del Perú han sido, desde hace casi cinco siglos, los apestados de este inquilinato. Y quien diga que en el Perú no hay un fantasma racista que recorre audiencias y redacciones miente de veras.

Detrás de Wiesse Asenjo hay un tapiz mucho más complicado que el mero caso de un paciente psiquiátrico. Está la antigua prepotencia de quienes se han sentido –y son– dueños de estas tierras.

Este es un país fundado, como tantos otros, por el despojo y la violencia. Pero si en muchos lugares las instituciones surgidas de la revolución francesa cambiaron el paisaje social, en el Perú la escena original se congeló. Somos un fotograma que se atascó en el proyector. Nos quedamos en las breves cortes de Cádiz y su aborto constitucional.

Por eso aquí hay modales y lenguajes que no se tolerarían en otras partes. Por eso los de arriba, los que miran desde la cúspide social, se atreven a tanto. Saben qué jueces los sacarán del apuro, qué impunidad les espera, qué palmaditas de felicitación recibirán a la hora de la próxima juerga.

Son la punta del témpano. Debajo están

doscientos años de desprecio y carterismo: tierras robadas, acreencias ficticias, diezmeros profesionales, abogados infalibles, poderes sin límites. Y siempre, la artillería de la prensa que lo único que quiere es que nada, en el fondo, cambie. O, si las cosas apuran, el fuego a discreción de la milicia.

El abogado Wiesse puede decir, en su defensa, que su proceder no puede condenarse fácilmente en un país donde la ley no impera y el bien común se desconoce cotidiana y sistemáticamente.

Sería una buena defensa. ¿Cómo condenar moralmente a un borracho alucinado que dispara sobre la puerta de un vecino si el señor Otárola va al extranjero a hacer el ridículo intentando ocultar los 50 cadáveres que tiene en la mochila? ¿Cómo indignarse con un adicto al abuso si resulta que la derecha que perdió las elecciones gobierna ahora desde un congreso repudiado y con la anuencia de una presidenta con vocación de presidio?

En nuestro amado país la violencia lo ha cubierto todo. Nos hemos acostumbrado a un desfile de difuntos que pasan a nuestro lado mientras fingimos no reconocerlos. La izquierda apostó por la violencia asesina con Sendero y lo que trajo fue la respuesta en modo Operación Cóndor de los militares. Pero la apelación a la brutalidad por parte de los sectores conservadores tiene dos siglos de aplicación intermitente. La derecha simula finura pero a la hora de dar órdenes letales no duda: renuncia al marquesado y aceita el fusil de sus guardianes. Y en ese drama sin fin el abogado Wiesse es poca cosa: un suspiro limeño en una noche de narices frías.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 638 año 14, del 02/06/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

1 de abril de 2023

Perú: el bastión del fascismo en la región

Laura Arroyo Gárate

En las últimas horas, el Lugar de la Memoria ha sido clausurado de manera arbitraria evidenciando los avances en la cadena de censuras de este régimen. Una cadena que no empezó este martes con el cierre del LUM, sino hace meses con -los muy poco mediáticos- allanamientos al local de la Confederación de Campesinos del Perú o al del partido Nuevo Perú por citar dos. Casi al mismo tiempo, el régimen de Boluarte ha avanzado un paso más en el aislamiento regional al que encamina al Perú al retirar, esta vez, al embajador peruano de Colombia por “injerencia extranjera” cometida por Gustavo Petro, mientras que el brazo legislativo del régimen, le ha prohibido la entrada a los miembros de la Misión de Solidaridad Internacional y Derechos Humanos que incluye a diputados argentinos, nuevamente, por “injerencia”. En las mismas últimas horas desembarcaron en Lima los representantes del nazismo en España (VOX), de la ultraderecha conservadora mexicana y del golpismo ultraconservador boliviano con la hija de Jeanine Añez, Carolina Ribera Añez, como principal portavoz a la que, por cierto, podemos leer en una extensa y concesiva entrevista en el diario legitimador de estos grupos, Perú21. En este caso, la “injerencia extranjera” fue recibida con un “¡Viva VOX!” enunciado por el Alcalde de Lima, Rafael López Aliaga. Ninguno de estos hechos constituye un episodio aislado ocurrido en horas simultáneas. Por el contrario, nos encontramos ante una red de sucesos interconectados entre sí y que responden al mismo objetivo político.

El desembarco de la extrema derecha en Perú no es un hecho arbitrario ni menor. Y no sólo por lo escandaloso que resulta que un partido político como VOX tenga la posibilidad de difundir sus mensajes racistas, intolerantes, de odio y fakenews, sino porque no visitan gratuitamente la capital peruana. El Foro Madrid no es otra cosa que la puesta en escena de la internacional reaccionaria -esa alianza entre fuerzas políticas de extrema derecha, think tanks y organizaciones de disputa ideológica, directores de medios de comunicación especialistas en la propagación de información falsa, organizaciones religiosas extremistas, referentes de opinión internacional como es el caso de Mario Vargas Llosa, etc.,- con el fin de demostrar músculo en la disputa ideológica internacional en la que nos encontramos. VOX se encuentra particularmente interesado en Perú y no porque le gusten nuestros paisajes ni nuestra gastronomía. Tras la derrota de Jair Bolsonaro en Brasil, y con la asunción de Dina Boluarte como la Presidenta de una dictadura cogobernada por todos los poderes peruanos, Perú se ha convertido en el bastión de la extrema derecha internacional en nuestra región.

Este rótulo es tan preciso como alarmante anuncian los vientos que vienen en nuestro país cuya dictadura tiene como avales internacionales a los mayores exponentes del retroceso en derechos que deberían ser consensos democráticos, de la discriminación racial y de género, del autoritarismo como forma de gobierno y, por supuesto, de la justificación de asesinatos bajo todos estos preceptos. Como vemos, el proyecto político de VOX y el de Boluarte y su coalición de gobierno es el mismo. Fin del consenso democrático con un golpe de estado de los poderes que perdieron en 2021, la discriminación racista evidenciada en el tipo de sujeto que es asesinado por la represión injustificada dirigida especialmente a campesinos, quechuas y aimaras, el autoritarismo ejercido desde Palacio de Gobierno, pero también el Congreso de la República, el sistema judicial útil a la dictadura, el poder mediático silencioso, el poder económico como aval, etc., y esos más de 60 peruanos y peruanas que ya no están entre nosotros y que para este gobierno, sus aliados y para una parte de la élite ilustrada, no justifican ni sacar a Boluarte, ni cerrar el Congreso, ni llamarlo dictadura, ni calificar al régimen de fascista.

Hace unos días, precisamente en una charla dedicada a hablar de las extremas derechas en Perú, comentaba que no se trata de un universo de partidos políticos con proyectos radicales. La extrema derecha es, en realidad, una cosmovisión que incluye a los partidos políticos, pero sobre todo despliega su potencia gracias a los otros poderes -sobre todo el poder mediático- que les abren las puertas a sus mensajes amparándose en una mal entendida “libertad de expresión” y naturalizando por tanto estos discursos en la agenda pública. Por ello, es importante delinear con precisión el tipo de gobierno que (sobre)vivimos en Perú señalando el carácter dictatorial y fascista del régimen de Boluarte pese a que hay quienes consideran que ambas resultan exageraciones pues “todavía” existen espacios de debate y disenso, medios alternativos o vestigios de institucionalidad precaria. La realidad, lamentablemente, es la que confirma el diagnóstico. El cierre del LUM es sólo un paso más en una cadena de acciones iniciada antes del 7 de diciembre. En el caso de la dictadura de Boluarte, además, con más de 60 asesinados por la represión y sus efectos, y con las alianzas que construyó para erigirse como presidenta, el carácter ultraderechista de su mandato era una obviedad esperando a confirmarse más pronto que tarde. Y en ese escenario donde el fascismo está en Palacio de Gobierno ya estamos hace rato.

Habrá quien piense que la disputa contra la extrema derecha puede darse en el terreno de lo conocido. En el escenario de la política como debate, del diálogo como forma o del respeto como norma. Me temo que hay malas noticias. La política, para comenzar, siempre ha sido un escenario de disputa y no de conciliación, sin embargo, los consensos alcanzados a nivel internacional -nos gusten más o menos- han llegado a su fin precisamente por la acción y la política desplegada por las extremas derechas. El gran consenso democrático a nivel internacional -un consenso bastante mejorable, pero consenso al fin y al cabo- se ha demostrado completamente quebrado. Donald Trump fue fundamental para ello. Y, por eso, las extremas derechas constituyen hoy la principal amenaza a las democracias a nivel mundial. Democracias que utilizan para llegar al poder y acabar con ellas o, como en el caso peruano, democracias cuyos cimientos tuercen para lo mismo. Así, buscan instaurar regímenes que recorten derechos, cercenen libertades, criminalicen a cualquier disidente y, en última instancia, los silencie para siempre mediante el uso de la fuerza. De detener arbitrariamente a un líder social a ilegalizar un colectivo, un partido, un discurso o una opinión. ¿Acaso en Perú no está pasando precisamente esto?

Pero las extremas derechas no son en realidad una versión diferente o nueva de las posiciones de poder en los países. Por el contrario, son el último recurso de las élites cuando pierden el poder o, incluso, un poco de poder. Lo vimos en Brasil, lo vemos en España y lo vivimos en Perú. Nada queda de las derechas con las que se podía discrepar ideológicamente, pero acordar líneas rojas dentro del consenso democrático. Y esto no ocurre sólo con el surgimiento de partidos fascistas como Renovación Popular, la suma a esta cosmovisión reaccionaria por parte del fujimorismo (que de democrático no tuvo nunca, ni cuando su líder fue a Harvard a mentir con el aval de ciertos politólogos ingenuos), o el envalentonamiento de movimientos fascistas como La Pestilencia, Los Insurgentes, etc. Esto lo vemos también en la ruptura interna de partidos con cierta trayectoria democrática como Acción Popular cuya figura de mayor peso mediático hoy, Maricarmen Alva, se encuentra en la clausura del Foro Madrid abrazando al fascismo del que es hermana. Y, sobre todo, esto lo vemos en la orquesta de complicidad de todos los poderes peruanos que entienden que asesinar es válido si con ello preservan lo que realmente está en juego: el modelo. Las extremas derechas han sido históricamente capitalistas y, hoy, neoliberales. No tienen ningún carácter transformador. Por el contrario, su esencia es conservadora y, por lo mismo, buscan preservar el modelo mediante el cual la desigualdad es una norma, la precariedad es costumbre, el “sálvese quien pueda” es doctrina y las élites son las que mandan. De ahí su disputa con lo que llaman “comunismo”, un rótulo vacío en donde incluyen a cualquiera que hable de presencia del Estado, de garantizar derechos o ampliarlos, de exigir que se respete el voto de todos y todas por igual, y que, en última instancia, se ensanche la democracia. De ahí también, por su afinidad con el modelo que siempre defendió, es que podemos ver a un Mario Vargas Llosa involucionar y pasar de denunciar a la dictadura fujimorista a abrazarse con Abascal (VOX) y con Boluarte. Es el modelo lo que defienden. Son los privilegios los que están en juego. Si la democracia opera en contra de ellos, renuncian a la democracia por supervivencia. Está claro que las derechas -hoy extremadas- tienen mucha conciencia de clase.

Es verdad que el cierre arbitrario del LUM constituye una clausura conveniente ya que se realizó horas antes de que se presentara el informe de Amnistía Internacional. Un informe que da cuenta de las violaciones a los Derechos Humanos perpetradas sistemáticamente por el régimen de Boluarte. Pero este no es el único ni el principal motivo. De hecho, la publicidad que cobró el informe fue un premio consuelo tras esta arbitraria censura, pero no por eso supone una victoria. No es un edificio lo que se clausura, sino lo que representa: el encuentro físico con la historia y, por tanto, el ejercicio de la memoria desde un proceso en presente y no en pasado. La extrema derecha sabe muy bien que la disputa ideológica ha de darse precisamente en los escenarios de construcción de sentidos comunes a partir de nuestras propias narraciones del pasado y del presente. De ahí que sustenten su difusión discursiva en propaganda sesgada y, sobre todo, en la corrupción de la verdad (fakenews). La narrativa es potente. El discurso construye y destruye. Las palabras determinan no sólo lo que decimos de nosotros, sino lo que somos. Que nos disputen los significados de “libertad”, “progreso” o “democracia” no es otra cosa que la evidencia de esta estrategia con la que no se puede debatir, sino sólo combatir. Deberíamos tomar nota de las lecciones. Como bien señala en un hilo de tuiter Martín Soto, durante el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski vimos cómo la extrema derecha presionó al entonces Ministro de Cultura, Salvador del Solar, para censurar una muestra en el LUM. En aquel momento, hubo quienes pensaron que lo mejor era conciliar y conceder. Para evitar la confrontación, se retrocedió. De aquellos polvos estos lodos. Se entregó la cabeza del director del LUM, Guillermo Nugent y hoy vemos cómo un paso atrás en la memoria significa abrirle la puerta a los fascistas. Por ello, no podemos permitir que la verdad se ponga a debate. Los hechos no se polemizan. Al fascismo y su discurso sólo cabe cerrarles el paso.

La internacional reaccionaria nunca llega silenciosamente, todo lo que ha ocurrido en las últimas horas -pese a que sólo la clausura del LUM cobra un cierto protagonismo mediático- son los ecos de sus tambores sonando fuerte y claro en nuestras costas, y con los aplausos, selfies y declaraciones emocionadas del fascismo local representado por Muñante, Chirinos, Tudela, Cueto, Alva y todo el listado largo que ya conocemos. Pero hay una palabra que combate al fascismo mejor que ninguna otra: DEMOCRACIA. Esa palabra que reivindican a diario desde hace más de cien días peruanos y peruanas en las calles pese al terruqueo mediático, la represión policial, el asesinato invisibilizado por los poderes, las mentiras del gobierno, la insensibilidad del Congreso y la complicidad del poder económico. Decía Bertolt Brecht que “cuando la verdad sea muy débil para defenderse debe pasar al ataque” y en Perú, quien mejor está leyendo el momento político, al adversario que tenemos en el poder y defiende la verdad, la memoria, la justicia y, por tanto, la democracia es ese Perú movilizado que ya es el mejor frente antifascista. Pero en ese espacio potente y admirable todavía no están todos. Faltan quienes dudan, quienes se asustan, quienes hacen equidistancia, quienes hablan hoy más del cierre del LUM que en tres meses de los 60 muertos. Siempre será una buena noticia que esto cambie. Están tardando, pero todavía no es tan tarde. La defensa de la democracia está en las calles del país desde el 7 de diciembre. Ya va siendo hora de que en esa defensa no falte nadie.


19 de marzo de 2023

Perú: Maldiciones

César Hildebrandt

“Hemos perdido todo”, dice el hombre.

“Nada nos ha quedado”, dice la mujer.

Lo que el huayco se ha llevado es una habitación de madera balsa, caña brava, cartón y restos de hojalata. Dentro de ella había un camastro, una cocina de dos hornillas, baldes, cucharas de palo, detergentes.

Así viven millones de peruanos. Son los que dan votos pero no son prójimos.

Son los millones de condenados por el sistema que –dicen– nos llevó a la prosperidad.

Son los que la derecha no quiere ver, los que Fujimori escondió, los que el momiaje de todos los colores quisiera desaparecer (no vaya a ser que se den cuenta y salgan a protestar).

Pero no desaparecen. Están allí, con la tenacidad de las estaciones y la voluntad de las hormigas. Viven discretamente, mueren como si no hubieran nacido, sobreviven entre las siete plagas y compran agua en cisternas. Duermen temprano porque cuando no hay luz tampoco hay televisión. Comen poco lo que haya y lo que llene y la mayor parte de sus niños, carentes de proteínas en los primeros años, repetirán el ciclo y engendrarán a los miserables del futuro.

Son invisibles para la gran prensa hasta que llegan los lodos y las riadas. Entonces salen en la tele. Son los extras convertidos en protagonistas, los que emergen de una correntada, los que rescatan a un hijo de un remolino de tablas y menajes de plástico. Llenan la tele con sus historias tristes que apenas pueden narrar. Saben que cuando se termine todo, el olvido los volverá a llamar a filas. Piden ayuda y aparece un alcalde con latas de atún. Pero se han pasado toda la vida pidiendo y algunos están hartos e imaginan un saqueo vengador y multitudinario, un acto de justicia bíblica.  

Maldigo a un sistema que normaliza estas condiciones. Maldigo la crueldad de un país que vive, sin culpa, con millones de sus ciudadanos sometidos a la cadena perpetua de la extrema penuria.

¿Quién los juzgó? ¿Quiénes los condenaron? ¿Dónde fueron a parar sus apelaciones?

No hubo debido proceso. Si eres hijo de miserables, se supone que no debiste nacer. Y si tuviste la imprudencia de nacer, pues lo casi seguro es que no abandonarás la gravedad jupiterina de la pobreza hereditaria. Esas son las reglas. A lo Neruda: “y sin apelación, perro sarnoso”.

Maldigo a un sistema que produce abismos y que luego los tapa con editoriales y estadísticas.

Pero entonces vienen la lluvia, los ríos y la furia y nos recuerdan de qué barro estamos hechos. La naturaleza, en todo caso, es mucho menos impía que el sistema que todos los días activa las quebradas de la injusticia.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 627 año 13, del 17/03/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

15 de febrero de 2023

Perú: “En los periodos de buen crecimiento, la desigualdad no se redujo sustancialmente”

Pedro Francke  (Entrevista Fernando Cuadros)

A raíz del World Inequality Report 2022, que nos coloca en el podio de los países más desiguales del mundo según un análisis de Latinometrics, el exministro de Economía Pedro Francke discierne sobre los factores que agigantan las brechas entre peruanos, en medio de un sistema que no ha logrado asegurar una calidad de vida justa para todos.

¿Cómo entender la desigualdad?

La desigualdad tiene múltiples dimensiones. La desigualdad de ingresos es muy usada por los economistas: cuánto es tu sueldo y utilidades ganadas. Otra variable es la desigualdad de riqueza: cuánto acumulaste, aunque aquí hay una paradoja.

¿Por qué una paradoja?

Por ejemplo, Google ha perdido la última semana una brutal cantidad de dinero al igual que Elon Musk con Twitter, pero siguen siendo billonarios. Entonces qué importa el flujo de ingresos o menor valor de sus activos si tienen tanto dinero. Medir con precisión es difícil porque los más ricos esconden su riqueza. El investigador Gabriel Zucman ha reflejado en los últimos años que se esconden en los paraísos fiscales, como se ha visto en el Perú y otras partes. Esta información es parcial, incompleta y no individualizada. Cuánto dinero de empresas peruanas hay en los paraísos fiscales no sabemos. Vimos algunos casos en los Panama Papers, pero no tenemos una medición precisa.

Independientemente del debate técnico, ¿Qué factores debemos ver?

En vez de reducirlo a si subió o bajó, creo que sí hay indicadores que muestran la concentración de la riqueza. Lo más importante es entender que existe una fuerte desigualdad en el Perú no solo económica, sino en salud, educación y oportunidades. La pandemia lo reflejó claramente.

¿Algunas taras más?

Es una desigualdad que tiene un componente de discriminación y racismo muy fuerte. Hay ciudadanos excluidos por 200 años que no tienen las mismas oportunidades de quienes dominan la economía y política. Hay una buena dosis de corrupción abierta o vía acomodo de leyes que favorecen esa acumulación de la riqueza.

¿Qué rol juegan las empresas?

Las utilidades de las empresas trasnacionales tuvieron su récord en el 2021 de US$ 15.700 millones; y en plena pandemia, cuando faltaban camas UCI, este pequeño grupo concentraba las utilidades. Las medidas tradicionales de desigualdad en el Perú no incluyen esto por un tema técnico y metodológico.

Nadie desmiente que somos un país con enormes desigualdades.

Me parece que no. Creo que nadie ha dicho eso. Sería difícil de sustentar, más allá de si estamos en el puesto cuatro del mundo, o el seis o el ocho, es claro que en el Perú hay desigualdades muy pronunciadas y afectan la vida de millones.

¿Un ejemplo?

La anemia en Puno es del 60%, el doble que en Lima. Podemos extrañarnos de que los puneños se sientan discriminados por el Estado cuando la anemia es tan grande. En la pandemia, el acceso a cama UCI no era igual. Las probabilidades (de no morir) no eran las mismas según dónde vivías y cuánto tenías en el bolsillo. Hay desigualdades pronunciadas en diversos aspectos que generan, a mi juicio, una injusticia por la cual es razonable que la gente proteste.

¿Es consecuencia de la desconexión entre la fortaleza macroeconómica y el predominio de la informalidad e ingresos estancados?

Las estimaciones diversas sobre la informalidad no son concluyentes. Lo clave es que sigue siendo sumamente alta. Y es que durante los periodos en los que tuvimos un buen crecimiento económico la desigualdad no se redujo sustancialmente. Sigue habiendo 60% de anemia en Puno. Muestra un problema serio por atender.

Entonces, ¿ya quedó descontinuado este sistema en el que llueve para todos con el crecimiento macro?

Efectivamente nos muestra que en estos temas tan sensibles como la educación, desnutrición, salud y pobreza hay brechas enormes respecto, no solo a individuos, sino a distritos, provincias y regiones completas. Esa enorme desigualdad está detrás de las protestas y de la fractura política.

¿El modelo ya cumplió su ciclo?

Creo que hace falta un cambio profundo y estructural que tiene que ver con la economía, política y el funcionamiento del Estado en servicios básicos que provee.

El FMI volvió a recomendar un impuesto a los más ricos, una de sus cartas cuando fue ministro pero que no prosperó.

Hay una discusión e incluso ha habido un acuerdo internacional para establecer un piso al Impuesto a la Renta a nivel mundial del 15% porque hay un problema global como los paraísos fiscales y que algunos países tratan de aprovecharse al tener condiciones particularmente ventajosas.

¿Y al Perú cómo lo ve?

Acá se agrava con la decisión del Tribunal Constitucional de que a los grandes deudores no hay que cobrarles intereses. Los bancos sí nos cobran intereses y no nos perdonan un día por nada, sea de quien sea la culpa. El TC obliga a que el Estado no cobre esos intereses y ahora las empresas postergarán. Es un incentivo a la corrupción. Vamos a contracorriente de la situación mundial. Hasta Joe Biden planteó cobrarles más impuestos.

¿Falta voluntad política para gravar a los que más tienen?

Eso está clarísimo. Ese tema (la negativa de impuesto a la riqueza) pasa por una decisión del Congreso, pero, desde luego, el actual Congreso tampoco desea eso y ha mantenido una serie de condiciones tributarias que favorecen a las grandes empresas, y nombró a un TC que ha dado un fallo sin ningún sentido económico, ni de justicia ni financiero.

¿Cuánto ayudaría una reforma?

Planteamos mejorar la recaudación cerca de 2% del PBI. Más o menos US$4.000 millones. No es un gran salto porque la presión tributaria es 6 puntos debajo del promedio de Latam y 20 del promedio OCDE. Pero recuperar 2 puntos de presión es empezar a cerrar la brecha con nuestros similares y una pequeñísima parte de acercarnos al criterio OCDE.

https://larepublica.pe/economia/2023/02/12/pedro-francke-en-los-periodos-de-buen-crecimiento-la-desigualdad-no-se-redujo-sustancialmente-impuesto-la-riqueza-pobreza-en-peru-desigualdades-sociales-423996