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16 de noviembre de 2024

Estados Unidos en la encrucijada

Ziyad Motala

La victoria de Trump se ve ensombrecida por una crisis moral aún más profunda: la complicidad bipartidista en el apoyo a las tropelías de Israel en Gaza, una postura que ha alienado a los progresistas y dañado gravemente la posición moral de Estados Unidos en todo el mundo

Los resultados de la reciente elección presidencial –marcados por la victoria de Donald Trump sobre Kamala Harris– suponen algo más que un contratiempo para el Partido Demócrata: revelan un fracaso profundamente arraigado en la cultura política estadounidense y echan por tierra el persistente mito de Estados Unidos como «la ciudad que brilla sobre una colina». Este resultado electoral subraya el arraigado racismo de Estados Unidos, la miopía de su élite política y una ceguera moral bipartidista que tolera injusticias abominables en el extranjero, en particular el genocidio en curso en Gaza. Cualquier pretensión de valores democráticos ilustrados queda emborronada, sofocada por la hipocresía y la decadencia.

La incapacidad del Partido Demócrata para presentar una alternativa creíble a Trump es poco menos que catastrófica. Durante demasiado tiempo confió en Joe Biden, cuyo visible deterioro cognitivo y avanzada edad crearon malestar, incluso entre sus partidarios. Ante un expresidente cuyo mandato estuvo marcado por la división y los impulsos autoritarios, cabría haber esperado presentar un contrincante formidable. En lugar de ello, el partido se aferró a un plan de sucesión poco inspirado, encumbrando a Kamala Harris por defecto y no por atractivo popular o genuino impulso. Este fracaso pone de relieve la creciente influencia de los intereses económicos en el partido, donde la innovación política y el liderazgo moral se sacrifican con demasiada frecuencia por el dinero de las campañas y los apoyos corporativos. ¿Cuál es el resultado? Un partido que considera la lealtad de los votantes como un hecho en lugar de algo que se gana a través de un liderazgo audaz y significativo.

Para muchos estadounidenses, la campaña de Harris carecía de consistencia, ofreciendo poco más que una continuación de la Administración Biden y una dependencia de la política de identidad más que una visión transformadora. Su condición histórica de mujer de color en una candidatura importante fue significativa, pero nunca suficiente para inspirar confianza por sí sola. Sin el carisma ni la profundidad política necesarios para atraer a un electorado desilusionado por una economía que no satisface sus necesidades, Harris se convirtió en el emblema del creciente distanciamiento del Partido Demócrata de la opinión pública estadounidense. ¿Dónde estaba el liderazgo decisivo necesario para contrarrestar el impulso populista de Trump? En lugar de dinamizar a los votantes con nuevas ideas, el partido presentó una plataforma predecible y cauta que no logró conectar con un electorado agobiado por la ansiedad económica y la desilusión cultural.

A esta desilusión se suma la aceptación tácita del Partido Demócrata de un gasto militar sin freno, que muchos estadounidenses consideran emblemático de un sistema que da prioridad a los conflictos mundiales sobre las necesidades nacionales. Cada vez son más los estadounidenses desilusionados por los billones de dólares gastados en guerras interminables –ya sea en Ucrania, Palestina o el mantenimiento de bases militares en todo el mundo– que enriquecen al complejo militar-industrial mientras millones de personas sufren la pobreza, la falta de vivienda, la inflación, la deuda estudiantil y el colapso de las infraestructuras. No hay problema para encontrar dinero para financiar la guerra en Ucrania y auxiliar a Israel, pero conseguir fondos para ayudar a los pobres o reparar la decadente infraestructura de Estados Unidos sigue siendo casi imposible. Esta desconexión entre las prioridades de gasto y las necesidades apremiantes de los ciudadanos estadounidenses no ha hecho sino agravar la desconfianza y la alienación, a pesar de que Trump no ha ofrecido ninguna solución a estos problemas acuciantes.

La reelección de Trump no es un caso atípico, sino una condena mordaz del electorado estadounidense. Su vuelta al poder demuestra que Estados Unidos está dispuesto a respaldar los aspectos más feos de su carácter: un nativismo resurgente, una xenofobia natural y un llamamiento al autoritarismo que desprecia los principios democráticos. La victoria de Trump no es sólo una declaración política, sino también cultural, que afirma los impulsos más oscuros de la sociedad estadounidense, arraigados en una larga podredumbre cultural y racial que se ha enconado sin control.

Esta decadencia está alimentada en parte por un sistema educativo y una socialización que ensalzan la falsa conciencia del excepcionalismo estadounidense. A generaciones de estadounidenses se les ha enseñado a ver a Estados Unidos como una democracia modélica, al tiempo que permanecen aislados de la verdad de sus injusticias históricas y actuales. Este mito ha generado una forma de ignorancia voluntaria que ciega a los votantes ante los problemas más profundos que asolan la nación y los prepara para apoyar a líderes como Trump, figuras que no ofrecen soluciones reales a los problemas acuciantes, pero que explotan hábilmente este patriotismo distorsionado.

La victoria de Trump se ve ensombrecida por una crisis moral aún más profunda: la complicidad bipartidista en el apoyo a las tropelías de Israel en Gaza, una postura que ha alienado a los progresistas y dañado gravemente la posición moral de Estados Unidos en todo el mundo. Durante décadas, los líderes de los dos principales partidos han perpetuado el mito de Israel como aliado democrático, incluso cuando aplica políticas que expolian y oprimen sistemáticamente a los palestinos. Aquí radica una flagrante contradicción: Estados Unidos, autoproclamado defensor mundial de los derechos humanos, sigue siendo cómplice de acciones que violan flagrantemente estos mismos principios, encubriendo su apoyo con el disfraz de la «solidaridad democrática».

Esta hipocresía es tan descarada como corrosiva y muestra la podredumbre que subyace en el núcleo de la política exterior estadounidense. Al defender una retórica de libertad al tiempo que permite que se subyugue a todo un pueblo, los dirigentes estadounidenses han optado por la conveniencia política en vez de por la integridad moral. Las pocas voces que en el seno del Partido Demócrata que se han atrevido a oponerse a esta postura han sido marginadas, dejando desilusionados y descorazonados tanto a los progresistas como a los ciudadanos de a pie.

La reelección de Trump expone la vacuidad del mito estadounidense como «la ciudad que brilla sobre una colina». Esta imagen, apreciada en la retórica estadounidense, siempre ha sido más una ilusión que una realidad, y ahora está destrozada por las injusticias históricas, la profundización de las divisiones raciales y una política exterior empañada por la contradicción. ¿Cómo puede pretender el liderazgo moral en la escena mundial un país que elige a un dirigente que desprecia las normas democráticas y se inclina por los aliados autocráticos?

El segundo mandato de Trump debería obligar a la clase dirigente liberal a enfrentarse a su propia hipocresía: una nación que profesa ideales democráticos pero los descarta cuando resultan inconvenientes, tanto en casa como en el extranjero. La retórica de la libertad suena hueca ante el telón de fondo de desigualdades flagrantes, prejuicios raciales profundamente arraigados y un desprecio bipartidista por el derecho internacional. La ilusión de la superioridad moral estadounidense ya no resiste el escrutinio mundial. Estados Unidos debe enfrentarse a una verdad incómoda: ha incumplido repetidamente sus supuestos principios, alimentando impulsos autoritarios en el interior y apoyando la opresión en el exterior.

Los fracasos del Partido Demócrata no son meramente tácticos, sino que revelan una profunda desconexión con el electorado. Recluidos en los pasillos de Washington D.C., los líderes demócratas suponían que el postureo moral y la retórica progresista serían suficientes. Fueron incapaces de comprender que una gran parte de los estadounidenses se sentían abandonados por un partido más volcado en los clichés que en abordar las quejas reales.

Aunque el programa del partido abordaba superficialmente cuestiones de justicia social, omitía hacer frente a la ansiedad económica y la inestabilidad social, dejando un vacío que Trump aprovechó fácilmente. La política de identidad, aunque valiosa, no puede sustituir a una visión de cambio estructural, especialmente en una nación tan dividida como Estados Unidos. Pero aún más atroz es el apoyo implícito del partido a los abusos de Israel, una postura que ha alienado a los progresistas y ha profundizado la crisis moral del Partido Demócrata.

Los votantes progresistas quedaron políticamente a la deriva, sintiéndose abandonados por un Partido Demócrata que dejó de lado las políticas transformadoras en favor de un enfoque tibio y centrista bajo la candidatura de Harris, una estrategia que resultó desastrosamente ineficaz. Ante un programa carente de compromisos audaces en materia de sanidad, cambio climático y justicia económica, muchos progresistas se desilusionaron. La ausencia de una visión genuina llevó a algunos a abstenerse en las elecciones o a decantarse por terceras alternativas, subrayando el abismo entre el establishment del partido y las prioridades de sus bases.

La ausencia de coraje moral del aparato del partido para abordar las incesantes violaciones de derechos humanos de Israel distanció aún más a la izquierda, impidiendo que muchos progresistas apoyaran una agenda que consideraban moralmente en entredicho. Al aferrarse al statu quo, el partido socavó la propia coalición que podría haber asegurado su victoria.

La victoria de Trump representa algo más que un retorno político: es una advertencia aleccionadora. Estados Unidos ha elegido a un líder que encarna algunos de sus rasgos más preocupantes: la animadversión racial, el desprecio por las normas democráticas y el antintelectualismo populista. Sin embargo, más allá del atractivo personal de Trump, esta elección revela una nación que lucha contra sus propios defectos no abordados y una élite peligrosamente desconectada del creciente abismo entre su retórica y las realidades vividas por los ciudadanos de a pie. Tanto en el ámbito nacional como en el internacional, esta desconexión señala la urgente necesidad de reconciliar los ideales estadounidenses con sus acciones, especialmente en política exterior, donde la imagen de Estados Unidos como líder moral ha terminado de erosionarse.

La influencia desaforada del dinero en la política, unida a un sistema educativo deficiente que perpetúa los mitos del excepcionalismo estadounidense, ha obstaculizado el compromiso crítico con estas cuestiones profundamente arraigadas. Las élites políticas parecen incapaces de enfrentarse a estas hipocresías, tanto a nivel nacional como internacional. Reconocer y rectificar la complicidad en el trato que Israel dispensa a los palestinos sería un comienzo. Sólo alineando sus acciones con los valores que profesa puede Estados Unidos esperar alcanzar cierta apariencia de integridad. Hasta entonces, el mito de «la ciudad que brilla sobre una colina» seguirá erosionándose, dejando tras de sí una imagen más precisa: una nación atrapada en contradicciones morales, en busca de su verdadero papel en la escena mundial.

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Fuente: https://mondoweiss.net/2024/11/the-u-s-at-a-crossroads-after-trumps-return/?ml_recipient=137347161497011227&ml_link=137347132508079843&utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_term=2024-11-07&utm_campaign=Daily+Headlines+RSS+Automation

15 de noviembre de 2024

Un muy largo camino por recorrer

Natalia Sobrevilla

Una hipótesis sobre el machismo en las recientes elecciones estadounidenses

Esta semana ha sido agotadora para los interesados en la política internacional, como suelen ser las que coinciden con unas elecciones tan trascendentales como las de los Estados Unidos. Quienes nos dedicamos compulsivamente a seguir los avatares electorales, cada año ya tenemos mapeados los estados de ese país que están en juego, las posibilidades de los colegios electorales, así como lo que dicen las encuestas y los especialistas. Este año, a pesar de la trascendencia de este combate entre los demócratas y republicanos, me encontré un poco apática la noche del martes, quizás porque intuía que la noche no sería larga y que Donald J. Trump se impondría sin demasiada dificultad sobre Kamala Harris.

Vi los resultados junto a mis padres, demócratas de carné, desde que en el año 2000 mi madre se hiciera ciudadana estadounidense con la única ambición de votar por Al Gore ya que desde los años 80 es una convencida ambientalista. Quizás el famoso conteo y reconteo de la Florida de entonces sea demasiado lejano para muchos, pero el martes por la noche ella sentía una creciente incomodidad ante un posible segundo periodo del millonario devenido en político que piensa que las protecciones al medio ambiente son inútiles.

A mí, en cambio, me recordó la noche del 2 de noviembre de 2004 que viví en la Universidad de Yale con los estudiantes y profesores de Ciencia Política. A pesar de mis más de ocho meses de embarazo pasé la noche en blanco, siguiendo cada estado en disputa y viendo con creciente horror que George W. Bush era elegido con todas las de la ley y con amplia mayoría. Ya nadie podría decir que había llegado a la Casa Blanca de chiripa. Algo semejante sucede esta vez con Trump: ha ganado no solo los colegios electorales, sino también el voto popular, el Senado y la Cámara de Representantes. Su poder será completo, ya que incluso la Corte Suprema está controlada por quienes lo apoyan.

Todo lo anterior ocurre a pesar de haber llevado a cabo una campaña caracterizada por la negatividad, donde ha amenazado a sus opositores con querer destruirlos, advirtiendo que habrá deportaciones masivas de inmigrantes ilegales, a quienes además responsabiliza hasta de comer perros y gatos. Ha sido elegido, aparentemente, sin tomar en cuenta que un juzgado lo ha encontrado culpable y su sentencia se debe dictar en los próximos días. Es una vez más presidente, aún cuando sus seguidores tomaron el Capitolio el 6 de enero de 2021 y destruyeron mucho de lo que encontraron a su paso y de que atacaron a legisladores demócratas. Nada de eso le ha importado a gran parte del electorado, que ha salido masivamente a votar por él. ¿Qué pasa con sus votantes? Claramente, no consideran que ninguno de estos hechos sea determinante y están en todo su derecho de apoyar a quien consideran que mejor los representa. La democracia es así y la elección ha sido, sin lugar de dudas, de los republicanos.

En las próximas semanas veremos esbozar muchas explicaciones de por qué se dieron estos resultados; sin embargo, aquí compartiré algo de lo que me parece que ocurrió el martes. Toda elección americana es un referéndum sobre la capacidad del partido en el poder y, en este caso, los demócratas con Joe Biden no han sido percibidos como exitosos. Hace muchos años, en otra elección, se acuñó la frase it’s the economy, stupid, y este año es sin duda parte de la explicación. Muchos sienten en sus bolsillos que hace cuatro años estaban mejor que ahora, y que la inflación ha crecido de manera acelerada. Esta es además una tendencia mundial.

El presidente saliente es visto como ineficaz y su edad le ha pasado factura, a pesar de solo ser dos años mayor que Trump, quien se ha convertido en el hombre de mayor edad en llegar a la Casa Blanca. La situación fue tal, y sus apariciones como un anciano desorientado preocuparon tanto a sus correligionarios que, en el mes de julio, Biden se vio obligado a renunciar a una posible reelección para dejarle el camino abierto a su vicepresidenta, Kamala Harris, quien muy rápidamente consiguió el apoyo de la mayoría del partido y logró recaudar millones de dólares en muy poco tiempo. Inicialmente tuvo un gran rebote en las encuestas, pero desde hacía por lo menos un mes sus posibilidades de ganar se hicieron cada vez menores. Las encuestas presentaban un empate técnico, con el apoyo casi absoluto de las personas de las ciudades por Harris y las del campo por Trump.

¿Era realmente posible que una mujer de ascendencia afroamericana y de la India fuera elegida presidenta de los Estados Unidos? Ahora queda claro que no, y eso me preocupaba desde el inicio. En un país racista y machista como los Estados Unidos, me parecía una fantasía. Durante las últimas semanas hablé mucho sobre ello con mi padre, quien llegó a Boston en 1959 como médico para hacer una residencia en un hospital universitario. En ese momento, el único lugar que ocupaban las mujeres afroamericanas era el de enfermeras —las menos— y como personal de limpieza —la mayoría—. No había una sola que fuera médico, o siquiera del personal administrativo. Cuando viví en New Haven hace veinte años el panorama no había cambiado demasiado: no conocí casi a ninguna académica afroamericana, las mujeres de esa ascendencia seguían ocupando principalmente las posiciones de limpieza, y las pocas alumnas afroamericanas que tuve en el curso que dictaba sobre raza y etnicidad en América Latina me contaban de las dificultades que vivían allí a pesar de ser estudiantes en una universidad de elite.

Trump ha sido elegido las dos veces que compitió contra una mujer, y cuando lo tuvo que hacer contra un hombre fue derrotado. Fue eso, o fue la pandemia lo que llevó a que Biden se impusiera, es imposible de saberlo. Lo que sí queda claro al ver los resultados es que los hombres han votado mayoritariamente por Trump: no solo los blancos y los mayores, sino también los jóvenes, los latinos, e incluso los de ascendencia afroamericana. Creo que, como en México, sólo habrá una presidenta mujer cuando las candidatas de ambos partidos sean mujeres. Es una triste realidad, pero de momento, queda mucho camino que recorrer.

https://jugo.pe/un-muy-largo-camino-por-recorrer/

11 de noviembre de 2024

Límites rotos

Juan Manuel Robles

Ha ganado Donald Trump y Estados Unidos (“América”) no volverá a ser grande de nuevo, como no lo fue la primera vez que el magnate llegó al poder usando como carnada aquel lema lleno de nostalgia blanca. Ha ganado en distritos electorales y también en cantidad de votos, pero todo ese pueblo, esos rabiosos descamisados con bluejeans y botas, esos mineros de Minnesota, frustrados y hartos porque el país militarmente más poderoso del mundo no vela por sus necesidades básicas se darán cuenta rápido de que con Trump 2.0 la cosa no cambiará, a pesar del circo de cohetes espaciales que Elon Musk ofrecerá para distraer a las masas. Y que las guerras continuarán y la salud seguirá siendo absurdamente cara (este es el país donde quien tiene un accidente en la calle pide desde el piso que no llamen a la ambulancia, por terror a la cuenta). Entonces crecerá el fenómeno Trump, pero sin Mister Trump (que será un viejo decrépito). Será el sentimiento antisistema, la puesta en duda de una democracia que fue la más sólida del planeta, una versión del trumpismo más radical y grotesca que no ha hecho sino empezar.

Hoy los votantes de Trump se matan de risa. Para eso —nada más— sirven las justas electorales: son un festival de emociones desbordadas, un juego de roles y una suerte de terapia. Nadie cree ya que un político vaya a cumplir sus promesas —sobre todo si son del calibre de “acabaré con las guerras”—, nadie le exige ser convincente. Pero quién le quita a esta gente el gusto de ver a un hombre que puede hacer lo que hace ese señor, burlarse de absolutamente todo y caer parado. Quién les quita ese disfrute de acompañar con hurras al único presidente que no se amilana con detalles como una acusación criminal y dos impeachments. Y para colmo, el tipo recibe un disparo dirigido a la cabeza (en el país donde le volaron los sesos a John F. Kennedy), le cae en la oreja haciendo un reguero de sangre, y grita “¡fight!” varias veces, como un orate lleno de determinación.

Ya lo han dicho y es evidente: Trump no ganó a pesar de ser un cínico capaz de violar las leyes. Ganó por eso.

La empatía, tan mentada, no solo está en la compasión por el prójimo. La empatía —ponerse en los zapatos de otro— se vive de una manera gozosa cuando un sujeto dice todo lo que no te atreverías a decir, lo que quisieras pronunciar. Eso que dio vida al primer Trump hoy está de vuelta en plenitud: el hombre blanco solía decir lo que le saliera del forro con un rifle en la mano, y no le pasaba nada. Le ponían sobrenombres a los negros y a los inmigrantes, colocaban carteles para confinarlos. Eso se acabó hace mucho —supuestamente— pero este hombre les dice que pueden hacer lo que quieran, no lo olviden, y eso incluye la normalización del racismo, que se eleva a la categoría de homenaje a la tradición.

Pero eso se acaba, como toda euforia y borrachera. Lo que queda son promesas imposibles de cumplir y el quiebre de los límites: un sujeto con acusación criminal está en la Casa Blanca. Un hombre que violó la ley literalmente se salva de la cárcel haciéndose presidente; es más, lo hace declarando explícitamente que se encargará de los funcionarios que lo encausaron y hará los ajustes necesarios para terminar la “persecución política”.

Si todo esto nos suena familiar, es porque somos de América Latina. Ya vimos este deterioro, el quiebre de los sistemas políticos, las exaltaciones de los caudillos envalentonados y hoy contemplamos las ruinas mientras sociópatas se reparten todos los poderes. “En Estados Unidos jamás pasaría eso” es una expresión que cada vez se puede aplicar a menos cosas. La condena social contra la impunidad tampoco está garantizada. No más. Al contrario, los forajidos que fueron en nombre de Trump al capitolio en 2021 saldrán libres con indulto presidencial, y sus émulos quedarán empoderados.

La estatua de la Libertad no llora, como en las caricaturas progresistas que circulan: está tirada en alguna acera con la túnica rasgada, por culpa del fentanilo, sin lugar donde volver ni dinero para atenderse, y todo el mundo pasa sin conmoverse.

Siempre recuerdo que cuando era chico veíamos Matrimonio con hijos (Ed O’Neill inolvidable haciendo de Al Bundy), y una de las cosas ilustrativas de la chistosa serie era el hecho de que un hombre que trabajaba probando zapatos en una tienda tuviera casa propia de dos pisos, agua caliente y jardín (Santa Claus cayó del cielo allí por una mala maniobra publicitaria, en un capítulo). Primer mundo, nos explicaron. Hoy en el propio país esa es una estampa de un pasado que se fue: los chicos de ahora alucinan pensando que eso fuera posible, en el país de la inflación y las deudas, de la pobreza como tema de agenda, de la desigualdad y los sin techo.

Y sí, Kamala Harris no era alguien que generara entusiasmo tampoco. Ella representaba el establishment incapaz de ofrecer nada nuevo —ni siquiera diversión y show, salvo al comienzo—, alguien que alimentó al monstruo convirtiendo la campaña en una suerte de plebiscito: no a Trump. Pero en tiempos de simbolismos y avatares, por supuesto que era un mal menor y su derrota —el síntoma que hay detrás— sí genera cierta desazón. Cómo no.

Al igual que muchos latinos de mi generación, vine a Estados Unidos (la primera vez en 2009 y la segunda en 2020) sabiendo que, de muchas formas, era un destino progresista. De manera parcial pero sólida. Nunca estuvo al nivel de las democracias más avanzadas de Europa, pero sí era un lugar donde se habían superado ciertas cosas, donde leyes y sentencias habían tallado en piedra gestas sociales y civiles. Era un país orgulloso de su lucha antirracista, que dio marcos legales y sociales de los que, en teoría, no se podía volver atrás. Un país donde ninguna autoridad respetable se permitía llamar “ilegal” a los inmigrantes indocumentados, pues hace mucho se sabía que son parte de la sociedad estadounidense, y que criminalizarlos era un error de fondo y forma. No son ellos quienes han convertido a Estados Unidos en el país desarrollado más violento del planeta.

¿Es Trump síntoma de que el país está cambiando irreversiblemente? ¿De que siempre fue así y que hoy solo se revela su identidad reprimida? Tal vez. O tal vez las banderas enarboladas solo son ideologías de turno (hoy es la movida antiwoke y terror antitrans, mañana será otra cosa), y lo que vemos más profundamente es el inicio del deterioro de una democracia que fue ejemplar. El comienzo de una era de límites rotos y caudillos. Es interesante que eso vaya acompañado de una toma de consciencia de la desigualdad y los reducidos horizontes de vida. Sí, eso también nos suena familiar.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 708 año 14, del 08/11/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

9 de noviembre de 2024

La pérdida de fe en la religión progresista y el triunfo pírrico de los «cancelados»

Marcelo Brignoni


   Es necesario hacer una fuerte autocrítica en lugar de descalificar a electores desesperados.

Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.
 (Abraham Lincoln)

Tal como muchos preveíamos y las encuestas ocultaban, Donald Trump será el nuevo presidente de Estados Unidos.

Trump alcanzó con holgura los 270 compromisos de voto necesarios en el Colegio Electoral tras ganar en muchos estados y sobre todo en aquellos en disputa como Carolina del Norte, Michigan, Georgia y Pensilvania. También es el primer republicano en ganar además en la sumatoria de votos populares desde George W. Bush en 2004.

Trump ha arrasado en las zonas rurales. Por el contrario, Kamala Harris ni siquiera ha logrado mejorar lo conseguido por Joe Biden en las elecciones de 2020 en las grandes ciudades y los suburbios, históricamente más cercanos al Partido Demócrata.

Los votantes hispanos han ayudado también a la victoria de Trump. Sus avances entre los hombres latinos más pobres y sin formación universitaria, han sido determinantes para que el candidato republicano gane en lo que se conoce como swing states, aquellos estados que no tienen un comportamiento electoral estable entre demócratas y republicanos. Incluso ha mejorado sus resultados hasta entre los propios afroamericanos.

El Partido Republicano también aspira a controlar el Congreso. Los republicanos se hicieron con el Senado tras arrebatarle a los demócratas los senadores de Ohio y Virginia Occidental, y los recuentos provisorios también apuntan a una victoria republicana en la Cámara de Representantes.

Pensilvania incluso le ha dado un triunfo a Donald Trump en el estado que ha decidido muchas elecciones. Pese a su tendencia demócrata, este territorio ha sido determinante en este nuevo triunfo electoral de Trump, al igual que en 2016. Las alarmantes cifras de pobreza y exclusión en el estado han contribuido al rechazo al oficialismo demócrata.

Es decir que después de haber gobernado entre 2016 y 2020, y haber sido satanizado e incluso sometido a innumerables causas judiciales, legitimas y no tanto, durante estos últimos cuatro años, su triunfo es mucho más contundente que el de 2016.

Negacionismo y democracia

Ante esta realidad inocultable la reacción de la progresía imperialista que sostenía la candidatura de Harris es la misma que en otras latitudes: “el pueblo no sabe votar”, mientras señalan que los votos de Trump se amontonan entre gente “inculta, de baja educación”, al decir del inefable John Lee Anderson, y “engañada por las redes sociales”.

La misma lógica global que aplica la “religión progresista” a todos aquellos “infieles y blasfemos” que solo merecen la cancelación y no están capacitados para la democracia. Autocrítica de su insolvencia, de su traición a los vulnerables que decían representar, ninguna. Una mirada maniquea sobre el bien y el mal que los ubica a ellos como fiscales y jueces de ese “incomprensible” comportamiento electoral, reiterado en distintas latitudes.

Esta descalificación del voto popular ha venido acompañada de una insólita limitación a la libertad de pensar. Quien se atreva a no someterse al dogma religioso del progresismo actual, visibilizando el efecto nocivo de la inseguridad en barrios populares, el de la inflación deteriorando los salarios, el del exceso de esencialización de las minorías, será “cancelado de inmediato” como “cómplice de la criminología mediática”, o como “fascista representante del patriarcado”. Quien señale la sostenida pérdida de derechos de los sectores más desprotegidos o la distribución cada vez más desigual del ingreso, “le hace el juego a la derecha”. Lo vemos en Argentina y también en el resto de occidente.

El origen de la desilusión

Siempre es arbitrario fijar el supuesto inicio de una etapa, pero en aras de admitir esa peculiaridad, habría que situarnos en la estafa financiera del 2008, mal llamada crisis financiera, para buscar el inicio de la traición del progresismo globalizador a su discurso de igualdad de oportunidades. Miles de millones de dólares de los impuestos de los más débiles puestos al servicio de banqueros estafadores, de los que ninguno fue encarcelado, por decisión de gobiernos que decían representar algo muy distinto a eso que hacían.

El entonces presidente Barack Obama en su discurso ante la Sesión Conjunta del Congreso de Estados Unidos, el martes 24 de febrero de 2009 diría: “Sabiendo que no estaban a su alcance, las personas compraron casas de bancos y prestamistas y mientras tanto se pospusieron debates cruciales y decisiones difíciles hasta otro momento. Ha llegado el día del ajuste de cuentas, y éste es el momento de actuar de forma audaz y sensata, no sólo para reactivar esta economía, sino para sentar nuevas bases para una prosperidad perdurable”.

Ninguna responsabilidad de bancos y prestamistas aparece mencionada. La primera medida de Obama fue la aprobación de un rescate de 800.000 millones de dólares para los Bancos a tan sólo 30 días de asumir el Poder Ejecutivo. Luego vendrían el Plan de Estabilidad Financiera y el Stress Test and Capital Assistance Program (CAP), para “recobrar la confianza en los bancos”, estabilizar el sistema financiero y blindar a los estafadores, a quienes les daría otro billón de dólares extra a los cuatro meses del inicio de su gestión.

De aquel daño a la credibilidad democrática, de aquella “hipocresía progresista” de priorizar bancos y estafadores por sobre vulnerables y estafados, a este avance permanente de la ultraderecha.

Excusas y realidades

Después de décadas de buena vecindad demócrata republicana, representando casi exactamente los mismos intereses económicos y geopolíticos, o como decía un viejo analista en aquellos tiempos: “gane quien gane gobernaran los mismos”, el panic show demócrata no fue suficiente para evitar el triunfo del “disruptivo” Trump.

Ni siquiera el muy promocionado “Escuadrón”, el grupo demócrata de la Cámara de Representantes liderado por Alexandria Ocasio-Cortez, pudo convencer al electorado de que Trump era el mal y los demócratas el bien.

Es que las almas nobles demócratas no hicieron nada explícito ni concreto por frenar el apoyo de “su gobierno” a la masacre de Gaza, a la expansión de la OTAN o al apoyo a Zelenski con la negativa a una salida negociada. Mucha palabra, poca acción concreta.

La proliferación de homeless en todo el país, la pandemia del fentanilo que asesina miles de estadounidenses diariamente y el virtual control que ejercen

sobre el gobierno los contratistas militares que operan desde el deep state estadounidense, resultaron tan inocultables como el desinterés demócrata por comprometerse con la mejora de las condiciones de vida de los más pobres de Estados Unidos.

Que Trump haya sido reelecto es más grave aún para la “Élite de Washington” que su primer triunfo de 2016, y marca el desastre del gobierno Biden-Harris, que resultaron inseparables en su responsabilidad compartida de una gestión cuestionada, tal como sucede en Argentina con Alberto y Cristina Fernández, a pesar de que la dirigencia peronista mire otro canal. De todos modos, no parece que los demócratas elijan a Harris como su nueva jefa partidaria.

A los estadounidenses comunes y corrientes, cuya condición de vida cae en picada desde hace rato, los políticos profesionales les resultan refractarios, sobre todo si no mejoran en nada la cotidianeidad de los menos favorecidos.

El discurso contra “la casta”, aunque sea hipócrita y falso, funciona en muchas latitudes porque la casta existe como tal y porque la frustración de la gente de a pie necesita culpables ante la ausencia total de autocrítica y la falta de soluciones reales que pueda ofrecer la sensibilidad progresista.

La búsqueda de mejoras económicas ante la debacle social que viene provocando hace mucho la globalización, da lugar al crecimiento de un nacionalismo proteccionista no exento de perfiles indeseables en casi todo occidente, y al que la mayoría de la población estadounidense entiende como el camino correcto para volver al viejo sueño americano de prosperidad. Gran parte del triunfo de Trump tiene que ver con esta ilusión.

Estados Unidos y el mundo que puede venir

En términos geopolíticos parece claro también que la política exterior de Trump tendrá un giro en relación con los demócratas. Su prioridad parece que estará centrada en una agenda de nuevas relaciones y el abandono de otras vigentes.

La visita del jueves 11 de julio último del Premier de Hungría Viktor Orban, a cargo por entonces de la Presidencia de la Unión Europea, al expresidente Donald Trump en su club privado de Mar-a-Lago, en Florida, para avanzar en su agenda de alcanzar un acuerdo de «paz» entre Ucrania y Rusia, con el obvio apoyo implícito de Moscú, dejó más claras aun estas diferencias entre demócratas y republicanos, y todo da a indicar que esa agenda se pondrá en marcha.

Mientras los demócratas y sus empleados europeos intentaron sin éxito avanzar contra Rusia y desmembrarla, a Trump le interesa alcanzar un acuerdo de estabilidad con Putin, sin importarle el destino de la Unión Europea y la OTAN, a los que considera aliados “caros y poco confiables”. Su deseo de poder avanzar en su plan proteccionista de reindustrialización con prioridad en el mercado interno de Estados Unidos, condicionando su relación con China, parece bastante popular. El propio Trump ya habló de un arancel del 60% sobre todos los bienes fabricados en ese país y anunció un desacoplamiento tecnológico más amplio entre los países.

Sobre esta hipótesis Trump prevé desescalar la tensión con Rusia y con India, sobre todo después de ver el imponente despliegue de poder de la reunión BRICS en Kazán, Rusia, los últimos días de octubre donde “el otro mundo” ratificó que dejará atrás definitivamente el reconocimiento a Estados Unidos como hegemon global unipolar.

Trump y Milei

En cuanto a nuestro país, la República Argentina, observamos un profundo desconcierto cuyo máximo dislate señala que Trump y Milei forman parte de una misma “cosmovisión” del mundo. La tendencia a juzgar la totalidad de la política en base a la posición puntual sobre los derechos cívicos de las minorías hace que muchos crean que Milei y Trump representan lo mismo en política, lo que claramente no es así.

Es cierto que ambos defienden con fervor los intereses del mismo país, los Estados Unidos, pero en términos políticos las coincidencias son menos de lo que se señala. Uno, Milei, es un globalista libertario antiestatal al servicio de las empresas multinacionales y los bancos globales, y el otro, Trump, un derechista nacionalista conservador pero estatista y proteccionista de su economía y sobre todo de los puestos de trabajo en su país.

A modo de conclusión temporaria

Donald Trump no es un error de época, representa cabalmente a sectores internos de Estados Unidos opuestos a una globalización cuya deslocalización geográfica industrial ha dejado un reguero de nuevos pobres y desempleados, sobre todo en aquellos sectores de baja capacitación, otrora fuente de potencia electoral de los viejos sindicatos demócratas y hoy  vulgarmente llamados White Trash, descriptos maravillosamente por Nancy Isemberg y sobre todo por el electo Candidato a Vicepresidente de Trump, J. D. Vance, en su multipremiado libro “Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis”, un relato autobiográfico que se convirtió en bestseller y película de Netflix, en el que Vance narra su infancia en unos Estados Unidos de blancos castigados por el desempleo y las adicciones, dando voz a una clase trabajadora desilusionada y resentida.

Da la impresión de que la elección de Vance desconoció de parte de Trump, la existencia de otros sectores de la “burocracia republicana” que pudieran aportarle votos y que la designación de Vance perseguía victorias en Ohio, Virginia Occidental, Pensilvania, Michigan, Carolina del Norte, Wisconsin y otros baluartes del “Rust Belt”. Los resultados indican que la presunción de Trump al decidir que Vance lo acompañara era correcta.

Como decía David Harvey, “los neoliberales, progresistas y conservadores fueron más leninistas que los leninistas y supieron crear y diseminar think-tanks que formaran la vanguardia intelectual capaz de crear el clima ideológico en el que el realismo capitalista pudiera florecer”. La idea de que la población se sintiera contenta y cada vez más pobre y excluida, pero involucrada en la lucha contra el cambio climático y a favor de las minorías, no parece suficiente incentivo para pedirle su apoyo, porque como enseñó Aristóteles para la eternidad “primum vivere, deinde filosofare”.

La hipocresía del “progresismo para ricos” ya no puede convencer a las mayorías. La incertidumbre es elocuente, pero ya es hora de llamar a las cosas por su nombre: al pan pan, al vino vino, mentiroso al mentiroso y asesino al asesino.

La ultraderecha es la hija no reconocida del fracaso del progresismo neoliberal. Se impone una autocrítica feroz y una renovación en lugar de descalificar a electores desesperados. Aplica en Estados Unidos y también en Argentina.

Fuente: https://lateclaenerevista.com/elecciones-en-estados-unidos/

8 de noviembre de 2024

Trump y la decadencia

César Hildebrandt

Cuando era niño, Estados Unidos era como el gigante bueno de la historia. Nos había salvado de los nazis, había ganado dos guerras mundiales y se adjudicaba el papel de ángel de la guarda de la democracia. No era así, por supuesto. Pero esa era la imagen que prevalecía en el mundo. Y a esa imagen contribuía el hecho de que en ese país relativamente joven los trabajadores tenían derechos, los sindicatos cumplían un rol, los trabajos eran estables y bastaban para sostener el hogar. En ese cuadro no entraban, por supuesto, los negros preteridos, los blancos pobres de “Las uvas de la ira”, los inmigrantes latinos que reuniría para su reivindicación el legendario César Chávez.

Pero, a pesar de sus contradicciones y su racismo detestable, Estados Unidos pertenecía al futuro. Era la sociedad que, regulada por algún Roosevelt venidero, se acercaría a unas millas del ideal del pragmatismo socialmente benévolo.

Todo eso empezó a mancharse en los 50 del siglo pasado, cuando el país que había luchado contra el fascismo europeo intervino sin escrúpulos en Guatemala para derrocar a Jacobo Arbenz, un militar progresista que se atrevió a tocar intereses norteamericanos. Un año antes, en 1953, Estados Unidos había instigado el golpe de estado que destituyó a Mohammad Mosaddeq, el primer ministro iraní que nacionalizó la industria petrolera. La CIA, la United Fruit y la doctrina del nacionalismo armado habían triunfado. Estados Unidos era el epicentro del capitalismo dispuesto a todo con tal de salir airoso. Eisenhower, acosado por el complejo militar-industrial, tendría la razón al señalar esa amenaza.

Luego vino Cuba y más tarde Vietnam y, tras la tregua de Johnson, Nixon.

Pero aun con Nixon al mando, Estados Unidos libraba una lucha interna entre quienes querían preservar valores esenciales y aquellos que apostaban por el cinismo y los resultados. Esa lucha se daba en medios de comunicación, esferas políticas, foros empresariales, debates universitarios.

Ese plano de ideas en conflicto es el que se ha deteriorado hasta el punto de casi desaparecer.

Kamala Harris ha perdido porque era una Trump con sordina, una Trump con disimulo, una Trump llena de bótox. Trump ha vuelto porque interpreta mejor que nadie la lumpenización del electorado estadounidense. Estados Unidos se mira el ombligo y clama por sus derechos y por los agravios supuestos infligidos por el multilateralismo. La promesa del big stick ha regresado.

Tanto Harris como Trump pensaban celebrar los “triunfos” asesinos de Israel en Gaza y Líbano. Ambos pensaban –aunque Harris apelaba a vaguedades cada vez que le tocaban el tema– que a China había que pararla al margen de la Organización Mundial de Comercio. Y ambos aspiraban a seguir ignorando dos cifras claves de la drogada economía norteamericana: un 7% de déficit fiscal y un 124% del PBI como deuda doméstica.

Los demócratas han pagado su traición a Franklin Delano Roosevelt y a las clases medias y bajas que fueron el sostén de sus sucesivas reelecciones. El Partido Demócrata actual es el de Clinton y Obama. Es decir, nada: un festival de palabras emocionantes que poco tienen que ver con la situación económica de las víctimas de la desigualdad.

La población latina y negra ha optado por Trump porque ve en él una remota esperanza de que el empleo no se siga destruyendo y que la mudanza fabril o la inteligencia artificial no la convierta en abiertamente prescindible. Los demócratas necesitaban una candidatura que no repitiera la paporreta seudoprogre del lenguaje inclusivo, el feminismo chiflado y la palabrería globalista. Sólo tuvieron a Kamala Harris. La derecha envalentonada sabía que Trump haría de sus vicios y felonías un capital. El pueblo de los Estados Unidos ha votado por un delincuente convicto, confeso y a punto de ser condenado. Eso le da carácter histórico a este episodio.

Esa apuesta por la grandeza inverosímil de un país a costa del resto del mundo da una idea de lo irracional que ha sido este proceso. Los Estados Unidos de Trump no quieren volver a ser grandes. Eso sería una idea melancólica e inofensiva. Los Estados Unidos quieren ser “los únicos grandes”. Eso conducirá a nuevas guerras, a tableros pateados, a distintos desórdenes mundiales. En santa alianza con un Israel depravado gracias a Netanyahu, los Estados Unidos prometen el fuego purificador y el triunfo de la muerte en el medio oriente. Un mundo tan bárbaro como el electorado que ha puesto su destino en manos de un fanático de sí mismo espera sin mayores agobios lo que habrá de suceder. Porque hoy por hoy lo único realmente global es la decadencia.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 708 año 14, del 08/11/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

5 de noviembre de 2024

Los 228 años de farsa electoral en Estados Unidos

Andrés Gaudin


La farsa comienza un año antes de las presidenciales, cuando los votantes son convocados a elegir quién será el candidato de cada partido y en realidad lo que elijan es a los miembros de una convención que luego hará lo que mejor le convenga a la superestructura partidaria. Así pasó este año con los demócratas, que habían optado por la reelección de Joe Biden y cuando vieron que este patinaba psíquicamente lo cambiaron por Kamala Harris

El martes 5 de noviembre los 336 millones de estadounidenses participarán, votando o mirando votar, de la elección del nuevo presidente del país más poderoso del orbe. El que dirá dónde comenzará y cuándo terminará la próxima guerra. El que señalará cuál será el próximo gobierno a derrocar y ordenará los nuevos bloqueos económicos y genocidas allí donde haya un pueblo dispuesto a defender su soberanía. El que se presenta cómo faro de las libertades y guardián de las democracias, aunque de unas y otras tenga cada vez menos para mostrar. Los adivinos del establishment y los medios dicen que son las elecciones más reñidas de la historia reciente. Que Kamala Harris y Donald Trump están empatados.

 Según académicos y estudiosos de variadas raíces, dadas las características del modelo aplicado para elegir al presidente, esa referencia al empate técnico no tiene valor alguno para imaginarse quién será el nuevo inquilino que albergará la Casa Blanca desde enero de 2025 y por los cuatro años siguientes. Por qué semejante cachetada. Simplemente porque desde hace 228 años (1796), y sin que a nadie desde entonces se le haya ocurrido cambiar las cosas y acatar la voluntad soberana de los ciudadanos, como reza el credo democrático occidental y cristiano, el sistema electoral no tiene en cuenta, desde, siempre, el voto popular. Así de simple, no valoriza la opinión ciudadana.

La farsa comienza un año antes de las presidenciales, cuando los votantes son convocados a elegir quién será el candidato de cada partido y en realidad lo que elijan es a los miembros de una convención que luego hará lo que mejor le convenga a la superestructura partidaria. Así pasó este año con los demócratas, que habían optado por la reelección de Joe Biden y cuando vieron que este patinaba  psíquicamente lo cambiaron, manu militari, por Kamala Harris. El juego se repite después en las elecciones como la del martes, en las que se elegirá un Colegio Electoral que será el que designe al futuro presidente, no importará quién saque más votos, si la demócrata Harris o el republicano Trump.

El Colegio está integrado  por 538 delegados que son, en realidad, los verdaderos electores. En las urnas los votantes optan por uno de los candidatos, pero no es este el que recibe el voto, sino el grupo de «notables» designado por el partido. La elección de delegados no es proporcional, la cosa es a todo o nada. El que obtenga más votos, así fuera uno solo, se lleva el total de los delegados de cada estado (50 más el distrito federal de Columbia). El postulante que de este rejunte resulte beneficiario de los primeros 270 votos del Colegio (la mitad más uno), se lleva como premio la Presidencia de la Unión.

Un premio logrado por el antidemocrático voto indirecto, una modalidad ya extirpado de la democracia global.

La democracia made in USA no es imperfecta ni tramposa. Es una estafa, así está pensada, que no han ni corregido ni disimulado tras más de dos siglos de vigencia. Como el número de delegados del Colegio es par, tres veces en la historia se dio el caso de que cada uno de los candidatos obtuviera 269 colegiados. ¿Cómo lo arreglaron? Resolvieron la «imprevisión» pasándole la pelota a la Cámara de Representantes, que está habilitada para otorgarle la presidencia a uno de los dos candidatos o, si no hay trenza posible, designar a un tercero sacado de la galera de las componendas. Alguien que nunca estuvo en la cabeza de nadie, llevándose por delante, una vez más, a la llamada «voluntad soberana del pueblo».

Fuente: https://www.tiempoar.com.ar/mundo/los-228-anos-de-farsa-electoral-en-estados-unidos/

27 de julio de 2024

La risa de Kamala Harris

Maritza Espinoza

El bullying de Trump contra Harris no es de ahorita, sino de cuando esta comenzó a ser voceada como reemplazante de Biden: al no encontrarle demasiados flancos débiles, se lanzó a criticarla por la forma en que se ríe y la llamó ‘Laffin’ Kamala”

Mientras los analistas internacionales aún siguen devanándose los sesos con las implicancias de que una mujer asiático-afroamericana —de la que, curiosamente, no parecen saber mucho, salvo las tres o cuatro líneas de su biografía pública— tome el puesto de un anciano blanco hetero para salvar la cara del Partido Demócrata en las elecciones de noviembre, Kamala Harris ha salido con la pata en alto, golpeando justo en la línea de flotación de la alienígena naranja que hoy pone en riesgo el futuro de la democracia.

En su primera presentación como casi segura candidata, se mandó con todo y con gran estilo. “Yo he sido fiscal general en California y, antes, fiscal de tribunales”, dijo, “y en esos papeles me enfrenté a perpetradores de todo tipo: depredadores que abusaban de mujeres, estafadores que engañaban a los consumidores, tramposos que rompían las reglas en su propio beneficio. Así que créanme cuando les digo que conozco bien el tipo de gente que es Donald Trump”.

Y, fuá, el entusiasmo —incluso el de los más escépticos— se volcó hacia ella, a tal punto que obtuvo tres logros que abonan su camino al triunfo. Uno, en menos de 24 horas, ya había conseguido la cantidad suficiente de delegados demócratas para asegurar su postulación. Dos, recaudó en tiempo récord la barbaridad de ochenta millones de dólares que se suman a los 120 millones que ya habían logrado con Biden para la campaña. Y, tres, en ese mismo período, la distancia que la separaba de Donald Trump en las encuestas (y que hacía que los demócratas dudaran de lanzarla) se acortó de seis puntos a solo dos.

Como es obvio, a Donald Trump eso le ha caído peor que una prueba de sus aventuras con Jeffrey Epstein y no tardó en usar los argumentos que, misógino como es, no utilizaría jamás contra un contrincante masculino. “Hay dos palabras para describir a Kamala Harris: perversa y tonta”, dijo al New York Post el caballerito que, según todos sus biógrafos, no es precisamente una autoridad en materia de empatía ni de coeficiente intelectual.

Pero el bullying de Trump contra Harris no es de ahorita, sino de cuando esta comenzó a ser voceada como reemplazante de Biden: al no encontrarle demasiados flancos débiles, se lanzó a criticarla por la forma en que se ríe y la llamó ‘Laffin’ Kamala. Ella respondió, muerta de la risa, obvio, que así es como se ríen las mujeres de su familia: desde el corazón.

Las bajezas de Trump no pararon allí —ni pararán—, porque ha comenzado a atacarla con asuntos de su vida privada (justo él, convicto de haber pagado a una actriz porno para que callara sus encamadas), como cuando escribió en X: “(A Kamala) le fue mal en el proceso de nominación demócrata, terminó derrotada y desertó incluso antes de llegar a Iowa, ¡pero eso no significa que no sea una política muy ‘talentosa’! Solo pregúntenle a su mentor, el gran Willie Brown de San Francisco”, refiriéndose sibilinamente a una expareja de Harris.

Lo cierto es que este género de ataques solo reforzará más el apoyo femenino a la nueva candidata demócrata, que saltó a la fama justamente cuando, el 2018, durante el gobierno de Trump, el Partido Republicano comenzó el proceso de tirarse abajo la sentencia Roe vs. Wade, sobre el derecho al aborto. Entonces, Kamala, aún senadora, recorrió el país haciendo campaña contra esta maniobra que amenazaba con dinamitar los derechos civiles.

Todo eso confirma la idea de que la todavía vicepresidente de los Estados Unidos no se andará con chiquitas ni remilgos a la hora de poner contra las cuerdas al tipejo que hoy anda alardeando con que es un bendecido de Dios solo porque una bala no pudo encontrar su cerebro, y ya hay quienes predicen que la campaña que se avecina se sintetizaría en una idea fuerza potente que pondrá a Kamala en una posición que el americano promedio adora: “Esta guerra es entre una fiscal versus un convicto”.

Sin embargo, esta campaña también va mostrando las costuras de un país donde el racismo, la misoginia y el androcentrismo se mantienen sin mucha variación. Por ejemplo, en el hecho de que muchos comentaristas de la televisión que, a la hora de hablar sobre cualquier político, suelen saberse al dedillo hasta el nombre de su jugador favorito de béisbol, en el caso de Kamala (y ocurrió también con Hillary Clinton) titubean a la hora de describirla y apelan a los cuatro datos generales que se conocen de ella: que es la vicepresidenta de Biden, que fue senadora demócrata, que es de origen afroasiático, que fue fiscal general de California, que les cae mal a muchos y pare de contar.

Pero Kamala Harris es mucho más. Nacida en un hogar compuesto por un economista y una científica, ha estado del lado de los derechos civiles y el activismo social desde muy niña. Que en la Universidad de Howard donde estudió Derecho (y donde han estudiado muchos de los afroamericanos más destacados del país) era una eximia polemista, que ha participado en campañas políticas desde hace cuatro lustros y que tiene un temple que la hace inmune a cualquier ataque. Todas ellas muy malas noticias para Trump y su equipo de campaña.

By the way, ironías de la vida, ese equipo de campaña que se centró en cuestionar a Joe Biden por el asunto de su edad se verá ahora en la curiosa situación de defenderse del mismo cuestionamiento, pues su candidato, con sus 78 años, no es precisamente un mozalbete y, frente a los 59 años de Kamala, es otro anciano decrépito más. Allí probarán un poco de su propio chocolate. Y ‘Laffin’ Kamala, otra gran ironía, será justamente la que ría al último con la risotada que Trump tanto criticó.

https://larepublica.pe/opinion/2024/07/24/la-risa-de-kamala-harris-por-maritza-espinoza-1546681

21 de agosto de 2020

Joe Biden encuentra su análoga neoliberal en Kamala Harris

Branko Marcetic


Ambos son en esencia el mismo político, siempre en el lado equivocado de la historia.

Bueno, finalmente ha sucedido. Después de meses y semanas de discusiones, críticas, reverencias y ruidos, y varios plazos incumplidos, Joe Biden ha elegido finalmente a su compañera de fórmula: la antigua fiscal y actual senadora de California, Kamala Harris.

Lo que se puede hacer es observar la senda que ha recorrido Biden para llegar a este punto como anticipo de lo que nos espera si gana las elecciones. El proceso de selección de la vicepresidencia ha sido especialmente caótico porque había bandos distintos y antagónicos (desde informantes de Biden, hasta activistas progresistas, funcionarios demócratas y grupos de donantes principales), compitiendo por influir, persuadir y hasta amenazar a Biden para que eligiera a su favorito.

Hubo ávidos contendientes que subieron hasta lo más alto, se reunieron en privado con Biden, aparecieron en televisión con él, recaudaron fondos para su campaña con ansias y luego, de repente, cayeron en desgracia. En algunas ocasiones aplastó cruelmente sus esperanzas en directos de televisión y en otras ocasiones se hundieron bajo una tormenta de filtraciones que pretendían debilitarlos. En última instancia, con todo este caótico proceso, Biden terminó saltándose al menos tres de sus plazos autoimpuestos.

Biden es conocido desde hace tiempo por su falta de disciplina y por su indecisión

Sin embargo, esto dista mucho de ser algo exclusivo de la búsqueda de vicepresidente. Biden es conocido desde hace tiempo por su falta de disciplina y por su indecisión, algo que ha trasladado a la actual campaña, hasta el punto de casi haberse saboteado a sí mismo antes de empezar, por un comienzo atrasado que le hizo perderse los principales fichajes. Hasta el Times tuvo dificultades para encontrar los eufemismos que le permitieran adornar esas carencias, a las que se refirió como “procesos de decisión no lineares” y “costumbre de extender los plazos de tal forma que algunos demócratas se muestran ansiosos y molestos”.

O lo que es lo mismo, Biden dirigió una campaña que puede describirse de forma generosa como relajada, en la que su eventual resurgimiento y victoria en las primarias se debió casi en exclusiva a una coalición de medios centristas y al trabajo y sacrificio de los demócratas para arrastrarlo hasta la meta, incluso a pesar de él. No obstante, aunque no es seguro aún que este proceso caracterice la presidencia de Biden, ya hemos sido testigos de cómo la lucha entre las diferentes facciones del partido ha tenido como resultado que elija a Harris como vicepresidenta.

El posible ascenso de Harris a la Casa Blanca consolida lo que la nominación de Biden ya representaba: la derrota, al menos de forma temporal, de la izquierda del partido demócrata a manos de la facción corporativa del partido, y la fijación de sus élites por seguir adelante con la política superficial y corporativa de la era Obama, que se basa ante todo en rebajar las expectativas de la gente común y corriente.

De hecho, una de las razones de que fuera tan difícil imaginar que otra persona, aparte de Harris, fuera quien acabara liderando la lista es que ella encarna a la perfección al partido demócrata moderno, lo que también significa que casi todo lo que se va a escuchar sobre ella a partir de ahora no tiene nada que ver con quién es en realidad.

Incluso en un partido que hizo suyo el estilo de políticas inflexibles con la delincuencia como las que promovieron Biden y Clinton, Harris destaca por su crueldad

Harris está lejos de ser la “fiscal progresista” por la que lleva haciéndose pasar desde que presentó su candidatura en 2019, su historial no guarda ninguna similitud con otras personas que sí podrían ajustarse a esa descripción, como por ejemplo Larry Krasner o Keith Ellison. Incluso en un partido que hizo suyo el estilo de políticas inflexibles con la delincuencia como las que promovieron Biden y Clinton, Harris destaca por su crueldad: luchó por mantener a gente inocente en la cárcel, bloqueó las indemnizaciones a personas injustamente condenadas, defendió que los delincuentes no violentos permanecieran en la cárcel y siguieran trabajando como mano de obra barata, ocultó pruebas que podrían haber liberado a numerosos detenidos, intentó desestimar una demanda para terminar con el régimen de aislamiento en California y negó la operación de reasignación de género a presos transexuales. Un informe reciente detallaba cómo casi se la acusa de cometer desacato al tribunal por resistirse a una orden judicial que decretaba la liberación de presos no violentos, y que un profesor de derecho comparó con la resistencia del sur de EE.UU. a las leyes desegregadoras de los años 50.

A Harris le encanta reírse. Harris desternillándose como un malvado de dibujos animados al hablar de procesar a los padres por las ausencias repetidas de los niños en edad escolar es posiblemente una de las cosas más escalofriantes que se pueden ver en política. ¿Otras cosas que le hayan hecho gracia a Harris? La idea de construir escuelas en lugar de cárceles y la noción de legalizar la marihuana. Cinco años después volvió a reírse, en esa ocasión cuando se estaba postulando para presidenta y recordó con cariño sus días de fumar porros para embelesar a una audiencia más bien joven. Supergracioso fue también que su oficina hubiera condenado a casi 2.000 personas por delitos relacionados con la marihuana cuando trabajaba como fiscal de distrito en San Francisco.

La falta de sensibilidad que Harris muestra hacia los pobres e indefensos solo es comparable a la simpatía que siente por los ricos y poderosos. Lo más destacado fue cuando Harris desestimó la recomendación de su propia oficina para procesar al banco de rapiña del actual secretario de Hacienda, Steve Mnuchin (que más tarde hizo una donación a su campaña para el Senado), y luego supuestamente intentó ocultar su pasividad.

A pesar del estatus de California como el epicentro de las estafas de ejecución hipotecaria, la Fuerza de Ataque contra el Fraude Hipotecario de Harris procesó menos casos de estafas de consultores en ejecuciones hipotecarias que muchos otros fiscales de distrito de otros condados.  En lugar de utilizar su despacho para frenar el crecimiento de los monopolios tecnológicos, algunos correos a los que tuvo acceso hace poco el Huffington Post muestran cómo les hacía la corte, a cambio de lo que recibió un considerable apoyo financiero de Silicon Valley.

Hace poco se ha decretado como inapropiado hablar de su ambición, aunque la verdad es que a Harris, al igual que a Biden, a Obama y, tristemente, a la mayoría de los políticos, le motiva por encima de todo su propia trayectoria profesional. Solo hay que ver estos vídeos de una Harris con 44 años explicando en agosto de 2008 (cuando la pobreza, la guerra y una crisis inmobiliaria en ciernes atenazaba a EE.UU. y a su estado en particular) qué es lo que cambiaría después de ocho años de una presidencia con ella a la cabeza: que “estaríamos dispuestos a abrazar la idea de que realmente poseemos una increíble cantera de talentos”, que Estados Unidos tendría “una población de gente que estaría informada no solo sobre su gran historia, sino también sobre historia internacional” y que “decidiríamos con orgullo que todos somos, como estadounidenses, patriotas”, que llevarían, todos, banderas en las solapas.

O lo que es lo mismo, que no tenía ni idea.

Por ese motivo, si Harris no es en realidad una progresista con ambiciosos compromisos políticos, ¿qué aporta realmente a la candidatura? Los medios alineados con el partido demócrata han mencionado su ascendencia mixta, india y jamaicana, porque confían que estimulará a los votantes de color en noviembre, y su inflexibilidad y agresividad, que anticipan que desplegará contra Trump y, sobre todo, contra el vicepresidente Mike Pence en su eventual debate.

Tras abandonar la carrera presidencial, casi todos los expertos declararon su sorpresa por el fracaso de Harris a la hora de conseguir el apoyo de los votantes negros

Pero es difícil compatibilizar esas dos cosas con la realidad. En contra de lo que afirma el extraño mundo de los consultores y medios liberales, la población afroamericana y latina no vota a quien sea solo porque comparte su color de piel o sus raíces nacionales. Tras abandonar la carrera presidencial, casi todos los expertos declararon su sorpresa por el fracaso de Harris a la hora de conseguir el apoyo de los votantes negros; apenas si consiguió inscribirse en su propio estado cuando terminó todo. Al final se retiró de la carrera antes de que se celebrara ninguna primaria y se ahorró el bochorno de dar un espectáculo en Iowa –y los siguientes estados– como el que dio Biden en las primarias de 2008.

En lo que respecta al segundo elemento, la débil actuación de Harris en las encuestas vino acompañada de una vacilante campaña en la que se vio a la antigua fiscal decepcionar en los debates y alejarse de sus propias posturas. Tras copatrocinar en 2017 el proyecto Medicare for All de Bernie Sanders, se unió a este para ser uno de los dos únicos candidatos demócratas que defendieron en un debate, que se celebró junio de 2019, la abolición de los seguros privados de salud, antes de dar rápidamente marcha atrás el día después y decir que no había entendido bien la pregunta.

Luego presentó su propio plan de salud nacional que ampliaba el papel de los seguros privados en la sanidad y añadía un absurdo período de transición de diez años, o dos mandatos presidenciales y medio.

Otro tanto sucedió en el momento más memorable de Harris en un debate: atacar a su actual compañero de ticket por el papel protagonista que tuvo en el movimiento racista antibusing [el transporte de desegregación es la práctica de asignar y transportar estudiantes a escuelas dentro o fuera de sus distritos escolares locales en un esfuerzo por reducir la segregación racial]. Por algún motivo, la campaña de Harris ya tenía listas para vender las camisetas que conmemoraban el momento a las pocas horas de que acabara el debate, pero Harris no tardó en aclarar que ella también había defendido la misma postura sobre el busing que la que acababa de reprochar a Biden. Más tarde, Harris se quedó sin palabras cuando Tulsi Gabbard la criticó en un debate por su historial como fiscal. Para finalizar, su intento de desafiar a Elizabeth Warren para que exigiera a Twitter que prohibiera la cuenta de Trump quedó en agua de borrajas.

Cada vez está más claro que los planes de Biden son conformar un gobierno que será muy parecido al de Obama, si no más conservador

Pero no, el valor real de Harris para Biden es triple. Por una parte está su popularidad entre la clase donante, pues consiguió embolsarse cantidades enormes de dinero para su campaña procedentes no solo de las grandes tecnológicas, sino también de Wall Street, los seguros privados y las farmacéuticas, además de varios multimillonarios. Poco después de que Biden la eligiera, aparecieron algunos ejecutivos de Wall Street en la cadena CNBC y alabaron la sabiduría de la decisión, en particular porque demostraba que Biden no se estaba desplazando hacia la izquierda, como se había repetido en numerosas ocasiones.

Esto nos lleva al segundo elemento. Cada vez está más claro que los planes de Biden son conformar un gobierno que será muy parecido al de Obama, si no más conservador, aunque tenga al frente un abanderado menos popular y menos inspirador. Mientras que el propio Biden carece del carisma y la base popular necesarios para convertirse en el cuidador eficaz de un sistema disfuncional que se está desmoronando, ese sí es un papel que Harris (que cuenta con una fanática cohorte de seguidores y los atributos para hacer historia que le faltan a la candidatura de Biden) puede hábilmente protagonizar, mejor de lo que podría haberlo hecho una relativamente desconocida Karen Bass, o alguien con menor carisma y sin base popular como Susan Rice.

Con la campaña de Biden, que se está centrando en dejar ver y oír lo menos posible del disminuido candidato, podemos esperar que la mayor parte de la atención y la propaganda se consagre a promover a Harris. Lo que también podemos esperar es ver a Harris defendiendo cualquier medida reaccionaria que el presidente Biden no pueda justificar por sí solo.

Puede que Harris posea el carisma de Obama para movilizar a la base del partido y para venderles un programa político conservador, al igual que lo  hizo el antiguo presidente. Pero eso también acarrea sus riesgos: seguiría siendo la presidencia de Biden y ella podría verse arrastrada por el peso de cualquier tipo de medida impopular que decida implementar el presidente.

Aunque por otro lado, ella estaría preparada para liderar el partido una vez que Biden desapareciera de escena, y conseguiría así neutralizar cualquier futura victoria del ala izquierda del Partido Demócrata y mantendría, tanto a la formación como a Washington, en manos de la élite corporativa.

Por último, Harris cumple el deseo de Biden de encontrar una vicepresidenta que esté en su misma sintonía. Si dejamos de lado las diferencias superficiales, Biden y Harris son en esencia el mismo político. Los dos han estado permanentemente en el lado equivocado de la historia; los dos persiguieron objetivos crueles y de derechas durante la mayor parte de sus vidas con el fin de avanzar en sus carreras profesionales; y los dos tienen la costumbre de tergiversar sus creencias e historiales. Es lo más apropiado: al fin y al cabo, Biden es uno de los creadores de la vieja escuela que dio pie a la política demócrata de favorecer a las corporaciones que Harris ha promovido durante toda su carrera.

Puede resultar absurdo o paradójico, pero mientras en Estados Unidos se vive un malestar social sin parangón, como consecuencia de la brutal represión policial, y mientras sus habitantes claman contra la histórica desigualdad económica y la dominación corporativa, el Partido Demócrata ha elegido como avatares a uno de los principales arquitectos de ese sistema y a una de sus soldados más entusiastas.

No obstante, tanto Harris como Biden, aunque este en menor medida, han demostrado una limitada, pero prometedora, propensión hacia los gestos de izquierda cuando se encuentran bajo presión. Las actuales condiciones sin precedentes, junto con el aún pequeño, pero creciente, poder de la izquierda en EE.UU., significan que los próximos cuatro años no están necesariamente condenados a ser una repetición de los años de Obama.

Veremos si eso marca la diferencia entre llevar a cabo el cambio sistémico que hace falta para evitar el desastre o realizar un mero “programa de condonación de la deuda estudiantil para los receptores de la beca Pell que funden una empresa que tenga sus actividades durante tres años en alguna comunidad desfavorecida”.

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Branko Marcetic. Redactor de Jacobin y autor de Yesterday’s Man: The Case Against Joe Biden [El hombre de ayer: La causa contra Joe Biden]. Reside en Toronto, Canadá.

Este artículo fue publicado originalmente en Jacobin.

Traducción de Álvaro San José.