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26 de enero de 2024

Perú: Gareca nos ha hecho un favor

César Hildebrandt

Ricardo Gareca, el tigre, entrenará a los futbolistas chilenos que compiten por una plaza para el próximo Mundial.

¿Cómo?

¿No era que el Perú era su segunda patria, su bandera alternativa, su cuna por adopción?

No, hombre. Gareca es un hombre práctico, el fútbol es un negocio y Chile sigue siendo, de mil maneras, el perro obstinado que va oliendo nuestras huellas. Nos odia pero sigue el rastro del amo varias veces mordido.

¿Traidor Gareca?

Nada de eso. Firmó por Chile porque le ofrecieron lo que quería mientras que aquí el triste Agustín Lozano apostó por un uruguayo que sacó el primer puesto en la liga de porquería que padecemos.

Si habláramos de traiciones, tendríamos que citar a Carlos Saúl Menem, el presidente que, violando leyes internacionales, le fio armas largas y artillería al Ecuador en plena guerra del Cenepa. Esa sí que fue plena ingratitud si recordamos lo que el Perú hizo por Argentina en el conflicto de Las Malvinas. Menem fue el compadrito de una casa rosada donde el peronismo se depravó y salió a hacer la calle disfrazado de neoliberalismo venéreo. Menem fue, mirado en perspectiva, el padre putativo de Milei.

No es el caso de Gareca. Gareca no puede traicionar porque para eso se necesita un compromiso auténtico, un yugo voluntario, una lealtad surgida de ciertos valores. Los entrenadores, como las canchas, se alquilan. Nadie le pide al césped que sea fiel a alguna bandería.  

Tengo una relación complicada con el fútbol. Me cautiva como entretenimiento, amo su ciencia, celebro sus misterios, me emocionan sus velocidades y su aspecto de ajedrez sudado. Y, al mismo tiempo, sé que es, cada día más, un negocio turbio, una cochinada chauvinista, una devoción comarcal, un modo neroniano de evitar maldades mayores. Para no matarse otra vez, los europeos gritan y cantan himnos en las tribunas de los estadios. El clásico Madrid-Barcelona es la batalla del Ebro en camiseta.

Gareca nos ha hecho un favor. Al aceptar dirigir a la selección de Chile nos está recordando lo idiotas que podemos ser. Y es bueno que de vez en cuando alguien como él, con el tamaño de ícono de su sombra, nos refriegue en la carota la ingenuidad siempre infantil que nos hace ridículos y vulnerables.

Gareca va a Chile con un conocimiento que debe haber encarecido su contrato: sabe de nuestros pies de barro, es un biógrafo de las virtudes y miserias de todos los Orejas y los Cuevas de este reino, tiene el GPS del ánimo en el camarín, investigó al monstruito desde dentro. Y Chile es un rival directo en las eliminatorias mundialistas y el primer escollo en la Copa América de junio próximo.

Gareca se ha vendido en el momento exacto y al precio que vale su experiencia con el once peruano. Chile ha comprado un know how con buzo puesto y su propósito tiene historia: asegurarse, esta vez, de no quedar por debajo del Perú. La mirada siniestra de Arturo Vidal y su emoticón festejando nuestra derrota ante Australia eran piezas sueltas. Ahora el rompecabezas está completo. Tiene la cara de un survecino siempre rencoroso que a la chirimoya le dice chilemoya y que asegura que el pisco no es de estos lares, que la papa ancestral es de Chiloé, que la quinua nació de sus entrañas, que la causa criolla fue creada en Santiago y que hasta el suspiro limeño es por lo menos binacional.

¿Traición de Gareca? Nada de eso. Negocio, money, faltriquera, hacienda, transacción, cálculo, tintineo, ventanilla, billete, arruga, efectivo, divisas, guita, pasta, bolsa, peculio, caudal, morlacos, cash, perras, numerario, patrimonio. En resumen, Scotiabank. Hablemos en serio.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 670 año 14, del 26/01/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

3 de abril de 2022

Perú: Cómo no te voy a vender

César Hildebrandt

Gastón Acurio le ha vendido sus restaurantes en el Perú al Grupo Mercantil Santa Cruz, de Bolivia. La publicación del diario “Gestión”, eco de reportes venidos del exterior, dice que la operación, cuyo monto financiero no se ha revelado, se produjo a través de la venta de un paquete mayoritario de acciones que le hizo al conglomerado cruceño la firma Colony Capital, seudónimo ostentoso y posiblemente ultramarino del señor Acurio. O sea que detrás del tacu tacu, la empanada y las masticaciones telegénicas lo que se cocinaba era el despacho. Bolivia no tendrá mar, pero ahora tiene a Acurio.

Dice el diario “Gestión”, citando al portal gastronómico “7 Caníbales”, que la millonaria operación se ha cerrado para fortalecer a “Acurio International”, filial de “Acurio Restaurantes”, que ha abierto dos restaurantes en La Florida (Mall Aventura) y uno en Nueva Jersey (Mall American Dream), los tres con la marca “Jarana”. “Acurio Restaurantes”, precisa el diario “Gestión”, tiene 10 marcas y 59 restaurantes en América, Europa y Asia y espera inaugurar otro local de “La Mar” en Dubái antes del fin de este año.  

Acurio ha hecho lo que los hermanos Wong hicieron con los supermercados que el papi les dejó después de muchos años de esfuerzo. Uno de sus hijitos, como se sabe, ha dedicado parte de su herencia a vender mugre mediática en un canal de aguas servidas.

Justo es decir que el cocinero que forjó la leyenda de la gastronomía peruana construyó a solas su fortuna y tiene el derecho de hacer con ese imperio lo que le dé la gana. Estas líneas no denuncian nada sino que son más bien melancólicas y tienen hasta un toque de peruanidad herida.

Recordemos: un día llegó al poder un ciudadano binacional que escondía un pasaporte japonés y puso el país a la venta. El Perú fue una subasta, un club de martilleros y notarios, un gran mercado. Vinieron suizos, canadienses, estadounidenses, chilenos murmurantes, chinos como cancha, franceses hasta el regateo, españoles por contumacia. Y compraron todo a precio bobo, como si viviéramos en el siglo XVII y de esclavos desdentados se tratara, como si no fuéramos un país sino un campamento minero rematando lo que quedaba después de un gran hueco vacío.

Nos quedamos sin nada, pero éramos felices porque ya no teníamos deudas ni tampoco Estado y ahora sería la mano del mercado la que nos guiaría hacia el paraíso donde Milton Friedman toma su lonche. Y como no tuvimos Estado carecimos también de educación pública, asunto que se lo dejamos a César Acuña, por lo bajo, y a la USIL y a la UPC, por todo lo alto. Éramos felices escuchando a Boloña, a Joy Way, a M. Chávez hablar de las bondades del new deal y alabar la prosperidad de los emprendedores. Que todo fuera chino o afuerino, que el aire mismo tuviera un vaho forastero, era de lo más emocionante: habíamos llegado a ser una impotencia mundial.

Y con el tiempo nos acostumbramos a apalear a los que, de vez en cuando, proponían que el país tuviese una línea aérea nacional y con bandera. ¿Nacional, con bandera? –preguntaban los discípulos de Chicago. Y añadían a gritos: “¿No saben, pobres diablos, que la globalización ha borrado fronteras y que, como dice Vargas Llosa, el nacionalismo es el mal mayor de la historia?”. Entonces, todo el mundo callaba: no fuera a ser que regresara la caballería de Velasco Alvarado y que volviera HierroPerú en vez de los severos hijos de Teng Tsiao Ping. Además, qué dulce y qué fraterno se sentía atravesar los aires en los aviones de Sebastián Piñera.

Por eso es que nadie se extrañó cuando en 1999 la Coca-Cola compró la Inca Kola, ese brebaje amarillento con el que aprendimos a ser niños y que había sido inventado por un judío genial que traía la materia prima desde Inglaterra. No nos dolió nada. Éramos más internacionales que nunca.

¿Nos perturbó el hecho de que los helados D’Onofrio fueran comprados, al peso, por la suiza “Nestlé”? ¡De ninguna manera! Al fin y al cabo, el D’Onofrio original había sido un migrante italiano que vendía sus productos en carreta por las calles de Lima. ¡Más cosmopolitismo no se puede pedir!

Las galletas Field de la vieja bodega de mi infancia trajeron un día la marca gringa de Nabisco y, más tarde, la de Kraft Foods. No hay duda: Claudia Llosa creó el personaje de Madeinusa desde la antropología social. Hasta los cigarrillos “Inca”, esos petardos que se transfiguraban en un humo azulino y vagamente infernal, tuvieron que ser comprados por la British American Tobacco. ¿Y la ítalo-peruanísima Molitalia? ¡Chilena por 15 millones de dólares!

Los que soñaron siempre con que el Perú no sea una nación sino un bazar, un Frankenstein de identidades surtidas y cicatrices siempre frescas, están felices. A ellos quizás no les guste que, a veces, la gente se congregue en el Estadio Nacional y, bandera en mano o camiseta en torso, grite el nombre del Perú y suscriba un afán colectivo y sueñe con una meta compartida.

O quizá me equivoque. De repente a esos sí les gusta la ceremonia del fútbol. Porque si todo queda allí, si el país son once en una cancha y unas tribunas aclamándolos, la derecha puede estar tranquila. El resto no se discute.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°580, del 01/04/2022   p11

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19 de septiembre de 2021

Pandemia politizada

Daniel Espinosa

¿Cómo se delimita ideológicamente la discusión sobre la pandemia?, ¿qué cuestionamientos sobre las medidas tomadas para frenarla constituyen una herejía para uno u otro bando? En los siguientes párrafos ensayaremos algunas respuestas.

COSTO Y BENEFICIO

El periodista estadounidense Glenn Greenwald escribió hace poco sobre la ausencia de análisis de costo y beneficio con respecto a las medidas tomadas para detener la pandemia de Sars-CoV-2: “En virtualmente todos los campos de la política pública, los americanos apoyan medidas que saben que matarán personas, a veces en grandes números. No lo hacen porque sean psicópatas, sino porque son racionales: comprenden que esas muertes valen la pena a cambio de los beneficios que esas políticas proveen”.

Como el periodista reconoce, esta es una forma bastante cruda y chocante de expresar un principio que, insiste, aplica a toda política pública. Sin embargo, cuando se trata de la presente pandemia, tal razonamiento parece encontrarse “extrañamente… fuera de los límites”.

Una forma de salvar la vida de millones de personas consistiría en algo tan sencillo como prohibir el uso de automóviles, argumenta Greenwald a modo de ejemplo. También podríamos limitar su uso a lo estrictamente esencial, “como ambulancias o reparto de alimentos… o por lo menos reducir el límite de velocidad a nivel nacional a 40 km/h”.

¿Sabía que, en Estados Unidos, más de un millón de personas muere cada año en accidentes de ese tipo? (este dato, que podría resultar difícil de creer, figura en la página del Center for Disease Control and Prevention (CDC), de Estados Unidos, bajo el título “Global Road Safety”). Reducciones radicales en los límites de velocidad disminuirían esos números de manera drástica, tal como demuestran décadas de estudios al respecto, explica Greenwald. Pero “nadie las apoya”, agrega.

Si aplicáramos allí la misma lógica que parece regir sobre las medidas dictadas para reducir la mortalidad de la presente pandemia, tendríamos que concluir que permitir una sola muerte más en las pistas representa una profunda inmoralidad y, consiguientemente, prohibir los automóviles. ¿Por qué los defensores de las cuarentenas generalizadas y otras costosas medidas sanitarias no se rasgan las vestiduras por el baño de sangre –totalmente evitable– que vemos cada año en calles y carreteras?

La razón no es ningún misterio: prohibir el uso de automóviles involucraría un costo enorme. Lejos de ser algo ajeno a nuestra vida cotidiana, cada vez que subimos a un automóvil –ya sea del transporte público o privado– hacemos un breve análisis de riesgo y beneficio, así sea de manera inconsciente. Existe la probabilidad de una muerte súbita y violenta –o la de resultar seriamente heridos–, pero debemos llegar a nuestro destino, trabajar, visitar a alguien, ir a la playa, desplazarnos. Y este tipo de cálculo aplica a casi todo lo que hacemos.

Sin embargo, algunos elementos de la izquierda norteamericana, como el World Socialist Web Site –o la whistleblower y activista progresista Chelsea Manning–, consideran que los cuestionamientos hechos por Greenwald constituyen una suerte de herejía, y lo acusan de coquetear con la derecha radical. Esta forma de plantear la cuestión no es ajena a buena parte de la izquierda latinoamericana, que considera erróneamente que los únicos interesados en que la economía permanezca abierta serían los grandes empresarios.

¿DIFERENCIAS QUE MATAN?

Recientemente, el mismísimo Donald Trump cayó también en una suerte de herejía –esta vez desde la perspectiva conservadora–: les propuso a sus seguidores que se vacunen. Sucedió a fines de agosto pasado en un mitin en Alabama (donde solo el 36 % está totalmente vacunado, según USA Today). La invitación suscitó el abucheo breve pero generalizado de una multitud mayoritariamente desenmascarada.

En Estados Unidos –con amplia disponibilidad de vacunas– solo el 50 % de la población elegible se ha acercado a los centros de vacunación. El nivel de rechazo es enorme. En ese país, de los 17 Estados menos vacunados, 16 votaron mayoritariamente por Trump, de acuerdo con un informe de Business Insider (12/09/21). Este medio indica también que esos Estados han visto más muertes totales por Covid-19.

¿Pero qué sucede con todo aquello que no forma parte del cálculo? La ausencia de un análisis costo beneficio, como plantean Greenwald y muchos otros, ha hecho invisibles muchos de los daños ocasionados por las medidas de contención de la pandemia.

El daño hecho a la niñez sometida a cuarentenas y distanciamiento social podría ser enorme: varios estudios empíricos señalan que un porcentaje considerable de niños viene desarrollando cuadros de estrés postraumático a raíz del encierro y el pánico fabricado –en muchos casos de manera totalmente deliberada– por la prensa. Estudios chinos e indios también muestran índices elevados de depresión y ansiedad en infantes y adolescentes, quienes –valga la aclaración– corren escaso peligro de infectarse y desarrollar cuadros graves de la enfermedad producida por el Sars-CoV-2.

CULPANDO AL PÚBLICO

Hoy en día, la izquierda se jacta de “creer en la ciencia” y ha tomado un rumbo claramente “prosistema”. Es una izquierda despojada de su natural antagonismo hacia el aparato capitalista neoliberal –el establishment– que hace tiempo abandonó la lucha de clases en virtud de otras batallas, como las relativas a la identidad y el género.

Esta degeneración ha sido promovida, como no podría ser de otra manera, por los financistas de la izquierda, que en muchos casos son capitalistas empedernidos como George Soros, famoso especulador financiero liberal, cuando no el mismo gobierno estadounidense. El resultado es una izquierda inofensiva desde el punto de vista de Wall Street y las grandes acumulaciones de riqueza y poder que amenazan nuestras democracias. Eso no quiere decir, de ninguna manera, que las luchas relativas al género y a la identidad no tengan su justo lugar en la agenda zurda.

La nueva derecha –la “alt-right” o derecha alternativa–, por su parte, prefiere identificarse con la desconfianza radical hacia un sistema que percibe como dominado por fuerzas progresistas. En muchos casos, esa derecha asegura que nuestras sociedades vienen degenerando gracias a una suerte de infiltración “comunista”. En esa visión del mundo, lo que cayó en 1989 no parece haber sido el Muro de Berlín, sino la Estatua de la Libertad. Desde entonces, la hegemonía del capitalismo –y los valores asociados a él– habría cedido en favor de un progresismo atizado por el “marxismo cultural”.

La confianza izquierdista en el establishment –que se percibe fácilmente en su confianza ciega en lo que los medios masivos, esas grandes corporaciones, presentan como “ciencia”– la ha llevado a despreciar a quienes desconfían de la narrativa hegemónica que debería resultar naturalmente sospechosa para cualquier izquierda, tildándolos de idiotas y cavernarios.

Volviendo a la pandemia y al proceso global de vacunación, quienes tildan a los “antivaxxers” (antivacunas) de ser personas irracionales podrían estar cometiendo un grueso error. En un reciente libro publicado por Maya Goldenberg, de la Universidad de Guelph (Canadá), la profesora especializada en filosofía de la ciencia y la medicina explica que, lejos de existir una “guerra contra la ciencia”, lo que habría es una desconfianza totalmente justificada por la medicina, entendida como “la suma de las instituciones sanitarias públicas, los médicos, los expertos, las farmacéuticas… y otros grupos que representan lo que podríamos llamar el establishment médico”.

Un estudio de Harvard de 2021 señala que casi la mitad de los estadounidenses no confían en la ya mencionada CDC, ni en la Food and Drug Administration (FDA) y otras importantes instituciones sanitarias de su país. Entre las razones de tal desconfianza resalta la influencia nociva de las grandes corporaciones sobre la ciencia biomédica:

“Una y otra vez, durante las últimas décadas, hemos visto a farmacéuticas esconder información y comportarse de maneras que ponen la ganancia por encima del bien público”, explica el médico Adam Urato en su reseña para el International Journal of Medical Education del libro de Goldenberg, titulado “Vaccine Hesitancy” (“Dudas sobre las vacunas”).  

Muchos científicos contratados por “Big Pharma”, así como los empleados por las grandes petroleras en la década de 1970 –quienes le ocultaron al mundo los primeros indicios del calentamiento global–, han sido cómplices en el ocultamiento de información científica que denotaba enormes peligros para los consumidores y pacientes, todo en beneficio de las ganancias corporativas. Los ejemplos son abundantes e incluyen, por ejemplo, antidepresivos que mostraron un aumento visible en el suicidio en niños, pero que igual salieron al mercado.

“Una de las amenazas más grandes para las farmacéuticas la constituyen los expertos independientes… ¿cómo hacen (ellas) para evitar este riesgo para sus ganancias?”, se pregunta Urato, “la respuesta es que las farmacéuticas han burlado efectivamente este escenario vertiendo su dinero en la ciencia médica”. Financian a los expertos y también a las instituciones estatales creadas para regularlas, así como a las asociaciones profesionales de médicos. En otras palabras, lo han comprado todo. Las enormes cantidades de dinero que invierten en los medios de comunicación masiva hacen el resto, por lo que buena parte del público jamás se entera de este gravísimo peligro para la salud pública.

La pregunta, volviendo al plano político, es también una llamada de atención: ¿por qué la izquierda se ha vuelto tan crédula con respecto a este tinglado de grandes corporaciones, que hoy nos venden sus productos y promueven políticas públicas cuestionables usando la “ciencia” como herramienta de márquetin?

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°557, del 17/09/2021   p23

21 de diciembre de 2020

Se desató la guerra por el negocio de vencer al coronavirus


Luis Bruschtein
    (Página/12, Argentina)

La insólita campaña mediática contra la vacuna rusa y los más insólitos condicionamientos de la vacuna de Pfizer. La guerra comercial por la fabricación y venta de miles de millones de dósis en el mundo. El pedido de juicio político al ministro de Salud. La urgencia por acceder al medicamento para proteger primero a los trabajadores esenciales antes de que llegue la segunda ola.

“Dénme una palanca y moveré al mundo” decía Arquímides 200 años antes de Cristo. 2220 años después de que el sabio griego saltara en una pata mientras festejaba su descubrimiento, el mundo clama “dénme una vacuna y moveré la economía” lo cual desató una verdadera guerra comercial por la fabricación y venta de miles de millones de vacunas contra la epidemia que asola el planeta y ha hecho temblar a las economías más poderosas.

La insólita campaña contra la vacuna rusa y los más insólitos condicionamientos de la vacuna norteamericana, más los problemas de producción que tuvo la vacuna en cuya fabricación intervienen capitales argentinos, desató una tormenta mediática con relatos sobre internas en el gabinete y pedidos de juicio político a ministros.

La raíz de esa tormenta artificial puede responder a estupideces ideológicas, cuestiones de poder político o intereses comerciales. Aunque como sucede siempre en cualquiera de esas tres posibilidades, hay un contexto del cual se aprovechan. En este caso son las dificultades lógicas del proceso casi desesperado para encontrarle una solución rápida a la crisis planetaria.

Al despreciar el desarrollo científico comprobado del laboratorio Gamaleya que tiene en sus filas a varios premios Nobel, el argumento ideológico para descalificar a la Sputnik V pertenece a la categoría de la estupidez. Usan estos polvorientos prejuicios anticomunistas, aunque Rusia hace décadas que dejó de ser comunista, para engatusar en otra disputa más concreta como son las de poder político y las económicas.

La campaña mediática se asienta en dos factores. El primero descalifica al gobierno por no haber cerrado el contrato con la norteamericana Pfizer. El segundo descalifica al gobierno por haber priorizado el contrato con Astra Zeneca que ha tenido problemas en la producción del medicamento. Y la crítica sigue porque, ante la caída circunstancial de Astra Zeneca, el gobierno puso los huevos en la canasta rusa.

Los que ensalzan a la vacuna de Pfizer, al mismo tiempo han dicho que la rusa es incompatible con el alcohol, después dijeron que no es aplicable a mayores de 60 años y al final se informó que tiene problemas de distribución y no llegará antes de tres meses.

En ese cuadro se describen internas con críticas a Alberto Fernández por haber anunciado que la vacuna llegaría antes de fin de año. También afirman que hay una pelea entre la viceministra de Salud, Carla Vizzotti, y el ministro Ginés González García. La vice, junto con Kicillof, estarían en el bando de los malditos prorusos (el apellido del gobernador lo delata) enfrentados a Ginés, quien favorecería a Astra Zeneca por su amistad con el empresario argentino Hugo Sigman, que participa en la producción de esa vacuna, en sociedad con el mexicano Carlos Slim.

Como se ve, serían todos perdedores. Ninguno apostó a Pfizer, que ya empezaría a llegar a Chile, donde el gobierno de Sebastián Piñera ha sido muy criticado por su desmanejo de la peste.

Montado en ese escenario que han dibujado los medios hegemónicos, el diputado radical José Cano presentó un pedido de juicio político al ministro Ginés González García. El radical, mal informado, publicó en su cuenta de Twitter: “Vladimir Putin dijo que no se recomienda la vacuna rusa para mayores de 60. Una vergüenza, Ginés González debería renunciar. Se compraron millones de dosis que en Rusia no se aplican a la población de riesgo”.

Parece un castigo por no haber cerrado con Pfizer. Los diputados radicales arriesgan una acusación gravísima que involucra a la salud pública sin tener la información verídica, o manejando la información manipulada por los medios que les son afines.

En toda esa descripción, se podría decir con sentido común, que es lógico, si da buenos resultados, que se mantenga la preferencia por la vacuna en la que intervienen laboratorios argentinos, y no por una cuestión de amiguismo, sino porque además del efecto positivo en la salud de la población, la inversión generará también un efecto positivo en la economía del país. Pero los problemas de producción de Astra Zeneca son reales, el gobierno mantuvo su interés en esa vacuna, pero como segunda prioridad, para marzo o abril.

La incompatibilidad de la vacuna rusa con el alcohol corre a la par de la estupidez de despreciarla porque proviene de un país que hace décadas integró la URSS. No existe esa incompatibilidad. Y el tema de los 60 años aporta a la seriedad de las autoridades rusas y no a su peligrosidad. Porque las distintas fases de prueba de todas las vacunas se hacen por escalas etarias y la última es la de mayores de 60 años.

En Rusia ya se vacuna a menores de 60 años porque los resultados de esa última etapa se conocerán recién esta semana y serán publicados como lo hicieron con los resultados anteriores. Todas las vacunas siguen ese trámite. Llama la atención que se critique a la Sputnik V por cumplir estrictamente los protocolos sanitarios. Si fuera real su preocupación por la salud pública, el diputado Cano, que representa a un gobierno que desfinanció y rebajó al Ministerio de Salud a Secretaría, tendría que informarse mejor.

Los problemas de aviones para la distribución de la vacuna rusa también son reales y de allí surgen las versiones sobre las críticas al presidente por haberse adelantado a anunciar que la vacuna rusa llegaría antes de fin de año. Los rusos tienen que diseñar una infraestructura para vacunar a sus millones de habitantes distribuidos en uno de los países más extensos del mundo. Y además organizar otra red aérea para llevarla a todo el planeta. No alcanzan los aviones.

La urgencia del gobierno argentino es porque necesita que la vacuna llegue antes de la segunda ola de contagio que asola a Europa y Estados Unidos. A falta de aviones rusos, envió entonces un avión de Aerolíneas a Moscú junto con una misión encabezada por la viceministra Vizzotti. El grupo está integrado por un equipo de la ANMAT (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica) porque se estima que el 20 estarán los resultados de esta última etapa de la fase 3 de la vacuna y quieren estar de regreso el 23 con dosis para 300 mil trabajadores de la salud y esenciales.

Es una carrera contra reloj. En Europa y Estados Unidos la segunda ola ha sido tan letal como la primera. El punto vulnerable del país no fue la falta de camas ni de respiradores, sino el agotamiento y la falta de trabajadores de la salud porque se infectaban y debían ser aislados. Si este sector está inmunizado cuando llegue la segunda ola, la contención sería más efectiva.

El negocio por estas vacunas es inconmensurable. Son miles de millones de dosis a más de 20 dólares cada una, durante varios años. Gamaleya, que produce la Sputnik, tiene gran prestigio científico, pero ésta sería de las pocas veces que interviene en el mercado occidental, lo que ha provocado la reacción de las otras farmacéuticas.

La campaña mediática en su contra realza en contrapartida a la vacuna de Pfizer a la que asignan una eficacia casi milagrosa. Sin embargo, fue la única en exigir que el gobierno impulsara una ley para eximirla de responsabilidad ante cualquier efecto secundario negativo de la vacuna. También exigió que el acuerdo no lo firmara el ministro de Salud, sino el presidente Alberto Fernández. Prometió de inicio producir cien millones de dosis y luego redujo esa cifra a la mitad. Son hechos que ocultan en esa campaña.

El último detalle es que la vacuna de Pfizer necesita estar a menos de 80 grados bajo cero para ser efectiva. O sea que en el caso de su distribución masiva, habría que crear una extensa red de ultrafrío hasta en los rincones más apartados del país, lo que multiplicaría su costo y las dificultades.

Si fuera por esta guerra comercial, la humanidad estaría a las puertas de su extinción.