Guillermo Almeyra
En la antigua Roma las clases dominantes distribuían pan a la plebe para
tenerla tranquila y le ofrecían en el Circo cruentos espectáculos de
gladiadores y matanzas colectivas o carreras de cuadrigas en las que los
espectadores desahogaban su odio reprimido y apoyaban al carro
adversario del equipo del emperador oponiéndose así a éste pero de un
modo inofensivo.Quien ofrecía el espectáculo gratuito obtenía en cambio
popularidad y prestigio.
El capitalismo actual sabe utilizar la industria del espectáculo como
herramienta para la dominación. Tal es el papel para nada ingenuo de la
industria cinematográfica y de la TV estadounidenses que refuerzan y
promueven los valores de los explotadores, deforman y ocultan los
problemas reales y conquistan las mentes y moldean los gustos y consumos
de los explotados y oprimidos.
Ese papel culmina con el fútbol como negocio que llegó a ser motivo de
una guerra entre El Salvador y Honduras y particularmente en el Mundial
de Fútbol que en todos los países atrae la atención de las mayorías,
tengan o no equipos representados en el torneo y mientras dura coloca de
hecho en segundo plano los problemas realmente importantes, permitiendo
con la maniobra de distracción que el sector dominante del capitalismo
haga pasar sus planes y medidas mientras la inmensa mayoría de la
población sigue la evolución de los resultados deportivos.
Para colmo, a este nuevo circo alienante, a diferencia de la antigua
Roma, lo pagan las víctimas del capital bajo de forma de impuestos que
financian la construcción de los estadios, que absorben el dinero que
debería ser destinado a obras públicas útiles (viviendas populares,
mejores transportes, servicios de drenaje o eléctricos) que no se hacen
porque el presupuesto estatal es desviado para confundir y desviar a la
gente común y permitir grandes negociados turbios a una minoría. Además,
mientras la desocupación, la subocupación y la pobreza alcanzan cifras
enormes, los escasos fondos presupuestarios se despilfarran en la
construcción de verdaderos elefantes blancos, absolutamente inútiles en
la mayoría de las ciudades una vez que termine la Copa Mundial de
Fútbol. Hay, por consiguiente, durante un lapso breve, más circo, pero
menos pan en ese período y en el futuro previsible. En efecto, un factor
importante que precipitó a Grecia en una crisis terrible fue el costo
enorme de la organización de las Olimpiadas en el 2004.
A esta altura debo aclarar que no confundo el deporte con el negocio de
una mafia internacional del fútbol, el cual sirve antes que nada para
hacer aceptar la ideología capitalista y hacer grandes negocios a costa
de la ingenuidad popular. En mi adolescencia practiqué boxeo, judo,
natación, equitación, rugby, fútbol y desde niño sigo a River Plate como
si aún tuviese los equipos de fines de los cuarenta. Fui además amigo
del gordo Osvaldo Soriano que unía sus cualidades como escritor con la
pasión-¡ pobre!- por San Lorenzo, como Francisco. Sé también que Eduardo
Galeano tiene un corazón de buen uruguayo que palpita a doble ritmo por
la camiseta celeste. En mi opinión, por consiguiente, se puede ser
aficionado al fútbol como espectáculo sin abandonar la categoría de ser
pensante.
Pero lo que sucede es que no se crean Polideportivos donde todos puedan
practicar gratuitamente algún deporte o el fútbol mismo como parte de su
formación integral sino que, por el contrario, los mafiosos que
controlan el fútbol mundial hacen construir inmensos templos para voyeurs,
gente pasiva que va al estadio sólo a ver o que, peor aún, cerveza en
mano sigue los partidos desde el sillón de su casa. El deporte hay que
practicarlo, no sólo observarlo a distancia sin participar en el juego.
Jugadores profesionales con sueldos enormes, muy superiores a los de los
científicos más especializados, dirigentes de clubes y federaciones
mafiosos, inversionistas en los clubes que invierten en ellos el dinero
que exportan ilegalmente de sus países respectivos, como los oligarcas
rusos, o las sumas obtenidas de la explotación del trabajo semiesclavo,
como los jeques de Qatar, Arabia Saudí o los Emiratos: ése es el
“deporte” que se presenta a la pobre gente que desea éxitos, aunque sean
ficticios, y quiere ver lujo, aunque sea ajeno endeudándose para entrar
en una de las “misas negras” del deporte real.
Tienen razón los trabajadores brasileños que aprovechan que la atención
de la prensa mundial está concentrada sobre su país para plantear sus
reivindicaciones y hacer sus huelgas, demostrando así que el desarrollo
se obtiene en la lucha contra los criterios capitalistas de distribución
de los fondos existentes. Ellos levantan una esquina de la capa de
plomo de la dominación capitalista que se presenta a los pueblos como
fiesta y revelan los problemas reales que aquejan a todos los países,
dependientes o incluso metropolitanos. Quienes ven una maniobra política
de la derecha contra el gobierno petista en esas huelgas de protesta de
los desalojados, los trabajadores del transporte o de la educación y
otros sectores, mienten descaradamente y simulan olvidar que las
opciones del gobierno podrían haber sido otras, cercanas a las que
exigen las bases naturales del mismo Partido de los Trabalhadores, es
decir, mejores condiciones de salud, de transportes, de educación,
mejores salarios para la gente que es tratada como los emperadores
trataban a la plebe romana. Los gobiernos “progresistas”, como el
argentino, que pasan gratuitamente todos los deportes por la TV pública,
con el resultado de que las noticias y los espacios de ésta sobre los
problemas reales son mínimos o no existen, cavan sus propia fosa con esa
demagogia porque sólo pueblos informados e instruídos podrán
organizarse para resistir la ofensiva del gran capital financiero
mundial.
Se publica este artículo con el permiso del
autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad
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