Las grandes tabacaleras y las compañías petroleras apuntan al mundo en desarrollo para futuros beneficios
Michael T. Klare
En los años ochenta, al encontrar restricciones regulatorias y
resistencia del público al consumo de tabaco en EE.UU., las grandes
tabacaleras idearon una estrategia particularmente efectiva para
mantener sus niveles de beneficios: vender más cigarrillos en el mundo
en desarrollo, donde la demanda era fuerte y la regulación del consumo
del tabaco débil o inexistente. Ahora, las gigantescas compañías
energéticas están aprendiendo esa lección. A medida que la preocupación
por el cambio climático comienza a disminuir la demanda de combustibles
fósiles en EE.UU. y Europa, aceleran sus ventas a las naciones en
desarrollo, donde la demanda es fuerte y las medidas de control del
clima son débiles o inexistentes. El hecho de que esto produzca un
colosal aumento en los problemas de emisión de carbono que modifican el
clima, no las preocupará más que el aumento global de enfermedades
relacionadas con el tabaquismo preocupó a las compañías tabacaleras.
El giro de la industria tabacalera de las naciones ricas, desarrolladas,
a los países de ingresos bajos y medianos está bien documentado. “Con
la bajada del consumo de tabaco en los países más ricos, las compañías
tabacaleras están gastando decenas de miles de millones de dólares al
año en publicidad, mercadeo y patrocinio en gran parte para aumentar las
ventas en… países en desarrollo” señaló el New York Times en un
editorial en 2008. Para aumentar sus ventas, compañías como Philip
Morris International y British American Tobacco también utilizaron su
influencia legal y financiera para bloquear la implementación de
regulaciones contra el tabaquismo en semejantes lugares. “Están usando
el litigio para amenazar a países de bajos y medianos ingresos”, dijo al
Times el doctor Douglas Bettcher, jefe de la Iniciativa Liberarse del Tabaco de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Las compañías de combustibles fósiles –productoras de petróleo, carbón y
gas natural– expanden de la misma manera sus operaciones en países de
bajos y medianos ingresos donde se considera que el aumento de los
suministros de energía es más crítico que la prevención de la catástrofe
climática. “Hay un claro y prolongado cambio en el crecimiento de la
energía de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económico, el club de las naciones ricas] a las no OCDE”, señaló el
gigante del petróleo BP en su informe de Perspectivas Energéticas para
2014. “Virtualmente todo (95%) el crecimiento proyectado [en consumo de
energía] es en las no OCDE”, agregó, utilizando el elegante nuevo
término para lo que solía denominarse “Tercer Mundo”.
Como en el caso de las ventas de cigarrillos, el aumento de la entrega
de combustibles fósiles a los países en desarrollo es doblemente dañino.
Su selección por las grandes compañías tabacaleras ha producido un
agudo aumento en las enfermedades relacionadas con el tabaquismo entre
los pobres en sitios en los cuales los sistemas sanitarios están
particularmente mal equipados para los necesitados. “Si las actuales
tendencias continúan”, informó la OMS en 2011, “hasta 2030 el tabaco
matará más de 8 millones de personas cada año en todo el mundo y el 80%
de esas muertes prematuras ocurrirán entre gente que vive en países de
ingresos bajos y medianos”. De la misma manera, un aumento en las ventas
de carbono a naciones semejantes ayudará a producir tormentas más
intensas y prolongadas, sequías más devastadoras que están menos
preparadas para resistir o hacer frente a los peligros del cambio
climático.
El creciente énfasis de la industria energética en las ventas a esos
países particularmente vulnerables es evidente en la planificación
estratégica de ExxonMobil, la mayor compañía petrolera en manos
privadas. “Hasta 2040 se proyecta que la población del mundo crecerá a
aproximadamente 8.800 millones de personas”, señaló Exxon en su informe
financiero de 2013 a los accionistas. “A medida que las economías y las
poblaciones crecen, y los niveles de vida aumentan para miles de
millones de personas, la necesidad de energía seguirá aumentando… Se
prevé que este aumento en la demanda se concentrará en países en
desarrollo.”
Esta evaluación, explicó Rex Tillerson director
ejecutivo de Exxon,
dominará los planes de mercadeo de la compañía en los años por venir.
“El entorno de negocios global seguirá suministrando una mezcla de
desafíos y oportunidades”, dijo a analistas financieros en el New York
Stock Exchange en marzo de 2013. Mientras la demanda de energía
en las economías desarrolladas “se mantiene relativamente parejo”,
señaló. “se espera que la demanda de energía de los países no OCDE
aumente cerca de 65% para apoyar el esperado crecimiento”.
En reconocimiento de esta tendencia, Exxon ha emprendido una amplia
variedad de iniciativas con la intención de aumentar su capacidad de
ventas en China, el Sudeste Asiático, y otras áreas en rápido
desarrollo. En Singapur, por ejemplo, la compañía está expandiendo una
refinería e instalación petroquímica para formar su “mayor emplazamiento
de producción en el mundo”. La refinería está siendo modificada para
producir más diesel para atender mejor a las crecientes flotas de
camiones, autobuses, y otros vehículos pesados en la región. Mientras
tanto, la instalación de procesamiento de hidrocarburos en la planta
química está siendo doblada para enfrentar la creciente demanda de
productos petroquímicos utilizados en la producción de plásticos y otros
bienes de consumo, especialmente en China. (“Se espera que China de por
sí represente más de la mitad del crecimiento de la demanda global”
para esos productos, señaló Tillerson el año pasado.)
Para promover la venta de sus productos en China, Exxon ha establecido
una “alianza estratégica con China Petroleum and Chemical Corporation
(Sinopec), uno de los gigantes energéticos de propiedad estatal de
China. Un objetivo clave de la alianza es el establecimiento de un
“complejo integrado a escala mundial de refinería y petroquímica” en el
este de China que, señalaron funcionarios de Exxon, se “convertirá en un
importante vendedor de petroquímicos en toda China y de productos de
petróleo en toda la Provincia Fujian”. Un importante componente de este
esfuerzo conjunto, el Proyecto Integrado Fujian de Refinación y Etileno,
inició sus actividades en septiembre de 2009.
Exxon también está expandiendo su capacidad de suministro de gas natural
licuado (GNL) a Asia. En cooperación con Qatar Petroleum, ha construido
la mayor instalación de exportación de GNL del mundo en Ras Laffan en
Catar y está construyendo una inmensa operación de GNL en Papúa New
Guinea. Este proyecto de 19.000 millones de dólares, que inició su
operación en abril, incluye un gasoducto de 692 kilómetros para entregar
gas desde el interior de las tierras altas de la isla a un terminal de
exportación cerca de Port Moresby, la capital. “El proyecto está
óptimamente ubicado para servir crecientes mercados asiáticos donde se
espera que la demanda de GNL aumente en aproximadamente 165% entre 2010 y
2025”, dijo Neil W. Duffin, presidente de ExxonMobil Development
Company.
Lo próximo en la agenda de la compañía es un plan para aprovechar el gas
natural que es extraído en cantidades cada vez más grandes de
formaciones domésticas de esquisto en EE.UU. mediante hidro-fracturación
y convertirlo en GNL para exportación a Asia. Aunque varios políticos
estadounidenses han estado presionando por la exportación estratégica de
semejantes suministros a Europa para “rescatar” ese continente de su
dependencia de gas ruso, Exxon tiene otras ideas. Ve Asia, donde los
precios de gas son más elevados, como el mercado natural para su GNL – y
que la política exterior de EE.UU. se vaya al diablo. “Mediante la
exportación de gas natural”, dijo Tillerson a la Asia Society en junio
de 2013, “EE.UU. podría reforzar la seguridad energética de aliados y
socios comerciales asiáticos y estimular la inversión en la producción
interior estadounidense”.
La misión “humanitaria” de las grandes compañías energéticas
Al promover políticas semejantes, los ejecutivos de Exxon tienen cuidado
de reconocer que crecientes preocupaciones por el cambio climático
están generando un aumento de la resistencia al consumo de combustibles
fósiles en Europa y otras áreas del Primer Mundo. Cuando se trata del
resto del planeta, sin embargo, semejantes preocupaciones, afirman,
debieran ser superadas por un impulso “humanitario” de suministrar
energía fósil barata a gente pobre. Utilizando los argumentos del
ecologista renegado danés Bjørn Lomborg, autor de The Skeptical Environmentalist,
argumentan que la atención a las necesidades de los pobres constituye
una mayor prioridad que la limitación del calentamiento global. “También
debemos reconocer que existe un imperativo humanitario de satisfacer
esas crecientes necesidades globales de energía”, afirmó típicamente
Tillerson en 2013.
Cuando se le preguntó por qué el calentamiento global no debiera
constituir una mayor preocupación, el director ejecutivo de Exxon imitó
la perspectiva anti-ecológica de Lomborg- “Pienso que hay prioridades
mucho más urgentes que… tenemos que encarar” dijo Tillerson al Consejo
de Relaciones Exteriores en junio de 2012. “Todavía hay cientos de
millones, miles de millones de personas que viven en una pobreza abyecta
en todo el mundo. Necesitan electricidad… Necesitan combustible para
cocinar sus alimentos en algo que no sea estiércol animal… Les gusta
quemar combustibles fósiles porque su calidad de vida cambiaría
considerablemente, y la calidad de su salud y la salud de sus hijos y su
futuro mejorarían considerablemente. Se salvarían millones y millones
de vidas aumentando la disponibilidad de combustibles fósiles a una gran
parte del mundo que no los tiene.”
Aunque los dirigentes de otras gigantescas firmas energéticas,
incluyendo BP, Chevron, y Royal Dutch Shell, son menos extrovertidos que
Tillerson, siguen una estrategia de mercadeo semejante. “El crecimiento
de la demanda [de productos de petróleo] proviene exclusivamente de
economías de países no-OCDE”, señaló BP en su reciente informe sobre
perspectivas globales de energía. “China, India, y Medio Oriente
representan casi todo el aumento global neto”. ExxonMobil, BP y los
otros expanden fuertemente su capacidad de vender combustibles fósiles
en esos mercados crecientes.
No solo las compañías de petróleo y gas siguen esa estrategia. Lo mismo
hacen los grandes productores de carbón. Con la disminución de la
demanda de carbón en EE.UU., gracias a la creciente disponibilidad de
gas natural a bajo coste generado por fracturación, los productores de
carbón están embarcando cada vez más producción estadounidense a Asia,
que contribuirá significativamente a aumentar las emisiones de carbono
en esa zona. Según la Administración de Información sobre la Energía
(EIA) del Departamento de Energía, las exportaciones de carbón
estadounidense a China aumentaron de esencialmente cero en 2007 a 10
millones de toneladas en 2012. Exportaciones a India aumentaron de 1,5
millones a siete millones de toneladas y a Corea del Sur de virtualmente
nada a nueve millones. Exportaciones a solo esos tres países aumentaron
en más de 1.000% durante esos años.
La EIA resumió la situación como sigue: “Compañías en partes clave de la
cadena de suministro de carbón de EE.UU. –tanto productores como
ferrocarriles– han aumentado sus ventas a Asia debido a la creciente
demanda asiática de carbón, precios de exportación generalmente sólidos,
y menor consumo de carbón para producir energía eléctrica”. Desde otra
perspectiva, la disminución de emisiones de carbón en EE.UU. –muy
cacareada por el presidente Obama en su apoyo al gas natural– no tiene
importancia cuando se trata del cambio climático, debido a los gases de
invernadero producidos cuando todo ese carbón es consumido en Asia.
Para aumentar aún más las ventas, las gigantescas compañías productoras
de carbón están promoviendo la construcción de nuevos terminales de
embarque en la Costa Oeste, incluyendo dos en Oregón y en el Estado de
Washington. El mayor de estos, el Terminal Gateway Pacific cerca de
Bellingham, Washington, embarcará hasta 48 millones de toneladas
métricas de carbón por año, destinado en su mayor parte a China y otros
países asiáticos.
Aunque los terminales son frecuentemente promovidos por funcionarios
locales como fuentes para nuevos puestos de trabajo, están provocando
feroz oposición de activistas de la comunidad y estadounidenses nativos
que consideran que plantean una severa amenaza para el medioambiente.
Afirmando que polvo de carbón y derrames de trenes e instalaciones de
carga dañarán pesquerías que consideran vitales, miembros de la tribu
Lumni están citando antiguos derechos contractuales en sus esfuerzos por
bloquear el Terminal Cherry Point, una de las instalaciones
planificadas en el Estado de Washington.
En el Noroeste del Pacífico de EE.UU., la oposición a los terminales de
carbón y a las líneas de ferrocarril que serán tan cruciales para su
operación –algunas de las cuales atravesarán reservas indias y pasarán
por ciudades de mentalidad verde como Seattle– está ganando fuerza. El
proceso ha sido similar a la manera como activistas del clima se
movilizaron contra el conducto Keystone XL que, si es construido, debe
transportar arenas de alquitrán densas en carbono desde Canadá a la
Costa del Golfo en EE.UU. Pero las compañías productoras de carbón y sus
aliados están reaccionando, insistiendo en que sus exportaciones son
esenciales para la vitalidad económica del país. “A menos que los
puertos sean construidos en la Costa Oeste”, dijo Jason Hayes, portavoz
del Consejo del Carbón Estadounidense, proveedores estadounidenses no
serán considerados como “socios fiables” en Asia.
Aunque la oposición comunitaria y tribal puede lograr bloquear o
retardar un terminal o dos, la mayoría de los analistas creen que,
finalmente, varios serán construidos. “Hay dos mil millones de personas
en Asia que necesitan más energía, de modo que en última instancia más
carbón estadounidense llegará a los mercados globales”, dice Matt
Preston, un analista para la firma de consultoría energética Wood
Mackenzie.
Perpetuando la era del combustible fósil
A fin de cuentas, todos estos esfuerzos por aumentar las ventas de
combustibles fósiles en Asia y otras áreas en desarrollo tendrán un
resultado inconfundible: un fuerte aumento en las emisiones globales de
carbono, y el mayor incremento será en países no-OCDE. Según la EIA,
entre 2010 y 2040 las emisiones de dióxido de carbono del uso de energía
–la mayor fuente de gases de efecto invernadero– aumentarán en un 46%,
de 31.200 millones de toneladas métricas a 45.500 millones. Una pequeña
parte de este aumento será generada oficialmente por los países más
ricos del planeta, en los cuales la demanda de energía se estancará y se
introducirán reglas más severas para emisiones. En su lugar, casi todo
el aumento de CO2 en la atmósfera –un 94%– provendrá del mundo en
desarrollo, incluso si una parte significativa de esas emisiones
provendrá de la combustión de exportaciones de combustibles fósiles
estadounidenses.
Desde el punto de vista de la mayoría de los científicos, es casi seguro
que un aumento de las emisiones de carbono en esta escala conduzca a un
aumento de la temperatura global de por lo menos cuatro grados
centígrados y posiblemente más a fines de este siglo. Es suficiente para
asegurar que los cambios que ya estamos viendo, incluyendo severas
sequías, tormentas más fuertes, inmensos incendios forestales, y un
aumento de los niveles del mar, sean eclipsados por peligros
exponencialmente mayores en el futuro.
Todos compartirán el dolor de semejantes catástrofes inducidas por el
calentamiento. Pero la gente en los países en desarrollo –especialmente
los más pobres– sufrirá más, porque las sociedades en las que vive son
las menos preparadas para enfrentar severas catástrofes. “Peligros
relacionados con el clima exacerban otros factores estresantes
[socioeconómicos], a menudo con resultados negativos para el sustento,
especialmente de gente que vive en la pobreza”, observó el Panel
Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas en
su más reciente evaluación de lo que el calentamiento global significará
para el planeta Tierra. “Los peligros relacionados con el clima
afectarán directamente las vidas de los pobres, mediante impactos en los
sustentos, reducción en el rendimiento de cosechas, o destrucción de
casas, e indirectamente a través de, por ejemplo, aumentos en los
precios de alimentos y la inseguridad alimentaria”.
Ciertamente, las gigantescas compañías de combustibles fósiles tienen
una responsabilidad moral, aunque todavía no legal en nuestra sociedad,
por la intensificación del cambio climático y la falta de una reacción
seria. Más allá de esto, su estrategia cuidadosamente planificada de
vender productos de carbono a los que corren más peligro, solo puede ser
interpretada como inmoralidad categórica. Tal como los funcionarios de
la salud condenan ahora el énfasis de las grandes tabacaleras en las
ventas de cigarrillos a gente pobre en países con sistemas de salud
inadecuados, así algún día la nueva adicción al “humo” de las grandes
compañías de combustibles fósiles será considerada como una masiva
amenaza para la supervivencia humana.
Sobre todo esas grandes compañías aseguran que un pequeño rayo de buenas
noticias cuando se relacionan con el cambio climático –la disminución
del uso de carbón, petróleo y gas en el mundo desarrollado– resulte
falto de significado. El incentivo económico para vender combustibles
fósiles a países en desarrollo es innegablemente poderoso. La necesidad
del aumento de energía en los países en desarrollo no es menos
indisputable. A largo plazo, la única manera de satisfacer esas
necesidades sin poner en peligro nuestro futuro global sería mediante un
inmenso impulso por expandir las opciones de energía renovable en esos
países, no imponiéndoles el uso de productos de carbono. Rex Tillerson y
sus cómplices seguirán afirmando que realizan un servicio “humanitario”
con su nueva estrategia “del tabaco”. En su lugar, en realidad están
perpetuando la era del combustible fósil y ayudando a crear una futura
catástrofe humanitaria de dimensiones apocalípticas.
Michael T. Klare. Profesor
de estudios por la paz y la seguridad
mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de
TomDispatch.com. Es autor de “ The Race for What's Left: The Global
Scramble for the World's Last Resources” (Metropolitan Books) y en
edición de bolsillo (Picador).

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