Carlos Ruperto Fermín
El modo de vida establecido por nuestros queridos hermanos indígenas se
ha convertido en una historia llena de antagonismo. Sus corazones
bañados en sabiduría celestial, no pueden evitar que los gobiernos y las
transnacionales se adueñen de los ancestrales recursos naturales.
Parece ser un pecado, venerar los milenarios territorios que evocan la
fertilidad del planeta Tierra, dejando en un mar de tinieblas el hermoso
legado de la cultura aborigen.
No podemos vivir ajenos a esa trágica realidad. Los latinoamericanos
somos los hijos predilectos de la Pachamama. Nacimos del amor que
florece en el campo, de la semilla que aviva la ilusión del fruto
fresco, y de la brisa que asolea el claroscuro de la mañana. Pero, se
nos hace difícil reconocernos como hombres y mujeres de estirpe criolla,
mulata y mestiza. Cada década se magnifica la pérdida del sentido de
pertenencia y se agudiza el grave proceso de transculturación. El
respeto hacia las comunidades indígenas se deteriora por culpa de una
inhumana Sociedad Moderna que rechaza la paz, la armonía y la
tolerancia.
Nos preguntamos: ¿Por qué si los pueblos originarios defienden los
ecosistemas y la biodiversidad universal, tienen que vivir presos del
miedo ante la persistente amenaza de los megaproyectos neoliberales
extractivos? Vemos que el fuego, el aire, el agua y la tierra, ya no
representan los cuatro genuinos elementos de la Naturaleza, debido a que
la horda genocida y etnocida del dios dinero, sólo piensa en lucrarse
gracias a prácticas ilegales que deforestan, contaminan y polucionan el
Medio Ambiente. Es una batalla muy injusta, que oprime la voluntad y el
deseo de los pueblos originarios, en seguir disfrutando del milagro
fortuito de la vida, sin caer en la legendaria tentación del sueño
americanizado.
Domar la razón requiere de esfuerzo, y por eso los latinoamericanos no
somos capaces de volvernos empáticos con los problemas ambientales que
aquejan a las tribus indígenas. Encontramos la felicidad en un atractivo
Iphone 6, en un famosísimo muro en Facebook, en un blooper subido a
Youtube, en una impresionante Playstation 4 y en un poderoso Peugeot
208. Pero cuando el precio del materialismo se paga con el historial de
valores aprendidos en la vida, nos quedamos endeudados, de brazos
cruzados y con la cabeza gacha a punto de presionar el gatillo.
No es fácil recobrar la conciencia ecológica, y ser solidarios con el
glorioso clamor de los incas, de los mayas y de los aztecas. Sabemos que
los ciudadanos no aprovechan la apertura del conocimiento devenida con
la tecnología del siglo XXI, para dedicarse a investigar con entusiasmo
sobre nuestra rica identidad cultural, y así exigir respeto por la
soberanía indígena y sus chamanes.
Vivimos esclavizados al pin del Blackberry, a los mensajitos por
WhatsApp y a las conversaciones vía Skype. Por eso, cada día enfatizamos
el sistemático aislamiento social, que se incrementa a causa del
exagerado crecimiento urbanístico, el cual nos aleja más y más de las
raíces autóctonas de los indígenas, destruyendo la posibilidad de
convivir dentro de un modelo de sostenibilidad y sustentabilidad
ambiental.
A nadie le importa que la industria de las telecomunicaciones asalte la
laguna de Sinamaica, la comuna de San Pedro de Atacama o el departamento
del Valle del Cauca, para colocar una gigantesca torre WiFi, una antena
parabólica de TV y un transmisor de señal FM, en medio de las
proverbiales zonas rurales que pertenecieron a los pueblos originarios.
No obstante, todos los clientes foráneos gozarán con la alta
conectividad inalámbrica, con los miles de canales satelitales y con los
divertidos programas radiales, a expensas de menguar la calidad de vida
de las familias campesinas e indígenas que allí habitan, por las
constantes vibraciones electromagnéticas y las células cancerígenas que
asfixian sus espacios naturales.
Probablemente sentimos muchísima rabia citadina, al ver que la esperanza
de vida de los indígenas verdes y silvestres, es mayor que la percibida
por los individuos fashion de las metrópolis. Aunque los pueblos
originarios no son adictos a las pastillas de Bayer, Novartis y Pfizer,
ellos emplean las plantas medicinales que nos regala la Naturaleza para
curar las dolencias, sin tener que pagar grandes sumas de dinero en
clínicas, operaciones, consultas y récipes médicos.
Se enferman menos y viven más. Una paradoja que invita a reflexionar
sobre la neurosis desencadenada a nivel global, por un irracional estilo
de vida que somatiza el embotellamiento vehicular, las discusiones de
pareja, el bombardeo publicitario, la competitividad laboral, los
berrinches de los niños y los inconvenientes personales.
Es común que nos quedemos ciegos, sordos y mudos, si se trata de
vocalizar la herencia recibida por la lengua quechua, ya que tenemos un
complejo de inferioridad producto del consumismo, de la televisión
basura y de los antivalores adquiridos con el paso de los años. Surgen
las interrogantes. ¿Será que somos cobardes, inmaduros o simplemente una
manga de ignorantes? ¿Por qué rechazamos con tanta frialdad la sangre
que corre por nuestras venas?
Pese a que los indígenas no usan zapatos Converse, perfumes de Armani y
camisas de Tommy Hilfiger, se ven mucho más elegantes y originales con
un precioso Huipil, Guayuco, Cushma o Quechquémel. Tampoco visten
uniformes militares plagados de cascos, insignias y medallas a los
costados, que aprueban las bombas, los tanques y las granadas de la
guerra estadounidense. Y ni siquiera se inyectan botox, colágeno o ácido
hialurónico para ocultar las arrugas y las manchas del rostro, pues los
pueblos originarios ensalzan la presencia de los ancianos por la vasta
experiencia alcanzada en sus trayectorias de vida, y no terminan
envejeciendo en la soledad de los fríos centros geriátricos.
Si fuéramos un poquito más inteligentes, tal vez comprendiéramos que al
rechazar el tambor de crioula, la trutruka o la flauta de caña que
musicaliza una colorida danza precolombina, por el capricho de lucir un
teléfono androide, una MacBook o una llave USB que boicotea una fiesta
de cumpleaños, estamos negando la constelación generacional que todos
llevamos por dentro, ya que luego de nacer, crecer y desarrollarnos en
una región planetaria específica, adoptamos un rasgo bioquímico
distintivo que no puede ser borrado de nuestro ADN, por el simple hecho
de expatriarnos y vivir frente a la corrosiva Estatua de la Libertad.
No hay duda que el Imperialismo yanqui y sus tentáculos hispanoparlantes
convirtieron el incansable espíritu de lucha de un valiente “indio”, en
una palabra despectiva, ofensiva y denotativa de la errática
idiosincrasia que ostenta el Nuevo Orden Mundial. Salimos de la casa
llenos de envidia, resentimiento e hipocresía, mientras nos atosigamos
en la calle con hamburguesas de McDonald ' s y gaseosas de Coca Cola,
para después regresar al hogar y dormir un par de horas, en espera de
repetir la misma deprimente rutina hasta el cansancio. Por el contrario,
el mal llamado “indio” supera las adversidades del destino siendo fiel a
su ideología pacifista, altruista e introspectiva, en la que se
comparten las alegrías y se lloran las desgracias, nunca guardando
rencores que envenenan los confines del Universo, y siempre
resplandeciendo junto a la cálida luz del Sol.
Una enseñanza holística que pocos se atreven a meditar en silencio, ya
que nuestro acelerado ritmo de vida no permite detenernos por un
instante, y separar la verdad de las peligrosas mentiras que coexisten
en el entorno. Quizás sentimos una gran envidia por el coraje de
Kukulkán, que carcome el cuerpo y el alma de los lacayos más débiles. Lo
afirmamos, pues existen muchísimos compatriotas latinoamericanos que
suprimieron por completo las costumbres y las tradiciones de los pueblos
originarios, eligiendo festejar el 4 de julio al ritmo de los
brillantes fuegos artificiales.
Para ellos, los indígenas son parte de civilizaciones extintas yacidas
en las aburridas páginas de los libros de antropología, que jamás se
atrevieron a leer durante la formación académica obtenida. No olvidemos
que la cultura indígena ha sido menospreciada y eliminada del pensum de
estudio que cursan los jóvenes en América Latina, refiriéndonos a todos
los centros educativos privados que prefieren enseñarle a los niños el
pensamiento capitalista del Tío Sam, por encima del valor humanista que
resalta las virtudes de la Madre Tierra.
Es escalofriante observar el grado de indiferencia que demuestra la
colectividad, en quebranto del patrimonio cultural nativo. Muchas veces
viajamos por estados, ciudades y municipios de nuestros países, cuyos
nombres se relacionan directamente con ilustres caciques indígenas
(Arecibo, Guairá, Maracaibo, Arichuna, Capiatá, Baruta, Tabasco, Arauco,
Guaicaipuro, Caricuao, Tonaya, Manaure, Guamá, Chacao, Maturín,
Abayubá, Yaracuy, Guayaquil). Ellos defendieron hasta la muerte la
territorialidad de esos pueblos y evitaron en lo posible, que los
colonizadores españoles y los invasores extranjeros saquearan el oro y
la plata.
Pero, somos incapaces de estimar ese invaluable sacrificio de antaño y
seguir honrando a quien honor merece. Es por tanta apatía del prójimo,
que en pleno siglo XXI se continúa facilitando la entrada de empresas
mineras, petroleras y gasíferas, que saben la ubicación exacta de esos
anecdóticos territorios, para empezar sin titubeos con la intromisión,
el despojo y la aniquilación de las comarcas indígenas.
Una sangrienta calamidad que las agencias de noticias oligarcas soslayan
en los contenidos informativos que transmiten a diario, pero que
nosotros explicaremos con objetividad basándonos en sucesos acaecidos
recientemente, en aras de reivindicar los derechos y pedir justicia a
favor de la resistencia indígena latinoamericana. Por ejemplo, las
comunidades nativas de Pampa Hermosa, de Nueva Jerusalén y de Pichanaki,
han tenido que ejercer acciones de protesta en Perú para aplacar el
despotismo de la empresa argentina Pluspetrol, que con sus actividades
exploratorias en busca de gas, con sus derrames de hidrocarburos y con
sus tácticas dilatorias, está afligiendo el equilibrio ecológico de la
Amazonía peruana.
Es tan espinoso el desastre ambiental que provoca la codicia de las
transnacionales, que los indígenas ecuatorianos tuvieron que acudir a la
Corte Penal Internacional, para denunciar el archiconocido ecocidio
perpetrado por Chevron-Texaco, que sigue socavando los recursos
naturales de las casi desaparecidas tribus originarias. Una situación
similar se vive en Colombia, donde la guerrilla, el narcotráfico y las
multinacionales, se encargan de destruir las tierras con la complicidad
del gobierno neogranadino, que otorga las licencias sin pensar en la
vida de los pueblos ancestrales, tal como lo hizo la Concesionaria Yuma
para empezar a construir la Ruta del Sol sector III, la cual ya
arremetió contra más de 50 espacios sagrados que adoraban los indígenas
Kankuamos, Arhuacos, Wiwas y Koguis en la Sierra Nevada de Santa Marta.
En paralelo, el gobierno paraguayo tuvo la osadía de respaldar la
prospección geológica impulsada por el Ministerio de Obras Públicas y
Comunicaciones, que tiene como hipocentro el paisajístico Cerro León
enclavado en el Parque Nacional Defensores del Chaco, donde habita el
aguerrido pueblo Ayoreo que sufre por todos los abusos cometidos dentro
de su majestuosa territorialidad. Mientras que la tribu Yaqui en suelo
mexicano remó contra la corriente para frenar el proyecto del Acueducto
Independencia, el cual ha trasvasado millones de metros cúbicos de agua
desde la cuenca del río Yaqui a la del río Sonora, sin considerar el
derecho fundamental de acceso a fuentes de agua limpia que tienen los
habitantes indígenas, quienes podrían quedar sin una gota del
mercantilizado vital líquido.
Recordemos que la Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático
(COP20), desarrollada en Perú durante el mes de diciembre del 2014, fue
un total fracaso para el porvenir de los pueblos autóctonos, ya que
desde el rebuscado “pabellón indígena” utilizado como puente
comunicacional para escuchar las voces de las tribus nativas, no se
atendieron en absoluto los reclamos expresados por los grupos étnicos
que asistieron al lugar. Vale aclarar que la descomunal quema de
combustibles fósiles por parte de los consorcios internacionales, viene
intoxicando el modus vivendi de las comunidades indígenas, pues se
afecta la calidad del Medio Ambiente debido a las emisiones de gases de
Efecto Invernadero.
De hecho, ninguna de las exigencias presentadas por los pueblos
originarios fueron plasmadas en los célebres “diez campanazos” dados a
conocer tras la mencionada conferencia, y que supuestamente demuestran
el rotundo éxito conseguido en la financiada cita empresarial.
Además, los líderes indígenas están siendo asesinados en varias
provincias de Latinoamérica, porque intentan salvaguardar los recursos
naturales de sus territorios. En países como Venezuela, Perú, Brasil,
Guatemala, Colombia, Nicaragua y México, se intensifican los secuestros,
las agresiones físicas y los sicariatos de figuras indígenas, que no
dan su brazo a torcer por el gran amor que sienten hacia la Pachamama.
Tenemos el lamentable caso del pueblo Garifuna en Honduras, que
visualiza como los sembradíos de droga, el contrabando, los
agro-combustibles, el desalojo forzado de tierras, el turismo genocida,
las mafias sindicales y el crimen organizado, han matado la sonrisa de
la bella mujer afrodescendiente.
A su vez, en febrero del 2015 los indígenas Ngäbe en Panamá refutaron el
proyecto Hidroeléctrico Barro Blanco, debido a que violaba los
principios de la constitución panameña, que resguarda los territorios
indígenas e impide que sean privatizados o enajenados. Cabe destacar que
Panamá es el país centroamericano que ha perdido con mayor rapidez su
identidad cultural, siendo el resultado de un atroz proceso de
transculturación, que convierte la semilla del Sterculia Apetala en
kilométricas infraestructuras comerciales, edificios y autopistas.
Por otro lado, una serie de estancieros en la Patagonia ocuparon tierras
de los mapuches de forma ilegal, perjudicando a los indígenas de
Comallo y Zapala que padecen la transgresión a la Ley Nacional 26.160,
la cual se halla vigente en la geografía argentina y prohíbe desalojar a
los pueblos originarios de sus tierras. De igual manera, el Consejo
Autónomo Ayllus Sin Fronteras que labora en Chile, denunció la
profanación del cementerio indígena prehispánico de Topáter durante el
mes de enero del 2015, tras la irrupción de una motoniveladora a cargo
de la empresa Aguas Antofagasta, que causó un profundo daño arqueológico
en la hierática zona que data de hace 2.500 años AP.
Hasta la fecha, ningún ente gubernamental chileno ha condenado
públicamente ese delito socio-ambiental, y no se enjuiciaron a los seres
inescrupulosos que llevaron a cabo la degradación de la superficie,
evadiendo el marco reglamentario de la Ley 17.288 que deja bajo tuición y
protección del Estado a los cementerios aborígenes. ¿Por qué no se
cumplen las leyes que defienden el legado de los pueblos originarios?
¿Qué pasaría si la motoniveladora en vez de romper el arte de los
indígenas, hubiera tumbado una enorme torre WiFi que interconecta a
millones de chilenos? Seguro que la nefasta noticia sería un “trending
topic” en Twitter, y todos los cibernautas del resto del Mundo, se
burlarían de la mala suerte que envuelve a los usuarios chilenos.
A lo largo del artículo vimos que los indígenas son engañados y
traicionados por los corruptos gobiernos de turno, que le dan la espalda
a sus propias raíces culturales. No son tomados en cuenta por los
organismos ministeriales al aprobar o rechazar los megaproyectos
extractivos, evitando realizar los estudios de impacto ambiental y las
consultas públicas necesarias, para evaluar la opinión de los pobladores
antes de iniciar los trabajos con maquinaria pesada. Son considerados
una “minoría étnica” que entorpece los jugosos contratos que traen
consigo las transnacionales, los inversionistas y su macabro escuadrón
de ataque.
Queda claro que la cosmovisión tiene sus días contados en el planeta
Tierra, por la agresiva globalización del orbe y la salvaje desidia
ambiental, que deja ardiendo los ojos, las lágrimas y el llanto del
indígena. Esta noche prendamos una vela aromática de optimismo, e
iluminemos el futuro conservacionista de los victoriosos pueblos
originarios.
http://ekologia.com.ve/

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