13 de febrero de 2017

Perú: El grito de la calle

​​César Lévano

El próximo jueves 16 se realizará en Lima una marcha contra la corrupción, convocada por organizaciones sindicales, profesionales, políticas y culturales. Debe ser imponente porque tiene que demostrar a los poderosos de hoy que se avecina un huaico de ira, protesta y exigencia de cambios que, en el fondo histórico, conlleva un impulso de revolución. Ha de ser un ¡basta ya!

Buena falta hace que la calle, la gente de abajo que es la que crea riqueza y padece el robo, se manifieste. En un momento en que el expresidente Alejandro Toledo sabe que las puertas de la cárcel lo aguardan, y que hay otros tres mandatarios amarrados a las coimas que empobrecieron al país y enriquecieron sus cuentas secretas.

El escándalo de los sobornos ha demostrado al pueblo peruano qué clase de gobernantes y de partidos políticos nos gobiernan: cínicos, incapaces, farsantes, delincuentes. Gente capaz de traicionar el país por un fajo de billetes.

Estos días demuestran, por otra parte, que el mal no es solo peruano. Se trata de un andamiaje pútrido, carcomido por los siglos. Solo un vendaval de masas lo puede derribar.

En 2003, Julio Scherer, el mítico periodista del diario mexicano Excélsior, y Carlos Monsiváis, cronista máximo de Nuestra América, publicaron el libro Tiempo de Saber. Allí escribió Monsiváis: “El director de Siempre! José Pagés Llergo afirma alguna vez: ‘En México se hace chocolate sin cacao y periódicos sin periodistas’. Puedo agregar: Y también se hacen gobiernos sin gobernantes mínimamente calificados para tareas distintas al abuso de poder, la grisura burocrática y la concesión de impunidades”.

Eso era y sigue siendo verdad en el Perú. Por eso, cuando la gran prensa pone en su mira a Toledo, a Ollanta Humala (y Nadine Heredia), pero baja el tono respecto a los socios peruanos de Odebrecht y al negocio turbio de las asociaciones público-privadas, nos viene al recuerdo este texto de Manuel González Prada dicho en el Teatro Olimpo en 1888:

“Cierto, el camino de la sinceridad no está circundado de rosas: cada verdad salida de nuestros labios concita un odio implacable, cada paso en línea recta significa un amigo menos. La verdad aísla; no importa: nada más solitario que las cumbres”.

“Dejemos la encrucijada por el camino real, i l’ ambigüedad por la palabra precisa. Al atacar el error i acometer contra sus secuaces, no propinemos cintarazos con espada metida en la funda: arrojemos estocadas a fondo, con hoja libre, limpia, centelleando al Sol”.

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