Ronald Gamarra
"Honorables ciudadanos hasta hace solo unos días ahora resultan ser peligrosos extremistas"
El ataque de Trump contra la Universidad de Harvard no es un simple encontrón ocasional, tampoco un exabrupto más de alguien acostumbrado a actuar con prepotencia. Se trata de un paso bien meditado de los ultraconservadores para someter a la universidad más prestigiosa de los Estados Unidos y, por esa vía, imponerse sobre la totalidad del sistema universitario, académico, científico y cultural del país para establecer el predominio de sus particulares ideas retrógradas y reaccionarias. Quieren un sistema académico a la medida de sus criterios políticos, sociales y morales.
Es un golpe brutal a la libertad académica, científica y cultural de las universidades norteamericanas. Se busca alinearlas bajo los lemas del conservadurismo de la presente administración, que odia todo lo que pueda relacionarse con ideas como respeto a la diversidad, inclusividad, perspectiva de género, derechos de las minorías, orden internacional, y muchos otros criterios que Trump menosprecia y empaqueta bajo la etiqueta de “cultura woke”.
Trump está convencido de que las universidades son un reducto de la cultura de derechos que es necesario desmantelar. Por eso ha asumido este empeño y es seguro que se tratará de una política permanente. No se detendrá ante ningún atropello, sobre todo ahora que gobierna, de hecho, como un autócrata, en base a órdenes ejecutivas, que solo puede firmar en caso de estricta emergencia nacional. El truco es que, con él, cualquier cosa y según su capricho, resulta ser un caso de emergencia nacional.
Lo más llamativo de todo es que esas universidades, como Harvard, resultarían francamente conservadoras en cualquier parte del mundo. O ligeramente liberales. En todo caso, buscan preservar una libertad académica básica, que está asociada a las libertades de expresión, pensamiento y conciencia, requisitos indispensables en toda institución de este tipo y nivel. Por un sentido de mínimo respeto a su propia condición de centros académicos, no pueden ceder ante las groseras exigencias de Trump, basadas en calumnias e insultos.
Todo empezó cuando en muchas universidades se registraron en el curso del año pasado numerosas manifestaciones de estudiantes y declaraciones de académicos que protestaban contra la matanza llevada a cabo por el ejército de Israel contra la población palestina en la Franja de Gaza. En ese momento, los sectores que apoyan incondicionalmente a Israel en su política de agresión hacia Palestina denunciaron a las universidades por “tolerar” o “alentar” actos antisemitas.
Buscaban confundir así una manifestación contra el bombardeo indiscriminado y sistemático de la población palestina como si fuera una expresión propia del nazismo. Según ese criterio, quedaría prohibida la más mínima crítica a Israel, aun cuando sus bombardeos sobre la población civil superen los 50 mil muertos, la mayoría niños. Es bueno señalar, que en esas manifestaciones y declaraciones participaron activamente, y de manera destacada, muchos estudiantes y académicos judíos, que no están de acuerdo con las tropelías de Netanyahu. No olvidemos tampoco que el gobierno de Israel tiene abierta una investigación por genocidio ante la Corte Penal Internacional, la cual ha emitido órdenes formales de detención contra Netanyahu y otros integrantes de su gobierno.
Las manifestaciones estudiantiles no tenían, pues, nada de extraño, pero fueron criminalizadas. Ya entonces, hubo una fuerte presión contra diversas universidades por parte de los republicanos en el Congreso, que obligó a comparecer a varios de sus directivos, algunos de los cuales renunciaron o retrocedieron ante una pluralidad de amenazas, que incluían el recorte de apoyos presupuestales. La presión fue grave, pero entonces no pasó de eso. Sin embargo, sí lograron paralizar la gran ola de protesta estudiantil en solidaridad con el pueblo palestino, quebrada debido a las intimidaciones.
Ahora, Trump ha pasado a un nuevo nivel de hostilidad, esta vez dirigida a la libertad académica en general de las universidades, y lo hace con la más importante. Empezó presionándola con el corte de miles de millones de dólares, que la universidad señaló que estaban destinados a financiar la investigación científica. A Trump eso le tiene sin cuidado. Vinieron recortes adicionales que se sumaban a lo anterior.
¿Pero qué era lo que exigía la administración Trump a los directivos de la universidad? Pues nada menos que la totalidad de información, incluyendo las grabaciones internas de video, para identificar a los participantes en las manifestaciones de protesta en defensa de Palestina. Las autoridades de Harvard se han negado, subrayando su absoluta ilegalidad, pues solo un juez podría exigir dicho material.
Ante tal negativa, Trump escala sus amenazas. En un comunicado público, el Departamento de Seguridad Interior de los Estados Unidos (el equivalente a un ministerio de interior) acusó a las autoridades de Harvard, de manera delirante, de complicidad con el antisemitismo y con el Partido Comunista de China, en la organización de grupos armados contra la población uigur. En buena cuenta, la dirección de la centenaria y respetable Universidad de Harvard, todos ellos honorables ciudadanos hasta hace solo unos días, ahora resultan ser peligrosos extremistas.
La presión más reciente es la prohibición a Harvard de matricular a estudiantes extranjeros, que forman un buen tercio de una universidad cosmopolita y que le significan una importante fuente de ingresos. La disposición es tan brutal que incluye también a los extranjeros que actualmente ya están estudiando, a quienes los obliga a cambiar de universidad. Una juez ha suspendido la orden de Trump hasta que se vea el fondo del asunto dentro de un plazo breve. No obstante, Trump ha decretado hace apenas tres días detener a nivel mundial las postulaciones de estudiantes extranjeros a todas las universidades norteamericanas, con lo cual intenta que estas se vuelvan contra Harvard, por el delito de haberle plantado cara al autócrata. Ojalá Harvard pueda resistir y contar con el apoyo que necesita para salir airosa. Ese será un triunfo de la democracia.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 735 año 16, del 30/05/2025
https://www.hildebrandtensustrece.com/

No hay comentarios:
Publicar un comentario