24 de mayo de 2025

Perú: Chinos de risa con Álvarez

Juan Manuel Robles

"Lo que estuvo en discusión era si recibió dinero del SIN. Su complicidad y servicio a la mafia es algo que vimos todos"

Parece que Carlos Álvarez va a ser candidato presidencial y la derecha está china de risa. La derecha “neutral”, tan intransigente con los líderes sociales “improvisados” que no “saben de gobierno”, se pone mansa y nos invita a mirar el panorama: un competidor pintoresco para la fiesta de la democracia. Señor Álvarez, bienvenido. Ya empezó la ceremonia de los saludos, las alusiones casuales, como quien no quiere la cosa: miren este candidato “interesante”, lleno de “cualidades”, mucho arrastre popular e innegables “activos”. Vamos a ver qué pasa. Es un actor cómico. ¿Pero no lo es también Zelensky? Los opinólogos de derecha se hacen los bobos: usan lenguaje técnico y alusiones estadísticas a encuestas, a “la psicología del electorado” para parecer objetivos, pero se les nota el fustán.

Se ponen en evidencia por lo que callan más que por lo que dicen. Aprovechan la combi del olvido negacionista —que está más poderosa que nunca— y no mencionan el pasado de Álvarez. O lo mencionan de pasadita, como una abstracción: “supuestos vínculos con el fujimorismo”. Son tiempos malos para la memoria: es válido convertir un expediente judicial y videos elocuentes en meras paranoias caviares izquierdosas cojudignas.

Pues conviene llamar las cosas por su nombre. Carlos Álvarez fue uno de los sicarios mediáticos estelares de Vladimiro Montesinos. La mafia de los noventa, con absoluto poder al final de la década, tuvo entre sus chupes a congresistas, jueces, fiscales, alcaldes, banqueros y también a chalecos para la propaganda y la guerra sucia: directores de diarios chicha, conductores de televisión y actores cómicos. Álvarez tuvo una misión bastante penosa: usar su innegable talento para la imitación en ridiculizar a los opositores al régimen, repitiendo las mentiras que se cocinaban en el SIN sobre ellos. Difamación pura disfrazada de comedia.

Quienes lo vimos en vivo y en directo recordamos el choque. Porque eso no fue un cambio de trabajo. Eso no fue el tránsito hacia un estilo distinto. Carlos Álvarez había sido un actor cómico con cierta independencia, que incluso imitaba a Fujimori con cierta —no tanta— crítica. En el 2000, algo se quebró. De pronto, ahí estaba Álvarez, caracterizando al alcalde Alberto Andrade exactamente con los vicios que publicaban los diarios chicha. Un pituco que, en vez de trabajar, andaba todo el tiempo de viaje. En tanto, su imitación de Fujimori ya no mordía: se volvió una extensión del proselitismo. Como dijo un joven Marco Sifuentes, pasó de ser imitador del presidente a ser su doble en campaña. Álvarez ya no daba risa; daba, sucesivamente, desconcierto, pena, vergüenza ajena e indignación.

Que un hombre se venda a un nivel tan profundo es un espectáculo estremecedor. Pero ojo, eso nunca evitó la rabia.

Porque la gran aliada de la mafia montesinista, su arma inmensa, era la televisión de señal abierta, que Montesinos tenía comprada (como vimos después). Una razón por la que a los demócratas que querían liberar el país les costaba avanzar era toda esa desinformación sembrada en las mentes del ciudadano común, a veces usando el mejor camuflaje (el entretenimiento). La televisión es un poder real; el mejor vehículo para el miente miente que algo queda. Y Álvarez, el actor cómico, el artista, se había prestado a eso.

Hoy Carlos Álvarez responde a esas alusiones —tímidas— con la pata en alto: dice que lo que ocurrió fue que él estaba en favor de Fujimori porque combatió el terrorismo y acabó con la crisis económica. Raro. En 2002 decía algo distinto: arrepentidísimo, declaró que fue chantajeado por Montesinos para hacer lo que hizo. La historia de ese chantaje circuló entre periodistas y hasta hubo menciones en los diarios. Se habló de un video íntimo, muy al estilo del exasesor. Algunos piensan que eso exculpa a Álvarez. Otros lo dudamos.

Sucede que en ese mismo año 2000 hubo gente que perdió todo para no ceder a las presiones de la mafia todopoderosa. Hubo gente que se plantó y perdió su trabajo, su bienestar y sus privilegios. Hubo diarios que tuvieron que soportar a la Sunat y años de infierno tributario. Hubo jueces que no se prestaron, periodistas que no callaron, un montón de ciudadanos que arriesgaron la propia vida, y no faltaron, por supuesto, los que en el trance fueron asesinados.

Uno podría sentir empatía por un comediante forzado a hacer algo contra su voluntad, bajo amenaza. Lo que resulta contradictorio es que Álvarez minimice su participación, que se sume a quienes creen que recordarlo es cosa de “fujitraumados”. Que habiendo hecho lo que hizo se niegue a hablar de los crímenes del fujimorismo (por cálculo). El comediante parece todo menos alguien arrepentido.

Aparentemente, Carlos Álvarez cree que el hecho de no haber ido a la cárcel —gracias a una declaración oportunísima de Montesinos— y ya no tener juicios pendientes borra su deuda con la sociedad. No es así. Lo que estuvo en discusión era si recibió dinero del SIN. Su complicidad y servicio a la mafia es algo que vimos todos.

No tomar la decisión valiente contra los criminales en el poder es una opción entendible. Podemos tener miedo. Sobre todo si, en cambio, trabajar para esos señores está bien remunerado. El problema es que años después quieras ser candidato a la presidencia de un país, vendiendo el discurso de la mano dura y la tolerancia cero con las mafias. Algo no cuadra.

En todo caso, a mí lo que me llamó a escribir sobre Álvarez es el doble estándar de la derecha “neutral”. La derecha que es capaz de exigir sacarte de las elecciones si firmaste un planillón de Movadef a los veinte años o tienes fotos juveniles con Hugo Chávez. La derecha que en otros casos pide deslindes en la primera pregunta de la entrevista. Esa derecha que alerta ruidosamente a la población contra los “populistas” que viven fuera de la realidad, pero ahora escucha con atención la propuesta de Álvarez de reinstaurar la pena de muerte. Al final, una portada reciente de “Perú21” resume de qué se trata esta comedia: aparecen las caritas de Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga y Carlos Álvarez. Su ideal de democracia es que elijamos entre esos tres. Su fantasía, tener la certeza de que la elección será entre ellos; eso los dejaría tranquilos. Sigan soñando.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 734 año 16, del 23/05/2025

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