Carlos León Moya
"Nunca la caída de un gabinete importó menos. ¿Se cayó mi primer ministro? Qué penita. Bueno, me voy de viaje"
En algunos programas concurso hay un premio principal llamado “Llévate todo lo que quieras”. El ganador es conducido a un supermercado o a una tienda por departamentos que está vacía, sin gente, pero llenecita de cosas sólo para él. De pronto, las cámaras enfocan al ganador, ansioso, carrito en mano, frente a una tienda llena de vinos, iPhones y Play Stations, con el desesperado objetivo de llevarse todo lo que puede.
Eso: todo lo que puede, no lo que quiere. El premio tiene un tiempo límite de sólo un minuto, sólo un minuto. Apúrate y devora. Se suele ver al ganador meter entero el brazo a un anaquel para llevarse todo a la vez, correr agitado hacia la sección de los productos más caros, tropezar en el segundo 59 con un melón.
Pensemos ahora en Dina Boluarte y su relación con el Estado peruano.
En teoría, al ser presidenta, Boluarte debe dirigir al Estado y sus políticas públicas. Si el Estado fuese un supermercado –el sueño de la fenecida derecha neoliberal–, ella sería la jefa, la gerente, la CEO. Con Juan José Santiváñez cuidando la puerta, por supuesto.
Sin embargo, todos sabemos que Boluarte no dirige nada. Al contrario: cada que puede se aprovecha del Estado para servirse a sí misma en las cosas más nimias. No es como Alan García, que otorgaba toda la sección charcutería a una empresa brasileña a cambio de pagos en loncheras, o como Alberto Fujimori, que simplemente fue y vació los almacenes. No. Boluarte es nimia. Hasta su aprovechamiento es mediocre. Entra al supermercado. Agarra cositas enanas: un rimmel, un litro de leche. Se las lleva sin pagar.
Pero últimamente Boluarte está en un modo distinto. Ha entrado en su propio programa concurso “Llévate todo lo que puedas (del Estado)”. Después de las cirugías, joyas y relojes, ahora busca con desesperación cualquier beneficio chiquito: viajes y más viajes, desactivar a todo policía que la investigó, usar tres vestidos por día.
Sus intentos por viajar al Vaticano han sido lamentables para cualquier estándar. Primero fue para los funerales del Papa Francisco, pero el Congreso se lo negó. Boluarte debió verlo por televisión, a regañadientes, aunque seguro prefirió una novela turca. Y después, con la elección de un Papa peruano, se le presentó literalmente la virgen. “Ahora sí puedo ir, ¿no?”, le dijo al Congreso, de rodillas. “Sí, pero sacrifica a Adrianzén”, le dijo el Congreso como si ella fuese Abraham. El 13 de mayo Adrianzén renunció. El 14 Boluarte tuvo la autorización de viaje y juramentó a su nuevo gabinete. El 15 empacaba sus vestidos más horribles para viajar al Vaticano. Nunca la caída de un gabinete importó menos. ¿Se cayó mi primer ministro? Qué penita. Bueno, me voy de viaje.
Si uno piensa en Boluarte como una presidenta, no la va a entender. Si uno la piensa como política, tampoco. Uno debe entenderla como lo que es: la ganadora de un programa concurso, cada vez más desesperada por llevarse todo lo que puede de los anaqueles.
¿Desesperada porque se le acaba el tiempo? Claro. Es solo un minuto. Boluarte lleva 30 meses de presidenta. Le quedan solo 14 más. Es el momento en que los participantes empiezan a agitarse. Ahorita se resbala con el melón.
Pero hay algo más grande que desespera a un participante así: es la sensación de estar en una situación irrepetible. Es solo esa vez y nunca más. Se acaba el tiempo. Fin.
Es, finalmente, el premio de un sorteo, y ganar uno es muy inusual. La mayoría de mortales se pasa la vida sin ganar un sorteo jamás. ¿Ganar el mismo sorteo dos veces? Imposible. Además, no depende de uno sino del azar. No hay cómo controlarlo. Finalmente, la gente que suele desesperarse más con estos sorteos es aquella que no puede costear con facilidad el monto de los premios. Si uno es rico, bueno, qué más da. Si uno tiene ya todos los productos en casa, bueno, no pasa nada si no me llevo el Thermomix. Pero si uno no los tiene y cree que nunca los tendrá, se desespera con más facilidad. Es ahora o nunca. Se trepa en montañas de papel higiénico para llegar a los televisores OLED.
Esa es Dina Boluarte. Se le acaba el minuto de una presidencia que le tocó por voto popular, sí, pero también por azar, porque así son las elecciones en el Perú. De trabajar en la oficina de Reniec del óvalo Higuereta se ganó Palacio de Gobierno por un minuto: llévate todo lo que quieras, Dina. Y no sabe qué hacer. Ya están los relojes y la estirada de cara. Solo me quedan los viajes. No importa que parezca angurrienta. Su cálculo no es político: solo está desesperada por picar cositas y no lo disimula. Por eso tiene 0%.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 734 año 16, del 23/05/2025
https://www.hildebrandtensustrece.com/

No hay comentarios:
Publicar un comentario