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12 de octubre de 2019

Marcela Lagarde: “Si las mujeres vivimos con autonomía no pueden controlarnos; esa es la bronca”

Cuando le preguntaron una vez a la antropóloga y feminista mexicana Marcela Lagarde por qué querrían los hombres ser feministas, ella respondió con una sonrisa cómplice y maliciosa: ¡Porque los vamos a querer más!

La investigadora y autora, que acuñó el término feminicidio para explicar los asesinatos perpetrados por hombres contra mujeres, estuvo la última semana de agosto en el país, invitada por la Asociación para el Liderazgo y Ascenso Social (ALAS).

Lagarde participó en talleres, charlas, conversatorios y reuniones con mujeres municipalistas, diputadas, cooperativistas y funcionarias del Instituto Nacional de las Mujeres (Inamu), así como con académicas, investigadoras y activistas de organizaciones de la sociedad civil, entre otros sectores.

“Ella es la maestra de maestros”, dijo la Presidenta de ALAS, Cristina Rojas, quien antes de jubilarse de su puesto como Jefa de la Oficina de Cooperación y Relaciones Internacionales del Poder Judicial organizó dos congresos con Lagarde.

En el marco del trabajo con ALAS, es la tercera vez que la feminista mexicana viene al país. “Ha dejado muchas semillas y enseñanzas”, destacó Rojas.

Lagarde participó en la redacción de la Declaración de Beijing de la IV Conferencia Mundial sobre las mujeres de las Naciones Unidas, celebrada en China en 1995, y fue responsable de la elaboración del capítulo de Derechos Humanos de las mujeres de la Constitución Política de la Ciudad de México en el 2018.

“Es una autoridad y un referente para las personas que somos defensoras y activistas de los derechos humanos”, comentó Rojas, quien acompañó a Lagarde durante la entrevista con UNIVERSIDAD.

A lo largo de una hora, en esa tarde gris que amenazaba con llover, Lagarde respondió ampliamente cada interrogante con su verbo generoso, pausado y sabio.

Sin embargo, al preguntarle qué pensaba en relación con que el Presidente de Costa Rica hubiera pospuesto la firma de la norma técnica del aborto terapéutico –una promesa de campaña-, contestó: “sin palabras…” Su mirada penetrante y el silencio posterior fueron rotundos.

De acuerdo con su planteamiento feminista, la violencia contra las mujeres no tiene que ver con hombres “raros y locos”, sino con hombres, sociedades y Estados sustentados en un sistema patriarcal y machista.

—A lo mejor hay algún enfermo por ahí, pero en general son los más normales los que cumplen los mandatos patriarcales de maltrato y daño a las mujeres; hombres que corresponden con modelos que impulsan el sistema patriarcal, que forman culturalmente a los hombres para que se sientan en la libertad de violentar a las mujeres. Por eso yo explico que no son raros. En algunos lugares son la mayoría y en otros lugares son menos porque hay otras opciones culturales y estructurales. La sociedad impulsa el trato hacia las mujeres como seres inferiores que merecen todo tipo de castigo, venganza; son acciones que están fomentadas a través de la literatura, de las anuncios, de la televisión, para vender no sabe si coches o mujeres. Toda esa construcción subjetiva de género corresponde perfectamente con esos hombres. Por eso yo digo que son normales. Son los más ajustados a la sociedad patriarcal.

Eso se sustenta en relaciones de poder, dominación y opresión. ¿Cómo se manifiestan las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres?

—Se manifiesta de muchas maneras; entre otras, en la costumbre de que las mujeres estemos subordinadas a los hombres. Otra muy común es que estemos sometidas a su control: el control de lo que hacemos, de nuestros movimientos, de con quién hablamos, qué hacemos con nuestro tiempo cuando no estamos con ellos. Eso lo digo no solo por los esposos, sino por los hijos que se sienten con el derecho de que la mamá tenga que estar ahí tiempo completo. Hay una educación para valorar solo a las mujeres que cumplen a cabalidad con las 24 horas del día en servidumbre voluntaria. La maternidad tiene un contenido de muchísimo sacrificio, entrega. Pasa entre hombres y mujeres, pero también están involucrados instituciones, las iglesias, las creencias religiosas que fortalecen la idea de la desigualdad de las mujeres y de la supremacía de los hombres, de sus habilidades y capacidades. En cambio, las mujeres son vistas como discapacitadas en muchos ámbitos de la vida, de estar necesitadas de los hombres para sobrevivir.

Sobre el feminicidio, usted afirma que siempre –siempre– son crímenes de odio, pero, en general, aún se sigue “romantizando” el acto diciendo que son crímenes “pasionales”, por celos.

—Esa era la explicación hace 30 o 40 años y aún en muchos sitios donde no hay gran desarrollo crítico. Se ha pensado cuando se trata de crímenes (asesinatos) contra mujeres que, uno, son pasionales, porque la pasión es lo único posible entre las mujeres y los hombres; y dos, para exonerar a los hombres, porque las pasiones son arrolladoras, no las puede detener ni controlar, porque están fuera de sí. Cuando se dice que son por celos, los hombres tenían razón de celarlas porque ellas tenían un comportamiento libre o sensual o coqueto, o simplemente por existir.


Desde hace varias décadas hemos desarrollado una legislación y categorización de la violencia, una explicación de la violencia socialmente construida, tolerada, fomentada, y a partir de ahí nos explicamos por qué ocurren tantos crímenes de odio contra mujeres. Además, estas mujeres no están armadas violentando hombres en una guerra, son mujeres de su casa que tienen relación con hombres como novios, parientes, esposos, y ellos son los que cometen los crímenes. También hay crímenes contra mujeres desconocidas por los agresores, que se las toparon por ahí y decidieron violarlas y matarlas. Ahí se prueba como evidencia que se trata de un crimen genérico, de odio sentido contra cualquier mujer. Los feminicidios no se dan en el aire, solos, sino que son la culminación de un proceso de violencia que termina en el crimen, como dicen Diana Russell y Jill Radford, que son las autoras inspiradoras de estas ideas.

Existe la violencia del incesto -que se circunscribe al entorno familiar-, un crimen que no se visibiliza.

—Las razones por las cuales no se habla del incesto es porque es un atentado generalizado -no es una práctica extraordinaria-, es decir, es bastante común en América Latina; en las comunidades rurales por ser rurales, en las urbanas por ser urbanas. El incesto (que significa adentro del cesto), sucede en la familia, en relaciones muy cercanas a las familiares. El contrato social sexual prohíbe ese tipo de relaciones sexuales y amorosas; sin embargo, de todos modos ocurre. Cuando se da el incesto, es cuando se transgrede la norma, el límite. Muchas veces es en contra de la voluntad de las mujeres, muchas veces es por parte de parientes mayores: padrastros, padres, hermanos mayores, primos, compadres que están en torno a la familia; los maestros en las escuelas. El tabú -que quiere decir prohibición sagrada, una prohibición en rango superior- existe para que se preserve la práctica, por eso no se denuncia ni se habla del incesto, para que se preserve la práctica como un mecanismo de control familiar y de reforzamiento de relaciones. La antropóloga Gloria López Hernández, quien es una gran investigadora del incesto, descubrió un patrón: la implicación del tío materno como el incestuoso, que sale del tipo de estructura familiar donde no hay padre porque se fue a comprar cigarros hace 30 años. Hay un hueco en el sistema de parentesco, entonces la misma familia articula las cosas para que alguien ocupe ese espacio simbólico que está vacío y muchas veces es el hermano de la madre que ocupa el lugar del cónyuge, medio acompaña, medio cumple roles o funciones masculinas para ella. Y para acabar de ocuparlo realiza el incesto.

“Mi utopía es que todo esto evolucione y progrese en un sentido de justicia, en una ética humanista de igualdad, y que podamos reparar tanto daño que se ha ocasionado a tanta gente con estas ideologías y poderes patriarcales”, dijo la activista Marcela Lagarde en entrevista con UNIVERSIDAD. (Foto: Miriet Ábrego).

Usted es crítica del amor romántico. Dice que las mujeres somos seres de amor que buscamos amar a los hombres y ser amadas por ellos en un anhelo que no se realiza.

—Es una anhelo que nunca se cumple porque los hombres no saben amar así, no son educados para amarnos así.

¿Y nosotras queremos que nos amen así?

—Claro, y en pos de ese amor aguantamos todo: una, dos o tres relaciones en las que nunca se va a dar ese amor, porque en nuestras culturas los hombres no reciben esa formación personal que los lleve a amar como amamos las mujeres. En cambio, las mujeres amamos así por nuestra condición, por cómo vivimos, por lo que buscamos. Ambos géneros tenemos una relación distinta con el amor porque también tenemos una diferente manera de aproximarnos a los demás. Los hombres son adorados, el más horrible, el más violento, el más egoísta. Las mujeres para ser amadas empiezan un sufrimiento desde el primer instante, porque tendrán que hacer algo para ser amadas.

Las mujeres han sido educadas en esta tradición amorosa, incluso las niñas del siglo XXI anhelan ser amadas así, pues han sido educadas así; tienen esa formación afectiva para buscar ese tipo de amor, en la que se sienten huérfanas. La orfandad de género es generalizada en las mujeres en nuestras culturas. Hay esa sensación de que te falta la madre, de que no era tan buena. Las madres tienen todos los defectos al grado de que las pulverizamos. Es horrible. Tenemos que hacer un gran esfuerzo para valorar las madres, entenderlas como mujeres, entender su circunstancia, y solo así, poco a poco, puedes irte componiendo. Y luego además esa orfandad de las mujeres que se produce cuando las mujeres viven violencia, y no pueden ser defendidas por nadie, porque no está ahí una madre protectora; no hay nadie.

¿Qué piensa sobre gobernantes como Donald Trump y Jair Bolsonaro? Masculinidades fascistas, les dice mi hija.

—Pues eso mismo que dice tu hija. Son el extremo del supremacismo a toda costa, y los vemos ahí destrozando países, a la gente, acabando con el patrimonio cultural, las selvas. No hay una ética que pueda avalar lo que hacen ellos; no hay. Pero mucha gente los vota y ganan porque expresan el ideario que tienen muchos hombres que quisieran ser así. La promesa para los hombres es que pueden llegar a ser esos dictadorzuelos terribles.

En esta época estamos viviendo una arremetida conservadora y religiosa fundamentalista contra el feminismo. ¿Cuál es la agenda de estos sectores?

—La derecha tiene varias agendas: descalificar la teoría y perspectiva de género porque ya se dieron cuenta de que les ganamos la partida teórica, y como la gente no estudia y les repiten veinte veces eso del “género es una ideología” y que no sirve para nada, no entra en el terreno de un debate de ideas. La otra cosa es seguir defendiendo el derecho a decidir, el derecho al cuerpo que para nosotros es inalienable. Ellos no van a ceder el cuerpo de las mujeres, porque para ellos el cuerpo no le pertenece a cada mujer; el cuerpo de cada mujer es del sistema, es del padre, es del Papa, y fíjate que no. El cuerpo de esa niña de 12 años tenemos que hacer todo para que sea de ella, esa es nuestra obligación de adultas. Ademá, tienen una consigna que es incluir en las constituciones de todos los países el derecho a la vida desde la concepción. En México ya llevan 12 Estados que aprueban esa ley. Hacen una especie de cruzada, de guerra santa. Es la religión contra estas “herejes feministas” que quieren destruir a la familia.


Usted plantea la topía como el camino para realizar la utopía ¿Cómo se imagina el mundo en que le gustaría vivir, es decir, su utopía?

—Mi utopía es que todo esto evolucionara y progresara en un sentido de justicia, en una ética humanista de igualdad, y que podamos reparar tanto daño que se ha ocasionado a tanta gente con estas ideologías y poderes patriarcales. Es muy duro porque en los Gobiernos y en distintas estructuras del Estado están personeros de este orden, hombres y mujeres que corresponden con la defensa de ese orden y son corruptos y omisos, negligentes con las mujeres.


Son violentos.

—Son violentos, hacen violencia desde el Estado, personal e institucional. Nosotras tenemos que sumarnos, hacer leyes, fortalecernos para ir enfrentándolo de la mejor manera. Tenemos que cuidarnos en las topías.

Qué puede decir de que el Presidente de nuestro país no ha firmado la norma técnica sobre el aborto terapéutico; hace un año dijo que la firmaría cuando fuera el momento “oportuno”, y prometió que sería este año. El movimiento feminista afirma que las mujeres no somos prioridad para el Presidente.
—(Sonríe con ironía) Sin palabras…

En relación con el aborto, usted dice que los juicios contra las mujeres que abortan son otra forma de violencia. ¿Cuál es el temor que hay detrás de despenalizar el aborto?

—El temor es a la autonomía de las mujeres, pues si vivimos con autonomía no pueden controlarnos. Esa es la bronca. Las corrientes y concepciones patriarcales lo que buscan es que las mujeres seamos sumisas y que seamos controladas, y que todo lo que producimos sea expropiado: los hijos, el patriarcado los vuelve hijos del padre, y deja de reconocerle un valor importante a la maternidad.

Para esos sectores la maternidad es “sagrada”.

—Es sagrada, pero esa mujer no tiene soberanía sobre sí misma.

POR UNA VIDA LIBRE DE VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

Marcela Lagarde (México, 1948) participó en la Comisión Especial de Feminicidio en el Congreso mexicano con el fin de investigar el asesinato de mujeres en Ciudad Juárez; además, dirigió la Investigación Diagnóstica sobre Violencia Feminicida en la República Mexicana, mediante la cual se descubrió que el crimen no es exclusivo de Ciudad Juárez.

Fue promotora de la tipificación del delito de feminicidio en el Código Penal Federal de México, así como de la Ley General de Acceso de las Mujeres a Una Vida Libre de Violencia, vigente en su país desde el 2 de febrero de 2007.

Siendo diputada también impulsó la Ley de Protección de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, la Ley para Prevenir y Sancionar la Trata de Personas y la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres.

En el caso llamado “Campo Algodonero”, de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el que se juzgaron varios asesinatos en Ciudad Juárez, Lagarde participó como perito junto con 70 colaboradoras.

También fue Presidenta de la Comisión Carta de Derechos en la Asamblea Constituyente que redactó la actual Constitución Política de la Ciudad de México.

Toda la información e imágenes son de Semanario Universidad.

30 de noviembre de 2014

Soledad y Desolación


Marcela Lagarde

Nos han enseñado a tener miedo a la libertad; miedo a tomar decisiones, miedo a la soledad. El miedo a la soledad es un gran impedimento en la construcción de la autonomía, porque desde muy pequeñas y toda la vida se nos ha formado en el sentimiento de orfandad; porque se nos ha hecho profundamente dependientes de los demás y se nos ha hecho sentir que la soledad es negativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos.

Esta construcción se refuerza con expresiones como las siguientes ¿te vas a quedar solita?, ¿ Por qué tan solitas muchachas?- hasta cuando vamos muchas mujeres juntas-.  La construcción de la relación entre los géneros tiene muchas implicaciones y una de ellas es que las mujeres no estamos hechas para estar solas de los hombres, sino que el sosiego de las mujeres depende de la presencia de los hombres, aún cuando sea como recuerdo.

Esa capacidad construida en las mujeres de crearnos fetiches, guardando recuerdos materiales de los hombres para no sentirnos solas, es parte de lo que tiene que desmontarse. Una clave para hacer este proceso es diferenciar entre soledad y desolación. Estar desoladas es el resultado de sentir una pérdida irreparable. Y en el caso de muchas mujeres, la desolación sobreviene cada vez que nos quedamos solas, cuando alguien no llegó, o cuando llegó más tarde. Podemos sentir la desolación a cada instante.

Otro componente de la desolación y que es parte de la cultura de género de las mujeres es la educación fantástica par la esperanza. A la desolación la acompaña la esperanza: la esperanza de encontrar a alguien que nos quite el sentimiento de desolación. La soledad puede definirse como el tiempo, el espacio, el estado donde no hay otros que actúan como intermediarios con nosotras mismas. La soledad es un espacio necesario para ejercer los derechos autónomos de la persona y para tener experiencias en las que no participan de manera directa otras personas.

Para enfrentar el miedo a la soledad tenemos que reparar la desolación en las mujeres y la única reparación posible es poner nuestro yo en el centro y convertir la soledad en un estado de bienestar de la persona. Para construir la autonomía necesitamos soledad y requerimos eliminar en la práctica concreta, los múltiples mecanismos que tenemos las mujeres para no estar solas. Demanda mucha disciplina no salir corriendo a ver a la amiga en el momento que nos quedamos solas.

La necesidad de contacto personal en estado de dependencia vital es una necesidad de apego. En el caso de las mujeres, para establecer una conexión de fusión con los otros, necesitamos entrar en contacto real, material, simbólico, visual, auditivo o de cualquier otro tipo.  La autonomía pasa por cortar esos cordones umbilicales y para lograrlo se requiere desarrollar la disciplina de no levantar el teléfono cuando se tiene angustia, miedo o una gran alegría porque no se sabe qué hacer con esos sentimientos, porque nos han enseñado que vivir la alegría es contársela a alguien, antes que gozarla. Para las mujeres, el placer existe sólo cuando es compartido porque el yo no legitima la experiencia; porque el yo no existe.

Es por todo esto que necesitamos hacer un conjunto de cambios prácticos en la vida cotidiana. Construimos autonomía cuando dejamos de mantener vínculos de fusión con los otros; cuando la soledad es ese espacio donde pueden pasarnos cosas tan interesantes que nos ponen a pensar. Pensar en soledad es una actividad intelectual distinta que pensar frente a otros.

Uno de los procesos más interesantes del pensamiento es hacer conexiones; conectar lo fragmentario y esto no es posible hacerlo si no es en soledad. Otra cosa que se hace en soledad y que funda la modernidad, es dudar. Cuando pensamos frente a los otros el pensamiento está comprometido con la defensa de nuestras ideas, cuando lo hacemos en soledad, podemos dudar. Si no dudamos no podemos ser autónomas porque lo que tenemos es pensamiento dogmático.

Para ser autónomas necesitamos desarrollar pensamiento crítico, abierto, flexible, en movimiento, que no aspira a construir verdades y esto significa hacer una revolución intelectual en las mujeres.  No hay autonomía sin revolucionar la manera de pensar y el contenido de los pensamientos. Si nos quedamos solas únicamente para pensar en los otros, haremos lo que sabemos hacer muy bien: evocar, rememorar, entrar en estados de nostalgia.

El gran cineasta soviético Andrei Tarkovski, en su película “Nostalgia” habla del dolor de lo perdido, de lo pasado, aquello que ya no se tiene. Las mujeres somos expertas en nostalgia y como parte de la cultura romántica se vuelve un atributo del género de las mujeres. El recordar es una experiencia de la vida, el problema es cuando en soledad usamos ese espacio para traer a los otros a nuestro presente, a nuestro centro, nostálgicamente. Se trata entonces de hacer de la soledad un espacio de desarrollo del pensamiento propio, de la afectividad, del erotismo y sexualidad propias.

En la subjetividad de las mujeres, la omnipotencia, la impotencia y el miedo actúan como diques que impiden desarrollar la autonomía, subjetiva y prácticamente. La autonomía requiere convertir la soledad en un estado placentero, de goce, de creatividad, con posiblidad de pensamiento, de duda, de meditación, de reflexión. Se trata de hacer de la soledad un espacio donde es posible romper el diálogo subjetivo interior con los otros y en el que realizamos fantasías de autonomía, de protagonismo pero de una gran dependencia y donde se dice todo lo que no se hace en la realidad, porque es un diálogo discursivo.

Necesitamos romper ese diálogo interior porque se vuelve sustitutivo de la acción ; porque es una fuga donde no hay realización vicaria de la persona porque lo que hace en la fantasía no lo hace en la práctica, y la persona queda contenta pensando que ya resolvió todo, pero no tiene los recursos reales, ni los desarrolla para salir de la vida subjetiva intrapsíquica al mundo de las relaciones sociales, que es donde se vive la autonomía.  Tenemos que deshacer el monólogo interior.

Tenemos que dejar de funcionar con fantasías del tipo: “le digo, me dice, le hago”. Se trata más bien de pensar “aquí estoy, qué pienso, qué quiero, hacia dónde, cómo, cuándo y por qué” que son preguntas vitales de la existencia. La soledad es un recurso metodológico imprescindible para construir la autonomía. Sin soledad no sólo nos quedaremos en la precocidad sino que no desarrollamos las habilidades del yo. La soledad puede ser vivida como metodología, como proceso de vida.

Tener momentos temporales de soledad en la vida cotidiana, momentos de aislamiento en relación con otras personas es fundamental. y se requiere disciplina para aislarse sistemáticamente en un proceso de búsqueda del estado de soledad.  Mirada como un estado del ser – la soledad ontológica – la soledad es un hecho presente en nuestra vida desde que nacemos. En el hecho de nacer hay un proceso de autonomía que al mismo tiempo, de inmediato se constituye en un proceso de dependencia.

Es posible comprender entonces, que la construcción de género en la mujeres anula algo que al nacer es parte del proceso de vivir. Al crecer en dependencia, por ese proceso de orfandad que se construye en las mujeres, se nos crea una necesidad irremediable de apego a los otros. El trato social en la vida cotidiana de las mujeres está construido para impedir la soledad. El trato que ideológicamente se da a la soledad y la construcción de género anulan la experiencia positiva de la soledad como parte de la experiencia humana de las mujeres.

Convertirnos en sujetas significa asumir que de veras estamos solas: Solas en la vida, solas en la existencia. Y asumir esto significa dejar de exigir a los demás que sean nuestros acompañantes en la existencia; dejar de conminar a los demás para que estén y vivan con nosotras.

Una demanda típicamente femenina es que nos “acompañen” pero es un pedido de acompañamiento de alguien que es débil, infantil, carenciada, incapaz de asumir su soledad. En la construcción de la autonomía se trata de reconocer que estamos solas y de construir la separación y distancia entre el yo y los otros.


http://vrdelafuente.wordpress.com/2012/06/12/marcela-lagarde/