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18 de junio de 2018

Mi enemiga, la prensa

Patricia Montero

Quienes hemos trabajado en una redacción o pisado la cancha siendo reporteros o redactores conocemos bien de la desesperación de la mayoría de políticos por aparecer en los medios de comunicación. Qué periodista no ha recibido la llamada directa e insistente, sobre todo, de un congresista o de su asesor de prensa para una entrevista, aunque sea al paso y sobre cualquier tema con tal de aparecer en pantalla. Yo conocí a uno que ofrecía hasta polladas. Y si el político en cuestión está tentando una reelección le pone más empeño, baila, cocina, opina sobre todo, se disfraza, inventa psicosociales o difama. Hacen lo que sea por un poco de atención de la prensa. Sí, esa prensa a la que llaman “mermelera”, acusan de vendida, inmoral y desestabilizadora.

Esa prensa que buscan en campaña con zalamería se convierte luego en su enemiga cuando los fiscaliza, descubre su espíritu antidemocrático, baja estofa y moral. O cuando revela sus nexos con el narcotráfico, que falsifican documentos, contratan partidarios o gastan en lujos innecesarios. Entonces, intentan presionarla y chantajearla con proyectos tan burdos como inconstitucionales. El último de ellos pretende decirnos quiénes pueden ser periodistas y cómo hacer nuestro trabajo. Irónico que aquellos que mienten en sus estudios, falsifican certificados y han hecho del plagio una costumbre quieran dictar las reglas para el ejercicio de esta profesión.

Aunque el autor de ese mamarracho ya anunció que retirará el proyecto no me cabe duda que los intentos por silenciar a los periodistas será una constante no solo del fujimorismo, sino de todo aquel que ve en la prensa libre e independiente un obstáculo y amenaza para sus cuchipandas, como diría Álvarez Rodrich. Resulta contradictorio que mientras acusan a los medios de corruptos sigan pugnando por aparecer en sus pantallas y páginas. Veremos si en elecciones no regresan con sobonería a tocar la puerta de esa prensa a la que ahora atacan. Lo coherente sería que no pero, ya sabemos que -entre cosas- adolecen de ese principio ético, y de vergüenza, por supuesto.

30 de enero de 2018

La verdad de los idiotas

Patricia Montero

Intenté contactar a Primitivo Evanán, el maestro ayacuchano cuya obra ha sido injustamente calificada como apología al terrorismo. Llamé por teléfono, escribí  un par de correos, mensajes por chat y visité su pequeño local en un mercado artesanal que llevaba dos días sin abrir, pero fue imposible.

Hablé con su hija quién amablemente me dijo que su padre, por ahora, no verá ni hablará con nadie. Pude percibir que menos aún si se trataba de un periodista. Alguien cercano me comentó que estaba molesto, dolido y desconfiado. Razones no le faltan.

Decidí no insistir por respeto. Se trata pues de un hombre sencillo y talentoso. Sensible y alegre pero reservado según me han dicho quienes lo conocen. Frustrada en mi deseo de conocerlo y conversar con él busqué en Internet referencias suyas y saltaron de inmediato numerosas y extensas notas sobre su obra e historia en los más importantes medios de comunicación del país.

Sus Tablas de Sarhua han merecido artículos periodísticos que elogian su trabajo y aporte a la memoria del país. Me pregunté entonces por qué un periodista no puede hacer una simple búsqueda en Google antes de convertir un hecho en noticia de primera plana que no refleja la verdad sino que apela al miedo para vender sin importar las honras ajenas.

Uno esperaría un mínimo de rigurosidad de un periodista para que no parezca un profesional despistado o peor aún, mal intencionado. 

Don Primitivo es una víctima de Sendero Luminoso que dejó su tierra para que no lo maten y usa la narrativa popular para contar lo que sufrió su pueblo atrapado entre dos fuegos: terroristas y sinchis. Porque, aunque le joda a algunos, eso fue lo que pasó.

La historia no se guarda en un cajón oscuro ni se echa mano de una parte de ella para contar solo lo que nos conviene. Creer que el sufrimiento provocado por el terrorismo es exclusivo de los limeños, y ni siquiera de todos porque frecuentemente olvidamos  -por ejemplo- a las víctimas de Villa El Salvador o Huaycán, se resume en racismo puro y duro.

El arte popular suele contar la verdad, y la verdad asusta a los idiotas.

15 de enero de 2018

Juventud, divino tesoro

Patricia Montero

Hace tres años, a propósito de las protestas juveniles por la llamada “Ley Pulpín”, escribí un artículo sobre mi experiencia como reportera cubriendo las marchas universitarias contra la dictadura fujimorista en los 90. Por aquel entonces (1997) también intentaban desacreditarlos llamándolos vagos, revoltosos, vándalos y –por supuesto– terroristas. Como ahora, mandaban a las fuerzas de choque a cerrarles el paso, los gaseaban, golpeaban y usaban todo tipo de artimañas para boicotear sus movilizaciones. Nada ha cambiado, ni la represión ni (afortunadamente) la capacidad de los jóvenes de indignarse y protestar.

Me permito, en la actual coyuntura, reproducir algunos párrafos de esa vieja columna. “Lo que recuerdo con mayor entusiasmo de aquel año es el despertar de los jóvenes que comenzaron una lucha incansable y arriesgada para terminar con la dictadura. Lo recuerdo porque, por ese entonces, yo también era joven y compartía los mismos sueños, y la misma rabia. Mi trabajo como reportera me había permitido ver la insania terrorista pero también el abuso de poder y el quiebre sistemático de la institucionalidad democrática”.

Las protestas juveniles en los 90 fueron históricas y determinantes. Por esos años los convocó el Foro Democrático con Alberto Borea a la cabeza, quien, en una entrevista, lo recuerda así: «Se discutió sobre cómo hacer que la sociedad tomara conciencia del valor del sistema eclipsado y se propuso un trabajo a dos niveles… ir a las universidades a buscar jóvenes inquietos y capaces de asumir el reto de una mayor movilización… Julio Cotler, dijo: “si no conseguimos que los jóvenes adopten el proyecto como suyo, el país no tiene cura. Hagamos el intento”».

Hoy, como en 1997, vivimos un momento crucial. El abuso de poder, la corrupción y la mentira ganan terreno pero encuentran la resistencia esperanzadora de los jóvenes. Sin ellos, como dijo Cotler, el país no tiene cura. No son vagos ni ignorantes, menos terroristas. Son vehementes, apasionados y, afortunadamente, no han perdido la capacidad de sublevarse ante la injusticia y un gobierno deshonesto.

18 de octubre de 2017

Niñez robada

Patricia Montero

Ariana e Ivana son dos pequeñas niñas que concentran todas mis ilusiones pero no pude dejar de pensar, con cierta angustia, que aún el mundo es un lugar peligroso y terriblemente desigual para ellas. En estos días de violencia y la increíble naturalidad con la que muchos la justifican me ha conmovido, sobre todo, el hecho de que millones de niñas inicien, cada vez más temprano, su sexualidad y maternidad, forzadas a matrimonios y uniones que son, en muchos casos, mecanismos para sobrevivir a la pobreza, trayendo como consecuencia el embarazo prematuro y el aislamiento social.

Según la organización Plan Internacional, los matrimonios forzados infantiles y las uniones tempranas son una práctica extendida en América Latina y el Caribe porque existen elementos que la naturalizan siendo más vulnerables las niñas pobres de zonas rurales. En 2013 un estudio de la UNFPA revela que un 18% de mujeres se embarazó antes de los 18 años y antes de los 15 un 2%. En el Perú, ENDES (encuesta del INEI) señala que el 67% de las mujeres tuvo su primera unión conyugal antes de los 21 años y un informe de Save the Children precisa que en nuestro país es común y socialmente aceptado que las mujeres inicien su vida sexual entre los 13 y 15 años, y constituyan familias de hecho.

Plan Internacional precisa que en el Perú está altamente invisibilizado el matrimonio infantil y no existe evidencia cualitativa con testimonios de niñas y jóvenes. Pero no es porque el problema no exista o no sea grave. Sucede que no hay datos oficiales, solo se registran los matrimonios pero las ‘uniones’, que son una práctica común, no se registran. Save the Children revela que hay serias deficiencias para identificar los embarazos entre niñas de 12 y 15 años. De hecho, es imposible conocer la magnitud del problema, pues las encuestas demográficas y de salud no recogen información sobre matrimonios y uniones de menores de 14 años

Sin conocer la realidad y tener los datos que permitan adoptar políticas y soluciones qué les espera a nuestras niñas. Lo más fácil e irresponsable ha sido siempre, cerrar los ojos.

12 de octubre de 2017

Perú: Cobardía y traición

Patricia Montero

Desde que cumplí 18 años he votado en apenas dos oportunidades por el candidato en el que confiaba, aunque el tiempo me demostró que incluso con ellos me equivoqué. En las otras elecciones terminé votando por el postulante que, sin convencerme al cien por ciento, representaba para mí la opción menos mala frente al fujimorismo sobre el cual no tuve, ni tengo, dudas acerca de su actitud antidemocrática, sumando a ello las justificadas sospechas de corrupción y otros delitos que recaen sobre algunos de sus integrantes y colaboradores.

La última elección presidencial no fue la excepción. Voté, como muchos, por Pedro Pablo Kuczynski con cierta esperanza de que alguien con su trayectoria, experiencia y roce internacional tendría algo más de respeto por la legalidad y la justicia. No hay duda que el hábito no hace al monje, pues –desde mi punto– el presidente no solo ha demostrado impericia al gobernar o manejar los asuntos políticos. Sino que terminaría acertando un golpe de dimensiones impredecibles a la democracia y la justicia traicionando, como ya se ha dicho, al sector ciudadano que confió en él y le permitió ganar con un resultado ajustado pero de enorme significado.

Ya no se trata de indicios, lo que ocurre desde la recomposición del gabinete ministerial –con Aráoz y Mendoza– no deja lugar a dudas de que el indulto al reo Fujimori será un hecho. Cambiar por completo la Comisión de Gracias Presidenciales no es una casualidad y aprovechar la algarabía popular por los resultados futbolísticos para seguir allanando el camino es de cobardes, propio de gobiernos que toman decisiones bajo la mesa, entre gallos y medianoche. Las críticas razonables a la edad (92 años) del nuevo presidente de la comisión y la casi desconocida trayectoria de sus integrantes refuerzan las sospechas. Inevitable pensar, ¿y qué tendrían que perder?

Lo que me queda al final es una terrible sensación de complicidad porque al fin de cuentas terminé eligiendo mal. Lo más aterrador es que para el 2021 no parece que las cosas sean diferentes. Me siento, desde ya, en una encrucijada.

31 de agosto de 2017

Perú: #HambreCero

Patricia Montero

El peruano come bien, bien “taipá”, como náufrago recién rescatado o como camionero. Eso solemos decir entre bromas y con orgullo cuando describimos cómo somos cuando de comer se trata. Tenemos una fama bien ganada por nuestra capacidad de saborear un platillo de alta cocina como el de un huarique o carretilla donde comemos bien despachado y barato. Pero claro, nos referimos a la cantidad, a la abundancia y al sabor pero no a la calidad.

Resulta contradictorio que un país reconocido por su gastronomía y biodiversidad, sea uno con los más altos índices de desnutrición, anemia, sobrepeso, obesidad y desperdicio alimentario. Entre los casos más dramáticos está Puno, región donde el 80% de niños menores de tres años sufre de anemia, y Amazonas donde esta enfermedad en niños entre los 36 meses y los seis años pasó del 41.7% en 2011 a 60% en 2014, según cifras del Programa Mundial de la Alimentación -PMA.

Es también una paradoja que el Perú haya logrado en los últimos 16 años disminuir en 20 puntos la pobreza extrema, reducir a la mitad –entre 1990 y 2015– el número de personas que sufre de hambre y en los últimos diez años rebajar del 29% al 14% la desnutrición crónica en niños. Sin embargo, la desnutirición crónica infantil sigue afectando al 13.1% de niños menores de cinco años, el 43% de niños con menos de tres años sufre de anemía, la obesidad y sobrepeso siguen en aumento con mayor incidencia en niños entre los cinco y nueve años. Un estudio del PMA y la CEPAL revela que en la última década la desnutrición crónica cuesta un 3% del PBI anual de un país promedio como el Perú.

Provoca vergüenza pensar que los alimentos que terminan en la basura podrían atender las necesidades nutricionales de 2 millones de peruanos, como ha señalado la FAO. Saber qué comer, cuánto y qué tan nutritivo es parece simple pero no lo es, implica un cambio cultural que obliga a tomar acciones concretas y reales. Vamos por nuestro plato bien “taipá” pero aprendamos y enseñemos a comer realmente bueno, bonito y barato.