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21 de diciembre de 2016

¿Independientes de qué y liberales para qué?

Armando B. Ginés

Medios independientes e ideología liberal son conceptos que gozan de la presunción de inocencia en términos políticos sea cual fuere el contexto en que se mencionen. Ser independiente y ser liberal abre puertas allá donde se vaya, funcionando como etiquetas positivas casi inatacables.

Las dos palabras remiten a universos cálidos donde la democracia reinaría sin parangón ni límites sociales o de expresión o de pensamiento. También son citadas como prueba del algodón inefable para trasladar la idea de que un país o régimen adolece de pedigrí democrático o lo tiene sin discusión.

Sin embargo, detrás de ambos conceptos suelen esconderse intereses muy concretos de grupos de poder con nombres y apellidos y políticas de clase determinadas, siempre escoradas hacia las elites y lo que se ha convenido en llamar economía de mercado.

Cuando se trae a colación la falta o pluralismo de medios independientes de comunicación o se añade liberal a ideologías conservadoras o socialdemócratas es necesario ponerse en alerta porque será más que probable que intenten colarnos intereses ocultos tras su enunciación aparentemente neutral.

Resulta conveniente señalar que un medio de comunicación no es más que una empresa que elabora noticias como mercancía perecedera que tiene que vender al público en competencia con otros que persiguen el mismo fin. Y que su fuente de financiación, además de la venta al lector, son otras empresas de diferentes sectores que pagan por enlatar sus mensajes mediante la publicidad.

Por tanto, un periódico, una cadena de televisión y una emisora de radio se deben a sus lectores, cada vez en menor cuantía, y a sus anunciantes, casi siempre marcas potentes a escala internacional.

Forma parte de la sabiduría popular que morder la mano que te da de comer no es nada aconsejable. Por tanto, criticar con informaciones independientes y veraces a los propios anunciantes no es la mejor política editorial a seguir.

Pero el asunto se complica más cuando se conoce que para iniciar una aventura empresarial de cierto calado en el sector de la comunicación es imprescindible contar con un capital considerable, situación accesible a muy pocos: millonarios, bancos, fondos de inversión, multinacionales, grandes emporios e instituciones similares. Este hecho no admite controversia alguna: para levantar un gran medio es indispensable posee un enorme capital inversor.

De lo reflejado se deduce que la hermosa independencia no existe, solo hay intereses comerciales, políticos e ideológicos, todos juntos en la mayoría de las ocasiones.

Las noticias nunca remontan hacia la opinión pública de manera virginal, antes son elaboradas desde una perspectiva ideológica que busca un rendimiento doble tanto de beneficio empresarial como de rédito político. La sacrosanta objetividad tiene miles de factores que adulteran su esencia hasta transformarse en información útil para ser consumida.

Sin duda que es buena la pluralidad en los medios de comunicación, si bien cabría preguntarse quiénes la conforman en nuestras sociedades capitalistas de Occidente. Un somero repaso de los dueños nos indica que en los consejos de administración de los principales mass media no se sientan ni las ideas de izquierda (salvo excepciones en webs digitales emergentes hace casi nada), ni los sindicatos, ni las asociaciones civiles críticas con el sistema o simplemente reivindicativas, ni las minorías de cualquier signo o condición. En suma, ni la clase trabajadora ni la clase media marcan la pauta o inciden expresamente en la línea editorial de los medios de comunicación más importantes del “mundo libre”.

Es la clase alta, corporativa y transnacional la que ofrece su visión de los hechos y crea la realidad que merece ser considerada como noticiable. A ello hay que agregar que los profesionales de los medios son asalariados de las empresas de comunicación, es decir, están sujetos a relaciones laborales como un albañil o una operadora de telemarketing: si no obedecen órdenes, su empleo puede irse al garete. Hay multitud de ejemplos al respecto. De ello rezuma que la autocensura es un formidable agente interno para atenuar su independencia formal como periodista.

Existe pluralidad de cabeceras. Resulta más que evidente. Pero no hay pluralidad real de opiniones ni de líneas editoriales dispares ni está representada la inmensa mayoría de la gente, que pertenece a la clase trabajadora: todo es puro negocio y guerra comercial entre emporios rivales y juego político de los más señeros intereses del capital internacional.

En breves palabras: la independencia es un velo ideológico y multicolor para construir consenso de masas alrededor del orden establecido.

Respecto al vocablo liberal sucede algo parecido. Liberal y libertad se aman con arrumacos superficiales igual que un matrimonio de conveniencia, esto es, sobreviven como pueden de ese primer impulso erótico que les puso en contacto. O sea, viven de las rentas.

Para edulcorar las ideas regresivas de las opciones de derechas más rancias y casposas, los políticos profesionales suelen acomodarse en el liberalismo con el propósito de elevar su categoría ideológica. Oiga que yo soy liberal, de esta manera se envuelven en un halo mítico prácticamente a prueba de razones y argumentos más que sólidos y coherentes. Cualquier hecho nocivo o de índole cuestionable o negativa que les tenga como protagonistas estelares cede ante la magia primitiva del liberalismo. Así, en general y a lo bruto.

Nadie se para a pensar qué significa ser eso de liberal. Políticamente hablando podría traducirse como tolerante con las opiniones o actitudes ajenas, dialogante y empático con las posturas no coincidentes con la propia, elegante en las maneras personales y respetuoso en el trato privado. Otra cosa sería sumergirse en sus acepciones de carácter económico: libre mercado sin restricciones a la mano anónima que distribuye recursos de forma arbitraria, nada de Estado ni de políticas sociales, todo privatizado, cero público (salvo la socialización de las pérdidas).

En cualquier caso, las profundidades del liberalismo nada importan en el uso como tal de la palabra liberal. Es lo que evoca en el inconsciente colectivo lo único que pretenden: suena bien, dispara emociones irracionales de libertad, huele a consumismo sin trabas. De ese sentimiento a flor de piel se valen las derechas montaraces y recalcitrantes para salvar sus desmanes políticos y salir indemnes de sus tropelías y corrupciones venales y sistémicas.

En esta lid de requiebros semánticos tampoco le falta afición a las izquierdas nominales y parlamentarias. Cuando son acusadas por sus pares del espectro derechista de poner demasiado énfasis en políticas o ideas, aun por tímidas que se manifiesten, de impacto social o público (inversiones estatales o coberturas para favorecer la cohesión y vertebración social en educación, sanidad o en materia laboral), esa mala conciencia de izquierdas quiere quitarse todo vestigio de radical, comunista o socialista tapándose las vergüenzas con la seda de, oiga, espere, yo soy tanto o más liberal que usted. Y aquí se acaba la polémica. Todos y todas liberales. ¿Hay algo más bonito que ser liberal?

Mucho cuidado con la independencia de la prensa y con el liberalismo de los profesionales del ruedo político. Viven de comprar gatos y venderlos por liebres. A buen catador, sobran las especias.

18 de noviembre de 2014

La pobreza aumenta y los ricos se preparan para la guerra

Armando B. Ginés
 
El Universo se expande a mayor velocidad cuanto más alejadas están entre sí las galaxias. La metáfora propuesta por el astrónomo Stephen Hawking del globo hinchado nos muestra muy gráficamente tal teoría.

La globalidad neoliberal de transformar en mercancía todos los bienes y servicios ha supuesto en la práctica que las desigualdades sociales aumenten progresivamente entre ricos y pobres y también entre los miembros de las denominadas clases medias.

Los datos del Índice de Desarrollo Humano (IDH) 2014 de la ONU son más que elocuentes:

  • Las 85 personas más acaudaladas del mundo ganan 400.000 euros por minuto y tienen tanto como los 3.500 millones de personas más pobres.

  • En España, la fortuna de las 20 personas más ricas equivale a los ingresos de las 14 millones de personas más pobres del país.

Y la tendencia es a que la brecha vaya en aumento en los próximos años. Esa es la cruda realidad del neoliberalismo capitalista a escala global.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el número de desempleados en el mundo supera la cifra de 200 millones de trabajadores. Para 2018, la ONU estima que esta cantidad llegue a los 215 millones de parados.

 
Resulta evidente que las proyecciones oficiales auguran un mundo peor y más desigual todavía. Eso sí, se sigue exigiendo por parte del Banco Mundial, la OCDE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) un énfasis más pronunciado en políticas de recortes en salarios y prestaciones públicas que son las que provocan precisamente mayor paro, más bolsas de pobreza y extrema desigualdad en todos los países.

De los datos expuestos cabría suponer en buena lógica que los esfuerzos de los gobiernos tuvieran que ir encaminados a invertir en educación, sanidad y programas específicos laborales y sociales para intentar detener o paliar esta gravísima situación de deterioro generalizado. Pero no, las preferencias van por otros derroteros: incrementar el gasto militar bajo el eufemismo de seguridad nacional y defensa.

El Instituto IDS no deja lugar a dudas acerca de las prioridades de los gobiernos de los principales países del concierto internacional. EE.UU. copa el 40 por ciento de los gastos militares con un presupuesto de 745.000 millones de dólares para 2014, unos 2.300 dólares per cápita. El diminuto país Emirato Árabes Unidos lidera esta clasificación con 3.400 dólares por ciudadano; Israel se coloca tercero en el ránking bélico con 2.200 dólares por cabeza.

En conjunto, la OTAN acapara el 62 por ciento de la inversión militar mundial con 1 billón de dólares de presupuesto. España, según el estudio de IDS, figura en la 18 posición con 14.100 millones de dólares de gasto en el capítulo genérico de Defensa.

La estadística, de nuevo, avala la tesis de que los mercados, las clases propietarias y los dirigentes políticos tradicionales quieren afrontar la prolongada crisis b¡en pertrechados (de armas) contra los previsibles conflictos sociales que se avecinan en el futuro. Su opción es mantener a raya a los descontentos y a los pobres hasta que el temporal amaine.

La actual crisis del Ébola en África está dejando una imagen meridianamente clara de las distintas soluciones que implementan los países ricos, EE.UU., y otros, como Cuba, para abordar una emergencia humanitaria sistémica del capitalismo global. Mientras el gobierno estadounidense ha mandado 3.000 militares para controlar a las poblaciones más afectadas por el letal virus, Cuba ha enviado en varios contingentes unos 500 cooperantes sanitarios para ayudar in situ en labores médicas que intenten frenar la expansión del Ébola. Huelgan comentarios al respecto.

¿Continuará la expansión del neoliberalismo a la misma velocidad actual o surgirán movimientos sociales y políticos que le hagan frente con coherencia y eficacia? ¿Es el populismo de izquierdas una solución auténtica? Tiempo de graves preguntas que solicita reflexiones de urgencia.


Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

30 de enero de 2014

Control político y miedo capitalista

Armando B. Ginés
 
El miedo es consustancial al ser humano. Nos mantiene alerta para no caer en la indolencia y la apatía extrema. Tener miedo puede salvarnos la vida, al hacernos detectar peligros latentes o inmediatos, lo que provoca y activa respuestas contrarias a la causa que nos atemoriza, aflige o amenaza. Cuando salta la alarma, todo el organismo se pone a trabajar para resolver el conflicto existencial de la mejor manera posible. Otra cosa es que ese miedo sea inducido por el sistema social con el fin de ejercer poder y control sobre cada sujeto individual. Es lo que sucede ahora en las sociedades de consumo neoliberales, a los miedos innatos o naturales se agregan los miedos creados por la estructura de dominación económica. Estos miedos de segundo grado, elaborados por la ideología capitalista, tienen consecuencias muy graves a escala particular y colectiva, entrando de lleno en la esfera de la política común.

Valiéndonos de la psicología clásica, podemos señalar que las estrategias de defensa anti-miedo son cuatro: escapar ante el peligro inminente, oponer resistencia y luchar, quedarnos inmóviles hasta que pase el vendaval o bien someternos a las furias desatadas del destino de modo incondicional. Elegir una u otra opción depende de las circunstancias íntimas y ambientales, de la adaptación al entorno y de la postura crítica de cada individuo. El efecto contagio y de mimesis colectiva juega un papel destacado en la toma de decisión política, aunque lo más urgente y relevante sea mantener la vida propia. Traduzcamos vida propia por no perder el empleo o el estatus, la capacidad imperiosa de adquirir bienes de primera necesidad, de la presión de los círculos de convivencia más próximos y de la dignidad o autoestima privada. Son factores complicados de sopesar con exactitud, concretos pero difíciles de mensurar. Sobre ellos actúa la ideología hegemónica del régimen capitalista, cultura, idiosincrasia histórica, leyes y tradiciones locales, para dirigir a la masa por caminos y decisiones acordes con los intereses de la elite o castas dominantes.

Ese miedo es más palpable desde el advenimiento de la crisis que hoy todavía padecemos. La globalidad pretende la sumisión incondicional de la ciudadanía mundial en su totalidad, empresa casi imposible de conseguir solo con la sugestión ideológica y la seducción publicitaria. Sin embargo, el control es bastante efectivo. Para las ovejas que se descarrían están las cárceles, la porra policial, la patada militar o el ostracismo social de la indigencia. Son soluciones expeditivas de último recurso. En sociedades debidamente formateadas es menos costoso y violento ejercer el control sibilino de las conductas cotidianas mediante la extensión del miedo social.

Antes citábamos las estrategias psicológicas para superar o aliviar el miedo. Entremos a diseccionarlas brevemente por separado.

La huida a la carrera, metafóricamente hablando sin excesivas formalidades conceptuales, es la salida que adoptan los suicidas, los que esperan a que amaine el temporal escondidos en zulos alejados del conflicto social y los que jamás se detienen a pensar críticamente por sí mismos y relacionarse de igual a igual con el otro. Al otro lado de la huida está dispuesto un sorteo mefistofélico: el precipicio abismal o el éxtasis paradisíaco, el infierno o el cielo, la mala conciencia o la muerte sentimental. Huir significa eludir la solidaridad con el otro, con la familia, con tu clase social. Volver a empezar después lanzarse a la escapada solitaria tiene costes muy elevados, llevar el estigma de la indignidad hasta la misma muerte, la que hemos evitado por puro azar inefable.

Enfrentarse al tsunami que se nos viene encima requiere coraje, equilibrio mental y dominio de sí mismo. Puede ser también que nos hallemos, por exceso de confianza, ante una temeridad absoluta por no haber analizado correctamente los pros y los contras del evento en cuestión. En ese caso, estaríamos ante un perfil heroico más allá de lo humano, en una dimensión mítica de la existencia, un aquí y ahora totalizador jugado a cara o cruz. Morir y vivir en un solo acto, que asimismo podría interpretarse en ocasiones puntuales como un salto al vacío o huida encubierta con recompensa en la eternidad, actitud típica de fundamentalistas dogmáticos entregados al sino inescrutable de algún credo esotérico o religioso. Luchar contra el peligro, la realidad que habitamos, no obstante lo dicho, representa mayoritariamente una actitud valiente y mesurada, una postura que busca y nos vincula al semejante para constituir una fuerza más poderosa que tenga éxito contra el peligro que acecha. Es la posición más emblemática de los revolucionarios, los trabajadores con conciencia de clase y de gentes rebeldes que no adoptan por obligación impuesta al orden establecido. Una variante negativa de esta tipología política son las masas alienadas que se adhieren a los cantos de sirena del fascismo o del entretenimiento estéril del espectáculo capitalista.

Quedarse parados o hacerse el muerto para que los rayos no reparen en nosotros es tanto como apostar a la ruleta rusa o a la veleidosa fortuna. Puede suceder que el miedo atenace e impida el movimiento, otras veces será por iniciativa personal con el propósito de pasar desapercibidos en medio de la tormenta mientras el pánico empuja al resto a salir en estampida. Se trata de un nicho psicológico de caracteres egoístas a ultranza o de marginados sin futuro de largo recorrido vencidos irremisiblemente por la desdicha personal, en cualquiera de los dos amplios supuestos de individuos desconectados de la convivencia social bien por pertenecer a las clases pudientes o los despojados de la mínima condición humana por los avatares de la estructura capital-trabajo.

El cuarto factor al que aludíamos en párrafos precedentes se refería a la estrategia, inteligente sin duda alguna aunque con efectos secundarios que pueden dejar secuelas de por vida, de aceptar la sumisión al statu quo y colaborar con el régimen de explotación capitalista. Antes de aceptar la esclavitud o rendición absoluta a las normas legales y los estereotipos culturales, hay que hacer violencia de las ideas propias y abjurar de planteamientos políticos contractuales o negociados, en definitiva, renunciar a la libertad de ser uno mismo. En sentido diametralmente contrario, podría argüirse que el sometimiento no siempre es real porque el sujeto utiliza la sumisión de forma ficticia, a la espera de tiempos mejores para quitarse el traje provisional de masoquista y saltar al ruedo político en igualdad de condiciones que sus antagonistas del complejo ideológico y económico que le oprime. Así es, la sumisión tiene dos caras, una asumida e interiorizada en actos y pensamientos y otra táctica, de nadar y guardar la ropa para alcanzar un porvenir más favorable para la lucha a plena luz.

El miedo inducido, como hemos visto a grandes rasgos, está directamente relacionado con la estructura capitalista. El capitalismo produce miedo en forma de ideología, imposiciones irracionales y prohibiciones legales. De esta manera, ejerce un poder invisible en la gente común. El miedo es la sustancia intangible más eficaz para crear mayorías silenciosas que solo buscan sobrevivir a toda costa y que la existencia pase sin sobresaltos extraordinarios, mayoría silenciosa nunca irreversible pero de textura no demasiado moldeable ni abierta a aventuras democráticas radicales, a no ser que sean movilizadas a través de emociones y pasiones fáciles de digerir conducidas por iconos mediáticos reconocibles al instante.

En mayor o menor medida, casi todos participamos a la vez de todas las estrategias relatadas, si bien casi siempre hay alguna más preponderante en función de nuestras circunstancias personales. Combatir el miedo escénico de manera colectiva es ir directamente a desactivar las causas profundas que provocan las injusticias de la globalidad. Tener miedo no es de cobardes, sí lo es en cambio hacer del miedo capitalista nuestro único hogar posible. Desde que nacemos estamos modificando los alrededores internos y nuestro propio entorno, forma parte de nuestra esencia constitutiva. Si nos dejamos llevar por el capitalismo, el sistema es el que nos transformará a nosotros en simple mercancía en provecho ajeno, monigotes en manos de un destino sin futuro ni libertad. La mayoría silenciosa que calla y otorga ante los desmanes del neoliberalismo no es más que la cristalización de algunas estrategias ensayadas de modo innato por el ser humano para combatir el miedo psicológico artificial inducido por el capitalismo: huidas irresponsables, quietud insolidaria y sumisión visceral al orden establecido. Que el miedo cambie de bando y mire a las alturas no es asunto fácil ni baladí. Entablar diálogo sincero y sin tapujos con el otro puede ser el primer paso a dar, tal vez el principio de una gran amistad como en la famosa frase de Rick-Humphrey Bogart al inspector Renault-Claude Rains en la legendaria película Casablanca. Miedos íntimos compartidos abren espacios a la esperanza colectiva.

 
http://www.diario-octubre.com/2014/01/28/control-politico-y-miedo-capitalista/