"La derecha es tan bruta que ni siquiera puede encontrarle buen protagonista a su telenovela del 'hombre fuerte'”
Ustedes probablemente estaban muy chicos y no se acuerdan, pero el fujimorismo pasó años tratando de demostrar que Fujimori y Montesinos eran enemigos, que no tenían nada que ver, que el asesor traicionó la confianza del buen presidente, quien por supuesto no sabía ni nunca supo nada de lo que se hizo en la salita del Servicio de Inteligencia Nacional. Que el hombre abusó de la confianza, como un inquilino conchudo que al cabo de diez años ya no sabes cómo botar de tu casa. Y ahí veías a la hija, primera dama adolescente, declarando a la prensa que nunca le inspiró confianza el asesor, su tío, que ella le dijo a su papá que se alejara de él. Y ahí estaba el padre, justo después del primer vladivideo —que empezó a sacar la podredumbre a la luz— dirigiendo frente a cámaras un montaje barato en que él perseguía a Montesinos en Chosica.
Todo era muy falso y la gente se reía. Pero los fujimoristas derrotados entendían que aferrarse a la versión de la rivalidad era su única forma de sobrevivir y, quién sabe, algún día, volver a nacer.
En otras palabras: la reorganización de los remanentes anaranjados, luego de la fuga y la renuncia por fax de su líder (renuncia por fax que sí existió y está documentada), tuvo como pilar dejar bien clara esa separación. Fujimori fue engañado; peor, Vladimiro Montesinos había llevado al sencillo profesor universitario, al rector austero, al estadista hecho a sí mismo, por el mal camino.
Lo hacían porque ante el Perú era tan contundente la condición criminal de Montesinos que había que zafarse, o al menos intentarlo.
Hoy queda claro que solo estaban fingiendo por la mordaza impuesta por la censura “caviar”, que no los dejaba ser ellos mismos, hablar sin pelos en la lengua, salir del clóset fascista. Ahora todo es distinto, se respiran otros aires. Ahora, luego de aglutinar el poder suficiente para que sus desvaríos históricos se conviertan en verdad oficial, para desactivar el LUM y volver a colocar la firma del criminal en la Constitución (luego de que el Perú la quitara, por vergüenza), esos señores salen a decir que necesitamos “un Montesinos”, muy sueltos de huesos (y de fosas comunes).
Son individuos como Diego Acuña —actor y productor en el bodrio Árida Maldición del 2012—, quien apareció en su programa diciendo que necesitamos un Montesinos porque con él se acabaría el Tren de Aragua; el exasesor —o alguien como él— sabría cómo hacer las cosas: capturaría a los secuestradores en secreto, los subiría a un avión y los aventaría desde allá (un tipo de ejecución, por cierto, que han practicado los narcotraficantes y Augusto Pinochet).
Al verlo me quedé pensando. Los conservadores en el Perú solían decir que la memoria histórica sobre el conflicto armado era muy blanda con los terroristas y se centraba únicamente en resaltar los crímenes del ejército y la policía. Que en espacios como el LUM se hablaba poco sobre la crueldad de Sendero y el MRTA, y mucho de la vileza de los soldados. Eso era una tremenda mentira: en los espacios que tuvo la memoria histórica hubo siempre una preocupación explícita de exponer a la subversión como inmoral, criminal, responsable del conflicto y gran culpable del baño de sangre. Nadie se ha salido de ese libreto. No existe una sola película que haga apología del terrorismo, ninguna obra que tan siquiera insinúe la inocencia de los subversivos ni avale sus intenciones.
Los conservadores, pues, mienten. Pero ahora que lo pienso, ojalá tuvieran razón. Ojalá esos espacios se hubieran dedicado más a denunciar el terrorismo de Estado, mucho más. Hubiera sido mejor. Porque la memoria sobre la subversión tiene consenso: casi todos en el Perú condenamos más o menos por igual los actos terroristas y su enorme daño. Los atentados subversivos son recordados por la televisión y la radio con vigor. Es la verdad sobre los crímenes y masacres de los uniformados la que sigue permaneciendo oculta, la que tendría que haber salido a la luz. No en una película ni en dos. En veinte. En cincuenta. Y si no es una película, una muestra artística, documentales, cómics. Financiadas por el Estado. O por Usaid (ni modo). Debería haber muchas más.
De ese modo, no habría imbéciles llamando a votar por Montesinos o reivindicando su figura. Montesinos es un criminal que lleva 25 años preso por corrupción, ocupación ilegal de cargo, malversación, soborno, matanzas. Y el exasesor no solo era eso que los extremistas de derecha perdonan fácilmente (con sonrisita): un asesino sin piedad. Era también un conspirador profesional. Un hombre con la habilidad de tejer una red tan fina que las cabezas de todos los poderes respondían ante él. Ese fue su gran talento. En cambio, su participación en la “inteligencia” para derrotar a Sendero fue menor y marginal. De la captura de Abimael ni se enteró; en la liberación de los rehenes de la residencia japonesa, se lo vinculó con las ejecuciones extrajudiciales (que ensuciaron una operación afortunada).
No, ese hombre no acabaría con el Tren de Aragua. Ese hombre recibiría dinero del Tren de Aragua, y en el mejor de los casos pactaría con ellos que no haya asesinatos demasiado visibles. Para que hagan lo suyo discretamente; de todos modos, no nos enteraríamos porque la prensa estaría comprada, y los directores extorsionados y amenazados (ni me imagino lo que podría hacer Montesinos con nuestra información en tiempos de nubes de datos).
Montesinos sistematizó el desfalco del Estado y se dedicó al tráfico de armas. Pensar que la mente criminal más grande de la historia peruana, un hombre que vendió secretos militares nacionales, es una idea que demuestra que la derecha es tan bruta que ni siquiera puede encontrarle buen protagonista a su telenovela del “hombre fuerte”.
La memoria histórica no solo sirve para saber verdades sobre la moral de hombres que tuvieron poder político. También para saber qué cosas no funcionaron (aunque te digan que funcionaron).
Ocurre con Montesinos. Ocurre también con el Grupo Colina. Un montón de señores afines al fujimorismo están dispuestos a hacer que estos fantasmas del pasado encarnen, en el imaginario, el proyecto de la “mano dura” de hoy. La falsificación es tan grande que acaba de aparecer una serie llamada, justamente, Grupo Colina. En la ficción, son justicieros renegados que deciden usar sus propios métodos en un país en que los jueces y fiscales están del lado de los delincuentes. En la vida real, el Grupo Colina fue responsable de masacres como Pativilca, La Cantuta y Barrios Altos (donde murió un menor de ocho años). Fue sangre en vano: nada de eso contribuyó a la derrota de Sendero Luminoso. No alaban a asesinos. Alaban a losers.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 732 año 16, del 09/05/2025

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