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9 de abril de 2025

No es la primera vez

Pedro Francke

"No es la primera vez que imperialismos desatados traen atroces guerras al mundo"

Por casi ocho décadas, la idea de los derechos humanos y de la democracia prevaleció en occidente. Se acabó y es muy malo y triste. No es que esos principios se hayan respetado siempre y que no haya habido horrores e hipocresías, pero hoy predomina el cinismo, en especial de quienes se erigieron en las potencias que promovían esos principios.

Hoy Trump, diciendo que los inmigrantes son “enemigos extranjeros”, viola la Constitución y las leyes de los Estados Unidos, no les hace caso a mandatos de jueces mientras agentes de seguridad del Estado sin identificación, sin mandato legal y sin razón alguna detienen a personas y las llevan a lugares donde pasan semanas detenidos. Un grupo por el solo hecho de llevar tatuajes ha sido enviado a una cárcel en El Salvador, varios sin vinculación alguna con bandas ilegales y sin ninguna prueba o proceso judicial. Por otro lado, ataca agresivamente la libre expresión. En las universidades norteamericanas hoy no se puede discutir sobre las atrocidades de Israel en Gaza. A los museos que puedan tener presentaciones que recuerden el racismo y genocidios del pasado, por ejemplo contra los propios indígenas nativos norteamericanos, los han dejado sin fondos. Trump cuenta en esto con el apoyo de sus megabillonarios aliados. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, es también dueño del “Washington Post” y ya ha establecido una política de censura en ese periódico emblemático. Sin importarle la democracia ni los derechos humanos, Trump está ahora del lado de Putin. El derecho a la salud le importa un carajo y sin asco recorta fondos de tal manera que varios millones de personas en el mundo morirán de sida por esta razón.

En Europa, aunque hay un fuerte movimiento antiinmigración y xenófobo, negador de derechos humanos, que ha permeado muchos gobiernos, no se ha llegado a los extremos de Trump. Pero la mayoría y los principales países europeos siguen respaldando el espantoso genocidio en Gaza. El gobierno israelí de Netanyahu sigue ahí matando por cientos a niños, niñas y civiles en general. Confieso que aparto la vista y paso esas fotos y videos de niños muertos, quemados o destrozados: me desagarran demasiado. La Corte Penal Internacional ya ha establecido que se trata de crímenes de guerra, que no sólo se violan derechos humanos sino incluso las reglas básicas acordadas por la humanidad para situaciones de guerra, como respetar a los médicos que ayudan a los heridos.

EL PASADO QUE QUEDÓ ATRÁS

En 1948, tras la Segunda Guerra Mundial, bajo el dominio de occidente y en especial de Estados Unidos, se aprobó la Convención Universal de los Derechos Humanos. El genocidio nazi contra judíos, gitanos, comunistas, homosexuales y personas con discapacidad junto a cientos de miles de mujeres violadas por soldados rusos, americanos y otros clamaban por un cambio. El hecho de que apenas habían pasado dos décadas de la Primera Guerra obligó a la reflexión, había que parar las causas básicas de la guerra planteando algunos principios básicos que valieran para todas las personas: los derechos humanos. Luego siguieron décadas de luchas anticolonialistas. La idea de que cada pueblo fuera artífice de su propio destino avanzó y llegaron las independencias políticas de grandes países como India, Indonesia, Filipinas, Nigeria, Vietnam y muchos otros.

Hemos regresado ahora a un momento de mayores agresiones colonialistas. Israel invade Gaza y parte de Líbano y de Siria. Putin invade Ucrania. Trump insiste en que Estados Unidos se apropie de Groenlandia, habla de anexar Canadá, ya está logrando botar a los chinos de Panamá y quisiera hacer lo mismo en Chancay, ya lo dijo clarito su enviado especial para América Latina Mauricio Claver-Carone. Para imponer sus políticas violenta la legalidad internacional y los tratados firmados entre países para llevar la fiesta en paz y saber todos a qué atenerse, caso de la OMC y el tratado comercial que él mismo firmó con México y Canadá hace apenas seis años, o el Acuerdo de París sobre cambio climático.

EL RECUERDO DE 1936-1938

Me hace recordar un periodo vivido noventa años atrás. En 1936 España fue víctima de un golpe de Estado por parte de algunos generales. La aviación y el ejército encabezados por Francisco Franco atacaron a la República, iniciando una guerra civil. Los siguientes años, Franco recibió aviones, bombas y armas de la Alemania nazi y miles de soldados del fascismo italiano. Aviones alemanes e italianos, bajo órdenes de Hitler y Mussolini, bombardearon muchas ciudades para doblegar la resistencia, siendo Guernica el caso más conocido, pueblo vasco que quedó destrozado con cientos de muertos. Mientras tanto, las democracias occidentales le dieron la espalda a la democracia española, incluso negándose a venderle armas aunque fueran pagadas en oro. En 1938 Hitler avanzó en sus planes expansionistas tomando por la fuerza una parte de Checoeslovaquia, los llamados “Sudetes”. El entonces primer ministro inglés Chamberlain aceptó la invasión y firmó un pacto con Hitler que este desconocería meses después capturando toda Checoeslovaquia. Chamberlain siguió aceptando. Unos meses después Hitler invadió Polonia y se desató la Segunda Guerra Mundial, con el saldo de millones de muertos y atrocidades sin fin.

No es la primera vez en la historia que varios países occidentales dejan de ser democracias, no es la primera vez que democracias occidentales se inclinan ante el autoritarismo y las dictaduras, no es la primera vez que imperialismos desatados traen atroces guerras al mundo. Ni yo ni ninguno de quienes me leen vivimos esa historia, pero ojalá que podamos aprender algo de esa experiencia. Los derechos humanos, la democracia y una paz basada en el respeto a la autodeterminación de los pueblos no deben abandonarse. Una vez más debemos decirles a las dictaduras y a los imperialistas: ¡No pasarán!

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 727 año 15, del 04/04/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

10 de enero de 2025

El imperialismo estaba vivo

César Hildebr​andt

"¡El mundo no es un lugar para los débiles! ¡El mundo es un banquete y siempre hay hambre!"

Donald Trump quiere el Canal de Panamá, Canadá entera como estado adjunto, Groenlandia helada y al peso. También quiere que el Golfo de México se llame (premonitoriamente) Golfo de Estados Unidos, que los chinos dejen de competir como lo hacen –es decir, desde el capitalismo (de Estado) más impío– y que la Unión Europea pague lo que debe por tantos años de alianza atlántica.

Tantos años hablando de valores democráticos y globalismo liberal para que, al fin, alguien nos diga en la cara pelada que la política exterior de los yanquis consiste en codiciar lo ajeno, robar lo que se pueda y amenazar al mundo con una pistola al cinto, la cara de Harry el Sucio y la ética de Capone.

Trump es Estados Unidos en pelotas: la vieja voracidad de un país que autoriza la expansión asesina de Israel porque le recuerda la de sus ancestros. Que les pregunten a los mexicanos con memoria cómo era eso. Que se lo pregunten a los indios que John Wayne mataría otra vez en el ecran. El inminente presidente de los Estados Unidos nos hace, en el fondo, un gran favor: nos recuerda que el imperialismo norteamericano está de vuelta y que un gorila sin escrúpulos ha decidido desenfundar y traerse abajo el teatrín precario en el que la política yanqui intentaba, con la complicidad de una Europa acompañante, continuar la comedia.

Pobre Clinton, que hizo tanto por disimular a quiénes servía, y pobre Obama, que de puro acomplejado no llegó a ser oveja negra. Y pobre Carter, que fue el que más se acercó a los linderos de la civilización, y pobrísimo Kennedy, inventor de la fábula panamericana que mi generación estuvo a punto de tragarse. Y más pobre todavía el ahora sí difunto Franklin Delano Roosevelt, que fue el único presidente norteamericano del siglo XX en advertir qué sería de los Estados Unidos si a la plutocracia no se le ensillaba y si el Estado no dirimía a veces con cierto sesgo popular.

Algún consejero quizá le ha recordado al gorila hoy repuesto en la presidencia que Thomas Jefferson, en 1803, le compró Luisiana a Napoleón Bonaparte por 15 millones de dólares. Ese territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados es el que ocupan 11 estados actuales de los Estados Unidos y costó 7 dólares por hectárea. O quizá algún compañero de juerga le haya hablado de aquellos bellos tiempos cuando a México le arrebataron, a punta de guerra, lo que hoy son California, Nevada, Utah, Texas y Nuevo México (más la mayor parte de los actuales territorios de Arizona y Colorado y fragmentos de las áreas que cubren Wyoming, Kansas y Oklahoma).

Trump debe haber salivado con esas memorias de la patria grande e insaciable. Y, además, ¿no es cierto que Alaska también les salió regalada cuando se la compraron al quebrado zar Alejandro II? ¿Y la Florida hispánica, vendida como ganga en 1819? ¿No fue que Islas San Juan salieron gratis? ¿Y no fue sencillo invadir y anexarse Hawái entre 1893 y 1898? ¿No fue una delicia lo de Puerto Rico? Para no hablar de Guam, de Islas Vírgenes, de Samoa, o de las Marianas del Norte. ¡El mundo no es un lugar para los débiles! ¡El mundo es un banquete y siempre hay hambre!

Donald Trump es el neandertal que viene en busca de la venganza y será presidente de la primera potencia militar de un mundo a la deriva marcado por varias decadencias. En primer lugar, el orden mundial surgido en 1945, y erosionado por crímenes como el que perpetra Israel desde 1948 o como aquellos surgidos de las llamadas democracias populares de Europa oriental, se ha terminado de hundir. En segundo lugar, el concepto mismo de democracia ha perecido en medio de la crisis de la representación, la corrupción y la hegemonía de las corporaciones. En tercer lugar, valores como la convivencia y el respeto han dejado de funcionar aun en escalas internacionales. El resultado es que hoy la desigualdad extrema se considera un dato de la naturaleza y esperpentos como Milei pueden encumbrarse como abogados de las leyes vigentes en el Serengueti.

Vivimos el crepúsculo de una cultura de las apariencias y el embrutecimiento masivo. Trump es el embajador cabal de un mundo en ruinas. No importa cuánta inteligencia artificial le metamos a la pesadilla que vivimos, con cuántos artilugios consolemos nuestra soledad de nuevos lobos, qué otras trampas nos ofrezcan para seguir remando hacia la tempestad final.

Trump es lo que hemos hecho, lo que hemos tolerado, lo que brotó de las élites podridas y de las masas domadas por los mensajeros de la unanimidad.

Maldiciendo a los militares sublevados en la España de 1936, Pablo Neruda habló de “cenagales aguas” y “ríos de gargajo”. Es como si Sanjurjo, Mola y Franco se hubieran adueñado del mundo.

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Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 715 año 15, del 10/012/2025