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23 de agosto de 2025

Bolivia: ​La crisis del MAS y lo que vendrá: ¿20 años no es nada?

Aram Aharonian

El Movimiento al Socialismo (MAS) enfrenta su mayor crisis en dos décadas, marcado por la fragmentación interna y acusaciones de corrupción, que salieron virulentamente a la intemperie justo antes de las elecciones presidenciales, donde sus diferentes candidatos fueron holgadamente derrotados por los candidatos de derecha y ultraderecha.

Mientras Bolivia celebraba la semana pasada el bicentenario de su independencia, el ambiente en las calles y en el campo distaba mucho de ser festivo. El hundimiento de uno de los programas progresistas más radicales de cuantos surgieron en los primeros años de este siglo en América Latina debe ser motivo de reflexión y de autocrítica no solo para el progresismo boliviano, sino para fuerzas democráticas de América Latina.

El colapso del MAS obedece a múltiples factores y su análisis tomará tiempo, pero no es de ninguna manera sorpresivo. Llevaba años alejándose de las bases sociales que lo llevaron al poder,  mientras la crisis económica erosionaba su propuesta y la derecha intentaba –vía destabilización económica e incluso golpes y tentativas de golpe de Estado- recuperar el poder.

Si bien la descomposición interna del MAS era inocultable en noviembre de 2019, cuando, Evo Morales pretendía reelegirse por cuarta ocasión, se desencadenó un violento golpe de Estado –respaldado por la Organización de Estados Americanos–, que instauró un régimen de facto, interrumpió durante tres años las políticas masistas y dislocó la mayor parte de los logros económicos, políticos y sociales conseguidos en los años anteriores.

Cuando el MAS recuperó la presidencia, en los comicios de 2020, con Luis Arce Catacora al frente, era ya una fuerza política carcomida por los disensos internos, las pugnas por el poder y el agotamiento de su programa y el cansancio de sus bases ante el egoísmo ¿o egocentrismo? de sus dirigentes.

Para los analistas, el colapso interno del MAS plantea preguntas acuciantes sobre el futuro de los movimientos indígenas dentro del Estado plurinacional boliviano. El 41 % de la población boliviana es indígena, la segunda más alta de América Latina, con una historia de 500 años de marginación y opresión racial. Morales, que gobernó entre 2005 y 2019, fue el primer presidente indígena de Bolivia, y el MAS se constituyó históricamente en torno a movimientos indígenas y campesinos.

Lo evidente es que el éxito del MAS, y a la vez su mayor error, fue centrar todo un proyecto político en torno a una sola figura: Evo Morales, lo que significó el debilitamiento y desarticulación del movimiento indígena , pero también abrió la desperdiciada oportunidad de repensar un proyecto político indígena al margen de la tutela partidista y caudillista.

El resultado de las elecciones últimas es una tragedia para el futuro del movimiento popular en general y del indígena en particular. En los años de esplendor del gobierno masista –con Evo presidente y Arce ministro de Economía- el programa popular consiguió reactivar la economía con tasas promedio de 5 por ciento, disminuyó la pobreza extrema de 36.7 a 16.8 por ciento de la población.Asimismo, reivindicó con firmeza la soberanía nacional y concretó muchos e importantes avances en materia de derechos.

El declive del MAS no se puede entender sin reconocer la desconexión entre los movimientos sociales y sus propias bases», explica Roger Adán Chambi, abogado e investigador aimara. «El movimiento social dejó de ser un movimiento y se convirtió en un brazo más del poder, a menudo cegado por el clientelismo y el reparto de cargos».

Durante los últimos dos años, las bases del MAS se vieron envueltas en amargas y prolongadas divisiones entre las facciones «evista» y «arcista». La primera apoya a Morales y la segunda al actual presidente, Luis Arce, a quien Morales nombró como su sucesor.

La disputa llevó a un estancamiento político, con los representantes evistas bloqueando la legislación del Gobierno de Arce relacionada con el gasto financiero, lo que agravó el panorama económico.

Evo Morales anunció el lunes que respeta los resultados electorales, pero destacó la candidatura de Edman Lara y le atribuyó la victoria electoral del PDC, por sobre la figura de Rodrigo Paz. “Soy muy sincero: no es que Rodrigo Paz ha ganado. Yo diría, ha ganado el capitán Lara”, indicó. Lara es un expolicía, estrella de TikTok y fue el  candidato a vicepresidente de Paz.

En el período previo a las elecciones, los partidarios de Evo emprendieron una serie de bloqueos, principalmente en su bastión de la tropical Cochabamba, que impidieron la circulación de vehículos y alimentos en todo el país. Morales no podía presentarse a las elecciones porque carecer de un partido oficial bajo el cual presentarse y porque se lo prohíben los límites constitucionales que impiden la reelección indefinida.

Los enfrentamientos por los bloqueos culminaron en junio con un violento enfrentamiento en la localidad de Llallagua, un estratégico centro minero urbano con conexiones con la zona cocalera del Chapare y con los ayllus (comunidades indígenas) del Norte de Potosí. Tres policías y un campesino murieron en los enfrentamientos cuando los bloqueadores evistas protestaban por el rechazo a la candidatura de Morales definido por la autoridad electoral.

 En medio de una creciente reacción pública contra los impopulares bloqueos, la decisión de Arce de enviar unidades especiales de la policía para sofocar las protestas marcó un punto de inflexión.

Dada la disminución de sus reservas de gas y petróleo, Bolivia importa la mayor parte de su combustible y subvenciona su costo, pero gracias a las restricciones fiscales ya no puede hacerle frente al pago de la deuda y a las subvenciones. Bolivia destinó más de 3000 millones de dólares a subvenciones al gas el año pasado. Su deuda externa se situaba en 13 300 millones de dólares a finales de 2024, con unas reservas de divisas en un mínimo histórico.

La falta de dólares se debe a la fuerte caída de las exportaciones de hidrocarburos, cuyos beneficios constituían la base del programa económico redistributivo del MAS durante las dos últimas décadas. El tipo de cambio informal del dólar ronda ahora los quince bolivianos, más del doble del tipo oficial de 6,97.

El proceso electoral puso de manifiesto dos problemas subyacentes. Una, la desarticulación del movimiento popular, que perdió su capacidad histórica para marcar la agenda política e incorporar sus reivindicaciones al debate electoral público, algo que la desintegración del MAS no hizo más que agravar al fragmentar aún más sus bases.

Por otro lado, ante una crisis económica creciente, la única solución que surge es la exacerbación de un capitalismo extractivo centrado en el litio, la exploración de nuevos hidrocarburos y, sobre todo, la profundización del modelo agroindustrial y minero.

A partir de 2026, y dependiendo del resultado de la segunda vuelta a realizarse en octubre, el gobierno estará en manos del centroderechista Rodrigo Paz, beneficiario de la pérdida de apoyo popular al MAS, o del neoliberal Jorge Quiroga, abanderado opositor a las políticas sociales y de inclusión del periodo masista.

No es de descartar que estos exponentes de la oligarquía boliviana adopten una política persecutoria y represiva en contra de los sectores populares.

Con la derecha (o ultraderecha) en el poder, la reestructuración económica parece inevitable. Los préstamos del FMI y del Banco Mundial podrían implicar duras medidas económicas que traerían recuerdos de los brutales años de ajuste neoliberal de la década de 1980.

La eliminación de los subsidios a los combustibles y los alimentos, de los que dependen los más pobres de Bolivia, probablemente desencadenaría un nuevo ciclo de agitación social. Sean cuales sean los resultados de las elecciones, está claro que la era dorada del MAS terminó en una amarga discordia y que el Estado plurinacional se enfrenta a un futuro sombrío.

Nada bueno se puede esperar de Tuto Quiroga, representante de los intereses del capital estadounidense y de las élites tradicionales de Bolivia, quien ya ocupó la presidencia durante un año, de 2000 a 2001, y fue vicepresidente de 1997 a 2001 en el gobierno del exdictador Hugo Banzer.

Sus propuestas incluyen recortes del gasto para reducir el déficit fiscal y planes para estabilizar el tipo de cambio del dólar, financiados por un programa de rescate internacional de 12.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

Casi 20 años atrás, el domingo 18 de diciembre de 2005, una misión de la Organización de Estados Americanos (OEA) presidida por el exmandatario colombiano Andrés Pastrana, intentó imponer el imaginario de un triunfo del derechista Jorge Quiroga sobre el líder indígena Evo Morales, en base a cómputos paralelos realizados por la ONG venezolana Súmate, presidida por María Corina Machado. La maniobra fue  neutralizada por la veeduría de la misión del Observatorio en Comunicación y Democracia.

La incógnita está en boca de todos: ¿Por quién votarán los masistas en la segunda vuelta? Paz espera que sea por él, pero…

Aram Aharonian. Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

30 de octubre de 2020

Los grandes perdedores (y los ganadores) de las elecciones en Bolivia


Cecilia González

El Imperio no pudo perpetrar el fraude ante la aplastante mayoría del MAS.

El pueblo boliviano, al final, no estaba cansado del Movimiento al Socialismo, como muchos nos quisieron hacer creer durante un año.

Las elecciones de ayer confirmaron que el MAS es una fuerza política sólida y duradera que logró imponerse en el poder otra vez a fuerza de votos. Que es, sobre todo, el partido con mayor respaldo popular en un país que tuvo que padecer una dictadura que fue apoyada por organismos internacionales, gobiernos, políticos, intelectuales y medios de comunicación a los que no les importó avalar un golpe de Estado. Hoy, son los grandes perdedores.

«No volverán», le vaticinaban al derrocado presidente Evo Morales, al candidato presidencial Luis Arce, al candidato a vicepresidente David Choquehuanca, y  a todo el MAS. En realidad, era solo una expresión de deseo porque, al igual que pasó con los peronistas en Argentina, el «Masismo» volvió y ganó en primera vuelta.

Así lo anticipan los resultados de dos sondeos a boca de urna que se dieron a conocer en la madrugada de una jornada electoral que fue contrastante. Durante el día, la gente votó en paz, en tranquilidad. Pero apenas cerraron las casillas comenzó la incertidumbre por el inexplicable retraso de los resultados oficiales.

Las horas de tensión se acumularon. Millones de bolivianos y parte de la comunidad internacional esperaban en vilo alguna tendencia, algún dato. Pasada la medianoche, la empresa Ciesmori por fin fue autorizada a publicar los resultados del boca de urna que ya tenía desde hacía horas. Y anunció que Arce se imponía con el 52,4 % de los votos, frente al 31,5 % de Carlos Mesa. Ni siquiera habría necesidad de ballotage. Al poco rato, la plataforma ‘Tu voto cuenta’ confirmó las tendencias con datos similares: 53 % para el MAS y 30,8 % para Comunidad Ciudadana.

Los datos son tan categóricos que ni siquiera la presidenta de facto Jeanine Áñez se animó a contradecirlos. Hasta salió a reconocer muy rápido la victoria de Arce. El resultado representa una derrota para esta política de ultraderecha que el 12 de noviembre del año pasado se autoproclamó como presidenta interina. «Gracias a Dios, la Biblia vuelve a Palacio», celebró entonces, rodeada de militares.

Desde entonces, Áñez hizo de todo para evitar el regreso del MAS. Era su obsesión. A través de discursos de odio, persiguió y reprimió a sus líderes, militantes y simpatizantes; se postuló a la Presidencia con la esperanza de permanecer en el poder, pero tuvo que renunciar ante el nulo apoyo popular a su candidatura; postergó lo más posible las elecciones e impulsó una unidad opositora al «Masismo» que jamás prosperó.

Ahora, acompañada de su Biblia, tendrá que salir de una casa de Gobierno que de nuevo, como dicta la Constitución, será ocupada por un presidente democráticamente electo en un estado laico. Pero todavía tendrá que rendir cuentas por las masacres de Sacaba y Senkata en las que, ya bajo su gobierno, fueron asesinadas 22 personas. Las víctimas merecen justicia.

Otros perdedores

A pesar de que los datos oficiales avanzan con lentitud, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, ya avaló la victoria del MAS. Hasta felicitó a Arce y a Choquehuanca en un mensaje que le valió inmediatas respuestas de repudio.

La reacción era predecible dado el decisivo y deplorable papel que la OEA jugó en la crisis que estalló el año pasado y que sumió a Bolivia en una dictadura. Su animadversión contra Morales fue evidente. Acusó un fraude que no pudo probar y la validez de sus informes fueron puestos en duda por estudios independientes.

Almagro llegó al extremo de recibir en Washington a Luis Fernando Camacho, uno de los principales impulsores de la violenta destitución de Morales, y de reconocer «su compromiso con la democracia boliviana». Su supuesta imparcialidad era inexistente.

En Bolivia, el principal derrotado es Carlos Mesa, el periodista y expresidente considerado «centrista», ya que no adhería a las posiciones de extrema derecha de la mayoría de los enemigos más radicalizados del MAS. Mesa  aspiraba a sumar los votos necesarios para disputar una segunda vuelta contra Arce en la que, confiaba, se convertiría en presidente. No pudo ser.

Otro es Salvador Romero, presidente del Tribunal Supremo Electoral, quien había prometido tendencias y datos rápidos, pero horas antes de la apertura de las urnas anunció la suspensión del nuevo sistema de Difusión de Resultados Preliminares. Al final, el retraso en el conteo de votos se prolongó tanto que minó la confianza y credibilidad en el organismo.

En el plano internacional, el relato que justificó el golpe en Bolivia con el pretexto de que el expresidente había cometido un fraude (que nunca se demostró) también fue amparado y difundido por influyentes medios regionales que apostaron y anticiparon una derrota de Arce que no ocurrió, que aseguraron que la izquierda boliviana estaba terminada, que la sociedad no la quería de vuelta. Otra vez, el gran problema de confundir deseos con análisis de la realidad.

Todavía en vísperas de las elecciones vaticinaban el fracaso del MAS. Hoy, se esfuerzan en minimizar o distorsionar la información sobre los resultados electorales.

Algo similar les pasó a los gobiernos de la región que ni se inmutaron ante el socavamiento de la democracia boliviana, en particular el brasileño Jair Bolsonaro, que celebró la caída del MAS y se convirtió en el mejor amigo de la presidenta de facto, y el argentino Mauricio Macri, que en la recta final de su gestión minimizó el peligro que entraña cualquier dictadura. Jamás condenaron siquiera las violaciones a los derechos humanos que se documentaron en Bolivia.

Los ganadores

La elección representa el regreso victorioso del MAS, una fuerza política que ha ganado todos los comicios desde 2005. Posiciona a Arce como el nuevo jefe de Estado que deberá reencauzar al país luego de un año de dictadura, en medio de la crisis por la pandemia y con una polarización política latente. Habrá que esperar los resultados finales para conocer la reconfiguración del Congreso.

Los resultados implican, también, la reivindicación de Evo Morales, el presidente que durante sus 13 años de gobierno logró los mayores avances sociales y económicos de la historia de Bolivia, el que quiso permanecer en el poder y terminó derrocado y refugiado primero en México y luego en Argentina, desde donde coordinó la estrategia de la vuelta del MAS por la vía democrática. El mismo al que se le impidió postularse para el Senado. Su futuro, el papel que desempeñará bajo la presidencia de Arce, todavía es una incógnita.

A nivel regional, Andrés Manuel López Obrador y Alberto Fernández, la dupla progresista latinoamericana que ha forjado una inédita alianza, ganan por haber condenado desde el principio la dictadura en Bolivia, por haber recibido y apoyado a Morales. El presidente argentino ahora estará menos solo en una Sudamérica copada por gobiernos de derecha o ultraderecha y la siempre cuestionada Venezuela.

Pero el verdadero y más importante ganador de este histórico episodio es el pueblo boliviano, que por fin recupera una democracia que jamás debió haber sido interrumpida.

Cecilia González. Periodista y escritora mexicana

26 de octubre de 2020

El MAS derrotó al neoliberalismo en Bolivia


Hedelberto López Blanch

La rotunda victoria electoral obtenida por el Movimiento al Socialismo (MAS) ha representado un golpe contundente a las fuerzas de la derecha nacional y regional que habían impuesto una dictadura neoliberal, y a la par demostró el irrestricto apoyo que le profesa el pueblo boliviano al primer presidente indígena de su historia, Evo Morales Aima.

El triunfo obtenido por el MAS en los comicios efectuados este 18 de octubre, han echado por tierra todas las artimañas realizadas por las fuerzas reaccionarias que el 10 de noviembre de 2019 dieron un sangriento golpe de Estado contra Evo, tras éste haber ganado esas elecciones con más del 10 % sobre su más cercano rival.  

En aquella ocasión, la formula Evo Morales-Álvaro García Linera alcanzó el 46,86 % de los votos, mientras que su oponente, el derechista Carlos Mesa, obtuvo 36,73 %.

No obstante, la derecha desconoció los resultados y la Organización de Estados Americanos (OEA) con su funesto secretario general al frente, Luís Almagro, y el infausto Grupo de Lima, declararon que hubo fraude en las elecciones. Meses después, varias organizaciones internacionales demostraron que Evo obtuvo un limpio triunfo, pero ya el mal estaba hecho.

Después del golpe de Estado, la represión no se hizo esperar y el pueblo fue acosado con saña y violencia por las fuerzas militares y policiales que dejaron un saldo de 40 muertos y numerosos heridos, mientras los principales dirigentes del MAS fueron perseguidos, encarcelados o impulsados al exilio. Todo esto realizado con el beneplácito de la OEA y del gobierno de Estados Unidos.

En esta ocasión, como todas las encuestas daban como posible ganador a Luís Arce, la presidenta de facto Jeanine Áñez y los golpistas pospusieron en tres ocasiones la celebración de los comicios al avizorar que perderían el poder y dejarían de llenar sus bolsillos de dólares lo cual han logrado con el robo de las riquezas del país.

Ahora, la candidatura del MAS, Luís Arce-David Choquehuanca, se alzó con el 53,4 % de los votos, mientras que Carlos Mesa solo obtuvo el 30,5 %.

Durante el año que la derecha mantuvo el poder con un sistema neoliberal, la economía boliviana decreció a 5,4 %; cerca de un millón de ciudadanos ingresaron en el nivel de pobreza; el desempleo se expandió por toda la nación y la pandemia del coronavirus, por la desidia y falta de atención médica, ha provocado la muerte a 8 268 personas y 145 000 contagiados. Bolivia es el tercer país del mundo con mayor número de fallecidos per cápita por la covid 19, con 70 decesos por cada 100 000 personas.

Indiscutiblemente que las hazañas económicas y sociales que  realizó el gobierno de Evo Morales desde enero de 2006 fueron las que han permitido revertir el golpe de Estado y dar el triunfo a la fórmula Arce-Choquehuanca.

Antes de 2006, las características en Bolivia eran la inseguridad política ciudadana con una gran pobreza, falta de educación y de atención a la salud del pueblo, mientras que la economía sufría un saqueo indiscriminado.

En su primer mandato se acordaron medidas para nacionalizar empresas y riquezas productivas, mineras y de servicios, y comenzó la etapa para dejar atrás más de dos siglos de explotación por parte de gobiernos extranjeros y compañías transnacionales con la anuencia de las oligarquías criollas.

Con anterioridad, los principales productos energéticos y empresas públicas creadas por la revolución de 1952 habían sido privatizados o vendidos a precios de remate. Este proceso se acrecentó entre 1985 y 2005 durante los gobiernos neoliberales, (el último presidido por el actual derrotado candidato Carlos Mesa) ya que el Estado dejó de controlar el 70 % de la actividad productiva y su principal industria, Yacimientos Petrolíficos Fiscales Bolivianos (YPFB), recibía regalías de solo 18 % por parte de las transnacionales.

Al nacionalizarse la industria de los hidrocarburos se estableció una política de retención del sector, dividido en 50 % de regalías, 7 % en ganancias recuperables de empresas operadoras de YPFB y pago de impuestos y patentes. De esa forma se aseguró que el Estado Plurinacional y el pueblo obtuvieran ingresos por miles de millones de dólares y a la par se promovió la recuperación de riquezas y recursos como un hecho de justicia social y económica.

Esas medidas propiciaron disminuir la pobreza y dinamizar la economía familiar al aumentar el consumo en los hogares.

Se construyeron en el país 35 hospitales de segundo nivel, 1 061 establecimientos de salud y 18 550 centros para atender a la población. La mayoría de esas instalaciones fueron abandonadas por el gobierno de facto de Jeanine Áñez.

El Producto Interno Bruto (PIB) aumentó anualmente en 4,9 % y pasó de 9 000 millones de dólares en 2005 a 50 500 millones y un equivalente per cápita de 4 000 dólares.

La pobreza extrema se redujo en ese período de 38,2 % a 15,2 % y la pobreza moderada de 60,6 % a 34,6 %, las tasas de disminución más altas del continente. La esperanza de vida pasó de 63,8 años a 73,5 años en 2019.

Bolivia se situó entonces como uno de los países con mayores niveles de asistencia escolar en primaria, declarada por la UNESCO como libre de analfabetismo debido a la ayuda brindada en ese sector por Cuba y Venezuela, y  construyó 16 773 unidades educativas en esos 14 años.

Pese a todas las artimañas de los golpistas, de la OEA y del gobierno estadounidense para tratar de preservar en el poder a las fuerzas de derecha, el pueblo boliviano volvió a dar muestras de su valentía como ocurrió en 2002 cuando con masivas manifestaciones logró sacar del poder al mandatario neoliberal Gonzalo Sánchez de Lozada.

De todas formas, el pueblo y todas las fuerzas democráticas y progresistas del mundo tendrán que seguir atentos para que no vuelva a suceder otro golpe de Estado.

Hedelberto López Blanch. Periodista, escritor e investigador cubano.

22 de octubre de 2020

Bolivia: El retorno de la izquierda


Atilio A. Boron

La resonante victoria del MAS en las elecciones presidenciales bolivianas ratificó la densidad social de la organización política de los pueblos bolivianos.

Los guarismos tomaron por sorpresa inclusive a los analistas más rigurosos: las encuestas realizadas por cuatro de las cinco consultoras más renombradas en Bolivia anticipaban para el binomio del MAS una votación que oscilaba en torno al 45 por ciento de los votos y cerca del 34 por ciento para su más inmediato perseguidor, Carlos Mesa. Es decir, que los votantes del evismo ocultaron su intención de voto a la vez que se sobreestimó la base real de apoyo de Comunidad Ciudadana.

La victoria fue mucho más amplia de lo esperado, tal como lo aseguran las dos consultaras certificadas por el gobierno para realizar los “boca de urna”: CIESMORI y Jubileo. Ambas le asignan a la fórmula Arce-Choquehuanca una proporción que oscila en torno al 52 por ciento de los votos y a Mesa-Pedraza apenas un 31 por ciento. Algunos observadores aventuran que la cifra final se situará en torno al 55 por ciento. A primeras horas de la madrugada un tuit de la dictadora Jeannine Añez decía que “por los datos con los que contamos, el Sr. Arce y el Sr. Choquehuanca han ganado la elección. Felicito a los ganadores y les pido gobernar pensando en Bolivia y en la democracia.” (O sea, gobernar como ella no lo hizo). Al mediodía Carlos Mesa reconoció el triunfo del MAS.

Aún no se publicaron los cómputos oficiales de las 35.000 mesas electorales y sería una inocentada pensar que el enemigo imperialista y sus aliados de la derecha racista se inclinarán respetuosamente ante el veredicto de las urnas. Difícil (pero no imposible) que puedan haber sorpresas o maniobras de último minuto para frustrar la voluntad del pueblo boliviano. Si la diferencia hubiese sido menor, digamos de unos doce o trece puntos, seguramente que los bandidos a la orden de Luis Almagro habrían repetido lo hecho hace apenas un año y robado la elección; pero con una diferencia de veinte puntos o más la maniobra se desbarataría por su intolerable obscenidad. De todos modos, recién el miércoles se darán a conocer las cifras oficiales y entonces sabremos cuál es la siguiente movida de la derecha.

Las elecciones demostraron que el MAS es la única fuerza social existente en toda Bolivia. Carlos Mesa demostró que es un sello electoral, un contubernio de grupos que sólo tenían en común su odio a Evo y lo que éste representa. Y Luis Fernado Camacho es el líder de una importante fuerza social cuyo baluarte es Santa Cruz de la Sierra. Pero fuera de ese departamento –que equivale a un tercio del territorio nacional- su gravitación es muy baja. Construir una derecha con sólidas bases a nivel nacional es una tarea ardua, que en Bolivia, aún con la violencia terrorista de su dictadura, la complicidad de jueces y fiscales, y el apoyo de la cloaca mediática al servicio del imperio demostró ser una misión destinada al fracaso. La profunda crisis política en que se debate Estados Unidos en vísperas de una complicada elección presidencial restó protagonismo a “la embajada” y acotó sus márgenes de acción. Y la derecha local –en Bolivia como en Argentina y en toda Latinoamérica- sin la guía, los dineros y los resortes mediáticos y jurídicos que maneja Washington es poco lo que puede hacer.

Las usinas estratégicas de la derecha tienen un proyecto de alcance mundial (compárese por ejemplo las manifestaciones y consignas de los “anticuarentena” y “antiinfectadura” en los más diversos países) y trabajan para impedir la estabilización de gobiernos progresistas o la inauguración de uno de ese signo político. Claro que la historia es caprichosa y amiga de dar sorpresas. ¿Quién se animaría a desechar la idea de que en ese corazón de Sudamérica que es Bolivia acaba de salir el sol cuyos rayos iluminarán las próximas elecciones en Chile, Brasil, Paraguay, Venezuela y las presidenciales en Ecuador, en febrero del 2021?. Tal vez, sin darnos cuenta, seamos testigos de un giro histórico impensado hasta hace unas pocas semanas.

21 de octubre de 2020

Bolivia: Todo el poder al pueblo


Claudia Korol

El triunfo del pueblo boliviano contra los golpistas y la derecha en las elecciones, la contundencia del resultado y la posibilidad de avanzar hacia la profundización de un proceso de cambios marcado por la descolonización del Estado Plurinacional constituyen hoy un gran aliento para los pueblos de todo el continente.

Todavía no es posible distraernos en festejos, aunque nuestros corazones laten a ritmo frenético. Porque, a pesar de que el resultado reconocido permite que la fórmula encabezada por Luis Arce y David Choquehuanca llegue a la presidencia y vicepresidencia en la primera vuelta, este resultado tendrá que ser defendido de las acciones mafiosas de la derecha, que buscará caminos para desestabilizar e impedir que se desmonte la retórica del fraude con la que se buscó legitimar el golpe de Estado un año atrás.

Tampoco podemos distraernos: sabemos que la derecha fascista, civil, militar y paramilitar, y sus custodios –la embajada yanqui, la OEA, las corporaciones transnacionales que ganaron mucho poder económico y control político con el beneficio del Gobierno golpista– ya están preparando su respuesta criminal.

La fórmula del Movimiento al Socialismo (MAS) fue el camino que el pueblo boliviano eligió para derrotar al golpe de Estado. A pesar de todas las maniobras tendientes a restar votos a los candidatos del pueblo, impidiendo el voto en el exterior, generando miedo con la saturación militar y policial en las calles, intentando manipular el escrutinio eliminando horas antes del mismo la difusión de resultados preliminares, el pueblo impuso su voluntad. La fórmula encabezada por Arce y Choquehuanca obtuvo más del 53,4% de los votos, 22 puntos más que su seguidor, el derechista Carlos Mesa, que logró el 31,5%, y casi 40 puntos más que el golpista fascista Fernando Camacho, que quedó con 14,1%.

En un lugar absurdo quedan la OEA y su portavoz, Luis Almagro, que un año atrás legitimaron la idea de fraude que permitió la destitución de Evo Morales. En un lugar absurdo quedan quienes, desde discursos izquierdistas o feministas, responsabilizaron del golpe de Estado a las víctimas del mismo y no al poder hegemónico del país y del mundo que conspiró para interrumpir el proceso de cambio no por sus debilidades, no por sus extravíos, sino por lo que contenía de amenaza para sus intereses (capitalistas).

Los errores cometidos por el gobierno de Evo serán analizados y balanceados por su pueblo y por las organizaciones que, un año después, regresan al Gobierno. Pero nada justifica el golpe de Estado, la dictadura cívico militar paramilitar y religiosa, las masacres, los crímenes de lesa humanidad, la proscripción política, la persecución y prisión de líderes políticos/as y sociales (especialmente indígenas), el exilio, el cierre de los medios de comunicación comunitarios, la persecución al periodismo que cuestionaba al golpe, la violencia patriarcal y racista contra las mujeres de pollera, la falta de respeto a la wiphala y a los símbolos del Estado Plurinacional.

Ese mismo pueblo será el que ahora construya los caminos para que haya justicia y para que haya memoria. Para que sean juzgados los criminales que produjeron las masacres de Senkata y Sacaba, los responsables de la muerte de Sebastián Moro, periodista argentino asesinado por los fascistas.

Seremos los pueblos quienes seguiremos exigiendo la libertad de Facundo Molares, periodista argentino rehén de la dictadura boliviana en la cárcel de Chonchocoro, y por la libertad de todos los presos y presas políticas. El triunfo del MAS tendrá que ser confirmado con acciones cotidianas que pacifiquen al país a partir de la justicia y no de la impunidad o la desmemoria.

Este resultado alegra, estimula la lucha de todos los pueblos, y también obliga a mirar críticamente el camino de modo que en este nuevo momento, con la fuerza y legitimidad que da el resultado electoral, se pueda profundizar el proceso de cambio, para que no quede atrapado en las lógicas institucionales de las democracias condicionadas por el lobby mundial transnacional y sus gobiernos títeres.

Desmontar la militarización, las fuerzas represivas entrenadas en el fascismo y el racismo, la cultura del miedo internalizada a sangre y fuego, es parte inalienable de la posibilidad de recuperación de una democracia del pueblo y para el pueblo.

El poder popular, feminista, anticolonial, ganó una segunda oportunidad que no puede desperdiciar. El pueblo que resistió en las calles la dictadura, que salió a cortar rutas a pesar de la pandemia frente al aplazamiento de las elecciones, que controló voto a voto cuando se decidió que esa fuera la estrategia de lucha, merece ahora ser la fuente de todo el poder.

La dignidad de los rostros que hoy celebran la derrota política de la dictadura quedará grabada en nuestra historia colectiva. ¡Jallalla las mujeres de pollera! ¡Jallalla el pueblo boliviano! ¡La wiphala se respeta, carajo!!

Claudia Korol. Comunicadora, feminista e integrante del equipo de educación popular Pañuelos en Rebeldía.