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17 de diciembre de 2022

Perú: Todo está en la historia



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Sergio Rodríguez Gelfenstein

La clase política peruana ha sido desde siempre poseedora de una intrínseca doblez que la caracteriza y la modela. La traición están en sus genes desde tiempos inmemoriales.

Ya en la época de la conquista y la colonia se comenzó a verificar la felonía que aún hoy es parte de su cotidianidad.

Francisco de Pizarro, el que traicionó a Atahualpa, a su vez fue burlado por su secuaz Diego de Almagro, el padre, cuyo vástago del mismo nombre, fue vendido a su vez por Cristóbal Vaca de Castro en 1541. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco llegó incluso a rebelarse contra la corona española que lo cobijaba, desarrollando una guerra de 4 años contra sus monarcas.

A comienzos del siglo XIX, tras el desembarco del General José de San Martín en el sur del país en septiembre de 1820, el jefe español, general José de la Serna traicionó al virrey Joaquín de la Pezuela derrocándolo y auto designándose virrey del Perú. El propio San Martín fue intrigado por la clase política limeña que llegó incluso a cometer el abominable asesinato de su lugarteniente Bernardo de Monteagudo.

Tras la retirada de San Martín ante la imposibilidad de concretar la independencia de la provincia por la pérdida del apoyo de los gobiernos que lo sustentaban, en el año 1823, ante las continuas derrotas militares del ejército peruano, un gobierno y un Congreso totalmente desprestigiados por su incapacidad de dar continuidad a las luchas a favor de la independencia, se vieron obligados a llamar a Simón Bolívar para que asumiera la conducción de la guerra. Antes, el ejército se movilizó para derrocar al gobierno en lo que es considerado como el primer golpe de Estado de la historia de ese país. Durante el denominado “Motín de Balconcillo” fue impuesto como nuevo jefe de Estado el coronel José de la Riva Agüero, lo cual no fue aceptado por un sector de la élite que nombró como presidente al marqués de Torre Tagle.

La existencia de dos gobiernos en el país sembrarían las raíces de una inestabilidad política que ha persistido a lo largo de la historia. Riva Agüero se retiró a la ciudad de Trujillo al norte del país donde instaló su gobierno, pero una vez más fue traicionado por sus oficiales. Sólo la llegada de Bolívar al país en septiembre de 1823 y la autorización del Congreso para que gobernara por decreto, pudieron dar la estabilidad mínima necesaria para permitir la organización de las batallas finales en pro de la independencia.

La emancipación definitiva del Perú y de toda América del Sur se concretó en la Batalla de Ayacucho en diciembre de 1824 pero, como dijo el ex presidente Alan García en el video de una conferencia impartida en 2003 a jóvenes militantes de su partido APRA y que ha comenzado a circular por estos días, en Ayacucho el ejército español estaba compuesto en su mayoría por peruanos, mientras que el patriota estaba constituido por soldados rioplatenses, chilenos, colombianos, ecuatorianos, venezolanos y “solo un 20% de peruanos”, la mayoría indígenas y campesinos de la sierra. Los peruanos de Lima y de la costa lucharon a favor de los españoles, dando indicios de que no querían la concreción de la independencia. Las evidencias, dan cuenta de que durante las luchas emancipatorias, la oligarquía y la élite peruana traicionaron primero a San Martín y luego a Bolívar.

Años después, cuando en Lima gobernaba Felipe Salaverry, los generales Agustín Gamarra y Luis de Orbegoso se unieron para derrocarlo. El entonces presidente de Bolivia Andrés de Santa Cruz que ambicionaba crear una confederación peruano-boliviana que reuniera al Alto y al Bajo Perú, pactó con Gamarra con ese objetivo. Pero, a pesar de su común rechazo hacia Salaverry, ambos generales se distanciaron, siendo ahora Orbegoso el que se alió con Santa Cruz mientras que Gamarra concordó con Salaverry para luchar contra ellos.

Solo unos años después, en 1837, cuando Chile invadió la Confederación Perú-Boliviana, exiliados peruanos apoyaron a Chile y lucharon en contra de su país de origen. Así mismo, a mediados de ese siglo, Perú fue objeto de una de las pocas incursiones militares propiciadas por España tras su derrota en América. En 1862, una flota al mando del almirante Luis Hernández Pinzón ocupó territorio bajo soberanía peruana para exigir que el gobierno cumpliera ciertas demandas de ciudadanos españoles que habitaban en el país. El Almirante José Manuel Pareja enviado a sustituir a Hernández Pinzón impuso condiciones humillantes al Perú a cambio de devolver el territorio ocupado lo cual fue aceptado por el gobierno en 1865, a pesar que hubo un sector de la sociedad que se opuso al acuerdo asumido por el régimen.

El único período de gloria del Perú en el siglo XX se vivió durante el gobierno del general Juan Velasco Alvarado que inauguró una etapa de transformaciones profundas de la sociedad y el Estado llevando adelante reformas a favor de los sectores más excluidos y recuperando para el Estado, empresas transnacionales de la minería y la energía que esquilmaban al Perú, llevándose al extranjero la gran riqueza del país. Así mismo, Velasco desarrolló una profunda reforma agraria que se hundió como una daga en el corazón de la tradicional propiedad latifundista, primero en la costa y después en la sierra, instando a los campesinos a no crear pequeñas propiedades agrícolas minifundistas, sino avanzar en la creación de asociaciones comunitarias para trabajar la tierra.

Velasco enfermó gravemente en 1973 y en 1975 fue traicionado por su segundo al mando, el también general Francisco Morales Bermúdez que lo derrocó, comenzando un proceso de regresión de todas las medidas populares tomadas por su antecesor.

…Y así llegamos al pasado reciente y al presente: seis presidentes electos desde el año 1990 que hicieron campaña por un proyecto y gobernaron con otro: Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo. Si a ellos le sumamos los sucesores constitucionales Martín Vizcarra y Manuel Merino, tenemos ocho mandatarios que tras el fin de sus gestiones (algunos finalizadas antes del tiempo reglamentario) han sido investigados por la justicia, en algunos casos juzgados, Toledo detenido y protegido por Estados Unidos, e incluso el caso extremo de Alan García quien prefirió recurrir al suicidio a fin de evitar enfrentar la justicia.

Pedro Castillo ha sido el primero y el único entre todos ellos que emergió de ese Perú profundo, excluido y marginado por siglos, que ha sido objeto primordial de las consecuencias nefastas de la traición de las élites. Nunca lo dejaron gobernar, desde el primer momento el fujimorismo y el establishment limeño se confabularon para hacer inviable su gestión. Nunca pudieron comprobar sus actos de corrupción. Un destacado abogado peruano que dista mucho de ser su adepto me confesó que el más mediocre de sus colegas hubiera podido desmontar cada una de las acusaciones que se le hicieron. Se violentó “legalmente” el estado de derecho sobre la base de una constitución elaborada y aprobada por una dictadura.

Tamaña presión, a la que no estaba acostumbrado ni preparado para enfrentar, lo llevó a cometer errores, el peor de ellos, no confiar en el pueblo ni convocar a una Asamblea Constituyente para que fueran los peruanos en la calle quienes defendieran su derecho a construir un país mejor. Lo cierto es que la tercera solicitud de vacancia no iba a conseguir los 87 votos necesarios para derrocarlo

Visto en perspectiva, fue mucho más honorable la salida de Manuel Zelaya por intentarlo que la de Pedro Castillo por su parálisis. Castillo no midió la correlación de fuerzas e incluso debió haber pensado que el instrumento decisivo para controlar del poder, que son las fuerzas armadas, lo apoyaban. Aunque tal vez, ni le pasó por la cabeza darse cuenta que no era así.

Dina Boluarte, gobernando en absoluta orfandad, ha tenido que ir reculando en sus objetivos. De afirmar que había sido elegida por el pueblo para gobernar hasta 2026, ha tenido que aceptar un adelanto de elecciones para 2024, aunque ya le ha hecho saber a algunos de sus partidarios más cercanos que tal vez esa fecha sea muy lejana. Fuentes amigas en Lima que han consultado a los magistrados de la Junta Nacional de Elecciones me han informado que ellos han comentado que estarán listos para que, sin violar la ley y tras una reforma constitucional, las elecciones puedan realizarse en julio-agosto de 2023.

Boluarte debería aceptar esta posibilidad, proponérsela a la clase política y esperar su respuesta. Los escenarios son dos: que la propuesta sea aceptada, tras lo cual seguramente se desactivarán transitoriamente las manifestaciones y el escalamiento de la violencia, aunque sin solución definitiva porque ella provendrá solo de la realización de una Asamblea Constituyente que cambie las reglas y genere condiciones para la gobernabilidad y la estabilidad política.

Pero, en caso que las élites representadas en el Congreso no acepten el adelanto de elecciones para 2023, se estará echando “gasolina al fuego” y habrá que prepararse para lo peor, incluyendo una guerra civil.

Un diplomático amigo acreditado en el Perú me ha dicho que las manifestaciones, más que apoyo a Castillo, son expresión del hartazgo del pueblo por el desprecio, la humillación, la marginación y el racismo de parte de la oligarquía limeña y el Congreso hacia los sectores humildes de la sociedad, en particular los del interior del país, de la sierra y de la selva.

Boluarte no tiene posibilidades de gobernar, no posee fuerza política o social alguna que la apoye, es una rehén del establishment, de la derecha representada en el Congreso y de las fuerzas armadas. Intentó apaciguar la situación nombrando un gabinete tecnocrático de tercer nivel que no tiene experiencia, capacidad ni manejo político para enfrentar una crisis de las dimensiones del conflicto que vive el Perú. Si las protestas siguen y escalan, el país va a ser militarizado, lo cual conducirá a la “legalización” de la represión sin que sea posible medir las consecuencias que ello tenga

En el plano internacional se ha manifestado la incapacidad de la embajada de Estados Unidos para dar una respuesta a la situación, dándose la paradoja de que no se sabe si su inmovilidad es positiva o no. La declaración de 4 presidentes latinoamericanos solo se puede comprender como una manifestación de voluntades a partir de la obsesiva idea del presidente Gustavo Petro de considerar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) como la sacro santa instancia que solucionará todos los problemas de la región.

Alberto Fernández, por su parte, ha pasado de llamar por teléfono primero y dar su apoyo a Boluarte, para ahora reconocer a Pedro Castillo a través de la declaración de los 4 presidentes. Un verdadero desatino, sobre todo cuando él, como presidente pro tempore de la CELAC debió haber convocado a la institución para buscar un punto de vista común respecto de la crisis peruana, de la misma forma como lo hizo Néstor Kirchner quien como secretario general de Unasur convocó de inmediato a los mandatarios regionales a reunirse el 30 de septiembre de 2010 cuando se intentó dar un golpe de Estado contra el presidente Rafael Correa. Los jefes de Estado de la región acudieron a Buenos Aires esa misma noche ejerciendo una fuerte presión que jugó un papel importante en la resolución del conflicto en Ecuador.

Finalmente, dos actores decisivos de cara al conflicto se encuentras agazapados en medio de sus contradicciones. Esto se manifiesta sobre todo al interior de la iglesia católica en la que obispos “anti francisquistas” y “francisquistas” se debaten en la dicotomía de apoyar al gobierno y a los golpistas del Congreso o ejercer una fuerte presión hacia una solución más profunda y permanente del conflicto.

Por su parte, las fuerzas armadas conservan la tradicional posición golpista y reaccionaria de los últimos 50 años, pero un sector minoritario del ejército, heredero de la tradición velasquista se encuentra agazapado esperando un mejor momento -que no se sabe si se va a producir y cuándo- para ponerse una vez más, como hace 54 años, al lado del pueblo peruano y en defensa de sus intereses.

Twitter:@sergioro0701

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

16 de junio de 2015

FBI, FIFA, deporte y corrupción Muchas preguntas sin respuestas

Sergio Rodríguez Gelfenstein

Lo dijo la fiscal general de Estados Unidos, Loretta E. Lynch, y el FBI lo confirmó: la FIFA es corrupta. Tan pronto como algunos secuaces que habían callado por décadas comenzaran a hablar, se desataran todos los demonios, la noticia hizo las delicias de los medios de comunicación, sobre todo de las grandes cadenas trasnacionales como si ellas no fueran cómplices de todo lo que se había descubierto o estaba por descubrirse. Los periodistas deportivos competían para ver quién sabía más, quien tenía más información del escándalo “más grande en la historia del futbol”.

Después de haberse burlado y tras vilipendiar una y otra vez a Romario, Chilavert y Maradona entre otros, algunos tristes repetidores de falsas verdades, -que además lo hacen por oficio- tuvieron que aceptar que estos habían tenido razón cuando -desde hace años- venían denunciando malos manejos y corrupción en la conducción del futbol mundial.

En primera instancia, cayeron algunos peces menores, mientras Blatter trataba de escabullirse tras una nueva “elección democrática” que lo designaba presidente de la magna institución futbolística mundial por un período más. Algún día, se sabrá cuánto costó cada uno de esos votos que condujo a este nuevo nombramiento de Joseph Blatter el pasado 29 de mayo, pero ese no es el tema más importante ahora. En el contexto, el FBI no estaba dispuesto a cruzarse de brazos, siguieron apareciendo pruebas y la renuncia del presidente de la FIFA fue imposible de evitar. Claro, a pesar de la flagrancia tendrá un tiempo en la dirección de la organización para entregar “cuentas claras” o, para ocultar las oscuras, dependiendo del punto de vista que se quiera ver. En este caso, pareciera que la máxima jurídica que dice que “todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario”, opera al revés: podríamos decir “todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario”.

Mientras tanto, el paso de las horas conducía al surgimiento de algunas interrogantes que comenzaron a flotar en el ambiente cuando las aguas parecían aquietarse. Algunas de ellas: ¿Qué tiene que ver el FBI con un delito que técnicamente se cometió en Suiza? ¿Por qué hubo tanta celeridad en las detenciones iniciales tras un pedido en ese sentido de las autoridades de Estados Unidos? ¿Por qué Estados Unidos esperó hasta horas antes del inicio del Congreso de la FIFA para dar el gran golpe? Estas y otras preguntas dieron paso a una segunda etapa de debates en la que se tenía mucho cuidado de no vincular deporte con política, como si ello fuera posible.

Tal suposición entraña un falso pensamiento que pretende ocultar o, al menos impedir ver, el trasfondo de este escándalo que mancilla el espíritu original del deporte como actividad humana de paz y confraternidad, el espíritu olímpico que proyectó el Barón Pierre de Coubertin, inspirador y creador de la estructura moderna del deporte. Por supuesto, no vale comparación, entre aquel que pretendía competir por amor a un país o a una camiseta, y hoy, cuando el deporte es una industria, un excelente negocio que atrae multitudes, y que ocupa el tiempo de diversión de miles de millones de ciudadanos a lo largo y ancho del planeta, en tanto un pequeño grupo oculto en las sombras obtiene pingües ganancias que se soportan en el esfuerzo, la dedicación, el sudor y la entrega de los atletas y de miles de entrenadores que en comunidades, barrios y escuelas aportan su sabiduría y conocimientos para que los niños y los jóvenes se desarrollen plenamente desde el punto de vista físico y espiritual.

Lo que no se dice es que la FIFA es parte de la podredumbre de un sistema económico que trasforma a los atletas en mercancía. ¿En qué se diferencia un deportista profesional de un carro o un mueble? En nada. Todos ellos son objetos de transacción, se pueden vender, comprar, trasladar sin que nadie les pregunte su aceptación o no. Al contrario, entrevistados después de un cambio, los deportistas suelen decir: “esto es un negocio y debo estar preparado para ello”. Estamos ante un moderno tráfico de personas, esta vez legal. Detrás de la súper estrella que nos muestran como imagen del éxito, hay centenares, miles de jóvenes frustrados, amargados y aniquilados por la vida, por no haber podido llegar. Lo que impera es una lógica de mercado en una economía capitalista en la que la corrupción es parte de ella, es inherente a la misma.

¿Quién puede imaginar que la FIFA es diferente de otras instituciones del sistema? ¿Por qué el FBI y el sistema judicial estadounidense no ordena una investigación del Fondo Monetario Internacional, cuyos últimos tres directores generales, Rodrigo Rato, Dominique Strauss-Kahn y Christine Lagarde han sido investigados por actos de corrupción, pasando incluso por prisión, los dos primeros? ¿Qué paso en 1982 cuando el gobierno de Estados Unidos ordenó la operación Greenback para seguirle la pista al dinero del narcotráfico que fluía por su sistema financiero? El entonces zar anti drogas, jefe de la DEA, George Bush, decidió suspender abruptamente las investigaciones sin dar explicación alguna, seguramente cuando descubrió las poderosas redes del tráfico de estupefacientes que vinculaba a altas personalidades de la política y la sociedad de su país, tal como ha ocurrido más recientemente en Colombia, Afganistán y México, tres poderosos aliados de la potencia norteamericana. O, ¿por qué el FBI no investiga las redes de corrupción y negocios del Vaticano que el propio Papa Francisco ha denunciado y que están documentadas en cientos de miles de páginas de pesquisas realizadas por prestigiados y valientes periodistas de varios países del mundo? Finanzas, droga y manipulación de la fe: tres poderosas armas, que –junto al deporte- soportan la estructura de poder y control del planeta por parte de las grandes trasnacionales.

Alguien podría preguntarse si las fallidas ambiciones estadounidense y británica de organizar los mundiales de 2018 y 2022, que finalmente favorecieron a Rusia y Catar, no están detrás de esta investigación y el momento que se da a conocer el delito. El multi millonario negocio que significa hoy el futbol mundial es claramente ambicionado por velados intereses transnacionales. Nunca nadie se preocupó que Catar, además de intentar organizar el mundial, establece y financia día a día al terrorismo internacional que asesina a miles de inocentes en Siria e Irak, donde por cierto, tiene una relación carnal con la monarquía jordana, uno de cuyos príncipes intenta hacerse con la jefatura de la FIFA. Mucho menos, se menciona que la máxima organización del futbol mundial ha guardado vergonzoso silencio respecto de la violación de derechos laborales y humanos y la muerte diaria de decenas de trabajadores de países pobres contratados casi en condiciones de esclavitud para construir las instalaciones del evento para el año 2022.

Se dice por otro lado, que esta acción, está encaminada a quitarle a Rusia -como parte de las sanciones de Occidente a ese país- la organización del mundial de 2018. Pero, resulta difícil de poner en el mismo plano a dos Estados tan distintos como Rusia y Catar. El problema es mucho más profundo que ese. En cualquier caso, si impidieran que Rusia organizara la próxima magna cita mundial del futbol, el espíritu y la esencia corrupta de la FIFA y de todo el entramado de este deporte profesional en el planeta no habrá cambiado, mientras el deporte se siga estructurando sobre las leyes de la oferta y la demanda y mientras siga produciendo las multimillonarias ganancias que genera.

Al final, todo gira en torno a Estados Unidos: la investigación del FBI se inició tras la información entregada por Chuck Hagel, estadounidense, ex secretario general de la Confederación de América del Norte, América Central y el Caribe de Fútbol (Concacaf) entre 1990 y 2011, miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA entre 1997 y 2013. Ahora, la poderosa cadena de televisión deportiva de ese país ha anunciado que el presidente de la asociación de futbol de Estados Unidos sería un buen candidato para sustituir a Blatter, ¿Será que dejaremos de jugar futbol y nos dedicaremos al soccer?

Finalizo con un recuerdo y una última pregunta. Nunca hablé con el Sr. Esquivel, ex presidente de la Federación Venezolana de Futbol (FVF), ahora preso por supuesta corrupción en Ginebra, sin embargo en el año 2008, coincidí con él en una sala de la vicepresidencia de la República mientras él esperaba para hablar con Jorge Rodríguez quien en ese momento ostentaba tal responsabilidad y había sido encargado por el Comandante Chávez por parte del gobierno para la organización de la Copa América 2008. No tengo ningún elemento para emitir una acusación contra Esquivel, pero la conversación que sostenía con sus adláteres trasuntaba enrevesados elementos de negociación con el gobierno, que apuntaban a un ser repugnante. Al parecer el gobierno de Venezuela y los órganos de investigación judicial del país ya iniciaron una investigación de la FVF. Ojalá se sepa que pasó con los miles de millones de bolívares que se destinaron a ese efecto. Pero, me pregunto que si en ese momento el gobierno venezolano hubiera detectado irregularidades y las hubiera denunciado, ¿Cuál habría sido la reacción de las grandes trasnacionales mediáticas? No tengo la menor duda que habrían salido en defensa de Esquivel y con toda seguridad, Chávez hubiera sido puesto en el pabellón de los sentenciados junto a los hoy reivindicados Romario, Chilavert y Maradona.