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15 de octubre de 2024

No llamemos perdón lo que es genocidio

Marcos Roitman Rosenmann

Los pueblos originarios marcan caminos posibles ante la crisis socioambiental y económica. Tienen voces muy claras —aunque no se los suele escuchar— y lo explican desde hace mucho tiempo: el extractivismo no trae nada bueno para las mayorías populares del Continente. Del Quinto Centenario al Malón de la Paz, del genocidio a recuperar territorios, del Pueblo Mapuche al Zapatismo. 532 años después, son pueblos que construyen futuros.

Mientras España preparaba la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento, (1992) desplegó una cantidad ingente de medios y dinero para apuntalar su propuesta de reconquista. Recuperar un rol protagónico en el continente. Primero, se dio a la tarea de exportar la ideología de la transición política como modelo para negociar una salida a las dictaduras del Cono Sur y, en segundo término, busco proyectar y asentar el desembarco de sus multinacionales Repsol, Iberdrola, Endesa, banco Santander, BBVA, Telefónica e Iberia en América latina. Esta vez, hacer ver a sus socios europeos y en Estados Unidos que España era un buen interlocutor para imponer el Consenso de Washington (1989). PSOE, PP, nacionalistas vascos y catalanes tenían claro su objetivo. No hubo fisuras. España debía recuperar su protagonismo. Para ello contó con la complicidad, si exceptuamos a Cuba, con todos los gobiernos de la región. Su resultado ha sido raquítico, sólo quedan las cumbres iberoamericanas y la Secretaría General Iberoamericana. Un cascarón huero, venido a menos.

Las empresas españolas, sean bancos, tecnológicas, patrocinadoras del capitalismo verde, turismo, complejos hoteleros o de seguridad, consideran a América Latina un espacio natural del cual extraer beneficios y aumentar su cartera de inversiones. Exposiciones, foros y conferencias mostrando los beneficios de la presencia española para el desarrollo de la región, constituyen la cara amable. Bajo cuerda, el apoyo a golpes de Estado, lavado de dinero, destrucción del medio ambiente, venta de armas, repatriación de beneficios y descapitalización. El etnocidio no es el pasado de España, es actualidad de sus empresas. Baste recordar los informes de Naciones Unidas redactados por Rodolfo Stavenhagen. Megaproyectos tales como presas hidroeléctricas, autopistas o expansión de la minería extractivistas vienen precedidos de la expulsión de los pueblos originarios de sus territorios. Los empresarios españoles, apoyados por la corona, cuentan también con el aval de las burguesías cipayas. ¿Tiene sentido pedir perdón en este contexto?

¿Leyenda rosa o leyenda negra? Defensores y detractores sostienen una polémica enquistada en justificar o condenar, para exonerar o culpabilizar a sus ejecutores. El pasado es un continuo presente. Se reinterpreta a la luz de nuevos datos y perspectivas. No se trata de juzgar con valores del siglo XXI acontecimientos del siglo XVI, XVIII o XX, sino comprender cómo se articuló el capitalismo colonial y la dependencia industrial financiera tras la independencia política en América Latina. No pidamos peras al olmo. Los conquistadores fueron a conquistar y a colonizar. Poco o nada les interesaban las poblaciones existentes, salvo como mano de obra y proyectar su dominio cultural. Podemos edulcorar los hechos, pero ello no cambia el significado de la conquista. Sostener como argumento que no hay imperio que no haya cometido genocidio, es vulgar. Consuelo de muchos, mal de tontos. Pero vayamos al fondo. En este debate, un invitado de piedra, una voz ausente: los pueblos originarios. Su voz no puede ser suplantada o ninguneada, y hasta hoy lo han sido. Son 500 años de lucha y resistencia. Su visión no está en sintonía con la historia construida por la sociedad blanca-mestiza, anclada en la idea de progreso y la sempiterna concepción de una superioridad étnica racial que habilita a los invasores a cometer genocidio.

El perdón es un acto de constricción, más religioso que político. Sin autonomía ni reconocimiento de sus territorios, de sus leyes consuetudinarias, es un brindis al sol. Hoy, los estados-nación siguen el mismo camino que el imperio español. Los pueblos originarios son doblemente explotados como campesinos e indios. Les quitan sus tierras, asesinan a sus dirigentes, envían al ejército para reprimirlos, les niegan sus derechos ancestrales, les roban sus conocimientos, encarcelan a sus líderes, violan a sus mujeres hasta su exterminio. Solo que el genocidio y el etnocidio toman la forma de colonialismo interno. Véase Pablo González Casanova o Frantz Fanon.

Para el imperio español, mucho que celebrar, dice su eslogan este 12 de octubre, y para las repúblicas independientes continuismo, negándose a parar el exterminio. La historia es un campo en disputa. Los hechos brutos deben someterse a un proceso de construcción, dotarlos de sentido. Pedir perdón en pasado y no ver el presente es legitimar una forma de dominación, un sistema político. Desde Alaska hasta la Patagonia se están produciendo los mismos procesos de expoliación de los recursos, expropiación de las tierras a sus legítimos dueños, los pueblos originarios. Esa es la realidad. Más allá de la polémica entre los gobiernos de España y México, lo que subyace es una visión paternalista de la historia. Como dato, mientras participaba en un debate sobre el V centenario, escuché a Leopoldo Zea afirmar que la colonización de España era legítima, en forma y contenido. Su argumento: los territorios de América Latina no tenían dueño. Así se justificó la dominación imperial. Y me pregunto: ¿si los territorios no tenían dueño, qué eran los pueblos originarios? No llamemos perdón lo que sigue siendo genocidio y colonialismo interno.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2024/10/12/opinion/010a1pol

14 de octubre de 2024

12 de octubre: el futuro es indígena

Darío Aranda

Los pueblos originarios marcan caminos posibles ante la crisis socioambiental y económica. Tienen voces muy claras —aunque no se los suele escuchar— y lo explican desde hace mucho tiempo: el extractivismo no trae nada bueno para las mayorías populares del Continente. Del Quinto Centenario al Malón de la Paz, del genocidio a recuperar territorios, del Pueblo Mapuche al Zapatismo. 532 años después, son pueblos que construyen futuros.

Fueron los primeros en sufrir un genocidio.

Tenían formas de gobierno desde mucho antes de que existiera la democracia griega.

Fueron (y son) los primeros ambientalistas.

Y, en estos lados del mundo, son de los pocos que plantean futuros distintos: construyen autonomías territoriales, sin someterse a burocracias partidarias ni extractivismos que arrasan la naturaleza.

Ante otro 12 de octubre, llamado durante mucho tiempo «Día de la raza» o del «descubrimiento», a 532 años de la llegada de Colón, los pueblos indígenas marcan una agenda cargada de presente y futuro.

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«En Argentina no hay indígenas», enseñaban en los colegios en la década del 90. «El país más europeo de América Latina», una frase aún común del pensar clasemediero. Y, muy de moda en los últimos años: «Los Mapuches son chilenos». Son solo una muestra de esa mezcla de ignorancia y racismo local.

Según el último Censo Nacional, en Argentina se contabilizan 1,3 millones de personas que se identifican como parte de los pueblos indígenas. Todas las organizaciones indígenas afirman que la cifra real es mucho mayor.

En Argentina viven 38 pueblos indígenas. Que son preexistes al Estado argentino. La propia Constitución Nacional lo reconoce: «Se reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos (…) Se debe reconocer la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano (…) Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten».

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La foto actual de la situación de los pueblos indígenas es más que preocupante. El Poder Judicial acaba de condenar por «usurpación» a dos comunidades mapuches en Río Negro (Quemquemtrew y Lafken Winkul Mapu). Los gobiernos provinciales avanzan junto a las mineras de litio. Y el gobierno nacional tomó medidas que desconocen los derechos indígenas, al mismo tiempo que desfinancia el cuidado de los bosques nativos.

Wayra Quique González es kolla, vive en Jujuy y es un activo luchador por los derechos indígenas. A modo de muestra, al momento del llamado telefónico se encontraba en una protesta frente a un congreso empresarial de litio. «Estamos ante una verdadera casta ‘económica’ fusionada con la auténtica casta política que veta leyes en contra de nuestros abuelos, abuelas y de la educación pública. Como hace más de 500 años, los ll’unkus (aduladores) de estos tiempos siguen siendo funcionales, serviles a los imperios hoy neo-colonizadores que vienen a perpetuar su voraz dominio y destrucción en nuestros territorios», contextualiza.

Como sucedió con los gobiernos anteriores, no es novedad que los funcionarios pretenden los territorios indígenas, como fue en la llamada Campaña del Desierto (que no era un desierto). El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) es una muestra más. Como hace un siglo atrás, ansían los territorios para introducirlos al mercado capitalista: al extractivismo minero, petrolero, del agronegocio, forestal (entre otros).

La foto es esa. Pero la película también incluye:

Pueblos que renacen, se reorganizan, enfrentan la discriminación y gritan «somos, estamos vivos». Muestra de eso, a fines de la década del ’90 el Estado argentino reconocía a solo 16 pueblos indígenas en el hoy territorial nacional. Producto de la lucha de las comunidades originarias, hoy en día el Estado Nacional reconoce la preexistencia de 38 pueblos indígenas y al menos 1600 comunidades. Un paradigma, aún en proceso de reconocimiento, es el Pueblo Nivaclé de Formosa.
A diferencia de décadas atrás, los pueblos indígenas son activos sujetos políticos, en lucha, visibles, protagonistas. Un punto de quiebre, continental, fue 1994, en el denominado Quinto Centenario y la consigna «nada que festejar».
El Pueblo Mapuche recuperó más de 230.000 hectáreas en las últimas décadas. Cuando el poder político mira para otro lado, y cuando jueces y fiscales no aplican la ley, comunidades indígenas han tomado acciones directas para recuperar territorios que estaban en manos de grandes terratenientes. La comunidad Santa Rosa Leleque, frente a la multinacional Benetton, es un caso emblemático.
De forma similar, el Pueblo Mbya (Misiones), Atacama (Catamarca) y Kolla (Jujuy) son referencias en la defensa del territorio frente a forestales y mineras.
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La historia de los pueblos originarios la escriben los propios indígenas, con su puño o con su testimonio, y siempre poniendo el cuerpo. Sin miradas idílicas, con contradicciones y hasta detractores, un breve (e incompleto) repaso de nombres que han ayudado a entender la lucha indígena en Argentina: Israel Alegre, Chaco Liempe, Argentina Paz Quiroga, Román Guitián, Guillermina Guanco, Noolé Palomo, María Piciñan, Mauro Millán, Jorge Nahuel, Jorgelina Duarte, Angel Cayupil, Verónica Chávez, Marcos Pastrana, Clemente Flores, Juan Chico, Mariela Alancay, Orlando Carriqueo, Enrique González, Pety Piciñam, Santiago Ramos, Daniel Morales y don Patricio Huichulef.

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Los pueblos indígenas y los campesinos son los mayores cuidadores de la biodiversidad del planeta. Hasta Naciones Unidas reconoció que los pueblos originarios son imprescindibles para proteger lo que queda de naturaleza y contrarrestar el cambio climático.

Y, en el mundo del revés, los pueblos indígenas son de los más perseguidos y asesinados por enfrentarse a las actividades extractivas. El último informe de la ONG Global Witness señala que América Latina es una de las zonas más peligrosas para los defensores de los territorios (allí se producen el 85 por ciento de los asesinatos). Y, entre ellos, los pueblos indígenas son las principales víctimas.

Argentina también cuenta con víctimas fatales: Javier Chocobar, Roberto López, Mario López, Miguel Galván, Florentín Díaz, Rafael Nahuel y Elías Garay Cañicol, entre otros nombres de una larga lista.

Cuando asesinaron por la espalda al joven mapuche Rafael Nahuel (noviembre de 2017), en medio de una avanzada represiva que había incluido la desaparición y muerte de Santiago Maldonado, el mensaje esperanzador provino de otro joven mapuche, Lefxaru Nawel: «Estamos con mucha bronca, con impotencia y dolor, pero vamos a seguir adelante. Nuestro pueblo sobrevivió a dos genocidios, el de Roca y el de la última dictadura militar. Vamos a seguir adelante».

El histórico Malón de la Paz de 2023, donde cientos de hombres y mujeres indígenas viajaron desde Jujuy a la ciudad de Buenos Aires, es una muestra la decisión de las comunidades por exigir el cumplimiento de derechos y el protagonismo en la defensa del territorio. «Tienen que entender estos señores, de gobiernos y empresas, que tenemos derechos, que nosotros vivimos en ese territorio y, entiendan por favor, que el agua vale más que el litio. Por eso, vamos a seguir firmes con nuestra decisión: ¡Fuera las mineras!», explicó Mariela Alancay, de la comunidad indígena de Aguas Blancas (en las Salinas Grandes —espacio codiciado por las empresas mineras—), es su primera vez que pisaba la ciudad de Buenos Aires.

Wayra González, del Pueblo Kolla de Abra Pampa, aporta una mirada de futuro: «Desde lo profundo de nuestra Pacha se va gestando algo nuevo, sosteniendo la luz y el calor de nuestros fueguitos de nuestro abuelo fuego. En estos días por Jujuy se percibe la rebeldía de nuestras ancestras que se materializa en las hermanas, nuestras warmikunas (mujeres) que van tejiendo y haciendo realidad el cambio definitivo de un mundo más humano».

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El 1 de enero se cumplieron treinta años del levantamiento zapatista, una revolución nacida, gestada y llevada a cabo por comunidades indígenas de México.

El último comunicado, de inicios de octubre, le dedica sus palabras a hombres y mujeres puntuales: «En los distintos rincones del mundo hay personas que dicen ‘no’ cuando la mayoría asiente con resignado desinterés, personas que levantan la frente cuando la mayoría la inclina, que caminan para encontrar cuando la mayoría se sienta a esperar, que luchan cuando la mayoría se rinde».

«Esas personas. Tan pequeñas. Tan distintas. Tan diferentes. Tan minoritarias. Tan necesarias. Esas personas ahí están. Aunque no sean nombradas, aunque la mirada del Poder no las tome en cuenta, aunque no las escuchen arriba, aunque no aparezcan en encuestas y estadísticas. Esas personas… Para ellas nuestro corazón, nuestra palabra buscándolas, nuestro abrazo común a pesar de geografías y calendarios. Para ellas, y con ellas, la fiesta de los encuentros».

Muchas de esas personas son —como los zapatistas— indígenas.

Fuente: https://agenciatierraviva.com.ar/12-de-octubre-el-futuro-es-indigena/

https://www.leerydifundir.com/2024/10/12-octubre-futuro-indigena/

11 de octubre de 2024

12 de octubre: Indios americanos, ¿conquistados o «liberados»?

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda

Los cronistas de Indias entre los siglos XVI y XVIII describieron múltiples hechos, procesos y manifestaciones de las sociedades coloniales de la región que hoy llamamos América Latina y el Caribe (ALC), conquistadas y sometidas ante todo por las monarquías de España y Portugal. Son fundamentales los cronistas del siglo XVI que dan cuenta directa de los horrores cometidos por los conquistadores, que utilizaron a numerosos pueblos aborígenes para lograr la derrota de los imperios Azteca e Inca (el imperio Maya ya no existía como tal en esos momentos históricos) y enseguida proseguir a someter a todos, es decir, incluyendo a quienes habían sido sus inmediatos “aliados”. España organizó la administración de estas tierras como “provincias” de una sola entidad política con el Rey a la cabeza, pero en los hechos fueron colonias enclavadas en la época del mercantilismo europeo que significó para ALC la consolidación de las primeras bases estructurales del subdesarrollo y la explotación humana, que tuvieron como contraparte la acumulación originaria que benefició al nacimiento del capitalismo en Europa.

Los principales cronistas siempre han servido para que los historiadores comprendan el impacto que tuvo la conquista y el coloniaje en ALC y varios son ampliamente conocidos (https://t.ly/yYuSs) como el diario de Cristóbal Colón o los textos de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Cieza de León, Agustín de Zárate e incluso del Inca Garcilaso de la Vega o de fray Bartolomé de las Casas. Pero hoy conocemos textos antes inéditos, pues habría que sumar los que dejaron cronistas indígenas como Felipe Guamán Poma de Ayala (1534–1615) y su excepcional Primer nueva corónica y buen gobierno, desconocido hasta 1907, cuando lo descubrió en la Biblioteca Real de Dinamarca el investigador Richard Pietschmann y que renovó los conocimientos sobre el imperio Inca y las condiciones creadas por la conquista y el coloniaje. Habría que sumar las obras relativas a la “visión de los vencidos”, que han realizado historiadores como el prestigioso Miguel León Portilla (1926-2019) en México.

Además, con motivo del V Centenario del “Encuentro de Dos Mundos”, como se bautizó a los actos en recuerdo del “descubrimiento” de América por Colón el 12 de octubre de 1492, en España se publicó una colección de 50 volúmenes sobre los cronistas de indias, que luego reprodujo, en parte, una editorial de Monterrey en México (https://t.ly/GgYtA). Los libros de los cronistas conocidos o de los nuevos no pertenecen a “agentes” ingleses o franceses, sino, casi en su totalidad, a “súbditos” de la corona española de la época. En lo relativo a la conquista y la colonia todos coinciden en describir los crímenes que se cometieron y la destrucción definitiva de las grandes civilizaciones americanas como fueron las de Incas y Aztecas, así como el brutal sometimiento de los pueblos aborígenes en todo el continente. No hay “leyenda negra” sino realidades históricas.

Sobre la época colonial latinoamericana existen centenares de estudios y miles de artículos. En cada país de la región hay historiadores que han puesto al descubierto lo que ocurrió. De modo que las independencias, encabezadas por numerosos criollos que también tuvieron el apoyo de las otras capas sociales, incluyendo indígenas, fueron procesos vitales para ALC, pues condujeron a la ruptura con el coloniaje y al nacimiento de los Estados nacionales. En medio de los procesos independentistas se infiltraron los intereses de las nuevas potencias capitalistas, como Francia e Inglaterra, sin duda interesadas en romper con el monopolio español y en abrir los mercados y recursos latinoamericanos a sus intereses comerciales y a sus empresas privadas en ascenso capitalista. Desde entonces, hasta nuestros días, ALC enfrenta nuevos intervencionismos, injerencias, expansionismos e imperialismos. Nuestros Estados nacionales tienen una larga historia en la búsqueda del desarrollo económico con bienestar social, al que se oponen no solo fuerzas externas, sino, sobre todo, las élites propietarias internas, incapaces de generar ese progreso.

Desde luego que España impuso en ALC una nueva economía, sociedad, cultura, lengua, que vincularon la historia de la región al mundo occidental, con enormes progresos. Pero ese lado de la medalla tiene el otro, que afectó especialmente a los indios americanos, que pasaron a un total sometimiento con exclusión legalizada (por ejemplo, en educación), incluso porque las Leyes de Indias y otras disposiciones eran “acatadas, pero no cumplidas” por las autoridades, los terratenientes y los beneficiarios de mitas, encomiendas, reducciones, tributos. Solo en el imperio incásico, una población calculada en unos 10 millones de habitantes se redujo a menos de 1 millón a fines del siglo XVI, por la conquista, la explotación laboral y sobre todo las enfermedades. No hubo conquistadores “libertadores”.

Pero con desconocimiento y desprecio de la historia latinoamericana se ha extendido la visión de los “hispanistas”, que toma actualidad a propósito del impase entre México y España. Con una arrogancia neocolonial, Alejandro Nolasco, portavoz del grupo parlamentario de VOX en las Cortes de Aragón, tildó a la presidenta Claudia Sheinbaum de “absoluta analfabeta” y “absoluta ignorante«, asegurando que los españoles «jamás vamos a pedir perdón» y «mucho menos por hacer las cosas bien» frente a «tribus» como incas, aztecas o mayas que «venían de una cultura horripilante«. Añade: «Estamos aquí para defender la mayor gesta de la historia de la humanidad«, de la que España «puede sentirse orgullosa» por haber contribuido «de una manera decisiva y determinante a la evangelización del mundo y al avance del humanismo cristiano occidental”; además de que «todo el progreso que tiene ahora mismo Hispanoamérica se lo debe en gran parte a España y a esa gran gesta que hizo«; añadiendo que “España estaba en el lado bueno de la historia y los que estaban de la parte mala son aquellas tribus crueles, inhumanas, que se dedicaban al salvajismo más absoluto«. Anticipó que el 12 de octubre, Día de la Hispanidad, leerán un manifiesto en contra del «indigenismo«, en referencia a «todas aquellas corrientes que defienden una especie de naciones étnicas o de tribus deformadas, que no se corresponden a lo que eran» (https://t.ly/IECad).

Las insultantes palabras desde VOX y los hispanistas pretenden convencer a los latinoamericanos de su versión “rosa” de la historia, la cual nosotros deberíamos estar obligados a aceptar. Hasta Josep Borrell Fontelles, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, parece contagiarse de ese “espíritu”, pues al referirse al nivel de integración que tienen los Estados Unidos ha sostenido que, entre otros factores, “Tienen muy poca historia detrás: nacieron a la independencia prácticamente sin historia. Lo único que habían hecho era matar a cuatro indios…” (https://t.ly/0sQVz).

Este tipo de visiones meramente ideológicas, racistas, esencialmente políticas y finalmente contrarias a la historia que cuentan desde los cronistas hasta los historiadores latinoamericanos contemporáneos, solo acentúan las confrontaciones entre dos continentes, en lugar de contribuir a una relación que guarde alguna armonía y, sobre todo, respeto. Resulta grave que el hispanismo contemporáneo ataque a las poblaciones indígenas latinoamericanas. ALC forma parte del Sur Global que cuestiona la era colonial del pasado y reclama la deuda histórica de los imperios de aquella época (https://t.ly/biEPd).

Blog del autor: Historia y Presente
www.historiaypresente.com  

Se publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

26 de octubre de 2023

Ni descubrimiento ni encuentro de dos mundos: genocidio, etnocidio, crimen de lesa humanidad

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Gilberto López y Rivas [2]

«La construcción de Estados nacionales latinoamericanos fue un proceso de “arriba a abajo”, originado por las oligarquías criollas que despreciaban a los pueblos indios y los consideraban “fuera de la nación”».

I

El 12 de octubre de hace 531 años da inicio el proceso de genocidio, etnocidio, racismo, segregación y violencia que constituye la esencia histórica de los llamados pueblos indígenas, al igual que la resistencia, la rebelión, el sincretismo y la transformación constante de sus formas de lucha contra la opresión y explotación de las diferentes matrices raciales, culturales y de clase que impusieron los colonizadores y sus descendientes, que, en muchos de los casos, forman parte de las clases dominantes en las diferentes sociedades nacionales surgidas de ese proceso.

Pese a la heterogeneidad en sus características étnicas y culturales, en sus condiciones de vida y reproducción, en sus hábitat rurales y urbanos, los pueblos originarios han confrontado, desde sus diferencias y semejanzas con los demás sectores de las poblaciones nacionales, las políticas de los aparatos estatales administrativos, judiciales, civiles, militares, corporaciones capitalistas, grupos de poder político y económico, organizaciones patronales, denominaciones religiosas, estrategias de guerra de contrainsurgencia, hambrunas, epidemias, y, ahora, la militarización y las mafias del crimen organizado, que atentan contra su integridad territorial, recursos naturales, conocimientos ancestrales, formas de organización social, identidades, lenguas, culturas e, incluso, amenazan la existencia misma de los pueblos.

Los estados nacionales siguieron una política con las poblaciones indígenas que, contradictoria en su especificidad, ha sido, a la vez, o de acuerdo a sus intereses económicos y políticos, asimilacionista –integracionista y/o segregacionista– diferencialista, aunque ambas expresan la misma estrategia opresiva, subordinante y discriminatoria. Particularmente en el caso de América Latina, los pueblos indígenas fueron reducidos demográficamente, sus territorios invadidos y despojados, y, a lo largo de los procesos de colonización e integración nacional, los grupos dominantes impusieron, paralelamente, una historia, una cultura, una lengua, una religión, formas de organización social, instituciones y marcos jurídicos a través de los mecanismos coercitivos del Estado: la instrucción pública, la administración centralizada, el mercado nacional y el ejército, como medios de socialización y unificación de la llamada cultura o carácter nacional. Estas entidades nacionales se constituyen en hegemónicas y subordinantes frente a las formas culturales de naturaleza étnica, que, en consecuencia, se identifican como culturas subalternas.
 
Un contexto general es el etnocentrismo y el racismo que han caracterizado los procesos de colonización, formación nacional y recolonización en América Latina[3], en los que la conquista europea sobre la población precolombina y la conformación de estados naciones durante el periodo independentista, se realizaron a partir de la brutal explotación de la fuerza de trabajo indígena y de origen africano, el no reconocimiento de los derechos y las identidades de estos pueblos y la edificación de sociedades basadas en los modelos civilizatorios de Europa y Estados Unidos.

De esta manera, la construcción de Estados nacionales latinoamericanos fue un proceso de “arriba a abajo”, originado por las oligarquías criollas que despreciaban a los pueblos indios y los  consideraban “fuera de la nación”, ausentes de las Cartas constitucionales que no reflejaron la alteridad étnica lingüística cultural sino hasta la última década del siglo XX, bajo la presión del movimiento indígena y su conmemoración, en 1992, de los 500 años de la invasión y conquista europeas de nuestro continente.[4]

A 531 años del inicio de la conquista, de nueva cuenta la territorialidad, los recursos naturales, la integridad física y cultural, sus formas de organización colectiva de los pueblos indígenas y afrodescendientes en América Latina, y en México, en particular, son sitiados sistemática y permanentemente por las corporaciones del capitalismo militarizado y delincuencial, denominado por William Robinson acumulación militarizada, dentro de la cual incluyo al narcotráfico y a las estrategias contrainsurgentes de matriz estadounidense.

Lo que está en el centro del negocio del narcotráfico es el esfuerzo por despojarlos de su territorialidad, que constituye el fundamento material de la reproducción de los pueblos y el espacio estratégico de sus luchas. La finalidad del crimen organizado es expropiar a los indígenas de sus tierras, recursos y fuerza de trabajo y, a través de la criminalización que esto conlleva, facilitar las actividades del ejército en sus tareas represivas y contrainsurgentes, con el auxilio de grupos paramilitares, que, con frecuencia, operan como el brazo clandestino de las fuerzas armadas para las tareas de la guerra contrainsurgente. Con el pretexto del “combate contra el narcotráfico”, extensas zonas indígenas son víctimas de los operativos del ejército en un proceso creciente de militarización, que continúa en extensión y profundidad con el gobierno actual, teniendo lugar todo tipo de abusos y violentando sus derechos humanos y los que les corresponden como pueblos originarios.

A partir de este contexto, destacamos que la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), iniciada el 1 de enero de 1994, y el diálogo de paz con el gobierno federal mexicano que tiene lugar a partir del 20 de febrero de ese mismo año, en accidentadas etapas, hasta llegar a la suspensión en la segunda mitad de 1996, constituyen procesos inéditos en la historia contemporánea de los conflictos armados revolucionarios de América Latina, y el inicio del protagonismo indígena como alternativas de gobierno y de organización comunitaria respetuosa de la naturaleza.

La especificidad de este movimiento radica, en primer término, en la composición mayoritariamente indígena de la agrupación maya zapatista que se levanta en armas en 1994. Los y las zapatistas lograron dar a conocer un México distinto al de las firmas comerciales trasnacionales, diferente al concebido por las oligarquías bancarias y financieras, muy lejano de las elites políticas de todos los signos. El EZLN emerge del otro México, el de los de abajo, el que entró a la modernidad sobreviviendo, resistiendo, defendiendo derechos, tierras, territorios, soberanías y la vida misma.

Un mérito político innegable del EZLN es que haya iniciado una amplia y compleja convergencia ciudadana y sectorial, tanto en México, como en el ámbito internacional, dirigida a la comprensión de esa realidad indígena, abriendo el diálogo de paz a una representación amplia y genuina de la sociedad civil mexicana. Esta es una diferencia notable con respecto a los diálogos de paz que se desarrollan en los prolongados y cruentos conflictos armados de El Salvador, Guatemala o Colombia, así como la rapidez con la que se entablan las primeras pláticas entre las partes, apenas 53 días después de iniciadas las hostilidades armadas.

El zapatismo impone la problemática indígena en el debate nacional y obliga al Estado mexicano a negociar los Acuerdos de San Andrés en materia de derechos y cultura indígenas, los cuales, independientemente de su incumplimiento y traición por la clase política y los tres poderes de la Unión, constituyen una plataforma programática para los procesos autonómicos de los pueblos indios de México que se han desarrollado durante estos años y un referente necesario para las luchas de resistencia contra las corporaciones del capital depredador neoliberal.

A diferencia de muchos sectores sociales, el EZLN y los pueblos indios cuentan con una estrategia, la autonomía, para resistir los embates de estas políticas neoliberales, defender los patrimonios naturales y recursos estratégicos propios y nacionales, con un proyecto civilizatorio distinto al que ofrece el capitalismo mundial. Especialmente importante fue la presencia en San Andrés de representantes de alrededor de 40 pueblos de la abigarrada realidad étnica del país, quienes tuvieron la oportunidad de exponer sus ideas y hacer sus propuestas, en un complejo mecanismo de negociación a través del cual los zapatistas trasformaron su diálogo en un espacio de debate incluyente y nacional.

Desde la rebelión zapatista, se desarrolla una contrainsurgencia activa y preventiva no sólo en Chiapas sino también en regiones de Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Puebla, entre otros estados. Podríamos proyectar el actual emplazamiento militar sobre un mapa étnico y el traslape sería exacto, esto es, donde están los pueblos indígenas, observamos una gran presencia militar, especialmente en Chiapas, al igual que la presencia del otro actor armado, los carteles del narcotráfico.

Los emplazamientos de la Guardia Nacional, Ejercito y Marina corresponden a esta lógica contrainsurgente. En el caso específico de la zona del conflicto, se presenta una saturación del llamado “teatro de la guerra”, esto es, el gobierno federal no ha dejado espacio sin llenar y cubrir con militares. En otros términos, estamos ante lo que se denomina alta densidad de tropas en un espacio regional reducido y con un desarrollo constante de la capacidad contrainsurgente, además del control aéreo, de comunicaciones e inteligencia, a través de la infiltración y los paramilitares.

Enumero algunos factores derivativos que explican la suspensión del diálogo-negociación entre el EZLN y el gobierno Federal mexicano, y que pueden ser un referente importante para entender la actual ruptura entre el EZLN y el gobierno de la llamada Cuarta Transformación: a).- La discriminación y el racismo hacia los pueblos indígenas, que se expresaron sistemática y permanentemente durante el diálogo en el trato de los funcionarios federales hacia la delegación del EZLN; b).- El prejuicio de clase hacia quienes representaban una organización político-militar que obliga al gobierno a negociar y que de manera irreverente y convincente exhibe la demagogia y el autoritarismo de su contraparte gubernamental; c).- El riesgo que representaba para el culto y el mito del poder del Estado mexicano, el que un logro proveniente de los de abajo saliera triunfante; d).- La ruptura del monopolio de la violencia “legítima y legal” del Estado, al negociar con un grupo armado, que sale adelante en una negociación.

En el plano legislativo, el eventual cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, requeriría la derogación de las reformas constitucionales que han permitido la recolonización de los territorios de los pueblos originarios, concebidos como los espacios geográfico-simbólicos de su reproducción como entidades socio-étnicas colectivas. Como era de suponerse, un proyecto de reforma en materia de derechos indígenas que elaboró el INPI, y que asegura que consultó a los pueblos, quedó en el limbo legislativo y a un año de que termine la actual administración, lo más probable es que no sea presentado, quedando como saldo de la 4T, de nueva cuenta, el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés.  

Los pueblos emprendieron el camino de construcción de la autonomía por la vía de los hechos, la autonomía de facto, siendo el caso paradigmático el de los mayas-zapatistas en Chiapas, agrupados en el EZLN, inmersos en un proceso autonómico de alcances históricos en el ámbito planetario. Quedan aparte las continuidades neodesarrollistas del actual gobierno, que resultan antitéticas al cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés. Estos, sin embargo, siguen constituyendo la plataforma programática para los procesos autonómicos y un referente necesario para la lucha de resistencia contra el capitalismo y en favor de la vida.

II
 
A 531 años de la llegada de europeos a tierras insulares de este continente, que por azar llevaría el nombre de América, las organizaciones de los pueblos originarios salieron a la calle a manifestar su repudio a los eufemismos “descubrimiento”, “encuentro de dos mundos” y “aculturación” para denominar el violento proceso de conquista y colonización, que el Congreso Nacional Indígena califica como el “mayor genocidio en la historia de la humanidad”.

Recordemos que en un primer Encuentro que tuvo lugar en Bogotá, Colombia, el 12 de octubre de 1989, y en una segunda reunión en Guatemala, dos años más tarde, las organizaciones indígenas lograron unificar a un conjunto heterogéneo de entidades étnicas, sociales, gremiales y políticas dentro de una pluralidad que se manifestó en la decisión de incorporar a los sectores negro y popular, en lo que sería, desde entonces, la Campaña 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular.

A pesar de las contradicciones en torno a las concepciones políticas y las estrategias a seguir, esta Campaña abrió en aquel momento canales de comunicación entre diversos pueblos de la América indígena, contando con un espacio de confluencia en el que se reflexionó y se llevaron a cabo acciones y trabajos coordinados a partir de seis objetivos centrales: 1) Realizar una reflexión colectiva en torno al impacto de la invasión y colonización europeas. 2).- Recuperar y fortalecer la memoria histórica como base de las identidades como pueblos. 3).- Impulsar, en consecuencia, un vasto movimiento de autodescubrimiento de las raíces y los alcances de las luchas y resistencias. 4).- Elaborar y poner en práctica alternativas pluralistas y democráticas de existencia y gobierno a los sistemas de explotación, dominación y opresión impuestos por la invasión y el coloniaje. 5).- Convertir a los participantes de la Campaña en actores de su propio destino, consolidando sus organizaciones regionales, nacionales y continentales, sobre la base de un activo protagonismo autonómico desde abajo. 6).- Impulsar la más amplia unidad de todas las organizaciones, haciendo de la Campaña un espacio de encuentro y confluencia de la diversidad y la otredad.

Con estos objetivos y enfrentando las acciones represivas de los gobiernos nacionales, y el embate de las corporaciones capitalistas, ya en la etapa neoliberal de la acumulación capitalista, la Campaña significó un real cuestionamiento al carácter festivo y profundamente racista que los gobiernos de la Península Ibérica y de América Latina pretendieron otorgarle a este acontecimiento histórico, colocando en el centro del debate la realidad de los pueblos afrodescendientes y originarios, caracterizada por el mantenimiento de estructuras y mecanismos de subordinación y dominación que describen fehacientemente lo que Pablo González Casanova denominó colonialismo interno, y que se expresan, asimismo, en prácticas de racismo, discriminación, etnocidio, segregación y exterminio de pueblos indios y afrodescendientes, “las cuales dificultan el ejercicio de derechos y la construcción de una sociedad basada en la justicia y la igualdad”, según se asienta en la relatoría del III Encuentro Continental de Resistencia Indígena, Negra y Popular, que tuvo lugar en Managua, Nicaragua, en octubre de 1992.

Fue particularmente importante en este proceso la retrospectiva histórica que se le imprimió a la Campaña, como una plataforma de apoyo para la reafirmación de identidades negadas por el racismo y etnocentrismo europeos, y por el de las elites latinoamericanas, de tal manera que organizaciones de los pueblos afrodescendientes tuvieron oportunidad de analizar su experiencia histórica en la conquista y colonización, y fortalecer sus luchas contra las políticas racistas en todo el continente. La discusión abarcó todo el proceso de formación de identidades que tuvo lugar a partir de la conquista europea, y la formación de los Estados nación latinoamericanos, con la forja de nacionalidades que, con el tiempo, se tornan en poblaciones mayoritarias en nuestros países. Sectores de estos grupos nacionales comparten el racismo y el etnocentrismo de las elites coloniales, negando, hoy como ayer, el derecho a la diferencia lingüística y etnocultural, y reproduciendo en el interior de nuestras sociedades nacionales, un sistema asimilacionista / integracionista discriminatorio.

Por cierto, las contra celebraciones iniciadas por la Campaña lograron en esos años adeptos aún en España, donde se organizaron comités como el “Me cagó en el V Centenario”, e, incluso, alcaldes de varias ciudades denunciaron la hipocresía del gobierno de su país, y los fines geopolíticos y económicos de las actividades oficiales, y se declararon en favor de las víctimas del colonialismo español.

A 531 años de la invasión, los pueblos demandaron un alto a la guerra, convocando a la resistencia contra la recolonización militarizada y delincuencial.

Notas:

[1] Texto para el conversatorio organizado por la Radio Zapatista Sudcaliforniana, 12 de octubre 2023.

[2]  Doctor en Antropología por la Universidad de Utah, Estados Unidos (1976), Maestría en Antropología ENAH-UNAM (1969). Profesor investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia Titular C. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

[3]  Ver: Alicia Castellanos Guerrero (Coordinadora). Imágenes del Racismo en México. México: UAM-I- Plaza y Valdés, 2004.

[4]  Ver: Gilberto López y Rivas, Pueblos indígenas en tiempos de la Cuarta Transformación. Plaza y Valdés, 2020. Gilberto López y Rivas. Nación y Pueblos indios en el neoliberalismo. México: Plaza y Valdés- Universidad Iberoamericana, segunda edición, 1996. También del mismo autor: Autonomías: democracia o contrainsurgencia. México: Editorial ERA, 2004.

Fuente: https://vocesenlucha.com/ni-descubrimiento-ni-encuentro-de-dos-mundos-genocidio-y-etnocidio-crimen-de-lesa-humanidad/

13 de octubre de 2020

Día de la raza; una enseñanza equivocada

 

Cristóbal León Campos

La idea que sustentó la supuesta “superioridad” de una raza sobre otra fue desmentida por la ciencia desde tiempo atrás, nada hay que justifique la opresión de personas, culturas y/o sociedades bajo el pretexto de inferioridad o de necesidad.

Los procesos de colonización que se vivieron en los diferentes continentes significaron la devastación de pueblos y naciones por la desmedida soberbia de los invasores, como aconteció en los territorios que ahora componen las naciones que conocemos. La imposición de nuevas formas de ver el mundo por encima de las ideas, creencias y explicaciones cosmogónicas y cosmológicas de los pueblos dominados, significó un proceso lento pero perdurable hasta la fecha de suplantación ideológica y desprecio cultural que en nuestros días “justifica” las diferentes formas de discriminación que observamos a lo largo del mundo.

El racismo se reforzó cuando con el fin de explicar la evolución humana se pensó la existencia de razas y se formularon teorías para explicar las llamadas diferencias entre cada una de ellas, una serie de hipótesis que con los años sirvieron como referente para el surgimiento de políticas segregacionistas y antihumanas, así como para la difusión de pensamientos y sentimientos xenofóbicos y etnocentristas, que derivarían en lamentables episodios de la historia humana, como fueron por ejemplo, el exterminio de millones de pobladores originarios de América, la esclavitud de los pueblos africanos, el genocidio judío a manos nazis, los asesinatos racistas en los Estados Unidos efectuados por el kukuxklán contra afroamericanos, las invasiones colonialistas europeas sobre occidente, al igual que la discriminación y violencia-despojo que hoy viven las culturas originarias y, al interior de las sociedades del mundo, la opresión que padecen las mujeres por considerárseles biológicamente “inferiores” a los hombres.

Particularmente en América Latina, la continuidad de las ideas y comportamientos racistas y discriminatorios persisten vulnerando la convivencia social. El exaltamiento de las diferencias entre seres humanos por su origen cultural o étnico es aún un rasgo necesario de combatir, hay todavía quienes por ignorancia o interés siguen hablando de la existencia de razas sin importarles que científicamente y en términos humanos es incorrecto hacerlo. Es una grave equivocación que hasta la fecha se continúe celebrando en el sistema educativo el llamado “Día de la Raza” refiriéndose al contacto entre el mundo europeo y el que posteriormente llamaríamos americano, obviando el genocidio que ello significó y el neocolonialismo extractivista que pesa ahora sobre los pueblos latinoamericanos, violentando su autonomía y autodeterminación mientras se devastan recursos naturales-humanos tan importantes para la vida en el mundo.

Los resabios coloniales que subsisten en el imaginario social los advirtió José Martí en su ensayo “Nuestra América” (1891) al mencionar que: “No hay odio de razas, porque no hay razas”. Ya es tiempo de replantearnos el mundo y erradicar las ideas-acciones discriminatorias, debemos reconocer la raíz del mal y extirparla aunque eso signifique cambiar incluso la idea de humanidad que hasta hoy tenemos. La sobrevivencia precisa el reconocimiento de una verdad dolorosa: NO HAY RAZAS PERO SÍ HAY RACISMO, acabar con él contribuirá a poner fin al odio infundado que lacera a la humanidad.