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16 de diciembre de 2025

Perú: Democracia para las mujeres

Paula Távara

Porque lo que es bueno para la democracia es bueno para las mujeres.

Este 25 de noviembre conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. La fecha no fue elegida al azar, sino para recordar a las hermanas Mirabal, mujeres líderes de la lucha por la democracia en República Dominicana, que fueron brutalmente asesinadas por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

Esta fecha nos da así la oportunidad de recordar el valioso aporte de las mujeres a la construcción de la democracia, y lo relevante que es la preservación de este régimen para nosotras.

Y es que, según todos los estudios, los países con regímenes más autoritarios son también los más restrictivos para las libertades y derechos de las mujeres.

Solo hace falta ver cómo en Afganistán el retorno del talibán ha vuelto a expulsar a las mujeres y niñas de la educación formal; cómo Rusia y Turquía están reduciendo las protecciones contra la violencia de género; cómo dictaduras como la española o la chilena mantuvieron la prohibición del divorcio hasta bien entrado el siglo XX; y cómo hoy en día el régimen de Bukele —que tanto emociona a los políticos peruanos de diversas tiendas— prohíbe expresiones como identidad de género, inclusión o educación sexual en los libros escolares.

Obviamente las mujeres también sufren discriminación y otras violaciones de derechos en democracia. Pero cuando hay poderes autónomos, tribunales independientes, libertades civiles y representación diversa en los puestos de gobierno, las mujeres tenemos más herramientas para protegernos contra los retrocesos y la violencia.

Por eso es posible vincular muy directamente los retrocesos en cuanto a democracia en nuestro país con los retrocesos en cuanto a derechos de las mujeres.

Rodrigo Gil Piedra, en su libro Entre Dios y el Estado (IEP, 2024), señala con bastante claridad cómo la “politización proactiva” del movimiento conservador toma fuerza a partir de las elecciones de 2016, las mismas en que empieza la crisis política que nos ha llevado a tener siete presidentes en nueve años, con un cierre del Congreso y tres vacancias presidenciales de por medio.

Esta politización terminará de cobrar fuerza, nos dice Gil, hacia las elecciones de 2021, llevando a un “encumbramiento de una agenda moral provida y profamilia evidenciada en un implacable posicionamiento contra el reconocimiento de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres”.

Así, en nuestro país, estos años de involución democrática han sido también años de involución en cuanto a nuestros derechos, especialmente a partir de las acciones de un movimiento conservador ya asentado en el poder y, en más de una ocasión, transversal a todo el espectro político.

Disfrazando sus iniciativas bajo conceptos que se presentan como inofensivos y sobre los que nadie podría oponerse en principio, como la protección de la familia o la niñez, los aliados de este régimen no democrático en el que nos encontramos siguen buscando limitar la autonomía de las mujeres.

Ejemplo de esto es cómo se ha eliminado la educación sexual integral de todo contenido escolar, siendo que esta tenía especial relevancia para la prevención de violencia sexual y embarazos adolescentes.

Además, justificándose en una supuesta protección de “el niño por nacer”, se ha buscado perseguir y criminalizar al personal de salud que cumple con la aplicación del protocolo terapéutico en niñas (es decir, menores de 14 años) embarazadas víctimas de violencia sexual.

Se ha abolido también, y se sigue avanzando en ello, toda mención al “género”, negándole el reconocimiento a las mujeres en su diversidad y pretendiendo perpetuar la idea de que las mujeres lo somos solo en tanto nacidas con vagina.

Ni qué decir del abandono que los diferentes gobiernos han dado a las niñas y adolescentes de zonas como Condorcanqui, víctimas de la violencia sexual generalizada por parte de docentes (la que incluso pretendieron llamar “práctica cultural”). O de las menores que se encuentran en Centros de Asistencia Residencial del MIMP, violentadas por personal que debía cuidarlas. Todos estos hombres, heterosexuales cisgénero, pagados por el propio Estado.

Detrás de las censuras a textos educativos, de la persecución al personal de salud o de propuestas que pretenden penalizar a las mujeres que denuncian violencia, lo que hay no es una protección a la justicia o la infancia, sino un férreo intento de control de nuestros cuerpos. Y esto no es sino violencia ejercida desde el poder.

En plena crisis de inseguridad ciudadana, además, es relevante recordar que esta afecta de forma particular a las mujeres, víctimas de trata de personas, viudas de choferes asesinados, extorsionadas en los pequeños negocios con los que miles sostienen a sus familias como jefas de hogar.

A estas alturas ya está más que claro que tener mujeres en cargos de gobierno no asegura la defensa de nuestros derechos. Sin embargo, también hemos visto en este último quinquenio múltiples esfuerzos por eliminar la paridad en la postulación a cargos públicos, y las listas electorales que hemos conocido hasta ahora no cuentan casi con ninguna mujer a la cabeza.

Pero también se ha visto en otros momentos y otras materias cómo nuestra presencia en la política habilita un “horizonte de posibilidades”, y da voz a las mujeres para pelear por los temas que más afectan nuestras vidas, como el amplio consenso de mujeres parlamentarias para eliminar el matrimonio infantil en nuestro país.

Por eso estamos llamadas a interesarnos por lo que pase con la democracia en nuestro país, porque una democracia debilitada, como bien hemos visto, nos afecta más a nosotras, a nuestra libertad, a nuestros cuerpos y a nuestros derechos conquistados.

Porque lo que es bueno para la democracia es bueno para las mujeres.

Fuente: https://larepublica.pe/opinion/2025/11/23/democracia-para-las-mujeres-por-paula-tavara-hnews-2051554

7 de junio de 2025

Perú: ¿Por qué a los ricos les fascina la cultura de los pobres?

Americo Mendoza Mori

La bolsa de mercado convertida en “alta moda” y otras perlas

Hace unos años, el restaurante de un sofisticado distrito limeño, San Isidro, anunció con bombos y platillos que por “primera vez en el Perú” ofrecía jerky, es decir, carne deshidratada y aderezada. Por un momento creí que se trataba de una broma, ya que si hay algún lugar en este planeta capaz de hablar con autoridad sobre el origen de este tipo de comida, es nuestra región. Jerky, palabra en inglés, viene del vocablo quechua charq’i, comida ancestral de los Andes. ¿Cómo así aquel restaurante, supuestamente cosmopolita y “de mundo”, ignoraba algo tan básico de nuestro legado gastronómico? Una de las posibles razones es la facilidad con la que hemos aprendido a separar los productos culturales (comida, música, textiles, espiritualidades, etc.) de sus contextos de origen y, por tanto, a verlos únicamente como commodities.

Pero el caso del jerky no es único en este proceso de desconexión. En Perú hubo eco mediático este año (2025) porque una diseñadora de alta moda copió el diseño de artistas shipibo-konibo, aparentemente, sin una compensación adecuada. Y estos días se volvió viral el anuncio de un producto que la artista limeña Meche Correa vende por internet: una bolsa idéntica a la de rafia que se usa cada día en los mercados de Perú para cargar víveres y que cuesta apenas diez soles (tres dólares). Lo llamativo es que el producto de Correa se ofrece por 157 dólares, y algunos modelos ya agotaron su stock.

Detrás de estos episodios no solo hay desprecio o desconocimiento, como suele denunciarse; existe también una fascinación casi inconfesable de las élites por aquello que proviene de las clases populares o de comunidades empobrecidas. Esta fascinación se traduce en un consumo voraz de estilos, diseño, música y hasta espiritualidades que alguna vez fueron tachados de «inferiores» o «atrasados». ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué las élites, incluso cuando intentan justificar el “aprecio” o la “revalorización” de estas manifestaciones, dependen cíclicamente de la creatividad de quienes históricamente han sido relegados?

Pierre Bourdieu, sociólogo francés, ofrece una pista clave a través del concepto de “capital cultural”. Para Bourdieu, las clases dominantes buscan distinguirse mediante la posesión, consumo y ostentación de ciertos bienes culturales, lenguajes y estilos de vida “legítimos” socialmente valorados. Sin embargo, esta búsqueda de sofisticación lleva a una peligrosa tendencia a la estandarización: cuanto mayor es el refinamiento, mayor la presión por adecuarse a códigos y patrones aceptados (lo “correcto”, lo “elegante”, lo “chic”). El precio de esa homogeneidad es el agotamiento creativo; donde reina el conformismo, las fuentes de innovación tienden a secarse.

Paradójicamente, es en los márgenes donde la creatividad más florece. Allí donde las condiciones materiales son precarias, la imaginación y la resiliencia se transforman en arte, música, comida o vestimenta. Esto no es idealizar la pobreza, sino reconocer que donde faltan recursos, sobran ingenio y audacia. La cultura popular o marginal, lejos de estar fosilizada en la “tradición”, está en constante reinvención y mezcla: el trap, el hip-hop, la comida fusión de barrio, la moda callejera: todo surge de contextos donde la invención no es una opción, sino una necesidad. Precisamente, hablando de géneros musicales, hace unos semestres ofrecí en Harvard una clase sobre cultura popular latina y contamos con la visita de Katelina Eccleston, reconocida historiadora del reguetón y columnista de Rolling Stone. Ella explicaba cómo los íconos de este género monitorean constantemente lo que ocurre en los barrios periféricos de Puerto Rico, Panamá y República Dominicana para después adoptar esas estéticas. Nos mostró, por ejemplo, el caso de una joven afrodominicana cuya estética era seguida en redes por la producción de la artista española Rosalía, quien en los últimos años comenzó a cantar reguetón y música latina. Visualmente se apreciaban similitudes notables, resultado de un aprendizaje de Rosalía sobre lo considerado popular.

No es accidental, entonces, que las élites busquen refrescar su propio repertorio acudiendo a estas fuentes, probablemente percibidas como más “auténticas”. El resultado es tan contradictorio como previsible: lo que ayer se consideraba símbolo de atraso hoy es sinónimo de vanguardia, aunque distanciado de sus orígenes.

Este proceso no solo invisibiliza a los creadores originales, sino que borra las marcas de desigualdad de las que la élite se nutre. Rara vez se empodera la cultura y a sus creadores: el charq’i se convierte en “jerky gourmet”, la bolsa del mercado en “bags de diseño” y los bordados shipibo-konibo en tendencia global, pero sin reconocimiento ni beneficio adecuado para quienes los crearon. Como anota Bourdieu, el capital cultural no es neutro: reproduce, invisibiliza y hasta legitima la desigualdad.

Esto lleva a una pregunta ética y política indispensable: ¿es realmente “innovador” apropiarse del capital simbólico de los márgenes sin reparar en los contextos de origen y sin redistribuir los beneficios? La cultura solo se democratiza cuando se reparte el crédito, el beneficio y la palabra. Y en eso hay una oportunidad: la cultura, como indica el investigador George Yúdice, puede ser un recurso de empoderamiento.

La próxima vez que vea una bolsa de mercado en la vitrina de una tienda de lujo, quizás no baste con indignarse por el precio. En un momento en que las narrativas sobre diversidad y equidad suelen verse con desconfianza o como “favores” a las minorías, conviene recordar que la diversidad es más bien garantía de innovación y vitalidad en el arte, la educación y los espacios laborales. Reconocer esto, y actuar en consecuencia, es el primer paso para que la cultura deje de ser un mero objeto para la apropiación y se convierta, por fin, en puente de encuentro, reconocimiento y justicia.

https://jugo.pe/por-que-a-los-ricos-les-fascina-la-cultura-de-los-pobres/